domingo, 31 de mayo de 2015

Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela.

Viaje a la Alcarria. Camilo José Cela.
Espasa Calpe, España, 1989.
Buena parte del atractivo de los libros de viajes radica en la aventura, el peligro y el sabor exótico. Los libros de viajes más celebrados son aquellos en que algún audaz, ya sea por deseo propio o por azares del destino, recorre tierras lejanas habitadas por pueblos de costumbres muy distintas a las suyas y, tras experimentar el riesgo de enfrentarse a lo desconocido a cada paso, presencia hechos insólitos y vive experiencias asombrosas. Pero lo verdaderamente fascinante de un libro de viajes no es el recorrido y los acontecimientos, sino la forma en que el viajero evoca su experiencia. 
Camilo José Cela no necesitó ir muy lejos ni ser testigo de hechos sorprendentes para escribir su Viaje a la Alcarria que, con el tiempo, se ha convertido en un verdadero clásico del género. Su viaje no fue largo ni peligroso. Simplemente tomó su morral y se fue a caminar unos días por comarcas no muy alejadas de Madrid, donde se encontró con personas sencillas y amigables, se hospedó en las posadas, comió en las fondas y paseó por los campos. En la carta en que le dedica el libro al Dr. Gregorio Marañón, el propio Cela se alegra de no haber sido testigo de nada extraño.
Cela ni siquiera se extiende en detalles informativos. Él mismo dice que lo mejor es tomar el toro por los cuernos y decir "aquí hay una casa, o un árbol, o un perro moribundo" sin pararse a ver si la casa es de tal o cual estilo, si el árbol le conviene o no a la economía del país o si el perro habría vivido más de haber sido vacunado. En los libros de viajes, afirma, "suele sobrar la pedantería, que también es lo más fácil de poner".
Su plan es sencillo y consiste simplemente en nunca dormir más de una noche en un mismo sitio y caminar sin prisa para observar atentamente el entorno. Las personas con las que se encuentra en su recorrido tienen en el libro apariciones fugaces pero memorables.  Con la única excepción de Martín, un comerciante que se movilizaba en bicicleta, al que se encontró de pura casualidad en tres pueblos (Trillo, Budía y Sacedón), Cela no volvió a toparse con nadie por segunda vez. Es conmovedora la reflexión que hace sobre las despedidas. Aunque no se haya compartido más que un rato de charla casual, despedirse de alguien que se ha encontrado en el camino es algo definitivo y doloroso porque, lo más probable, es que la despedida sea para siempre.
Un detalle hermoso es que a todos se les llama por su nombre. El mendigo que recoge colillas se llama León. Martín Díaz es el arriero con dos mulas que le hizo el favor de llevarlo en su carretón. Armando Modéjar Gómez es el niño pelirrojo que le alcanzó el jabón y la toalla cuando se refrescaba en el río. Julio Vacas es el amable tendero que le obsequió un libro y Paquito es el nombre de la pobre criatura que nació bien y luego se torció. Cela consigna hasta el nombre de los animales: Mauricio, el canario, Gorrión, el burro y Rubio y Moro, los dos gatos.
El libro está lleno de historias hermosas. Estanislao de Kotska Rodríguez tenía una pata de palo porque el día que quiso poner su fin a su vida se acostó en la línea del tren y se arrepintió en el último minuto. Convertido en vagabundo se encuentra en el campo con Cela quien, tras escuchar su historia, lo invita a una merienda. Al llegar al pueblo, Estanislao decide pasar de largo para no tentar su suerte. "Ya he comido y no entro en los pueblos más que para comer."
Con otro caminante, Cela duerme en el campo. Los morrales de almohada, la manta de uno de ellos debajo y la manta del otro encima. Al entrar al pueblo se separan para explorar cada uno por su lado. Al final de la tarde se encuentran para seguir el camino, pero el compañero le informa a Cela que se va a quedar en el pueblo, porque le ha salido una chapuza. Cela se despide diciendo que se marcha porque a él no le ha salido nada. Entonces el hombre, mirando a lo lejos como para restarle importancia al asunto, le dice: "Poco es, pero, si quiere, la mitad es suya." Conmovido por la generosa oferta, Cela responde: "No están los tiempos para compartir" y los amigos se despiden con un apretón de manos.
Una de las escenas que más me impresionaron del libro es la de los dos perros. Mientras Cela come, dos perros lo observan. Uno es humilde y resignado. El otro tiene una actitud agresiva e insolente. Cela trata de tirarle un pedazo de pan al perro de mirada dulce, pero el maleducado, que es más audaz, lo atrapa al vuelo. Al terminar la comida, cuando Cela se acuesta en el piso para dormir una siesta, el perro respetuoso se echa a su lado como para vigilar su sueño, mientras que el perro que se comió el pan se marcha. 
Los lugares para comer y dormir eran modestos. En uno de ellos la posadera era particularmente humilde y amable. "Lo que aquí no encontrará son refinamientos, pero limpieza y buena voluntad sí." Al preguntarle por la cena, le dijo: "Poco tengo, pero de todo puede disponer: huevos, ternera, trucha, carne, fruta, ensalada, queso y vino de la Rioja." La mujer hablaba como disculpándose, como si en su casa hubiera entrado un duque y Cela pensó que lo malo de que lo tomen a uno como rico viene a la hora de pagar. En esa posada, Cela invitó a cenar a dos amigos y le pagó la cama y el desayuno a Martín, el comerciante de la bicicleta.
La cuenta fue de cincuenta y cinco pesetas.
"No, apúnteme todo" exclamó Cela.
La posadera le hizo el desglose: "treinta y seis pesetas por las cenas, un duro por las camas y doce pesetas por los desayunos. De servicio le he puesto dos pesetas para redondear."
Quiso dejar un duro de propina y no se lo aceptaron.
