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martes, 14 de noviembre de 2017

Adolphe Marie periodista en Costa Rica de 1849 a 1856.

Pinceladas periodisticas de la Costa
Rica del Siglo XIX por Adolphe Marie.
Jeannette Bernard Villar. Ministerio
de Cultura Juventud y Deportes.
Costa Rica, 1976.
Cuando, en 1852, el escritor alemán Wilhelm Marr estuvo en Costa Rica y manifestó su interés por conocer a los personajes notables del país, le recomendaron que asistiera a las peleas de gallos, puesto que allí los encontraría a todos. La descripción que dejó escrita en la crónica de su viaje es en verdad pintoresca.
A las tres de la tarde del domingo, tras pagar un real como derecho de entrada a un galerón desvencijado, se encontró con una bulliciosa multitud en que se mezclaban "dones y descalzos", interactuando con absoluta igualdad. El presidente de la República, anotó, "no tiene escrúpulos en apostar sus pesos contra los del último peón."
Tal parece que don Juan Rafael Mora Porras, el presidente, no le causó buena impresión. Lo describe como un señor de pequeña estatura y cara llena y astuta, vestido de frac negro y pantalones amarillos. Consigna en su escrito que le dijeron que don Juanito "tan solo se ocupa en los asuntos del gobierno cuando está en juego su interés personal, y deja la política menuda en manos de su ministro Carazo, en tanto que un francés, Monsieur Adolphe Marie, atiende la alta política, es decir, la correspondencia con las naciones extranjeras."
Haya sido cierto o no lo que le dijeron, la leyenda de que, durante la presidencia de don Juanito, Manuel José Carazo gobernaba y Adolphe Marie escribía. fue repetida tanto por amigos como enemigos de su administración. A Adolphe Marie se le atribuye hasta la redacción de las dos proclamas de don Juanito contra los filibusteros de William Walker, que contienen, por cierto, expresiones que remiten a la Marsellesa, himno nacional de Francia. De la enorme cantidad de documentos que aparecen firmados por don Juanito, hay unos de expresión simple y redacción atropellada, mientras que otros son de giros complejos, vocabulario elevado y elegante prosa. Muchos han supuesto que esta disparidad se debe (tomando en cuenta el hecho de que don Juanito no cursó estudios superiores) a que los primeros son obra enteramente suya, mientras que los segundos debieron haber sido redactados por su colaborador francés. Si no se los escribía, al menos se los corregía, porque la prosa de don Juanito desmejoró mucho a partir de 1856, año de la muerte de Adolphe Marie.
No hay muchos datos sobre la vida de Adolphe Marie. Se supone que nació en Francia en 1816, pero se desconocen el lugar y la fecha exacta. Tampoco se sabe cuándo ni por qué motivo decidió emigrar a América. Arribó a Costa Rica en 1848 en compañía de Juan José Flores, el militar venezolano que fue tres veces presidente de Ecuador. Se ignora también a qué se dedicó el francés durante su primer año en Costa Rica. Su nombre se hizo notar cuando, el 26 de mayo de 1859, publicó un artículo en el periódico El costarricense, que fue muy apreciado por la alta sociedad josefina.
El debut de Adolphe Marie en la prensa costarricense, de la que se convirtiría en figura principal casi inmediatamente, no fue, como los que escribiría luego, un editorial político, ni una nota humorística, ni una crónica social, ni una traducción de un artículo europeo, sino, simple y sencillamente, un obituario. Escribió la nota necrológica de Manuela Escalante, hija de Manuel García Escalante y María López del Corral y Nava, que nació el 16 de julio de 1816 y falleció el 25 de mayo de 1849,  poco antes de cumplir los treinta y tres años de edad. Manuelita, que era soltera e hija de familia rica, dedicaba sus interminables horas de ocio a estudiar los clásicos latinos y griegos, dominaba la filosofía de Aristóteles y era una gran lectora de las obras de Cornelio Tácito, a quien consideraba "el escritor más profundo de todos los siglos y el que más conoció el corazón humano."
