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lunes, 7 de noviembre de 2016

Camilo José Cela en Ecuador.

Camilo José Cela en la Academia Ecuatoriana.
Carlos Joaquín Córdova, Alicia Yáñez Cossío,
Susana Cordero de Espinoza, Jorge Salvador
Lara, Hernán Rodríguez Castelo.
Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Ecuador. 2002.
Todas las notas biográficas de Camilo José Cela mencionan que, a mediados de los años cincuenta, se trasladó a Venezuela y que por encargo del dictador Marcos Pérez Jiménez escribió la novela La Catira, publicada en 1955. Pocos saben, sin embargo, que el primer viaje de Cela fuera de Europa tuvo lugar apenas un par de años antes de su residencia venezolana, cuando fue invitado a visitar Ecuador.
El responsable de ese primer viaje trasatlántico del célebre escritor gallego fue don José Martínez Cobo, joven ecuatoriano a quien el gobierno de su país había becado para que cursara estudios en Madrid. Durante los cuatro años que tardó en concluir su carrera (1949-1952), Martínez Cobo se hospedó en una residencia llamada "De Relaciones Culturales", dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y ubicada en el número 4 de la calle Granja. Además de becarios latinoamericanos, en ese sitio paraban estudiantes españoles de provincia. Aunque por esa época Cela ya había abandonado los estudios formales y se buscaba la vida lo mejor que podía, por algún motivo acabó alojándose en esa casa.
Durante las inagotables tertulias que marcaron el inicio de una relación que con los años iría haciéndose más estrecha, Martínez Cobo tanto le habló a su nuevo amigo de las bellezas de Ecuador que acabó despertando en él la necesidad de confirmar con sus propios ojos, como Santo Tomás, si todo lo que le habían dicho era verdad. En aquellos tiempos España vivía una situación económica verdaderamente difícil que el propio Cela ya había retratado, con amplitud y crudeza, en su novela La Colmena. Sin embargo, pese a lo difícil que era reunir dinero para satisfacer las necesidades más elementales, don Camilo, soñando despierto, afirmó que, de lograr un golpe de suerte, estaría dispuesto a sacrificarlo para irse de viaje a Ecuador.
El golpe de suerte ocurrió, pero el sacrificio no fue necesario.
Apenas regresó a su país, ya con el título de Doctor en Derecho, José Martínez Cobo fue nombrado Ministro de Educación y una de sus primeras iniciativas en el cargo fue invitar a Camilo José Cela a visitar Ecuador como huésped oficial. 
La noche que aterrizó en Quito hubo una recepción en la Embajada de España. Don Jaime Dousdebés Carvajal, el encargado de recogerlo en el aeropuerto, se vio en apuros ya que Cela, al principio, se negó a acompañarlo. No le parecía nada atractivo ni interesante, en sus primeras horas en el continente americano, irse a meter a la Embajada de España. La sed por una copa acabó convenciéndolo. En el camino, se detuvieron en cuanto negocio abierto encontraron, pero en ninguno pudo Cela conseguir tabaco negro.
Cela era por ese entonces un hombre joven, tenía apenas treinta y siete años, pero ya había alcanzado, entre los círculos de lectores, la estatura de celebridad. La familia de Pascual Duarte, de 1942, le generó una fama instantánea y La Colmena, publicada en Buenos Aires en 1951 (hacía apenas dos años), era todavía el libro del momento.
Pronto hizo amistad con los intelectuales, artistas y escritores locales. Recorrió sin prisa la capital ecuatoriana, deteniéndose en los museos, los templos y los palacios coloniales. Frecuentó bibliotecas y centros culturales, dictó conferencias y disfrutó de interminables tertulias vespertinas en los cafés. Pasó varios días en la ciudad de Ambato y visitó también Cuenca y Guayaquil. Se sentía tan a gusto en cada sitio que resultaba difícil convencerlo de desplazarse a otra población. En Ecuador estuvo siempre alegre y contento y quienes lo atendieron, desde catedráticos hasta empleados de fondas y pensiones, nunca encontraron en él un temperamento difícil ni sufrieron los desplantes toscos o arrebatos egocéntricos que, muchos años después, serían frecuentes en él. 
Al amplio y sonoro anecdotario de salidas de tono de Camilo José Cela, su presencia en Ecuador no tiene nada que agregar. 
El Camilo José José Cela que visitó Ecuador en 1953 era un joven alto y extremadamente delgado, de conversación inteligente y modales refinados que logró ganarse la simpatía de sus anfitriones. Cuando Martínez Cobo lo llevó a conocer al Presidente de la República don José María Velasco Ibarra, quien ejercía entonces el tercero de sus cinco mandatos, le advirtió que el gobernante estaba sumamente ocupado y no podía dedicarle más de diez minutos. Para desesperación de los ministros que esperaban en la antesala, la conversación entre Cela y Velasco se prolongó por más de dos horas.
En el año 2002, poco después de la muerte de Cela, con el auspicio de la Embajada de España en Ecuador, se publicó un libro en el que, además del recuerdo de la visita, se incluyen apreciaciones sobre su obra realizadas por miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Susana Cordero de Espinosa comenta La Familia de Pascual Duarte, Alicia Yáñez Cossío, La Colmena, Jorge Salvador Lara, El viaje a la Alcarria y Hernán Rodríguez Castelo, Mazurca para dos muertos.
Confieso que los datos sobre la presencia de Cela en el país sudamericano son mucho más interesantes que los análisis literarios. Aunque toda apreciación es respetable y valiosa, a veces los estudiosos de la literatura se distraen al reproducir las opiniones de otros o llevan su lectura hasta extremos inverosímiles.
En el texto de Alicia Yáñez Cossío sobre La Colmena, aparece una larga cita textual de Gonzalo Torrente Ballester en que le reclama a Cela no haber explorado más a fondo la vida de la multitud de personajes de La Colmena, de los cuales, mientras salta de uno a otro, solamente menciona hechos y situaciones concretas. "El lector pierde ese asidero por el que podría enterarse de una vida entera", dice Torrente. "Tenemos de cada uno de ellos preciosos datos: cómo hablan, cómo se mueven, cómo visten, o cómo viven, pero no sabemos cómo son. Hay que preguntarse si Cela cree que los hombres sean de alguna manera, si le interesan de verdad los hombres, o solo sus actos aislados."
Colgándose de esta cita, Alicia Yáñez de Cossío, reconoce que los personajes que se entrecruzan por los caminos de la miseria y la tristeza, muestran tanto su bondad como sus flaquezas, pero "subsiste el deseo de conocer algo más de todos esos seres que han penetrado tan hondo."
Mi impresión es que, por su deseo de mayores detalles, ni Torrente ni Yáñez se tomaron la molestia de leer el título del libro. Aunque en La Colmena aparecen más de trescientos personajes, el protagonista del libro es solo uno: la ciudad de Madrid. Dice el refrán que a veces los árboles no dejan ver el bosque. En este caso, la curiosidad por la vida de cada abeja les impidió ver la colmena.
Jorge Salvador de Lara, por su parte, al analizar El viaje a la Alcarria, quiso ser exhaustivo y no supo cuándo detenerse. Como viajero, Cela observa el entorno y escribe sobre todo lo que se encuentra: personas, casas, árboles y, también, naturalmente, animales. Pues bien, Jorge Salvador de Lara, leyó El Viaje a la Alcarria con lupa y con pinzas y ofrece, en listas separadas, las citas textuales de las menciones que encontró en el libro sobre insectos, aves, reptiles, anfibios y mamíferos. La Alcarria es una región situada en tierras altas y, tal vez por eso, Jorge Salvador de Lara no elaboró una lista de peces. Algún día, supongo, un lector tan acucioso como él repasará el libro de principio a fin para ver si, en los ríos o en los platos, hay algún pez.
El propio Camilo José Cela decía que el genio de Cervantes era tan grande que no había podido ser opacado ni siquiera por los cervantistas. Algo similar se puede decir sobre él mismo. Los libros de Cela son tan magistrales que resistirán hasta a los elogios de sus lectores obsesivos.
El primer viaje al otro lado del mundo es inolvidable y se recuerda con cariño y nostalgia.
En su libro La rueda de los ocios, publicado en Barcelona en 1957, Cela escribió:

"...pequeño y bravo, armonioso y nobilísimo, recoleto y gentil, el Ecuador, ese rincón del mundo erizado de montes y poblado de cortesía, que sabe acoger con los brazos de la amistad abiertos de par en par como un balcón alegre y caritativo..."

