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miércoles, 23 de noviembre de 2022

Presentación para el homenaje a Rafael Cardona.

Rafael Cardona.
1892-1973

Hay varias razones para que un poeta acabe siendo olvidado y, en el caso de Rafael Cardona, se cumplen todas. En primer lugar, está muerto. Mientras un poeta vive, tanto el propio poeta como sus amigos se mueven para que sus creaciones obtengan un poco de atención. Después de que el poeta muere, si sus obras no se reeditan, ni se incluyen en antologías, ni se mencionan en estudios históricos,  a la larga es como si esas obras no hubieran existido. Por otra parte, la poesía, como todas las creaciones artísticas, cambia de temas y de técnicas de generación en generación. Con el paso de los años, lo novedoso acaba siendo anticuado, la sensibilidad y el foco de atención de los lectores cambia con el tiempo y, lo que se admiraba en una época es lo que se rechaza en otra. Son innumerables los ejemplos que podrían citarse de poetas que fueron aplaudidos por sus contemporáneos y acabaron siendo objeto de burla en la generación siguiente.

Todo lo dicho se cumple en el caso de Cardona. Muerto en 1973, sus obras no se reeditan, ni se incluyen en antologías, sus poemas son difíciles de encontrar, quienes han escrito sobre la historia de la literatura costarricense ni siquiera lo mencionan y, para rematar, tanto los temas de los que se ocupa como la forma en que escribe, están a un siglo de distancia de las preocupaciones, los intereses y los gustos de los lectores actuales. A todo esto habría que agregar que. siendo aún joven, Cardona se marchó de Costa Rica, se estableció por un breve periodo en Guatemala y acabó radicándose definitivamente en México. Por otra parte, en determinado momento de su vida, Cardona abandonó la creación poética, se sumió en un profundo aislamiento del mundillo literario en particular y del mundo en general y no se preocupó por difundir su obra. 

El propio año de su muerte, 1973. apareció, publicado por la Editorial Costa Rica, el libro Obra Poética de Rafael Cardona, que el poeta no alcanzó a ver impreso. Se hizo famosa la afirmación que Rómulo Garzunier incluyó en el obituario del poeta, publicado en la prensa mexicana, que decía:"Ojalá que su obra se dé a conocer ahora que no está el para oponerse".

La obra de Cardona, en todo caso, no es extensa. Consta de solamente tres libros: Oro de la mañana (1916) prologado por Ricardo Fernández Guardia, Medallones de la Conquista (1918) y Estirpe (1949) prologado y editado por Joaquín García Monge.  Poco antes de publicar su primer libro, ya Cardona había sido uno de los galardonados en los Juegos Florales de 1914, certamen en que compartió honores no solamente con otra gran revelación, entonces tan joven como él, el gran poeta Rogelio Sotela, sino también con su propio padre, don Genaro Cardona, notable novelista, autor de El primo y La esfinge del sendero.

Porque a la hora de hablar de cualquier Cardona, además de la biografía, resulta inevitable mencionar la genealogía. Don Alejandro Cardona Llorens, español nacido en las Baleares, abuelo del poeta y fundador de su familia en Costa Rica, llegó al país justo a tiempo para sumarse a las filas del ejército que marchó a luchar contra las tropas de William Walker, y fue el compositor del himno patriótico que cantaba la tropa antes de entrar en batalla. Su hijo, Ismael Cardona Valverde fue también compositor y notable violinista. Su otro hijo, Genaro Cardona Valverde, como ya se dijo, fue novelista. Dos hijos de Genaro, Jorge y Alvaro, fueron también escritores. Jorge Cardona Jiménez, por cierto, fue el padre del poeta Alfredo Cardona Peña. Alvaro Cardona Hine fue quien escribió Hombres y máquinas. Figuras contemporáneas de esta familia son el compositor Alejandro Cardona y la violinista Dylana Jenson. Un dato curioso que vale la pena mencionar es que José Luis Cardona Cooper, quien fue durante muchos años director general de protocolo de la Cancillería, fue actor en El Retorno, la primera película costarricense filmada en 1930 y, además, tenía un programa de radio llamado El hombre de la luna, en que contaba relatos a los niños. Rafael Cardona Lynch, hijo del poeta Rafael Cardona Jiménez, llegó a ser un reconocido empresario radial en México, país en que su padre decidió establecerse y donde finalmente murió. Aunque, a diferencia de sus ancestros, tíos y primos, no es recordado por sus dotes en la literatura o la música, otro miembro de esta familia que acabó siendo conocido fue don Edgar Cardona Quirós, sobrino del poeta, combatiente de la revolución de 1948, ministro de seguridad de la Junta Fundadora de la II República, quien intentó darle un golpe de Estado a don Pepe, evento que acabó siendo conocido como El Cardonazo.

Aunque no hace mucho todas estas figuras mencionadas estaban vivas y activas, sus nombres, sus obras y sus andanzas, evocados hoy, parecen salir de un pasado remoto que solamente pocos recuerdan. Sin embargo, aunque a veces resulte difícil observar con claridad la conexión, lo que hayan hecho quienes estuvieron antes, constituye la base de lo que nosotros podamos hacer ahora.

Hay poetas jóvenes que creen que no le deben nada a Rubén Darío, como hay músicos que creen que no le deben nada a Mozart. A quienes así piensan, hay que recordarles que no descubrieron el fuego, sino que recogieron una antorcha que ya venía encendida. Es natural que la juventud tenga su mirada puesta en el futuro, pero debe tener claro que si va a lograr llegar hasta extremos a los que no se había llegado antes, se lo deben en parte a que, quienes los precedieron, empujaron hacia adelante el punto de partida.

Me alegró muchísimo, cuando el poeta Mateo Desolá me contactó para informarme que un grupo de escritores jóvenes estaba organizando un homenaje al poeta Rafael Cardona. El hecho de que poetas activos en la segunda década del Siglo XXI le presten atención a un poeta que surgió en la primera década del Siglo XX es alentador. En la apreciación de la poesía, como en todas las artes, debe prevalecer el criterio antes que el gusto o la afinidad. Naturalmente, en estos tiempos, a estas alturas del partido, es poco probable que algún poeta joven quisiera imitar el estilo de Cardona, pero saben que su obra y su figura son dignos de respeto y, precisamente para formar criterio, tienen claro que vale la pena conocerlo.

Cardona escribía sobre temas que los poetas de hoy no desarrollarían, en un estilo que los poetas de hoy no estarían dispuestos a imitar. Cada generación tiene sus propias preocupaciones y su manera particular de expresarlas. Pero quienes estén haciendo algo hoy, deben estar al tanto de qué fue lo que se hizo antes. Un creador que se tome en serio su oficio, no debe darle la espalda a quienes hacen las cosas de manera distinta a cómo él las hace. Para tener una idea del ancho panorama, no hay que mantenerse en la afinidad, sino más bien prestarle atención a la diversidad.

Felicito y saludo a los organizadores del homenaje a Rafael Cardona, un poeta que cumple todas las condiciones para estar sumido en el olvido y, sin embargo, aún se le recuerda

martes, 6 de abril de 2021

Fabio Baudrit y la leyenda del Paso de la Vaca.

 

El Paso de la vaca y otros relatos.
Fabio Baudrit González.
Editorial Costa Rica. 
Costa Rica. 1977.

En uno de sus primeros casos, como abogado recién graduado, a don Fabio Baudrit González le tocó defender a un hombre que había cometido un homicidio. Como la culpabilidad de su cliente era innegable y estaba fuera de toda duda, el único argumento que se le ocurrió plantear en su defensa fue que el asesino sufría de demencia. Su alegato fue tan convincente que su defendido acabó siendo encerrado de por vida en el hospital psiquiátrico. A decir verdad, no le hizo ningún favor. Si lo hubieran declarado culpable, lo habrían condenado a unos años de cárcel, tras los cuales, eventualmente acabaría saliendo en libertad. Pero al ser considerado un loco peligroso, aquel hombre nunca volvió a poner un pie en la calle y pasó el resto de sus días maldiciendo a su abogado defensor. 

Otros abogados se hacían ricos y famosos, pero el bueno de don Fabio no tuvo la misma suerte y se quejaba de que a su bufete solamente llegaban dos tipos de clientes: los que no tenían dinero y los que no tenían razón. Una vez, por ejemplo, una viejita mendiga le solicitó que le ayudara a conseguir una pensión para su marido, que estaba muy enfermo. Aquello fue a principios del Siglo XX y todavía el Estado otorgaba pensiones a quienes hubieran luchado en la campaña nacional contra los filibusteros de William Walker. Los únicos tres requisitos que se solicitaban eran: haber participado en la guerra, no tener medios de subsistencia y no estar en capacidad de trabajar. La ancianita le dijo a don Fabio que ella y su marido eran realmente pobres, no tenían absolutamente nada; que su marido estaba tan débil, que apenas era capaz de ponerse en pie, pero que, en los tiempos de la guerra, su marido pasó dos años escondido en la montaña para que no se lo llevaran como soldado. Para ayudar a la pobre mujer, don Fabio le manifestó con optimismo: "De los requisitos que piden, su marido tiene dos de tres". Y ahí mismo le redactó la solicitud de pensión que, poco después, acabó siendo aprobada.

Una vez pensionado, la salud de aquel hombre mejoró milagrosamente y era común su presencia en los actos cívicos de las escuelas, a los que asistía para hablarles a los niños de sus hazañas tan heroicas como imaginarias. El señor, hay que reconocérselo, fue también solidario, ya que en muchas de las solicitudes de pensión de sus amigos compareció, en calidad de testigo, y dijo "haberlos visto" en Santa Rosa y Rivas.

Fabio Baudrit González.
(1875-1954)

Hijo de don Doroteo Baudrit Murillo y de doña Adelaida González Víquez, don Fabio Baudrit González (1875-1954) fue conocido, durante su juventud, simplemente como "el sobrino de don Cleto". Su tío materno, el licenciado Cleto González Víquez, dos veces presidente de Costa Rica, con frecuencia lo regañaba por no tomarse la vida en serio. Cuando don Fabio contrajo matrimonio con María Atilia Moreno Cañas, pasó a ser reconocido como el cuñado del Dr. Ricardo Moreno Cañas. Y, finalmente, cuando su hijo mayor, Fabio Baudrit Moreno, destacó como intelectual y catedrático, don Fabio fue identificado como el padre del rector de la Universidad de Costa Rica. Curiosamente, con un tío famoso, un cuñado famoso y un hijo famoso, don Fabio Baudrit González acabó siendo una figura prácticamente desconocida.

