Mostrando las entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta España. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de octubre de 2022

Anotaciones al margen de los faroles de Zingonia Zingone.



Anotaciones al margen de los faroles.
Zingonia Zingone.
Abstracta Ediciones.
España, 2019
Un 3 de octubre, víspera de la fiesta de San Francisco de Asís,
Zingonia Zingone arribó a la bella ciudad andaluza de Córdoba. Viajaba sola y llevaba en su bolso una pequeña libreta negra en la que iba anotando sus impresiones. Los apuntes eran breves y el viaje fue corto. Por eso, el libro Anotaciones al margen de los faroles, publicado por la editorial Abstracta, que recoge las impresiones de Zingonia en su viaje cordobés, es un tomito pequeño, encuadernado en pasta dura, con una cinta para marcar las páginas que, imagino, no debe ser muy distinto de la libreta negra en que se plasmó, sobre la marcha, su borrador.

No se trata sin embargo del típico libro de viajes. Las crónicas de viajeros suelen ser descriptivas y anecdóticas y, por lo general, no hacen más que evocar un tiempo, en un lugar. Zingonia hizo algo distinto. No escribió ni sobre la ciudad ni sobre sus andanzas en ella sino que, haciendo a un lado el entorno y  concentró su atención únicamente en ciertos detalles significativos. La memoria, y muy especialmente la memoria del viajero, es selectiva. Lo que a la larga acaba siendo inolvidable de un viaje no son los datos históricos, geográficos o arquitectónicos del lugar que, en todo caso, son accesibles hasta para quienes nunca lo han visitado, sino más bien ciertos acontecimientos mínimos que ocurrieron sin buscarlos ni esperarlos. La mayor atracción turística a la larga deja un recuerdo borroso, mientras que alguna escena callejera o el rostro de una persona desconocida, sin saber por qué, se recuerdan con cierta frecuencia, incluso muchos años después del fugaz instante del encuentro.

Ese tipo de memorias, las pequeñas y memorables, son las que Zingonia comparte en su libro. Y, curiosamente, yéndose a lo más pequeño, Zingonia logra asomarse a lo más grande. Anotaciones al margen de los faroles, son unos apuntes de viajes que van más allá del espacio y más allá del tiempo. Naturalmente disfruté enormemente de la forma de plantear relatos, emociones y refexiones, así como de los poemas que inserta ocasionalmente entre sus apuntes. Pero para mí la lectura de este libro fue ante todo una profunda alegoría espiritual.

Quien escribe viajaba sola, pero de alguna manera sabía que de alguna manera estaba acompañada. Era consciente que el pavimento de piedra guardaba ecos de voces lejanas. Las páginas de un libro le permitían entrar en contacto con el poeta Azarías Pallais, cuyas palabras, escritas hace mucho tiempo, guardaban un mensaje para ella que, por alguna misteriosa razón, la alcanzó en el inicio de su recorrido.

Vagando sin plan y sin rumbo, se encuentra ante la tumba del poeta Luis de Góngora y, poco después, también sin buscarla, encuentra la casa en la que el poeta falleció. Levanta la vista en una esquina cualquiera y se percata que se encuentra en la calle San Felipe Neri, dedicada a la memoria del santo florentino que quiso ser misionero en tierra de infieles y acabó siéndolo en la propia Roma. Zingonia reza por el eterno descanso de un cuñado que no conoció. Recuerda a su hijo que, como todo joven, empieza forjar su propio destino. Por casualidad, se encuentra un par de veces a un muchacho con cara de estar hambriento. Un hombre se le aproxima, le estrecha la mano, le dice un par de palabras y se marcha. Zingonia supone que es un ángel y es casi seguro que en verdad lo sea. La palabra ángel significa "enviado" y, con frecuencia, la misión de los ángeles no es tanto hacer algo, como anunciar algo.

Uno nunca viaja solo. El recuerdo de los seres queridos que, aunque estén lejos, tenemos siempre presentes; las palabras de los escritores con los que, a través de los libros, hemos mantenido un coloquio prolongado; la memoria de quienes ya no están es este mundo, la intercesión protectora de ángeles y santos, así como los rostros desconocidos, ya sean bellos, sonrientes, severos o tristes, que encontramos en el camino,  nos demuestran a cada paso que la soledad es en realidad aparente.

Cuando uno viaja, carga en la mochila la propia vida entera, con sus preocupaciones, temores, tristezas, alegrías, esperanzas, deseos y aspiraciones. Durante el viaje, uno tiene presente que el tiempo que uno podrá estar en ese sitio es limitado, que igual que como llegó, en algún momento tendrá que marcharse. Lo mismo ocurre, aunque con frecuencia lo olvidemos, con la vida misma. Todo es fugaz, los años se construyen con instantes que pasan. Planeamos cosas que no suceden y nos suceden cosas que no planeamos. Con frecuencia, tanto lo mejor como lo peor que nos ha ocurrido, ha sido lo inesperado.

Bellísimo, simplemente bellísimo, es este libro de Zingonia. Un libro de viajes en el que no hay descripciones ni narraciones detalladas, sino solamente anotaciones breves sobre instantes pasajeros que, al menos a mí (y espero que a otros lectores también) me hicieron descubrir, en pequeños detalles, grandes verdades sobre esta maravillosa aventura que es la vida.

lunes, 22 de marzo de 2021

Boris Spassky y Bobby Fischer. El torneo de ajedrez del siglo, 1972.

Spassky Fischer.
Todas las partidas del 
Match del Siglo.
Lorenzo Ponce-Sala
Bruguera, España. 1972

Nunca antes, y nunca después, el ajedrez acaparó tanta atención como cuando, en 1972, se disputó el campeonato mundial entre el ruso Boris Spassky, que defendía su título, y el norteamericano Bobby Fischer, que era el retador.

"El sereno mundo del ajedrez", como lo llamaba el propio Spassky, es un ambiente de competencias largas, lentas y silenciosas, premios modestos y escaso público. Un torneo de ajedrez no tiene momentos espectaculares para quien no comprenda el juego y, con mucha frecuencia, ni para los propios entendidos tampoco.

Sin embargo, tal vez por el tenso ambiente de la guerra fría, que enfrentaba en aquel tiempo a la Unión Soviética y a los Estados Unidos, el hecho de que el campeonato de 1972 tuviera a un norteamericano como retador de un campeón ruso, logró que el evento fuera llamativo, quizá más desde el punto de vista político que del propiamente deportivo.

Las actitudes de los contendientes eran verdaderamente distintas. "Yo compito por mi patria y por mi bandera", decía Spassky, mientras que Fischer declaraba sin pelos en la lengua, "Más allá del título, a mí lo único que me importa es el dinero." 

La diferencia de edad entre ellos era mínima (Spassky era solamente siete años mayor que Fischer), pero por la personalidad y el aspecto de los jugadores. daba la impresión de que en el encuentro se enfrentaba un hombre maduro, serio, elegante y sereno contra un muchacho flaco, rubio, atarantado e inquieto.

Aunque nacieron y crecieron en sociedades muy distintas, en las vidas y costumbres de ambos había muchas coincidencias. Los dos fueron hijos de familias de escasos recursos y los dos crecieron sin la presencia del padre. El de Spassky murió cuando el futuro campeón ruso era un niño pequeño y el de Fischer abandonó la familia cuando el futuro campeón americano era también un niño pequeño. Tanto Spassky como Fischer aprendieron a jugar ajedrez antes de aprender a leer y a escribir. Compartían además la afición por los mismos deportes e intereses, ambos jugaban tenis y practicaban con frecuencia la natación, eran grandes lectores que devoraban un libro tras otro, estudiaban a fondo cuanta publicación de ajedrez encontraban y compartían un gran interés y facilidad para aprender idiomas.

Consultado sobre esas coincidencias, Spassky decía: "La única diferencia entre Fischer y yo, es que yo no fui un niño prodigio. Yo fui aprendiendo poco a poco. Fischer parece que lo sabía todo desde la primera vez que se sentó ante un tablero."

Había también otra diferencia. Boris Spassky completó sus estudios y se graduó en la universidad como periodista, carrera que, sin embargo, nunca ejerció. Boby Fischer abandonó la escuela en la adolescencia y se dedicó exclusivamente a jugar ajedrez. Para ganarse la vida, cobraba por sus partidas, sus torneos, sus simultáneas, sus presentaciones y hasta por sus entrevistas.

"La ventaja de los rusos", decía Fischer, "es que los ajedrecistas son profesionales. Reciben un estipendio del gobierno para que se dediquen a tiempo completo a perfeccionar su juego. En los Estados Unidos y en el resto del mundo, hay muchos talentos que se pierden porque no pueden jugar ajedrez competitivamente y ganarse la vida al mismo tiempo."

Cuando alguien que no sabía jugar ajedrez le preguntaba a Fischer por el juego, con una gran sonrisa le afirmaba: "Es muy divertido y muy fácil. Y aunque ser un gran jugador de ajedrez no está al alcance de cualquiera, ser un buen jugador de ajedrez sí es algo que cualquiera puede lograr. Es como el baile. No cualquiera es un gran bailarín, pero el mundo está lleno de buenos bailarines."

Al campeón cubano José Raúl Capablanca lo llamaban  "El Mozart del ajedrez", elogio con el que también han distinguido al actual campeón mundial, el noruego Magnus Carlsen. Bobby Fischer, en su momento, también fue llamado "El Mozart del ajedrez",  no solamente porque las partidas que jugó Fischer siendo un niño, como las piezas musicales que compuso Mozart siendo niño, son de una audacia asombrosa, sino porque para ambos ese nivel de calidad les parecía fácil de lograr y lo alcanzaban de manera espontánea, sin esfuerzo. Se sabe que en los manuscritos de Mozart no hay ni una sola corrección. Fischer, muchas veces, incluso en torneos importantes, ni siquiera se tomaba la molestia de escribir sus partidas. Ambos tenían una memoria prodigiosa. Mozart era capaz de tocar cualquier composición después de haberla escuchado una única vez y Fischer podía reproducir de memoria en un tablero cualquier partida que hubiera jugado, presenciado o estudiado.

De hecho, una de las primeras cosas que llamó la atención en el campeonato mundial de ajedrez de 1972, fue que el campeón ruso llegó al encuentro con un equipo de asesores, entre los que se encontraban cuatro maestros que habían derrotado a Fischer anteriormente. Fischer, en cambio, llegó solo y se mantuvo solo durante todo el encuentro. "Nadie puede ayudarme a analizar mi juego", dijo Fischer.

