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viernes, 6 de octubre de 2017

La primera vacante episcopal en Costa Rica. 1871-1880

La primera vacante de la Diócesis de
San José. Víctor Manuel Sanabria M.
Editorial Costa Rica, 1973.
Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, murió el 23 de setiembre de 1871. Casi nueve años después, el 27 de febrero de 1880, Bernardo Augusto Thiel fue designado como su sucesor. Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, no solo escribió extensas biografías de los dos prelados, sino también un interesante estudio histórico sobre el largo periodo vacante que hubo entre ambos. El libro, publicado en primera edición por la imprenta Lehmann en 1935 y reeditado por la Editorial Costa Rica en 1973,  además de explicar las razones de la prolongada demora en el nombramiento episcopal, brinda valiosos datos e innumerables sorpresas sobre la letra menuda de la historia eclesiástica costarricense.
El Concordato vigente en aquel entonces le otorgaba al gobierno costarricense el beneficio de patronazgo, es decir, el Poder Ejecutivo tenía el derecho tanto de proponer como de vetar candidatos a la sede episcopal. Lo que sucedió, para hacer la historia corta, es que la Santa Sede y el gobierno no lograron ponerse de acuerdo. Un año antes del fallecimiento de monseñor Llorente, don Tomás Guardia había derrocado al presidente Jesús Jiménez Zamora. A la muerte del obispo, todo parecía indicar que el llamado a sucederlo iba a ser el Dr. Domingo Rivas Salvatierra quien, por cierto, fue designado vicario capitular y administrador de la Diócesis hasta el nombramiento del nuevo obispo. Sin embargo, el Dr. Rivas, que había sido miembro del Consejo de Gobierno de don Jesús Jiménez, era un reconocido adversario de don Tomás Guardia y el gobierno, por tanto, prefirió buscar otro candidato. El elegido fue el padre Ramón Isidro Cabezas Alfaro, que había sido cura de Esparza y quien no solo era ferviente partidario de don Tomás y padrino de una de sus hijas sino que, al momento de ser propuesto como candidato a obispo, ocupaba el cargo de diputado por la provincia de Heredia.
Mons. Dr. Domingo Rivas Salvatierra (1836-1900).
El asunto no prosperó porque el gobierno cometió tres errores en la propuesta. Primero, nunca consultó al Padre Cabezas si aceptaría el cargo; segundo, no incluyó un informe sobre los méritos del sacerdote propuesto y, tercero, presentó un único candidato, cuando lo normal, en estos casos, es presentar varios para que el Papa decida. Ante el tropiezo, se desató entonces una trama de intrigas y vanidades heridas en que se llegó hasta los ataques personales. En cuanto supo de las gestiones, el padre Cabezas manifestó que no le interesaba el cargo ya que no se consideraba capacitado para ejercerlo. Don Domingo Rivas envió un informe a Roma en que pintaba al padre Cabezas como ignorante, parrandero, usurero y vicioso. El padre Cabezas apenas había cursado un mínimo de estudios, se había enriquecido gracias al contrabando, bebía guaro y jugaba billar en las cantinas, prestaba plata con altos intereses y era implacable a la hora de cobrar. El hecho de que no vistiera nunca sotana y acostumbrara realizar salidas nocturnas para echarse una canita al aire también fue mencionado. Al enterarse de lo que se decía de él, el padre Cabezas cambió de actitud y decidió entonces proseguir con su candidatura episcopal. Una cosa era reconocer la incapacidad y los vicios ante los amigos y vecinos que, en todo caso, ya estaban enterados y otra, muy distinta, era que sus fechorías se expusieran por escrito ante la Santa Sede. El gobierno, entonces, mantuvo como único candidato al Padre Cabezas y el Dr. Domingo Rivas, por su parte, se dedicó a entorpecer la comunicación entre la diplomacia costarricense y el Vaticano. Con la cancha tan embarrialada, ni Cabezas ni Rivas tenían ninguna posibilidad de alcanzar el nombramiento episcopal, pero ninguno dio un paso atrás.
Luigi Bruschetti (1826-1881). Administrador de
la Iglesia costarricense de 1877 a 1880.