"...un país puesto por Dios en la tierra para sobrecoger a la gente bravía, espantar al débil, y servir de ejemplo a quienes requieran de firmes ejemplarios..."

Camilo José Cela (1916-2002). Su primer viaje fuera de Europa fue a Ecuador
en 1953. Era entonces un hombre joven, alto y delgado, ya célebre por sus
novelas La Familia de Pascual Duarte y La Colmena, 
INSC: 1776

miércoles, 8 de julio de 2015

La Colmena. Novela de Camilo José Cela.

La Colmena. Camilo José Cela.
Alianza Editorial, España, 1992.
La Colmena es la mejor muestra de que una novela compleja no es, necesariamente, una lectura pesada. Desde la primera página, la prosa avanza sin prisa pero fluidamente. Se mencionan personajes pintorescos y situaciones algo cómicas. El libro promete ser entretenido y ameno. Al inicio, hasta da la impresión de ser una obra ligera, de esas que se disfrutan con deleite porque su lectura no exige mayor concentración. Conforme avanzan las páginas, van desfilando frente a nuestros ojos pequeños dramas cotidianos, situaciones sin importancia, podría decirse, cuyos protagonistas son gente del montón. Los personajes, que tienen apariciones breves, pero recurrentes, no se llegan a conocer a profundidad, pero logran inspirar simpatía, cierto cariño y, especialmente, mucha lástima. La vida de todos ellos es complicada y difícil y acabamos conociéndola solamente un poco al acompañarlos apenas por unos instantes. Quienes han tenido la paciencia de contarlos, afirman que en La Colmena hay más de trescientos cincuenta personajes. Esos lectores minuciosos han descubierto además que todo lo que se cuenta ocurre en un espacio y un tiempo muy reducido. El espacio es de apenas pocas calles en Madrid que bien podrían recorrerse a pie en una hora y el tiempo es de tres días y medio a finales de 1943.
Ubiquémonos por un momento en ese lugar y esa época: la Guerra Civil española había terminado poco antes, la dictadura ya estaba acomodada pero la destrucción y el dolor del conflicto estaba lejos de cicatrizar. A la Segunda Guerra Mundial, en ese momento, no se le veía ni un pronto final ni un claro vencedor. Escaseaba todo: el alimento, el trabajo, las medicinas. En esa situación tan compleja, la vida continuaba, los jóvenes se enamoraban, los familias mantenían de alguna forma su rutina y sus maneras, los comerciantes abrían sus negocios y los idealistas no dejaban de soñar. Tal vez porque la necesidad los golpeaba a todos por igual, ninguno se permitía caer de manera ostensible en la desesperación. En todas las ciudades hay personas que pasan hambre y deambulan por las calles sin un centavo en el bolsillo, pero en el Madrid de La Colmena esa era la norma general.
Doña Rosa, la propietaria del café La Delicia, donde la gran mayoría de los personajes de la novela pasa las horas muertas, se molesta por sus bajas ganancias. El café está permanentemente lleno pero no se vende casi nada. Hay repostería y bocadillos, pero los clientes solamente piden café solo. En todo caso, ellos van allí a congregarse y no a consumir.
La Colmena es una novela de la que no se puede ofrecer un resumen. ¿Quién podría decir, en pocas palabras, lo que le sucede a más de trescientos cincuenta personas en tres días? Uno pierde algo y otro lo encuentra. Una muchacha se prostituye, con permiso de su novio tuberculoso, para comprarle medicinas. Un poeta flaco y ojeroso, que ya no aguanta más el hambre, pide algo de comer a sabiendas de que no podrá pagarlo. El viejo sentado en el rincón repasa datos que aprendió en la escuela. El limpiabotas le lustra los zapatos a un hombre que le debe dinero. La madre vieja muere mientras su hijo anda echando una canita al aire. La guardia civil arresta e interroga. En fin, uno está con un personaje en un sitio en determinado momento y, tras echar el vistazo a lo que ocurre, salta a un lugar distinto, en otra hora, a ver qué le está sucediendo a otro desdichado.
Definitivamente, La Colmena es una novela de estructura muy compleja. Cela tardó cinco años escribiéndola y él mismo confesó, en alguno de los prólogos, que el trabajo fue agotador. Sin embargo, como ya se dijo, la obra que fue difícil de escribir, no es difícil de leer. La curiosidad morbosa por lo que ocurre en la vida ajena o en el apartamento del vecino, mantiene despierto el interés. No podemos decir que al cerrar el libro nos enteramos de todo lo que ocurrió en esos tres días y medio en aquellas pocas manzanas madrileñas. Naturalmente debieron haber ocurrido muchas más cosas de las que leímos, pero acabamos la lectura con una imagen amplia y clara de la vida cotidiana en aquella época.
Hay dos detalles de La Colmena que me impresionaron profundamente, uno literario y otro histórico. El literario es que, en varias ocasiones, el mismo episodio se repite con bastantes páginas de diferencia, pero narrado desde otra perspectiva. Se cuenta el altercado de un cliente del café con un mesero. Más tarde se repite pero no con la visión del cliente, sino con la del mesero. Después aparece el hecho visto por el señor de la mesa vecina y, naturalmente, no falta la impresión de doña Rosa, la dueña del café. En ocasiones ocurre que, al mencionar de pasada a un personaje en segundo plano, gracias a lo leído hasta el momento, sabemos quién es, de dónde viene y hacia dónde va.
El detalle histórico es que en toda la novela nunca se menciona a Francisco Franco. Esa omisión tiene su mérito. ¿Sería alguien capaz de escribir una novela sobre lo que le ocurre a trescientos cincuenta personajes de La Habana durante tres días y medio sin mencionar a Fidel Castro? Aunque la sombra de ambos dictadores fue, y en un caso sigue siendo, omnipresente en su país, los de a pie tienen sus propios asuntos en qué pensar y el tirano, en la solución de sus problemas cotidianos, ni suma ni resta. 
Cela, que sabía lo que podía esperar de la censura franquista, ni siquiera presentó la obra y la primera edición de La Colmena fue publicada en Argentina, en 1951.
Dicen que para ver el bosque no hay que prestarle atención a los árboles. ¿Será la analogía válida también para una colmena? Cela nos demuestra lo contrario. Al permitirnos asomarnos a la realidad íntima de cada individuo, a sus pequeños dramas y conflictos personales, logró retratar la vida de una ciudad entera en uno de sus momentos más difíciles.
Quienes hacen análisis literarios de manera tradicional (tema central, ubicación espacial y temporal, tipo de narrador etc.) se han atrevido a afirmar que en La Colmena no hay un personaje principal. Quienes así opinan no fueron capaces de ver el conjunto. Es verdad que ninguno de los cientos de desdichados que viven sus penurias sin esperanza de encontrarles pronta solución tiene un protagonismo destacado. La historia de cada uno de ellos no pasa de ser una más del montón. Pero en La Colmena sí hay, por supuesto, un personaje principal. Ese personaje es Madrid, la ciudad entera, la colmena y, más que personaje principal, es el personaje único, aunque múltiple.
Los libros de historia se distraen en hechos particulares y pocas veces logran brindar una visión amplia e integral de una época. ¿Cuántos investigaciones y ensayos se han escrito sobre España en los años posteriores a su guerra civil? Todos ellos se refieren al aislamiento internacional, a la intensa represión de la dictadura, a la complicada posición de no beligerante durante la II Guerra Mundial. Al leer libros de historia nos enteramos de datos estadísticos y le seguimos el hilo a complicadas estrategias militares, políticas y diplomáticas, pero toda esa información apenas nos brinda la base para imaginar lo que vivió el pueblo en aquel momento. Los historiadores estudian el desarrollo de la sociedad y no se supone que le presten atención al ciudadano de a pie ni, mucho menos, al pobre diablo. Para eso están los novelistas. Lo curioso es que con mucha frecuencia, comprendemos mejor un periodo histórico gracias a una obra de ficción más que a una investigación minuciosa. 
A los libros de historia, en todo caso, uno se acerca en busca de información. A las novelas, en busca de deleite. La Colmena, además de toda su riqueza, complejidad y maestría, es un lectura deliciosa.
INSC: 1997

domingo, 31 de mayo de 2015

Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela.