La finada Manuelita era hermana de Rafael García Escalante, tatarabuelo de mi gran amigo don Roberto Trejos Escalante y en alguna ocasión comenté con él que tal parece que su lejana pariente era una mujer de amplia cultura y clara inteligencia. Lamentablemente sus escritos no se conservaron.
Adolphe Marie se convirtió en redactor de El Costarricense y, en 1850 fundó el periódico El guerrillero, donde hizo gala de un agudo estilo satírico. Dos años después, en 1852, fundó El Eco. Ese mismo año Adolphe Marie se convirtió en colaborador cercano de don Juanito Mora, quien lo nombró redactor de La Gaceta y funcionario de confianza en las carteras de Educación y Relaciones Exteriores. Llegó incluso a representar al país en misiones internacionales. Marie dirigió también un periódico llamado El compilador, en 1853.
Algunos han dicho, equivocadamente, que Adolphe Marie fue el primer profesor de francés de la Universidad de Santo Tomás. Es verdad que Marie dio clases de francés en la Universidad durante el curso de 1855, pero el primer profesor de francés de esa institución fue don Lucas Alvarado en 1844.
Estudiosos de la historia costarricense, como don Cleto González Víquez, Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, Francisco Montero Barrantes o Luis Felipe González Flores manifestaron en algún momento el valor literario de la obra periodística de Adolphe Marie que, con el paso de los años, acabó siendo desconocida para el gran público.
En 1973. Jeannette Bernard Villar obtuvo en Francia su Doctorado con una tesis sobre Adolphe Marie, periodista en Costa Rica. Tres años después, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó Pinceladas periodísticas de la Costa Rica del Siglo XIX por Adolphe Marie, antología compilada por la Dra. Bernard. En el prólogo, la investigadora declara que, en su recopilación de documentos, no pudo dar ni con un ejemplar suelto de El Eco, por lo que esa parte de la obra de Marie tal parece que se ha perdido. La producción periodística de Marie que se conserva, en todo caso, es bastante amplia.
Adolphe Marie no siempre firmaba los artículos que escribía con su nombre completo, ya que en ocasiones solamente ponía sus iniciales: A.M. También utilizaba el pseudónimo de Fantasio, por lo que algunas de sus notas aparecen firmadas también por una F. En el libro se incluyen largas disertaciones políticas, así como notas jocosas sobre la vida josefina. Apasionado defensor de la unión centroamericana, con frecuencia polemizaba sobre este tema y se refería a publicaciones aparecidas en periódicos de otros países del Istmo. Para dar a conocer el pensamiento y figura de los escritores de su país natal, no solo publicó notas sobre Lamartine, Girardin, Chateaubriand y Víctor Hugo, sino que reprodujo, traducidos al español, artículos escritos por ellos.
Marie escribía en broma y en serio. Su extenso tratado sobre la importancia de la cortesía tiene guiños humorísticos y la crónica de la pelea de gallos entre el Paperas y el Pinto, deja muy claro la pasión que despertaba este entretenimiento entre los costarricenses de aquella época. Con un breve diálogo, Marie muestra que, mientras los dos animales se batían a muerte, no había fuerza en el mundo capaz de hacer que los asistentes abandonaran su sitio.

—Mira que arde tu casa.
—¡Que arda!
—Que te roban a tu mujer.
—¡Que se la roben!
—Que se muere tu hijo.
—¡Que se muera!

Ninguna emergencia de la Patria, dice Marie, habría podido reunir en quince días la cantidad de oro que se jugó en apenas unos minutos sobre esa pelea.
Teatro Mora, primera sala de espectáculos en Costa Rica. La foto es de
1870, cuando era llamado Teatro Municipal de San José.
