sábado, 31 de diciembre de 2016

Pre-monición. Primer libro de poesía de Joan Bernal.

Pre-monición. Joan Bernal.
Ediciones Zúñiga y Cabal. Costa Rica, 2016
Dice el tango que veinte años no es nada, pero en ese lapso pueden ocurrir muchos cambios. Hay quienes abandonan viejos gustos, hábitos e intereses para abrazar otros nuevos. En el transcurso de dos décadas, las actividades, las aficiones e incluso las pasiones llegan a ser sustituidas. 
En literatura, y muy especialmente en poesía, son innumerables las jóvenes promesas que, tras un arranque sonoro y hasta aplaudido, abandonan el oficio para nunca más volver a tomarlo. Entre los que permanecen activos, hay unos que simplemente se quedan repitiendo la misma cantaleta como disco rayado y otros, lamentablemente pocos, que afianzan su compromiso con la palabra explorando nuevos territorios y aventurándose con diversas formas de expresión.
La carrera de un poeta, en todo caso, no se mide por sus años de actividad ni por la cantidad de páginas que fue dejando a su paso, pero siempre genera entusiasmo el hecho de que un poeta, y uno notable además, se mantenga activo por veinte años.
En 1996, Joan Bernal publicó Pre-monición, su primer libro de poesía, editado por el Taller de Francisco Zúñiga Díaz, del que era miembro. Es un libro pequeño, casi un folleto, en que solamente se incluyen veinte poemas. El breve prólogo de Mainor González Calvo no solo fue acertado, sino profético. Empieza diciendo que la poesía es juego, pero también esfuerzo. Que un poeta, además de recrearse en la palabra, debe ser capaz de asumir el reto de levantar montes para entregarlos al lector. "Joan", declara, "presenta un verso arrollador, inyectado de juventud, pero finamente barnizado por su experiencia y su interiorización del mundo".
"La lírica impregnada en los versos de Joan Bernal", concluye. "tiene riqueza, oro puro, que con el tiempo irá brillando hasta alcanzar más tono, más decisión."
En su carrera como poeta, Joan Bernal nunca ha abandonado ni el juego ni el esfuerzo. Hombre para nada vanidoso y para nada solemne, ejerce su poesía como un deleite en el que se permite hasta ciertas bromas ocasionales. Escribe como habla y como vive: con total libertad y absoluta franqueza. Su obra posterior sigue impregnada de frescura juvenil. Sin embargo, Joan Bernal se toma muy en serio sus lecturas y sus escritos. Repasa constantemente a sus autores de cabecera (Octavio Paz, en primerísimo lugar) y procura ir ampliando sus referencias descubriendo nuevos autores.
En Costa Rica hay una expresión: "Jugar a gallo tapado". que supongo surgió en las peleas de gallos, que significa apostar a ciegas, sin ver el gallo, o comprar un pedazo de lotería sin ver el número. Joan Bernal es la única persona que conozco que compra libros "a gallo tapado". Cuando hemos ido juntos a visitar librerías, en la sección donde están los libros de poemas, simplemente toma uno al azar y se lo lleva. Así, sin la más mínima referencia del título, ni del autor, la sorpresa está garantizada. Con esa técnica, como es fácil de suponer, se ha llevado grandes desilusiones, pero también ha realizado importantes descubrientos.
Al escribir, Joan es meticuloso y severo consigo mismo. No se permite descuidos y sopesa el sentido y el sonido de cada palabra. Quizá por ello, después de Pre-monición, de 1996, pasarían diez años hasta la publicación de Homenaje a la Ceniza, su segundo poemario, editado en 2006 por Perro Azul. En 2010 aparecería Vivo Delirio, publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica  y en 2011 For Sale, por la Ediciones Espiral.
En los cuatro libros que ha publicado en los últimos veinte años hay, más que temas o técnicas recurrentes, una sintonía de voz, de reflexión y de mirada que de alguna forma los hermana. Algún lector minucioso podría ponerse a estudiar la evolución de su lenguaje o el rumbo que han tomado ciertas ideas sobre las que ha vuelto a referirse. Yo me abstengo de hacerlo. Respeto mucho a Joan como para atreverme a poner su obra bajo el lente de un microscopio.
Me acerco a la poesía de Joan con la voluntad de compartir el asombro, la emoción, el dolor o la ilusión que la llevó a escribirla. Al repasar Pre-monición, me han vuelto a conmover el poema que da título al libro y el dedicado a la Iglesia de Santo Domingo de Heredia. Oro puro, como dijo Mainor. Y ahora que Joan es un poeta veinteañero, guardo la esperanza de que siga siendo poeta de por vida.

Pre-monición


Lo peculiar de nuestro gran calabozo
es esta especie de terror por el bosque.
             
                               Spinetta


Y si detrás de los vidrios
hubiera un océano
unas tres cuartas partes
de nada
y el borde
de la palabra Hoy
estuviera resbaloso
¿Peligrará caer
lo que culmina el punto?


A la Iglesia de Santo Domingo de Heredia


Levantad una iglesia donde el martirio
encuentre una forma

                             Lezama Lima

Corazón de ángel en abandono
misericordiosa torre te levantas
partiendo el frío en dos mitades ciertas
y delgadas.
Llévame a tu armadura de mineral pulido
y a tu envestidura
de plumajes viejos,
magnéticamente trae mi emoción
a tu estado
de solidez silenciosa, de litúrgica vida
para empezar la nueva aventura
de mis piernas:
a pique se ha venido el sentimiento
volado
para morder mi sueño que te recoge
entera
en la hondura blanca de tu serena
búsqueda.
Por la imperiosa cuesta,
por su costosa suerte de inclinada
nuca
corro para verte,
para tocar tu imagen
aún con tejas jóvenes en tu cráneo
puro,
un pueblo en la poesía inmerso.
ondea
la soledad preciosa
en que nació la Tierra
donde cae el largo de tu pareja
túnica,
vista desde las costas,
desde el adiós, vista
como un cementerio
de carnes que fructifican
en medio de diminutas estrellas
viviendo en pozo,
y permaneces construida
como la eterna fruta
donde ocurren la tarde y las voces.
Ellas comparten conmigo
tu figurada hermosura
como la alegre novia,
en la paz del novio.

El poeta Joan Bernal. Autor de Pre-monición (1996), Homenaje a la Ceniza (2066),
Vivo Delirio (2010) y For Sale (2011).
INSC: 0924

sábado, 17 de diciembre de 2016

Máscara del delirio. Poesía de Zingonia Zingone.