A los cinco años de sede vacante, el gobierno, en una maniobra subterránea hecha a espaldas de don Domingo Rivas (a quien querían quitarse de enmedio), le solicitó al Papa Pío IX que nombrara un administrador para la Diócesis. Al Papa, que ya debería de estar preocupado por la avalancha de correspondencia que recibía de Costa Rica, le pareció bien la propuesta y le encargó la difícil misión a Monseñor Luigi Bruschetti, diplomático de cincuenta años de edad que se encontraba entonces en Brasil. El gobierno y la Santa Sede mantuvieron el acuerdo en secreto y no se molestaron en notificar a Mons. Rivas, quien se enteró del envío de Bruschetti apenas unos días antes de que el obispo llegara al país. Monseñor Bruschetti desembarcó en Puntarenas el 17 de diciembre de 1876. Viajando a lomo de mula, dos días después llegó a Alajuela y de allí, ya más cómodamente, se trasladó en ferrocarril a San José. Monseñor Bruschetti era el primer representante de la Santa Sede con residencia en Costa Rica y, de 1876 a 1880, con el título de Administrador Apostólico, fue obispo de Costa Rica. Como al momento de su arribo no había en el país ni Nunciatura Apostólica ni Palacio Episcopal, el gobierno dispuso (para tenerlo de su lado o, al menos, para tenerlo cerca) hospedarlo en la Casa Presidencial.
La vieja catedral de San José estaba hecha una ruina. Durante los oficios, los murciélagos que volaban dentro cuiteaban a los fieles. Había innumerables goteras y las vigas estaban tan podridas que muchas personas habían dejado de asistir a Misa por miedo de que el techo les cayera encima. Monseñor Bruschetti, entonces, estableció como Catedral el antiguo templo de la Merced y puso toda su atención y esfuerzo en la construcción, ya iniciada, de la nueva catedral metropolitana en avenida segunda. Hizo también lo que pudo por mantener un mínimo de disciplina y armonía en el clero costarricense. Los sacerdotes, salvo raras excepciones, no eran cultos ni estudiosos. Tampoco se distinguían por ser piadosos o trabajadores. Pese a los intentos de Monseñor Llorente por corregir esa costumbre, los curas ticos casi nunca utilizaban sotana y preferían vestir como seglares sin distintivo alguno y, muchos de ellos, estaban involucrados en relaciones personales impropias, actividades políticas y negocios clandestinos. Cuando eran convocados a reunión o a Ejercicios Espirituales, más de la mitad se negaba a asistir alegando cualquier pretexto sacado de la manga. Bruschetti, ya en el terreno, se dio cuenta que no sería fácil encontrar la persona indicada, pero siempre tuvo claro que su principal deber era lograr, cuanto antes, el nombramiento de un nuevo obispo.
Circulaba por entonces la broma de que el Papa Pío IX había dicho que mientras él fuera la cabeza visible de la Iglesia, el padre Cabezas no sería la cabeza de la iglesia costarricense. No se sabe si el Papa en verdad dijo esas palabras o son parte de la leyenda, pero lo cierto es que apenas murió Pío IX, el gobierno costarricense hizo un nuevo intento por lograr el nombramiento del padre Cabezas, que tampoco prosperó. El Dr. Domingo Rivas, que tampoco se daba por vencido, fue más allá. Viajó a Roma y se entrevistó en persona con el Papa León XIII, pero su desesperado esfuerzo, al igual que el de sus adversarios, fue inútil.
Un cura de Cartago, de quien Sanabria no da el nombre y llama solamente XXX, intentó falsificar un milagro para demostrar que una señal del cielo indicaba que él debía ser nombrado obispo. Otro sacerdote intentó contraer matrimonio, y matrimonio por la Iglesia además, alegando que contaba con el permiso del General Guardia. La Logia Masónica, tuvo como fundador al Padre Francisco Calvo quien era, además de primo hermano de José María Castro Madriz, uno de los hombres de confianza del General Guardia, a quien acompañaba en sus viajes tanto dentro como fuera del país.
Por su doble condición de Representante del Papa y Administrador Apostólico, Mons. Bruschetti era la máxima autoridad eclesiástica en Costa Rica. Sin embargo, por el estado de Sede Vacante, legalmente no estaba autorizado a establecer cambios sustanciales. La única parroquia nueva que creó fue la de Santa María de Dota, el 4 de octubre de 1879, solamente porque el decreto ya estaba hecho, pero Monseñor Llorente murió antes de firmarlo.
El ocho de marzo de 1878, Bruschetti colocó la primera piedra del nuevo edificio del Hospital San Juan Dios. También recibió a las Hermanas de Sión, que había traído doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa del General Guardia, para instalar un colegio en San José. Doña Emilia, por cierto, era la presidente del comité de edificación de la nueva catedral. El 28 de marzo de 1878, nombró a los primeros sacerdotes que se establecerían en Puerto Limón, los capuchinos Fray Bernardino y Fray Fernando. En el camino, Fray Fernando se ahogó en el río Pacuare. Su cuerpo fue rescatado, así que el primer oficio religioso realizado por Fray Bernardino en Limón fue el funeral de su compañero.
