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miércoles, 18 de diciembre de 2019

Bosquejo histórico del Partido Unidad Social Cristiana.

Partido Unidad Social Cristiana. Bosquejo Histórico.
Roberto Tovar Faja. Imprenta Lil.
Costa Rica, 1986.
Históricamente, los partidos políticos de Costa Rica no eran organizaciones ideológicas y permanentes, sino más bien agrupaciones temporales que se formaban con el exclusivo propósito de impulsar a un candidato en particular. Algunos politólogos e historiadores critican severamente el personalismo excesivo de los grupos políticos que aparecieron y desaparecieron durante todo un siglo tras la fundación de la república.
Todas las circunstancias, sin embargo, tienen sus aspectos positivos y negativos. El hecho de no contar con partidos permanentes, de alguna forma libró a Costa Rica de conflictos interminables como los que sufrieron Nicaragua y Colombia, por ejemplo, en donde los enfrentamientos entre liberales y conservadores, también durante un siglo, no permitieron ni un minuto de paz.
En Costa Rica hubo, por supuesto, partidos que proponían un ideario y aspiraban a ser algo más que una mera plataforma electoral, pero esos partidos, como el Unión Católica, el Partido Reformista de Jorge Volio o el Partido Comunista, no llegaron a gobernar. Los dos primeros tuvieron corta vida y el tercero nunca logró un apoyo popular considerable.
El que se mantuvo por muchos años fue el célebre partido Republicano que, ya sea que ganara o perdiera, fue siempre uno de los más votados en todas las elecciones que se celebraron entre 1902 y 1948. Sin embargo, pese a su constancia y permanencia, el partido Republicano existía en función del candidato y no a la inversa.
El conflicto armado de 1948 lo ganó el Movimiento de Liberación Nacional que, apenas tres años después, el 12 de octubre de 1951, se conviertió en el Partido Liberación Nacional. Como en aquellos tiempos las fotografías eran en blanco y negro, pocos están al tanto de que, durante un breve período en sus inicios, la bandera del partido no era verde y blanco, sino azul y blanco. Aunque en Costa Rica, gracias a Dios, nunca hemos tenido un régimen de partido único, bien puede afirmarse que Liberación Nacional estuvo solo durante treinta años. El asunto es complejo, al punto que, como decía don Joaquín Gutiérrez: "la guerra civil de Costa Rica fue tan enredada que ni los mismos ticos la entienden."  Don José Figueres se alzó en armas para defender la elección de don Otilio Ulate ante las pretensiones del Dr. Rafael Angel Calderón Guardia de volver al poder pero, casi de inmediato, don Otilio y don Pepe se distanciaron, de manera que Liberación tenía como opositores al calderonismo y al ulatismo que también habían sido enemigos entre sí. 
Para acabar de complicar el panorama, constantemente surgían pequeños partidos que no llegaban a obtener ni un diez por ciento de apoyo de los electores. Con la oposición dividida, Liberación ganó las elecciones de 1953, 1962, 1970 y 1974. Cabe anotar que las dos únicas que perdió, la de 1958 y la de 1966, también las pudo haber ganado de no haber sido por fracturas internas que le costaron el triunfo.
La única manera de evitar que Liberación gobernara indefinidamente era que el antiliberacionismo se uniera, pero ese objetivo era tan difícil de lograr que se requirieron ni más ni menos que veinte años para poder hacerlo realidad. El libro Partido Unidad Social Cristiana. Bosquejo histórico. de don Roberto Tovar Faja ofrece una amplia reseña, rica en datos y documentos sobre el largo proceso, lleno de dificultades y tropiezos, que precedió la fundación del Partido Unidad Social Cristiana.
Roberto Tovar Faja. protagonista del largo proceso
de creación del Partido Unidad Social Cristiana,
del que fue su primer Secretario General.
El mayor mérito de esta obra es el que no haya sido escrita por un historiador ni por un analista político, sino por un protagonista principal y testigo de primera fila de todos los hechos que se reseñan. Don Roberto Tovar Faja fue el secretario de actas de las primeras conversaciones que, en 1972, se llevaron a cabo para establecer una alianza entre los principales cinco partidos de oposición. También fue el notario ante el que se formalizó, en 1977, la Coalición Unidad. Cuando por fin se cumplió la meta y el Partido Unidad Social Cristiana se fundó, en 1982, don Roberto fue el Secretario General del primer Directorio Político.
El libro, pese a ser breve, es de gran valor histórico y documental, ya que incluye textos íntegros de actas, cartas, manifiestos y correspondencia, así como los nombres de todos los involucrados y el detalle de cada incidente relevante. Pero lo más atractivo no es tanto la información como la narración que, pese a estar escrita en tono sereno y reposado, deja bien claro que el asunto no fue nada fácil.
Además del calderonismo y del ulatismo, existían muchos otros sectores antiliberacionistas que formaban agrupaciones dispersas. Todos estos grupos solamente lograban uniones temporales tras negociaciones excesivamente largas y complejas. Todos se oponían a Liberación, pero por distintos motivos y, cada vez que se reunían, en vez de procurar un acuerdo, se ventilaban los puntos de desacuerdo. Tres palabras en un documento podían generar una larguísima carta de protesta. Costaba sentarlos a la mesa, pero se levantaban y se iban por cualquier motivo. Cuando por fin cinco partidos, Unificación Nacional, Unión Nacional, Unión Popular, Frente Nacional y Republicano Nacional, parecía que iban a lograr una alianza, surgían nuevas agrupaciones como Renovación Democrática, Demócrata Cristiano y Nacional Independiente.
Don Roberto es un señor elegante que se expresa con corrección y propiedad. Relata los acontecimientos con gran caballerosidad pero, aunque en su libro no aparecen nunca las palabras berrinche o capricho, salta a la vista que esas actitudes surgían con mucha frecuencia. Cuando algo no se hacía como alguien esperaba que se hiciera, ese alguien simplemente se levantaba y se iba.
La urgencia y conveniencia de la unión, en todo caso, estaba clara. En 1970 Sarapiquí fue erigido como cantón número diez de la provincia de Heredia. Las votaciones para elegir las nuevas autoridades municipales las ganó Liberación, pero si todos los otros partidos hubieran estado unidos habrían obtenido una cómoda victoria de sesenta sobre cuarenta por ciento. Los líderes de la oposición consideraron que algo similar podría ocurrir a escala nacional y, de hecho, así ocurrió en las elecciones presidenciales de 1974. Ganó el Lic. Daniel Oduber Quirós, quien se enfrentó al Dr. Fernando Trejos Escalante, al Lic. Rodrigo Carazo Odio y al Lic. Jorge González Martén. Si la oposición hubiera presentado un único candidato, habría ganado con 50.4 sobre 43.3 por ciento.
La amarga lección fue aprendida y todos los grupos hicieron un esfuerzo para que la división no los hiciera perder también las elecciones de 1978. Se logra el acuerdo y cinco partidos firman el Pacto de Ojo de Agua, tras el cual hay una reñida convención en la que Rodrigo Carazo se impone sobre Miguel Barzuna Sauma. Barzuna se retira junto con don Mario Echandi y apoyan a González Martén. Don Guillermo Villalobos Arce se postula con Unificación Nacional. Pero estos grupos disidentes no logran apoyo entre los electores y don Rodrigo Carazo gana la presidencia.
El gobernante siguiente, don Luis Alberto Monge Alvarez, pese a ser liberacionista, favoreció todo el cambio de legislación requerida para que los partidos que formaban la coalición contraria a Liberación Nacional pudieran fusionarse en un único partido. Este apoyo a la causa de los opositores  deja claro que, incluso dentro de las filas de Liberación, preferían enfrentarse a un partido grande y fuerte. Nace entonces el partido Unidad Social Cristiana. Al señalar méritos, don Roberto deja claro que el arquitecto del partido fue el Prof. José Joaquín Trejos Fernández y su constructor fue el Lic. Rafael Angel Calderón Fournier. Es una omisión lamentable que en el libro no haya mencionado el apoyo del Presidente Monge en la etapa final del proceso.
El libro, publicado en 1986, cierra afirmando que, aunque el PUSC perdió las elecciones de ese año, se consolidó al obtener un cuarenta y siete por ciento del electorado y augura que ganará las elecciones de 1990. La predicción se cumplió.
A partir de la creación del PUSC, Costa Rica vivió veinte años de bipartidismo. Recuerdo que, en los años ochenta, durante una actividad académica, le pregunté al Dr. Fernando Trejos Escalante si Liberación era realmente social demócrata y la Unidad era realmente social cristiana. Su respuesta fue: "Básicamente, sí." 
Los conflictos y hasta disputas que cada partido tenía a nivel interno, eran saludables ya que la competencia de distintas tendencias y liderazgos evitaban que el partido tuviera dueño. Liberación, por ejemplo, nunca tuvo dueño. Todos los liberacionistas admiraban a don Pepe pero eso no implicaba que estuvieran de acuerdo con él en todo. Aunque a lo interno de cada partido hubiera grupitos un tanto extremistas, en cada elección el votante podía elegir entre dos propuestas moderadas y de centro. La rivalidad entre el PLN y el PUSC era intensa en periodo electoral pero, ganara quien ganara, el gobierno lograba establecer acuerdos con la oposición para impulsar proyectos de interés nacional. Sin embargo, tras dos décadas de lo que los franceses llaman cohabitación, una parte considerable del electorado empezó a quejarse del gobierno del "PLUSC" y consideró conveniente el surgimiento de una tercera opción.
Aunque sufrió duros golpes y hubo hasta quienes llegaron a darlo por muerto, el Partido Unidad Social Cristiana sigue vivo y goza tanto de las simpatías como del voto de un segmento considerable de la población. Lo que costó tanto unir se ha roto, al punto que los tres presidentes electos por el PUSC, Rafael Angel Calderón Fournier, Miguel Angel Rodríguez y Abel Pacheco, se han distanciado del partido.
Cuando estaba trabajando en esta nota, me encontré por casualidad con don Roberto Tovar Faja. Le hizo mucha gracia que todavía hubiera alguien leyendo su libro publicado hace más de treinta años. Yo me atreví a preguntarle, a él que vivió el lento y complicado proceso de unión, si creía posible, aunque obviamente no sería fácil, que el partido se uniera de nuevo. No descartó la posibilidad pero, con gran sentido realista, me respondió que ahora todo sería mucho más complejo que al inicio.
No hace falta pensarlo mucho para descubrir que tiene razón. Construir algo nuevo con elementos dispersos es difícil, pero reparar algo que está roto es mucho más difícil aún.
Los espresidentes José Joaquín Trejos, Mario Echandi y Otilio Ulate, líderes
de distintas tendencias anti liberacionistas.
INSC :0324

domingo, 1 de mayo de 2016

Testimonios de combatientes de la Guerra Civil de 1948.

