martes, 30 de septiembre de 2014

El título engaña.

Mujeres e identidades. Ruth Cubillo. EUCR.
Costa Rica, 2001.
Es poco probable que uno tome del estante del supermercado un frasco con una etiqueta que diga: "Mermelada de guayaba" y, al abrirlo ya en casa, llevarse la sorpresa de que contiene mostaza. Sin embargo, con los libros, situaciones de este tipo ocurren con frecuencia. Una vez fui a visitar a un tío y me regaló un libro titulado Historias de San Francisco. Al preguntarle el motivo del obsequio, me explicó que él quería leer historias de San Francisco de Asís, pero el libro era de historias de San Francisco, California. El venezolano Arturo Gutiérrez Plaza tituló uno de sus libros de poemas Principios de contabilidad, y él mismo se pregunta cuántos pequeños comerciantes lo habrán comprado por error.
A mí me ha ocurrido repetidas veces. Veo un libro en el estante y, con solo leer el título, decido llevármelo. En más de una ocasión el título no tenía absolutamente nada que ver con el contenido.
Una vez vi un libro titulado Mujeres e identidades, con el subtítulo Las escritoras del Repertorio Americano. Esta ha sido una de las pocas veces que he comprado un libro por el subtítulo. Sobre mujer e identidades se ha escrito tanto que resulta absolutamente imposible encontrarse una idea nueva en el tercer libro que uno lea sobre el tema. Sobre las escritoras del Repertorio Americano, hasta donde yo sé, no se ha escrito nada.
El tema es, sin embargo, muy importante. El Repertorio Americano fue, me atrevo a decir, la revista literaria más importante en lengua española en la primera mitad del siglo XX. La editaba don Joaquín García Monge, tenía colaboradores en España y todos los países latinoamericanos. Los ejemplares del Repertorio circulaban por todo el continente. El primer poema publicado de Dulce María Loinaz, cuando era apenas una muchachita de dieciséis años, apareció en el Repertorio, que también publicó una colaboración de un jovencísimo escritor mexicano llamado Octavio Paz. En otro momento, me referiré ampliamente al Repertorio que merece un artículo aparte.
Dentro de las muchas novedades que introdujo el Repertorio, fue la publicación de textos escritos por mujeres. Aunque hubo casos aislados de mujeres escritoras anteriores (María Fernández de Tinoco es quizá el caso más conocido) lo cierto es que fue en las páginas del Repertorio en que las mujeres entraron a la literatura costarricense. Evidentemente, un libro con el subtítulo Las escritoras del Repertorio Americano, no solo había que leerlo, sino que divulgarlo. Con esa intención lo adquirí. Sin embargo, el libro resultó ser uno más de los muchos libros de teoría de género que abundan en el mercado. Uno, además, sin la más mínima aportación original. Los libros de teoría de género son como los centros comerciales globalizados: quien ha visto uno, los ha visto todos.
Para quienes no estén familiarizados con este asunto del género, se los resumo. 
El esquema suele ser más o menos así: se arranca señalando el hecho de que las mujeres, desde tiempos inmemoriales, no solo han sido excluidas del ejercicio del poder y marginadas de los estudios superiores, sino que no han tenido la oportunidad real de regir sus propias vidas. Tras los ejemplos, casi siempre exhaustivos, se llega a la conclusión de que la sociedad patriarcal y falocrática ha hecho que los hombres ejercieran la autoridad y las mujeres solamente la acataran. Seguidamente, se muestra que esta situación ha venido siendo definida con argumentos que, valiéndose de criterios de todo tipo (desde religiosos hasta biológicos), pretendían demostrar la inferioridad de inteligencia y capacidad de las mujeres. Con esa premisa, se concluye que, por no haber contado nunca con voz ni poder, las mujeres han venido definiéndose a sí mismas de acuerdo con los parámetros de la sociedad que las somete. Tras esta argumentación, los libros suelen terminar llamando la atención sobre el hecho de que las situaciones de discriminación ancestrales aún persisten y proponiendo un trabajo reivindicador que favorezca los cambios necesarios que aún están pendientes.
Naturalmente, no discuto estos argumentos. Es más, los suscribo. Lo que me incomoda es que, lo que acabo de resumir en dos párrafos sea el tema de cientos de libros publicados y, a pesar de ello, sigan publicándose más libros para decir lo mismo. Las feministas más críticas, también consideran preocupante esta situación puesto que la repetición de lugares comunes, en vez de fortalecer el mensaje, lo arrala. 
Volviendo al libro, la autora, Ruth Cubillo,  en vez de arrancar de una vez y tomar al toro por los cuernos sin mucho preámbulo, se dejó seducir por tres temas que, en los libros de género, resultan de lo más repetitivos: la maternidad, la mujer en política y la apreciación de la mujer autora de textos literarios.
¿Cuántas mujeres publicaron en el Repertorio Americano? ¿Quiénes eran? ¿De qué nacionalidad? ¿Sobre qué escribieron? ¿Cuáles eran sus temas recurrentes? ¿Llegaron a generar algún tipo de polémica? Estas y muchas otras preguntas por el estilo quedan sin respuesta tras la lectura del libro.
En vez de brindar datos bibliográficos o historiográficos que pudieran servir de referencia para estudios posteriores, la autora se toma la molestia, en una de las páginas más lamentables del libro, que "la lucha de la mujer por liberarse no debe ser contra el hombre como ser humano, sino contra el sistema masculinizante que oprime a la mujer como individuo".
A fin de cuentas, el libro no hizo más que repetir lugares comunes sobre la teoría de género y solo tangencialemente se refirió a los artículos escritos por mujeres en el Repertorio Americano. Las citas de los artículos vienen en función del discurso, de manera que dejan de ser tema central para servir solo de ejemplo.
Con frecuencia machacona en el estudio aparecen asomos de datos como "según los artículos analizados", "solo dos de los artículos analizados", e, incluso, en la parte en que se refiere a la mujer autora da el interesante dato de que encontró veinticuatro artículos escritos por hombres sobre mujeres poetisas, pero solamente dos sobre mujeres ensayistas. El problema es que en ninguna parte consigna cuáles fueros esos artículos, en qué fecha aparecieron ni quién los suscribió. Solamente el dato de las fechas de aparición serviría de mucho para estudios posteriores. El libro que, por su subtítulo, parecía destinado a convertirse en libro de referencia, no da ninguna referencia.
Flaco favor le hizo este libro a los estudios de género, ya que, sobre las mujeres en el Repertorio Americano, una recopilación de fichas habría sido un aporte mucho más valioso que la repetición de lugares comunes harto conocidos ya expuestos en innumerables obras que, como esta, han cometido el error de poner la prédica por encima de la investigación.
Las escritoras del Repertorio Americano, lamentablemente continúan siendo desconocidas. 

Agrego un dato anecdótico. Este libro fue publicado en 2001 y a pocas semanas de su publicación, apareció un artículo mío en el periódico con las consideraciones que acabo de consignar aquí. No conocía entonces, ni he conocido después, a Ruth Cubillo. A pesar de que mi crítica fue dura, porque no hay nadie más duro que un lector interesado y desilusionado, albergaba la esperanza de que la investigadora recapacitara sobre el hecho señalado y ofreciera, de alguna forma, los datos que había recopilado sobre escritoras del Repertorio que, inexplicablemente, olvidó incluir en el libro. No lo hizo.

El libro tiene una dedicatoria: "A Ronny, porque su amor transformó mi vida."
Pues bien, quien le escribió furioso al director del periódico que publicó mi nota, fue Ronny, el del amor transformador, quien, no muy amorosamente, en su extenso mensaje me cubrió de insultos. Ni el director del periódico ni yo le dimos importancia al asunto. En la correspondencia típica de un crítico literario hay desde declaraciones de amor hasta amenazas de muerte. Ronny el amoroso pidió que se publicara su diatriba como un derecho de respuesta. El director le explicó que el derecho de respuesta se aplica solamente en dos casos: cuando hay ofensas personales o cuando se publican datos erróneos. Señalar una falta de información no es una ofensa. Y en cuanto a los datos erróneos, si la lista de artículos analizados está en el libro, que diga en qué pagina está, porque el ejemplar que yo tengo no la trae por ninguna parte.
Menciono la anécdota porque me pareció curioso que una mujer que defiende la autonomía femenina en el campo académico y literario, no haya contestado una crítica, sino que lo haya hecho su marido.

INSC: 1085





La casa de citas.

