domingo, 12 de abril de 2015

Vivir para contarla. Memorias de Gabriel García Márquez.

Vivir para contarla. Gabriel García
Márquez. Memorias. Grupo Editorial
Norma, Colombia, 2002.
Gabriel García Márquez tenía la intención de escribir sus memorias en tres tomos pero solamente llegó a publicar uno, Vivir para contarla, en que se refiere exclusivamente a sus años de infancia y juventud. El libro, publicado en el 2002, fue recibido con severas críticas. Hubo quienes se atrevieron a afirmar que García Márquez había llegado al punto de imitarse a sí mismo y que sus últimas obras, entre las que incluían sus memorias, no eran más que concesiones a un público numeroso y poco exigente que no esperaba de él más que paisajes exóticos, personajes pintorescos y situaciones inverosímiles narradas en prosa ingeniosa y cantarina. En mi opinión, esos críticos solamente leyeron los primeros capítulos del libro que, en verdad, son de un estilo recargado y efectista que, con frecuencia, fastidia al punto de querer abandonar la lectura. El largo viaje de retorno a la casa familiar que se relata en las primeras páginas, no solo parece que no va acabar nunca, sino que no va a ninguna parte. Sin embargo, conforme el libro avanza empieza a tomar buen ritmo, se abandonan los decorados innecesarios y la acción pasa a primer plano. 
Por tratarse de las memorias de sus primeros años de vida, la obra hace un recuento de personajes y anécdotas de su familia, de sus compañeros y profesores del colegio y de la universidad, de sus primeros amores, de sus amigos y de su ingreso al mundo del periodismo y de la literatura. Aunque no es amplio en detalles, los breves trazos con que retrata la vida de los diferentes sitios en que vivió en aquellos años son verdaderamente hermosos. Aracataca, Medellín, Santa Marta, Bogotá y Cartagena de Indias son ahora poblaciones muy distintas de cómo eran cuando aquel muchacho curioso e inquieto que ya se había dejado el bigote, deambulaba por ellas tratando de rendir al máximo los pocos centavos que llevaba en el bolsillo. Tenía solamente dos calzoncillos, el que llevaba puesto y el que estaba secándose, vivía en pensiones que toleraban su atraso en los pagos y trabajaba como colaborador en periódicos que le disimulaban y corregían sus faltas de ortografía. Vale la pena mencionar que, con los años, su situación económica mejoró sustancialmente, pero su dominio de las reglas ortográficas se mantuvo como en sus tiempos de estudiante, al punto que el propio autor agradece que los correctores de sus obras tengan siempre la gentileza de suponer que las palabras mal escritas son solamente torpezas de mecanógrafo. 
El libro está lleno de sabrosas anécdotas. Una hermana compró un número de lotería y otro hermano, solamente para molestarla, lo escondió. Cuando la muchacha llegó gritando a la casa porque había ganado, el pobre hermano, de la impresión, olvidó dónde había escondido el billete y tuvieron que volver la casa al revés para encontrarlo. García Márquez no tiene empacho en contar algunas aventuras de alcoba con sus primeras amantes, entre quienes hubo al menos un par de mujeres casadas. Una era la esposa de un marino que, para saludarla, tocaba el pito de la nave cuando llegaba a puerto, por lo que había tiempo para salir sin prisa y evitar el encuentro con el cornudo. Otra era la esposa de un policía que, al descubrirlos in fraganti, retó al joven galán a jugar ruleta rusa. Un dato curioso y poco conocido: Rodrigo, el primer hijo de García Márquez, fue bautizado por Camilo Torres, el cura que acabó siendo guerrillero, y el padrino fue Plinio Apuleyo Mendoza. La amistad con Álvaro Mutis es repasada con cariño y agradecimiento. Las páginas dedicadas al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, son un verdadero testimonio histórico escrito por un testigo de primera línea.
Quienes sean aficionados a los detalles curiosos que hay detrás de los libros, encontrarán material abundante en estas memorias. Se sabe que Macondo era el nombre de una finca cercana a Aracataca y que el coronel Nicolás Márquez, abuelo materno del escritor, le sirvió de modelo para su novela El coronel no tiene quien le escriba. Tanto La hojarasca, la primera novela que escribió cuando tenía solamente veintidós años de edad, como El amor en los tiempos del cólera, que apareció mucho después, están basadas en viejas historias familiares. Cuando se dedicó a estudiar a fondo la guerra de los mil días con miras a escribir una novela, su amigo Manuel Zapata Olivella le regaló un testimonio de un veterano de aquel conflicto, cuyo nombre hasta el propio García Márquez confiesa haber olvidado, pero cuyo apellido, Buendía, acabó siendo mundialmente conocido. La casa, el título original de Cien años de soledad, definitivamente no sonaba tan interesante como el definitivo. 
