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sábado, 17 de octubre de 2015

Edward VIII y Wallis Simpson. Dos vidas y dos versiones de la historia.

La mujer que el rey amó. Ralph Martin.
Editorial Pomaire, España, 1975-
Sobre esta historia circulan dos versiones: la dulce y la amarga. Según la primera, el rey Edward VIII estaba tan perdidamente enamorado de Wallis Simpson, que renunció al trono de Inglaterra para poder casarse con ella. Desde 1936, año de la abdicación que fue noticia de primera plana en todo el mundo, esta historia de un amor intenso que se enfrenta a los prejuicios y tradiciones de una sociedad puritana y conservadora, llegó a alcanzar la categoría de cuento de hadas. Algo así como una variación real, moderna y dolorosa de la Cenicienta. El rey se enamoró de una norteamericana divorciada dos veces. La nobleza, el gobierno, la iglesia, el parlamento y la prensa de su país se opusieron al enlace y él acabó dejándolo todo para irse con ella.
Con el tiempo apareció la segunda versión, según la cual, lo del romance con Wallis Simpson fue solo la excusa que aprovecharon los políticos ingleses para deshacerse de Edward, que era simpatizante de los nazis. La maniobra no les pudo haber salido mejor. Lo destronaron sin tener que revelar, ni a Inglaterra ni al mundo, los verdaderos motivos de su caída.
Quienes han estudiado el tema a fondo sostienen que ambas versiones son ciertas. Desde el instante mismo en que conoció a Wallis Simpson, el rey experimentó una fascinación por ella que, con los años, acabó convirtiéndose en una dependencia que rayaba en lo enfermizo. Cuando pronunció la famosa frase de que no podía seguir adelante sin contar con la compañía de "la mujer que amo", estaba siendo honesto. Desde la boda hasta su muerte, estuvo a su lado. No soportaba tenerla lejos, al punto de que, mientras la peinaban y maquillaban, era capaz de estar sentado inmóvil durante horas en los salones de belleza.
Sus imprudentes declaraciones, antes, durante y después de haber ocupado el trono, dejaban muy claras sus simpatías por la Alemania Nazi. Como muchos otros de su generación, desconfiaba de la democracia y le tenía miedo al comunismo, por lo que acabó simpatizando con los regímenes autoritarios fascistas que,  al menos durante sus primeros años, daban muestras de ser capaces de garantizar tanto el orden como el progreso. En su favor puede decirse que no fue el único que se tragó el cuento y creyó en el espejismo.
Edward, a quien llamaban David cuando fue Príncipe de Gales, no se destacó en los estudios, ni en la milicia ni en el deporte. Tampoco daba muestras de estar interesado en la política, ni en los negocios, ni en la historia, ni en el arte, ni en la música. Desde muy joven quedó claro que el heredero de la corona no era inteligente, ni prudente, ni culto, ni talentoso. Cuando creció se volvió frívolo, aficionado a las fiestas y reacio a cumplir con sus deberes. Las ceremonias oficiales, a las que asistía obligado y casi arrastrado por su familia y los funcionarios de la casa real, eran para él un verdadero fastidio.  Como es fácil de suponer, sus amistades eran de costumbres y personalidades similares a las suyas. Su padre, el rey George V, preocupado porque su heredero no se tomara en serio la vida, afirmó que David era tan incapaz y tan irresponsable que, cuando accediera al trono, no llegaría a cumplir ni un año en el puesto. El señor salió profeta: Edward VIII fue rey de Inglaterra del 20 de enero al 11 de diciembre de 1936.
Para hacer el cuadro completo, el joven príncipe que no era inteligente, ni culto, ni talentoso ni cumplidor del deber, tampoco era muy simpático. Creía (así se lo habían enseñado) que la dignidad de su persona era superior a la de los otros. Cualquier llamada al orden era, para él, un atropello y una falta de respeto. Durante la I Guerra Mundial prestó servicio militar, pero los oficiales de su unidad se encargaron de mantenerlo lejos de los disparos. Cansado de sus constantes berrinches y actitud arrogante, el comandante de la tropa le dijo en su cara: "Si yo tuviera la seguridad de que lo van a matar, lo enviaría al frente ahora mismo. No lo hago solamente porque me preocupa que lo tomen prisionero."
Cuando se convirtió en rey, el personal de la corte le indicaba qué hacer, a dónde ir, cómo vestirse y cómo comportarse. El propio Edward consignó en sus memorias que, en los discursos que le tocaba leer, a él no lo dejaban poner ni una sola palabra.   Cansado de ser una marioneta de la corte, exclamó: "Ni siquiera como rey puedo hacer lo que quiero." Uno de los oficiales le explicó que, en esta vida, nadie hace lo que quiere. Todas las personas hacen lo que tienen que hacer.
Edward, Duque de Windsor y su esposa Wallis Simpson,
con Adolfo Hitler, en Alemania durante su viaje de bodas.
A lo largo de la historia han sido numerosos los casos de príncipes poco brillantes, pero en Inglaterra, en 1936, esa circunstancia, además de molesta, era peligrosa. En los círculos sociales que frecuentaba el nuevo rey, además de figuras tan frívolas como él, había numerosos agentes nazis. Joachim Von Ribbentrop, quien luego sería ministro de Relaciones Exteriores del III Reich, estaba entonces en Londres y era de uno de los asiduos a las cenas y fiestas privadas del monarca. El gobierno británico desconfiaba tanto de esa amistad, que llegó a restringir la información que suministraban al rey. Para hacer la pantomima, lo mantenían al tanto de asuntos de poca importancia pero nunca compartieron con él temas diplomáticos, militares, industriales ni financieros.
Cuando se destapó el romance del rey con la señora Simpson, el gobierno y la nobleza aprovecharon la oportunidad que les cayó del cielo. Hicieron entonces el papel de nacionalistas y puritanos: rechazaron a Wallis por ser americana y divorciada dos veces. El público se distrajo en el asunto personal, el rey abdicó envuelto en una aureola de simpatía y no sería sino hasta muchos años después que los motivos políticos del asunto saldrían a flote.
