sábado, 12 de septiembre de 2015

Cinco mendigos con nombre e historia.

Por el amor de Dios. Luis Dobles Segreda
Editorial Costa Rica, 1994.
En la actualidad, a quienes deambulan por las calles vestidos de harapos en procura de que los transeúntes les den alguna moneda se les llama mendigos. Hasta no hace mucho tiempo, se les decía limosneros o pordioseros, ya que las palabras con las que solían pedir eran: "Una limosna por el amor de Dios".
A pesar del título, ninguno de los personajes del libro de cuentos de don Luis Dobles Segreda, pronuncia el famoso dicho. Ni siquiera mendigan. Son cinco personas a las que les fue mal en la vida y acabaron convirtiéndose en figuras pintorescas de la provincia de Heredia. Lograban sobrevivir gracias al auxilio de los vecinos, quienes los conocían bien y les tenían cariño. En su momento, cada uno con su excéntrica conducta, llegó a ser una especie de celebridad local. Su recuerdo, de no haber sido por el libro de don Luis, habría desaparecido.
Moreira, hombre envejecido desde su juventud, da la impresión de que le tuviera miedo a las personas. Nunca mira a quien le habla y susurra palabras sueltas como única respuesta a las preguntas que le hacen. Sabe leer y escribir y hace muchos años tuvo un libro: un catecismo que acabó aprendiéndose de memoria de tanto repasarlo. Nunca tuvo novia ni amigos, trabajaba de cartero y vivía con su madre, la única persona con quien conversaba sin trabarse. En los buenos tiempos nada les faltaba. La mamá le lavaba la ropa y siempre andaba limpio. Estaba alentado y trabajaba mucho. Cuando pintaron el templo parroquial, Moreira trabajó como voluntario, pero tuvo la mala suerte de caerse de un andamio alto y, aunque salió con vida del golpe, no pudo volver a trabajar. Cuando la viejita murió, Moreira, que ya estaba loquito, durmió en el cementerio, sobre el montículo de tierra, como un año. Los vecinos lo veían saltar la tapia en las noches. Un par de veces los policías lo sacaron a la fuerza. El pobre hombre entendió mal lo que le dijeron y creyó que tenía prohibido ingresar al cementerio por lo que, en adelante, siguió llegando solamente hasta el portón, desde donde, con los manos agarradas a las rejas, miraba hacia el sector en que reposaba su madre.
También tocado de la cabeza, Venao, a diferencia de Moreira, es un hombre parlanchín y chistoso. Dice que siendo joven conoció a don Braulio Carrillo, luchó contra los filibusteros, trató de cerca a Juan Santamaría, jugó apostando fuerte con don Próspero Fernández, fue protegido del General don Pedro Quirós, pero por su conducta indisciplinada y no saber leer ni escribir, no pudo hacer carrera en el ejército. En repetidas ocasiones, como civil y como militar, estuvo en el cepo. Respondón, insolente y dicharachero, a Venao le gustaba hacerse el gracioso incluso en las peores circunstancias. La vez que, en un pleito a cuchillo, mató a un hombre, no dejó de bromear durante el combate. Huyendo de la justicia con nombre falso, Venao estuvo de mandador de fincas en Atenas y hasta sembrando cacao en Matina. Era bueno para caminar. Cuando no había tren a Puntarenas y enviaban a Venao a hacer alguna diligencia, se iba de madrugada y a la noche del día siguiente estaba de vuelta. Por ese tipo de proezas se ganó su apodo. Ya viejo e inofensivo, vive de sus recuerdos y se deleita en repasar sus andanzas, no se sabe si reales o imaginarias, pero seguramente bien adornadas con exageraciones.
Jacinta Camacho, mejor conocida como Picale la Gallina, tuvo un hijo pero se le murió pequeño. Los chiquillos del barrio, al verla pasar, le preguntan si ella lo mató y la pobre mujer, ofuscada como si fuera la primera vez que oyera la burla, empieza a gritar un largo alegato en su defensa. Llama a la manera antigua, diciendo "Ave María", en vez de "Upe", que apenas comenzaba a usarse en su tiempo. Además de loquita, Jacinta estaba tuberculosa, por lo que cargaba su propio tarro para pedir de puerta en puerta la leche que el médico le recomendó que tomara a diario. Pese a su miseria, la mujer estaba bien nutrida debido a que tenía una excelente estrategia: en todas las casas decía "Solo aquí me dan".
Calachas, por su parte, anda con dos caballos viejos y enfermos. Uno tiene una pelota en una pata y, a los niños que le preguntan, les dice que una vez se comió un coco, se le fue por mal camino y no ha encontrado la manera de sacárselo. Con sus jumentos, Calachas es una especie de correo, los vecinos le dan el dinero y le dicen qué ocupan y él les trae los encargos, que van desde telas hasta tarjetas para enamorados. Hubo un tiempo en que Calachas no era Calachas, sino don Nicolás. Tenía dinero, buenos caballos y muchas enamoradas. Espera recuperarse y sabe que cuando vuelva a tener dinero, le volverán a decir don. 