Viaje a la Alcarria es un libro lleno de experiencias sencillas y apacibles. La prosa en que está escrito, pese a ser esmerada y pulida, va directamente al grano sin ornamentación ni florituras. Salvo en el último capítulo, dedicado a Pastrana, en el que Cela se permite brindar referencias históricas, geográficas y culturales, todo el libro está concentrado más en la experiencia que en el entorno. En algún momento Cela confiesa que: "El viajero, de nuevo en la carretera, piensa en cosas en las que no pensó en muchos años, y nota como si una corriente de aire le diera ligereza al corazón."
Camilo José Cela en su viaje a la Alcarria.
El verdadero viaje, en todo caso, no es el del camino, sino el del recuerdo. A veces uno necesita darse una vuelta por algún sitio distinto a aquel en que se desenvuelve la propia rutina, no para contemplar otro paisaje, sino para hurgar más serenamente en el interior de uno mismo.
Quien viaje con mirada atenta no requiere de aventuras, sorpresas y peligros para vivir una experiencia digna de ser contada. El viaje de Cela fue breve. Estuvo en el camino del 6 al 15 de junio de 1946. Pasó en limpio las notas durante las dos semanas siguientes y escribió el libro del 25 al 31 de diciembre de 1947.
Revisando el manuscrito años después, Cela, que escribía a mano, descubrió que  estaba escrito con muy buena letra. Dicha revelación no me sorprende. Viaje a la Alcarria es un libro en que Cela saboreó con calma y sin prisa cada paso y, por ello, uno como lector lo disfruta saboreando cada línea.
INSC: 866

viernes, 22 de mayo de 2015

El coronel no tiene quien le escriba.

El coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García
Márquez. Editorial Oveja Negra, Colombia, 1981.
El coronel no tiene quien le escriba fue el primer libro de García Márquez que leí y me atrapó desde la primera línea. Cuando va prepararle el café a su esposa, el coronel descubre que el tarro no queda más que una cucharadita. Entonces derrama más de la mitad del agua caliente sobre el piso de tierra, raspa con una cuchara el tarro para sacarle hasta la última partícula, prepara la bebida y, al entregarle la taza a su mujer que apenas despierta, le dice que él ya tomó. Esa escena inicial muestra la caballerosidad del coronel, el amor de la pareja y la pobreza en que viven. 
La salud del par de viejos no anda bien. La señora debe guardar cama debido al asma y el coronel sufre de un problema intestinal que, quién sabe por qué, se agudiza cada mes de octubre. A Agustín, su único hijo, lo mataron en la gallera en diciembre del año anterior por andar metido en movimientos clandestinos. Además del vacío de su ausencia, Agustín solamente les dejó a sus padres una máquina de coser y un gallo de pelea. La máquina de coser la vendieron y, rindiéndolo al máximo, el dinero que obtuvieron por ella les ha servido al coronel y a su esposa para comer durante meses. El gallo sigue en casa y el coronel espera con ansias el día 20 de enero en que lo echará a pelear en la gallera. Todo el pueblo sabe que ese gallo es un campeón y los muchachos de la sastrería en que trabajaba Agustín, a quienes el coronel visita diariamente, están ahorrando para apostarle. 
Pero enero está muy lejos de octubre si no se tiene ni un centavo. El coronel, que no tiene ni para comer, está dispuesto a pasar hambre resignadamente, pero le preocupa la salud y el bienestar del gallo. Los dos días que pasó sin alimentarlo, porque no tenía ni un grano de maíz, temió que pudiera morir. Su esposa, más práctica y menos soñadora, trata de de convencerlo de que lo mejor es deshacerse del animal. Nada relacionado con la gallera puede entusiasmarla porque allí mataron a su único hijo. Los muchachos de la sastrería, al enterarse como está el asunto, se encargan de la alimentación del gallo y le llevan tanto maíz que alcanza hasta para que coman el coronel y su esposa.
El gallo no es la única esperanza del coronel, quien recibió su grado militar a los veintidós años al haber desempeñado misiones delicadas en la guerra civil. Bastante tiempo después de terminado el conflicto, el gobierno ofreció una pensión a los veteranos y el coronel llenó su solicitud y la envió a las autoridades correspondientes. Aunque lleva ya quince años esperándola, está seguro que muy pronto, tal vez la otra semana, le llegará la carta con la resolución favorable a su solicitud. Cada viernes camina hasta el puerto a esperar el bote que trae, además de mercaderías y pasajeros, el saco del correo, al que el coronel sigue con la mirada desde que lo desembarcan hasta que lo vacían. Para el encargado de repartir la correspondencia ya es rutina exclamar, al terminar su faena, "Nada para el coronel".  
Llega el momento en que lo único más o menos de valor que les queda es un cuadro y un reloj y cuando la señora, muy preocupada, le informa al coronel que se los ofreció a varias personas y ninguno quiso comprarlos, el coronel, muy dolido en su orgullo, simplemente exclama: "Así que ya todos saben que nos estamos muriendo de hambre".
Siempre está abierta la posibilidad de vender el gallo. Don Sabas, el ricachón del pueblo, compadre del coronel, le dijo que el animal bien valía unos novecientos pesos, pero cuando, en un momento de debilidad, el coronel ofreció venderlo, don Sabas le ofreció cuatrocientos. Su intención, naturalmente, era revenderlo. Don Sabas, en palabras del médico, ama más el dinero que su pellejo.
El gallo, en todo caso, no solo es la última esperanza del coronel, sino del pueblo entero. Todos quieren verlo triunfar. A principios de diciembre, ya en una situación desesperada, el coronel, que siempre sueña estar enredado en telarañas, desearía acostarse a dormir y no despertar sino hasta el veinte de enero. No le queda nada material, no sabe si al día siguiente ni en las semanas siguientes tendrá un pan que llevarse a la boca, pero una cosa está decidida: El gallo no se vende y punto.
