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miércoles, 3 de agosto de 2016

Hurgando en la Edad Media. Artículos de Franz Sauter.

Hurgando en la Edad Media. Franz Sauter.
Prólogo de Eduardo Ulibarri. Farben Grupo
Editorial Norma. Costa Rica, 2000.
La Edad Media no es considerada un tiempo interesante. La idea general, sobre este largo periodo de la historia, es que fue una época de estancamiento en que no ocurrieron grandes cambios sociales, el pensamiento se mantuvo estático y no hubo descubrimientos científicos ni mejoras tecnológicas.  Es decir, se cree que desde la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento, transcurrió más de un milenio durante el cual Europa se mantuvo inmóvil, sin avance alguno, sumida en un oscurantismo que condenaba cualquier novedad y, más bien, propiciaba el retroceso. 
Es verdad que la vida en la Edad Media no era nada fácil. Se estima que cerca de la mitad de las mujeres moría durante el parto y la mayoría de los recién nacidos no llegaba a cumplir el primer año de vida. Por los escasos conocimientos médicos, prácticamente todas las enfermedades eran mortales. En una de sus tantas acometidas, la peste negra mató a dos tercios de la población que habitaba entre Islandia y la India. Además, para colmo de males, el estado de guerra, que era casi permanente, cobraba numerosas víctimas. El peligro, la enfermedad y la muerte estaban siempre cerca. Difícilmente había quien, a los treinta años de edad, conservara todos sus dientes y los que llegaban a los cincuenta eran ya ancianos. 
Como el paso por este mundo era breve y doloroso, la esperanza de alcanzar la felicidad se concentraba en la vida eterna.
Sin embargo, pese a las duras condiciones de la época, en la Edad Media, contra lo que se cree, hubo también progresos significativos en la organización social, las comunicaciones, la filosofía, el arte, la ciencia y la técnica. Basta hurgar un poco en la historia para encontrar sorpresas inesperadas. En buena medida, la imagen negativa y distorcionada sobre esta época se debe a que los libros sobre temas medievales no abundan y, entre los disponibles, muy pocos tienen caracter introductorio.
Entre 1983 y 1986, el ingeniero civil Franz Sauter, gran conocedor y estudioso de historia medieval, publicó en la página 15 de La Nación una serie de artículos que, en el año 2000, fueron recopilados bajo el título Hurgando en la Edad Media, publicado por Farben Grupo Editorial Norma.
El libro de Sauter, interesante, revelador y ameno, incluye semblanzas de diversos personajes que fueron capaces de plantear propuestas y concretar acciones innovadoras en medio del inmobilismo imperante y, por ello, de alguna forma pueden considerarse precursores del cambio de mentalidad que se impuso a partir del Renacimiento.
Además de retratar figuras verdaderamente fascinantes, las breves notas biográficas acaban, de paso, rompiendo mitos. Veamos algunos. La idea general es que, durante la Edad Media, la religión estuvo alejada tanto del mensaje original del Evangelio como del razonamiento analítico y no fue sino hasta la Reforma de Martín Lutero que el cristianismo intentó reconciliarse con sus orígenes y su entorno filosófico. De manera similar, se dice que, hasta Galileo, el conocimiento científico estaba basado en creencias incuestionables que no habían sido comprobados por medio de la experimentación. Otras afirmaciones comúnmente aceptadas sobre el periodo medieval sostienen que, salvo para hacerse la guerra, los pueblos vivían aislados, que toda la fabricación de utensilios era artesanal y que la forma de gobierno era simplemente el vasallaje ante señores que ejercían su autoridad de manera caprichosa.
Aunque el panorama que pintan estas afirmaciones corresponde al panorama general, el libro de Sauter nos recuerda importantes excepciones. En el plano religioso, San Francisco de Asís logró un gran impacto en su predicación de los valores cristianos fundamentales como el amor, la fraternidad, el desprendimiento, el perdón y el sacrificio, mientras que Santo Tomás de Aquino, por su parte, planteó toda una teología basada en la filosofía aristotélica que era armónica con el razonamiento crítico. En cuanto al desarrollo de la investigación científica, durante la Edad Media nacieron las universidades y aparecieron las primeras obras sobre fenómenos naturales basadas en la observación constante y metódica. Los pueblos tampoco vivían tan aislados como se cree. Además de los viajes de los venecianos Nicolás y Marco Polo (padre e hijo) quienes cruzaron toda Asia hasta llegar a China y visitar las islas del Pacífico, existía un comercio constante, tanto por mar como por tierra, entre todas las regiones europeas y centroasiáticas. A la isla de Sicilia, ubicada prácticamente en el centro del Mediterráneo, arribaban mercancías tanto de las regiones nórdicas, como de Persia o Egipto.