Volando Bala. Nicolás Pérez Delgado.
Costa Rica, 1998.
El 13 de marzo de 1948, en el tranquilo pueblo de El Tejar del Guarco, tuvo lugar la batalla más sangrienta de la guerra civil costarricense. El combate entre las tropas figueristas contra un contingente formado por fuerzas oficiales del gobierno de Teodoro Picado y brigadas comunistas, se prolongó durante todo el día. Cuando cesó el fuego, se amontonaron en una zanja doscientos treinta y cinco cadáveres de combatientes de ambos bandos. Como procede en estos casos, por medida sanitaria, antes de cubrirlos con tierra, los restos humanos fueron rociados con gasolina e incinerados. La escena, según quienes la presenciaron, fue horrible. Por la acción del fuego algunos cuerpos levantaban una mano o una pierna y hasta se sentaban. En los días siguientes, al patrullar la zona, aparecieron más muertos repartidos en los potreros de los alrededores. 
El conflicto armado de 1948 se ha estudiado y comentado muchísimo. Abundan los libros que analizan sus causas y consecuencias, pero son realmente escasas las investigaciones sobre los hechos. Que yo sepa, ni siquiera se ha realizado una lista de víctimas. Tal parece que a los historiadores les ha interesado más interpretar los acontecimientos que conocer sus detalles.
Por ello, el libro Volando bala, del periodista cubano Nicolás Pérez Delgado, es verdaderamente valioso y revelador. No se trata de un libro más, de los muchos que hay, que hacen un recuento de los gobiernos de Calderón y Picado, analizan las posiciones calderonista, comunista, cortesista, ulatista y figuerista y especulan sobre los intereses que podrían representar cada una de ellas. El objetivo de esta obra no es explicar el trasfondo ni las razones del conflicto sino, simplemente, recopilar los recuerdos de los protagonistas.
Apenas se trasladó a vivir a Costa Rica, Pérez Delgado se interesó por el tema, no como historiador, sino como periodista. Además de estudiar la amplia blibliografía disponible, se dedicó a entrevistar combatientes de distintos bandos. Cada uno le daba el nombre de otro y llegó a grabar extensas conversaciones con veinticinco de ellos pero, al final, el libro es narrado con treinta y tres voces.
Como muchos de los protagonistas principales ya habían muerto cuando inició su investigación, para incluir sus testimonios se valió de lo que habían dejado escrito. Las declaraciones de Carlos Luis Fallas (hijo), Eduardo Mora Valerde, Edgar Cardona, Max Tuta Cortés, Enrique Pencho Alvarado, Álvaro Montero Vega, Róger Bejarano, Abelardo Cuadra, Gonzalo Monge o José Ruiz Herrero, entre otras, las obtuvo en persona. Las de don José Figueres Ferrer, Teodoro Picado, Calufa, Manuel Mora, el padre Núñez, Arnoldo Ferreto y Frank Marshall, las tomó de sus escritos. Por cierto, las memorias de Frank Marshall que se citan en esta obra, cuya existencia misma es una gran sorpresa, continúan inéditas.
Acomodando fragmentos intercalados de los testimonios, los hechos son narrados por los propios protagonistas. Así, poco a poco, mientras se salta de lo que dijo uno a lo que dijo otro, se va reconstruyendo el ambiente previo al inicio de hostilidades, la muerte de Rigoberto Pacheco Tinoco, el primer caído del conflicto en el primer día de combate (12 de marzo), el arribo de las armas que envió el presidente de Guatemala Dr. Juan José Arévalo por avión,  la batalla de San Isidro del General, que duró treinta y seis horas y en la que murió el General Tijerino, la marcha fantasma para la toma de Cartago, los enfrentamientos en la carretera interamericana, la toma de Limón, las acciones del frente norte en San Ramón y el ambiente tenso en la ciudad de San José.
No hay más prueba, en estos recuerdos, que la palabra de quien los vivió. Con los años, la memoria falla. Es posible que algunos grandes hechos se minimicen y hasta se olviden. También, en sentido contrario, suele ocurrir que acontecimientos insignificantes se magnifiquen. No falta tampoco el riesgo de que alguien, por vanidad, quiera elevar su protagonismo o su heroísmo. Sin embargo, con todo lo que puedan tener de tergiversado, inventado o exagerado, lo importante de los testimonios es recopilarlos.
Curiosamente, en muchos casos los recuerdos de combatientes de bandos opuestos suelen coincidir y complementarse, mientras que quienes lucharon del mismo lado recuerdan los acontecimientos de manera distinta y hasta contradictoria.
Los mismos involucrados repasan con frecuencia conflictos, rivalidades y enfrentamientos internos. Teodoro Picado Lara, hijo del presidente, les vendió armas del arsenal del Estado a quienes pretendían derrocar a su padre. El coronel Pencho Alvarado, calderonista, desconfiaba de los comunistas y solamente les facilitaba armas viejas casi inservibles. La actitud prudente de Otilio Ulate, (más que prudente ambigua), lo llevó a ofrecerle al ministro de seguridad, René Picado, mantenerlo en su puesto en un eventual gobierno suyo. Entre el Dr. Calderón Guardia, su hermano Paco, el presidente Picado y Manuel Mora no había gran coordinación. Todas las declaraciones de Manuel Mora, son desmentidas y calificadas como falsas por Arnoldo Ferreto, su compañero de partido. Don Pepe, quien tenía como uno de sus principales lugartenientes a Edgar Cardona (ulatista más que figuerista), se veía obligado a intervenir como árbitro en las constantes disputas que protagonizaban los líderes de su tropa.
Figueres era arrojado. "Gano o me matan", le dijo a Monseñor Víctor Manuel Sanabria cuando fue a visitarlo. Ulate se limitó a esperar el resultado sin comprometerse. Don Teodoro Picado se quedó solo. El Dr. Calderón Guardia acabó alejado de sus seguidores y entró en conflicto con su hermano. Manuel Mora y su hermano Eduardo, veían la mano invisible del Departamento de Estado Americano hasta detrás de los hechos más insignificantes.
Edgar Cardona sostiene que Otilio Ulate no se sumó a la lucha armada porque creía que iba a fracasar. El temor tenía fundamento, ya que hasta pocos días antes que que empezaran a sonar los tiros, don Pepe solamente tenía a su lado siete hombres: Max Tuta Cortés, Edgar Cardona, Ricardo Figuls, Pepino Delcore, Frank Marshall, Alberto Lorenzo y Manuel Antonio Quirós. Pero en cuanto llegaron las armas de Guatemala muchísimos campesinos de Desamparados, la zona de los Santos, el Valle del General, Cartago y otras regiones se integraron a la causa. Cincuenta hombres caminaron desde Puriscal hasta la finca La Lucha, por la montaña y sin provisiones, para servir como soldados. Alfonso Saborío, uno de ellos, cuenta la historia. 
Las motivaciones de los reclutas eran diversas. Oscar Saborío, por ejemplo, cuenta que se integró a la la lucha armada para poder sacarse un clavo.
Es sabido que con don Pepe combatieron dieciocho legionarios no costarricenses provenientes de distintos países centroamericanos y de las Antillas. Al lado del gobierno, hubo también oficiales de otras nacionalidades, entre los que destacan los generales nicaragüenses Leyva y Tijerino, quienes en la década anterior habían sido enemigos. El primero había formado parte de la Guardia Nacional de Somoza y el segundo había luchado al lado de Sandino. Cuando ya el movimiento rebelde iba tomando fuerza, Anastasio Somoza ofreció enviar armas al gobierno, pero con la condición de que con cada rifle vendría un hombre.
Combatientes de ambos bandos debieron enfrentarse a sus compañeros no costarricenses cada vez que intentaron fusilar prisioneros. En la batalla se lucha a muerte, pero la vida de un prisionero enemigo se defiende con la propia. Ante semejante argumento, los venidos de fuera, más sin asco ante el derramamiento de sangre, desahogaban su frustración diciendo: "¡Estos ticos son unos pendejos!" Pero se quedaban con las ganas de matar a alguien indefenso.
Roberto Güell cuenta una anécdota jocosa. Cuando las tropas figueristas tomaron San Marcos de Tarrazú, desarmaron a los calderonistas y los encerraron en la escuela. Al día siguiente, admitieron que sus esposas e hijos se les unieran. Los familiares trajeron comida, cocinas, refrigeradoras y colchones. "Así solamente teníamos que vigilarlos y nos quitamos de encima el tener que atenderlos". Cuando debieron hacer frente a un ataque de tropas del gobierno, los figueristas se olvidaron de sus prisioneros pero, al regresar a la escuela, allí estaban todos. "¿Por qué no aprovecharon para escapar?" Les preguntó Güell. A lo que los cautivos le contestaron que él había sido tan amable que no quisieron hacerlo quedar mal con sus superiores.
El consumo de licor era un problema serio. Cada vez que tomaban una población, lo primero que hacían era asaltar la cantina local. Los borrachos son un fastidio, pero los borrachos con armas son, además, una amenaza. Como ya habían ocurrido situaciones peligrosas, en una ocasión el mismo Roberto Güell se adelantó y puso todo el guaro en una bodega cerrada con candado. Cuando Frank Marshall, al frente de un grupo de sedientos compañeros, le pidió la llave, Güell se negó rotundamente a entregársela. Entonces Frank, sabiendo que de nada valdría amenazarlo con el uso de la fuerza, lo miró a los ojos y le dijo: "Señor... ten piedad de nosotros." A pesar de la original súplica, el guaro, como los prisioneros, permaneció en su encierro.
Los soldados de ambos bandos pasaban hambre. A sus posiciones les enviaban refuerzos, armas y municiones, pero nadie se acordaba de mandarles al menos café, tortillas o tapas de dulce. Los vecinos simpatizantes de cada causa, eran quienes, cuando tenían ocasión de aproximarse, mataban un novillo, gallinas o un cerdo para ellos. Con todo y esa severa limitación, se mantenía la mentalidad de guerra. Una vez, un grupo de exploradores que llevaba días sin probar bocado, se encontró, en un campamento enemigo abandonado, ollas aún calientes con arroz, cubaces y carne. Con la boca hecha agua, lo botaron todo porque podía estar envenenado.
Las tropas regulares permanecieron en San José. Los rebeldes que pretendían derrocar al gobierno no tenían uniforme y los voluntarios que lo defendían tampoco. En esas circunstancias era difícil identificar al enemigo. Por eso, en la batalla del Tejar, Álvaro Montero Vega propuso a sus compañeros que, en caso de tener que pelear cuerpo a cuerpo, se quitaran la camisa y machetearan a cuando hombre con camisa se encontraran.
Hubo éxitos que surgieron por casualidad. Don Pepe tenía sus reservas sobre la importancia de tomar el puerto de Limón, pero cuando esa acción se ejecutó y se abrió el frente norte en San Ramón, el gobierno dispersó sus tropas y eso facilitó que los rebeldes se afianzaran en Cartago. El cuartel general, instalado en el Colegio San Luis Gonzaga, se llenó de "paracaidistas", es decir, muchachos que no habían participado en los combates y se sumaban al moviento al verlo ganador.
Cada página del libro está llena de sorpresas y revelaciones. Los prisioneros calderonistas en Cartago tuvieron como vigilantes a mujeres armadas. Cuenta Arnoldo Ferreto que don Luis Paulino Jiménez Ortiz les facilitó a los comunistas las instalaciones del Anexo del Hotel Costa Rica para que instalaran su cuartel general. José Joaquín Peralta Esquivel, quien había sido ministro de Picado, daba refugio a figueristas perseguidos. Los señores mayores, como don Juan Dent, don Fernando Ortuño o don Arturo Volio Jiménez se comportaron con tanta valentía como caballerosidad cuando de alguna forma fueron afectados por el conflicto.
Frank Marshall menciona a su compañero Alfredo Trejos, abuelo del poeta del mismo nombre. En su arriesgado viaje  a La Lucha, en que al cruzar zonas en conflicto corrió el riesgo de ser ametrallado por cualquiera de los bandos en pugna, el arzobispo Sanabria llevaba como únicos acompañantes a don Ernesto Martén y al Dr. Fernando Pinto Echeverría. El primero, padre de Alberto Martén y el segundo padre de la escritora Roxana Pinto.
Tras escuchar el recuento de seis semanas de combates, aparecen las expresiones de éxito de los ganadores, así como las de tristeza de los perdedores. Pencho Alvarado cuenta que el avión en que partió el Dr. Calderón Guardia rumbo a Nicaragua tenía una capacidad para cincuenta pasajeros, pero iban más de cien. Como si fuera un autobús, iba gente de pie en el pasillo. El depuesto presidente Picado, escoltado hasta el aeropuerto por el Embajador de México y el Nuncio Apostólico, confiesa que al abandonar el país, en vez de angustia, sintió un gran alivio. Manuel Mora, más que por su propia persona, estaba preocupado por su gran amiga Carmen Lyra, que estaba muy enferma. Arnoldo Ferreto, quien permaneció en el país, critica el que Carmen Lyra y Manuel Mora hayan optado por irse sin consultar al partido.
Los triunfadores, por su parte, también tuvieron sus amarguras. En el desfile de la victoria marcharon en primera fila muchos advenedizos de última hora que ni pasaron hambre, ni durmieron a la interperie ni dispararon un solo tiro, mientras otros que en verdad se jugaron el pellejo fueron los últimos en recibir su uniforme.
La idea general es que la guerra civil fue relámpago. Los libros de historia, concentrados en sus causas y consecuencias, no suelen referirse a los hechos concretos del conflicto. Al leer Volando Bala, lo que más impresiona es la enorme cantidad de muertos que hubo del 12 de marzo al 29 de abril de 1948.
Los historiadores suelen despreciar el recuento de datos anecdóticos y prefieren concentrarse en la interacción de grupos sociales, en la confrontación de intereses de clase y en la influencia de ideologías. Pero en una guerra, así sea breve, se ponen en riesgo muchas vidas que, ya sea que se pierdan o se salven, merecen ser recordadas. 
INSC: 1535
No hay fotografías de don Pepe con sus siete primeros hombres. En esta imagen son siete,
pero solamente hay tres de los primeros. El arrodillado a la izquierda
es Edgar Cardona y el de la derecha Frank Marshall. El que tiene casco es Max Tuta Cortés.