Al mes siguiente, el 17 de abril 1878, Bruschetti bendijo y consagró la Catedral de San José, aunque aún faltaba ponerle el piso de terrazo y los vidrios a las ventanas. La obra estuvo totalmente terminada el 18 de noviembre de ese mismo año. Según los libros, el total invertido en la construcción fue de 210.158.97 pesos.
Bernardo Augusto Thiel Hoffman (1851-1901)
Segundo Obispo de Costa Rica de 1880 a 1901.
Pero quizá el acto más determinante que realizó ese año fue la inauguración del Seminario, el 3 de enero de 1878, para el que se habían mandado a traer, como formadores, a tres sacerdotes paulinos bastante jóvenes: don Juan Bautista Theilloud, don Tomás Gougnon y don Bernardo Augusto Thiel.
Debido al escaso nivel cultural del clero costarricense, así como a su relajada disciplina, Monseñor Bruschetti probablemente intentaba encontrar al obispo que andaba buscando entre los sacerdotes de otras nacionalidades miembros de órdenes religiosas. Los jesuitas, por disposición del propio General Guardia, regentaban desde 1876 el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago y había en el país un pequeño grupo de misioneros capuchinos, pero no era viable, por diversas razones, nombrar un obispo jesuita ni capuchino. Era poco probable, además, que alguno de ellos aceptara el cargo.
El joven Bernardo Augusto Thiel, nacido el 1 de abril de 1850 en Elbertfeld, Alemania, impresionó favorablemente a Bruschetti. Tenía título de Doctor, dominaba el latín y el griego y hablaba con fluidez, además de alemán, francés, inglés, italiano y español. Inteligente, estudioso y metódico, era además profundamente devoto y su estilo de vida era austero, recto e intachable. Thiel también llamó la atención del padre Francisco Calvo, del propio Dr. Rivas, del padre Cabezas y de prácticamente todo el clero y la intelectualidad josefina. Solo faltaba obtener el visto bueno del General Guardia.
La cita se programó para la tarde del 28 de junio de 1879. Don Tomás Guardia llegó de visita al Seminario acompañado por don Rafael Barroeta y Baca y el padre Francisco Calvo. La reunión fue de solamente dos horas, pero la amistad que establecieron don Tomás y Thiel duró para siempre.
Aunque el Papa León XIII también dio su visto bueno, fue necesario esperar un año para el nombramiento episcopal. Cuando Thiel fue propuesto como obispo de Costa Rica tenía solamente veintinueve años de edad. Haciendo una excepción a la edad mínima requerida, tras recibir los documentos oficiales desde Roma, Bruschetti consagró a Thiel el 5 de setiembre de 1880 en la catedral de San José y puso fin, entonces, al extenso periodo de sede vacante.
El libro de Monseñor Sanabria sobre este momento histórico está ampliamente documentado. Para poder reconstruir los hechos, Sanabria debió revisar artículos de prensa, memorias de ministerios, correspondencia oficial y privada, libros de actas y hasta una que otra hoja suelta impresa que circuló al respecto. La investigación histórica es minuciosa y detallada hasta extremos impresionantes. Sin embargo, se le puede criticar que su exposición no es para nada objetiva. En ocasiones entra en demasiados detalles y en otras omite brindar datos de importancia. Totalmente parcializado, la simpatía por el Dr. Domingo Rivas y la antipatía por las autoridades civiles son evidentes. Todo lo que pueda hacer quedar mal a don Lorenzo Zambrana o al Dr. José María Castro Madriz, lo expone. Todo lo que pueda afectar la reputacion de la Iglesia, lo calla. Llama testarudos a los de un bando, pero no a los de la acera de enfrente. Con mucha frecuencia, además, pierde el tono. Llama "liberal rabioso" al Dr. Zambrana y "curas farsantes" a quienes se oponían a Rivas. Al describir el torbellino de dimes y diretes desatado durante la vacante, llega incluso a meter causas sobrenaturales en la danza. Los liberales realizaban una "impía tarea" bajo "los estandartes de Satanás", mientras que las acciones del bando contrario eran "inspiradas por el Espíritu Santo" y "acuerpadas por la Divina Providencia."