Máscara del delirio. Zingonia Zingone.
Perro Azul. Costa Rica. 2006.
La obra literaria de Zingonia Zingone es tan internacional como su propia vida. Nació en Londres, Inglaterra, hija de padres italianos, pasó su infancia y buena parte de su juventud en Costa Rica, residió en Suiza y Nicaragua, terminó su formación profesional en Roma y, ya sea por motivos personales, laborales o literarios, viaja con frecuencia.
Su formación multicultural y multilingüe tiene sus ventajas. En los encuentros literarios que se realizan en América Latina, la invitan como escritora italiana, mientras que en los que se celebran en Europa la presentan como costarricense o nicaragüense.
Ha escrito poesía, novela, cuento, teatro y, por supuesto, crónicas de viajes. También ha publicado artículos en distintos países y ha sido promotora cultural, conferencista, editora y traductora.
Aunque estaba enterado de su intensa actividad literaria, no había tenido oportunidad de leer ninguna de sus obras y, cuando la conocí, me sentí  un poco apenado al confesarle que el único libro suyo que tenía en mi biblioteca era Máscara del delirio y que aún no lo había leído.
Su reacción fue tajante: me pidió que no lo leyera. Al ver mi cara de sorpresa, me explicó que ese libro era una obra de juventud que ya no la representaba, que su sensibilidad, su estilo y sus temas habían tomado otro rumbo y que preferiría que yo entrara en contacto con sus trabajos más recientes.
Hasta me dio la impresión de que estaba de alguna manera avergonzada de ese libro y arrepentida de haberlo publicado. Se disculpaba diciendo que Máscara del delirio, no era más que el arranque de una muchacha joven, ingenua y sentimental que escribía sus primeros versos.
Naturalmente, la solicitud de no leer el libro acabó generando el efecto contrario.
Los escritores, por lo general, suelen ser muy severos a la hora de juzgar sus primeros libros quizá porque, con el paso de los años, han cambiado tanto que ya no se reconocen en ellos. Cada cierto tiempo uno se convierte en otra persona. Si alguien de cuarenta años de edad tuviera la oportunidad de conversar con quien fue a los veinte o con quien será a los sesenta, es casi seguro que habrá más puntos de vista en que difieran que en los que estén de acuerdo.
Editado en 2006 dentro de la colección de poesía Perro Azul, Máscara del delirio no es, en todo caso, el primer libro de Zingonia Zingone, quien ya había publicado antes una novela, un poemario y una obra teatral. Es, eso sí, el primer libro que escribe y publica en español, ya que los tres anteriores aparecieron en italiano. El libro viene bien apadrinado y amadrinado. Blanca Castellón escribió el prólogo y Julio Valle Castillo el texto de la tapa. Abre con un epígrafe de Claribel Alegría, con quien Zingonia realizaría, posteriormente, importantes proyectos editoriales.
Máscara del delirio es un libro de poemas de amor o, más bien, de enamoramiento, que no es lo mismo. Estar enamorado puede ser una fascinación, un capricho, una obsesión, un deseo, una atracción o muchas otras cosas distintas al amor genuino que también es una posibilidad. Pero al echar la vista atrás y hacer un recuento de lo vivido, descubrimos que las personas a las que verdaderamente llegamos a amar no coinciden necesariamente con las que nos hicieron revolotear mariposas en el estómago.
El amor es como el calor de una brasa que, cuando el viento sopla, en vez de apagarse se aviva. El enamoramiento es más bien la luz de una bengala, tan intensa al inicio que deslumbra y ciega pero que se apaga tan repentinamente como se encendió. Llegamos a amar a quienes conocemos a fondo. Nos enamoramos de quienes aún no conocemos.
Algo hay, en este libro, de la muchacha joven, ingenua y sentimental que Zingonia mencionó que era al escribirlo pero, como bien anota Blanca Castellón en el prólogo, Zingonia "nos sorprende con una dosis de transparencia vital..." en la que "el lector puede recrearse con la visión agitada de sus entrañas y su reino interior."
Así es. A pesar de su título, Máscara del delirio es un libro sin máscaras ni tapujos, en que una mujer enamorada declara sin reservas la contrariedad en que está sumida, lo dolorosa que puede resultar la ausencia de quien espera que la acompañe, el gran valor que le otorga al más mínimo gesto y lo inusitado de los pensamientos que cruzan por su mente.
La realidad, lo concreto, sirve de base para crear fantasías. Ningún amante real que haya compartido el lecho puede ganar en la comparación con un amante imaginario que apenas se ha visto pasar de lejos.
Ni ella misma logra explicarse por qué, al mirar que el hombre al que le había hablado una única vez en su vida estaba acompañado por una mujer alta y morena, llegó a sentir una molestia que, definitivamente, solo podía llamarse celos.
"Nuesto amor es tan grande que me interesa saber todo lo que piensas", dice en un poema. Pero, "Seguramente te preguntas que pasará por esa mente/ si lo supiera te lo diría", declara en otro.
Es decir, quiero saber todo lo que tienes en tu mente, pero ni yo sé lo que tengo en la mía.
La promesa de no lavar nunca un pañuelo para que conserve el aroma que eternizará un instante. El recuerdo del primer día en que la imagen del ser idealizado llegó a convertirse en tema único de todos sus pensamientos. El reclamo de "¿Por qué no me dejaste dormir?" a quien pasó la noche en otro sitio. La declaración contudente de que "sin ti no hay más que espacios vacíos"
Habrá quienes califiquen todo esto de ingenuo, pero el que nunca haya estado enamorado que arroje la primera piedra. 
Max Jiménez decía: "Escribiríamos mejor si no tuviéramos el miedo de que descubran lo que somos."  Zingonia tuvo la valentía de escribir sin ocultarse, de mostrar la maraña de emociones que, en determinado momento, la hizo sentir, como a cualquier otra persona enamorada, que se le acababa todo el aire del mundo. Su total honestidad con sus emociones de aquel momento, puede ser la causa de su pudor ante este libro en el presente.
Cuando se retorna a la serenidad, uno se avergüenza de las palabras melosas que dijo al estar enamorado, de los melodramas que armó al sentirse traicionado, del torrente de improperios que soltó cuando estuvo furioso y hasta de la euforia desbordada que lo invadió en los momentos de mayor alegría.  El común de los mortales vive diciendo: "Estuve alterado, pero ese no soy yo."
Hay, sin embargo, cierta clase de personas que, lejos de ocultar sus debilidades, sus dudas, sus angustias, sus anhelos, sus temores y sus sueños más descabellados, muestran, a quien quiera verlo, todo su interior y le hacen, además, un recuento de la experiencia que vivieron al estar en la cima, o en el abismo. Esas personas son, de más está decirlo, los poetas.
Cálido, dulce, franco, el libro de Zingonia fue, para mí, una lectura más que memorable, conmovedora. Los poemas, los mensajes, las epístolas y el relato de las páginas finales, titulado Intuición del Amor (o novelita de sueños desnudos), me permitieron asomarme de nuevo a ese pequeño mundo de ilusión y dolor por el que todos, alguna vez, hemos pasado.
Tal vez no hemos acabado enamórandonos de la persona a la que le arrugamos el automóvil, como en la novelita que cierra el libro, pero todos tenemos una o más de una historia similar que contar.
Confío en que Zingonia me perdone el haber leído el libro que me pidió que no leyera. Y, aunque en sus otras obras haya cambiado tema y tono, espero que mantenga siempre la honestidad y la belleza expresiva de las que hizo gala en Máscara del delirio.
Zingonia Zingone. Escritora, editora y traductora italocentroamericana.

INSC: 2026

Antología del Taller de Poesía Activa Eunice Odio.