lunes, 17 de agosto de 2015

Las múltiples facetas de Monseñor Víctor Manuel Sanabria.

Monseñor Sanabria. Apuntes biográficos.
Ricardo Blanco Segura.
Editorial Costa Rica, 1971.
Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, segundo Arzobispo de San José, Costa Rica, hablaba varios idiomas, fue profesor de literatura, empresario periodístico, historiador, genealogista y autor de numerosos libros. Sin embargo, es recordado principalmente por su participación activa, pública y notoria, en los hechos políticos de la década de los cuarenta. Aprobó que los católicos militaran en las filas del partido Vanguardia Popular, liderado por comunistas. Trabajó activamente al lado del Dr. Calderón Guardia en la promulgación de las leyes sociales. Se ofreció como mediador para evitar el conflicto armado de 1948 e influenció en varios aspectos la Constitución promulgada tras la guerra civil.
Octavo y último hijo de don Zenón Sanabria Quirós y doña Juana Martínez Brenes, nació el 17 de enero de 1898 en San Rafael de Oreamuno. Sus padres y hermanos eran agricultores por lo que, desde niño, trabajó en el campo. Era hábil y rápido con la pala y el machete y, a lo largo de toda su vida, cada vez que visitaba su tierra, incluso ya siendo arzobispo, disfrutaba trabajar al lado de sus parientes en los cultivos de la parcela familiar.  A los catorce años manifestó su deseo de ser sacerdote y fue admitido en el Seminario, donde se destacó tanto por su inteligencia como por su piedad. Tras finalizar su bachillerato fue enviado a Roma y allá obtuvo un doctorado en Derecho Canónico y recibió la ordenación sacerdotal. Tuvo la intención de ingresar a la Compañía de Jesús, pero el arzobispo Rafael Ottón Castro no se lo permitió. De vuelta en Costa Rica, fundó, junto con otros socios, El Correo Nacional, cuya primera edición apareció el 2 de julio de 1925. Sanabria era el director y gerente del periódico, pero su aventura periodística duró apenas poco más de tres meses. El 31 de octubre apareció el último número editado por Sanabria. La empresa fue vendida a don Luis Cartín, quien continuó publicando el diario hasta 1934. El clérigo, con más amargura que resignación, solía repetir: "Soy un mal administrador y un periodista frustrado."
Pasó entonces a la docencia. Impartía clases de teología a los seminaristas y de literatura a los estudiantes de secundaria.
En aquellos tiempos era común que las clases de literatura dictadas por un sacerdote fueran más o menos una farsa. La práctica general era que el cura advirtiera a los estudiantes sobre los peligros y desviaciones morales o intelectuales que les podría generar la lectura de ciertos libros que ni él mismo había leído nunca. Ese no era el caso de Sanabria. Don Joaquín Gutiérrez Mangel, que fue su alumno en el Colegio Seminario, recuerda que Sanabria recitaba de memoria a los poetas del Siglo de Oro y al referirse a cualquier autor, antiguo o moderno, lo hacía con amplitud y conocimiento de causa. Sus clases de literatura, en vez de asustar con peligros, despertaban curiosidad e interés por las obras comentadas.
Sanabria, que tenía una inteligencia aguda y una memoria prodigiosa, era un lector voraz al que todo le interesaba. Leía los periódicos del día, así como obras literarias, históricas y filosóficas. Como si eso fuera poco, solía pasar horas en los archivos leyendo documentos antiguos.
Dominaba perfectamente el latín, el inglés, el francés y el italiano. Cuando se puso a investigar la historia de la Iglesia en Costa Rica, se topó con una obstáculo. El segundo y el tercer obispo, Bernardo Augusto Thiel y Juan Gaspar Storck, así como los vicarios de Limón y los padres paulinos que regentaban el seminario, eran alemanes por lo que, entre los documentos que dejaron, había varios escritos en alemán. Cuando se topaba con alguno de ellos, llamaba al padre Cornelio Nacken para que se lo tradujera. Como le daba pena molestarlo, pensó que no debía ser tan difícil aprender alemán, se compró un diccionario y una gramática y empezó a traducir por sí mismo los documentos. Cuando se sintió seguro, le habló al padre Nacken en alemán. Su pronunciación, naturalmente, tenía errores, pero las oraciones estaban no solo bien construidas, sino que eran hasta elegantes. Nacken consideró asombroso que alguien pudiera aprender una lengua por sí mismo y, para ayudarle con su pronunciación, tanto él como todos los curas alemanes que había en Costa Rica, que eran varios, continuaron conversando con Sanabria en alemán de ahí en adelante. En 1943 publicó el libro Cuarto viaje de Colón, de Felipe Valentini, que él tradujo directamente del alemán.
El Doctor Calderón Guardia, Rigoberto Pacheco Tinoco, el
Arzobispo Sanabria y el poeta Rogelio Sotela colocan
 la primera piedra de la Universidad de Costa Rica. 1940.
Las obras históricas de Sanabria son numerosas. Desde su primer libro, Datos Cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica, publicado en 1927, demostró ser un investigador minucioso y un escritor de prosa elegante. Publicaría después las biografías de Anselmo Llorente Lafuente y de Bernardo Augusto Thiel, así como un recuento de los acontecimientos que sucedieron antes y durante la primera vacante episcopal de San José. Al investigar el culto a la Virgen de los Ángeles, de la que era muy devoto, no logró hallar ningún documento en que constara el nombre de la campesina que encontró la imagen pero, como el apellido más común en la Puebla de los Pardos era Pereira y el nombre más frecuente entre las mujeres era Juana, decidió llamarla Juana Pereira. A partir de 1932, Sanabria fue publicando por entregas los datos que se conservaban en la Curia sobre los muertos en la Campaña Nacional de 1856. En la lista, el héroe nacional Juan Santamaría no estaba registrado como caído en batalla, sino como víctima del cólera. Entre los historiadores de su época, ninguno le reclamó a Sanabria que se hubiera tomado la libertad de inventarle un nombre a un personaje sin contar con un documento que lo respaldara, pero sí lo criticaron por reproducir un documento que ponía en duda la gesta heroica del soldado Juan en la batalla de Rivas.
Esa no fue la única polémica que levantaron sus investigaciones. Como tenía su disposición los registros de matrimonios y nacimientos desde la época colonial, se puso a hacer genealogías hasta completar las de San José y Heredia y dejar muy avanzadas las de Alajuela y Cartago. Al igual que en el caso de Juan Santamaría, publicó los datos que había encontrado en los archivos y numerosos miembros de las familias de abolengo se molestaron al percatarse que, entre sus ancestros, además de los hidalgos españoles de los que presumían descender, había numerosos indígenas y esclavos negros.
Por modestia y como restándole importancia, Sanabria siempre dijo que sus investigaciones no eran más que apuntes, esbozos, anotaciones o simples recopilaciones de datos y como tales los publicaba. Siguiendo su ejemplo, don Ricardo Blanco Segura tituló "apuntes biográficos" al libro que escribió sobre Monseñor Sanabria, a quien conoció y trató de cerca. Don Ricardo, como Sanabria, es investigador meticuloso y escritor de estilo elegante. Las obras de ambos autores, además, tienen en común el que no disimulan simpatías ni antipatías por determinados personajes. Esta subjetividad, que quizá en el gremio de los historiadores pueda ser considerada un defecto, acaba siendo, para el lector común y silvestre, un aderezo delicioso en medio de tanto dato.
En 1938, Sanabria fue consagrado obispo de Alajuela, diócesis que en aquel tiempo comprendía todo el norte del país, incluyendo Guanacaste y media provincia de Puntarenas. Apenas tuvo tiempo de recorrer todo el territorio y visitar, al menos una vez, cada parroquia, puesto que en 1940 fue nombrado Arzobispo de San José.
Sanabria tomó posesión de su cargo el 28 de abril de 1940. Pocos días después, el 8 de mayo, el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia asumió la presidencia de la República. El arzobispo y el presidente no eran los únicos hombres jóvenes en cargos de importancia. Toda una nueva generación, que había nacido alrededor del cambio de siglo, estaba relevando a las viejas figuras. Eran los años cuarenta y quienes tenían las riendas del país eran hombres de cuarenta años de edad. La parsimonia de los liberales de antaño parecía haber quedado atrás. Había una voluntad de emprender proyectos ambiciosos y de verlos convertidos en realidad lo más pronto posible.   
La iniciativas que Sanabria puso en marcha eran audaces. Iban desde la fundación de sindicatos católicos, hasta la creación de la emisora Radio Fides, que decidió instalar como reacción a Radio Faro del Caribe, fundada poco antes. Inició la construcción del Seminario en Paso Ancho (donde soñaba retirarse, cuando dejara el cargo, para dedicarse por completo a la historia), así como de la Casa de Ejercicios Espirituales en Calle Blancos. 