El coronel no tiene quien le escriba es una novela breve en la que las descripciones son mínimas y los diálogos, escuetos. En este, como en todo relato escrito con economía de palabras, es mucho más lo que se insinúa que lo que se muestra. No son necesarias descripciones detalladas para formarse una idea clara del pueblo, su puerto, su templo, su cine, los almacenes de los sirios y las casas de sus habitantes. Tampoco es necesario entrar en detalles para retratar los rasgos, tanto exteriores como interiores, del coronel, su mujer, el médico, don Sabas y los muchachos de la sastrería.   García Márquez, en este libro, es un narrador puro que nos cuenta lo que ocurre sin entrar a valorarlo. No hay, en todo el texto, ni un solo adjetivo que subraye lo injusta, dolorosa y desesperada que es la situación del coronel. La pobreza del coronel, como la riqueza de don Sabas, la muerte de Agustín, el toque de queda, o la censura del cura sobre las películas simplemente son así y así se cuentan. Uno de los momentos más tensos de la novela, por cierto, se resuelve con la mayor naturalidad. El coronel estaba con sus amigos cuando llegó la policía a hacer un registro. Todos pusieron las manos en alto y el coronel, al sentir en su espalda el cañón de un rifle solamente pensó en su mala suerte. Circulaba de mano en mano una hoja clandestina y él, en ese preciso instante, la tenía en el bolsillo. Al volverse se encontró frente a frente, por primera vez, con el asesino de su hijo. Con la mano apartó el rifle y dijo simplemente: "Con permiso", a lo que el gendarme respondió: "Pase usted, coronel."
Pese a ser dramática, la pobreza del coronel es digna. Arregla su ropa y le saca brillo a sus zapatos al salir a la calle y cada noche fumiga la casa para minimizar el molesto ataque de los insectos. El coronel no inspira lástima, sino respeto. No usa sombrero para no tener que quitárselo ante nadie. El libro no tiene ni un solo lamento, sino que está frecuentemente salpicado de un fino e ingenioso humor. No hay nada mejor tregua en medio de las preocupaciones que reírse un poco.
Definitivamente, la esperanza es lo último que se pierde y, aunque cada semana de los últimos quince años tenía el habitual trago amargo de otro viernes sin carta, el coronel no dejaba de asistir al puerto para ver el arribo del saco del correo. El gallo era su última carta. "Una ilusión que cuesta caro", le dijo su mujer, "porque la ilusión no se come". "No se come, pero alimenta", respondió el coronel.
"Este es el milagro de la multiplicación de los panes y los peces", exclamaba cada vez que se sentaba a la mesa. Después de todo, agregaba, "si nos fuéramos a morir de hambre ya nos habríamos muerto."
El poeta Osvaldo Sauma dice que "cada uno lee en el otro el cúmulo de sus propias miserias." Los libros que más nos conmueven son aquellos que de alguna forma logran tocar una fibra sensible de nuestra propia experiencia. Sin haber llegado necesariamente al extremo en que llegó el coronel, creo que todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos sido solitarios derrotados sin más recurso que una esperanza lejana. Si no creyéramos que, tal vez el otro viernes, llegará nuestra carta o que en ese veinte de enero que se aproxima a paso lento triunfará nuestro gallo, no podríamos sostenernos en pie.
INSC: 0039

domingo, 17 de mayo de 2015

Historia oculta de los reyes.

Historia oculta de los reyes. De Jaime I de
Aragón a Carlos II el Hechizado. Óscar
Herradón Ameal. Akásico Libros.
España, 2010.
Al ser derrocado, en 1953, Faruk el rey de Egipto afirmó: "En el futuro solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra."  Poco antes, el mismo Faruk, procurando recuperar algo del respeto perdido, se había declarado descendiente del profeta Mahoma pero nadie, que se sepa, lo tomó en serio. Proclamar semejante parentesco, en la segunda mitad del Siglo XX, era algo que hasta los más fieles monárquicos considerarían absurdo y ridículo. Sin embargo, en gran medida el poder de los reyes se sostuvo gracias a la idea de que su autoridad tenía origen divino.
Actualmente, las monarquías que han llegado al siglo XXI son apreciadas como una tradición histórica inofensiva de ceremonias llamativas,  o criticadas como una carga anacrónica que no tiene sentido y se mantiene por pura inercia. En el debate actual, tanto los críticos como los admiradores de la monarquía se concentran en el papel ceremonial de la corona, su limitada área de acción y la conducta, constantemente vigilada y no siempre intachable, de los miembros de la realeza.
Para una mente del Siglo XXI no hay razón que justifique un puesto vitalicio y hereditario en ningún cargo, y muy especialmente en el de Jefe de Estado. Al echar la vista atrás y repasar la historia, uno acaba sorprendido de que numerosas monarquías hubieran llegado al Siglo XX sostenidas en una concepción medieval. La familia imperial rusa o austriaca, por ejemplo, en medio de la I Guerra Mundial todavía creían que su autoridad era de Derecho Divino. 
Cuando uno se pone a leer libros sobre reyes se encuentra con complicados árboles genealógicos, alambicadas intrigas, alianzas y traiciones, juegos de poder e intereses por ganar territorios y riquezas por medio de las armas. Sin embargo, todas estas apreciaciones pasan por un alto un elemento fundamental, que es el trasfondo mágico que sostenía todo aquello.
Tras la Ilustración, la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, tenemos claro que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos y que el poder viene del pueblo. Cada vez leo en un libro de historia que Fulanito de Tal tenía derecho al trono, tengo problemas para comprenderlo porque nadie tiene derecho a trono alguno.   De hecho, una de los retos más complejos a la hora de leer historia es tratar de comprender la mentalidad de la época. No solo el pretendiente creía tener "derecho" a reinar, sino que el mismo pueblo, dividido en bandos, también creía alguien tenía "derecho" a reinar sobre ellos.
