domingo, 27 de marzo de 2016

Don Joaquín García Monge.

El hombre del Repertorio Americano.
Eugenio García Carrillo. STVDIVM.
San José, Costa Rica. 1981
Aunque escribió tres novelas y numerosos cuentos, ensayos, discursos y artículos, la gran obra de don Joaquín García Monge fue su revista Repertorio Americano, que circuló por todos los países de habla española de 1919 a 1958. Quizá por ello, su hijo, Eugenio García Carrillo, decidió titular El hombre del Repertorio Americano a la semblanza biográfica que publicó, en 1981, para conmemorar el centenario del nacimiento de don Joaquín.
Educador, escritor, editor y periodista, la vida de don Joaquín García Monge, aunque tuvo momentos de angustia y de gloria, fue sencilla y discreta. Nació en Desamparados, el 20 de enero de 1881. Su padre, que también se llamaba Joaquín García, era originario de Cartago y fue contratado por Mariano Monge, rico cafetalero desamparadeño, para que fuera maestro de sus hijas. El joven tutor acabó casándose con Luisa, una de sus pupilas. 
El padre murió cuando Joaquín García Monge, su único hijo, tenía apenas seis años de edad. De herencia, solamente le dejó una modesta biblioteca en la que el pequeño huérfano, tímido y de temperamento discreto y sereno, acabó desarrollando una verdadera pasión por la lectura. Cabe mencionar que el censo de 1892 consignaba que, en la Costa Rica de aquel entonces, solamente una de cada cuatro personas sabía leer y escribir.
El primer relato publicado de Joaquín García Monge, titulado Cuadros, apareció en el periódico en 1898, cuando el joven autor solamente tenía diecisiete años de edad. A los diecinueve años, en 1900, escribió tres novelas: El Moto, Abnegación e Hijas del Campo y, curiosamente, nunca más volvió a escribir novelas.
Le dio a leer El Moto a su maestro, don Carlos Gagini, quien le recomendó que lo publicara. Fue a hablar entonces con doña María de Lines, quien imprimía los cuentos de Gagini, pero la señora lo desanimó al mostrarle la edición casi completa de Chamarasca, de Gagini, llena de polvo bajo el mostrador. "Si no se venden los libros del maestro", le dijo, "menos se van a vender los del discípulo."
Triste por el desaire, le comentó el hecho a José María Zeledón, quien le recomendó la imprenta Greñas. Le publicaron el libro por ciento veinticinco pesos. La edición se agotó en pocas semanas y  don Joaquín no solo recuperó la suma invertida, sino que tuvo una ganancia que le alcanzó para mandarse a hacer un traje a la medida. La segunda edición fue impresa en Barcelona y, en vista del talento literario demostrado, el Secretario de Instrucción Pública, el poeta don Justo A. Facio, lo envío a estudiar a Chile por cuenta del Estado. En Santiago, don Joaquín estudió Pedagogía, Gramática y Latín pero, al final de la administración de don Rafael Yglesias, el gobierno se olvidó de él y dejó de enviarle dinero, por lo que el joven estudiante tuvo que ingeniárselas por sí mismo allá tan lejos. Como ya estaba avanzado en los estudios, daba clases en un instituto a cambio de comida y una habitación donde dormir. Por la interrupción de la beca, no pudo, como era su deseo, cursar ninguna especialidad.
De vuelta en Costa Rica, fue nombrado profesor de la Escuela Normal. En 1909 contrajo matrimonio con Celia Carrillo Castro. Su buen amigo, Roberto Brenes Mesén, quien también había estudiado en Chile, se casó con Ana María Carrillo Castro, hermana de Celia y, gracias a ese parentesco, ambos intelectuales fueron muy cercanos toda su vida.
El mismo año de su matrimonio, don Joaquín, en sociedad con José María Zeledón, abrió en San José una librería llamada "Lectura Barata", en que ofrecían ediciones modestas de obras clásicas a precios populares.
Vinieron entonces unos años serenos hasta que en 1917, tras el golpe de Estado que dio Federico Tinoco contra don Alfredo González Flores, don Joaquín fue destituido de su cargo como Director de la Escuela Normal. Mientras Roberto Brenes Mesén se integraba, como Secretario de Instrucción, al gabinete tinoquista, don Joaquín optó por abandonar el país en un destierro voluntario.
Fue durante su estadía en New York que tuvo la idea de fundar una revista cultural que circulara en todo el continente. Decidió llamarla Repertorio Americano, en homenaje a la publicación que, con el mismo nombre y los mismos fines editó Andrés Bello de 1826 a 1827. 
Andrés Bello nació en 1781, cien años antes que don Joaquín. Ambos concibieron su Repertorio Americano en el exilio: Bello en Londres, en 1826 y don Joaquín en New York en 1919. El de Bello, sin embargo, solamente se publicó durante un año, mientras que el de don Joaquín se mantendría activo por casi cuarenta, de 1919 a 1958.
Al terminar la dictadura de los hermanos Tinoco, don Joaquín regresó a Costa Rica y ocupó el cargo de Secretario de Instrucción Pública durante el breve gobierno de Francisco Aguilar Barquero. 
El Repertorio Americano, revista internacional de cultura, arte y literatura, aunque fue ideada en Nueva York, se publicó, desde el primer hasta el último número en San José de Costa Rica. Es verdaderamente impresionante que, con las limitaciones y la lentitud de la comunicación de aquella época, don Joaquín solamente necesitara de un par de años para que su publicación lograra convertirse en un foro hispanoamericano con circulación continental y colaboradores de primer nivel.
El mexicano Alfonso Reyes se convirtió es columnista habitual. Estuviera donde estuviera, cada vez que Gabriela Mistral se encontraba con un joven cuyos versos consideraba que merecían ser publicados, le recomendaba que los enviara al Repertorio. Allí publicaban el colombiano José Eustasio Rivera y el venezolano Rómulo Betancourt, quienes ya eran escritores reconocidos, pero en las páginas del Repertorio tenían cabida también nuevos valores. En 1919, aparecieron en el Repertorio los primeros versos de la cubana Dulce María Loynaz y, en décadas posteriores, un artículo enviado por un joven mexicano llamado Octavio Paz
En 1921, a los dos años de haber aparecido, don Miguel de Unamuno decía: "El Repertorio Americano, excelente revista que publica en Costa Rica don Joaquín García Monge, es de lo más jugoso y de lo más ponderado y de lo más culto que conocemos de esas tierras."
Al estallar la Guerra Civil española, el Repertorio fue el primer periódico en publicar la noticia de la muerte de Federico García Lorca.
Los escritores costarricenses colaboraban asiduamente con don Joaquín. No solamente los ya consagrados, como Rogelio Sotela, Alejandro Alvarado Quirós o Ricardo Fernández Guardia, sino también los jóvenes como Joaquín Gutiérrez o Fabián Dobles, que en aquel tiempo eran poetas y con el pasar de los años acabaron convirtiéndose en novelistas. El ensayo ¿Qué hora es? de Yolanda Oreamuno, apareció en el Repertorio cuando ella era estudiante de secundaria. Francisco Zúñiga, Juan Manuel Sánchez, don Paco Amighetti y Max Jiménez, ilustraban el Repertorio con sus dibujos.
Visto a la distancia de los años y, especialmente, de los avances tecnológicos, uno se pregunta qué habría sido capaz de hacer don Joaquín si hubiera contado con teléfono, fax o correo electrónico. Pero don Joaquín no tenía ni siquiera un ayudante. "Yo tengo que hacerlo todo", decía, "escojo el material, corrijo las pruebas, rotulo los paquetes, llevo la contabilidad y la correspondencia". Su oficina, situada en la Avenida Segunda (en la cuesta donde hoy está la Caja del Seguro Social) era una habitación iluminada por un único bombillo cuya puerta daba directamente a la acera. Quienes pasaban por enfrente podían ver a don Joaquín en su escritorio o bien, salir cargado de paquetes rumbo al correo. 
Además del Repertorio, don Joaquín publicó varias colecciones literarias. La dirigida a jóvenes se llamaba La Edad de Oro, en homenaje a José Martí. En la Colección Ariel (inspirada en el arielismo de José Enrique Rodó) publicó obras de Renán, Carlyle, Ruskin y Emerson entre otros. Publicó una serie de autores costarricenses y otra de autores centroamericanos con los sellos de El Convivio y Ediciones de Repertorio Americano. Entre otros muchos méritos de importancia, hay que destacar que don Joaquín fue quien abrió las puertas de su revista y su editorial a escritoras mujeres, hasta entonces relegadas. Entre ellas, como botón de muestra, Carmen Lyra. Los historiadores de la literatura costarricense, de hecho, identifican toda una etapa como La generación del Repertorio.
A pesar de su sonado éxito, don Joaquín nunca logró hacer dinero ni con el Repertorio ni con la editorial. Don Avelino Alsina y Lloveras, propietario de la imprenta de donde salían tanto la revista como los libros, además de hacerle un considerable descuento en la factura, soportaba con paciencia el atraso en los pagos. Rogelio Sotela anunciaba en el Repertorio sus servicios de abogado, mientras que Max Jiménez publicaba avisos para vender los terneros nacidos en su finca. Sobra decir que la intención de tal "publicidad" no tenía más propósito que ayudar económicamente a don Joaquín. Hubo también mecenas que le brindaron aportes significativos, como Mr. John M. Keith, el peruano Rafael Larco desde Lima y, muy especialmente, la Sociedad Tournón, propietaria de un beneficio de café, que siempre que don Joaquín necesitaba dinero, se lo prestaba sin garantía, sin fiador, sin pagaré, sin plazo y sin intereses. 
En 1935, don Joaquín viajó Ginebra, Suiza, invitado por la Liga de las Naciones. Aprovechando su permanencia en Europa, don Salvador de Madariaga lo invitó a visitar España, donde fue recibido por Azorín, Américo Castro, Ramón Gómez de la Serna, Pablo Neruda, Gabriela Mistral y León Felipe y tuvo oportunidad de participar en el XXVI Congreso Interancional de Americanistas, presidido por Gregorio Marañón. Durante ese viaje, don Joaquín reafirmó su apoyo a la República Española y su rechazo al fascismo de Mussolini y a la Alemania Nazi.
Ya de regreso en Costa Rica, en 1936, al ser electo como Presidente de la República León Cortés Castro, se le notificó que sería destituido de su cargo de maestro. Para evitar el despido, se acogió a su pensión. Al año siguiente, Francisco Marín Cañas publicó en el Repertorio una diatriba contra Mussolini y el gobierno de León Cortés, ante una protesta de la representación diplomática italiana, demandó judicialmente a don Joaquín, pero los tribunales fallaron a su favor.
"Una de mis amarguras ha sido la de haber vivido siempre como empleado público y no haber quedado bien con nadie". Expresó don Joaquín.
Finalizada la II Guerra Mundial, la celebración de los veinticinco años del Repertorio coincidió con la publicación del número mil, el 20 de enero de 1946.
Mucho se ha hablado de las ideas políticas de don Joaquín pero, a decir verdad, lo dicho no pasa de ser pura especulación. Don Joaquín era en verdad discreto en este aspecto. Apoyó a su coterráneo, el también desamparadeño Máximo Fernández, todas las veces que fue candidato. Esperaba que su amigo el Dr. Ricardo Moreno Cañas llegara a ser presidente en 1940, pero el asesinato del médico truncó sus planes y nunca volvió a manifestarse a favor de ningún candidato o partido. Se declaró contrario a los gobiernos de Ascención Esquivel (1902-1906), Federico Tinoco (1917-1919) y León Cortés Castro (1936-1940). Sobre los demás gobiernos que le tocó vivir, no se manifestó. Ni siquiera está clara su posición sobre el conflicto armado de 1948. 
Participó, en 1913, en la organización de la primera celebración del primero de mayo en Costa Rica, pero don Joaquín llamaba a los comunistas "el bando de los que estorban", porque se quejan de lo que otros hacen o pretenden hacer, pero no proponen nada en concreto.
Irónicamente, en las elecciones de 1953, don Joaquín García Monge fue candidato a diputado por el Partido Progresista Independiente, pero la agrupación fue proscrita por considerarse comunista.
En 1922 don Joaquín fue nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia Española de la Lengua y, al año siguiente, formó parte del grupo fundador de la Academia Costarricense de la Lengua. Sin embargo, pese a ser el principal editor, educador y periodista de Costa Rica, además de la figura de mayor relevancia internacional en el país, don Joaquín  no fue llamado a formar parte de la Universidad de Costa Rica que se fundó en 1940.
En 1944 ganó el premio de periodismo Maria Moors Cabot, pero un quebranto de salud impidió que fuera a New York a recogerlo. Fue condecorado por Ecuador (1935), México (1941), Chile (1944), Nicaragua y Perú (ambos en 1958). El 26 de octubre de 1958, la Asamblea Legislativa de Costa Rica lo declara Benemérito de la Patria. Murió cinco días después, el 31 de octubre.
El Repertorio Americano murió con él.
A Gilbert Laporte, su amigo de muchos años, le manifestó su última voluntad:  "Nada de flores, ni iglesia, ni discursos. Sencillez en mi muerte, como en todo lo mío. Mi vida fue sencilla. Nada de complicaciones ni cumplidos."
El niño huérfano que alivió su soledad con los pocos libros que heredó de su padre, dejó al morir una biblioteca de unos diecisiete mil volúmenes que, al ser inventariada, reveló la sorpresa de que el sesenta por ciento de los libros estaban dedicados a don Joaquín de puño y letra del autor.
INSC: 2614