Para ofrecer espectáculos más refinados que los de las galleras, el 11 de abril de 1850 inició la construcción del primer teatro en San José que, en honor al Presidente, fue llamado Teatro Mora. El edificio, que se encontraba en avenida segunda y calle seis, fue diseñado por Alejandro Escalante, usando como modelo un pequeño teatro de Lima. La inauguración tuvo lugar el 1 diciembre de 1850. Un tenor italiano de apellido Ghizzoni, interpretó canciones de Rossini, Verdi y Donnizzetti. También cantó la sueca Jenny Lind, gran amiga del escritor danés Hans Christian Andersen. La parte divertida, estuvo a cargo de un mago.
Antes de la construcción de este edificio, con platea en forma de herradura, amplio patio de butacas, espacioso escenario y palcos elevados, las únicas representaciones teatrales que había habido en Costa Rica habían tenido lugar en galerones a los que los asistentes debían llegar cargando su propia silla. Un grupo de aficionados, entre los que había costarricenses y españoles, montaron varias obras cómicas y dramáticas en el Teatro Mora, pero la primera compañía profesional en presentarse fue la del francés Mateo Fournier, que se encontraba de gira en Panamá y fue invitada a venir a Costa Rica. Debutó el 13 de diciembre de 1851 y llegó a presentar doce funciones.
Pese al esfuerzo de los promotores, el teatro no llamó mucho la atención. Adolphe Marie se quejaba de que los ticos preferían el billar, los toros y las peleas de gallos. Cuando llegó a San José un circo que, entre los saltimbanquis, tenía uno que caminaba en la cuerda floja, atrajo a su carpa una verdadera multitud,  mientras que el teatro quedó vacío.
Para colmo de males, el obispo Anselmo Llorente Lafuente, no miró con buenos ojos la apertura del teatro y mandó a los católicos que se abstuvieran de asistir a él. Para Monseñor Llorente, el teatro "constituía un peligro para la moral social y era aliciente estimulador a la conquista de ideas antirreligiosas y disociadoras."
Adolphe Marie que, entre otros cargos públicos que desempeñaba, era el censor oficial de espectáculos, defendió el teatro desde las páginas de La Gaceta. Le recordó al obispo que en la propia Roma, gobernada por el Papa, había teatros que ofrecían funciones incluso durante la Cuaresma e invitó al obispo a asistir a alguna de las funciones para que confirmara, por sí mismo, que el espectáculo no estaba reñido con la moral y las buenas costumbres y que, más bien, contribuía al enriquecimiento cultural de la población. Llorente, como era de esperar, ni aceptó la invitación ni cambió de criterio.
Por la posición del obispo, la compañía Fournier se marchó de Costa Rica. El único que se quedó fue Emilio Segura, quien se dedicó al periodismo al lado de Monsieur Marie. Pese a la amarga primera experiencia, en años posteriores la compañía Fournier se presentó dos veces más en Costa Rica y, finalmente, todos acabaron residiendo en el país. Don Mateo Fournier Hecht, hijo de Mateo Fournier, el director teatral, contrajo matrimonio con Pacífica Quirós Morales y fue el fundador de la familia Fournier en Costa Rica. Don Mateo y doña Pacífica son los abuelos de don Rodrigo Fournier Guevara y los bisabuelos del Presidente Rafael Angel Calderón Fournier.
Durante la Campaña Nacional de 1856-1857 y la peste del cólera, el teatro se mantuvo cerrado. En 1858 se reabrió con una obra teatral sobre la guerra contra los filibusteros. Tras la caída y posterior fusilamiento de don Juanito Mora, el recinto pasó a llamarse Teatro Municipal y estuvo activo unos años más.
Adolphe Marie prestó servicios importantes durante la Campaña Nacional como diplomático. Tuvo una misión muy delicada en Guatemala que tal parece fue exitosa.