El Dr. Calderón Guardia, quien había estudiado en la universidad de Lovaina, declaró que las acciones de su gobierno estarían inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, lo cual le atrajo la simpatía y el apoyo del Arzobispo. El gobierno también tenía como aliado al partido comunista.  Eran los años de la II Guerra Mundial, en que los Estados Unidos y la Unión Soviética luchaban en el mismo bando, por lo que ni los comunistas eran antiyanquis ni las democracias occidentales consideraban enemigos a los comunistas.
El 13 de junio de 1943, el partido comunista, en una asamblea plenaria, tomó la decisión de cambiar de estatutos y de nombre. A partir de esa fecha se llamaría Partido Vanguardia Popular. Manuel Mora, quien había fundado el partido comunista en 1931 y era el líder indiscutible de la agrupación, le dirigió una carta a Monseñor Sanabria, en la que le consultaba si encontraba algún obstáculo para que los católicos militaran en su partido. El Arzobispo le contestó el mismo día que no encontraba obstáculo alguno.
Manuel Mora, Luis Demetrio Tinoco Castro, Monseñor Sanabria,
Teodoro Picado y el Dr. Calderón Guardia el día de la
promulgación de las Garantías Sociales. 15 de setiembre de 1943.
El hecho fue, por decir lo menos, bastante extraño. ¿Por qué el partido comunista decidió cambiar de nombre? ¿Por qué el mismo día que el partido cambió de nombre Manuel Mora se dirigió al Arzobispo? ¿Por qué el Arzobispo contestó en el mismo día? El escándalo que se armó trascendió las fronteras. El gobierno de Guatemala, por ejemplo, no le permitió a Sanabria asistir al Congreso Eucarístico por considerarlo un obispo comunista.
Poco después, el 15 de setiembre de 1943, fueron promulgadas las Garantías Sociales y, para festejar el acontecimiento, se organizó una manifestación masiva en la capital. El presidente de la República invitó al Arzobispo a sumarse a la celebración y ambos acabaron paseando por San José en un Jeep descubierto al lado de Manuel Mora, el líder comunista, y Teodoro Picado, el candidato oficialista para las elecciones del año siguiente. Por esa época, además, Calderón Guardia, desde la presidencia, y Manuel Mora, desde el Congreso, lograron la derogatoria de las leyes liberales que había promulgado Próspero Fernández en 1884, que limitaban la influencia de la Iglesia en la educación pública. El arzobispo, por su parte, había participado activamente en la elaboración del recién promulgado Código de Trabajo.
Lo curioso es que el candidato de la oposición, León Cortés Castro, junto con su esposa doña Julia Fernández, había sido padrino de la consagración episcopal de Sanabria. Don León no dijo una palabra, pero muchos de sus seguidores criticaron duramente al Arzobispo. 
Ante los cuestionamientos, Sanabria respondió de una manera un tanto esquiva. Dijo que las acciones de un obispo solamente pueden ser juzgadas por Dios, por el Papa y por la Historia. Como en aquel tiempo Roma estaba ocupada por los nazis y era bombardeada por los Estados Unidos, Pío XII no tenía mucho tiempo que dedicarle a las andanzas de un arzobispo centroamericano y a nadie se le ocurrió elevar la protesta a la Santa Sede. 
En las elecciones de 1944, en que salió electo don Teodoro Picado, hubo hasta muertos. En las parlamentarias de 1946, también. Los ánimos estaban más que caldeados. Había violencia en las calles. En las presidenciales de 1948, el Dr. Calderón Guardia fue derrotado por don Otilio Ulate, pero la elección fue anulada. Don Pepe Figueres se levantó en armas. Tras un ataque armado a la casa en que se encontraba el candidato ganador, que le costó la vida al anfitrión, el Dr. Fernando Valverde Vega, el gobierno le ofreció a Ulate la posibilidad de ir a la cárcel o refugiarse en una embajada. Su delito era simplemente haber ganado las elecciones. Ulate optó por ir a la cárcel y Monseñor Sanabria, para proteger su vida, lo acompañó a la Penitenciaría. Ante la guerra civil inminente, el Arzobispo no solo se ofreció como mediador, sino que propuso a las partes en conflicto que dejaran la solución en sus manos. Solamente Ulate aceptó la propuesta. Monseñor Sanabria llegó incluso a viajar hasta La Lucha, donde estaban los rebeldes, para entrevistarse con don Pepe. Tal vez la participación del Arzobispo parezca un tanto extraña en la actualidad pero en aquel momento él era la única persona en el país que le hablaba a todos. Calderón, Picado, Ulate y Figueres lo respetaban y lo escuchaban, pero sus esfuerzos por evitar el conflicto fueron en vano.
Las relaciones de Sanabria con la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, no fueron cordiales. Cuando se instaló la Asamblea Nacional Constituyente, se cantó un Te Deum en la Catedral y el Vicario General, el padre Alfredo Hidalgo, que era calderonista, pronunció un discurso que molestó al gobierno. Los diputados que redactaban la nueva Constitución recibieron presiones públicas y privadas del Arzobispo, quien defendía el Estado confesional, la participación de la Iglesia en los programas de educación pública y el derecho de los clérigos a ser electos diputados. Logró que todas sus propuestas fueran incluidas en el texto constitucional. 
Cuando, en diciembre de 1948, el Dr. Calderón Guardia junto con un grupo de seguidores y con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió desde Nicaragua la provincia de Guanacaste y tomó la población fronteriza de La Cruz, el arzobispo condenó el hecho.
Sanabria contó siempre con el apoyo del clero y de los fieles, pero perdió simpatías entre los políticos. Cada uno lo consideraba del bando contrario. Unos decían que era cortesista, o comunista, o calderonista o ulatista. Había hasta quienes creían que era figuerista. Todas sus actuaciones públicas eran cuestionadas y criticadas. Aunque aún era un hombre joven, estaba muy enfermo. Una afección cardiaca lo hacía respirar con dificultad. En 1950 viajó a Roma para presentar su renuncia personalmente ante el Papa, pero Pío XII no se la aceptó. Interrumpió su viaje y regresó de inmediato a Costa Rica en cuanto se enteró de la profanación en la Basílica de Los Ángeles. Las joyas habían sido robadas, la imagen de la Virgen había desaparecido y el vigilante había sido asesinado. Cuando apareció la imagen de la Negrita, que tal parece nunca salió del templo, el arzobispo organizó solemnes celebraciones litúrgicas.

Monseñor Dr. Víctor Manuel Sanabria Martínez.
(1898-1952)
II Obispo de Alajuela y II Arzobispo de San José.
La última batalla pública de Monseñor Sanabria es bastante controversial. En mayo de 1952, el pastor bautista Adolfo Robleto empezó a publicar en La Nación un espacio dominical. Monseñor Sanabria le escribió al director y gerente del periódico, don Ricardo Castro Beeche (el famoso Cacayo). En su carta no solo lo instaba a no admitir publicaciones de iglesias protestantes en el periódico, sino que lo amenazaba con prohibirle a los católicos leer o anunciarse en La Nación. Cacayo le respondió recordándole el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de culto y le dejó claro que las publicaciones que tanto le incomodaban no eran producidas por la redacción del periódico, sino que eran espacios pagados por la Iglesia Bautista, que él, como director y gerente del medio, no tenía ninguna razón para rechazar. Sanabria replicó que la libertad de expresión y de culto tienen límites y que al ser católica la mayoría del país esa "propaganda" era ofensiva y recalcó su intención de crear un boicot contra el periódico si continuaba brindándole espacio a la Iglesia Bautista. Don Ricardo, como habría hecho cualquier otro director de periódico, le contestó que no cedía ante presiones y que no aceptaba que nadie le dijera lo que debía publicarse o no en el medio a su cargo y, para dejarlo bien claro ante todos, publicó las cuatro cartas. Don Adolfo Robleto, el pastor bautista, al leer aquel cruce epistolar, decidió dejar de publicar su espacio.
Dos días después, Monseñor Sanabria murió de un ataque al corazón a los cincuenta y cuatro años de edad. Es el único Arzobispo de San José que no está enterrado en la Catedral Metropolitana, ya que dispuso ser sepultado en su pueblo natal de San Rafael de Oreamuno.
En 1959, la Asamblea Legislativa declaró a Monseñor Sanabria Benemérito de la Patria, pero la declaratoria tuvo cinco votos en contra. El Colegio Técnico Vocacional de Desamparados y el Hospital de Puntarenas, llevan su nombre. 
INSC: 0668

lunes, 8 de junio de 2015

El legado de Rafael Barroeta y Baca.