Además de abogado de causas pintorescas y pariente de personajes destacados, don Fabio Baudrit González fue escritor, pero murió sin haber publicado nunca un libro. Sus escritos, todos de tono risueño, que incluyen cuentos, anécdotas y artículos de opinión, quedaron dispersos en muchísimos periódicos y revistas de distintas décadas. Don Adolfo Blen, un meticuloso explorador de hemerotecas, tuvo la paciencia de buscarlos hasta llegar a reunirlos todos. Sin embargo, no llegó a publicarlos. Los primeros escritos de don Fabio datan de 1903 y se mantuvo colaborando frecuentemente en la prensa hasta poco antes de su muerte, en 1954. 

Pese a no contar con libros publicados, don Fabio Baudrit fue miembro fundador de la Academia Costarricense de la Lengua, en la que ocupó el sillón H. Al año siguiente de su muerte, fue elegido para sucederlo en ese puesto, el filólogo y poeta Arturo Agüero Chaves. Ya había caído en desuso la costumbre de que los nuevos académicos dedicaran su discurso de incorporación a elogiar a su antecesor, pero don Arturo Agüero quiso realizar un ensayo crítico sobre la obra de don Fabio Baudrit recopilada por don Adolfo Blen. Ese estudio, junto con una pequeña antología, fue publicado por la Universidad de Costa Rica, pero no tuvo gran difusión.

No sería sino hasta 1977, veintitrés años después de la muerte de don Fabio, que aparecería el libro El paso de la vaca y otros relatos, publicado por  Editorial Costa Rica.  Como su producción literaria era muy abundante, no fue posible publicar todos sus escritos, de manera que se hizo una selección clasificada en cuentos, semblanzas, leyendas, minucias y otras prosas. Afortunadamente, el libro incluyó la lista completa de publicaciones realizada por don Adolfo Blen, de manera que, quien quiera rastrear alguno de los relatos o artículos no incluidos en el libro, no tiene más que ir a la hemeroteca con la seguridad de saber exactamente dónde encontrarlo. El ensayo de don Arturo Agüero también aparece al final del libro.

Los escritos de Fabio Baudrit son breves, amenos, fluidos y, en cada uno de ellos, hace gala de una fina ironía y un sentido del humor punzante. El apartado que lleva por título "Minucias", recopila artículos de opinión sobre distintos temas del acontecer nacional, expuestos y analizados en un sutil tono de burla. No se crea, sin embargo, que don Fabio era un humorista. Sus observaciones son claras, profundas y reveladoras, pero tienen el gran mérito de destacar el lado absurdo, cómico y hasta ridículo, de los temas más serios.

En el apartado de leyendas, cuenta la del Cadejos, la Cegua y la Llorona, pero, sin lugar a dudas, la leyenda que, a la larga, acabó teniendo más impacto en el pueblo, hasta el punto de llegar a convertirse, por ser repetida de boca en boca,  en un mito urbano considerado por muchos como verdad histórica, es la del Paso de la vaca.

Publicada en el periódico El Noticiero, en 1905, la leyenda se refiere al origen del nombre de un humilde barrio al noroeste de San José que, desde mediados del Siglo XIX era llamado "El Paso de la vaca". Se trataba de un caserío de trabajadores y pequeños comerciantes que tuvo solamente un vecino ilustre, ni más ni menos que el poeta Rubén Darío, que alquiló allí una pequeña casita de adobe durante los meses que vivió en Costa Rica.

Cuenta don Fabio que las familias modestas de San José mantenían con los vecinos relaciones cordiales, pero de lejos. Las conversaciones tenían lugar en la calle, el mercado, la pulpería o la salida de Misa, pero era algo muy raro, y bastante mal visto, irse a meter a otra casa. Cuando recibían visitas, las atendían desde el lado adentro de la cerca y, si las pasaban adelante, a lo más que llegaban era a sentarse en la banca del corredor.

La única ocasión en que invitaban a los vecinos, los dejaban entrar hasta la cocina y los atendían con bebidas, comidas y hasta postres y golosinas, era en el Rezo del Niño. De hecho, las casas eran estrechas, sencillas y no tenían cuadros ni adornos ni otros elementos puramente decorativos pero, incluso la familia más pobre, en la época navideña montaba un portal de tan grandes proporciones que, en muchos hogares, apenas dejaba espacio para caminar. Tener un pasito grande y lindo era un lujo con el que todos soñaban para impresionar a los vecinos en la única ocasión en que los dejaban entrar a su casa.

En algún momento vino de Guatemala un escultor que era un verdadero artista tallando santos de madera. Algunos curas le encargaron imágenes para los templos y una que otra familia rica también contrató sus servicios. Pero, entre los humildes trabajadores descalzos de San José, los únicos que pudieron reunir el dinero para hacerle un encargo al escultor "fuerero" (en aquellos años no se decía extranjero ni forastero), fueron unos Abarca a los que, por grandotes y fuertes,  les decían, como apodo, "los bueyes".

Los Abarca le pidieron al escultor que les hiciera un pasito completo, con el ángel, San José, la Santísima Virgen María, el Niño Dios, los tres reyes magos, la mula y el buey. Al oír la palabra buey, el viejo padre de familia, que no soportaba escuchar el apodo por el que era conocido, le ordenó al escultor que, en vez de buey, le hiciera una vaca. El chapín, "fuerero", le respondió que eso no era posible, que se arriesgaba hasta que el cura se negara a bendecirle su pasito, pero ñor Abarca no se dejó convencer y, tajante, le advirtió: "Le pone tetas o no le pago".

Esa Navidad, por curiosidad más que por otra cosa, todos los vecinos de San José fueron a ver el portal de los Abarca, que acabó volviéndose famoso. Entonces, cuando alguien preguntaba una dirección en la zona le decían: "es por la calle de los Abarca, los que le dicen bueyes, los del paso de la vaca".

"Y esa es", declaraba don Fabio, "la religiosa historia del Paso de la Vaca", antes de cerrar su escrito con un contundente: "Como me lo contaron te lo cuento."

Pocos días después de que su leyenda "El Paso de la vaca" apareciera publicada en el periódico,  don Fabio se encontró con su buen amigo Juan José Loaiza, un hombre ingenioso y conversador, quien no solo le dijo que había leído su escrito y lo felicitó por la forma tan amena en que contó la historia, sino que también le comentó que todavía vivían en el Paso de la vaca, descendientes de la familia Abarca que había encargado hacer su pasito al escultor guatemalteco.

Don Fabio reaccionó sorprendido ante la noticia, ya que todo, absolutamente todo, era inventado. Nunca existieron en realidad ni los Abarca, ni el escultor guatemalteco, ni el pasito con vaca en lugar de buey. Su historia era tan inventada como la demencia del asesino que le tocó defender, o las hazañas patrióticas y heroicas de aquel pobre hombre que estuvo dos años escondido en la montaña para no ir a la guerra. Sin embargo, como buen escritor, es decir, autor de ficciones, y por puro apego a la mentira, no le confesó a su amigo que nada de lo que había relatado era cierto.

La leyenda del Paso de la vaca, como ya se dijo, fue publicada en el periódico en 1905 y  don Fabio murió en 1954. Durante casi medio siglo, entonces, don Fabio pudo sonreír complacido, al ver como su relato era repetido de boca en boca, hasta convertirse en historia oficial. Su nombre, como autor, fue olvidado, pero al menos una de las páginas que escribió llegó a ser tan aceptada por el pueblo, que acabó apropiándose de ella. Incluso hoy en día, son muchos quienes repiten la historia del origen del pintoresco nombre del barrio al noroeste de San José, sin haber escuchado nunca mencionar el nombre de don Fabio Baudrit González. 

INSC: 1784

domingo, 29 de diciembre de 2019

José María Zeledón escribió algo más que el Himno Nacional de Costa Rica.