Viaje a la Alcarria. Camilo José Cela.
Espasa Calpe, España, 1989.
Buena parte del atractivo de los libros de viajes radica en la aventura, el peligro y el sabor exótico. Los libros de viajes más celebrados son aquellos en que algún audaz, ya sea por deseo propio o por azares del destino, recorre tierras lejanas habitadas por pueblos de costumbres muy distintas a las suyas y, tras experimentar el riesgo de enfrentarse a lo desconocido a cada paso, presencia hechos insólitos y vive experiencias asombrosas. Pero lo verdaderamente fascinante de un libro de viajes no es el recorrido y los acontecimientos, sino la forma en que el viajero evoca su experiencia. 
Camilo José Cela no necesitó ir muy lejos ni ser testigo de hechos sorprendentes para escribir su Viaje a la Alcarria que, con el tiempo, se ha convertido en un verdadero clásico del género. Su viaje no fue largo ni peligroso. Simplemente tomó su morral y se fue a caminar unos días por comarcas no muy alejadas de Madrid, donde se encontró con personas sencillas y amigables, se hospedó en las posadas, comió en las fondas y paseó por los campos. En la carta en que le dedica el libro al Dr. Gregorio Marañón, el propio Cela se alegra de no haber sido testigo de nada extraño.
Cela ni siquiera se extiende en detalles informativos. Él mismo dice que lo mejor es tomar el toro por los cuernos y decir "aquí hay una casa, o un árbol, o un perro moribundo" sin pararse a ver si la casa es de tal o cual estilo, si el árbol le conviene o no a la economía del país o si el perro habría vivido más de haber sido vacunado. En los libros de viajes, afirma, "suele sobrar la pedantería, que también es lo más fácil de poner".
Su plan es sencillo y consiste simplemente en nunca dormir más de una noche en un mismo sitio y caminar sin prisa para observar atentamente el entorno. Las personas con las que se encuentra en su recorrido tienen en el libro apariciones fugaces pero memorables.  Con la única excepción de Martín, un comerciante que se movilizaba en bicicleta, al que se encontró de pura casualidad en tres pueblos (Trillo, Budía y Sacedón), Cela no volvió a toparse con nadie por segunda vez. Es conmovedora la reflexión que hace sobre las despedidas. Aunque no se haya compartido más que un rato de charla casual, despedirse de alguien que se ha encontrado en el camino es algo definitivo y doloroso porque, lo más probable, es que la despedida sea para siempre.
Un detalle hermoso es que a todos se les llama por su nombre. El mendigo que recoge colillas se llama León. Martín Díaz es el arriero con dos mulas que le hizo el favor de llevarlo en su carretón. Armando Modéjar Gómez es el niño pelirrojo que le alcanzó el jabón y la toalla cuando se refrescaba en el río. Julio Vacas es el amable tendero que le obsequió un libro y Paquito es el nombre de la pobre criatura que nació bien y luego se torció. Cela consigna hasta el nombre de los animales: Mauricio, el canario, Gorrión, el burro y Rubio y Moro, los dos gatos.
El libro está lleno de historias hermosas. Estanislao de Kotska Rodríguez tenía una pata de palo porque el día que quiso poner su fin a su vida se acostó en la línea del tren y se arrepintió en el último minuto. Convertido en vagabundo se encuentra en el campo con Cela quien, tras escuchar su historia, lo invita a una merienda. Al llegar al pueblo, Estanislao decide pasar de largo para no tentar su suerte. "Ya he comido y no entro en los pueblos más que para comer."
Con otro caminante, Cela duerme en el campo. Los morrales de almohada, la manta de uno de ellos debajo y la manta del otro encima. Al entrar al pueblo se separan para explorar cada uno por su lado. Al final de la tarde se encuentran para seguir el camino, pero el compañero le informa a Cela que se va a quedar en el pueblo, porque le ha salido una chapuza. Cela se despide diciendo que se marcha porque a él no le ha salido nada. Entonces el hombre, mirando a lo lejos como para restarle importancia al asunto, le dice: "Poco es, pero, si quiere, la mitad es suya." Conmovido por la generosa oferta, Cela responde: "No están los tiempos para compartir" y los amigos se despiden con un apretón de manos.
Una de las escenas que más me impresionaron del libro es la de los dos perros. Mientras Cela come, dos perros lo observan. Uno es humilde y resignado. El otro tiene una actitud agresiva e insolente. Cela trata de tirarle un pedazo de pan al perro de mirada dulce, pero el maleducado, que es más audaz, lo atrapa al vuelo. Al terminar la comida, cuando Cela se acuesta en el piso para dormir una siesta, el perro respetuoso se echa a su lado como para vigilar su sueño, mientras que el perro que se comió el pan se marcha. 
Los lugares para comer y dormir eran modestos. En uno de ellos la posadera era particularmente humilde y amable. "Lo que aquí no encontrará son refinamientos, pero limpieza y buena voluntad sí." Al preguntarle por la cena, le dijo: "Poco tengo, pero de todo puede disponer: huevos, ternera, trucha, carne, fruta, ensalada, queso y vino de la Rioja." La mujer hablaba como disculpándose, como si en su casa hubiera entrado un duque y Cela pensó que lo malo de que lo tomen a uno como rico viene a la hora de pagar. En esa posada, Cela invitó a cenar a dos amigos y le pagó la cama y el desayuno a Martín, el comerciante de la bicicleta.
La cuenta fue de cincuenta y cinco pesetas.
"No, apúnteme todo" exclamó Cela.
La posadera le hizo el desglose: "treinta y seis pesetas por las cenas, un duro por las camas y doce pesetas por los desayunos. De servicio le he puesto dos pesetas para redondear."
Quiso dejar un duro de propina y no se lo aceptaron.
Viaje a la Alcarria es un libro lleno de experiencias sencillas y apacibles. La prosa en que está escrito, pese a ser esmerada y pulida, va directamente al grano sin ornamentación ni florituras. Salvo en el último capítulo, dedicado a Pastrana, en el que Cela se permite brindar referencias históricas, geográficas y culturales, todo el libro está concentrado más en la experiencia que en el entorno. En algún momento Cela confiesa que: "El viajero, de nuevo en la carretera, piensa en cosas en las que no pensó en muchos años, y nota como si una corriente de aire le diera ligereza al corazón."
Camilo José Cela en su viaje a la Alcarria.
El verdadero viaje, en todo caso, no es el del camino, sino el del recuerdo. A veces uno necesita darse una vuelta por algún sitio distinto a aquel en que se desenvuelve la propia rutina, no para contemplar otro paisaje, sino para hurgar más serenamente en el interior de uno mismo.
Quien viaje con mirada atenta no requiere de aventuras, sorpresas y peligros para vivir una experiencia digna de ser contada. El viaje de Cela fue breve. Estuvo en el camino del 6 al 15 de junio de 1946. Pasó en limpio las notas durante las dos semanas siguientes y escribió el libro del 25 al 31 de diciembre de 1947.
Revisando el manuscrito años después, Cela, que escribía a mano, descubrió que  estaba escrito con muy buena letra. Dicha revelación no me sorprende. Viaje a la Alcarria es un libro en que Cela saboreó con calma y sin prisa cada paso y, por ello, uno como lector lo disfruta saboreando cada línea.
INSC: 866