Sobre el tema, en su dos versiones, romántica y política, se ha publicado muchísimo. De vez en cuando siguen apareciendo artículos con nuevas revelaciones. Tanto quienes se concentran en la historia personal de la pareja, como quienes se ocupan de la trama conspirativa, han llegado a extremos de especulación que rayan en lo descabellado. Un título imprescindible sobre este asunto es La mujer que el rey amó, de Ralph Martin. El libro, publicado tras la muerte de Edward, pero mientras Wallis aún vivía, brinda una generosa imagen de ambos personajes. El autor se esfuerza por pintar un retrato agradable de ambos y trata de justificar, o al menos hacer comprensible, sus controversiales actitudes. Martin tuvo la oportunidad de entrevistar a la señora Simpson y declara que era una dama agradable, elegante y cortés. Tal parece que ella y su marido fueron felices juntos, pero sus vidas, pese a la forma benévola en que son presentadas, son bastante difíciles de mirar con simpatía.
Todas las biografías tienen su toque heroico y, de alguna manera, al leerlas, se va desarrollando cierta fascinación por los personajes. Conforme se va conociendo la historia de su vida, poco a poco el biografiado se va haciendo más cercano al lector. Incluso en los casos de que se trate de un personaje oscuro o perverso, cuya vida esté muy lejos de ser admirable, de alguna manera sus acciones se tornan comprensibles o explicables al saber más de su paso por este mundo. En este caso, sin embargo, tras leer una biografía de 600 páginas, cuanto más se conoce sobre las vidas de Edward y Wallis, más difícil resulta comprenderlas.
Edward y Wallis vivieron en vacaciones permanentes. Iban a esquiar a los Alpes, realizaban cruceros por el Mediterráneo, asistían casi a diario a cenas y recepciones, vivían en mansiones amplias, exquisitamente amuebladas y decoradas, vestían modelos exclusivos, eran atendidos por una legión de sirvientes, compraban joyas y disfrutaban de su vida como pareja. Además de todo esto, eran felices juntos. Sin embargo, y esto es algo verdaderamente difícil de explicar, sus vidas, de alguna forma, inspiran lástima.
Aunque había nacido en el seno de una familia modesta de Baltimore, Wallis tenía en común el príncipe su falta de interés por temas serios, su incapacidad de cumplir deberes y su afición al lujo y las diversiones. Era muy cuidadosa, eso sí, por estar siempre arreglada. Su cita diaria con el peluquero, el masajista y la maquilladora ocupaba la mitad de su día. Era exigente en la selección de sus vestidos y, ya fuera como invitada o como una anfitriona, se conducía de manera impecable y agradable. Daba órdenes precisas a la servidumbre y solía estar al tanto de hasta el más mínimo detalle del menú que se iba a degustar, los licores que serían servidos y la música que se iba a bailar.
Definitivamente, tal para cual. Con el dinero que la familia real ponía a su disposición, pudieron haber vivido discretamente, dedicados exclusivamente a divertirse. Pero en su burbuja color de rosa, la pareja ni siquiera se daba cuenta del mundo en que vivía y acabó convirtiéndose en un dolor de cabeza para el gobierno británico. Tras su boda, celebrada en Francia, decidieron realizar, como parte de su luna de miel, una visita a la Alemania nazi. La foto de su entrevista con Hitler hizo que muchos recordaran las palabras del oficial encargado de cuidarlo durante la I Guerra Mundial: "no me preocupa que lo maten, sino que lo hagan prisionero". La posibilidad de que Edward fuera secuestrado era una preocupación constante para los servicios de inteligencia británicos.
La pareja se estableció en París, dedicada a ofrecer y asistir a fiestas. Cuando Francia fue invadida por Alemania, al inicio de la II Guerra Mundial, Edward, que ya no era príncipe ni rey, sino que tenía el título de Duque de Windsor, dio unas declaraciones en que dejó clara su simpatía por Hitler. Winston Churchill le escribió una carta en la que, de manera oblicua y entre líneas, le ordenó que se quedara callado. Casi a la fuerza, la diplomacia y la inteligencia británicas trasladaron a Edward y Wallis a Portugal, que era un país neutral.
En su libro Lisboa 1939-1945, Neill Lochery cuenta que los agentes nazis se mantenían cerca del Duque y que el gobierno británico temía que los alemanes lograran convencerlo de pretender recuperar el trono de Inglaterra para convertirlo en su monarca títere y aliado. Definitivamente, había que enviarlo bien lejos. Churchill entonces le hizo saber que debía salir inmediatamente de Portugal y le presentaba dos opciones a escoger. Aceptar el cargo de Gobernador de las Islas Bahamas o retornar a Inglaterra. Aunque Edward no era muy inteligente, comprendió que si volvía a Inglaterra, así lo hospedaran en un lujoso palacio, sería prácticamente un prisionero, por lo que optó por trasladarse hacia el Caribe.
Mientras la guerra iba calentándose en Europa, con escasez de alimentos, bombardeos aéreos, movilizaciones de tropas y desplazamientos de civiles, Edward se quejaba de que, en Bahamas, la mansión en que debía vivir  era una casona vieja de madera, la servidumbre era incompetente, el calor era insoportable y había muchos mosquitos. La alta sociedad de Bahamas, además, no parecía interesada en organizar bailes y fiestas.
Debido a la guerra, el gobierno británico decidió nombrar un nuevo embajador en Washington y Edward se ofreció para el puesto. En su opinión, él era la persona indicada para representar a Inglaterra en las recepciones de la Casa Blanca y jugar golf con los senadores. Sobra decir que su propuesta no fue tomada en serio. Ni siquiera le respondieron. Edward no era capaz de comprender que la embajada británica en Washington era, en aquellos momentos, de vital importancia y que debía ser ocupada por un hombre con experiencia y amplia visión global, discreto, inteligente, hábil negociador y, muy especialmente, enemigo declarado de los nazis. El duque se mostró ofendido e indignado cuando supo que el nuevo embajador inglés ante los Estados Unidos sería Lord Halifax. No lograba explicarse por qué nombraron a un ex virrey de la India, en vez de a un ex rey de Inglaterra.