La Insititución Barroeta. Jorge Murillo
Chaves. Imprenta Vargas. Costa Rica,
1969.
Don Rafael Barroeta y Baca, quien nació en Cartago en 1798 y murió en Esparza en 1880, logró amasar una gran fortuna pero no tuvo a quien dejársela. Se casó dos veces, la primera con Rosario Guardia Robles (tía de don Tomás Guardia) y la segunda con Trinidad Gutiérrez, pero con ninguna de sus esposas tuvo hijos. Tampoco se sabe que los haya tenido fuera del matrimonio. 
En su testamento fue muy generoso (tenía con qué) y repartió entre sus parientes y los de sus dos esposas, las enormes e inmensamente productivas propiedades que tenía a lo largo y ancho del país. En las tierras de Barroeta, quien era dueño de fincas de café, cacao, caña de azúcar y ganado, podría decirse que no se ponía el sol. Era suyo El Cacao de Alajuela y la Finca Catalina en Guanacaste.
En dinero en efectivo también dejó grandes partidas. A un primo lejano, al que casi no frecuentaba, le legó quinientos pesos que, seguramente, debieron haberle hecho su vida más fácil.
Barroeta, quien tal parece sufrió mucho por no haber tenido descendencia, en la cláusula quinta de su testamento dispuso que los cien mil pesos que tenía depositados en el banco se convirtieran en un fondo de becas para la juventud. Para poner el monto en perspectiva, hay que anotar que, en aquella época, una maestra de escuela no llegaba a ganar ni treinta pesos al mes y el sueldo de un funcionario de alto rango era de cincuenta pesos mensuales. Utilizando esa referencia, los cien mil pesos de Barroeta en 1880, serían más o menos como mil millones de colones del año 2000, es decir, unos dos millones de dólares.
Rafael Barroeta y Baca.
En los libros de historia de Costa Rica, Barroeta es recordado por haber roto su espada en El Jocote. En 1842, Braulio Carrillo envió a Vicente Villaseñor al mando de setecientos hombres a repeler la invasión de Francisco Morazán. Villaseñor, en vez de detener el avance del general hondureño, pactó con él. Se oyó la voz de un oficial que dijo: "Hemos venido aquí a pelear, no a pactar." Era Barroeta, quien quebró su espada, se marchó del sitio y acabó luchando en la clandestinidad contra Morazán.  También los historiadores suelen recordar el papel de Barroeta como designado (vicepresidente diríamos hoy) de su sobrino Tomás Guardia Gutiérrez. En algún momento, durante la larga dictadura del General, don Rafael Barroeta ejerció interinamente la Presidencia de la República. 
Curiosamente, los historiadores no le han prestado mucha atención al legado de Barroeta y el fondo de becas que creó. El único libro que se refiere al tema es uno muy modesto, titulado La Institución Barroeta, publicado en 1969 por Jorge Murillo Chaves. Se trata más bien de un folleto en que hace un breve resumen histórico, defiende las pretensiones de un par de ancianos de los que se hablará más adelante y brinda una lista de los beneficiarios del fondo de becas.
El libro tiene cierto tono de denuncia, ya que los becados, a quienes se llama "pupilos", no eran precisamente jóvenes necesitados, sino hijos de familias de renombre que llegaron a ser presidentes, ministros, magistrados, empresarios o intelectuales, mientras que los únicos parientes de Barroeta que aún vivían cuando se hizo la publicación, eran unos ancianos sumidos en la pobreza extrema. 
La lista de pupilos que, entre 1880 y 1969, recibieron en su juventud los beneficios del legado, es un desfile de celebridades en el que figuran dos expresidentes de la República (Rafael Ángel Calderón Guardia y Abel Pacheco), un presidente de la Corte Suprema de Justicia (Víctor Guardia Quirós), ministros de diversas carteras (Gonzalo Facio, don Claudio Volio Guardia, Carlos José Gutiérrez, Benjamín Piza Carranza, Fernando Volio Jiménez), distinguidos intelectuales (Rodrigo Facio, Luis Demetrio Tinoco, Jaime Solera Bennet, Claudio Gutiérrez Carranza), destacados médicos (Manuel Aguilar Bonilla, Carlos Gutiérrez Cañas, Jaime Gutiérrez Góngora, Rogelio Pardo Evans), poetas (Juan Antillón Montealegre, Willy Sáenz Patterson, Ricardo Ulloa Garay), el escritor don Joaquín Gutiérrez, el escultor Hernán González, el abogado y expresidente del periódico La Nación don Fernán Vargas Rohrmoser y hasta el recordado presentador de televisión Carlos Alberto Patiño. Era común que quienes habían sido pupilos buscaran también el beneficio para otros miembros de la familia, por lo que la repetición de apellidos, entre hermanos, hijos, sobrinos y primos es frecuente. Todos los hermanos Gutiérrez Ross, entre ellos Francisco de Paula, don Paco, el padre de don Joaquín, fueron pupilos. Los hermanos de don Joaquín Gutiérrez también. El padre del Dr. Gutiérrez Cañas, don Carlos Gutiérrez Urtecho, el famoso Canducho, también fue pupilo, así como Paco, el hermano del Dr. Calderón Guardia. El presidente José Joaquín Trejos Fernández no fue pupilo, pero sus hijos Diego, Juan José y Carlos sí.
Tumba de Rafael Barroeta y Vaca. Bienhechor
de la juventud. Cementerio General. San José.
Mi queridísimo amigo don Claudio Volio Guardia me comentó en una oportunidad que ser pupilo de la Institución Barroeta era más un honor que un beneficio. Las becas se otorgaban a jóvenes inteligentes y buenos estudiantes a los que se les veía un futuro prometedor. Las normas de selección, establecidas en el propio testamento de don Rafael Barroeta, disponían que para ser candidato era requisito demostrar ser pariente del propio don Rafael o de alguna de sus dos esposas. De ahí que los pupilos fueran niños bien y no jóvenes necesitados. A los elegidos, según el testamento, se les abría una cuenta en un banco en la que se le depositaban cinco pesos (a partir del Siglo XX cinco colones) al mes y, cuando cumplían veinticinco años de edad se les entregaba el capital y los intereses acumulados para que iniciaran su vida profesional.
Hubo intentos bien intencionados de cambiar las reglas del juego. Incluso se pensó en algún momento en utilizar el capital de la Institución para fundar un colegio de artes y oficios, pero la Junta que administraba los fondos consideró que eso sería alterar la voluntad que, de manera muy detallada, había manifestado don Rafael en su testamento.
La historia de los viejitos es triste. En los años sesenta, los hermanos Rafael y Carmelina, quienes vivían en una casa de piso de tierra en el cantón de Belén, no tenían un centavo, estaban muy ancianos para poder trabajar y malvivían gracias a la ayuda de los vecinos, eran las dos únicas personas de apellido Barroeta en Costa Rica. Les indignaba vivir en la miseria cuando existía un capital enorme, legado por Rafael Barroeta, cuyas utilidades se destinaban a brindar una ayuda casi simbólica a jóvenes que no la necesitaban. En ocho oportunidades, la primera en 1898 y la última en 1966, los pretendidos parientes pobres solicitaron ayuda económica a la Junta que administraba el fondo. Dichas peticiones fueron rechazadas. El fondo no había sido creado para ayudar a familiares lejanos de don Rafael, sino para becar a estudiantes. Incluso en el caso de que tuvieran algún parentesco con el fundador de la obra, ya él mismo, en su propio testamento, había legado otras partidas a sus familiares. La última vez que el par de hermanos, ya en una verdadera situación desesperada, pidieron una pensión para su vejez, la Junta, ablandándose un poco, les solicitó que demostraran ser parientes de don Rafael Barroeta y Baca. El par de ancianos contó con la ayuda desinteresada de varios abogados pero no lograron aportar los documentos necesarios. En los registros de bautizos y matrimonios del Archivo Eclesiástico, no encontraron nada que los relacionara con don Rafael. El Registro Civil se había fundado en 1888, por lo que ninguno de los involucrados estaba inscrito. En un arrebato puramente emocional, los abogados que ayudaban a los ancianos pidieron a la Junta que pasara por alto la falta de prueba y no la exigiera. Ellos aseguraban ser parientes de Rafael Barroeta pero no podían demostrarlo porque no había cómo. Uno experimenta una sensación de gran tristeza y compasión al leer en el libro los alegatos de un abogado, que por su profesión sabe que lo que vale en un proceso son las pruebas, argumentando razones sacadas de la manga (o del corazón) para pedir a la Junta que en vez de pedir pruebas acepte como un hecho lo que solo es un supuesto. 
La Junta no cedió. Los ancianos, que perdieron su última esperanza de vivir una vejez con sus necesidades cubiertas, aunque resignados ante los hechos, atribuyeron sus penurias a la rigidez de la Junta. En su mente, el capital de su supuesto tío bisabuelo les pertenecía y se lo quitaron. 
La Junta era tan apegada a la letra del testamento que nunca actualizó el monto de la beca. A finales del siglo XIX, que le depositaran a un muchacho cinco pesos al mes, le permitía ir formando un patrimonio modesto pero considerable. Conforme fue avanzando el Siglo XX, los cinco colones de la beca, se iban convirtiendo cada vez más en un aporte simbólico. En los años sesenta, equivalía como a un dólar al mes. El tipo de cambio se mantuvo en seis colones por dólar durante muchos años. Luego pasó a ocho colones con sesenta céntimos. En los años ochenta llegó a cuarenta colones y en los años noventa a cien. Supongo que, por la devaluación, las becas de Barroeta dejaron de darse o, más bien, de solicitarse. En la actualidad nadie se tomaría la molestia de elaborar su árbol genealógico para demostrar que es pariente de Rafael Barroeta o una de sus esposas con el objetivo de que a su hijo le depositen cinco colones al mes, que hoy es menos de un centavo de dólar.
Mientras las becas se hacían cada vez más modestas, el capital, que ya era enorme desde el inicio, iba creciendo gracias a los intereses. Ya en los años veinte, los dividendos del fondo llegaban a ser varios miles de colones al mes y a los pupilos se les mantuvo la asignación de cinco colones a cada uno. Con un interés compuesto, por bajo que sea, es posible que el principal se duplique cada diez años. 
Como la gran frustración de don Rafael Barroeta y Baca fue no haber tenido hijos, dejó escrito en su testamento que si, por agradecimiento al apoyo recibido, alguno de sus pupilos deseaba agregar el apellido Barroeta a los suyos, contaba con su permiso. De más está decir que ninguno de los pupilos tomó en serio la propuesta. Al cumplir los veinticinco años de edad, lo que recibían apenas les alcanzaba para invitar a unos tragos a los amigos.
La tumba en el Cementerio General, con una lápida que reza: "Rafael Barroeta Baca, Bienhechor de la Juventud",  ni el monumento en el Parque España, con un busto realizado por Juan Ramón Bonilla,  han sido nunca objeto de homenajes. El pobre (es un decir) de don Rafael Barroeta y Baca, pese a su deseo de perpetuar su nombre, ha caído en el olvido.
¿Qué pasó con la institución que se fundó con su legado? y, más importante, ¿a dónde fue a parar el capital? He aquí una buena tarea para un historiador.
INSC: 0551
Monumento a Rafael Barroeta y Baca. Busto realizado por Juan Ramón Bonilla.
Parque España, San José, Costa Rica.

