lunes, 16 de febrero de 2015

John Cockburn viajó por Costa Rica, de Nicoya a Chiriquí, en 1731.

Los viajes de Cockburn por Costa Rica.
John Cockburn. Traducción de Alec Ross.
Notas de Carlos Meléndez Chaverri.
Editorial Costa Rica, 1976.
No está claro por qué motivo ni bajo cuáles circunstancias seis súbditos británicos que viajaban a bordo del navío John & Jane por el mar Caribe, fueron capturados por un Guarda Costa español y abandonados, desnudos y heridos, en un sitio llamado Porto-Cavalo, en la costa norte de Honduras, en octubre de 1731. Tampoco se sabe la razón por la que estos hombres andaban de viaje tan lejos de su patria. 
La única posibilidad de tomar un barco que los llevara de vuelta a Inglaterra era llegar al puerto de Chiriquí, que quedaba en la costa pacífica del istmo de Panamá. Es decir, debían cruzar Honduras de una costa hasta la otra y, luego, atravesar todo El Salvador, toda Nicaragua, toda Costa Rica y la mitad de Panamá sin dinero ni provisiones. Dos murieron en el camino. Otros dos tuvieron la suerte de viajar en un barco desde el Golfo de Nicoya hasta Chiriquí y el último de ellos, llamado John Cockburn, al que le tocó cruzar todo el istmo centroamericano, escribió sus recuerdos e impresiones de la odisea.
Su libro, titulado Viaje por tierra desde el Golfo de Honduras hasta el Gran Mar del Sur, fue publicado en Londres en 1785. Lamentablemente, es una obra inconseguible. Sé de ella porque la Editorial Costa Rica publicó, en 1962 y 1976, un pequeño libro titulado Los viajes de Cockburn por Costa Rica, que incluye, además de interesantes notas de don Carlos Meléndez Chaverri y un ensayo de Franz Termer sobre el valor histórico, geográfico y etnológico de las observaciones de Cockburn, la traducción del relato del viaje del inglés desde Nicoya hasta el Golfo Dulce.
Hay decisiones editoriales que resultan difíciles de comprender. Si Cokburn escribió un libro sobre su viaje desde Honduras hasta Chiriquí, lo lógico habría sido publicar una traducción completa pero, en este caso, el nacionalismo jugó una mala pasada y se publicó solamente el fragmento que se refiere a Costa Rica. Un lector aficionado a la historia agradece la publicación, pero lamenta que sea incompleta. Tengo entendido que el viaje de Cockburn por Honduras estuvo lleno de aventuras y que consignó tradiciones populares de Santa Ana, en El Salvador. Me habría gustado leer sobre su paso por León y por Granada, en Nicaragua, que ya eran ciudades grandes en aquella época y, por supuesto, habría querido saber cómo llegó finalmente a su destino en Chiriquí. Pero, como dije, el libro empieza justo cuando Cockburn puso un pie en Guanacaste y termina cuando sale de territorio costarricense. No pierdo la fe de poder leer, algún día, el viaje completo.
Portada de la primera edición. Viaje por
tierra desde el Golfo de Honduras hasta
el Gran Mar del Sur. John Cockburn.
Londres, 1735.
Su paso por Costa Rica, es impresionante. Tras tropezarse en su camino con el enorme río Tempisque, Cockburn y dos de sus compañeros (los otros dos ya habían muerto), avanzaron durante días por la pampa guanacasteca. Muy esporádicamente se encontraban con algún indígena que les daba indicaciones para llegar a Nicoya. Los indígenas ni siquiera les preguntaban hacia dónde se dirigían, puesto que Nicoya era el único destino posible en aquellas tierras. Una vez en Nicoya, fueron recibidos por el alcalde, un francés llamado Michel de Boyce. El dato es más que curioso, ya que es verdaderamente extraño que durante la Colonia española un francés estuviera por estas tierras y fuera, además, alcalde. En Nicoya los recibieron bien, los alojaron en una choza y les dieron de comer tortillas, carne de saíno, plátanos maduros y frutas, entre las cuales Cockburn destaca los zapotes que, en sus palabras, "son realmente deliciosos".
Todas las viviendas eran chozas de paja, pero el lugar era ordenado y limpio y no había un mosquito en toda la villa. Alrededor del poblado abundaban los árboles frutales. A Cockburn le llamó la atención que los nicoyanos fueran padres amorosos, aunque poco preocupados por instruir o proteger a sus hijos. Los bebés gateaban libremente por la tierra, mientras que los niños que ya podían ponerse en pie tenían como únicos juguetes los cráneos, garras y colas de los animales que sus padres habían cazado. Cockburn anota que durante toda su estadía en Nicoya nunca vio a un hombre besar a una mujer. Considerando la impresionante belleza de las indígenas chorotegas, este dato verdaderamente me impresionó. No había, en la villa, ni templo ni cura, por lo que todas las actividades religiosas estaban centradas en una imagen de la Santísima Virgen, que presidía los funerales y entierros y ante la cual los pobladores bailaban en los días de fiesta.
Los dos compañeros de Cockburn estaban muy enfermos para continuar el viaje y debían quedarse en Nicoya mientras se recuperaban. Cockburn quiso adelantar su viaje y, en compañía de tres indígenas, partió hacia la Hacienda Catalina. Caminaron tres días sin ver una sola persona. Cada uno llevaba un cuero que le servía de cama, en las noches, y de impermeable, cuando llovía. En la Hacienda Catalina le prestaron una canoa, en la que viajaron hasta la isla de Chira y la isla Caballo. Cockburn pudo presenciar cómo los indígenas teñían de púrpura el algodón con la tintura de un molusco, al que se preocupaban por no lastimar. Los caminantes solían levantar ranchos para acampar. Era común, entonces, encontrar ranchos pero no personas. Por alguna razón que no está del todo clara, los indígenas que lo acompañaban desaparecieron y, al verse abandonado, Cockburn regresó caminando a Nicoya. Allí se llevó la triste sorpresa de que sus dos compañeros no solo se habían recuperado, sino que habían tenido la suerte de abordar una nave que iba hacia Panamá. Por no esperarlos y querer adelantarse, Cockburn se había quedado solo y rezagado.
