miércoles, 28 de enero de 2015

Óscar Bakit en sus Cuentos Mariachis narra su testimonio de la Guerra Civil de 1948.

Cuentos mariachis. Óscar Bákit.
Editorial Costa Rica, 1991.
Es importante hacer la aclaración de que los Cuentos Mariachis de Óscar Bakit no tienen nada que ver con un alegre grupo de músicos mexicanos. En 1948, cuando estalló la guerra civil en Costa Rica, el gobierno reclutó a numerosos trabajadores de las regiones costeras para que vigilaran la ciudad capital. Aquellos hombres, oriundos de tierras cálidas y soleadas, temblaban  al tener que pasar la noche a la interperie. Para protegerse del frío de San José, se calaban hasta las cejas sus sombreros de ala ancha y se arropaban con una cobija. Vista de lejos, su silueta similaba la de un charro envuelto en un sarape. De ahí surgió el apodo de mariachis. El Doctor Rafael Ángel Calderón Guardia gobernó de 1940 a 1944 y lo sucedió don Teodoro Picado de 1944 a 1948. Esas dos administraciones fueron conocidas posteriormente como el régimen de los ocho años, contra el que se alzó en armas don Pepe Figueres. 
En Costa Rica, desde entonces, se llama mariachi a los partidarios del bando perdedor de la contienda, es decir, a quienes apoyaban a Calderón y Picado. Óscar Bakit, además de pintor, escultor, escritor y publicista, era mariachi y, en este libro, relata su testimonio personal sobre el conflicto y las duras consecuencias que este hecho histórico nacional generó en su vida. 
El gran valor del libro radica precisamente en ser un testimonio personal de alguien que militó en el bando perdedor. La historia la escriben los ganadores, mientras los perdedores guardan silencio. Ya se trate de la Guerra Civil costarricense o de cualquier otro conflicto humano, la versión de los ganadores se impone y se repite, mientras que la versión de los perdedores es ignorada al punto que, con el tiempo, llega a ser desconocida.  Al estudiar determinado hecho histórico, uno puede encontrarse decenas o centenares de libros que dicen lo mismo con distintas palabras y solamente muy pocos que miran los hechos desde otra perspectiva.
Por otra parte, la historia la escriben los investigadores, no los protagonistas. Siempre me ha intrigado que la versión de historiadores que no vivieron los hechos, goce de mayor credibilidad que la de los ancianos que los recuerdan. Los libros de Historia quedan en la biblioteca y los cuentos del abuelo terminan olvidándose.
Quizás consciente de estas circunstancias, Óscar Bákit empieza su libro de una manera verdaderamente atípica. "A usted que ya empezó a leer esto" dice en las primeras páginas "le recomiendo que no siga adelante. Nada de lo que afirmo en este libro se puede probar."  Y más adelante agrega: "Si a alguien se le ocurre hacer una afirmación contando los hechos que ha vivido, pero de los cuales no tiene más documentos que su propia vida, los historiadores se levantarán olímpicamente y dirán: Eso no es Historia."
Bákit era un joven estudiante de Derecho que trabajaba en el Ministerio de Gobernación en los tiempos de Calderón Guardia. Cuando llegó a la presidencia don Teodoro Picado (profesor suyo en la facultad) lo trasladaron a Relaciones Exteriores. Pudo presenciar en primera fila varios entretelones del complicado fin de la administración Picado. Don Teodoro, por la confianza que le tenía, lo envió en misión especial y secreta a Guatemala para entrevistarse con el Doctor Arévalo. Cuando estalló el conflicto armado, Bákit presenció situaciones que relata tal y como las recuerda, con generosas menciones de detalles y de nombres. Allí aparecen don Fernando Soto Harrison, don Julio Acosta y el escritor Carlos Luis Fallas, entre otros. Cuenta también su encuentro personal con don Pepe Figueres cuando entró victorioso a la Casa Amarilla. 
Poco antes del triunfo definitivo de don Pepe, el Doctor Calderón Guardia y don Teodoro Picado, junto con sus familias y colaboradores más cercanos, abandonaron el país rumbo a Nicaragua. Muchos mariachis los siguieron, entre ellos Bákit quien llegó a Managua con un colón y veinticinco céntimos en el bolsillo.  En Nicaragua, los mariachis pasaron verdaderas necesidades que fueron capaces de sobrevivir gracias a la ayuda recíproca. El que conseguía un trabajo, así fuera muy modesto y mal pagado, ayudaba en lo que podía a los otros. A Bákit en un par de ocasiones lo echaron de la pensión en que vivía por no poder pagar la pieza y sus primeras noches en la ciudad de Granada durmió en una banca del parque de la estación.
Gracias al apoyo del artista Rodrigo Peñalba, Bákit obtuvo un puesto como profesor, hizo amigos y, a pesar de la amargura de no estar en su patria, teniéndola tan cerca, tal parece que hizo amigos y disfrutó su tiempo en Nicaragua.
El Doctor Calderón Guardia, con el apoyo de Anastasio Somoza realizó dos intentos armados para retomar el poder, uno en diciembre de 1948 y otro en 1955. Ambos fracasaron y poco a poco los mariachis retornaron a Costa Rica. De vuelta en San José, Bákit montó su agencia de publicidad y denuncia que sufrió alguna persecución política que, sin embargo, no le impidió lograr buenos contratos con instituciones del Estado. 
Bákit tiene versiones muy particulares sobre diversos hechos. Menciona que el Doctor Moreno Cañas iba a ser candidato en las elecciones de 1940, un rumor que circuló con fuerza en su momento, pero del que no hay evidencia documental. Afirma que el movimiento armado de Figueres contó con el apoyo de la oligarquía para derogar las Garantías Sociales y que en las filas del movimiento lucharon cientos de mercenarios de varios países del Caribe. Ambas afirmaciones son falsas. Las Garantías Sociales no solo no fueron derogadas sino reforzadas por Figueres y los combatientes no costarricenses del bando figuerista fueron solamente dieciocho. Por haberse encontrado por casualidad a don Gonzalo Facio en Managua, Bákit sostiene la tesis de que hubo un arreglo entre Figueres y Somoza contra los mariachis, una posibilidad que, más que remota, es absurda. En el libro hay numerosas inexactitudes fácilmente refutables. El tono en que están escritas las historias es en ocasiones apasionado y vehemente. Bákit no disimula ni sus simpatías ni sus antipatías. En un libro de historia, escrito por un investigador metódico, cuidadoso, desprejuiciado y desapasionado, estos deslices serían criticables. Pero en un testimonio personal la pasión, la inexactitud y las afirmaciones contundentes sin respaldo documental son más bien méritos dignos de destacar. No importa que sea subjetivo y apasionado porque, a final de cuentas, dice lo que piensa y lo que siente. No importa que sostenga suposiciones que el tiempo y los hechos demostraron ser falsas, si en verdad eso era lo que creía. Nadie, por otra parte, puede discutirle a una persona lo que vivió o presenció. 
Aparte de su valor como documento histórico y testimonio personal, el libro de Bákit está lleno de historias fascinantes. Las anécdotas son sabrosas e inagotables. Bákit fue gran amigo de Manolo Cuadra y fue huésped de Yolanda Oreamuno en México. Un relato que me impresionó profundamente es el de un joven tico que dejó embarazada a su novia nica cuando ambos tenían apenas quince años de edad. El hijo se casó antes de cumplir los dieciséis y la primera hija de su matrimonio se casó a los trece. Debido a tal precocidad, el tico amigo de Bákit fue bisabuelo a los cuarenta y seis años de edad.
Como aficionado a la historia, me gusta leer investigaciones bien fundamentadas pero también disfruto enormemente prestarle atención a los recuerdos de los señores mayores.  Ellos no se andan con muchas prudencias a la hora de compartir su versión de la historia y, además, saben contarla con pasión.
INSC: 0955



lunes, 26 de enero de 2015

Polvo de Ángel. Primer libro de cuentos de Cynara Michelle Medina.

