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domingo, 17 de noviembre de 2019

Mauro Fernández Acuña.

Mauro Fernández. León Pacheco.
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.
San José, Costa Rica. 1972.
A finales del año 2018, asistí a una graduación escolar. Iba solamente con la intención de acompañar a mi queridísima ahijada Génesis Giuliana, que había terminado la primaria con excelentes calificaciones pero, al igual que todos los demás familiares de los otros estudiantes, antes de poder felicitarla, me tocó presenciar en silencio una ceremonia que se prolongó por  mucho más tiempo de lo que esperaba.
Además de la entrega de diplomas, hubo numerosos reconocimientos a estudiantes destacados y homenajes a maestros de distintas disciplinas. Los discursos fueron breves, pero uno tras otro. Llegó el momento en que uno aplaudía solamente por cumplir la parte que le correspondía en el montaje. Ya estaba cabeceando, cuando una maestra, al hacer uso de la palabra, citó a Mauro Fernández
No recuerdo exactamente lo que dijo, pero era una de esas máximas de ocasión, algo así como que la escuela es un segundo hogar, o la cuna del saber, el faro de cultura o el nido del civismo. La maestra no se extendió en el asunto, sino que se limitó a repetir las palabras de don Mauro. 
Sentado en mi butaca, me preguntaba de dónde habría sacado la maestra aquella cita. Es más, de dónde sacarían todos los maestros las citas de Mauro Fernández, porque en Costa Rica, en todos los actos escolares, nunca falta alguno, que acabe citando una breve sentencia suya. Me puse a sacar cuentas y noté que la tradición lleva más de un siglo. Mauro Fernández murió en 1905 y todavía a finales del 2018 sus palabras se repiten una y otra vez en todas las escuelas del país. De boca en boca, o más bien de acto cívico en acto cívico, se ha transmitido la idea de que Mauro Fernández es el maestro por excelencia y ha  llegado a ser considerado un prócer de la educación pública costarricenese. Curiosamente, Mauro Fernández nunca fue maestro y la famosa reforma educativa que impulsó no alcanzó grandes logros y, vista a la distancia, tiene aspectos bastante cuestionables.
Segundo hijo, y único varón, de don Aureliano Fernández Ramírez y doña Mercedes Acuña Díez Dobles, Mauro Fernández nació en San José el 19 de diciembre de 1843. En aquella época aún no existían en Costa Rica escuelas propiamente establecidas. Desde los primeros años de la época colonial lo que se acostumbraba era que alguien que supiera, generalmente un cura o un pariente, le enseñara las primeras letras a los niños. Las familias acomodadas tenían un tutor para sus hijos y algunos municipios contrataban a una persona instruida para que recibiera niños pobres y le pagaba una modesta cantidad por cada alumno que lograra aprender a leer y escribir.
Una pariente suya que era maestra, doña Chepita Fernández, empezó a darle clases al pequeño Mauro cuando tenía apenas cuatro años de edad. Como dio muestras de aprender rápido y estar muy interesado en los estudios, al cumplir los siete años empezó a recibir también lecciones en inglés a cargo de Miss Sophie Joy, la institutriz particular de los hijos del Dr. José María Montealegre Fernández. Posteriormente el niño también aprendió a hablar francés.
Tras la muerte de su padre, Mauro Fernández, que era apenas un adolescente, debió hacerse cargo de su madre y de sus dos hermanas, Isolina y María Práxedes. Como lo conocía desde pequeño y sabía que era un muchacho serio y estudioso, el Dr. José María Montelegre, entonces Presidente de la República, nombró al joven Mauro, de apenas dieciséis años de edad, como escribiente en el Ministerio de Gobernación. Muy pronto fue ascendido y le correspondió trabajar directamente a las órdenes de don Julián Volio Llorente, quien fue el gran impulsor de la escuela primaria gratuita, obligatoria y costeada por el Estado.
A pesar de tener un trabajo a tiempo completo, don Mauro continúo estudiando. Entre sus principales mentores cabe destacar al guatemalteco Lorenzo Montúfar y al nicaragüense Máximo Jerez. En 1869 se graduó de abogado en la Universidad de Santo Tomás y, casi de inmediato, viajó a Inglaterra, donde permaneció durante más de un año.
Cuando regresó a Costa Rica, abrió su bufete y se dedicó a diversas actividades profesionales, financieras y comerciales. Fue abogado de Minor Cooper Keith, funcionario de la Corte Suprema de Justicia, diplomático en misión especial a El Salvador, trabajó en la banca y fue miembro de varias juntas directivas de sociedades privadas en instituciones caritativas. Su carrera en el sector público consistió fundamentalmente en la redacción de códigos. Contra lo que comúnmente se cree, Mauro Fernández nunca fue maestro. Su esposa, la británica Ada Le Capellain, con quien contrajo matrimonio en 1874, sí se dedicaba a la enseñanza.
Aunque era lector asiduo de Stuart Mill y Herbert Spencer, don Mauro no escribió ensayos filosóficos ni era colaborador frecuente en la prensa. Don Cleto Gonzalez Víquez decía que "Mauro Fernández no fue un escritor, sino un orador, y más que un orador un propagandista". Se sabe que llegó a publicar tres libros: Los sentidos y el intelectoLa Refutación y Tres semanas en Sevilla. Sin embargo, tal parece que esas obras se perdieron, ya que no se consiguen en ninguna parte.
En 1885, el Presidente Bernardo Soto Alfaro, nombró a don Mauro ministro de Hacienda, Comercio e Instrucción Pública. Por su experiencia previa, don Mauro estaba ampliamente calificado para las carteras de Hacienda y Comercio, pero fueron sus disposiciones como Ministro de Instrucción Pública por las que acabaría siendo recordado. Simultáneamente a su cargo en el poder Ejecutivo, don Mauro era diputado y Presidente del Congreso, lo que le permitía participar en el debate de las leyes que proponía reformar.
Mauro Fernández Acuña.
(1843-1905)
Aunque don Mauro fue el promotor de la famosa reforma educativa realizada durante el gobierno de Bernardo Soto, quien estuvo a cargo de todo el planteamiento y estructuración fue el educador Buenaventura Corrales, a quien pocos recuerdan, porque el mérito siempre se lo lleva el superior jerárquico que es, a fin de cuentas, el responsable del asunto.
Lo que pretendía la reforma era eliminar la formación puramente teórica y clásica que se impartía en la Universidad de Santo Tomás y sustituirla con un impulso a la educación secundaria y la fundación de un instituto de educación técnica y práctica.
La universidad, de hecho, se cerró, pero la educación secundaria no fue reforzada como se había prometido, ni tampoco se estableció ningún centro de formación técnica.  Es decir, la reforma de don Mauro logró destruir lo que quería destruir, pero no logró construir nada nuevo. Se atribuye a don Mauro Fernández ser el fundador del Liceo de Costa Rica y del Colegio Superior de Señoritas. Valdría recordar, sin embargo, que fundar es partir de cero, o casi de cero, y ese no fue el caso en ninguna de esas dos instituciones porque ya funcionaban el Instituto Nacional, donde estudiaban los varones y la Escuela de Niñas, donde estudiaban las mujeres. Cambiarle el nombre a una institución ya existente no significa fundar una nueva. Lejos de promover la educación secundaria, don Mauro intentó, sin éxito, intervenir el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, así como impedir el establecimiento del Instituto de Alajuela y del Colegio San Agustín, que sería el futuro Liceo de Heredia.
Si tanto quería fortalecer la enseñanza media, de primera entrada resulta difícil comprender su oposición, que llegó a extremos de verdadero boicot, a que los alajuelenses y heredianos contaran con escuela secundaria. La razón por la que actuó como lo hizo, fue que la intención de crear ambos centros de enseñanza surgió de los propios vecinos, quienes estaban dispuestos a instalar, sostener y administrar sus colegios, tal y como Cartago hacía con el suyo. Don Mauro pretendía que todas las instituciones educativas fueran creadas y dirigidas por el gobierno. Su posición era contraria al espíritu y a la letra de la ley impulsada por don Julián Volio Llorente quien, al proponer la educación gratuita, obligatoria y costeada por el Estado, le reservaba la inspección al gobierno, pero dejaba abierta la posibilidad de que la Iglesia, las órdenes religiosas, las municipalidades, los vecinos y hasta personas particulares fundaran escuelas. Si alguien quiere y está en capacidad de enseñar, que enseñe. Si alguien quiere y está en capacidad de aprender, que aprenda. El Estado, según don Julián Volio, no debía monopolizar la enseñanza, sino solamente supervisarla y, lo más importante, financiarla. Don Mauro proponía un proyecto centralista en el que nadie, salvo el Estado, podría establecer ni administrar escuelas.
