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martes, 14 de octubre de 2014

Más que un viaje a China.

China para hipocondríacos.
José Ovejero, Ediciones B, España.
1998.
Los libros de viajes eran populares cuando la mayoría de personas no viajaba. El europeo que leía sobre los peludos bisontes de Norteamérica, sabía que nunca iba a tener uno de estos animales al frente. Viajar era una actividad reservada a los valientes, a los aventureros. Hasta los monarcas tenían que conformarse con abrir la boca ante los reportes de los exploradores.
Ahora el mundo se nos ha vuelto pequeño. Ningún viaje, a ningún punto del planeta, se toma tres meses de ida y otros tres de vuelta. Los viajeros ya no son temerarios hombres rudos dispuestos a enfrentar el peligro, sino curiosos lo suficientemente desahogados económicamente como para costearse el boleto.
A los que no viajan, tampoco les importa demasiado. Ya no hay paisaje remoto ni ceremonia antiquísima que no haya aparecido en alguno de esos documentales de televisión que impresionan cada vez menos. 
Gracias a la cobertura y acceso creciente de internet, el lugar más remoto acaba convirtiéndose en familiar.
Los libros de viajes, sin embargo, tienen aún mucho que ofrecer. El que, en esta época, se pone a escribir un libro de viajes, tiene claro que, vaya donde vaya, las cámaras de televisión llegaron antes y que su trabajo consiste en descubrir y mostrar todo aquello que solo a través del contacto personal puede descubrirse y solo por medio de la literatura puede mostrarse.
Ediciones B le dio un buen impulso al género con el Premio Grandes Viajeros, cuyo primer galardonado fue José Ovejero con el libro China para hipocondríacos. Esta obra brinda información sobre China que no sería posible obtener por otro medio.
El autor, según la descripción que hace de sí mismo, dista mucho de ser un hombre aventurero y arrojado. Todo lo contrario. confiesa que es una de esas personas a las que no le gustan las calles solitarias y oscuras y que, cada vez que come, bebe agua o respira aires extraños, no deja de pensar en bacterias, enfermedades contagiosas y pestes de todo tipo. 
Sin embargo, este hombre asustadizo se resiste a vivir tranquila y serenamente en el seguro espacio de su casa y, con frecuencia, cede a la irrefrenable necesidad de echarse la mochila al hombro y lanzarse por los caminos de Dios hasta llegar lo más lejos que pueda. El mismo José se muestra contrariado al descubrir que sus sentimientos de arraigo y al hogar, nunca son tan intensos como sus añoranzas por sitios desconocidos que nunca ha visitado. En alemán hay una palabra para describir el fenómeno, explica, pero en español no. Esa misma situación de encontrar en otra lengua lo que la propia no le permite expresar, es un indicio de su apetito de comunión por lo que no le es propio.
Un buen día, nuestro hipocondríaco se decide a pasar dos meses en China. ¿Por qué? Porque quiere ser absoluta y definitivamente extranjero, porque quiere perder todas las referencias conocidas y sentir que se encuentra en otro mundo.
Al principio es placentero no comprender nada, caminar por las calles totalmente ajeno a los mensajes de los carteles, encontrarse en medio de una multitud sin pescar ni una palabra de sus conversaciones, pero conforme pasan los días en Nanjing le va entrando una sensación de incomunicado y llega a pensar que, su costumbre de hundirse en espacios ajenos esta vez ha llegado demasiado lejos.
Con esa duda en mente, pasa su primer mes en China aprendiendo las bases del idioma y las reglas de comunicación en general. Sin embargo, cuando arriba su esposa Renate a acompañarlo en la segunda parte del viaje, José lamenta no estar solo para disfrutar de experiencias más auténticas. Renate, por cierto, es un personaje del que apenas se vislumbra una silueta, ya que, aunque José se confiesa enamorado de ella, no viajó tan lejos para prestarle atención a una alemana alta y rubia como la cerveza.
China para hipocondríacos es un libro muy ameno, en que los datos históricos y culturales y la experiencia personal se alternan y complementan sin tropiezos. Con delicadeza asombrosa, pasa de su testimonio particular a referirse a temas históricos, geográficos o artísticos para volver sin sobresaltos, al cabo de unas páginas, de nuevo al testimonio.
Tal parece que Ovejero es un hombre culto y, a pesar de su declarada timidez, entra en reflexiones profundas a partir de cualquier tema: la gastronomía, la agricultura, la arquitectura o la medicina holística- La fluidez de su prosa hace que el lector devore las páginas en que expone su opinión sobre los jardines chinos en comparación con los ingleses y franceses y que, además, las disfrute.
Tal vez este sea el mayor mérito de China para hipocondríacos: es un libro de viajes en que las reflexiones son más importantes que el paisaje. El verdadero viaje no es el que José hace por China, sino el que en China y a propósito de los paisajes vistos y las experiencias vividas, José realiza al interior de sí mismo, de sus temores, sus fobias, su hipocondría y sus prejuicios.
Además del vistazo a China, revelador, impresionante y sorprendente, China para hipocondríacos brinda una invitación a reflexionar más ampliamente sobre el aislamiento y la necesidad de comunicación, tanto entre individuos como entre los pueblos.

