viernes, 25 de noviembre de 2016

Poesía del padre Azarías H. Pallais.

Antología. Azarías H. Pallais.
Selección y prólogo: Ernesto Cardenal.
Editorial Nueva Nicaragua, 1986.
Azarías H. Pallais era alto y enjuto, pero esa no es la razón por la que es recordado como una figura quijotesca. Sacerdote, poeta, protector de los necesitados, punzante periodista, dirigente obrero y severo crítico de la dictadura, tal parece que el padre Pallais, como el Ingenioso Hidalgo, se había propuesto dedicar su vida a enderezar tuertos y deshacer agravios. 
Catequista desde que era niño y profesor desde que era estudiante, cursó sus estudios de Filosofía, Derecho Canónico y Teología en Francia, Bélgica y Roma, donde obtuvo su Doctorado. Autor de numerosos libros de poesía y colaborador habitual en los periódicos, era un sabio al que no le gustaba relacionarse con intelectuales, un poeta que prefería no formar parte de los círculos literarios, un líder popular que no pertenecía a partido alguno y un sacerdote que hacía y decía lo que le parecía correcto sin darle mayor importancia a lo que pudiera pensar, decir o hacer, su obispo.
En 1911, el mismo año que regresó de Europa con su título bajo el brazo, pronunció un sermón tan audaz que, no solo escandalizó a los feligreses más conservadores, sino que le generó una suspención por parte de sus superiores. 
Poco después, en 1917, debutó como poeta con su libro Bajo la sombra del agua y en 1923 lo encontramos arengando a los obreros a no claudicar en la lucha por sus derechos. Los últimos catorce años de su vida los pasará en la costera población de Corinto.
El padre Pallais nació el 3 de noviembre de 1884 en León, Nicaragua, hijo del Dr. Santiago Desiderio Pallais y de doña Jesús Bermúdez Jerez, sobrina del General Máximo Jerez quien, además de caudillo liberal, fue el padrino de bautizo de Rubén Darío. En honor a su abuelo paterno, Henri Pallais, un francés que había emigrado a Nicaragua a principios del Siglo XIX, firmaba como Azarías H. Pallais.
Durante los años que pasó en la Universidad de Lovaina fue pupilo del Cardenal Désiré Joseph Mercier quien es recordado tanto por su profundo misticismo como por sus rigurosos estudios, sus vehementes llamados y sus audaces acciones en favor de la justicia social. Bajo la tutela de su mentor, el padre Pallais hizo una gran amistad con su condiscípulo, el costarricense Jorge Volio, otro sacerdote quijotesco con quien se volvería a encontrar en Nicaragua, luchando contra la invasión de los marines americanos. Durante su permanencia en Europa, por cierto, conoció a Darío.
Junto con Alfonso Cortés (1893-1969) y Salomón de la Selva (1893-1959), el padre Azarías H. Pallais forma parte de la generación de poetas nacidos en León, Nicaragua, inmediatamente posteriores a Rubén Darío. Sus libros, sin embargo, son bastante difíciles de conseguir.
Tras su muerte, en 1954, sus poemas siguieron leyéndose y comentándose, pero no fueron reeditados hasta que, en 1986, Ernesto Cardenal, recopiló toda la poesía de Pallais en una Antología que fue publicada por la Editorial Nueva Nicaragua en un tiraje masivo.
En el prólogo, el Padre Cardenal, quien comparte con Pallais la doble condición de poeta y sacerdote, afirma que, en la vida y obra de Pallais, no pueden separarse esas dos facetas. "Su poesía es sacerdotal y su sacerdocio fue poético." Tampoco se pueden separar su vida y su obra: "Escribió lo que vivió y vivió lo que escribió."
También cuenta impresionantes anécdotas, no solamente las más conocidas, como la vez que fue vetado para un Doctorado Honoris Causa o cuando Anastasio Somoza frustró su viaje a Europa porque: "Si así me ataca dentro del país, ¿Cómo lo hará afuera?"