De pie: Arturo Echeverría Loría. Don Joaquín Gutiérrez Mangel. Julián Marchena.
Fernando Luján. Desconocido. Guillermo Padilla Castro. Don Joaquín García Monge.
Yolanda Oreamuno. Oscar Barahona Streber. Manuel Segura.
Sentados: Don Fabián Dobles. Doña Flora Luján. Doreen Vanstone. Desconocida.
Doña Cecilia Trejos de Dobles. Gilbert Laporte.

miércoles, 23 de marzo de 2016

¿Qué le pasó a José Vasconcelos?

Tiros en el concierto.  Literatura Mexicana
del Siglo V. Christopher Domínguez.
Biblioteca Era, México.
 Segunda edición, 1999.
Todos los personajes históricos, incluyendo hasta los que han alcanzado las categorías de próceres o de héroes, tienen su lado oscuro. Los encargados de mantener el culto y la admiración por figuras ilustres suelen maquillar, o silenciar del todo, los aspectos cuestionables que pudieran manchar la imagen de quienes han subido al pedestal. Hay quienes, por el contrario, se deleitan en destacar las ideas o acciones más escandalosas de quienes gozan de la admiración general.
José Vasconcelos es un buen ejemplo. Filósofo, místico, revolucionario, político y novelista, llegó a ser conocido como "El maestro de América" por su intensa y fructífera labor en los campos de la educación y la extensión de la cultura. Las biografías oficiales y semioficiales de Vasconcelos, suelen concentrarse en su participación juvenil en el Ateneo, el protagonismo que tuvo antes, durante y después de la Revolución Mexicana, en la influencia que alcanzó su pensamiento en todo el continente y, con muy especial énfasis, en su labor como Ministro de Instrucción Pública y Rector de la Universidad Nacional.
Al leer esas biografías oficiales, da la impresión de que Vasconcelos no hizo ni dijo nada en los últimos treinta años de su vida. El periodo que va desde 1929, año en que perdió las elecciones presidenciales, hasta su muerte, en 1959, ni siquiera se menciona.
Los detractores de Vasconcelos, en cambio, suelen recordar que participó en oscuras conspiraciones políticas y subrayan que en muchos de sus escritos defendió posiciones racistas, despreció las culturas precolombinas y fue propagandista de la Alemania Nazi.
Con similar actitud que los de la acera apuesta, quienes remarcan los aspectos más oscuros e indefendibles de Vasconcelos, no mencionan su aporte a la alfabetización y el desarrollo cultural de México.
Ambas posiciones, por incompletas, llegan a ser injustas. Las figuras históricas deben ser recordadas y analizadas de manera integral. Pretender borrar de las biografías todas las virtudes o todos los defectos del personaje no ayuda a comprenderlo.
Por eso quedé muy impresionado por el largo y profundo estudio que Christopher Domínguez dedica a Vasconcelos en su libro Tiros en el Concierto. Con su brillante estilo, Christopher retrata a Vasconcelos de cuerpo entero y ofrece un panorama completo de su vida, su pensamiento, su obra, sus actuaciones y su ideario.
José Vasconcelos (1882-1959) nació en Oaxaca, pasó su infancia en Sonora y estudió durante su juventud en Campeche. Lector voraz y dotado de una extraordinaria inteligencia, llegó a convertirse en un exitoso abogado. Muy joven se integró a la actividad intelectual del recién fundado Ateneo mexicano. Lector de Herbert Spencer y amirador, con reservas, de Auguste Comte, se formó con pensamiento positivista y desarrolló, por otra parte, un obsesivo interés por las culturas clásicas griega y latina.
La rigidez del Porfiriato asfixiaba a los intectuales y la primera participación política de Vasconcelos fue dentro del Club Antirrelecionista, al que ingresó invitado por Francisco Madero. Cuando estalla la revolución, por un breve período estuvo al lado de Pancho Villa y estuvo a cargo, posteriormente, de importantes gestiones encargadas por Venustiano Carranza.
En 1920, Vasconcelos llega a ser rector de la Universidad Nacional y, al año siguiente, Secretario de Instrucción Pública. Desde estos puestos desarrolla su obra titánica. Vasconcelos aspiraba en la unidad iberoamericana pero, desilusionado del caos que siguió a la revolución y tras viajar por todo el continente, llegó a la conclusión de que el sueño de Bolívar no se concretaría por medio de la espada, sino del libro. El mayor problema de América Latina no era tanto el caciquismo o la injusta distribución de la riqueza, sino la ignorancia en que permanecía sumida la mayor parte de la población.
La educación pública, que era una responsabilidad municipal, Vasconcelos la convirtió en prioridad federal. Por toda la República Mexicana se levantaron escuelas, museos, teatros y bibliotecas. El Estado se convirtió en el mayor editor de libros de México. Hay quienes, con una sonrisa burlona, cuestionan la efectividad de que Vasconcelos haya puesto en manos de campesinos que acababan de dejar de ser analfabetos, ediciones de La Odisea o La Eneida, pero lo cierto es que la obra de difusión cultural que llevó a cabo tuvo alcances gigantescos. El Maestro, publicación dirigida personalmente por Vasconcelos, a la que llamaba "revista continental de cultura universal", llegó a circular en todos los países de América Latina. En uno de sus viajes, Vasconcelos tuvo la satisfacción de encontrar ejemplares de El Maestro en una escuelita rural de una remota aldea de Bolivia.
Respetado y admirado por todos los intelectuales latinoamericanos, a Vasconcelos le llovían los elogios. Su teoría de La Raza Cósmica (1925) era, a decir verdad, más aplaudida que estudiada o comprendida. Densa, ambigua, divagatoria y poco estructurada, la propuesta filosófica de Vasconcelos contenía una serie de prejuicios bastante peligrosos que nadie notó en su momento pero que salieron a relucir posteriormente.
Confiado quizá en que su prestigio y sus logros eran credenciales más que suficientes, en 1929 Vasconcelos se postula como candidato presidencial. El momento no podía ser más convulso. México llevaba ya tres años sumido en la guerra cristera. El presidente Plutarco Elías Calles no estaba dispuesto a entregarle el poder a quien, por muchos y fuertes motivos, consideraba su enemigo. Los resultados oficiales le dieron a Vasconcelos menos del diez por ciento de los votos. Los historiadores sostienen que, definitivamente, hubo fraude, pero no está claro si Vasconcelos ganó realmente esas votaciones. Defraudado, dolido e indignado, Vasconcelos se declara ganador, pero sus simpatizantes aceptan, resignados, la derrota.
Tras fracasar en su intento por llegar a la Presidencia, la figura de Vasconcelos inició su declive. Repasando su biografía, da la impresión de que, después de 1929, no había lugar en México para él. Christopher Domínguez sostiene que la sed de venganza lo trastornó. El Maestro de América, acabó esperando una reivindicación que nunca llegó, en un país en que cada vez menos lo tomaban en serio. Llegó al extremo de conspirar junto a Calles, su enemigo de la víspera, contra Lázaro Cárdenas.
Cuando publicó Ulises Criollo (1935), la primera de una serie de novelas autobiográficas en que expone sin modestia ni tapujos sus ideas, su vida y sus miserias, los lectores quedaron estupefactos ante aquellas ochocientas páginas de pasión política y pasión erótica en que Vasconcelos, de manera cruda, llegó a hacer públicas facetas íntimas de su vida personal.
Vendrían luego La Tormenta (1936), El Desastre (1938), El proconsulado (1939) y La Flama (1959).
La opinión de Christopher Domínguez sobre la obra de Vasconcelos es severa. Estos libros, extraña mezcla de opinión, arenga, panfleto, confesiones personales, catarsis, memorias y repaso histórico, aunque fueron leídas originalmente como testimonio, deben considerarse obras de ficción.
"Vasconcelos miente como buen testigo presencial", afirma Domínguez, para quien esta serie de obras no solamente ofrece una imagen tergiversada de hechos conocidos sino que cada entrega es peor que la anterior. La crítica que hace Christopher a La Flama es demoledora. Para él, "Vasconcelos vive peligrosamente y al escribir toma los mismos riesgos" y "En su vida hay más arte que en su obra".
Pero volvamos al pensamiento de Vasconcelos. Al igual que muchos intelectuales de los años veinte, Vasconcelos descreía, o al menos desconfiaba, de las democracias liberales. Resaltaba el concepto de "raza" como fundamento de la cohesión social y exaltaba el nacionalismo. Despreciaba a los masones, miraba con recelo a los judíos y se horrorizaba con verdadero pánico ante el comunismo bolchevique. Poniéndolo todo junto, no sorprende que Vasconcelos haya mirado con simpatía a Adolfo Hitler. De hecho, Vasconcelos estuvo al frente de Timón, la revista de propaganda nazi que publicó en México diecisiete números entre febrero y julio de 1940.
Apartado del protagonismo que una vez tuvo, cada vez más olvidado tanto en su país como fuera de él y alineado con los perdedores en la II Guerra Munidial, el pensamiento de Vasconcelos, expuesto de manera categórica por él mismo, lejos de moderarse, se volvió más amargo. En defensa de lo que consideraba cultura y civilización, aprobó que los conquistadores hubieran destruido ídolos y códices precolombinos. Después de haber sido divulgador de un humanismo clásico enraizado en la filosofía griega, Vasconcelos se convirtió en un místico que pretendía terciar en las discusiones de los Padres de la Iglesia de los primeros siglos y acabó proponiendo una teología desfasada y anacrónica que a la que nadie, salvo Christopher Domínguez, que la analiza de manera admirable, se molestó en tomar en serio.
Vasconcelos rechazó la procreación, elogió la esterilidad y desarrolló una repulsión al cuerpo físico y a toda la parte orgánica de la existencia humana. El simple hecho de comer, era para él un acto asqueroso. En uno de sus últimos artículos, afirmó que lo mejor que le podría pasar al mundo es que la humanidad se destruyera a sí misma con la recientemente inventada bomba de hidrógeno.
¿Qué le pasó a José Vasconcelos? Arrojado, valiente, heroico y realizador de grandes logros antes de 1929. Amargado, pesimista y negativo después de las elecciones que perdió. Su frustración y resentimiento acabaron llevándolo a borrar con el codo prácticamente todas sus propuestas y acciones de juventud. Algunos, como ya se dijo, prefieren rendir tributo al joven e ignorar al viejo. Otros, minimizan sus acciones como revolucionario, rector de la Universidad y Secretario de Instrucción horrorizados ante las declaraciones de sus últimos años.
Christopher Domínguez brinda la visión más completa que he leído sobre el hombre, el literato, el filósofo, el teólogo y el político y, en cada faceta, descubre y demuestra revelaciones sorprendentes. La figura de Vasconcelos es tan compleja que en verdad recomiendo leer las más de cien páginas que, sobre él, aparecen en Tiros en el concierto poder comprenderlo mejor. La tesis que desarrolla Christopher Domínguez es que Vasconcelos quiso ser el padre de la patria, pero sus hijos no lo reconocieron.
Si Vasconcelos hubiera muerto en 1929, probablemente tendría más y mayores monumentos. Si sus enemigos lo hubieran matado, habían hecho de él un mártir. Al seguir viviendo tras haber sido marginado, acabó convertido en un fantasma de otra época que deambuló por el mundo real durante el resto de su vida como un alma en pena.
José Vasconcelos (1882-1959) Filósofo, novelista, revolucionario y gran
impulsor de la educación pública en México.
INSC: 1162