domingo, 7 de junio de 2015

Yvonne Clays Spoelders.

El otro Calderón Guardia. Guillermo
Villegas Hoffmeister. Casa Gráfica,
Costa Rica, 1985.
Yvonne Clays nació en Bélgica en 1906 y allí conoció al joven médico costarricense con quien se casó. Su padre, según confiesa ella misma, no estaba de acuerdo con el enlace. No le simpatizaba el novio y tampoco le agradaba la idea de que su hija se fuera a vivir al otro lado del mundo. "Vuelva divorciada" fue su consejo al despedirla. El matrimonio duró diecisiete años y acabó en divorcio, pero nunca volvió a ver a su padre, que había muerto durante su ausencia y, aunque regresó a Bélgica y vivió una temporada en los Estados Unidos, doña Yvonne decidió establecerse en Costa Rica, donde murió, a los ochenta y ocho años, en 1994. 
El Dr. Calderón Guardia, su marido, apenas regresó de Europa, además de trabajar como médico y cirujano, se involucró en política. Fue munícipe, diputado, presidente del Congreso y, sin haber cumplido aún los cuarenta años, fue electo Presidente de la República. Su gobierno, ciertamente rico en logros, fue bastante controversial, al punto que más de medio siglo después el debate sobre su gestión continúa abierto. Quien estudie serena y desapasionadamente la historia de los años cuarenta en Costa Rica, acabará, casi inevitablemente, con una impresión bastante ambigua del Dr. Calderón Guardia. Por un lado, reabrió la Universidad, estableció el Seguro Social, promulgó el Código de Trabajo y desarrolló iniciativas para mejorar la condición de vida de los trabajadores. Por otro lado, su gobierno se caracterizó también por ser corrupto y represivo. Cuando terminó su periodo presidencial, la mitad de Costa Rica lo amaba como a un héroe, mientras que la otra mitad lo odiaba como a un tirano. Los libros y artículos que se han escrito sobre el Dr. Calderón Guardia no tienen término medio: lo elogian o lo denigran. Es un personaje al que se pinta en blanco inmaculado o negro intenso. Su figura, su personalidad y su gestión son, sin lugar a dudas y como ya se dijo, bastante ambiguas. Fue sumiso y obediente a los Estados Unidos, realizó una alianza con el Partido Comunista, se declaraba abanderado de la Doctrina Social de la Iglesia, obtuvo el apoyo del arzobispo Monseñor Sanabria y mantuvo una cercana amistad con el dictador Anastasio Somoza.
Pero volvamos con doña Yvonne. En aquellos años la esposa del presidente no tenía ningún tipo de protagonismo. De hecho, ni los periódicos de la época ni los estudios históricos posteriores la mencionan. Sin embargo, gracias a su dominio del idioma inglés, doña Yvonne hizo de traductora en la entrevista que sostuvo su marido en Washington, con el presidente Franklin Delano Roosevelt.   La desenvoltura, la simpatía y el buen inglés de doña Yvonne la llevó a establecer una relación cercana, podría decirse que amistosa, con la primera dama Eleanor Roosevelt y con el Secretario de Estado Summer Wells. Entre 1940 y 1944, los años de gobierno de su marido, doña Yvonne debió viajar a los Estados Unidos en repetidas ocasiones para gestionar asuntos de diversa índole con el gobierno americano y, por ello, el Ministerio de Relaciones Exteriores considera a doña Yvonne la primera mujer en haber laborado para la diplomacia costarricense. Se dice que fue ella quien logró el establecimiento, en 1943, del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas con sede en Turrialba. Además, la fundación de la Orquesta Sinfónica Nacional, en 1940, fue una iniciativa personal de doña Yvonne que, al principio, no fue gozó de apoyo oficial.
A los pocos días de que su marido se juramentara como Presidente, los nazis invadieron Bélgica. En diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Costa Rica le declaró la guerra al eje. La guerra, naturalmente, afectó el comercio exterior de los productos nacionales, así como el abastecimiento de bienes importados. Hasta para ella, Primera Dama de la República, era difícil conseguir llantas o gasolina para su vehículo en aquellos días. Como los Estados Unidos se habían aliado con la Unión Soviética contra el fascismo, en Costa Rica funcionó un comité antifascista en el que figuraban Manuel Mora Valverde, fundador del Partido Comunista, y Arthur Bliss Lane, Embajador de los Estados Unidos. 
La política interna no iba muy bien. En medio de la escasez ocasionada por la guerra, en vez de austeridad y manejo racional de recursos, en las personas cercanas al gobierno se desató una corrupción desmedida y descarada. Alfredo Volio Mata, el Ministro de Fomento, encargado de las obras públicas, renunció a su cargo al verse incapaz de detener el saqueo. Las reformas sociales impulsadas por el gobierno, que en el largo plazo dieron excelentes resultados, no fueron bien recibidas en su momento. Por la paranoia de la guerra, se intervinieron las propiedades de ciudadanos costarricenses de origen alemán, muchas de las cuales fueron a dar, por esas vueltas de la vida, a manos de personas cercanas al gobierno. También por la guerra se restringieron las garantías individuales, entre ellas la libertad de reunión y de expresión. José Figueres fue arrestado mientras hablaba en la radio y fue expulsado del país. Las simpatías pronazis del presidente anterior, León Cortés Castro, quien pretendía retomar el poder, hicieron de la campaña electoral de 1944 una confrontación violenta en la que hasta hubo muertos. León Cortés, en todo caso, perdió las elecciones. Se dice que hubo fraude pero, definitivamente, durante la II Guerra Mundial no podía haber un presidente pronazi en ninguna república del continente americano, por más pequeña y remota que fuera.
Yvonne Clays Spoelders. (Bélgica 1906-
Costa Rica 1994). Primera Dama de Costa
Rica de 1940 a 1944. Fundadora de la Orquesta
Sinfónica Nacional. Primera mujer en el
servicio diplomático costarricense.
Tanto el gobierno como el matrimonio del Dr. Calderón Guardia terminaron en 1944. Doña Yvonne no podía regresar a Bélgica debido a la guerra. El divorcio no fue muy amistoso y de la herencia paterna quedó poco menos que nada. Tras la guerra civil de 1948, las propiedades de doña Yvonne (dos casas y un automóvil) fueron intervenidas. Aunque eventualmente logró recuperar sus bienes, casi de inmediato debió venderlos, irónicamente para pagar los impuestos acumulados.  Vinieron entonces años muy difíciles, hasta que en el gobierno de Daniel Oduber, cuando ya doña Yvonne era una señora mayor, el Estado costarricense le otorgó una modesta pensión. 
No tuvo hijos, no volvió a casarse, perdió contacto con sus parientes en Bélgica y no hacía vida social. La jovencita de treinta y cuatro años que fue recibida en la Casa Blanca por el presidente Roosevelt, envejecía sola y su nombre fue pasando al olvido. Muy pocos la recordaban y solo un puñado de amigos cercanos sabía que continuaba viviendo en Costa Rica. 
En 1985, con el título de El otro Calderón Guardia apareció un libro que recoge una larga conversación que sostuvo la otrora primera dama con el investigador Guillermo Villegas Hoffmeister. La entrevista prometía ser atractiva, especialmente por el hecho de que Villegas no era calderonista sino un excombatiente del bando contrario. Sin embargo, el libro no es más que una charla casual en que se salta de un tema al otro sin profundizar en ninguno. 
Una buena entrevista debe ser más que una conversación transcrita. Hay entrevistas de una página que son ricas en revelaciones y perspectivas. También hay, como en este caso, entrevistas de cien páginas que no hacen más que andarse por las ramas sin ton ni son. Tal vez peco de metódico pero, en mi opinión, por más sabroso, fluido y atractivo que sea el estilo coloquial, en una entrevista los temas deben plantearse con cierta estructura para llegar a un objetivo. Doña Yvonne le menciona a Villegas el encuentro con Roosevelt, sus viajes de misión a Washington ante el Departamento de Estado, así como la visión que tenía su marido de la corrupción en su gobierno, la oposición, Figueres, los "glostoras" del Centro de Estudio Para los Problemas Nacionales y su alianza con los comunistas. Cada uno de estos temas, de haberse ahondado un poco, habrían hecho de la entrevista un verdadero documento testimonial. Pero Villegas los dejó pasar por alto. 
Tímidamente, Villegas, cuyo segundo apellido es Hoffmeister, le toca el tema de la intervención de las propiedades de ciudadanos de origen alemán, pero ni en este punto hizo que la señora fuera más allá de una simple mención.   En una entrevista, tan importante es la pregunta como la repregunta. Un buen entrevistador se acerca al entrevistado con un propósito definido que, definitivamente, debe ser algo más que disfrutar de un rato de charla amena. Recuerdo una vez que, en una entrevista por televisión, el poeta Alfredo Cardona Peña, en unos instantes en que hubo un silencio incómodo, le dijo al entrevistador: "¡Seguí! ¡Poneme banderillas!" Siguiendo con la alegoría taurina, Villegas no hizo una buena faena, no puso banderillas, ni la picó, ni logró sacarle verónicas y la entrevista, finalmente, terminó sin estocada ni puntillazo.
Me explico. No se trata de ser irrespetuoso ni agresivo. Tampoco de exigirle explicaciones a quien no corresponde darlas. Pero Yvonne Clays Spoelders vivió de cerca, como testigo de primera línea, momentos históricos de gran importancia y su testimonio personal, en este libro, no fue recopilado adecuadamente.  
Un último botón de muestra. En el libro aparece una fotografía del Dr. Calderón Guardia y doña Yvonne junto a Anastasio Somoza y su esposa, Salvadorita Debayle. En 1943, el Dr. Calderón Guardia y su esposa fueron los padrinos de bodas de Lilliam Somoza Debayle, la hija de Tacho, pero en el libro no se menciona ni una palabra de cómo surgió la amistad entre los dos gobernantes. Cuando Villegas le pregunta a doña Yvonne sobre la visita del Vicepresidente de los Estados Unidos Henry Wallace, ella solo menciona un par de palabras sobre la cena que se le ofreció.
La señora, educada y chapada a la antigua, es muy discreta. A veces da la impresión de que lo reduce todo a una dinámica de simpatías y antipatías. Cuando Villegas le pide que hable de León Cortés, ella solamente recuerda que se llevaba bien con doña Julia, su esposa.
Si uno se pone a leer entre líneas, un par de cosas quedan bastante claras. En primer lugar salta a la vista que, pese al fracaso de su matrimonio, ella guarda un gran respeto por la figura y la obra del Dr. Calderón Guardia. En segundo lugar, es evidente que ella  estaba al margen de muchas cosas durante la administración de su marido. Las anécdotas que cuenta revelan que su relación con el Doctor, mientras fue presidente, eran distantes y frías. Menciona que tanto el líder comunista Manuel Mora, como el Arzobispo Sanabria, que eran personas muy cercanas a su marido, a ella apenas la saludaban por compromiso y nunca mantuvo con ninguno de ellos una conversación de más de un par de minutos. 
El otro Calderón Guardia, aunque tiene sus flaquezas como documento, tiene un gran mérito como esfuerzo. La historia tiene muchas versiones y es de sabios mirar el otro lado de la moneda. Que un combatiente figuerista haya buscado a la esposa del líder contra el cual él empuñó las armas treinta años atrás, es una muestra de madurez, altura moral y buena voluntad. Que la señora lo haya recibido, también.
El prólogo y el diseño de la portada es de Óscar Bákit, un calderonista que militó en las filas contrarias a las de Villegas. No deja de ser simbólico que en la portada aparezcan dos balanzas en blanco y negro. Poco a poco, los resentimientos de la guerra civil de 1948 van quedando atrás. Quienes vivieron los hechos, en todo caso, ya son pocos. Doña Yvonne, Villegas y Bákit ya murieron. Serán las nuevas generaciones quienes, con ánimo sereno y sin emociones intensas, lograrán encontrar matices donde solamente ha habido blanco y negro. Los libros que en los últimos años se han venido publicando sobre la convulsa década de los cuarenta, ya no pretenden ni elogiar ni denigrar a los protagonistas, sino que tratan de comprender y explicar los hechos. 
INSC: 0346