martes, 31 de marzo de 2015

La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela

La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela.
Editorial Aldecoa, Madrid, 1942.
Este libro empieza con la Nota del transcriptor que relata el hallazgo del manuscrito en una farmacia de Almendralejo. Luego aparece una Carta anunciando el envío del original, firmada por el propio Pascual Duarte, seguida de la Cláusula del testamento de don Joaquín Barrera Gómez, quien era depositario del testimonio escrito por el reo. Al final, hay Otra nota del transcriptor y dos cartas, una del capellán de la cárcel y otra de un guardia civil que presenció la ejecución de Pascual Duarte en el garrote vil. 
Naturalmente, estos documentos del inicio y del final son parte de la ficción de la novela, sin embargo, si le quitamos esos anexos y dejamos solamente el relato de Pascual, quien cuenta su desgracia encerrado en la cárcel mientras espera que se ejecute su sentencia de muerte, todo el libro podría resumirse en dos líneas que son, precisamente, con la que empieza y con la que termina.
Pascual inicia su relato diciendo "Yo, señor, no soy malo" y lo cierra exclamando "Podía respirar..."
Pascual Duarte es un asesino. No es el pobre hombre que en un momento muy particular se sintió acorralado por las circunstancias y, en su desesperación, acabó matando a alguien casi sin querer. Pascual Duarte mata por sed por el deseo de ver derramada la sangre de alguien en particular, planea el crimen con antelación, es parsimonioso a la hora de ejecutarlo ya que sabe que cualquier precipitación, a la hora de matar, puede acarrear terribles consecuencias. Pascual mató de un disparo a su perra, la Chispa, porque no fue capaz de soportar su mirada. Mató a navajazos a su yegua por haber derribado a su esposa. Mató al Estirao, el chulo de su hermana, cuando ya no podía resistir ni una falta de respeto más y, finalmente, mató a su propia madre porque el odio profundo que durante años había sentido hacía ella amenazaba con ahogarlo. 
Lola, la esposa de Pascual, pese al miedo que le tenía se atrevió a decirle: "Es que la sangre parece como el abono de tu vida".
Toda la vida de Pascual está llena de dolor. Para quien disfruta de serenidad y enfrenta ocasionalmente un percance doloroso, la experiencia puede ser traumática. Pero en el caso de Pascual Duarte, como la brutalidad y la violencia han sido constantes desde su infancia, el sufrimiento ha llegado a ser parte de la rutina y lo afronta sin dramas. Desde pequeño presenciaba las palizas que su padre le propinaba a su madre por cualquier motivo. Repartir golpes era la única manera de liberar la tensión. Pascual, al ir creciendo, no hizo más que prepararse para poder sobrevivir en único mundo que conocía, un mundo en que los problemas, que eran frecuentes, se resolvían a golpes y navajazos. 
En otros ambientes, la violencia empieza de manera verbal. Primero se intercambian insultos antes de llegar a las manos. En el mundo de Pascual Duarte, se ahorran las ofensas. Los diálogos son escuetos, con más silencios que palabras, pero la tormenta se puede desatar en cualquier momento. Pascual Duarte es, más que un rústico, un ser primitivo cuyas reacciones se basan en el instinto más que en la razón.
Sin embargo, mientras cuenta, unas veces en detalle y otras de manera sugerida, todo el dolor que ha sufrido y que ha causado, salta a la vista que dijo la verdad en la primera línea de su relato: "Yo, señor, no soy malo."
Pascual Duarte es violento, peligroso y desalmado. Es incapaz de controlar el odio que lleva dentro y su furia no conoce límites, pero no es malo. Todo lo contrario. En el fondo actúa guiado por su sentido, primitivo pero auténtico, de la ética y de la justicia. Pese a ser un hombre tosco, es capaz de amar profundamente a sus hermanos, a su mujer y a su hijo. Y precisamente por el gran amor que siente por ellos, el sufrimiento que le causan lo desespera. No soporta ver a su hermana Rosario permanentemente humillada y agredida. La corta vida de su hermano Mario, con severas limitaciones tanto físicas como mentales, fue algo deprimente. Su esposa Lola, a la que amaba tanto tierna como apasionadamente, le fue infiel y quedó embarazada del hombre que Pascual más detestaba en el mundo. Su hijo, de quien esperaba grandes alegrías al verlo crecer, murió recién nacido. 
Pascual se siente acorralado por la vida. Odia a su madre porque no logra descubrir en ella virtud alguna. Le reprocha el no haber llorado en el entierro de Mario y su alcahuetería para que su mujer le fuera infiel en su ausencia. El Estirao ha ultrajado a su hermana y a su mujer y, además, se lo restriega en la cara. La caída de su mujer del lomo de la yegua la hizo abortar, por tanto la yegua merece morir. 
En la última línea de su relato, Pascual exclama: "Podía respirar..." Había cometido crímenes horribles, es cierto, pero lo había hecho por desesperación, por que le faltaba el aire, porque no podría encontrar la paz mientras ciertas personas vivieran.
Publicada en Madrid en 1942, La Familia de Pascual Duarte fue prohibida por la censura franquista a poco después de su lanzamiento. Quizá los mismos censores quedaron horrorizados al percatarse de que, al leer la historia de un asesino, las víctimas no les inspiraron compasión sino desprecio. El asesino, en esta novela, es la víctima.  
Cuando la censura mandó recoger la novela, ya el primer tiraje se había vendido. La prohibición en España favoreció que el libro fuera publicado en Argentina y muy pronto aparecieron las traducciones al italiano (1944), inglés y sueco (1947), francés (1948) y alemán (1950). Camilo José Cela, que tenía solamente veintiséis años cuando publicó su primera novela, logró convertirse en un clásico instantáneo, un éxito con el que todos los escritores primerizos sueñan pero que muy pocos logran.
Curiosamente, la única crítica que se le puede hacer a este libro consiste en señalar precisamente su mayor mérito. Esta novela está escrita en una prosa impecable que me atrevo a calificar de sublime. Cada párrafo es una obra maestra de elegancia y expresividad. Cada línea es nota tensa y hermosa que, en muchas ocasiones se eleva a una altura que alcanza la maestría. Hay páginas enteras de tal musicalidad y belleza que, más que como una narración, pueden ser leídas como un poema. Las reflexiones filosóficas son profundas y, a la vez, concisas. Definitivamente, estas páginas no pudieron haber sido escritas por un rústico que apenas fue a la escuela unos años a medio aprender a leer, escribir, contar, sumar y restar. El cuento del manuscrito hallado por casualidad no engaña a nadie. La familia de Pascual Duarte no es el testimonio de un reo condenado a muerte, sino la primera obra maestra de uno de los grandes escritores de nuestra lengua. 
INSC: 1738



miércoles, 12 de noviembre de 2014

El antihomenaje a Camilo José Cela.

