lunes, 15 de septiembre de 2014

“Hablar de uno mismo es fácil.”

El país bajo mi piel. Gioconda Belli.
Plaza & Janés. España. 2001.
Las memorias de Gioconda Belli empiezan de manera un tanto obvia: “Dos cosas que yo no decidí decidieron mi vida: el país donde nací y el sexo con que vine al mundo”. Aunque siempre es arriesgado hablar de lo supuesto en vez de lo real, si Belli hubiera sido hombre y hubiera nacido en otro país, no solo habría tenido una vida distinta, sino que habría sido otra persona.
El país bajo mi piel, título de las memorias de Belli, es una recopilación de reatos autobiográficos de distintas épocas que van desde recuerdos personales de la infancia, hasta testimonios de la lucha antisomocista en la que la autora tomó parte. Lo público y lo privado se alterna con una precisión estudiada que nos permite ver cómo, en la formación de su personalidad tuvo tanto que ver su educación de niña rica como las circunstancias que envolvían la vida de su país.
Desde las primeras páginas desconcierta el hecho de que el texto sea terriblemente informativo, al punto que se toma la molestia de decir dónde está Nicaragua. ¿Será acaso que escribió sus memorias pensando en el consumo externo, es decir, en lectores no centroamericanos? Eso solo ella podría decirlo, pero lo cierto es que las explicaciones que a un lector medianamente enterado resultarían innecesarias llegan a cansar por lo repetitivas. Paradójicamente, la propia Belli, al relatar su internamiento en un hospital, considera que su inteligencia era subestimada por el hecho de que los doctores le simplificaran todo en sus explicaciones, pero ella, por su parte, llega al extremo de, luego de mencionar a la CIA, explicar a renglón seguido que se trata de la Agencia de Inteligencia de los Estados Unidos.
Soslayando el detalle de la manía por las explicaciones (que afortunadamente va abandonado conforme el libro avanza), lo cierto es que la lectura de El país bajo mi piel deja sensaciones diversas.
Además de mencionar el dato de que su madre fue compañera de Colegio de Grace Kelly, toda la primera parte del libro parece enfocarse en recalcar la posición económica y socialmente privilegiada de su familia. Menciona su boda, celbrada por todo lo alto, el viaje que hizo siendo joven con su madre a Europa, su collar de perlas y otras bellezas por el estilo. En ciertos tramos, es como estar escuchando a una de esas señoras de sociedad cuyo pasatiempo favorito es hablar de su vida privilegiada y maravillosa sin economizar detalles. Ciertos detalles de episodios familiares, de la Belli o de quien sea, no se supone que le interesen ni al vecino de enfrente. El recuento detallado de nimiedades hace que la lectura se parezca a una conversación en una sala que huele que a viejo. Si lo que pretendía la autora era transmitir el aburrimiento de esa época de su vida, puede estar segura que lo logró. En la lectura de la primera parte del libro saltan las preguntas: ¿Por qué alguien querría escribir y publicar esto? Y, más insistentemente: ¿Por qué a alguien querría leerlo?
La narradora es terriblemente presumida: presume de su posición social, de su talento, de su inteligencia, de sus lecturas, de su cultura y de su belleza.
La mención de sus aventuras extramatrimoniales deja la simpática analogía de una Madamme Bovary nica y la forma de relatar la aparición, encuentro y desaparición de sus amantes es bastante cursi, digna de la literatura rosa más desatada.
Mario Sancho decía que todos creemos que nuestras vidas son materia biografiable y hasta legendaria. Al leer El país bajo mi piel, es inevitable la sospecha de que Belli, con este libro, esté tratando de construir su propio mito, que esté poniendo ella misma la primera piedra de algún futuro monumento.
A pesar de lo dicho, la prosa de Gioconda Belli es tan fluida y agradable que resulta difícil abandonar sus libros. En este caso, la perseverancia por llegar hasta la última página fue recompensada. La segunda parte del libro es definitivamente mucho más interesante que la primera. En esta segunda parte, Gioconda rememora su participación en la vida política y revolucionaria de Nicaragua. No se trata de que la política y la revolución sean más atractivos que las pasiones personales o los recuerdos infantiles. Lo que sucede es que, por extraño que suene, esta segunda parte es mucho más emocional, mucho más pasional e intensa que la primera.
Mientras que en la primera parte ella se aburría (y me aburría), en la segunda es posible sentir el palpitar del corazón lleno de ilusiones de los que luchaban contra la tiranía de los Somoza así como el respirar agitado de quien cumple su parte desde la clandestinidad y cree ver siempre próximo el triunfo.
A propósito de triunfo, las páginas dedicadas a los últimos días de somocismo en Nicaragua, constituyen un testimonio de innegable valor. Narrado, al igual que todo el libro, desde su perspectiva personal y particular, Belli cuenta cómo, al escuchar por radio que Somoza había abandonado el país con sus colaboradores, todos los que la acompañaban se sumieron en un silencio incrédulo. En esta parte del libro, los detalles íntimos, familiares y personales, sí son, no solamente oportunos, sino importantes y valiosos porque ponen en perspectiva humana los acontecimientos históricos por todos conocidos.
La tentación por subrayar su pertenencia al Jet Set no la abandona del todo. En el mismo libro en que dejó documentado, como ya se dijo, el hecho de que su madre fue compañera de colegio de Grace Kelly, deja constancia de sus tertulias con García Márquez, Benedetti,  Fernández Retamar y otras celebridades. También relata, con lujo de detalles en ambos casos, como acaparó la atención tanto de Omar Torrijos como de Fidel Castro, quienes no podían quitarle los ojos de encima.
Precisamente en su anécdota con Torrijos, quien intentó, sin éxito, llevársela a la cama, la Belli afirma con total naturalidad: “Hablar de uno mismo es fácil de modo que me explayé”.
Más adelante cuenta cómo, por su participación en la causa sandinista, tuvo la oportunidad de recorrer toda Europa convocada por diversas organizaciones. No faltará quien señale que, mientras ella estaba dándole un recorrido intenso al viejo continente y cenaba con Felipe González y otros líderes, había personas jugándose la vida en frente a la temible Guardia Nacional.
Tampoco faltará el que encuentre extraño que una persona decida publicar sus memorias siendo aún joven.  Enrique Jardiel Poncela lamentaba que quienes se ponen a escribir sus memorias lo hacen cuando ya no se acuerdan de nada. A dicho argumento, se podría contestar que, si una persona joven escribe sus memorias, tal vez recuerde más de la cuenta. Gioconda Belli publicó sus memorias a los cincuenta años, edad en la que todavía queda mucho por delante y, en muchos casos, aún no se tiene clara la perspectiva del camino recorrido.
INSC: 1108

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