viernes, 18 de marzo de 2016

Elena Gutiérrez y su Caja Negra.

La caja negra. Elena Gutiérrez.
Ediciones Perro Azul, Costa Rica, 2001.
La bailarina y coreógrafa Elena Gutiérrez sorprendió, en el año 2001, al incursionar en la poesía. En La caja negra, su primer libro de poemas, con lenguaje depurado y expresión contenida, esta artista plantea una profunda mirada introspectiva como autointerrogatorio en que las preguntas con frecuencia revelan más que las respuestas. La perspectiva femenina e infantil de cada página, hace que el lector se sienta guiado por una niña curiosa durante todo el texto.
El libro es pequeño, los temas profundos y el lenguaje claro y directo. Tras una vida entera dedicada al escenario, Elena Gutiérrez, al menos por esta vez, ha decidido que su fuerza expresiva no se manifestara en las tablas, sino en el papel.
Resulta palpable que las reflexiones que llenan La caja negra no fueron fruto de la improvisación sino del repaso continuo de divagaciones acariciadas durante años que logran, admirablemente, retratar una vida en menos de un centenar de páginas.
Los poemas vienen separados en cinco apartados temáticos y la obra cierra con el cuento titulado La fiesta del velorio. Muy interesante resulta el hecho de que los poemas aparezcan sin título, como si fueran solamente una fracción de un texto más amplio.
El primer tema que plantea es la existencia. Allí vienen once poemas que, a partir de imágenes cotidianas y, solo aparentemente diminutas, plantean interrogantes sobre el sentido de la vida. Hay una mirada curiosa y una voz insistente que no deja de preguntarse sobre la esencia, el origen y el destino de todo lo que la rodea y, antes de dejarse vencer por sollozos, admite que debe fortalecer las murallas. El sentido trágico de la soledad se manifiesta contundentemente: Has nacido y has muerto./ nadie lo sabrá/ es un secreto.
Pero haciendo a un lado tantas dudas sin respuesta, la protagonista ofrece abrir la caja negra que encierra los motivos de su canto.
Viene entonces De la niña, una serie de poemas que conmueven por lo indefensa que se muestra la voz de la protagonista. Es una voz inocente que mira el vacío dentro de otro vacío, que se pregunta si ella misma será otra dentro del espejo y quien, ante el mar, experimenta la frustración de no haber nacido sirena.
Estos poemas son todo un canto a la inocencia y candidez infantiles que, una vez perdidas, ya nunca se recuperan. La mujer, se nos dice más adelante, jugó, danzó, cantó y amó como una niña, pero sus ojos crecieron grandes y de sus ojos escapó la pena.
El poeta Osvaldo Sauma ha dicho: "De La caja negra me encanta especialemente esa niña que recorre todo el libro. Siempre está presente una mirada femenina e inocente, infantil, que dialoga con el lector y consigo misma y que siempre toca puntos medulares de toda existencia como el amor que no se alcanza o el dolor que no se acaba."
Precisamente, la tercera sección, titulada Del amor, trata de la eterna lucha por interrumpir, así sea momentáneamente, la soledad que sufren todos los que han perdido la inocencia. Los poemas de amor de Elena Gutiérrez no están llenos de suspiros ni palabras dulces. Son más bien poemas dolorosos, con un cierto toque de frustración y denuncia. Se supone que alcanzar el amor es fundamental para que una vida sea completa, pero establecer puentes con el ser amado es siempre una tarea compleja.
Retoma entonces el tema de la existencia, esta vez con un tono más amargo que curioso, pero sin caer en el derrotismo. La vida, para quien la asume a plenitud, llega a ser, como el amor, un trabajo duro.
Esa sensación de lucha desigual, a pesar del despliegue de energía y fortaleza que uno sea capaz de lograr, sigue presente en el último grupo de poemas titulados con la frase de Pablo Neruda "Para nacer he vivido."
Allí el poema, después de recordarnos que el llanto tiene voz de llanto, nos confiesa: "Caminé/ descalza/ huérfana/ adormecida./ A donde Dios me llevara./ Los infantiles días- un huevo podrido/ revuelto en el basurero."
Tras una mirada final sobre el entorno contemporáneo, los poemas cierran con la idea de que los finales existen gracias a los principios.
El libro termina con un cuento breve titulado La fiesta del velorio, que nos permite adentrarnos en el universo particular de una niña que crece rodeada de sombras y dudas. A pesar de las gigantescas presencias de su padre y de su novio, a pesar de su intensa pasión por todo lo que hacía y a pesar de al menos otro ser que habitaba dentro de ella misma, la niña crece, madura y envejece marcada por la inseguridad y sintiéndose desprotegida.
Ese sentimiento de desproporción entre el individuo y el mundo que lo rodea es, precisamente, el queda más marcado en el lector a la hora de cerrar el libro. No se crea sin embargo que se trata de un libro autocompasivo. Nada de eso. Elena Gutiérrez ha podido retratar los temores e inseguridades que en algún momento nos han envuelto a todos, así como la fuerza y determinación con las que todos también debimos hacerles frente.
Leer La caja negra, con su profunda mirada introspectiva,  constituye toda una experiencia de autoexamen de la propia realidad, que viene acompañada con una simbología tan sugerente como sutil. El libro es capaz de contener todo un universo en sí mismo, así como de sostener un diálogo intenso en el que, tanto el texto como el lector, están permanente interrogándose y contestándose.
El enfrentamiento con el mundo se plantea con grandes dosis de desilusión y desencanto, pero salpicado por buenos toques de cinismo.
En cuanto a la forma, resulta admirable el lenguaje depurado y el lirismo contenido que favoreció la concreción de un libro sólido como una roca.
INSC: 1048

domingo, 13 de marzo de 2016

Conferencias de Federico García Lorca.

Ferderico García Lorca. Prosa.
Alianza Editorial. Madrid, 1969.
Tanto durante su vida, como después de su trágica muerte, Federico García Lorca ha sido reconocido y admirado como poeta y dramaturgo. Sus numerosos libros de poemas siguen cautivando a nuevas generaciones de lectores y sus obras teatrales continúan deleitando al público. 
Se ha escrito mucho además sobre su vida y su época, ambas bastante complejas. Los biógrafos de Lorca, verdaderamente minuciosos, no solamente evocan sus dotes de pianista y su labor frente al teatro itinerante La Barraca, sino que hacen conjeturas sobre sus ideas políticas y han llegado al extremo de escudriñar en su correspondencia personal para dedicar abundantes y frecuentes artículos a su vida privada. 
De sus múltiples facetas, sin embargo, hay una, en mi opinión bastante importante, que rara vez se menciona y es, por ello, quizá la menos conocida. Federico García Lorca, además de músico, poeta, director tetral y dramaturgo, fue un conferencista verdaderamente admirable.
Todos sabemos que Jorge Luis Borges y Octavio Paz, además de poetas, eran grandes intelectuales que constantemente eran invitados a disertar sobre literatura en distintos países y ante diversos auditorios. A muchos, sin embargo, les resulta difícil imaginarse a Lorca en el mismo papel. Lo cierto es que dictar conferencias no era, para Lorca, una actividad esporádica sino una práctica profesional. Además de en numerosas ciudades españolas, Lorca pronunció conferencias en Argentina y los Estados Unidos. De hecho, la larga temporada que pasó Federico García Lorca en Cuba, se debió a una invitación para dictar conferencias en toda la isla. 
Lamentablemente, sus conferencias son bastante difíciles de encontrar. En 1969, Alianza Editorial publicó algunas de ellas en un libro titulado Prosa. Repasarlas es un verdadero deleite porque Lorca, como orador, era cautivante desde que entraba en escena. Nunca improvisaba ya que, como hombre de teatro, sabía que no se le podía faltar el respeto al "respetable". 
Sus primeras palabras, estaban dedicadas a ganarse la complicidad del público que estaría, inevitablemente, un tanto receloso. La palabra "conferencia" suena a cátedra, exposición teórica, argumentación y recuento de conclusiones. Se espera que la conferencia tenga más fundamendo que sabor y, en la mayoría de los casos, suele ser nutritiva, pero no deliciosa. En la lectura pública de su romancero gitano, Lorca inicia con estas palabras:

"Yo sé muy bien que eso que se llama conferencia sirve en las salas y teatros para llevar a los ojos de las personas esas puntas de alfiler donde se clavan las irresistibles anémonas de Morfeo, y esos bostezos para los cuales se necesitaría tener boca de caimán."
"Yo he observado que generalmente el conferenciante pone cátedra sin pretender acercarse a su auditorio, habla de lo que sabe sin gastar nervio y con una ausencia absoluta de voluntad de amor, que origina ese odio profundo que se le toma momentáneamente y hace deseemos con ansia que resbale al salir de la tribuna o que estornude de modo tan furioso que se le caigan las gafas sobre el vaso. Por eso, no vengo a dar una conferencia sobre temas que he estudiado y preparado, sino que vengo a comunicarme con vosotros con lo que nadie me ha enseñado, con lo que es sustancia y magia pura, con la poesía".