En este sentido, ha sido muy ilustrativo para mí leer el libro Historia oculta de los reyes de Óscar Herradón Ameal, que consta de un ensayo introductorio verdaderamente interesante y cinco sorprendentes biografías de monarcas españoles.
El ensayo con que empieza el libro deja claro que el poder de los reyes, más allá de sus armas y riquezas, estuvo basado en la creencia generalizada de que la autoridad del monarca venía directamente de Dios y su persona era sagrada. Incluso en el caso de que un rey fuera derrotado por las armas, acabara en la bancarrota o diera muestras de ser incapaz para ejercer el cargo, la superstición que existía alrededor de su persona y figura habría sido suficiente para sostener la lealtad de sus súbditos.
En ciertas culturas antiguas, Egipto, Japón o China por ejemplo, el monarca, más que una autoridad puesta por Dios, era considerado una deidad en sí mismo. Recuerdo que en la biografía que escribió Emil Ludwig sobre Cleopatra, se menciona lo difícil que era para ella comprender el gobierno de Roma, que era una república y se contrariaba al ver que su amado Julio César no tenía una autoridad incuestionable, sino que tenía que vivir atento e inmerso en las movidas del Senado. No fue sino hasta muchos años después que los césares fueron considerados, en vida, criaturas divinas. Los césares que pretendieron recibir culto como dioses se cuentan literalmente con los dedos de una mano: Calígula, Domiciano, Aurelio, Heliogábalo y Diocleciano.
El libro menciona que en el pueblo Shilluk de Sudán, cuando notaban algún síntoma de debilidad en su rey como, por ejemplo, que no pudiera satisfacer sexualmente a las mujeres, optaban por matarlo. Esta referencia me hizo recordar la novela El reino de este mundo de Alejo Carpentier. En África, la tierra de Ti Noel, el rey era sacerdote, padre, guerrero y cazador, mientras que en Francia, el rey cazaba con la ayuda de monteros, podía ser regañado por un confesor, veía la guerra de lejos y con gran dificultad lograba ser padre de un principito tan enclenque y debilucho como él.
Como en la Biblia se cuenta que Saúl fue ungido rey por Samuel, los reyes cristianos, a partir de Carlomagno, empezaron también a ser ungidos. De hecho, durante toda la edad media y hasta los tiempos de la contrarreforma, los monarcas no eran considerados clérigos ni laicos, sino que se ubicaban en lo que podríamos llamar un estado intermedio, porque su vida era secular pero su misión era sacerdotal. La corona, el cetro, el globo, la espada, así como otras joyas y objetos propios de su oficio, tenían carácter de talismán y representaban poderes sobrenaturales.
Se consideraba que los reyes tenían el don de la profecía y, por ello, se le prestaba mucha atención a sus sueños. Las biografías de reyes antiguos están llenas de eventos extraordinarios. Al rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, por ejemplo, se le apareció San Juan Evangelista. Se creía que los sétimos hijos varones de un monarca podían ser curanderos con poderes asombrosos, aunque existía también la posibilidad de que se convirtieran en hombres lobo.
A los reyes se les atribuía también el don de sanar imponiendo sus manos. San Luis, rey de Francia, tocaba las llagas de los heridos para curarlos. Luego se lavaba las manos en una tina y esa agua se la bebían los mismos enfermos para terminar de curarse. Luis XVI, el decapitado por la revolución, fue el último monarca en imponer las manos para curar. Años después, en 1825, a la muerte de Luis XVIII, Carlos X subió al trono de Francia y en una visita a un hospital se le solicitó que impusiera sus manos para sanar enfermos. La superstición había sobrevivido tras la Revolución Francesa y había llegado al Siglo XIX.
Tras la exposición detallada de los poderes mágicos que se atribuían a los reyes, el libro incluye cinco notas biográficas sobre Jaime de Aragón, Alfonso X el Sabio, Felipe II, Felipe IV y Carlos II el Hechizado.
Hay que aclarar que el título del libro es algo ambiguo. Historia oculta de los reyes, no se refiere, como uno pensaría de primera entrada, en datos poco conocidos, sino en la presencia del ocultismo en la vida de estos monarcas.
Jaime de Aragón dejó escritas, o mandó escribir, unas memorias donde deja clara su convicción de que tanto él como sus antepasados estaban emparentados con la divinidad. Su padre, Pedro II, era bastante mujeriego, pero a su esposa María de Montpellier la aborrecía de tal forma que no soportaba mirarla a la cara. Para que el matrimonio fuera consumado, debieron recurrir a una trampa. Le dijeron que una de sus amantes lo esperaba en una habitación oscura. María, que tampoco sentía afecto por Pedro, consintió en recibirlo solamente por cumplir con su deber de darle un heredero. Cuando el acto estuvo consumado aparecieron notarios alumbrados con candelas. El rey Pedro se indignó al ver que la mujer que tanto lo había complacido era su esposa y, del disgusto, se marchó y no volvió a verla nunca más. El encuentro, en todo caso, dio fruto, ya que nació don Jaime quien, a los diez años se puso la armadura para no volvérsela a quitar hasta su muerte, acaecida cuando había alcanzado la avanzada edad de sesenta y un años.
