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lunes, 26 de febrero de 2018

María sin casa y sin amo. Novela de Alejandra Gutiérrez.

María sin Casa y sin Amo. Alejandra
Gutiérrez. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1980.
María Espino, la protagonista de la novela María sin Casa y sin Amo, de Alejandra Gutiérrez, ha sufrido tanto que se ha convertido en poco más que una sombra. Pese a ser una sobreviviente de mil tragedias, ha llegado a ser un fantasma en vida que, en distintos lugares y circunstancias, ha enterrado a sus hijos, a sus amigos y a sus amantes. Perdió a sus hijos en las guerras, le quemaron su casa cien veces, la desterraron y, para poder regresar a un paisaje que le fuera familiar, aunque ya no quedara en él nadie que la recordara, debió darle la vuelta al mundo.
Al principio del relato la encontramos cerca del río. Ella hubiera querido contemplar, desde la orilla, su propio cuerpo dejándose llevar corriente abajo. Imagina que recogerían más abajo, hinchada y mordida por los peces. Pero la novela  no es, como parece de primera entrada, la crónica de un suicidio, sino la bitácora de un largo viaje a través del tiempo, del espacio y de las emociones.
Para quienes gustan de datos concretos, se puede consignar que la novela está ambientada en Chile. Varias pistas así lo indican. Sin detenerse en descripciones y casi sin mencionarlos, de alguna manera se adivina la presencia de los altos montes y el desierto. La protagonista suspira porque haya "tanta vida y tanta muerte en un país tan pequeño y delgado". Se citan, repetidas veces, versos de Gracias a la Vida, de Violeta Parra. En algún momento aparece un carabinero, la protagonista se abriga con poncho y de vez en cuando, entre las pocas palabras que dice en voz alta, utiliza expresiones coloquiales chilenas. Sin embargo, más que un sitio geográfico concreto, los episodios de la novela ocurren dentro de la memoria de María, un espacio que ha llegado a ser caótico y confuso, en que las imágenes, los hechos y los diálogos se suceden de manera incoherente e inconexa. 
No es posible brindar una semblanza cronológica de los hechos. En esta novela, uno no sabe qué ocurrió primero y qué pasó después. Ni siquiera está clara la distinción entre lo ocurrido y lo imaginado, puesto que en la mente de María hay una mezcla de recuerdos, pesadillas, alucinaciones y anhelos. En el recuento de su viaje, no se sabé si va al norte o al sur, si se aleja o regresa, qué le sucedió de ida y qué de vuelta, a dónde va ni de dónde viene. 
Abrazando con fuerza su guitarra, para protegerla de los bamboleos de la carreta, María, ante la avalancha de recuerdos que no la dejan ni un minuto en paz, repasa la conversación que sostuvo con el caballo del carabinero y evoca al viejo misterioso, que hacía agua por los ojos mientras sus manos se convertían en raíces, hasta que solamente quedó su sombrero al lado del camino.
Cuando lo imaginario se torna real, lo real deja de serlo. María llora, pero aquello no era llanto, reza, pero aquello no era un rezo. 
En el fondo, María es el único personaje de la novela. Sus hijos, amantes, esposos y parientes, no son más que recuerdos borrosos. El cojo, el caballo del carabinero, los compañeros de viaje en la caravana, que muy probablemente ni siquiera existan, sino que hayan sido creados por su imaginación, pasan frente a ella como sombras y acaban disolviéndose como sal, o azúcar, en el agua.
Hay, en la novela, alguna referencia social planteada de manera muy sutil. Los que sufren, como multitudes opacas, marrones o grises, marcharon tras una bandera roja con la aspiración de hacer "el hombre nuevo". Solamente María, la loquita, se atrevió a preguntar si "la mujer nueva" formaba también parte del plan.
El libro está lleno de imágenes sugerentes que, muy probablemente, esconden un buen número de mensajes ocultos. Quien ahonde en los simbolismos que pudieran encerrar los diversos elementos de la novela encontrará, sin duda, amplio material para profundos temas de reflexión. No es mi intención descifrar todo lo que en esta obra hay de misterioso. Una narración literaria, por enigmática que sea, no es un acertijo y, en todo caso, como decía Max Jiménez, "todo esto está escrito de manera distinta para cada uno."
Al terminar de leer María sin casa y sin amo, lo que queda no es el recuerdo de una historia convencional con planteo, desarrollo y desenlace, sino más bien la sensación de haberse sumergido en un sueño algo confuso en el que el sufrimiento acecha, la huida es constante y la esperanza está aún viva.
INSC: 2723

domingo, 7 de agosto de 2016

País de Balcones. Poesía de Alberto Baeza Flores.