El retrato que hace Cardenal de Pallais, más que de un Quijote, parece de un Francisco de Asís o Felipe Neri. Llega a afirmar que Pallais era un verdadero santo y, por eso, las personas muy religiosas no lo comprendían.
Azarias H. Pallais. (1884-1954)
Extremada y voluntariamente pobre, Pallais no tenía más posesiones materiales que sus libros, su cama y su escritorio. Todos los regalos que recibía iban a dar, casi de inmediato, a las manos de sus protegidos: los presos, los niños lustradores de zapatos, las prostitutas, los vagos, los borrachines. En su casa no había nada guardado con llave porque los cerrojos, decía, son un invento demoniaco. Daba albergue a quien no tuviera un lugar donde dormir y si, a la mañana siguiente, descubría que le habían robado algo, no le importaba. Una vez le regalaron unos números de lotería y pegó el premio mayor. La persona que le había dado los boletos le escribió para rogarle que guardara algo para él, que no lo regalara todo, pero el padre Pallais le respondió que su carta había llegado demasiado tarde.
Los pequeños comentarios que publicaba en el periódico, con el título de Glosas, iban al grano sin muchos rodeos. Simplemente mencionaba el hecho y cerraba con su opinión. En el libro aparece una formidable.  Unos jóvenes, a los que llama "pequeños ladrones, hermanitos parvulillos que para vivir tienen que robar",  tras ser atrapados por las autoridades, fueron rapados y obligados a caminar por las calles en un desfile ruidoso para que los vecinos los reconocieran. Ante la humillación de que fueron objeto los delincuentes, el padre Pallais da una explicación de los hechos: "¿Qué pasó? Que los verdaderos y grandes ladrones hicieron caminar por la calle a ladroncillos inifinitesimalmente más pequeños."
Con todo y la admiración que muestra por él, Cardenal anota que Pallais se declaraba socialista pero, al mismo tiempo, era un enemigo declarado de los bolcheviques. Doctor en Teología y practicamente de un cristianismo puro e intenso, apoyaba, propiciaba y se deleitaba en las manifestaciones de religiosidad popular que rayaban en la superstición. Críticaba duramente la dictadura de Somoza, pero era admirador de Francisco Franco. Como cualquier otra persona, Pallais en algunos aspectos fue un personaje adelantado a su época y, en otros, un hombre de su tiempo.
Su poesía, como es fácil de suponer, tiene una fuerte carga ética. Alaba la bondad y denuncia las malas acciones. Celebra todo lo bello que hay en la naturaleza y las personas, a la vez que desprecia la vanidad y el egoísmo. También, por supuesto, hay poemas de tema religioso, especialmente en su libro Bello Tono Menor, pero Pallais es mucho más que un cura que escribe poesía. Es un observador atento a todo lo interno y lo externo, lo visible y lo invisible, lo material y lo espiritual.
Sus poemas no son pretenciosos ni grandilocuentes. Todo lo contrario: el vocabulario es simple y las composiones son breves, muchas de ellas de apenas dos versos rimados. Nada de retruécanos, florituras ni imágenes artificiales puramente decorativas. Sus poemas se limitan a plasmar con palabras lo deseado, lo visto, lo vivido o lo pensado. Hubo quienes en su momento, tildaron de absurdo y rebuscado el título de su primer libro Bajo la sombra del agua, sin saber que Pallais compuso la mayoría de esos poemas, escondido detrás de una cascada.
Ideas, imágenes, sentimientos y emociones que se arrojan como lanzas o dardos. Instantes capturados con pocas palabras. Suspiros y anhelos de un alma noble.  Los poemas de Azarías H. Pallais no son los de alguien que vive en su propio mundo, sino los de quien, como Don Quijote, es capaz de ver, detrás de lo ordinario, lo sublime.
INSC: 2414