Cinco indígenas se ofrecieron a acompañarlo en su viaje hasta Chiriquí. Estos indígenas, con la fibra de la corteza de los árboles, fabricaban una tela suave y resistente llamada mastate. A Cockburn le regalaron una pieza enorme como una sábana, con la cual se hizo una chaqueta. Le llamó mucho la atención que los bejucos que colgaban de los árboles, aparentemente delgados y frágiles, una vez trenzados formaban una cuerda muy resistente. El plan era hacerse a la mar en una balsa en la isla del Caño y navegar cerca de la costa hasta llegar al Golfo Dulce. Aunque el mar estaba tranquilo, tuvieron la precaución de amarrarse con cuerdas de bejuco a la balsa. Esa previsión fue verdaderamente sabia ya que, poco después de haber zarpado, se encontraron con una tormenta que, de no haber ido atados, las olas los habrían separado en el agua sin posibilidad de reencontrarse. La tormenta los empujó hacia la costa, a la que llegaron con la balsa ya prácticamente destruida.  
La primera noche en tierra la pasaron subidos en un árbol mientras, en el suelo, un grupo de jaguares (Cockburn dice "tigres") caminaba en círculos. Cuando uno de los jaguares intentó trepar al árbol, un indígena le cortó la garra con el machete y, al caer al suelo, los otros jaguares lo devoraron. A la mañana siguiente, los indígenas se fueron de caza, sin más armas que sus machetes, y le encargaron a Cockburn que tuviera listo un fuego cuando volvieran, pero nunca regresaron. Cockburn los esperó tres días subido en un árbol, del que solo bajaba para mantener ardiendo el fuego. Los alimentos que llevaban eran limitados y Cocburn trató de rendirlos al máximo. Cuando ya la carne seca se le había acabado y solamente le quedaban unos cuantos plátanos y pedazos de coco, decidió desplazarse a otro sitio. En la playa pudo ver a un animal enorme, que describe del tamaño de "cuatro caballos juntos", que muy posiblemente se trataba de una foca elefante, cuya presencia es común en costas del Pacífico. Vio de lejos algunos jaguares y saínos.
La ruta del viaje por Centroamérica de
John Cockburn.
Encontró un río donde pudo saciar su sed y reunir suficiente leña para hacer un fuego grande, que alejara los animales mientras él dormía. Además de cansado y hambriento, Cockburn estaba también herido ya que se había golpeado contra las rocas al caer en un pequeño acantilado. Su único alimento eran huevos de tortuga, cuando los encontraba y, para distraer el miedo y el hambre, pasaba gran parte del día durmiendo. Estaba seguro de que esa costa sería el lugar donde terminaría su vida y, cada vez que conciliaba el sueño aceptaba serenamente la posibilidad de no volver a despertar. Sin embargo, no dejaba de explorar la zona. Un día que se internó en la selva, se encontró una choza recién construida en la que había un fuego encendido y, sobre el fuego, una olla de barro en la que hervía un cocido de plátanos y carne de saíno. Estaba devorándolo cuando vio llegar un perro, seguido de tres indígenas quienes, tras escuchar su historia, le indicaron que muy probablemente sus compañeros que fueron de caza y no regresaron debían de estar muertos.
Sin saberlo, Cockburn había llegado bastante cerca del Golfo Dulce. Los indígenas le dijeron que, caminando por la costa, tardaría como veinte días en llegar a Chiriquí, pero que ellos conocían un atajo por la montaña, le ofrecieron acompañarlo y le aseguraron que llegarían en nueve días.
Hasta este punto llega el fragmento que tuve oportunidad de leer. Obviamente John Cockburn no solo llego a Chiriquí, sino que pudo regresar a Inglaterra, donde publicó su libro. 
El testimonio de Cockburn, aunque recoge solamente sus observaciones sin mayores referencias, ya que no tenía cómo darlas, ha servido a los investigadores para ubicar su ruta. Las referencias de ríos grandes, de árboles, de cerros y de vegetación han sido reconocidas por los estudiosos. Naturalmente, cuando Cockburn dice "tigres" se refiere a jaguares y cuando dice "jabalíes" se refiere a saínos. Llama poderosamente la atención que en todo el relato no haya mencionado ni una sola serpiente o cocodrilo. Cuando Cockburn menciona a los "indios Queype" seguramente deben de ser Quepo. Las observaciones de Cockburn sobre las armas y costumbres de los indígenas Borucas han sido muy apreciadas por los antropólogos. No se ha podido determinar, además, a qué grupo étnico pertenecían los últimos indígenas que lo llevaron a su destino. En la portada de su libro, Cockburn afirma que su odisea fue reseñada en "varios periódicos", pero esas publicaciones no han sido encontradas. 
Cockburn fue abandonado en Honduras en Octubre y llegó a Chiriquí en enero. Se embarcó rumbo a Jamaica, donde permaneció un mes y, tras un viaje de ocho semanas, arribó al puerto de Bristol, Inglaterra. Su libro tuvo varias ediciones en inglés durante el siglo XIX, pero ninguna en el siglo XX ni en lo que va del XXI. De su vida, tanto antes como después de su accidentado viaje en Centroamérica, no hay dato alguno.
INSC: 2124

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