País de balcones. Alberto Baeza Flores.
Editorial Costa Rica,  1984.
El poeta chileno Alberto Baeza Flores (1914-1988) fue un escritor prolífico y errante. Llegó a publicar casi cien libros en diez países distintos. Los primeros veinticinco años de su vida los pasó en Santiago de Chile, su ciudad natal, los cuatro siguientes en La Habana, Cuba. Residió luego durante dos años en Santo Domingo, República Dominicana, tras los cuales regresó a Cuba, donde se mantuvo quince años más, alternando entre Oriente y La Habana. Vinieron luego seis meses en México, cinco años en París, poco más de un año en Madrid y once años en La Catalina, Birrí, de Santa Bárbara de Heredia, Costa Rica, de 1967 a 1978.
Mucho antes de residir en Costa Rica, en 1953, el editor argentino Rafael M. Castillo le encargó a Baeza que seleccionara poetas centromericanos para que sus obras fueran publicadas dentro de la colección Brigadas Líricas. Gracias a la recomendación de Baeza el libro Zona en territorio del alba, de Eunice Odio, fue publicado en Argentina. Eunice, costarricense desconocida en su patria, había publicado en Guatemala y El Salvador y fue calificada por Baeza como "la voz lírica más original de Centroamérica."
En Costa Rica, Baeza Flores publicó varios libros. Un extenso ensayo titulado Evolución de la poesía costarricense, una biografía de Simón Bolívar editada por el Ministerio de Cultura y sendos libros en que hizo el elogio de Daniel Oduber Quirós y Luis Alberto Monge Álvarez. En 1969 imprimió en San José un poemario titulado Continuación del mundo, dentro del cual venía la sección Poemas costarricenses. Finalmente, en 1984, cuando ya Baeza se había marchado del país, la Editorial Costa Rica publicó País de Balcones que, como indica su subtítulo, recoge y amplía sus Poemas costarricenses de 1969.
El libro, dedicado a su buen amigo y vecino Luis Alberto Monge, es una colección de poemas breves rimados que, en la mayoría de los casos, no pasan de ser apuntes, chispazos exclamativos fruto de primeras impresiones.
De primera entrada, llama la atención lo extraño del título ya que, como es sabido y notorio, los balcones no son un elemento frecuente en la arquitectura costarricense. El propio autor, en el extenso prólogo con que abre la obra, se detiene a explicarlo. Como su casa estaba situada en las montañas altas de Heredia, consideraba que vivía en un balcón por el que se asomaba a un panorama amplio.
Tal parece que durante los once años que vivió en Costa Rica, Alberto Baeza Flores recorrió todo el territorio nacional, ya que hay poemas a Bagaces, Siquirres, Puerto Limón, Puntarenas, Palmares, Grecia, la isla de San Lucas, el Cerro de la Muerte y Golfito. El que dedica a Mansión de Nicoya, por cierto, tiene un pequeño error histórico porque, al final, afirma que por la única calle de Mansión, "(...) deambuló un profeta de siglos que se llamó Martí y (...) caminó un héroe misterioso que se llamó Maceo", Antonio Maceo vivió en Costa Rica durante una década y fundó una colonia agrícola de cubanos en Mansión de Nicoya pero cuando José Martí vino a visitarlo, aunque existía la intención de que se trasladara a Nicoya, el viaje no pudo concretarse y Martí permaneció en San José.
Hay un poema dedicado a Jorge Debravo y dos elegías, una a Yolanda Oreamuno y otra a Eunice Odio. También aparece un poema con el nombre Carta sin fin a Pablo Antonio Cuadra y otro, con título de reportaje, llamado Don Francisco Amighetti trabaja en su taller de La Paulina, San José, Costa Rica.
Hay una sección entera dedicada a los poemas que escribió al contemplar las pinturas del propio don Paco, Emilio Span, Fausto Pacheco, Luisa González de Sáenz y Alberto Ycaza, entre otros muchos, en el Museo de Arte Costarricense. Los poemas que dedica a la ciudad capital son descriptivos y llenos de enumeraciones. Más que poesía, da la impresión que lo que pretendía hacer era un retrato hablado. El poema que dedica a la zona roja es tan titubeante que queda en el intento.
Y así, en el libro encontramos poemas a la carreta típica, a la guaria morada, al cafetal, a la abolición del ejército, a los combatientes caídos en el conflicto armado de 1948, a las flores del camino, a un pajarito muerto, a un árbol y hasta a su perro. En las últimas páginas aparecen unos versos a Juan Santamaría tan exaltados, sentimentales e ingenuos que desentonarían hasta en un acto cívico de escuela primaria.
Como costarricense que soy, me llamó la atención que un escritor chileno, que vivió once años en mi país, haya dedicado todo un libro de poemas a Costa Rica pero, lamentablemente, aunque lo he repasado con atención en varias ocasiones, no he logrado entrar en sintonía con este libro. Le reclamo, ante todo, lo superficial de la mirada y la simpleza de las impresiones. Si Baeza hubiera estado aquí como turista de paso, se comprendería el que no hubiera podido ir más allá de lo evidente, pero quien escribe versos tan poco profundos, sobre el lugar en que vivió once años, demuestra tener serias limitaciones como observador.
Hay algo más que me resulta incómodo y es, precisamente, su afán de agradar a los aludidos. Aunque sea sincero, el halago, cuando es insistente, resulta sospechoso.
País de balcones, en mi humilde opinión, no pasa de ser un cuaderno de apuntes de un viajero sentimental cuya expresión poética, hay que decirlo, es verdaderamente muy limitada.
INSC: 1381

jueves, 23 de abril de 2015

Manglar. Primera novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.


