miércoles, 12 de noviembre de 2014

A ras del suelo.

A ras del suelo. Luisa González.
Editorial Costa Rica, 1970.
Luisa González tuvo una vida larga y sencilla. Vivió noventa y cinco años. Fue maestra de escuela, atendió una librería y escribió un único libro: A ras del suelo. Con ese único libro, sin embargo, ella logró lo que muchos escritores de oficio no logran nunca: atrapar al lector desde la primera línea, transportarlo a distintas épocas y lugares, hacerlo estremecerse con los dramas de los protagonistas, conmoverlo con solo decir grandes y simples verdades, abrirle los ojos para que se asome a la otra cara de la moneda, meterle una brasa en el pecho que le dejará una cicatriz duradera y hacer que hunda sus pies en unos barreales que ningún ángel de la guarda se atrevería pisar.
A ras del suelo es un libro inclasificable. Mientras unos dicen que es una novela, otros lo consideran una colección de cuentos. Como la protagonista principal es la propia Luisa, hay quienes consideran que este libro es una autobiografía o unas memorias. No faltan tampoco quienes califican de obra como un manifiesto político con fines propagandísticos. Pero en libros como este, la etiqueta que se le ponga es lo de menos. Lo verdaderamente importante es que en sus páginas la vida palpita detrás de cada palabra, de cada letra. Y no podía ser de otra forma, porque lo que hizo Luisa González fue mostrar, sin ahorrarse detalles, la pobreza en que vivió su infancia y juventud, para contarnos luego cómo, gracias al apoyo y sacrificio de toda su familia, logró salir de esas duras condiciones hasta alcanzar el nivel de vida de una modesta clase media, sin que ello significara la separación de sus sentimientos y de su trabajo con los más humildes. Luisa González tenía como lema la frase de Martí: "Con los pobres de la Tierra, quiero mi suerte echar."
Mientras otros escritores contemporáneos suyos creaban mundos idílicos o dramáticos en ambientes campesinos, ella nos ubica en un paisaje urbano, el barrio de la Puebla en 1915, donde en medio de calles de tierra llenas de charcos, los pobres vivían en tugurios estrechos y tenían como vecinas a "mujeres pecadoras". Los que allí vivían lavaban la ropa, preparaban alimentos y servían en la casa de los ricos. Al señalar las grandes diferencias sociales, la autora tiene el cuidado de destacar, no solo la separación entre ricos y pobres sino la barrera, más difícil de superar aún que la económica, entre la cultura y la ignorancia.
La infancia de Luisa transcurrió en ese barrio, en una casa diminuta en la que vivía con su abuela, sus padres, sus tíos y tías y una enorme tropa de niños. Todos trabajaban para generar ingresos al hogar. Hacían tamales y bizcochos para vender, los tíos reparaban zapatos, las mujeres eran lavanderas y cosían y a los niños los ponían a ayudar en lo que pudieran. Se trabajaba de sol a sol y, al llegar la noche, caían exhaustos y, solo debido a su terrible cansancio, eran capaces de conciliar el sueño en cualquier rincón disponible de esa casucha superpoblada y mal ventilada y resistir el frío abrigados únicamente con un gangoche.
La edición en inglés tiene en la
portada una foto de Luisa,
cuando era joven.
"La verdad es que nosotros tuvimos, desde muy niños, que aprender solos a darnos de golpes contra la vida" -dice Luisa en su libro- "corriendo de aquí para allá, ganándonos el pan de cada día a como hubiera lugar, sin remilgos, sin saber si detrás de nosotros había o no un ángel guardián cuidando nuestros pasos. Cuando recuerdo algunas de las crudas y grotescas aventuras vividas por nosotros, criaturas inocentes, hasta llego a sentir lástima por aquel pobre ángel indefenso, cuyas alas puras no lo dejaban andar sobre la tierra."
El futuro de aquella niña que crecía sin ángel de la guarda parecía estar determinado: se convertiría en una de esas miles de personas que deben trabajar toda su vida sin descanso solamente para medio comer. Los niños de su clase social iban a la escuela únicamente para aprender a leer, escribir, sumar, restar, multiplicar y dividir y, en cuanto más o menos dominaban estos conocimientos elementales, abandonaban las aulas y sumaban sus brazos al trabajo de la familia, que bastante los necesitaba. Un día, en el mercado, el padre de Luisa se encuentra por casualidad con la maestra de escuela, quien le dice que la niña es muy inteligente y que debería seguir estudiando. Al llegar a casa, aquel comentario de la maestra desató toda una discusión familiar. Para unos, era una vagabundería que Luisa se hiciera grande andando con libros para arriba y para abajo, a ellos no les había hecho falta estudiar para ganarse la vida. Otros decían que no había que hacerse ilusiones imposibles de cumplir: "¿De dónde vamos a sacar para los útiles, si apenas tenemos para comer?" En esa discusión sobre el futuro de Luisa todos tenían algo que decir, todos opinaban. Todos menos ella, que escuchaba las deliberaciones como si hablaran de otra persona. La madre puso fin al debate con una afirmación contundente: "¡No quiero que mi hija sea otra mula de carga!"