sábado, 19 de noviembre de 2016

La Décima Borinqueña de Salvador Tió.

Salvador Tió. Soy boricua porque soy.
Editorial Plaza Mayor. Puerto Rico.  1995.
La décima borinqueña, forma tradicional de cantar versos en Puerto Rico, tiene su origen en el Siglo de Oro español y Salvador Tió (1911-1989) es sin duda uno de sus grandes maestros. Desbordantes de ingenio y humor, sus rimas son perfectas en la forma y ricas en contenido.
Hay quienes, equivocadamente y por puro prejuicio, sostienen que los formatos estrictos no son compatibles con la expresión espontánea y que las normas de "poesía culta" no se aplican en las creaciones populares. Quienes así opinan, probablemente no le han prestado suficiente atención a las décimas.
Vicente Gómez Martínez Espinel (1550-1624), sacerdote, músico, escritor y poeta malagueño, es considerado el padre de la décima, razón por la cual este tipo de poemas es conocido también como "espinela".  En su época, justamente conocida como el Siglo de Oro de la Literatura, surgieron en España gran cantidad de poetas (Quevedo y Góngora son los más conocidos pero la lista es verdaderamente enorme), que experimentaron con todos los temas y formas posibles. El padre Espinel apostó por cultivar composiciones de diez versos octosílabos con rima trabada. En el campo de la música, por cierto, Espinel fue quien tuvo la feliz idea de agregar una quinta cuerda a la guitarra. Jamás podría haberse imaginado que, unos cuantos siglos después, los payadores de Chile, Argentina y Uruguay, así como los trovadores puertorriqueños cantarían en décimas. En el Cono Sur, las payadas se cantan tocando guitarras de seis cuerdas, pero en Puerto Rico lo tradicional es acompañar las décimas con un cuatro, es decir, una guitarra de cuatro cuerdas como las que conoció y mejoró Espinel.
Se cree que fue en el Siglo XVII que la décima empezó a ser conocida en los pueblos de la costa y del interior de Puerto Rico hasta llegar a convertirse en el canto popular por excelencia de la isla. Componer poesía es, definitivamente, algo complicado. Acomodar lo que se quiere decir en versos de cierto número de sílabas que rimen con una secuencia determinada hace un poco más difícil el asunto. Pero en Puerto Rico, los buenos trovadores no solamente escriben y declaman décimas, sino que además las cantan y las improvisan en el momento. 
La gran mayoría de poetas reconocidos de la isla, como José Gautier Benítez, José de Diego, Virgilio Dávila, Luis Llorens Torres, Luis Palés Matos, Francisco Matos Paoli, Juan Martínez Capó, Andrés Castro Ríos, Francisco Matos Paoli, entre otros, han cultivado la décima, ya sea en creaciones elevadas y ambiciosas o en su juguetona y divertida versión popular. Pero las décimas de Salvador Tió son sin lugar a dudas las más celebradas y recordadas por los boricuas.
Salvador Tió. (1911-1989)
Salvador Tió fue un gran humanista. Inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Columbia en New York y los finalizó en la Universidad Central de Madrid pero, en vez de ejercer como abogado, prefirió ser literato, editor y periodista. Publicó relatos en que mostraba la vida sencilla del pueblo, ensayos, biografías e incontables poemas. Llegó a ser presidente del Ateneo y de la Academia Puertorriqueña de la Lengua, pero siempre fue un autor respetado, querido y muy leído por el pueblo sencillo. Como dato curioso, a Salvador Tió se le atribuye ser el creador del término "Spanglish" para denominar la costumbre, cada vez más extendida, de mezclar el español y el inglés.
En 1995, la Editorial Plaza Mayor, publicó el libro Soy boricua porque soy, que recopila numerosas décimas inéditas de Salvador Tió. La mayor parte de la antología está dedicada a poemas de amor un tanto picarescos ("Como echo de menos lo que tú tienes de más"). Hay también recuerdos nostálgicos de la infancia ("De allí guardo en la memoria el rostro de los abuelos") y algunas composiciones patrióticas con cierto tono de denuncia y protesta ("No invento penas por gusto/ pero el mal que me rodea/ tiene la cara tan fea/ que se muere uno del susto").
En los tiempos de Salvador Tió no se hablaba aún de feminismo, sino de liberación femenina. Mucho antes de que la tan llevada y traída teoría de género cuestionara si las diferencias de sexo son naturales o culturales y planteara que la relación entre hombres y mujeres está marcada por la dominación y el abuso, Tió compuso una décima que vale la pena leer.

Liberación Femenina


La ley de la evolución
aceptada por la ciencia
apunta la diferencia
entre mujer y varón.
A una diferenciación
que Charles Darwin apunta
no quiero sacarle punta
porque la cosa es muy clara.
Aquello que nos separa
es lo mismo que nos junta.