Polvo de Ángel. Cynara Michelle Medina.
400 Elefantes. Nicaragua. 2002.
Polvo de Ángel, es un libro de apenas cuarenta y un páginas que recoge ocho relatos de temas diversos pero de similar estilo. Su lectura es en verdad placentera gracias a su prosa fluida y concisa que no entra en complicaciones innecesarias ni cae en la tentación de soltar derroches de habilidad o de sapiencia. Es un libro sólido y depurado al que no se le podría señalar ningún elemento puramente accesorio.
Desde el inicio, el libro arranca con el pie derecho. El primer cuento, titulado El espantapájaros es realmente conmovedor. En este relato conocemos a Chan, un personaje de edad indeterminada cuya vida consiste en cuidar que sus árboles frutales no sean saqueados ni por pájaros, ni por ladrones, ni por insectos. Una niña curiosa, en alguna medida tan solitaria y diferente a los demás como el propio Chan, tenía al huerto como su refugio favorito simplemente porque le gustaba subirse a los árboles para observar los techos de las casas. Chan creía que la niña iba a robarle ya que, por más que ella se lo repitiera una y otra vez, para él era inconcebible que hubiera alguien a quien no le gustaran las frutas. La niña acabó convirtiéndose en amiga del agricultor y, al verla ayudándole en las labores del huerto, los lectores tenemos la oportunidad de ser testigos de una bella historia en la que aprendemos que la amistad, cuando es verdadera, llega a ser eterna ya que ni siquiera la ausencia del ser querido logra ponerle fin. La huella que dejan las personas que verdaderamente llegan a ser importantes en nuestras vidas, es tan duradera como la vida misma.
Estos cuentos de Cynara Michelle Medina se desarrollan serenamente, sin sobresaltos ni picos de tensión. No hay en ellos párrafos desgarrados ni sal sobre la herida. La calma con que plantea los cuentos es la misma con la que los desarrolla y los cierra. Cada cuento captura un instante, o un periodo, en que todo lo que se observa llega a ser tan importante como lo que ocurre. Hay, en todos los relatos, una profunda sensación de soledad que la autora, sin necesidad de proclamarla expícitamente, sino solamente insinuándola con sutileza, logró hacerla evidente.
Todos los protagonistas de los cuentos son solitarios que, de alguna manera, han logrado llegar a ser importantes en la vida de otros y, también, han encontrado a otros que llegan a ser importantes en las suyas.
Ya se trate del ángel de la guarda cuyas alas le provocan alergia a quien tiene que proteger, o del niño que, antes de nacer, mientras estaba en compañía de otros nonatos, descubrió que en su vientre le estaba naciendo un cordón umbilical que lo uniría toda la vida a un alma, los personajes que llenan las páginas de este libro asombran por su nobleza y su dulzura. Todos ellos, sin embargo, dan la impresión de estar aislados dentro de una burbuja individual que es y seguirá siendo impenetrable a pesar de la voluntad de aproximación propia o ajena.
El libro incluye una serie de microrrelatos agrupadas bajo el título Postales de París que son historias mínimas, brevísimas, en las que a partir de la observación de pequeños detalles, logra descubrir un trasfondo amplio y enigmático.
Polvo de Ángel es el primer libro de cuentos de Cynara Michelle Medina y fue editado por la revista 400 Elefantes en el año 2002. El libro trae un hermoso prólogo de Blanca Castellón. A Cynara le he perdido la pista. No sé qué habrá sido de ella ni si habrá publicado más libros. En verdad espero que siga escribiendo y no pierdo la esperanza de tener noticias suyas en algún momento. En sus relatos, los encuentros son fugaces y accidentales, pero dejan huella. Los detalles más insignificantes llegan a ser memorables. Cada vez que leo estos cuentos me parece que mi encuentro con el libro parece salido de sus páginas. Un lector curioso tiene una conversación brevísima con una joven escritora que acaba de publicar su primer libro. Ella, gentilmente, le obsequia y le firma un ejemplar y, tras menos de media hora de charla, no vuelven a verse nunca más.
INSC: 1356  

miércoles, 14 de enero de 2015

Fernando Vallejo arremete contra la fe y la religión.

La puta de Babilonia. Fernando Vallejo.
Alfaguara, España, 2012. Esta es la edición
que tengo. La primera edición mexicana,
de 2007, fue publicada por Planeta, en
México y la primera edición española es
de Seix Barral.
De Dios y de la religión, como de cualquier otro tema, se ocupan solamente los interesados. Las personas no creyentes o no religiosas no suelen prestar atención ni dedicar tiempo a estos asuntos. Los ateos sí. De hecho, lo más aburrido de un ateo es que siempre está hablando de Dios, Quien, tanto como la religión, llega a ser para ellos un tema obsesivo. Ese es el caso del escritor colombiano Fernando Vallejo, quien en su libro La puta de Babilonia, publicado en 2007, además de manifestar su ateísmo y su desprecio por el cristianismo, el judaísmo y el Islam, hace gala de una impresionante erudición sobre la Sagrada Escritura y la historia de a Iglesia.
Quienes lo han leído saben que Vallejo, además de su prosa fluida y ágil, se caracteriza por su corrosivo sentido del humor y por su habilidad para insultar con ingenio e ironía. Fidel Castro, Álvaro Uribe, el rey Juan Carlos y Gabriel García Márquez, entre muchos otros, han sido blanco de sus diatribas mordaces y punzantes. Cada vez que Vallejo hace uso de la palabra escandaliza, levanta roncha y no deja títere con cabeza. De hecho, hay quienes lo leen atraídos ante todo por las barbaridades que dispara como ametralladora. Vallejo dice lo que piensa y siempre acaba escandalizando. Llegó a afirmar que los pobres y los feos no deberían reproducirse porque haciéndolo aumentan la pobreza y la fealdad en el mundo. Dicha afirmación, por cierto, es una de las más respetuosas y moderadas que ha proferido.
Ya podrán imaginarse la forma en que se refiere a Cristo, a Moisés, los apóstoles, el profeta Mahoma, los santos y los papas en este libro. Nadie niega que la historia de la Iglesia está llena de episodios oscuros y personajes verdaderamente macabros e indefendibles, desde Torquemada hasta Marcial Maciel, pero Vallejo además de estos dos (que pone por los suelos) califica con insultos hasta a San Francisco de Asís, a quien, de manera anacrónica llama "hippie marihuano". Repitiendo el anacronismo, por cierto, califica el Apocalipsis de San Juan como "el libro más marihuano de la literatura universal."
Una forma de leer este libro, entonces, es con la actitud un tanto morbosa de deleitarse con un panfleto desbocado, escrito con maestría y con furia, cuyo autor no se mide ante nada ni ante nadie. Incluso quienes crean que han perdido el sentido de lo sagrado podrían acabar escandalizados en cada página. 
Yo opté por leerlo de otra forma distinta. Con todo y lo difícil que fue, ya que Vallejo en verdad sorprende, sobresalta y divierte con sus exabruptos, pasé por alto las salidas de tono y me concentré en argumento. Y es que a pesar del tono irreverente y provocativo con que está escrito, este libro es un verdadero ensayo histórico filosófico muy bien argumentado y fundamentado.
La tesis de Vallejo es que Dios no existe, como tampoco existieron Moisés, ni Josué, ni el rey David, ni Cristo ni San Pablo, sino que todos ellos son personajes mitológicos construidos por diversos autores y tradiciones. El pueblo de Israel, dice, no estuvo nunca en Egipto y, por tanto, nunca hubo éxodo. No niega la existencia real e histórica del profeta Mahoma, pero como es fácil de imaginar, el hecho de que en verdad haya existido más bien aumenta, en vez de disminuir, la furia de Vallejo hacia él y el Islam.
Las afirmaciones de Vallejo no son gratuitas ni caprichosas sino fruto de un profundo estudio. La religión en verdad llega a ser una verdadera obsesión para los ateos. Me atrevo a afirmar que muy pocos creyentes tienen una cultura tan amplia sobre la Sagrada Escritora, la historia de la Iglesia o los Santos Padres como la que tiene Vallejo.
Según Vallejo, Cristo, hijo de la Virgen María, es un personaje construido a partir de otros como Atis (hijo de la Virgen Nana), Buda (hijo de la Virgen Maya), Krishna (hijo de la Virgen Devaki), Horus (hijo de la Virgen Isis y nacido en un pesebre), así como de Mitra y Zoroastro. Entre todos estos personajes hay muchísimas coincidencias. La más evidente es que el nacimiento de todos ellos se celebra en el solsticio de invierno, es decir, el 25 de diciembre. Destaca el hecho de que los Evangelios dicen que Cristo nació bajo el reinado de Herodes, pero Herodes murió en el año 750 de la fundación de Roma y el año uno de nuestra era coincide con el 754 de la fundación de Roma.