Como se aburría espantosamente en las Bahamas, de vez en cuando solía pasear con su esposa en Florida. El vuelo era brevísimo y allí, ya fuera en Miami o en Tampa, había buenos hoteles, tiendas, joyerías, salones de belleza y, lo más importante, personas alegres dispuestas a bailar hasta la madrugada.
Durante la guerra, los ingleses llegaron a olvidarse de Edward. Su hermano, el rey George VI, que lo sustituyó en el trono, pese a ser tímido y tartamudo, logró ganarse la simpatía del pueblo, no solo por su discreción y austeridad sino por la manera en que cumplió su papel en aquellos difíciles años. A pesar de los bombardeos diarios, se negó a abandonar Londres y su hija, la actual reina Elizabeth, que era entonces una muchachita, prestó servicio en las fuerzas armadas. Elizabeth no solamente aprendió a manejar automóvil, algo raro para una princesa en aquella época, sino que además era muy buena arreglando desperfectos mecánicos y reparando motores.
En los primeros años de la posguerra, Edward y Wallis volvieron a despertar preocupaciones en la familia real. En sus fiestas ya no se codeaban con agentes nazis, sino con mafiosos norteamericanos. El rey George, pese a ser su hermano menor, debió hablarle como un padre y exigirle que se alejara de ciertas amistades antes de que su nombre se viera envuelto en un escándalo. Poco después de la advertencia, un buen número de compañeros de parranda de Edward y Wallis fueron a parar a la cárcel.
La pareja montó su residencia en París, pero con frecuencia pasaba largas temporadas en Nueva York. Se hospedaban en una suite del Waldorf Astoria en compañía de sus numerosos y muy mimados perros. Se levantaban a eso del medio día. Mientras Wallis era peinada, maquillada y masajeada, Edward esperaba sentado sin hacer nada. En la tarde bebían cócteles, luego cenaban vestidos de etiqueta, a veces en su casa donde recibían invitados, otras en casa de amigos que los agasajaban y en algunas ocasiones en restaurantes o clubes. Tras la cena, que solía terminar tarde, bailaban hasta el amanecer. A principios de los años sesenta el duque se quejó de que justo cuando había logrado dominar el swing, debió aprender a bailar twist.  Con cierta frecuencia solía jugar golf o asistír a excursiones. Fue invitado por Francisco Franco a participar en una cacería. La pareja era asidua a los desfiles de modas y a los casinos. Cuando empezaron a envejecer, redujeron su vida social y ocuparon su tiempo en jugar con los perros y armar enormes rompecabezas. La única actividad de Wallis era ser una socialitee, pero el duque tenía dos pasatiempos: le gustaba tejer y sembrar plantas en el jardín.
La historia de lo que llegó a ser conocido como "el romance del siglo" de vez en cuando era recordada en las revistas, que repetían aquello del rey que renunció al trono por amor y terminaban con el infaltable "...y fueron felices para siempre." Se llegaron a hacer reportajes, películas y documentales para televisión. En 1961, en una entrevista, el duque se quejó del desprecio con que había sido tratado por el gobierno inglés, que había desaprovechado su talento y rechazado sus servicios.
Charles Curran, miembro del Parlamento por el Partido Conservador, se apresuró a contestarle.
"¿Cómo se atreve?" fue el título del contundente artículo que el legislador publicó en la prensa. La nota empezaba diciendo que el Duque pudo haber hecho cualquier cosa que se hubiera propuesto. Cuando dejó el trono era joven, sano y rico. Pudo haber estudiado una profesión, pudo haberse dedicado al comercio, a la agricultura o a la industria, pudo haber fundado o comprado una empresa, pudo haber sido un patrocinador o un mecenas, pudo haberse dedicado a una causa. Pero, continuaba el escrito, el duque ha dedicado los últimos veinticinco años a no hacer nada. Ha pasado un cuarto de siglo entretenido en su vida social. La conclusión del artículo de Curran era cruel. Terminaba diciendo que su vida era absurda, inútil y sin sentido.
Tal vez Curran fue demasiado severo. Hay personas que no han hecho nada por la humanidad o por la patria, pero al menos han hecho algo por sí mismos. El caso de Edward y Wallis es extraño porque nunca tuvieron la ambición de emprender un proyecto al cual dedicar sus energías. Si no les interesaba ganar dinero, que en todo caso no les hacía falta, al menos pudieron estar motivados por la ilusión de hacer y lograr algo por sí mismos. Sus defensores argumentaron que por su dignidad, un rey no podía rebajarse a trabajar, sin percatarse de que el trabajo no disminuye, sino que aumenta la dignidad de la persona. Edward y Wallis eran incapaces de asumir ninguna responsabilidad y, por ello, resulta un tanto injusto reclamárselo.
Quienes insisten en recordar las simpatías pronazis de Edward, suelen referirse a él como "un hombre peligroso". Lo peligroso, sin embargo, era más bien que un hombre definitivamente tonto estuviera en aquella posición en aquel preciso momento. A nivel personal, a pesar de su arrogancia y sus limitaciones, existe consenso de que Edward no era un hombre de malos sentimientos. Incapaz de hacer cualquier cosa, era también incapaz de hacerle deliberadamente daño a nadie.
Aunque ya estaba demasiado viejo para meterse en enredos, los servicios de inteligencia británicos vigilaban sus movimientos. Por canales confidenciales le llegó a la reina Elizabeth la noticia de que Edward había comprado dos espacios en el cementerio de Baltimore, Maryland, la tierra de Wallis. Un emisario de la casa real se puso en contacto con él. Con la excepción de cinco (cuatro en Francia y uno en Alemania) todos los reyes de Inglaterra estaban sepultados en suelo inglés. Tras la abdicación, Edward solamente había regresado a Inglaterra tres veces: al funeral de su madre, al funeral de su hermano y a la inauguración de un monumento a su madre. El emisario le manifestó el deseo de la reina, su sobrina, de que cuando llegara el momento, él fuera sepultado cerca de sus familiares. Edward dijo que aceptaba si permitían que Wallis fuera enterrada a su lado. Su deseo fue concedido y Edward vendió los lotes del cementerio de Baltimore.