Un rey de Sicilia, por cierto, Federico II de Hohenstaufen, nacido en 1194, podría ser considerado el fundador del primer Estado moderno.   Se preocupó por la alfabetización del pueblo y el desarrollo de las ciencias y las artes, fundó la Universidad de Nápoles, legisló sobre beneficios sociales, creó un sistema de tributos progresivos, directos e indirectos, mandó confeccionar listas de contribuyentes, instituyó el catastro, la medición territorial y el impuesto a la propiedad. Para lograr todo eso, hizo a un lado a los señores feudales y los terratenientes y formó un cuerpo de funcionarios seleccionados por su capacidad para desempeñar el puesto y cuyos ascensos en el escalafón dependían del grado de éxito que lograran en las misiones encomendadas.
Además de sus dotes de estadista, Federico era poeta, naturalista, filósofo y políglota. Hablaba nueve idiomas, entre ellos árabe, griego, hebreo, latín y alemán. Escribió un tratado sobre la conducta de los halcones que es considerado la primera investigación de zoología estrictamente científica. Dante Alighieri, tras investigar a fondo, llegó a a afirmar que los poemas de Federico son los más antiguos que se conocen escritos en lengua italiana.
Las figuras de San Alberto Magno, profesor de Santo Tomás en la Universidad de París, o de Roger Bacon, primer científico racional de la Universidad de Oxford, muestran que la actividad intelectual no estaba tan estancada como se cree.
La manera en que Franz Sauter retrata a estos personajes es en verdad fascinante. Recuerda, por ejemplo, que el viaje de Marco Polo a China tardó cinco años: salió de Venecia en 1271 y no fue sino hasta 1276 que llegó a Kahnbalug, la actual Beigin. Durante la travesía, tardó un mes en atravesar el desierto Takla Makan y mes y medio en cruzar el desierto de Gobi. Tras quince años al servicio del Khan, emprendió el viaje de retorno por barco, pasando por Java, Sumatra, Ceilán y la India, con lo que logró ahorrarse algo de tiempo. En vez de los cinco años que tardó en el viaje de ida, fue capaz regresar a Venecia, su patria, en "solamente" cuatro años.
También cuenta cómo Santo Tomás de Aquino fue secuestrado y encarcelado por sus propios hermanos con el fin de hacerlo persistir de su deseo de entrar a la Orden de Predicadores, recientemente fundada por Santo Domingo de Guzmán, que era considerada, en aquel entonces, una organización demasiado revolucionaria.
Con este libro, descubrimos en Franz Sauter a un magnífico narrador. En Costa Rica, sin embargo, más que por sus dotes literarias, el Sr. Sauter es reconocido como destacado ingeniero civil. No es de extrañar, entonces, la gran atención que dedica a las Catedrales Góticas.
Arbotantes de la Catedral de Estrasburgo, Francia.
Ante los imponentes templos medievales, lo común es concentrarse en lo artístico, lo religioso o lo histórico. El ingeniero Sauter, por su profesión, invita más bien a observar la estructura. Construidas en la  Baja Edad Media, las catedrales góticas fueron, hasta la aparición de los modernos rascacielos, las edificaciones más altas levantadas por el hombre. Allí están todavía, en Francia, Alemania, España e Italia destacándose en el paisaje, pero, lamentablemente, no se conservan libros, planos ni el más mínimo apunte de cómo las hicieron. Los griegos, romanos, egipcios, persas, mayas, aztecas e incas, así como otras culturas antiguas, levantaron impresionantes construcciones en piedra, pero eran, por lo general, bajas, de muros gruesos y columnas anchas. Las catedrales medievales, algunas con torres de más de cien metros de altura, se caracterizan por tener paredes delgadas y pilares extremadamente esbeltos. Los arbotantes y contrafuertes permitían distribuir el peso de la gigantesca estructura en ciertos puntos seleccionados. Verlo es una cosa, pero concebirlo y planificarlo es otra. El nivel de cálculo requerido es tan complejo que, en la actualidad, ningún ingeniero se ha propuesto levantar una catedral gótica de grandes dimensiones por la sencilla razón de que nadie sabe cómo se diseñan.