Desmontando a Cela. Tomás García Yebra
Ediciones Libertarias, España, 2002.
Me basto leer un par de páginas para percatarme que adquirir este libro había sido un error. Supuse ingenuamente que sería una biografía o un reportaje y resultó ser, como bien dice José Luis de Vilallonga en el prólogo, un texto en que más que frases hay puñetazos. Yo agregaría que también hay varios golpes bajos. El autor, Tomás García Yebra, tal parece que tiene una extraña fijación con Camilo José Cela o, al menos, le pone mucha atención tanto a su obra literaria como a su vida pública y privada, hasta el punto de escribir un libro contra él. El libro estaba a medio hacer cuando Cela murió y García Yebra, según confiesa en la primera página, pensó por un instante en abandonar el proyecto pero, finalmente, acabó terminándolo y publicándolo.
Soy respetuoso de las opiniones ajenas. Cada uno está en su derecho de sentir simpatía o antipatía por cualquier otro y de manifestar públicamente lo que piensa. Sin embargo, siempre me ha resultado fastidioso prestarle atención a alguien que solo quiere hablar mal de otro. Por un momento, pensé en abandonar la lectura pero, cuando uno tiene un libro en las manos, lo lógico es leerlo y, al terminarlo, uno siempre tiene algún comentario que hacer. No es un libro que recomiende así que, para ahorrarle a otros la lectura, lo resumo.
El libro toca varios temas. Empieza con el caso, bastante conocido, de la novela La cruz de San Andrés, con la que Cela obtuvo el Premio Planeta y que, tal parece, fue reescrita sobre la novela Carmen, Carmela, Carmiña (Fluorescencia) que la escritora gallega Carmen Formoso presentó al mismo certamen. Se refiere al trabajo de Cela como censor en los primeros años de la dictadura de Franco. Muy de pasada menciona La Catira, novela que Cela escribió por encargo del dictador venezolano Pérez Jiménez. Recuerda el hecho de que en el I Congreso Internacional de la Lengua, en Zacatecas, México y en el II Congreso Internacional de la Lengua, en Valladolid, Cela leyó el mismo discurso. Hace una lista de declaraciones de Cela que son contradictorias con otras declaraciones suyas anteriores. Sugiere la posibilidad de que Cela recurriera a "negros" para sus colaboraciones periodísticas. Consigna datos sobre la Fundación Camilo José Cela en Galicia. Reproduce conversaciones que tuvo con el hijo y la segunda esposa del escritor. Cuenta el par de veces que lo vio en persona. Juzga como falsa y oportunista la amistad que Francisco Umbral le profesó a Cela en vida. Comenta, con buen criterio y amplia visión, los primeros libros del escritor. Y, con frecuencia y a lo largo del libro, se refiere a situaciones de la vida personal y familiar de Cela.
Mi primera impresión, tras la lectura de este libro, es que García Yebra cayó en la trampa de prestarle demasiada atención al autor de los libros que lo habían fascinado, en vez de concentrarse en los libros mismos. Cuando uno lee un libro que logra impresionarlo, es natural que se despierte la curiosidad por saber algo más acerca de quien lo escribió, pero la figura del autor, en muchos casos, puede llegar a ser una distracción para su obra misma. Todos los aficionados a lectura tenemos alguna experiencia en este sentido. En algunos casos, ha sido un verdadero placer conocer en persona a los autores de los libros que nos han fascinado. En otros, ha sido una verdadera desilusión. También ocurre con frecuencia que conocemos a un escritor simpático, encantador como persona, cuyos libros no nos despiertan el más mínimo interés. 
A fin de cuentas, con el pasar de los años, los autores se olvidan y los libros permanecen. Cuando leemos las obras inmortales de la literatura universal, de autores anónimos o antiguos, no sabemos nada acerca de quien las escribió ni nos hace falta. 
Ponerle atención al autor, repito, es una distracción. Los enredos personales del final de la vida de Cela, los divorcios, cacerías y el suicidio de Hemingway o el proceso judicial que debió enfrentar Oscar Wilde, por citar solo unos casos, con frecuencia se ponen en primer plano al mencionar a estos maestros de la literatura, cuando lo que debería estar en primer plano son las brillantes páginas que escribieron y que seguirán leyéndose incluso cuando sus biografías dejen de ser tema de controversia. 
Con Shakespeare, no existe el riesgo de distraerse. ¿Alguien ha visto una biografía de Shakespeare? No hay biografías de Shakespeare porque todo lo que sabe de su vida es poco más de tres docenas de datos específicos sin detalles. Toda la información disponible que existe sobre la vida de Shakespeare (47 datos concretos) cabe en un par de páginas. Ahí están, eso sí, sus tragedias, sus comedias y sus sonetos. 
Hay personas que se declaran aficionados al cine o interesados en la política, cuando, en realidad, lo que le gusta es el chisme. Las páginas de los periódicos están llenas de chismes de estrellas de cine y de chismes políticos. También, con frecuencia, los suplementos culturales traen una buena dosis de chismes literarios. 
Volviendo al libro, de la página 141 a la 163, García Yebra comenta La familia de Pascual Duarte, Viaje a la Alcarria, La colmena y el artículo que escribió Cela a la muerte de Pío Baroja. Son reseñas escritas con verdadera admiración. Camilo José Cela es un gran novelista que escribió verdaderas obras maestras. García Yebra es, sin lugar a dudas, uno de sus lectores más atentos y también, a pesar de este libro, uno de sus grandes admiradores. Es evidente que García Yebra ha dedicado tiempo, atención y paciencia en la lectura de las obras del gran escritor gallego, al punto de convertirse en una autoridad en materia celiana. Sabe hasta cuáles trayectos del viaje a la Alcarria Cela realizó a pie o en autobús. ¿Este dato aporta algo a la lectura de ese libro de viajes? Pues no, y hay que decirlo. Es un dato de fanático para fanáticos.
Cuando Cela murió, García Yebra, que es periodista, escribió un artículo necrológico de un tirón en que consignó los datos de memoria. Esa nota, incluida en el libro, es perfecta. Combina información biográfica con apreciación literaria, es comedida, equilibrada, profesional, seria e informativa.
Si todo el libro hubiera sido como esa nota, García Yebra habría escrito un formidable estudio sobre la vida y obra de Camilo José Cela. Un estudio que no tenía por qué haber sido necesariamente un homenaje, sino un texto justo y balanceado, informativo y justificado, que no apartara la vista de lo controversial pero que tampoco se concentrara solamente en ello. Ese libro, está en mi imaginación y no es, definitivamente, el que tengo en mis manos. García Yebra, por razones que solo él sabrá, optó por hacer un antihomenaje. 
A fin de cuentas, debo retractarme de lo dicho en la primera línea de esta nota. Adquirir este libro no fue un error. Leerlo y comentarlo tampoco. Los libros, todos los libros, lo hacen uno pensar y, al menos en mi caso, esa es la principal razón por la que leo.


INSC: 2561  



sábado, 8 de noviembre de 2014

Una de vaqueros.