Instrucciones para salir del cementerio
marino. Alexander Obando (Compilador).
Editorial El Quijote.
Costa Rica, 1995.
La gran mayoría de lectores, pero muy especialmente los de poesía, tienen la sabia costumbre de saltarse, sin mirar siquiera, los prólogos de los libros. Esas páginas iniciales, escritas por lo general con un tono de autoridad pontificia, brindan datos y referencias que, en la mayoría de los casos, son de verdaderamente poca importancia. Aunque las apreciaciones del prologuista no sean más que una opinión como cualquier otra, a veces logran, no solo prejuiciar la lectura, sino incluso desestimularla.
Los prólogos de las antologías poéticas, en los que se mencionan teorías, técnicas, generaciones y corrientes estéticas, suelen estar tan saturados de nombres y fechas, que resultan fastidiosos. Por otra parte, como lo típico en estos casos es que el presentador se ponga a analizar, clasificar y valorar los versos incluidos, se llega a la ironía de que las colecciones de poemas acaben siendo precedidas por un texto muy poco poético. 
Sin embargo, hay excepciones. El prólogo a Instrucciones para salir del cementerio marino, antología del Taller de Poesía Activa Eunice Odio, es una apreciable pieza literaria. Me pregunto quién o quienes estarán ocultos detrás del pseudónimo de John Statement Kisch, que lo firma.
"Yo no ofrezco nada especial. Yo no formulo hipótesis, Yo soy solo una cámara fotográfica que se pasea en el desierto." Empieza diciendo. Seguidamente, sin detenerse en menudencias, hace un repaso de los orígenes, propósitos, búsquedas, exploraciones y actividades de este grupo de poetas jóvenes que empezó a reunirse en San José de Costa Rica a mediados de los años ochenta. 
Escogieron el nombre de Eunice Odio para resucitar a la poetisa costarricense, muerta en México, lejos de la tierra donde había nacido y solamente muy pocos la recordaban. Lo de "poesía activa", lo explica tajantemente: "La poesía es activa o no es." Y los jóvenes escritores, lejos de fundar un cenáculo para reuniones privadas tras una puerta cerrada, estaban dispuestos a salir a la calle, organizar recitales en las comunidades y reanimar el papel del escritor como figura pública.
En 1989, parodiando el slogan de Coca Cola de aquel tiempo ("Coca Cola es así"), organizan el festival poético "La poesía es así",
Los miembros del Taller de Poesía Activa Eunice Odio eran jóvenes que, aparte de ser lectores voraces y escritores incipientes, tenían muy pocas cosas en común. Cursaban distintas carreras, se dedicaban a diferentes actividades y cada uno tenía sus particular posición poética, estética y política. No se trataba de un grupo homogéneo que compartiera la afición por los mismos autores, al leer, y la obsesión por los mismos temas y la misma técnica, al escribir. Las reuniones eran tan frecuentes como los desacuerdos. 
El grupo tenía la ventaja de que ninguno de ellos intentara siquiera asumir el papel de líder o maestro conductor. Cada uno, por su lado, hacía sus exploraciones, cultivaba sus intereses, se hundía en sus obsesiones y acababa compartiendo sus poemas con quienes leían, hacían, pensaban y escribían cosas muy diferentes a las suyas. 
Esa valiosa y enriquecedora experiencia de que personas que leen autores distintos y escriben de manera distinta compartan un espacio en que dialogan de igual a igual, no es muy frecuente en los talleres literarios. 
En algunos, un maestro tiene la autoridad de recomendar lecturas y corregir las creaciones de sus pupilos. Otros no son más que cofradías de seguidores de determinada escuela que, a la hora de escribir, simplemente se dedican a imitar a los autores que tienen trepados en un pedestal. También hay círculos de escritores cerrados, que solamente leen entre ellos lo que ellos mismos hacen y no cuentan con lectores afuera.
En todos los grupos literarios, lo normal es que unos se vayan, otros lleguen y, al final, cada uno tome su camino.
No sé cuántas personas pasaron por el Taller de Poesía Activa Eunice Odio, pero en la antología aparecen solamente catorce: Julio Acuña, Melania Portilla, José Gabriel Sánchez, Federico Frachva, Esteban Ureña, Mauricio Molina, Demetrio Polo-Cheva, Arturo Solís, Guillermo Acuña, Mario Alberto Quesada, Alexánder Obando (compilador de la antología), Gustavo Induni, Giannis Katsavavakis y Luis Fernando Rodríguez. 
Verdaderamente ingeniosa es la manera de agrupar los escritores en cuatro capítulos aparte titulados: Fuego, Aire, Agua y Tierra.
En el momento de la publicación del libro, todos eran jóvenes. Algunos, jovencísimos. Por eso, las notas biográficas con las que se presentan están escritas en son de broma. Giannis Katsavavakis, en su hoja de vida, menciona como datos relevantes: "Tengo veinte años y mido un metro setenta de estatura. Tengo una cachorra que se llama Cuca. Vivo en Curri y mi mamá cocina muy rico."
Aunque la infancia ya se haya dejado atrás, en la juventud todavía se juega. Los autores jóvenes, inevitablemente, juegan, ya que es por medio del juego que se alcanzan los primeros descubrimientos. Se lo permiten todo, se atreven a dar grandes saltos como si cruzaran un río de piedra en piedra, buscan los límites de lo aceptable solamente para traspasarlos y están más concentrados en realizar una buena travesura que en lograr un aplauso. Con las canas llega la prudencia y, con la prudencia, la contención, el autocontrol, la proclividad a quedarse quieto sin hacer más ruido del socialmente tolerable.
Sumergirse en los poemas de esta antología es verdaderamente refrescante. Todo es genuino e intenso. No hay malabarismos ni piruetas. Nadie intenta, con su versos, graduarse como poeta reconocido. Las influencias, incluso las que resultan evidentes, por estar asimiladas y digeridas, no llegan a caer en la imitación.
En este libro no hay ni una página que sobre. En vez de saltarse el prólogo, hay que repasarlo. El misterioso John S. Kitsch, aunque intenta tomar distancia del grupo ("Que nadie diga que estuve adentro y que nadie diga que estuve afuera"), lo retrata con certeza:

"Amaron la prosa, porque creyeron... que el mundo está lleno de ruidos."

"Gritaron equidad para todos los ritmos, para todos los lenguajes y palabras."

"Buscaron la pluralidad poética, amaron el exteriorismo y el Siglo de Oro por igual; y los odiaron también por igual. De allí pretenden decir que fueron diferentes a otros grupos literarios porque no propusieron la "estética" sino la posibilidad. Eso sí, jamás cometieron la estupidez de hacer un manifiesto."

"El asunto tiene que ver con el lenguaje. Un pleito gigantesco con el lenguaje, con lo que somos. El silencio y los gritos resultan aterradores... y tal vez llegue un momento en que no importe más callar o hablar, que dé lo mismo, pero antes hay un largo camino."

"¿Cómo buscar algo sin saber qué es? El proceso va dando la forma, aunque es como correr con nueve piernas, sin que nadie se atreva a cortarse alguna para andar mejor."

INSC: 4015

domingo, 4 de diciembre de 2016

Media biografía de Luis Alberto Monge.