Spassky y Fischer ya habían jugado en cuatro ocasiones y, aunque Fischer demostró ser un digno rival, nunca había logrado derrotarlo. Ganaba Spassky o empataban.

Que un campeón mundial, acompañado de un equipo asesor de grandes maestros, se enfrentara a un retador que estaba completamente solo, fue visto en su momento como una alegoría del colectivismo soviético frente al individualismo norteamericano.

Fischer estaba desde hacía años acostumbrado a estar solo. No tenía novia ni amigos. Solicitó a los organizadores que tuvieran a alguien disponible por si deseaba jugar tenis, pero no quería hablar con nadie durante el torneo. Solo, sin asesores y sin compañía, las sesenta y cuatro figuras del tablero serían sus mejores y únicos amigos durante las semanas en que se jugarían las partidas por el campeonato mundial.

Parecía inevitable que el ruso acabaría manteniendo el título. Especialmente porque Fischer perdió la primera partida y no se presentó a la segunda. Sin embargo, cuando Fischer empezó a recuperar terreno, empató en puntos al campeón y, luego, tomó la delantera, quedó claro que aquello era un verdadero duelo de titanes.

Conforme avanzaba el torneo, empezó a ganar más y más atención. Las partidas empezaron a ser transmitidas por televisión. Los periódicos de todo el mundo reseñaban y comentaban cada partida. En Colombia, el diario El Tiempo colocó un tablero gigante en la fachada de su edificio, que acabó generando congestionamientos de tránsito, ya que la multitud congregada al frente era enorme a todas horas. Hasta las emisoras de música popular, en Islandia, la Unión Soviética, los Estados Unidos y distintos países europeos, latinoamericanos y asiáticos, interrumpían la canción que estaba sonando cada vez que había un movimiento. En los clubes de ricachones, grandes industriales, comerciantes y ganaderos, que no sabían nada de ajedrez, hacían fuertes apuestas por el triunfo de su jugador favorito. Las noticias reportaban que, incluso en grandes ciudades, era imposible conseguir un juego de ajedrez, porque las tiendas ya los habían vendido todos.

La fiebre que desató el encuentro Sapssky Fischer, se mantuvo durante toda la década de los años setenta, en la que, ya sea mal o bien, una gran número de personas de toda edad, jugaban al ajedrez o, al menos, sabían cómo se movían las piezas y se apuntaban a aceptar un reto. Eran comunes los torneos de barrio y se hacían campeonatos de ajedrez en oficinas, instituciones, fábricas y hasta en las cárceles.

Mi tío Gilbert fue quien me regaló mi primer tablero de ajedrez. No solamente me enseñó cómo se juega, sino también cómo se escribe. Cuando ya fui capaz de leer y reproducir una partida, me regaló el libro "Spassky Fischer. Todas las partidas del match del siglo", en que, comentadas por el español Lorenzo Ponce-Sala, se recopilan completas las veintiún partidas del enfrentamiento por el campeonato mundial de 1972, así como las otras cuatro partidas que habían sostenido previamente Spassky y Fischer antes de disputarse el título de campeón del mundo. Ese libro, fue el primer libro de ajedrez que tuve y, aunque con los años he ido adquiriendo y revisando otros, sigue siendo el más apasionante que tengo y lo repaso con frecuencia.

Los entendidos han repetido mil veces que el juego de Spassky fue muy cauteloso, mientras que el de Fischer fue muy agresivo. Pero hubo en este torneo ciertas jugadas fuera del tablero bastante notorias. Aunque era Fischer el que protestaba por todo, por la luz, por el ruido, por el sillón, por la mesa y hasta por el tamaño y material del tablero y las piezas, a la larga fue Spassky el que acabó estando más nervioso, al pundo de solicitar el aplazamiento de la partidas número nueve y número catorce por sentirse indispuesto.

Aunque se jugaba con reloj y el tiempo podía ser un factor determinante al final de la partida, Fischer, así jugara con las negras o con las blancas, solía llegar tarde, cuando la partida ya estaba iniciada, mostrando con ello que no le importaba perder varios minutos de su tiempo. Spassky, que era famoso por su puntualidad, nunca llegó tarde pero, como para dar a entender que a él tampoco le preocupaba mucho el reloj, en una ocasión que jugaba con las blancas, dejó correr el reloj diez minutos antes de hacer la jugada inicial. El tiempo, en todo caso, nunca llegó a ser protagonista en el torneo, ya que todas las partidas terminaron cuando a ambos jugadores aún les quedaba como media hora disponible. Consultado si sus llegadas tardías eran un práctica intimidatoria, Bobby Fischer lo negó: "Yo soy impuntual. Los impuntuales llegamos tarde, pero no lo hacemos a propósito."

Cuando Fischer ganó el derecho de disputar el campeonato mundial, se barajaron varias sedes para el encuentro. El Dr. Max Euwe, holandés y campeón mundial de 1935 a 1937, quien era presidente de la Federación Internacional de Ajedrez, dispuso que el torneo no se disputara ni en la Unión Soviética ni en los Estados Unidos. El Dr. Euwe, por cierto, era en aquel momento el último campeón mundial de otra nacionalidad distinta a la rusa, ya que, después de él, ocho rusos fueron campeones mundiales desde 1937 hasta 1972.  

Spassky prefería jugar en Europa y Fischer en América. Las dos opciones americanas eran Argentina (preferida por Fischer) y Colombia. Al final la sede elegida fue Islandia, porque ofreció un mejor premio. Sin embargo, el monto de ciento veinticinco mil dólares de premio le pareció poco a Fischer, quien amenazó con no presentarse si no ofrecían más. Un banquero de Londres salvó el torneo al aportar cien mil libras esterlinas extra al premio. Según parece, el dinero sería repartido en un sesenta por ciento al ganador y un cuarenta por ciento al perdedor.

La dinámica del torneo era bastante sencilla. Ambos contendientes jugarían veinticuatro partidas. En cada partida, cada uno tendría dos horas y media de tiempo. Si a alguno se le acababa el tiempo, perdía, pero, como ya se dijo, el tiempo no fue determinante para ninguno de los dos. Por cada partida ganada, el triunfador se llevaba un punto. Si los jugadores acordaban un empate, o dejarla "tablas" como se dice en ajedrez, cada uno obtendría medio punto. El torneo terminaría cuando alguno de los dos alcanzara doce puntos y medio. Al que lo lograra, se declararía ganador y no se jugarían las partidas restantes, puesto que ya no podrían cambiar en nada el resultado final. En caso de empate, es decir 12 y 12 puntos, se daría por ganador al que ya ostentaba el título.

Una de las características más bellas del ajedrez es que, de cierto nivel para arriba, casi nunca hay un jaque mate. Los grandes jugadores son capaces de prever las jugadas que vienen y, cuando se dan cuenta que sus posibilidades de ganar o empatar son nulas, se retiran del juego y conceden la victoria al oponente. "Un buen ajedrecista nunca es derrotado", decía Bobby Fischer, "porque él solo se da cuenta en qué momento no vale la pena seguir adelante."

Los que con frecuencia no se dan cuenta de cómo están las cosas cuando los jugadores se retiran son los miembros del público, que no pueden ver más de unas cuantas jugadas por adelantado y se hace necesario, entonces, que alguien explique las jugadas posibles y la razón por la que el triunfo es para tal o cual contendiente. En el libro, Lorenzo Ponce-Sala con frecuencia debe explicar perspectivas que para el común de los mortales, como uno, no saltan a la vista.

Fischer perdió la primera partida y no se presentó a la segunda. Con ese marcador inicial de dos a cero, sus posibilidades de éxito parecían muy remotas. Todo le molestaba, todo le incomodaba, de todo se quejaba. Al principio rogaba y al final exigía todo tipo de cambios. El caballeroso Spassky soportaba con paciencia los berrinches de su oponente y consentía que le dieran gusto en todo lo que pidiera. Spassky era gentil y accesible con los periodistas. Fischer les huía y esto, como es fácil de suponer, le generó mala prensa. Los periódicos presentaban a un ecuánime y sereno caballero soportando pacientemente las rabietas de un muchacho malcriado.

Se creyó que Fischer solamente hacía un show porque iba a perder, pero ganó la tercera partida, empató la cuarta y ganó la quinta. El torneo parecía volver a empezar de cero. Estaban dos y medio a dos y medio.

En la sexta partida, Fischer, que jugaba con las blancas, dio la gran sorpresa al abrir el juego con peón cuatro dama. Nunca había empezado una partida así. Esa era, más bien, la forma más común de movimiento inicial de Spassky. Fischer no estaba jugando como Fischer, sino como Spassky. A lo largo del juego, el campeón ruso quedó desconcertado por movimientos inesperados del norteamericano y, en la jugada 49, abandonó la partida. Fischer había tomado la delantera tres y medio a dos y medio. En la sétima partida quedaron tablas, por lo que la ventaja de un punto,a favor de Fischer, se mantuvo.

A partir de la octava partida, los encuentros fueron transmitidos por televisión en los Estados Unidos y en Europa. Y en esta primera partida televisada, Boris Spassky, el campeón del mundo acabó acostando su rey, declarándose derrotado. La novena quedó tablas y la décima la ganó Fischer, porque Spassky se retiró. La posición final de esta décima partida aún hoy es un quebradero de cabeza para los estudiosos. Fischer había quedado con dos torres y dos peones, mientras que Spassky tenía una torre, un alfil y un peón. Además de la ventaja de piezas, Fischer tenía ventaja de posición, pero aún así hay quienes dicen que no todo estaba perdido para Spassky y que no debió haberse retirado.

Spassky ganó la partida once, empató la doce y perdió la trece. La catorce fue tablas, por lo que, al inicio de la partida quince, Fischer llevaba ya una ventaja de ocho y medio a cinco y medio. Las partidas quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho y diecinueve fueron tablas, pero estos empates solamente favorecían al retador.  

Aunque el reloj nunca fue protagonista, en la partida diecinueve llamó la atención que, en cuarenta movimientos, el ruso utilizara dos horas y veinte minutos, frente a una hora y cincuenta minutos del norteamericano. Pese a su acostumbrado aspecto impasible, sin gestos ni ademanes, Boris Spassky se veía tenso y, pese a su inevitable temperamento inquieto, caminando alrededor sosteniéndose la cabeza con las manos, Fischer se veía relajado.