Al cura cartaginés que montó la farsa de un milagro, lo llama XXX, pero a cuanta persona se manifestó contra las acciones de Rivas la cita por su nombre. Un caso concreto, en que el expediente era claro sobre faltas graves por parte del clero, Sanabria lo resumió diciendo: "Se dijo, se volvió a decir, se juró, se volvió a jurar, se citaron casos y cosas..." sin entrar en detalles que serían, definitivamente, bochornosos.
En un momento llega a justificar lo injustificable y defender lo indefendible. Ante la acusación de que el padre Cabezas se había enriquecido con el contrabando, Sanabria lo elogia porque eso demuestra su buen juicio, ya que muchos practicaron el contrabando sin enriquecerse. Llega hasta el punto de discutir los argumentos planteados por Castro Madriz a favor de la libertad de culto. Los liberales del Siglo XIX no fueron los come curas que Sanabria pinta. Ellos también, a nivel personal, eran católicos y así criaron a sus hijos pero, en la esfera civil, defendían la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa y de culto.
Aunque fue un investigador histórico verdaderamente notable, Monseñor Sanabria, en sus libros, se expresa más como sacerdote defensor de la Iglesia que como historiador objetivo. Cosa que, de más está decirlo, se le puede señalar pero no reclamar.
La primera vacante, en todo caso, a pesar de su visión parcializada, es un libro lleno de datos sorprendentes. Vicente Herrera Zeledón y José Joaquín Rodríguez Zeledón, quienes llegaron a ocupar la presidencia de la República, fueron notarios de la curia. Don Félix Mata Valle, el padre del recordado sacerdote don Alberto Mata Oreamuno, era el tesorero. Los amantes de la historia del arte y de la arquitectura encontrarán en este libro datos reveladores. El altar en que celebraba Misa Monseñor Llorente es el que se encuentra actualmente en la iglesia del Carmen. Monseñor Llorente, por cierto, mandó destruir unas pinturas antiguas, de la época colonial, por feas. Y, en cuanto a la construcción de la catedral, se consignan los nombres de Miguel Angel Velásquez, que hizo los planos, de José Quirce, que estuvo a cargo de la construcción y hasta de los maestros de obras que trabajaron en ella.
Sin embargo, quizá el mayor aporte que realiza este libro para nuestra memoria histórica, sea el rescate de la figura de Monseñor Luigi Bruschetti, a quien nadie menciona y nadie recuerda. Su nombre no figura en la lista de obispos de Costa Rica. Por ser Administrador interino, pese a haber inaugurado la Catedral y el Seminario y haber puesto la primera piedra del San Juan de Dios, no podía poner en el muro una lápida conmemorativa con su nombre.
Hombre discreto y reservado, durante los tres años que estuvo en Costa Rica no hizo amistad con nadie. Prefirió mantenerse alejado de todos para que no lo metieran en enredos de chismes ni conflictos de bandos encontrados. Tal vez muchas de las cosas que pudo ver en nuestro país, tanto en materia de Iglesia, gobierno o costumbres, eran muy distintas a lo que él estaba acostumbrado o a lo que se había esperado. Sin embargo, Bruschetti vino, vio y calló. No dejó escrito ningún comentario negativo sobre su permanencia en San José. Sanabria tuvo ocasión de leer las cartas que Bruschetti le escribió a Thiel y en ellas no había reportes ni quejas, solamente consejos.
Una vez terminada su misión, que era nombrar un obispo para Costa Rica, Monseñor Bruschetti, mientras le llegaba de Roma el permiso para retirarse del país, decidió apartarse de todos, del gobierno, de los curas y hasta del nuevo obispo, y se instaló en una casa alquilada en San Pedro del Mojón (hoy San Pedro de Montes de Oca) que, por aquella época, era un sitio remoto, alejado de la capital. Cuando le llegó la carta con el llamado desde Roma, Thiel se encontraba de gira en una zona alejada del país y no pudo despedirse de él. Monseñor Bruschetti viajó a Europa, se entrevistó con el Papa León XIII y fue luego a Cingoli, Macerata, su pueblo natal, a visitar a su familia. Allí murió, el 27 de octubre de 1881, a los cincuenta y cinco años de edad. En su testamento, dejó un fondo al Colegio Pío Latino Americano, para que sus rentas fueran empleadas en brindar ayuda económica a jóvenes costarricenses que estudiaran en Roma.
INSC: 2700

martes, 27 de junio de 2017

Don Cleto González Víquez.

Biografía del Lic. Cleto González Víquez.