Las cenizas del sentido. Jorge Ramírez
Caro. Editorial Costa Rica. 1999.
Me gusta leer ensayos, pero cuesta mucho conseguirlos. El ensayista, a diferencia del erudito o del académico, propone y desarrolla un tema sin más intención que la de compartir la secuencia de sus pensamientos y las conclusiones a que llegó. Es un género libre, subjetivo, que se ubica en las antípodas del estudio científico. Una obra académica debe ser metódica, seguir una teoría y demostrar, si puede, sus conclusiones. El ensayista no demuestra, simplemente propone. El padre del género, Michel de Montaigne, creó el ensayo para divagar libremente, sin tener que echar mano a los recursos eruditos propios de los pedantes de su tiempo. Durante más de tres siglos y medio se publicaron ensayos valiosos pero, más o menos desde mediados del siglo XX, se ha dado en llamar ensayos, paradójicamente, a obras académicas llenas de citas y bibliografía, escritas en una prosa profesoral imposible de tragar para un no iniciado.
A mí me gusta leer ensayos literarios, históricos y filosóficos. Pero en las librerías lo que hay son libros de literatura, historia y filosofía muy poco amigables con el lector común. 
Hace años, en 1999, la Editorial Costa Rica le otorgó su premio de ensayo a Las cenizas del sentido, de Jorge Ramírez Caro. Por tratarse de una obra que se refería a los libros y al hábito de la lectura me entró la curiosidad por leerla. La desilusión no pudo ser mayor. Es un libro cargado de citas hasta extremos enfermizos. La resumo para ahorrarle a cualquier curioso el disgusto de leerlo.
La obra está dividida en nueve apartados, cada uno bastante distinto a los otros.
El primer capítulo, titulado Sombras de mi lectura, que se refiere al papel activo del lector, acaba totalmente ahogado en un picadillo de citas. Para quien se sienta a disfrutar de la lectura de un ensayo, resulta inexplicable ese afán majadero de querer justificar cualquier afirmación citando a un autor reconocido. En cada párrafo aparece un "insiste Barthes", "reseña García Berio", "expone Eco", "define Ingarden", "anota Jauss", "según Iser", "señala Pozuelo Yvancos", y así, sucesivamente, ad nauseam.
Da la impresión de que la descarga de citas textuales no es más que un barato y artificial despliegue de erudición. Por buscar referencias, el autor no pudo haber escrito estas páginas fluidamente. ¿Cómo espera que el lector las lea con soltura si, en lugar de proponerle un camino, le pone tropiezos al frente? Este libro invita a desertar en las primeras páginas. Si lo único que brinda son citas de teóricos, la idea de leerlos directamente es a cada párrafo más tentadora.
Desde el principio, surge la duda de a qué clase de público pretendía dirigirse Ramírez Caro. Los estudiosos de la teoría literaria encontrarán en este libro pocas afirmaciones que no hayan escuchado antes y quienes leen por deleite, disfrutan de la prosa o la poesía pero no suelen detenerse a teorizar sobre el fenómeno literario o a hilar delgado en cuanto a su papel de lectores. Este primer apartado, además, está escrito con un tono erudito que, por lo artificial, resulta insoportable.
A partir del segundo capítulo titulado Desde dónde y para quién leemos, el libro empieza a tornarse un poco más ameno, con menos teoría y más ejemplos, aunque sin abandonar del todo el vicio de recurrir a las citas con más frecuencia de la necesaria. 
Otra cosa que llega a ser molesta, además de las citas, es el afán de explicarlo todo exhaustivamente, restando, con ello, el papel activo del lector que tanto defendió con citas de otros. El capítulo cinco, por ejemplo, arranca con una cita de Jorge Luis Borges, clara como el agua y concisa como una roca. Vienen luego veinticuatro páginas explicándola. Veinticuatro páginas absolutamente innecesarias porque la cita lo decía todo.
Ya en el capítulo siete el autor pierde completamente el norte y, lejos de focalizar, más bien atomiza. Salta de un tema a otro y, en reiterados momentos, se permite utilizar un tono digno del púlpito más panfletario. De la erudición fingida, pasó a la arenga desbocada. 
El penúltimo capítulo es repetitivo, ya que en él el autor no hace más que subrayar con rojo los argumentos ya largamente expuestos.
Finalmente, es en el noveno y último capítulo, en el que se confirma la sospecha de que Ramírez Caro no tiene la más mínima capacidad de síntesis. Cierra el libro con un picadillo de ideas, cuyo origen, según sus propias palabras, son las anotaciones que hizo al margen de sus libros favoritos. Definitivamente, el autor debe de tener un alto concepto de sí mismo, puesto que casi todos los lectores suelen escribir observaciones al margen de sus libros pero ciertamente son pocos, más bien poquísimos, los que llegan a considerar que esas notas merezcan ser publicadas. De hecho, aparte de Ramírez Caro, no sé de otro que lo haya hecho.
Resulta difícil emitir un juicio de conjunto sobre los nueve apartados, ya que lo más constante de este libro es su irregularidad.
De un despliegue de erudición para sustentar una aburridísima exposición teórica, pasa de repente a un acto de veneración al libro como objeto. Esa veneración, por cierto, llega a ser, en los momentos de mayor entusiasmo, hasta fetichista. Cabe apuntar que una cosa es ser bibliófilo y otra, muy distinta, bibliólatro.
De un tono profesoral, digno del catedrático más riguroso, pasa de repente a un tono exhaltado y emocional con arengas en pro de la lectura.
A veces se permite elevarse en temas y vocabularios doctorales, totalmente indescifrables para un no iniciado y, en otras, recurre a un lenguaje didáctico casi paternal.
En medio de una exposición serena, de repente se le desata el lirismo y suelta unas parrafadas melosas que, si bien en otro contexto podrían resultar apreciables para un lector sensible a ese tipo de manifestaciones, lo cierto es que donde están puestas desentonan.
Pero lo más extraño es la sobreabundancia, ya mencionada, de citas. Al principio, al menos se limitaba a utilizarlas como afirmaciones de autoridad, pero conforme avanza el libro, pasan de ser referencias para convertirse en eje central.
Particularmente exageradas, por lo extensas, resultan las citas que hace de Don Quijote, Fahrenheit 451, Mundo Feliz y sendos discursos de Joaquín García Monge y Omar Dengo. Una de esas citas es de más de tres páginas, seguida, como era de esperarse, por la consiguiente glosa.
Otra característica inexplicable del libro es su tono de prédica. "El poder" es un enemigo abstracto, que no se molesta en definir, sobre el que vuelve recurrentemente y ante el cual adopta un tono maniqueo en ocasiones exaltado.
En el caso de Las cenizas del sentido, lo que se le reclama no es el hecho de que esté constituido por escritos de la más diversa factura y no de ensayos en el más estricto sentido del término. Además de ese punto (que no pasa de ser una clasificación de género), lo más desconcertante en este libro es su insistencia en hacer llover sobre mojado, su obsesión por las citas y su escasa voluntad de síntesis y concentración.
Resulta paradójico, además, que un libro sobre la lectura, escrito por un amante de la lectura, no se haya esforzado por lograr una prosa que fuera accesible y atractiva para un público amplio.
Leer un ensayo, es un deleite intelectual. Leer este libro fue un verdadero dolor de cabeza.


POST SCRIPTUM
Esta nota la escribí en el 2001. No conocía entonces, ni he conocido hasta ahora, a Jorge Ramírez Caro. Poco después de publicada esta nota, fui jurado en un concurso literario de cuento. Las obras se presentaron bajo pseudónimo. El premio se otorgó por unanimidad y el ganador resultó ser Jorge Ramírez Caro quien, a mi juicio, pese a ser un fallido ensayista, como narrador tiene su mérito.

INSC: 1078


lunes, 29 de septiembre de 2014

La muerte siempre está cerca.

Mitomanías. Rodrigo Soto. EUNED.
Costa Rica. 2002.
Todos los cuentos de Mitomanías tienen un tono trágico y muchos de ellos concluyen o transcurren alrededor de una muerte. No se trata, sin embargo, de un ejercicio morboso centrado en el dolor, sino más bien en una demostración de cómo los hechos más tristes suceden por lo general en un día cualquiera y sin previo aviso.
La serenidad en que parece desarrollarse la vida de los protagonistas es rota de repente por una tragedia imprevista, tan sorpresiva que no deja espacio a la reacción.
El narrador no se concentra en la descripción de detalles ni emociones, sino que, tranquilamente y con la mayor naturalidad, se limita a relatar hechos y consignar diálogos.
Una niña recuerda lo doloroso que fue abandonar su casa tras el suicidio del abuelo quien, contrariado por apuros económicos, un día apareció colgado en su dormitorio. Además del abuelo, perdieron la casa llena de recuerdos y debieron trasladarse a una zona rural, lejos del barrio de la infancia. Muchos años después, ya casada y envuelta en la vida nómada de las familias pobres, siempre en busca de un alquiler más barato, su marido le anuncia que se mudarán a un cuartito de una vieja casona. El día de la mudanza, la niña convertida en señora se lleva la sorpresa de que va a vivir en la misma casa de su infancia, cuyos cuartos están convertidos ahora en apartamentos donde se apretujan familias numerosas de escasos recursos. No resiste la tentación de asomarse al cuarto del abuelo y descubre, en medio del tumulto de chunches de los actuales habitantes, que la soga continúa colgando de una viga del techo y, sin haberla siquiera notado, hay unniño jugando debajo.
Un trabajador recuerda con admiración y cariño a un hombre de espíritu libre que quién sabe por qué extrañas circunstancias acabó siendo compañero suyo en el taller. Melenudo y ajeno a todo convencionalismo, era un hombre que soñaba con alejarse de las máquinas y vivir en libertad lo más cerca posible de la naturaleza. Sus compañeros no lo comprendían, ya que ellos eran más bien hijos de campesinos que nacieron y crecieron al lado de la tierra pero que, a diferencia del melenudo, creían que vivir en la ciudad y trabajar con máquinas era el primer paso hacia una vida mejor. Pese a tener aspiraciones y visiones de mundo distintas, los operarios lo admiraban y, con frecuencia, hasta le hacían rueda para oírlo hablar de sus ideas y andanzas. El taller no era lugar para él. Todos sabían que no le gustaba estar allí y cuando empezó a trabajar horas extras, todos supieron que lo hacía solamente para juntar el dinero que le permitiera adelantar su marcharse tras sus sueños. Nunca lo pudo hacer porque una noche, mientras trabajaba completamente solo, el torno atrapó su melena y al día siguiente sus compañeros comprendieron que su agonía fue breve, apenas tan larga como su cabello.
Más adelante encontramos cuentos de bebés que, tras su nacimiento, en vez de acabar en una cuna llena de almohadas, terminaron en un frasco con alcohol; crímenes pasionales absolutamente inevitables porque, ante el estado de las cosas, si él no la mataba a ella, ella lo mataba a él y reflexiones nihilistas de fuerte sabor amargo.
Lo dicho: Mitomanías es un libro de cuentos lleno de dolor, de tono trágico, en que la muerte es protagonista principal. Sin embargo, el manejo que Soto le dio a las narraciones, evitó que cayeran en lo morboso o lo grotesco.
Con una prosa de gran sobriedad, ajena a cualquier pretensión grandilocuente, el autor supo dosificar acertadamente los silencios. A pesar de lo terrible de los temas que trata, Soto supo qué tenía que decir y qué tenía que callar para poder invitar al lector a observar, más que el acontecimiento mismo, el trasfondo emocional y vital en que ocurrió.
Pero no todo se va en recuento de desgracias. Un par de relatos son de construcción más experimental y acaban en reflexiones tal vez demasiado extensas y divagatorias en las que, curiosamente, es donde queda en evidencia la juventud e inexperiencia del autor. Aunque hay quienes admiran a Rodrigo Soto precisamente por sus incursiones en la prosa poética, al menos en Mitomanías resulta claro que los mayores aciertos se pueden hallar en los cuentos de factura convencional.
Particularmente dignos de mención resultan los siete cuentos brevísimos que, recogidos bajo el título de Microcosmos cierran el libro. Comprimidos a la mínima expresión, aparecen allí, entre otras cosas, la tragedia que significa la muerte del perro de un ciego, la verdadera razón de sacrificio de Juan Santamaría y y una broma de mal gusto que la dura realidad vengó después.
En el terreno de la brevedad es, por cierto, donde Rodrigo Soto muestra más vivamente la habilidad de su pluma. En el relato corto, más que en el extenso, es también donde este escritor ha cosechado sus mayores triunfos de crítica y de público.
Publicado en 1982, cuando el autor solamente tenía veinte años de edad, Mitomanías fue su primer libro. Tras varios años de silencio, Soto publicó después los libros de cuentos Dicen que los monos éramos felices (1996) y Figuras en el espejo (2001), así como las novelas La estrategia de la araña y Mundicia y el libro de poemas La muerte lleva anteojos.
En Costa Rica, publicar un libro es toda una odisea pero, bien que mal, es un logro que no está pegado al cielo. Para que aparezca la segunda edición de un libro, hay que esperar sentado. Mitomanías fue reeditado en el 2002, veinte años después de su aparición y es, hasta el momento, el único libro de Rodrigo Soto con segunda edición.
El libro viene con un acertado prólogo de Alfonso Chacón. No sé si es el mismo que se consigna como encargado de la revisión de pruebas. De tratarse de la misma persona, es evidente que hizo mucho mejor trabajo como prologuista que como corrector, puesto que el libro viene con cierto número de erratas, un par de ellas bastante divertidas.