Cuando parecía que Fischer iba directo a coronarse campeón, Spassky gana la partida número veinte. La posición en que abandonaron la partida, en la jugada treinta y uno, da mucho que pensar. Spassky tiene ventaja, pero hay quienes dicen que Fischer pudo haber todavía buscado el empate. Fischer, en muchas entrevistas posteriores, explicó que no tenía manera de evitar perder este juego.

Independientemente de que ganara uno, ganara el otro, o quedaran tablas, los ajedrecistas alrededor del mundo coincidían en que el juego de ambos era impecable, magistral, asombroso, perfecto. Pero en la partida número veintiuno ocurrió lo que nadie se esperaba. Spassky cometió un error o, al menos, hizo una jugada inexplicable. El campeón ruso se percató de inmediato de que, de todas las opciones que tenía, eligió la menos conveniente. No había manera de reparar la situación y Fischer tomó una ventaja apabullante. La partida fue suspendida y Spassky no se presentó cuando fue reanudada. Bobby Fischer fue proclamado entonces como campeón del mundo.

Boris Spassky elogió a su sucesor. "Fischer no solamente derrota a sus oponentes, sino que los destruye, los aniquila." El periódico Pravda, órgano oficial del Partido Comunista de la Unión Soviética publicó: "Spassky esperaba un error de Fischer. Spassky se equivocó. Fischer no se ha equivocado nunca."

Bobby Fischer comentó, en una entrevista, que cuando despertó a la mañana siguiente de haber ganado el campeonato mundial de ajedrez, en vez de una sensación de éxito, experimentó una sensación de vacío. Anteriormente había dicho que, cuando fuera campeón del mundo, seguiría dando presentaciones, aceptando retos y defendiendo su título, pero más bien, tras ganar el Campeonato Mundial, desapareció de la escena pública, como si se lo hubiera tragado la tierra. Nadie sabía que hacía ni dónde vivía y no volvió a participar en competencias. Ni siquiera defendió su título en 1975.

Curiosamente, a Spassky, que en un primer momento dijo que esperaba recuperar su título en la primera oportunidad que tuviera, también se lo tragó la tierra. En 1976 abandonó la Unión Soviética y se trasladó a vivir a Francia. No fue sino hasta poco antes de cumplir los ochenta años que regresó a vivir a Moscú. Pero a esos dos grandes ajedrecistas, los únicos campeones mundiales que fueron noticia de primera página alrededor del mundo, dejaron de generar atención en la prensa y se apartaron, también, del sereno mundo del ajedrez.

Al cumplirse los veinte años del famoso torneo, en 1992, Spassky y Fischer volvieron a jugar en Yugoeslavia por un jugoso premio de cinco millones de dólares, tres y medio para el ganador y uno y medio para el perdedor. Ni siquiera lo elevado del monto en disputa logró despertar interés. Hasta los ajedrecistas admiradores de los dos campeones miraron con desdén esta repetición del duelo de veinte años atrás. Se llegó a decir que ver un encuentro de ajedrecistas de hace veinte años, es como ver un encuentro de boxeadores de hace veinte años. El combate se observa con nostalgia, pero sin asombro ni emoción. Fischer ganó el torneo y, al aceptar el dinero del premio, se convirtió en fugitivo del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, que previamente le había advertido que no debía aceptar dinero de Yugoeslavia, por estar ese país sancionado debido a su guerra civil. 

Un triste paralelismo en la vida de los dos campeones es que ambos, por distintas circunstancias, llegaron a perder su posesiones. Ambos se lamentaban de los atropellos que sufrieron y coincidían al decir que lo que más les había dolido perder, fueron sus respectivas bibliotecas, que habían logrado reunir a lo largo de toda la vida. 

Aunque abandonó la Unión Soviética, Spassky fue siempre muy discreto en sus declaraciones y no llegó a ganarse grandes enemigos. Fischer, en cambio, no se medía a la hora de hablar y, en cuanto tenía un micrófono enfrente, despotricaba contra todo lo que se moviera y no dejaba títere con cabeza. En sus últimos años, sostenía opiniones muy radicales y bastante extrañas. El Departamento de Justicia de los Estados Unidos giró orden de captura internacional contra él y Fischer fue arrestado en Japón. Para evitar que Fischer fuera encarcelado en Estados Unidos y en recuerdo al histórico encuentro que se jugó en su capital, el gobierno de Islandia le otorgó la ciudadanía y Fischer residió hasta el fin de sus días en la ciudad en que se coronó como campeón del mundo.

La muerte de Fischer, aunque no fue suicidio, sí fue voluntaria. Estaba muy enfermo, pero se negó a someterse a cirugías, recibir tratamientos o tomar medicinas. Como él mismo decía: "Uno sabe el momento en que no vale la pena seguir adelante", Muchos que nunca lo trataron en persona, se han atrevido a diagnosticarle algún tipo de demencia. Su amigo, Boris Spassky, que lo trató de cerca y le tuvo siempre gran aprecio, niega que Fischer estuviera fuera de sus cabales. Dolido por la muerte de su amigo y contrincante, Spassky dijo: "Fischer creía que había personas confabulando para hacerle daño. Yo le decía que eso no era cierto, pero él no me creía. Fischer decía cosas terribles, pero no era un hombre de malos sentimientos. Jugando ajedrez era un niño genio. En el mundo exterior, cuando no jugaba ajedrez, era un niño acorralado. Yo lo conocí bien y puedo afirmar que el alma de Bobby Fischer tenía una pureza tan limpia como el alma de un niño."

Repaso con frecuencia las partidas del campeonato de ajedrez de 1972 y me alegra tener un libro en que esté registrado todo lo que ocurrió en el tablero. Me gustaría que algún día alguien escriba el otro libro, sobre lo que sucedía fuera del tablero, sobre la vida oculta y trágica de los dos grandes jugadores que protagonizaron el torneo del siglo, así como de la amistad que nació entre ellos, compartieron a lo largo de los años y mantuvieron hasta el final.

INSC: 0920

Boris Spassky y Bobby Fischer (1943-2008).


sábado, 11 de abril de 2020

Literatura juancarlista.