Es exhaustivo a la hora de citar todos los pasajes de los libros del Antiguo Testamento que autorizan la tortura, el asesinato y la esclavitud, tanto como las incoherencias del Nuevo Testamento. Las contradicciones y distintas versiones de los Evangelios son bastante conocidas. En el Evangelio de Marcos, los dos ladrones crucificados se burlaban de Jesús y en el de Lucas solamente uno. Un Evangelio dice que Judas se ahorcó y otro que se tiró a un barranco. Uno dice que eran cinco panes y dos peces y otro que eran siete panes y unos peces. En fin, las distintas versiones que hay en los Evangelios del mismo hecho son bastante conocidas, pero Vallejo va más allá y señala errores geográficos y de citas.
En Marcos 7:31 dice: "De nuevo saliendo de la región de Tiro vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea que está en la Decápolis". Pero Vallejo señala que el mar de Galilea no está allí. De norte a sur están Sidón, Tiro y el mar de Galilea. Si Cristo salió de Tiro hacia el mar de Galilea, que queda al sur, no pudo pasar por Sidón, que queda al norte. En el Evangelio de Juan (12:21) se habla de Betsaida de Galilea, pero Betsaida no está en Galilea, sino en Gaulanítida y Mateo (19: 1-3) dice: "...partió de Galilea y se fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán", pero tanto Galilea como Judea quedan al mismo lado el Jordán. Por tanto, Vallejo llega a la conclusión de que quienes escribieron los Evangelios nunca estuvieron en la región en que sucedieron los hechos que narran. 
Vallejo afirma incluso que los autores de los Evangelios tampoco conocían las escrituras del Antiguo Testamento. En Mateo (2: 19-23) dice que de vuelta de Egipto, la Sagrada Familia se fue a vivir a Nazaret para "...que se cumpliera lo dicho por los profetas: Será llamado Nazareno", pero ningún profeta del Antiguo Testamento dijo que el Mesías sería llamado Nazareno. El Evangelio de Marcos empieza con una cita errónea: "...como está escrito en el profeta Isaías: He aquí que envío a mi mensajero para que te preceda y prepare tu camino." Pero esas palabras no son de Isaías, como dice Marco, sino del inicio del libro de Malaquías.
Vallejo también hace hincapié en que en el Sínodo de Roma, en el año 380, se declararon como Evangelios Canónicos únicamente los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y todos los otros, que eran varios, fueron declarados apócrifos. Sin embargo, ciertos contenidos de los Evangelios Apócrifos continuaron siendo aceptados. Los nombres de los padres de la Virgen María, Joaquín y Ana, así como los de los ladrones crucificados, Dimas y Gestas y la crucifixión de Pedro cabeza abajo, no se mencionan en los Evangelios Canónicos sino en los Apócrifos. Vallejo olvidó dos detalles más que me permito agregar, el nombre de Longino, el centurión de la lanza, así como la presencia de una mula y un buey en el establo de Belén, también vienen de los Evangelios Apócrifos.
Dispuesto a negar la existencia histórica de Cristo, Vallejo le resta crédito a los escritos de Suetonio, Tácito y Plinio el joven que, sin ser cristianos ni judíos, Lo mencionan. Tampoco le da credibilidad a las obras de Flavio Josefo o al Testimonium Flavianum, documento romano en que se habla de un Jesús que hacía maravillas en tiempos de Poncio Pilatos.
Con gran propiedad y erudición, Vallejo discute a los Padres de la Iglesia, San Agustín, San Ignacio de Antioquía, San Clemente de Roma, San Policarpo de Esmirna, Tertuliano y Orígenes. Defiende apasionadamente los cuestionamientos de Celso, antagonista de Orígenes, quien estudió con Plotino. Por cierto, vale la pena mencionar, para quienes no estén familiarizados con la época, que los primeros místicos no fueron cristianos, sino los neoplatónicos de la escuela de Plotino. Vallejo manifiesta su completo acuerdo y personal simpatía por Porfirio, ya que las objeciones que hizo el antiguo sabio al cristianismo son las mismas suyas. También sostiene que Marción pudo haber sido el inventor del personaje de San Pablo y el autor de la mayoría de sus cartas y recuerda que Orígenes (que es Padre de la Iglesia), dudaba que todas las cartas de Pablo fueran del mismo autor.
Comentando el libro La vida de Jesús críticamente analizada de David Friederich Straus, publicada en 1835, que es el primer estudio científico sobre el Jesús histórico y que llega a la conclusión de que Jesús es un mito histórico, Vallejo afirma que "mito histórico es una paradoja porque si algo es mito no puede ser historia". En este punto se equivoca, porque hay muchos mitos basados en personajes históricos. Wilhelm Tell, Ricardo Corazón de León y el Cid, por poner ejemplos conocidos, realmente existieron, lo que no sabemos es cuánto de lo que se dice de ellos fue real y cuanto inventado.
Como era de esperarse, Vallejo repasa también muchísimos episodios negros de la historia de los Papas, desde la Edad Media hasta Benedicto XVI. El conocimiento de Vallejo del Papado es asombroso, al punto que en el libro, publicado en 2007, ya Vallejo tenía claro que el cardenal Bergoglio, el actual Papa Francisco, era el gran candidato para la Sede de Pedro. En el 2005 casi lo eligen pero, como todos sabemos, finalmente fue electo Ratzinger. "Por eso" dice Vallejo con su ironía habitual "hoy tenemos un Benedicto XVI y no un Gardel I".
En fin, el libro lo que sostiene es que Dios y la religiones son una farsa. Pero, insisto, no se trata, aunque lo parezca, de un panfleto sino de un estudio minucioso y serio hasta en el más mínimo detalle.
A propósito de detalles, y ya que Vallejo es tan minucioso, yo me tomé la molestia de leer su libro con lupa y le encontré dos errores y una mentirilla. Dice que Ernesto Pacelli, tío del papa Pío XII, fue el fundador del Osservatore Romano, cuando el realidad el fundador del periódico vaticano no era su tío sino su abuelo y no se llamaba Ernesto sino Marcantonio. También dice que Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII, fue nuncio ante el Führer, cuando en realidad Pachelli fue nuncio en Munich de 1917 a 1920 y en Berlín de 1920 a 1929. Hitler llegó a ser Canciller en 1933 y Führer en 1934. El nuncio ante el III Reich era el arzobispo Cesare Orsenigo. La mentirilla podría considerarse una licencia literaria. Vallejo dice que en el viaje a Tierra Santa de 1964 el papa Pablo VI inició la tradición de besar el suelo. Se equivoca. El primer país en que el papa Pablo VI besó el suelo fue en 1968 en Colombia, el país natal de Vallejo. "Yo lo vi", afirma Vallejo, "con su velamenta blanca agitada al viento besando el duro asfalto de El Dorado, el aeropuerto de Bogotá". Vallejo, sin embargo, no pudo haberle visto la velamenta blanca agitada al viento porque cuando Pablo VI bajó del avión en El Dorado llevaba puesto un tabarro rojo.
Y para seguir con minucias, a Vallejo, como a todos los ateos, se les sale a veces su pasado de creyente. En la página 121 se refiere a Cristo como "nuestro Redentor" y en la 124 como "mi Redentor". En la página 133 dice: "juro por Dios que me ve y me oye" y en 175 "los cristianos seguimos esperando". No se trata de ironías, son lapsus.
Como este blog está dedicado a los libros, vale la pena ir cerrando esta nota (que se ha hecho larga) con un dato curioso y libresco. En 1440 Gutenberg inventó la imprenta en Europa (en China existía desde hacía siglos) y poco después, en 1557, el papa Pablo IV estableció el Índice de libros prohibidos para evitar la difusión de errores por medio de la imprenta recién inventada. Durante quinientos veintisiete años, grandes autores tuvieron el honor de ser incluidos en el Índice, al punto que bien podría considerarsele como la mejor selección de obras maestras de la literatura occidental, pero en 1967 el papa Pablo VI lo suprimió. Vallejo se refiere al tema ampliamente, quizá con la frustración de que no tuvo oportunidad de que ninguna de sus obras formara parte de esa selecta lista.
Soy un entusiasta lector de Vallejo. Sus novelas, así como sus discursos, ensayos y artículos periodísticos hacen pensar, por el contenido, y deleitan por la prosa. Aunque Vallejo no respete nada ni nadie es, sin lugar a dudas, un escritor más que respetable.
INSC: 2569