De izquierda a derecha; José Buitrago, Arturo Morales Carrión,, Enrique Laguerre,
Teodoro Vidal, Eugenio Fernández Méndez, Luis Muñoz Marín, Salvador Tió
y José Trías Monge.
INSC: 2060

lunes, 7 de noviembre de 2016

Camilo José Cela en Ecuador.

Camilo José Cela en la Academia Ecuatoriana.
Carlos Joaquín Córdova, Alicia Yáñez Cossío,
Susana Cordero de Espinoza, Jorge Salvador
Lara, Hernán Rodríguez Castelo.
Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Ecuador. 2002.
Todas las notas biográficas de Camilo José Cela mencionan que, a mediados de los años cincuenta, se trasladó a Venezuela y que por encargo del dictador Marcos Pérez Jiménez escribió la novela La Catira, publicada en 1955. Pocos saben, sin embargo, que el primer viaje de Cela fuera de Europa tuvo lugar apenas un par de años antes de su residencia venezolana, cuando fue invitado a visitar Ecuador.
El responsable de ese primer viaje trasatlántico del célebre escritor gallego fue don José Martínez Cobo, joven ecuatoriano a quien el gobierno de su país había becado para que cursara estudios en Madrid. Durante los cuatro años que tardó en concluir su carrera (1949-1952), Martínez Cobo se hospedó en una residencia llamada "De Relaciones Culturales", dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y ubicada en el número 4 de la calle Granja. Además de becarios latinoamericanos, en ese sitio paraban estudiantes españoles de provincia. Aunque por esa época Cela ya había abandonado los estudios formales y se buscaba la vida lo mejor que podía, por algún motivo acabó alojándose en esa casa.
Durante las inagotables tertulias que marcaron el inicio de una relación que con los años iría haciéndose más estrecha, Martínez Cobo tanto le habló a su nuevo amigo de las bellezas de Ecuador que acabó despertando en él la necesidad de confirmar con sus propios ojos, como Santo Tomás, si todo lo que le habían dicho era verdad. En aquellos tiempos España vivía una situación económica verdaderamente difícil que el propio Cela ya había retratado, con amplitud y crudeza, en su novela La Colmena. Sin embargo, pese a lo difícil que era reunir dinero para satisfacer las necesidades más elementales, don Camilo, soñando despierto, afirmó que, de lograr un golpe de suerte, estaría dispuesto a sacrificarlo para irse de viaje a Ecuador.
El golpe de suerte ocurrió, pero el sacrificio no fue necesario.
Apenas regresó a su país, ya con el título de Doctor en Derecho, José Martínez Cobo fue nombrado Ministro de Educación y una de sus primeras iniciativas en el cargo fue invitar a Camilo José Cela a visitar Ecuador como huésped oficial. 
La noche que aterrizó en Quito hubo una recepción en la Embajada de España. Don Jaime Dousdebés Carvajal, el encargado de recogerlo en el aeropuerto, se vio en apuros ya que Cela, al principio, se negó a acompañarlo. No le parecía nada atractivo ni interesante, en sus primeras horas en el continente americano, irse a meter a la Embajada de España. La sed por una copa acabó convenciéndolo. En el camino, se detuvieron en cuanto negocio abierto encontraron, pero en ninguno pudo Cela conseguir tabaco negro.
Cela era por ese entonces un hombre joven, tenía apenas treinta y siete años, pero ya había alcanzado, entre los círculos de lectores, la estatura de celebridad. La familia de Pascual Duarte, de 1942, le generó una fama instantánea y La Colmena, publicada en Buenos Aires en 1951 (hacía apenas dos años), era todavía el libro del momento.
Pronto hizo amistad con los intelectuales, artistas y escritores locales. Recorrió sin prisa la capital ecuatoriana, deteniéndose en los museos, los templos y los palacios coloniales. Frecuentó bibliotecas y centros culturales, dictó conferencias y disfrutó de interminables tertulias vespertinas en los cafés. Pasó varios días en la ciudad de Ambato y visitó también Cuenca y Guayaquil. Se sentía tan a gusto en cada sitio que resultaba difícil convencerlo de desplazarse a otra población. En Ecuador estuvo siempre alegre y contento y quienes lo atendieron, desde catedráticos hasta empleados de fondas y pensiones, nunca encontraron en él un temperamento difícil ni sufrieron los desplantes toscos o arrebatos egocéntricos que, muchos años después, serían frecuentes en él. 