La batalla que libró don Miguel Obregón Lizano, contra don Mauro Fernández, para fundar el Instituto de Alajuela, puede calificarse de heroica. Fue el propio don Miguel Obregón, además, quien logró que la vasta biblioteca de la Universidad de Santo Tomás, sirviera de base para fundar la Biblioteca Nacional.
Don Mauro se equivocó al pretender fortalecer la educación estatal, limitando la educación privada, autónoma o municipal. Los números no mienten. Cuando don Mauro murió, en 1905, además de las instituciones religiosas y privadas, como el Colegio Seminario, el Salesiano y el de Sión, funcionaban en Costa Rica solamente cinco colegios públicos: el Colegio San Luis Gonzaga, el Liceo de Costa Rica, el Colegio Superior de Señoritas, el Instituto de Alajuela y el Liceo de Heredia. En 1948, cuando don Pepe llega a la Presidencia de la Junta Fundadora de la Segunda República, funcionaban los mismos cinco colegios públicos. No se fundó un solo centro de enseñanza secundaria en casi medio siglo. Si las municipalidades, los vecinos o los particulares de Liberia, Puntarenas, Limón, Turrialba, San Ramón o cualquier otra comunidad alejada del valle central hubieran querido establecer un colegio, la ley se los habría impedido. Lo irónico es que el Estado, que no estaba en capacidad de hacerse cargo de la fundación de nuevos colegios, consideraba las iniciativas particulares o comunitarias como competencia, cuando en realidad eran complemento.
No hay que olvidar que, en todo caso, los colegios graduaban bachilleres pero en Costa Rica la universidad se había cerrado. Algunos autores han especulado que el cierre de la Universidad de Santo Tomás se debió a una motivación anticlerical ya que, por solicitud del Presidente Juan Rafael Mora, el Papa Pío IX le había otorgado el título de Universidad Ponticia, lo cual le daba gran autoridad de supervisión al obispo diocesano. Sin embargo, ni Mons. Anselmo Llorente ni Mons. Bernardo Augusto Thiel se molestaron en supervisar la universidad que, pese a su título pontificio, era más bien un centro en que imperaban las ideas ilustradas y liberales. El asunto iba más bien por otro lado. La Universidad de Santo Tomás era autónoma, en el sentido de que tenía recursos propios para su mantenimiento y no dependía del Estado. Al cerrarla, el Estado logró adueñarse de todos los activos de la Universidad. Por otra parte, los programas de estudios en la Universidad de Santo Tomás eran teóricos y clásicos. Se enseñaba Filosofía, Derecho Romano, matemáticas puras y lenguas muertas y, en opinión de don Mauro "una universidad en que se cultiva la ciencia pura y abstracta no tiene razón de ser en Costa Rica."
Al cerrarse la universidad, solamente quedaron funcionando las escuelas de Derecho y de Farmacia. El gobierno disponía de presupuesto para enviar a costarricenses a estudiar al exterior pero mientras don Mauro fue ministro, hasta las becas estuvieron restringidas. Si había recursos suficientes para enviar a estudiar afuera a once personas, don Mauro aprobaba solamente siete becas. En su libro de memorias Al través de mi vida, don Carlos Gagini cuenta que en repetidas ocasiones le rogó a don Mauro que le concediera una beca para ir a estudiar lingüística y filología a Europa, pero que la beca nunca le fue concedida y Gagini no tuvo más remedio que formarse solo de manera autodidacta. Pese a no haber contado con estudios formales, las abundantes y cuidadosas investigaciones de Gagini son verdaderamente apreciables. Tal vez, de haber tenido la oportunidad de estudiar en una universidad especializada, sus trabajos habrían sido más científicos y menos empíricos, pero definitivamente don Mauro, quien no le encontraba razón de ser al conocimiento puro, jamás habría aprobado una beca en carreras tan poco prácticas como la lingüística y la filología.
Su promesa de educación técnica y de ciencia práctica tampoco se cumplió. Como ya se dijo, en Costa Rica solamente se podía estudiar Derecho o Farmacia. Los médicos, ingenieros y arquitectos estudiaban en el exterior, ya sea becados por el Estado o patrocinados por su familia. Irónicamente, en un país eminente agrícola, como era Costa Rica, la Escuela de Agronomía se estableció en 1926, más de dos décadas después de la muerte de don Mauro.
En 1889, cuando cayó el gobierno de Bernardo Soto, don Mauro realizó un largo viaje a Europa y, cuando regresó al país, se dedicó a su bufete de abogado y a la actividad bancaria. Aunque nunca más volvió a involucrarse en temas relacionados a la enseñanza y su reforma educativa no cumplió con lo prometido, fue precisamente en la época de su retiro que se le empezó a venerar como el gran impulsor de la educación costarricense, al punto que en 1902, mientras era diputado por última vez, se dispuso que su retrato fuera colocado en todas las escuelas y en todas las Juntas de Educación del país.
Don Mauro Fernández Acuña murió el 16 de julio de 1905. Su esposa, Ada Le Capellain, murió cinco años después. Como se sabe, su hija, María Fernández Le Capellain, era la esposa de Federico Tinoco Granados y, cuando Tinoco era presidente, se inauguró un monumento a don Mauro Fernández en el Parque Morazán. El busto de bronce, obra del escultor Juan Ramón Bonilla, acabó en el suelo derribado por los mismos manifestantes que le prendieron fuego al diario La Información en 1919. Naturalmente, este acto de vandalismo no iba dirigido contra la memoria de don Mauro en lo personal, sino solamente en su calidad de suegro de Federico Tinoco. El monumento fue puesto de nuevo en su sitio, donde aún se encuentra, en el sector sureste del parque, entre la estatua de Simón Bolívar y el Templo de la Música.
León Pacheco.
(1898-1980)
Considerando el hecho de que Mauro Fernández es un personaje interesante y una figura destacada y muy recordada de la historia de Costa Rica, resulta extraño que no se haya escrito aún una amplia biografía suya. En 1972, el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes publicó un pequeño ensayo sobre su vida y obra, escrito por León Pacheco, quien era gran admirador de don Mauro. Aunque el texto está compuesto en tono reverencial y, más que un estudio biográfico, es un homenaje, Pacheco, consciente de que cerrar la universidad fue un error y que la famosa reforma educativa no dio los frutos esperados, en vez de cantar un elogio a la obra de don Mauro, plantea argumentos en su defensa. En su exposición, intenta justificar, de manera no muy convincente por cierto, el hecho de que don Mauro haya dejado a Costa Rica sin universidad durante cincuenta años..
Aunque la adquisición de una cultura general es una tarea profundamente personal y la educación de los niños es, ante todo, derecho, deber y responsabilidad de los padres, don León Pacheco hace malabarismos retóricos para defender la posición de don Mauro de que la educación es función exclusiva del Estado. Las figuras históricas son recordadas por lo que destruyeron y por lo que construyeron, por lo que hicieron o por lo que dejaron de hacer, pero León Pacheco propone que la obra de don Mauro Fernández debe ser valorada por sus intenciones más que por sus logros.
El libro incluye al final una pequeña antología de textos de don Mauro en la que solamente hay reportes burocráticos y administrativos ya que, como los tres libros que publicó no se encuentran en ninguna parte, sus documentos oficiales como ministro es lo único que se conserva de su obra escrita.
Resulta entonces un verdadero misterio el hecho de que todos los maestros de Costa Rica, desde hace más de un siglo, tengan siempre a mano una frase bonita de Mauro Fernández para citarla al hacer uso de la palabra en los actos cívicos.
INSC: 1745
Ultíma foto de don Mauro Fernández Acuña, tomada en 1904.

