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viernes, 10 de octubre de 2014

El epistolario.

Ilustrísimos Señores. Albino Luciani.
BAC, España, 1978.
Un niño montañés de tan solo diez años, hijo mayor de una familia pobre del norte de Italia, le escribió una carta a su padre que se encontraba trabajando como obrero de la construcción en Alemania. El niño sabía que el sueldo de su padre era escaso y que lo que lograba enviar apenas le alcanzaba a la mamá para medio alimentar a la familia, pero se atrevió a pedir un regalo.
"Hoy el maestro nos ha leído un párrafo del libro Corazón, de Edmondo de Amicis", empieza la carta. "Las tardes son tan largas después de hacer la tarea y me aburro porque no tengo un libro para leer. ¿Me darías la alegría de comprármelo?"
Seguidamente, el niño promete portarse bien y cuidar el libro para que también puedan leerlo sus hermanos menores. Naturalmente, el padre no tuvo reparos en complacer la petición, aunque significara un gasto adicional no previsto en el ajustado presupuesto familiar.
Después de ese primer libro, como siempre ocurre, vinieron otros y el niño aquel, cuyo nombre era Albino Luciani, se fue convirtiendo, con el paso de los años, en un lector voraz. Era también muy religioso, tuvo vocación, se ordenó sacerdote, fue consagrado obispo y acabó elevado al cargo de Cardenal Patriarca de Venecia. El último mes de su vida fue Papa con el nombre de Juan Pablo I.
Las prédicas de Luciani, el cura, el obispo, el cardenal y el papa, tenían un elemento particular. Cuando requería mencionar un ejemplo, contaba anécdotas de personajes históricos o literarios. Como obispo, en más de una ocasión citó a Dale Carnegie y, como Papa, en una audiencia general sorprendió recitando de memoria un poema de Trilussa. Luciani no era, que esto quede claro, uno de esos pedantes que mencionan una cita textual cada dos minutos solamente para impresionar por lo mucho que han leído. Todo lo contrario. Evitaba el tono doctoral y académico, solamente conversaba, ni siquiera escribía sus discursos pero, cuando descubría que alguna anécdota de los libros que había leído le podía ser útil para ilustrar lo que estaba diciendo, echaba mano de ella de manera oportuna y simpática.
Cuando era Patriarca de Venecia, la revista El mensajero de San Antonio, le pidió que colaborara con un artículo mensual. Al principio, quiso declinar la invitación. "Hay sacerdotes que son como águilas", dijo, "elevándose en los conceptos sublimes de la teología. Otros son como ruiseñores, que entonan un canto bello y melodioso. Yo ni vuelo alto ni canto bien".
Pese a su negativa inicial, quedó con la espina clavada y se puso a darle vueltas al asunto.
Cuando uno es aficionado a la lectura, además de las experiencias de vida, acumula muchas experiencias literarias. También, gracias a la lectura, además de las personas de carne y hueso que uno se encuentra en la vida, acaba teniendo una relación cercana con autores y personajes a los que, incluso, llega a considerar amigos. Luciani decidió, entonces, escribirles cartas a los escritores y personajes más entrañables que había conocido por medio de los libros.
La primera, dirigida a Charles Dickens, empieza así: "Querido Dickens: soy un obispo que se ha impuesto la tarea de escribir todos los meses una carta a un ilustre personaje."
Luego le hace comentarios acerca de su Canción de Navidad y lo pone al tanto de cómo van las cosas con la solidaridad en medio de la sociedad industrializada un siglo después de su muerte. El artículo, de más está decirlo, fue un éxito. No parecía escrito por un cardenal. Era coloquial, simpático, irónico, casi humorístico. El mensaje iba, como se dice en baseball, en una bola curva. Al dirigirse a Dickens, en realidad le estaba dando una catequesis a los lectores, aunque de manera un tanto subliminal.
El vicepresidente Walter Mondale, en-
cabezó la delegación de Estados Unidos
en la inauguración del pontificado de 
Juan Pablo I. Le llevó como obsequio
un ejemplar de la primera edición de
La vida en el Mississippi de Mark Twain.
Definitivamente, el Departamento de Estado
americano, dispone de buena información.
Vinieron después muchas otras cartas. A Chesterton, a Goethe, a Goldoni, a Manuzio, a Péguy, a Sir Walter Scott, a Mark Twain, a Petrarca. Pero no solo se dirigió a escritores, sino también a grandes figuras de la historia como Hipócrates o Teresa de Austria, y a personajes de la literatura como Pinocho, Penélope, o los cuatro miembros del Club de Pickwick. Ya en el plano puramente religioso, le escribió a Lucas el Evangelista, al Rey David y a Santa Teresita. Por presión de los lectores, le dirigió una carta a Jesús, que tituló: "Escribo temblando". Incluso esa carta es, como todas las demás, coloquial y divertida de principio a fin. "Querido Jesús", le dice, "He sido objeto de algunas críticas. Es obispo, es cardenal -dicen- ha escrito cartas en todas direcciones ¡Y ni una sola línea a Jesucristo! Tú lo sabes. Yo me esfuerzo por mantener contigo un coloquio continuo. Pero traducido en una carta me resulta difícil. Además, ¿qué voy a escribirte a Ti? ¿O sobre Ti?" Le dice que, para escribirle, no solo repasó sus palabras en los Evangelios, sino que contó los diálogos. Son ochenta y seis. Treinta y siete con los discípulos, veintidós con gente del pueblo y veintisiete con adversarios.
De todas las cuarenta cartas, mi favorita es la que le escribe a Quintiliano. Trata sobre la educación. Luciani lo pone al tanto del desarrollo de las tendencias pedagógicas en los últimos dos milenios para terminar informándole que es verdaderamente poco lo que se ha avanzado. Más bien, de hecho, se ha retrocedido al olvidar los consejos que él, Quintiliano, les había dado a los maestros de la antigua Roma. 
Sus cartas fueron publicadas todas juntas en un libro, en italiano, en 1976, bajo el título Ilustrissimi.
Cuando Luciani fue electo papa, el 26 de agosto de 1978, sus cartas empezaron a ser traducidas al  inglés, francés, portugués, alemán y español. Como el proceso de traducción, edición e impresión de un libro lleva su tiempo, Luciani no alcanzó a ver publicada ninguna de las traducciones. Murió el 28 de setiembre. Fue Papa solamente treinta y tres días. 
En español, la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid, sacó en octubre de 1978, la primera edición, en tiraje masivo, de las cartas de Luciani, bajo el título Ilustrísimos Señores. Tal parece que calcularon mal. En ese mismo mes, también con tirajes masivos, llegaron a realizar cuatro ediciones adicionales. Para el final del año, ya habían pasado de la décima.
El pontificado de Juan Pablo I fue tan breve que ni siquiera tuvo oportunidad de celebrar misa en el altar mayor de la Basílica de San Pedro. No publicó ninguna encíclica. Las encíclicas, en todo caso, son documentos solemnes que, por su propia naturaleza, no llegan a ser de interés del gran público. Las cartas a los Ilustrísimos señores de Luciani, en cambio, son una delicia para cualquier amante de la literatura, independiente de las creencias religiosas que tenga o no tenga. 
Cuando recibió su primer libro, lo hizo con la promesa de cuidarlo para que lo leyeran también sus hermanos menores.
La biblioteca de Luciani, fue trasladada, por sus hermanos menores, a su pueblo natal, Canale d`Agordo, al pie de los montes Dolomitas. Ahora es una biblioteca pública.