martes, 13 de enero de 2015

Ningún hecho es aislado.

Guirnaldas (bajo tierra). Rodolfo Arias
Lanzallamas, Costa Rica, 2013.
Hay ocasiones, especialmente cuando la cosa se complica, que hacemos un alto en el camino solamente para preguntarnos: ¿Cómo fue que llegamos a este punto?
Rehacer la cadena de acontecimientos, tropiezos y decisiones que nos hicieron llegar a donde estamos no es tarea fácil y, con frecuencia, en el repaso descubrimos que el detonante de todo lo que vino después fue un hecho minúsculo e involuntario.
Lezama Lima decía que si alguien espera la guagua y, cuando la aborda, conoce durante el recorrido a la mujer de su vida, eso no es el azar. El azar, explicaba, es la muchacha que iba en la guagua que pasó antes o en la que pasó después.
En Guirnaldas (bajo tierra), la cuarta novela de Rodolfo Arias, se cuentan muchísimas historias que incluyen cientos de personajes. En la novela, como en la vida, cada uno va recorriendo su camino sin prestar atención a las cosas que botan o a las personas que majan o empujan mientras avanzan. Jamás podrían imaginar la forma en que sus acciones simples y cotidianas son capaces de afectar la vida de otras personas a las que ni conocen ni conocerán nunca.
El más mínimo hecho, comprar un helicóptoero de juguete, dejar perdida una Santa Cena en el bus, pintar el automóvil de determinada manera o perder un bolígrafo, inicia una reacción en cadena capaz de decidir el nacimiento, la vida y hasta la muerte de otros. La novela no solo nos relata los hechos, sino que le sigue la pista a todo lo que ocurre posteriormente hasta las últimas consecuencias.
El propio Rodolfo me contó esta anécdota, que no está en el libro, pero que ilustra bien la dinámica de la novela. Cierto amigo suyo tiene una familia muy feliz con su esposa y sus hijos. Conoció a su esposa cuando ella era su alumna en un curso que él no quería dar. El día que en la facultad asignaban los cursos a los profesores, él pretendía llegar temprano a la reunión para evitar que lo pusieran a dar esa clase pero, poco antes de salir de su casa, se puso a revisar el motor de su vehículo y la tapa del radiador se cayó en un sitio difícil de alcanzar. Este inconveniente le ocasionó una demora y, al llegar a la reunión, ya le habían asignado el curso. ¿Conclusión? Encontró a su pareja y tiene unos hijos a los que ama gracias a que la tapa del radiador se cayó. Cientos de episodios como este, encadenados en asombrosas secuencias, forman la trama de la novela. El encuentro de un desempleado con un viejo conocido, le permite conseguir un trabajo por el que tiene que viajar a otro país, donde deja a una muchacha local que luego lo buscó para dejarle al niño. Un autobús atascado impide que quien maneja el vehículo que iba detrás llegue a tiempo a una cita. La chica que lo esperaba, sin darse cuenta, sube al auto de un desconocido simplemente porque estaba pintado igual al del amigo que esperaba. 
Al ir pasando las páginas, se va descubriendo que en la novela, como en la vida misma, no hay hechos ni personas aisladas, no hay historias paralelas, no hay universos separados. Todo, absolutamente todo, está conectado. De nada vale plantearse la pregunta: "¿Qué habría pasado si...? porque la única respuesta posible es que todo, absolutamente todo, habría sido totalmente distinto e imposible de prever con solo que algo, cualquier cosa, no hubiera ocurrido como ocurrió.
Esta novela hay que leerla. Y hay que leerla porque nadie podría contarla en versión resumida. Cualquier hecho que se omita o se altere la desvirtúa. Es un edificio enorme al que si se le arranca un clavo podría venirse abajo.
El personaje principal, entre los cientos que la habitan es, definitivamente, el azar.
La extraordinaria capacidad narrativa de Rodolfo Arias, la fluidez de su pluma, su siempre oportuno y agudo sentido del humor y, muy especialmente, su habilidad para despertar, sostener y acrecentar el interés del lector, logran que esta novela, a pesar de su compleja trama y estructura, pueda leerse con fluidez y gran placer. Las tres novelas anteriores de Rodolfo Arias: El emperador Tertuliano, Vamos para Panamá y Te llevaré en lo ojos, comparten con esta el remarcable mérito de desarrollar una trama compleja, polifónica y no lineal, con fluidez y claridad.
Desde familias ricachonas hasta maleantes de la zona roja; desde una muchacha de inteligencia brillante dedicada de lleno al estudio, hasta un demente cruel y asesino; desde aquel que pasa la noche en un casino y acaba involucrado con el narco, hasta el pulseador que acepta un trabajo para el que no está calificado... todos ellos, y muchos otros, creen que andan cada uno por su lado.
Pero Guirnaldas (bajo tierra), además de permitirnos asomarnos a sus historias particulares, nos muestra los nudos, entronques, túneles y puentes con los que el azar lo conecta todo.
Este es un libro grueso en el que nada sobra. Ningún hecho es aislado. Ningún personaje es secundario. Todo y todos afectaron el destino de todo y todos los demás.

lunes, 12 de enero de 2015

Margaret Thatcher: los años de la Dama de Hierro en Downing Street.