Luis Felipe González Flores. Lehmann.
Costa Rica, 1958.
Cleto González Víquez, además de haber sido presidente de Costa Rica en dos ocasiones, se destacó como brillante abogado, historiador y genealogista. En 1958, con motivo del centenario de su nacimiento, un grupo de amigos suyos publicó la pequeña biografía que Luis Felipe González Flores escribió sobre él. Entre los responsables del homenaje estaban, entre otros, don Arturo Volio Jiménez, don Ricardo Castro Beeche y don Juan Trejos Quirós. Presentado en una edición modesta pero con tiraje masivo, el libro recoge, en menos de cincuenta páginas, un resumen sobre la vida de don Cleto, los puestos que desempeñó, los principales logros de sus dos gobiernos, las investigaciones y ensayos que escribió y hasta una interesantísima nota genealógica sobre su parentesco con Juan Rafael Mora Porras, Tomás Guardia, Bernardo Soto, Alfredo González Flores y Julio Acosta García.
Don Cleto nació en Barba de Heredia, el 13 de octubre de 1858, hijo de Cleto González Pérez y Aurora Víquez Murillo. Su familia era de escasos recursos y, por ello, cuando don Cleto empezó a destacarse como intelectual, abogado y figura pública, sus partidarios recordaban sus orígenes humildes con la simpática afirmación de: "Don Cleto nació descalzo". El mensaje que pretendían dar, sobre la importancia del estudio y el trabajo, resultaba clara a pesar de la objeción, más que obvia, que todos los niños nacen, no solo descalzos, sino desnudos.
Descalzo asistió a la escuela de su pueblo natal, donde aprendió a leer y escribir, así como las cuatro operaciones básicas de aritmética, que era todo lo que se enseñaba a los niños por entonces. Estudió el Catecismo, fue monaguillo y tuvo la intención de hacerse sacerdote. Con ese propósito, en 1869, asistió en Heredia a los cursos de latín que dictaba don José María Aguilar.
Al año siguiente ingresó al Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, dirigido por Valeriano Fernández Ferraz, al que acudían jóvenes, no solamente de todas las provincias de Costa Rica, sino también de otros países centromericanos. El programa de estudios incluía historia, gramática, contabilidad, trigonometría, inglés, francés, dibujo y música. Don Cleto obtuvo sobresaliente en todas las materias y, durante todos sus años de colegial, fue compañero de clase de Ricardo Jiménez Oreamuno.
Tras graduarse de Bachiller con tan solo quince años de edad, don Cleto ingresó a la Universidad de Santo Tomás para estudiar Derecho. La amistad con don Ricardo Jiménez se tornó más estrecha puesto que, como don Ricardo era de Cartago, don Cleto de Heredia y la Universidad estaba en San José, los dos jóvenes estudiantes decidieron compartir gastos y acabaron durmiendo en la misma habitación, mientras recibían, de parte del Dr. Zambrana, una profunda formación filosófica de corte liberal,
En 1884 don Cleto se graduó de abogado tras presentar un examen ante un jurado que tuvo como miembros, entre otros, a Ascensión Esquivel Ibarra y Julián Volio Llorente. Casi de inmediato, empezó su carrera en el servicio público. Fue diplomático en Washington, ocupó la Secretaria de Fomento durante la administración de Bernardo Soto y la de Hacienda en la de Ascension Esquivel Ibarra. En 1889 don Cleto fue Presidente del Colegio de Abogados y en 1892 fue electo diputado. Desempeñó también otros cargos, antes y después de haber sido Presidente de la República. Volvió al Congreso en 1916, fue Presidente de la Academia Costarricense de la Lengua en 1923, Presidente Municipal de San José y diplomático en Centroamérica y España.
Cleto González Víquez.
1858-1937
Además de su amplia trayectoria en la función pública, don Cleto ejerció de manera privada su profesión. Fue el abogado de Minor Cooper Keith, así como de otros importantes clientes.
Pese a sus múltiples actividades, don Cleto encontró tiempo para dedicarse a la investigación histórica y genealógica, campos en los que llegó a publicar amplios estudios rigurosamente documentados. Tenía una memoria prodigiosa y era capaz de recordar datos de manera precisa. Fue buen amigo del obispo Bernardo Augusto Thiel, quien ofició su matrimonio y era también apasionado estudioso de la historia costarricense y, cuando conversaban, solían mencionar nombres, fechas y acontecimientos como si se hubieran aprendido de memoria los documentos de los archivos.