Sauter repara también en otros misterios. ¿Cómo transportaban las materiales de construcción que, en la inmensa mayoría de los casos, provenía de regiones lejanas? ¿Con qué tipo de grúas lograban subir pesadísimas esculturas a grandes alturas? ¿Qué clase de andamios utilizaban para construir un techo abovedado de piedra a cincuenta metros del suelo? ¿Cómo habría sido el soplete utilizado para fundir el plomo que une las piezas de los vitrales?
La tecnología, durante la Edad Media, definitivamente no era tan rudimentaria como se cree. Además de la fuerza humana o animal, durante esta época empezó a utilizarse la energía hidráulica. El torrente de los ríos caudalosos se aprovechaba para mover molinos, sierras y telares. Hubo grandes avances en la extracción de metales y fabricación de herramientas. Se perfeccionó el arado lo cual, a la larga, significó mayor producción agrícola. Con mayores cosechas, aumentó el intercambio. En los mercados populares, era común encontrar sacos de cereales o barriles de cecina que venían de muy lejos. Como no era necesario que todos cultivaran la tierra para procurarse alimento, nació la burguesía y aumentó el número de personas dedicadas a oficios manuales o al comercio. La industria de licores, ropa y utensilios llegó a alcanzar altos niveles de producción.
Como los cálculos matemáticos en diversas áreas requerían fracciones, se abandonó la numeración romana (que no tenía cero) y se optó por la árabe.
Definitivamente, la Edad Media fue una época mucho más interesante de lo que comúnmente se cree y, tras leer el libro de Franz Sauter, uno queda convencido que el término "oscurantismo", con que se clasifica este periodo de la historia es inexacto o, al menos, injusto.
INSC: 1126
Catedral de Reims, Francia.

domingo, 12 de abril de 2015

Vivir para contarla. Memorias de Gabriel García Márquez.

Vivir para contarla. Gabriel García
Márquez. Memorias. Grupo Editorial
Norma, Colombia, 2002.
Gabriel García Márquez tenía la intención de escribir sus memorias en tres tomos pero solamente llegó a publicar uno, Vivir para contarla, en que se refiere exclusivamente a sus años de infancia y juventud. El libro, publicado en el 2002, fue recibido con severas críticas. Hubo quienes se atrevieron a afirmar que García Márquez había llegado al punto de imitarse a sí mismo y que sus últimas obras, entre las que incluían sus memorias, no eran más que concesiones a un público numeroso y poco exigente que no esperaba de él más que paisajes exóticos, personajes pintorescos y situaciones inverosímiles narradas en prosa ingeniosa y cantarina. En mi opinión, esos críticos solamente leyeron los primeros capítulos del libro que, en verdad, son de un estilo recargado y efectista que, con frecuencia, fastidia al punto de querer abandonar la lectura. El largo viaje de retorno a la casa familiar que se relata en las primeras páginas, no solo parece que no va acabar nunca, sino que no va a ninguna parte. Sin embargo, conforme el libro avanza empieza a tomar buen ritmo, se abandonan los decorados innecesarios y la acción pasa a primer plano. 
Por tratarse de las memorias de sus primeros años de vida, la obra hace un recuento de personajes y anécdotas de su familia, de sus compañeros y profesores del colegio y de la universidad, de sus primeros amores, de sus amigos y de su ingreso al mundo del periodismo y de la literatura. Aunque no es amplio en detalles, los breves trazos con que retrata la vida de los diferentes sitios en que vivió en aquellos años son verdaderamente hermosos. Aracataca, Medellín, Santa Marta, Bogotá y Cartagena de Indias son ahora poblaciones muy distintas de cómo eran cuando aquel muchacho curioso e inquieto que ya se había dejado el bigote, deambulaba por ellas tratando de rendir al máximo los pocos centavos que llevaba en el bolsillo. Tenía solamente dos calzoncillos, el que llevaba puesto y el que estaba secándose, vivía en pensiones que toleraban su atraso en los pagos y trabajaba como colaborador en periódicos que le disimulaban y corregían sus faltas de ortografía. Vale la pena mencionar que, con los años, su situación económica mejoró sustancialmente, pero su dominio de las reglas ortográficas se mantuvo como en sus tiempos de estudiante, al punto que el propio autor agradece que los correctores de sus obras tengan siempre la gentileza de suponer que las palabras mal escritas son solamente torpezas de mecanógrafo. 