INSC: 1542

domingo, 28 de septiembre de 2014

Más denuncia que vida.

Bajo sospecha. Rolando Ambrón.
Editorial Costa Rica. 2001.
Existen diferencias notables entre un narrador y un predicador. Quienes tratan de combinar ambos oficios acaban, por lo general, escribiendo un libro propagandísticamente ineficaz y literariamente pobre. Dentro de los libros de este tipo (desde las novelas edificantes de antaño hasta la literatura comprometida de denuncia social en boga en los años de la guerra fría) son realmente pocos los casos que se pueden rescatar como obras literarias respetables.
Pero la gente insiste. El libro Bajo sospecha, de Rolando Ambón, es una buena muestra de cómo la mezcla de narración con discurso acaba perjudicando tanto a la una como al otro. El tomo recoge cinco cuentos sobre la realidad más inmediata del pueblo cubano. Tal parece que los ojos del mundo se mantienen volcados sobre Cuba y todos los libros que se publican sobre la isla, buenos y malos, acaban llamando la atención. Son muchos los curiosos interesados en saber algo más sobre la vida cotidiana en el único país del hemisferio occidental que mantiene un régimen de monarquía absoluta.
Vale recordar como muestra, los libros El rey de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, La noche de la jinetera de Jordi Sierra, Viaje al corazón de Cuba de Carlos Alberto Montaner y Jineteras de Amir Valle como botones de muestra de los libros sobre la realidad cubana que han sido leídos vorazmente en los últimos años.
Existe un interés morboso acerca de la realidad de la isla y los escritores lo aprovechan. Hay quienes solamente pintan cuadros de miseria, quienes plantean la apología o la censura del régimen y quienes se quedan sin ir más allá de lo pintoresco. El régimen cubano es absurdo y sus disposiciones, inevitablemente, acaban generando situaciones absurdas. Cualquiera que viaje a Cuba regresará contando historias que serían completamente irreales en cualquier otro sitio. El material para un buen cuento o una buena novela está al alcance de la mano. Sin embargo, casi todo lo que se escribe sobre Cuba viene tamizado por un filtro propagandístico, ya sea para criticar la dictadura o para defenderla. Estas obras, de algún modo, generan desconfianza.
En el libro de Ambrón, la desconfianza aparece desde la primera página. En una introducción, afortunadamente breve, el autor manifiesta su deseo de que los cuentos "sirvan para que aquellos que gozan de libertad la conserven y luchen por ella". Mala señal. No se supone que los cuentos "sirvan" para algo, por lo que la lectura se emprende resignado a toparse, cada cierto trecho, con un discursito orientador.
En La cola del pan, el primero de los relatos, las sospechas se confirman. Un grupo de personas hace cola para comprar pan y la aparición de cada personaje viene acompañada de un filazo al régimen. El cuento se ocupa más de la divulgación de problemas que en la búsqueda de un drama humano aprovechable literariamente. Allí no hay vida, hay consignas. Un pueblo harto de colas y regateos es un material excelente para desarrollar un cuento, pero Ambrón decidió quedarse en la simple descripción del hecho.
En el segundo cuento El chofer profesional, aparece la infaltable jinetera, personaje omnipresente en todo cuanto se escribe sobre Cuba. Desde que el turismo vino a darle un respiro a la quebrada economía cubana tras la caída de la Unión Soviética, la muchacha que se prostituye en divisas llegó a ser una figura constante en el paisaje urbano de cada ciudad y cada barrio. De nuevo el afán informativo impide desarrollar una observación profunda. En este cuento, además, salta a la vista que Ambrón no es un escritor muy cuidadoso. Las torpezas formales son frecuentes y graves.
En una línea: "El Lada rodaba raudo rumbo a los últimos resplandores", además de la cacofonía evidente, lo rebuscado y lo redicho dejan claro que estos cuentos no son obra de una persona acostumbrada a escribir. La redacción de numerosos párrafos, es lamentable.
El cuento número tres, El atentado, no parece mejorar en este aspecto.
Bajo sospecha, el relato siguiente que da título al libro, carece por completo de tensión y, por largo, llega a resultar tedioso. La flaqueza principal de estos cuentos radica, como ya se dijo, en el hecho de escribir exclusivamente en función del contenido. Cuando alguien pretende escribir un cuento para dar un mensaje, lo más probable es que no logre ni escribir el cuento ni dar el mensaje.
Se comprende el hecho de que los relatos tengan la perspectiva de un exiliado (Ambrón es cubano residente en Costa Rica), pero el descuido formal y la mirada superflua son cosas que un lector de cuentos no perdona.
Nadie discute que la situación económica de Cuba es precaria, que el régimen es represivo y que la burocracia es kafkiana, pero ¿qué hay más allá de todo eso? Para el discurso virulento está el panfleto, para el análisis de actualidad está el reportaje. La literatura, aunque informe y analice, se supone que va un paso más allá. La literatura llega hasta lo más hondo del ser humano, la literatura es capaz de mostrar la vida palpitando detrás de todo aquello que no es más que una circunstancia.
Los primeros cuatro cuentos de este libro no pudieron llegar a ese nivel. Sucumbieron ahogados en denuncias, lamentos y reclamos. Estas objeciones, de más está decirlo, no responden a una crítica ideológica, sino estética. Igual de molestos habrían sido estos cuentos si hubieran pregonado en la dirección contraria.
Cuando ya daba por un hecho que este sería un libro de cuentos fallido, tuve una sorpresa. El último cuento, titulado La salida, aunque a veces se pasa de sentimental, rompe el patrón de los anteriores, hace a un lado el discurso y se concentra en la narración, al punto de llegar a ser conmovedor.
Este último cuento es sobre la emigración de Cuba pero, en vez de despotricar contra las privaciones que han obligado a tantos a buscar vida en otra parte, la historia se ocupa de la experiencia de una familia en particular.
Sin mayores alusiones al régimen, muestra la emigración, no como un problema político, sino como el trago amargo de tener que separarse de los seres queridos. En estas últimas páginas hay vida, amor de una madre a su hijo y amor de un marido a su esposa. El autor logró construir con cierta profundidad un grupito de personajes a los que el lector les toma cariño y con los que, desde su posición de testigo, sufre lo difícil del paso que las circunstancias los han obligado a dar.
En la tapa del libro se dice que el autor considera que el escritor debe ser cronista y testigo. Ante un libro que, lamentablemente, se quedó en la intención, se podría corregir ese texto aclarando, más bien, que para ser escritor, no basta con ser cronista y testigo.
INSC: 1187 

Una caricatura.