Se dice que la primera vez que don Cleto llegó a la Presidencia de la República, entró por la ventana. Para las elecciones de 1906 se habían presentado cinco candidatos y el Presidente Ascención Esquivel Ibarra, para favorecer a don Cleto, que era su ministro, sacó de en medio a los otros cuatro. A unos los mandó encerrar y a otros, como don Máximo Fernández, los sacó del país. Sin contrincantes cerca, don Cleto ganó la presidencia con el ochenta y siete por ciento de los votos. La indignación general pronto pasó al olvido ya que don Cleto logró lavarse la cara con un gobierno conciliador apegado a la ley y respetuoso de los derechos de los ciudadanos. Con el tiempo, hasta sus enemigos políticos fueron capaces de pasar por alto lo irregular de su primera elección.
Bonachón, paternal y de carácter conciliador, don Cleto supo ganarse hasta las simpatías de sus adversarios. En una oportunidad, mientras se discutía acaloradamente en el Congreso, un numeroso grupo de manifestantes rodeó la sala de sesiones vociferando consignas contra el gobieno. Alguien le recomendó que ordenara disolver la manifestación con la policía, a lo que don Cleto, negándose a hacerlo, contestó: "Gobernar a la fuerza es algo que puede hacer cualquiera."
En 1910, don Cleto entrega la presidencia a su gran amigo de toda la vida don Ricardo Jiménez Oreamuno. Un dato poco conocido es que, en 1914, ante la crisis desatada por la renuncia de los tres candidatos presidenciales que habían participado en los comicios de ese año, don Ricardo propuso que el Congreso nombrara presidente de nuevo a don Cleto.  Si la propuesta hubiera sido acogida, don Ricardo habría recibido la presidencia de don Cleto en 1910 y se la habría devuelto en 1914.
Don Ricardo fue presidente de nuevo de 1924 a 1928, luego vino don Cleto de 1928 a 1932 y, después, otra vez don Ricardo de 1932 a 1936. 
Quien no esté familiarizado con los detalles de la historia costarricense quizá no comprenda la fascinación de los electores costarricenses por estos dos viejos liberales.  Las figuras de don Cleto y don Ricardo llegaron a simbolizar la paz y la estabilidad. Los otros gobiernos de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, o fueron autoritarios y hasta tiránicos, o se vieron sacudidos por conflictos que no supieron manejar. A don Cleto le tocó hasta enfrentar una sangrienta intentona golpista, liderada por su ministro Manuel Castro Quesada en 1932, que acabó dejando decenas de muertos, pero tuvo la serenidad necesaria para lograr apaciguar los ánimos y hacer que pronto volviera la calma.
Don Cleto en la inauguración del aeropuerto de Lindora. 1931.
Durante sus dos gobiernos, don Cleto alcanzó importantes logros. Concluyó la línea de tren a Puntarenas en 1910 e inauguró el muelle de esa ciudad en 1928. Inauguró el 12 de abril de 1931 el aeropuerto de Lindora y creó, al año siguiente, la primera empresa de transporte aéreo de Costa Rica. Con el decidido esfuerzo de su ministro de fomento, don Arturo Volio Jiménez, se instalaron las cañerías de San José y Heredia, se construyó el antiguo edificio de la Biblioteca Nacional y se inició el asfaltado de las calles de San José. La primera calle asfaltada de Costa Rica, era la que iba de la estación de la Northern hasta el Parque Morazán. Fue don Cleto, por cierto, cuando era ministro de Fomento de Bernardo Soto, quien decidió secar la laguna que había en ese sitio y construir un parque en su lugar.
Don Cleto, además, creó la Procuradoría General de la República y el Patronato Nacional de la Infancia. Pero más que obras o instituciones, lo que se recuerda de don Cleto es su figura de hombre culto, sereno, humilde y recto. Cuando dejó por primera vez la presidencia, en 1910, no tenía ni bienes ni fuentes de ingreso. Publicó entonces un pequeño aviso en el periódico anunciando que había vuelto a abrir su bufete y poniéndose a las órdenes de quienes ocuparan sus servicios profesionales. Trascendió que don Cleto estaba pasando apuros económicos. Un diputado propuso entonces que el Estado le otorgara una ayuda para la educación de sus hijos. Don Cleto se opuso rotundamente: "Carezco de fortuna y tendré necesidad, para cancelar mis deudas, de sacrificar los bienes de mi mujer. Pero todavía puedo trabajar y, si por caso no me basto yo mismo para mantener y educar a mi familia, no veo que tenga otro la culpa sino yo. El Estado no  ha de enmendar con su largueza mis faltas de juicio. Menos habría de admitir esa ayuda en los momentos actuales en que el tesoro público y el país sufren  grandes congojas."