Cristo versus Arizona. Camilo José Cela
Seix Barral, España, 1988.
Siempre me han fascinado las historias del viejo oeste. Ese mundo de pueblos pequeños en medio de la nada, a los que los forasteros arriban una tarde cualquiera, sin que se sepa de dónde ni para qué, está lleno de misterio y de aventura. El sol, que es siempre personaje protagónico en estas historias, es tan ardiente y brillante que hace andar con los ojos medio cerrados a quienes saben que su vida depende de mantener los ojos siempre abiertos. El jinete solitario que, con pistola al cinto, mal afeitado y cubierto de polvo, cabalga hacia el atardecer en medio de un paisaje tan enorme que lo hace verse diminuto, es el mejor retrato de una vida abandonada totalmente al azar. Poco se sabe de su historia, es posible que ni él tenga claro dónde nació, quienes fueron sus padres ni cuántos hermanos tiene. Echado al mundo como un animal salvaje, su único objetivo en la vida es, simplemente, mantenerse con vida.
En el viejo oeste, el whisky se bebe de un solo trago, el póker se juega de manera suicida, los negocios se juegan como una ruleta rusa, los problemas se resuelven a balazos, la ley se impone a capricho del que manda y el amor no se ve por ninguna parte. Cenar un buen filete, tomar un baño caliente y dormir en una cama limpia con acompañante pagada, es el mayor reposo al que pueden aspirar los cowboys antes de volver a los caminos en que se encontrarán, inevitablemente, con serpientes de cascabel, sinvergüenzas y pistoleros.
No sé por qué motivo en español decimos "Viejo Oeste". Es más exacta la expresión en inglés Wild West, "Salvaje Oeste", porque aunque esa época no está tan lejana en el tiempo, fue un periodo en verdad salvaje y primitivo.  
Uno de los hechos más famosos del Viejo Oeste es el tiroteo del O.K. Corraln en Tombstone, Arizona. El miércoles 26 de octubre de 1881, a las tres de la tarde, el Marshal Wyatt Earp, junto a sus hermanos Virgil y Morgan y su amigo John Doc Holliday, mataron a Billy Claiborne, Ike y Billy Clanton y Tom y Frank McLaury. El enfrentamiento duró solamente treinta y segundos y fue un hecho desconocido durante cincuenta años hasta que, en 1931, fue mencionado en el libro Wyatt Earp Frontier Marshal, de Stuart Lake. A partir de entonces, aquel duelo a muerte ha sido reproducido en innumerables libros y películas, incluyendo la novela Cristo versus Arizona, de Camilo José Cela.
Cristo versus Arizona es un largo e ininterrumpido monólogo, sin más punto que el punto final, en que Wendell Liverpool Span (o Espana, o Aspen, ni él lo sabe porque nunca ha visto su nombre escrito), relata las historias que ha visto o le han contado sobre los cientos de personajes que han pasado por Tombstone Arizona, un pueblo cuyos habitantes presumen de saber matar y saber morir. Consideraban natural que se matara a palos a un cholo, solo por ser bizco, o a un chino, simplemente para probarla mira de un rifle nuevo. Quienes sufrían, lo hacían en silencio porque nadie estaba dispuesto a escuchar lamentos. Cuando había que castigar a alguien por un crimen, no se gastaba mucho en papeleo, una paliza, si la falta era leve, o ponerlo a dar patadas en el aire mientras moría en la horca, cuando ameritaba.  Todos vivían al lado de la muerte. Cuando el cuerpo les pedía pelea, la armaban con quien tuvieran al frente, disparaban solo por darle gusto al dedo del gatillo y el sexo no era más que otra forma de entregar la carne a la lucha. Si se les iba la mano, lo mejor era huir porque es preferible el desierto, con sus serpientes, que la cárcel, con sus piojos. Al caballo había que cuidarlo, porque lo peor que le puede pasar a un hombre es andar a pie por la vida. Cuando el recién casado repudiaba a su esposa, simplemente la abandonaba en el desierto. No le remordía la conciencia, porque sabía que no iba a durar mucho. Y al que se le moría la esposa en un viaje, si no tenía una pala, optaba por prenderle fuego para que no se la comieran los zopilotes. 
La novela no se concentra en el famoso tiroteo de 1881, aunque sí ofrece retratos descarnados de los hermanos Earp, de John Doc Holliday y de su novia, Kate Elder, Big Nose Kate, prostituta húngara que nadie supo cómo llegó hasta Arizona para convertirse en leyenda. La sucesión de percances y personajes de Cristo versus Arizona, abarcan casi medio siglo de historia, desde los hermanos Earp hasta las incursiones de Pancho Villa. Esta novela es un relato épico y bárbaro, crudo, violento, salvaje y, curiosamente, también poético.
Nunca antes me había encontrado con una imagen tan siniestra del viejo oeste como la que pinta esta novela de Camilo José Cela. De hecho, quien lea la novela, acabará considerando ingenuas e idílicas todas las películas de Western que haya visto. En Cristo versus Arizona no hay lugar para un John Wayne afeitado, correcto, limpio y con la ropa planchada. El salvaje oeste, en esta novela, es en verdad salvaje. Un padre que antes de abandonar sus hijos, tenía la costumbre de marcarlos con un hierro, como al ganado. Un hombre que estuvo a punto de matar de su mujer porque no se lavaba los pies ni la nuca (los sobacos sí, pero no lo suficiente). Un mundo en que todos están ocupados defendiendo su vida que nadie piensa en salvar su alma. En determinado momento, Wendell Liverpool Span, declara que, en lo que lleva dicho, "hay mucho de verdad, aunque metí algunas mentiras de adorno".
Tiendo a creer que las mentiras de adorno fueron las abundantes gotas de humor, de ironía y de amarga dulzura que salpican el texto para brindar algún descanso en esta retahíla interminable de pasiones y crímenes. Cristo versus Arizona es una novela impactante de un ritmo acelerado que no da tregua.
Siempre me han fascinado las historias del viejo oeste, pero fue gracias a esta novela de Camilo José Cela, que comprendí lo que esa época tuvo de salvaje.
Tombstone, Arizona, en 1891.

INSC: 0863

viernes, 31 de octubre de 2014

Camilo José Cela: Un padre singular.

Cela mi padre. Camilo José Cela Conde.
Ediciones Temas de Hoy. España. 1989.
La primera edición es de noviembre de
1989 y la segunda también. Una antes y
otra después del Premio Nobel.
Hay preguntas tontas y situaciones incómodas. Un buen ejemplo de pregunta tonta sería interrogar al hijo de alguien famoso para que diga cómo es ser hijo de su papá. La relación con su padre se estableció desde el nacimiento y cuando el hijo empezó a tener uso de razón ya su padre estaba allí. Después, mucho después, el hijo se daría cuenta que su padre es una persona conocida, lo cual no llegaría cambiar la relación que tendría con él. Además, el padre que tiene es el único que ha tenido de manera que no tiene idea de cómo serían las cosas si fuera hijo de otro. Quienes plantean la pregunta tonta van en busca del detalle exótico que, casi siempre, el interrogado no logra identificar.
Un hijo de un escritor famoso que lleva además su mismo nombre, se enfrenta con frecuencia a situaciones incómodas. Al presentarse simplemente dice: "Yo soy Camilo José Cela", y escucha como respuesta: "¿Usted es el hijo de Camilo José Cela?"
De preguntas tontas y situaciones incómodas ha estado llena la vida de Camilo José Cela Conde, el hijo de Camilo José Cela Trulock, que es el que todos conocemos. 
Cela Conde cuenta que siendo apenas un niño se puso furioso cuando supo que su padre se llamaba igual que él. "Camilo José Cela soy yo", gritó y le llevó su buen rato comprender que su padre no se llamaba igual que él, sino él igual a su padre. 
Conflictos de personalidad aparte, Cela Conde escribió un libro titulado Cela mi padre, que fue publicado en noviembre de 1989. Su aparición coincidió con el Premio Nobel de Literatura su padre y la segunda edición, del mismo mes y año, viene con un pequeño aviso que reza "Biografía del Premio Nobel de Literatura". El libro no es, en todo caso, una biografía. Es un relato personal e íntimo, muy ameno y alegre, de un alguien que tuvo la dicha de tener un padre divertido y bastante excéntrico.
En las primeras páginas, Cela Conde confiesa que no sabe de cuál de todos los Camilo José Cela tiene que hablar y, sin mucha complicación, se refiere un poco a todos. Al escritor, al viajero, al erudito, al desbocado, al impredecible y también, por supuesto, al padre.
Las anécdotas de Cela y sus frases lapidarias amenizan todo el libro. Además de gran novelista, Cela fue académico de la lengua, senador, editor de la revista Papeles de Son Armadans y, muy especialmente, un personaje público de acciones y palabras sorprendentes. Son muchos quienes incluso sin haber leído ni un solo libro de Cela, repiten de memoria sus contundentes afirmaciones y cuentan con deleite algunos de los miles de trances, reales e imaginarios, que se le atribuyen.
Como tuvo una vida larga y alcanzó la fama muy joven, Cela trató de cerca a prácticamente todos los escritores y artistas reconocidos del Siglo XX. Menéndez Pidal, Pío Baroja, Alberto Moravia, Robert Graves, Curzio Malaparte, Hemingway... la lista es larga.
Cela Conde cuenta un par de episodios simpáticos de la amistad de Cela con su vecino Pablo Picasso y relata la entrevista a Joan Miró en que Cela escribió tanto las preguntas como las respuestas.
Lo mejor del libro, sin embargo, son las memorias domésticas de Cela como padre. Su único hijo nació por el tiempo en que Cela revisaba el manuscrito de La Colmena y, aunque el libro no lo pinta como un padre muy afectivo, sí menciona acontecimientos memorables, como la vez que quiso celebrar el cumpleaños de su hijo con pólvora, la negociación de Cela Conde niño para que su padre le comprara una bicicleta y otros momentos insignificantes pero memorables.
Cela Conde creció en una casa llena de libros pero tal parece que la guía de su padre no era muy oportuna. A los nueve años de edad lo puso a leer el Cantar del Cid y Platero y yo, que consideró lecturas introductorias apropiadas para su edad. Cela Conde no entendió nada del Cid y, por el aburrimiento que le provocaban las aventuras del burrito, llegó a odiar a Juan Ramón Jiménez.
Muy divertido también era el juego favorito de Cela Conde cuando niño, que consistía en hacerse el tonto para mortificar a su padre.
Camilo José Cela Conde.
Cela mi padre es un libro que disfruté muchísimo. Tengo entendido que hay una nueva edición que incluye unas páginas extras sobre los últimos años del escritor, pero no me interesa ni adquirirla ni leerla. La última época de Cela, para quienes lo respetamos y admiramos, fue muy difícil de comprender. Su vida privada y familiar se complicó mucho y se ventilaron en los medios de comunicación masiva varios asuntos que, a decir verdad, competían a muy pocas personas. No sé si se referirá a ello en la edición ampliada, pero si Cela Conde cuenta, como sucedió, que pese a ser hijo único del escritor, debió forcejear para poder sentarse en la primera banca de la iglesia el día de su funeral, es algo que no quiero leer. Prefiero quedarme con esta edición de los tiempos anteriores al final, en que un hijo ingenioso recuerda las ocurrencias de su padre simpático.
Además de preguntas tontas y situaciones incómodas, los familiares de los famosos sufren la desgracia de que sus problemas íntimos se comenten en las páginas de los periódicos.
INSC: 0836 