Pura vida. José María Mendiluce. Planeta.
1998.
Ariadna, una joven funcionaria de la ONU, con el fin de tomar distancia de su novio, se traslada a "trabajar" (es un decir) a Costa Rica, país en que la vida consiste en sexo salvaje al aire libre, consumo de cocaína y marihuana, prostitución masculina y femenina y borracheras y bailongos continuos. Este es el contenido de Pura vida, novela de José María Mendiluce publicada por Planeta.
En España, tal parece que el libro tuvo buena acogida. En Costa Rica, fuimos pocos los que la leímos y a nadie le gustó. No se trata de prejuicio nacionalista. Los lectores costarricenses estamos abiertos a todo y una novela, ubicada en nuestro país, que se ocupara de hurgar en lo oscuro (consumo de drogas, prostitución, vida nocturna etc.) podría haber sido bien acogida. El problema es que Pura Vida es una novela pobre en todo sentido. Mal planteada, mal escrita, mal resuelta y llena de errores de todo tipo.
La leí, porque me despertó la curiosidad el hecho de que un autor europeo explorara nuestra realidad underground y quise ver qué lograba descubrir. El autor ni explora ni descubre nada y deja de manifiesto su terriblemente pobre y superficial nivel de observación y su absoluta incapacidad de construir una novela.
Para comprenderlo mejor, pongamos la situación a la inversa. Imaginemos que un autor costarricense escribe un libro sobre prostitución y consumo de drogas en, digamos, Sevilla, por ejemplo. A los sevillanos no les choca el tema y se acercan a la novela con la actitud abierta del lector libre de prejuicios pero descubren que, en la novela, los sevillanos hablan de vos, como los argentinos y que la catedral queda justo al lado del Museo del Prado. Las inexactitudes geográficas y lingüisticas acabarán siendo un tropiezo molesto en la lectura.
En Pura Vida, un negro de Limón usa el pronombre "vosotros", cuando cualquier persona medianamente culta sabe que no se usa en toda América Latina. Cuando en la novela se reproducen modismos del habla costarricense, son ridículos. Dice "aguatamal" en vez de "agualotal" y la lista de palabras de connotación sexual que, según el autor son comunes, las copió del libro de Láscaris sin enterarse de que están en desuso desde hace más de treinta años. Las nuevas, por supuesto, ni las escuchó, cono no escuchó ni vio nada de lo nuestro.
Haciendo uso de la mejor buena voluntad, estas torpezas podrían pasarse por alto. Mendiluce no tiene capacidad de reproducir nuestra variante del español y en materia de geografía, simplemente, está perdido. Podemos disculpar su ignorancia considerándola una licencia de la novela. Después de todo, si en una obra ficción, para seguir con el ejemplo, el Museo del Prado se ubica en Sevilla y los sevillanos hablan de vos sería, en todo caso, porque es una obra de ficción.
Que nadie espere, de este libro, ni la más mínima referencia histórica o sociológica sobre Costa Rica. En esta novela, Costa Rica es solo el decorado, el telón de fondo para que una muchachita tonta, drogadicta, promiscua y borracha pueda broncearse. La única razón de la existencia de los negros de Limón es satisfacer las fantasías sexuales de las aburridas europeas que cruzan el Atlántico en busca de emociones. Mendiluce no puede ver más allá ni más a fondo de lo evidente. Su visión, es la de un turista de paso. Sus imágenes, son las de una tarjeta postal. La poca información que brinda sobre Costa Rica, es la que puede encontrarse en cualquier folleto de turismo.
Pero hagamos todo eso a un lado. Si Pura Vida no tiene el más mínimo valor antropológico, histórico o social, ¿Cuáles son sus méritos literarios? Es difícil encontrarlos, puesto que incluso un lector no costarricense (que no se distraería con las inexactitudes) acabaría aburrido con esta novela cursi, lineal y predecible, en la que no hay ni un solo personaje bien construido ni una sola línea que valga la pena recordar.
Tal vez el único mérito de este libro, sea el mostrar que los funcionarios de los organismos internacionales, además de ser los burócratas mejor pagados del mundo, son los más inútiles. Ariadna, la protagonista, como Mendiluce, el autor, tienen en común el trabajar para esas organizaciones que, en el papel, se dedican a salvar al mundo pero que todos sabemos que, en la realidad, no hacen más que tener a sus funcionarios haciendo turismo a costa de otros. Este libro es una caricatura. Una caricatura mal dibujada, pero una caricatura al fin. Nada más que eso.
INSC: 0978 

La juventud de Virginia.

Canto a mi tiempo. Virginia Grutter. Editorial
Mujeres, Costa Rica, 1998.
Viginia Grütter nació predestinada a ser testigo de primera línea. Por azares del destino, estuvo en Alemania cuando empezó la II Guerra Mundial, en Cuba cuando triunfó la revolución y en Chile cuando se dio el golpe militar. Pero, además de la suerte de presenciar, Virginia tiene el talento de  narrar con fluidez y belleza todo lo vivido.
La Editorial Mujeres publicó, en 1998, la primera entrega de sus memorias titulada Canto a mi tiempo, en la que Virginia relata su infancia y adolescencia. Solo el testimonio de transformación de niña a mujer es ya de por sí interesante pero, en su caso, su desarrollo y pubertad estuvieron rodeados de todo tipo de acontecimientos políticos y bélicos.
La historia empieza en Puntarenas, donde una niña precoz y pizpireta presencia el matrimonio de su madre con un ciudadano alemán, sin que ella ni nadie pudiera sospechar las consecuencias que esa boda traería a la vida de la niña. Vienen luego los viajes a San José, la monotonía de la escuela, la  primera comunión, el aumento de la curiosidad infantil conforme avanzan los años y la consiguiente represión paterna, hasta que llega el gran acontecimiento: un viaje a Europa.
Para aquella niña, solo el hecho de cruzar todo el país, hasta Limón, ya era una aventura, pero llegaría mucho más lejos: Alemania, Francia, Suiza, Italia.
Estando en Berlín, aquella niña morena, cholita, de cabello negro recogido en trenzas y ojos achinados, jugaba en un parque con niños alemanes rubios. Todos corrieron a saludar a alguien y, tal vez por lo llamativo de ser la única morena de cabello negro entre tantas cabecitas rubias, Adolfo Hitler le dedicó a Virginia su atención, su sonrisa y hasta una caricia. Poco después estalló la guerra y su familia regresó a Costa Rica, pero su padre, solamente por ser ciudadano alemán, fue arrestado y llevado a un campo de concentración en los Estados Unidos.
Su mujer y su hija se le unieron voluntariamente y allí vivieron hasta que, por medio de un intercambio de prisioneros, fueron repatriados, sin su consentimiento, a Alemania. Vino luego la invasión y los bombardeos aliados, el caos, la destrucción, el hambre, hasta que por fin, tras mil peripecias, la pequeña familia logra regresar a Puntarenas.
De Puntarenas a Puntarenas, podría resumirse el viaje, pero cuántas cosas sucedieron entre la ida y la vuelta, cómo cambió el mundo y, principalmente, cómo cambió Virginia, que salió siendo una niña inocente y volvió como una mujercita madurada a golpes por las circunstancias.
¿Puntos por destacar en el texto? Muchísimos, pero especialmente la alegría y las ganas de vivir, siempre intensas aun en medio de las peores situaciones, la sed de amar, la unión y el sacrificio de la familia, el humor, la ironía... en fin, todo el libro es pura sustancia.
Es un libro pequeño, de apenas noventa y nueve páginas. Al hacerlo tan breve, Virginia logró entregarnos un texto en que no hay ni una palabra de más.
Quienes leímos el libro apenas apareció, esperábamos leer pronto el segundo tomo de sus memorias que, estábamos seguros, sería tan conciso, tan humano y tan bello como el primero. Ella tenía mucho que contarnos. Historias tristes, como la desaparición de su marido, arrestado por el régimen de Pinochet, o el cautiverio de su hija en las cárceles de Somoza. También, por supuesto, tenía que contarnos sus divertidas anécdotas del mundo del teatro, al que dedicó su vida. Sin embargo, Virginia murió en el año 2000 y Canto a mi tiempo fue su último libro. Sus memorias, por tanto, son solo noventa y nueve páginas que se refieren, exclusivamente, a su infancia y juventud.
Viginia Grütter. Retrato de Faustino Desinach.
INSC: 0972

Cada uno en su puesto.

El teatro circular. Oscar Núñez.
EDUCA. 1997.
La novela El teatro circular de Oscar Núñez Olivas se ocupa del violento pasado reciente de los países centroamericanos. Para realizar un retrato amplio, el autor decidió no referirse a ninguno en particular y ubicó la historia en un país imaginario, creado a partir de diferentes realidades. Aunque se hace referencia a nombres de pueblitos y barrios, no se menciona la capital ni el país, que podría ser cualquiera de los centroamericanos, excepto Costa Rica, donde no hubo guerrilla y donde, tal vez por ello, termina la novela.
Las referencias, a veces parecen indicar que se trata de El Salvador, ya que se menciona al padre Rutilio Grande, o de Nicaragua, por la mención del asesinato de un periodista que inevitablemente se asocia con la de Pedro Joaquín Chamorro. En realidad, el escenario de la novela es una mezcla de ambos países, en los que las luchas guerrilleras tuvieron desarrollos y resultados muy diferentes.
En todo caso, se trata de un país pequeño, con una masa indígena analfabeta, una casta militar poderosa y corrupta, una guerrilla oculta y activa en las montañas, un tirano que se cree salvador de la patria y miles de personas, atrapadas en medio del conflicto, que tratan de seguir adelante con su vida lo mejor que puedan.
La novela, gracias a un estilo claro y pausado, nos permite seguirle la pista, sin mayor dificultad, a una intrincada telaraña de relaciones que, más que políticas, son simplemente humanas.
El procurador de Derechos Humanos, al tiempo que ve ascender su carrera, ve desmoronarse su matrimonio. Su único hijo se ha unido a la guerrilla poco antes de que él entre a formar parte, como ministro, del gobierno que su hijo pretende contribuir a derrocar. El mayor Collado, temido jefe de la inteligencia del régimen, es homosexual y paga regularmente los servicios de un travesti (hermano oculto de un alto funcionario del gobierno) quien es en realidad un agente de la guerrilla. La información que el travesti logra sacarle al militar, la transmite a la dirigencia insurgente por medio de un cura, siempre envuelto en líos de faldas, que anda enredado con la esposa de un procurador quien, a su vez, anda preocupado por la imposibilidad de su segunda esposa de tener hijos. Este laberinto de relaciones y personajes mencionados hasta ahora, es tan solo una parte de la complicada trama de la novela, en la que cada movimiento de un personaje repercute en la vida de otro. A veces, da la impresión de que todo termina donde empieza, que la causa era en realidad efecto y viceversa. Para narrar toda esa maraña de pasiones, el autor nos introduce en breves instantes de la vida de los personajes. Toda la novela no es más que una gran colección de acontecimientos íntimos y personales, cuya suma, ya vista en conjunto, es lo que nos permite comprender la situación del país.
Oscar Núñez, para hacernos ver el bosque, nos hizo prestarle atención a los detalles de cada árbol.
Aunque la narración es fluida, los diálogos con frecuencia resultan acartonados. Cada personaje, no importa si se trata de una criada analfabeta o de un guardián de cárcel, al hablar suelta un discurso de frases lapidarias, largamente pensadas, con explicaciones, justificaciones, alcances y análisis que les resta naturalidad. Los personajes, en vez de seres humanos en el mundo, parecen más bien estereotipos (o arquetipos) que solamente cumplen con su papel dentro de un teatro en que los papeles se repartieron a rajatabla. De hecho, una de las conclusiones que se desprende de la lectura de esta novela, es que en el drama de las dictaduras y las guerrillas, todos los involucrados no fueron más que actores que ocuparon sus puestos, no por convicción ideológica, sino empujados por las circunstancias.