Con La mala hora, tercera novela del escritor, sucedieron varios hechos inauditos. García Márquez envió el único manuscrito que tenía a un concurso. Ganó, pero el padre Félix Restrepo, presidente de la Academia Colombiana de la Lengua, que había presidido el jurado, exigió que le cambiara el título original de Este pueblo de mierda. Más tarde, el mismo padre Restrepo le pidió a García Márquez que cambiara dos palabras inadmisibles: "preservativo" y "masturbación". Salomónicamente, García Márquez accedió a cambiar solo una y permitió que el censor escogiera cuál. El libro fue publicado en España, pero el corrector de pruebas, además de corregir las faltas de ortografía, le metió mano al estilo. Cuando García Márquez lo leyó impreso, desautorizó la edición y mando destruir los ejemplares que no se hubieran vendido. Como ya no tenía el manuscrito, debió volver a escribir la novela tomando como base la edición alterada. Esta versión reescrita y corregida fue publicada en México por la editorial Era como primera edición.
García Márquez quedó tan impresionado por el asesinato de Cayetano Gentile que quiso utilizarlo como tema literario. Su madre, doña Luisa Santiaga, se lo prohibió rotundamente. Cayetano y su familia eran amigos y escribir sobre su muerte era faltarle el respeto a personas cercanas y queridas. Treinta años después de los hechos, doña Luisa Santiaga le informó a su hijo que doña Julieta Chimento, la madre de Cayetano, había muerto y finalmente dio su visto bueno para que Gabriel escribiera sobre el tema. Puso una condición: "Trátalo como si Cayetano fuera hijo mío". El relato Crónica de una muerte anunciada se publicó dos años después, pero doña Luisa Santiaga no quiso leerlo porque "Una cosa que salió tan mal en la vida no puede salir bien en un libro".
Entre las anécdotas periodísticas que cuenta, mi favorita es la de Comprimido, el periódico más pequeño del mundo.  Era una hoja con las noticias del día que podía ser leído en diez minutos. García Márquez lo escribía en una hora antes del medio día. Tras la corrección ortográfica de rigor pasaba a imprenta y era distribuido a las cinco de la tarde, cuando los trabajadores regresaban a sus hogares. Comprimido fue un verdadero éxito, pero solamente durante tres días. Al cuarto día abandonaron el proyecto por insostenible. Incluso si publicaran anuncios comerciales, serían tan pequeños y tan caros que no habría forma de seguir publicándolo.
García Márquez no era muy bueno para bailar. Tomó clases con las señoritas Loiseau, seis hermanas inválidas de nacimiento que daban clases de baile sin levantarse de sus mecedoras. Sin embargo, aunque el baile no era su fuerte, desde niño cantaba muy bien, al punto que decidió participar en un concurso de radio. Hasta entonces se había identificado como Gabriel José García, pero su madre, ilusionada por que su hijo cantara en un programa tan prestigioso, le pidió que se presentara con su apellido materno. Desde entonces eliminó el José y pasó a llamarse Gabriel García Márquez. 
En el Colegio de San José, regentado por los padres jesuitas, García Márquez escribía poemas satíricos sobre sus compañeros y profesores. El padre Arturo Mejía capturó uno, lo leyó con el ceño fruncido y se lo guardó en el bolsillo. Días después, el mismo sacerdote le propuso que las sátiras decomisadas fueran publicadas en la revista Juventud, órgano oficial de los alumnos del colegio. Aunque la propuesta lo llenó de una combinación extraña de sorpresa, vergüenza y felicidad, García Márquez simplemente respondió "Son bobadas mías." Y con el título de Bobadas mías y la firma de Gabito, las sátiras aparecieron en el siguiente número. Fue su primera publicación.
Ya siendo estudiante de Derecho en Bogotá, poco a poco fue leyendo obras fundamentales de la literatura. Tras leer por primera vez La metamorfosis de Kafka, quiso retomar el tema del cadáver consciente y escribió el cuento La tercera resignación y, por un impulso inexplicable, fue a dejarlo al periódico El Espectador, donde no conocía a nadie. Cuando el cuento salió publicado, García Márquez no tenía los cinco centavos que costaba el periódico y debió pedirle a un señor que se bajaba de un taxi, con El Espectador bajo el brazo, que se lo regalara. El Espectador siguió publicando sus colaboraciones, sin pagárselas, hasta que un día el director le pidió que le hiciera el favor de escribirle una nota pequeña que necesitaba, le señaló un pequeño escritorio con una vieja máquina de escribir ante la cual el escritor permaneció sentado durante años.
El libro termina evocando la historia de amor de García Márquez con Mercedes Barcha, a quien el escritor le propuso matrimonio desde que era un niño de trece años y, pese a esquivarlo diciendo: "Mi papá dice que no ha nacido el príncipe que se case conmigo", acabó siendo su compañera de toda la vida.
Es una verdadera lástima que García Márquez no haya tenido oportunidad de publicar los otros dos tomos de memorias que tenía en mente. Habría sido interesante conocer sus impresiones sobre los años en que fue un escritor famoso y popular. Creo que fue Hemingway quien dijo que toda la obra de un escritor está siempre relacionada con sus primeros años de vida. Quizá sea cierto. En todo caso, Gabriel García Márquez nos dejó las memorias de sus años juveniles. Lo que vino luego de alguna manera es materia conocida.
INSC: 1516
Gabriel García Márquez. (1927-20014)

1 comentario:

  1. Un poco frío el libro, la verdad; desde Noticia de un Secuestro, pienso que su obra bajó considerablemente. Así lo veo yo, al menos.

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