domingo, 14 de septiembre de 2014

La otra novela de Camilo José Cela.

Camilo José Cela. (1916-2002)
Aunque literariamente debutó como poeta y con el correr de los años llegó a ser un popular autor de libros de viajes, un articulista contundente y hasta un acucioso investigador lingüístico, sin lugar a dudas fue en el terreno de la novela donde Camilo José Cela (1916-2002) cosechó sus más altos triunfos y sus más agrias polémicas.
De una madurez literaria precoz, Cela logró demostrar, desde su primera incursión en el género, los altos quilates de su oficio de novelista. La familia de Pascual Duarte, publicada cuando su autor contaba 26 años de edad, no solo fue recibida con desbordante entusiasmo por parte del público y de la crítica, sino que su segunda edición (publicada al año siguiente) tuvo el honor de ser prohibida por la censura franquista, de manera que, para satisfacer la demanda, debió seguir publicándose en Argentina. Su fama se extendió como un incendio y, apenas cumplidos los treinta, Cela veía ya su primera novela en diferentes ediciones europeas y americanas y traducida al inglés, italiano, alemán, francés, búlgaro y ruso. En España se llegó a decir -y finalmente se impuso- que Pascual Duarte era la primera novela española (en importancia, se entiende) posterior a la Guerra Civil y que, por ello, debía considerársele la continuadora de un género cuyo desarrollo había sido interrumpido por el conflicto. Con los años, el Pascual Duarte llegó a ser, después del Quijote, el libro español con mayor número de ediciones en lenguas extranjeras.
Pero el éxito es siempre engañoso, sobre todo cuando se logra en el primer intento. El propio Cela afirmaba que: “Cuando Dios quiere que alguien se desnorte le da confianza en sí mismo”. Son muchos los que, tras haber alcanzado la cima gracias a cierto mecanismo, adquieren, en la cúspide, el miedo a abandonarlo y acaban siendo en adelante imitadores de sí mismos.
Ese no fue el caso de Cela. Tras haber impresionado al mundo entero con una historia llena de pasiones, sangre y asesinatos, en Pabellón de reposo, su segunda novela, relata los monótonos días de unos tuberculosos recluidos en un asilo. Luego de retratar, con maestría, la vida y mentalidad de quienes casi nunca salen de su pequeña aldea campesina, en La colmena, su célebre novela de 1951, al contar lo que le sucede en solamente dos días a 160 personajes, logra un maravilloso retrato del hormigueo urbano del Madrid de la posguerra.
Pero la enorme variedad de la obra novelística de Cela no es solo temática sino, además, de construcción y planteamiento. Mientras que sus primeras obras eran de composición bastante convencional, poco a poco Cela, al igual que sus contemporáneos, fue incursionando en la construcción de novelas de múltiples perspectivas y múltiples voces. Mrs. Caldwell habla con su hijo, está construida a pedacitos, con los párrafos de un diario en que una madre le escribe mensajes a un hijo muerto muy lejos cuyo cuerpo nunca apareció y, por tanto, ella da por un hecho su regreso. Cristo versus Arizona es un alucinante monólogo en que un cowboy relata como eran los salvajes días en que Arizona estaba colmada de prostitutas y pistoleros. Oficio de Tinieblas 5, la más experimental de sus novelas, es una suma de fragmentos inconexos llenos de imágenes sorpresivas.  Cuando, tras sus exploraciones estilísticas, retomó el tema campesino, escribió Mazurca para dos muertos, novela a la cual el comentario menos elogioso que le hicieron fue llamarla obra maestra.
No todo eran elogios. Más allá del prestigio mundial que llegó a poner en sus manos todos los premios literarios de importancia, incluyendo el Cervantes y el Nobel de Literatura de 1989, varias novelas de Cela acabarían siendo verdaderos dolores de cabeza para su autor. Además de los conflictos con la censura franquista que tuvieron Pascual Duarte y La Colmena, La Catira, su novela venezolana encargada (y pagada) por el dictador Pérez Jiménez y La cruz de San Andrés, reescrita a partir de un manuscrito ajeno, fueron las responsables de las polémicas más agrias en la trayectoria del escritor. Hay que hacer notar, sin embargo, que los cuestionamientos más graves hechos a su obra, se basaron en razones morales, éticas, históricas o políticas, es decir, fueron planteados siempre desde un criterio extraliterario.
Literariamente hablando, las novelas de Cela son de una construcción y composición impecable aunque, como ya se dijo, cada una es sumamente particular y definitivamente diferente al resto.
A diferencia de lo que sucede con otros novelistas, cuyos fans terminan aplaudiendo todo lo que publican, con Cela ocurre que quien acaba fascinado con una de sus novelas, por lo general es incapaz, no digamos de apreciar, sino ni siquiera de soportar las otras.
Los estetas decimonónicos decían que un artista solo debía hacer dos cosas: número uno, buscar su lenguaje y, número dos, una vez encontrado no abandonarlo. Pero tal parece que Cela, al igual que su gran amigo Pablo Picasso, siempre que estuvo detrás de un determinado lenguaje, en cuanto llegaba a dominarlo lo abandonaba.
La figura de Camilo José Cela, tan llena de contrastes como su obra, le generó tantas simpatías como antipatías, por lo que solo mentar su nombre acababa provocando una acalorada discusión. Solo en una cosa tanto amigos como enemigos están de acuerdo: fue Cela quien partiendo de los cánones del siglo XIX, a través de sus numerosas incursiones en el género, logró llevar la novela española a la altura de sus contemporáneas de otras lenguas y latitudes.
Seamos francos: escribir una novela es algo que está al alcance de cualquiera que se lo proponga en serio. Escribir una gran novela ya no es tan fácil, pero aún así son muchos los que lo han hecho. Pero la capacidad de escribir otra gran novela, en el sentido de que en verdad sea “otra”, es algo que solo muy pocos han logrado y definitivamente Cela fue uno de ellos. 
Camlo José Cela. Novelista autor de obras maestras como La Familia de
Pascual Duarte, La Colmena, Pabellón de Reposo, Mrs. Caldwell habla
con su hijo, Oficio de Tinieblas 5, Cristo Versus Arizona y Mazurca para
dos muertos.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Dos entrevistas largas, aburridas y huecas.