INSC: 0977

sábado, 27 de septiembre de 2014

La mano que da en el blanco.

La mano suicida. María Montero. Perro
Azul. Costa Rica. 2000.
Una voz poética firme y contundente, dolores recordados con cinismo y textos pequeños colmados de inmensas sorpresas, son parte de lo que nos entregó María Montero en su segundo poemario.
Llevaba quince años sin publicar y, en el 2000, sorprendió con las reflexiones de una mujer, artista y madre, que a pesar de todo lo sufrido, tiene el valor de enfrentarse a sus fantasmas con la frente en alto. Tal vez sea mucho el dolor acumulado, pero nunca será tanto como la fortaleza que siempre la empujó a apostar por la vida.
Echar la vista atrás y hacer un inventario minucioso de los desaciertos y tropiezos del camino, no tiene que ser necesariamente (y María nos lo demuestra) un ejercicio de autocompasión que no pase de lamer las viejas heridas.
Aunque la voz de María se enfrenta a dolores que han calado hondo, no los aborda con el asombro de quien mira horrorizado la herida sangrante, sino con la serenidad de quien, lleno de nostalgia, contempla la cicatriz que le trae de recuerdos de otra época.
La mano suicida es un libro que suda honestidad. En todos sus poemas es palpable la intención de la autora por abandonar los pudores y desnudar hasta sus más íntimos pensamientos. Es un libro transparente como una casa de cristal en la que quien la habita no tiene manera de ocultarse.
Su estilo, totalmente ayuno de florituras e ingeniosidades, es limpio, fresco, sin un solo retruécano. María, a fin de cuentas, es mujer de pocas palabras. Sus poemas son concisos y, por ello, impactantes. La aliteración (empezar distintos versos con la misma palabra) tal parece que es su arma favorita. Las palabras se repiten en un ritmo constante, como si estuvieran entonando un mantra o una letanía. Lo que pasa es que los sinónimos no existen y cuando se logra dar con la palabra buscada, no queda más que repetirla con la insistencia de quien da martillazos sobre la cabeza de un clavo. Los poemas de María tienen ritmo de martilleo, un martilleo tan intenso y sostenido que a veces, pese a la brevedad de los textos, el lector se ve obligado a tomar una pausa para asimilar mejor los golpes.
Que nadie se deje engañar por el título y la portada. “La mano suicida” no es un libro pesimista, aunque tampoco es esperanzador. Es un libro, como ya se dijo, transparentemente honesto, en que la autora, al hacer recuento de sus desencantos nos brinda, quizá inadvertidamente, una muestra de su inmensa fortaleza.
La voz y la mirada del libro son, de más está decirlo, femeninas, pero no se trata de un asunto de pose ni de corrección política. La mujer que se adivina tras los poemas de La mano suicida no es de las que tienen que predicar su igualdad ni de las que gustan de subrayar su femineidad.
En la primera parte del libro, titulada también La mano suicida, encontramos a una mujer que se observa a sí misma y a todas las mujeres a su alrededor. Es una mujer que se mira al espejo y tiene el valor de admitir que no es lo que ella cree que es, ni llegará a ser quien quería ser. Una mujer que admite que ha hecho todas las cosas que dijo que nunca haría y a la que, para colmo de males, ya no le queda el vestido de hacer diabluras. Cree que no le importan los piropos, pero cuando escucha uno, piensa en lo hermosa que es. Es la mujer que espera un milagro en la ventana del cuarto, la que se hace la dormida para poder estar más sola. Es la madre que en el momento del parto siente que el dolor se le convierte en destino de la cintura para abajo.
¿Quién es esa mujer? María nos lo aclara en un poema titulado precisamente Soy. Esa mujer es la artista, la alcohólica, la feminista y la académica. La mujer que es tan hombre como tú. También es la imbécil, la hipocondríaca, la puta, la pobre infeliz que no tiene un centímetro de cerebro y vive esperando una limosna del padre de sus hijos. Esa mujer del poemario, son todas las mujeres.
Días contados, la segunda parte del libro, se ocupa del eterno juego del romance y el erotismo, afrontándolo de manera irónica y desencantada. En Espejismo de la dicha nos dice:

Ya no tengo el aliento ni la esperanza
sino la marea de la sangre
cansada del naufragio.
He dejado de creer en casi todo.
Anoche
a oscuras
quemé las pocas luces del amor
con la ayuda de un desconocido.

A fin de cuentas, como revela en Reglas del juego:

Todos coinciden en haberme amado.
Todos coinciden en haberse ido.

En todo caso, darse cuenta que el amor eterno tiene los días contados y que el abandono es parte del proceso, no es una gran tragedia porque, nos lo enseña el mismo libro, una mujer nunca está sola.
La última parte del libro, titulada Defectos especiales está dedicado a la eterna exploración del Ars poética, un ejercicio en que el artista trata de explicar (y explicarse) la forma en que concibe y asume su labor creadora. Como era de esperarse, la actitud de María Montero, ante el arte, está totalmente libre de solemnidad y de pose. La artista confiesa que la poesía no le interesa tanto como enamorar a un hombre (o a dos), hacer una buena salsa de tomate natural o secar los cuerpos desnudos de sus hijas.
María tiene claro que en esta vida hay cosas mucho más valiosas que la poesía. Vivir por ejemplo. Quizá por ello esta brillante escritora no se ha desesperado por publicar y mantener su nombre vigente en la comunidad literaria, tan llena de poetas desechables. En 1985, con su primer libro El juego conquistado ganó el Premio Joven Creación. Aunque tras la publicación de su primer libro, algunos de sus trabajos han sido recopilados en antologías, tardó quince años en publicar el segundo.
Al igual que todos los poetas que, en vez de vivir desesperados por publicar, saben trabajar sus textos el tiempo que sea necesario, María ha logrado brindarnos un poemario fuerte, contundente y memorable.
En uno de los poemas que aparecen en este libro, María reconoce que entre sus virtudes nunca se destacó la puntería. Es injusta consigo mismo porque, con este libro, no solo acertó sino que dio en el blanco con una precisión deslumbrante.


Discurso
María Montero.
María Montero

Una mujer no tiene dirección:
todos sus costados son profundos

No anhela caminos de regreso
mas si
un horizonte indefinido
de pájaros centrífugos.

Una mujer necesita el asombro
de la oscuridad sostenida ante sus ojos
y no los límites precisos de un espejo.

Una mujer se esparce en el aire.

Una mujer nunca está sola.




INSC:  2066

Para leer y disfrutar con una sonrisa.