Solía empezar su disertación sobre las nanas infantiles diciendo: "En esta conferencia no pretendo definir, sino subrayar: no quiero dibujar, sino sugerir. Animar, en su exacto sentido, herir pájaros somnolientos. Donde haya un rincón oscuro, poner un reflejo de nube alargada y regalar unos cuantos espejos de bolsillo a las señoras que asisten".  Y, tras semejante introducción, no solamente exponía sus apreciaciones sobre canciones de cuna que había recopilado en diferentes regiones de España, sino que las cantaba mientras tocaba el piano.
Memorable la conferencia que dictó, en 1927, con motivo del tercer aniversario de la muerte de don Luis de Góngora, en la que reivindica e invita a leer con nuevos ojos la obra del reconocido poeta cordobés del Siglo de Oro. El título de la conferencia es La imagen poética en don Luis de Góngora y, dispuesto a entrar en materia cuanto antes, arranca sin rodeos. "Yo os supongo enterados de quién era don Luis de Góngora y de lo que es una imagen poética" y, de inmediato, pasa a cuestionar la forma en que este poeta era presentado en su momento y, pese a los esfuerzos de Lorca, sigue siendo considerado hoy en día.
La idea general es que Góngora es un poeta muy extravagante que lleva el idioma a retorcimientos y ritmos inconcebibles para una cabeza sana. Lorca, para quien la obra de Góngora es "tan palpitante como si estuviera recién hecha", manifiesta su desacuerdo. No entra a discutir el criterio de quienes sostienen posiciones distintas a la suya, como Marcelino Menéndez Pelayo, pero insiste en que quien desprecia a Góngora es porque no se ha esforzado en comprenderlo.
Lorca sostiene que Góngora es un poeta al que no hay que leer, sino que estudiar a fondo. No es un poeta que se acerque al público, sino uno que el público debe perseguir. Las Soledades, que llegaron a ser consideradas una lacra que hay que ocultar, pueden ser complejas y raras, pero no idescifrables. La búsqueda estética de Góngora lo llevó a un nivel de expresión quizá demasiado sublime, pero valioso. "Mientras todos piden pan", dice Lorca, "Góngora pide la piedra preciosa de cada día."
Tras extenderse explicando su punto, Lorca lee versos de Góngora, seguidos de una explicación aclaratoria. Aquello parece una traducción simultánea. Definitivamente requiere su esfuerzo comprender que Góngora solamente describía a un muchacho pálido y ojeroso cuando escribió: "la cara con poca sangre /los ojos con mucha noche", pero, a fin de cuentas, el contenido del poema se muestra sin misterios a un lector paciente y atento. Góngora, según Lorca, no solamente tenía una lengua aparte sino que, como todo gran poeta, tenía un mundo aparte. Intuía que la naturaleza que salió de las manos de Dios no es la que debe residir en el poema. Lorca concluye que Góngora era suntuoso, exquisito, pero no oscuro. "Los oscuros somos nosotros que no tenemos la capacidad de penetrar su inteligencia."
Una de las conferencias más gustadas era sobre el cante jondo, en la que Lorca, andaluz, explicaba a quienes no lo eran el sentido del duente. En el cante jondo, subraya, no hay medio tono. "El andaluz, o le grita a las estrellas o besa el polvo rojizo de sus caminos." Esta manifestación artística popular, más que la calidad de la ejecución, valora la intensidad del sentimiento. "Los poetas que hacen cantares populares enturbian las claras linfas del verdadero corazón.¡Cómo se nota en las coplas el ritmo seguro y feo del hombre que sabe de gramáticas" "Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica ni la maestría, nos importa otra cosa."
La conferencia titulada Imaginación, inspiración, evasión, es quizá la más abstracta de todas. Existe el prejuicio de que la reflexión teórica afecta negativamente la espontaneidad pero, en música, danza y poesía, sucede todo lo contrario. Los bailarines que, aparentemente, se mueven más libremente y con mayor desenvoltura, son los que más a fondo han repasado sus movimientos. Lorca, que en sus versos da la impresión de ser un poeta espontáneo, juguetón y audaz, comparte, en esta conferencia, su particular concepción del proceso creativo sobre el que, evidentemente, ha meditado a profundidad.
Federico García Lorca (1898-1936)
Pianista, poeta, dramaturgo y, también,
brillante conferencista.
Cree en la inspiración, pero solamente como empuje inicial. El estado de inspiración, dice, es de recogimiento y no de impulso creador. Hay que reposar la visión del concepto para que se clarifique. Se vuelve de la inspiracion como se vuelve de un país lejano. El poema es la narración del viaje. La inspiración da la imagen pero no el vestido.  La imaginación es, para él, mucho más importante que la inspiración. La imaginación es lo que nos permite lograr descubrimientos. La imaginación es el primer escalón y la primera base de la poesía. La imaginación está ligada a la realidad, ya que no se puede imaginar lo que no existe. 
La imaginación es pobre y la realidad la supera porque la naturaleza y el ser humano tienen muchos más matices de los que podemos imaginar. 
Al repasar las conferencias de García Lorca, si uno lee entre líneas, logra descubrir que el gran poeta granadino era en verdad un erudito, aunque la posteridad no lo haya considerado como tal. En todo caso, uno podría suponer que tal vez Lorca lo habría preferido así. Otros poetas, y vuelvo a utilizar los ejemplos de Jorge Luis Borges y Octavio Paz, sí son recordados como sabios y eruditos porque ellos mismos no pudieron mantener oculta su amplia cultura ni su aguda inteligencia. En el caso de Lorca, tal parece que procuraba disimular tanto su sabiduría como su erudición. Menciona como de pasada autores medievales y se refiere una que otra vez a ideas filosóficas, pero no se detiene mucho en la referencia y evita siempre abrumar con más información que la estrictamente necesaria.
El mismo Lorca, en una de sus conferencias, confiesa que evita brindar datos porque, cuando no tienen belleza, cansan al auditorio. En cambio, procura subrayar lo emocional porque al público le interesa más saber si una melodía es triste o alegre, que conocer la métrica con la que está escrita o las influencias que se pueden rastrear en ella. La parte técnica o histórica de una obra de arte, dice Lorca, es algo que el poeta "debe saber pero no repetir", y que, en todo caso, ese tipo de información está al alcance de todos los que quieran averiguarla.
Profundamente personales, en sus conferencias Lorca suelta con frecuencia afirmaciones contundentes. Dice, por ejemplo, que la metáfora está siempre regida por la vista y, por ello, ningún ciego de nacimiento puede ser un poeta plástico de imágenes objetivas porque no tiene idea de las proporciones de la naturaleza.
También afirma que, en cuanto a riqueza de arte popular: "En el mundo, solamente México puede cogerse de la mano con mi país."  Lorca, como se sabe, nunca estuvo en México. Don Alfonso Reyes estaba planeando su visita para que asistiera a representaciones teatrales de su obra y dictara sus célebres conferencias. La gira estaba programada para 1936 pero, aunque estaba muy ilusionado, por motivos personales Lorca fue posponiendo la partida y fue asesinado el 18 de agosto de ese mismo año.
Además de su riqueza de contenido, su tono coloquial y fluido y el encanto de su prosa llena de imágenes sugerentes, las conferencias de Federico García Lorca tienen el atractivo de ser una invitación a meditar sobre determinados temas más que una cátedra con conclusiones expuestas de manera autoritaria.
Respetuoso de ideas distintas a las suyas, Lorca nunca pretendió decir la última palabra. Consciente de los cambios de opinión que vienen con el tiempo, tenía claro que posiblemente, a la larga, ni él mismo sostendría lo dicho. "Este es mi punto de vista actual" decía, "no sé lo que mañana pensaré. No cesaré de darme golpes contra las disciplinas. Todo menos quedarme sentado ante la ventana mirando el mismo paisaje." 
INSC: 0988

sábado, 12 de marzo de 2016

Las edades de Lulú. Novela de Almudena Grandes.