Los años de Downing Street.
Margaret Thatcher. Aguilar.
España, 2012.
El 28 marzo de 1979, cuando estuvo claro que los resultados de las elecciones generales habían sido ganadas por el partido Conservador, Margaret Thatcher se ubicó junto al teléfono. Aunque muchos deseaban felicitarla, nadie la llamaba para que la línea estuviera libre. Cuando sonó el aparato ella misma levantó el auricular. La llamaban del Palacio de Buckingham: la Reina quería verla cuanto antes. Asistió a la cita y la Reina le entregó los sellos del despacho del Primer Ministro que, poco antes, en una audiencia previa, le había devuelto James Callagham. La reunión fue breve y sin ninguna ceremonia, pero Thatcher notó algo distinto al abandonar el lugar. A la entrada, los guardias de palacio solamente la miraron pasar. A la salida, la saludaban en posición de firmes con la mano derecha en la viscera del quepis.  Ella ya era Primer Ministra y lo sería por los siguientes once años. Su gobierno, tanto en su momento como ahora, tantos años después, continúa generando polémica. Ella, junto con el presidente Ronald Reagan, serían los abanderados de lo que se llamó, algo paradójicamente, la "revolución conservadora", que redujo la acción del Estado, liberalizó la actividad económica y mantuvo una línea dura con las potencias comunistas que, al final, vieron caer. Margaret Thatcher fue, sin lugar a dudas, un personaje fundamental de la historia de finales del Siglo XX y, afortunadamente, dejó para la posteridad un libro de memorias bastante voluminoso que, muy a su estilo, no tiene una palabra de sobra. Margaret Thatcher no era aficionada a la retórica ni a las divagaciones. Tenía sus ideas y sus posiciones y sabía exponerlas en una sola línea. El libro es extenso porque extenso fue gobierno y el recuento es minucioso. Prácticamente no hay tema al que no se refiera. Eso sí, como bien lo indica el título, Los años de Downing Street, no se trata de una autobiografía personal, sino de un recuento de la década que gobernó el Reino Unido. Empieza el día de las elecciones de 1979 y termina cuando fue sucedida por John Major en 1990.
Tres años antes de asumir el gobierno, Thatcher pronunció un discurso muy severo sobre la Unión Soviética. El capitán Yuri Gavrilov, lo comentó el 19 de enero de 1976 en el periódico Estrella Roja, que era el medio oficial de comunicación del ejército soviético. En su artículo, Gavrilov se refirió a Thatcher como "La dama de hierro". La expresión pretendía ser una burla, pero acabó convirtiéndose en uno de los apodos mejor puestos de la historia. En su libro de memorias, salta a la vista que la Thatcher es una dama: su prosa es elegante y tanto la exposición de sus ideas como el repaso de acontecimientos se plantean sin aspavientos. Por otro lado, el mismo libro demuestra que la señora en verdad parecía hecha de hierro. Es firme y tajante en sus convicciones. No tuvo nunca miedo de decir lo que pensaba y no cedía ante sus adversarios. En el libro, nunca se hace la chistosa, nunca ironiza, nunca ofende. Se refiere con respeto tanto a sus colaboradores como a sus adversarios, que tuvo muchos. Debió enfrentarse a la oposición, a los sindicatos, a la Unión Europea, a la prensa local e internacional y hasta a su propio partido. Tuvo desavenencias incluso en su propio gabinete. Sus drásticos cambios en política económica asustaron no solo a los trabajadores y pequeños empresarios, sino también a los grandes empresarios, porque no todos los capitalistas confiaban tanto como ella en el capitalismo.
12 de octubre de 1984. Todo el Gabinete y los
miembros del partido Conservador estaban
hospedados en el Grand Hotel de Brighton cuando
explotó la bomba que pretendía matar a Thatcher.
Cuenta que en su oficina en Downing Street, contaba con un cerca de un centenar de colaboradores para atender los diversos asuntos que debía despachar. Asuntos que iban desde grandes temas de política internacional hasta las muy domésticas necesidades del distrito de Finchey, por el que era diputada en la Cámara de los Comunes. Ella se involucraba en todo: administración, educación, salud, familia, banca, agricultura, industria. Como en Inglaterra el Ministerio de Hacienda, el del Interior, el de Justicia y el de Exteriores son muy autónomos, no siempre las relaciones de esos despachos fueron buenas con Downing Street. A nivel internacional, Thatcher defendía una Europa libre y no una Europa uniforme y, por ello, tuvo serios desacuerdos con Francois Mitterand y Helmut Kohl. Sin embargo, como ya dije, Thatcher es comedida en sus expresiones, deja constancia de las diferencias que tuvo con otros líderes pero, como genuina liberal, tiene la madurez y la elegancia de no considerar un enemigo a quien no piensa como ella. Al referirse a la Guerra de las Malvinas no expresa palabras duras hacia Leopoldo Galtieri o hacia Argentina. 
En el libro no da rienda suelta a ninguna emoción. Ni siquiera al referirse al atentado del 12 de octubre de 1984, en que una bomba en el Grand Hotel de Brighton (colocada en la habitación que supuestamente iba a ocupar ella) destrozó la fachada del edificio y dejó cinco muertos y treinta personas heridas de gravedad. Al recordar el hecho (ella ya estaba acostada cuando las ventanas y las puertas de su habitación salieron volando), escribe: "Sabía que no podía permitir que me dominaran mis emociones". Recuerda que, afortunadamente, tras la explosión no se interrumpió la energía eléctrica en el edificio pero confiesa que, a partir de esa noche, tuvo siempre una linterna en su mesa de noche, por si acaso. Ante la caída del comunismo en los países del este de Europa, menciona otra frase similar: "No debía permitirme que me cegara el entusiasmo."
Margaret Thatcher. 1925-2013
Esta dulce y joven muchachita acabaría
siendo conocida como la Dama de Hierro.
Tal parece que el collar de perlas era parte
del personaje desde su juventud.
Totalmente ayuno de reacciones emocionales, el libro tampoco es muy generoso en el plano anecdótico. En muy raras ocasiones se permite compartir intimidades, pero las que menciona son en verdad llamativas. Aunque en Downing Street, como ya mencioné, tenía cerca de un centenar de colaboradores, no tenía cocinera. Ella misma preparaba los alimentos que consumía con su Dennis, su marido. En muchas ocasiones, cuando los asuntos del gobierno eran intensos, las tres comidas del día consistieron en té, pan tostado, queso y huevos revueltos. Afortunadamente, confiesa la Thatcher, al poco tiempo de iniciar su mandato apareció el horno de microondas, gracias al cual pudieron disfrutar de alimentos más variados. En una ocasión, el presidente de Francia Valery Giscard D`Estaing, la visitó y le manifestó que le parecía irónico que lo recibiera en un salón decorado con enormes retratos de Nelson y Wellington. La Thatcher le contestó: "Tan irónico como cuando yo voy a Francia y debo ver retratos de Napoleón", pero luego agregó: "Aunque ahora que lo pienso, no es lo mismo: Napoleón perdió." Durante los once años que estuvo en el cargo tuvo una reunión semanal con la Reina todos los martes y, además, coincidía con ella en múltiples actividades. En su libro, la Thatcher escribe estas nueve palabras: "Todas las audiencias con la Reina son estrictamente confidenciales." Y eso es todo lo que dice sobre ella. Thatcher confiesa que el mayor lujo que pudo permitirse mientras fue Primera Ministra, fue dormir. Con mucha frecuencia tuvo que atender llamadas urgentes a altas horas de la noche y hubo ocasiones en que, tras salir de una cena formal, llegaba con el traje de noche puesto a terminar de redactar documentos con su equipo de trabajo que, reconoce, descansaba menos que ella.
Ella misma, en sus años como Primera Ministra, preparaba
sus alimentos. El horno de microondas fue una gran
ayuda cuando no disponía de mucho tiempo.
Un capítulo verdaderamente interesante es el que se refiere a las once semanas de la Guerra de las Malvinas en la primavera de 1982. Aunque aclara que, por motivos de seguridad, algunos detalles deberán permanecer en secreto durante bastante tiempo, al referirse al conflicto hace un recuento detallado y minucioso. El capítulo es revelador. Para empezar, menciona que los servicios de inteligencia fallaron. El gobierno británico se enteró del plan argentino de ocupar las islas apenas unas horas antes cuando nada podían hacer para evitarlo. Thatcher se puso en contacto con el Departamento de Estado americano para reclamarle que no le hubieran avisado y quedó estupefacta al escuchar: "Ustedes saben más que nosotros". Tal parece que el espionaje y los servicios de inteligencia no son tan eficientes, en la vida real, como son en las películas o teorías conspirativas. De hecho, Thatcher cuenta que, al referirse a las Malvinas, el presidente Ronald Reagan decía una cosa, el Secretario de Estado americano Alexander Haig decía otra y Jane Kirkpatric, la embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas, otra totalmente diferente. Como ocurre siempre, aparecieron los profetas que vaticinan los acontecimientos cuando ya han ocurrido. Argentina ocupó las islas Malvinas después de 149 años de dominio británico. Algunos mencionaron que el desembarco se debió a que no querían que se cumpliera el aniversario 150 y culparon al gobierno británico por no preverlo. Un dato interesante es que toda la comunidad internacional, la ONU, la OEA, los Estados Unidos y varios Estados de Europa y Asia, eran partidarios de que se aceptara el dominio argentino de las Malvinas como un hecho consumado. Los buques de guerra que había enviado la Thatcher tardarían tres semanas  en llegar a la región, el gobernador británico había sido expulsado y las islas ya tenían un gobernador argentino. En una palabra, no había nada que hacer. El propio Ministerio de Exteriores Británico aprobó el documento, propuesto por Alexander Haig, en que Argentina se comprometía a retirar su presencia militar de las islas y Gran Bretaña reconocía la soberanía argentina sobre ellas. Cuando la Thatcher tuvo el documento en sus manos, se le vino una idea a la mente: pidió que Argentina lo firmara primero. Si Argentina lo aprobaba, plantearía el documento al Parlamento, ya aceptado por Argentina. Si Argentina lo rechazaba, cosa que ella suponía y esperaba, seguiría adelante con la acción militar. La junta militar argentina, se negó a evacuar las tropas de las Malvinas, sin percatarse que esa era la única condición para que la comunidad internacional reconociera la soberanía argentina sobre las islas. Galtieri y los militares nunca se percataron de que las islas ya eran suyas y, lo peor, tampoco se dieron cuenta de que Estados Unidos estaba de su lado. Tras la negativa argentina de firmar el documento y luego de cuatro semanas de negociaciones, Estados Unidos hizo público su apoyo a la Gran Bretaña. Javier Pérez de Cuéllar, Secretario General de las Naciones Unidas, presentó un nuevo plan que, también, le daba la soberanía de las islas a Argentina. Thatcher repitió la táctica y la junta militar argentina también lo rechazó. Tal vez por orgullo, los militares argentinos no querían que la recuperación de las islas fuera un éxito diplomático, sino uno militar, sin darse cuenta que en lo diplomático ya lo tenían ganado y en lo militar llevaban las de perder. Las batallas dejaron cientos de muertos de ambos bandos. Cuenta la Thatcher que recibió una queja y una sugerencia de parte de altas autoridades de la marina. Siguiendo órdenes, las naves argentinas eran atacadas y hundidas en aguas internacionales, ya que la marina británica tenía órdenes muy clara de respetar el mar territorial argentino. Pero las naves británicas hundidas fueron atacadas en aguas territoriales de las Malvinas que ya habían sido ocupadas por tropas inglesas. Entonces, la marina pidió permiso para hundir naves argentinas dentro de su mar territorial. La propuesta se discutió en el gabinete pero el Fiscal General Michael Havers se opuso rotundamente. El hecho de que una dictadura militar no respete la legalidad a lo interno del país ni el Derecho Internacional, no autoriza a una democracia a ignorar las leyes. Margaret Thatcher comenta que la guerra de las Malvinas fue el momento más tenso de su vida. Cuando Alexander Haig la llamó para decirle que, en vista de que el triunfo de Gran Bretaña era inminente, le solicitó que negociara una salida digna para Argentina para evitarle una derrota humillante. Thatcher le contestó: "Me gustaría estar tan segura del resultado como lo está usted, pero ahora que las tropas británicas están en el suelo de las Malvinas no hay nada que negociar con Argentina."
Margaret Thatcher en las Malvinas. Ella cuenta en el libro
que se daba por un hecho consumado la soberanía argentina
sobre las islas, pero gracias a torpezas diplomáticas de la
Junta Militar presidida por Leopoldo Galtieri, Gran Bretaña
obtuvo y el tiempo y la justificación para recuperarlas.
Nadie, absolutamente nadie, ni en Inglaterra ni en el resto del mundo, creía que las Malvinas podían ser recuperadas por la Gran Bretaña. Nadie, tampoco, creía que esta señora ya mayor, de cabello cuidadosamente arreglado y permanente collar de perlas, sería capaz de ejecutar todas las reformas de las que hablaba en sus discursos. Incluso en su propio partido había quienes compartían sus propuestas ideales, pero las confrontaban con una realidad difícil de cambiar. Thatcher demostró, con acciones, que las ideas pueden llevarse a la práctica.
Se ha dicho de ella que su idea de sociedad era poco solidaria. Es cierto. Ella creía que cada uno debe ocuparse de sí mismo, así como hacer algo por el bien común. Cada vez que alguien le decía que el gobierno debía  ocuparse de tal o cual asunto, ella le preguntaba "¿Y qué está haciendo usted al respecto?" Margaret Thatcher planteó un cambio de mentalidad. Los programas sociales se redujeron y las ayudas estatales a personas necesitadas se limitaron a casos verdaderamente excepcionales. "No podemos dar el mismo tipo de ayuda a quienes verdaderamente están en apuros y necesitan que se les eche una mano para superar sus dificultades, que a quienes sencillamente han perdido la voluntad y el hábito del trabajo y el progreso personal."
La idea de que el Estado era el motor del progreso económico quedó desacreditada. Cuando alguien le recriminaba que los más débiles eran las víctimas de sus reformas, ella recordaba que el socialismo había fracasado y, en su fracaso, al ofrecer dependencia en lugar de independencia, quienes más habían sufrido eran precisamente los miembros más pobres y débiles de la sociedad.
Thatcher, quien era hija de un pequeño comerciante y creció en el segundo piso de la tienda familiar, decía que su padre, lo único que sabía administración era que, al final de la semana, los ingresos deben ser superiores a los gastos. Se opuso a los impuestos desmedidos, a los presupuestos abultados y al crecimiento de la burocracia. Redujo el aparato del Estado a lo esencial y dio un gran respaldo a las iniciativas privadas. Prácticamente no hubo aspecto social que no reformara: educación, salud, mecenazgo del arte, subsidios a familias, reglas de la banca. Ella tenía ideas claras de lo que había que hacer y determinación para hacerlas realidad. Expuso siempre sus puntos de vista con sinceridad y claridad. Tenía fuertes adversarios y detractores y le resultaba antipática a muchas personas. Sin embargo, hay que reconocerles que sus palabras y sus acciones son totalmente consecuentes. Cualidad verdaderamente rara en un político.
La lectura de este libro, sin emoción, sin anécdotas, sin humor, puede resultar algo árida. No es, definitivamente, una lectura entretenida. Se explica la idea teórica en que se sustentó la propuesta, se plantea el plan que debió ejecutarse, se relatan las dificultades que se enfrentaron para realizarlo y, finalmente, tras aclarar lo que se alcanzó y lo que no se pudo lograr, se evalúan los resultados obtenidos. 
Lo que más me llamó la atención de este libro es que, en medio de intensos y acalorados debates, Thatcher se mantuvo firme como si fuera de hierro, pero nunca perdió el tono, porque era una dama. En Inglaterra, quienes mantienen la vieja tradición de los buenos modales victorianos, cuando alguien dice una grosería o suelta una palabrota, le indican que: "No es necesario hablar así." Tras leer las memorias de la Thatcher, me percato que, en verdad, no es necesario ni levantar la voz ni soltar improperios. Basta con tener ideas claras, exponerlas con seguridad y franqueza y actuar en consecuencia.
INSC: 2699