Alfonso X el Sabio era hijo de Fernando III, proclamado santo por matar infieles, y bisnieto materno de Federico I Barbarroja. En una batalla se le apareció el apóstol Santiago, para echarle una mano a las tropas cristianas en su matanza. De ahí viene aquello de "Matamoros". Alfonso X impulsó la lengua castellana, frente al latín, y concedió también importancia al catalán y al gallego, que utilizó en sus composiciones poéticas. Fundó en Toledo, su ciudad natal, la Escuela de Traductores, donde acogió grandes sabios cristianos, judíos y musulmanes con el fin de que tradujeran del latín al castellano textos de la más variada índole. También fue el impulsor de dos grandes obras de historia, una universal y otra de España. Sus Siete partidas regularon el derecho civil, penal y eclesiástico durante siglos. Alfonso creía en la intervencion divina en cualquier acto de la vida cotidiana, le daba gran importancia a los nombres y a los números y, como parte de su curiosidad científica, histórica y literaria, estudió también la magia, las piedras y los minerales, así como la astrología y la alquimia.   Recibió una embajada del sultán de Egipto que le llevó como obsequio, una jirafa, con la que acabó inaugurando un zoológico con animales nunca antes vistos en España. 
Felipe II, el rey burócrata, religioso y coleccionista de relojes, presidía un corte excéntrica en la que la demencia era cosa común. Su madre, Isabel de Portugal, comía sola y en silencio mientras tres damas arrodilladas junto a su mesa le alcanzaban los alimentos. Su hijo don Carlos, con el lado derecho de su cuerpo paralizado, era sádico, torturador de animales y perennemente enfermo pese a los cuidados de su médico Andrés Vesalio. Los tiempos de Felipe II fueron los de la Inquisición y los libros prohibidos. Prohibió que los españoles estudiaran en universidades de otros países para evitar que se contagiaran de nuevas ideas. Era un hombre incapaz de delegar y creía que su deber era tomar todas las decisiones. Construyó El escorial porque en la zona había una mina de hierro que en sus excavaciones, había alcanzado tal profundidad que llegó hasta las puertas del infierno y, con el edificio, pretendía evitar la salida de los demonios. Para hacer más eficiente el sello, reunió una impresionante colección de reliquias, entre las que había, desde cabellos de Cristo y de la Santísima Virgen María, hasta el cuerpo entero de uno de los santos inocentes. Entre huesos, cráneos, brazos y piernas, supuestamente de santos, los armarios de El Escorial acabaron llenos de restos humanos. En sus últimos tiempos, tuvo al lado de su cama el ataúd en que debía ser enterrado. 
Felipe IV tuvo cuarenta y tres hijos con distintas mujeres, incluyendo una religiosa recluida en el convento de San Plácido. Hay quienes dicen que esa intromisión de un mujeriego en un convento fue la acabó generando el mito de Don Juan. De hecho, El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, fue publicado poco después de la incursión de Felipe IV en el claustro. Sin embargo, la consecuencias más inmediatas del hecho no fueron literarias, sino satánicas. El convento de San Plácido fue escenario de una posesión demoníaca colectiva: las monjas gritaban blasfemias mientras corrían desnudas por las instalaciones, comían basura y una fuerza oculta las inducía al suicidio. El escándalo, que tardó en calmarse, fue uno de los procesos judiciales, gubernamentales y religiosos más sonados de su momento. 
Para rematar, el libro se refiere a Carlos II el hechizado, cuya madre almacenaba en su dormitorio una pluma del arcángel Gabriel, el báculo de Santo Domingo de Silos, el cuerpo de San Isidro Labrador y el manto de María Magdalena. De poco le valieron los amuletos, porque su hijo a los tres años no era capaz de caminar y los huesos de su cráneo no se habían cerrado. A los cuatro años no había dejado de mamar y más de una docena de mujeres prestaron sus pechos para alimentarlo durante tan largo periodo. Para que se mantuviera en pie, lo sostenían con cuerdas, como una marioneta. A los nueve no había logrado aprender a leer ni a escribir y no está del todo claro si en algún momento lo logró. Carlos II no solía asearse y llevaba el cabello largo. Lo casaron con María Luisa de Orleans, quien nunca lo había visto, pero fue advertida por el embajador francés de que el rey era "feo como para causar espanto". La pobre muchacha hizo lo posible por atrasar la comitiva que, finalmente debió llegar a su destino. María Luisa no logró quedar encinta, sufrió mucho en la corte y murió al poco tiempo de haber llegado. Eligieron como nueva consorte a Mariana de Neoburgo, porque las mujeres de su familia eran famosas por prolíficas. Su madre había tenido catorce hijos. Tampoco logró darle un heredero. En el botiquín de medicinas del rey había, entre otras cosas, cuernos de unicornio y pezuñas de alce. Ante la inutilidad de tales medicinas, se creyó que el rey Carlos II estaba hechizado y con ese apodo pasó a la historia. La muerte de Carlos II en 1700, puso fin a la dinastía de los Austrias en España.
Definitivamente, aunque ha habido monarcas de respetable memoria que lograron brindar aportes a la cultura y el bienestar de sus pueblos, hay otros que se sostuvieron solamente porque la superstición imperante los hacía intocables. Eran otros tiempos y otra mentalidad. La autoridad no era solamente un asunto práctico, sino mágico. 
INSC: 2624


lunes, 11 de mayo de 2015

William Walker antes de Nicaragua.

William Walker. Enrique Guier.
Costa Rica, 1971.
Desde la escuela primaria, a los centroamericanos nos resulta familiar el nombre de William Walker, el filibustero norteamericano que llegó a ser presidente de Nicaragua y que fue expulsado del istmo en una guerra que cada año se conmemora con actos cívicos, discursos patrióticos y desfiles de escolares. El triunfo de los centroamericanos unidos contra el invasor del norte ha llegado a ser considerado el momento más intenso, complejo y trágico de nuestra historia en el Siglo XIX. Sin embargo, a pesar de las conmemoraciones anuales de la gesta, la mayoría de centroamericanos no conocen de William Walker mucho más que el nombre. 