José María Zeledón. Poesía y Prosa Escogida.
Alfonso Chase. Editorial Costa Rica.
San José, Costa Rica. 1979
Además de la letra del Himno Nacional de Costa Rica, José María Zeledón Brenes (1877-1949), publicó dos libros de poemas, algunos pocos relatos y numerosos artículos de opinión en periódicos y revistas. Esta otra producción literaria es bastante poco conocida. Algo similar ocurre en el caso de don Manuel María Gutiérrez (1829-1887), autor de la música del Himno Nacional, quien también compuso marchas, baladas y hasta piezas de música bailable.
Sin embargo, cuando, en los primeros grados de la escuela primaria, se les enseña a los niños a cantar el Himno Nacional, se les informa de los nombres del autor de la música y la letra sin brindarles más referencia y, a la larga, queda la impresión errónea que el Himno fue lo único que hicieron. 
Lamentablemente, casi toda la producción musical de Manuel María Gutiérrez nunca fue publicada y los manuscritos acabaron perdiéndose. Pero los escritos de José María Zeledón, que publicaba con frecuencia sus poemas y artículos de opinión en la prensa, siguen disponibles en archivos y bibliotecas.
Al cumplirse los cien años de su nacimiento, en 1977, don José María Zeledón fue declarado Benemérito de la Patria. Todos los ticos sabían que era el autor de la letra del Himno Nacional pero, aparte de ese único dato, el nuevo Benemérito era una figura prácticamente desconocida. Para compensar ese vacío de información, poco después de la declaratoria de benemeritazgo, se publicaron dos libros:  José María Zeledón (Billo), de doña Victoria Garrón de Doryan, editado por el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes en 1978; y José María Zeledón Poesía y Prosa Escogida, de Alfonso Chase, editado por la Editorial Costa Rica en 1979. El primero es una semblanza biográfica y el segundo una antología de textos literarios y periodísticos escritos por don José María Zeledón. Ninguno de los dos libros ha sido reeditado desde entonces.
Don José María Zeledón Brenes fue un hombre modesto y sencillo que tuvo una vida modesta y sencilla. Nació el 27 de abril de 1877. Su madre murió en el parto y su padre cuando él tenía siete años de edad. Tras quedar huérfano, fue criado por unas tías paternas. Aunque su familia era de escasos recursos, con su propio esfuerzo logró llegar a ser propietario de una pequeña finca pero nunca logró reunir una fortuna. A lo largo de su vida realizó distintos trabajos y ocupó diversos puestos tanto en la empresa privada como en la función pública, sin embargo, como afirmaba Francisco María Núñez, "en ningún lado llegó a calentar el asiento". La expresión tiene doble sentido. No llegó a calentar el asiento porque desempeñaba muy en serio su trabajo y no llegó a calentar el asiento porque en ninguno de los sitios en que trabajó se quedó mucho tiempo.
Desde muy joven empezó a enviar artículos de opinión a los periódicos que aparecían publicados con los pseudónimos de Billo o Merlín.  A la larga, el primero acabaría imponiéndose y don José María acabaría siendo conocido como Billo Zeledón.
José María Zeledón. (1877-1949)
Autor de la letra del Himno Nacional de Costa Rica.
Fue diputado en dos ocasiones. La primera, de 1920 a 1928, durante el período presidencial de don Julio Acosta García, tras la caída de la dictadura de Federico Tinoco Granados. La segunda, en 1949, cuando tras la revolución del año anterior, fue electo miembro de la Asamblea Nacional Constituyente. Esta segunda vez, don Billo no alcanzó a cumplir todo el periodo. Renunció por motivos de salud el 11 de octubre de 1949, la nueva Constitución entró en vigencia el 7 de noviembre de 1949 y don Billo murió en Esparza, a los setenta y dos años de edad, el 6 de diciembre de 1949.
Al repasar la antología de textos recopilados por Alfonso Chase, salta a la vista que don Billo, como escritor, no era ni un erudito ni un esteta. El propio don don Billo confesó que leía muy poco y que su cultura general estaba muy lejos de ser amplia. Por otra parte, no creía que los poetas debían ser lumbreras de conocimiento ni artistas de estilo rebuscado. En lo literario, apostaba por la sencillez y la espontaneidad. Su poesía es bastante simple, sin gran profundidad ni gran belleza. Pero esta característica corresponde con la visión que el propio autor, que renegaba de los círculos intelectuales cultos y elevados, tenía del oficio de poeta.
Solamente publicó dos libros. El primero fue Musa Nueva, en 1907, que apareció en la colección Ariel que editaba don Joaquín García Monge. El segundo fue Jardín para niños, en 1916, también de la colección Ariel, compuesto casi exclusivamente por canciones infantiles bastante largas, apareció con comentarios del propio don Joaquín García Monge y de Omar Dengo.
Se sabe que tenía en mente publicar dos libros más, cuyos títulos eran Campo de Batalla y Germinal. Al primero lo llamó "prosas de combate" y al segundo "poemas de fuerza", pero los manuscritos fueron destruidos, junto con casi todas sus pertenencias, en un incendió que arrasó su casa de habitación.
En cuanto a sus artículos de opinión, en que hacía referencia a preocupaciones sociales y a las circunstancias políticas del momento, debe señalarse que el pensamiento de José María Zeledón era en gran medida bastante ambiguo. A algunas ocasiones secundaba ideas revolucionarias bastante audaces y, en otras, se manifestaba por la defensa de valores tradicionales. Escribía tanto "poesía proletaria" como "poesía cívica".Se oponía al liberalismo tradicional costarricense, pero su actitud rebelde ante la autoridad rozaba un nivel casi anárquico. De hecho, la mayor parte de sus poemas fueron publicados en la revista anarquista Renovación. Fue uno de los que desfilaron, el 1 de mayo de 1913, en la primera celebración del Día del Trabajador en Costa Rica. Políticamente, militó en el Partido Reformista de Jorge Volio desde su fundación, pero fue un duro crítico del Partido Comunista de Manuel Mora Valverde, así como de los gobiernos de Rafael Angel Calderón Guardia y Teodoro Picado. Se manifestaba a favor de los trabajadores en tono vehemente y casi de prédica, pero los obreros que formaban parte de los sindicatos de la época, en algún momento le criticaron su posición paternalista y lo acusaron de profesar un "socialismo lírico", alejado de las luchas sociales que realmente estaban en marcha.
El libro recoge unas páginas en que el propio don Billo recuerda cómo fue la creación de la letra del Himno Nacional. La música fue compuesta en 1852 y, a lo largo de medio siglo, había tenido tres letras. La primera, del poeta colombiano José Manuel Lleras, que se cantó desde 1873 hasta 1882. Esta letra era en homenaje al General Tomás Guardia, por lo que, una vez muerto Guardia, no se volvió a usar. Las otras dos letras eran del español Juan Fernández Ferraz y del sacerdote cartaginés don Juan Garita Guillén. En unas escuelas se cantaba la letra de Ferraz y en otras la letra de Garita. El gobierno de Ascensión Esquivel convocó en 1903 a un concurso para dotar de letra oficial al Himno Nacional. Don Juan Fernández Ferraz y el Padre Garita participaron con nuevas propuestas.  Aquileo Echeverría y José María Alfaro Cooper también enviaron sus creaciones. Pero los miembros del jurado, compuesto por Alejandro Alvarado Quirós, Alberto Brenes Córdoba y Ricardo Fernández Guardia, así como el maestro italiano Alvice Casteganaro, que dictaminaría la adaptación musical, declararon ganadora la letra "Noble Patria tu hermosa bandera", cuyo autor la había presentado a concurso con el pseudónimo de "Labrador". Sin embargo, cuando se supo que el autor era José María Zeledón, ni al jurado ni al presidente Esquivel les pareció bien darle el premio, por lo que trataron de anularlo y, como no pudieron, demoraron mucho la declaratoria oficial y la entrega de los quinientos colones prometidos al ganador.
Recuerda don Billo que escribió el Himno Nacional de manera espontánea en apenas unos pocos minutos. Una vez listo, en la sala de su casa, con su esposa y otros amigos y parientes que lo acompañaban en ese momento, lo cantaron y, al ver que sonaba bien, se abrazaron y lo enviaron a concurso. En la primera estrofa, don Billo había escrito "bajo el manto azul de cielo", pero como faltaba una sílaba, después del fallo "manto" se cambió por "límpido". Esa palabra, "límpido", definitivamente no debió haber sido del agrado de don José María Zeledón, un hombre modesto y sencillo, que escribía sin utilizar términos rebuscados y que en el Himno Nacional que escribió, rinde homenaje a todos los que, como él, "en la lucha tenaz de fecunda labor", no solamente han vivido de su trabajo sino que han encontrado en encontrado en él la fuente de su prestigio, estima y honor.
INSC: 2113

viernes, 22 de noviembre de 2019

Alma Llanera. Novela de Edelmira González.

Alma Llanera. Edelmira González.
Editorial Costa Rica. Costa Rica, 1977.
En 1946, la Universidad de Costa Rica convocó un concurso literario y Edelmira González lo ganó con Alma Llanera, la primera novela costarricense ambientada en Guanacaste, en la que, por medio de un drama familiar, se expone una visión bastante oscura de la vida en la provincia. Pese a haber sido la obra premiada en el certamen, la Universidad nunca la publicó. Edelmira, con sus propios medios, imprimió una edición modestísima en 1958 que circuló a nivel muy reducido. En 1977 la Editorial Costa Rica la publicó, pero de los años cuarenta a los años setenta, mucho había cambiado en el gusto literario y su novela no despertó mayor interés.
Las historias que se cuentan son dolorosas y trágicas, sin embargo, la novela no cae en excesos descriptivos sino que, más bien, mantiene, a todo lo largo del texto, un mirada comprensiva sobre todos los hechos que narra de manera serena y hasta dulce.
La imagen que brinda de la vida en Guanacaste no es, por cierto, muy favorable. Sin detenerse en el paisaje, ni el clima ni en las tradiciones, narra lo difícil que es la vida de quienes habitan la zona, ya sean hombres, mujeres o niños.
Simón Caldereta, el primer personaje que entra en escena, es presentado como un hombre duro como una roca. Duro de corazón, duro de pellejo y duro de mollera. Su voz también era dura y hablaba siempre con aspereza y únicamente para dictar órdenes. Enriquecido gracias a su buena suerte, primero, y a su falta de escrúpulos, después, su mayor orgullo es ser dueño de tierras, privilegio que en Europa, de donde es originario, es privilegio de señores. Su único propósito en la vida es ampliar la extensión de sus tierras a como haya lugar. Ya sea de manera gentil, legal y honesta, como fue al principio, o por medio de ardides, engaños y chanchullos, como ha sido su práctica más reciente.
Orgulloso sabanero, monta su caballo para arrear ganado y, aunque es el patrón, no le arruga la cara a las faenas más agotadoras, propias de los peones. Su mujer, la Bonifacia, que es descrita como "una hembra de la pampa, dura y resistente como un irracional", toleraba maltratos y realizaba el duro trabajo de la casa sin esperar más recompensa que una prenda de vestir de cuando en cuando.  Los hijos de Simón y Bonifacia, "bestezuelas de labor" se les llama en la novela, son criaturitas que crecen sin mimos ni consideraciones, maduran prematuramente y pronto se integran a las faenas del campo José Justiniano, el hijo menor, es atrevido, audaz y valiente, pese a haber sido un niño enfermizo que, tras un accidente, quedó cojo desde muy pequeño. Quizá su rudeza y su precocidad, sea una forma de demostrar que, pese a sus limitaciones físicas, es apto no solamente para sobrevivir, sino para sobresalir, en cualquier terreno. No se da por menos y demuestra a cada instante que, pese a su evidente fragilidad, no necesita.consideraciones especiales que, en todo caso, nunca pidió ni nunca le dieron.
Aunque la atención se centra en la historia de la familia Caldereta, primero Simón y Bonifacia y luego en Justiniano, por todo el libro desfila una serie interminable de personajes, cada uno acarreando su propio drama. Incluso al final, siguen entrando nuevos personajes en escena. Todos son rudos y primitivos. Su conducta se rige más por el instinto y las bajas pasiones que por la razón o los sentimientos. Simón sospecha que el nica Cipronio Argüello anda rondando a la Bonifacia, pero no siente celos, sino ira. Sus sospechas son fundadas y, de hecho, la Bonifacia acaba eventualmente en los brazos de Cipronio, pero esta infidelidad, si se le puede llamar así, no es fruto del enamoramiento ni de la venganza sino, simple y sencillamente, de una atracción salvaje y animal. La Bonifacia, en todo caso, no es la mujer de Justiniano, ni la señora de la casa, ni su compañera sentimental. A lo largo de la relación de pareja que han mantenido, nunca, ni al inicio ni durante los años que fueron pasando, hubo entre ellos afecto y ni siquiera amistad o compañerismo. Simón le daba órdenes y ella le daba hijos.
De manera similar, un tanto bestial y con la atracción basada únicamente en el instinto, Justiniano acaba poniendo sus ojos en la maestra de escuela, un muchacha josefina con alma de niña que se siente desterrada en aquella zona con la absurda misión de enseñarles a escribir a quienes no necesitan escribir y de enseñarles a leer a quienes no tienen libros.
Refiriéndose a los pastizales secos por el sol, la narradora afirma que "aquel amarillo pajizo invita al hombre de la llanura al delito." El temperamento alegre de los guanacastecos y su ingenioso sentido del humor, así como sus deliciosas recetas de cocina, no aparecen en el libro, en que no hay música ni baile. La única bomba que se cita, no es un piropo audaz y atrevido, sino un cumplido cortés y sumiso.
Las borracheras son el único acto festivo. Hasta en la vela de una niña el guaro fluye como un río, porque las mujeres de la zona no lloran nunca, salvo cuando se les muere un hijo, pero si beben guaro dejan de llorar.
Con frecuencia, las descripciones de esa vida ruda y cruel bajo el sol de la pampa, o en el duro trabajo de las minas, que la autora llama "tumbas de vivos", vienen aderezadas de objeciones morales. Al calificar la situación, curiosamente no utiliza la palabra "inmoralidad" sino "amoralidad". En algún momento, sin embargo, explica que allá todo aquello era normal y socialmente aceptable, al punto de afirmar "la propia autora se atreve a ser garante de que en aquel ambiente era perfectamente moral."
Alma Llanera da la impresión de ser lo que en alguna época se llamó una "novela ejemplar", un texto que, además de contar historias, pretende brindar una enseñanza. El libro cierra por cierto con una moraleja bastante clara. Simón Caldereta abusó toda su vida de los débiles simplemente porque él era el más fuerte. Pero llegó un momento en que una poderosa compañía, con buenos abogados y contactos políticos, fue más fuerte que él y logró despojarlo de lo suyo.
A pesar de fijar la atención solamente en los aspectos oscuros de la vida guanacasteca y de su poco disimulada intención didáctica, Alma Llanera es una novela interesante y atractiva. Dos pequeños detalles, sin embargo, me resultaron algo incómodos durante la lectura.
Simón Caldereta era italiano y nunca aprendió a hablar español bien, por lo que se expresa en una extraña mezcla de las dos lenguas que no es ni chicha ni limonada. En español se dice, por ejemplo, "tierra", "fuego" y "mejor". En italiano se dice "terra", "fuoco" y "meliore". Simón Caldereta dice, "terro", "fuogo" y "mejore", lo cual es razonable. Sin embargo, si en español se dice "nada" y "nunca", y en italiano "niente" y "mai", no hay razón para que Simón diga "nata" y "nunquía".
A veces, aunque no sea Simón el que habla, hasta la propia narradora se confunde, como en la página 23, en que escribió "terneza", que no es ni "ternura" en español ni "tenerezza" en italiano.
El otro punto que incomoda en la novela, es que da la impresión que ubica las sabanas con ganado y las minas de oro en el mismo sitio. Los pastizales soleados y secos están en la llanura, al norte de Liberia, mientras que las minas de oro estuvieron en Abangares, en tierras altas y quebradas.
Sin embargo, estos pequeños errores se pueden deber a que la novela fue escrita a toda prisa. En la última página, al poner punto final, Edelmira deja constancia no solo de la fecha en que terminó el manuscrito, sino también de la fecha en que lo empezó. Anota: 1 de enero al 20 de abril de 1946.
Obviamente, escribió tan rápido para poner tener la novela lista para enviarla al certamen literario. El certamen literario que ganó, pero no publicó su obra. La novela, escrita en quince semanas, debió esperar treinta y un años para estar en manos del público.
INSC: 2722