sábado, 4 de octubre de 2014

La carta llegó tarde.

Al servicio de Pío XII. Cuarenta años
de recuerdos. BAC
En una pequeña aldea sueva, una joven religiosa Pascalina Lehnert, muy contenta recibe a su primer grupo de niños. Acaba de cumplir dos metas personales, profesar sus votos y convertirse en maestra. La joven monjita se dispone alegremente a dedicar su vida al convento y a las aulas. Solamente impartió clases unas pocas semanas. Su superiora la envió, con otras religiosas, a realizar labores muy alejadas de la docencia. Tenían que limpiar la mansión que se convertiría en la Nunciatura Apostólica en Munich. Mientras fregaba los pisos, se consolaba pensando que aquel trabajo era temporal.
Poco después de que la casa estuvo lista, arribó el nuncio, un arzobispo italiano alto y flaco como una espiga quien, muy serio y muy distante, las saludó y les pidió que solamente le hablaran en alemán y que por favor le corrigieran hasta el más mínimo error, ya que quería dominar la lengua a la perfección.
El idioma no era lo único en que el nuncio era perfeccionista. Era un hombre metódico, atento a los detalles, muy organizado con su tiempo y muy disciplinado con sus actividades. No tenía amigos. Nunca conversaba más que lo estrictamente necesario y disfrutaba estar solo cada vez que tenía oportunidad. A pesar de lo distante que era, Sor Pascalina le tomó aprecio y llegó a tenerle gran admiración. Ella se encargaba de que su ropa estuviera impecable, sus zapatos brillantes, su comida a su gusto. Las pocas clases a niños que impartió cuando acaba de profesar, fueron las únicas que dictó en su vida, porque estuvo cuarenta años atendiendo las necesidades domésticas de aquel italiano alto, flaco y serio que, de nuncio en Munich, pasó a ser nuncio en Berlín, luego Secretario de Estado del Vaticano y, en las últimas dos décadas de su vida, Papa con el nombre de Pío XII.
El papa Wojtyla y el papa Ratzinger publicaron algunos escritos sobre sus vidas. Antes de ellos, solamente un papa, el humanista Eneas Silvio Piccolomini, Pío II, escribió sus memorias. El mundo personal y privado de los pontífices romanos está cubierto por una cortina de misterio y solamente es posible asomarse al interior por medio de las declaraciones, casi siempre escasas y prudentes, de quienes estuvieron cerca de ellos. Quizá para que la información que manejaba no se perdiera, varias décadas después de muerto Pío XII, Sor Pascalina escribió Al servicio de Pío XII, cuarenta años de recuerdos, cuya versión en español fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid.
Es un libro hermoso y emotivo. La imagen doméstica de Pío XII, es la misma imagen pública. Incluso en su apartamento privado, era reservado, distante, mayestático. Su única distracción, era abrir las jaulas de los canarios para que lo acompañaran mientras tomaba sus alimentos y sonreír cuando alguna de las aves comía de su mismo plato. La portada del libro, por cierto, muestra al papa con un canario en la mano. Su único ejercicio era una caminata en la tarde. Ni siquiera a sus más cercanos colaboradores les confiaba sus opiniones. Dormía y comía poco. Rezaba y estudiaba mucho. Tomaba notas de todo y tenía en su oficina una caja llena de cuadernos con sus anotaciones. Nadie más que él tenía acceso a esa caja. Dejó dicho que, tras su muerte, esas notas, escritas a mano, debían ser destruidas sin que nadie las leyera. Sor Pascalina ejecutó la orden y les prendió fuego, motivo por el cual se ganó la regañada de su vida. Todos, en la curia, esperaban la muerte del papa para correr a leer sus apuntes.  