domingo, 9 de noviembre de 2014

La faceta romántica y nostálgica de don Beto.

Crisantema. Alberto Cañas Escalante.
Editorial de la Universidad Estatal a
Distancia. Costa Rica, 1990.
Uno de los aforismos de don Beto Cañas reza: "Si un escritor no quiere que lo entiendan es absurdo que escriba".
Consecuente como es, don Beto predica con el ejemplo. Naturalmente, deben de haber lectores que objeten o abandonen sus obras, pero resulta casi impensable suponer que en algún caso las objeciones o el abandono se hayan debido a alguna dificultad de comprensión. Ni siquiera en sus proyectos más ambiciosos, como las novelas Feliz Año Chaves Chaves, en que el tiempo y los lugares se suceden de forma elíptica, o en Los molinos de Dios, en que mete en la danza cinco generaciones de una familia y ciento cincuenta años de historia de Costa Rica, don Beto le ha puesto las cosas cuesta arriba al lector.
Al comentar un libro de don Beto, no es necesario insistir mucho en la comunicabilidad de su estilo ya que, así sea en el drama, la novela, el cuento, el ensayo o el artículo de opinión, logra siempre que sus escritos sean amenos, entretenidos y comprensibles.
Escribir distintos géneros es como hablar diversos idiomas y don Beto, como narrador, se toma muy en serio aquella vieja analogía de que la novela es como una película y el cuento es como una fotografía. En sus novelas ya dichas, así como en Una casa en el barrio del Carmen y La Soda y el F.C., se desarrollan muchos conflictos en muchos frentes y las relaciones entre los numerosos personajes, solo aparentemente distantes, no dejan de sorprender al quedar al descubierto. Al escribir novela don Beto nos muestra un mundo complejo, alambicado, y trata de ponernos al tando hasta de los detalles mínimos, sin lugar a dudas simpáticos e interesantes, aunque poco decisivos dentro del funcionamiento de ese mundo. Al escribir cuento don Beto es breve, más bien brevísimo, y no se permite ni la más mínima distracción para hacer más corta la distancia entre el planteo y el desenlace. 
Sus cuentos, fríamente delimitados y esmeradamente cuidados en su estilo, no podrían haber sido escritos a prisa, pero parecen destinados a ser leídos de un tirón, a ser tragados de golpe sin necesidad de masticarlos.
Ese afán de concisión ha llegado al extremo de impedirle hasta el hecho mismo de escribir el cuento. En 1974 publicó La exterminación de los pobres y otros pienses, porque los relatos allí incluidos, en la opinión del propio autor, ni siquiera llegaban a cuentos. Eran solamente "pienses", algunos de apenas un par de párrafos.
La ironía, tan sorpresiva y divertida como aguda y filosa, es casi inevitable en la pluma y los labios de este reconocido escritor.
Todas estas características apuntadas: estilo ameno y comprensible, extensión reducida hasta el límite de lo posible, ritmo apresurado e ironía afilada, son evidentes en Crisantema, la colección de cuentos que le publicó la EUNED en 1990 y que, tal vez por haber coincidido con el lanzamiento de su novela Los molinos de Dios, no recibió mucho atención y en sus primeros trece años no fue objeto de ninguna reseña.
Aunque Crisantema se ha mantenido en la oscuridad por años, sería injusto calificar este libro como una obra menor o poco significativa dentro de la amplia producción literaria de don Beto.
Muy por el contrario, Crisantema nos muestra quizá la faceta más sentimental de su obra. Conocido durante medio siglo por sus dotes de polemista, resultaría poco menos que imposible imaginarse a don Beto contando historias de enamorados llenas de suspiros y lagrimones. De hecho, las historias de parejas presentes en su obra narrativa se caracterizan por ser amores totalmente imposibles o definitivamente ridículos que son, hablando francamente, los más intensos.