Jun Carlos I esperanza de España.
No indica autor. Publicaciones Españolas.
Madrid, España. 1975.
Durante toda su larga dictadura, Francisco Franco no solamente acaparó todo el poder, sino también toda la atención. Cualquier realización estatal, desde las obras más ambiciosas hasta las más realizaciones más modestas, era fruto de la iniciativa y esfuerzo del Caudillo. Los ministros y demás funcionarios del gobierno eran casi invisibles. Su sucesor no fue la excepción. En 1969, Franco anunció que su sucesor en la jefatura de Estado sería, con título de rey, don Juan Carlos de Borbón, pero desde ese anuncio, hasta su proclamación como monarca, en 1975, solamente de manera muy esporádica el joven príncipe aparecía en las noticias. Mientras Franco viviera, nadie, ni su sucesor, podía tener protagonismo.
Juan Carlos, o don Juanito, como lo llamaban entonces, era un misterio. Joven, alto, rubio y atlético, el príncipe era bien recibido dondequiera que llegara. Se mostraba sencillo, abierto y natural, bromeaba con los interlocutores y los hacía reír pero, pese a su simpatía y don de gentes, sus discursos no pasaban de un saludo amable y breve. Nadie sabía lo que pensaba del pasado, del presente ni del futuro.
Más que el heredero de la corona, era considerado el heredero de Franco. De hecho, lo llamaban don Juanito porque don Juan era su padre, don Juan de Borbón quien, como hijo del rey Alfonso XIII, aspiraba a ser algún día rey de España. El nombre completo del príncipe era Juan Carlos Alfonso Víctor María y, al ser nombrado sucesor de Franco, se le empezó a llamar don Juan Carlos en vez de don Juanito. Si lo hubieran seguido llamando solamente por su primer nombre, habría llegado a ser el rey Juan III, lo que habría hecho más evidente el salto dinástico sobre don Juan, su padre.
Juan Carlos nació en Roma, en 1938, cuando la guerra civil española estaba candente y la II Guerra Mundial ya se veía venir. Fue bautizado por el cardenal Eugenio Pacelli quien, al año siguiente, se convertiría en el Papa Pío XII. Por la entrada de Italia en la guerra, su familia se traslada a Suiza, donde don Juan Carlos cursa los primeros años de escuela. Una vez finalizada la guerra, la familia se instala en Portugal.  
No fue sino hasta que Franco y don Juan llegaron a un acuerdo, que el príncipe, que ya había cumplido los diez años de edad, logró pisar suelo español por primera vez. Alejado de su familia, a la que visitaba solamente cuando estaba de vacaciones, don Juanito fue educado por preceptores escogidos personalmente por Franco. El caudillo se reunía con frecuencia con el príncipe que, llegado el momento, cursó estudios militares.
Cuando, tras la muerte de Franco, el  príncipe simpático y misterioso fue proclamado rey en noviembre de 1975, todavía no estaba claro qué se podía esperar de él. Ante unas Cortes no electas, juró su cargo para mantener los principios del Movimiento Nacional. Cuando tomó posesión, Franco todavía estaba insepulto y el primer acto oficial que le tocó presidir, como rey, fue precisamente el funeral del caudillo. Aunque había quienes albergaban la esperanza de que se pudiera mantener un franquismo sin Franco, la gran mayoría, tanto de derechas como de izquierdas, tenía claro que aquello inevitablemente iba a cambiar. Lo que no se sabía era cómo, ni que papel jugaría el rey en el asunto.
Tengo en mi biblioteca un pequeño libro titulado Juan Carlos I Esperanza de España que, curiosamente, no menciona en ninguna parte el nombre del autor pero, por lo que se dice en el prólogo, fue escrito por uno de los maestros que estuvieron a cargo de la formación del príncipe apenas llegó a España. Publicado en 1975, en el libro se elogia a Franco, "el hombre indiscutido e indiscutible", "que gobernó con gran dignidad y grandes aciertos durante treinta y nueve años", sin embargo, también insiste en que los tiempos han cambiado y que la gran mayoría de los españoles, incluyendo al recién proclamado monarca, no recuerdan la guerra civil porque o eran muy pequeños por entonces o ni siquiera habían nacido.  El libro invita a mirar hacia el futuro e insiste, de manera machacona en que Juan Carlos ser un líder de cambio. Al final se incluye una recopilación de opiniones, todas muy elogiosas, sobre la sabiduría, capacidad e integridad del nuevo Jefe de Estado sobre el que hasta hacía poco no se sabía nada.
Juan Carlos I el rey que reencontró América.
Carlos Seco Serrano.
Anaya. Madrid, España. 1988.
Pasar de un régimen dictatorial, represivo y caudillista a una democracia parlamentaria no es tarea fácil, pero la transición española se desarrollo sin grandes tropiezos. Se establecieron partidos, se convocó a elecciones, se formó gobierno y se votó una nueva Constitución. La intentona de golpe del 23 de febrero de 1981, tuvo al país en vilo y al Congreso secuestrado por varias horas. Aunque entre los cabecillas golpistas estaba Alfonso Armada, que era muy cercano al rey, la figura de don Juan Carlos salió muy fortalecida por haberse pronunciado a favor de la Constitución y la opinión favorable sobre él llegó a ser casi unánime. Hasta los republicanos acabaron declarándose "juancarlistas". Como entre quienes alababan al rey se hallaba también Santiago Carrillo, en son de broma se hablaba del "Real partido comunista español."
Mientras la imagen del rey se elevaba a las alturas, la de Franco, quien una vez fue "el hombre indiscutido e indiscutible" empezó a opacarse. En su última aparición pública, una multitud inmensa lo vitoreaba pero, a poco después de cinco años de su muerte, no se encontraba en España un solo franquista ni nadie que reconociera haberlo sido. 
Surgió entonces una mitología, la de Juan Carlos liberal, progresista, democrático que, desde su juventud, no hizo más que planear la manera de lograr que en España se instalara un régimen de libertad y prosperidad. Su mutismo, durante los años de dictadura franquista, fue interpretado como estratégico. Dentro de esta línea está el libro Juan Carlos I el rey que reencontró América, de Carlos Seco Serrano, publicado en 1988, que no se mide a la hora de soltar elogios. Juan Carlos no solamente es un gobernante ideal, sino también un militar ejemplar, un hombre de cultura extraordinaria con una concepción visionaria del panorama político español y universal, un padre de familia perfecto, un servidor de la patria intachable y, en fin, todo lo bueno imaginable.
Las mejores anécdotas del rey.
Ricardo Parrotta. Planeta, España. 1982.
Los libros de este tipo no solo se volvieron frecuentes, sino que acabaron siendo muy populares. El juancarlismo tenía un público numeroso. Prueba de ello es Las mejores anécdotas del rey, una obrita bastante ligera, del periodista argentino Ricardo Parrotta, publicada por Planeta. El ejemplar que tengo destaca en la portada que va por la tercera edición y lleva trece mil ejemplares vendidos. Además del anecdotario, en el que hay algunas historias en verdad divertidas, el libro incluye un capítulo titulado "Así ven al rey" en el que políticos, periodistas, militares, artistas y escritores  sueltan palabras de verdadera idolatría por el monarca.
Planeta publicó también en el año 2000, bajo el sello Booket, en edición de bolsillo, Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto rey de la baraja, del periodista Marius Carol. El título, por cierto, es de un optimismo desbordado. Cuando el rey Faruk de Egipto fue derrocado, en 1952, al llegar al exilio soltó una afirmación que acabó siendo famosa: "En el futuro, solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra." España no tiene, por cierto, una estable tradición monárquica ya que dos veces, en el pasado reciente, se ha declarado la república y la familia real ha acabado en el exilio.
Las anécdotas de don Juan Carlos, en todo caso, se leen con deleite. No cabe duda que es un hombre simpático, relajado, que tutea a todo el mundo, sonríe y parece estar siempre de buen humor. Solamente una vez tuve la oportunidad de verlo en persona en un acto que, se suponía, debía de ser solemne. Los organizadores no contaron con la espontaneidad desbordada de algunos asistentes y la supuesta solemnidad acabó en un tumulto en que todos, especialmente el rey, sufrieron empujones y pisotones. Sus escoltas estaban tensos y apurados por restablecer el orden, pero el rey, sonriente, más bien parecía disfrutar el momento y correspondía con bromas ingeniosas a quienes lo rodeaban. Ha habido ocasiones, también, en que don Juan Carlos ha perdido la paciencia y hasta la compostura, no solamente al punto de mandar a callar a quien lo tenía harto con sus majaderías, sino  incluso también hasta soltar alguna palabrota. Tal vez sea esta naturalidad lo que más lo diferencia de Franco. Franco era un personaje tieso, planchado y almidonado, rígido y solemne. Juan Carlos es totalmente casual y espontáneo. 
Las anécdotas de don Juan Carlos el quinto
rey de la baraja. Marus Carol.
Booket. Planeta, España, 2000.
Ahora bien, ser simpático y dicharachero ("campechano", dicen los españoles), no significa necesariamente ser el mejor jefe de Estado imaginable. Estos cuatro libros de mi biblioteca son solamente una pequeña muestra de la literatura juancarlista, que los lectores españoles consumían para acabar de convencerse de su rey era algo así como la octava maravilla del mundo.
El nivel de adulación hacia el rey no tenía límites y lo curioso es que la gran mayoría del pueblo español se tragaba el cuento sin cuestionarlo.
Los gobernantes de otras latitudes, apaleados a diario en la prensa de sus respectivos países, envidiaban el pacto de silencio no escrito que parecía tener la prensa española al referirse al rey. Pero la verdad es que, más que un pacto de silencio, era una complicidad de culto a su persona. Revistas y periódicos serios, analíticos y cuestionadores, perdían toda objetividad y sentido crítico cuando se referían al rey, al que arrojaban flores y quemaban incienso a diestra y siniestra.
A aquello no se le podía llamar publicidad, porque no era comercial, ni propaganda, porque no era ideológica. Era, simple y sencillamente, literatura. Don Juan Carlos, el hombre de carne y hueso, había sido convertido también un personaje de ficción, el más popular de España, cuyas aventuras, narradas por una multitud de autores, se podían leer en libros, periódicos y revistas.
Tal vez porque ese mundo ilusiorio había llegado a calar muy hondo en la imaginación del público, fue tan duro para los españoles ver romperse el espejismo y descubrir que aquella fantasía no calzaba con la realidad. Descubrieron que el rey que le tenía respeto y afecto a Franco (cosa que, bien pensado, no debería sorprender a nadie), así como que su monarca idealizado no era en el fondo muy brillante y que muchas actuaciones suyas, que fueron ocultadas en su momento pero que han salido a la luz, eran bastante cuestionables.
A Franco lo vitoreaban, pero cinco años después de su muerte no quedaba un solo franquista en España. A Juan Carlos lo amaban, pero cinco años después de su abdicación tal parece que el juancarlismo no tiene defensores. Más bien, las librerías y las páginas de la prensa se están llenando de un nuevo género literario, el antijuancarlismo, en el que don Juan Carlos ha pasado de ser héroe a convertirse en villano. Los juancarlistas, más que destacar el papel que tocó jugar en la transición, lo elevaron a un pedestal. Los antijuancarlistas, más que criticar sus errores y desaciertos, denigran agresivamente su persona.
Algún día, el personaje histórico será analizado con objetividad. Hasta ahora, el personaje literario ha sido distorsionado y caricaturizado, tanto por quienes ayer lo ovacionaban como por los que hoy lo abuchean.
INSC: 1650, 1660, 1975, 1977.

miércoles, 8 de enero de 2020

Embajador de España en las Españas.