martes, 22 de octubre de 2019

Don Rogelio Sotela y José León Sánchez.

A la izquierda del Sol. José León Sánchez.
Editorial de la Universida de Costa Rica.
San José, Costa Rica. 2012
Un hermoso cuento relata la historia de la breve pero entrañable amistad que nació a partir de un encuentro casual a la orilla de un río. Los amigos, que se conocieron descalzos, con los pies hundidos en la misma poza, tenían edades, temperamentos y experiencias muy distintas. Uno era un hombre sabio, sereno y elegante. El otro, un niño pobre, rebelde y sufrido. El adulto ya era un literato, el joven lo sería muchos años después. Como en todas las amistades, en la la que mantuvieron el poeta Rogelio Sotela y el novelista José León Sáchez, hubo afecto y apoyo, así como también, inevitablemente, enojos y disgustos.
Llegaron al mismo río con distintos propósitos. José León iba a pescar peces, don Rogelio iba a pescar ideas.
Jamás se habría imaginado el poeta que aquel muchachito travieso, que lo escuchaba con atención aunque no comprendiera el significado de muchas de las palabras que le decía, acabaría convirtiéndose en un novelista reconocido a nivel internacional. El niño tampoco sabía en aquel momento que el señor alto de anteojos oscuros que lo llevaba a su casa para que compartiera tiempo en familia, era un gran intelectual, el primer historiador de la literatura costarricense, que había publicado libros de poesía y de ensayo y que, además, había sido diputado, diplomático y miembro del primer Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica. Cada uno era, para el otro, simplemente un amigo.
El niño llegaba al río con un tarro lleno de las lombrices que usaría como carnada. Mientras pescaba, miraba de lejos a aquel señor silencioso que leía un libro, sentado en una piedra, con los pies en el agua. Cuando algún pez picaba, el hombre levantaba la mano y lo felicitaba con una sonrisa.
Aunque el señor mayor se mostraba amable, el niño mantenía la distancia. Debido a los numerosos y frecuentes maltratos que había sufrido en su corta existencia, el niño, a pesar de su naturaleza inquieta y traviesa, ante los adultos se mostraba huraño y desconfiado. Además, el hombre aquel le parecía de alguna manera extraño. En ocasiones hacía a un lado lo que estaba leyendo y se quedaba quieto por largo tiempo, con la mirada fija en el vacío. En el río nunca se hablaron.
Su primera conversación tuvo lugar en circunstancias un tanto bochornosas. El poeta pescó al niño robando frutas en su jardín. El niño supuso entonces que aquel adulto, como otros muchos que lo habían atrapado antes en sus travesuras, le soltaría una severa reprimenda con ofensas y amenazas. Sin embargo, el poeta reconoció al pequeño pescador del río y lo invitó a tomar un refrigerio en su casa. Era un señor solemne que hablaba "con palabras de diccionario", pero el niño descubrió, con algo de sorpresa, que el hombre silencioso que miraba al vacío sin moverse, era un hombre bueno y simpático. Solamente le caía mal cuando le hablaba de la importancia de ir a la escuela, de la que el niño guardaba muy malos recuerdos y de la que huía a toda costa. Por otra parte, el niño descubrió que el poeta tenía una hija muy bonita, más o menos de su edad, por lo que encontró atractivo frecuentar aquella casa en que lo trataban tan bien.
Tuvieron, como todos los amigos, algún disgusto que, como todos los amigos, lograron olvidar. La amistad fue breve, pero el recuerdo acabó siendo imborrable.
Con el cuento El poeta, el niño y el río,  José León Sánchez obtuvo su primer premio literario. Lo escribió en la Isla de San Lucas, donde estaba preso. En 1963 lo presentó a un certamen convocado por la Universidad de Costa Rica, la Asociación de Autores, la Dirección de Artes y Letras y la Editorial Costa Rica. El Jurado le otorgó el primer lugar pero, cuando se supo que el autor era el reo más conocido del país, hubo quienes protestaron y pidieron que el premio no le fuera entregado. Argumentaban que era imposible que un hombre como él hubiera escrito un cuento tan hermoso. El Dr. Constantino Láscaris, que había obtenido el segundo lugar en el certamen, manifestó que no aceptaría el reconocimiento si se le retiraba el premio a José León. El fallo se mantuvo, pero José León no pudo asistir a la ceremonia de entrega en el Teatro Nacional. Sin embargo, la noche de la premiación, aunque estuviera muy lejos, en su celda del penal de San Lucas, José León Sánchez se convirtió en un escritor laureado y reconocido.
Desde entonces, El poeta, el niño y el río, ha sido publicado en numerosas ediciones. En 2012 fue publicado en el libro A la izquierda del Sol, publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica, junto con otros doce cuentos.
En éste, como en todos sus relatos, José León Sánchez se refiere al dolor, el sufrimiento y la injusticia, pero no lo hace como lamento ni como denuncia, sino que es capaz de elevarse hasta un nivel de sabiduría y madurez que está muy por encima del resentimiento. Sus personajes, como él mismo, a pesar de las duras experiencias sufridas, son capaces de mantener en alto la confianza y el optimismo. Sonríen, creen todavía en la buena voluntad de quienes los rodean, se sacuden el polvo después de cada caída y disfrutan los breves y esporádicos momentos de paz y gozo en medio de la tormenta.
En sus charlas, el niño le iba contando al poeta como había su vida. Abandonado desde pequeño, maltratado y rechazado por quienes, se suponía, debían cuidarlo, había ido creciendo solo a brincos y saltos, aguantando hambre y buscando, sin encontrarlo, un poco de afecto. El poeta, que en el río se quedaba silencioso mirando un punto lejano, lo escuchaba atento. Precisamente por la época en que se conocieron, don Rogelio Sotela había publicado un librito pequeño, Apología del dolor, en el que, entre otras sabias máximas, decía que el sufrimiento es como la noche que precede a la aurora, que el dolor es una escuela que nos hace comprender mejor la vida, que cada golpe fortalece y que quienes han sufrido mucho, a la larga logran alcanzar un alto estado de serenidad.

Rogelio Sotela (1894-1943) y José León Sánchez. El primero poeta y el segundo
novelista, compartieron una amistad, salpicada con travesuras, que nació a la orilla
de un río.
INSC: 2772

viernes, 4 de octubre de 2019

Historia de la literatura costarricense. Abelardo Bonilla.