El libro está lleno de sabrosas anécdotas. Una hermana compró un número de lotería y otro hermano, solamente para molestarla, lo escondió. Cuando la muchacha llegó gritando a la casa porque había ganado, el pobre hermano, de la impresión, olvidó dónde había escondido el billete y tuvieron que volver la casa al revés para encontrarlo. García Márquez no tiene empacho en contar algunas aventuras de alcoba con sus primeras amantes, entre quienes hubo al menos un par de mujeres casadas. Una era la esposa de un marino que, para saludarla, tocaba el pito de la nave cuando llegaba a puerto, por lo que había tiempo para salir sin prisa y evitar el encuentro con el cornudo. Otra era la esposa de un policía que, al descubrirlos in fraganti, retó al joven galán a jugar ruleta rusa. Un dato curioso y poco conocido: Rodrigo, el primer hijo de García Márquez, fue bautizado por Camilo Torres, el cura que acabó siendo guerrillero, y el padrino fue Plinio Apuleyo Mendoza. La amistad con Álvaro Mutis es repasada con cariño y agradecimiento. Las páginas dedicadas al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, son un verdadero testimonio histórico escrito por un testigo de primera línea.
Quienes sean aficionados a los detalles curiosos que hay detrás de los libros, encontrarán material abundante en estas memorias. Se sabe que Macondo era el nombre de una finca cercana a Aracataca y que el coronel Nicolás Márquez, abuelo materno del escritor, le sirvió de modelo para su novela El coronel no tiene quien le escriba. Tanto La hojarasca, la primera novela que escribió cuando tenía solamente veintidós años de edad, como El amor en los tiempos del cólera, que apareció mucho después, están basadas en viejas historias familiares. Cuando se dedicó a estudiar a fondo la guerra de los mil días con miras a escribir una novela, su amigo Manuel Zapata Olivella le regaló un testimonio de un veterano de aquel conflicto, cuyo nombre hasta el propio García Márquez confiesa haber olvidado, pero cuyo apellido, Buendía, acabó siendo mundialmente conocido. La casa, el título original de Cien años de soledad, definitivamente no sonaba tan interesante como el definitivo. 
Con La mala hora, tercera novela del escritor, sucedieron varios hechos inauditos. García Márquez envió el único manuscrito que tenía a un concurso. Ganó, pero el padre Félix Restrepo, presidente de la Academia Colombiana de la Lengua, que había presidido el jurado, exigió que le cambiara el título original de Este pueblo de mierda. Más tarde, el mismo padre Restrepo le pidió a García Márquez que cambiara dos palabras inadmisibles: "preservativo" y "masturbación". Salomónicamente, García Márquez accedió a cambiar solo una y permitió que el censor escogiera cuál. El libro fue publicado en España, pero el corrector de pruebas, además de corregir las faltas de ortografía, le metió mano al estilo. Cuando García Márquez lo leyó impreso, desautorizó la edición y mando destruir los ejemplares que no se hubieran vendido. Como ya no tenía el manuscrito, debió volver a escribir la novela tomando como base la edición alterada. Esta versión reescrita y corregida fue publicada en México por la editorial Era como primera edición.
García Márquez quedó tan impresionado por el asesinato de Cayetano Gentile que quiso utilizarlo como tema literario. Su madre, doña Luisa Santiaga, se lo prohibió rotundamente. Cayetano y su familia eran amigos y escribir sobre su muerte era faltarle el respeto a personas cercanas y queridas. Treinta años después de los hechos, doña Luisa Santiaga le informó a su hijo que doña Julieta Chimento, la madre de Cayetano, había muerto y finalmente dio su visto bueno para que Gabriel escribiera sobre el tema. Puso una condición: "Trátalo como si Cayetano fuera hijo mío". El relato Crónica de una muerte anunciada se publicó dos años después, pero doña Luisa Santiaga no quiso leerlo porque "Una cosa que salió tan mal en la vida no puede salir bien en un libro".
Entre las anécdotas periodísticas que cuenta, mi favorita es la de Comprimido, el periódico más pequeño del mundo.  Era una hoja con las noticias del día que podía ser leído en diez minutos. García Márquez lo escribía en una hora antes del medio día. Tras la corrección ortográfica de rigor pasaba a imprenta y era distribuido a las cinco de la tarde, cuando los trabajadores regresaban a sus hogares. Comprimido fue un verdadero éxito, pero solamente durante tres días. Al cuarto día abandonaron el proyecto por insostenible. Incluso si publicaran anuncios comerciales, serían tan pequeños y tan caros que no habría forma de seguir publicándolo.