domingo, 26 de abril de 2015

Otilio Ulate recordado por Mariano Sanz.

Otilio Ulate antes, durante y después del
48. Mariano Sanz. Memorias. Imprenta
Lil, Costa Rica, 2001.
Conforme pasan los años, la figura de Otilio Ulate se torna cada vez más opaca. Fue electo presidente de Costa Rica en 1948 y la anulación de esas elecciones desencadenó la guerra civil. Sin embargo, al conmemorarse los cincuenta años del conflicto, en 1998, el nombre de Ulate ni siquiera se mencionó. En buena medida motivado por esta omisión, su amigo el periodista Mariano Sanz, quien fue muy cercano al expresidente toda su vida, publicó el libro Otilio Ulate antes, durante y después del 48.
En el caso de Otilio Ulate, su anecdotario es mucho más amplio que su ideario. Ulate no era un intelectual, aunque fingía serlo. En sus artículos y discursos citaba libros que no había leído, opinaba sobre temas que no dominaba, lanzaba serias acusaciones sin más fundamento que el de su imaginación y era capaz de escribir párrafos enteros, enrevesados y grandilocuentes, sin llegar a decir nada trascendente. El propio Mariano Sanz cuenta en el libro que don Otilio presumía de haber escrito un largo artículo sobre el abacá, sin saber si el abacá era un animal, un vegetal o un mineral. Ulate fue periodista desde muy joven y llegó a ser propietario de varios periódicos. Sin haber escrito ni un solo libro en su vida, llegó a formar parte de la Academia Costarricense de la Lengua.
Otilio Ulate tenía un verbo aguerrido y no se medía a la hora de agraviar a sus oponentes. Durante los convulsos años cuarenta, cuando los ánimos políticos estaban más que caldeados, soltó su famosa frase: "No le compre, no le venda", en que instaba a sus seguidores a romper todo tipo de relación con los del bando contrario.
Sin embargo, a pesar de su agresividad verbal, de la que no escapó casi nadie, Otilio Ulate era un personaje al que sus contemporáneos consideraban simpático. Contaba chistes, coqueteaba con las mujeres y bebía de pie en el mostrador de las cantinas. Una de sus anécdotas más conocidas es la de cuando, siendo presidente, fue atropellado por un hombre en bicicleta. Don Otilio vivía en Barrio Amón y todas las mañanas se iba caminando a la Casa Presidencial. Al cruzar la calle, justo frente a la Presidencia, un ciclista que venía demasiado rápido chocó con él y ambos cayeron al suelo. El guardia de la puerta, que no había reconocido al Presidente, se le acercó diciéndole "¡Fue su culpa! ¡Fue su culpa!" pero, cuando vio que era don Otilio el que estaba tirado en el suelo, aclaró que el "¡Fue su culpa!" se refería al ciclista. La noticia que circuló internacionalmente se concentró en el hecho de que el Presidente de Costa Rica caminaba por la calle sin escolta alguna. Como veinte años después, el presidente guatemalteco Miguel Ydígoras Fuentes estuvo a punto de ser golpeado por una bicicleta durante su visita a Costa Rica y, recordando el hecho, le dijo al ciclista: "No me confunda, yo soy Presidente de Guatemala, no de Costa Rica."
Mariano Sanz Soto. Periodista y gran
amigo y colaborador de don Otilio Ulate.
Tal vez por lo muy conocida que es, Mariano Sanz no incluye la anécdota de la bicicleta en su libro, pero cuenta otras verdaderamente divertidas. Sanz y Ulate viajaron juntos a Europa como periodistas al final de la II Guerra Mundial. En Inglaterra les mostraron las zonas destruidas por las bombas y en Alemania les mostraron más bien las zonas que no fueron destruidas por las bombas. Sanz notó que la coquetería del presidente, quien nunca revelaba su edad, lo hacía quitarse un par de años cada vez que en un documento oficial debía consignar su fecha de nacimiento. Como Ulate llegaba siempre tarde, uno de los anfitriones ingleses lo reprendió: "Ulate (lo pronunció en inglés U late) You are always late!"
En Berlín, tuvieron la oportunidad de visitar al matrimonio puntarenense de don Orlando Grütter y doña Lía Jiménez, cuya hija, Virginia Grütter,  era una niña que le enseñaba a sus amiguitas alemanas a cantar La Cucaracha. Aunque Ulate no hablaba inglés, cada día le echaba un vistazo a los periódicos y, fiel a su costumbre de sacar sus propias conclusiones a partir de lo que suponía haber comprendido, en una ocasión le dijo a Sanz que en Inglaterra se celebraba la navidad en julio. Sanz tomó el periódico y descubrió que lo que se celebraba era el Día de la Marina, Navy Day, que en su traducción libre Ulate había tomado por Navidad.
Tras observar por unos días los juicios de Nurenberg, regresaron a Costa Rica. Como recuerdo, Ulate se trajo dos jeeps, una para su finca La Vieja, en San Carlos, y otro para su periódico El diario de Costa Rica.
Sanz, además de colega periodista, se convirtió en su amigo, asistente, chofer, guardaespaldas y hombre de confianza.
En 1948 Ulate fue candidato a la presidencia de la República. Su contrincante era el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, quien había sido presidente de 1940 a 1944. Ulate ganó holgadamente las elecciones pero el voto salvado de un magistrado del Tribunal Electoral hizo que, de acuerdo con la Constitución de entonces, el resultado de las elecciones debiera ser decidido en el Congreso, donde había una amplia mayoría calderonista. El Congreso anuló las elecciones y, debido a esa decisión, don José Figueres se levantó en armas. Al mencionar este momento tan delicado, Mariano Sanz consigna una información equivocada. Dice que "los 27 diputados oficialistas han tenido el descaro de anular la elección", olvidando la honrosa excepción de don Arturo Volio Guardia quien, pese a ser diputado oficialista, votó a favor de que se respetara el veredicto popular.  Esta omisión es inexplicable, puesto que un hermano de don Arturo, mi queridísimo amigo don Claudio Antonio Volio Guardia, fue Ministro de Agricultura e Industrias durante la administración de Ulate.
Ulate estaba junto con Sanz y otros compañeros en la casa del Dr. Carlos Luis Valverde Vega cuando se supo que las elecciones habían sido anuladas. Una patrulla del gobierno, al mando de Tavío, llegó a las puertas de la residencia, cuando el Dr. Valverde, dueño de la casa, salió a decirles que no les permitiría entrar, fue asesinado con ráfagas de ametralladora. Ulate y los demás ocupantes debieron salir a través de casas vecinas.
Al día siguiente ocurre un hecho insólito. El Arzobispo Víctor Manuel Sanabria visita a Ulate y le plantea un ultimatum del Presidente Teodoro Picado: "Puede escoger entre refugiarse en la Embajada de Venezuela mientras sale al exilio o ir a la cárcel."
¿Por qué debe ir al exilio o a la cárcel quien ha ganado las elecciones? ¿Por qué el Arzobispo se prestó como mensajero para esta propuesta?
Don Otilio, sin reparar en lo extraño de la situación, escogió ir a la cárcel. Tavío llegó a buscarlo a la Penitenciaría, pero los guardias, que sabían a lo que iba, no lo dejaron entrar.
Días después, con la guerra civil ya en marcha, Monseñor Sanabria hace una propuesta a todos los bandos en conflicto. Les pide que lo acepten a él como árbitro y dejen en sus manos la solución. Pese a lo extraño de la propuesta, Ulate es el único en aceptarla.
El libro entra luego en un tema polémico que, seguramente, nunca será aclarado. Figueres se levantó en armas para derrocar al gobierno por la anulación de las elecciones. ¿Por qué Ulate no se unió a la lucha armada? Figueres, en sus memorias, sostiene que Ulate no se integró porque no quiso y, de manera un tanto irónica, sostiene que su "prudencia" lo mantuvo al margen. Mariano Sanz sostiene que Ulate que no se integró a la lucha armada porque los mismos revolucionarios no se lo permitieron. En todo caso, cuando el triunfo de Figueres era evidente, don Jaime Solera Bennet reunió en su casa a Ulate y Figueres, quienes firmaron el pacto por medio del cual Ulate aceptaba que Figueres integrara la Junta Fundadora de la II República que convocaría a una Constituyente y gobernaría sin congreso durante dieciocho meses, al final de los cuales Ulate asumiría la presidencia. Así se hizo.
El gobierno de Ulate, de 1949 a 1953, se caracterizó por la prudencia en la administración de los fondos públicos. Se realizaron importantes obras, como el aeropuerto internacional El Coco, sin recurrir a endeudamiento. Se fundaron instituciones como la Contraloría General de la República y el Banco Central y, tras los convulsos años cuarenta, llenos de intrigas, corrupción y violencia, Costa Rica retornó a la vida serena y tranquila que permitía que, apenas saliendo de una guerra civil, el Presidente de la República caminara por la calle sin escolta.
Un dato interesante es que tanto el Dr. Calderón Guardia como don Pepe Figueres, fueron seriamente cuestionados por malos manejos de fondos públicos. En la administración Ulate, por el contrario, la administración de los recursos del Estado fue impecable, al punto de ser el último gobierno costarricense en dejar las arcas del Estado con superávit en vez de déficit. Sin embargo, las simpatías políticas costarricenses se dividieron entre la Democracia Cristiana de Calderón y la Social Democracia de Figueres. Hasta los colaboradores más cercanos de Ulate optaron por integrarse a una de estas dos fuerzas y, al final de la vida del expresidente, el ulatismo no era más que su grupo de amigos íntimos.
Como periodista, Ulate fue severo y crítico con la labor del gobierno. Mientras fue presidente, los dos periódicos de su propiedad, El Diario de Costa Rica y La Hora, fueron totalmente complacientes con la labor del gobierno, por lo que perdieron credibilidad y llegaron a desaparecer poco después de que su propietario abandonara la presidencia.
Cada vez son menos quienes recuerdan y conocen algo de la vida de Otilio Ulate. Quizá por ello Mariano Sanz escribió y publicó por sus propios medios este libro.
El monumento a Otilio Ulate, en el costado suroeste de la Sabana, nunca es objeto de homenajes y la casa de Ulate en Barrio Amón, 25 metros al sur del Bar Limón, del que era buen cliente, ha sido convertido en un hotel que alquila habitaciones por horas.
INSC: 2613
Otilio Ulate regresa a su casa después de la ceremonia de investidura como Presidente
de la República. El inmueble, ubicado en Barrio Amón, 25 al sur del Bar Limón, es
actualmente un hotel que alquila habitaciones por horas.