Al amplio y sonoro anecdotario de salidas de tono de Camilo José Cela, su presencia en Ecuador no tiene nada que agregar. 
El Camilo José José Cela que visitó Ecuador en 1953 era un joven alto y extremadamente delgado, de conversación inteligente y modales refinados que logró ganarse la simpatía de sus anfitriones. Cuando Martínez Cobo lo llevó a conocer al Presidente de la República don José María Velasco Ibarra, quien ejercía entonces el tercero de sus cinco mandatos, le advirtió que el gobernante estaba sumamente ocupado y no podía dedicarle más de diez minutos. Para desesperación de los ministros que esperaban en la antesala, la conversación entre Cela y Velasco se prolongó por más de dos horas.
En el año 2002, poco después de la muerte de Cela, con el auspicio de la Embajada de España en Ecuador, se publicó un libro en el que, además del recuerdo de la visita, se incluyen apreciaciones sobre su obra realizadas por miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Susana Cordero de Espinosa comenta La Familia de Pascual Duarte, Alicia Yáñez Cossío, La Colmena, Jorge Salvador Lara, El viaje a la Alcarria y Hernán Rodríguez Castelo, Mazurca para dos muertos.
Confieso que los datos sobre la presencia de Cela en el país sudamericano son mucho más interesantes que los análisis literarios. Aunque toda apreciación es respetable y valiosa, a veces los estudiosos de la literatura se distraen al reproducir las opiniones de otros o llevan su lectura hasta extremos inverosímiles.
En el texto de Alicia Yáñez Cossío sobre La Colmena, aparece una larga cita textual de Gonzalo Torrente Ballester en que le reclama a Cela no haber explorado más a fondo la vida de la multitud de personajes de La Colmena, de los cuales, mientras salta de uno a otro, solamente menciona hechos y situaciones concretas. "El lector pierde ese asidero por el que podría enterarse de una vida entera", dice Torrente. "Tenemos de cada uno de ellos preciosos datos: cómo hablan, cómo se mueven, cómo visten, o cómo viven, pero no sabemos cómo son. Hay que preguntarse si Cela cree que los hombres sean de alguna manera, si le interesan de verdad los hombres, o solo sus actos aislados."
Colgándose de esta cita, Alicia Yáñez de Cossío, reconoce que los personajes que se entrecruzan por los caminos de la miseria y la tristeza, muestran tanto su bondad como sus flaquezas, pero "subsiste el deseo de conocer algo más de todos esos seres que han penetrado tan hondo."
Mi impresión es que, por su deseo de mayores detalles, ni Torrente ni Yáñez se tomaron la molestia de leer el título del libro. Aunque en La Colmena aparecen más de trescientos personajes, el protagonista del libro es solo uno: la ciudad de Madrid. Dice el refrán que a veces los árboles no dejan ver el bosque. En este caso, la curiosidad por la vida de cada abeja les impidió ver la colmena.
Jorge Salvador de Lara, por su parte, al analizar El viaje a la Alcarria, quiso ser exhaustivo y no supo cuándo detenerse. Como viajero, Cela observa el entorno y escribe sobre todo lo que se encuentra: personas, casas, árboles y, también, naturalmente, animales. Pues bien, Jorge Salvador de Lara, leyó El Viaje a la Alcarria con lupa y con pinzas y ofrece, en listas separadas, las citas textuales de las menciones que encontró en el libro sobre insectos, aves, reptiles, anfibios y mamíferos. La Alcarria es una región situada en tierras altas y, tal vez por eso, Jorge Salvador de Lara no elaboró una lista de peces. Algún día, supongo, un lector tan acucioso como él repasará el libro de principio a fin para ver si, en los ríos o en los platos, hay algún pez.
El propio Camilo José Cela decía que el genio de Cervantes era tan grande que no había podido ser opacado ni siquiera por los cervantistas. Algo similar se puede decir sobre él mismo. Los libros de Cela son tan magistrales que resistirán hasta a los elogios de sus lectores obsesivos.
El primer viaje al otro lado del mundo es inolvidable y se recuerda con cariño y nostalgia.
En su libro La rueda de los ocios, publicado en Barcelona en 1957, Cela escribió:

"...pequeño y bravo, armonioso y nobilísimo, recoleto y gentil, el Ecuador, ese rincón del mundo erizado de montes y poblado de cortesía, que sabe acoger con los brazos de la amistad abiertos de par en par como un balcón alegre y caritativo..."