Toda la familia, que lo que menos tenía era dinero, hizo un esfuerzo para que Luisa tuviera los útiles y ropa y zapatos adecuados para seguir estudiando. El primer día de clases, el padre de Luisa la acompañó a la escuela. Los otros padres dejaban a sus hijas en la puerta, pero el de Luisa la dejó en la esquina. Ella comprendió y hasta le agradeció el detalle. Lo que no comprendió, ni ese día ni nunca, es por qué da vergüenza ser pobre.
En un rincón de la casucha, Luisa clavó en la pared un cajón de madera en el que colocó La edad de oro, de José Martí, que le había obsequiado su maestro Omar Dengo, sin sospechar que aquel sería el primer libro en entrar en aquella casa. Luego su padre le compró un Larousse de segunda y su madre le regaló Platero y yo. Aquellos tres libros, junto con los papeles del Repertorio Americano que publicaba García Monge, eran el tesoro más preciado de la futura maestra. Aunque las condiciones económicas seguían siendo más o menos las mismas de siempre, solo el hecho de que en su casa hubiera una biblioteca, así fuera de solo tres libros, significaba que la cultura era parte de su vida y aquello era suficiente estímulo para seguir adelante.
La mayor preocupación de la familia era que Luisa, de tanto leer y estudiar, acabara olvidando sus orígenes y, convertida en una intelectual, los olvidara o los despreciara. Todos los días, al volver a casa, se cambiaba su ropa bonita de estudiante por un vestido viejo y ayudaba en todo lo que podía en las mil faenas que hacían posible sus estudios. 
Siempre tuvo claro que una cosa es lo que dicen los libros y otra lo que se vive en la realidad. Recordaba la contradicción que sintió cuando en la escuela le enseñaron una canción dedicada al "hogar, dulce hogar", cuando para ella su hogar era un sitio estrecho y sucio, mal oliente y lleno de pulgas en el que se sentía sofocada. Su interés creciente por la cultura nunca la hizo despegar los pies de la tierra.
El día de su graduación, todos sus familiares, vestidos y arreglados como nunca los había visto antes, se acomodaron en los asientos de la última fila del auditorio. Al terminar el acto, en vez de felicitarla, le arrebataron el diploma para verlo. Aquel título lo habían ganado todos.
Al describir su infancia, en medio de la pobreza, Luisa admite que aún en esas condiciones la niñez era algo maravilloso. "Éramos como todos los niños del mundo, unos chiquillos buenos, sentimentales, generosos y agradecidos. Crecíamos en aquel barrio como crecen tantas plantas entre la tierra seca y dura."
Con niños muy parecidos a ella le tocó ejercer su profesión de maestra. Las frustraciones se venían en cascada. Las madres les decían a las maestras que no les enseñaran "mañas" a sus hijos, como lavarse los dientes por ejemplo, ya que ellas no podían comprarles el cepillo. La niña que se dormía en clase resultó ser hija de una prostituta que la hacía esperar en la puerta hasta que se fuera el último cliente. Las maestras les decían a los niños que por su salud durmieran con las ventanas abiertas, y muchos de ellos vivían en cajones de latas sin ventanas. Y tras de ver, día tras día sus conocimientos pedagógicos estrellarse contra la realidad, periódicamente debía asistir a congresos de profesores, en el Teatro Nacional, a escuchar a los jerarcas de educación teorizar sobre unos niños abstractos que en nada se parecían a los que ella se encontraba en su aula.
Luisa González, con su vida y su libro, que son la misma cosa, nos dejó un gran mensaje y un gran ejemplo. Nacer a ras del suelo no significa necesariamente quedarse allí toda la vida. Hay que tener valor para enfrentar los problemas y optimismo para mirar al futuro. La educación y la cultura no apartan a las personas de su realidad sino que les permiten comprenderla mejor. La pobreza y la injusticia nunca deben asumirse como inevitables. Todos estos mensajes nos los dejó Luisa dentro una historia deliciosa, tan llena de dolor como de esperanza.
Don Joaquín Gutiérrez, refiriéndose a A ras del suelo, expresó: "Pocas veces se encuentra tanta vida en tan pocas páginas, tanta nobleza interior en un exterior tan modesto y sencillo. Luisa González debe estar orgullosa con su libro pues, como quien no quiere la cosa, ha llegado muy hondo y de modo sensible y vibrante al corazón del pueblo. Por lo demás, ella es eso también: sufrido pueblo, maternal, sabio y generoso. Y escribir así, interpretando tan fielmente el alma del pueblo es, como quien dice, agarrar a Dios por la lengua."
Luisa González. 1904-1999. Maestra de escuela, dependiente de librería y autora
de un único libro: A ras del suelo.


INSC: 0078 / 0595

2 comentarios:

  1. Ni conocía el libro, ni la historia, pero me ha parecido francamente interesante. Lo buscaré
    Besos

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  2. En realidad, escribió 4 libros, incluidad la versión teatral de A ras del suelo, cfr. Escritos (Euna, 2006). Saludos,

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