Uno de los artículos de Chateaubriand que Adolphe Marie tradujo y publicó en Costa Rica trataba de la peste del cólera, que se estima que causó más de cuarenta millones de muertes en Asia, Africa, Europa y América durante el Siglo XIX. La epidemia, según el escrito de Chateaubriand, empezó en la India en 1817 y de allí se extendió por todo el mundo. En Rusia, Inglaterra y Francia, el cólera aniquiló poblaciones enteras. En Francia, por cierto, los cadáveres, en vez de ser enterrados, eran arrojados a los ríos. Entre las víctimas del cólera en Estados Unidos estuvo Ellen Galt Martin, la novia de William Walker en New Orleans.
Hoy, hasta los niños de escuela saben que el cólera lo provoca una bacteria, pero en aquellos años, cuando no se sabía de la existencia de microorganismos, Chateaubriand se preguntaba: "¿Qué es el cólera? ¿Será un viento mortal?"  El Dr. Carl Hoffmann, jefe de los servicios médicos del ejército costarricense durante la Campaña Nacional, creía que la enfermedad se podía curar frotándose con alcanfor. William Walker, que era médico, suponía por su parte que el contagio se debía a la posición que se adoptaba al dormir. Definitivamente, estaban a ciegas ante el mal y los que se salvaron del contagio lo deben a un puro milagro.
Adolphe Marie publicó el artículo de Chateabriand sobre el cólera en La Gaceta, el 31 de agosto de 1850. No pudo haber imaginado que, seis años después, la epidemia llegaría Costa Rica y él sería una de sus víctimas. La vida de Adolphe Marie fue breve. Vivió solamente cuarenta años, los ocho últimos en Costa Rica. Su figura y su obra periodística, pese al esfuerzo de la Dra. Villar, continúa siendo desconocida para el gran público.
INSC: 1709

sábado, 25 de marzo de 2017

Don Juan Trejos Quirós.

Don Juan Trejos. Síntesis biográfica y
esbozo para una antología de sus obras.
Trejos Hns. Costa Rica, 1984.
Aunque no tuvo oportunidad de cursar estudios formales, don Juan Trejos Quirós (1884-1970) fue un brillante ensayista que publicó valiosas obras sobre geografía, economía, psicología y literatura. Miembro de la Academia Costarricense de la Lengua desde 1953, fue además el Secretario Perpetuo de dicha corporación.  Empresario y comerciante, dedicó también tiempo y esfuerzo a obras de beneficencia. Fue miembro de la Junta de Protección Social de San José, desde donde propició mejoras en el Hospital San Juan de Dios y el Asilo Chapuí. Se mantuvo alejado de la política pero, a instancias de Otilio Ulate, fue electo diputado a la Asamblea Nacional Constituyente de 1949, en la que tuvo una participación destacada junto a otras figuras de la época, como don Arturo Volio Jiménez, don Luis Dobles Segreda y don Manuel Francisco Jiménez Ortiz. Estos señores, liberales de la vieja guardia, le ganaron la partida a la fracción Social Demócrata, liderada por Rodrigo Facio, cuyo proyecto de Constitución fue puesto a un lado para utilizar, en su lugar, el texto de la Constitución vigente desde 1871.
Don Juan Trejos Quirós nació el 13 de enero de 1884, hijo de don José Joaquín Trejos Fernández, abogado graduado de la Universidad de Santo Tomás, y doña Aurelia Quirós Aguilar, hija del General Pedro Quirós. Cursó sus estudios en el Colegio Seminario, dirigido por los sacerdotes paulinos alemanes y obtuvo su bachillerato en el Liceo de Costa Rica en 1903. Como la salud de sus padres estaba muy quebrantada, no pudo seguir estudiando y debió ponerse a trabajar inmediatamente después de la graduación. Su madre murió en 1904 y su padre en 1910. Poco después de la muerte de su padre, juntó sus ahorros y se fue a Limón, donde abrió un pequeño establecimiento comercial. Tal parece que le fue bien en la costa Caribe, puesto que en 1912 regresó a San José y le compró a Miguel Obregón una modesta librería en la avenida central. Junto con sus hermanos José Joaquín, Miguel, José Francisco y Fernando, fundó la sociedad Trejos Hermanos, con la que logró establecer una imprenta en 1916.