Cuando Edward agonizaba en un hospital de París, la reina fue a visitarlo acompañada de Phillip, su esposo, y el príncipe Charles, su hijo. Pocos días después falleció. Su funeral fue privado y solamente asistieron cuarenta miembros de la familia, muchos de los cuales ni siquiera lo habían conocido. Para todos, incluyendo a Wallis, la viuda, estaba claro lo que significaba un funeral privado: Era un funeral sin honores.
Apenas finalizado el entierro, Wallis le anunció a la reina que quería partir de Inglaterra de inmediato. La reina le preguntó por qué. "Porque quiero irme", fue la simple respuesta.
Wallis se fue y no volvió a Inglaterra sino hasta doce años después, ya muerta, para ser sepultada al lado de su marido.
¿Una historia de amor como para arrancar suspiros? ¿Una trama detectivesca llena de espías y conspiraciones subterráneas? O, tal vez, las dos versiones de esta historia no sean más que especulaciones levantadas sobre dos personajes inocuos, simples y bobalicones que, por azares del destino, estuvieron en el ojo del huracán sin comprender lo que ocurría a su alrededor.
INSC: 2562
Wallis Simpson (1896-1986) y su esposo Edward Duque de Windor (1894-1972).

lunes, 12 de enero de 2015

Margaret Thatcher: los años de la Dama de Hierro en Downing Street.

Los años de Downing Street.
Margaret Thatcher. Aguilar.
España, 2012.
El 28 marzo de 1979, cuando estuvo claro que los resultados de las elecciones generales habían sido ganadas por el partido Conservador, Margaret Thatcher se ubicó junto al teléfono. Aunque muchos deseaban felicitarla, nadie la llamaba para que la línea estuviera libre. Cuando sonó el aparato ella misma levantó el auricular. La llamaban del Palacio de Buckingham: la Reina quería verla cuanto antes. Asistió a la cita y la Reina le entregó los sellos del despacho del Primer Ministro que, poco antes, en una audiencia previa, le había devuelto James Callagham. La reunión fue breve y sin ninguna ceremonia, pero Thatcher notó algo distinto al abandonar el lugar. A la entrada, los guardias de palacio solamente la miraron pasar. A la salida, la saludaban en posición de firmes con la mano derecha en la viscera del quepis.  Ella ya era Primer Ministra y lo sería por los siguientes once años. Su gobierno, tanto en su momento como ahora, tantos años después, continúa generando polémica. Ella, junto con el presidente Ronald Reagan, serían los abanderados de lo que se llamó, algo paradójicamente, la "revolución conservadora", que redujo la acción del Estado, liberalizó la actividad económica y mantuvo una línea dura con las potencias comunistas que, al final, vieron caer. Margaret Thatcher fue, sin lugar a dudas, un personaje fundamental de la historia de finales del Siglo XX y, afortunadamente, dejó para la posteridad un libro de memorias bastante voluminoso que, muy a su estilo, no tiene una palabra de sobra. Margaret Thatcher no era aficionada a la retórica ni a las divagaciones. Tenía sus ideas y sus posiciones y sabía exponerlas en una sola línea. El libro es extenso porque extenso fue gobierno y el recuento es minucioso. Prácticamente no hay tema al que no se refiera. Eso sí, como bien lo indica el título, Los años de Downing Street, no se trata de una autobiografía personal, sino de un recuento de la década que gobernó el Reino Unido. Empieza el día de las elecciones de 1979 y termina cuando fue sucedida por John Major en 1990.
Tres años antes de asumir el gobierno, Thatcher pronunció un discurso muy severo sobre la Unión Soviética. El capitán Yuri Gavrilov, lo comentó el 19 de enero de 1976 en el periódico Estrella Roja, que era el medio oficial de comunicación del ejército soviético. En su artículo, Gavrilov se refirió a Thatcher como "La dama de hierro". La expresión pretendía ser una burla, pero acabó convirtiéndose en uno de los apodos mejor puestos de la historia. En su libro de memorias, salta a la vista que la Thatcher es una dama: su prosa es elegante y tanto la exposición de sus ideas como el repaso de acontecimientos se plantean sin aspavientos. Por otro lado, el mismo libro demuestra que la señora en verdad parecía hecha de hierro. Es firme y tajante en sus convicciones. No tuvo nunca miedo de decir lo que pensaba y no cedía ante sus adversarios. En el libro, nunca se hace la chistosa, nunca ironiza, nunca ofende. Se refiere con respeto tanto a sus colaboradores como a sus adversarios, que tuvo muchos. Debió enfrentarse a la oposición, a los sindicatos, a la Unión Europea, a la prensa local e internacional y hasta a su propio partido. Tuvo desavenencias incluso en su propio gabinete. Sus drásticos cambios en política económica asustaron no solo a los trabajadores y pequeños empresarios, sino también a los grandes empresarios, porque no todos los capitalistas confiaban tanto como ella en el capitalismo.
12 de octubre de 1984. Todo el Gabinete y los
miembros del partido Conservador estaban
hospedados en el Grand Hotel de Brighton cuando
explotó la bomba que pretendía matar a Thatcher.
Cuenta que en su oficina en Downing Street, contaba con un cerca de un centenar de colaboradores para atender los diversos asuntos que debía despachar. Asuntos que iban desde grandes temas de política internacional hasta las muy domésticas necesidades del distrito de Finchey, por el que era diputada en la Cámara de los Comunes. Ella se involucraba en todo: administración, educación, salud, familia, banca, agricultura, industria. Como en Inglaterra el Ministerio de Hacienda, el del Interior, el de Justicia y el de Exteriores son muy autónomos, no siempre las relaciones de esos despachos fueron buenas con Downing Street. A nivel internacional, Thatcher defendía una Europa libre y no una Europa uniforme y, por ello, tuvo serios desacuerdos con Francois Mitterand y Helmut Kohl. Sin embargo, como ya dije, Thatcher es comedida en sus expresiones, deja constancia de las diferencias que tuvo con otros líderes pero, como genuina liberal, tiene la madurez y la elegancia de no considerar un enemigo a quien no piensa como ella. Al referirse a la Guerra de las Malvinas no expresa palabras duras hacia Leopoldo Galtieri o hacia Argentina. 