domingo, 7 de enero de 2018

Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica por Constantino Láscaris.

Desarrollo de las ideas filosóficas
en Costa Rica. Constantino Láscaris.
STVDIM. Costa Rica, 1984.
Desde su arribo a Costa Rica, en 1956, Constantino Láscaris se interesó por conocer los escritos filosóficos que, a lo largo de la historia, habían sido publicados en el país. Satisfacer su curiosidad fue tarea difícil porque los ensayos de los pensadores costarricenses no fueron recopilados en libros, sino publicados de manera dispersa en periódicos y revistas. Ya metido en la investigación, el propio Láscaris se mostró sorprendido por la abundancia de material que encontró. Como ya había señalado Rubén Darío, "Costa Rica intelectual posee más savia que flores". en el sentido de que, ya en su tiempo, en el país había más ensayistas que poetas.
En 1965, Láscaris publicó el fruto de sus investigaciones en un voluminoso tomo de más de seiscientas páginas titulado Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica. La obra, a pesar de ser una rica fuente de referencias, no generó reacciones. Los intelectuales ticos, ya fueran escritores, historiadores o, incluso, filósofos, no se molestaron en comentarla.
En el prólogo a la segunda edición, Láscaris mismo declaró que a su obra podría criticársele el hecho de no ser un trabajo exhaustivo ni, tampoco, de síntesis. El libro es extenso pero cada apartado apenas brinda datos indispensables.
Cabe señalar, además, que el ambicioso título no corresponde con el contenido. Ni se expone un desarrollo ni se enfoca en las ideas filosóficas. Empieza haciendo una reseña de la enseñanza de la Filosofía en el país, se detiene a repasar las actividades de la Universidad de Sant Tomás, pero el grueso de la obra no es más que una larga lista de notas sobre escritores costarricenses que se ocupan más de sus vidas que de sus obras. A cada uno lo ubica dentro de una corriente filosófica y consigna la referencia bibliográfica de sus obras publicadas pero la atención está en la persona, no en sus ideas.
Quien mucho abarca, poco aprieta. Es natural que en una obra tan extensa los datos erróneos acaben siendo numerosos, pero no deja de ser molesto que la primera línea del texto empiece con un error histórico al afirmar, como un hecho, la leyenda de que el nombre de Costa Rica fue puesto por Cristóbal Colón. Por otro lado, las fechas de nacimiento y muerte de buena parte de los personajes biografiados suelen estar equivocadas por un par de años.
La clasificación a veces es inexplicable, especialmente por la falta de citas textuales de los autores. Joaquín García Monge y Omar Dengo aparecen como "anarquistas" y el obispo Bernardo Augusto Thiel como "doctrinario católico."  Los títulos mismos de los apartados son bastante curiosos. Al pensamiento socialcristiano lo trata por su nombre, pero a la Social Democracia la llama "Social estatismo"
Constantino Láscaris (1923-1979).
Hay también omisiones de peso. En el apartado de los liberales no incluyó a don Juan Trejos Quirós, quien sí aparece en otro capítulo como estudioso de la Psicología. En la sección sobre pensamiento socialcristiano incluye a Jorge Volio, Mons. Víctor Manuel Sanabria y el Dr. Calderón Guardia, pero no se refirió a don Carlos María Jiménez Ortiz, quien no se menciona del todo. En la parte dedicada a la estética, aparecen el poeta Rogelio Sotela, don Francisco Amighetti y Max Jiménez, quienes fueron ante todo creadores y no teóricos. En la sección de filosofía poética solamente incluyó a Fernando Centeno Güell.
Pero lo verdaderamente desconcertante es la forma en que presenta a los autores. Láscaris, en el prólogo, advirtió: "He procurado ser objetivo y expositivo; no he evitado, sin embargo, dar juicios y opiniones cuando se me han ocurrido."
Ciertamente muchos de sus comentarios solamente pueden ser considerados como ocurrencias.
Al referirse a Teodoro Olarte lo presenta con estas palabras: "Vasco macizo; de presencia que impone respeto, distancia al principio y afecto pronto; fumador de pipa que posee una mente rigurosamente metafísica."  Pues bien, quedamos enterados de que el profesor Olarte era un vasco macizo (lo que sea que eso signifique) y que fumaba pipa. Lo que no queda claro es por qué consideró importante mencionarlo
Más inexplicable aún es la forma en que se refiere a Mons. Sanabria. El arzobispo Víctor Manuel Sanabria Martínez, además de clérigo, fue historiador, genealogista, traductor del alemán y empresario periodístico. Autor de rigurosas investigaciones, había obtenido con honores su doctorado y fue figura protagónica en la reforma social de los años cuarenta así como mediador en la guerra civil que empezó poco después. Haciendo a un lado todo esto, Láscaris lo presenta diciendo: "Víctor Sanabria era por su aspecto un indio puro."
Ciertamente las facciones del arzobispo correspondían más a las de un aborigen que a las de un europeo, pero en América Latina, donde todos somos mestizos, no es algo que llame la atención. Láscaris publicó su libro cuando ya tenía una década de vivir en Costa Rica, es decir, no estaba recién llegado, así que es difícil de comprender las razones por las que dejó esa ocurrencia por escrito. Por otra parte, Láscaris no tuvo oportunidad de conocer en persona a Sanabria, quien murió años antes de su arribo al país. En todo caso, juzgar a un pensador por su aspecto no tiene sentido, como tampoco lo tiene hacerlo por su biografía. Salvo lo que se refiere a su formación, la vida personal, así como las andanzas y aventuras de un filósofo, no pasan de ser un aspecto anecdótico sin mayor relevancia para conocer sus ideas.
Lo rescatable y verdaderamente valioso de Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica son las referencias bibliográficas. Quien tenga el interés de buscar ensayos publicados en el país, encontrará en esta obra referencias de gran utilidad. Todo lo demás, lamentablemente, es prescindible, ya que las numerosas biografías aparecen agrupadas en una clasificación caprichosa y están aderezadas con datos erróneos y ocurrencias desconcertantes.
INSC:  1800