Walker pasó a la historia como líder de fuerzas ocupadoras, pero pocos saben que además era médico, abogado, periodista, autor de tres libros y gran lector de los clásicos griegos y latinos. 
¿Quién era este aventurero y qué lo trajo por acá?
Quien más a fondo ha estudiado a Walker ha sido el Dr. Alejandro Bolaños Gueyer, para quien la vida del filibustero acabó convirtiéndose en una pasión que lo llevó a publicar la biografía completa de Walker en cinco tomos. La síntesis de ese gran trabajo apareció en un solo volumen, en 1992, con el título William Walker el predestinado de los ojos grises. Veinte años antes, don Enrique Guier publicó una biografía también muy meritoria, tanto en la histórico como en lo literario, titulada sencillamente William Walker.  Otros autores, como Noel Gerson, Frederic Rosengarten y Stephen Dando Collins, también han investigado la vida del filibustero.
Nadie habría sido capaz de profetizar que William Walker acabaría siendo comandante en jefe de un ejército invasor. Billy, como lo llamaban en casa, era un joven taciturno y melancólico, delgado, de corta estatura, voz aguda y chillona y maneras afeminadas que nunca destacó en actividades deportivas ni dio muestra alguna de valentía ni arrojo. Era, eso sí, muy inteligente y estudioso.  A los catorce años ya se había graduado en Humanidades en la universidad de su natal Nashville, Tennessee. Su padre, James, un severo y puritano escocés, pretendía que Billy, su hijo mayor, fuera clérigo, pero el muchacho se opuso rotundamente porque él tenía sus propios planes. Quería estudiar medicina para curar a su madre, Mary, también de ascendencia escocesa pero nacida en América, quien además de padecer tuberculosis daba muestras de una progresiva demencia. Con el apoyo paterno, William Walker se trasladó a estudiar medicina en Filadelfia. Ya graduado, pasó dos años en Europa, siguiendo cursos avanzados en la Universidad de Heidelberg, Alemania, desde donde, en las vacaciones, solía viajar a París. 
Con apenas veintiún años de edad, en 1845, Walker regresa a Nashville, abre su consultorio y rápidamente gana fama de ser un cirujano hábil y un médico capaz de brindar diagnósticos acertados y resultados favorables a sus pacientes. Sin embargo, el Dr. Walker pronto tiene claro que su no le será posible hacer realidad su deseo de curar a su madre. La señora está cada vez peor. En un arranque inexplicable, abandona la medicina y se traslada a New Orleans que, con ciento veinte mil habitantes, era en aquel entonces la tercera ciudad más grande de los Estados Unidos. En New Orleans estudia exitosamente Derecho y encuentra tanto la amistad como el amor. En esa ciudad conoció a Edmund Randolph, su compañero del bufete Randolph & Walker y el único amigo verdadero que tuvo en su vida, así como a Ellen Galt Martin, su adorada novia con quien no pudo llegar a casarse. Ellen era sorda y Walker, que para entonces además de inglés ya hablaba alemán y francés y leía en italiano, aprendió el lenguaje de señas para comunicarse con ella.   
Sus ingresos como abogado no eran suficientes como para poder casarse y establecer un hogar, así que, tras dos años de ejercer el Derecho, Walker lo abandona y se convierte en periodista del Crescent, un periódico recién fundado que tenía dos únicos redactores, cuyas iniciales por extraña coincidencia eran W.W.
Mientras Walker se ocupaba de las notas de política, economía e internacionales, Walt, el otro redactor, escribía un espacio llamado Esbozos sobre la vida cotidiana de la ciudad. Ambos periodistas tenían en común el ser grandes lectores, siempre se les encontraba con un libro en la mano, y compartían además un temperamento taciturno y misterioso. Ninguno de los dos acabaría echando raíces en New Orleans. William se iría para California y Walt regresaría a su New York natal. Tras los años que compartieron en la redacción del Crescent, nunca volvieron volvieron a verse. Pero en 1855, el mismo año en que William Walker arribó a Nicaragua, Walt Whitman publicó Hojas de hierba.
Walker llegó a ser un periodista prestigioso. Sus artículos eran muy leídos ya que, además de ser un despliegue de amplia erudición, se caracterizaban por sorprender con análisis profundos desde perspectivas hasta entonces poco exploradas. En 1848 Walker remontó el Mississippi y retornó a su tierra natal para brindar, como orador invitado, una conferencia en la universidad de Nashville. El texto de la disertación, titulada La unidad del arte, fue publicado luego como libro y es una maravillosa muestra de un romanticismo idealista con el que, supongo, debió haber entrado en contacto durante su estadía en Alemania. No se sabe si Walker le habrá comentado, antes o después de pronunciarla, su conferencia a Walt Whitman, pero me deleito imaginando esa conversación que tal vez nunca ocurrió. La tesis de Walker es que la belleza, la bondad y la verdad, cuando aparecen unidas, forman la esencia del arte más sublime y, para confirmarlo, echa mano de los clásicos griegos y latinos de los que era tan devoto conocedor.
William Walker, chaparrito, flaco, pelirrojo, de ojos
grises, con voz chillona y maneras afeminadas, era
médico, abogado, periodista, militar y llegó a ser
presidente de Nicaragua. Solamente vivió treinta y
seis años 1824-1860.
Cuando ya la boda de Walker parecía posible y cercana, su novia Ellen murió víctima de una epidemia de cólera. El amigo Randolph había partido a California atraído, como tantos otros, por la fiebre del oro. El Crescent cerró poco después y al verse sin amigo, sin novia y sin trabajo, Walker también tomó camino hacia el lejano y salvaje oeste.