Luis Alberto. Alberto Baeza Flores.
Editorial Volvamos a la tierra.
Costa Rica, 1981.
Poco después de ser electo Presidente de la República, un grupo de amigos le obsequió a Luis Alberto Monge la espaciosa casa en Santa Ana, donde residió hasta el final de su vida. Antes, don Luis Alberto vivía en una pequeña propiedad de dos manzanas y media situada en La Catalina de Santa Bárbara de Heredia.  Allá, en las frescas y verdes montañas heredianas, tuvo como vecino y compañero de tertulias a su tocayo Alberto Baeza Flores, un chileno trotamundos que vivió en más de una docena de países y, en todos ellos, fue escribiendo y publicando una cantidad verdaderamente innumerable de libros. 
En Costa Rica, además de un largo estudio titulado Evolución de la poesía costarricense, Baeza Flores publicó poemarios, ensayos, una biografía de Simón Bolívar y sendos libros dedicados a ensalzar las figuras de sus amigos Daniel Oduber Quirós y Luis Alberto Monge. Ambas obras son, como es fácil de suponer, literatura propagandística en que se pintan, con colores brillantes, el gran talento de los biografiados. Una cosa, sin embargo, las distingue. El libro sobre Oduber fue publicado en 1976, justo a la mitad de su administración (1974-1978), mientras que el de Luis Alberto Monge apareció en 1981, cuando Monge era candidato a las elecciones que tendrían lugar en febrero de 1982. Es decir, la obra sobre Oduber podría considerarse un esfuerzo de relaciones públicas del gobierno con miras a mejorar su imagen, mientras que la se refiere a Monge sería más bien parte de la campaña por atraer votos. En ambos casos, dudo de la efectividad del esfuerzo. Ese tipo de libros por lo general los leen solamente los convencidos y no los que hay que convencer. Por otra parte, es en verdad extraño que el Partido Liberación Nacional haya recurrido a un escritor chileno para este tipo de publicaciones. Tal vez no encontraron un escritor tico dispuesto a hacerlo o tal vez la iniciativa surgió del mismo Baeza Flores. En todo caso, ninguno de los dos libros logró despertar mayor interés.
En Costa Rica, los presidentes son figuras a las que solo se les presta atención mientras ejercen el cargo. Muy pocos han publicado sus memorias. Rafael Yglesias Castro resumió su vida en un folleto de menos de cincuenta páginas. Rodrigo Carazo Odio, en cambio, fue exhaustivo en las suyas. Don José Figueres Ferrer, ya muy anciano, debió recibir ayuda para escribir sus memorias y las de Teodoro Picado se publicaron póstumamente.
Las biografías presidenciales tampoco abundan. Se han escrito algunas sobre don Ricardo Jiménez, Rafael Yglesias, Julio Acosta, etc, pero, en general, los historiadores costarricenses prestán más atención a los procesos que a las figuras. Ni siquiera contamos con una buena biografía del General Tomás Guardia cuya vida, muy probablemente, acabe siendo contada por un novelista en vez de un historiador.
Tras una introducción bastante divagatoria, el libro de Baeza Flores empieza, como es natural, con datos familiares. Luis Alberto Monge nació en Palmares, el 29 de diciembre de 1925, hijo de don Gerardo Monge Quesada y doña Elisa Alvarez Vargas, El futuro presidente es el cuarto de siete hermanos. Gerardo, Víctor Julio y Myriam son los mayores y Carmen, Lía, Nautilio y Delia, los menores. Su padre, don Gerardo, muere cuando Luis Alberto tiene solamente cuatro años de edad.
Gran lector y buen estudiante desde niño, Luis Alberto cursó estudios en el Instituto de Alajuela, donde obtuvo su bachillerato.  Como era un joven de escasos recursos, para sostenerse trabajó como vendedor en un tramo del Mercado Central de San José. Aunque disponía de pocos ratos libres, en su juventud fue cruzrojista.
La carrera pública de don Luis Alberto inició bajo la tutela del padre Benjamín Núñez, a quien Monseñor Víctor Manuel Sanabria había encargado la tarea de establecer organizaciones de trabajadores de acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia. En los años treinta y cuarenta, los sindicatos estaban ligados al partido comunista de Manuel Mora y, para contrarrestar esa influencia, el padre Núñez fundó la Confederación de Trabajadores Rerum Novarum, en la que laboró el joven Luis Alberto Monge.
Aunque matriculó algunos cursos en la Escuela de Derecho, Monge se vio obligado a abandonar los estudios. Fue cercano, sin embargo, al Centro de Estudios para los Problemas Nacionales, liderado por Rodrigo Facio.
No está claro el papel que jugó don Luis Alberto durante el conflicto armado de 1948 pero, al año siguiente, con apenas veintidós años de edad, fue electo diputado a la Asamblea Nacional Constituyente por el Partido Social Demócrata. Se suponía que, tras el triunfo armado de don Pepe, la nueva Constitución se haría a su gusto, pero los socialdemócratas solamente obtuvieron cuatro diputados: Rodrigo Facio, Fernando Fournier, Rogelio Valverde Vega y Luis Alberto Monge. El grueso de la Asamblea (34 diputados) eran del ulatismo, había un diputado independiente y seis del Partido Constitucional, Pese a no ser mayoría, estos últimos, liderados por don Arturo Volio, lograron convencer a la Asamblea de que no era prudente hacer grandes cambios, por lo que la nueva Constitución, de 1949, acabó siendo la misma Constitución de Tomás Guardia, de 1871, ligeramente retocada.  
Luis Alberto Monge Alvarez. (1925-2006).
Presidente de Costa Rica de 1982 a 1986.
En el libro hay una anécdota sobre esta época que vale la pena mencionar. Dice que cuando el Dr. Calderón Guardia, con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió el país, Monge, en un arranque de patriotismo, "no pudo contener su ardor" y consideró más importante defender la soberanía nacional que redactar una nueva Constitución. Dejó su puesto en la Asamblea y marchó como combatiente a Guanacaste. En la capital, don Pepe, al darse cuenta que faltaba un voto en la Asamblea, le encargó a Frank Marshall que lo devolviera a San José.
Una historia interesante, sin lugar a dudas, pero tiene un pequeño problema. La invasión calderonista ocurrió en diciembre de 1948 y la Asamblea Nacional Constituyente empezó a sesionar en enero de 1949. Pifias como esta, abundan en el libro, Llama "Renovación Nacional" al partido Renovación Demócratica de Rodrigo Carazo, se consignan hechos en un momento distinto al que ocurrieron y se establecen relaciones de causa y efecto verdaderamente haladas del pelo.
En un afán de convertir en un libro grueso lo que debió haber sido un folleto breve, Baeza Flores se hunde en divagaciones o llena páginas y páginas con listas de proyectos, ponencias en congresos o artículos de revista. A veces, se sale por completo del tema y dedica apartados enteros a, por ejemplo, los pleitos de Oduber con el periódico La Nación.
El libro de Baeza fue publicado por la "Editorial Volvamos a la tierra", gracias a los donativos de una larga lista de contribuyentes, cuyos nombres aparecen en las últimas páginas. Me pregunto si alguno de ellos haya tenido la paciencia de leer el libro completo. 
Luis Alberto Monge fue diputado de 1958 a 1962 y de 1970 a 1974. De 1973 a 1974 fue Presidente de la Asamblea Legislativa. Ocupó un alto cargo en la OIT, fue Secretario General del Partido Liberación Nacional y, en 1982, un año después de la publicación del libro de Baeza, fue electo Presidente de Costa Rica.
Mientras ejerció la presidencia, don Luis Alberto gozó del aprecio general. Su personalidad y su estilo le ganaron las simpatía de las personas sencillas que reconocían en él a uno de los suyos. Era simpático, tenía buen sentido del humor, evitaba los conflictos pero, si se presentaban, lograba salir de ellos. Se rodeó de un buen equipo de colaboradores y supo sacar la tarea sin mayores sobresaltos.
Fue el último miembro de la Asamblea Nacional Constituyente y el último de los fundadores del Partido Liberación Nacional en morir. En otros aspectos, también fue uno de los últimos. Era un político que basaba su pensamiento en una ideología ampliamente estudiada, una figura pública que se mostraba tal cual era sin seguir consejos de asesores de imagen, un intelectual de amplias lecturas y elegante prosa que redactaba él mismo sus discursos.
Su gobierno, por otra parte, también fue el primero en realizar la apertura a la economía de mercado que se ampliaría luego. Se desmanteló CODESA, lo que inició el principio del fin del estatismo. Se firmó el primer Plan de Ajuste Estructural y se brindó mayor libertad de acción a la iniciativa privada.
Las relaciones del gobierno de Monge con la administración
de Ronald Reagan fueron en su momento (y siguen siendo
hoy en día), un tema que despierta polémica.
Hubo también, durante su mandato, hechos cuestionables que generaron escándalo y fueron elevados a juicio. El que se hubieran utilizado recursos del Fondo Nacional de Emergencias para amueblar y decorar la casa que le regalaron sus amigos fue el mayor de ellos. De hecho, que "un grupo de amigos" le regale una casa a un gobernante es algo que, actualmente, más que inaceptable resultaría impensable. Don Luis Alberto, sin embargo, fue eximido de comparecer ante los Tribunales, donde se esperaba que brindara explicaciones sobre estos hechos. Aquellos, definitivamente, eran otros tiempos.
Su política exterior, en los duros años de los conflictos armados centroamericanos fue, por así decirlo, más que ambigua. Declaró solemnemente la Proclama de Neutralidad Perpetua de Costa Rica en los conflictos armados, al tiempo que los Contras, financiados por debajo de la mesa por el Presidente Ronald Reagan, operaban en la zona norte del país. En este aspecto, algunos opinan que Monge se plegó por completo a la administración Reagan, mientras que otros sostienen que supo manejar las relaciones con el gobierno americano sin entrar en conflicto, logrando beneficios para el país y sin ceder más allá de lo inevitable.
La administración de Luis Alberto Monge forma ya parte de la historia, de una historia que está por escribirse. Su biografía, además, también está pendiente. El libro de Alberto Baeza Flores apenas recoge la mitad de su vida o, tal vez, hasta menos.
INSC: 1591

viernes, 25 de noviembre de 2016

Poesía del padre Azarías H. Pallais.