En el libro no da rienda suelta a ninguna emoción. Ni siquiera al referirse al atentado del 12 de octubre de 1984, en que una bomba en el Grand Hotel de Brighton (colocada en la habitación que supuestamente iba a ocupar ella) destrozó la fachada del edificio y dejó cinco muertos y treinta personas heridas de gravedad. Al recordar el hecho (ella ya estaba acostada cuando las ventanas y las puertas de su habitación salieron volando), escribe: "Sabía que no podía permitir que me dominaran mis emociones". Recuerda que, afortunadamente, tras la explosión no se interrumpió la energía eléctrica en el edificio pero confiesa que, a partir de esa noche, tuvo siempre una linterna en su mesa de noche, por si acaso. Ante la caída del comunismo en los países del este de Europa, menciona otra frase similar: "No debía permitirme que me cegara el entusiasmo."
Margaret Thatcher. 1925-2013
Esta dulce y joven muchachita acabaría
siendo conocida como la Dama de Hierro.
Tal parece que el collar de perlas era parte
del personaje desde su juventud.
Totalmente ayuno de reacciones emocionales, el libro tampoco es muy generoso en el plano anecdótico. En muy raras ocasiones se permite compartir intimidades, pero las que menciona son en verdad llamativas. Aunque en Downing Street, como ya mencioné, tenía cerca de un centenar de colaboradores, no tenía cocinera. Ella misma preparaba los alimentos que consumía con su Dennis, su marido. En muchas ocasiones, cuando los asuntos del gobierno eran intensos, las tres comidas del día consistieron en té, pan tostado, queso y huevos revueltos. Afortunadamente, confiesa la Thatcher, al poco tiempo de iniciar su mandato apareció el horno de microondas, gracias al cual pudieron disfrutar de alimentos más variados. En una ocasión, el presidente de Francia Valery Giscard D`Estaing, la visitó y le manifestó que le parecía irónico que lo recibiera en un salón decorado con enormes retratos de Nelson y Wellington. La Thatcher le contestó: "Tan irónico como cuando yo voy a Francia y debo ver retratos de Napoleón", pero luego agregó: "Aunque ahora que lo pienso, no es lo mismo: Napoleón perdió." Durante los once años que estuvo en el cargo tuvo una reunión semanal con la Reina todos los martes y, además, coincidía con ella en múltiples actividades. En su libro, la Thatcher escribe estas nueve palabras: "Todas las audiencias con la Reina son estrictamente confidenciales." Y eso es todo lo que dice sobre ella. Thatcher confiesa que el mayor lujo que pudo permitirse mientras fue Primera Ministra, fue dormir. Con mucha frecuencia tuvo que atender llamadas urgentes a altas horas de la noche y hubo ocasiones en que, tras salir de una cena formal, llegaba con el traje de noche puesto a terminar de redactar documentos con su equipo de trabajo que, reconoce, descansaba menos que ella.
Ella misma, en sus años como Primera Ministra, preparaba
sus alimentos. El horno de microondas fue una gran
ayuda cuando no disponía de mucho tiempo.
Un capítulo verdaderamente interesante es el que se refiere a las once semanas de la Guerra de las Malvinas en la primavera de 1982. Aunque aclara que, por motivos de seguridad, algunos detalles deberán permanecer en secreto durante bastante tiempo, al referirse al conflicto hace un recuento detallado y minucioso. El capítulo es revelador. Para empezar, menciona que los servicios de inteligencia fallaron. El gobierno británico se enteró del plan argentino de ocupar las islas apenas unas horas antes cuando nada podían hacer para evitarlo. Thatcher se puso en contacto con el Departamento de Estado americano para reclamarle que no le hubieran avisado y quedó estupefacta al escuchar: "Ustedes saben más que nosotros". Tal parece que el espionaje y los servicios de inteligencia no son tan eficientes, en la vida real, como son en las películas o teorías conspirativas. De hecho, Thatcher cuenta que, al referirse a las Malvinas, el presidente Ronald Reagan decía una cosa, el Secretario de Estado americano Alexander Haig decía otra y Jane Kirkpatric, la embajadora de Estados Unidos en las Naciones Unidas, otra totalmente diferente. Como ocurre siempre, aparecieron los profetas que vaticinan los acontecimientos cuando ya han ocurrido. Argentina ocupó las islas Malvinas después de 149 años de dominio británico. Algunos mencionaron que el desembarco se debió a que no querían que se cumpliera el aniversario 150 y culparon al gobierno británico por no preverlo. Un dato interesante es que toda la comunidad internacional, la ONU, la OEA, los Estados Unidos y varios Estados de Europa y Asia, eran partidarios de que se aceptara el dominio argentino de las Malvinas como un hecho consumado. Los buques de guerra que había enviado la Thatcher tardarían tres semanas  en llegar a la región, el gobernador británico había sido expulsado y las islas ya tenían un gobernador argentino. En una palabra, no había nada que hacer. El propio Ministerio de Exteriores Británico aprobó el documento, propuesto por Alexander Haig, en que Argentina se comprometía a retirar su presencia militar de las islas y Gran Bretaña reconocía la soberanía argentina sobre ellas. Cuando la Thatcher tuvo el documento en sus manos, se le vino una idea a la mente: pidió que Argentina lo firmara primero. Si Argentina lo aprobaba, plantearía el documento al Parlamento, ya aceptado por Argentina. Si Argentina lo rechazaba, cosa que ella suponía y esperaba, seguiría adelante con la acción militar. La junta militar argentina, se negó a evacuar las tropas de las Malvinas, sin percatarse que esa era la única condición para que la comunidad internacional reconociera la soberanía argentina sobre las islas. Galtieri y los militares nunca se percataron de que las islas ya eran suyas y, lo peor, tampoco se dieron cuenta de que Estados Unidos estaba de su lado. Tras la negativa argentina de firmar el documento y luego de cuatro semanas de negociaciones, Estados Unidos hizo público su apoyo a la Gran Bretaña. Javier Pérez de Cuéllar, Secretario General de las Naciones Unidas, presentó un nuevo plan que, también, le daba la soberanía de las islas a Argentina. Thatcher repitió la táctica y la junta militar argentina también lo rechazó. Tal vez por orgullo, los militares argentinos no querían que la recuperación de las islas fuera un éxito diplomático, sino uno militar, sin darse cuenta que en lo diplomático ya lo tenían ganado y en lo militar llevaban las de perder. Las batallas dejaron cientos de muertos de ambos bandos. Cuenta la Thatcher que recibió una queja y una sugerencia de parte de altas autoridades de la marina. Siguiendo órdenes, las naves argentinas eran atacadas y hundidas en aguas internacionales, ya que la marina británica tenía órdenes muy clara de respetar el mar territorial argentino. Pero las naves británicas hundidas fueron atacadas en aguas territoriales de las Malvinas que ya habían sido ocupadas por tropas inglesas. Entonces, la marina pidió permiso para hundir naves argentinas dentro de su mar territorial. La propuesta se discutió en el gabinete pero el Fiscal General Michael Havers se opuso rotundamente. El hecho de que una dictadura militar no respete la legalidad a lo interno del país ni el Derecho Internacional, no autoriza a una democracia a ignorar las leyes. Margaret Thatcher comenta que la guerra de las Malvinas fue el momento más tenso de su vida. Cuando Alexander Haig la llamó para decirle que, en vista de que el triunfo de Gran Bretaña era inminente, le solicitó que negociara una salida digna para Argentina para evitarle una derrota humillante. Thatcher le contestó: "Me gustaría estar tan segura del resultado como lo está usted, pero ahora que las tropas británicas están en el suelo de las Malvinas no hay nada que negociar con Argentina."