Doña Emilia Fernández Aguilar.(1895-
1978), Esposa de don Juan Trejos Quirós.
El 15 de setiembre de 1912, don Juan contrajo matrimonio con doña Emilia Fernández Aguilar. La pareja tendría seis hijos, el tercero de los cuales, José Joaquín Trejos Fernández, nacido en 1916, llegaría ser Presidente de Costa Rica de 1966 a 1970. Una curiosidad simpática es que el padre y el hijo de don Juan tenían exactamente el mismo nombre.
El primer libro de don Juan Trejos Quirós fue Geografía Ilustrada de Costa Rica, publicado en 1916 por la imprenta Trejos Hermanos. De manera totalmente autodidacta, don Juan se interesó por la Filosofía, la Economía, la Psicología y la Literatura. Otros libros suyos son Elementos de Psicología (1946), Los Principios de Economía Política (con prólogo de Tomás Soley Güell, 1951), Temas de nuestro tiempo, (selección de artículos publicados en diarios y revistas, 1954), un silabario y dos compilaciones de lecturas para niños. Sus dos últimos libros, Cuestiones de Psicología racional (1958) y La doctrina del eterno retorno y los avances de la ciencia (1954), fueron publicados en Madrid por Ediciones Iberoamericanas.
Poco antes de cumplir los ochenta años, don Juan escribió su autobiografía titulada Años de ilusiones y amarguras, pero no la publicó. Solamente sus familiares más allegados tienen una copia y la conservan como un documento privado.
Como editor, a don Juan le correspondió estar al cuidado de la publicación de las actas de la Asamblea Nacional Constituyente de la que él mismo formó parte.
Don Juan Trejos Quirós murió el 10 de agosto de 1970, tres meses después de que su hijo, José Joaquín Trejos Fernández, terminara su periodo presidencial. Don Juan, que nunca se involucró en política, tuvo un hijo presidente. Don Juan, que no tuvo oportunidad de cursar estudios formales y cuyo único paso por las aulas universitarias fue el haber asistido, como oyente, a cursos de la recién fundada Universidad de Costa Rica, tuvo un yerno y un nieto que fueron rectores de esa casa de estudios. Don Fabio Baudrit Moreno, casado con Aurelia Trejos Fernández, fue rector de la Universidad de Costa Rica en 1961 y el Dr. Gabriel Macaya Trejos, nieto de don Juan, fue rector de 1996 a 2004. El sillón E, de la Academia Costarricense de la Lengua, que ocupó don Juan de 1954 a 1970, lo ocupa, desde el 2002, su nieta Emilia Macaya Trejos.
En 1984, al cumplirse el centenario del nacimiento de don Juan, sus familiares publicaron un librito con un esbozo de su biografía y una breve antología de sus escritos. Digo librito, en diminutivo, porque se trata de un tomo pequeño, de apenas noventa páginas, en edición de bolsillo. Tuve la suerte de adquirirlo en su momento ya que ahora no se consigue en ninguna parte, como tampoco se consigue ninguna de sus otras obras. He andado tras ellas durante años, sin éxito.
Cuatro generaciones. Don Juan Trejos Quirós
con su hijo José Joaquín Trejos Fernández, su
nieto Diego Trejos Fonseca y su bisnieto
Carlos Trejos Cadaval.
En el librito del centenario, que es el único que tengo sobre don Juan Trejos Quirós, hay dos escritos verdaderamente valiosos. El artículo de 1943, en que se refiere a la crisis del liberalismo, además de profundo y analítico, resultó profético. La intervención estatal no soluciona los problemas que puede ocasionar un exceso de libertades y, a la larga, la negación de la libertad acaba generando el restablecimiento del liberalismo. El texto Razones de un constituyente, de febrero de 1949, explica, con asombrosa claridad y solidez, el principio de que quienes hacen las leyes no pueden nunca darle la espalda a los derechos, intereses y deseos de la sociedad que representan. 