Historia de la Literatura Costarricense.
Abelardo Bonilla. Edictorial Costa Rica.
San José, Costa Rica. 1967
El primer antólogo e historiador de la literatura costarricense fue el poeta Rogelio Sotela, quien publicó, por iniciativa propia y con recursos propios, tres importantes estudios: Valores Literarios de Costa Rica (1920), Escritores de Costa Rica (1923 y una edición ampliada en 1943) y Literatura Costarricense (1927).
Estos libros, además de reseñas biográficas de los autores y datos de referencia sobre títulos y fechas de las publicaciones, incluían además una muestra antológica de las obras mencionadas, muchas de ellas verdaderamente difíciles de encontrar.
El trabajo de recopilación y rescate histórico que hizo el poeta Rogelio Sotela es verdaderamente asombroso y admirable. Quien quiera tener una visión amplia y total de la literatura costarricense, no tiene más que recorrer las casi novecientas páginas de Escritores de Costa Rica, donde encontrará tanto la información, como la muestra, sobre todo lo escrito y publicado en Costa Rica desde los más remotos orígenes coloniales hasta las primeras décadas del Siglo XX,
Lamentablemente, esta obra erudita, rigurosa y completa no ha vuelto a ser reeditada. 
En los años cincuenta, la Universidad de Costa Rica, de cuyo primer Consejo Universitario el poeta Rogelio Sotela había formado parte, en vez de publicar una nueva edición de Escritores de Costa Rica, optó por encargarle a Abelardo Bonilla que escribiera una Historia de la Literatura Costarricense. La tarea, paradójicamente, era a la vez una tarea sencilla y un reto difícil. Tarea sencilla, porque la investigación y recopilación ya estaba hecha. Reto difícil, porque le correspondía ir un paso más allá de una verdadera obra maestra.
La primera edición de Historia de la Literatura Costarricense fue publicada en 1957 y se agotó casi de inmediato. La segunda, ampliada, fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1967 y hubo también una tercera edición, de gran tiraje, publicada por la editorial STVDIVM, de la Universidad Autónoma de Centro América, que en diversas reimpresiones, entre 1982 y 1984, alcanzó los catorce mil ejemplares. La primera edición no la he podido conseguir, pero tengo en mi biblioteca sendos ejemplares de la segunda y la tercera.
Historia de la Literatura Costarricense.
Abelardo Bonilla. STVDIVM.
UACA. San José, Costa Rica, 1984.
 Los nombres, fechas, títulos y datos que se consignan en los libros de Rogelio Sotela y de Abelardo Bonilla son casi los mismos. En cuanto a estructura, la obra de Bonilla está prácticamente calcada de la Sotela. Sin embargo, cada estudio responde a intenciones muy distintas. Rogelio Sotela, como historiador literario, se limitó a consignar. Investigó en archivos, recopiló información, la estructuró sistemáticamente y reprodujo muestras representativas de cada obra estudiada. El suyo es un trabajo exhaustivo y completo, una gran obra de referencia que no entra en valoraciones personales, estéticas ni políticas. Rogelio Sotela ofrece los datos, pero no pretende influir en el juicio que se pueda hacer de ellos.
Abelardo Bonilla tomó un camino distinto. Para empezar, no solo eliminó la muestra antológica (con la promesa de reunirla en otro libro) sino que también se tomó la libertad de eliminar de la recopilación las obras que, a su juicio, eran "de escasa importancia". 
Abelardo Bonilla, según afirma él mismo en el prólogo, para escribir la obra se trazó un plan y procedió con la "eliminación deliberada de los nombres y manifestaciones que no calzan con el plan."
En la introducción, afirma que su libro "no reclama otro mérito que ser objetivo y sincero."  En cuanto a sincero, no cabe duda que lo es, puesto que el autor se permite manifestar sus opiniones personales sin pudor y sin medida pero, precisamente por eso, el libro no tiene nada de objetivo. Es, de hecho, toda un desplante de subjetividad.
Empieza con una afirmación muy discutible. Afirma que en Europa, "por la cultura y por la raza" hay un orden basado en la razón, mientras que en América, "por la juventud y el aporte indígena", hay un orden basado en la emoción. No se detiene sin embargo, a exponer las razones que lo han llevado a esa conclusión que, tal parece, él da por un hecho. Podría discutírsele que, a pesar de las diferencias culturales, por marcadas que sean, la conducta de todos los seres humanos, independiente de donde vivan, responden a motivaciones tanto racionales como emocionales.  
Casi de inmediato, al referirse a la producción intelectual a este del Atlántico, suelta otra sentencia contundente que tampoco se molesta en explicar. Dice que del pensamiento latinoamericano "no vemos ninguna perspectiva ni sentimos su conveniencia." Mientas otros autores, al ocuparse de los escritos de una región en particular tratan de descubrir sus características propias, Abelardo Bonilla deja claro que la única cultura racional es la que viene de europea y ni siquiera es conveniente que otra sea posible. Considera que el localismo, además de "errado" es "deleznable", ya que conduce "al error de crear una limitación inconveniente en la universalidad de la cultura."
Como cree que hay una manera correcta y una manera equivocada de hacer las cosas, al referirse a la poesía costarricense, considera "negativa" la influencia que en ella tuvo el colombiano Julio Flores y "nefasta" la del mexicano Salvador Díaz Mirón.
Abelardo Bonilla Baldares. (1898-1969)
Ya entrando en materia, al referirse a la literatura costarricense, como un maestro severo ante los aprendices, procede a evaluar la obra de los autores que va mencionando. Encuentra los versos de Domingo Jiménez, el coplero, como "textos de mediocre composición." Critica En una silla de ruedas, de Carmen Lyra, por su "exceso de sentimentalismo", mientras que las dos novelas de María Fernández de Tinoco, Zulay y Yontá, les reprocha su "lenguaje ingenuamente femenino". Afirma que Yolanda Oreamuno es una narradora excepcional al repasar recuerdos pero que, al entrar en temas reflexivos, su prosa es "inferior" ya que revela "una concepción del mundo y de los hombres pesimista, sobria y cruel." Reprocha que la poesía de Francisco Amighetti sea "escasa y limitada a temas menores." El libro Atardeceres, de María Ester Amador León, es calificado como "una colección de setenta poemitas en prosa.
Además de etiquetar los libros con criterios tan subjetivos, Abelardo Bonilla también los califica entre mejores y peores. Al referirse a la obra de don Joaquín García Monge, afirma que Abnegación es "de menor mérito" que El Moto y que La mala sombra y otros sucesos es "su mejor obra". De las tres novelas que escribió Claudio González Rucavado, dice que Egoísmo, es "inferior" a las otras dos. Sostiene que Pedro Arnáez es la mejor novela de José Marín Cañas, mientras que Ese que llaman pueblo, es la mejor de Fabián Dobles.
Aunque, a nivel académico, se suele echar mano de métodos y teorías, siempre he creído que la crítica literaria es, en el fondo, un género de opinión. Por ello, no cuestiono que Abelardo Bonilla manifieste sus impresiones personales, pero le reclamo que las opiniones que manifiesta no estén justificadas. No le cuestiono, por tanto, que Abelardo Bonilla que manifieste sus impresiones personales, pero le reclamo que no las explique. Si el crítico literario simplemente opina, se espera que esa opinión sea fundamentada. Si afirma que una obra es "mejor" o "peor" que otra, debería decir por qué.
Abelardo Bonilla no solamente califica las obras, sino también los autores. Dice que Jenaro Cardona es "el más brillante poeta del período", que Alfredo Castro es "el más genuino de nuestros autores dramáticos" y que Alfredo Cardona Peña es el poeta "que ofrece frutos estéticos de más altos quilates", pero no se detiene a exponer cómo llegó a esa conclusión.
En ocasiones, al opinar sobre escritores, sus comentarios se centran en lo personal más que en lo literario. Sostiene que la vida de Teodoro Yoyo Quirós "no tuvo rasgos notables", que Rafael Angel Troyo fue "un millonario que derrochó su fortuna", o que Max Jiménez era "un hombre muy rico cuya personalidad indisciplinada le impidió seguir estudios superiores." Llega al punto de afirmar que "por su carácter serio e introvertido, por su espíritu religioso y por su dedicación a los estudios filosóficos, Luis Barahona Jiménez es el escritor contemporáneo mejor capacitado para el ensayo."
Además de evaluar y etiquetar tanto libros como autores, Abelardo Bonilla, en sus comentarios, señala la influencias de autores de otras latitudes que ha notado en las obras costarricenses. Las de Francisco Soler y las de Max Jiménez se le parecen a la de Ramón del Valle Inclán, la de Diego Braun Bonilla a la de Gustavo Adolfo Becker y la de Aquileo Echeverría a la de Francisco de Quevedo. La ironía de Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas, le recuerda la picaresca española, en las novelas de Fabián Dobles descubre "visibles influencias" de Emile Zolá y Fiodor Dostoievski, mientras que a Manglar, la primera novela de don Joaquín Gutiérrez, le descubre influencias de John Dos Pasos y James Joyce. Habría sido interesante saber un poco más acerca de cómo estableció tales paralelismos pero, de nuevo, Abelardo Bonilla optó por manifestarlos sin molestarse en explicarlos.
El concepto de "Literatura Costarricense" es, en este libro, bastante amplio, puesto que, además de poesía, cuento, novela, teatro y ensayo, incluye también apartados sobre Historia, Derecho, Economía y Periodismo. Las dosis de atención que presta a cada autor son, como muchas otras en este obra, inexplicables e inexplicadas. En la brevísima mención a José Ramírez Sáizar, simplemente dice que su obra se refiere a la "pintoresca" región guanacasteca. Uno no puede evitar preguntarse por qué considera a Guanacaste particularmente "pintoresco", cuando también podría serlo cualquier otro rincón del país.
En el apartado de periodismo, por ejemplo, no se menciona a Pío Víquez, pero Abelardo Bonilla dedica un largo elogio a  Otilio Ulate Blanco, quien había sido su patrón durante los muchos años que trabajó en el Diario de Costa Rica. Al mencionar a don Alberto Cañas Escalante, aclara que "no es un periodista profesional pero ha realizado una vasta labor en órganos de prensa." Lo curioso del caso es que en Costa Rica ningún periodista era profesional. No se impartían clases de periodismo y los colaboradores de periódicos se dedicaban también a otras actividades.
En todo caso, queda claro que la Historia de la Literatura Costarricense de Abelardo Bonilla, más que un estudio metódico y antológico sobre la producción literaria de Costa Rica, es más bien la valoración personal que, sobre esa literatura, tiene quien la escribió. Con todo y lo discutibles que son las opiniones expuestas, es un libro interesante de leer, pero  no atractivo de repasar.
El que sigue siendo un libro de referencia y consulta frecuente es, más bien, el anterior y primero, Escritores de Costa Rica del poeta Rogelio Sotela. Es entonces inexplicable, además de lamentable, que mientras el libro de Bonilla ha contado con varias ediciones desde su aparición, en 1957, el de Sotela no haya vuelto a editarse desde 1942.
INSC: 1826  2765

viernes, 6 de abril de 2018

La labor de una vida. Novela de Alberto Cañas.