Las Españas y España. Ernesto La Orden Miracle.
Instituto Costarricense de Cultura Hispánica.
San José, Costa Rica. 1976
Por su trabajo como diplomático, Ernesto La Orden Miracle tuvo la oportunidad de conocer a fondo  muchos países. Por su larga vida, le correspondió presenciar grandes acontecimientos históricos. Nació en Valencia y sirvió en las representaciones españolas en Inglaterra y Francia. Luego cruzó el Atlántico y residió en Uruguay, Ecuador, Puerto Rico, Nicaragua y Costa Rica. En Puerto Rico, por cierto, estuvo a cargo de la repatriación de los restos  del poeta Juan Ramón Jiménez, que residía en la Isla del Encanto. Cuenta que en, San Juan de Puerto Rico, durante el funeral del autor de Platero y yo, un grupo de niños colocó sobre el féretro un burrito blanco.
Nacido en 1911 y muerto en el año 2000, Ernesto La Orden Miracle vivió la dictadura de Primo de Rivera, la caída de Alfonso XIII, los años de la República y la Guerra Civil española, la II Guerra Mundial, la larga dictadura de Francisco Franco, la transición de España a la democracia y el inicio y final de la Guerra Fría.
Hombre culto, profundamente interesado en el arte y la historia, por donde pasaba establecía amistad con intelectuales, académicos y escritores locales. Como escritor, tenía la doble cualidad, que es en verdad difícil de encontrar, de ser al mismo tiempo ameno y erudito. Uno de sus libros más comentados es una recopilación de ensayos sobre el culto al apóstol Santiago en América, Inglaterra y Escocia. Escribió también libros sobre las ciudades de Quito, capital de Ecuador, y San Juan, capital de Puerto Rico. Su obra Estampas de Arte Hispano Americano, fue muy apreciada en su momento. 
En 1976, el Instituto Costarricense de Cultura Hispánica le publicó dos libros: Viajes de Arte por América Central y Las Españas y España. Este segundo libro es digno de atención por una razón que, aunque podría considerarse circunstancial, acaba convirtiéndolo en un documento histórico.
La muerte de Francisco Franco ocurrió cuando Ernesto La Orden Miracle era Embajador de España en Costa Rica. Aunque el dictador presumía de que lo dejaría todo "atado y bien atado", estaba claro que una vez que él muriera, nada seguiría igual. Salvo algunos fanáticos que no eran capaces de ver la realidad que tenían al frente y albergaban la esperanza de que se mantuviera un franquismo sin Franco, la enorme mayoría de españoles, ya fueran franquistas o antifranquistas, sabían que el cambio era inminente e inevitable.
Poco después de la muerte del dictador, Ernesto La Orden Miracle dictó una serie de conferencias sobre la historia de España, que posteriormente fueron recogidas en el libro Las Españas y España. Quien por largos años había sido diplomático de la España franquista, tenía claro que había terminado una época y empezaba otra. Quien había viajado, trabajado, investigado, estudiado, escrito y publicado en distintos países latinoamericanos, había llegado a la conclusión de que su patria en Europa y las repúblicas americanas en las que había vivido, más allá de los lazos evidentes de lengua e historia, formaban parte de una misma familia.
Empieza diciendo que quien haya recorrido toda España solamente habrá conocido la mitad de ella, porque la otra mitad está en América. Los españoles se volcaron sobre el Nuevo Mundo, al punto que la península por poco queda despoblada. En tiempos de los Reyes Católicos la población de España era de doce millones de habitantes y, unos cuantos siglos después, en tiempos de los Borbones, no llegaba a ocho. Cada una de ciudades virreinales de México y Lima tenía mayor infraestructura, mayor comercio y mayor número de habitantes que Madrid. Los españoles que cruzaron el océano, desde el instante mismo en que abordaban el barco, sabían que lo hacían para no regresar nunca. Su intención, al ir al Nuevo Mundo, era empezar una nueva vida.
Su disertación está llena de datos interesantes. Como la empresa de conquista y colonización era del Reino de Castilla, por ciertas normas legales que entonces les permitían considerarse súbditos castellanos, vinieron numerosos franceses, italianos y hasta irlandeses. En cambio, aunque Fernando el Católico era rey de Aragón, los aragoneses no tuvieron permiso de emigrar a América sino hasta entrado el Siglo XVIII.
Admite que las autoridades españolas no tuvieron la sabiduría necesaria para gobernar adecuadamente el amplio imperio. Llega incluso a llamar "indignos" a los reyes Carlos IV y Fernando VII. Recuerda, como dato curioso que el libertador Simón Bolívar, siendo niño, visitó Madrid con su familia, jugó a la pelota con el Príncipe de Asturias que sería, años después, Fernando VII.
Cita una de las cartas Bolívar, en que se queja de que los criollos nunca son virreyes ni gobernadores, rara vez son nombrados obispos y como militares nunca pasan de subalternos. Los tatarabuelos de los criollos eran españoles, pero los criollos, que por varias generaciones habían nacido, habían crecido, se habían reproducido y habían muerto en el Nuevo Mundo, no se sentían ligados ni siquiera remotamente con España. Si ellos manejaban el comercio y la producción agrícola, ganadera y minera, tenían más derecho de ejercer puestos de gobierno que los funcionarios recién llegados desde España.
La ruptura con España, en todo caso, no fue una liberación de un pueblo contra otro que lo oprime. Eso habría sido así, recuerda La Orden Miracle, si los indígenas hubieran expulsado a los españoles en los primeros años de la conquista. Lo que ocurrió más bien fue que los descendientes de españoles se cansaron de un gobierno para el que ellos tributaban pero en el que su voz no era escuchada. Lamenta que Carlos III no haya acatado el consejo que le dio el duque de Aranda, para que creara reinos independientes con gobierno propio en América.
Se refiere también, muy someramente, a los difíciles que fueron las últimas décadas del Siglo XIX y las primeras del Siglo XX, cuando España parecía que caminaba hacia su autodestrucción. Recuerda que precisamente por esa época es que Rubén Darío sorprende con su Salutación del Optimista, un verdadero himno de esperanza y llamada a la unión de todos los pueblos hispano parlantes.
Por esa experiencia como viajero, estudioso e investigador, Ernesto La Orden Miracle sostiene que el famoso concepto de Hispanidad, planteado por el padre Zacarías de Vizcarra, no es una idea abstracta, sino una realidad palpable.
El libro cierra con un tono verdaderamente optimista, no solamente por el cambio de régimen en España, sino por el futuro prometedor que augura para los países latinoamericanos. Manifiesta su esperanza de que pronto los antagonismos desaparezcan y se pueda construir una sociedad en que las diferencias se ventilen de manera constructiva.
En 1976, año en que el libro fue publicado, apenas empezaba en España el camino de transición a la democracia. Años después vino la nueva Constitución y el tremendo susto del 23 de febrero de 1981. En cuanto a los países latinoamericanos, a pesar de las particularidades de cada uno, quien los recorra con atención, como lo hizo Ernesto La Orden Miracle, llegará a la misma conclusión que él llegó. Hay algo común más allá de la lengua y la historia. La palabra Hispanidad, lamentablemente, por considerarla excluyente de la diversidad, se ha vuelto políticamente incorrecta. Nunca he podido comprender por qué los países de habla francesa tienen una fiesta anual para celebrar la francofonía mientras que a los hispano hablantes el complejo del qué dirán los otros nos impide hasta plantear siquiera la necesidad de una fiesta semejante.
La expresión "las dos Españas" se utilizó para ilustrar cómo la división interna amenazaba la unidad del país. No creo que Ernesto La Orden Miracle se refiriera a bandos políticos al hablar de "Las Españas". Da la impresión más bien que se refiere a los pueblos americanos, que él conoció a fondo, donde siempre encontró una tradición, una devoción, un hábito o, al menos, una sombra o un eco, que lo hacía evocar la patria en que nació, al punto de creer que nunca salió de ella.
INSC: 2155 

viernes, 3 de enero de 2020

Costa Rica y la guerra civil española.