viernes, 3 de octubre de 2014

Las memorias de Mastroianni

Sí, ya me acuerdo. Marcello Mastroianni
Ediciones B, España, 1999.
Marcello Mastroianni fue un actor que interpretó todo tipo de papeles en todo tipo de películas. Hizo de galán y de villano, cómico y trágico, protagonizó dos obras maestras de Federico Fellini y estelarizó comedias ligeras de Hollywood. En todas sus actuaciones, sin embargo, Mastroianni mantuvo siempre su estilo de interpretación único e inimitable: el medio tono. En las películas vemos a Mastroianni conmovido, alegre, angustiado, excitado, furioso, pero nunca, lo que se dice nunca, ni su voz ni sus gestos se alejan más de allá de unos pocos pasos de una imagen comedida y casi neutra. Su presencia escénica es estática, sus movimientos, mínimos; el tono de su voz, estable incluso en los momentos de mayor dramatismo. 
Mastroainni nunca necesitó dar alaridos, para convencernos que su corazón estaba destrozado. Nunca tuvo que hacer muecas, para que supiéramos que se había llevado la sorpresa de su vida. Nunca tuvo que levantar la voz, para recalcar su ira. Y nunca tuvo que jadear para demostrar que estaba como loco por llevarse la chica a la cama. 
Además, fue un galán que supo envejecer con elegancia. Hace cincuenta años, las parejas de enamorados jóvenes veían las películas tomadas de la mano. La novia sabía que su novio estaba babeando por Sofía Loren, pero se lo disculpaba, porque el novio también sabía, y también le disculpaba, que ella estuviera babeando por Mastroianni. El latin lover de aspecto desganado y misterioso, con el paso de los años se convirtió en un viejito jorobado. La espectacular morena, de boca sensual, ojos rasgados, grandes pechos, y espectaculares piernas, acaba de cumplir ochenta años. Pero mientras la Loren debió retirarse en cuanto sus acciones de mujerón empezaron a cotizarse a la baja, Mastroainni actuó hasta el final de sus días tanto en cine como en teatro porque era un grande cuya estelaridad nunca dependió de su aspecto.
Con el mismo medio tono de su actuación, Mastroianni cuenta sus memorias en un libro titulado Sí, ya me acuerdo.
Ya fuera como latin lover o como abuelito
 jorobado, la carrera actoral de Mastroianni
nunca dependió de su aspecto. 
Las memorias, no las escribió sino que las recitó ante una cámara de cine. Luego, el material fue recogido en un libro publicado por Ediciones B.
El medio tono, capaz de ser expresivo sin abandonar la mesura de una serenidad imperturbable, que fue la marca característica de Marcello como actor, es también la más destacable característica del libro.
Mastroianni recuerda la pobreza de su infancia, sin dramatizar, y las fiestas de gala de Hollywood, sin presumir. Todo se cuenta con la mayor naturalidad.
Recuerda que cuando era niño, en Roma, él, junto a los demás niños, pasaba las horas jugando futbol en la calle. Como no tenían un balón, improvisaban uno con un montón de periódicos atados con una cuerda. Cada cierto tiempo, era necesario detener el partido para arreglar la pelota, que empezaba a desintegrarse. Mastroianni afirma que lo recuerda claramente, pero duda que su memoria esté apegada por completo a la realidad ya que, en sus recuerdos, aquella pelota rebotaba, cosa que, ya viejo, reconoce que es imposible.
Cuando pudo comprarse una mansión en Roma, le fastidiaba el hecho de que desde su dormitorio podía escuchar al guía turístico del autobús que pasaba al frente diciendo: "Y aquí, a su derecha, está la casa de Marcello Mastroiani". 