Aquí y ahora. Alberto Cañas. Editorial
Costa Rica. Costa Rica, 1965. Incluye la
novela La labor de una vida.
Al romance entre un hombre viejo y rico, con una mujer pobre y joven, suele dársele, de manera casi automática,  la que pareciera es la explicación más evidente. El viejo anda en busca de placeres carnales con una joven de fresca belleza, mientras que la muchacha pretende que su amante, canoso y barrigón, le proporcione lujos y diversiones que ella no podría costearse.  Visto así, está claro que cada uno puede brindarle al otro lo que más le hace falta y la relación, mientras dure, será sostenida, en ambos extremos, por puro interés. La pasión y la generosidad suben y bajan juntas. A más cariñitos, más regalitos. A menor arrebato, menor patrocinio. 
Sin embargo, es probable que, en este tipo de relaciones, tanto él como ella, tengan otros motivos para estar juntos más allá del sexo y el dinero.
Don Alberto Cañas explora esa posibilidad en su novela La labor de una vida, que narra el romance entre Paco Castillo y Nina Molina. A Paco, ya con bastantes años encima, le ha ido bien en la vida, podría decirse que sin merecerlo, mientras que a Nina, en su breve existencia y también sin merecerlo, le ha tocado sufrir bastante. Para decirlo en términos costarricenses, Paco ha sido "derecho" mientras que Nina ha sido "torcida".
No faltará quien considere que una novela sobre el romance entre un viejo divorciado y una joven viuda no es más que literatura ligera. Al respecto cabe anotar que quien lea La labor de una vida simplemente para entretenerse y divertirse, no saldrá defraudado. La trama avanza a un ritmo acelerado que no deja espacio al tedio, cada uno de los personajes que aparece, así sea fugazmente, tiene su gracia y su encanto y la ráfaga de situaciones, absurdas y descabelladas pero muy comunes en este tipo de relaciones, están escritas de manera tan concisa y contundente que inevitablemente se acaban leyendo con una sonrisa en los labios.
Lo del supuestamente inevitable intercambio de sexo por dinero ni siquiera se menciona ya que, en el periodo que abarca la novela no se ha llegado a ese punto. Nina le da a Paco una que otra caricia y uno que otro beso, pero no pasa de allí. Paco, por su parte, la lleva a pasear y la invita a comer sin que que esas salidas impliquen gastos exorbitantes. 
Los detalles de cómo se conocieron y la forma gradual en que empezaron su relación son en verdad simpáticos pero tampoco vale la pena detenerse en ellos. Lo verdaderamente interesante es ir descubriendo por qué dos personas tan diferentes acabaron juntas. Más allá de la edad y el nivel de ingresos, los temperamentos y las experiencias de vida de Paco y Nina no podían ser más distintos. A Paco le había ido bien y a Nina le había ido mal pero, en ambos casos, eso fue un asunto de suerte más que de talento o esfuerzo.  Paco, propietario de una exitosa empresa comercial, era bastante tonto. Nina, empleada en un puesto humilde, era inteligente. Paco, que venía de una familia en que hubo hasta un prócer, cuyo horrible retrato su madre le enseñó a reverenciar desde que tuvo memoria, era ignorante. Nina, hija de un profesor de literatura, despeinado y con ropa mal planchada, era culta. Paco era débil, Nina era fuerte. Pero la mayor diferencia entre ellos radicaba en que Nina era una mujer independiente dispuesta a tomar sus propias decisiones que fue capaz, cada vez que lo consideró oportuno y necesario, de desafiar la autoridad de sus padres y de su marido, mientras que Paco había estado toda su vida bajo el control de su madre (que en la novela se llama simplemente "doña señora" porque el narrador confiesa que no hay manera que recuerde su nombre) primero, y de Elena, su esposa, después.
Pese a sus dificultades y su precaria situación económica, Nina había vivido a su manera, mientras que Paco, a pesar de sus millones, había estado sometido, casi sin darse cuenta, a la voluntad de otros. Su madre, Doña Señora, había dominado a Paco desde antes de concebirlo. Elena, su esposa, presumía ante sus amigas de tenerlo bajo control. Madre y esposa, no solo le escogían la ropa, las comidas y las actividades recreativas, sino que hasta lo obligaban a asistir a numerosos compromisos sociales y culturales sin tomarse la molestia de preguntarle si le interesaban o no.
Paco fue uno de esos niños que ni corren ni juegan, uno de esos colegiales de zapatos brillantes peinado con vaselina que nunca destacó ni en el estudio, ni en el deporte, ni en las travesuras; uno de esos maridos que no son más que la sombra de una señora que, por ser figura protagónica de la alta sociedad, tiene un compromiso distinto para cada día de la semana; uno de esos empresarios que acaban haciendo crecer el capital heredado por pura inercia.
Su divorcio, sobra decirlo, fue su liberación. Y mientras trataba de descubrir cómo se vive libremente, su mirada tropezó con las esculturales piernas de Nina. Sí, al principio la atracción fue puramente física, pero conforme la conociendo más a fondo, llegó a admirar su soltura al hablar y al actuar, su desenfado, su despreocupación, es decir, su libertad, que era lo que él andaba buscando.
Nina, por su parte, al principio también consideró el hecho de que una salida nocturna se disfrutaba más con alguien que, aunque no fuera muy buen bailarín, ordenaba todo tipo de bebidas y bocadillos sin preocuparse por el monto de la cuenta. Ella no pretendía ni aprovecharse de él ni crearle falsas expectativas, por lo que solamente aceptaba sus invitaciones de manera esporádica pero poco a poco fue encontrando atractivo a ese curioso animal, nacido y criado en cautiverio, que acababa de salir de la jaula y quería insertarse al mundo salvaje sin saber cómo. 
Aunque mantenían su relación en secreto ante sus respectivas amistades, llegó un momento en que se veían casi a diario. Ellos pertenecían a mundos distintos y, si la cosa continuaba, como todo indicaba que iba a suceder, sería inevitable que Nina le permitiera a Paco entrar en su mundo y Paco llevara a Nina a conocer el suyo. Ella, que tenía más arrojo, dio el primer paso. Un domingo, Paco faltó a su acostumbrado juego de golf semanal en el Country Club y se fue tomado de la mano de Nina a ver un partido de fútbol en el estadio. "A la gradería de sol", presumiría luego ante sus amigos, "que es donde uno se divierte más." 
Paco quedó encantado con el mundo de Nina. En las reuniones que organizaba su esposa para beber vinos caros y comer platos extraños con personajes importantes vestidos de etiqueta, Paco, que era anfitrión, se sentía excluido, casi expulsado del grupo. Pero la noche de año nuevo que pasó con Nina y su familia, comiendo carne asada en el patio de la casa, fue tan bien acogido que llegó a sentirse miembro de pleno derecho del clan.
Para introducir a Nina en su mundo, Paco preparó algo así como una escena de cenicienta. Invitó a Nina a un baile en el club más elitista, encopetado y exclusivo del país, al que asistiría toda la crema y nata, natilla y yogurt de la alta sociedad. Allí estarían todos los que viven preocupados por el qué dirán y todos los que siempre dicen algo. Le compró a Nina bolso, vestido, zapatos y joyas para que no desentonara. Todas las asistentes al baile irían arregladas de manera similar, pero Paco estaba seguro de que Nina acapararía todas las miradas por su frescura, belleza y juventud. Al entrar al salón del brazo de aquella hermosura, experimentó una deliciosa sensación de éxito al descubrir que Elena, su exesposa, a la que sentía la necesidad de eliminar de su vida, estaba allí presente. Paco sonreía satisfecho al imaginar los comentarios que, durante semanas, tal vez meses, todos quienes lo conocían acabarían repitiendo en cuanta oportunidad tuvieran.
Cuando la orquesta empezó a tocar música moderna y las parejas de viejitos fueron a sentarse, Paco supo que había llegado el momento de que Nina se luciera bailando los ritmos en que era especialista. Todos los presentes, con la boca abierta, quedaron perplejos, tanto por la gracia y el encanto de la muchacha, como por la audacia del destape de un Paco prácticamente irreconocible. Nunca lo habían visto sudoroso, nunca lo habían visto frenético, nunca lo habían visto despeinado y contento.
La novela queda abierta. No sabemos si Paco y Nina acabaron esa noche por primera vez en la cama, ni si su relación duró mucho o poco después de hacerse pública. Lo que sí queda claro, y es la principal razón por la que vale la pena leer esta novela, es que, más que un intercambio de sexo por dinero, el romance de Paco, viejo y rico, con Nina, pobre y joven, es la historia de dos personas que vivían en mundos distintos y, sin darse cuenta de lo compleja que era la situación, cada uno quería entrar al mundo del que el otro quería salir.
INSC: 2726

lunes, 26 de febrero de 2018

María sin casa y sin amo. Novela de Alejandra Gutiérrez.

María sin Casa y sin Amo. Alejandra
Gutiérrez. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1980.
María Espino, la protagonista de la novela María sin Casa y sin Amo, de Alejandra Gutiérrez, ha sufrido tanto que se ha convertido en poco más que una sombra. Pese a ser una sobreviviente de mil tragedias, ha llegado a ser un fantasma en vida que, en distintos lugares y circunstancias, ha enterrado a sus hijos, a sus amigos y a sus amantes. Perdió a sus hijos en las guerras, le quemaron su casa cien veces, la desterraron y, para poder regresar a un paisaje que le fuera familiar, aunque ya no quedara en él nadie que la recordara, debió darle la vuelta al mundo.
Al principio del relato la encontramos cerca del río. Ella hubiera querido contemplar, desde la orilla, su propio cuerpo dejándose llevar corriente abajo. Imagina que recogerían más abajo, hinchada y mordida por los peces. Pero la novela  no es, como parece de primera entrada, la crónica de un suicidio, sino la bitácora de un largo viaje a través del tiempo, del espacio y de las emociones.
Para quienes gustan de datos concretos, se puede consignar que la novela está ambientada en Chile. Varias pistas así lo indican. Sin detenerse en descripciones y casi sin mencionarlos, de alguna manera se adivina la presencia de los altos montes y el desierto. La protagonista suspira porque haya "tanta vida y tanta muerte en un país tan pequeño y delgado". Se citan, repetidas veces, versos de Gracias a la Vida, de Violeta Parra. En algún momento aparece un carabinero, la protagonista se abriga con poncho y de vez en cuando, entre las pocas palabras que dice en voz alta, utiliza expresiones coloquiales chilenas. Sin embargo, más que un sitio geográfico concreto, los episodios de la novela ocurren dentro de la memoria de María, un espacio que ha llegado a ser caótico y confuso, en que las imágenes, los hechos y los diálogos se suceden de manera incoherente e inconexa. 
No es posible brindar una semblanza cronológica de los hechos. En esta novela, uno no sabe qué ocurrió primero y qué pasó después. Ni siquiera está clara la distinción entre lo ocurrido y lo imaginado, puesto que en la mente de María hay una mezcla de recuerdos, pesadillas, alucinaciones y anhelos. En el recuento de su viaje, no se sabé si va al norte o al sur, si se aleja o regresa, qué le sucedió de ida y qué de vuelta, a dónde va ni de dónde viene. 
Abrazando con fuerza su guitarra, para protegerla de los bamboleos de la carreta, María, ante la avalancha de recuerdos que no la dejan ni un minuto en paz, repasa la conversación que sostuvo con el caballo del carabinero y evoca al viejo misterioso, que hacía agua por los ojos mientras sus manos se convertían en raíces, hasta que solamente quedó su sombrero al lado del camino.
Cuando lo imaginario se torna real, lo real deja de serlo. María llora, pero aquello no era llanto, reza, pero aquello no era un rezo. 
En el fondo, María es el único personaje de la novela. Sus hijos, amantes, esposos y parientes, no son más que recuerdos borrosos. El cojo, el caballo del carabinero, los compañeros de viaje en la caravana, que muy probablemente ni siquiera existan, sino que hayan sido creados por su imaginación, pasan frente a ella como sombras y acaban disolviéndose como sal, o azúcar, en el agua.
Hay, en la novela, alguna referencia social planteada de manera muy sutil. Los que sufren, como multitudes opacas, marrones o grises, marcharon tras una bandera roja con la aspiración de hacer "el hombre nuevo". Solamente María, la loquita, se atrevió a preguntar si "la mujer nueva" formaba también parte del plan.
El libro está lleno de imágenes sugerentes que, muy probablemente, esconden un buen número de mensajes ocultos. Quien ahonde en los simbolismos que pudieran encerrar los diversos elementos de la novela encontrará, sin duda, amplio material para profundos temas de reflexión. No es mi intención descifrar todo lo que en esta obra hay de misterioso. Una narración literaria, por enigmática que sea, no es un acertijo y, en todo caso, como decía Max Jiménez, "todo esto está escrito de manera distinta para cada uno."
Al terminar de leer María sin casa y sin amo, lo que queda no es el recuerdo de una historia convencional con planteo, desarrollo y desenlace, sino más bien la sensación de haberse sumergido en un sueño algo confuso en el que el sufrimiento acecha, la huida es constante y la esperanza está aún viva.
INSC: 2723

martes, 2 de enero de 2018

Corazón joven. Novela de Rafael Angel Troyo.