sábado, 10 de enero de 2015

Juan Ramón Bonilla el escultor que no hizo un monumento.

Juan Ramón Bonilla. Luis Ferrero.
Prólogo de Carlos Francisco Echeverría.
Editorial Mesén, Costa Rica, 1999.
Un gran artista puede nacer en cualquier sitio, pero para destacarse y dar a conocer su obra, muchas veces es necesario que se desplace a otro. El arte, como todas las actividades humanas, ha tenido y sigue teniendo sus capitales. Son muy respetables los pintores, músicos y escultores de comarca pero, si alguien tiene un talento verdaderamente extraordinario, es una lástima que se quede donde las posibilidades de desarrollar su arte son limitadas. Cuando era niño leí una biografía de Francisco de Goya y la primera anécdota me dejó tan impactado que aún la recuerdo. Goya nació en un pueblito rural y, cuando tenía quince años, tomó un trozo de carbón y se puso a dibujar un cerdo en una pared. Un fraile que pasaba por allí se detuvo para mirar lo que el muchacho estaba haciendo. Cuando Goya terminó de dibujar el cerdo y tiró el carbón al suelo, el fraile le preguntó quién era su maestro. No tenía ninguno, dibujaba solamente para divertirse. El fraile acompañó a Goya a su casa y convenció a sus padres de que lo enviaran a Zaragoza para que estudiara pintura formalmente. Tras una temporada en Zaragoza, Goya se trasladó a Madrid y no hace falta contar el resto de la historia porque todos sabemos quién fue Goya.
La historia de Juan Ramón Bonilla es algo distinta. Nació en Cartago, Costa Rica, en 1882. Mientras cursaba sus estudios en el Colegio San Luis Gonzaga, tuvo su primera aproximación al arte por influencia del padre Santiago Páramo S.J. quien era un hábil pintor colombiano. Como Juan Ramón mostró una facilidad enorme para el dibujo, la pintura y la escultura, la Municipalidad de Cartago propuso su nombre para que el Estado costarricense le concediera una beca para que estudiara en Italia. Costa Rica ya tenía su Escuela de Bellas Artes, fundada y dirigida por Tomás Povedano, pero tal parece que las relaciones de Bonilla nunca fueron buenas con Povedano.
Héroes de miseria. Juan Ramón Bonilla.
Vestíbulo del Teatro Nacional de Costa Rica.
Bonilla primero estudió en Carrara y luego en el Instituto de Bellas Artes de Roma, donde obtuvo su diploma de escultor. Sus años de estudio fueron de 1905 a 1909. Al año de haber llegado, en 1906, el Marqués de Peralta, Embajador de Costa Rica en Europa, publicó un artículo en La Prensa Libre para informar que Bonilla había obtenido un primer premio, dos medallas de plata y dos accesit por sus trabajos. En la LXXXIX Exposición Internacional de Roma, en 1909, en la que participaron destacados escultores, entre los que estaba Rodin, Bonilla ganó la Medalla de Oro con su escultura El caminante.  Ignoro qué habrá sido de esta escultura, de la que desconozco el paradero y nunca he visto ni en fotografías. La escultura que sí es muy conocida es Héroes de miseria, que se encuentra en el vestíbulo del Teatro Nacional. En su momento, algunas personas, Omar Dengo entre ellas, consideró inapropiado que la escultura de una mujer pidiendo limosna con su niño en brazos se ubicara en el vestíbulo del Teatro que era el sitio en que los ricos, vestidos de frac, disfrutaban de la música sinfónica, la ópera y la zarzuela como una forma de hacer vida social. Tal vez suene antipatriótico, pero si Bonilla había ganado premios y buenas críticas en Italia debió haberse quedado allá. ¿Para qué regresar a Costa Rica? En el país solamente había una escuela de Bellas Artes y sus relaciones con el director no eran buenas. Tal vez Bonilla pensó que tendría la oportunidad de hacer monumentos. A principios del Siglo XX ya el gobierno empezaba a erigir monumentos, pero los primeros el Monumento Nacional y el de Juan Santamaría fueron encargados en Europa porque no había un escultor tico que los realizara. El bloque de mármol para Héroes de miseria lo había financiado el Estado costarricense y, tal vez, eso le pareció a Bonilla una buena señal para volver. También estaba en juego una cuestión de honor, ya que todos los becados regresaban. Como botón de muestra, cabe mencionar que Carlos Durán Cartín fue a estudiar medicina en Londres. Resultó ser un estudiante tan destacado que su profesor, médico de la reina Victoria, lo presentó a la soberana. A la reina le simpatizó aquel muchacho costarricense y, cuando se graduó, le ofreció que se quedara a su servicio ya que su médico, el profesor, pronto se jubilaría, pero don Carlos regresó a Costa Rica. La reina dispondría de otros médicos, pero en Costa Rica había muy pocos. Es verdad que en Costa Rica hacían falta médicos pero ¿un escultor?
Juan Ramón Bonilla. 1882-1944.
Bonilla regresó a Costa Rica y, para ganarse la vida, dio clases de dibujo en una escuela primaria de 1910 a 1917. De 1912 hasta 1943, año de su jubilación, fue profesor de Arte en el Colegio San Luis Gonzaga. Mi queridísimo amigo don Claudio Volio Guardia, quien estudió en el San Luis, me contaba que en las clases Juan Ramón Bonilla se desesperaba porque los alumnos eran incapaces de dibujar una naranja. Era un profesor exigente y estricto que se tomaba muy en serio sus clases pero, definitivamente, estaba en el lugar equivocado. Los muchachitos de primaria y secundaria lo admiraban y lo respetaban, hacían su mejor esfuerzo para evitar desilusionarlo pero, la verdad, ninguno de ellos tenía ni habilidad ni interés por el arte.
Tomás Povedano, el director de la Escuela de Bellas Artes, en cuanta ocasión tenía, criticaba severamente el trabajo de Bonilla.
El presidente Federico Tinoco organizó la Exposición Nacional en 1917 y 1918. Era una feria variopinta en que, además de arte, se exponían artesanías, productos industriales, como los vinos de la Fábrica de Licores y las cervezas de Traube, mosaicos de Doninelli y hasta los artículos farmacéuticos de la Botica Francesa. Entre los artistas participantes estaban Enrique Echandi, Luisa González Feo y su futuro esposo don Adolfo Sáenz González, Juan Rafael Chacón y otros. Juan Ramón Bonilla ganó la Medalla de Oro y fue comisionado para diseñar y elaborar el monumento al educador Mauro Fernández quien era, por cierto, padre de María Fernández Le Capellain y, por tanto, suegro de Tinoco.
Bonilla trabajando en el busto de Juan Rafael
Mora Porras.
El monumento se inauguró el 15 de setiembre de 1917, pero estuvo poco tiempo en pie. El 13 de junio de 1919, un grupo de manifestantes adversos a la dictadura de Tinoco, como parte de las protestas, quemaron el diario La Información, afín al régimen y, de paso, destrozaron la estatua del suegro del dictador, que quedaba a la vuelta. Es irónico que la protesta fue organizada por maestros (liderados por Carmen Lyra) que conocían y respetaban la obra de Mauro Fernández pero, como ya se dijo, no destruyeron el monumento a Mauro Fernández, sino al suegro del tirano que, daba la casualidad eran la misma persona.
Aunque presentó propuestas para los monumentos de Cleto González Víquez, el obispo Thiel y hasta uno que iban a erigirle a Cristóbal Colón en Limón, nunca más Juan Ramón Bonilla recibió el encargo de hacer otro monumento. El de Juan Mora Fernández, frente al Teatro Nacional, lo realizó Verlet en 1921. El del obispo Bernardo Augusto Thiel, al costado sur de la catedral, lo hizo el italiano Adriático Froli en 1923 y el de Juan Rafael Mora, frente al correo se le encargó a Pietro Piraino. Costa Rica tenía un gran escultor nacional pero el Estado, que lo había becado, hacía como si no existiera. De hecho, algunas de sus estatuas en bronce, en poder del Estado, fueron fundidas para darle el material a otro escultor.
Busto en mármol de don Juan Rafael Mora
Porras en la sala de Próceres de la OEA en
Washington. Foto cortesía del Sr. Armando
Vargas Araya.
En el libro Juan Ramón Bonilla, el historiador Luis Ferrero Acosta sostiene que la marginación de Bonilla se debió a sus ideas políticas ácratas. Sin entrar a discutirle a don Luis, creo que más que ácrata (anarquista), a Juan Ramón le pudieron haber cobrado todo lo contrario: haber sido tinoquista. En todo caso, el genial escultor dedicó su vida a dar clases en primaria y secundaria. Aunque no recibió encargos del Estado, a pedido de particulares realizó los bustos de Cecilio Umaña y Rafael Barroeta (que se encuentran en el parque España), así como los de Adolfo Carit, Carlos Durán (el que estuvo a punto de ser médico de la reina Victoria), Rafael Ángel Calderón Muñoz, Manuel María Gutiérrez, León Fernández y otros. Realizó también un busto de Juan Rafael Mora Porras, del que hizo dos copias, una en bronce, que decora la tumba del prócer en el Cementerio General, y otra en mármol que está en la sala de héroes de la Organización de Estados Americanos OEA en Washington D.C.
Don Joaquín García Monge lideró la iniciativa de hacerle un pequeño monumento al maestro Marcelino García Flamenco. El dinero no alcanzó para hacerle una estatua así que lo que se hizo fue una fuente con una placa, cuyo texto redactó el propio don Joaquín, y un friso de unas cabecitas de niños que realizó Juan Ramón Bonilla en 1926.
Juan Ramón no participó en las exposiciones de arte que, en la década de los treinta, organizaba el Diario de Costa Rica, pero en las de 1931 y 1932 fue miembro del jurado que galardonó a Francisco Zúñiga y Juan Manuel Sánchez, jóvenes artistas que llegarían a ser grandes escultores, aunque con destino distinto. Francisco Zúñiga se fue a México y allá logró fortuna y renombre. Juan Manuel Sánchez se quedó en Costa Rica trabajando, al igual que Bonilla, como humilde maestro de arte en un colegio de secundaria.
Además de una injusticia, fue un desperdicio que Juan Ramón, por las razones que fuera, no haya tenido la oportunidad de lucir su talento con grandes obras. La historia es lo que fue y no lo que pudo haber sido. De nada vale suponer un desarrollo de la historia alternativo pero, así sea sin responderlas, hay casos en que es interesante hacerse preguntas como esta: ¿Qué habría sido de Bonilla si se hubiera quedado en Europa? ¿Qué habría sido de Goya si nunca hubiera salido de la comarca?
INSC: 2457
El friso de cabecitas de niños, en el monumento a Marcelino García Flamenco.

viernes, 9 de enero de 2015

El poeta Ernesto Cardenal cumple noventa años.

Epigramas. Ernesto Cardenal. Anamá,
Nicaraga, 1997. El dibujo de la portada
es el retrato que le hizo Francisco
Amighetti a Ernesto Cardenal, en
México en 1947.
El poeta Ernesto Cardenal, nacido en Granada, Nicaragua, el 20 de enero de 1925, próximamente cumplirá noventa años de edad. En otra entrada de este blog me referí a su libro En Cuba. Sus libros de memorias Vida perdida, Los años de Granada y La revolución perdida, brindan valiosas claves para comprender su vida de poeta, sacerdote y revolucionario que está íntimamente ligada, en sus tres facetas, a la historia de su país. Su obra poética es amplia y diversa porque durante más de medio siglo el padre Cardenal no ha dejado de escribir ni de explorar. Sin embargo, como una forma de celebrar sus noventa años, he vuelto a repasar sus poemas más conocidos:  Epigramas y Oración por Marilyn Monroe.
En América Latina, prácticamente todos los jovenes enamorados amantes de la poesía los recitan de memoria. A fin de cuentas, con otros nombres distintos, todos hemos tenido una Claudia que se adueñó de nuestros sueños, pero a la que nunca pudimos conquistar.



Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.
Los he escrito sencillos para que tú los entiendas.
Son para ti solamente, pero si a ti no te interesan,
un día se divulgarán tal vez por toda Hispanoamérica...
Y si al amor que los dictó, tú también lo desprecias,
otras soñarán con ese amor que no fue para ellas.
Y tal vez verás, Claudia, que estos poemas,
(escritos para conquistarte a ti) despiertan
en otras parejas enamoradas que los lean
los besos que en ti no despertó el poeta. 

Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

Muchachas que algún día leáis emocionadas estos versos
y soñéis con un poeta:
sabed que yo los hice para una como vosotras
y que fue en vano.

Esta será mi venganza:
Que un día llegue a tus manos el libro de un poeta famoso
y leas estas líneas que el autor escribió para ti
y tú no lo sepas.