Las edades de Lulú. Almudena Grandes.
TusQuets.  Barcelona. 8 edición. 2002.
Las edades de Lulú, al menos las relatadas en la novela, se limitan a su juventud. La conocemos siendo una adolescente de quince años y la dejamos cuanto apenas ha cumplido los treinta.
Ingenua y bobalicona, la niña se enamora de Pablo, un amigo de su hermano, bastante mayor que ella, quien no deja escapar la oportunidad de terminar de seducir a la muchachita que, en todo caso, se mostró seducida de antemano. 
La iniciación de Lulú en el sexo podría calificarse como una violación o, incluso si consideramos su consentimiento, como un abuso. Inocente como era, supo desde un primer momento que aquellos besos, abrazos y caricias en el cabello no eran más que el preámbulo de una ceremonia de posesión. 
Pablo, además de ser su primer amante en la práctica, fue su maestro de sexo también en la teoría y, ciertamente, a juzgar por las consecuencias, la manipulación que hizo de su cuerpo no fue de tan graves consecuencias como la que ejerció sobre su mente.
Para él, utilizar la expresión "hacer el amor", era un galicismo y una cursilada y, con tono didáctico, le dejó claro a la pobre niña que el amor nada tenía que ver con el sexo. 
Con semejante iniciación a edad tan temprana, la vida sexual de Lulú va desarrollándose en un torbellino de fetiches, dominación, juegos de control psicológicos y físicos y experimentaciones de todo tipo que a la larga no logran ni satisfacer el deseo ni curar la soledad.
A Lulú le gusta cuando logra hacer enojar a Pablo quizá porque esa es la única reacción emocional que puede provocarle.
Está claro que en materia de preferencias sexuales no hay normas, sino que las de cada persona son, de alguna forma, una excepción. Pero, definitivamente, el caso de Lulú es sin lugar a dudas enfermizo ya que ella, en el sexo, no encuentra alivio sino angustia.
Escrita sin pudor ni rodeos, con lenguaje crudo y chocante, la novela está llena de groserías, no todas ellas sexuales. En determinado momento, Lulú recuerda que Pablo le mencionó a un dependiente que se iba "a Filadelfia un par de semanas, para dar un cursillo sobre San Juan de la Cruz a aquellos pobres salvajes, los indios". Si lo que pretendía era menospreciar a los pueblos indígenas americanos, escogió el peor ejemplo posible. Los indígenas Lenape acogieron de manera pacífica la colonización liderada por William Penn (fundador de Pennsylvania) y Filadelfia es considerada, desde el Siglo XVIII, una ciudad de gran actividad cultural en que los pobres salvajes no abundan.  
Pero volvamos al sexo, que es el tema central y único de la novela. Además de sus encuentros cada vez más desbocados, primero con Pablo y luego con otros, Lulú se va involucrando en el mundo de la prostitución. Ella dice que, llegado el caso, preferiría estar del lado de quienes cobran y no de quienes pagan pero reconoce que, en ese mundo, los clientes son los fuertes, ya que son ellos quienes deciden cómo, cuándo, dónde, cuánto y con quién. A la larga, Lulú participará en ambos extremos del negocio.
Son innumerables los encuentros sexuales en que los protagonistas, antes del acto, se miran con desconfianza y hasta con desprecio.
En un instante de lucidez, Lulú descubre que la mitad de su vida ha girado enteramente en torno a Pablo y que ella jamás lograría crecer si continúa a su lado. Su larga carrera de excesos cada vez más arriesgados acaba poniéndola en peligro de perder su vida. El final de la novela, bastante sacado de la manga, es tenso pero, a fin de cuentas, es un final feliz.
Presentada desde su aparición como una novela erótica, Las edades de Lulú es, más bien, una novela pornográfica. Cada acto sexual, cada orgía, cada aproximación de cuerpo a cuerpo, vienen descritos en detalle exhaustivamente con las palabras más soeces y ordinarias. No hay, en todo el libro, ni una sola insinuación que obligue al lector a imaginar la escena. Todo es explícito, tosco, burdo, brutal. Esta característica de la novela puede ser estimulante y atractiva para unos y fastidiosa para otros. No creo, sin embargo, que a estas alturas de la historia este libro sea capaz de escandalizar a nadie. Los lectores curtidos no se escandalizan y los pocos escandalizables que quedan ni siquiera se aproximan a este tipo de literatura.
Las escenas de sexo explícito pueden ser motivo para que unos adquieran el libro y otros se abstengan de leerlo. En marketing, como se sabe, el sexo vende. El libro apareció en 1989 y para 1998 ya contaba con veintitrés ediciones en La Sonrisa Vertical. El ejemplar que tengo es la octava edición de la colección Fábula de TusQuets.
Tantos años, tantas ediciones y tantos lectores después, las opiniones que ha generado este libro se dividen en dos extremos. Para unos, es una novela provocativa y cruda que explora los aspectos más escabrosos de la sexualidad. Para otros, un relato pornográfico sin mayor valor literario.
Debo decir que a mí la novela me pareció bastante aburrida por ser monotemática. ¿Es que acaso toda la vida de Lulú se reducía a su entrepierna? ¿No había alguna otra realidad en su vida, ajena al sexo, que mereciera la pena mencionar? Definida por un solo aspecto, Lulú es un personaje plano, unidimensional y sin matices. Pablo, su hermano y los demás personajes son apenas sombras sin personalidad ni aspectos relevantes. No hay, en toda la novela, personajes que el lector sea capaz de amar o de odiar, de admirar o despreciar, por la simple razón de que no se logra conocer a fondo a ninguno. No hay diálogos que despierten interés, no hay tramas paralelas, no hay ni siquiera pequeñas historias intercaladas. Se trata, simple y llanamente, de pornografía. Directo, de una vez a lo que vinimos, porque en este género el argumento no suma sino que resta.
La pornografía, como es sabido, mucho antes que con fotografías o películas, empezó por la literatura. Los primeros autores que cultivaron el género no quisieron, sin embargo, que firmar sus obras con su nombre. Tal vez preferían permanecer en el anonimato por pudor personal o social o, quizá, no querían que el haber escrito una obra de este tipo afectara su reputación futura como literatos de alto vuelo. Por esa razón, en las novelas pornográficas del Siglo XIX, en lugar del nombre del autor, aparecía simplemente XXX. De ahí viene la costumbre de calificar como "tres equis" a este tipo de material.
Para Carlos Porras con la esperanza
 de que esta historia te gane para
mí como lector. Un beso.
Cuando conocí a Almudena Grandes, le confesé, un tanto apenado, que no había leído ninguno de sus libros. El único que encontré disponible en librerías fue, precisamente, Las edades de Lulú, en el que Almudena tuvo la gentileza de escribirme la siguiente dedicatoria: "Para Carlos Porras con la esperanza de que esta historia te gane para mí como lector. Un beso".
Lo del beso se cumplió, porque en Costa Rica, a diferencia de España, saludamos con un beso y no con dos. Ahora bien, lo de que el libro sirviera para que Almudena me ganara como lector, debo confesar que, no solamente no funcionó, sino que generó una reacción totalmente inversa. Soy consciente de que es injusto juzgar a un autor por uno solo de sus libros, especialmente por uno de características tan particulares como éste. Tengo claro también que la obra narrativa de Almudena Grandes es amplia y diversa, pero aún no me atrevido a leer otro libro suyo. Espero hacerlo pronto y tengo el propósito de que mi lectura sea desprejuiciada. Me he prometido a mí mismo aproximarme a otro libro de Almudena como si nunca hubiera leído Las edades de Lulú
No es por puritanismo ni por mojigatería, sino por puro prestigio literario, que he llegado a la conclusión de que lo más conveniente para el autor es que las novelas pornográficas vengan firmadas con tres equis.
INSC: 1459

Centroamérica e Italia. Ensayos de Franco Cerutti.

Centroamérica e Italia. Franco Cerutti.
Asociación Cultural Dante Alighieri.
Costa Rica, 1984.
Las primeras obras del historiador y crítico literario genovés Franco Cerutti fueron sobre la Edad Media italiana. Cuando se trasladó a Mallorca se convirtió en un acucioso hispanista y durante los últimos treinta años de su vida, que vivió primero en Nicaragua y finalmente en Costa Rica, se dedicó a estudiar la historia y la literatura centroamericanas. 
Escritor prolífico y de estilo ameno, Cerutti era capaz de gastar el tiempo que fuera necesario rebuscando en los archivos para ofrecer a su público, tal vez no muy numeroso pero sí muy atento y agradecido, verdaderas revelaciones.
Una colección de artículos suyos, bajo el título de Centroamérica e Italia, fue publicada por la Asociación Cultural Dante Alighieri en 1984. 
Algunos de los artículos son exclusivamente de tema italiano, como el que dedica al Resurgimento italiano. Otros son más bien puramente centroamericanos, como los que se refieren al teatro en Guatemala o la novela en El Salvador.
Particularmente interesante, es la comparación que realiza de tres cuentos de tres épocas y autores distintos, sobre el mismo tema y casi con la misma trama. El ángel caído de Amado Nervo (1912), El ángel pobre de Joaquín Pasos (1947) y Un hombre muy viejo con unas alas enormes de Gabriel García Márquez (1968), cuentan la historia de una criatura de la corte celestial que, por algún motivo que ninguno de los tres menciona, acaba vagabundeando en esta tierra. Sus alas, al inicio, sorprenden a quienes lo miran pero, con el paso del tiempo, los ángeles acaban convirtiéndose en un personaje más de la aldea. Joaquín Pasos admitió que su cuento estaba inspirado en el de Nervo. Gabriel García Márquez dijo desconocer tanto el cuento de Nervo como el de Pasos y atribuyó la semejanza a una pura coincidencia. El artículo de Cerutti analiza los tres cuentos y llega a la conclusión de que el ángel de Nervo es el más celestial, el de Pasos es el más terrenal y el de García Márquez Márquez no es ni divino ni humano.
Ya en la parte histórica, Cerutti muestra distintas conexiones de Italia con Centroamérica. Menciona a los misioneros italianos en Matagalpa, al obispo Castellani, a médicos como el Dr. Fedele Nobili, a geólogos cono Tito Laganá o el florentino Daniele Del Guidice. Recuerda que Rodrigo Peñalba recibió su formación artística en Italia, que Fabio Garnier tradujo los discursos de Carducci y el poeta Alfonso Cortés los versos de Dante.
Curiosamente no dice nada de los italianos contratados por Minor Cooper Keith que vinieron a Costa Rica a trabajar en la construcción del ferrocarril y protagonizaron la primera huelga de nuestra historia, ni del proyecto de colonización agrícola liderado por el Comandante Vito Sansonetti.
Supongo que la omisión se debe a que son temas muy estudiados y conocidos y Cerutti prefirió referirse a figuras muy importantes pero casi olvidadas, como el Marqués de Lorenzana, por ejemplo. Nacido en México, pero criado en Roma desde pequeño, el Marqués de Lorenzana fue embajador en Roma de Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Ecuador, El Salvador, Guatemala, etc. Vale aclarar que lo de "etcétera" lo he copiado del artículo de Cerutti quien, acucioso investigador como era, tal parece que no pudo ofrecer la lista completa de países latinoamericanos que el Marqués representó en Europa como embajador. Importantísima figura en su momento, hoy, al Marqués de Lorenzana, nadie lo recuerda. 
El personaje más llamativo del libro no es, en todo caso, el bigotón aristócrata y diplomático sino el militar y periodista Fabio Carnevalini.
Nacido en Roma en 1829, republicano y de ideas liberales, Carnevalini se une al ejército y lucha como artillero en la guerra contra Austria, tras la cual, se dedica al Derecho. Recibe entusiasta la proclamación de la República Romana, pero cuando el Papa Pío IX recibe apoyo militar de los franceses y napolitanos y regresa triunfante a Roma, Carnevalini decide emigrar.
El 17 de julio de 1853 se despide de su familia, parte rumbo a Francia y de allí se embarca hacia a los Estados Unidos, donde permanece por un par de años. En los primeros días de abril de 1856 llega a Nicaragua. El 11 de abril, a pocos días de su arribo, ocurre la Batalla de Rivas entre el ejército costarricense y las tropas de William Walker. El día 21 del mismo mes, llega un nuevo contingente de filibusteros a Granada.
Don Fabio, instalado en Managua, solamente una vez tuvo oportunidad de ver en persona a William Walker.
No está claro cómo, cuándo, dónde y en calidad de qué, don Fabio se integra al ejército nicaragüense. Lo cierto es que su experiencia como artillero resulta un apoyo muy valioso y oportuno. En el libro Historia de los filibusteros, de Jeffrey Roche, se cuenta, en el capítulo XIV, un duelo a cañonazos protagonizado en 1857, en la tercera batalla de Rivas por Henningsen, en un lado, y un artillero italiano, en el otro.  No se puede afirmar que dicho artillero fuera don Fabio, pero las posibilidades son del cincuenta por ciento, ya que en el ejército nicaragüense solamente había dos artilleros italianos: Fabio Carnevalini y Alessandro di Ricaditi, que fue el que bombardeó las torres de la iglesia de La Merced en Granada.
Finalizada la guerra contra los filibusteros, Carnevalini se traslada a vivir a León, donde ejerce de profesor de latín y griego en una escuela en que Máximo Jerez daba clases de matemáticas y de gramática castellana.
Durante su permanencia en León, que duró diez años, don Fabio se casa con la joven alemana Virginia Lena.
En 1867 se instala en Managua, donde trabaja como redactor del diario oficial La Gaceta. Al año siguiente renuncia a su cargo periodístico al ser nombrado comandante del puerto de Corinto, pero no tardaría en volver a la ciudad capital y a la actividad periodística.
Movido por la nostalgia, en 1873 regresa a Italia y, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, considera la posibilidad de establecerse en New York. Este largo viaje le permite darse cuenta de que ya ha echado raíces en Nicaragua, su patria adoptiva, a la que retorna con intención de quedarse hasta el final de sus días. Logra alcanzar un considerable éxito en los negocios y compra el periódico El porvenir, al que cambia el nombre por El porvenir de Nicaragua. Intervino activamente en política. Pese a haber amasado una gran fortuna, no deja nunca de dar clases. Escribió numerosas obras didácticas, ensayos, cuentos, poemas y novela de la que se hablará más adelante. Tradujo al español La guerra de Nicaragua, de William Walker. Don Fabio Carnevalini murió en Managua el 25 de marzo de 1896. Al momento de fallecer, tenía cuarenta años exactos de residir en Nicaragua. Fue más el tiempo que vivió en su Nicaragua adoptiva que en su Italia natal. Toda la obra de Carnevalini fue escrita en español y publicada en Nicaragua. 
Aunque perdida, se sostiene que Amor y constancia, de José Dolores Gámez, publicada en 1878, es la novela más antigua de Nicaragua. Sin embargo, Cerutti llama la atención sobre el hecho de que La juventud de Bismark, de Fabio Carnevalini, publicada por entregas en El porvenir de Nicaragua, en 1876 es dos años anterior. De Amor y constancia no queda ni una página. Como no hay una colección completa del periódico en que fue publicada, de La juventud de Bismark no hay tampoco una versión íntegra, pero sí se conservan varios capítulos. El tema de la obra, como el mismo título lo indica, es europeo. 
Siempre es complicado hablar de nacionalidades en asuntos literarios. Podrá discutirse si La juventud de Bismark es una novela nicaragüense, o si Fabio Carnevalini puede considerarse un escritor nicaragüense. Lo que es un hecho indiscutible es que la primera novela escrita y publicada en Nicaragua, es obra de un escritor nacido en Roma.
INSC: 0495