"...un país puesto por Dios en la tierra para sobrecoger a la gente bravía, espantar al débil, y servir de ejemplo a quienes requieran de firmes ejemplarios..."

Camilo José Cela (1916-2002). Su primer viaje fuera de Europa fue a Ecuador
en 1953. Era entonces un hombre joven, alto y delgado, ya célebre por sus
novelas La Familia de Pascual Duarte y La Colmena, 
INSC: 1776

sábado, 5 de noviembre de 2016

Arturo Echeverría Loría.

Arturo Echeverría Loría. De artes y letras.
Edición: Víctor Julio Peralta. Portada: Manuel
de la Cruz González. Editorial Costa Rica. 1972.
Arturo Echeverría Loría (1909-1966) fue poeta, editor, crítico de arte, colaborador del Repertorio Americano y amigo cercano de don Joaquín García Monge, editor de la revista Brecha y director de la Editorial Costa Rica. Hombre de gran sensibilidad artística, supo aprovechar sus largos y frecuentes viajes para estudiar a fondo tanto las obras clásicas como las nuevas tendencias. El tiempo que vivió en la gran ciudad de New York le hizo descubrir una soledad por entonces desconocida en la bucólica población de San José de Costa Rica, donde había nacido y vivido toda su infancia y juventud. Tras un largo periodo de residencia en México, donde cultivó la amistad de pintores, escritores, poetas e intelectuales de renombre, regresó a su patria convertido en crítico de arte.
Don Francisco Amighetti dejó escrito que fue Arturo Echeverría Loría quien, por su gran entusiasmo, lo llevó a descubrir y valorar la poesía francesa. Ansioso de satisfacer su gran interés por el arte y la literatura, Echeverría Loría se convirtió en un lector voraz, en un erudito de cultura enciclopédica que leía mucho más de lo que escribía.
Bastante joven, en 1937, publicó Poesías y, tras este debut tempranero, pasarían casi veinte años hasta la aparición de su segundo libro.
En 1956, a propósito del centenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker, Arturo Echeverría Loría editó una obra titulada Juan Rafael Mora. El Héroe y su pueblo. en la que hacía una semblanza de su ilustre bisabuelo.  Doña Clemencia, la madre de Arturo, era hija de Juanita Mora Aguilar, la última hija de don Juanito Mora y doña Inés Aguilar Cueto.
Años después, vendrían Fuego y Tierra (1963), Himno a la esperanza (1964) y Elejía Desastillada (1966). Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas mexicanas y sus artículos de crítica literaria y artística aparecían diversos periódicos. Dos años después de su muerte, la Editorial Costa Rica publicó su obra teatral La Espera. Sus relatos y gran parte de su obra poética quedaron inéditos.
En 1972, la Editorial Costa Rica decidió realizar cuatro entregas con la obra de Arturo Echeverría Loría. El primer libro con artículos, comentarios y ensayos sobre arte y literatura, el segundo con sus relatos y obras de teatro, el tercero con la poesía que dejó inédita y el cuarto con una recopilación de los libros de poesía que publicó en vida.
No sé si el proyecto llegó a concretarse o quedó a medias. El único de los cuatro libros que he logrado encontrar ha sido el primero, titulado De artes y de letras, en que aparecen comentarios sobre la obra de pintores y escultores costarricenses como Quico Quirós, Juan Manuel Sánchez, Max Jiménez, Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, doña Flora Luján, Jorge Gallardo, Gonzalo Morales, Felo García, Francisco Alvarado Avella, Floria Pinto de Herrero, Luis Dael, Juan Rafael Chacón, Néstor Zeledón y Francisco Zúñiga.
En la parte literaria hay un ensayo sobre Rubén Darío, un recuerdo a su amigo don Joaquín García Monge, el obituario que escribió tras la muerte de Carmen Lyra, comentarios a la obra de Alfredo Cardona Peña y, para cerrar el libro, un escrito verdaderamente revelador sobre  Walt Whittman.
La figura del crítico está bastante desprestigiada. Para muchos, el crítico es un artista frustrado que, al ser incapaz de crear, se deleita en evaluar con severidad lo que otros hacen para señalar errores y torpezas. A los críticos, también, se les acusa de disfrazar con análisis sus gustos, simpatías y antipatías personales. Elogian a los amigos y denigran a los enemigos, se dice.
