domingo, 2 de julio de 2017

Julio Acosta García, el presidente que viajaba en bus.

Julio Acosta, El hombre de la providencia.
Eduardo Oconitrillo García.
Editorial Costa Rica, 1991.
Tanto el gobierno como el pensamiento de Julio Acosta García son bastante difíciles de comprender. Como presidente, tal parece que no quería tomar ninguna decisión y, al escribir, era capaz de llenar páginas y páginas con giros enrevesados sin asumir ninguna posición. Durante su gobierno, se decía que los documentos oficiales que redactaba, en vez de propuestas concretas, parecían más bien textos poéticos escritos para concursar en juegos florales. Teósofo, masón, aficionado al espiritismo y a las mitologías orientales, don Julio tuvo dificultad para poner los pies en la tierra y, cuando se le consultaba por cualquier asunto en particular, su respuesta era siempre ambigua. 
Julio Acosta. El Hombre de la Providencia, la biografía que Eduardo Oconitrillo García escribió sobre él. pese a su extraño e inexplicable título, es una buena fuente de información para conocer mejor a este particular personaje de nuestra historia. 
Julio Acosta García (1872-1957), nació en San Ramón de Alajuela, hijo de don José Vicente Acosta Chavez y doña Jesús García Zumbado. La familia debió abandonar el cantón de manera abrupta cuando Aquiles Acosta, hermano de don Julio, fue acusado de asesinar a un importante líder político local y los ramonenses, indignados, le prendieron fuego a la casa y la tienda de los Acosta.
Don Julio cursó hasta el segundo año en el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago pero no llegó a obtener el bachillerato. A pesar de sus pocos estudios, logró obtener diversos y modestos puestos burocráticos. Fue diputado de 1902 a 1906. En 1907, don Cleto González Víquez lo nombra Cónsul en El Salvador, donde don Julio conocería a Elena Gallegos Rosales, con quien contraería matrimonio, en San Salvador, el 16 de abril de 1910. La pareja tuvo tres hijos, pero dos murieron al nacer, así que la hija única de la familia sería Zulay Acosta Gallegos. La niña fue llamada Zulay, por ser el nombre de la heroína de la novela escrita por María Fernández de Tinoco, esposa de Federico Tinoco Granados y gran amiga de don Julio.
Su vida en El Salvador fue tranquila, aunque le tocó presenciar, a poca distancia, el atentado del que fue víctima el Presidente salvadoreño Manuel Enrique Araujo quien, mientras escuchaba música en un parque, acabó recibiendo un machetazo que le abrió la cabeza.
El sueldo de cónsul no era elevado y, antes de su matrimonio, don Julio alquilaba una casa en San Salvador junto con otros cuatro jóvenes solteros. Entre todos, pagaban los servicios de un criado para que realizara los oficios domésticos. Curiosamente, todos llegaron a ser gobernantes de sus países. Julio Acosta García fue presidente de Costa Rica, Carlos Ibáñez del Campo fue Presidente de Chile, José María Moncada, de Nicaragua, Rafael López Gutiérrez, de Honduras y Jorge Meléndez de El Salvador. El criado, Maximiliano Hernández Ramírez, también fue presidente de El Salvador.
El 1 de octubre de 1914, don Julio ingresa a la Academia Salvadoreña de la Lengua. Años después, también sería miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.
De vuelta en Costa Rica, el Presidente Alfredo González Flores lo nombra secretario de Relaciones Exteriores, en sustitución de Manuel Castro Quesada. Cuando el gobierno de González Flores es derrocado por Federico Tinoco, don Julio regresa a El Salvador, vive en casa de sus suegros y se gana la vida escribiendo editoriales para el Diario de El Salvador.
Los hermanos Alfredo y Jorge Volio Jiménez, quienes se habían trasladado a Nicaragua, intentan desde allí preparar un grupo armado para derrocar a Federico Tinoco. Sin embargo, la muerte de Alfredo Volio, el 26 de de diciembre de 1918 en Granada, deja sin líder a los rebeldes. Julio Acosta, llamado a integrarse al movimiento, adquiere una posición de liderazgo. Los rebeldes sostuvieron una única batalla con las fuerzas del gobierno en mayo de 1919. Poco después, tras el asesinato de Joaquín Tinoco, el 10 de agosto de 1919, su hermano Federico renuncia a la presidencia y abandona el país.
El Dr. José María Soto Alfaro, eminente
médico y hermano del Presidente Bernardo
Soto, candidato en las elecciones de 1919.
que ganó Julio Acosta García.