Antología. Azarías H. Pallais.
Selección y prólogo: Ernesto Cardenal.
Editorial Nueva Nicaragua, 1986.
Azarías H. Pallais era alto y enjuto, pero esa no es la razón por la que es recordado como una figura quijotesca. Sacerdote, poeta, protector de los necesitados, punzante periodista, dirigente obrero y severo crítico de la dictadura, tal parece que el padre Pallais, como el Ingenioso Hidalgo, se había propuesto dedicar su vida a enderezar tuertos y deshacer agravios. 
Catequista desde que era niño y profesor desde que era estudiante, cursó sus estudios de Filosofía, Derecho Canónico y Teología en Francia, Bélgica y Roma, donde obtuvo su Doctorado. Autor de numerosos libros de poesía y colaborador habitual en los periódicos, era un sabio al que no le gustaba relacionarse con intelectuales, un poeta que prefería no formar parte de los círculos literarios, un líder popular que no pertenecía a partido alguno y un sacerdote que hacía y decía lo que le parecía correcto sin darle mayor importancia a lo que pudiera pensar, decir o hacer, su obispo.
En 1911, el mismo año que regresó de Europa con su título bajo el brazo, pronunció un sermón tan audaz que, no solo escandalizó a los feligreses más conservadores, sino que le generó una suspención por parte de sus superiores. 
Poco después, en 1917, debutó como poeta con su libro Bajo la sombra del agua y en 1923 lo encontramos arengando a los obreros a no claudicar en la lucha por sus derechos. Los últimos catorce años de su vida los pasará en la costera población de Corinto.
El padre Pallais nació el 3 de noviembre de 1884 en León, Nicaragua, hijo del Dr. Santiago Desiderio Pallais y de doña Jesús Bermúdez Jerez, sobrina del General Máximo Jerez quien, además de caudillo liberal, fue el padrino de bautizo de Rubén Darío. En honor a su abuelo paterno, Henri Pallais, un francés que había emigrado a Nicaragua a principios del Siglo XIX, firmaba como Azarías H. Pallais.
Durante los años que pasó en la Universidad de Lovaina fue pupilo del Cardenal Désiré Joseph Mercier quien es recordado tanto por su profundo misticismo como por sus rigurosos estudios, sus vehementes llamados y sus audaces acciones en favor de la justicia social. Bajo la tutela de su mentor, el padre Pallais hizo una gran amistad con su condiscípulo, el costarricense Jorge Volio, otro sacerdote quijotesco con quien se volvería a encontrar en Nicaragua, luchando contra la invasión de los marines americanos. Durante su permanencia en Europa, por cierto, conoció a Darío.
Junto con Alfonso Cortés (1893-1969) y Salomón de la Selva (1893-1959), el padre Azarías H. Pallais forma parte de la generación de poetas nacidos en León, Nicaragua, inmediatamente posteriores a Rubén Darío. Sus libros, sin embargo, son bastante difíciles de conseguir.
Tras su muerte, en 1954, sus poemas siguieron leyéndose y comentándose, pero no fueron reeditados hasta que, en 1986, Ernesto Cardenal, recopiló toda la poesía de Pallais en una Antología que fue publicada por la Editorial Nueva Nicaragua en un tiraje masivo.
En el prólogo, el Padre Cardenal, quien comparte con Pallais la doble condición de poeta y sacerdote, afirma que, en la vida y obra de Pallais, no pueden separarse esas dos facetas. "Su poesía es sacerdotal y su sacerdocio fue poético." Tampoco se pueden separar su vida y su obra: "Escribió lo que vivió y vivió lo que escribió."
También cuenta impresionantes anécdotas, no solamente las más conocidas, como la vez que fue vetado para un Doctorado Honoris Causa o cuando Anastasio Somoza frustró su viaje a Europa porque: "Si así me ataca dentro del país, ¿Cómo lo hará afuera?"
El retrato que hace Cardenal de Pallais, más que de un Quijote, parece de un Francisco de Asís o Felipe Neri. Llega a afirmar que Pallais era un verdadero santo y, por eso, las personas muy religiosas no lo comprendían.
Azarias H. Pallais. (1884-1954)
Extremada y voluntariamente pobre, Pallais no tenía más posesiones materiales que sus libros, su cama y su escritorio. Todos los regalos que recibía iban a dar, casi de inmediato, a las manos de sus protegidos: los presos, los niños lustradores de zapatos, las prostitutas, los vagos, los borrachines. En su casa no había nada guardado con llave porque los cerrojos, decía, son un invento demoniaco. Daba albergue a quien no tuviera un lugar donde dormir y si, a la mañana siguiente, descubría que le habían robado algo, no le importaba. Una vez le regalaron unos números de lotería y pegó el premio mayor. La persona que le había dado los boletos le escribió para rogarle que guardara algo para él, que no lo regalara todo, pero el padre Pallais le respondió que su carta había llegado demasiado tarde.
Los pequeños comentarios que publicaba en el periódico, con el título de Glosas, iban al grano sin muchos rodeos. Simplemente mencionaba el hecho y cerraba con su opinión. En el libro aparece una formidable.  Unos jóvenes, a los que llama "pequeños ladrones, hermanitos parvulillos que para vivir tienen que robar",  tras ser atrapados por las autoridades, fueron rapados y obligados a caminar por las calles en un desfile ruidoso para que los vecinos los reconocieran. Ante la humillación de que fueron objeto los delincuentes, el padre Pallais da una explicación de los hechos: "¿Qué pasó? Que los verdaderos y grandes ladrones hicieron caminar por la calle a ladroncillos inifinitesimalmente más pequeños."
Con todo y la admiración que muestra por él, Cardenal anota que Pallais se declaraba socialista pero, al mismo tiempo, era un enemigo declarado de los bolcheviques. Doctor en Teología y practicamente de un cristianismo puro e intenso, apoyaba, propiciaba y se deleitaba en las manifestaciones de religiosidad popular que rayaban en la superstición. Críticaba duramente la dictadura de Somoza, pero era admirador de Francisco Franco. Como cualquier otra persona, Pallais en algunos aspectos fue un personaje adelantado a su época y, en otros, un hombre de su tiempo.
Su poesía, como es fácil de suponer, tiene una fuerte carga ética. Alaba la bondad y denuncia las malas acciones. Celebra todo lo bello que hay en la naturaleza y las personas, a la vez que desprecia la vanidad y el egoísmo. También, por supuesto, hay poemas de tema religioso, especialmente en su libro Bello Tono Menor, pero Pallais es mucho más que un cura que escribe poesía. Es un observador atento a todo lo interno y lo externo, lo visible y lo invisible, lo material y lo espiritual.
Sus poemas no son pretenciosos ni grandilocuentes. Todo lo contrario: el vocabulario es simple y las composiones son breves, muchas de ellas de apenas dos versos rimados. Nada de retruécanos, florituras ni imágenes artificiales puramente decorativas. Sus poemas se limitan a plasmar con palabras lo deseado, lo visto, lo vivido o lo pensado. Hubo quienes en su momento, tildaron de absurdo y rebuscado el título de su primer libro Bajo la sombra del agua, sin saber que Pallais compuso la mayoría de esos poemas, escondido detrás de una cascada.
Ideas, imágenes, sentimientos y emociones que se arrojan como lanzas o dardos. Instantes capturados con pocas palabras. Suspiros y anhelos de un alma noble.  Los poemas de Azarías H. Pallais no son los de alguien que vive en su propio mundo, sino los de quien, como Don Quijote, es capaz de ver, detrás de lo ordinario, lo sublime.
INSC: 2414

sábado, 19 de noviembre de 2016

La Décima Borinqueña de Salvador Tió.