domingo, 16 de noviembre de 2014

La vida en Costa Rica.

La vida en Costa Rica. John y Mavis
Biesanz. Ministerio de Cultura.
Costa Rica, 1975.
John y Mavis Biesanz, marido y mujer, ambos nacidos en Minessota y ambos con un doctorado en Sociología, trabajaron en Costa Rica de 1941 a 1944 como profesores de la Escuela Normal en Heredia. 
Eran los tiempos convulsos de la II Guerra Mundial y, a nivel doméstico, los años del controversial gobierno del Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia. 
Además de dar clases, los dos sociólogos decidieron hacer un estudio, metódico y estadístico, sobre la vida en Costa Rica, por lo que acabaron convirtiéndose en dos gringos preguntones para sus vecinos. Plantearon cuestionarios, realizaron encuestas, tabularon los resultados y, finalmente, analizando los datos y aportando sus propias impresiones, escribieron el libro Life in Costa Rica, que fue publicado, en inglés, supongo que en una edición pagada por los propios autores, por la librería e imprenta Lehmann, en San José, en 1944 y, al año siguiente, por Columbia University Press, en New York.
Alguien podría pensar en un paralelismo entre el libro de los Biesanz, sobre Costa Rica en los años cuarenta, y El Costarricense, de Constantino Láscaris, sobre la Costa Rica en los años sesenta. Sin bien ambos libros tienen en común el haber sido escritos por autores de otra nacionalidad residentes en Costa Rica, la verdad es que son obras totalmente distintas. Láscaris solamente observó, meditó, sacó conclusiones y escribió sus impresiones personales. Los Biesanz, como se dijo, realizaron entrevistas e investigaciones de campo. Ambos libros, el de Láscaris y el de los Biesanz, brindan interesantes retratos de nuestro país que, conforme pasa el tiempo, van ganando valor como documentos históricos.
En la nota mencioné que para los ticos de los setenta, leer las páginas del libro de Láscaris era como asomarse al espejo, pero que para los ticos de hoy es como mirar una foto desteñida por el tiempo. Para seguir con la analogía, leer el libro de los Biesanz es como ver el álbum de fotos de los abuelos.
La década de los cuarenta no está tan lejana en el tiempo y resulta verdaderamente asombroso descubrir, gracias al libro de los Biesanz, cómo ha cambiado la forma de vivir en nuestro país. No me refiero a lo evidente, como las mejoras tecnológicas o el aumento de la población y el crecimiento de las ciudades, sino a las facetas más cotidianas de la vida. 
John Biesanz (1913-1995) y su esposa
Mavis Biesanz (1919-2008)
Según el libro, en todas las casas, tanto de ricos como de pobres, se cultivaban en el patio plantas medicinales y las señoras de entonces sabían preparar con ellas remedios para curar cualquier enfermedad. Las mujeres se levantaban a las cuatro de la mañana para encender el fuego, moler el maíz de las tortillas y preparar el café. Los hombres se levantaban a las cinco, porque entraban a trabajar a las seis, y los niños a las seis, porque entraban a la escuela a las siete. La cena se servía a las cinco y media de la tarde y a las ocho ya todos estaban en la cama. La vida social, se limitaba a hacer visitas a parientes. Los jóvenes enamorados se miraban y sonreían de lejos en el parque mientras escuchaban la música de la banda y cuando un muchacho obtenía el permiso de visitar a su novia era porque el asunto iba en serio. Había pocas oportunidades de trabajo para las mujeres, quienes trabajaban en los campos, eran dependientes de tienda, empleadas domésticas o, las que podían estudiar, maestras de escuela. Sin embargo, las mujeres de todas las clases sociales solamente trabajaban mientras eran solteras y, una vez casadas, se dedicaban exclusivamente al marido y los hijos. A los Biesanz les sorprende que sus estudiantes, muchachas inteligentes y cultas, estaban convencidas de que lo más conveniente era que la mujer no votara. Las madres regañaban a los hijos por comer frutas, ya que imperaba la idea de que eran pura agua y no alimentaban. El entretenimiento más popular de los varones (demostrado con estadísticas) era el billar, que hoy casi nadie juega. Cuando una mujer iba a dar a luz, para que el parto fuera rápido y sin complicaciones, se ponía el sombrero del marido al revés. En el capítulo que se refiere a la religión, los Biesanz, americanos en tiempos de guerra, se apartaron de las observaciones sociológicas rigurosas y señalaron el hecho de que en el clero costarricense hubiera muchos sacerdotes italianos y consideraron peligroso que los profesores del seminario fueran alemanes. 
The people of Panama.
John y Mavis Biesanz.
Columbia University Press,
1955. Ignoro si existe una
versión en español.
La vida en la Costa Rica de hoy, es muy distinta a la de los años cuarenta que describen los Biesanz. Al terminar su contrato en Costa Rica el matrimonio trabajó en diferentes universidades: Pittsburg, Pennsylvania; Tulane, New Orleans, San Marcos de Guatemala y la Universidad Nacional de Panamá, durante cuya estadía escribieron un libro similar al dedicado a Costa Rica titulado The people of Panama, publicado por Columbia University Press, en 1955. Su último lugar de trabajo fue en Waine State University, de Detroit, Michigan.
Al retirarse, en 1971, decidieron venirse a vivir a Costa Rica. Su libro fue totalmente desconocido para los costarricenses durante tres décadas, hasta que en 1975 fue traducido por Carlos Francisco Echeverría y publicado por el recién creado Ministerio de Cultura.
Un dato que siempre me ha llamado la atención es que tanto El costarricense, de Láscaris, como La vida en Costa Rica, de los Biesanz, fueron publicados en el mismo año, 1975, pero en el libro de Láscaris se menciona el de los Biesanz en la bibliografía. Tal vez don Constantino lo leyó en inglés.
La señora Mavis con frecuencia publicaba artículos en los periódicos y siempre, bajo su nombre, se presentaba como la autora de La vida en Costa Rica.
Cuando llegaron por primera vez a Costa Rica, ambos eran muy jóvenes: John tenía veintiocho y Mavis veintidós. Fue su primer viaje fuera de los Estados Unidos. Los tres años que pasaron en nuestro país debieron haberles gustado mucho, puesto que decidieron vivir sus últimos años y ser sepultados aquí.

INSC: 0631
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