Mi buen amigo don Roberto Trejos Escalante, sobrino de don Juan, me decía que su tío era un intelectual serio, activo y que no dejaba nada para después. En una ocasión, por el simple hecho de hacerle una consulta, acabó introduciendo una palabra en el diccionario de la Real Academia. Don Roberto, criador de perros y de caballos, una vez le hizo ver a don Juan que, en español, no había una palabra para pedigree.  "¿Qué es un pedigree?" Le preguntó don Juan. A lo que don Roberto contestó: "La genealogía de un animal y el documento en que consta". "Yo me encargo", dijo don Juan terminando la charla. Don Juan murió en 1970 y la edición del Diccionario de la Real Academia Española de ese año no incluyó la palabra pero, en la edición siguiente, de 1984, apareció: "Pedigrí: (Del inglés pedigree) m. Genealogía de un animal. 2. Documento en que consta."
INSC: 0377

martes, 3 de noviembre de 2015

Laberintitis. Cuentos de Anabelle Aguilar Brealeay.

Laberintitis. Anabelle Aguilar Brealeay.
Editorial Universidad de Costa Rica.
2009.
Estos cuentos confirman que lo que no te mata te hace más fuerte. De hecho, quizá la única ventaja de las desgracias es que sirven para demostrar la enorme capacidad de resistencia de quienes se creían débiles. Los dieciocho relatos que componen el libro son bastante breves, de apenas un par de páginas cada uno, pero esa concisión magnifica la intensidad. Algunas historias son verdaderamente dolorosas y hasta crueles, mientras que en otras la tragedia tiene un sabor agridulce, ya que están salpicadas por una ironía punzante que invita a sonreír incluso en medio de la tristeza. Cada página está llena de imágenes sugerentes de gran simbolismo y cada línea está escrita con delicadeza y contundencia.
En el prólogo, Judith Gerendas sugiere que "en este libro hay una poética de la crueldad, a partir de la cual se produce una incisiva exploración de las desgarraduras, de las rupturas, de las muertes frente a la cual no hay piedad, de las vidas frustradas. Historias de seres que solo anhelaban hechos elementales, pero cuyos deseos resultaron imposibles de cumplir."
Con semejante presentación, uno se inclinaría a pensar que los relatos llevarían la tragedia hasta niveles macabros o grotescos. Es verdad que en algunos hay escenas particularmente violentas y dolorosas, pero en la impresión que queda de la obra en conjunto no pesa tanto la crueldad como el absurdo.
Las protagonistas de los cuentos sufren agresiones y humillaciones, son separadas violentamente de sus seres queridos, se enfrentan a la demencia, la enfermedad y la miseria pero, más que un mundo cruel, lo que el libro nos muestra es un mundo ilógico, absurdo, sin sentido, en el que pesa más el azar que la voluntad o la razón.
Lo mejor y lo peor de las vidas de estas mujeres viene comprimido en pocos párrafos. Los días de cada una de ellas transcurrieron en silencio, en el anonimato, en la sombra. Sus respectivas tragedias permanecieron ocultas para todos salvo para ellas mismas. En su mundo oscuro, el consuelo no era la luz al final del túnel, sino los pequeños rayos de luz que se colaban por diminutos boquetes. Pero ellas, que soportaron su dolor a solas, tampoco compartieron con nadie sus sueños, esperanzas, ilusiones o recuerdos alegres.
La que pierde su fortuna, descubre que la ruina económica no es tan dura como la ruina personal. La que no se siente amada, almacena en su mesa de noche novelas de amor que cambia cada jueves o, mientras pica naranjas en rebanadas diminutas, escucha por la radio historias más interesantes que la suya. Está también la que permaneció cautiva en una jaula amueblada lujosamente, llena de floreros de cristal, que debía mantener inmaculadamente limpia, libre de hasta la más mínima mota de polvo. En algún momento pensó en huir con los niños, pero... ¿a dónde? Cuando perdió la razón y fue recluida en un manicomio, su único tesoro era una fotografía de sus hijos, ya desteñida de tanto acariciarla.