La imagen que brinda Sor Pascalina de Pío XII es la de un hombre aislado, casi ermitaño, ascético, místico, solitario y reservado. Era también, y ella lo vio de cerca, un ser humano físicamente débil y frágil. No se quejaba, pero era evidente que se cansaba por el más mínimo esfuerzo. Tenía serios problemas para caminar y para tenerse en pie. Cuando se asomaba al balcón a dar la bendición, le tenían cerca un sofá donde caía rendido apenas se cerraba la cortina. Sufría ataques de hipo que le impedían tanto trabajar como dormir. Un detalle interesante, que se puede interpretar de uno u otro sentido, era que Pío XII era maniático por la higiene. Todo debía estar inmaculadamente limpio y desinfectado, era excesivamente cuidadoso con su aseo personal, con su ropa y con su espacio. Se lavaba las manos constantemente y, como es común en las personas con este tipo de manías, le incomodaba mucho que lo tocaran. En las audiencias, al acercarse e interactuar con los peregrinos, Pío XII sonreía y correspondía cortesmente a las muestras de afecto que recibía. Solo sus más cercanos colaboradores, entre ellos Sor Pascalina, sabían lo que debería estar sufriendo con el contacto físico con desconocidos.
Pascalina Lehnert.
1894-1983
Cuando Sor Pascalina publicó su libro, ella era una desconocida. Estuvo cuarenta años al lado del Papa Pacelli, pero siempre en la sombra. En las últimas décadas su figura ha recibido más atención. Se han escrito numerosos reportajes y libros sobre ella y hasta se han realizado un par de películas. Tiene admiradores y detractores. Hay quienes la pintan como una abnegada servidora y quienes sostienen que se tomó atribuciones que no le correspondían. En la última época de Pío XII, anciano, enfermo y senil, la religiosa alemana se convirtió en un filtro (una barrera más bien) para el acceso al pontífice. La propia hermana del Papa brindó unas declaraciones no muy favorables para la religiosa. Se ha vuelto costumbre, de un tiempo acá, al estudiar a los personajes históricos, prestarle atención a las figuras de segundo plano, a los segundones que, tras investigarlos, resulta que tuvieron un protagonismo importante.
No entro a discutir el personaje. De hecho, aún no he leído los libros más recientes sobre Sor Pascalina. En todo caso, su libro de memorias me pareció muy hermoso, escrito con sencillez y claridad, lleno de afecto y de dulzura. De tal maestro, tal discípula. Sor Pascalina es bastante discreta y hay temas que no toca. Al referirse a los años de la II Guerra Mundial, no dice ni una palabra del trabajo que realizó en la asistencia a refugiados. Tampoco se refiere al fascismo ni a la Alemania nazi, salvo un breve comentario en que manifiesta lo arrogante que fue Ribbentrop cuando visitó al papa.
En todo caso, las memorias de Sor Pascalina no son ni para iniciar, ni para alimentar, ni para cerrar una polémica. Es un libro personal y doméstico centrado en la vida personal y doméstica.
Leí el libro en 1985. En aquellos tiempos el acceso a internet estaba lejos de ser popular. Le escribí una carta (de papel, sobre y estampilla), preguntándole a la editorial una dirección para contactar a Sor Pascalina. Me respondieron rápido y me dieron la dirección de la casa, en Suiza, en que vivía. Le dirigí una carta muy emotiva y, varias semanas después, recibí la respuesta. Venía firmada por la Hermana Miguela Muslim. Se disculpaba por la demora en contestarme porque, pese a estar en la plurilingüe Suiza, les costó encontrar una hermana que escribiera en español. Me informó que Sor Pascalina había muerto en 1983. Dentro del sobre venían fotos de Sor Pascalina, el recordatorio de su misa de novenario y un pequeño estuche con un pedazo de tela blanca junto al documento que certificaba que la tela era de la indumentaria de Pío XII. Además, me devolvió la carta que le escribí a Sor Pascalina, una carta que llegó tarde.

   


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