domingo, 7 de mayo de 2017

Dr. José María Castro Madriz. Primer presidente de Costa Rica.

Dr. José María Castro Madriz, paladín
de la libertad y de la cultura. Rafael
Obregón Loría. Costa Rica. 1949
El Dr. José María Castro Madriz, primer Canciller y primer Presidente de la República, fue también el gobernante más joven que ha tenido Costa Rica. En su larga trayectoria de servicio público, ocupó distintos cargos de importancia y se distinguió siempre por su apego a la ley, su respeto a los derechos y garantías de los ciudadanos, su actitud conciliadora y sus ideas liberales. La educación, la salud, las relaciones internacionales y el Derecho, fueron los campos en que más aportes brindó al país.
En 1949, a propósito del centenario de la fundación de la República, don Rafael Obregón Loría publicó un pequeño folleto biográfico sobre el Dr. Castro en el que logró resumir, en pocas páginas, la semblanza y la obra de este singular personaje de nuestra historia. 
José María Castro Madriz nació en San José, el primero de setiembre de 1818 (tres años antes de la Independencia), hijo único de don Ramón Castro Ramírez y doña Lorenza Madriz Cervantes. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por su tío paterno, el padre José Antonio Castro. Otro tío sacerdote, pero del lado materno, don Juan de los Santos Madriz, sería fundamental en su formación académica.
No había, en ese tiempo, escuelas organizadas con programas y asignaturas, por lo que la primera educación del niño José María consistió en clases más o menos regulares con Rafael Ramírez, Nazario Toledo y Rosalía Cortés. Con ellos aprendió a leer y a escribir, nociones básicas de aritmética y algo de ciencias naturales. Los conocimientos de gramática, geografía, historia y filosofía los adquirió por sí mismo con los libros de la amplia biblioteca de su tío, el padre Madriz, quien orientaba sus lecturas. Muchos años después, el ya Doctor Castro hizo lo que pudo para que su tío fuera nombrado primer obispo de Costa Rica, pero sus gestiones no tuvieron éxito.
Tras haber leído la biblioteca entera, con apenas veinte años de edad, el joven Castro partió a León, Nicaragua, donde estaba la universidad más cercana, en la que no solo logró ser admitido sin dificultad, sino que obtuvo el Bachillerato en Filosofía por suficiencia apenas llegó.
Permaneció estudiando tres años en León y, en noviembre de 1841, recibió su Doctorado en Derecho Civil. Un dato curioso, es que el Secretario de la Universidad de León, que le entregó el título, era el General y Doctor Máximo Jerez, sería padrino de bautismo de Rubén Darío y, cerca de medio siglo después, durante la temporada que Darío vivió en Costa Rica, uno de sus amigos más cercanos sería Ramón Castro Fernández, hijo del Dr. Castro.
Con su título de Doctor bajo el brazo, don José María Castro Madriz regresó brevemente a Costa Rica y, antes de partir de nuevo a Nicaragua, el joven académico de veintitrés años de edad, logró obtener el compromiso matrimonial con la niña Pacífica Fernández Oreamuno, quien aún no había cumplido los catorce. La boda se celebró en 1842, cuando ya don José María había obtenido un segundo doctorado, esta vez en Filosofía. En ese mismo año, funda el periódico semanal El Mentor Costarricense.
Dr. José María Castro Madriz. (1818-1892)
Primer Presidente de Costa Rica.
Pese a su juventud, Castro Madriz era reconocido por su amplia cultura y todos veían en él gran potencial. El título de Doctor, por el que tanto amigos como enemigos lo llamaron siempre, era pronunciado con verdadera reverencia. El primer cargo público que ocupó, Auditor General de Guerra, le fue otorgado por Francisco Morazán, que por entonces gobernaba Costa Rica.  La dictadura de Morazán, con la que Castro simpatizó de entrada pero luego se desencantó, duró poco. El hondureño fue derrocado por Antonio Pinto Soarez, Tata Pinto, pariente político del Dr, Castro quien, aunque apoyó la destitución, no estuvo de acuerdo con el fusilamiento de que fue objeto Morazán.
Castro Madriz pasó a ser ministro en el gobierno de José María Alfaro Zamora. Fue el primer ministro de relaciones exteriores de Costa Rica, cargo que después ocuparía de nuevo en otras administraciones.
El 3 de mayo de 1843, el Dr. Castro funda la Universidad de Santo Tomás, de la que sería primer Rector su tío, el padre Juan de los Santos Madriz. Nazario Toledo, el antiguo maestro del Doctor, así como el propio Castro Madriz, también llegarían a ocupar posteriormente el cargo de Rector de esa casa de estudios. Lamentablemente, la universidad no llegaría a cumplir cincuenta años, ya que fue cerrada en 1888.
Propuso, el 27 de junio de 1845, la reapertura del Hospital San Juan de Dios. El primer intento de fundar el hospital (también llamado San Juan de Dios) había sido en Cartago, pero acabó cerrando por falta de financiamiento adecuado. El nuevo hospital, que se levantaría pocos años después en San José, aunque en sus inicios no era más que unos galerones de adobe, acabó prestando importantes servicios durante la epidemia de cólera.
También presentó la iniciativa, el 13 de noviembre de 1846, de crear una Escuela Normal para formar adecuadamente nuevos maestros de primaria.
Además de ministro, Castro Madriz ocupaba la Presidencia del Congreso y, como vice Jefe de Estado, le correspondió en algún momento ejercer el poder de manera interina.
En 1847 es electo Jefe de Estado a los veintinueve años de edad, convirtiéndose en el gobernante más joven de la historia de Costa Rica. Su récord, por cierto, es imbatible, puesto que la Constitución actual establece un mínimo de edad de treinta años para postularse al cargo. Aunque no tenía función alguna asignada y, en aquel tiempo, ni siquiera se usaba el título de Primera Dama, el récord de doña Pacífica, su esposa, es más imbatible aún. Tenía apenas dieciocho años cuando su marido asumió el poder.
Durante su gobierno, se fundó el liceo de niñas que, aunque parezca una iniciativa de avanzada, no lo era tanto. La idea era que, además de leer y escribir, las niñas aprendieran costura, tejido, dibujo, música, cocina y otras habilidades que, por entonces, se consideraban "propias de su sexo."
Pero quizá la acción más memorable de su gobierno haya sido la declaración, el 31 de agosto de 1848, de Costa Rica como República Independiente. Por esa declaración, el Dr. Castro es considerado el Fundador de la República y, de hecho, es el primero en ostentar el título Presidente de la República de Costa Rica. Tras la independencia, en 1821, las cinco naciones centromericanas habían quedado de alguna forma unidas en la República Federal Centroamericana. El primer país en separarse fue Nicaragua seguida, casi inmediatamente, por Honduras. Al separarse Costa Rica, El Salvador y Guatemala siguieron un tiempo tratando de restablecer la unión, hasta que aceptaron que dicho proyecto era inviable y que cada país del Istmo seguiría su propio camino.
Pacífica Fernández Oreamuno. (1828-1885)
Hermana del Presidente Próspero Fernández
y esposa del Dr. José María Castro Madriz.
Según la leyenda, ella cosió la bandera de
Costa Rica blanco, azul y rojo, establecida
como Símbolo Nacional en 1848.
El 29 de setiembre de 1848, se establecen como símbolos nacionales la bandera tricolor, blanco, azul y rojo que, según la leyenda, fue cosida por doña Pacífica Fernández y el escudo de los tres volcanes entre dos mares con un barco en cada uno, que fue diseñado por don Antonio Pinto Castro, primo del Doctor.
El primer gobierno del Doctor Castro no fue fácil. Hubo intentos por derrocarlo que él, fiel a su estilo, trató de contrarrestar con el diálogo en vez de que con la fuerza. Sus relaciones con su vicepresidente, don Juan Rafael Mora Porras, nunca fueron y nunca serían amistosas y, ni siquiera, respetuosas. Don Juanito Mora forzó al Doctor Castro a renunciar y, no contento con ello, convocó una junta para expulsarlo del país. La intervención inmediata de don Juan Mora Fernández, primer Jefe de Estado de Costa Rica y pariente del nuevo gobernante, hizo que la junta revocara el destierro que ya había sido decretado.
Como Mora siguió hostigando al Dr. Castro, éste decidió realizar un largo viaje por Europa en compañía de don Nazario Toledo y don Vicente Aguilar. En la escuela se dice que el Dr. Castro estableció los colores de la bandera nacional, inspirada en la de Francia, porque admiraba mucho ese país que había visitado. En realidad, la bandera tricolor es de 1848 y el viaje a Francia, de 1850, fue posterior. En Francia, el Dr. Castro fue condecorado con la Legión de Honor, que le fue otorgada por Luis Napoleón, primer Presidente de la República.
A su regreso a Costa Rica, el Dr. Castro fue confinado lejos de la capital por el presidente Mora quien, en 1852, finalmente decidió expulsarlo del país. Durante la ausencia de su marido, doña Pacífica tuvo que hacer milagros para evitar perder todas sus propiedades, sobre las que hubo intentos de embargos e intervenciones.
Al igual que con Morazán, el Dr. Castro apoyó la destitución de don Juanito Mora, pero no estuvo de acuerdo con el fusilamiento. 
El nuevo presidente, el Dr. José María Montealegre, nombró al Dr, Castro como Secretario de Estado y le encargó especialmente la tarea de hacer regresar a todas las personas que el presidente Mora había desterrado (incluyento al obispo Anselmo Llorente), o que había confinado en lugares lejanos de la República. También participó como diputado y Presidente de la Asamblea Constituyente y realizó un importante viaje a Colombia, para definir los límites de la frontera sur del país, que fracasó por causas totalmente imprevistas.
En 1866, el Dr. Castro es electo de nuevo Presidente de la República y continuó con sus iniciativas del desarrollo de la educación y en defensa de las garantías y libertades. No pudo terminar su periodo porque fue derrocado por el General Lorenzo Salazar, el mismo que, pese a haber luchado al lado de don Juanito Mora en la Batalla de Rivas, había sido el ejecutor del derrocamiento de Mora. Se dice que el motivo del segundo derrocamiento del Dr. Castro fue su intención de promover la candidatura de don Julián Volio Llorente, su gran colaborador.
Vino luego el gobierno de don Jesús Jiménez Zamora, que acabaría siendo derrocado por Tomás Guardia. Al principio, el Dr. Castro se opuso a Guardia y, por ello, se ganó ser arrestado y encadenado con grilletes. Sin embargo, poco después el Doctor y el General hicieron las paces y Castro pasó a ser ministro de Guardia. Siempre se le ha atribuido a doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa de don Tomás Guardia, la iniciativa por la abolición de la pena de muerte, decretada por su marido. Sin embargo, no es de extrañar que el Dr. Castro también tuviera participación destacada en el asunto, ya que son abundantes los discursos y ensayos en que hace defensa de la inviolabilidad de la vida humana.
Tras la muerte de Guardia, ocupó la presidencia Próspero Fernández Oreamuno, hermano de doña Pacífica. Pero, más que un cuñado, Próspero era como un hijo del Dr. Castro, ya que desde pequeño había vivido en su casa. Un dato curioso de Próspero es que combatió en la guerra contra los filibusteros pero, cuando don Juanito Mora regresó en 1860 tras ser derrocado, Próspero fue a Puntarenas a repeler su retorno.
Tras la muerte de Próspero, el Dr. Castro, convertido ya en ministro permanente, siguió sirviendo en el gabinete de Bernardo Soto.
Al igual que don Julián Volio, el General Guardia, Próspero Fernández y Bernardo Soto, el Dr. Castro era un miembro prominente de la Logia Masónica. Pese a ser un hombre adinerado (tenía cafetales, cañales y fincas de ganado por todo el valle central), llevaba una vida austera. Fiel al personaje, vestía siempre de negro con levita, chaleco, sombrero de copa y bastón. En la solapa lucía la legión de honor y, al caminar por la calle, al ser reconocido por los campesinos descalzos que se topaba en el camino, los saludaba ceremoniosamente inclinándose y quitándose el sombrero. Su manera de expresarse era un tanto rebuscada y, tal vez en nuestra época, podría considerarse algo empalagosa, pero en sus escritos salta a la vista su optimismo, su fe en el futuro y su espíritu de conciliación. No se encuentran, en sus escritos, palabras duras contra nadie y su trayectoria en la compleja época en que le tocó vivir, demuestra que siempre estuvo dispuesto a dejar en el pasado los disgustos y tragos amargos para mirar sin resentimientos y con mayor claridad hacia adelante.
El Doctor Castro fue hijo único, algo raro en su época, pero con doña Pacífica Fernández procreó nada menos que catorce hijos. La considerable fortuna que acumuló, acabó diluyéndose al ser repartida entre tantos y sus nietos acabaron viviendo de manera digna, pero modesta.
Al terminar el gobierno de Bernardo Soto, en 1889, el Doctor Castro puso fin a su larga carrera de cuarenta y siete años de servicio público. Tres años después, el 4 de abril de 1892, murió a los setenta y tres años y medio de edad. En su funeral, fue llamado paladín del derecho, la educación, la libertad y la cultura. Rubén Darío, quien lo trató de cerca, lo había calificado como un hombre "extraño a nuestros tiempos y digno del mármol."
INSC: 2238