En el cuento de don Alejando, es el único en que aparece "por el amor de Dios" pero solamente como referencia.  El viejo músico todavía tiene la tuba herrumbrada colgando de un clavo en la pared, pero cuando la sopla ya no suena igual. Hubo un tiempo en que tocaba en la iglesia, los bailes y en la plaza. Tenía muchos contratos y dinero de sobra. La vida no era tan cara entonces, compraba un real de carne y alcanzaba hasta para los perros. Cuando aparecieron las vacas flacas, su mujer se escapó con otro y, cuando el otro la dejó, don Alejandro la recibió de nuevo en su casa, en la que, además de la pareja, vivían sus dos hermanas ya muy viejitas, su hija y su nieto. A duras penas lograban pasar con el sueldo de conserje del viejo, que barría y tocaba la campana en el Colegio de San Agustín. Cuando el Colegio se transformó en Escuela Normal, botaron el caserón de adobe para construir un edificio de amplios corredores y salones que el viejo ya no tenía fuerzas para limpiar. Cuando lo echaron, como consuelo, le dieron el puesto a su hija. Don Alejandro se fue quedando ciego por las cataratas y acabó ubicándose al lado de la puerta de un consultorio donde, sin extender la mano, recibe limosnas sin necesidad de pedirlas.
Luis Dobles Segreda publicó Por el amor de Dios en 1918. Las ganancias que se obtuvieron con la edición fueron destinadas a ayudar a ancianos menesterosos. Pese a los años transcurridos, este libro sigue siendo fresco y atractivo. 
Escribir sobre limosneros y loquitos tiene sus riesgos. El mayor de todos es quedarse en lo evidente, complacerse en describir la miseria sin ir más allá o más a fondo. No es lo mismo acostumbrarse a verlos pasar que conocerlos. De primera entrada la atención se centra en la ropa deshecha, el cabello maltratado y la piel tostada, la mirada perdida y el discurso incoherente. Pero los mendigos, como cualquier otra persona, tienen nombre y una o varias historias detrás. ¿Quienes son? ¿De dónde vienen? y ¿Cómo llegaron a este estado? son preguntas que no pueden ser respondidas desde lejos. Quienes leyeron la primera edición de este libro seguramente estaban acostumbrados a ver a estos cinco personajes. Hasta es posible que les hubieran dado algo. Pero muy probablemente acabaron descubriendo, en estos cuentos, revelaciones inesperadas.
En cada relato, don Luis Dobles Segreda va presentando al personaje poco a poco. De primera entrada solo vemos lo exterior, la apariencia y la conducta, pero luego podemos asomarnos a sus sentimientos, sus dolores y alegrías, sus recuerdos dulces y amargos y los sueños que aún les quedan.
Luis Dobles Segreda.
1889-1956
Don Luis, más que autor parece amigo, puesto que escribe sobre ellos con respeto y afecto. No se burla, no los ridiculiza, no los juzga, no los justifica, no los reivindica. Simplemente, los retrata.
La prosa en que están escritos estos cuentos es limpia, clara, transparente. La forma en que reproduce el lenguaje de sus personajes, con sus dichos y refranes ya viejos desde entonces, con sus palabras pronunciadas de manera particular, es tan fluida que hasta da la impresión, al leer, de estar escuchando su voz y mirando el brillo de sus ojos.
La pobreza, la enfermedad y la demencia, son temas que no cualquier escritor puede desarrollar sin distraerse. Si se pone sentimental y lacrimógeno, el escritor, más que los personajes, acaba dando lástima. Si se trepa a la tribuna y se larga con un discurso lleno de indignación sobre lo cruel e injusta que es la sociedad, en vez de un relato termina escribiendo un panfleto. Si se concentra más de la cuenta en los detalles, acaba soltando descripciones interminables. Y si le da por explotar lo pintoresco, al final le puede salir una caricatura. Don Luis Dobles Segreda, que tenía solamente veintinueve años de edad cuando publicó este libro, no cayó en ninguna de esas trampas.
Los tiempos han cambiado mucho desde que apareció este libro. Los indigentes que hoy viven en las calles no cuentan, al menos en centros urbanos superpoblados, con la protección de vecinos que los llamen por el nombre y les abran cuando toquen la puerta. No es lo mismo ser mendigo de aldea que de gran ciudad. Los escritores actuales ya no los tratan con dignidad, respeto y afecto. Ni siquiera se les acercan.
INSC: 1559

2 comentarios:

  1. Estas historias de "perdedores" me encantan. Lo malo es que no sé si podré conseguirlo por aquí. Lo intentaré. A lo mejor en una librería de viejo, de segunda mano...
    Aquí lo de 'limosnero' no se utilizaba pero sí 'pedigüeño', ahora casi en desuso.
    Saludos,

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  2. No conocía este libro asi vomo lo describes ,el tema me encanta voy a darme a tarea de buscarlo. Gracias Carlos

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