El perfume de un beso. Carlos Tapia.
Perro Azul, Costa Rica, 2001.
Debe quedar claro que esta es una obra ligera. El perfume de un beso es una novela sin grandes pretensiones estilísticas que tampoco se aventura demasiado en la exploración psicológica o social. Sin embargo, a pesar de que los criterios más exigentes se negarían a calificarla como Literatura  con mayúscula, lo cierto es que es una obra terriblemente simpática, de lectura fluida y amena, que se lee inevitablemente con una sonrisa.
Apenas apareció, numerosas  voces se levantaron para catalogarla como una novela rosa. Si acaso lo fuera, sería, en todo caso, la primera novela rosa costarricense. En mi opinión el calificativo es injusto: El perfume de un beso podría considerarse rosa por su tema, pero nunca por la forma en que lo afronta. La narración no es lineal, como se esperaría en una novela rosa, sino que la trama se enfrenta desde diferentes entradas.
La secuencia de imágenes y acontecimientos, procedentes de diversos momentos cronológicos y psicológicos, unido a la alta carga visual de lo narrado, le da al desarrollo del argumento todo el sabor de una película de escenas breves e intensas.
El manejo que hace Tapia de lo inmediato, lo absurdo y lo mágico, al revolverlo sin el más mínimo empacho, le da un encanto morboso a la novela ya que el lector, desde el primer momento, tiene claro que los hechos se desarrollan en un mundo en el que todo es posible.
El asunto está más o menos así: en uno de aquellos caserones de cafetal de Tres Ríos, tres mujeres (la abuela y dos nietas) llevan una vida totalmente aislada del resto del mundo. Naturalmente, el llamado a destruir ese idílico rincón paradisiaco tenía que ser un hombre, pero Tapia mete a dos en la danza. Eusebito, una inofensiva alma de Dios incapaz de matar una mosca, y Rodrigo, el verdulero, quien, aunque no podría decirse que tiene la actitud de un don Juan, al menos es más atrevido.
Curiosamente, pese al encierro impuesto por la abuela, aquellas mujeres, en sus largas horas de ocio, se entretenían viendo tele o leyendo revistas, en las que se enteraban de los escándalos más sonados y de los crímenes más sangrientos, de manera que su reclusión había acabado por darles una visión grotesca y mórbida del mundo exterior.
La novela menciona sin ningún el asesinato de Selena, el Show de Cristina o de Geraldo, así como el juicio, convertido en culebrón, de O.J. Simpson.
Carmelina y Leila Clavel, las dos hermanas, se enamoran de Rodrigo quien es incapaz de escoger una, porque eso significaría rechazar a la otra. Para poder quedarse con ambas, cosa que ellas consentirían sin mayor complicación, es necesario sacar del medio a la abuela. Aquí entra en juego el elemento mágico, porque resulta que Doña Etelvides, la matriarca, tenía a la muerte detenida con una colcha de colores. Rodrigo quitó la colcha y problema resuelto: la vieja se fue para el otro mundo.
 Sin embargo, la abuela, de quien las niñas heredan lo ninfómanas, se da el lujo de regresar del más allá cada vez que la ocasión lo amerita, valiéndose de medios tan poco fantasmales como la pantalla de la televisión.
En el desarrollo de la trama, el recargo de adjetivos le da a ciertos tramos de la narración un aire cursi, fácilmente disculpable por ser evidentemente deliberado. En todo caso, resulta inevitable ponerse cursi al explorar el mundo de dos mujeres inquietas que, debido a los cuidados de su abuela (que no era ninguna blanca paloma) han venido a conocer el mundo demasiado tarde.
El numerito del desfloramiento, sin embargo, fue quizá demasiado descriptivo, como si hubiera sido hecho para consumo y escándalo de lectores impresionables, pasando por alto el hecho de que la mayor parte de los impresionables no lee y la mayor parte de los que leen no son impresionables.
Lo cierto del caso, volviendo a la trama, es que se establece un triángulo amoroso que, a diferencia de cualquier otro, no plantea mayor conflicto para ninguno de los tres, que acaban dedicándose a tiempo completo a atender el negocito del que viven y donde le han hecho campo, también, al buenazo de Eusebito.
Conforme el matrimonio de tres se va agotando, la narración entra en digresiones que pudieran interpretarse como una pérdida de rumbo, pero el despliegue de ingenio y el simpático aderezo de sorpresas con que Tapia logra salpicar todas las páginas, hace que el libro se lea con deleite de principio a fin.
No se puede ignorar, sin embargo, que la tensión a lo largo del texto es decreciente y conforme avanza,  el autor le dio cada vez más espacio a las ocurrencias. El salto, del caserón de Tres Ríos a las pasarelas europeas, es precipitado tanto de ida como de vuelta y se llega al final de la novela con conflictos y personajes diluidos.  Quizá por la intensidad de su arranque, el lector queda a la espera de un clímax definido, pero Eusebito nunca da la sorpresa y Ricardo, Carmelina y Leila, aunque de alguna forma transgresores en su conducta, no parecen aspirar a más que a la comodidad sin sobresaltos. La madre de las muchachas, cuya historia, así como la de la abuela se relata en forma paralela, acaba, en un abrir y cerrar de ojos, en África. La novela, que arranca desde la calma, vuelve, tras un viaje por situaciones intensas, de nuevo a la calma. 
El gran mérito de El perfume de un beso, radica en su innegable capacidad de capturar al lector, entretenerlo, divertirlo y hacerlo inmiscuirse en un mundo paralelo. Al respecto, y considerando el éxito de público de esta novela, valdría la pena recapacitar y discutir la importancia que tiene el que una obra literaria sea entretenida. Sin intención de suscribir un manifiesto a favor de la literatura light, lo cierto es que muchos de los que la critican, han llegado a considerar un mérito el tragarse libros que, por su absoluta incapacidad de ser amenos, resultan ilegibles para el común de los mortales.

Tapia nunca se propuso escribir una novela que fuera analizada por los entendidos. Lo que hizo fue narrar, solo narrar y nada más que narrar y hay que reconocerle el haber logrado un libro interesante, amigable y accesible para cualquier lector.

INSC: 1120

Tanta fe como dudas.

Puera de los ciegos. Carlos Bonilla. Perro
Azul, Costa Rica, 2002.
Escribir sobre Dios es un riesgo tan enorme como el tema mismo. Para el creyente, reflexionar sobre la figura Divina no deja de resultar abrumador por lo aplastante de su magnitud. Para el no creyente, Dios, como concepto, sigue siendo bastante duro de manejar. Por algo Roque Dalton, con el cinismo que le era característico, dejó escrito que “El problema de Dios es tan intenso que por eso más vale no caer nunca en las garras de Dios”.
Sobre Dios, ese tema intenso e inmenso, trata Puerta de los ciegos,  de Carlos Bonilla Avendaño . Es un poemario pequeño, de poco más de 60 páginas, pero con semejante tema ningún libro es corto o, más bien, todos acaban siéndolo.
Los poemas iniciales nos marcan la cancha muy claramente. No se abordará el tema desde la verdad ni desde la definición preconcebida y firmemente asumida, sino desde el terreno, bastante movedizo, de la duda. Contra lo que comúnmente se piensa, la fe no está relacionada con la certeza sino, más bien con el acto de asumir como verdadero algo sobre lo que no se tiene y nunca se podrá tener ninguna certeza.  Quien conoce  todas las respuestas no necesita de la fe tanto como el que se interroga constantemente.
Creyente o no, quien reflexiona sobre Dios, queda siempre con preguntas sin responder,  con misterios enormes e inabarcables.
Puerta de los ciegos no intenta responder nada, sino más bien, por el contrario,  plantea cuestionamientos que acaban siendo incontestables.
Los poemas son breves, escuetos, casi podría decirse que telegráficos. El asunto se plantea de golpe, con la misma brevedad y firmeza con que se le ensartan las banderillas al toro para herirlo y provocarlo. Ni un adjetivo innecesario, ni un giro puramente decorativo. Aquí todo es sustancia y punto. Provocaciones lanzadas sin más palabras que las estrictamente necesarias.
 Los poemas vienen ordenados en secciones que parten la lectura en diferentes estadios. Se arranca, como se dijo, planteando el asunto desde la duda. Apenas al inicio un niño de diez años pregunta que si Dios conoce el futuro, ¿por qué puso a prueba la fe de los profetas?  No es posible contestar la pregunta sin balbucear, porque tan solo un balbuceo es lo más que podemos decir sobre Dios.
Sin entretenerse demasiado en la duda que experimenta el creyente, la segunda parte del poemario, titulada La zarza ardiente, nos hace ocuparnos de Dios, no solo como esa sombra oculta detrás de todo, sino como la fuerza revelada o que quiere revelarse. Dios, el invisible, el gran incógnito, no quiere permanecer oculto, pero  tampoco están claros los posibles puentes de comunicación para encontrarlo.
Una tercera parte, titulada Sombras de tu ausencia, se ocupa de lo que San Juan de la Cruz llamaba “la noche oscura”, esos momentos en que Dios parece, más que oculto, ausente.
La cuarta y quinta parte del libro se ocupan de la figura de Nuestro Señor Jesucristo, concentrándose principalmente en lo humano de su persona, en la debilidad y confusión que podría albergar su parte mortal y terrena ante su propia figura y cuestionando el hecho de que, a quien no quiso vivir con máscaras, tras su muerte sus seguidores lo han enmascarado. Más adelante, con poemas aparte, se hace glosa de las palabras que Cristo dijo en la cruz. Vale mencionar que al referirse a la frase: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, el poema correspondiente, en vez de prestarle atención al destino, el paraíso, se centra más bien en el verbo: “estarás”, porque lo importante, sin importar dónde, es la promesa que implica el  “estarás”.
El libro cierra con unos poemas llenos de esperanza titulados en conjunto, muy oportunamente, “Vigilia”.

No sé si abrazás el universo o
 simplemente inútil y vencido
 mirás la vida que se escurre.
A tus pies, un baile de disfraces:
soldados, sacerdotes, plañideras,
cada quien con su máscara imagina,
cargar en tu dolor su propio peso.
Amigos y enemigos respiran el mismo aire...

Puerta de los ciegos es un poemario inquietante, cuya gran limpieza formal facilita la sintonía con un estremecimiento tan íntimo y espiritual, que no puede ser descrito sino solamente insinuado.
Este sería, por cierto, el término que mejor describiría el tono del libro. Es una obra insinuante, que no responde sino que plantea, que no muestra sino que asoma, que no deduce sino que supone.
Con Dios como tema, en todo caso, siempre será más lo oculto que lo mostrado y Puerta de los ciegos está escrito con la conciencia de que las palabras acabarán callando mucho más de lo que puedan decir. 


Te pienso
Carlos Bonilla


No sé bien desde cuáles horizontes

Poblador del silencio
parábola difusa de todas las hipérboles

Te creo
desde la oscura luz de esta vigilia
desde la inasible nostalgia del futuro
desde el hilo que me une al universo.

Te sueño
hasta el instante en que te ame cara a cara

o hasta que el barro devuelva mi memoria
a la brillante oscuridad del cosmos


o al minuto infinito de la flor.