García Márquez no era muy bueno para bailar. Tomó clases con las señoritas Loiseau, seis hermanas inválidas de nacimiento que daban clases de baile sin levantarse de sus mecedoras. Sin embargo, aunque el baile no era su fuerte, desde niño cantaba muy bien, al punto que decidió participar en un concurso de radio. Hasta entonces se había identificado como Gabriel José García, pero su madre, ilusionada por que su hijo cantara en un programa tan prestigioso, le pidió que se presentara con su apellido materno. Desde entonces eliminó el José y pasó a llamarse Gabriel García Márquez. 
En el Colegio de San José, regentado por los padres jesuitas, García Márquez escribía poemas satíricos sobre sus compañeros y profesores. El padre Arturo Mejía capturó uno, lo leyó con el ceño fruncido y se lo guardó en el bolsillo. Días después, el mismo sacerdote le propuso que las sátiras decomisadas fueran publicadas en la revista Juventud, órgano oficial de los alumnos del colegio. Aunque la propuesta lo llenó de una combinación extraña de sorpresa, vergüenza y felicidad, García Márquez simplemente respondió "Son bobadas mías." Y con el título de Bobadas mías y la firma de Gabito, las sátiras aparecieron en el siguiente número. Fue su primera publicación.
Ya siendo estudiante de Derecho en Bogotá, poco a poco fue leyendo obras fundamentales de la literatura. Tras leer por primera vez La metamorfosis de Kafka, quiso retomar el tema del cadáver consciente y escribió el cuento La tercera resignación y, por un impulso inexplicable, fue a dejarlo al periódico El Espectador, donde no conocía a nadie. Cuando el cuento salió publicado, García Márquez no tenía los cinco centavos que costaba el periódico y debió pedirle a un señor que se bajaba de un taxi, con El Espectador bajo el brazo, que se lo regalara. El Espectador siguió publicando sus colaboraciones, sin pagárselas, hasta que un día el director le pidió que le hiciera el favor de escribirle una nota pequeña que necesitaba, le señaló un pequeño escritorio con una vieja máquina de escribir ante la cual el escritor permaneció sentado durante años.
El libro termina evocando la historia de amor de García Márquez con Mercedes Barcha, a quien el escritor le propuso matrimonio desde que era un niño de trece años y, pese a esquivarlo diciendo: "Mi papá dice que no ha nacido el príncipe que se case conmigo", acabó siendo su compañera de toda la vida.
Es una verdadera lástima que García Márquez no haya tenido oportunidad de publicar los otros dos tomos de memorias que tenía en mente. Habría sido interesante conocer sus impresiones sobre los años en que fue un escritor famoso y popular. Creo que fue Hemingway quien dijo que toda la obra de un escritor está siempre relacionada con sus primeros años de vida. Quizá sea cierto. En todo caso, Gabriel García Márquez nos dejó las memorias de sus años juveniles. Lo que vino luego de alguna manera es materia conocida.
INSC: 1516
Gabriel García Márquez. (1927-20014)

martes, 11 de noviembre de 2014

El espía tico.

El secreto encanto de la KGB. Las cinco
vidas de Iosif Grigulievich. Marjorie Ross
Grupo Norma, Costa Rica, 2004.
La historia de la Guerra Fría tardará muchos años en ser escrita. A diferencia de todas las guerras anteriores en la historia de la humanidad, en la Guerra Fría no hubo enfrentamientos que tuvieran miles de testigos. Las batallas, los momentos tensos, los frentes abiertos, los escenarios de las acciones y hasta los héroes victoriosos o luchadores derrotados se mantuvieron y, siguen estando, en secreto. Desde la conferencia de Yalta, en 1945, quedó claro que los Estados Unidos y la Unión Soviética terminaron la Segunda Guerra Mundial como aliados, pero no como amigos. La clase de sociedad que querían establecer y sus planes para el futuro del mundo una vez terminado el conflicto armado eran antagónicos. En aquellos años circuló el rumor de que, una vez vencida la Alemania Nazi, las tropas aliadas continuarían la guerra contra la URSS. 
La guerra, sin embargo, por prudencia y actitud responsable de los líderes de ambos bandos, nunca estalló, pero durante casi medio siglo el mundo vivió en un estado de tensión constante. 