Corazón Joven. Rafael Angel Troyo.
Editorial Costa Rica,
Costa Rica, 1985
Poeta, novelista y compositor, Rafael Angel Troyo fue también un personaje singular cuyas excentricidades, ciertamente provocadoras, solían perturbar la monótona calma de la ciudad de Cartago durante los primeros años del Siglo XX. 
Tercer hijo de José Ramón Rojas Troyo y María de los Dolores Pacheco Ugalde, creció rodeado de comodidades, libros, obras de arte y conciertos musicales. Su padre, rico comerciante y cafetalero, propietario de grandes fincas en Agua Caliente, era un gran coleccionista de objetos precolombinos, de los que llegó a reunir, junto con su hermano Domingo, un buen número de piezas de oro y cerámica extraídas en la región de Osa. Su colección, donada en 1887, fue la base del Museo Nacional. Su mecenazgo, además de en la arqueología, fue también generoso en la música. Don José Ramón Rojas Troyo fue quien donó, en 1883. los instrumentos musicales a la Sociedad Euterpe, presidida por el maestro español José Campabadal, quien fundó una orquesta de cámara en Cartago.
En su casa, construida por el arquitecto italiano Francesco Tenca y decorada por el también italiano Paolo Serra, situada en los alrededores del parque Jesús Jiménez, se encontraba una de las más bastas bibliotecas de la ciudad. Juan de Dios Troyo, hermano de Rafael Angel, era ciego pero, a pesar de esta limitación, era un gran amante de la literatura y solía contratar maestros por horas para que fueran a leerle.
Cuando Rafael Angel Troyo terminó sus estudios en el Colegio San Luis Gonzaga, su padre lo envió a Estados Unidos para que aprendiera inglés y estudiara administración comercial. Sin embargo, lo que descubrió durante su permanencia en el país del norte fue su habilidad creativa. En New York escribió su primer libro Terracotas (1900) y compuso varias obras musicales que fueron muy celebradas. Mi princesita, Día de bodas y Marcha Triunfal fueron los títulos de sus primeras composiciones. También fue autor de piezas bailables. Un One Step de su autoría llegó a amenizar fiestas de la alta sociedad neoyorkina y, según cuenta su biógrafo Federico Mora, Troyo ejecutaba también un vals con silbidos acompañándose únicamente por enormes brazaletes de cascabeles colgados en sus muñecas.
Después de su estadía en New York se trasladó a París, donde residió una larga temporada y vivió también en Londres, Berlín y Roma.
En el barco de regreso a Costa Rica escribió su libro de poemas Ortos Estados del alma (1903). Más tarde publicaría Poemas del alma (1906) y Topacios, cuentos y fantasías (1907). Se conocen los títulos de dos libros que no llegó a terminar: Rosalba y La historia de un músico triste. 
Rafael Angel Troyo. Escritor, poeta y compositor.
(1875-1910)
La fortuna familiar era capaz de brindarle una vida económicamente holgada y, por ello, se aventuró en ambiciosos proyectos editoriales que, lejos de generarle ni un centavo de ganancia, más bien le causaron enormes pérdidas. Con Máximo Soto Hall y Ricardo Fernández Guardia publicó la revista Pinceladas.  Otras publicaciones suyas fueron la Revista Nueva con el hondureño Pastor Turcios, Musa Americana con José María Zeledón y el colombiano Pastor Ríos. Su último intento periodístico se llamó Bizancio que, como los anteriores, tuvo corta vida. Las revistas que intentó establecer fracasaron tanto por falta de lectores como de anunciantes.
En Cartago, Rafael Angel Troyo era un personaje conocido pero a decir verdad no muy querido. Sus excentricidades no eran bien vistas por los habitantes de la vieja metrópoli en la que, como recuerda Mario Sancho en sus memorias, hasta los más ricos acostumbraban llevar una vida hogareña y recatada. El paseo que daba Rafael Angel Troyo todas las tardes por la ciudad, montado en un elegante caballo peruano lo convertía en una figura pintoresca, sobre todo por el hecho de no llevar puesto el sombrero para que su larga melena se agitara con el viento. También llamaba la atención de los vecinos el hecho que el poeta, cuando decidía dar una caminata, tuviera como sitio predilecto el cementerio, en el que solía deambular entre las tumbas durante horas. 
Más que un artista que vivía a su manera, lo consideraban un ricachón vagabundo. Los chismosos decían que le faltaba talento y le sobraba dinero y llegaron a afirmar que había pagado a creadores pobres la composición de los poemas, cuentos y piezas musicales que presentaba como suyos. 
Las fiestas que ofrecía en su casa se caracterizaban por el derroche sin medida. Se bebía champán francés y se degustaba caviar ruso. En una oportunidad, la celebración de su cumpleaños acabó mal ya que tanto él como todos sus invitados fueron a dar a la cárcel. La fiesta fue convocada a las ocho de la noche en una funeraria que se encontraba al lado del Parque Central. Los ataúdes servían de mesas y presidía el recinto una lechuza disecada. A la media noche, decidieron realizar un desfile por las desiertas calles de la ciudad. El poeta llevaba en alto la lechuza, mientras que sus amigos, ya bastante ebrios, portaban cirios encendidos y aúllaban como seres de ultratumba. Los policías, que fueron a ver qué pasaba, al ver la procesión salieron huyendo. A la mañana siguiente recogieron a los participantes de las aceras en las que se habían quedado dormidos. Algunos parecían muertos y, al ser depositados en carretas de bueyes, las autoridades no tenían claro si enviarlos a la cárcel, al hospital o la funeraria de la que habían salido.
Tras la muerte de Rafael Angel Troyo tanto su persona como su obra cayeron en el olvido. Era, como decía don Alberto Cañas, un escritor ignorado en el doble sentido de la palabra. Ignorado, porque el público no sabía de él, e ignorado también porque los estudiosos no le prestaban atención. 
Más de setenta años después de su muerte, su nieto, el escritor Daniel Gallegos Troyo, encontró un ejemplar de Corazón Joven, la novela romántica que Rafael Angel Troyo había publicado en 1904. La puso a circular por medio de fotocopias y, acogida por don Beto, fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1985. 
Ambientada en Francia, relata la historia de Jorge Nodelle, un joven libertino que escapa del mundanal ruido de París y va a visitar a su vieja tía Gabriela, que vive en el campo. En casa de la tía conoce a Margarita, ahijada de Gabriela, de quien se enamora tan inmediata y perdidamente como solo en las novelas de esa época suele ocurrir. Si se centra la atención en la historia de amor de Jorge y Margarita, la novela no pasaría de ser un relato cursi y meloso. Paseos tomados de la mano, besos a escondidas, suspiros y miradas profundas que acaban, como era esperarse, en una boda de sueño como primer paso a un futuro prometedor.
Sin embargo, el personaje de más peso en la novela no es ninguno de los enamorados, sino la vieja tía solterona que, pese a que ama tanto a su sobrino como a su ahijada, ante el noviazgo y la boda que se avecina, sufre internamente de furiosos arranques de celos, de envidia, de frustración y de ira. Ella, solterona y virgen en la vejez, que nunca ha sabido, ni sabrá, lo que es ser amada ni deseada, encuentra, al mirar la felicidad de sus parientes, un recordatorio cruel que subraya la soledad de su propia vida. Se torna irascible, finge estar enferma, intenta incluso sabotear el enlace pero, al final, resignada, asiste como testigo a la boda que, pese a la rica decoración de la capilla y la belleza de la ceremonia, para ella fue una verdadera tortura.
Innegablemente, en muchos aspectos Corazón Joven es una novela romántica decimonónica. Inacabables descripciones de recintos, salas y jardines. Numerosas exclamaciones que empiezan con el infaltable "Oh". Diálogos recitados llenos de expresiones construidas con retruécanos. Paisajes bucólicos con pajarillos y flores en primavera, árboles desnudos y suelo cubierto de hojas secas en otoño y campanarios erguidos en medio del blanco paisaje del invierno.
La insistencia en describir el ambiente lujoso también es obsesiva: pisos de mármol, cubiertos y fuentes de plata, vestidos llenos de brocados.
Pero incluso en medio de tanta seda en la ropa y tanta flor en el jardín, Corazón Joven es una novela muy rica en el escenario psicológico que propone. La soledad de una anciana que nunca tuvo una relación ni romántica ni apasionada y la manera callada y digna en que carga en silencio su frustración.
Es famosa la polémica sobre el nacionalismo en la literatura que se desató en 1894 a raíz de la publicación de los cuentos de Ricardo Fernández Guardia quien, como Troyo, era afrancesado. Corazón Joven, ambientada en Francia, fue publicada apenas un año antes de que aparecieran las celebradas Concherías de Aquileo Echeverría. La literatura costarricense, a la larga, siguió la senda nacionalista y los estudiosos de la materia dejaron de prestarle atención a las obras de vocación cosmopolita. La publicación de Corazón Joven, exactamente un siglo después de la famosa polémica, llamó la atención sobre esa otra literatura costarricense a la que no se le presta la atención que merece.
El final de la vida de Rafael Angel Troyo fue trágico. Amante de la música, asistió al concierto que el coro del Hospicio de Huérfanos de Cartago ofrecía en la iglesia de los padres salesianos el 4 de mayo de 1910. Cuando empezaron las sacudidas del terremoto que destruyó la ciudad ese día, Troyo salió a la calle y un bloque de piedra del campanario cayó y le golpeó la cabeza. Con su melena empapada en sangre lo trasladaron al parque donde, acostado, agonizó acompañado por su esposa, Lidia Jurado Acosta, y sus tres hijos pequeños, René, Virginia y Luz Argentina. Toda la noche mantuvo los ojos abiertos y murió al día siguiente. Faltaban dos meses para que cumpliera los treinta y cinco años.
Uno de sus escritos, por cierto, parecía una premonición de sus últimos momentos:

"La tarde palideció. Y los altos montes, los valles y colinas se llenaron de silencio.
Desde la vera del camino, mi amada y yo, asistíamos a la muerte del sol y veíamos como después de ese gran incendio del crepúsculo que lo había iluminado todo con sus rojos fulgores, solo quedaban grupos de enormes sombras que pasaban enlutando la inmensa comba de los cielos.
En torno nuestro, las cosas iban perdiendo su real aspecto, para arroparse en ese fantástico velo que tiende el misterio de la noche.
En la bóveda celeste surgió la luna redonda y bella.
Y sobre nuestras cabezas pasó en rápido vuelo la última pareja de palomas que  venían del monte.
—¡Mira!— me dijo de pronto mi adorada —mira aquella estrella que vuela. Ya se ocultó en la luna... ¿Es acaso un pájaro del cielo que va huyendo de la noche?
—Sí —le contesté— es un ave de luz que va a su nido, a ese refulgente nido de plateadas hebras, que afanosa un día colgó del firmamento."