viernes, 25 de noviembre de 2016

Poesía del padre Azarías H. Pallais.

Antología. Azarías H. Pallais.
Selección y prólogo: Ernesto Cardenal.
Editorial Nueva Nicaragua, 1986.
Azarías H. Pallais era alto y enjuto, pero esa no es la razón por la que es recordado como una figura quijotesca. Sacerdote, poeta, protector de los necesitados, punzante periodista, dirigente obrero y severo crítico de la dictadura, tal parece que el padre Pallais, como el Ingenioso Hidalgo, se había propuesto dedicar su vida a enderezar tuertos y deshacer agravios. 
Catequista desde que era niño y profesor desde que era estudiante, cursó sus estudios de Filosofía, Derecho Canónico y Teología en Francia, Bélgica y Roma, donde obtuvo su Doctorado. Autor de numerosos libros de poesía y colaborador habitual en los periódicos, era un sabio al que no le gustaba relacionarse con intelectuales, un poeta que prefería no formar parte de los círculos literarios, un líder popular que no pertenecía a partido alguno y un sacerdote que hacía y decía lo que le parecía correcto sin darle mayor importancia a lo que pudiera pensar, decir o hacer, su obispo.
En 1911, el mismo año que regresó de Europa con su título bajo el brazo, pronunció un sermón tan audaz que, no solo escandalizó a los feligreses más conservadores, sino que le generó una suspención por parte de sus superiores. 
Poco después, en 1917, debutó como poeta con su libro Bajo la sombra del agua y en 1923 lo encontramos arengando a los obreros a no claudicar en la lucha por sus derechos. Los últimos catorce años de su vida los pasará en la costera población de Corinto.
El padre Pallais nació el 3 de noviembre de 1884 en León, Nicaragua, hijo del Dr. Santiago Desiderio Pallais y de doña Jesús Bermúdez Jerez, sobrina del General Máximo Jerez quien, además de caudillo liberal, fue el padrino de bautizo de Rubén Darío. En honor a su abuelo paterno, Henri Pallais, un francés que había emigrado a Nicaragua a principios del Siglo XIX, firmaba como Azarías H. Pallais.
Durante los años que pasó en la Universidad de Lovaina fue pupilo del Cardenal Désiré Joseph Mercier quien es recordado tanto por su profundo misticismo como por sus rigurosos estudios, sus vehementes llamados y sus audaces acciones en favor de la justicia social. Bajo la tutela de su mentor, el padre Pallais hizo una gran amistad con su condiscípulo, el costarricense Jorge Volio, otro sacerdote quijotesco con quien se volvería a encontrar en Nicaragua, luchando contra la invasión de los marines americanos. Durante su permanencia en Europa, por cierto, conoció a Darío.
Junto con Alfonso Cortés (1893-1969) y Salomón de la Selva (1893-1959), el padre Azarías H. Pallais forma parte de la generación de poetas nacidos en León, Nicaragua, inmediatamente posteriores a Rubén Darío. Sus libros, sin embargo, son bastante difíciles de conseguir.
Tras su muerte, en 1954, sus poemas siguieron leyéndose y comentándose, pero no fueron reeditados hasta que, en 1986, Ernesto Cardenal, recopiló toda la poesía de Pallais en una Antología que fue publicada por la Editorial Nueva Nicaragua en un tiraje masivo.
En el prólogo, el Padre Cardenal, quien comparte con Pallais la doble condición de poeta y sacerdote, afirma que, en la vida y obra de Pallais, no pueden separarse esas dos facetas. "Su poesía es sacerdotal y su sacerdocio fue poético." Tampoco se pueden separar su vida y su obra: "Escribió lo que vivió y vivió lo que escribió."
También cuenta impresionantes anécdotas, no solamente las más conocidas, como la vez que fue vetado para un Doctorado Honoris Causa o cuando Anastasio Somoza frustró su viaje a Europa porque: "Si así me ataca dentro del país, ¿Cómo lo hará afuera?"
El retrato que hace Cardenal de Pallais, más que de un Quijote, parece de un Francisco de Asís o Felipe Neri. Llega a afirmar que Pallais era un verdadero santo y, por eso, las personas muy religiosas no lo comprendían.
Azarias H. Pallais. (1884-1954)
Extremada y voluntariamente pobre, Pallais no tenía más posesiones materiales que sus libros, su cama y su escritorio. Todos los regalos que recibía iban a dar, casi de inmediato, a las manos de sus protegidos: los presos, los niños lustradores de zapatos, las prostitutas, los vagos, los borrachines. En su casa no había nada guardado con llave porque los cerrojos, decía, son un invento demoniaco. Daba albergue a quien no tuviera un lugar donde dormir y si, a la mañana siguiente, descubría que le habían robado algo, no le importaba. Una vez le regalaron unos números de lotería y pegó el premio mayor. La persona que le había dado los boletos le escribió para rogarle que guardara algo para él, que no lo regalara todo, pero el padre Pallais le respondió que su carta había llegado demasiado tarde.
Los pequeños comentarios que publicaba en el periódico, con el título de Glosas, iban al grano sin muchos rodeos. Simplemente mencionaba el hecho y cerraba con su opinión. En el libro aparece una formidable.  Unos jóvenes, a los que llama "pequeños ladrones, hermanitos parvulillos que para vivir tienen que robar",  tras ser atrapados por las autoridades, fueron rapados y obligados a caminar por las calles en un desfile ruidoso para que los vecinos los reconocieran. Ante la humillación de que fueron objeto los delincuentes, el padre Pallais da una explicación de los hechos: "¿Qué pasó? Que los verdaderos y grandes ladrones hicieron caminar por la calle a ladroncillos inifinitesimalmente más pequeños."
Con todo y la admiración que muestra por él, Cardenal anota que Pallais se declaraba socialista pero, al mismo tiempo, era un enemigo declarado de los bolcheviques. Doctor en Teología y practicamente de un cristianismo puro e intenso, apoyaba, propiciaba y se deleitaba en las manifestaciones de religiosidad popular que rayaban en la superstición. Críticaba duramente la dictadura de Somoza, pero era admirador de Francisco Franco. Como cualquier otra persona, Pallais en algunos aspectos fue un personaje adelantado a su época y, en otros, un hombre de su tiempo.
Su poesía, como es fácil de suponer, tiene una fuerte carga ética. Alaba la bondad y denuncia las malas acciones. Celebra todo lo bello que hay en la naturaleza y las personas, a la vez que desprecia la vanidad y el egoísmo. También, por supuesto, hay poemas de tema religioso, especialmente en su libro Bello Tono Menor, pero Pallais es mucho más que un cura que escribe poesía. Es un observador atento a todo lo interno y lo externo, lo visible y lo invisible, lo material y lo espiritual.
Sus poemas no son pretenciosos ni grandilocuentes. Todo lo contrario: el vocabulario es simple y las composiones son breves, muchas de ellas de apenas dos versos rimados. Nada de retruécanos, florituras ni imágenes artificiales puramente decorativas. Sus poemas se limitan a plasmar con palabras lo deseado, lo visto, lo vivido o lo pensado. Hubo quienes en su momento, tildaron de absurdo y rebuscado el título de su primer libro Bajo la sombra del agua, sin saber que Pallais compuso la mayoría de esos poemas, escondido detrás de una cascada.
Ideas, imágenes, sentimientos y emociones que se arrojan como lanzas o dardos. Instantes capturados con pocas palabras. Suspiros y anhelos de un alma noble.  Los poemas de Azarías H. Pallais no son los de alguien que vive en su propio mundo, sino los de quien, como Don Quijote, es capaz de ver, detrás de lo ordinario, lo sublime.
INSC: 2414

jueves, 4 de agosto de 2016

Pedro Pérez Zeledón: historiador, abogado y diplomático costarricense.