Augusto Pinochet, diálogos con la historia. María Eugenia 
Oyarzún. Sudamericana. Chile, 1999.
Fidel Castro, biografía a dos voces. Igancio Ramonet. 
Debate, México, 2006. 
Si hay algo que incomoda a los tiranos es la confrontación. Saben que se la merecen, permanentemente la esperan y la temen, viven preparándose para ella, pero siempre se alteran cuando se les viene encima. Aunque no lo reconozcan nunca, ni siquiera ante ellos mismos, los tiranos tienen claro que su fortaleza es solo aparente, que su permanencia en el poder, sin importar los años que lleven usurpándolo, es frágil desde el primer hasta el último día.
Y la confrontación que verdaderamente llega a aterrorizarlos es, curiosamente, la verbal, la más inofensiva de todas. Si hubiera un complot para derrocarlos, sería fácil infiltrar espías y desbaratar la conspiración. Si los ciudadanos se tiraran a las calles, sería fácil empujarlos hasta volverlos a encerrar en sus casas, o en la cárcel. Si hubiera disparos, sería fácil responder el fuego. Pero si alguien se les parara en frente y les planteara una pregunta incómoda o les demandara una explicación, les resultaría muy difícil salir airosos del trance.
Ante las protestas, los atentados y los intentos de golpe, los tiranos sacan pecho. Ante los cuestionamientos, los tiranos huyen. Ellos saben que cuentan con armas, matones y equipos de espionaje capaces de protegerlos de las acciones en su contra. Pero también saben que no tienen argumentos que puedan sostenerse en un diálogo con alguien inteligente e informado.
Por eso es que los tiranos procuran que sus interlocutores sean siempre simpatizantes convencidos que solamente interrumpan sus palabras con aplausos.
Los líderes democráticos tienen claro que en cualquier foro en que participen (incluyendo los de su propio partido) habrá momentos incómodos. Si conceden una entrevista, saben de antemano que el periodista preguntará lo que no quiere que le pregunten, lo obligará a profundizar y aclarar su respuesta, pondrá en duda los datos que brinde y aprovechará cualquier grieta en sus argumentos para ponerlo en apuros.
Es raro que los tiranos concedan entrevistas. El riesgo es enorme. Las pocas veces que algún periodista audaz logra acercarse a un tirano y, antes de retroceder empujado por los escoltas, es capaz de plantearle una pregunta, en lugar de una respuesta solo obtiene silencio, una burla, un desplante o un insulto. Cuando acceden a sentarse en una entrevista programada, los tiranos exigen que el encuentro sea breve.
Tengo en mi biblioteca dos libros que resultaron ser una auténtica desilusión.  Fidel Castro, biografía a dos voces, de Ignacio Ramonet, publicado por Debate y Augusto Pinochet, diálogos con la historia, de María Eugenia Oyarzún, publicado por Sudamericana. Los compré el mismo día. Al verlos en el estante, los hojeé brevemente y, como se trataban de sendas entrevistas, me pareció importante adquirirlos. 
Sabía de antemano que las entrevistas serían complacientes. Pero mi optimismo me hizo suponer que en algún momento, así fuera de manera sutil, endulzada e indirecta, habría una que otra pregunta que hiciera que alguno de los tiranos se aclarara la voz, se acomodara en la silla y se viera obligado a dar alguna explicación, de las muchas que debe.
Bastó leer unas cuantas páginas de cada libro para que me quedara claro que aquello no eran entrevistas, sino actos de veneración. Hasta me parecía estar viendo a los entrevistadores sonriendo y asintiendo con la cabeza.  Tanto Augusto Pinochet como Fidel Castro monologan plácidamente y hasta se permiten  soltar exabruptos ante un interlocutor pintado en la pared. Las preguntas sobre temas sensibles, se plantearon solamente para darles la oportunidad de justificarse.
Una vez, Camilo José Cela le dijo a un periodista: “Una entrevista es algo que hago yo y te pagan a ti.” Quizá aquel periodista se merecía el balde de agua fría, pero lo dicho por Cela no es cierto en todos los casos.
En el gremio, existe la broma de que un periodista perezoso, al editar una entrevista, además de transcribir la grabación, solamente escribe tres palabras: “Dijo… agregó… y concluyó.” Pero un periodista responsable e inteligente, tiene claro que en una entrevista es él, y no el entrevistado, quien escoge los temas y el orden de abordarlos. El entrevistador, tras la respuesta, puede (y en algunos casos debe), solicitarle al entrevistado que la amplíe y la profundice. También debe (si puede, es decir, si está adecuadamente preparado) señalarle cualquier incoherencia o inexactitud que haya dicho.
Leí completos los dos libros a pesar de lo largas, aburridas y huecas que resultaron ser las entrevistas. No critico a Pinochet ni a Castro, ellos estaban dentro de su papel y, sordos como son ante las opiniones de los otros, repitieron las suyas hasta el hartazgo. A quienes critico es a Ramonet y a la señora Oyarzún, porque ellos, a diferencia de sus entrevistados, no cumplieron su papel.
En una entrevista, la confrontación (cuando está documentada y se plantea respetuosamente),  agrega valor al encuentro. Las entrevistas de Oriana Fallaci al general argentino Leopoldo Galtieri o al dictador libio Muammar Gaddafi se pueden considerar ya documentos históricos. Ambos, como buenos tiranos, no aguantaron mucho. La entrevista a Galtieri cabe en dos páginas y la de Gaddafi en una. La entrevista de Oyarzún con Pinochet, es de 265 páginas, y la de Ramonet con Castro es de 644 páginas. ¡Así de cómodos estaban!
Ante la extensión de la entrevista con Fidel, alguien podría argumentar que el dictador cubano no sabe callar pero, curiosamente, Castro nunca le concedió una entrevista a Mike Wallace, pese a que el célebre entrevistador se la solicitó durante años. A Wallace le llamaba la atención que Fidel Castro fuera más cobarde que el Sha de Irán, el Ayatollah Khomeini o el General Somoza, quienes sí se atrevieron a sentársele al frente, aunque fuera solo por unos instantes. Vale la pena mencionar una anécdota divertida. Cuando Alfredo Stroessner cumplió treinta años como dictador de Paraguay, le concedió una entrevista a Wallace, según él, para que su aniversario tuviera cobertura internacional. El resultado fue que el dictador acabó prohibiendo la transmisión del canal ABC para que nadie en su país pudiera verlo acongojado y sufriendo.
Un entrevistador no debe ser complaciente con el entrevistado, sino responsable ante su audiencia. Debe preguntar lo que el público le preguntaría a ese personaje si tuviera la oportunidad de hablar con él.
Volviendo a los libros de Pinochet y Castro, he revisado, por puro masoquismo, las partes que subrayé en el margen. No merece la pena citarlas. La adulación llega a extremos repulsivos. Hay ocasiones en que ambos periodistas, llegan al punto de ampliar lo que declara el tirano de sus amores. La admiración que profesan por su respectivo héroe es tan desbordada, que le dedican gran espacio y atención a los detalles más intrascendentes.
No me duele haber comprado los libros, ni haberlos leído. Lo que me duele es ver cómo dos periodistas que tuvieron la oportunidad de hacer algo memorable,  la desaprovecharon. 
INSC: 2489
INSC: 2494 
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