INSC: 1775.

domingo, 10 de diciembre de 2017

La invención de Costa Rica. Ensayos de Carlos Cortés.

La invención de Costa Rica. Carlos
Cortés. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 2003.
El libro La invención de Costa Rica, publicado en 2003, recoge una serie de artículos y conferencias de Carlos Cortés sobre diversos aspectos de la historia, la literatura y algunos escritores costarricenses.
El primer texto, que da título al libro, se refiere a los mitos presentes en la historia del país. Cabe aclarar que la historia, en general, está llena de mitos y la de Costa Rica no tendría por qué estar exenta de ese fenómeno. Inevitablemente la imaginación acaba infiltrándose en el relato de los acontecimientos que, con mucha frecuencia, no ocurrieron como comunmente se cree. Separar lo real de lo imaginario es tarea difícil, ya que hay mitos tan populares que acaban siendo repetidos automáticamente.
Algo así sucedió en este caso. Carlos Cortés plantea la construcción simbólica que puede haber detrás de Juan Santamaría, del culto a la Virgen de los Angeles, la arcadia tropical, el igualitarismo de los costarricenses y la democracia rural. Sin embargo, en su exposición, que pretende ser desmitificadora, acaba, tal vez inadvertidamente, repitiendo mitos.
Menciona que Cristóbal Colón llamó a esta tierra Costa Rica, cuando en realidad el nombre de Costa Rica aparece por primera vez treinta y siete años después de la breve visita del Almirante a Cariay. Llama Juana Pereira a la mujer que encontró la imagen de la Virgen de los Angeles, pese a que el nombre del personaje histórico es desconocido. Juana Pereira es un nombre que inventó Monseñor Víctor Manuel Sanabria. Señala al Dr. José María Montealegre como el artífice del derrocamiento de Juan Rafael Mora, cuando los responsables fueron, principalmente, Vicente Aguilar y Lorenzo Salazar. Al Dr. Montealegre le ofrecieron la presidencia cuando el golpe ya estaba consumado y ni siquiera el propio Juan Rafael Mora lo culpó por su caída. Declara que Costa Rica tiene una historia militar muy escasa, pasando por alto el hecho de que, desde la Independencia hasta el año 1900, hubo diez golpes de Estado y al menos cinco conflictos armados considerables.
Como se ve, los mitos son tan fuertes que hasta quienes pretenden cuestionar unos, no solo repiten otros sino que acaban creado mitos nuevos. Verdaderamente temeraria es la afirmación, incluida en el ensayo, de que Monseñor Anselmo Llorente Lafuente apoyó el derrocamiento de Mora. El obispo ni siquiera se encontraba en Costa Rica, la mayoría del clero era morista y no hay documento que implique a Llorente en los hechos, aunque, por supuesto, el que Mora hubiera desterrado al obispo pesó entre los múltiples motivos de su caída.
Algunos mitos tienen una base real. El caso de Juan Vásquez de Coronado, mencionado en el ensayo, es un buen ejemplo. Era, en verdad, conciliador más que conquistador y prefirió la negociación con los habitantes nativos más que la confrontación armada.
Otros mitos son más bien materia legendaria. El cacique Garabito, que no aparece en el ensayo, es casi un espejismo y tal parece que las tropas de Juan de Cavallón lucharon contra un enemigo inventado para confundirlos.
También están por supuesto, los mitos que son deformaciones deliberadamente manipuladas de la historia. En esta categoría, Carlos Cortés brinda un verdadero aporte al desenmascarar uno de los más sonados casos. En 1989, el gobierno decidió celebrar “El centenario de la democracia”, para conmemorar el alzamiento que, en 1889, obligó a dimitir al presidente Bernardo Soto y llevó al poder a José Joaquín Rodríguez Zeledón. Por alguna razón que nunca estuvo clara, la versión oficial era que Costa Rica había gozado de democracia desde 1889, cuando en realidad el gobierno del presidente Rodríguez Zeledón, instalado ese año, indiscutiblemente fue el más antidemocrático de la historia del país. Ignoró la Constitución, mandó desterrar y encarcelar ciudadanos, suspendió todas las garantías, cerró periódicos y llegó hasta el extremo de clausurar el Congreso. En aquellos años circulaba la broma de que lo peor que pudo haber hecho Rodríguez Zeledón fue desaparecer el poder legislativo porque, si un día recobraba la razón y se daba cuenta de que debía renunciar al cargo, no tendría ante quién presentar la renuncia. A los cuatro años, repudiado por todos los sectores, dejó como presidente a su yerno, Rafael Yglesias Castro quien, también atropellando la Constitución y la voluntad popular, se quedó en el cargo por dos periodos. Las elecciones de Ascención Esquivel Ibarra, la primera de don Cleto González Víquez (1906) y la de Alfredo González Flores no fueron tampoco nada democráticas y vino luego la dictadura de Federico Tinoco. En los comicios presidenciales de 1944 y 1948, así como en los de diputados de 1946, hubo fradude y hasta muertos.
Señalar 1889 como el año a partir del cual Costa Rica vive una democracia fue, definitivamente, un invento sacado de la manga. En toco caso, aunque en su momento el asunto sirvió de excusa para una celebración muy sonada, el mito acabó cayendo por su propio peso.
Este primer ensayo, en todo caso, es el único que se refiere a Historia. En los siguientes Carlos Cortés escribe sobre literatura, que es lo suyo. Hace un recuento de la producción literaria costarricense reciente en el que formula valoraciones verdaderamente dignas de considerar. Sin embargo, la época que pretendió abarcar es tan amplia que el texto acaba siendo una ráfaga de nombres de autores y títulos de libros en los que apenas se detiene unos instantes, cuando muchos de ellos merecerían una atención más reposada.
Me llamó la atención que dos de los ensayos sobre literatura empezaran con la misma afirmación planteada casi con las mismas palabras. “La ambición del escritor costarricense” dice, “es inscribirse en la literatura latinoamericana.”
Naturalmente, cuando alguien publica lo que escribe alberga la ilusión de que su obra llegue a un público amplio, pero no creo que todos los escritores compartan la ambición de convertirse en figuras continentales. El asunto hasta tiene sus riesgos, puesto que quien escribe con el propósito de ganar notoriedad y volverse famoso más allá de las fronteras, puede acabar produciendo literatura de exportación al gusto y estilo imperante en el mercado del momento. Mi punto de vista, tal vez más romántico y hasta ingenuo, es que quien escribe lo hace respondiendo a motivos más internos que externos. El escritor escribe sobre lo que lo apasiona, sobre lo que lo inquieta, sobre lo que le interesa. Si luego su obra logra apasionar, inquietar o interesar a otros, ojalá a muchos, esa ya es otra historia pero, en el fondo, la ambición del literato está más centrada en la obra misma que en el reconocimiento que podría obtener por ella.
Joge Luis Borges lo dijo de una forma muy hermosa al afirmar que “La mayor ambición del escritor es lograr unas páginas que valgan la pena de ser leídas. Solamente unas páginas”, recalcó, “porque un libro entero ya sería esperar demasiado.”
Es natural que un autor se alegre si su obra llega a ser traducida o editada en otros países, pero tampoco se amarga si no lo logra. Hay quienes ni siquiera lo intentan. Recuerdo en particular el caso de don Alberto Cañas. Fue ministro, fue diplomático, viajó mucho, tuvo relaciones de estrecha amistad con escritores europeos y latinoamericanos, sus obras teatrales se montaron en distintos países del continente pero, curiosamente, nunca ni siquiera intentó publicar fuera del país. Una vez le pregunté el motivo y me respondió que tenía claro que en sus novelas, Costa Rica era tanto su tema como su público.
Incluso hoy, en un mundo globalizado con grandes facilidades de comunicación, existen escritores que aspiran a escribir unas páginas dignas de ser leídas aunque vayan dirigidas casi exclusivamente a sus más allegados.
Volverse famoso, o rico, por medio de la literatura, es algo que puede ocurrir, pero con lo que no hay que contar. Si alguien se pone a escribir en busca de fama o fortuna, quizá sería mejor que dedicara su energía y talento a una empresa menos arriesgada.
Carlos Cortés es bastante severo en sus juicios sobre el panorama cultural y literario durante el cambio del siglo XX al XXI, especialmente en lo que se refiere al Ministerio de Cultura, una institución que, en sus inicios, desarrolló ambiciosos y exitosos proyectos, pero que acabó convertida en un aparato burocrático de alto costo y escasos frutos. Cuando se dio inicio a la reestructuración de la Orquesta Sinfónica, don Pepe Figueres soltó su famosa frase “¿Para qué tractores sin violines?” y, apenas treinta años después, la dura crítica del libro lleva por título “¿Para qué violines sin ideas?”
Las últimas páginas de La invención de Costa Rica están dedicadas a semblanzas de nueve escritores costarricenses, de los cuales solamente a dos, Max Jiménez y Eunice Odio, Carlos Cortés no tuvo oportunidad de conocer en persona. Las notas sobre los demás, don Joaquín Gutiérrez, don Fabián Dobles, don Alberto Cañas, doña Carmen Naranjo, Alfonso Chase, Mía Gallegos y Rodrigo Soto, además de la semblanza personal y literaria, vienen acompañadas de recuerdos personales.
Agradezco que mi nombre haya sido mencionado en la nota sobre don Beto, pero me sorprendió que Carlos Cortés, en otro ensayo, al mencionar su propia obra, pusiera: “Cruz de olvido, de Carlos Cortés logró darle...” No comprendo por qué optó por referirse a sí mismo en tercera persona, cuando habría sido más fácil, y hasta más natural, decir simplemente “En Cruz de olvido, logré darle...”
La invención de Costa Rica es un libro que merece ser leído con calma y hasta ser repasado con frecuencia. Como verdadero conocedor de la literatura costarricense, Carlos Cortés logró plantear su visión personal de lo escrito y publicado en la segunda mitad del Siglo XX con provocadoras valoraciones e interpretaciones. Sus puntos de vista, ya sea que se compartan o se discutan, definitivamente no pueden pasarse por alto.
INSC: 1815
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