Salvador Tió. Soy boricua porque soy.
Editorial Plaza Mayor. Puerto Rico.  1995.
La décima borinqueña, forma tradicional de cantar versos en Puerto Rico, tiene su origen en el Siglo de Oro español y Salvador Tió (1911-1989) es sin duda uno de sus grandes maestros. Desbordantes de ingenio y humor, sus rimas son perfectas en la forma y ricas en contenido.
Hay quienes, equivocadamente y por puro prejuicio, sostienen que los formatos estrictos no son compatibles con la expresión espontánea y que las normas de "poesía culta" no se aplican en las creaciones populares. Quienes así opinan, probablemente no le han prestado suficiente atención a las décimas.
Vicente Gómez Martínez Espinel (1550-1624), sacerdote, músico, escritor y poeta malagueño, es considerado el padre de la décima, razón por la cual este tipo de poemas es conocido también como "espinela".  En su época, justamente conocida como el Siglo de Oro de la Literatura, surgieron en España gran cantidad de poetas (Quevedo y Góngora son los más conocidos pero la lista es verdaderamente enorme), que experimentaron con todos los temas y formas posibles. El padre Espinel apostó por cultivar composiciones de diez versos octosílabos con rima trabada. En el campo de la música, por cierto, Espinel fue quien tuvo la feliz idea de agregar una quinta cuerda a la guitarra. Jamás podría haberse imaginado que, unos cuantos siglos después, los payadores de Chile, Argentina y Uruguay, así como los trovadores puertorriqueños cantarían en décimas. En el Cono Sur, las payadas se cantan tocando guitarras de seis cuerdas, pero en Puerto Rico lo tradicional es acompañar las décimas con un cuatro, es decir, una guitarra de cuatro cuerdas como las que conoció y mejoró Espinel.
Se cree que fue en el Siglo XVII que la décima empezó a ser conocida en los pueblos de la costa y del interior de Puerto Rico hasta llegar a convertirse en el canto popular por excelencia de la isla. Componer poesía es, definitivamente, algo complicado. Acomodar lo que se quiere decir en versos de cierto número de sílabas que rimen con una secuencia determinada hace un poco más difícil el asunto. Pero en Puerto Rico, los buenos trovadores no solamente escriben y declaman décimas, sino que además las cantan y las improvisan en el momento. 
La gran mayoría de poetas reconocidos de la isla, como José Gautier Benítez, José de Diego, Virgilio Dávila, Luis Llorens Torres, Luis Palés Matos, Francisco Matos Paoli, Juan Martínez Capó, Andrés Castro Ríos, Francisco Matos Paoli, entre otros, han cultivado la décima, ya sea en creaciones elevadas y ambiciosas o en su juguetona y divertida versión popular. Pero las décimas de Salvador Tió son sin lugar a dudas las más celebradas y recordadas por los boricuas.
Salvador Tió. (1911-1989)
Salvador Tió fue un gran humanista. Inició sus estudios de Derecho en la Universidad de Columbia en New York y los finalizó en la Universidad Central de Madrid pero, en vez de ejercer como abogado, prefirió ser literato, editor y periodista. Publicó relatos en que mostraba la vida sencilla del pueblo, ensayos, biografías e incontables poemas. Llegó a ser presidente del Ateneo y de la Academia Puertorriqueña de la Lengua, pero siempre fue un autor respetado, querido y muy leído por el pueblo sencillo. Como dato curioso, a Salvador Tió se le atribuye ser el creador del término "Spanglish" para denominar la costumbre, cada vez más extendida, de mezclar el español y el inglés.
En 1995, la Editorial Plaza Mayor, publicó el libro Soy boricua porque soy, que recopila numerosas décimas inéditas de Salvador Tió. La mayor parte de la antología está dedicada a poemas de amor un tanto picarescos ("Como echo de menos lo que tú tienes de más"). Hay también recuerdos nostálgicos de la infancia ("De allí guardo en la memoria el rostro de los abuelos") y algunas composiciones patrióticas con cierto tono de denuncia y protesta ("No invento penas por gusto/ pero el mal que me rodea/ tiene la cara tan fea/ que se muere uno del susto").
En los tiempos de Salvador Tió no se hablaba aún de feminismo, sino de liberación femenina. Mucho antes de que la tan llevada y traída teoría de género cuestionara si las diferencias de sexo son naturales o culturales y planteara que la relación entre hombres y mujeres está marcada por la dominación y el abuso, Tió compuso una décima que vale la pena leer.

Liberación Femenina


La ley de la evolución
aceptada por la ciencia
apunta la diferencia
entre mujer y varón.
A una diferenciación
que Charles Darwin apunta
no quiero sacarle punta
porque la cosa es muy clara.
Aquello que nos separa
es lo mismo que nos junta.

De izquierda a derecha; José Buitrago, Arturo Morales Carrión,, Enrique Laguerre,
Teodoro Vidal, Eugenio Fernández Méndez, Luis Muñoz Marín, Salvador Tió
y José Trías Monge.
INSC: 2060

lunes, 7 de noviembre de 2016

Camilo José Cela en Ecuador.

Camilo José Cela en la Academia Ecuatoriana.
Carlos Joaquín Córdova, Alicia Yáñez Cossío,
Susana Cordero de Espinoza, Jorge Salvador
Lara, Hernán Rodríguez Castelo.
Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Ecuador. 2002.
Todas las notas biográficas de Camilo José Cela mencionan que, a mediados de los años cincuenta, se trasladó a Venezuela y que por encargo del dictador Marcos Pérez Jiménez escribió la novela La Catira, publicada en 1955. Pocos saben, sin embargo, que el primer viaje de Cela fuera de Europa tuvo lugar apenas un par de años antes de su residencia venezolana, cuando fue invitado a visitar Ecuador.
El responsable de ese primer viaje trasatlántico del célebre escritor gallego fue don José Martínez Cobo, joven ecuatoriano a quien el gobierno de su país había becado para que cursara estudios en Madrid. Durante los cuatro años que tardó en concluir su carrera (1949-1952), Martínez Cobo se hospedó en una residencia llamada "De Relaciones Culturales", dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores de España y ubicada en el número 4 de la calle Granja. Además de becarios latinoamericanos, en ese sitio paraban estudiantes españoles de provincia. Aunque por esa época Cela ya había abandonado los estudios formales y se buscaba la vida lo mejor que podía, por algún motivo acabó alojándose en esa casa.
