lunes, 8 de septiembre de 2014

Murámonos Federico.

Murámonos Federico. Joaquín Gutiérrez
Mangel. Editorial Costa Rica, 1973.
Cautivante desde el inicio, la novela arranca cuando Colacho, un farmacéutico solterón que dormía la siesta en la tarde cálida y húmeda del Caribe, es despertado por la entrada abrupta de su amigo Federico que, sin decir palabra, pone el tocadiscos y se sirve un trago.
Colacho se percata de que algo grave sucede, pero por la amistad de muchos años comprendió que lo mejor sería no preguntar. Pronto el lector tendrá ocasión de ir conociendo a Federico tan bien como lo conoce Colacho y ambos (el lector y Colacho) se irán enterando de lo que ocurre.
Federico es un hombre recio y terco, muy dado a las decisiones drásticas, que trata de mantener la calma en medio de la tormenta. Además de su profesión de abogado, se dedica como finquero a la producción de banano. Tiene una esposa abnegada y dos hijos, un niño y una muchacha, ambos buenos e inteligentes. Todos viven felices y su mundo es perfecto, pero los años de vacas gordas pasaron tan rápido que Federico casi ni se percató de lo feliz que era. La tarde que entró sin decir palabra a la casa de Colacho, había tenido un serio enfrentamiento con su esposa. Parecía algo sin importancia, pero aquello era solo el inicio.
La compañía bananera quería comprar su finca y lo estaba acorralando para obligarlo a vender. Federico respondió con una carga de ironías que tuvieron el efecto de una declaración de guerra. Los acontecimientos se precipitan. La compañía, al no comprarle los bananos que produce, priva a Federico de su principal fuente de ingresos. Acosado por los acreedores y sin posibilidad de obtener crédito, Federico se hunde económicamente. Su amante nicoyana, que era el consuelo de sus penas, cansada de una relación agotada hace tiempo, lo abandona. Su esposa, seriamente enferma, no se puede levantar de la cama y empieza a dar claras muestras de demencia. Su hijo abandona los estudios. Su hija, exhausta de atender a su madre enferma y, en buena medida, huyendo de una familia que se derrumba, se va de la casa con el primer noviecillo que encontró. Muere Colacho, su único amigo y, para colmo de males, Federico empieza a perder peso, envejece y se enferma gravemente del corazón.
A Federico se le vinieron todas juntas, pero ese derrumbamiento total, dramático, contundente y doloroso, no lo sumió en la desesperación sino que, fiel a las enseñanzas de su abuelo, Federico logra mantener la calma y, a pesar de su temperamento fuerte y desbocado, es capaz de contener la furia que lo ahoga para soltarla únicamente en el momento oportuno. Federico, mientras la vida se le cae a pedazos, mantiene el elevado sentido de la dignidad y el ácido sentido del humor que hacen de él un personaje encantador e inolvidable a primera vista. Macizo en su debilidad y altivo en su derrota, Federico sostiene su frustración hasta el último momento en que, aunque termina derrotado, logra vengarse y salvar lo verdaderamente importante: su dignidad y sus seres queridos.
Don Joaquín Gutiérrez Mangel, quien que cada vez que habló de Shakespeare, lo hizo confesamente "desde la idolatría", logró crear, en Murámonos Federico, un drama tan intenso que solo puede calificarse de shakespereano.
Por el conflicto con la compañía bananera, Murámonos Federico ha sido calificada como novela comprometida, novela de denuncia social, novela comunista y hasta novela bananera. Esas calificaciones son, además de simplistas, injustas. Aun en el caso de que Federico no hubiera tenido problemas con la compañía, su vida habría seguido siendo demasiado complicada. Más allá del drama social, que retrata con maestría, la novela plantea un drama humano complejo en que un individuo mantiene una guerra contra las circunstancias con muchos frentes abiertos.
Pese a lo dramático de la historia, todas las páginas de la novela están aderezadas con un delicioso sentido del humor que, por lo amargo, tiene el doble efecto de conmover y tranquilizar. Las imágenes, el ritmo de la narración y la exactitud de los diálogos hacen de cada episodio una realidad palpable y memorable.
Una imagen imborrable es cuando Federico recuerda la vez que cruzó el río Pacuare nadando desnudo de noche. La analogía es clara sin ser obvia. La ropa protege. Uno puede sentirse cómodo desnudo en la cma. Pero estar desnudo a la interperie es estar expuesto a ser herido, indefenso. La oscuridad de la noche impide ver, y calcular, el fin del recorrido. La corriente enfría y tensa el cuerpo. Todos los músculos deben estar coordinados en un solo esfuerzo. La muerte acecha. Y, de pronto, sientes arena dura en las rodillas, tu brazo, al levantarlo para seguir nadando, choca con una rama y una roca lastima tu frente. Por un segundo te asustas, pero luego te invade una alegría inmensa, porque esa arena, esa rama, esa roca, te están diciendo que ya llegaste, que lo hiciste, que se acabó. Y al ponerte de pie, temblando y sonriendo en la otra orilla, a pesar de lo duro de la prueba, te das cuenta que el río no era tan ancho ni tan fuerte. Así se siente una persona atribulada: nadando desnudo en la noche, sin saber cuánto falta para llegar a la otra orilla.
Un gran momento, verdaderamente conmovedor, es cuando Federico acepta que todo esta perdido. Que su finca, El Zafiro, ya no es suya, que el sueño terminó, que todo el esfuerzo fue en vano. Para despedirse, organiza un almuerzo con el Zambo y la cocinera. Hasta un ramo de flores pusieron en la mesa. Federico ha resistido la lucha sin arrugar la cara, sin quebrarse. Su abuelo le decía que cuando se sintiera alterado, no contestara antes de mecerse varias veces en la poltrona. Esa era su manera de contar hasta diez. Así lo había hecho Federico. Cuando sentía que le fallaban las fuerzas, que no encontraba una salida a sus problemas, que estaba a punto de volverse loco, se sentaba en la mecedora y empezaba a balancearse recordando el consejo del abuelo. En el almuerzo de despedida, en medio del discurso que no pudo terminar porque un nudo se le atravesó en la garganta, una mueca le contrajo el rostro y, en su primer y único arranque de ira, alzó la mecedora y la reventó contra la pared. Y siguió golpeándola, pateándola, pisoteándola, hasta destruirla por completo. El Zambo y la cocinera miraban en silencio, con una mezcla de admiración y lástima, al héroe y víctima de la tragedia. Federico, finalmente había explotado.
Vendría luego la venganza y el paseo con su hijo en Limón. La frase de José Enrique, su hijo, con la que cierra el libro, pareciera indicar que la tormenta, finalmente, había pasado. "Yo miré a Papá y se le habían achinado los ojos. Hasta parecía contento."
INSC: 673/1500/1781  

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...