La Guerra Fría no fue una guerra clásica, de toma de posiciones y avance de tropas. Fue una guerra silenciosa, de acciones encubiertas, de agentes secretos, de infiltraciones, de robo de información, de paranoia generalizada. En la URSS, había purgas y reorganización de altos mandos constantes por temor a traidores. En Estados Unidos se desató la cacería de brujas del Mcarthismo, que creía ver agentes rusos por todas partes.
Salvo la crisis de los misiles, en 1962, ninguna otra batalla de esta guerra, más que fría silenciosa y secreta, llegó a ocupar titulares en los medios de comunicación. Recientemente se ha sabido que durante las presidencias de Johnson y de Nixon hubo también momentos en que se estuvo a punto de abrir fuego sin que nadie, a ninguno de los lados de la cortina de hierro, se enterara.
Poco a poco se irán abriendo archivos y publicando documentos que, en manos de investigadores que tengan la paciencia de atar cabos, nos permitirán ir conociendo las nombres y las acciones de quienes participaron en esta larga, silenciosa y atípica guerra.
Algunos de ellos han sido ya descubiertos, como Iosif Romualdovich Grigulievich cuya vida, o mejor dicho cinco vidas, es el personaje central del libro El secreto encanto de la KGB de Marjorie Ross. Esta obra, aunque es fruto de una rigurosa investigación, está escrita como una intrigante y misteriosa novela de espionaje. Lo asombroso es que todo lo que se cuenta en realidad ocurrió.
Estamos frente al feliz encuentro de un personaje fascinante y una escritora talentosa: Grigulievich y Marjorie Ross. 
Grigulievich nació en 1913 en Vilnius, una población que se encuentra en la actual Lituania y que por entonces formaba parte del imperio ruso. Sus padres emigraron a Argentina, donde nuestro personaje pasó buena parte de su juventud, aunque cursó estudios en La Sorbona. En la década de 1930, ya como espía soviético, tuvo algunas misiones en la convulsa España republicana con la meta, que no se logró, de liberar a la península del fascismo. Trabajó luego bajo las órdenes del general Orlov, especialista en aniquilar enemigos del pueblo, y logró hacer méritos suficientes para que su carrera continuara en ascenso. 
Iosif Grigulievich 1913-1988 por la época
en que era Teodoro B. Castro.
El libro explica en detalle operaciones delicadas, que incluían hasta asesinatos, en cuya logística participaron, cerca de Orlov Griguliévich, figuras reconocidas como la fotógrafa Tina Modotti, el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, el poeta chileno Pablo Neruda y el líder histórico del comunismo español Santiago Carrillo.
Grigulievich formó parte importante en el plan para asesinar a León Trotsky en México. Durante la Segunda Guerra Mundial, Griguliévich trabajó, encubierto y con nombre falso en Argentina, Chile y Uruguay, monitoreando y, en la medida de los posible, saboteando las actividades nazis en el Cono Sur. Durante esta época tuvo gran libertad de acción y manejó cantidades enormes de dinero. 
En Chile, entabla amistad con don Joaquín Gutiérrez Mangel quien, además de escritor y militante comunista, ostentaba el cargo de Cónsul de Costa Rica. El padre de don Joaquín, Francisco de Paula Gutiérrez Ross, don Paco, había ocupado por esos años los cargos de Ministro de Hacienda y Embajador de Costa Rica en los Estados Unidos. 
Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la prioridad de los servicios de inteligencia soviéticos era infiltrar sus agentes en puestos clave de terceros países con el fin de obtener información. El libro atribuye a don Joaquín Gutiérrez una participación fundamental para hacer pasar a Griguliévich por costarricense, primero, y conseguir que se le asignara un cargo diplomático después. Era necesario, antes que nada, crearle una identidad. El nombre, de nuevo según el libro, fue propuesto por el propio don Joaquín. Griguliévich pasaría a llamarse Teodoro Castro Bonefill. Teodoro, para rendir homenaje al abuelo materno de don Joaquín, Monsieur Theodore Mangel, ciudadano francés, concesionario del famoso Café de la Paix, en París, quien tras haber conocido a cafetaleros ticos en una feria mundial, se trasladó a Costa Rica donde se casó y vivió el resto de sus días. Castro es uno de los apellidos más comunes en Costa Rica y la familia Bonefill, de origen francés, estaba emparentada también, por la parte materna, con don Joaquín. 
