sábado, 4 de octubre de 2014

La carta llegó tarde.

Al servicio de Pío XII. Cuarenta años
de recuerdos. BAC
En una pequeña aldea sueva, una joven religiosa Pascalina Lehnert, muy contenta recibe a su primer grupo de niños. Acaba de cumplir dos metas personales, profesar sus votos y convertirse en maestra. La joven monjita se dispone alegremente a dedicar su vida al convento y a las aulas. Solamente impartió clases unas pocas semanas. Su superiora la envió, con otras religiosas, a realizar labores muy alejadas de la docencia. Tenían que limpiar la mansión que se convertiría en la Nunciatura Apostólica en Munich. Mientras fregaba los pisos, se consolaba pensando que aquel trabajo era temporal.
Poco después de que la casa estuvo lista, arribó el nuncio, un arzobispo italiano alto y flaco como una espiga quien, muy serio y muy distante, las saludó y les pidió que solamente le hablaran en alemán y que por favor le corrigieran hasta el más mínimo error, ya que quería dominar la lengua a la perfección.
El idioma no era lo único en que el nuncio era perfeccionista. Era un hombre metódico, atento a los detalles, muy organizado con su tiempo y muy disciplinado con sus actividades. No tenía amigos. Nunca conversaba más que lo estrictamente necesario y disfrutaba estar solo cada vez que tenía oportunidad. A pesar de lo distante que era, Sor Pascalina le tomó aprecio y llegó a tenerle gran admiración. Ella se encargaba de que su ropa estuviera impecable, sus zapatos brillantes, su comida a su gusto. Las pocas clases a niños que impartió cuando acaba de profesar, fueron las únicas que dictó en su vida, porque estuvo cuarenta años atendiendo las necesidades domésticas de aquel italiano alto, flaco y serio que, de nuncio en Munich, pasó a ser nuncio en Berlín, luego Secretario de Estado del Vaticano y, en las últimas dos décadas de su vida, Papa con el nombre de Pío XII.
El papa Wojtyla y el papa Ratzinger publicaron algunos escritos sobre sus vidas. Antes de ellos, solamente un papa, el humanista Eneas Silvio Piccolomini, Pío II, escribió sus memorias. El mundo personal y privado de los pontífices romanos está cubierto por una cortina de misterio y solamente es posible asomarse al interior por medio de las declaraciones, casi siempre escasas y prudentes, de quienes estuvieron cerca de ellos. Quizá para que la información que manejaba no se perdiera, varias décadas después de muerto Pío XII, Sor Pascalina escribió Al servicio de Pío XII, cuarenta años de recuerdos, cuya versión en español fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid.
Es un libro hermoso y emotivo. La imagen doméstica de Pío XII, es la misma imagen pública. Incluso en su apartamento privado, era reservado, distante, mayestático. Su única distracción, era abrir las jaulas de los canarios para que lo acompañaran mientras tomaba sus alimentos y sonreír cuando alguna de las aves comía de su mismo plato. La portada del libro, por cierto, muestra al papa con un canario en la mano. Su único ejercicio era una caminata en la tarde. Ni siquiera a sus más cercanos colaboradores les confiaba sus opiniones. Dormía y comía poco. Rezaba y estudiaba mucho. Tomaba notas de todo y tenía en su oficina una caja llena de cuadernos con sus anotaciones. Nadie más que él tenía acceso a esa caja. Dejó dicho que, tras su muerte, esas notas, escritas a mano, debían ser destruidas sin que nadie las leyera. Sor Pascalina ejecutó la orden y les prendió fuego, motivo por el cual se ganó la regañada de su vida. Todos, en la curia, esperaban la muerte del papa para correr a leer sus apuntes.  La imagen que brinda Sor Pascalina de Pío XII es la de un hombre aislado, casi ermitaño, ascético, místico, solitario y reservado. Era también, y ella lo vio de cerca, un ser humano físicamente débil y frágil. No se quejaba, pero era evidente que se cansaba por el más mínimo esfuerzo. Tenía serios problemas para caminar y para tenerse en pie. Cuando se asomaba al balcón a dar la bendición, le tenían cerca un sofá donde caía rendido apenas se cerraba la cortina. Sufría ataques de hipo que le impedían tanto trabajar como dormir. Un detalle interesante, que se puede interpretar de uno u otro sentido, era que Pío XII era maniático por la higiene. Todo debía estar inmaculadamente limpio y desinfectado, era excesivamente cuidadoso con su aseo personal, con su ropa y con su espacio. Se lavaba las manos constantemente y, como es común en las personas con este tipo de manías, le incomodaba mucho que lo tocaran. En las audiencias, al acercarse e interactuar con los peregrinos, Pío XII sonreía y correspondía cortesmente a las muestras de afecto que recibía. Solo sus más cercanos colaboradores, entre ellos Sor Pascalina, sabían lo que debería estar sufriendo con el contacto físico con desconocidos.
Pascalina Lehnert.
1894-1983
Cuando Sor Pascalina publicó su libro, ella era una desconocida. Estuvo cuarenta años al lado del Papa Pacelli, pero siempre en la sombra. En las últimas décadas su figura ha recibido más atención. Se han escrito numerosos reportajes y libros sobre ella y hasta se han realizado un par de películas. Tiene admiradores y detractores. Hay quienes la pintan como una abnegada servidora y quienes sostienen que se tomó atribuciones que no le correspondían. En la última época de Pío XII, anciano, enfermo y senil, la religiosa alemana se convirtió en un filtro (una barrera más bien) para el acceso al pontífice. La propia hermana del Papa brindó unas declaraciones no muy favorables para la religiosa. Se ha vuelto costumbre, de un tiempo acá, al estudiar a los personajes históricos, prestarle atención a las figuras de segundo plano, a los segundones que, tras investigarlos, resulta que tuvieron un protagonismo importante.
No entro a discutir el personaje. De hecho, aún no he leído los libros más recientes sobre Sor Pascalina. En todo caso, su libro de memorias me pareció muy hermoso, escrito con sencillez y claridad, lleno de afecto y de dulzura. De tal maestro, tal discípula. Sor Pascalina es bastante discreta y hay temas que no toca. Al referirse a los años de la II Guerra Mundial, no dice ni una palabra del trabajo que realizó en la asistencia a refugiados. Tampoco se refiere al fascismo ni a la Alemania nazi, salvo un breve comentario en que manifiesta lo arrogante que fue Ribbentrop cuando visitó al papa.
En todo caso, las memorias de Sor Pascalina no son ni para iniciar, ni para alimentar, ni para cerrar una polémica. Es un libro personal y doméstico centrado en la vida personal y doméstica.
Leí el libro en 1985. En aquellos tiempos el acceso a internet estaba lejos de ser popular. Le escribí una carta (de papel, sobre y estampilla), preguntándole a la editorial una dirección para contactar a Sor Pascalina. Me respondieron rápido y me dieron la dirección de la casa, en Suiza, en que vivía. Le dirigí una carta muy emotiva y, varias semanas después, recibí la respuesta. Venía firmada por la Hermana Miguela Muslim. Se disculpaba por la demora en contestarme porque, pese a estar en la plurilingüe Suiza, les costó encontrar una hermana que escribiera en español. Me informó que Sor Pascalina había muerto en 1983. Dentro del sobre venían fotos de Sor Pascalina, el recordatorio de su misa de novenario y un pequeño estuche con un pedazo de tela blanca junto al documento que certificaba que la tela era de la indumentaria de Pío XII. Además, me devolvió la carta que le escribí a Sor Pascalina, una carta que llegó tarde.

   


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