miércoles, 9 de marzo de 2016

Habitación del olvido. Poemas de Alejandro Cordero.

Habitación del olvido.
Alejandro Cordero Vargas.
 Andrómeda. Costa Rica, 2003.
Este es un libro pequeño, de apenas setenta y ocho páginas, y como muchos de sus poemas son apenas de un par de líneas, es posible leerlo entero y hasta repasarlo además un par de veces en cuestión de una hora. 
Pero no se supone que la poesía se lea a prisa. A pesar de su brevedad, o tal vez precisamente por ella, este libro es capaz de transmitir ciertas sensaciones que acaba convirtiéndolo en una obra inquietante de cuya lectura se sale agradecido.
El hecho de que el libro sea limpio, breve, bien medido e inteligentemente dispuesto, favorece la conexión directa con lo que plantea. En Habitación del olvido, de Alejandro Cordero, las piruetas son mínimas, las florituras más que esporádicas y, en cuanto a experimentaciones o desplantes de destreza sencillamente no hay ni uno.
Claro, contundente y al grano, el estilo del libro se sostiene, de principio a fin, con un hilo leve, pero irrompible. Ni una sola ráfaga de suspiros o de lamentos. Ni una sobredosis reiterativa sobre lo que ya se dijo en una sola línea. Ni una pérdida de rumbo entre cimas o abismos emocionales.
Para expresar la intensidad de las emociones, a los poemas de este libro nunca les hizo falta más que plantearlas con una imagen alegórica oportuna. 
La brevedad de un buen número de poemas reducidos  a la mínima expresión, los hace tan ingeniosos e impactantes como un buen graffitti, pero van mucho más allá del viejo truco de soltar golpes de efecto que, por sorpresivos que resulten de entrada, suelen ser de corto alcance.
En su primer libro de poemas, Alejandro Cordero no pretendió demostrar que era ingenioso, ni erudito, ni hábil con el verbo, ni digno de su propia leyenda. Simplemente, al publicar por primera vez, al declararse y asumirse como poeta, lo que hace es compartir con el público una muestra breve e cuidadosamente seleccionada de sus creaciones, cuya lectura constituye un itinerario trazado por el terreno, siempre cautivante, de la soledad y la ausencia. La soledad de quien escribe y la ausencia de quien no está con él.
Podríamos hablar de poesía de fuerte contenido romántico y erótico, pero no como un recuento de los alcances, sino como un anhelo de lo inalcanzable.
De tenue sabor amargo, los poemas de Habitación del olvido plantean la necesidad de compañía y afecto que, con cierta frecuencia en la vida de todos, pareciera que nunca va a estar satisfecha al nivel y con la intensidad deseada. Como muchos otros poetas, entona un canto a la amada pero, en su caso, se trata de la amada ausente, tal vez imaginaria, tal vez inexistente, porque es la suma y la síntesis de las encontradas en el camino. Un canto de amor planteado desde una soledad que busca romperse así sea con fantasías como las del niño que juega con su amigo imaginario.
Habitación del olvido es un poemario sólido y bien logrado que, por ser el primer libro de un poeta joven hasta entre los jóvenes, logra despertar el optimismo sobre lo que puede esperarse de las nuevas generaciones de poetas.
INSC: 1811

Cundila. Novela de Iván Molina.

Cundila. Iván Molina. Varitec.
Costa Rica, 2002.
A veces la realidad se involucra caprichosamente con la fantasía. Las primeras noticias sobre la aparición de la novela Cundila, de Iván Molina, circularon por correo electrónico y da la casualidad de que la obra cierra con uno de ellos. La novela se refiere a las vicisitudes de un investigador que debe tener fe y paciencia antes de encontrar la información que busca. Curiosamente, cuando ya la novela fue publicada, al inicio fue bastante difícil de conseguir. Los rumores, que nunca son de fiar, brindaban diferentes versiones: mientras unos sostenían que Iván Molina había escrito la segunda parte de El Moto, de García Monge, otros decían que se trataba de la recuperación de un documento antiguo o, al menos, del relato de su hallazgo. De esa forma, los lectores interesados en Cundila, acabaron, al igual que Froylán Figueroa, el protagonista de la novela, persiguiendo pistas que a veces desembocaban en un descubrimiento y a veces en un espejismo.
La primera novela del prolífico historiador Iván Molina es, digámoslo de una vez, una obra de suspenso y, como es sabido, siempre resulta difícil reseñar un libro de este tipo porque se corre el riesgo de revelar detalles que hagan que el lector se entere de las claves del enigma antes de su debido momento.
Con el cuidado de no adelantar más hechos que los estrictamente necesarios para una semblanza, la trama va más o menos así: Froylán Figueroa, un antiguo militante de izquierda transformado al cabo de los años en un sereno investigador, descubre el manuscrito de la segunda parte de El moto, de Joaquín García Monge, y se dedica entonces a la tarea de averiguar datos sobre su autenticidad.
Publicada en 1900 y, aunque hubo anteriores, considerada la primera novela costarricense, El moto cuenta la historia de José Blas, un muchacho huérfano y pobre, pero trabajador y de buenas costumbres, enamorado de Cundila, hija de uno de los señores del pueblo. Sus sentimientos son correspondidos y todo parece indicar que el asunto acabará en el clásico "y fueron felices para siempre". Sin embargo, un humilde peón no era lo que el padre de Cundila quería como yerno y, mientras José Blas estaba en cama recuperándose de un accidente con un caballo, Cundila acata obedientemente la orden de su padre de casarse con otro. Recuperado de sus heridas y enterado del compromiso de su amada, el muchacho se va el pueblo.
Ahora bien, según la supuesta segunda parte, más acorde con la corrección política actual de la independencia femenina, Cundila, poco después de la boda y sin haber consumado el matrimonio, abandona a su marido y se va del pueblo en busca de su querido José Blas, a quien encuentra, dormido, en el Parque Nacional al pie del Monumento.
De primera entrada, resulta hasta cierto punto desconcertante que, en el 2002, se le pretenda dar a El moto, el desenlace romántico y decimonónico que García Monge no quiso darle en 1900.  Obviamente, el final feliz propio de la novela romántica del Siglo XIX, habría sido la imagen de los amantes alejándose veloces tras el secuestro dramático que acabó dejando a todos con la boca abierta. Precisamente, uno de los méritos que más se le ha reconocido a El moto a lo largo de más de cien años ha sido su realismo. García Monge, en vez del previsible final lacrimógeno y colmado de suspiros propios de las novelas románticas de su época, optó por pintar las cosas tal y como eran en una sociedad en que la autoridad de quienes tenían el poder, ya sea familiar, político, económico o religioso, se acataba sin chistar a pesar de los injustas que fueran sus disposiciones.
El manuscrito de marras, entonces, no podría ser obra de García Monge quien, en esta novela, optó por el realismo, sino de alguna otra pluma amiga del final feliz, entonces imperante, que quiso darle a El moto el final que creyó que debía tener.
Lo cierto es que en la novela de Molina, esa segunda parte apócrifa de El moto es algo así como el convidado de piedra, ya que, pese a ser el centro de todo el tinglado, nunca se muestra. Se busca, se menciona, se comenta y se cuestiona, pero la verdad es que nunca se encuentra. La búsqueda de ese manuscrito, conocido por referencias pero nunca hallado, genera, conforme la novela avanza, más preguntas que respuestas.
Es decir, contrario a los rumores que anunciaron a Cundila como la segunda parte de El moto, en realidad nos encontramos con que la novela de Molina tiene bastante poco que ver con la de García Monge. Es más bien un relato sobre la búsqueda, sobre las largas horas en el archivo que debe pasar un investigador en espera de que en medio de alguna de las cientos de páginas amarillentas que repasa, aparezca la pieza faltante del rompecabezas que lleva años armando.
Cundila es una novela construida con recursos diversos y narrada por distintas voces. Aunque buena parte la relata el propio protagonista, sus interlocutores, ya sean de carne y hueso o de papel y tinta, toman también la palabra para ir resolviendo juntos un enigma que, hayq ue decirlo, queda abierto. Al terminar de leer la novela, la primera reacción es que el libro quedó inconcluso pero, reposando la sorpresa, se comprende que en el terreno de la investigación y del rastreo del pasado olvidado o desconocido, siempre se avanza pero nunca se culmina.
Un lector de novelas exigente podría reclamarle muchas cosas a este libro. Pero aunque plantee un conflicto único, los personajes no estén construidos a profundidad y con más frecuencia de la comúnmente tolerable se suelten chanitas inoportunas, lo cierto es que Cundila se lee con gusto e interés creciente y su lectura invita a reflexionar sobre el país en que realmente vivimos en contraposición a aquel en que creemos vivir.
Ya sea con lo más inmediato, como las protestas callejeras por el Combo del ICE, o lo más lejano, como los conflictos políticos de inicios del siglo pasado, la "Suiza centroamericana" de nuestras clases de Educación Cívica aparece como una sociedad de reacciones convulsas frente a las transformaciones.
Iván Molina, quien a través de sus múltiples investigaciones históricas ha hecho gala de un estilo sobrio y elegante, accesible y capaz de despertar y mantener el interés del lector, quizá por la rigurosidad propia del oficio de historiador, ha incursionado en la literatura, que es terreno de la fantasía, con demasiada timidez. Muestra de ello es la última página del libro, titulada "Créditos", totalmente fuera de lugar en una novela, en la que no solo aparece la innecesaria explicación de que todos los personajes y acontecimientos son ficticios, sino que además se molesta en identificar los hechos históricos con referencias bibliográficas, así como manifestar la intención que lo motivó a escribir el libro.
La investigación es científica. La literatura es artificio. El historiador, como cualquier investigador riguroso, debe mostrar las bases en que apoya sus conclusiones. El literato, como un mago, nunca debe revelar cómo hace sus trucos. Una de las sensaciones más espinosas que dejan las obras literarias es, precisamente, el no saber nunca cuánto de lo que hay en ella el autor tomó de su experiencia y cuánto de su imaginación.
INSC: 1620

Crónicas y cuentos míos. Aquileo Echeverría.