Arturo Echeverría Loría, en este libro, le lava la cara al oficio ya que ejerce la crítica de manera elevada y oportuna. Todos los artistas costarricenses a los que se refiere eran sus amigos personales pero en ninguna de sus notas hay complacencias ni elogios gratuitos. Echeverría Loría se enfoca en la obra, intenta comprenderla más que explicarla, llama la atención sobre aspectos que podrían pasarse por alto y muestra el valor, el sentido y el aporte que esa obra es capaz de brindar.
Don Paco Amighetti decía que las críticas de arte de Arturo Echeverría Loría no estaban "escritas con términos técnicos, sino con el  fervor de los enamorados".
El verdadero erudito no se pone a lucirse con palabras que nadie entiende, sino que logra hacer, de asuntos que supuestamente le interesan a pocos, un tema de discusión pública. El verdadero sabio, como decía Santo Tomás de Aquino, no busca brillar, sino iluminar.
Arturo Echeverría Loría era un hombre culto que había estudiado a fondo el arte y la literatura pero, más que eso y antes que eso, era un hombre de sensibilidad, pasión y entusiasmo contagiosos.
Decía don Paco Amighetti: "Arturo con su mística perseguía el realismo gótico y quería vivir la poesía antes que escribirla. Y aunque leía a los poetas, para él la poesía estaba más que en los anaqueles de libros, en los países desconocidos, en la soledad, en el amor frustrado y también en el hambre."
La verdadera cátedra de Arturo Echeverría Loría estaba, según recuerdan quienes lo conocieron, en su conversación inteligente, cálida y amena. En su extraordinario don de gentes. En el hecho de que la amplia cultura que llegó a alcanzar, en vez de alejarlo de sus semejantes lo aproximó más a ellos.
Arturo Echeverría Loría. 1909-1966.
Poeta, narrador, dramaturgo y crítico de
arte y literatura.
Mi buen amigo don Sergio Román me contaba que don Arturo fue de los primeros amigos que encontró al llegar a Costa Rica y que la tertulia con él era tan amena que acabó siendo cotidiana.
Verdadero Quijote, vivía metido en mil proyectos, pero el que más le ilusionaba era la edición de libros. Revisaba los textos, corregía las pruebas y estaba al cuidado de hasta el más mínimo detalle de contenido y diseño. En lo personal, él publicó poco, pero fue un editor amorosamente dedicado a los libros de otros. Supongo que la portada que hizo el artista Manuel de la Cruz González para la recopilación de sus artículos le habría gustado. Son solamente letras en un fondo amarillo, pero el diseño y el juego con la tipografía es muy agradable.
Arturo Echeverría Loría es de esos escritores que, por medio de la página impresa, logran establecer una conversación con el lector. He escuchado tantas anécdotas suyas que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una figura familiar y cercana. Me habría gustado haberlo conocido pero la cita no se pudo dar porque llegué tarde. Murió antes de que yo naciera. Sin embargo, cuando uno menos lo piensa, ocurren encuentros inesperados.
El 24 de diciembre de 2005, invitado por mi buena amiga la escritora Anabelle Aguilar Brealey, asistí a una celebración de Vísperas de Navidad. El grupo era pequeño y a mi lado se ubicó una señora mayor en silla de ruedas. Anabelle, al presentarnos, me informó que doña Nora Echeverría de Van der Laat era bisnieta de don Juanito Mora. Sorprendido, en vez decirle "Es un placer conocerla", di un salto y le pregunté de una vez: "¿Usted es hermana de Arturo?"
Cuando intenté disculparme por mi salida de tono, la viejita, sonriente, me dijo que eso le había pasado con frecuencia toda su vida. La presentaban como Nora y la reconocían como la hermana de Arturo.
Mientras esperábamos que empezara la Misa de Gallo, me contó historias de su hermano. No me habló del poeta, del escritor, del editor ni del crítico de arte, sino del niño travieso y el joven inquieto que siempre llenaba la casa de risas.
INSC: 2276
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