Pedro Pérez Zeledón. Raquel Guevara.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica, 1971.
En la zona sur de Costa Rica, situada en un hermoso valle, se encuentra la ciudad de San Isidro del General, cabecera del cantón  número diecinueve de la provincia de San José. No se sabe con certeza en qué año los criollos empezaron a habitar la zona, pero durante la segunda mitad del Siglo XIX la población del lugar era apenas de un puñado de familias. 
Durante las primeras décadas del Siglo XX, numerosos inmigrantes, provenientes en su mayoría de Santa María de Dota y la zona de los Santos, trasladaron su residencia al valle del General que, muy pronto, fue creciendo hasta convertirse en una comunidad altamente próspera y productiva. En 1931, para contar con sus propias autoridades municipales, los vecinos solicitaron al Congreso que el poblado fuera declarado cantón. El Poder Legislativo accedió a la petición y, por iniciativa del diputado Carlos María Jiménez Ortiz, el nuevo cantón recibió el nombre de Pérez Zeledón, para honrar la memoria del abogado, diplomático e historiador Pedro Pérez Zeledón
Como las inicales de Pérez Zeledón son P.Z., que suena como "peseta", los habitantes de la zona acabaron siendo llamados "peseteros". Sin embargo, pese a que una región de 1.905 kilómetros cuadrados del territorio de Costa Rica lleva su nombre, don Pedro Pérez Zeledón es un personaje bastante poco conocido. 
Su caso, de más está decirlo, no es único. El nombre de otros cantones, como Montes de Oca, Coronado, Goicoechea, Mora y Acosta, también corresponde al apellido de personajes históricos que han venido siendo olvidados. Pocos residentes de San Pedro de Montes de Oca han escuchado el nombre de don Faustino Montes de Oca (1860-1902). No creo que en las escuelas y colegios de Guadalupe de Goicoechea se lea ni una página de las muchas que dejó escritas Fray Antonio de Liendo y Goicoechea (1735-1814). Supongo que los habitantes de Coronado no suelen asociar el nombre del lugar donde viven con un conquistador español, como tampoco los de Aserrí o Curridabat, con el de un cacique indígena. El asunto es de nunca acabar. Sería interesante preguntarle a un vecino de Sarchí quién fue Valverde Vega o a uno de Zarcero quién fue Alfaro Ruiz. Pero, por ahora, concentrémonos en don Pedro.
Pedro Pérez Zeledón nació en San José, el 4 de enero de 1854, hijo de don Miguel Pérez Zamora, vecino de Tibás, y de doña Francisca Zeledón Aguilar. Los abuelos paternos eran don Fermín Pérez, de Alajuela y doña Micaela Zamora, de Esparza, mientras que los maternos eran don Pedro Zeledón y doña Ignacia Aguilar, ambos de San José.
La familia era de escasos recursos pero de buenas conexiones, de manera que desde niño, Pedro, que era un muchachito pobre, tuvo relación cercana con personajes de la alta sociedad. Su maestro de la escuela primaria fue el general nicaragüense don Máximo Jérez. Nunca he logrado averiguar por qué, luego de haber luchado con éxito contra los filibusteros de William Walker, el general Máximo Jerez (padrino de bautizo de Rubén Darío), se vino a Costa Rica a dar clases de primer grado.  Lo interesante del caso es que el tratado de límites entre Nicaragua y Costa Rica, fue firmado por el General José María Cañas, por parte de Costa Rica y el General Máximo Jerez, por Nicaragua y, años después, cuando el Tratado Cañas-Jerez fue sometido al Laudo Cleveland, don Pedro Pérez Zeledón fue el responsable de la negociación por parte de Costa Rica. Es decir, el general Jerez, que firmó el tratado por Nicaragua, fue quien le enseñó a leer y escribir al que  defendió los derechos de Costa Rica plasmados en ese mismo tratado.
El discípulo estuvo a la altura del maestro. Pedro, además de dar muestras de una aguda inteligencia, fue un joven estudioso, metódico y organizado. A los quince años de edad, sin haber obtenido aún el bachillerato, su pariente don José Joaquín Rodríguez Zeledón (que luego sería Presidente de la República) le consiguió un puesto de registrador de hipotecas con una paga de veinte pesos al mes.
En diciembre de 1873, a los diecinueve años de edad, obtuvo con honores su título de abogado en la Universidad de Santo Tomás. Poco más de un año después, en febrero de 1875, contrajo matrimonio con Vicenta Calvo Mora, hija de don Joaquín Bernardo Calvo Rosales y doña Salvadora Mora Pérez.
Continuó trabajando de burócrata un tiempo más y fue ascendido hasta ocupar el puesto de Secretario de la Corte Suprema de Justicia, pero en 1877 decidió separarse de la función pública para ejercer el Derecho e intentar establecer fincas agrícolas y negocios personales.
Descontento con la dictadura del General Tomás Guardia, don Pedro fundó el periódico El Ciudadano, en el que, amparado a la libertad de prensa que todavía era respetada, criticaba con dureza al gobierno y al gobernante. Un buen día el General no aguantó más y don Pedro acabó "desterrado" por varios meses en Santa María de Dota. Vale la pena recordar que don Tomás Guardia envió a don Rafael Yglesias Castro a Talamanca y a don Julián Volio a San Ramón. En aquella época el destierro no significaba necesariamente salir del país. Para no escuchar al que hablaba mucho, bastaba con enviarlo unos cuantos kilómetros más allá de las montañas que rodean el Valle Central. Además, un enemigo político exiliado en un país vecino puede hacer mucho daño, mientras que uno confinado en una aldea remota es totalmente inofensivo.
La vida profesional de don Pedro Pérez Zeledón fue un constante entrar y salir de la función pública. Por su gran capacidad de trabajo y de estudio y por la forma en que cuidaba los detalles, con frecuencia era llamado a integrar comisiones encargadas de redactar reglamentos o de plantear nuevos proyectos. El presidente Próspero Fernández le encargó la redacción de un reglamento, el presidente Bernardo Soto lo integró a una comisión encargada de elaborar un proyecto de ley sobre delitos fiscales. Don Pedro fue enviado a Europa para investigar técnicas agrícolas en Francia, Suiza y Bélgica. También fue el principal colaborador de don Mauro Fernández en la reforma educativa que llevó a cabo. 
La lista de puestos desempeñados y tareas encomendadas es enorme, sus aportes a las instituciones gubernamentales son valiosos pero no deja de sorprender la inestabilidad de su carrera. Por ejemplo,  el 8 de de noviembre de 1886 se le encargó el Subsecretariado de Guerra y Marina, pero renunció el 4 de diciembre del mismo año. El 26 de febrero de 1887 fue nombrado Profesor de Derecho en la Universidad de Santo Tomás, pero renunció el 12 de abril siguiente. En el primer cargo estuvo menos de un mes y en el segundo apenas mes y medio.
Don Pedro Pérez Zeledón. (1854-1931).
Abogado, diplomático, historiador e
impulsor del desarrollo de la zon sur
de Costa Rica.
En 1888, don Pedro representó a Costa Rica ante el presidente de Estados Unidos Stephen Cleveland, que era el árbitro en un conflicto de interpretación del tratado Cañas-Jerez y logró un resultado favorable para Costa Rica. Poco después, en 1891 viajó a Inglaterra para tratar de rescatar un capital, propiedad del Estado, que estaba en peligro de perderse y, aunque había pocas esperanzas, su gestión fue exitosa.  En reconocimiento a sus dotes diplomáticas, el 4 de marzo de 1892 fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores. Aceptó el cargo, pero renunció el 8 de junio. Al menos en este puesto cumplió los tres meses.
Uno tendería a imaginarse que don Pedro renunciaba a los cargos públicos porque tenía muchos negocios privados que atender pero, lamentablemente, no era así. El bufete de don Pedro no tenía muchos ni grandes clientes, por lo que no generaba mayor cosa y las actividades agrícolas o comerciales a las que dedicó su tiempo y su esfuerzo solamente dieron ingresos modestos, apenas para sobrevivir. 
En el gobierno de Rafael Yglesias Castro, don Pedro aceptó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores y, para sorpresa de todos, se quedó un buen rato. Sucedió una anécdota simpática. Mientras el presidente estaba fuera del país, hubo un intento de derrocarlo. Don Rafael regresó inmediatamente a Costa Rica. Cuando el barco se acercaba a Limón, don Rafael, apoyado en la baranda de cubierta, miraba hacia tierra silencioso, triste y preocupado pero,de repente, sonrió y soltó un gran suspiro de alivio. Cuando otros pasajeros le preguntaron a qué se debía el cambio de ánimo, don Rafael explicó que, al ver en el muelle a don Pedro Pérez Zeledón esperándolo, supo que todavía era presidente de Costa Rica.
Pese a que no permanecía mucho tiempo en un mismo puesto, en 1912 destacadas figuras, tanto del partido Civilista como del Republicano, propusieron la candidatura de don Pedro a la Presidencia de la República, pero no lograron convencerlo para que se lanzara. Don Pedro también rechazó la iniciativa, presentada en el Congreso, de nombrarlo en la Corte Suprema de Justicia.
Sí participó como representante de Costa Rica, al año siguiente, en el conflicto de interpretación del Laudo Louvet que definía los límites de Costa Rica con Panamá. Gracias a sus gestiones, la mitad de Punta Burica es costarricense, ya que las pretensiones panameñas eran poner la frontera en Golfito.
El año de 1913 fue particularmente triste para don Pedro. El 20 de junio murió su esposa y el 26 de octubre su hija Flora. Don Pedro, que no había hecho carrera en el sector público ni había reunido un capital en actividades privadas, se había quedado solo.
Trató de soportar su viudez y pobreza discretamente pero su situación económica era casi desesperada. Al enterarse cómo estaban las cosas, los diputados acordaron otorgarle cincuenta mil colones por los servicios brindados al país, que le serían entregados en cinco anualidades de diez mil cada una. Aunque las arcas del Estado no andaban muy bien debido a la guerra europea que acababa de estallar, el presidente Alfredo González Flores firmó el "Ejecútese".
En 1921, don Pedro volvió a ser noticia al criticar severamente al Presidente Julio Acosta García, por la manera impulsiva e imprudente en que manejó un incidente fronterizo con Panamá que pudo haber generado un conflicto armado para el que Costa Rica ni estaba preparada ni tenía posibilidades de ganar.
Dos años después, en 1923, don Pedro apenas tenía sesenta y tres años pero, debido a la enfermedad, estaba muy envejecido. El Congreso, entonces, dispuso otorgarle una pensión de cuatrocientos colones al mes. Firmaron el acuerdo don Arturo Volio Jiménez, Presidente del Congreso y su hermano Jorge Volio Jiménez, Primer Secretario. El presidente Julio Acosta, severamente criticado por don Pedro, firmó el ejecútese.
Otra faceta interesante de don Pedro Pérez Zeledón fueron sus investigaciones históricas. De hecho, don Pedro fue uno de nuestros primeros historiadores. El primer libro de historia de Costa Rica fue Bosquejo de la República de Costa Rica, de Felipe Molina, publicado en Nueva York en 1851. Los documentos se conservaban en los archivos, pero había que bucear en ellos para escribir la historia. Entre los que asumieron la tarea se pueden mencionar a don León Fernández y su hijo Ricardo Fernández Guardia, el obispo Bernardo Augusto Thiel, el marqués Manuel María de Peralta y don Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, entre otros. Como historiador, don Pedro se interesó por muchos temas, quiso escribir sendas biografías del Dr. José María Castro Madriz y de don Juan Rafael Mora Poras, pero no las terminó. Tampoco pudo concluir su Historia de la esclavitud. Nunca llegó a publicar un libro, pero sí aparecieron, en revistas y periódicos, importantes artículos suyos sobre Gregorio José Ramírez o el Bachiller Osejo. Particularmente valiosas son sus investigaciones sobre la anexión del Partido de Nicoya o la administración del río San Juan durante la Colonia.
Supongo que quienes hayan tenido la paciencia de leer hasta este punto estarán preguntándose: ¿Qué tiene que ver este señor con San Isidro del General?
Cuando estuvo desterrado en Santa María de Dota, don Pedro se involucró a fondo con la comunidad que lo hospedaba, llegó a ser gran amigo de la familia Ureña Zúñiga, de cuyos miembros muchos emigraron al sur del Cerro de la Muerte. Cuando regresó a San José, lejos de olvidarse de sus amigos, se convirtió en un verdadero promotor de la población y el desarrollo del sur del país. Consiguió, entre otras cosas, que el gobierno mejorara el camino de Desamparados a la zona de los Santos y que abriera una vía de comunicación entre Santa María y Copey.
En 1887, junto con cinco personas más, entre los que se contaban un médico, un maestro, un ingeniero y un topógrafo, realizó una exploración a fondo de la zona sur. A bordo de una pequeña embarcación de vela, navegó desde Puntarenas hasta el Golfo Dulce y luego recorrió el río Grande de Térraba, el Pozo, Palmar, Boruca, Térraba, La división, el Cerro de la Muerte, Ojo de Agua, Las Vueltas, Dota, Tarrazú y, finalmente, retornó a San José por Desamparados. Para su sorpresa, en todo su camino se encontró con campesinos, algunos aislados con sus familias en un pequeño espacio que lograron abrir en la montaña para su casa, sus animales y sus cultivos y otros ya concentrados en pequeños pueblos. En el valle que, a partir de 1910 sería conocido como San Isidro del General, don Pedro contó, en 1887, poco más de doscientos vecinos.
A partir de esa expedición, además del ejercicio del derecho o la diplomacia, de sus investigaciones históricas o de sus fallidos negocios personales, don Pedro asumió como un reto personal el desarrollo de la zona sur del país. Promovía proyectos de ley que favorecieran la zona, instaba al gobierno a abrir caminos y construir escuelas, procuraba que los habitantes del sur tuvieran buenas semillas así como ejemplares del mejor ganado.
Don Pedro murió el 31 de mayo de 1930. Cuando, el 7 de octubre del año siguiente, el Congreso, a solicitud de los vecinos, decretó la creación del cantón número 19 de la provincia de San José, el diputado Carlos María Jiménez propuso que la región recibiera el nombre de Pérez Zeledón, en honor de su más grande admirador y benefector.
INSC: 1732
San Isidro del General, cabecera del cantón de Pérez Zeledón, Costa Rica.

sábado, 12 de marzo de 2016

Centroamérica e Italia. Ensayos de Franco Cerutti.

