lunes, 19 de septiembre de 2016

Don Julio Sánchez Lépiz.

Julio Sánchez. José Marín Cañas.
Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica. 1972.
Apenas sabía leer y escribir y desde muy joven trabajó como boyero transportando café del Valle Central a Puntarenas, pero el herediano Julio Sánchez Lépiz (1862-1934) llegó a ser uno de los hombres más ricos de Costa Rica durante las primeras décadas del Siglo XX. Hombre de sólidos principios, actuó con justicia y rectitud en sus negocios y se negó a intervenir en la vida política.
Su padre, Juan de la Rosa Sánchez, tenía toda una legión de carretas de bueyes con las que transportaba los sacos de café desde los beneficios de Cartago, Tres Ríos, San José, Heredia y Alajuela rumbo a Atenas, Orotina y, finalmente, el Puerto de Puntarenas, donde eran embarcados. Según el Libro sobre la Carreta Típica Costarricense, un viaje de San José a Puntarenas tardaba de once a quince días. Se avanzaba de madrugada, se descansaba cuando el Sol estaba en alto y se reanudaba la marcha al caer la tarde. El cuidado de los bueyes requería. además. varias paradas para alimentarlos con caña de azúcar.
Cuando el General Tomás Guardia firmó el contrato con Minor Cooper Keith para construir el ferrocarril al Atlántico, dispuso que las obras iniciaran en Alajuela. Don Juan de la Rosa fue el encargado de transportar, en carretas de bueyes, los rieles y las piezas de la locomotora y los vagones desde Puntarenas hasta Alajuela.
Desde muy joven don Julio se integró a la empresa de carretas de su padre, por lo que no pudo ir a la escuela más que lo estrictamente indispensable para aprender a leer, escribir y las nociones fundamentales de aritmética. 
La construcción del ferrocarril iba a paso lento, pero el joven Julio comprendió que, una vez terminada la obra, las caravanas de carretas rumbo al Pacífico pasarían a la historia. El negocio ya no era acarrear el café, como había hecho su padre, sino más bien cultivarlo y procesarlo, que fue a lo que él se dedicó.
Mantuvo siempre, eso sí, el chuzo detrás de la puerta de su casa, como un recordatorio de que debería estar dispuesto, si no le iba bien, a volver a dirigir una carreta de bueyes.
Su negocio cafetalero tuvo éxito. A la muerte de su padre, Juan de la Rosa, en 1906, ya don Julio exportaba veinte mil quintales de café al año y sus cafetales alcanzaban, en conjunto, una extensión mayor a las dos mil manzanas. Importó maquinaria para modernizar la industrialización de sus beneficios y extendió sus actividades a la ganadería y el cultivo de caña de azúcar en la Hacienda Taboga, en Guanacaste, que medía, en sus tiempos, unas veinticinco mil manzanas.
Aunque era sumamente rico, don Julio creía que un hombre sin crédito se expone a que se les cierren puertas en momentos de necesidad. Por ello, tenía la costumbre de solicitar préstamos que no necesitaba y pagaba puntualmente las cuotas y los intereses acordados. De esa forma, si llegara a darse el caso de verse en apuros, tendría a quién recurrir.
Don Juan de la Rosa Sánches, padre
de don Julio Sánchez Lépiz.
En 1972, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó una pequeña biografía de don Julio, de apenas cien páginas, escrita por José Marín Cañas. El libro tiene sus limitaciones, entre las que cabe destacar los excesivos rodeos. El nombre de don Julio se menciona por primera vez en la página veintisiete y al final aparece el recuento de una entrevista que Marín Cañas le hizo a don Julio, en que el autor se concentra más en sí mismo que en el entrevistado.
Pero, con todo y eso, el libro recoge varios episodios a los que vale la pena prestar atención.
Don Julio fue un hombre generoso y caritativo que contribuyó con las instituciones de beneficencia de manera discreta y, en la mayoría de los casos, anónima. Diversas personas y organizaciones se vieron favorecidas con su generosidad sin que se enterara nadie más que los propios beneficiados. Un caso en particular, debe constar en la historia. Cuando fue derrocado por Federico Tinoco, el presidente Alfredo González Flores se trasladó a Estados Unidos donde, entre otras cosas, publicó varios artículos denunciando las actuaciones de Lincoln Valentine, un agente petrolero a quien don Alfredo consideraba promotor del golpe de Estado. En 1920, cuando ya el régimen de los Tinoco había caído, Lincoln Valentine demandó a don Alfredo por injurias y calumnias ante los tribunales estadounidenses. El juzgado que llevaba el caso le puso al expresidente una fianza de veinticinco mil dólares que debía ser pagada para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. El gobierno de don Julio Acosta conoció el caso sin llegar a una decisión concreta. Unos decían que el Gobierno debía hacerse cargo de pagar la fianza y otros consideraban que el asunto era estrictamente personal. La situación económica de la Hacienda Pública no andaba muy bien como para soltar esa suma de buenas a primeras. Don Alfredo, además, solamente quería regresar al país y no tenía la intención de hacerle frente a la demanda de Valentine, por lo que el dinero de la fianza inevitablemente se perdería. Enterado de la situación, don Julio Sánchez Lépiz mandó depositar, en un banco de New York, los veinticinco mil dólares de la fianza para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. Solamente pidió un favor a cambio: que su nombre y su acto no fueran conocidos por el público. Su deseo fue respetado y, cuando el asunto se supo, ya don Julio había muerto.
En 1922, don Julio fue electo diputado, pero nunca se presentó al Congreso ya que consideraba que sus suplentes estaban mejor calificados que él para legislar. Sus palabras merecen citarse textualmente:

"Dejemos que don Cleto resuelva los problemas nacionales y dediquémonos nosotros a sembrar maiz y frijoles. El mayor mal de Costa Rica está en la mania que tenemos de opinar sobre todos los problemas."
"Yo solamente conozco de café y ganado, en eso radica mi aptitud. El error consiste en pensar que los que hemos hecho cuatro reales tenemos el derecho de opinar sobre todo y la pretensión de saberlo todo. Si fuera un congreso de agricultores yo iría, pero es de legisladores y esa es una función para la que yo no me siento preparado. Para ser diputado es necesario tener un poco de escuela, a la que yo no pude asistir. ¿No ve usted que mis suplentes son un médico y un abogado? Que vayan ellos. Yo desde aquí los aconsejo, si quieren oír mis consejos. Cuando llega un diputado campesino lo ridiculizan. Yo soy de ese pueblo, yo soy de los que dicen ansina y enainas."
"Yo vivo dedicado a mis fincas y mis trabajos. Estudio mis finanzas sin preocuparme de las ajenas. En una caja pongo las entradas y en otra las jaranas y voy adelante sin meterme en lo que no entiendo."

Julio Sánchez Lépiz. (1862-1934)
En el año 1927, los grandes beneficiadores de café se reunieron para decidir el precio en que le iban a recibir el grano a los pequeños productores. Tras muchas deliberaciones, el precio se fijó en ochenta colones la fanega. Al finalizar la reunión, don Julio, que había permanecido en silencio todo el rato, tomó la palabra para anunciar que, en sus beneficios, iba a pagar a cien colones la fanega. Para él, no era justo castigar a los pequeños campesinos para obtener más ganancias. Su decisión de pagar más, explicó, no era caprichosa ni antojadiza. Los precios internacionales de los mercados a los que exportaba le permitían pagar a cien colones la fanega y mientras la situación se lo permitiera, continuaría pagando ese monto. Además, recalcó: "si pago bien puedo exigir calidad y si pago mal tengo que aceptar lo que me lleven".
El sentido de justicia de don Julio quedó patente un par de años después, cuando se descubrió que un grupo de campesinos sin tierra había ocupado un sector de la Hacienda Taboga en Guanacaste. Lo normal, en estos casos, es que el propietario del terreno utilice la fuerza para expulsar a los invasores, pero el 9 de enero de 1934 don Julio le dirigió una carta con instrucciones a Rafael Rodríguez, el administrador de la finca, en la que escribió:

"La tierra debe ser para quien la cultiva, no para quien tenga la escritura. Yo cultivo mis otras fincas, pero no puedo hacer lo mismo con Taboga, porque allí poseo veinticinco mil manzanas y está fuera de mis posibilidades cultivarlas. Por eso creo que debemos conformarnos con lo que podamos cercar, limpiar y atender. Lo demás debe ser para que lo vayan sembrando los que puedan. Con eso no me hacen daño, puesto que yo no ocupo ese campo y sí me hacen bien porque se avecinan, producen y mejoran el lugar."

Más adelante le recuerda la vez en que el Señor José Sing llegó a venderle una finca llamada Brazo Seco que, irónicamente, formaba parte de unos terrenos que, desde hacía tiempo, don Julio tenía registrados a su nombre. Es decir, José Sing, que no tenía papeles, sin saberlo, ofreció venderle una finca a quien  ya era el dueño registral de la propiedad. Cuando don Julio adquirió el terreno, no era más que un campo lleno de malezas, pero cuando Sing llegó a vendérselo, tenía casa, milpas, repastos y tierra limpia rodeada por cercas. Don Julio acabó comprando una propiedad que ya era suya y pagó sin regateos el precio solicitado, porque consideró que actuar así era lo justo.

La carta termina con palabras llenas de sabiduría: "No nos pongamos a pelear contra los que, sin escritura que los ampare, tienen deseos de trabajar y se meten en tierras abandonadas. Yo poseo bastante, pero de lo que estoy convencido es de que uno no necesita más tierra que el pedacillo donde lo han de enterrar. Yo quiero vivir en paz para que cuando muera no tenga nadie derecho de revolcarme ese pedazo de tierra al que aspiro."

Don Julio Sánchez Lépiz nació en Heredia, el 22 de julio de 1862, hijo de Juan de la Rosa Sánchez y Josefa Lépiz. Contrajo matrimonio el 4 de julio de 1886 con Florentina Alvarado Arce, de quien enviudó. En segundas nupcias, casó con Emilia Cortés Arce. Dejó una numerosa descendencia pero sufrió el fallecimiento de dos hijos y una hija. Don Julió murió, poco antes de cumplir los setenta y un años, el 26 de marzo de 1934.
Como solamente pudo asistir a la escuela muy poco tiempo, la educación se convirtió en una de sus grandes preocupaciones. Sufría mucho al ver un pueblo sin escuela o sin maestro y contribuía con lo que le solicitaran para remediar la situación. Su amplia casona esquinera, en San Francisco de Heredia, es hoy una escuela.
INSC: 2727

3 comentarios:

  1. Me pongo de pie y me quito el sombrero.. que de Dios goce don Julio Sanchez Lepiz.

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  2. Diay si...un hombre de mucho respeto.

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  3. Gran hombre, ya había leído bastante de el, trabajador infatigable.

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