Manglar. Joaquín Gutiérrez Mangel
Editorial Nascimento, Chile, 1947.
En esta novela es muchísimo más lo que se insinúa que lo que se cuenta. En sus pocas páginas, porque es un libro breve, todo está insinuado más que expuesto, sugerido más que descrito. Las pocas palabras con que se presentan los personajes bastan para hacerlos reconocibles y memorables. El paisaje se pinta con pocos trazos y hasta los acontecimientos se retratan con imágenes y situaciones fugaces. No hay ni una descripción exhaustiva, ni un solo diálogo extenso, ni una sola escena que se limite a un momento y un lugar determinado. Cada sitio evoca otro, cada hecho del presente lanza la memoria al pasado, cada reflexión despierta otra nueva. 
Pese a estar narrada de manera elíptica, la historia se sigue sin tropiezos ni complicaciones. Cecilia es una joven maestra recién graduada que, en vez de buscar un puesto en una escuela de la capital, decide irse a trabajar a una pequeña comunidad de Guanacaste. Solamente llegar hasta allá fue una aventura que casi le cuesta la vida. Resbaló en el embarcadero y mientras estuvo sumergida bajo el agua, mirando las burbujas, cada vez más grandes que se le escapaban de la boca, su mente se disparó en diversas direcciones: hacia su pasado, hacia su entorno y, muy especialmente, hacia el interior de ella misma. Esa será una constante en todo el libro. Ya sea que esté descansando sobre la rama de un árbol de naranja mirando el enorme y silencioso paisaje despoblado, o en medio de un tumulto en un baile amenizado con marimba y quijongo, o en el silencio de la primera noche lejos de casa en el destartalado cuarto de una pensión, la mente de Cecilia inevitablemente repasa lo poco que ha vivido y lo mucho que no logra comprender. 
Frágil, joven e inexperta, viaja sola hacia un mundo que no conoce y al que no pertenece. Tiene claro que su trabajo será difícil pero está dispuesta a asumir lo que venga sin arrugar la cara. Los compañeros de viaje tratan de ser amistosos. Una señora le aconseja ahuecar el alma para que los golpes no le den de frente. "Claro que para esto hay que saber vivir, y para saber vivir hay que vivir y viviendo es como se aprende."
Cecilia trata de ser cortés, pero en el fondo le molesta que le den consejos cuando ella en realidad lo que quería (y necesitaba) era equivocarse por sí misma para ir aprendiendo. Ella quiere llegar a ser ella misma y aunque aún no tenga claro quién es.
En la escuela (una casa destartalada con un pizarrón y unos cuantos bancos) ella será la única maestra de niños y adultos de todas las edades. El primer día, al pasar lista, le informaron que uno de los estudiantes se había ahogado en el río, pero que su hijo seguiría yendo a la escuela en su lugar. El muchacho le explica que su padre decía que con uno que leyera en la casa era suficiente. Aunque sus estudiantes son pocos, es difícil preparar las clases y realizar actividades que sean de interés tanto para los niños pequeños como para las señoras y señores mayores. También cuesta mantener el orden porque los muchachos jóvenes quieren hacerse los graciosos ante la maestrita. Los recursos son mínimos, las dificultades son muchos y los progresos, si los hay, apenas se notan. Como maestra siempre tuvo predilección por los torpes: niños frente al pizarrón con la tiza en la mano cariacontecidos
Fidel, un muchachito sin familia, huraño pero obediente, que también le ayudaba al maestro anterior, vive con ella en la escuela.  Aunque la diferencia de edad es poca, Cecilia considera a Fidel algo así como un hijo y, al ir observando y conociendo la vida de animalito libre del aquel muchacho, la suya llega a parecerle una burbuja de vidrio. El cura del pueblo considera impropio que ella, tan joven, viva sola con ese muchacho y así se lo manifiesta, pero si lo echa, ¿a dónde iría esa pobre criatura que no tiene familia? 
Grajales, uno de los estudiantes, bueno con el lazo y experto en curar las reses, se interesa por la maestra y un día logra que le acepte una invitación para ir de caza. Fidel los acompaña. Grajales desprecia la agricultura, por considerarla una actividad femenina. Para él, el trabajo de un hombre es con el ganado. El chino de la pensión le debe la vida, porque una vez, en la Línea, Grajales le quitó de encima una serpiente que se le había enroscado sobre el vientre mientras dormía. El rudo sabanero le hace un regalo a la maestra, pero no logra que Cecilia le corresponda. 
En aquella remotidad vive, desterrado por sus padres, un hombre de San José que estudió en París y regresó casado con una francesa que no fue muy bien recibida por su familia. La visita que le hace Cecilia a esta pareja es, como todo lo que vive Cecilia por esos lares, una experiencia extraña, un tanto absurda, entre cómica y horrible.
De regreso en San José, por un azar del destino, Cecilia debe curar a un hombre herido de bala y, con una navaja, logra extraerle el proyectil. También se ve involucrada en actividades políticas clandestinas y vive un par de experiencias en las que ella fue la mayor sorprendida por su propia reacción. 
Aunque ni ella sabe quién es ni qué pretende, intenta comprender a sus padres quienes, desde mucho antes de su larga ausencia en Guanacaste, le parecían un par de desconocidos misteriosos. Su padre, casi hablando para sí mismo, le dice que todo, absolutamente todo, las angustias, los odios, los rencores... todo debemos convertirlo en inteligencia. Solo así podremos ser algo algún día.
Manglar, la primera novela de don Joaquín Gutiérrez Mangel, es una delicia de principio a fin. Antes de esta obra, había publicado dos libros de poemas y al incursionar por primera vez en la narrativa, que sería a la larga su fuerte, don Joaquín mantuvo la concisión, la musicalidad, la fuerza de las imágenes visuales y la profundidad y altura de reflexión propias de los poetas. Manglar es una novela fascinante, conmovedora, transparente y enigmática al tiempo.
Para mí, el título mismo de la novela es un misterio. La he leído varias veces y en ninguna parte he encontrado ninguna mención a un manglar.
Los historiadores de la literatura costarricense han señalado como importantes el hecho de que la protagonista principal de la obra sea una mujer y que la acción se desarrolle en Guanacaste, porque antes de Manglar, publicada en 1947, ni los personajes femeninos ni la región noroeste del país habían sido protagonistas de primera línea. Los aficionados a repetir lugares comunes, por su parte, analizan los contrastes entre ambiente rural y urbano y destacan el compromiso del autor con la denuncia social. 
Como yo no leo para analizar, ubicar, clasificar ni etiquetar, prefiero concentrarme en otros méritos de esta obra. Su estilo, por ejemplo, es impecable. Como decía el Marqués de Te acordás hermano, las palabras tienen que amarse unas a otras y detrás de cada una de ellas debe estar la vida palpitando. Ese principio se cumple plenamente en Manglar. Por cierto, es en Manglar donde aparecen las aves que "se desgajan" al ser abatidas, tal como lo recomendó el Marqués.
Por otra parte, el mayor contraste que encuentro en esta novela es entre el mundo exterior y el mundo interior de Cecilia. Alrededor de ella ocurren muchos acontecimientos interesantes y sorpresivos, pero me parece que la novela narra, principalmente, la enorme transformación que ocurre muy al fondo de ella misma.
Hay una metáfora en el mismo libro que lo expone de manera hermosa. En la infancia somos como una flor y en la juventud la flor se transforma en fruto. Conforme el tiempo pasa, el aspecto y la textura del fruto se deteriora pero, por dentro, la semilla se endurece. Al final el fruto acabará marchitándose y pudriéndose, pero eso no importa, porque la semilla, que es lo que permanecerá, estará lista para seguir adelante. Al principio del libro, Cecilia es tan joven como un fruto fresco. Al final del libro también, pero en el fondo de su personalidad el hueso de su fruta se había endurecido.
INSC 0686

jueves, 4 de diciembre de 2014

Ensayos de Raúl Zurita.

Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo
milenio. Raúl Zurita, Editorial Andrés
Bello, Chile, 2000.
El chileno Raúl Zurita es reconocido ante todo como poeta, pero en el año 2000, a propósito del cambio de siglo y de su cumpleaños número cincuenta, publicó su primer libro de ensayos, titulado Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio. De más está decir que el libro es una verdadera delicia. Cuando uno lee ensayos escritos por un filósofo, por un erudito o por un académico, es posible que en algún momento se empiece a cabecear. Los ensayos escritos por un poeta nunca cansan. No es un asunto que dependa únicamente de la belleza y musicalidad de las palabras que, en un verdadero poeta, acaba siendo inevitable. La ventaja del poeta, al escribir ensayos, radica en la exposición y la síntesis. Hay cimas de concisión y claridad que el poeta alcanza en una sola línea, pero a las que los eruditos, con sus tratados voluminosos, nunca logran llegar. El intelectual quiere plantear un tema, desarrollar una serie de razonamientos, llegar a conclusiones y decir la última palabra. "Cuando alguien quiere agotar un tema", decía Oscar Wilde, "lo único que logra es agotar a quienes lo atienden". Mientras el intelectual trata de convencer y demostrar, el poeta propone, insinúa y muestra matices.  Cuando uno lee un largo ensayo de un intelectual, en el recuerdo permanecen apenas unas cuantas ideas que bien pudieron haberse expuesto con muchísimas menos palabras. Cuando uno lee un ensayo de un poeta son tantas las imágenes e ideas que quedan grabadas en la mente que, después de un tiempo, al tener de nuevo el libro en las manos, uno se sorprende porque lo recordaba más grueso.
La dedicatoria de Zurita, al
obsequiarme el libro, es muy
hermosa: "A Carlos mi amigo
el amor y el nuevo milenio y
nada con el sufrimiento."
Este libro de Zurita lo he repasado varias veces a lo largo de los años y no deja de brindarme revelaciones sorprendentemente nuevas en cada lectura.
El primer ensayo es el único que se refiere al sufrimiento, que siempre es un misterio. Cuando somos felices no pedimos explicaciones ni justificaciones. La felicidad podemos entenderla porque en cierto sentido nos parece debida. El dolor, en cambio, es incomprensible. Nunca preguntamos "¿Por qué?" cuando somos dichosos. Zurita sostiene que el sufrimiento es lo que nos da la magnitud de la existencia y es gracias a él que podemos reafirmar nuestro deseo de vivir. Encontré grandes coincidencias en este primer ensayo con el libro Apología del dolor, del poeta Rogelio Sotela, publicado en 1938 y que no creo que Zurita conozca. Solo grandes poetas como Sotela y Zurita son capaces de mirar el sufrimiento con tanta serenidad y sabiduría.
En los otros ensayos, Zurita reflexiona a partir de referencias literarias e históricas tan amplias que abarcan desde un grafiti de pocas palabras, hasta el Mahabbarata, el antiquísimo poema de la India que es ocho veces más largo que La Iliada y La Odisea juntas, pasando por las cartas de amor que, en 1640, la monja portuguesa Mariana Alcoforado dirigió a Nöel Boutom, Marqués de Chamilly.
Se refiere también al Cantar de los Cantares y a la Carta de San Pablo a los corintios. El libro está lleno de una profunda espiritualidad pese a que Zurita confiesa que no sabe si existe el otro mundo y tampoco sabe si le importa tanto.
No quiero ofrecer un extracto, ni una semblanza, ni una síntesis de este libro. Resumir los ensayos de Zurita sería como resumir uno de sus poemas. Si se dijera lo mismo, con otras palabras, ya no sería lo mismo. Sin embargo hay dos temas de este libro que no resisto la tentación de compartir.
Walt Whitman escribió: "no estás tocando un libro, estás tocando una persona". En opinión de Zurita, esta es una de las frases más conmovedoras que se han escrito, precisamente porque no es cierta. El escritor se aísla de quienes lo rodean para escribir. El lector se aísla de quienes lo rodean para leer. A través de las páginas de un libro, esos dos solitarios se encuentran. La página impresa es el escenario de una cita en la que no caben retrasos. Durante siglos, en la actualidad y también en el futuro, ha habido, hay y habrá lectores que tengan su cita con Homero. Pero, afirma Zurita contradiciendo a Whitman, no hay manera de darle un abrazo al autor que logró conmovernos. Tras el encuentro con su obra, el lector vuelve a su vida y las páginas leídas se convierten en lápidas para quien las escribió, que yace convertido en polvo ajeno a nuestra admiración y respeto.
El segundo tema es revelador. Zurita cree que la poesía elige a quien ella quiere y no a la inversa. Ser poeta, entonces, no es algo que se decide. La tarea de quien dirige un grupo de nuevos poetas es llevar a quien pretende serlo, a despojarse incluso de sí mismo para no interferir con esa fuerza misteriosa que quiere manifestarse a través de él. La cultura literaria, las ideas y los argumentos biográficos, según Zurita, suelen ser grandes trabas en el proceso. Dirigir un taller de poesía no es mucho más que constatar que el fenómeno sucede. Zurita afirma: "Desconozco las reglas, los métodos con que se produce. El poeta no le pide a la poesia algo que no sea ella misma."
INSC: 1012
El maestro Raúl Zurita. Gran poeta y ensayista.

viernes, 31 de octubre de 2014

El maravilloso Marqués.

Te acordás hermano. Joaquín Gutiérrez,
Editorial Costa Rica, 1982.
Todo escritor joven debería leer esta novela. Pedro Ignacio, un joven que a duras penas se gana la vida, además de la lucha, bastante dura, por la subsistencia, saca tiempo para departir con sus amigos y para escribir cuentos. Una tarde cualquiera, al entrar a la habitación alquilada en donde vive, lo recibe una humareda apestosa. Tras abrir la ventana descubre, sentado en la cama, a un personaje extraño, que nunca había visto antes. "¿Cómo entró?" le pregunta, pero el personaje aquel, de cuya pipa había salido el humarascal que hacía el aire de la habitación casi irrespirable, sin responderle, simplemente se presenta como "El Marqués" y le explica que el motivo de su visita es tenía curiosidad por sus cuentos.
A Pedro Ignacio lo halagó que alguien estuviera interesado en su incipiente y totalmente inédita obra literaria, pero seguía molestándole que un perfecto desconocido hubiera entrado a su pieza sin permiso.
El marqués se negaba a dar explicaciones y le insistía Pedro Ignacio que le leyera sus cuentos. "No te la pierdas", le dijo.
"¿Qué cosa?" replicó Pedro Ignacio.
"La crítica que te voy a hacer", contestó El Marqués, apurándolo a empezar de una vez.
Pudo más la vanidad que el asombro. Pedro Ignacio comenzó a leer uno de sus cuentos mientras El marqués fumaba con la vista fija en el cielo raso. Lo interrumpió cuando una palabra no le pareció apropiada. En un cuento, un cazador le dispara a una garza que iba volando y la garza "cayó" del cielo. El verbo, en opinión del Marqués, era inapropiado por seco, por carente de emoción. Tras pensarlo unos instantes, exclamó victorioso: "La garza se desgajó del cielo". Se desgaja algo vivo, una rama o un brazo, y lo que se desgaja muere. La garza herida no podía solamente haber caído. Utilizar el verbo caer, en este caso, se le podría perdonar a un redactor, a un cronista, pero no a un literato.
El Marqués le soltó una pequeña cátedra sobre el arte de escribir que merece ser transcrita:

Escucha: Para hacer un cuento, tú, o yo, o Chejov, o quien sea, solo contamos con tres o cuatro mil palabras. No nos dan más. Y con ese puñado nos obligan a crear seres vivos, urdir una intriga, ambientarlos y más encima estrujarle el corazón al lector. Es un lector que nos leerá en la peluquería, o cagado de sueño antes de dormirse, pero esa impresión le debe durar por lo menos un día. O un año. O mil, si acaso somos geniales. Por eso no podemos darnos el lujo de derrochar, de desperdiciar ni una sola palabra. Cada una debe ser de terciopelo o de cuero de culebra; vibrar, vociferar o susurrar. Además, deben amarse todas entre sí, como en una colmena; besarse, arder juntas. ¿Me estás oyendo? Porque solo así lograremos meterle al lector una brasa en el pecho, dejarle una cicatriz permanente, quemarle algunas neuronas. ¡Joderlo!
Además, detrás de cada palabra debe estar la vida acechando. Y el lector debe sentir de algún modo eso: que detrás de cada palabra está palpitante la vida. ¿Está claro? ¿Entendiste? Pues ojalá. Ojalá porque hay boludos que escriben cincuenta años y se mueren sin haberlo entendido nunca.