Don Cleto murió el 23 de setiembre de 1937. Fue declarado Benemérito de la Patria años después de su muerte ya que, aunque hubo intentos por concedérselo, don Cleto no aceptó que se le otorgara ese honor en vida.
INSC: 2099
El 28 de noviembre de 1928, don Cleto González Víquez recibe, en la Casa
Amarilla, al presidete de los Estados Unidos Herbert Hoover. Fue la primera
visita de un presidente de Estados Unidos a Costa Rica.

sábado, 27 de febrero de 2016

Ensayistas costarricenses.

Ensayistas costarricenses. Luis Ferrero.
Imprenta Lehmann, Costa Rica, 1972.
En 1971, como parte de la celebración del aniversario número setenta y cinco de la imprenta Lehmann, Luis Ferrero publicó con el auspicio de esa empresa una antología de ensayistas costarricenses. El libro, que incluye textos de dieciséis autores, tuvo buena acogida y, a pesar de que el tiraje inicial fue bastante grande, fue reeditado al año siguiente de su aparición. 
La larga presentación de las páginas iniciales, escrita por Ferrero, es más interesante en lo histórico que en lo teórico. Al definir y describir el género de ensayo, el compilador cae con frecuencia en ambigüedades y contradicciones. Con cierta frecuencia, además, se permite soltar afirmaciones verdaderamente difíciles de sostener o sustentar. La parte histórica, aunque tiene también sus pifias (dice que la Universidad de Santo Tomás tuvo "tres lustros" de existencia, cuando en realidad fueron poco más de cuatro décadas), ofrece un recuento panorámico de publicaciones desde El Noticioso Universal, que aparecía cada dos semanas en 1833, hasta los tiempos en que la antología fue publicada.
Los autores incluidos son Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge, Omar Dengo, Rómulo Tovar, Rafael Cardona, Mario Sancho, Moisés Vincenzi, León Pacheco, Carlos Monge Alfaro, Rodrigo Facio, Abelardo Bonilla, Mario Alberto Jiménez, Luis Barahona, Isaac Felipe Azofeifa, Guillermo Malavassi y José Luis Vega Carballo.    
Cada vez que aparece una antología, las críticas se centran en el criterio de selección. Nunca falta un escritor menor que se cuela y otro de grandes méritos que se queda por fuera. A veces llega a cansar la discusión de por qué tales autores fueron incluidos y tales otros excluidos pero, inevitablemente, el tema sale a flote. El trabajo del compilador suele tener como recompensa el agradecimiento de pocos y el resentimiento de muchos. 
En este caso en particular, la primera objeción que se hizo escuchar, y con fuerza, fue que no incluyó a ninguna mujer pese a que había de dónde escoger. En la bibliografía sobre el ensayo en Costa Rica, que aparece en las páginas finales, se mencionan obras de Lilia Ramos y Emma Gamboa, pero Carmen Lyra y Yolanda Oreamuno, entre otras muchas, fueron totalmente ignoradas. 
La selección tiene otros desbalances también en cuanto a época y estilo. Todos los autores incluidos publicaron en el Siglo XX. Don Luis sostiene que Brenes Mesén y García Monge fueron los primeros ensayistas costarricenses, ignorando, por citar algunos, a Carlos Gagini, Ricardo Fernández Guardia, el Doctor Zambrana, don Ricardo Jiménez Oreamuno y su hermano Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, que son bastante anteriores.  
Las modas y los gustos cambian en todo, incluyendo la prosa. A un lector de la segunda mitad del Siglo XX es posible que le resulten melosos (y hasta empalagosos), los sobreadjetivados, rebuscados y alambicados escritos del Dr. José María Castro Madriz, Alejandro Aguilar Machado o Alejandro Alvarado Quirós, pero estos autores, en medio de su prosa florida y ornamentada, desarrollaron propuestas dignas de atención, así sea como mera curiosidad. 
El ensayo es un género tan amplio que caben en él los más diversos temas. Tomás Soley Güell escribió valiosos ensayos sobre economía y Rogelio Sotela sobre literatura y derecho. 
La ausencia de mujeres y la falta de diversidad temática y estilística hacen que Ensayistas costarricenses no sea un muestrario representativo sobre el ensayo en Costa Rica.