Margaret Thatcher en las Malvinas. Ella cuenta en el libro
que se daba por un hecho consumado la soberanía argentina
sobre las islas, pero gracias a torpezas diplomáticas de la
Junta Militar presidida por Leopoldo Galtieri, Gran Bretaña
obtuvo y el tiempo y la justificación para recuperarlas.
Nadie, absolutamente nadie, ni en Inglaterra ni en el resto del mundo, creía que las Malvinas podían ser recuperadas por la Gran Bretaña. Nadie, tampoco, creía que esta señora ya mayor, de cabello cuidadosamente arreglado y permanente collar de perlas, sería capaz de ejecutar todas las reformas de las que hablaba en sus discursos. Incluso en su propio partido había quienes compartían sus propuestas ideales, pero las confrontaban con una realidad difícil de cambiar. Thatcher demostró, con acciones, que las ideas pueden llevarse a la práctica.
Se ha dicho de ella que su idea de sociedad era poco solidaria. Es cierto. Ella creía que cada uno debe ocuparse de sí mismo, así como hacer algo por el bien común. Cada vez que alguien le decía que el gobierno debía  ocuparse de tal o cual asunto, ella le preguntaba "¿Y qué está haciendo usted al respecto?" Margaret Thatcher planteó un cambio de mentalidad. Los programas sociales se redujeron y las ayudas estatales a personas necesitadas se limitaron a casos verdaderamente excepcionales. "No podemos dar el mismo tipo de ayuda a quienes verdaderamente están en apuros y necesitan que se les eche una mano para superar sus dificultades, que a quienes sencillamente han perdido la voluntad y el hábito del trabajo y el progreso personal."
La idea de que el Estado era el motor del progreso económico quedó desacreditada. Cuando alguien le recriminaba que los más débiles eran las víctimas de sus reformas, ella recordaba que el socialismo había fracasado y, en su fracaso, al ofrecer dependencia en lugar de independencia, quienes más habían sufrido eran precisamente los miembros más pobres y débiles de la sociedad.
Thatcher, quien era hija de un pequeño comerciante y creció en el segundo piso de la tienda familiar, decía que su padre, lo único que sabía administración era que, al final de la semana, los ingresos deben ser superiores a los gastos. Se opuso a los impuestos desmedidos, a los presupuestos abultados y al crecimiento de la burocracia. Redujo el aparato del Estado a lo esencial y dio un gran respaldo a las iniciativas privadas. Prácticamente no hubo aspecto social que no reformara: educación, salud, mecenazgo del arte, subsidios a familias, reglas de la banca. Ella tenía ideas claras de lo que había que hacer y determinación para hacerlas realidad. Expuso siempre sus puntos de vista con sinceridad y claridad. Tenía fuertes adversarios y detractores y le resultaba antipática a muchas personas. Sin embargo, hay que reconocerles que sus palabras y sus acciones son totalmente consecuentes. Cualidad verdaderamente rara en un político.
La lectura de este libro, sin emoción, sin anécdotas, sin humor, puede resultar algo árida. No es, definitivamente, una lectura entretenida. Se explica la idea teórica en que se sustentó la propuesta, se plantea el plan que debió ejecutarse, se relatan las dificultades que se enfrentaron para realizarlo y, finalmente, tras aclarar lo que se alcanzó y lo que no se pudo lograr, se evalúan los resultados obtenidos. 
Lo que más me llamó la atención de este libro es que, en medio de intensos y acalorados debates, Thatcher se mantuvo firme como si fuera de hierro, pero nunca perdió el tono, porque era una dama. En Inglaterra, quienes mantienen la vieja tradición de los buenos modales victorianos, cuando alguien dice una grosería o suelta una palabrota, le indican que: "No es necesario hablar así." Tras leer las memorias de la Thatcher, me percato que, en verdad, no es necesario ni levantar la voz ni soltar improperios. Basta con tener ideas claras, exponerlas con seguridad y franqueza y actuar en consecuencia.
INSC: 2699

martes, 16 de diciembre de 2014

Paul Johnson. Brillante y ameno columnista.

Al diablo con Picasso. Paul Johnson.
Javier Vergara Editor, Argentina, 1997.
Mi parte favorita del periódico son los artículos de opinión. Para empezar, es la mejor escrita y, con frecuencia, uno acaba comprendiendo mejor lo que está pasando por medio de los comentarios más que por las notas y reportajes. Además, prefiero que me informen con franqueza. El periodista, supuestamente imparcial y objetivo, me genera más desconfianza que el columnista que simplemente dice lo que piensa. A pesar de esta preferencia, debo admitir que en la actualidad los buenos periodistas abundan mientras que los buenos columnistas escasean.