En el libro habla de sus sueños, de los papeles que quiso y nunca pudo protagonizar, de simpáticas anécdotas de su carrera y de locas aventuras al lado de Fellini. Una vez, Marcello estaba trabajando en una producción cuando Fellini lo llamó para que participara en un nuevo proyecto que tenía entre manos. Fellini insistió tanto, que Marcello rompió el contrato que tenía firmado y debió pagar una indemnización a los productores. Él, que trabajaba para ganar dinero, en esa ocasión tuvo que pagar por no trabajar. Para colmo de males, el proyecto de Fellini nunca se terminó. Cuando Fellini estuvo enfermo de gravedad, Marcello le propuso: "Federico, cuando hayamos muerto los dos, si allá en el otro mundo no tenemos nada mejor qué hacer ¿podríamos terminar la película que dejamos a medias?"
Son tantos los momentos de este libro que valdría mencionar, que si uno intentara repasarlo, acabaría repitiéndolo. Una sola anécdota, sin embargo, refleja la humildad y sencillez de Mastroianni.
En una ocasión recibió tres llamados y no podía aceptarlos todos porque eran simultáneos. Tres producciones teatrales lo solicitaban, en distintos sitios, para la misma temporada. Pidió los guiones y se puso a revisarlos. Al final, se decidió por la producción más modesta. Era la obra de un escritor y director nuevo, valioso pero todavía sin éxito. La razón por la que Mastroianni lo escogió, fue porque se identificó con el protagonista. Era una obra teatral muy sencilla. Un hombre viejo, viudo, discute con su hijo que quiere internarlo en un asilo porque cree que ya no es capaz de cuidarse solo. El viejo defiende su autonomía y, en sueños, evoca a su esposa muerta. Con solamente tres personajes en escena, el viejo, el hijo y la muerta, la obra tenía diálogos hermosos y momentos conmovedores. Mastroainni firmó, participó en los ensayos y, la noche de estreno, tuvo una revelación y una duda.
Estaba en el camerino preparándose, se sentó frente al espejo y, con un lápiz, empezó a marcarse las arrugas del rostro. En determinado momento se detuvo. "Ya estoy viejo" se dijo "¿Qué estoy haciendo?" El maquillaje no era necesario para que representara en escena a un viudo solitario. Entonces lo asaltó la duda. "¿Quién irá a venir a ver esta obra?" se preguntó. "¿Los viejos? No creo. ¿Los jóvenes? Tampoco."
Se llevó la sorpresa de que el teatro, en esa noche de estreno y en todas las de la temporada que debió extenderse por la enorme afluencia de espectadores, estuvo lleno de un público joven. Mastroianni, al comentar el hecho, se muestra sorprendido de que el drama de un viejo haya sido de interés para los jóvenes.
Leyendo entre líneas, hubo dos hechos que me impactaron de esta historia. Primero: cualquier actor, cuando recibe varias propuestas, elige la que le dé más fama o más dinero. Mastroianni escogió la que le pareció más interesante, aunque fuera una producción modesta, porque fama y dinero ya tenía. Segundo: Mastroianni se pregunta por qué un público joven asistía en masa a ver el drama de un viejo. Al leer las explicaciones que brinda, salta a la vista que nunca le pasó por la mente la verdadera razón de la afluencia de público. Sencillamente, iban a verlo a él.
Así es este libro, unas memorias honestas de una gran estrella, que no presume ni tampoco se disfraza con falsa modestia.
El pensamiento con que abre y cierra el libro es una gran gota de sabiduría. Empieza diciendo que cuando era joven la vida le parecía larga, larguísima, porque no tenía idea de qué podría pasar en el largo camino que tenía por delante. Ya viejo, al repasarla, la vida le parece corta, cortísima, porque ya pasó todo lo que tenía que pasar. Es como tener que cabalgar al otro pueblo. En el camino el otro pueblo parece lejano, pero cuando se llega, uno se percata que el pueblo que parecía lejano, en realidad estaba cerca.
Marcello Mastroianni, 1924-1996. Un actor grande entre los grandes.
INSC: 1408
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