miércoles, 22 de octubre de 2014

Increíble pero cierto.

Un regalo del cielo. Ana Lorena Borbón
Ross. San José, Costa Rica, 2002.
Ana Lorena Borbón nació en Canadá pero muy pequeña fue adoptada por un matrimonio costarricense. La búsqueda de su familia biológica, que emprendió ya adulta y que culminó con éxito, le permitió conocer la historia de su propia vida desde un inicio. El libro Un regalo del cielo, publicado por la propia autora recoge su testimonio.
Si este libro fuera una novela, seguramente la criticarían por demasiado fantasiosa. Pero resulta que todos los hechos que allí se cuentan, por increíble que parezcan, en realidad ocurrieron.
En la portada, bajo el título de “Un regalo del cielo”, en vez del nombre de la autora, aparece una extraña ecuación ciertamente bastante difícil de descifrar que dice: “x Phyllis Jean Chemilnisky + Ana Lorena Borbón = Yo”.
Después de leído el libro el asunto se aclara. Lo que sucede es que Phyllis Jean Chemilnisky  y Ana Lorena Borbón son la misma persona.
La historia, como ya se dijo, es increíble pero cierta. Doña Lorena o Jean en ese entonces, nació en Alberta, Canadá en 1944, hija de dos jóvenes descendientes de emigrantes: Joseph Chemilnisky, de ancestros polacos y Hellen Pawlechco, de ancentros ucranianos. Eran años muy difíciles (la II Guerra Mundíal aún no había terminado) y como los padres no se habían casado y la madre era menor de edad, se vieron obligados, acatando las leyes de entonces, a dejar a su hija en un orfanato. La intención era recuperar a la niña en cuanto se pudieran hacer cargo de ella. Se hicieron incluso intentos, que no fructificaron, para que los parientes de alguno de ellos pudiera adoptarla.
Cuando la pequeña, llamada Phyllis Jean Chelminisky tenía solamente siete meses de edad, fue entregada al matrimonio costarricense de don Alfredo y doña Ana Ross de Borbón, que habían viajado hasta Canadá con el propósito de adoptar a una niña pequeña.
Según cuenta el propio libro, doña Ana tuvo en brazos a una bebé pero, por alguna razón supo que esa no era la que acabaría convirtiéndose en su hija y, asomándose en una de las cunas, otra bebé se agarró de la medalla de la Virgen de los Ángeles que pendía de su cuello y ese gesto la hizo decidirse por ella. Las monjas del lugar, por cierto, trataron de disuadirla, porque esa niña estaba quemada en un brazo, el pecho y la cabeza, pero la decisión estaba tomada. Esa niña, Phyllis Jean Chelminisky, pasó a ser convertirse en Ana Lorena Borbón Ross.
Un dato ciertamente triste  es que en diciembre de 1944, Joseph Chelminisky, el padre, depositó dinero ante las autoridades canadienses para cubrir los costos de mantenimiento de su hija, demostrando así que estaba dispuesto a hacerse responsable de ella, sin saber que hacía más de dos meses la pequeña había sido trasladada por sus padres adoptivos a Costa Rica.
Es fácil imaginarse el dolor de Joseph y Hellen cuando, ya casados y mayores de edad ambos, al intentar recuperar a su niña se dieron cuenta de que posiblemente  no volverían a verla. Aun siendo sus propios padres biológicos, por tener menos de treinta años de edad y menos de cinco de matrimonio, no calificaban para adoptarla. Además, los documentos que tenían en mano tampoco servían, como ellos suponían, para dar con el paradero de la niña, a quien, de más está decirlo, suponían en Canadá.
Todo había sido culpa de un accidente. Con solo un mes y medio, la niña había derramado un pichel de agua hirviendo, sufrió serias quemaduras y, después de pasar un mes en el hospital, al retornar al orfanato se confundió su identidad.
La historia de Phyllis Jean o de Ana Lorena era un asunto del que no se hablaba ni en la familia Borbón ni en la familia Chelminisky. Curiosamente, el secreto estuvo mejor guardado en Canadá que en Costa Rica (no faltará quien diga que era de esperarse), puesto que mientras Ana Lorena supo joven y en vida de sus padres que era adoptada, Joanne y Grant, los otros dos hijos del matrimonio Chelminisky nunca supieron que tenían una hermana mayor.
Ana Lorena Borbón, por el respeto y gran cariño que les tenía a sus padres ticos, nunca quiso hacer investigaciones sobre su familia canadiense mientras ellos vivieron pero, cuando ya ambos habían fallecido y una hija le dio la noticia de que los archivos de adopciones en Canadá estaban disponibles para ser consultados, inició la búsqueda que, más rápido y más fácilmente de lo que se esperaba, culminó con éxito. Para entonces ya había cumplido cincuenta y tres años.
Sus hermanos, naturalmente, fueron los más sorprendidos, pero gracias a la intervención de otros familiares que conocían la historia y habían sabido guardar el secreto, así como del aporte de documentos y, además, el enorme parecido de la recién conocida tica con los parientes canadienses, pronto no hubo lugar a dudas de que Ana Lorena era Phyllis Jean, la hija perdida de Joseph y Hellen. Lamentablemente, Hellen murió años antes del retorno de su hija, pero Joseph, el padre que había dejado dinero para su manutención cuando ella ya se encontraba muy lejos, aunque viejo y enfermo, sí tuvo el placer de reconocerla, abrazarla y expresarle de viva voz lo mucho que la había echado de menos durante medio más de medio siglo.
Un detalle simpático. Aunque no pudo conocer personalmente a su madre, gracias a la costumbre que la señora tenía de preparar conservas, sí pudo comer una cena en la que todos los platos fueron preparados por ella. Otro detalle conmovedor es que la señora Hellen, además de conservas hacía manualidades y confeccionó un ángel para cada uno de sus hijos. Joanne y Grant se sorprendieron de que, en vez de dos, hiciera tres, y no fue sino hasta que apareció la hermana que no sabían que tenían que comprendieron para quién era el tercer ángel.
Finalmente, doña Ana Lorena o Phyllis Jean (en el libro no queda claro con cuál nombre la tratan sus hermanos canadienses) acabó con dos familias con las que se lleva de maravilla. Además, como en Costa Rica fue hija única, además de recuperar su propia historia ganó hermanos y sobrinos.
Quizá suene a indiscreción, pero la historia de su matrimonio, contada en el libro, es también de película. Cuando era una muchacha soltera, un amigo le propuso matrimonio en una carta que le entregó a su padre. Por alguna razón al señor se le olvidó dársela y acabó entregándosela cuando ya Ana Lorena tenía dos años de casada. Obviamente, el pretendiente había interpretado la falta de respuesta como una negariva, se hizo de una novia y se casó. Doña Ana Lorena se divorció a los veinticinco años de casada y, como si estuviera escrito, se encontró de nuevo con el enamorado de la carta que también ya estaba divorciado, se hicieron novios y se casaron.
Definitivamente, hay que repetirlo, si este libro fuera una novela se le criticaría lo fantasiosa, pero no, es un testimonio. Un testimonio, por cierto, sin mayores pretensiones literarias, en el que todos los acontecimientos están escritos con gran sensibilidad y elegancia. Todo lo sucedido se narra con naturalidad y sencillez y ello, lejos de disminuir el impacto de tantas sorpresas que acabaron dando las vueltas de la vida, más bien acentúa esa extraña sensación de asombro que de un tiempo acá, quien sabe por qué,  logran provocar las buenas noticias. 
Doña Lorena tuvo oportunidad de conocer a su padre.
INSC: 1552

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