El Marqués llegó a la vida de Pedro Ignacio como un gato que se le enredó en las piernas en medio de un pleito de perros. Además de su lector más fiel más atento y su crítico más implacable, se convirtió en su amigo. Era un fastidio, pero un fastidio que llegó para quedarse. Todo en su vida era un misterio. Pedro Ignacio ni siquiera logró averiguar su nombre y al absurdo de su figura, debía sumarle el absurdo de llamar Marqués a un vago que no nunca tenía un centavo encima, que se vestía de harapos, comía por cuenta ajena y no se le conocía domicilio alguno. De su historia, solo circulaban fragmentos tan inversosímiles que no eran dignos de ser tomados en serio.
Pero en Te acordás hermano, hay mucho más que la amistad entre Pedro Ignacio y el Marqués. La novela, ambientada en Chile en tiempos del dictador Gabriel González Videla nos permite conocer a una pléyade de jóvenes idealistas, soñadores, comprometidos con el arte y con el desarrollo social que, aunque no tenían mayores recursos materiales, disfrutaban de la vida como si fuera una fiesta porque, jóvenes al fin, la alegría los desbordaba, el mundo mejor con el que soñaban lo creían posible y tenían todo el futuro por delante. 
Uno de los momentos de la novela que más disfruto al repasarla, es la fiesta en casa de una viuda excéntrica. Aquella señora era tan aficionada a amontonar objetos extraños que los invitados solían permanecer inmóviles en los sillones ya que el ambiente saturado los hacía temer que si estiraban las piernas inevitablemente acabarían botando algo. Los jóvenes de la pandilla se acomodan donde pueden, se sientan en el piso y celebran con una ovación el sonido de cada corcho que sale disparado de la botella. El marido de la anfitriona había muerto asesinado y, presidiendo aquel salón colmado de cosas raras, estaba el corazón de su difunto marido dentro de un frasco de alcohol. La fiesta se extendió tanto y fue tan alegre, que estuvieron a punto de beberse hasta el alcohol del frasco. 
No me sorprendería que aquella fiesta, aquella viuda y aquella sala, no hayan salido de la imaginación de don Joaquín, sino de su experiencia. El tiempo que vivió en Chile, don Joaquín se hospedó en la casa de doña Margarita Aguilar Machado, costarricense, bastante excéntrica, viuda del poeta peruano José Santos Chocano, quien murió asesinado.
Volviendo al Marqués, de la misma forma en que se introdujo en la vida de Pedro Ignacio hasta el punto de ser parte integral de ella, su figura, ridícula y solemne, tan digna de admiración como de lástima, se va introduciendo en los sentimientos del lector. Cuando le llegaron a avisar que había recibido una herencia, el Marqués, que pasaba hambre con frecuencia, despidió a los emisarios con un desplante. Cuando, por una vez en su vida, el Marqués abandona su actitud de superioridad y se lamenta por lo que sufre, al final del discurso sale corriendo por la calle. Como todo en él, su carrera fue absurda, corría como alguien que no hubiera corrido nunca en su vida. Cuando asiste al velorio de Luchito, los amigos se indignan al notar que el Marqués llevaba puesto el abrigo del difunto, robado de su armario. "Lo que les molesta es que todos lo pensaron, pero yo lo hice", se justificó. Para ver mejor al muerto, se alumbró con una vela arrancada del candelabro que acabó chorreando sobre el cadáver. Aquel velorio, como todas las aventuras de la pandilla, fue memorable. Para evitar dormirse, mientras esperaban que amaneciera, jugaron un partido de fútbol en el callejón. Partieron al cementerio en tres taxis. Sobre el techo del primero iba, amarrado, el ataúd de Luchito. Los peatones se volvían a mirarlo. Aquel cortejo fúnebre les parecía tan pobre, tan triste, tan estrafalario. 
Las conversaciones sobre la vida, el arte y la literatura que sostenían el Marqués y Pedro Ignacio se asemejan, en la profundidad de su sabiduría, a las de los filósofos griegos pero les ganan en humor, alegría y sarcasmo. Pedro Ignacio y el Marqués se habían conocido en mayo. En el funeral de Luchito, el enero siguiente, fue la última vez que hablaron. Al despedirse, el Marqués le dijo al oído a Pedro Ignacio: "Si quieres, úsame como personaje." Era lo único en su vida que podía regalar. El lector más atento y el crítico más severo de un escritor, acabaría convirtiéndose en uno de los personajes de sus obras.
Escribir una novela, más que contar historias, es crear personajes. Esto me lo dijo el propio don Joaquín Gutiérrez. Cuando lo escuché, recordé inmediatamente al Marqués y, en mi ingenuidad, le pregunté: "Don Joaquín, ¿cómo hizo usted para crear un personaje tan maravilloso como el Marqués?"
Don Joaquín después de suspirar hondo me respondió: "A un personaje como el Marqués no hay escritor que pueda crearlo." Y tras unos segundos de silencio, como si me contara un secreto agregó: "El marqués existió."
INSC: 1997 

lunes, 13 de octubre de 2014

Cocorí.