Tú estás orgullosa de mis versos
pero no porque yo los escribí
sino porque tú los inspirastes tú
y a pesar de que fueron contra ti:
Tú pudiste inspirar mejor poesía.
Tú pudiste inspirar mejor poesía.

A los noventa años, lee en tablet y acaba de abrir su cuenta
de Twitter. 
Aquel joven enamoradizo, según sus propias palabras, nació poeta. Estudió literatura en México y los Estados Unidos y viajó por diferentes países de Europa. Luego de haber visto el ancho mundo, tuvo vocación religiosa y decidió entrar a un monasterio trapense en Kentucky, donde conoció a al monje Thomas Merton, uno de los grandes escritores de espiritualidad del Siglo XX, quien llegaría a ser su principal maestro. Por motivos de salud, Cardenal debe abandonar la trapa y continúa sus estudios eclesiásticos en Colombia. En una clase de Teología, el profesor les comunicó a los seminaristas la muerte de Marilyn Monroe. La oración por el descanso de su alma es una obra maestra de la poesía. Le pide a Dios que acoja el alma de esta mujer conocida en todo el mundo como Marilyn Monroe, aunque ese no era su verdadero nombre. Recuerda que la famosa estrella de cine fue violada a los nueve años y que, en su juventud, fue una empleadita de tienda que soñaba con ser actriz. En la superproducción de su vida, de alguna manera participamos todos y la película terminó sin el beso final. La soledad, la desesperación, el temor, acabaron empujándola a tomar la decisión de quitarse la vida. Tal parece que en sus últimos instantes, trató de llamar a alguien por teléfono pero nunca se supo a quién. En el video, Ernesto Cardenal lee la Oración por Marilyn Monroe, en el Festival Internacional de Poesía de Granada, Nicaragua, 2014.

Además de poeta y sacerdote, Cardenal tuvo una tercera vocación: la de revolucionario. Fundó la legendaria comunidad en la isla de Solentiname y predicó un siempre un cristianismo que anunciaba el Reino de Dios denunciando las injusticias. Cuando cayó la dictadura de Somoza y el Frente Sandinista tomó el poder Cardenal, como Ministro de Cultura, realizó una gran labor en la promoción de la música, el teatro, la pintura, la artesanía y, muy especialmente, de la poesía. En Nicaragua había talleres de poesía no solo en círculos académicos e intelectuales, sino entre campesinos, amas de casa y trabajadores de la ciudad. Mientras su hermano Fernando, sacerdote jesuita, como Ministro de Educación, estaba a cardo de las campañas de alfabetización, Ernesto Cardenal emprendió su campaña de alfabetización poética, gracias a la cual, hoy en día Nicaragua es quizá el único país del mundo en que la poesía es escrita y apreciada por personas de todas las edades, ocupaciones y estratos sociales. 
Como su obra poética, la vida de Ernesto Cardenal es amplia y rica. Ya habrá oportunidad de comentarla cuando reseñe sus libros de memorias. En estos días previos a su cumpleaños número noventa, invito a repasar sus poemas. Siempre joven y siempre activo, Cardenal acaba de abrir su cuenta de twitter @poetacardenalni  por medio de la cual podrán, además de felicitarlo por su cumpleaños el día 20, estar en contacto con el poeta ojalá por muchos años más.


En la entrega del Premio Reina Sofía 2012. Javier Báez, Blanca Castellón, la
reina Sofía, el poeta Ernesto Cardenal y Luz Marina Acosta.



Un bonito recuerdo personal del I Festival de Poesía de Granada, Nicaragua
2005. Estoy sentado entre el poeta Francisco de Asís Fernández Arellano, Presidente
del Festival, y el poeta Ernesto Cardenal.  A la derecha, firmando autógrafos,
el novelista Sergio Ramírez. Aunque no se ven tan claramente como en la foto
con la reina Sofía, atrás aparecen Blanca y Luz Marina.

INSC: 1533

miércoles, 7 de enero de 2015

Las memorias del Yogui Paramahansa Yogananda, maestro del kriya yoga.

Autobiografía de un Yogui.
Paramanhansa Yogananda. Self
Realization Fellowship, USA, 2006.
No soy aficionado ni al yoga ni a las culturas orientales, pero en una interesante charla que sostuve que mi amiga Anabelle Aguilar Brealey, me mencionó a Paramahansa Yoganda y me recomendó leer sus memorias. Días después, como presente navideño, Anabelle me obsequió el libro. En verdad se lo agradezco, fue una lectura realmente interesante.
Yogananda nació con el nombre de Mukunda Lal Gosh  en la India en 1893. Cambió su nombre al hacerse monge de la orden de los swamis. En 1920 viajó a los Estados Unidos para difundir el Kriya Yoga, una disciplina espiritual para acercar el alma a Dios. Nada tiene que ver con el Hatha Yoga, que son esos ejercicios físicos que se han vuelto tan populares para mantener la salud, la flexibilidad y lograr un envejecimiento lleno de agilidad. Además de dar conferencias por todo el país, Yogananda fundó en Estados Unidos la Self Realization Felowship. Es interesante que en las versiones en español del libro no traduzcan el nombre del grupo. En verdad es algo complicado. Es algo así como la asociación para percatarse, enterarse o darse cuenta de uno mismo. Tienen razón en no traducirlo. Sonaría extraño "autopercatamiento" o "autoenteramiento". 
En 1946 Yoganda publicó sus memorias tituladas La vida de un yogui, que han venido reeditándose y traduciéndose desde entonces. Tal parece que es un libro muy conocido que ha tenido buena crítica y amplia aceptación a lo largo de los años. Yo, lo confieso, nunca lo había escuchado mencionar antes.
Es una lectura amena, sabrosa y entretenida. Más que a otra época, parece que se refiere a otro mundo. Desde niño, Yoganda quiso elevar su alma, por medio de la meditación, hasta alcanzar una estrecha armonía con el mundo espiritual. La idea de Dios, así como las prácticas religiosas que tenemos en occidente, son bastante distintas a  las de la India. Me llamó poderosamente la atención que en India se considere que Dios es una Trinidad, pero más que de distintas personas, de distintas funciones: el Creador, el Protector y el Destructor. El libro, en todo caso, aunque fue escrito para un público occidental y poco conocedor del panteón de deidades indias (que es enorme), no brinda más información que la estrictamente necesaria sobre este tema. Curiosamente, tampoco es amplio al referirse a la formación de Yogananda durante su juventud, ni a las actividades de enseñanza a las que se dedicó en su madurez. Ni siquiera explica qué es el Kriya Yoga, debido a que es algo sobre lo que, según dice, no puede brindar información detallada en un libro destinado a un público amplio y no iniciado. 
El libro, entonces, es una recopilación de episodios de su vida, todos ellos con acontecimientos inexplicables y sobrenaturales: grandes y pequeños milagros, visiones y profecías.  Ignoro si en la actualidad las calles y los mercados de la India seguirán siendo escenario de tan asombrosos portentos, pero tal parece que en durante la juventud de Yoganada abundaban personas con dotes extraordinarias que eran una mezcla de sabios, guías espirituales y espectáculo ambulante. Uno levitaba, otro peleaba con tigres, algún otro detenía los latidos de su corazón. En algún momento, uno se cansa de leer maravillas sobre hechos insólitos.
Yogananda almuerza con Ghandi. Ambos eran vegetarianos
y Yogananda quedó de enviarle a Ghandi unos arbolitos de
aguacate.
El mismo Yogananda llega a cuestionar todo aquel show. Había un hombre que era capaz de perfumar a quienes se le acercaban. El primero salió oliendo a jazmín, el segundo a sándalo y Yogananda a rosas. Cuando llegó a su casa, todavía el perfume era intenso. Definitivamente un hecho asombroso e inexplicable pero el propio Yogananda se preguntaba en qué podía ayudarle a elevar su espiritualidad. Aquellas maravillas eran más un asunto de circo que de templo. "Las prácticas de milagros" dice Yogananda "como los que realizaba el santo de los perfumes, son espectaculares pero inútiles desde el punto de vista espiritual. Su propósito es apenas algo más que un pequeño entretenimiento y, en realidad, desvían de la verdadera investigación de Dios." Pese a estas afirmaciones, Yoganda fue aficionado a los encuentros con este tipo de personas toda su vida. Visitó en Alemania a Teresa Newmann, una campesina a la que le sangraban los ojos los viernes, entrevistó a una ancianita que llevaba décadas sin comer y, en fin, donde hubiera alguien con dotes extraordinarias, allí estaba Yogananda para presenciarlo y documentarlo.
Mucho más que los milagros y los hechos asombrosos, me conmovieron profundamente unas sabias palabras sabias de su padre. El señor trabajaba para la compañía de trenes y había recibido una bonificación millonaria. Cuando un hermano de Yogananda revisó la cuenta bancaria y vio el enorme depósito, fue a preguntarle y él, sin darle importancia al asunto, le contó de la bonificación. Tanto Yogananda como su hermano se asombraron de que su padre no estuviera alegre, pero él les dijo que si uno se alegraba cuando obtenía algo material, se entristecería cuando lo perdiera y aprovechó la ocasión para aconsejarles que, en su vida, no asociaran la alegría ni la tristeza con ganancias o pérdidas materiales. En lo personal, encuentro mayores muestras de una espiritualidad elevada en estas palabras, que en levitaciones o bilocaciones.
Yogananda adquirió su formación al lado de su gurú Sri Yukestar. Lamentablemente, de nuevo la información que brinda es principalmente anecdótica. La veneración hacia su gurú, por cierto, llegó a parecerme extrema. El gurú lo sabía todo y lo decidía todo. Era severo con sus discípulos, quienes debían obedecerlo ciegamente. Tras describir ese régimen de control total, Yogananda afirma: "Me encuentro infinitamente agradecido por cada uno de los humillantes golpes que asestó él a mi vanidad."
Me llamó mucho la atención la cantidad de veces que se menciona a Cristo. De hecho, en el libro hay más citas de los Evangelios que del Majabarata. Me pregunto si esta insistencia en mencionar a Cristo se debe que escribió para un público occidental o si Cristo es tan conocido en la India. Es verdaderamente interesante prestarle atención a la forma en que Sri Yukestar explicaba el Evangelio. Por ejemplo, cuando Cristo dijo "Yo soy el camino, la verdad y la vida, nadie viene al Padre sino por mí." En occidente entendemos que el camino es Cristo, pero según Yukestar, el camino es "Yo", es decir, el yo de cada uno. Yukestar sostenía que Dios debe buscarse dentro de uno mismo y Cristo dijo: "Yo soy el camino..." porque él había alcanzado una integración con Dios en su interior. 
El libro, sin embargo, no entra en especulaciones teológicas. La teología, tan practicada en occidente, no goza de prestigio en India. Allá tienen claro que Dios es insondable. Ni siquiera la vida eterna en Su presencia basta para apreciar a Dios en su totalidad.  Por eso, en vez de especular sobre la Divinidad, buscan aproximarse a ella por medio de la meditación y no de la erudición. Me impresionó mucho la forma en que Yogananda concebía el Dharma y la armonía en el universo. Me hizo recordar las palabras que me dijo, hace algunos años, mi gran amiga M.T.: "Cada criatura tiene una forma particular de relacionarse con su Creador."
Yogananda es un escritor amenísimo y su estilo es sereno y elegante.  Sabe contar cada historia con la dosis justa de suspenso y de humor. Interesantísimos son sus encuentros con Jagdish Chandra Bose y Rabindranath Tagore, los primeros Premios Nobel de la India, el primero en Medicina y el segundo en Literatura. Su entrevista con Ghandi, por cierto, presta mucha atención a lo gastronómico y describe en detalle los platos que consumieron. Como ambos eran vegetarianos y Yogananda ya había estado en California, ofreció enviarle al Mahatma unos arbolitos de aguacate, fruto desconocido en India. Yogananda le habló maravillas del aguacate pero también le informó que en Estados Unidos no había mangos.
Entre los personajes inolvidables del libro está un Ford modelo T que Yogananda se trajo de América. En un pueblito remoto le recomendaron dejar el automóvil guardado y realizar la expedición en una carreta de bueyes. Yogananda y sus compañeros de viaje manifestaron que aquel vehículo era el orgullo de Detroit y que sería capaz de llevarlos a cualquier parte. Debieron montarlo en balsas, empujarlo, tirarlo con cuerdas y, en más de una ocasión, alzarlo entre todos. Con gran sentido del humor, Yogananda dice que ellos llevaban al automóvil y no el automóvil a ellos.
Paramahansa Yogananda. 1893-1952
Esta es su última fotografía, poco antes del
Mahasamadhi.
Yogananda enseñaba que el mundo material está supeditado al espiritual, que un alma elevada llega a estar alojada inevitablemente en un cuerpo saludable y que una sociedad de altos valores alcanza la prosperidad y la paz. Llega  a comparar a William Penn, el fundador de Pennsylvania, con el Mahatma Ghandi. Los colonos liderados por Penn, un filósofo y místico, fiel creyente en la libertad, la democracia y la convivencia pacífica, lograron establecer su proyecto colonizador en perfecta armonía con los indios lenape que habitaban aquellos territorios. Tras la muerte de Penn, las nuevas autoridades hicieron a un lado sus valores y vinieron los conflictos.
En 1952, Yogananda disfrutó de un agradable encuentro con sus seguidores. La sociedad que había fundado estaba tomando auge, el número de miembros era creciente y la sede era una mansión amplia y hermosa en una colina californiana. Yogananda disfrutó de la alegre fiesta, comió con buen apetito, conversó con cariño y buen humor con sus amigos, estuvo sonriente y contento toda la velada y, al día siguiente, estaba muerto.
Su final fue interpretado por sus discípulos como un Mahasamadhi, que consiste en que alguien que goza de perfecta salud y tiene un alma elevada, en determinado momento, de manera consciente y voluntaria, decide ascender y abandonar definitivamente su cuerpo. El concepto me parece no solo fascinante sino atractivo. Uno está en este mundo mientras el cuerpo aguante y la vida termina cuando el cuerpo ya no da más. Sinceramente, me parece mucho mejor que la decisión de poner punto final a la existencia la tome el alma y no el cuerpo.
Yogananda me parece un personaje simpático y un escritor notable. Su autobiografía es un libro ameno y agradable que, también, da mucho en qué pensar. Hay quienes leen por puro entretenimiento. Otros leen para que en su mente despierten ideas y reflexiones. Estos dos tipos de lectores suelen leer libros distintos, pero estoy seguro que ambos disfrutarían enormemente con la vida de Yogananda.
INSC: 2706