Don Julio se presenta como candidato presidencial en las elecciones de octubre de 1919. Su popularidad era tan grande que a sus adversarios les costó encontrar a alguien dispuesto a enfrentársele. A última hora se postuló el Dr. José María Soto Alfaro, eminente médico, hermano del expresidente Bernardo Soto Alfaro, pero don Julio ganó por amplia mayoría. La campaña tuvo sus toques pintorescos. Desde las páginas del periódico La Verdad, el padre Rosendo Valenciano en repetidas ocasiones llamó la atención sobre la masonería, la teosofía y el esoterismo de don Julio, preocupado de que sus creencias espirituales y filosóficas fueran a desencadenar encontronazos con la Iglesia. Sus temores fueron infundados y muy pronto, tanto el obispo Stork como el propio padre Valenciano, que fueron muy cercanos a los Tinoco, hicieron buena amistad con el nuevo presidente.
Julio Acosta inició su gobierno con una política de "perdón y olvido". Como buen tico, después de que ha pasado algo, y algo serio además, quiso decir: "Aquí no ha pasado nada". Esa posición, que pretendía ser conciliadora, surgió el efecto contrario. Don Julio se atrajo las simpatías de los antiguos tinoquistas y se ganó la oposición de quienes habían luchado contra el régimen de los Tinoco.
Uno de los primeros conflictos con sus antiguos compañeros surgió a partir de la ley de recompensas, según la cual, el Estado pagaría los servicios prestados a quienes participaron en el movimiento armado contra los Tinoco. La ley fue aprobada, pero don Julio la vetó. En el veto, fue donde escribió su famosa frase: "Si hay paga, no hay gloria y si hay gloria, no hay paga." Aunque años después esas palabras llegaron a considerarse admirables, en aquel momento cayeron como un balde de agua fría. Muchos costarricenses habían arriesgado su patrimonio y su vida en la lucha y entonces se consideraba una cuestión de honor pagarles. Nadie negaba la gloria de los combatientes de la guerra contra los filibusteros, a quienes se les había pagado. A los diputados les resultaba difícil de comprender que se apelara al honor para dejar deudas sin pagar, cuando lo honorable es, precisamente, pagar las deudas. La ley de recompensas fue resellada por el Congreso y, en su aplicación, hubo de todo. Desde quienes rechazaron el pago, como Jorge Volio, hasta quienes pidieron más, como Manuel Castro Quesada.
El Presidente Julio Acosta García leyendo un discurso ante el
Congreso. A su lado, don Arturo Volio Jiménez, 
Presidente del Congreso.
Aquel no fue el único veto. Pronto se estableció una dinámica verdaderamente extraña. El Congreso, presidido por don Arturo Volio Jiménez, promulgaba una ley, luego el presidente Acosta la vetaba y, finalmente, el Congreso la resellaba. La ruptura entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, además de evidente, era constante.
Empezó a circular el dicho de que "no había gobierno". Muchos años después, don Julio Acosta se declaró autor de esa afirmación: "La frase es mía, pero nadie entendió lo que quise decir."
En realidad, nadie entendendía lo que don Julio escribía. Mario Sancho, quien calificaba a don Julio como "impenitente retórico", decía que incluso releyendo una y otra vez sus escritos, nunca quedaba claro lo que quiso decir. Lo acusaba de haber defraudado las esperanzas de la revolución y de no tener méritos que justificaran su ascenso al poder. Por su parte, José María Zeledón, autor de la letra del Himno Nacional, acusaba a don Julio de "predicar un idealismo que no tiene". Ramón Zelaya fue más allá al afirmar: "Don Julio no sabe nada de nada. No es abogado, ni ingeniero, ni bachiller, ni cafetalero, ni finquero, ni ganadero, ni industrial, ni artesano y... ¡ni siquiera es millonario!"
Durante su gobierno se fue quedando cada vez más solo. Los ministros renunciaban y le costaba encontrar a alguien que aceptara tomar el puesto vacante. Fue un gobernante accesible, recibía las visitas sin necesidad de cita previa, caminaba solo por el centro de San José y en muchas ocasiones concedió entrevistas a los periodistas a bordo del autobús que tomaba para regresar a su casa.
Se mostraba tranquilo ante la adversidad. Siendo presidente, decidió dar un paseo en avión con su hija. A los pocos minutos del despegue, el motor del aparato se descompuso y la hélice se desprendió. Quienes miraban desde tierra estaban asustados pero, tras el aterrizaje, don Julio se bajó de la nave sonriente y sereno.
Julio Acosta, siendo presidente, en