Costa Rica y la Guerra Civil Española.
Angel María Ríos Espariz.
Editorial Porvernir. Costa Rica. 1997.
Más que un conflicto interno por el control del gobierno, la guerra civil española fue considerada como un choque entre dos visiones distintas de la sociedad. Ambos bandos gozaban de simpatías y antipatías incluso en países alejados de España. Quienes seguían con atención el desarrollo de las hostilidades desde lejos, por medio de los periódicos y la radio, lo hacían no solamente con gran atención, sino con temor y apasionamiento ya que de alguna manera creían que lo que ocurriera en España, acabaría decidiendo el futuro de Europa y, tal vez, de todo el orbe.
En Costa Rica, el escritor Mario Sancho llegó a escribir que "la guerra civil española se peleó en todas partes del mundo." Lo cierto es que la división de España se reprodujo en todos los países de América Latina. Lo que ocurría al otro lado del Atlántico, era como un espejo de lo que podría suceder en su propia realidad.
Angel María Ríos Espariz, español de nacimiento que cursó la carrera de Historia en la Universidad de Costa Rica, investigó artículos de prensa de la época y descubrió que en Costa Rica el debate en torno a la guerra civil española fue intenso y tuvo hasta momentos de gran tensión. 
Su libro Costa Rica y la guerra civil española, publicado en 1997 por la Editorial Porvenir con el Auspicio del Centro Cultural de España, además de datos reveladores, ofrece una interpretación extraordinariamente expuesta y argumentada sobre diversas polémicas e incidentes, que tuvieron lugar en San José, relacionados con el conflicto español.
Los libros de historia se tardan en ir al grano, ya que suelen empezar con un largo preámbulo, muchas veces prescindible. Sin embargo, en esta investigación, el preámbulo o, mejor dicho, los preámbulos, son verdaderamente valiosos. Con gran concisión explica los antecedentes de la guerra civil española. Pero no lo hace de la manera tradicional y simplicista, atribuyéndolo todo a una sucesión lineal de acontecimientos de última hora, sino que brinda una perspectiva amplia de la compleja situación social que se vivía en España desde las últimas décadas del siglo XIX. Con escaso desarrollo tecnológico, poca industria y poco comercio, con una considerable parte de la población analfabeta, España, mientras experimentaba un "estirón demográfico", era una sociedad muy militarizada. El ejército consumía la mitad del presupuesto del país. El golpe de Estado, o más bien la amenaza de golpe de Estado, era constante. Podría decirse que el país iba un tanto a la deriva. Cita el dato que en seis años, de 1917 a 1923, hubo trece cambios de gobierno. Vino luego la dictadura de Primo de Rivera, la República y el alzamiento militar, pero la raíz del asunto el autor la rastrea desde los orígenes de una sociedad que, durante décadas estaba intentando establecer cambios en su estructura.
En cuanto a Costa Rica, expone con gran claridad el desarrollo de la democracia liberal. Curiosamente, nuestro pequeño país centroamericano, presentaba un desarrollo social más estable que el de España. La independencia en, 1821, y la declaración de la República, en 1848, ya habían dejado claro el rumbo a seguir. Los gobiernos del Dr. José María Castro Madriz y el Dr. Jesús Jiménez Zamora lograron grandes avances en educación y larga dictadura de don Tomás Guardia apartó a los militares del poder y dejó como herencia una Constitución liberal que garantizaba libertades individuales. Tras los hechos de 1889 y la breve dictadura de Federico Tinoco (de 1917 a 1919), Costa Rica era una república cuyos habitantes genuina, aunque tal vez ingenuamente, creían haber alcanzado una estabilidad política duradera.
En Costa Rica, por la larga tradición republicana, las simpatías monárquicas se consideraban absurdas. Así mismo, por la también larga tradición liberal, las imposiciones colectivistas generaban rechazo. Aunque hubo costarricenses que, con gran entusiasmo, se manifestaron tanto a favor de la República Española como del bando Nacional, el grueso de la población, y de las autoridades, mantenía opiniones alejadas de ambos bandos.
El gobierno de México, presidido por Lázaro Cárdenas, se pronunció abiertamente a favor de la República y hasta envió brigadas a combatir. En Cambio, Guatemala y El Salvador, en 1936, y Honduras, en 1937, reconocieron el gobierno Nacional de Burgos.
En Costa Rica, el gobierno de León Cortés no se decide por ninguno, lo que generaría que, a la larga, surgieran conflictos hasta en el mismo seno de la Embajada de España en Costa Rica, en la que había diplomáticos nacionales y republicanos.
Esta falta de definición del gobierno de Cortés en el plano diplomático resulta bastante extraña, puesto que a nivel local no se andaba con rodeos ni consideraciones. León Cortés removió de cargo y prohibió que ejercieran la docencia los maestros comunistas Carmen Lyra, Luisa González y los hermanos Adela, Judith y Arnoldo Ferreto Segura. Prohibió la entrada al país a León Felipe, invitado por Mario Sancho, así como Luis Quer y María Teresa León, solamente por ser republicanos, mientras que intelectuales simpatizantes de Franco, como Luciano López Ferrer o José González Marín sí fueron admitidos. Efraín Jiménez Guerrero, primer diputado comunista electo en Costa Rica, fue arrestado el 14 de setiembre de 1936 por participar en una marcha a favor de la República Española.
Importantes figuras políticas, como el expresidente Julio Acosta García y los futuros presidentes Rafael Angel Calderón Guardia y Teodoro Picado Michaski,  mostraron abiertamente sus simpatías por Franco.
Los intelectuales, en cambio, se manifestaban a favor del bando republicano. Entre quienes se pronunciaron abiertamente a favor de la República Española cabe citar a don Joaquín García Monge, Carlos Luis Sáenz, Vicente Sáenz, Carmen Lyra, Luisa González, Emilia Prieto, José Marín Cañas y los por entonces jóvenes Fabián Dobles y Joaquín Gutiérrez Mangel. Carlos Luis Sáenz llegó a publicar un libro de poemas, Raíces de esperanza, sobre la Guerra Civil Española, que fue editado poco después de finalizado el conflicto.
Hubo también quienes estaban dispuestos a ir más lejos. Manuel Mora Valverde y Arturo Echeverría Loría, intentaron enlistarse para ir a luchar a favor de la República, pero no fueron aceptados. De hecho, no se sabe que ningún costarricense haya luchado ni en un bando ni en el otro. Muy por el contrario, el gobierno giró instrucciones al Embajador de Costa Rica en París, don Luis Dobles Segreda, para que ayudara a regresar a todos los costarricenses que residían en España. Entre los repatriados estaba el futbolista Alejandro Morera Soto y el poeta Fernando Centeno Güell
Invitado por don Luis Dobles Segreda, el 10 de octubre de 1938 el Dr. Gregorio Marañón pronunció una conferencia en la Embajada de Costa Rica en París.
Los obispos españoles no solo denunciaron la persecución religiosa que sufrió la Iglesia por parte de grupos extremistas, sino que se pronunciaron contra la libertad de conciencia y la separación entre la Iglesia y el Estado. En el primer punto, recibieron el apoyo unánime de obispos, sacerdotes y fieles de todos los países americanos pero, en el segundo punto, el respaldo del episcopado, clero y fieles americanos no fue general, ya que, en las repúblicas americanas, y muy especialmente en México y los Estados Unidos, los clérigos saben, por experiencia, que la distancia de las autoridades eclesiásticas y civiles, no solo no es peligrosa sino que, más bien, es recomendable. El padre Rosendo Valenciano, que cuestionaba a ambos bandos por distintos motivos, insistía en no ver el conflicto armado como una guerra religiosa.
Carmen Lyra y Luisa González organizaron colectas para las víctimas de la guerra en España. Cuando hubo una iniciativa para establecer censurar periódicos, revistas y libros, el Dr. Calderón Guardia la apoyó, pero el poeta Rogelio Sotela se opuso. Afortunadamente, prevaleció el derecho de libre circulación de impresos, sin que ninguna autoridad evaluara su contenido.
Si los costarricenses se pronunciaban vehemente sobre el conflicto, los españoles residentes en Costa Rica lo vivían con mayor intensidad.
De 1850 a 1930 cerca de tres mil quinientos inmigrantes españoles se radicaron en Costa Rica. Tal vez el número suene pequeño, pero la población total de Costa Rica era tan escasa que en 1930 ni siquiera había llegado al medio millón de habitantes. Los españoles eran la colonia de inmigrantes más grande del país. Por otra parte, a diferencia de otros países latinoamericanos, a los que llegaron españoles de baja escolaridad dispuestos a trabajar en lo primero que apareciera, los que vinieron a Costa Rica eran personas de elevado nivel cultural que contaban con recursos suficientes para establecer negocios propios. Eran propietarios de cines, imprentas, tiendas, almacenes, industrias y hasta de un periódico. Aunque hubo castellanos, andaluces, gallegos y asturianos, la gran mayoría de esta oleada migratoria de finales del siglo XIX y principios del XX, eran catalanes.  Además de los empresarios y comerciantes Borrasé, Raventós, Terán, Crespo, Uribe, Pozuelo, Llobet, Ollé, Pujol y Perera, estaba el médico don Mariano Figueres Forges, padre de don José Figueres Ferrer, quien sería luego tres veces presidente de Costa Rica. Don Mariano, por cierto, era franquista, pero don Pepe, su hijo, desde joven tomó partido por el bando republicano.
Desde 1866 funcionaba en Costa Rica La Casa España, que era el club social y la sociedad de beneficencia de los españoles residentes en el país. Uno de los organismos que funcionaba en esa Casa, la Cámara Española de Comercio, que se ocupaba de la importación y exportación entre Costa Rica y España, era subvencionada por el gobierno español. En 1936, apenas empezó la guerra civil, la Cámara se declaró públicamente a favor de Franco y el gobierno republicano le retiró el aporte financiero que le daba.
Aunque la gran mayoría de la colonia española en Costa Rica simpatizaba con Franco, los de la posición contraria se hicieron oír. Anastasio Herrero, Tomás Soley Güell y el artista Tomás Povedano se manifestaron a favor de la República.
En vez de en la ecuménica Casa España, donde todos tenían cabida, los españoles se congregaban en el franquista Comité Patriótico Español y en la Falange Española o, los del otro bando, en el Comité Pro República y la Liga Democrática Antifascista.
Las disputas entre españoles residentes en Costa Rica llegaron a tal punto de apasionamiento, que el Ministro de Relaciones Exteriores, don Manuel Francisco Jiménez Ortiz, decidió intervenir para procurar armonía, pero su esfuerzo fue inútil.
Todas las actividades que organizan los españoles a favor del bando nacional, eran boicoteadas por los republicanos. Y todas las actividades que organizaban los republicanos, eran boicoteadas por los nacionales.Hasta las iniciativas con propósitos puramente humanitarios, como la recolección de dinero, ropa, alimentos y medicinas para enviar a España, despertaban la desconfianza (y la furia) del bando contrario.
El 4 de noviembre de 1937, el poeta malagueño José González Marín se presentó en el Teatro Raventós para declamar sus versos. Apenas habían transcurrido un par de minutos desde que tomó el uso de la palabra, cuando le empezaron a gritar insultos desde distintos sectores del auditorio y, además, lo acribillaron a tomatazos. Uno de los jóvenes que participaba en la protesta, don Jaime Cerdas Mora, dejó escrito en sus memorias que logró desalojar el recinto gracias a varias burbujas con sustancias fétidas que arrojaba desde la galería. Luisa González y Carmen Lyra, estaban allí también, gritándole "¡Fascista!" al poeta invitado.
José González Marín no pudo declamar sus versos en San José, pero miembros de la colonia española le entregaron una fuerte suma de dinero, además de abundantes monedas de oro y piedras preciosas. Los periódicos costarricenses informaron después que González Marín, ya de vuelta en España, había entregado todo lo recolectado en su gira por Costa Rica y Puerto Rico al General Gonzalo Queipo del Llano, uno de los cabecillas principales del alzamiento contra el Frente Popular.
El pueblo costarricense se interesó mucho en el conflicto. Los periódicos brindaban reportes a diario y, como en aquel tiempo no había radio en la gran mayoría de las casas, al caer la tarde se formaban grupos en las pulperías para escuchar los partes de guerra más frescos.
Al igual que en Costa Rica, la Guerra Civil Española fue seguida de manera atenta y apasionada en todo el mundo ya que no se trataba de un conflicto interno por el control del gobierno, sino de un enfrentamiento de ideologías y visiones de mundo, que todos los conservadores, tradicionalistas, fascistas, comunistas, socialistas, anarquistas, liberales y demócratas, independientemente de dónde se encontraran, consideraron propio.
INSC: 02629

jueves, 2 de enero de 2020

Puro Humo de Guillermo Cabrera Infante.