Centroamérica e Italia. Franco Cerutti.
Asociación Cultural Dante Alighieri.
Costa Rica, 1984.
Las primeras obras del historiador y crítico literario genovés Franco Cerutti fueron sobre la Edad Media italiana. Cuando se trasladó a Mallorca se convirtió en un acucioso hispanista y durante los últimos treinta años de su vida, que vivió primero en Nicaragua y finalmente en Costa Rica, se dedicó a estudiar la historia y la literatura centroamericanas. 
Escritor prolífico y de estilo ameno, Cerutti era capaz de gastar el tiempo que fuera necesario rebuscando en los archivos para ofrecer a su público, tal vez no muy numeroso pero sí muy atento y agradecido, verdaderas revelaciones.
Una colección de artículos suyos, bajo el título de Centroamérica e Italia, fue publicada por la Asociación Cultural Dante Alighieri en 1984. 
Algunos de los artículos son exclusivamente de tema italiano, como el que dedica al Resurgimento. Otros son más bien puramente centroamericanos, como los que se refieren al teatro en Guatemala o a la novela en El Salvador.
Particularmente interesante, es la comparación que realiza de tres cuentos de tres épocas y autores distintos, sobre el mismo tema y casi con la misma trama. El ángel caído de Amado Nervo (1912), El ángel pobre de Joaquín Pasos (1947) y Un hombre muy viejo con unas alas enormes de Gabriel García Márquez (1968), cuentan la historia de una criatura de la corte celestial que, por algún motivo que ninguno de los tres menciona, acaba vagabundeando en esta tierra. Sus alas, al inicio, sorprenden a quienes lo miran pero, con el paso del tiempo, los ángeles acaban convirtiéndose en un personaje más de la aldea. Joaquín Pasos admitió que su cuento estaba inspirado en el de Nervo. Gabriel García Márquez dijo desconocer tanto el cuento de Nervo como el de Pasos y atribuyó la semejanza a una pura coincidencia. El artículo de Cerutti analiza los tres cuentos y llega a la conclusión de que el ángel de Nervo es el más celestial, el de Pasos es el más terrenal y el de García Márquez Márquez no es ni divino ni humano.
Ya en la parte histórica, Cerutti muestra distintas conexiones de Italia con Centroamérica. Menciona a los misioneros italianos en Matagalpa, al obispo Castellani, a médicos como el Dr. Fedele Nobili, a geólogos cono Tito Laganá o el florentino Daniele Del Guidice. Recuerda que Rodrigo Peñalba recibió su formación artística en Italia, que Fabio Garnier tradujo los discursos de Carducci y el poeta Alfonso Cortés los versos de Dante.
Curiosamente no dice nada de los italianos contratados por Minor Cooper Keith que vinieron a Costa Rica a trabajar en la construcción del ferrocarril y protagonizaron la primera huelga de nuestra historia, ni del proyecto de colonización agrícola liderado por el Comandante Vito Sansonetti.
Supongo que la omisión se debe a que son temas muy estudiados y conocidos y Cerutti prefirió referirse a figuras muy importantes pero casi olvidadas, como el Marqués de Lorenzana, por ejemplo. Nacido en México, pero criado en Roma desde pequeño, el Marqués de Lorenzana fue embajador en Roma de Costa Rica, Nicaragua, Colombia, Venezuela, Ecuador, El Salvador, Guatemala, etc. Vale aclarar que lo de "etcétera" lo he copiado del artículo de Cerutti quien, acucioso investigador como era, tal parece que no pudo ofrecer la lista completa de países latinoamericanos que el Marqués representó en Europa como embajador. Importantísima figura en su momento, hoy, al Marqués de Lorenzana, nadie lo recuerda. 
El personaje más llamativo del libro no es, en todo caso, el bigotón aristócrata y diplomático sino el militar y periodista Fabio Carnevalini.
Nacido en Roma en 1829, republicano y de ideas liberales, Carnevalini se une al ejército y lucha como artillero en la guerra contra Austria, tras la cual, se dedica al Derecho. Recibe entusiasta la proclamación de la República Romana, pero cuando el Papa Pío IX recibe apoyo militar de los franceses y napolitanos y regresa triunfante a Roma, Carnevalini decide emigrar.
El 17 de julio de 1853 se despide de su familia, parte rumbo a Francia y de allí se embarca hacia a los Estados Unidos, donde permanece por un par de años. En los primeros días de abril de 1856 llega a Nicaragua. El 11 de abril, a pocos días de su arribo, ocurre la Batalla de Rivas entre el ejército costarricense y las tropas de William Walker. El día 21 del mismo mes, llega un nuevo contingente de filibusteros a Granada.
Don Fabio, instalado en Managua, solamente una vez tuvo oportunidad de ver en persona a William Walker.
No está claro cómo, cuándo, dónde y en calidad de qué, don Fabio se integra al ejército nicaragüense. Lo cierto es que su experiencia como artillero resulta un apoyo muy valioso y oportuno. En el libro Historia de los filibusteros, de Jeffrey Roche, se cuenta, en el capítulo XIV, un duelo a cañonazos protagonizado en 1857, en la tercera batalla de Rivas por Henningsen, en un lado, y un artillero italiano, en el otro.  No se puede afirmar que dicho artillero fuera don Fabio, pero las posibilidades son del cincuenta por ciento, ya que en el ejército nicaragüense solamente había dos artilleros italianos: Fabio Carnevalini y Alessandro di Ricaditi, que fue el que bombardeó las torres de la iglesia de La Merced en Granada.
Finalizada la guerra contra los filibusteros, Carnevalini se traslada a vivir a León, donde ejerce de profesor de latín y griego en una escuela en que Máximo Jerez daba clases de matemáticas y de gramática castellana.
Durante su permanencia en León, que duró diez años, don Fabio se casa con la joven alemana Virginia Lena.
En 1867 se instala en Managua, donde trabaja como redactor del diario oficial La Gaceta. Al año siguiente renuncia a su cargo periodístico al ser nombrado comandante del puerto de Corinto, pero no tardaría en volver a la ciudad capital y a la actividad periodística.
Movido por la nostalgia, en 1873 regresa a Italia y, tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, considera la posibilidad de establecerse en New York. Este largo viaje le permite darse cuenta de que ya ha echado raíces en Nicaragua, su patria adoptiva, a la que retorna con intención de quedarse hasta el final de sus días. Logra alcanzar un considerable éxito en los negocios y compra el periódico El porvenir, al que cambia el nombre por El porvenir de Nicaragua. Intervino activamente en política. Pese a haber amasado una gran fortuna, no deja nunca de dar clases. Escribió numerosas obras didácticas, ensayos, cuentos, poemas y una novela de la que se hablará más adelante. Tradujo al español La guerra de Nicaragua, de William Walker. Don Fabio Carnevalini murió en Managua el 25 de marzo de 1896. Al momento de fallecer, tenía cuarenta años exactos de residir en Nicaragua. Fue más el tiempo que vivió en su Nicaragua adoptiva que en su Italia natal. Toda la obra de Carnevalini fue escrita en español y publicada en Nicaragua. 
Aunque perdida, se sostiene que Amor y constancia, de José Dolores Gámez, publicada en 1878, es la novela más antigua de Nicaragua. Sin embargo, Cerutti llama la atención sobre el hecho de que La juventud de Bismark, de Fabio Carnevalini, publicada por entregas en El porvenir de Nicaragua, en 1876 es dos años anterior. De Amor y constancia no queda ni una página. Como no hay una colección completa del periódico en que fue publicada, de La juventud de Bismark no hay tampoco una versión íntegra, pero sí se conservan varios capítulos. El tema de la obra, como el mismo título lo indica, es europeo. 
Siempre es complicado hablar de nacionalidades en asuntos literarios. Podrá discutirse si La juventud de Bismark es una novela nicaragüense, o si Fabio Carnevalini puede considerarse un escritor nicaragüense. Lo que es un hecho indiscutible es que la primera novela escrita y publicada en Nicaragua, es obra de un escritor nacido en Roma.
INSC: 0495

domingo, 21 de febrero de 2016

Máximo Fernández.