Juntos, don Joaquín y Griguliévich, repasaron todo lo necesario para hacer creíble la identidad y en Santiago de Chile, el espía soviético obtuvo su pasaporte costarricense. Con su nuevo nombre, Teodoro B. Castro (escribía su nombre a la usanza anglosajona) pasó una temporada en Brasil, para informarse sobre el cultivo y proceso del café y luego se instaló en Roma, haciéndose pasar por un cafetalero costarricense que había vivido largas temporadas en Brasil y Uruguay.
En la Ciudad Eterna tuvo la oportunidad de conocer a don Pepe Figueres, que viajó a Europa precisamente para abrir mercados al café costarricense, principal producto de exportación y base de la economía nacional por aquel entonces. Tanto don Pepe, como don Chico Orlich, que lo acompañaba, eran empresarios cafetaleros y Griguliévich logró impresionarlos con su conocimiento sobre el grano de oro. En Roma, además, Griguliévich cultiva amistades con altas figuras tanto de la política italiana como de la Santa Sede. Llegó a reunirse con el Papa Pío XII en quince ocasiones y obtuvo audiencias papales para ciudadanos costarricenses de paso en Roma. Durante el gobierno de Otilio Ulate, siendo don Mario Echandi ministro de Relaciones Exteriores, Griguliévich fue nombrado Ministro de Costa Rica en Roma. El dinero que le llegaba de Moscú le permitió desempeñar el cargo no solamente con altura, sino hasta con derroche. Daba fiestas por todo lo alto y agasajaba de manera espléndida a los costarricenses que visitaban Roma.
El libro es amplio en detalles de la labor diplomática de Griguliévich. Además de una intensa correspondencia y vida social, su trabajo en lo político y lo comercial fue más que satisfactorio para la cancillería costarricense, donde nadie sospechaba que el Ministro de Costa Rica en Roma ni siquiera era costarricense. De Moscú le llegan órdenes para asesinar a Tito, el líder de Yugoslavia y, para facilitar las cosas, logra que el gobierno costarricense lo nombre como representante diplomático en aquel país. La muerte de Stalin hace que el plan de asesinar a Tito se abandone.  El reacomodo de fichas en la inteligencia soviética, hace que Griguliévich retorne a su patria y así Teodoro B. Castro, uno de los mejores funcionarios en la historia diplomática de Costa Rica, desaparece sin dejar huellas en 1953.
En Rusia y con su verdadero nombre, con sendos trabajos sobre las finanzas del Vaticano y sobre la revolución cultural en Cuba, obtuvo un Doctorado en Historia y trabajó en el departamento de América Latina del Comité de Estado para las Relaciones Culturales. A la larga lista de personajes históricos con quienes Griguliévich mantuvo una amistad cercana, se sumó Ernesto el Che Guevara. El espía ruso que vivió en tantos países bajo nombres falsos y que realizó tareas verdaderamente delicadas, murió a los setenta y cinco años de edad, en 1988, apenas dos años antes de que desapareciera el sistema para el que había trabajado y al que había dedicado su vida.
El libro de doña Marjorie causó sorpresa y polémica. Sorpresa, porque un espía soviético había sido diplomático costarricense valiéndose de una falsa identidad. Y polémica por presentar a nuestro querido escritor, don Joaquín Gutiérrez Mangel, involucrado con matráfulas de la KGB. El propio don Joaquín en sus memorias Los Azules Días, en el capítulo dedicado a don Manuel Mora Valverde, recuerda que juntos visitaban en Rusia a Grigulievich.
Muy probablemente, conforme se sigan abriendo archivos secretos, surgirán más historias asombrosas, sorprendentes y polémicas sobre la Guerra Fría. Una guerra cuya historia y cuyos protagonistas tardaremos años en conocer.
El libro de Marjorie Ross es una valiosa muestra de las sorpresas para las que debemos estar preparados.

martes, 9 de septiembre de 2014

Autoayuda tica.

El viaje. Enrique Margery B.
Grupo Editorial Norma. Costa
Rica, 2002.
No soy aficionado a leer libros de autoayuda, pero tampoco tengo nada contra ellos. En mi juventud leí Cómo ganar amigos e influir sobre las personas y Cómo suprimir las preocupaciones y disfrutar de la vida, ambos de Dale Carnegie, así como Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach y El vendedor más grande del mundo, de Og Mandino. Me parece que estos títulos, todos ellos best seller,  fueron los precursores del género. Eran libros interesantes, confieso que los disfruté y, los de Carnegie en particular, me fueron muy útiles. Sin embargo, aunque leo con muchos propósitos (para entretenerme, para informarme, para deleitarme, etcétera), tengo claro que, definitivamente, no leo para motivarme.