el acto de entrega de un autobús.
Su administración transcurrió sin sobresaltos, limitándose a ejecutar lo que el Congreso, que sostenía ideas distintas a las suyas, le imponía. El único momento tenso de su administración fue cuando hubo un breve conflicto armado com Panamá, que después se conoció como la Guerra de Coto. Una vez más, el Ejecutivo y el Legislativo sostuvieron posiciones distintas y, pasado el susto, en el Congreso tildaron la actitud del Presidente como imprudente e insensata.
El libro de Oconitrillo García incluye la reproducción de varios documentos. Uno de los más interesantes es la carta que, desde Cuba, le escribió Patrocinio Araya al presidente Acosta, solicitándole permiso para regresar al país. Patrocinio Araya, uno de los personajes más temidos del régimen de los Tinoco, fue quien asesinó a Rogelio Fernández Güell y sus compañeros en la Zona Sur, crimen presenciado por Marcelino García Flamenco. Con tono paternal, don Julio le responde a Araya que considera su retorno inconveniente y le deja claro que, pese a su política de perdón y olvido, no puede garantizar la seguridad de su persona en el país.
Después de haber dejado la presidencia, don Julio realizó un viaje a Europa. En París, en una recepción en la que estuvieron presentes el Marqués de Peralta y el Mariscal Petain, se encontró con Federico Tinoco y su esposa Mimita, viejos amigos suyos. En 1931, a propósito de la muerte de Federico Tinoco, escribió un artículo en que elogiaba tanto a Federico como a Joaquín.
Cuando ya era expresidente, don Julio escribió artículos en La Tribuna con el seudónimo de Eufrasio Méndez, pero dejó de hacerlo cuando trascendió que era él quien firmaba con ese nombre. Durante los gobiernos de Ricardo Jiménez (1924-1928), Cleto González Víquez (1928-1932), Ricardo Jiménez (1932-1936) y León Cortés Castro (1936-1940), a don Julio no le fue asignado ningún cargo de importancia, pero el Dr. Calderón Guardia lo nombró en 1941 primer gerente de la recién creada Caja Costarricense del Seguro Social. Durante el gobierno de Teodoro Picado (1940-1948), don Julio se desempeñó como Secretario de Relaciones Exteriores y, en ese cargo, le tocó firmar por Costa Rica, en San Francisco California, el acta de fundación de la Organización de las Naciones Unidas.
Los escritos de don Julio, conforme pasaba el tiempo, se fueron volviendo cada vez más etéreos. Escribía extensas respuestas a las cartas que le dirigían. Eran páginas y páginas llenas de conceptos abstractos y divagaciones que no aterrizaban. Por ejemplo, nunca quedó totalmente clara la posición de Costa Rica frente a la dictadura de Francisco Franco en España. La obsesión de don Julio por la eternidad, el espacio astral y los estados del alma, así como su activa participación en la masonería, la teosofía y el espiritismo, lo llevaron a un razonamiento complejo y abstracto que acababa despreciando lo concreto y lo práctico.
Tras la guerra civil de 1948, don Julio, pese a formar parte del bando derrotado, permaneció en el país. Una tarde, iba don José Figueres Ferrer, presidente del Junta Fundadora de la Segunda República, a bordo de un automóvil, cuando vio a don Julio, ya de setenta y siete años de edad, haciendo fila en la parada del autobús. Apenas llegó a su despacho, don Pepe pidió que le averiguaran de cuánto era la pensión que recibía Julio Acosta. La suma era modestísima y don Pepe dispuso aumentarla a un monto que le permitiera vivir con mayor holgura. El propio don Pepe le comunicó por carta a don Julio el aumento de su pensión. En su respuesta, don Julio, en vez de repetir lo de la paga y la gloria, no solo le agradece a su adversario político el amable gesto, sino que se atreve a solicitarle que le aumente también la pensión a Mimita, la viuda de Federico Tinoco. Don Pepe, por supuesto, accedió a la petición.
INSC: 0948
Julio Acosta García firma, por Costa Rica, el acta de fundación de la
Organización de las Naciones Unidas. San Francisco, California, 1945.


1 comentario:

  1. Me parece muy interesante la faceta que tenía el señor. En realidad pienso que Don Julio debió haber sido una persona muy buena. Tal vez la presidencia le quedo muy alto. Y su convicción era ser un buen diplomático, pero hasta ahí. Debió haber sido amigo de Rogelio Sotela. Y en la de menos fue a Puntarenas a conocer a Krishnamurti

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