INSC: 1472

viernes, 26 de septiembre de 2014

Me encontré con un gran poeta.

Poesía completa de Rogelio Sotela. Carlos
Porras, compilador. EUNED. Costa Rica, 2007.
A este libro le tengo un gran cariño. No me corresponde a mí comentarlo, puesto que yo lo hice. En la antología Poesía contemporánea de Costa Rica, de Carlos Duverrán, leí por primera vez poemas de Rogelio Sotela y quedé deslumbrado. Busqué más información y lo único que conseguí fue la Antología de Rogelio Sotela, publicada por Alfonso Chase. Un librito pequeño, de apenas setenta páginas, que aumentó mi admiración y curiosidad por el poeta. 
Nadie lo mencionaba, nadie lo citaba, nadie lo conocía. No comprendía cómo un personaje histórico tan interesante y un poeta tan valioso había caído en el olvido. En otra entrada de este blog me refiero a su figura y su obra. 
Un buen día, mi gran amigo David Gutiérrez Jalet, me consultó acerca de un proyecto que tenía entre manos y en el cuál yo podría participar. "Porras", me dijo, "unas personas que yo conozco tienen unas grabaciones de hace más de sesenta años, en que un señor recita poemas. Se llama Rogelio Sotela, ¿has oído hablar de él?" A los pocos días escuché su voz, conocí a sus hijos y, gracias a ellos, tuve todos sus libros. Organizamos un homenaje que fue muy concurrido y, al final de ese acto, anunciamos la publicación de un tomo que recogería su poesía completa. Marlen Sotela Borbón, la nieta del poeta, tenía su archivo. Revisé su correspondencia, sus recortes, sus artículos y hasta un par de manuscritos. 
Este fue el día que empezó todo.
Sotela, como poeta, publicó poco. Solamente tres libros en toda su vida. Tras su muerte, sus hijos publicaron un libro póstumo. Revisando sus papeles, encontré recortes de varios poemas suyos publicados en periódicos o revistas que no fueron incluidos en ningún libro. Toda su obra poética acabó siendo un libro de cuatrocientos treinta páginas que me publicó la EUNED, gracias al apoyo de don Alberto Cañas, don  Eugenio Rodríguez Vega, don René Muiñoz y doña Inés Trejos de Montero. A pesar de lo arriesgado que podría ser el título, se llamó Poesía Completa de Rogelio Sotela. Era muy remota la posibilidad de que un poema se hubiera quedado por fuera. Hasta ahora, no ha aparecido ninguno más.
El proceso de edición, como suele ocurrir, se complicó. La compilación estuvo lista en el 2004, el Consejo Editorial de la Universidad aprobó la publicación de inmediato, pero el libro apareció hasta el 2008. Lamentablemente, en el ínterin, falleció don Rogelio, el hijo mayor del poeta, y su otro hijo don Rodrigo, enfermó seriamente.
El lanzamiento del libro, el 15 de mayo del 2008, lo realizamos el Dr. José Enrique Sotela y don Hiram Sotela, hijos del poeta, junto con dos extraordinarios presentadores: Alfonso Chase, quien desde que murió Sotela había sido el único preocupado por mantener viva su obra y el poeta Mauricio Molina.
La participación de Mauricio era muy importante. No queríamos que el esfuerzo que hicimos, con la publicación de este libro, fuera percibido como un trabajo de arqueología literaria. Sotela, muerto en 1943, es un poeta que tiene mucho que decir y mucho que mostrar a los lectores de poesía tanto contemporáneos como del futuro. La poesía de Mauricio Molina, nutrida de diversas influencias y nacida mucho después de que los cánones estéticos clásicos fueran abandonados, no tiene nada que ver con la poesía de Sotela, pero Mauricio, un valioso poeta costarricense del siglo XXI al referirse a un valioso poeta costarricense de la primera mitad del siglo XX, supo mostrar el respeto que le inspira Sotela y el gran valor y vigencia que su obra sigue y seguirá teniendo.
Alfonso Chase, por su parte, me hizo un reclamo que sentí como un jalón de orejas. Dijo Alfonso que, aunque no estuvieran escritos en verso, sino en prosa, los libros Recogimiento y Apología del dolor, debieron haber sido incluidos en la poesía completa de Sotela. De haber incluido dichas obras, habrían sido la mejor vía para que los lectores de poesía actuales se encontraran con Rogelio Sotela. Tras revisarlos, me percaté de que Alfonso tenía razón. Sotela, en su época, no los consideró poesía. Yo, setenta años después, sí debí haberlo hecho.
El acto de presentación fue muy hermoso. Rufino Gil Pacheco, banquero e historiador de la banca costarricense, cantó una oración compuesta por Sotela. Al final del acto, de manera espontánea, el público cantó Cumpleaños Feliz. Ese día, Rogelio Sotela habría cumplido 113 años. Era, también, mi cumpleaños.
Don José Enrique, don Hiram y Marlene, me dieron un regalo de parte la familia Sotela. Una pluma fuente y una caja en la que venían ejemplares de la primera edición de todas las obras de Rogelio Sotela y la colección empastada completa de la revista Athenea, publicada por el poeta. Al ver los enormes libros Valores literarios de Costa Rica y Escritores de Costa Rica, que constituyen el primer estudio amplio y sistematizado de la historia de la literatura costarricense, ambos realizados por Sotela y ambos inconseguibles, varios escritores, sonriendo, me advirtieron: "No apartés la vista de esos libros, porque se te pueden perder."
Solo hay una cosa que me molesta cuando reviso Poesía completa de Rogelio Sotela. Tiene una sola errata, pero es imperdonable e inexplicable. En el manuscrito que entregué, iba mi agradecimiento a don Rogelio, don José Enrique, don Rodrigo, doña Rima y don Hiram, por el honor que me brindaron al permitirme recopilar la poesía completa de su padre. En el libro impreso, por alguna razón que nunca podré explicarme, no apareció el nombre de don Rodrigo.
Espero que algún día este libro tenga una segunda edición. Desde ahora anuncio que esa segunda edición incluirá Recogimiento y Apología del dolor y será dedicada a la memoria de don Rodrigo Sotela Montagné.
Atrás, el retrato del poeta Rogelio Sotela. De izquierda a derecha, Dr. José Enrique Sotela Montagné, Alfonso Chase, Carlos Porras, Hiram Sotela Montagné y el poeta Mauricio Molina.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Un ídolo con pies de barro.

Yo soy el Diego. Diego Armando Maradona.
Planeta. 2001.
La palabra ídolo se usa tan indiscriminadamente que con frencuencia se vacía de significado. Nunca falta quien califique de ídolo a un figura de temporada que acaba siendo olvidada a la vuelta de un par de años. El verdadero ídolo es el que es capaz de generar una idolatría, el que sin buscarlo ni pretenderlo logra que sus seguidores conviertan su admiración en culto, su fanatismo en religión.
Diego Armando Maradona fue, por bastante tiempo, un ídolo, no solo en Argentina, sino en el mundo entero. Sus caídas y errores fueron duramente señalados por la prensa mundial precisamente por lo alto del pedestal al que ella misma lo había elevado. Que un jugador salga positivo en la prueba de doping es algo que, aunque suceda en una copa mundial, podría anunciarse sin mayor escándalo. Que una persona retirada pierda la batalla contra el sobrepeso ni siquiera es noticia. Que alguien tenga problemas de adicción a las drogas es un asunto personal y privado. Pero en el caso de Maradona era diferente. Tener debilidades y problemas es algo que se le tolera a las personas comunes y silvestres, no a los dioses, semidioses o titanes de la mitología.
Que una persona de carne y hueso como cualquier otra, con temores, defectos y virtudes como cualquier otra sepa que una multitud lo mira elevado en un altar, es una carga abrumadora. Maradona declaró repetidas veces que él era un jugador de futbol, no un ídolo ni un modelo para nadie. El mensaje no fue escuchado y fue necesario un desplome estrepitoso para que la fanaticada pudiera ver finalmente a Diego en su dimensión real: un hombre no muy inteligente, casi sin educación, con serios problemas de salud, cuya vida ha atravesado verdaderos malos momentos. Los idólatras de Maradona tuvieron que abrir los ojos. Todo ídolo es imaginario y no se puede evitar una decepción al confrontar su imagen idealizada con la triste realidad.
El mundo conoció a Maradona, el jugador de futbol. Sin embargo, pese a los cientos (quizá miles) de entrevistas y reportajes, Maradona el ser humano permanecía oculto. En el año 2000, en La Habana, ante los periodistas deportivos Ernesto Cherquis y Daniel Arcucci, Maradona habló sobre sí mismo. "A veces pienso que toda mi vida está en las revistas", les dijo, "pero no es así. Hay cosas que están solo dentro de mi corazón y nadie las sabe."
El fruto de esas entrevistas fue recogido en un libro, publicado por Planeta, titulado Yo soy el Diego, una obra importante para conocer a alguien que, pese a ser famoso en todo el mundo, nadie tenía claro quién era.
No soy aficionado al futbol. Nunca he pateado un balón y ni siquiera he visto  un partido completo en mi vida. Mi buen amigo, el poeta Joan Bernal, sí es muy futbolero y un buen día me dijo: "A vos no te gusta el futbol, pero sí te gustan los libros de memorias. Este tenés que leerlo".
Maradona no escribió el libro, sino que se lo contó a los periodistas. Tal vez por esa circunstancia, el encanto principal de esta obra es su tono íntimo, que hace que las páginas pasen y pasen como pasan las horas cuando uno tiene al frente a alguien que está abriendo su corazón. Al frente está un Maradona honesto, tranquilo, que ni presume de los logros ni se disculpa por los errores. Toda su vida la relata con serenidad. Se refiere, inevitablemente, a sus malos momentos y a los tragos amargos que le ha tocado sufrir, pero el repaso es apacible, con los sentimientos ya enfriados. "Nunca le perdonaré a Menotti el no haberme incluido en la selección de Argentina 78. Nunca se lo perdonaré, nunca. Pero no lo odio al Flaco. Eso no. Odiar es muy distinto de no perdonar, al menos para mí".
Maradona nació en el Fiorito, un barrio tan pobre que, en sus propias palabras, "si se podía comer, se comía y si no, no." Su casa tenía tres aposentos. Uno era la sala, comedor, cocina (todo junto), el otro era el cuarto de los papás y el tercero, de dos por dos metros, el dormitorio de los ocho hermanos. No tenían baño y el agua para cocinar y para asearse había que traerla en baldes de un tubo que estaba un tanto lejos. La única recreación para los muchachos (los pibes, dice él), era jugar futbol todo el día. El paso de la cancha sin pasto del Fiorito a la selección argentina y, de allí, al estrellato mundial fue rapidísimo. Empezó en la novena división. Al año siguiente, la octava y, casi inmediatamente, pasó a la sétima. En sétima jugó dos partidos y pasó a la quinta. Cuatro partidos ahí y pasó a tercera. Dos partidos más y llegó a la primera división. Tres meses después de haber debutado en primera, integró la selección argentina. El resto es historia conocida.
Cuando debutó en primera, Maradona era tan pobre que solamente tenía un pantalón de corduroy y al enterarse del dinero que iba a ganar, en lo primero que pensó fue en comprarse más pantalones. El dinero alcanzó para más que pantalones. Compró automóvil y se llevó a toda la familia a vivir en un condominio espacioso con cuarto privado para cada uno. Logró cumplir, además, dos sueños: pedirle a su padre, que era obrero de fábrica, que no trabajara más y llevar a toda la familia a conocer el mar. 
A pesar de lo duro de las condiciones en que pasó su infancia y juventud, el recuerdo de aquellas épocas tiene más añoranzas y menos reclamos que el de los años de gloria.
Este libro revela a un hombre sencillo, inocentón, espontáneo hasta el límite de lo rústico que, por su talento natural, acabó en la cúspide sin abandonar nunca su simpleza y que, viejo, pasado de peso y con una dolencia cardiaca, añora la época en que pasaba todo el día jugando en una cancha sin pasto.
No se refiere a sus escándalos porque, según él, no ha defraudado a nadie ni tiene que darle explicaciones a personas que no conoce. "No soy ni quiero ser un ejemplo. En todo caso, para mis hijas sí. A ellas me debo. Solo ellas tienen derecho a juzgarme."