Pero en el año 2002, cuando la Editorial Norma publicó El viaje, de Enrique Margery Bertoglia, me sentí obligado a leerlo por puro sentido patriótico. Era el primer libro de autoayuda escrito y editado en Costa Rica. Más de diez años después, sigue siendo, además del primero, el único.
Para evitar desilusiones y no cometer injusticias en la apreciación, tuve claro en todo momento que cada libro debe ser apreciado dentro de su categoría y que no debía cometer el error de pedirle peras al olmo.
Su fin es, sencillamente, motivar al lector y hacerlo sentir capaz de enfrentarse a sus desafíos. Sería miope pretender valorar sus méritos literarios propiamente dichos, puesto que lo literario, en este tipo de libros, es no es fin sino medio.
Para leer El viaje, entonces, hay que tomar la actitud de los niños de escuela que, cada vez que la maestra les lee un cuento, saben que al final les va a preguntar por la moraleja. En este caso, las pregunta no sería para nada difícil de contestar, puesto que la moraleja de cada relato el autor la anuncia, la muestra, la cuenta, la repite, la explica, la repasa y la deja subrayada con rojo.
El inicio del libro no es, precisamente, el colmo de la originalidad: "Mucho tiempo después, a punto de concluir su viaje, Sebastián recordaría cómo se había iniciado todo."
Sebastián, un estudiante universitario, se duerme en clase. Cuando despierta ve un problema escrito en la pizarra. Lo copia porque cree que es la tarea y se pone a resolverlo. Fue difícil, pero logró hacerlo. A la siguiente clase, cuando le entrega la tarea al profesor, se entera de que aquello no era la tarea sino un problema antiquísimo al que no se le había encontrado la solución. ¿Moraleja? El mismo autor la apunta: si a uno le dicen que algo es imposible no puede hacerlo, pero si uno no sabe que es imposible lo hace. Para dejarlo subrayado cita a Mark Twain: "Los que creen que pueden, están en lo cierto. Los que creen que no pueden, también."
Vienen luego otras aventuras, todas desarrolladas dentro de un claustro universitario en que la inteligencia (entendida como el almacenamiento y el procesamiento de datos) es sobrevalorada.
Los relatos son agradables y de fácil lectura, la historia se desarrolla con fluidez y hasta puede ser leída distraídamente, ya que al final de cada episodio viene todo aclarado y explicado. A un lector de obras literarias le molestarían esas explicaciones. Solo querría la historia y estaría dispuesto a encargarse por sí mismo de descubrir lo que pudiera haber detrás. Pero un lector de auto
ayuda, lo que busca son esas frases contundentes que le den energías para volver a la batalla. El relato, es solo un envoltorio. Lo importante es la motivación.
En todo caso, escribir una historia sin mayores méritos narrativos, solamente para dejar un mensaje, explicarlo inmediatamente y luego soltar la retahíla de frases motivadoras, no es algo que se le pueda criticar a este tipo de libros. Considerando su propósito y categoría, lo que pudiera ser crítica se convierte en elogio y las torpezas pasan a ser méritos. Este libro no es una obra literaria. Es, simplemente, un cargador de baterías. El viaje está a la misma altura (con todo lo que esto pudiera significar), de cualquier otro libro de autoayuda. Revisé varios en los estantes de las librerías y me percaté que narración -explicación -motivación es una fórmula recurrente.
El viaje, como casi todas las obras de autoayuda, tuvo muy buena acogida por parte del público.  ¿Por qué?
Sin ser un conocedor del género, tengo una teoría al respecto. De un tiempo acá la palabra éxito ha tomado una importancia nunca antes vista. De ser considerado algo así como el golpe de suerte que favorece solo a unos pocos, el éxito se convirtió en la obligación vital y primordial de cualquiera que tenga uso de razón. Soy de la idea de que el culto al éxito fue inventado para lograr que todo el mundo trabaje como loco.
En un mundo en que se cree que la vida consiste en ponerse metas y, al lograrlas, ponerse otras metas más altas y no parar nunca en ese juego, es comprensible que muchos, si tienen un tiempito para leer, busquen algo que les quite las ganas de tirar la toalla.

INSC: 1495
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