Los columnistas actuales aburren por monótonos. Está el indignado que, con las vestiduras permanentemente rasgadas, sobrerreacciona airado sobre todo lo que denuncia; el analista con ganas de explicarlo todo que produce bostezos desde la primera línea; el sabihondo que quiere impresionarnos con lo mucho que sabe y lo mucho que piensa; el divo que cree que su vida social y personal merece ser escrita y leída y, finalmente, el chistoso cuyo ingenio es una verdadera prueba de paciencia.
Un buen columnista, en mi opinión, debe tener amplia cultura, sensibilidad, experiencia e inteligencia, así como la discreción necesaria para no arrojárselas al lector a la cara. Lo que se espera de un columnista, en todo caso, es que manifieste su opinión sin mucho rodeo y que se exprese de forma clara y amena. El columnista no se supone que sea un profesor de clase avanzada, ni un orador de tribuna, ni un predicador de púlpito sino, simplemente, un contertulio amigable, alguien a quien nos agrada leer porque nos fascina su forma de expresarse, aunque no siempre compartamos sus puntos de vista.
Los columnistas actuales, y quienes aspiren a serlo algún día, harían bien en leer Al diablo con Picasso y otros ensayos, del inglés Paul Johnson, un verdadero maestro del oficio, quien escribe columnas desde 1953 y recopiló, en este libro, una selección de sus colaboraciones semanales publicadas en el periódico The Spectator en la década de los noventa.
Aunque Johnson es un hombre de mundo, gran viajero, historiador y crítico de arte  que se mueve en altas esferas sociales, en sus columnas no hay desplantes de erudición ni intenciones didácticas. Convencido de que una de las funciones más importantes de la lectura es generar ideas, Johnson expone sin tapujos las suyas para que el lector las confronte con las propias. Tiene claro que si escribiera un tratado sobre retratistas o paisajistas ingleses del siglo XVIII, por ser un tema que a él lo apasiona, podría hacerlo de manera brillante pero ninguno de los lectores de sus columnas se tomaría la molestia de leerlo completo. También tiene claro que un columnista es una figura pública menor -muy menor- y que a nadie le importa la demora que tuvo en el aeropuerto, el buen o mal servicio que haya tenido en un establecimiento ni la discusión que sostuvo con el oficial de tránsito que lo detuvo. Por otra parte, la experiencia le ha enseñado que los vaivenes de la política, por intensos que lleguen a ser en su momento, son un tema temporal que todo el mundo habrá olvidado en el corto plazo.
Paul Johnson.
Al escoger el tema de sus columnas, Johnson mira alrededor, a sabiendas de que sus lectores muy probablemente estén mirando lo mismo. Escribe entonces sobre la disposición de los productos en el supermercado, el uso de cosméticos, la costumbre de saludar con un beso, lo inoportuno que es el sentido del humor en el sexo y otros temas cotidianos. Como es una persona mayor (nació en 1928), ha visto cómo muchos usos, sitios y dinámicas han cambiado y, con aguda mirada comenta esos cambios.
No se crea, sin embargo, que las columnas de Johnson son una lectura ligera. No es cierto que los artículos sobre el gobierno y los Derechos Humanos son serios y profundos mientras que los que se refieren a la vida cotidiana son frívolos y superficiales. Muchas veces ocurre a la inversa. La profundidad de un artículo no depende del tema, sino de la forma en que se aborde. Gracias a su gran cultura e inteligencia, así sea sobre el tema más trivial, Johnson es capaz de escribir una columna memorable, digna de ser repasada durante años.
Por ser conservador, católico y de gusto clásico, las opiniones de Johnson nadan contra corriente. A sabiendas de que quizá la mayoría de sus lectores no estará de acuerdo con él, lejos de asumir una actitud discreta, muestra su posición sin tapujos, de manera enfática y contundente, y la expone haciendo gala de una enorme jovialidad. El título del libro es un buen ejemplo. Para Johnson, Picasso es un farsante que, sin ser un pintor meritorio, logró vivir del cuento. Cree en la conveniencia de que se vuelva a la antigua práctica de que a los miembros de la familia real no se les permita escoger su cónyuge por sí mismos y considera que la educación universitaria es una pérdida de tiempo.
Johnson tiene el mérito, bastante poco común, de escribir sobre lo que le molesta o le incomoda con gran sentido del humor y amenidad. Sus opiniones sorprenden, pero no irritan al lector. Johnson es como ese amigo querido que todos tenemos, con quien no estamos de acuerdo en nada, pero a quien nos fascina escuchar y al que nunca vamos a dejar hablando solo.
Hay personas tan cerradas en su punto de vista y tan rudas al exponerlos, que solo pueden compartirlos con sus afines ya que cualquier otro se levantaría indignado de la mesa. En el primer capítulo del libro, titulado El arte de escribir columnas,   Johnson comparte las normas que sigue y los trucos que ha ido aprendiendo para mejorar el oficio. La columna periodística, como la poesía, el cuento, la novela y el ensayo, es un género literario. Para los lectores, no hay nada más fácil en el mundo que dejar de leer. Cuando se trata de un libro, lo cierran, pero en el caso de una columna en el periódico, basta que dirijan su mirada a otro extremo de la página, cosa que no ocurre con las columnas de Johnsos que, se traten sobre lo que se traten y digan lo que digan, es imposible abandonarlas sin haberlas leído completas.
INSC: 1947

martes, 7 de octubre de 2014

El libro de las lamentaciones de Eduardo Galeano.

Las venas abiertas de América Latina.
Eduardo Galeano, Siglo XXI, México, 1984.
La primera edición fue en 1971. En 1984 ya
iban por la trigésimo octava edición.
