domingo, 4 de octubre de 2015

Testimonio de un ex Guardia Nacional de Nicaragua.

Yo deserté de la Guardia Nacional
de Nicaragua. José Antonio Robleto Siles.
EDUCA, Costa Rica, 1979.
José Antonio Robleto Siles solamente una vez vio a Anastasio Somoza Debayle en persona. No tuvo, sin embargo ocasión de hablarle, ya que la reunión fue breve y el grupo era numeroso. Se había tenido noticia de que había grupos guerrilleros en las montañas del norte del país y Somoza quiso dirigir unas palabras a los oficiales que iban a ser enviados a la zona. Sus instrucciones fueron claras y contundentes: "Creo que está de más recordarles lo que deben hacer con las personas involucradas con la guerrilla. No queremos prisioneros."
La orden fue acatada al pie de la letra. Cuando atrapaban guerrilleros, o campesinos que colaboraban con grupos rebeldes, los torturaban, los interrogaban y, en cuanto habían obtenido de ellos suficiente información, los mataban y los enterraban en el monte. Los prisioneros, en el momento mismo en que empezaba el interrogatorio, tenían claro que iban a morir. Algunos, como un favor, pedían que los mataran con un disparo. A quienes no se les concedía ese privilegio, eran degollados o ahorcados.
Los enfrentamientos con grupos guerrilleros armados eran mínimos. La mayor parte de los ejecutados eran humildes agricultores montañeses que con hacha y machete habían limpiado de malezas un terrenito para levantar su rancho, cultivar su maíz y criar sus cerdos y gallinas. Su único delito había sido darles de comer o servirles de guía, o hacerles pequeños favores a los rebeldes. 
Algunos ayudaban a los guerrilleros por simpatía con la causa pero la gran mayoría lo hacía porque no tenía más remedio. ¿Qué puede hacer un campesino si llega un grupo armado y le pide comida, un lugar donde dormir, que los lleve de un sitio a otro o que vaya al pueblo a hacerles compras?
Los mismos oficiales de la Guardia llegaron a percatarse de que había quienes acusaban al vecino de ser colaborador de los rebeldes solamente para tomar venganza por viejas rencillas personales.
En la montaña se pierde la noción del tiempo. El estar permanentemente alerta ante un ataque hacía el que el avance fuera lento y tenso. La lluvia borraba cualquier rastro y  el hecho de peinar la zona durante días sin encontrar al enemigo, en vez de calmar los ánimos más bien los tensaba. 
La tropa estaba bien armada, pero los uniformes y las botas eran de mala calidad. Tras un par de aguaceros la ropa estaba desteñida y los zapatos inservibles. Estaban expuestos a mordeduras de serpientes y a la leishmaniasis, que provocaba llagas en la piel. En la noche, al acostarse en el frío y húmedo campamento, tenían presente que el ruido de la lluvia no les permitiría escuchar si alguien se estuviera acercando y, al pasar las tormenta, las gotas aisladas que cayeran desde los árboles sobre las hojas del suelo sonarían como pasos. 
Durante la noche, además, aparecían en la memoria los rostros, la voz y los gestos de los campesinos ejecutados. En más de una ocasión, Robleto Siles, durante sus largas horas de insomnio en el campamento se preguntó: ¿Qué estará haciendo Somoza en estos momentos?
En aquella reunión, la única vez que los vio en persona, Somoza los llamó buenos hijos de la patria, les dijo que su misión era para salvar al país y les prometió una recompensa por sus servicios. Pero no había oratoria que pudiera justificar lo que estaban haciendo. Muchos guardias, Robleto Siles entre ellos, no podían ya presenciar las ejecuciones. Los oficiales que se habían especializado como verdugos, se llevaban al prisionero lejos para ejecutarlo. Cuando regresaban contando entre risas detalles sobre la forma en que lo mataron, quedaba la esperanza, o el consuelo, de que estuvieran mintiendo. Tal vez a ellos también se les había ablandado el corazón y lo dejaron ir. Era poco probable pero reconfortaba pensarlo.
Aquello no tenía sentido ni para los propios guardias. El interrogatorio no aportaba información valiosa. La tortura era repugnante hasta para quienes la ordenaban y la ejecución era un crimen que ya no podían ni mirar. Aunque estaban próximos a ser ejecutados, los guardias les daban algo de agua, comida, abrigo a los prisioneros. Se daba incluso la paradoja de que el mismo torturador, al finalizar la sesión, les curara las lesiones y les diera analgésicos.
Los guardias eran campesinos emigrados a la capital que, al no encontrar trabajo, se inscribían como reclutas. Para evitar que gastaran su sueldo en alcohol y prostitutas, sus esposas lo cobraban en la capital. Sin un centavo en el bolsillo, mal vestidos, mal abrigados, mal comidos y mal alojados, ellos eran también víctimas de los oficiales. Robleto Siles cuenta que el oficial a cargo de su grupo, para quedarse con el dinero destinado a la alimentación de la tropa, les daba raciones de sopa transparente y mínimas cantidades de arroz y frijoles. Los que estaban de guardia, por el hambre, en vez de vigilar se dormían. 