Cocorí. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Primera Edición. Editorial Rapa Nui.
Chile, 1947.
 Mi primer contacto con Cocorí fue en tercer grado de primaria, cuando apenas tenía ocho años de edad. Me atrevería a decir que fue el primer libro que leí. En los silabarios con que aprendí a leer y escribir solo venían líneas breves para ser copiadas. Los primeros libros de cuentos, también breves, eran de páginas enormes ilustradas con solo un pequeño párrafo en cada una. Cocorí fue el primer libro que capturó mi atención para poder seguir una trama compleja llena de aventuras y personajes. El primer libro que me divirtió y me conmovió. El primero que, además de hacerme imaginar, me hizo pensar. Y, lo más importante de todo, el primer libro que llegó para quedarse.
Hay libros que son fascinantes al primer contacto pero que desilusionan en la relectura. A Cocorí he vuelto con frecuencia, de niño, de joven y de adulto y, en cada lectura, ha vuelto a fascinarme. No he llevado la cuenta de las veces que lo he leído ni tampoco de los niños a los que se lo he regalado. No tengo idea de cuántas veces ni en cuántos países ha sido reeditado ni a cuántas lenguas ha sido traducido. La primera edición apareció en Chile, en 1947, pero luego fue editado en muchos otros países de habla hispana, incluyendo, naturalmente Costa Rica, el país del autor. Las primeras traducciones fueron al francés, en 1953, y al alemán en 1956. Vinieron luego las versiones en holandés, ruso, portugués, polaco, inglés, búlgaro y hasta Braille. A Cocorí, como a cualquier clásico, es difícil seguirle la pista. En casi setenta años, sus aventuras han sido leídas tanto en Lituania o Ucrania como en Cuba, Brasil o Argentina.  
Primera edición en francés. 1953.
Cocorí, que acabó siendo conocido en todo el mundo, es un niño travieso e inquieto que vive con su Mamá Drusila en una pequeña aldea que tiene el mar al frente y la selva verde y tupida detrás. En ninguna parte del libro se menciona Limón, el lugar en que nació y vivió su infancia don Joaquín, pero los lectores de Costa Rica asumimos que Cocorí era limonense. 
Cocorí, como cualquier otro niño, está descubriendo el mundo. 
Intenta saciar su curiosidad infantil con observaciones e investigaciones en que presta atención hasta el más mínimo detalle, así como con preguntas 
a los mayores.
"¿Quién gana entre el caimán y la serpiente?" Le pregunta al pescador.
"Todo depende, si el caimán la muerde primero, gana el caimán; pero si
la serpiente lo aprisiona entre sus anillos y comienza a destrozarlo con su abrazo... ¡adiós caimán!"
Al igual que en mito de Narciso, Cocorí se sorprende al ver, no solo su rostro, sino hasta los árboles reflejados en el agua tranquila de la poza. 
Primera edición en alemán. 1956.
Un día, llegó un barco grande. Cocorí fue a curiosear y, a bordo del barco, conoció a una niña. La niña le regaló una rosa que impresionó muchísimo a Cocorí. En la selva hay plantas y animales muy diversos, pero no había nada parecido a una rosa. Cocorí le ofrece a la niña capturar un mono y traérselo de regalo. Cuando logra atraparlo y regresa para entregárselo, ya el barco se había ido. Cocorí se consuela pensando que al menos le quedaba la rosa, con su perfume y su color, pero al regresar a casa descubre que en el vaso en que la había dejado solo había una rama seca y, alrededor, una lluvia de pétalos muertos. 
Cocorí descubrió entonces la muerte, supo que la vida de todos, personas, animales y plantas, termina en algún momento. En su duelo se pregunta por qué la rosa tuvo una vida tan breve, por qué no lo había acompañado hasta que fuera grande. En compañía del mono y de doña Modorra, una tortuga vieja y perezosa, Cocorí se pone a buscar una respuesta. ¿Por qué mi rosa vivió solamente un día si era tan bella y buena y hay animales malos que viven muchos años?
Cocorí le hace su pregunta a todas las personas y animales que se encuentra pero nada de lo que le dicen logra serenarlo.   
Son muchas las razones por las que este libro se convirtió en un clásico. Para empezar, ningún lector, ni niño ni adulto, podría abandonar a Cocorí antes de que encontrara la respuesta que busca. Cada episodio tiene su toque de misterio, de emoción y de humor. Además se aprenden muchas cosas útiles y prácticas como la forma de distinguir cuáles frutas silvestres se pueden comer sin riesgo o la forma más rápida de escapar del ataque de un caimán.
Una de las muchas ediciones
escolares de la Editorial
Costa Rica.
Un punto que hay destacarle, además, es la belleza su prosa, tan cautivante como un poema. Conozco muchos lectores, niños y adultos, que han memorizado fragmentos para recitarlos. Los autores de literatura infantil con frecuencia cometen el error de tratar a los niños como tontos. Utilizan vocabulario básico y oraciones cortas para contar una historia simple. Don Joaquín ni en una sola línea de su basta obra subestima a sus lectores. Cocorí, su única novela para niños, es de una factura literaria y un lenguaje tan elevado como sus otras cinco novelas.
Cocorí empieza con un epígrafe: 

"A breve vida nace destinada,
sus edades son horas en un día"

QUEVEDO

"Soneto ofreciendo a Velisa la primera rosa que abrió el verano."

Así, sin más. ¿Cuántos autores de literatura infantil citan a Quevedo? Recuerdo mi clase de tercer grado en que nosotros los niños, tan curiosos como el mismo Cocorí, soltamos la pregunta ¿Quién es Quevedo? La literatura infantil, en vez de ser condescendiente con la falta de información que puedan tener los niños, debería más estimular la curiosidad por aprender que, de hecho, tienen muy despierta.
Una de las más bellas. La edición de
Editorial Legado, ilustrada por Hugo Díaz.
El hecho mismo de que un libro para niños tenga un tema tan delicado y sensible como la muerte, es muy importante. No hay ningún aspecto de la vida, ni siquiera su final, que deba ocultársele a los niños.
La literatura infantil tiende a concentrarse en dejar una moraleja. Cocorí va mucho más allá. Estimula a los niños a que imaginen y reflexionen. La enseñanza del libro es, más bien, para los padres, porque el libro les recuerda que no tienen todas las respuestas y que hay cosas que los niños deben aprender y descubrir por sí mismos.
Volviendo a la historia, Cocorí finalmente encuentra su respuesta. Fue a preguntarle a los viejos, a los sabios y a los fuertes, pero ninguno supo contestarle. La respuesta la obtuvo del artista, del vago del pueblo, del Cantor. Un hombre que no hacía más que tocar la flauta y que, cuando le preguntaban "¿Por qué no trabajas?" respondía: "Este es mi trabajo."
Para no echarles a perder la sorpresa a quienes aún no han leído Cocorí, me abstengo de contar el final. Hay que leerlo. Les anuncio, simplemente, que el libro se cierra con alegría, serenidad, consuelo y optimismo.


Edición Argentina. 1972
Nota:
Como todos los clásicos, Cocorí ha sido objeto de polémica. El tema merece un artículo aparte, que prometo escribir pronto. 
INSC: 0751

jueves, 9 de octubre de 2014

Una vida en media hora.