Un pleito de monos.

La ciudad de los monos. Iván Molina.
EUNA EUCR. Costa Rica, 2001. 
El 20 de abril de 1907, José María Orozco Casorla, profesor de ciencias del Liceo de Heredia, dedicó su clase a explicar la teoría de la evolución. El tema formaba parte del programa de estudios avalado por el Ministerio de Educación, de manera que, aunque hubiera alguna polémica en el aula, el asunto no tenía por qué trascender más allá de la clase. Sin embargo, la lección darwiniana del profesor acabó generando todo un escándalo nacional, una agria y prolongada polémica en la que todos los que se involuncraron acabaron siendo insultados por los otros.
Arrancó como un debate entre el párroco local, don Rosendo de Jesús Valenciano, y el director del liceo, don Roberto Brenes Mesén. Luego empezaron a circular panfletos anónimos de ambos bandos. Varios intelectuales comentaron el asunto en periódicos de circulación nacional. Empezaron los insultos y ataques personales. La polémica fue subiendo de tono y cambiando de tema. De la teoría de la evolución se  fue pasando a la práctica religiosa, la conducta del clero, el patriotismo de los intelectuales radicales, los impuestos a las compañías extranjeras y cualquier otra cosa que se pusiera por delante. El intercambio de opiniones, réplicas y contraréplicas, tardó más de un año antes de empezar a diluirse.
Aún hoy, ocurre que líderes religiosos y profesores de ciencias discuten sobre si debe enseñarse en las aulas que Dios modeló al hombre con sus manos del barro o si el ser humano evolucionó a partir de otras especies. Esa discusión, hoy, es poco frecuente y solo ocurre en algunos sitios. Hace cien años, la misma discusión estaba encendida en todas partes y a todo momento. En muchísimos sitios alrededor del mundo ocurrió lo mismo que pasó en la tranquila provincia de Heredia. El historiador Iván Molina investigó este caso particular en Costa Rica y escribió el libro La ciudad de los monos. A esta obra hay que agradecerle, además de haber rescatado un episodio poco conocido de nuestra historia, el brindarnos la oportunidad de reflexionar acerca de una actitud intolerante y un modo particular de hacer polémica que, tal parece, no ha cambiado mucho en más de un siglo.
Lo de la clase de ciencias fue solo el detonante. La Iglesia Católica llevaba más de veinte años enfrentada con la educación pública. En 1884, el presidente Próspero Fernández, además de haber expulsado al obispo Thiel y a los jesuitas, había prohibido las órdenes religiosas, había introducido el matrimonio civil y el divorcio y había secularizado los cementerios y la enseñanza. La Iglesia, golpeada con esas disposiciones, se mantenía a la defensiva frente a las instituciones del Estado, a las que consideraba hostiles.
Por otra parte, al asumir la dirección del Liceo de Heredia, Roberto Brenes Mesén, que era masón y aficionado a las sesiones espiritistas, había sido recibido con sospechas por parte de los católicos heredianos.
Dos semanas después de la clase del profesor Orozco, el padre Rosendo de Jesús Valenciano denunció, en un periódico católico, que en el Liceo se enseñaba que el hombre descendía del mono y, por medio de unas Cartas a una señorita colegiala, invitaba a las muchachas a refutar esa enseñanza. El artículo venía con la chanita de mentar a un "chilenoide" y, como tanto el profesor como el director del Liceo habían estudiado en Chile, se sintieron aludidos.
El libro recoge los distintos momentos que atravesó la polémica, pero más allá de los argumentos esgrimidos y las firmas que los suscribieron, llama la atención las armas que utilizaron.
La alusión personal estuvo presente desde el inicio. Lo primero que se desató, como era de esperarse en un pueblo chico e infierno grande, fue una guerra de chismes. Se dijo que en Liceo se proferían inmoralidades en clase. Una familia sacó a su hija de la institución porque le hablaron de amor libre. Un profesor varón tuvo la osadía de explicar, frente a las señoritas, lo antihigiénico que resultaba el uso de corsé.
El humor y el uso de anónimos no tardó en aparecer. Primero circuló una hoja suelta con el título de Viva Heredia, firmada por "Eduardo Chimpancé", en la que, unos versos con rima, hacían burla de los católicos heredianos. La respuesta no se hizo esperar y, firmadas por "Monillo Tití", aparecieron otras rimas contra el Liceo. Se desató una guerra de panfletos con ataques cada vez más frontales.
Como en toda polémica tica, llegó el momento de poner a asolear los chuicas sucios. Se mencionaron prácticas indecorosas de los sacerdotes que iban, desde avances sexuales con hombres y mujeres, hasta malos manejos de dinero. Los curas devolvieron las pedradas con buena puntería. En este punto, ya nadie se acordaba de la clase de ciencias. La polémica, que había llegado a los periódicos, se ocupaba en calificar a los clérigos o a los profesores (dependiendo del bando de quien escribiera), como unos monstruos perversos e inmorales que solo hacen daño a la sociedad.
En la mejor tradición inquisitorial, se prendieron hogueras en las puertas de los templos para arrojar al fuego las publicaciones del enemigo. Brenes Mesén, mientras tanto, no tenía fuego en su casa porque los católicos campesinos se negaban a venderle leña. Su esposa tenía que recurrir a sus amistades para que le compraran el diario en el mercado.
Alguien señalaría en un artículo que todo ese debate no era más que una cortina de humo deliberadamente provocada para distraer la atención de asuntos realmente importantes, como la situación de la Compañía bananera y la Northern. Al que insinuó semejante complot, también le llovió.
En el libro hay dos figuras principales: Brenes Mesén y el padre Valenciano. La imagen que queda de ambos, no es muy favorable. Ambos tenían en común una actitud autoritaria, intransigente y llena de prejuicios. Ambos, además, estaban equivocados.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que Brenes Mesén no era un monstruo inmoral satánico que quería destruir la moralidad de la juventud, como creía el padre Valenciano. Hoy sabemos que Brenes Mesén era un intelectual seriamente preocupado por el desarrollo del país y, paradójicamente, tenía ideas muy conservadoras.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que el padre Valenciano no era un inquisidor oscurantista y medieval enemigo de la ciencia, como creía Brenes Mesén. Hoy sabemos que el padre Valenciano fue un hombre culto, poeta y músico, que trabajó por el bienestar espiritual, educativo y material de las comunidades a su cargo y, paradójicamente, tenía ideas muy progresistas.
Ninguno de los dos pudo ver a quién tenía al frente. Como don Quijote arremetiendo contra los molinos, no lucharon contra un enemigo real, sino imaginario.
La ciudad de los monos muestra claramente cómo los prejuicios nos vendan los ojos.
La lectura del libro, de alguna forma nos remite a polémicas recientes o actuales en las que, pese al alto nivel intelectual de los antagonistas, en vez de un debate de altura, hubo un intercambio de golpes bajos.
Los prejuicios, la intransigencia y la intolerancia siempre echan a perder las discusiones más interesantes y necesarias.

INSC: 1123

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