domingo, 4 de enero de 2015

Poesía de Quijongo de Max Jiménez.

Quijongo. Max Jiménez. Espasa Calpe,
España, 1933.
Además de dibujante, escritor, pintor, grabador, escultor y poeta,  Max Jiménez fue, a su manera, un filósofo y un místico. Tanto don Paco Amighetti como don Joaquín Gutiérrez dejaron escritos testimonios acerca de la conflictiva y dramática personalidad de Max. Puede decirse que era un incomprendido y un solitario. Su creatividad se encauzó por todas las vías posibles. En la plástica, hay quienes dicen que tuvo mayores méritos como pintor que como escultor y, en la literatura, algunos afirman que fue mejor narrador que poeta.  Es verdad que la obra narrativa de Max tiene más audacias formales que su poesía, pero no deja de ser una majadería acercarse su obra literaria con el fin de etiquetarla o evaluarla. Detrás de toda la obra de Max (la literaria y la plástica) siempre he vislumbrado un mundo enigmático, solitario y triste pero, eso sí, luminoso y atractivo. Un mundo al que vale la pena asomarse para intentar comprenderlo al menos un poco. 
Sus libros de poesía siempre me han parecido misteriosos. Hasta me atrevo a decir que prefiero sus escuetas y contundentes Candelillas
En 1919, poco después de terminar la secundaria, su padres lo enviaron a Londres para que estudiara Economía y Negocios pero, a los dos años, Max decidió cambiar de ciudad y de carrera y se dedicó al arte en París. En 1924 realizó sus primeras exposiciones de pintura en la capital francesa con muy buenas críticas. En París publicaría también, en 1929, Gleba, su primer libro de poemas. Sonaja y Quijongo, su segundo y tercer poemario, fueron publicados en España en 1930 y 1936 respectivamente. En 1936 publicó sus otros dos libros: Poesía en Costa Rica y Revenar en Santiago de Chile con la Editorial Nascimento.
He vuelto a leer Quijongo y, una vez más, el triste mundo de Max me ha conmovido e intrigado. Encuentro, en muchos de los poemas de este libro, un contraste violento entre un alma sensible y delicada que sufre al tener que existir en un ambiente ruidoso, amenazante y grosero. La paz, la calma, la serenidad, solo se disfruta momentáneamente. Es en Quijongo, por cierto, donde está incluido el famoso poema El mal del tiempo, que en Costa Rica se ha vuelto un verdadero clásico. Con cierta crueldad, cada vez que uno descubre que el proceso de envejecimiento no perdona a nadie, se repite el estribillo: "¡Qué daño el de los años!"
En el libro están también dos poemas, de tono y factura muy distintas, dedicados a dos ciudades también bastante diferentes: Nueva York y Toledo. Max escribe fascinado sobre Toledo, a la que entró con "cuatro siglos sobre el hombro", mientras que se refiere a Nueva York como "un hueso sin carne que perdió en las alturas el contacto con lo humano".
Uno de los pocos poemas alegres se titula En las bodas, en que se refiere al milagro de convertir el agua en vino. "El vino hace la fiesta..." "...que esta agua/ se torne en la alegría/ de estas gentes./ Que salga de la tierra/ la embriaguez que necesitan/ para lograr conciencia de la vida."
Salvo escasas excepciones, el libro es bastante doloroso. Max menciona "El ánimo sin jugo, cuando todo es lo mismo... Cuando el sol nada prende ni la noche hace noche; cuando vamos con cáscara que no siente pulpa." Y, tras lamentar la ausencia de un amigo, se declara: "Cansado de futuro: la ley de ir adelante, allá el fondo es obscuro, el pasado, brillante".
Como un asomo al mundo de Max, comparto estos dos poemas de Quijongo.

En la primera página del libro,
publicado en Madrid en 1933,
Max explica qué
significa quijongo:
"El quijongo, de mi patria, es un
instrumento musical sencillo:
un arco con una jícara adherida
 a la madera, la cual, manejada con
la mano izquierda, convierte en voces
los golpes dados sobre la cuerda."
"Es simple, y tiene el encanto de los
instrumentos que solamente pueden
ser tocados con el alma."

Mi fastidio

Como entrar en un túnel que no tiene salida,
como si el mundo fuera de un solo color,
sin que nadie se ausente eterna despedida
de mi propio fastidio cansado espectador.

Un no encontrar salientes en la rocosa vida
que justifique en algo nuestra razón de ser,
Empeño en llenar odres que no han de dar medida;
jornada eternamente, desde antes de nacer.

Hachazos oigo en el árbol: severo he de caer.




Una oración

Señor, no puedo ya en la vida soportar este fardo;
me has dado más tristezas de las que yo puedo llevar.
Yo ha mucho, mucho, mucho, que cultivo sólo el cardo.
Señor Omnipotente, yo quiero que me dejes un rato descansar.

Yo he oído que el mundo que Tú hiciste de lodo,
y que, seguramente, Tú has amasado en llanto,
a más de noche obscura diste la luz solar,
del huerto de tus penas ya me has dado el acanto.
Señor Omnipotente, yo quiero descansar.







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