Está también la historia de la que llegó soltera a los sesenta y cinco y, en un bus, conoció a su primer marido, con quien vivió en luna de miel permanente hasta que el pobre hombre, en un descuido, se tragó una uva con todo y abeja. Una semana después del entierro, la desconsolada mujer sucumbió ante las galanterías de su vecino, con quien acabó casándose. Por desgracia, aquel hombre dio un mal paso (literalmente) y, al saltarse involuntariamente un peldaño, rodó por la escalera. Durante el velorio, la pobre viuda se desmayó y el hermano menor de su segundo marido, no solo se apresuró a levantarla, sino que en la misma funeraria le propuso matrimonio. Pese a la advertencia de que tal parecía que su maldición era que quien se casara con ella moría trágicamente, el cuñado asumió el riesgo.
Me impresionó particularmente el cuento de la familia que va a visitar a la abuela y se encuentra un hermoso arreglo de flores amarillas tirado en la calle. Se detienen a recogerlo, suponen que debió habérsele caído a algún repartidor y se lo llevan como regalo a la viejita.
Cada relato tiene su encanto y atractivo particular. En medio del dolor, no hay ni una sola queja ni un solo reclamo. Las cosas sucedieron como sucedieron y la historia se cuenta yendo directamente al grano sin el más mínimo rodeo. Los únicos detalles que se mencionan son los imprescindibles y, precisamente por eso, todos ellos acaban siendo impactantes y memorables.
Encontrarse con una colección de cuentos agradablemente escritos y con una trama tan cautivadora como intensa, es motivo suficiente para quedar agradecido y satisfecho, pero este libro, además, me dejó intrigado. En el cuento Paroxismo, se menciona el terremoto de Cartago del 3 de mayo de 1910. El el cuento Laberintitis, que da título al libro, se habla de una pareja de amantes cuyos encuentros amorosos tenían lugar en una isla ubicada en medio de un lago y, al final, por motivos que no se mencionan, Olivier, el galán, es fusilado en la plaza.
No tengo claros los detalles porque no es una historia que haya leído, sino una leyenda que alguien me contó, pero se dice que mientras estuvo en Costa Rica, Francisco Morazán se hizo de una novia con quien se citaba en la finca Las Cóncavas, en Cartago, donde hay un laguito rodeado de árboles. Morazán, como se sabe, al ser derrocado, en vez de marchar al exilio, como le exigió Tata Pinto, se fue a Cartago a tratar de reunir tropas (y tal vez a despedirse de su amada) y fue finalmente fusilado en el Parque Central de San José. Recuerdo que, hace ya bastantes años, tuve la oportunidad de comentar la leyenda, justo a la orilla del lago de Las Cóncavas, con mi buen amigo don Roberto Trejos Escalante y con don Luis Castro Monge, propietario de la hacienda en aquel entonces, pero no contábamos, ninguno de los tres, con suficientes detalles como para reconstruir la historia completa.
¿Será posible que Anabelle Aguilar Brealeay, en este libro, además de escribir cuentos nos haya planteado acertijos? ¿Acaso todas estas historias están basadas en hechos reales y la brevedad y lo escueto de los relatos sea su manera de no hacer reconocibles a los verdaderos protagonistas? ¿Quién será la niña que aplasta hojas secas al paso de su bicicleta herrumbrada solamente para mezclar sonidos y no estar sola?
El libro cierra con una bella carta que Anabelle le dirige a Eunice Odio, en la que le pregunta: "¿A quién le importa que escriba de mi abuela adúltera, de mi madre frustrada o de mi tía que casó cuatro veces después de los sesenta?
Como obra de ficción literaria, Laberintitis, de Anabelle Aguilar Brealeay, es un deleite. Como fuente de pistas para los aficionados a la historia menuda de Costa Rica, este libro es un verdadero enigma duro de descifrar.
INSC: 2392
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