Aquel teniente además de a sus propios soldados, les robaba a los campesinos. Además de armas y dinero, a uno le quitó un par de mulas que luego vendió. Robleto encaró al teniente y le exigió que alimentara bien a la tropa y que devolviera a los campesinos todo lo que les había robado. El teniente, como única respuesta, le dijo que ya llegaría el día en que él podría tomar decisiones. Robleto, entonces, le advirtió que al regresar a la capital iba a reportar sus rapiñas. El teniente lo retó a los golpes, pero Robleto, que sabía que la verdadera intención era abrirle un proceso disciplinario, no cayó en la trampa. Entonces le ofreció dinero, pero Robleto tampoco picó el anzuelo. 
Robleto se convirtió entonces en un militar inconforme, que protestaba por la mala calidad de los alimentos, las pésimas condiciones del campamento, lo bajo de los sueldos y la falta de descanso. Organizó a la tropa y logró algunas mejoras. Pero el cambio más drástico había ocurrido en su interior. Tras sus meses en las montañas se percató de que estaba luchando en el bando equivocado. Que él no debía defender la dictadura, sino combatirla. A fin de cuentas, tanto los campesinos como los guerrilleros y los propios guardias eran personas humildes que se mataban entre sí sin darse cuenta de que formaban parte del mismo pueblo.
De regreso a la capital, fue destinado a la Cárcel Modelo, donde estaba preso Tomás Borge, con quien mantenía largas conversaciones. Naturalmente, el líder guerrillero era cauteloso al hablar con Robleto quien, a fin de cuentas, era un oficial de la Guardia Nacional. Como a Borge le tenían prohibido el acceso a periódicos y radio, fue Robleto quien le comunicó la muerte de Carlos Fonseca Amador, el fundador del Frente Sandinista para la Liberación Nacional y se conmovió al verlo soltar el llanto. 
Un buen amigo le informó a Robleto que lo tenían vigilado. No se iban a gastar tiempo y papeleo en un proceso en el que tendría oportunidad de hablar. En cualquier momento lo matarían de manera que pareciera un accidente o una muerte en combate. En octubre de 1977, tras innumerables peripecias, José Antonio Robleto Siles se asiló en la Embajada de Costa Rica en Managua, donde permaneció dos meses, hasta que el 31 de diciembre, aprovechando el tráfico de fin de año, logró trasladarse a Granada y, desde allí, siempre con la complicidad de amigos, se trasladó a territorio costarricense.
El testimonio de José Antonio Robleto Siles fue publicado por la Editorial Universitaria Centroamericana EDUCA, en 1979, cuando ya Somoza había abandonado Nicaragua y los Sandinistas habían tomado el poder. Aunque relata hechos sangrientos cometidos por la Guardia Nacional, no podría considerarse un libro morboso ni revanchista. El autor menciona los asesinatos y las torturas sin entrar en detalles. De hecho, las palabras asesinato y tortura no requieren de adjetivos para realzar su crudeza. Tampoco hay en la obra ni discursos propagandísticos, ni acusaciones que reclamen justicia, ni lamentaciones de culpa. Se trata de un libro concentrado en los hechos, que avanza a un ritmo ágil y fluido. Salta a la vista que el autor tuvo algún tipo de ayuda en la redacción. Hay ciertas líneas que, por el lenguaje utilizado, cuesta creer que hayan sido escritas por un guardia. Por aquí y por allá aparecen "alienación", "traición de clase" y otras palabras y expresiones de la vieja izquierda, pero el libro no cae en lo panfletario.  Ni siquiera está escrito con odio. Es narración pura en la que lo emocional se encuentra insinuado entre líneas. Esta limpieza de prosa, sin concesiones a lo emotivo, más bien resalta lo dramático de los hechos. Hay un momento en que la patrulla se encuentra un rancho con solo mujeres, y al preguntarle por los hombres, aquellas campesinas descalzas les informaron que ya otro destacamento había pasado antes y que a sus maridos y sus hijos "Allí, bajo esos árboles, los fueron a matar y ahí mismo los enterraron." 
El prisionero y el vigilante, el torturador y el torturado, el condenado a muerte y el verdugo, se miran a los ojos y se tratan de vos.
 El autor tiene la altura de omitir nombres para no ofender ni molestar a los familiares de los aludidos. 
José Antonio Robleto Siles nació en Granada, Nicaragua, en 1952. Alcanzó el grado de Teniente de Infantería en la Guardia Nacional. El escritor Lisandro Chávez Alfaro fue quien trascribió el testimonio. 
Yo deserté de la Guardia Nacional de Nicaragua, es un documento valioso para la historia centroamericana. Es el testimonio de una época dolorosa que ha quedado atrás pero no debe ser olvidada.
INSC: 0641

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