Ni siquiera representa bien a los autores. Los escritos incluidos de Carlos Monge Alfaro, quien dejó valiosos ensayos históricos, y Rodrigo Facio, quien escribió in extenso sobre la Social Democracia, son sendas propuestas sobre la función de la universidad que resultan verdaderamente soporíferas para quien no tenga vocación de burócrata educativo. De la inmensa producción de estos dos intelectuales, Ferrero escogió lo de menor interés general.
Verdaderamente inexplicable es que Ferrero, tras haber hecho a un lado ensayos que, en su momento, despertaron discusiones memorables, decidiera publicar uno inédito. El de Guillermo Malavassi es el único que no había sido publicado previamente a su inclusión en esta antología.
El último, de José Luis Vega Carballo, es una buena muestra de la tendencia, que acabó imponiéndose posteriormente, de llamar ensayo a las investigaciones académicas. 
El texto de Brenes Mesén, de tema filosófico, y el de Moisés Vincenzi, sobre ética, son los más interesantes del libro.
Los demás se refieren a patriotismo tico o, como anuncia Ferrero, "la costarriqueñidad". Allí están Ante el Monumento Nacional, de García Monge, Hagamos política de Omar Dengo, Exhortación Patriótica de Rómulo Tovar, Abel y Caín en el ser histórico de la nacionalidad costarricense de Abelardo Bonilla, Los ticos y la máscara de Mario Alberto Jiménez, Tres notas sobre el carácter costarricense de Luis Barahona, y La isla que somos de Isaac Felipe Azofeifa. Estas obras, muy populares y aplaudidas en su momento, son más emotivas que profundas y sirvieron de base al mito de la excepcionalidad del costarricense. La sociedad costarricense, sostienen, es muy especial porque los individuos que la forman comparten una "personalidad nacional" que, tanto en sus virtudes como defectos, está hondamente marcada en el fondo de su ser. Dicen que la historia (de la cual suelen omitir los episodios más escabrosos) demuestra que los ticos tenemos una manera única de hacer las cosas que nos distingue de los demás pueblos de la Tierra y todos los logros y desgracias que sufrimos están asociados con nuestra singular personalidad colectiva que, inevitablemente, acabará por definir nuestro futuro.
Estos postulados fueron, por años, el discurso tradicional de los actos cívicos en escuelas y colegios. Alexander Jiménez Matarrita, en su libro El imposible país de los filósofos, publicado en 2002, llama a estos autores "los nacionalistas metafísicos" y señala que conceptos como "el ser nacional", "la identidad nacional" y "la singularidad de la Patria" son propios de discursos fascistas. Si existe un "ser nacional" definido, quien no calce con el modelo será un intruso, en el mejor de los casos, o un enemigo, en el peor. Recordemos a Francisco Franco quien creía que su país estaba dividido en dos bandos: España y la Anti España. Cada país, como cada individuo, tiene su historia singular y única, ha tenido ventajas y desventajas particulares y ha atravesado problemas, también muy particulares, que ha debido resolver a su modo. Cada país, con su historia y sus tradiciones es único. Tal vez al observar sus hábitos y forma de actuar como sociedad en conjunto sea posible descubrir patrones de conducta mayoritarios, pero de ahí a sostener que existe una "identidad nacional" hay mucho trecho.
Ensayistas costarricenses, de Luis Ferrero, es, en su mayor parte, una antología de nacionalismo metafísico. Un ensayo tan crítico como El ambiente tico y los mitos tropicales, de Yolanda Oreamuno, habría desentonado. En el caso de Mario Sancho, que es uno de los autores incluidos, no se seleccionó su amargo ensayo Costa Rica Suiza Centroamericana, sino uno más potable y acorde con el conjunto.
Siempre le tuve gran aprecio a don Luis Ferrero y respeto mucho su obra y labor divulgadora pero me parece que este libro no es muy afortunado. En todo caso, no ha vuelto a editarse y es ya una verdadera rareza bibliográfica. Si cayera en manos de algún joven estudiante, es muy probable que le daría la impresión de que el ensayo es un género literario pesado, lleno de argumentos complejos escritos en tono de prédica.
Nunca me he atrevido a escribir una reseña sobre un libro sin haberlo leído completo pero debo confesar que, en este caso, no leí el cien por ciento de la obra. La omisión, aclaro, no fue voluntaria. Mi ejemplar, supongo que por errores de imprenta, tiene numerosas páginas en blanco.  Todas esas interrupciones y saltos abruptos en la lectura, lejos de incomodarme, las tomé como un recreo.
INSC: 1397
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