Puro  Humo. Guillermo Cabrera Infante. Ensayo.
Alfagura, España, 2000.
El primer cigarrillo que fumó Guillermo Cabrera Infante, a la tierna edad de ocho años, lo fabricó él mismo con hojas secas de árbol arrolladas en una página de cuaderno. A los catorce fumó su primer tabaco, un puro que lo mareó al punto de hacerlo caer en el suelo, donde acabó vomitando una baba espesa y amarga. Sin embargo, a pesar de esa incómoda experiencia, el escritor cubano fue fumador toda su vida. Su madre, bastante comprensiva, toleró que fumara confiando en que ese sería su único vicio.
La inseparable y permanente unión que mantuvo Cabrera Infante con los cigarros, acabó convirtiéndolo en un verdadero conocedor. 
Reconocido autor de novelas, cuentos, ensayos y artículos periodísticos, acatando la recomendación de sus amigos, quienes lo instaban a escribir sobre el que, de hecho y como había deseado su madre, era su único vicio, escribió un libro dedicado por entero al fumado.
Publicado originalmente en inglés, con el título Holly Smoke, en 1985, el libro, ingenioso, divertido y revelador, fue muy bien recibido en Inglaterra, donde Cabrera Infante residía. La versión en español se tardó quince años en aparecer y, traducida o, más bien, reescrita por el propio autor, fue publicada por Alfaguara en el año 2000 con el título de Puro Humo.
Se trata de una obra inclasicable en que hay un poco de todo. Empieza con el relato de los marinos de Cristóbal Colón quienes, mientras exploraban las Antillas en su primer viaje, quedaron asombrados al mirar hombres aspirando rollos de hierbas encendidas para luego expulsar el humo por la boca y la nariz. Los marineros que se atrevieron a probar tuvieron una experiencia similar a la de Cabrera Infante a los catorce años pero, a la larga, al igual que al escritor, el vicio acabó atrapándolos. Al Almirante Cristóbal Colón, el asunto  no le interesó y llegó a manifestar que no lograba comprender qué gusto o provecho podría obtenerse de aquella acción tan extraña. Lejos estaba de imaginar que una de las muchas consecuencias futuras de su viaje, sería que el hábito de fumar se extendiera por todo el mundo. 
Tras reseñar que el descubrimiento de América y del tabaco fueron simultáneos, se extiende en las diferentes formas de consumirlo. Dedica páginas enteras tanto a los puros como a los cigarrillos y también se refiere, de manera más breve, al extraño hábito de aspirar rapé, que era tabaco en polvo. Curiosamente, casi no presta atención a la práctica de mascar tabaco.
Los historias y los datos que menciona son más amenos que exactos. La veracidad de muchas de sus afirmaciones resulta con frecuencia más que dudosa pero, en todo caso, el libro no pretende ser una investigación minuciosa sino, más bien, una larga y amena charla alrededor de un tema ligero y sin mayor importancia. Al buen conversador no se le exige exactitud, sino amenidad. Los datos que brinda sobre semillas, cultivos, procesos, prácticas de fumado y hasta tipos de ceniza, inevitablemente se van olvidar. Lo que queda, a fin de cuentas, es el recuerdo del deleite que causó la forma en que fueron expuestos.
Verdaderamente deliciosas son las historias familiares que, de nuevo, no importa que sean reales o inventadas. Cuenta que su abuelo era madrugador. Se levantaba a las cinco de la mañana y se acostaba a las cinco de la tarde. La abuela, en cambio, era noctámbula. Se acostaba a la medianoche y se levantaba al mediodía. Los abuelos se llevaban bien, en las pocas horas en que coincidían despiertos. Cada uno tenía una relación particular con el tabaco. El abuelo siempre tenía un puro en la mano, pero fumaba solamente un tercio y lo apagaba. El cabo lo dejaba "para luego" y, por esa práctica, había puros a medio fumar por toda la casa. La abuela no fumaba pero mascaba tabaco y llevaba siempre en la mano una escupidera de cristal.
Desde mediados del Siglo XX hasta el día de hoy, la discusión más acalorada que puede haber en Cuba es entre revolucionarios y contrarrevolucionarios pero, dice Cabrera Infante, en los tiempos anteriores a la revolución, el tabaco, producto estelar de la isla, causaba discusiones más intensas que la política. Ya existían en ese tiempo verdaderos fanáticos del tabaco y furibundos críticos del fumado. A un tío abuelo de Cabrera Infante le molestaba tanto el humo de cigarro que, cuando supo que Adolfo Hitler había  promulgado la primera ley antitabaco del mundo, solamente por eso, se hizo nazi. La madre de Cabrera Infante era fumadora. Su padre no. De hecho el libro viene con una bella dedicatoria: "A mi padre quien, a los 84 años, aún no fuma."
Cabrera Infante no deja tema sin tocar. Menciona los procesos de semillas, cultivos y selección de hojas. Cuenta las historias de famosas marcas de tabaco como la de Jaime Partagás y H. Upman.  Niega el mito que los anillos de papel en los puros hayan sido creados para no manchar los guantes blancos de los dandies del Siglo XIX. Muy por el contrario, explica que lo primero que hay que hacer, desde el momento mismo en que se saca el tabaco de la caja, es retirarle el anillo.  Las normas de etiqueta sobre el fumado que menciona no dejan de ser sorprendentes. Por ejemplo, declara que encenderle el cigarrillo a alguien es una muestra de cortesía, pero que nunca, bajo ninguna circunstancia, se debe ofrecer a quien enciende un puro. Encender un puro, acalara, es una faena estrictamente personal. Al terminar de fumar, el cigarrillo se aplasta en el cenicero, pero el puro simplemente se deja quieto, sin aplastarlo.
Lector voraz y gran aficionado al cine, Cabrera Infante es exhaustivo al rememorar escenas de películas o de relatos en las que los protagonistas aparecen fumando. A lo largo de las más de cuatrocientas páginas del libro, salta de un asunto a otro pero, ya sea que se refiera a cine, historia, literatura o recuerdos personales, el fumado está presente en cada relato. Con verdadero dolor cuenta que en cierta ocasión estaba en compañía de un pequeño grupo que se disponía a ver una película cuando, sin previo aviso, llegó Fidel Castro y se acomodó en una butaca. Antes de que se apagaran las luces, Fidel lo miró fijamente y dijo: "¿Alguien aquí tendrá un tabaco?" Y Cabrera Infante no tuvo más remedio que darle uno de los que, muy visiblemente, asomaban en el bolsillo de su camisa.
Los asistentes no pudieron disfrutar de la proyección porque el comandante no dejó de hablar ni un momento. Incluso en una sala de cine, él tenía que ser el centro de atención. Aunque su cigarro estaba aún a medio consumir, lo tiraba, se volteaba al escritor y le decía "Dame otro." Cuando la película terminó y se encendieron las luces, a Cabrera Infante solamente le quedaba un puro en la bolsa de la camisa y Fidel, al verlo, se lo pidió para el camino. La anécdota retrata con exactitud la total falta de respeto que Fidel tenía por las demás personas y por la propiedad privada.
Existía la leyenda, sobra decir que totalmente falsa, que sostenía que los cigarros eran enrollados (torcidos es la palabra correcta) por mujeres hermosas que, para no empapar su ropa con sudor, trabajaban desnudas. Cuando era pequeño, el morboso y precoz Cabrera Infante se asomó al taller de una fábrica de tabacos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por hombres de rostro severo. Las pocas mujeres que había no eran jóvenes, ni bellas. Trabajaban en silencio y, para entretenerse, prestaban atención al hombre que, situado en una tribuna, leía un libro en voz alta.
Los tabaqueros no eran especialmente instruidos y la mayoría de ellos trabajaba solamente para mantener sus vicios. Sin embargo, eran personas de amplia cultura general y rico vocabulario debido a que los lectores que amenizaban su lugar de trabajo leían obras maestras de la literatura universal. En un principio el lector no recibía sueldo de la fábrica, sino que era pagado por los propios torcedores. Solo se le exigían dos cosas: que tuviera una pronunciación clara y que su voz fuera lo suficientemente fuerte como para ser escuchada claramente en la última fila. Cuando pusieron micrófono con amplificador, este segundo requisito ya no fue importante.
Tradicionalmente, las lecturas preferidas eran novelas francesas del Siglo XIX. Nuestra señora de París, de Víctor Hugo, y El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, eran tan populares que, una vez terminadas, por petición de los oyentes, se empezaban a leer de nuevo. Ambos escritores enviaron cartas de saludo a sus fieles seguidores de las fábricas de tabaco de Cuba. La marca de cigarros Montecristo, por cierto, tuvo su origen en la fascinación de los tabaqueros por la novela de Dumas.
Entre las muchas libertades que los cubanos perdieron tras el triunfo de la revolución, estuvo la de escoger las lecturas en las fábricas de tabaco y, al menos durante el período inicial, los pobres torcedores debieron hacer su trabajo escuchando aburridísimas novelas propagandísticas soviéticas.
Puro humo es un libro ameno y entretenido. Los juegos de palabras, a los que Cabrera Infante era tan aficionado y que, en esta obra, están presentes desde el mismo título, en repetidas ocasiones son más que forzados y su frecuencia, que es demasiado insistente, más que amenizar el relato, lo llena de tropiezos.
En todo caso, la lectura de Puro Humo es placentera, ante todo, por lo que tiene de políticamente incorrecta. Aceptémoslo: fumar tabaco es nocivo para la salud. Como decía Cristóbal Colón, no puede obtenerse ningún provecho de esa acción tan extraña. Sin embargo, el vicio del fumado ha atrapado a innumerables generaciones alrededor del mundo durante los últimos quinientos años y, aunque no exista justificación a su consumo, sobre el tabaco hay mucho decir y este libro lo dice casi todo.
INSC: 1876
Guillermo Cabrera Infante. (1929-2005).



martes, 19 de noviembre de 2019

El discurso inaugural de la papisa americana. Novela de Esther Vilar.