Tras el largo viaje, en que debió cruzar Texas, Nuevo México, Arizona y más de la mitad del enorme territorio de California, logró encontrarse con Randolph y entró a trabajar como redactor del Herald de San Francisco. El salvaje oeste era en verdad salvaje. No había ley ni autoridad. Si alguien era golpeado, herido, asaltado o robado, tenía que hacer justicia por su propia mano. De nada valía recurrir a la policía, que era casi inexistente, ni a los jueces que procuraban no despertar la ira de los hombres rudos que saturaban San Francisco y hacían en la ciudad prácticamente lo que les daba la gana. Walker, que era un hombre de temperamento metódico, llama al orden desde las páginas del periódico, reclama la negligencia de las autoridades, es protagonista de sonados juicios y, por primera vez en su vida, se ve obligado a disparar al ser retado en un duelo. El chaparrito, flaquito y afeminado intelectual de Nashville, para sobrevivir en California, se pone el revólver al cinto y da muestras de tener sangre fría cuando hay que resolver un asunto a balazos. Para mantener el orden, Walker forma un grupo llamado "los vigilantes", una organización paramilitar que, como todas, en vez de contener los abusos, acaba cometiendo otros peores.
Un dato importante y poco conocido: Walker era contrario a la esclavitud. Aunque nació y creció en Nashville, donde la enorme mayoría de la población estaba formada por esclavos, por sus convicciones religiosas Walker siempre consideró que la esclavitud era inmoral. Su formación académica tuvo lugar en verdaderos baluartes del liberalismo ilustrado, Filadelfia, Francia y Heidelberg. El Crescent era un periódico antiesclavista y, en buena medida, esa posición fue uno de los motivos de su corta vida en New Orleans, metrópoli de los estados sureños. Walker, desde el Herald, se opuso a la introducción de la esclavitud en California. 
Sin embargo, aunque no era esclavista, Walker sí era imperialista. Los Estados Unidos, con los nuevos territorios que le habían ganado a México, acababan de extenderse de costa a costa. Dio la casualidad que en 1848, el mismo año que California se integró a la Unión, habían aparecido los yacimientos de oro. Walker creía que la misión de las sociedades civilizadas era extenderse dominando otros pueblos para llevar el orden, la prosperidad y el progreso. Y en la extensión de los Estados Unidos, los hijos de Tennessee, la tierra de Walker, habían jugado un papel protagónico. El general Andrew Jackson, que vivía en Nashville, había ganado la batalla de New Orleans y ganado para la Unión al estado de Florida. John Fremont, comandante de Tennessee, había conquistado California. Sam Houston, exgobernador de Tennessee, había fundado la República de Texas y luego la anexó a los Estados Unidos durante la presidencia de James Polk, que también había sido gobernador de Tennessee. Durante el tiempo que vivió en New Orleans, por cierto, uno de los temas de discusión era la conveniencia de arrebatarle Cuba a España para anexar la isla a los Estados Unidos.
Todas esas historias eran, en aquel entonces, noticia reciente y al frágil Billy se le iluminaron sus ojos grises y asumió que su destino, como hijo de Tennessee, era fundar una república militar en algún territorio ocupado para luego agregarle una o varias estrellas más a la bandera de su patria. Ni lerdo ni perezoso puso manos a la obra, reunió una tropa de mercenarios y se fue a conquistar los estados mexicanos de Baja California y Sonora. En la bandera de la República de Sonora, proclamada por Walker apenas pisó suelo mexicano, aparecían las dos estrellas que, algún día, esperaba incluir en el pendón americano.
Aunque resulta un tanto ridículo imaginar a Walker, pequeñito, flaquito y afeminado, arengando con su voz chillona a una horda de hombres toscos y fuertes entre los cuales el menos malo hacía mucho que había perdido la cuenta de los hombres que había matado, tal parece que la determinación y la sangre fría de Walker logró siempre mantener la disciplina de su tropa. Walker daba una orden y al que no la obedecía lo mataba. Así de fácil.
La bandera de la República de Sonora.
Las dos estrellas eran los nuevos estados,
 Sonora y Baja California, que Walker
pretendía anexar a los Estados Unidos.
La República de Sonora, a fin de cuentas, solamente existió en la imaginación de Walker. Ni el gobierno de los Estados Unidos ni el de México tomaron en serio esa incursión de aventureros. La conquista heroica que soñaba Walker fracasó por falta de enemigos. La única batalla, si se le puede llamar así, fue un tiroteo de once minutos con una patrulla mexicana. A Walker, que era un hombre culto, esta vez le fallaron sus conocimientos de geografía. Gran parte del territorio de Sonora es desértico y los gloriosos invasores no hacían más que avanzar bajo el ardiente sol en espera de encontrarse alguna hacienda para beber agua, matar una vaca y comérsela y abastecerse de provisiones. Como dice mi buen amigo Jimmy Alpízar, en Sonora Walker solamente podía encontrarse con el coyote, o con el correcaminos. 
Tras siete meses de recorrer el desierto, el glorioso comandante del ejército invasor, fundador de una nueva república llamada a integrar la unión americana, llegó a perder una bota y, con un pie descalzo, encabezó la marcha de sus hombres hacia San Diego. Pasaron varios días sin comer ni beber agua antes de encontrarse con un regimiento de la caballería de los Estados Unidos, ante el cual Walker se entregó, presentándose como Presidente de la República de Sonora.
El brillante médico, abogado, periodista, autor y conferencista, acababa de hacer una estupidez o, más bien, una locura. Pero Walker, que fue enjuiciado por su incursión mercenaria en un país con el que los Estados Unidos trataba de restablecer la amistad, acabó haciéndose famoso por su aventura. Fueron muchos, en California, los que consideraron que los planes de Walker no eran del todo descabellados. 
