miércoles, 1 de octubre de 2014

Encerrado en la casona.

Casablanca la bella. Fernando Vallejo.
Alfaguara.
Un hombre sin familia y ya viejo, tras una larga ausencia, decide regresar a Bogotá, su ciudad de origen. Se enamora a primera vista de una mansión señorial y, como tiene dinero, la compra. Es una casona de las de antes, cuando la gente que podía darse el lujo de vivir bien sabía, además, vivir bien. El nuevo propietario sueña con lo feliz que va a ser en su nueva residencia de aposentos y pasillos amplios, cuando el jardín, que cuenta hasta con un par de palmeras, esté arreglado a su gusto.
Sin embargo, desde la primera noche que pasa en ella, se percata que, como ocurre siempre en el amor a primera vista, la realidad no es tan bella como la primera impresión. La instalación eléctrica no funciona y debe salir a las calles oscuras y afrontar los riesgos del tráfico y la delincuencia, en busca de un lugar donde pueda comprar candelas para alumbrarse. Aquello era solo el inicio. La cañería del agua y del gas tampoco funcionaban, el techo goteaba, las paredes tenían grietas, la pintura se descascaraba y hasta los cimientos estaban debilitados.
A sabiendas de que ninguno es honrado, contrata a unos trabajadores para reparar la casa. En la remodelación, los problemas estructurales, lejos de disminuir, aumentan. Los trabajadores le roban tiempo, materiales y dinero. Contrata a un hombre para que los vigile y a otro hombre para que vigile al vigilante. Todos lo engañan. Se ve obligado a recorrer la ciudad en busca de materiales. La ciudad es otra y no le gusta. Bogotá ya no es como la recordaba, ningún rincón le parece reconocible. Le molestan los rascacielos, los tumultos y los embotellamientos de tráfico. Nunca encuentra lo que busca. No tiene ni un amigo ni un pariente. La casa de sus sueños, se convirtió en su mayor pesadilla.
Empieza entonces a recordar. Recuerda a la abuela loca, a la prima ninfómana, a los vecinos víctimas de los actos violentos más descabellados. Todos están muertos. Las casas, los barrios, las fincas, los negocios que recuerda, también desaparecieron. A veces, asomado a la ventana del taxi, logra ubicarse: "Aquí era donde estaba tal cosa." El paisaje es distinto. La ciudad es distinta. Pero él se considera el mismo.
Cuando está en la casa, piensa en todas las diligencias que debe hacer afuera. Cuando anda en la calle, sabe que debe regresar pronto a ver qué nueva estupidez hicieron los trabajadores. Una vez, donde iba una puerta, le pusieron una ventana. "¿Y cómo se supone que voy a entrar?" Gritó. "No se preocupe, patrón, ya le pusimos tres escalones por fuera y tres por dentro." Así de absurdo es el mundo en que transcurre la novela Casablanca la bella, de Fernando Vallejo.
En las noches, el protagonista habla con las ratas, su única compañía en la mansión. Aunque, pese a la desconfianza inicial, logra llevarse bien con ellas, no las alimenta porque no quiere que se multipliquen. Las ratas lo escuchan relatar sus historias de otros tiempos y sus peroratas contra todo lo que odia. El humor, en este libro, es corrosivo, impúdico, violento. El protagonista no logra conseguir un inodoro apropiado a su estatura. Visita los depósitos de materiales de construcción, se sienta en varios y nunca logra sentirse cómodo. Sus piernas son demasiado largas y los inodoros demasiado pequeños. Busca uno grande, alto, que suelte toneladas de agua. Quiere uno de los antes, pero de los antes ya no hay. Los modernos son más ecológicos porque gastan menos agua. "¿Y qué hay más antiecológico que una mujer pariendo?" cruza por su mente al escuchar la explicación.
El protagonista de la novela es un amargado pero, curiosamente, un amargado simpático. Todo le molesta, todo le incomoda, todo lo irrita pero sus interminables monólogos llenos de quejas y protestas, como vienen colmados de sorpresas ingeniosas, lejos de molestar, resultan placenteros y divertidos.
De tanto pensar en ellos, los fantasmas de las personas que recuerda lo visitan. Hasta la muerte llega a buscarlo, pero él no le abre. Al cerrar el libro, uno queda con la duda de si el protagonista, también, es un fantasma atrapado en el infierno. 

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