La hoja de aire. Joaquín Gutiérrez.
1era edición. Editorial Nascimento,
Chile, 1968.
A todos nos ha ocurrido. Un buen día salimos a caminar por el centro, nos encontramos con alguien a quien teníamos tiempo, tal vez años de no ver, nos detenemos a conversar un momento y, en un ratito, esa persona nos cuenta qué ha sido de su vida. Ese encuentro callejero, esa conversación breve, puede estar, y con frecuencia lo está, lleno de sorpresas.
En media hora de charla puede comprimirse hasta una vida entera. En media hora, también, puede leerse una novelita de apenas cuarenta y ocho páginas.
En la escuela primaria, yo había leído Cocorí, de don Joaquín Gutiérrez Mangel, esa hermosa novela en que un niño, al enfrentar su primera experiencia con la muerte (la muerte de una rosa), se pregunta por qué su rosa solamente vivió un día y se interna en la jungla en busca de una respuesta. Luego, en la secundaria, leí Murámonos Federico, también de don Joaquín, el drama de un hombre valiente al que la vida se le cae a pedazos. 
Don Joaquín era mi vecino. No recuerdo cuándo fue que supe que aquel señor alto, de bigotes y melena blanca, era el autor de aquellos dos libros que tanto me habían impresionado. Con frecuencia lo veía subir al autobús. Tenía que andar encorvado para no pegar la cabeza en el techo y, cuando se sentaba, lo hacía de lado, para dejar sus largas piernas en el pasillo. Yo quería saludarlo, pero solamente lo veía en el autobús y él siempre andaba un libro o algún otro papel y, apenas se sentaba, se ponía leer. Nunca quise interrumpirlo.
Un buen día, estaba yo en el primer año de la universidad, me contaron que don Joaquín iba a participar, esa misma tarde, en un acto cultural. Aunque lo veía casi a diario en el autobús, me emocionó la idea de hablar con él por primera vez. Quise también pedirle un autógrafo. Corrí a la librería más cercana y pregunté si tenían algo de don Joaquín. Compré La hoja de aire, un librito pequeño y delgadísimo, de apenas cincuenta y nueve páginas. La historia empezaba en la página once, ya que abría el libro un prólogo de Pablo Neruda. Faltaba una hora para que empezara el acto y de pronto pensé qué haría si, al darle el libro para que me lo firmara, don Joaquín me preguntara qué me había parecido y yo tuviera que responderle que no lo había leído. Para evitar la vergüenza y prepararme adecuadamente, me fui a sentar en la banca de un parque y empecé a leer.
"Una hoja de aire, un sueño grande del que nacen otros sueños menores y de éstos otros cada vez más modestos, hasta llegar al último, el pequeñito, el que se lleva el viento. Así ha sido mi vida, mi viejo, como una hoja de aire."
Imaginé que el protagonista estaba sentado a mi lado, en la banca del parque, contándome su historia. Alfonso me contaba su vida. Quería ser actor, se fue a México y allá hizo de todo. Fue hasta payaso en un circo. Paf, recibía una bofetada y los niños se reían, caía al suelo, se levantaba, otra bofetada, Paf, y los niños volvían reírse. Los golpes del número del circo, no fueron los únicos que se llevó. Cuando las cosas se pusieron realmente mal, decidió regresar a Costa Rica. En autobús, desde México a Nicaragua, donde durmió una noche en un parque y, al día siguiente, en el automóvil de un amigo que le hizo el favor de traerlo a San José. Ya en la patria, su meta era encontrar a Teresa, el amor de su vida al que solamente había visto tres veces, la primera, bailando con un vestido azul cuando era niña, la segunda, jugando en el patio con una bolsa llena de lagartijas y la tercera, la inolvidable, ya grandes bañándose en el mar. No sabía ni dónde buscarla. A la que sí encontró fue a su hermana, que lo daba por muerto. Algo pasó y acabó solo, sin nada más que lo que llevaba puesto. Entonces, antes de leer los últimos párrafos del libro, hice una pausa.
Yo me había estado imaginando a Alfonso sentado conmigo en la banca del parque contándome su historia y, pocos párrafos antes del final, me percaté que todo su monólogo, Alfonso se lo estaba soltando a don Joaquín Gutiérrez la tarde en que se encontraron y se sentaron un momento en la banca de un parque.
Terminé de leer y, todavía conmovido e impresionado, fui a la actividad con don Joaquín. Mis compañeros me dijeron luego que yo me veía muy cómico hablándole. Yo soy bajo o, como dicen los mexicanos, chaparrito, y don Joaquín era altísimo. Cuando hablaba con él, yo miraba para arriba. Así lo vi siempre, muy en alto. No solo me firmó el libro, sino que, cuando supo que éramos vecinos, me dijo que fuera a verlo a su casa. Muy frecuentemente, con motivo o sin él, pasaba a saludarlo. Mi madre le mandaba de la repostería que ella horneaba, yo se la entregaba y me quedaba tomando café con don Joaquín y doña Elena, su esposa. Una vez le pregunté por la metáfora de la hoja de aire, la hoja pequeña a la que le salen hojitas cada vez más pequeñas hasta que la última se la lleva el viento. "Ninguna metáfora", me contestó, "esas hojas existen, ¿No las conocés?" Cuando le respondí que no, dijo que iba a ver si por casualidad tenía una. Regresó casi inmediatamente, "No tengo ninguna, pero buscalas, existen. Lo que encontré fue esto. Tomá." Y me regaló un ejemplar de la primera edición de La hoja de aire.
Todavía hay gente a la que no le salen las cuentas cuando digo que don Joaquín escribió seis novelas. Siempre se les olvida La hoja de aire, tal vez por ser un libro pequeñito. El poeta Mauricio Molina, dice que es la obra de narrativa más bella escrita por un costarricense. El poeta Felipe Granados, leyó La Hoja de aire en el autobús y, al llegar a su casa, lo primero que hizo fue buscar en el directorio el teléfono de don Joaquín, lo llamó y le dio las gracias. Otro poeta, el chileno Pablo Neruda, escribió en el prólogo de La Hoja de aire: "En mis lecturas desordenadas y acríticas he leído pocos relatos como éste, con tanta capacidad de amarrarnos en el hilo del sueño y la desventura."
INSC: 0709 0991 

domingo, 7 de septiembre de 2014

Dos entrevistas largas, aburridas y huecas.