Muchos americanos de la costa este querían emigrar a California. El nuevo y creciente Estado requería además mercancías y maquinaria que se producían en la industrializada y superpoblada costa este. Pero el viaje de Nueva York a California era toda una odisea. Tanto por tierra, cruzando interminables praderas pobladas por hostiles pieles rojas y con los tres grandes tropiezos de los Apalaches, el Mississippi y las Montañas Rocosas, como por barco, dándole la vuelta por el sur a todo el continente americano por el Cabo de Hornos, el viaje tardaba meses. 
Dos millonarios de New York intentaron establecer, cada uno por su lado, una ruta más corta. George Law empezó a construir un ferrocarril que cruzaría el istmo de Panamá, de manera que los barcos de Nueva York llevaran los pasajeros y la mercadería hasta Colón y de allí se transportan sobre rieles hasta la ciudad de Panamá, de donde se embarcarían de nuevo rumbo a San Francisco.
El magnate de los trenes de New York, Cornelius Vanderbilt, por su parte, tuvo una mejor idea. Como el ferrocarril de Panamá de su competidor tardaría al menos seis años en construirse, estableció una ruta de barco desde New York hasta San Juan del Norte, desde donde una nave de vapor de menor tamaño remontaría el río San Juan y cruzaría al lago de Nicaragua. Se seguiría luego en mula o en carreta por Rivas hasta llegar a San Juan del Sur y, de allí, en barco rumbo a San Francisco. En agosto de 1849 se firmó el contrato entre la Compañía del Tránsito de Vanderbilt y el gobierno nicaragüense. El día de año nuevo de 1850, Vanderbilt llegó a Granada piloteando personalmente el vapor que haría la ruta del San Juan y el lago. 
El viaje de New York a San Francisco, por Nicaragua, duraba solamente veintisiete días y se realizaba con toda comodidad. Nicaragua se había convertido, gracias a la compañía del tránsito de Vanderbilt, en el puente que unía los territorios más alejados de los Estados Unidos. Miles de pasajeros y toneladas de mercadería, incluyendo enormes cargamentos de lingotes de oro procedentes de los yacimientos californianos, atravesaron Nicaragua. 
Ajeno a lo que sucedía en el istmo, Walker había incursionado en política dentro del partido Demócrata y había llegado a ser director del Democratic State Journal en Sacramento, cuando lo visitó Byron Cole, quien había llegado de Nueva Inglaterra a California por la ruta de Cornelius Vanderbilt. En su paso por Nicaragua, Cole había tenido conversaciones con el gobernante local, el licenciado Francisco Castellón, quien requería una tropa de mercenarios americanos para que reforzaran su ejército y Cole le ofreció el contrato a Walker. Mientras avanzaban las negociaciones, Walker, además de empezar a aprender español, leyó Incidentes de viajes en América Central (1841) de John Stephens y Nicaragua, sus habitantes, vistas y monumentos (1852) de Epharin George Squier. No tardó mucho en recibir la carta, fechada 11 de octubre de 1955, en que Castellón le otorgaba el permiso para ir a Nicaragua con doscientos hombres armados. Se ha dicho que el dinero para la expedición lo aportó el alcalde de San Francisco Cornelius Garrison. Walker, con una tropa inicial de cincuenta y ocho hombres, arribó al puerto nicaragüense de El Realejo a bordo del Vesta y fue recibido por el coronel Félix Ramírez. Al llegar a León, además de Castellón, conoció al general Máximo Jerez. ¡Las vueltas que da la vida! Walker había sido compañero de redacción de Walt Whitman, y el coronel Ramírez y el general Jerez serían, respectivamente, el padre adoptivo y el padrino de bautizo de Rubén Darío, quien escribiría un hermoso poema en honor de Whitman. Ramírez y Jerez, que lo recibieron apenas había llegado, al año siguiente fueron grandes líderes en la guerra que se desató para expulsarlo.
Walker quedó impresionado con Nicaragua. Granada y León eran ciudades hermosas, bien trazadas, con bellos templos de altos campanarios y casas amplias y frescas sólidamente construidas. Había universidad, bibliotecas, teatro, caminos, puertos. El paisaje era hermoso: lagos, volcanes y un campo de tierra fértil lleno de cultivos y de ganado. En los mercados, los canastos de frutas, vegetales y granos se desbordaban. Además, el paso constante de pasajeros y mercadería por la ruta del tránsito hacía florecer el comercio y le daba buenas rentas al gobierno. Definitivamente, el panorama que tenía al frente era muy distinto al de Sonora. No tendría que fundar una república imaginaria, porque allí la república ya existía. Nicaragua sí merecía convertirse, algún día, en la estrella que quería agregar a la bandera de su país. Walker escribió a sus contactos en los Estados Unidos y, más que una falange de soldados, quiso establecer en Nicaragua una colonia. Ofrecía sueldo y tierras a quienes quisieran sumarse a su aventura. Más de cinco mil hombres respondieron al llamado de Walker aunque nunca hubo en Nicaragua más de dos mil quinientos al mismo tiempo.
Todos sabemos lo que vino luego. A los pocos meses de haber llegado, Walker se convirtió en Presidente de Nicaragua. Todos los centroamericanos, nicaragüenses, costarricenses, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, se unieron para expulsarlo. Pero ese es otro episodio de una vida que, como puede verse, ya era bastante compleja mucho antes de su arribo a Nicaragua.
INSC: 2122
Una placa señala, en Nashville, Tennessee, el lugaren que nació William Walker.
William Walker. El hombre de ojos grises del Destino. Nacido el 8 de mayo de
1824, Walker se mudó a este sitio desde la sexta avenida norte en 1840. En su vida
temprana fue médico, abogado y periodista. Invadió México en 1853 con cuarenta y seis
hombres y se proclamó Presidente de la República de Baja California. Lideró fuerzas en
Nicaragua en 1855, fue electo su presidente en 1856. En su intento de hacer la guerra
en Honduras fue capturado y ejecutado el 12 de setiembre de 1860.
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