Tuve que leer este libro dos veces y, en ambas ocasiones, por obligación. La primera, en la secundaria y, la segunda, en un curso en la universidad. Los dos profesores que nos impusieron su lectura acabaron un tanto frustrados. Ellos esperaban que, tras leer el libro, los estudiantes reaccionáramos indignados ante la injusticia y la opresión de nuestros pueblos pero, tanto mis compañeros como yo, llegamos al examen bostezando y quejándonos de una lectura tan aburrida. Los exámenes, en ambas ocasiones, fueron minuciosos, lo cual aumentó la frustración de los profesores. Comprobaron que de hecho habíamos leído atentamente el libro al punto de contestar preguntas muy específicas sobre su contenido, pero que no nos había impresionado en lo más mínimo. En ambos cursos nos llevamos sendas regañadas por ser jóvenes sin sensibilidad ni conciencia social, incapaces de conmoverse ante la realidad injusta de los explotados, que éramos jóvenes sin ideales y varios largos etcéteras, tan aburridos como el libro mismo.
Las venas abiertas de América Latina, de Eduardo Galeano, que nuestros profesores consideraban una brillante exposición de historia económica, a nosotros los estudiantes nos pareció un melodrama lacrimógeno, un ejercicio de autocompasión, una lluvia de quejas que acababa en pura lloradera. 
Según el libro, los países de América Latina son pobres porque, en la división internacional del trabajo, hay países que ganan y otros que pierden y los nuestros han estado históricamente del lado de los perdedores. Los países de América Latina son pobres porque los españoles los explotaron durante la conquista y la colonia, porque luego sirvieron de proveedores de materias primas con un trato comercial injusto a la industrializada Inglaterra y, finalmente, porque las compañías y el gobierno norteamericano no los deja surgir. Durante siglos, los países de América Latina han sido los perdedores y explotados, mientras España, Inglaterra y los Estados Unidos han sido los ganadores y explotadores. Si ha habido, a lo largo de la historia, latinoamericanos que lograron hacer fortuna, fue por su papel de cómplices con el explotador foráneo.
En el libro no hay, de más está decir, ningún análisis que justifique o explique esos planteamientos. Tal argumentación habría que buscarla en aquellos ensayos de Teoría de la dependencia que, hasta hace poco, fueron las sagradas escrituras de las facultades de Ciencias Sociales en América Latina. En el libro de Galeano lo que hay son anécdotas históricas sobre injusticias, narradas en tono trágico, sensacionalista y lastimero. 
Entendámonos.Si alguien dice que el colonialismo es injusto, tendría muy poco que agregar. ¿A quién tendría que convencer? ¿Quién se lo discutiría? Si alguien afirma que a lo largo de la historia se han cometido injusticias, nadie se levantaría a negarlo. Ahora bien, tras la denuncia, lo lógico sería esperar un análisis o una propuesta, no una larga lista de ejemplos que, en el fondo, no buscan más que una reacción emocional. Es natural solidarizarse con quien ha sufrido un atropello, pero a la larga resulta cansado escuchar a quien se complace en representar su papel de víctima. 
Imaginemos a alguien que diga: "Pobrecito yo porque sufro mucho, los demás se aprovechan de mí y todo lo malo que me pasa es culpa de otros, no mía".
El libro, además de llorón es, no solo pesimista, sino determinista. La pobreza de América Latina, más que una circunstancia, parece una maldición. Las riquezas naturales de nuestras tierras, existen para que las disfruten otros, así ha sido siempre y seguirá siéndolo.
Mis compañeros de clase y yo éramos jóvenes entusiastas que veíamos el futuro lleno de retos, oportunidades y, en el corto plazo, logros y satisfacciones. Y, en medio de ese optimismo juvenil, nos ponen a leer un libro que machaconamente repetía que ser latinoamericano implicaba ser pobre y explotado. 
Me alegra que nuestro optimismo juvenil, aunque más tarde se viera golpeado por las circunstancias difíciles y los tragos amargos de la vida, no se oscureciera tempranamente por una lectura lastimera y pesimista.
Con el tiempo, además, le he encontrado otro defecto, y bastante grave, a este libro. Es espantosamente simplista.
La realidad es compleja y en ella intervienen muchos factores. Quien pretenda analizarla o retratarla debe tener el cuidado de abarcar la mayor cantidad de factores posible. Desconfío, por tanto, de todos esos autores que pretenden dividir el mundo en dos. 
Quienes dividen el mundo entre ricos y pobres, si se tomaran la molestia de mirar alrededor, encontrarían muchos casos de ricos que se han arruinado y de pobres que han hecho fortuna. Los papeles, en el gran teatro del mundo, son variables.
Galeano tuvo la simpleza de dividir el mundo entre explotadores y explotados. Los países de América Latina, son los explotados. España, Inglaterra y Estados Unidos, los explotadores.
Dice Galeano que la conquista y la colonia española se caracterizaron por leyes arbitrarias y castigos crueles. ¿Era diferente la situación en España? Allá también regían las mismas autoridades despóticas con las mismas reglas.
Según Galeano, la revolución industrial hizo de nuestros países productores de materias primas para que los consumidores ingleses disfrutaran de productos manufacturados. ¿Es que nunca ha leído las novelas de Dickens? Los obreros de las fábricas de los centros industriales del siglo XIX no vivían exactamente en el paraíso.
Y en cuanto a los Estados Unidos, ¿No habrá leído tampoco Las uvas de la ira de Steinbeck?
Los ricos y los pobres, los ganadores y los perdedores, los favorecidos y los desfavorecidos, están en todas partes. Ubicar a los explotados en una región del mundo y a los explotadores en otra sería razón suficiente para negarle a este libro cualquier valor como análisis histórico.
Este año 2014, Eduardo Galeano declaró que "la realidad cambió", que escribió Las Venas abiertas de América Latina sin tener conocimientos de economía y política, que no tenía la información necesaria, que no sería capaz de leer el libro de nuevo y que, aunque no se arrepiente de haberlo escrito, lo considera una etapa superada.
Por estas declaraciones, la extrema izquierda  ha acusado a Galeano de traición y la extrema derecha ha hecho leña del árbol caído. En vez de censurarlo o ridiculizarlo desde posturas extremas, su honestidad intelectual debe ser agradecida y respetada.
En el futuro lejano, Las venas abiertas de América Latina o, como prefiero llamarlo El libro de las lamentaciones, será leído solamente por quienes se interesen en la arqueología literaria. En el futuro próximo, me temo y lo lamento, no faltarán profesores que, como los míos, insistan en poner a sus estudiantes a leer este libro, que ya ni su autor puede soportar.
INS: 0226
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