Augusto Pinochet, diálogos con la historia. María Eugenia 
Oyarzún. Sudamericana. Chile, 1999.
Fidel Castro, biografía a dos voces. Igancio Ramonet. 
Debate, México, 2006. 
Si hay algo que incomoda a los tiranos es la confrontación. Saben que se la merecen, permanentemente la esperan y la temen, viven preparándose para ella, pero siempre se alteran cuando se les viene encima. Aunque no lo reconozcan nunca, ni siquiera ante ellos mismos, los tiranos tienen claro que su fortaleza es solo aparente, que su permanencia en el poder, sin importar los años que lleven usurpándolo, es frágil desde el primer hasta el último día.
Y la confrontación que verdaderamente llega a aterrorizarlos es, curiosamente, la verbal, la más inofensiva de todas. Si hubiera un complot para derrocarlos, sería fácil infiltrar espías y desbaratar la conspiración. Si los ciudadanos se tiraran a las calles, sería fácil empujarlos hasta volverlos a encerrar en sus casas, o en la cárcel. Si hubiera disparos, sería fácil responder el fuego. Pero si alguien se les parara en frente y les planteara una pregunta incómoda o les demandara una explicación, les resultaría muy difícil salir airosos del trance.
Ante las protestas, los atentados y los intentos de golpe, los tiranos sacan pecho. Ante los cuestionamientos, los tiranos huyen. Ellos saben que cuentan con armas, matones y equipos de espionaje capaces de protegerlos de las acciones en su contra. Pero también saben que no tienen argumentos que puedan sostenerse en un diálogo con alguien inteligente e informado.
Por eso es que los tiranos procuran que sus interlocutores sean siempre simpatizantes convencidos que solamente interrumpan sus palabras con aplausos.
Los líderes democráticos tienen claro que en cualquier foro en que participen (incluyendo los de su propio partido) habrá momentos incómodos. Si conceden una entrevista, saben de antemano que el periodista preguntará lo que no quiere que le pregunten, lo obligará a profundizar y aclarar su respuesta, pondrá en duda los datos que brinde y aprovechará cualquier grieta en sus argumentos para ponerlo en apuros.
Es raro que los tiranos concedan entrevistas. El riesgo es enorme. Las pocas veces que algún periodista audaz logra acercarse a un tirano y, antes de retroceder empujado por los escoltas, es capaz de plantearle una pregunta, en lugar de una respuesta solo obtiene silencio, una burla, un desplante o un insulto. Cuando acceden a sentarse en una entrevista programada, los tiranos exigen que el encuentro sea breve.
Tengo en mi biblioteca dos libros que resultaron ser una auténtica desilusión.  Fidel Castro, biografía a dos voces, de Ignacio Ramonet, publicado por Debate y Augusto Pinochet, diálogos con la historia, de María Eugenia Oyarzún, publicado por Sudamericana. Los compré el mismo día. Al verlos en el estante, los hojeé brevemente y, como se trataban de sendas entrevistas, me pareció importante adquirirlos. 
Sabía de antemano que las entrevistas serían complacientes. Pero mi optimismo me hizo suponer que en algún momento, así fuera de manera sutil, endulzada e indirecta, habría una que otra pregunta que hiciera que alguno de los tiranos se aclarara la voz, se acomodara en la silla y se viera obligado a dar alguna explicación, de las muchas que debe.
Bastó leer unas cuantas páginas de cada libro para que me quedara claro que aquello no eran entrevistas, sino actos de veneración. Hasta me parecía estar viendo a los entrevistadores sonriendo y asintiendo con la cabeza.  Tanto Augusto Pinochet como Fidel Castro monologan plácidamente y hasta se permiten  soltar exabruptos ante un interlocutor pintado en la pared. Las preguntas sobre temas sensibles, se plantearon solamente para darles la oportunidad de justificarse.
Una vez, Camilo José Cela le dijo a un periodista: “Una entrevista es algo que hago yo y te pagan a ti.” Quizá aquel periodista se merecía el balde de agua fría, pero lo dicho por Cela no es cierto en todos los casos.
En el gremio, existe la broma de que un periodista perezoso, al editar una entrevista, además de transcribir la grabación, solamente escribe tres palabras: “Dijo… agregó… y concluyó.” Pero un periodista responsable e inteligente, tiene claro que en una entrevista es él, y no el entrevistado, quien escoge los temas y el orden de abordarlos. El entrevistador, tras la respuesta, puede (y en algunos casos debe), solicitarle al entrevistado que la amplíe y la profundice. También debe (si puede, es decir, si está adecuadamente preparado) señalarle cualquier incoherencia o inexactitud que haya dicho.
Leí completos los dos libros a pesar de lo largas, aburridas y huecas que resultaron ser las entrevistas. No critico a Pinochet ni a Castro, ellos estaban dentro de su papel y, sordos como son ante las opiniones de los otros, repitieron las suyas hasta el hartazgo. A quienes critico es a Ramonet y a la señora Oyarzún, porque ellos, a diferencia de sus entrevistados, no cumplieron su papel.
En una entrevista, la confrontación (cuando está documentada y se plantea respetuosamente),  agrega valor al encuentro. Las entrevistas de Oriana Fallaci al general argentino Leopoldo Galtieri o al dictador libio Muammar Gaddafi se pueden considerar ya documentos históricos. Ambos, como buenos tiranos, no aguantaron mucho. La entrevista a Galtieri cabe en dos páginas y la de Gaddafi en una. La entrevista de Oyarzún con Pinochet, es de 265 páginas, y la de Ramonet con Castro es de 644 páginas. ¡Así de cómodos estaban!
Ante la extensión de la entrevista con Fidel, alguien podría argumentar que el dictador cubano no sabe callar pero, curiosamente, Castro nunca le concedió una entrevista a Mike Wallace, pese a que el célebre entrevistador se la solicitó durante años. A Wallace le llamaba la atención que Fidel Castro fuera más cobarde que el Sha de Irán, el Ayatollah Khomeini o el General Somoza, quienes sí se atrevieron a sentársele al frente, aunque fuera solo por unos instantes. Vale la pena mencionar una anécdota divertida. Cuando Alfredo Stroessner cumplió treinta años como dictador de Paraguay, le concedió una entrevista a Wallace, según él, para que su aniversario tuviera cobertura internacional. El resultado fue que el dictador acabó prohibiendo la transmisión del canal ABC para que nadie en su país pudiera verlo acongojado y sufriendo.
Un entrevistador no debe ser complaciente con el entrevistado, sino responsable ante su audiencia. Debe preguntar lo que el público le preguntaría a ese personaje si tuviera la oportunidad de hablar con él.
Volviendo a los libros de Pinochet y Castro, he revisado, por puro masoquismo, las partes que subrayé en el margen. No merece la pena citarlas. La adulación llega a extremos repulsivos. Hay ocasiones en que ambos periodistas, llegan al punto de ampliar lo que declara el tirano de sus amores. La admiración que profesan por su respectivo héroe es tan desbordada, que le dedican gran espacio y atención a los detalles más intrascendentes.
No me duele haber comprado los libros, ni haberlos leído. Lo que me duele es ver cómo dos periodistas que tuvieron la oportunidad de hacer algo memorable,  la desaprovecharon. 
INSC: 2489
INSC: 2494 
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