Crónicas y cuentos míos. Aquileo
Echeverría. Editorial STVDIVM. UACA.
Costa Rica, 1981.
Aquileo Echeverría tuvo una vida breve. Nació el 22 de marzo de 1866 en San José de Costa Rica y murió, en Barcelona, el 11 de marzo de 1909 pocos días antes de cumplir los cuarenta y tres años de edad.  
En vida, solamente pudo publicar dos libros, Romances en 1903 y su célebres Concherías en 1905. Su gran amigo Rubén Darío, con quien había trabajado en el periódico La Unión, de El Salvador, en 1889, en el prólogo que escribió para la segunda edición de Concherías, publicada en Barcelona en 1909, llegó a afirmar que Aquileo era el único poeta de Costa Rica. 
Cuando a Darío estaba yéndole bien en Buenos Aires, le escribió a Aquileo para proponerle que viajara a Argentina y trabajara de nuevo a su lado. El gran poeta nicaragüense consideraba que el talento de Aquileo le permitiría abrirse paso en un universo literario y periodístico más amplio que el del pequeño y aislado país en que vivía. Aquileo declinó la invitación.
Aunque fue edecán del presidente nicaragüense Adán Cárdenas del Castillo, se desempeñó como diplomático en Washington D.C., residió por un par de años en Guatemala, trabajó en El Salvador y, por azares del destino, murió en Europa, Aquileo Echeverría era un gran enamorado de su tierra, de la que no le gustaba separarse por periodos prolongados. Cuando, con los pocos ahorros que había logrado reunir con su modesto sueldo, se trasladó a vivir a la provincia de Heredia, donde puso una pulpería, enviaba sus colaboraciones a los periódicos sin molestarse en venir a la capital.
Aquileo nunca logró la fama internacional que alcanzó Darío. Aparte de las Concherías publicadas en Barcelona en 1909, su obra nunca más fue editada fuera de Costa Rica. Una traducción de sus versos, a cualquier idioma, sería impensable. Aquileo escribió sobre los ticos y para los ticos y, por ello, sus versos quedaron atrapados exclusivamente en su país. 
Naturalmente, la vida en la Costa Rica de hoy es bastante diferente a la de 1905 y los estudiantes de primaria y secundaria, al leer las Concherías,  conforme pasa el tiempo se ven en mayores dificultades para comprender las palabras y expresiones que ha caído en desuso. El disfrute de la picardía y el sentido del humor, sin embargo, se ha mantenido. Casi no hay escolar costarricense que no haya recitado o participado en alguna representación teatral de una conchería.
Benémerito de las Letras Patrias desde 1949, Aquileo es el poeta nacional de Costa Rica. Los premios nacionales de poesía, cuento, novela, ensayo, historia, artes plásticas y música llevan su nombre.
Sin embargo, los relatos en prosa y la obra periodística de Aquileo Echeverría sigue siendo poco conocida.
En 1934, para celebrar los doscientos años de la fundación del primer curato en Heredia, don Joaquín García Monge, por invitación de la Asociación Cultural Ala, seleccionó una muestra de artículos de Aquileo y editó el libro Crónicas y cuentos míos. La antología, que venía presentada con un extenso ensayo de Alejandro Alvarado Quirós, fue muy popular en su momento, pero no fue reeditada.
En 1981, cuando ya de la edición de 1934 no quedaba más que la leyenda, reeditó íntegramente la obra, a la que solamente le agregó una presentación escrita por doña Marilyn Echeverría Zurcher de Sauter, nieta de Aquileo, quien con el seudónimo de Lara Ríos es, como su abuelo, una escritora muy popular. 
Sobra decir que la presentación de doña Marilyn es mucho más agradable que el soporífero ensayo de Alejandro Alvarado Quirós. 
Con prosa abrumadoramente rebuscada y compleja, Alvarado Quirós hace un recuento de la vida y obra de Aquileo que acaba siendo un elogio cauto y con reservas. Las indiscreciones que se permite revelar, totalmente innecesarias, parecieran destinadas a opacar la imagen del poeta a quien le critica el haberse dejado seducir por el éxito del público y no haber realizado una poesía más elevada y universal. Según el, el costumbrismo y el regionalismo no llevan a la gloria, pero lo cierto es que Aquileo sigue siendo leído y admirado en Costa Rica, mientras que Alvarado Quirós no se le recuerda ni aquí ni en ninguna otra parte.
Pero vayamos a los textos de Aquileo. Como colaboraba con distintas publicaciones, sus relatos, crónicas, semblanzas y reportajes aparecieron originalmente en multitud de periódicos y revistas tales como El sol, El noticiero, Páginas Ilustradas, La Patria (donde también aparecían los cuentos de Magón), La República, Pandemónium, El día, La Revista, Notas y letras, El Centinela, Las Fiestas, El periódico, Cuartillas, Guatemala Ilustrada, Revista de Costa Rica El Heraldo, este último dirigido por Pío Víquez. Curiosamente, no hay ni una sola nota de La Unión, de El Salvador, pero no se le puede criticar esta comprensible omisión a don Joaquín García Monge quien sus buenas horas de biblioteca debió haber pasado para reunir tanto material disperso.
Aquileo Echeverría Zeledón. (1866-1909)
En el libro, como en toda muestra antológica, hay un poco de todo. Muy discreto respecto a sí mismo, solamente aparecen unos cuantos recuerdos personales. Cuenta que cuando era niño y se preparaba para hacer la Primera Comunión, al hacer examen de conciencia para confesarse se vio en un apuro. Nunca antes había pensado en sus pecados pero, al repasar los diez mandamientos y toparse con el rotundo "No matarás", recordó que había asesinado a un gato de una pedrada. Suponía que Monseñor Carlos María Ulloa, el confesor, al enterarse de su delito, lo enviaría directamente al infierno.  El día de la confesión estaba tan asustado que se puso a llorar. El cura, para tranquilizarlo, le regaló dulces, Aquileo confesó su pecado y, tras la absolución, logró sacarse la muerte del gato de su conciencia. 
También aparece una nota muy sentimental sobre su hija pequeña, que le pide a Dios protección para sus muñecas. Recuerda que una vez, para ir a echar una serenata, contrataron un músico quien accedió a tocar, siempre y cuando le ayudaran a sacar la guitarra de la casa de empeño. También evoca con nostalgia las veces que iba a nadar a la poza del río Torres, donde comía mango con sal y en la que muchas ocasiones, tras el baño, debió soportar la broma pesada del bizcocho, que consistía en que, quienes se retiraban antes, le hacían numerosos y complicados nudos a la ropa de los que todavía estaban nadando.
Aparecen numerosos obituarios dedicados a José Zorrilla, Manuel Gutiérrez Nájera, Teodoro Yoyo Quirós, Ángel Anselmo Castro, Juan Gutiérrez y Pío Víquez. 
Hay semblanzas de Federico Proaño, Juan Fernández Ferraz (con quien mantuvo encendidas polémicas pero a quien le guardaba un cariño y aprecio que eran correspondidos) y Manuel Argüello Mora, el escritor costarricense sobrino de don Juanito Mora.
Particularmente interesantes son sus reseñas literarias. Comenta los versos de Justo Facio, los cuentos de Ricardo Fernández Guardia y una pieza teatral de Eduardo Casalmigia.
Ya en su labor como reportero, el libro incluye una nota sobre un incendio forestal al norte de Heredia, así como una entrevista que le hizo al presidente peruano Nicolás Pierola quien, al ver impresas sus declaraciones, mandó una carta al periódico en la que afirmaba que Aquileo había tergiversado sus palabras y que la entrevista incluía aseveraciones que él nunca dijo ni diría. Aquileo respondió de manera amable y respetuosa pero contundente. No entró a polemizar con el entrevistado, pero le dejó claro que él, como reportero, pudo haber malinterpretado sus declaraciones pero no inventó nada.
Naturalmente, el libro incluye una buena muestra de notas humorísticas. El artículo en que Aquileo hace una declaración de amor a Miss Tella, es una broma de principio a fin que arranca desde el mismo título. Verdaderamente deliciosas son las páginas dedicadas a la pereza, a las uñas, a la lluvia y al aguacate. Hay hasta una parodia, en verso, de una conversación telefónica, publicada en 1901, cuando el teléfono era una novedad tecnológica asombrosa pero que, como hoy en día, era utilizado para los asuntos más triviales.
El Discurso patriótico y de oposición, es una maestra de ironía en que un orador exaltado denuncia injusticias y atropellos, se queja de la penosa situación que agobia a las mayorías y clama por justicia pero, en cada línea, da muestras de su total ignorancia y queda claro que no sabe de lo que está hablando. Dice que en Inglaterra todo es abundante y barato, al punto que un buen caballo cuesta diez o veinte guineas, de manera que con un racimo uno puede hacerse de una caballeriza. "¿No es ridículo que un país donde el poró brota espontáneamente, se introduzcan parches porosos?" Más adelante afirma que las paperas dan de comer papas, los berrinches de comer peras y la peritonitis de comer peras. El que se casa con una Petra se petrifica y el que se casa con una Ester se esteriliza. Si alguien se casa con una Eva, es inevitable que se evapore.
En cada página de este libro, incluyendo hasta los obituarios y las notas informativas, hay detrás el asomo de una sonrisa. Si hubiera que calificar a Aquileo, habría que decir que era un escritor sonriente. Sus Concherías sigan leyéndose en las escuelas, pero es una verdadera lástima que la recopilación de su obra periodística solamente haya tenido dos ediciones, ambas póstumas, una en 1934 y otra en 1981. 
INSC: 2677

domingo, 6 de marzo de 2016

El padre Juan Garita.