Máximo Fernández. Orlando Salazar
Mora. Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica, 1975.
Prólogo de Oscar Aguilar Bulgarelli.
Construyó el Castillo Azul, publicó la primera antología de poesía costarricense, fue desterrado tres veces, se postuló para la presidencia de la República en tres oportunidades, la tercera de las cuales ganó las elecciones, pero nunca fue presidente. 
Máximo Fernández Alvarado (1858-1933), fue el político más influyente y poderoso en Costa Rica en las última década del Siglo XIX y la primera del XX, pero su figura ha sido completamente olvidada. Salvo la biografía realizada por Orlando Salazar Mora, publicada por el Ministerio de Cultura en 1976, pocos libros se ocupan de él a fondo.
Nació en Desamparados, octavo y último hijo de una familia de escasos recursos. Su padre era maestro y su madre poseía un pequeña parcela. Cursó la enseñanza primaria en la escuela del General Máximo Jerez. Se destacó en sus estudios de Derecho y, tras recibir su título de abogado con honores, de manos de José María Castro Madriz, logró hacer una considerable fortuna en el ejercicio de su profesión. Hombre extraordinariamente culto, reunió la biblioteca privada más amplia y completa de su época. Pese a ser un intelectual, le gustaba también trabajar con las manos. No solo se arrollaba las mangas para realizar faenas del campo, al lado de sus peones, en sus fincas de café, caña de azúcar y ganado, sino que también era un hábil ebanista que elaboró con sus propias manos los elegantes muebles de su casa.
Indignado porque un libro sobre poesía hispanoamericana, editado en España, no incluía ni un solo poeta costarricense, publicó, en 1890, La Lira Costarricense, primer libro de poesía impreso en Costa Rica. En aquellos años se decía que en Costa Rica no se cultivaba la poesía, sino que solo se cultivaba el café. En realidad, en Costa Rica se escribían versos desde los tiempos de Domingo Jiménez, el coplero, en época de la Colonia, pero ningún poeta tico había publicado nunca un libro. Los poemas aparecían en los periódicos o circulaban impresos en hojas sueltas. En los dos tomos de La Lira Costarricense, aparecen poemas de Jenaro Cardona, Justo A. Facio, José María Alfaro, Rafael Carranza, Félix Mata Valle, Carlos Gagini y Aquileo Echeverría entre otros. Con la publicación de este libro, don Máximo se ganó un lugar insoslayable en la historia de la literatura costarricense, pero lo suyo no era la literatura, sino la política.
Con apenas veintiún años de edad, junto con otros jóvenes rebeldes, publicó el periódico El Preludio, en que criticaba el gobierno del General Tomás Guardia. Don Tomás, que no se distinguía precisamente por su tolerancia a la crítica, mandó apresarlo y dispuso que el joven Máximo fuera desterrado a la Isla del Coco. En el camino a Puntarenas, con la complicidad de unos amigos, logró zafársele a los guardias y tomó rumbo a Chiriquí. Este primer destierro, como los que vendrían luego, fue breve. Don Máximo fue arrestado el 5 de julio de 1879, se escapó al día siguiente, el 15 de setiembre el General decreta una amnistía y el 2 de octubre don Máximo desembarca de regreso en Puntarenas.
Tras graduarse de abogado, en 1891, empieza a desarrollar tanto su carrera pública como privada. Su bufete atrajo grandes clientes que le depararon cuantiosos ingresos. Fue secretario particular del Presidente Bernardo Soto y, tras este modesto cargo, ocuparía los de munícipe, magistrado, diputado y ministro de diversas carteras. Cuando logró hacerse de extensas y productivas fincas, don Máximo siempre reservó algún espacio para cultivar flores exóticas, entre las que destacaban los tulipanes, introducidos por él en el país. Entre sus características personales más destacadas, estaba su extraordinaria memoria. No solamente podía recitar poemas, fragmentos de libros y códigos enteros sin fallar en una sola palabra, sino que también era capaz de saludar por el nombre y preguntar por los miembros de la familia (también por el nombre) a personas con las que se había encontrado solamente en una ocasión y varios años atrás. Su puntualidad era asombrosa. Si enviaba una carta desde Cartago diciendo "Llego a Liberia tal día a tal hora", aparecía justo en el minuto anunciado.
Por su cultura, capacidad demostrada y prestigio, su nombre empezó a sonar para la presidencia de la República. Fue precandidato en 1893, pero perdió la convención del partido por tres votos ante don Carlos Durán.  Las elecciones de 1894 las ganó don Gregorio Trejos, pero el Presidente José Joaquín Rodríguez, mandó arrestar al candidato ganador e impuso como presidente a su yerno Rafael Yglesias Castro. En la localidad de Grecia, hubo un intento de revolución, liderado por el párroco, que dejó catorce muertos.
Se cree que don Máximo fue el fundador del Partido Republicano, pero no es cierto.  El fundador del Partido Republicano fue el herediano Dr. Juan J. Flores, pero don Máximo acabó siendo el líder de la agrupación. Como la bandera republicana era azul, don Máximo pintó de ese color la mansión que construyó en el alto de Cuesta de Moras. El Castillo Azul es actualmente la sede de la Presidencia de la Asamblea Legislativa y sirvió también de Casa Presidencial durante los gobiernos de Alfredo González Flores, Federico Tinoco y Julio Acosta.
Para las elecciones de 1902, don Máximo se postula como candidato, pero el Presidente Rafael Yglesias, siguiendo el ejemplo de su suegro, lo destierra a New Orleans para poder reelegirse. Algo similar ocurre en las elecciones de 1906, cuando el presidente Ascensión Esquivel lo despacha a New York.  En ese año, hasta el expresidente Bernardo Soto acaba en un calabozo, convirtiéndose en el primer expresidente de la República en ser encarcelado.
Máximo Fernández (1858-1933)
Todo parecía indicar que 1910 iba a ser el año en que don Máximo llegaría al poder, pero el caudillo republicano cede la candidatura a don Ricardo Jiménez Oreamuno, quien gana las elecciones. Nadie, ni en ese entonces ni ahora, ha logrado explicar por qué don Máximo no se postuló cuando la tenía segura. Durante el gobierno de don Ricardo, don Máximo se encargó de renegociar la deuda externa de Costa Rica y contó, en esa labor, con la colaboración de su gran amigo Minor Cooper Keith.  La afinidad de don Máximo con el magnate norteamericano empezó a generar sospechas. Especialmente por el hecho de que don Máximo recibió del Estado costarricense una jugosa comisión por sus servicios. Las ideas sociales de don Máximo era progresistas y, para el criterio de la época, hasta revolucionarias. Don Cleto y don Ricardo decían que las reformas sociales que proponía don Máximo para favorecer a los campesinos y trabajadores eran "impracticables". Los críticos de don Máximo, entonces, lo atacaban desde los dos extremos. Para unos, era un revolucionario de ideas socialistas peligrosas y, para otros, un amigo cercano de Keith y los millonarios norteamericanos. Lo irónico es que ambas afirmaciones eran ciertas. El partido Republicano, de tendencia progresista, era financiado por la firma Lindo Brothers.
Las elecciones de 1914 fueron las primeras que se realizaron por la modalidad de voto directo. Anteriormente, el pueblo elegía delegados que no estaban obligados a respetar la voluntad popular. Esta vez, los votantes decidirían quién sería el gobernante y, solamente en el caso de que ninguno de los candidatos obtuviera el cincuenta por ciento de los votos, el congreso elegiría entre los dos candidatos con mayor apoyo. Los resultados de las elecciones populares fueron: Don Máximo 42 %, el Dr. Carlos Durán 30% y don Rafael Yglesias 28%.
Empezaron entonces las componendas. Todos con todos y todos contra todos. Se decía que el Dr. Durán renunciaría a su candidatura y los duranistas votarían por Yglesias. También que don Máximo se aliaría con Yglesias (su enemigo) contra Durán (su adversario). Fueron tantos los pactos negociados bajo la mesa que en la sesión del Congreso del 1 de mayo, que el diputado don Arturo Volio Jiménez calificó como "una farsa", se conocieron las renuncias de los tres candidatos y se eligió como Presidente de la República a don Alfredo González Flores que ni siquiera había sido candidato. Días antes, para garantizar la elección de González Flores, el presidente Ricardo Jiménez le había hecho entrega de los cuarteles a Federico Tinoco Granados.
Tanto González Flores como Federico Tinoco eran simpatizantes de don Máximo, quien acabó como Presidente del Congreso. Es realmente difícil de comprender por qué don Máximo, en vez de ocupar la presidencia, decidió ocupar el poder detrás del trono. Tal vez supuso que manejaría González Flores y a Tinoco, pero si fue así, las cosas no salieron como esperaba.
Como no contaba con el apoyo ni de su propio partido, cuando quebró el Banco Comercial, don Alfredo González se apoderó de los pagarés en que constaban las deudas de los miembros del Congreso, incluido don Máximo. Si los diputados se portaban bien, don Alfredo conservaría los pagarés hasta que prescribieran. Si se le ponían insolentes, los hacía ejecutar (los pagarés, por supuesto, no a los diputados).
La mayor polémica en esa administración, además del debate por la creación de un banco estatal y la creación de impuestos directos, fue el contrato Pinto-Greulich para la explotación petrolera en Costa Rica. El contrato fue aprobado gracias a que el agente de la compañía petrolera en Costa Rica, Lincoln Valentine, sobornó casi al plenario completo. El Sr. Valentine dejó un reporte detallado de las mordidas y los historiadores que han investigado el caso sostienen que es más fácil decir a quién no sobornó que a quién sobornó. Naturalmente, muchos diputados, ministros y funcionarios pidieron que el cheque o el contrato se girara a nombre de otra persona, por aquello de cuidar las apariencias. El de don Máximo consta con nombre, apellidos y firma. Sin embargo, don Máximo no recibió ni un solo centavo del soborno, ya que el contrato estipulaba que el primer giro se haría tres meses después de que la compañía iniciara operaciones en Costa Rica y eso nunca ocurrió.
Las relaciones entre González Flores, Presidente de la República, Máximo Fernández, Presidente del Congreso y Federico Tinoco, Ministro de Guerra, que antes habían sido muy estrechas y cordiales, se rompieron. Don Máximo defendía el contrato con la petrolera, González Flores se oponía y Tinoco prefería buscar opciones con otras compañías. Cuando, en Enero de 1917, Federico Tinoco derrocó a González Flores, don Máximo corrió a refugiarse en la Legación de los Estados Unidos y allí se encontró con González Flores que buscó cobijo bajo el mismo alero. Don Alfredo no quiso reunirse con Tinoco y partió rumbo a Washington a presionar al Presidente Woodrow Wilson para que no reconociera el nuevo régimen de facto. Don Máximo no solo se reunió con Federico Tinoco, quien, en un gesto de buena voluntad, le hizo entrega de los pagarés del Banco Comercial que don Alfredo guardaba en su caja fuerte. Tinoco, vale anotarlo, le devolvió los pagarés a todos los deudores. La última declaración política de don Máximo fue el 30 de marzo de 1917, en que insta a todos sus amigos y antiguos partidarios a que voten por Tinoco.
Tras esta declaración, el viejo líder se retiró a la vida privada y, aunque su nombre fue mencionado en muchas polémicas de la prensa durante los dieciséis años más que vivió, nunca respondió a los cuestionamientos que se le hicieron.
La biografía de don Máximo Fernández fue el trabajo de graduación del historiador Orlando Salazar Mora. La lectura de este libro, además de permitirnos conocer un personaje polémico y fascinante, nos demuestra que la historia de Costa Rica, que consideramos ha sido un modelo de democracia estable durante más de un siglo, ha estado llena de arrestos, decisiones arbitrarias, destierros y componendas bajo la mesa. Máximo Fernández y Gregorio Trejos ganaron las elecciones y nunca fueron presidentes. Rafael Yglesias no ganó las elecciones y fue presidente dos veces.
INSC: 1907                                                                                                                          


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