El discurso inaugural de la Papisa
Americana. Esther Vilar. Novela.
Brugera, España, 1982.
En un futuro, aparentemente no muy lejano, una mujer es electa Papa o, más bien, papisa. Aunque es la primera mujer en ocupar ese cargo, elige como nombre Juana II, para legitimar la leyenda medioeval de que una vez, hace muchos siglos, hubo una mujer, haciéndose pasar por hombre, ocupó brevemente el Trono de Pedro has que fue descubierta. Ambas papisas son personajes de ficción. La Juana primera del pasado es legendaria, mientras que la Juana segunda del futuro es el personaje protagónico de la novela El discurso inaugural de la Papisa americana, de la escritora argentina Esther Vilar.
Publicada en 1982, la novela consiste en un largo monólogo en que Juana II se presenta al público, reflexiona sobre su vida y la vida de la Iglesia y anuncia las acciones que se propone emprender en su pontificado. Su discurso inaugural no tiene lugar en la Plaza de San Pedro durante una ceremonia solemne, sino en una estudio sin muebles ante una cámara que transmite en vivo. Su elección tampoco fue realizada en un cónclave, sino por elección directa y voto popular. 
La nueva papisa nació en 2014, en Los Angeles, California, que para entonces se había convertido en la la capital occidental del Islam. Hija de una prostituta drogadicta, se convirtió al catolicismo tras haber sido rescatada por un sacerdote en la playa de Malibú, donde surfeaba. Su conversión no significó, en todo caso, ningún compromiso serio que la comprometiera a aceptar dogmas ni a cambiar de vida. Los dogmas, para entonces, ya nadie los recordaba. No había verdades establecidas y cada uno era libre de creer lo que mejor le pareciera. En cuanto a la moral y las costumbres, todo estaba permitido. Allá cada uno con su conciencia. Rendida ante la presión de los gritos de la mayoría, la jerarquía eclesiástica había acabado por abandonar todo lo que antes predicaba y aceptar todo lo que antes condenaba. Ya nadie se preguntaba si tal o cual conducta era pecado, lo importante era simplemente ser feliz y vivir tranquilo.  Los debates sobre el aborto, el divorcio y la homosexualidad eran cosas del pasado. 
Hubo una época muy lejana en que el Papa era árbitro infalible de todas las disputas doctrinales y morales. Roma locuta causa finita, se decía en latín, cuando Roma habla la causa termina. El Papa era también monarca de un considerable territorio y ocupaba el único trono no hereditario de Europa. Incluso después de haber perdido los Estados Pontificios, las ceremonias en que participaba el Papa continuaron manteniendo un imponente protocolo imperial que se mantuvo hasta mediados del Siglo XX:
Pablo VI, el último papa en ser coronado, renunció a seguir utilizando la tiara pontificia y dispuso que los oficios religiosos, incluyendo la Santa Misa, dejaran de celebrarse en latín para que fueran oficiados en la lengua propia de cada lugar. Su sucesor, Juan Pablo I, último papa en ser cargado en hombros en sede gestatoria, en sus discursos abandonó el pluralis maiestatis y, desde su primer mensaje, utilizó la primera persona. Vino luego Juan Pablo II, que en vez de en sede gestatoria, que nunca utilizó, se movilizaba en una pecera blindada. El papa polaco, acabó convirtiendo el papado en algo que nunca había sido, en un espectáculo unipersonal en gira mundial permanente. En sus viajes, sorprendió al ponerse sombreros típicos (el de charro mexicano fue el primero) y al visitar sinagogas y mezquitas. Su presencia convocaba multitudes que llenaban estadios y calles, pero los templos estaban cada vez más vacíos.
Tras estos papas históricos, en la novela se mencionan otros que vinieron luego, cada uno empeñado en superar al anterior en gestos de modestia. Juan XXV accedió a la idea de vender todos los tesoros artísticos vaticanos para repartir el dinero obtenido entre los pobres. Pieza por pieza, los documentos, las pinturas y esculturas fueron puestos en subasta. Los grandes bancos y corporaciones acabaron adquiriendo hasta las basílicas y los palacios. El dinero fue repartido entre los pobres, que lo consumieron pronto y siguieron siendo pobres
Reducido a un minúsculo apartamento y movilizándose a pie por la calle, el papa pedía a los pocos reconocidos que lo tutearan. El papado perdió la magnificencia, el papa era cada vez más un hombre ordinario, pero el pueblo, en vez de acercársele, se le alejaba.El culto a Dios se abandonó. A los pocos asistentes a los oficios, el propio sacerdote les prohibía arrodillarse y, a la larga, terminaron hasta retirando de los altares los crucifijos porque podían herir la sensibilidad de los asistentes.
Se abolió el celibato y se admitieron mujeres en el sacerdocio. Vino luego el papa Oscar I, que escogió su nombre en honor al escritor irlandés Oscar Wilde quien, como él, era homosexual.
Y así sigue la historia hasta el momento en que Juana II llegó a ser papisa. Su título ya no significaba nada y su autoridad era inexistente.
Al hacer el recuento, la papisa llama la atención sobre un hecho singular. Cuanto más intentaba el papado acercarse al pueblo, más se apartaba el pueblo de él. Cuando la liturgia era solemne y misteriosa, los fieles acudían en masa. Cuando la liturgia se hizo participativa, los fieles dejaron de asistir. Los oficios religiosos perdían su magnificencia y los creyentes respondían abandonándolos.
Cuando la jerarquía renunció a tener autoridad indiscutible, nadie la volvió a tomar en serio.
Lo curioso es que el pueblo no tomó el camino fácil, sino el difícil. Mientras la Iglesia católica abandonaba la enseñanza de su doctrina como verdad absoluta y revelada, los fieles la abandonaban y corrían a sumarse a grupos religiosos en que debían aceptar dogmas inapelables. Mientras la Iglesia católica se mostraba tolerante y abierta a aceptar todo tipo de conducta, los fieles se integraban a sectas que exigían un compromiso serio con sus enseñanzas y mantenían un control severo sobre la vida de sus miembros.
En materia religiosa, los creyentes del Siglo XX no escogieron la respuesta más racional, sino la más misteriosa. En materia ética, no escogieron la más relajada, sino la más exigente. Es decir, no eligieron el camino más cómodo, sino el que les exigía mayor sacrificio.
La elección de la Papisa fue la culminación de un proceso largo y, precisamente por ser el punto más lejano del viaje, acabó siendo también el punto de retorno. La papisa, admite que se ha cometido un error y se manifiesta estar dispuesta a corregirlo. Para empezar, se reviste con ornamentos preciosos, se coloca la capa pluvial, se ciñe la tiara, toma en su mano el báculo y se sienta en el trono. De inmediato, se declara infalible, llama a los fieles a la obediencia, les muestra un crucifijo, llama a los fieles a que se arrodillen y oren para, al final, impartirles la bendición que pronuncia, por supuesto, en latín.
Está segura que el retorno a la solemnidad, el misterio, la enseñanza de verdades absolutas e indiscutibles, el orden, la autoridad y, lo más importante, la fe, acabará atrayendo de nuevo a todos los que se fueron en estampida cuando vieron que la iglesia de la que formaban parte empezó a convertirse en algo distinto a lo que debería ser.
Al final del libro, viene un extenso ensayo de la propia autora en que declara que no es católica y ni siquiera creyente, pero que le pareció llamativo el hecho de que, cuando la Iglesia dejó de ofrecer verdades absolutas y normas inapelables, los fieles, en vez de agradecidos, se sintieron defraudados y fueron a buscar la verdad y la autoridad en otros grupos dispuestos a brindárselas.
INSC: 0355

sábado, 9 de noviembre de 2019

El diario de mamá. Novela de Alfonso Ussía.

El diario de mamá. Alfonso Ussía. Planeta.
España. 2009.
Cuando la madre del marqués de Sotoancho murió, le dejó a su hijo mucho dinero y un poco de tranquilidad. La relación que mantuvieron entre ellos nunca fue buena y, a decir verdad, el marqués llegó a considerar el fallecimiento de su progenitora como un verdadero alivio.
Sin embargo, la madre acabaría incomodando a su hijo incluso después de muerta. Registrando sus pertenencias, el marqués encontró un diario del que él mismo era protagonista principal. El hecho de que su madre no lo quisiera no era, en todo caso, una noticia nueva para él. Los desprecios, ofensas y maltratos que le había dirigido constantemente a lo largo de toda su vida se lo habían dejado claro. Lo que llegó a sorprenderlo fue descubrir que su madre lo aborrecía casi desde el instante mismo en que había nacido. En el diario descubrió que a ella le daba asco amamantarlo y que, al referirse a él, lo llamaba simplemente "la cosa."
Por el diario, supo también que recién nacido, el día que recibió el sacramento del Bautismo, se cayó de los brazos de una ama que lo sostenía y se dio un gran golpe de cabeza contra el suelo. Su madre creyó que a raíz del accidente, "la cosa" seguramente quedaría idiota para toda su vida y así lo consignó en su diario.
Es fácil imaginar el drama al que se enfrentó el pobre marqués. Leer el diario sin lugar a dudas le resultará doloroso y, posiblemente, en algún momento, tras leer apenas un par de páginas, debió haber pensado en destruirlo. Sin embargo, como la curiosidad es poderosa y, aunque le duela cada línea que lea, es posible que no pueda resistir la tentación de revisarlo de cuando en cuando hasta terminarlo. "Sus páginas rezuman tanta maldad que no pueden leerse de un tirón."
Encontré El diario de mamá en una librería, que más parecía tienda de regalos, ubicada en un centro comercial. Nunca había escuchado hablar de esa novela ni de su autor, Alfonso Ussía. El libro estaba envuelto en plástico transparente, por lo que no tuve oportunidad de picotear un poco en su interior. Sin embargo, el texto de la parte de atrás me hizo decidirme, no solamente a comprar un ejemplar para mí, sino incluso a adquirir otro para regalárselo a un amigo que, por alguna razón, siempre reacciona con risa ante las historias trágicas.
Es conocido el viejo refrán de que no hay que comprar un libro por la portada. Con El diario de mamá aprendí que tampoco es buena idea comprarlo por la contraportada.
Me preguntaba, al romper el plástico que lo envolvía, cómo sería la novela. No sabía qué esperar, pero el argumento era prometedor. Un hombre viejo que conoce lo que pensaba su madre acerca de él desde que era niño. Tal vez ella sufría de depresión post parto y sus crueles anotaciones iniciales eran solo el reflejo de su estado de ánimo en aquel momento. Tal vez, conforme el niño iba creciendo, sus sentimientos cambiarían. O, tal vez, aunque ella empezó odiándolo sin motivo aparente, poco a poco el hijo, quizá sin darse cuenta, con sus palabras y acciones acabaría dándole a su madre motivos para reafirmar su animadversión hacia él. Sin haber leído ni siquiera la primera página, estaba seguro que el libro, en algún momento, me daría una sorpresa. En algún momento, suponía, se revelaría la causa de tanto odio y el marqués podría finalmente comprender la actitud hostil de su madre ya muerta. También, por supuesto, me interesaba saber cuál sería la reacción final del marqués al terminar de leer el diario. La lectura podría cicatrizar heridas o abrir otras nuevas.
La gran sorpresa que me llevé, al leer el libro, fue que el autor, pese a haber ideado un argumento tan atractivo, complejo y rico en posibilidades, simplemente se olvidó de él. El descubrimiento del diario y la lectura del diario, se toca solamente en las páginas iniciales. Luego se vienen en cascada una serie de acontecimientos inconexos sobre situaciones en buena medida absurdas. La novela acabó volviéndose convirtiéndose en una historieta llena de chistes sacados de la manga. Resistí la tentación de abandonarla porque guardaba la esperanza de que todo aquello no fuera más que un largo y, tal vez necesario rodeo para regresar al diario. Pero no. El diario nunca se vuelve a mencionar y otras cosas, un viaje, una boda, ciertos compromisos sociales, pasan a primer plano. 
No comprendía por qué un escritor es capaz de plantear una buena historia para luego no escribirla.
Alfonso Ussía.
Luego averigüé que Alfonso Ussía es un periodista madrileño que escribe sin parar desde su juventud. Ha sido columnista de numerosos periódicos españoles, colabora con gran cantidad de revistas y es, además, comentarista de radio y televisión. Por si todo esto fuera poco, desde 1979 ha venido publicando prácticamente un libro al año.
También me enteré que El diario de mamá, primer libro suyo que cayó en mis manos, era la décima novela, de una larga serie que en total suma catorce libros, sobre las andanzas del Marqués de Sotoancho.  La primera, La Albariza de los Juncos, fue publicada en 1979 y la última, o al menos la más reciente, titulada El rapto de la novicia, los cañones de los Pujol y Monsieur Pipet de Lagarde, apareció en 2018. 
No sería justo emitir un juicio sobre una colección de catorce libros cuando solamente se ha leído uno de ellos, pero El diario de mamá, pese a lo llamativo que me pareció de primera entrada su argumento, no es más que un libro que pretende ser chistoso sin lograrlo. Es una obra de puro entretenimiento, que resultaría apropiada en la mesita de centro de una sala de espera, pero de la que no se puede esperar más que un chistecillos y salidas de tono que se olvidan de inmediato. Sospecho, porque no me consta, que la poco más de la docena de libros que Ussía ha dedicado al marqués de Sotoancho deben de ser de similar tono y contenido. Me quedaré con la duda de averiguar si mi sospecha es acertada o no, ya que, tras mi primer encuentro con el marqués, he perdido todo interés por seguir sus aventuras.
No tengo nada contra el humorismo puro. Si un autor escribe por puro afán de divertir, habrá lectores que disfruten sus libros sin más pretensión que divertirse. Lo que me duele, de hecho, no es tanto que yo, como lector, me haya tragado el anzuelo del marketing,  sino que Alfonso Ussía, como escritor, tuvo una idea que pudo haberse convertido en una novela interesante y la desaprovechó.
INSC: 2622 
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...