En lugar del corazón flechado grabado a cuchilla en el tronco de un árbol, en el cuento que da título al libro, don Beto nos habla de un extraño grafiti que rezaba "Aquí se amaron Rodolfo y Crisantema", escrito en la pared de un hotelito barato que sirve de refugio a parejas jóvenes. Reflexiona luego sobre lo públicos que resultan a veces los lugares destinados a actividades privadas y en el hecho de que lo que hicieron Rodolfo y Crisantema en esa habitación no fue precisamente amarse. Otros visitantes, con palabras muy distintas, suelen ser más específicos al dejar constancia en las paredes sobre lo que hicieron.
Un hombre, por motivos de trabajo, vuelve a caminar por las calles del barrio de su infancia, convertido ahora en un rincón más de la zona roja y descubre que en la casa en que vivía la primera muchacha de la que se enamoró a la distancia funciona un prostíbulo. En las mañanas, las humildes trabajadoras, que deben prestar sus servicios a campesinos o hampones, ya que la casa no tiene pretensiones de grandeza, se asoman a la puerta a ver pasar el tiempo y los transeúntes. Una de ellas se le parece a la muchacha de sus recuerdos, definitivamente perdida para siempre, y el pobre hombre apresurado cada mañana al verla siente que vuelve a vivir la época en que, siendo chiquillo, se sentaba con sus amigos a intercambiar postalitas en la acera de enfrente solo para verla.
Un humilde tenedor de libros desempleado, acaba viendo la misma película tres veces el mismo día para eludir convidar a la muchacha que le gusta a la salida del cine ya que la plata no le alcanza. Una jovencita de San Luis (¿de dónde más?) ve alejarse el bus que va para San José, dentro del cual viaja un noviecillo de temporada, uno de esos muchachos que van a San Luis solo de vacaciones y que, durante su estadía, acaba emparejándose con una lugareña en un romance provisional solamente para tener con quién bailar al aire libre con la música de un radio de transistores.
Sí, los amores de los que nos habla don Beto en Crisantema siguen siendo imposibles o ridículos, pero en este libro, como en ningún otro de los suyos, es evidente una sensualidad que, en algunos momentos, alcanza niveles de tensión conmovedores, como en el cuento aquel en que narra la primera, y única, infidelidad de una maicerita con una tendencia imperceptible a la obesidad controlada a base de dietas, contra su marido bigotón, con quien compartía la misma tendencia, solo que en el caso de él no era ni imperceptible ni controlada, que al final ni se enteró de lo ocurrido.
En este libro también, en más de una oportunidad se negó a escribir el cuento y solo nos dejó el piense, el anteproyecto de un relato que quiso escribir pero luego, por alguna razón, no llegó a concretar. La expresión de dolor de un niño, hijo de un carretonero, atropellado por un automóvil podría haber sido un magnífico motivo literario. El autor lo sabe y lo declara, valora su potencial pero el cuento no cuaja porque nada de lo que escriba, ningún artificio imaginario que agregue al drama real presenciado podría aproximarse siquiera remotamente a la expresión del rostro del niño que había que verla para vivirla. El autor, entonces, en vez de escribir el cuento nos habla de su primera intención de escribirlo y su decisión definitiva de abandonar el proyecto. En otros cuentos, también, el narrador se salta su papel y dialoga con el lector sugiriéndole su complicidad para seguir adelante pasando por alto todo lo previsible e inevitable.
Las referencias a hechos contemporáneos de los cuentos es también sabrosa para quien sea capaz de recordarlos. El patatús que acabó matando a dos viejitas al ser enteradas, por un niño accidentalmente iluminado por un rayo de sol, de la visita pontifica a Costa Rica o la explicación que otra viejita, también beata, brinda sobre el triunfo de la selección de fútbol de Costa Rica frente a la de Italia en los juegos olímpico de Los Ángeles en 1984, forman parte, sin lugar a dudas, de las páginas más simpáticas del libro.

INSC: 1144

1 comentario:

  1. Lo confieso, me causa un poco de angustia saber que hay tantos autores que no conozco y que me encantaría leer.
    Lo tendré muy en cuenta.
    Un fuerte abrazo.
    HD

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