El presbítero don Juan Garita.
Virginia Sandoval de Fonseca.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica, 1977.
El padre Juan Garita, además de sacerdote devoto y dedicado, fue periodista, poeta, políglota y autor de tres pequeñas novelas. Fue además el primer costarricense en escribir una letra para el Himno Nacional. Su obra y su figura no es tan recordada como la de sus contemporáneos Pío Víquez, Aquileo Echeverría y Magón.
Rogelio Sotela, primer historiador de la literatura costarricense, en su obra Escritores de Costa Rica (1942), lo llama "precursor del realismo costarricense, poeta popular de fresca y sencilla musa". Deja constancia, además, que los versos de Garita llegaron a ser muy populares entre los campesinos de su época. Curiosamente no menciona su obra narrativa o periodística.
Abelardo Bonilla, en su Historia de la Literatura Costarricense (1957), considera que la obra de Garita cayó en el olvido porque era muy escasa y de calidad inferior a la de Aquileo o Magón. Álvaro Quesada Soto, por su parte, critica los relatos de Garita por el peso de lo religioso en su visión de mundo. ¿Ignoraría acaso que Garita era sacerdote? 
Pese a haber sido hecho a un lado en la historia de la literatura costarricense, la vida y obra de Juan Garita es verdaderamente interesante. Nació el 14 de febrero de 1859, unos dicen que en Tierra Blanca de Cartago y otros que en San Rafael de Oreamuno. Fue el hijo mayor de Juan Garita Víquez y Juana Guillén Mora. La mayoría de notas biográficas consignan, erróneamente, que su padre se llamaba Rosa Garita, pero en realidad, Rosa Garita Sánchez era su abuelo paterno.
Cursó el Bachillerato en el Colegio San Luis Gonzaga y los estudios eclesiásticos en el Seminario de León, Nicaragua. Las biografías suyas dicen que recibió la ordenación sacerdotal el 20 de diciembre de 1884, de manos del Obispo Bernardo Augusto Thiel, sin embargo, el dato genera ciertas dudas. El obispo Thiel fue expulsado de Costa Rica en julio de 1884 y no regresó sino hasta diciembre de 1886, de manera que no pudo haberlo ordenado en diciembre de 1884. Al menos no en Costa Rica. 
En el año 1885, ya como sacerdote en ejercicio, publicó una hoja suelta en que protestaba por la expulsión del país de los padres Rosero y Marino, profesores del Seminario. Dicha protesta le valió una pena de veinticuatro azotes y seis meses de prisión en la isla de San Lucas. 
Hijo de familia pobre, el padre Garita no disponía de recursos propios. Las comunidades en las que sirvió de párroco (Santa Ana, Santa María de Dota, Paraíso, Escazú, Tabarcia, Térraba, Puriscal, Piedras Negras y Tierra Blanca), eran tan pobres que las limosnas que recolectaba en el templo no le alcanzaban para vivir. Entonces, para ganar su sustento, después de celebrar la Misa al amanecer, se iba a las fincas a trabajar como peón. Cogía café, reparaba cercas y cavaba zanjas junto a las cuadrillas municipales. A los campesinos les impresionaba ver a su párroco trabajando a su lado por el mismo jornal que ellos recibían. El padre Garita , en un pedacito de terreno prestado, cultivaba el maíz y los frijoles que consumía.
En sus ratos libres se dedicaba a estudiar idiomas. En el seminario aprendió con facilidad griego y latín. Más tarde llegó a hablar inglés fluidamente. En una ocasión, mientras conversaba con el obispo Juan Gaspar Stork, empezó a intercalar en la charla palabras sueltas en alemán. El prelado intentó desanimarlo: "Padre Garita, ¿Piensa aprender alemán? Eso no le será muy fácil." 
El padre Garita tomó aquella advertencia como un reto y le pidió al obispo que le diera un año para preparar una conferencia en alemán. El obispo, con sonrisa burlona, le respondió: "Si puede hacerlo, queda autorizado." El humilde cura campesino logró dar su conferencia en alemán, no un año sino seis meses después. En sus últimos años de vida, estaba tratando de aprender chino.
Disfrutaba enormemente de la música. Compuso algunas canciones, tocaba violín y guitarra y formó una filarmónica en Tierra Blanca. 
La música del Himno Nacional, compuesta en 1852, no tenía letra. La primera que tuvo fue escrita en 1873 por el colombiano Juan Manuel Lleras. En 1879, mientras era seminarista, el Padre Garita escribió una letra para el Himno Nacional que poco a poco empezó a desplazar la de Lleras. En 1888, cuando ya la letra del padre Garita se había impuesto, el profesor español Valeriano Fernández Ferraz escribió otra letra. Desde 1888 hasta 1903, en los actos cívicos se cantaba el Himno con cualquiera de las dos letras, la de Garita o la de Ferraz. En 1903, por medio de un concurso, se eligió "Noble patria tu hermosa bandera" de José María, Billo Zeledón, que es la que se canta desde entonces. El himno nacional ha tenido entonces cuatro letras: dos de costarricenses (Garita y Zeledón), una de un colombiano (Lleras) y otra de un español (Fernández Ferraz).
Como periodista, el padre Garita, además de publicar colaboraciones en el Eco Católico y otros periódicos seglares, editaba su propia revista llamada Hogar Cristiano, en la que aparecían sus famosos Diálogos campesinos. En vez de soltar editoriales pesados o notas llenas de datos, el padre Garita se refería a los temas de actualidad por medio de conversaciones casuales de un par de amigos que se encontraban en la calle. Escritos en lenguaje popular, llenos de palabras y expresiones muy ticas, los Diálogos campesinos tenían con frecuencia como protagonista a un personaje llamado Tío Berrinche, especialista en poner el dedo en la llaga. Aunque en los diálogos era jocoso, sus artículos firmados sobre temas políticos eran bastante pesimistas.
El padre Garita escribió tres novelas breves, hoy prácticamente inconseguibles. Pude leerlas gracias a que el libro El presbítero don Juan Garita, de Virginia Sandoval de Fonseca, las incluye completas. Clemente Adán, fue publicada por entregas en el Eco Católico entre mayo y julio de 1901. Conchita fue editada como libro en 1904. Y Juanita Ruiz (Los héroes inéditos) apareció en El independiente en noviembre de 1911. Se dice que el padre Garita escribió una cuarta novela, pero no se conserva ni el título. 
Clemente Adán cuenta la historia de un subdiácono de la época de la Colonia que, tras un período de enfermedad, se interna en el bosque y acaba viviendo entre los indígenas de Guatuso. Tiene su toque de aventura y suspenso. Juanita Ruiz (Los héroes inéditos) está también cargada de aventuras. Una pareja joven de Esparza debe huir y acaba refugiándose en la Isla del Caño. Sin mencionar su nombre, en esta obra muestra cómo, en la época del General Tomás Guardia, hasta una denuncia anónima de conspiración podía llevar a un inocente a la cárcel. El obispo Thiel, este sí bien nombrado e identificado, es personaje de la novela. Conchita es un relato inspirado en un hecho real. Esta historia, sentimental y compleja, es, en mi opinión, la mejor lograda de las tres novelas de Garita. Imaginándome los escenarios, los personajes y los acontecimientos, me pareció perfecta para ser adaptada en una película breve.
Algunos críticos, Álvaro Quesada Soto entre ellos, han calificado como ingenuas y pobremente construidas las novelas de Garita. La misma crítica podría hacerse a las de Manuel Argüello Mora, otro narrador fundacional de la literatura costarricense, también hecho a un lado por los historiadores literarios. Tanto el interés del público como los recursos de edición disponibles en aquella época hacían imposible la publicación de obras extensas y complejas. 
Un dato interesante. Los historiadores literarios afirman que el costumbrismo estuvo limitado, tanto en temas, personajes, escenarios y público, a la meseta central y no sería sino hasta la generación del cuarenta, con Manglar (ambientada en Guanacaste) y Mamita Yunai y Puerto Limón (ambientadas en el Caribe), que la literatura costarricense se refirió a las costas. Pues bien, la historia de  Juanita Ruiz (Los héroes inéditos) empieza en Esparza, sigue en Puntarenas, pasa a Térraba, se detiene un momento en la isla del Caño, vuelve al puerto y termina en Esparza. Esta novela debería ser reconocida al menos como el primer paseo literario por la costa pacífica del país.
Juan Garita Guillén (1859-1914)
Sacerdote, periodista, poeta y narrador.
El padre Juan Garita escribió antes que Magón, que Aquileo o que García Monge. Estos tres escritores muestran a los campesinos como personajes ingenuos y en gran medida pintorescos. Escriben sobre ellos con cariño y benevolencia pero, tal vez sin percatarse, en muchas ocasiones los caricaturizaron. Ni Magón, ni Aquileo, ni García Monge cogían café, ni cavaban zanjas, ni reparaban cercas ni cultivaban la tierra. El padre Garita sí. Pese a dominar varios idiomas y haber estudiado Filosofía y Teología, el padre Garita, hijo de campesinos, fue toda su vida un campesino. No hay, en toda su obra, ni una sola burla a los peones descalzos. Si utiliza el lenguaje campesino, es porque era el suyo también.
Por cierto, me llamó poderosamente la atención que la palabra "salveque" o la expresión "no me cuadra" por "no me gusta", fueran comunes desde hace más de cien años.  
Los versos del padre Garita fueron publicados como libro en 1908 con el título Composiciones poéticas. Fábulas y fabulillas. Son, como dijo el poeta Rogelio Sotela, frescos y sencillos. Escribía poemas sobre gallinas, bueyes, yigüirros y otros animales para deslizar preocupaciones sociales o filosóficas. No hay en su poesía temas enigmáticos ni estructuras complejas. Dejó escritas críticas a los poetas grandilocuentes. "Yo les perdonaría ese modo de decir a los sabios de verdad, que siempre resultan claros, pero no a los aprendices, pues se me figura que ni ellos entienden lo que ponen. Yo me figuro que el escribir decente consiste en usar bien las reglas de la gramática y no en escoger palabras desconocidas para una cosa conocida."
En su poema Receta para componer versos, en tono irónico aconseja al aprendiz de poeta lo que debe hacer para conquistar la gloria: 

Entresaca un costal de consonantes
vengan o no con materia prima
ponlos en runflas, perlas y diamantes
y ellos solitos buscarán la rima.

De las cosas maldice y de los hombres
pero en lenguaje que ni tú comprendas
nunca llames las cosas por su nombre
así fama tendrás sin soltar prendas.

El poema Los cuatro borricos y el que dedica Al Aguacate son una verdadera delicia de ingenuo y humor. Su poema El mundo, dedicado a don Aquileo Echeverría, pese a ser de tono un tanto pesimista, tiene también sus guiños cómicos.
El padre Juan Garita Guillén murió el 18 de enero de 1914. Fue sepultado en el atrio de la iglesia de Tierra Blanca pero, en 1969, sus restos fueron trasladados al cementerio local. 
INSC: 1854
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