Durante las inagotables tertulias que marcaron el inicio de una relación que con los años iría haciéndose más estrecha, Martínez Cobo tanto le habló a su nuevo amigo de las bellezas de Ecuador que acabó despertando en él la necesidad de confirmar con sus propios ojos, como Santo Tomás, si todo lo que le habían dicho era verdad. En aquellos tiempos España vivía una situación económica verdaderamente difícil que el propio Cela ya había retratado, con amplitud y crudeza, en su novela La Colmena. Sin embargo, pese a lo difícil que era reunir dinero para satisfacer las necesidades más elementales, don Camilo, soñando despierto, afirmó que, de lograr un golpe de suerte, estaría dispuesto a sacrificarlo para irse de viaje a Ecuador.
El golpe de suerte ocurrió, pero el sacrificio no fue necesario.
Apenas regresó a su país, ya con el título de Doctor en Derecho, José Martínez Cobo fue nombrado Ministro de Educación y una de sus primeras iniciativas en el cargo fue invitar a Camilo José Cela a visitar Ecuador como huésped oficial. 
La noche que aterrizó en Quito hubo una recepción en la Embajada de España. Don Jaime Dousdebés Carvajal, el encargado de recogerlo en el aeropuerto, se vio en apuros ya que Cela, al principio, se negó a acompañarlo. No le parecía nada atractivo ni interesante, en sus primeras horas en el continente americano, irse a meter a la Embajada de España. La sed por una copa acabó convenciéndolo. En el camino, se detuvieron en cuanto negocio abierto encontraron, pero en ninguno pudo Cela conseguir tabaco negro.
Cela era por ese entonces un hombre joven, tenía apenas treinta y siete años, pero ya había alcanzado, entre los círculos de lectores, la estatura de celebridad. La familia de Pascual Duarte, de 1942, le generó una fama instantánea y La Colmena, publicada en Buenos Aires en 1951 (hacía apenas dos años), era todavía el libro del momento.
Pronto hizo amistad con los intelectuales, artistas y escritores locales. Recorrió sin prisa la capital ecuatoriana, deteniéndose en los museos, los templos y los palacios coloniales. Frecuentó bibliotecas y centros culturales, dictó conferencias y disfrutó de interminables tertulias vespertinas en los cafés. Pasó varios días en la ciudad de Ambato y visitó también Cuenca y Guayaquil. Se sentía tan a gusto en cada sitio que resultaba difícil convencerlo de desplazarse a otra población. En Ecuador estuvo siempre alegre y contento y quienes lo atendieron, desde catedráticos hasta empleados de fondas y pensiones, nunca encontraron en él un temperamento difícil ni sufrieron los desplantes toscos o arrebatos egocéntricos que, muchos años después, serían frecuentes en él. 
Al amplio y sonoro anecdotario de salidas de tono de Camilo José Cela, su presencia en Ecuador no tiene nada que agregar. 
El Camilo José José Cela que visitó Ecuador en 1953 era un joven alto y extremadamente delgado, de conversación inteligente y modales refinados que logró ganarse la simpatía de sus anfitriones. Cuando Martínez Cobo lo llevó a conocer al Presidente de la República don José María Velasco Ibarra, quien ejercía entonces el tercero de sus cinco mandatos, le advirtió que el gobernante estaba sumamente ocupado y no podía dedicarle más de diez minutos. Para desesperación de los ministros que esperaban en la antesala, la conversación entre Cela y Velasco se prolongó por más de dos horas.
En el año 2002, poco después de la muerte de Cela, con el auspicio de la Embajada de España en Ecuador, se publicó un libro en el que, además del recuerdo de la visita, se incluyen apreciaciones sobre su obra realizadas por miembros de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.
Susana Cordero de Espinosa comenta La Familia de Pascual Duarte, Alicia Yáñez Cossío, La Colmena, Jorge Salvador Lara, El viaje a la Alcarria y Hernán Rodríguez Castelo, Mazurca para dos muertos.
Confieso que los datos sobre la presencia de Cela en el país sudamericano son mucho más interesantes que los análisis literarios. Aunque toda apreciación es respetable y valiosa, a veces los estudiosos de la literatura se distraen al reproducir las opiniones de otros o llevan su lectura hasta extremos inverosímiles.
En el texto de Alicia Yáñez Cossío sobre La Colmena, aparece una larga cita textual de Gonzalo Torrente Ballester en que le reclama a Cela no haber explorado más a fondo la vida de la multitud de personajes de La Colmena, de los cuales, mientras salta de uno a otro, solamente menciona hechos y situaciones concretas. "El lector pierde ese asidero por el que podría enterarse de una vida entera", dice Torrente. "Tenemos de cada uno de ellos preciosos datos: cómo hablan, cómo se mueven, cómo visten, o cómo viven, pero no sabemos cómo son. Hay que preguntarse si Cela cree que los hombres sean de alguna manera, si le interesan de verdad los hombres, o solo sus actos aislados."
Colgándose de esta cita, Alicia Yáñez de Cossío, reconoce que los personajes que se entrecruzan por los caminos de la miseria y la tristeza, muestran tanto su bondad como sus flaquezas, pero "subsiste el deseo de conocer algo más de todos esos seres que han penetrado tan hondo."
Mi impresión es que, por su deseo de mayores detalles, ni Torrente ni Yáñez se tomaron la molestia de leer el título del libro. Aunque en La Colmena aparecen más de trescientos personajes, el protagonista del libro es solo uno: la ciudad de Madrid. Dice el refrán que a veces los árboles no dejan ver el bosque. En este caso, la curiosidad por la vida de cada abeja les impidió ver la colmena.
Jorge Salvador de Lara, por su parte, al analizar El viaje a la Alcarria, quiso ser exhaustivo y no supo cuándo detenerse. Como viajero, Cela observa el entorno y escribe sobre todo lo que se encuentra: personas, casas, árboles y, también, naturalmente, animales. Pues bien, Jorge Salvador de Lara, leyó El Viaje a la Alcarria con lupa y con pinzas y ofrece, en listas separadas, las citas textuales de las menciones que encontró en el libro sobre insectos, aves, reptiles, anfibios y mamíferos. La Alcarria es una región situada en tierras altas y, tal vez por eso, Jorge Salvador de Lara no elaboró una lista de peces. Algún día, supongo, un lector tan acucioso como él repasará el libro de principio a fin para ver si, en los ríos o en los platos, hay algún pez.
El propio Camilo José Cela decía que el genio de Cervantes era tan grande que no había podido ser opacado ni siquiera por los cervantistas. Algo similar se puede decir sobre él mismo. Los libros de Cela son tan magistrales que resistirán hasta a los elogios de sus lectores obsesivos.
El primer viaje al otro lado del mundo es inolvidable y se recuerda con cariño y nostalgia.
En su libro La rueda de los ocios, publicado en Barcelona en 1957, Cela escribió:

"...pequeño y bravo, armonioso y nobilísimo, recoleto y gentil, el Ecuador, ese rincón del mundo erizado de montes y poblado de cortesía, que sabe acoger con los brazos de la amistad abiertos de par en par como un balcón alegre y caritativo..."

"...un país puesto por Dios en la tierra para sobrecoger a la gente bravía, espantar al débil, y servir de ejemplo a quienes requieran de firmes ejemplarios..."

Camilo José Cela (1916-2002). Su primer viaje fuera de Europa fue a Ecuador
en 1953. Era entonces un hombre joven, alto y delgado, ya célebre por sus
novelas La Familia de Pascual Duarte y La Colmena, 
INSC: 1776

sábado, 5 de noviembre de 2016

Arturo Echeverría Loría.

Arturo Echeverría Loría. De artes y letras.
Edición: Víctor Julio Peralta. Portada: Manuel
de la Cruz González. Editorial Costa Rica. 1972.
Arturo Echeverría Loría (1909-1966) fue poeta, editor, crítico de arte, colaborador del Repertorio Americano y amigo cercano de don Joaquín García Monge, editor de la revista Brecha y director de la Editorial Costa Rica. Hombre de gran sensibilidad artística, supo aprovechar sus largos y frecuentes viajes para estudiar a fondo tanto las obras clásicas como las nuevas tendencias. El tiempo que vivió en la gran ciudad de New York le hizo descubrir una soledad por entonces desconocida en la bucólica población de San José de Costa Rica, donde había nacido y vivido toda su infancia y juventud. Tras un largo periodo de residencia en México, donde cultivó la amistad de pintores, escritores, poetas e intelectuales de renombre, regresó a su patria convertido en crítico de arte.
Don Francisco Amighetti dejó escrito que fue Arturo Echeverría Loría quien, por su gran entusiasmo, lo llevó a descubrir y valorar la poesía francesa. Ansioso de satisfacer su gran interés por el arte y la literatura, Echeverría Loría se convirtió en un lector voraz, en un erudito de cultura enciclopédica que leía mucho más de lo que escribía.
Bastante joven, en 1937, publicó Poesías y, tras este debut tempranero, pasarían casi veinte años hasta la aparición de su segundo libro.
En 1956, a propósito del centenario de la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker, Arturo Echeverría Loría editó una obra titulada Juan Rafael Mora. El Héroe y su pueblo. en la que hacía una semblanza de su ilustre bisabuelo.  Doña Clemencia, la madre de Arturo, era hija de Juanita Mora Aguilar, la última hija de don Juanito Mora y doña Inés Aguilar Cueto.
Años después, vendrían Fuego y Tierra (1963), Himno a la esperanza (1964) y Elejía Desastillada (1966). Algunos de sus poemas fueron publicados en revistas mexicanas y sus artículos de crítica literaria y artística aparecían diversos periódicos. Dos años después de su muerte, la Editorial Costa Rica publicó su obra teatral La Espera. Sus relatos y gran parte de su obra poética quedaron inéditos.
En 1972, la Editorial Costa Rica decidió realizar cuatro entregas con la obra de Arturo Echeverría Loría. El primer libro con artículos, comentarios y ensayos sobre arte y literatura, el segundo con sus relatos y obras de teatro, el tercero con la poesía que dejó inédita y el cuarto con una recopilación de los libros de poesía que publicó en vida.
No sé si el proyecto llegó a concretarse o quedó a medias. El único de los cuatro libros que he logrado encontrar ha sido el primero, titulado De artes y de letras, en que aparecen comentarios sobre la obra de pintores y escultores costarricenses como Quico Quirós, Juan Manuel Sánchez, Max Jiménez, Margarita Bertheau, Francisco Amighetti, doña Flora Luján, Jorge Gallardo, Gonzalo Morales, Felo García, Francisco Alvarado Avella, Floria Pinto de Herrero, Luis Dael, Juan Rafael Chacón, Néstor Zeledón y Francisco Zúñiga.
Arturo Echeverría Loría. 1909-1966.
Poeta, narrador, dramaturgo y crítico de
arte y literatura.
En la parte literaria hay un ensayo sobre Rubén Darío, un recuerdo a su amigo don Joaquín García Monge, el obituario que escribió tras la muerte de Carmen Lyra, comentarios a la obra de Alfredo Cardona Peña y, para cerrar el libro, un escrito verdaderamente revelador sobre  Walt Whittman.
La figura del crítico está bastante desprestigiada. Para muchos, el crítico es un artista frustrado que, al ser incapaz de crear, se deleita en evaluar con severidad lo que otros hacen para señalar errores y torpezas. A los críticos, también, se les acusa de disfrazar con análisis sus gustos, simpatías y antipatías personales. Elogian a los amigos y denigran a los enemigos, se dice.
Arturo Echeverría Loría, en este libro, le lava la cara al oficio ya que ejerce la crítica de manera elevada y oportuna. Todos los artistas costarricenses a los que se refiere eran sus amigos personales pero en ninguna de sus notas hay complacencias ni elogios gratuitos. Echeverría Loría se enfoca en la obra, intenta comprenderla más que explicarla, llama la atención sobre aspectos que podrían pasarse por alto y muestra el valor, el sentido y el aporte que esa obra es capaz de brindar.
Don Paco Amighetti decía que las críticas de arte de Arturo Echeverría Loría no estaban "escritas con términos técnicos, sino con el  fervor de los enamorados".
El verdadero erudito no se pone a lucirse con palabras que nadie entiende, sino que logra hacer, de asuntos que supuestamente le interesan a pocos, un tema de discusión pública. El verdadero sabio, como decía Santo Tomás de Aquino, no busca brillar, sino iluminar.
Arturo Echeverría Loría era un hombre culto que había estudiado a fondo el arte y la literatura pero, más que eso y antes que eso, era un hombre de sensibilidad, pasión y entusiasmo contagiosos.
Decía don Paco Amighetti: "Arturo con su mística perseguía el realismo gótico y quería vivir la poesía antes que escribirla. Y aunque leía a los poetas, para él la poesía estaba más que en los anaqueles de libros, en los países desconocidos, en la soledad, en el amor frustrado y también en el hambre."
La verdadera cátedra de Arturo Echeverría Loría estaba, según recuerdan quienes lo conocieron, en su conversación inteligente, cálida y amena. En su extraordinario don de gentes. En el hecho de que la amplia cultura que llegó a alcanzar, en vez de alejarlo de sus semejantes lo aproximó más a ellos.
Mi buen amigo don Sergio Román me contaba que don Arturo fue de los primeros amigos que encontró al llegar a Costa Rica y que la tertulia con él era tan amena que acabó siendo cotidiana.
Verdadero Quijote, vivía metido en mil proyectos, pero el que más le ilusionaba era la edición de libros. Revisaba los textos, corregía las pruebas y estaba al cuidado de hasta el más mínimo detalle de contenido y diseño. En lo personal, él publicó poco, pero fue un editor amorosamente dedicado a los libros de otros. Supongo que la portada que hizo el artista Manuel de la Cruz González para la recopilación de sus artículos le habría gustado. Son solamente letras en un fondo amarillo, pero el diseño y el juego con la tipografía es muy agradable.
Nora Echeverría Loría (1916-2016).
Hermana de Arturo. Cuando la conocí
tenía 99 años de edad.
Arturo Echeverría Loría es de esos escritores que, por medio de la página impresa, logran establecer una conversación con el lector. He escuchado tantas anécdotas suyas que, con el tiempo, se ha convertido para mí en una figura familiar y cercana. Me habría gustado haberlo conocido pero la cita no se pudo dar porque llegué tarde. Murió antes de que yo naciera. Sin embargo, cuando uno menos lo piensa, ocurren encuentros inesperados.El 24 de diciembre de 2005, invitado por mi buena amiga la escritora Anabelle Aguilar Brealey, asistí a una celebración de Vísperas de Navidad. El grupo era pequeño y a mi lado se ubicó una señora mayor en silla de ruedas. Anabelle, al presentarnos, me informó que doña Nora Echeverría de Van der Laat era bisnieta de don Juanito Mora. Sorprendido, en vez decirle "Es un placer conocerla", di un salto y le pregunté de una vez: "¿Usted es hermana de Arturo?"
Cuando intenté disculparme por mi salida de tono, la viejita, sonriente, me dijo que eso le había pasado con frecuencia toda su vida. La presentaban como Nora y la reconocían como la hermana de Arturo.
Mientras esperábamos que empezara la Misa de Gallo, me contó historias de su hermano. No me habló del poeta, del escritor, del editor ni del crítico de arte, sino del niño travieso y el joven inquieto que siempre llenaba la casa de risas.
INSC: 2276

lunes, 17 de octubre de 2016

Retrato en familia. Poesía de Osvaldo Sauma.

Retrato en Familia. Osvaldo Sauma.
Editorial Universitaria Centroamericana.
EDUCA. Costa Rica, 1986.
Ser poeta no es nada fácil. Osvaldo Sauma lo ha tenido claro desde sus primeros pasos en este oficio que tanto cuesta y que nadie entiende. No se trata de acechar las palabras para que muestren un brillo fugaz, ni enlazarlas en busca de tonos sorprendentes. Lo que Osvaldo ha hecho, desde la publicación de Las huellas del desencanto, su primer libro, en 1982, ha sido más bien acariciar las palabras, como si fueran la lámpara de Aladino, para que, al disolverse, surja de ellas el sonido capaz de expresar con precisión su emoción, su dolor y su asombro ante la vida.
En La canción del oficio, poema que ha llegado a convertirse en un verdadero himno, el propio Osvaldo aclara que la dificultad del oficio de poeta no es que sea mucho lo que se arriesga, sino que es incierto lo que acierta.
Un verdadero poeta no es un malabarista que deslumbra con juegos verbales. El deslumbramiento, en poesía, no es la meta, sino el punto de partida. El poeta camina por la vida en medio de la multitud pero, a diferencia de la gran mayoría de quienes lo rodean, es capaz de asombrarse ante los tropiezos cotidianos. Personajes para otros insignificantes, como el gato del barrio que llega a visitarlo o la cucaracha que corre a esconderse al saberse descubierta, son capaces de provocar, en un alma sensible, impresiones intensas que eventualmente acabarán convertidas en poemas.
En Retrato en familia, el segundo libro de Osvaldo, publicado por EDUCA en 1986, están los poemas del gato y la cucaracha, la canción del oficio y un sentido homenaje a Roque Dalton, entre otras creaciones memorables en las que el por entonces joven autor logró, tal vez sin darse cuenta, cumplir su anhelo de escribir poemas en limpio y con mayúscula. 
Materialmente, Retrato en familia es un libro pequeño, un folletito de apenas cincuenta páginas que cabe en el bolsillo de la camisa, que no pesa en las manos y que, por su extrema delgadez, resulta difícil de localizar en los estantes de la biblioteca. Poéticamente, en cambio, Retrato en familia es un gran libro y cada vez que lo repaso me asombro al descubrir tanta sensibilidad y sabiduría contenida en tan poco espacio, tantas imágenes sugerentes retratadas de manera intensa sin necesidad de recurrir a más palabras que las estrictamente necesarias y tantas revelaciones profundas y esclarecedoras plasmadas en apenas un par de líneas.
Con este libro, Osvaldo Sauma obtuvo el Premio del Certamen Literario Latinoamericano que convocó la Editorial Universitaria Centroamericana en 1985. El jurado, integrado por Ana Istarú, Francisco Garzón Céspedes y Rubén Vela, destacó en el fallo "la muestra de verdadera madurez en el uso del lenguaje" y "el reflejo de rigor y disciplina". Es decir, reconocían como un maestro del oficio a un poeta que, en su segundo libro, declaraba que los aciertos, en poesía, nunca son evidentes.
Erratas advertidas, de Carlos Cortés, una obra experimental de vocación muy distinta a la de Retrato en familia, fue el libro finalista del Certamen. Ambos, Carlos y Osvaldo, además de la poesía, tienen en común el haber ejercido la docencia y el periodismo. Con el paso de los años, Carlos, sin abandonar la poesía, se ha inclinado por la narrativa y ha llegado a ser un destacado novelista. Osvaldo, por su parte, ha seguido fiel al oficio que tanto cuesta y que nadie entiende. En 1993 publicó Asabis, en 1997 Madre fértil tierra nuestra, en el año 2000 su maravillosa Bitácora del Iluso, en 2006 El libro del adiós y en 2013 su obra reunida titulada, precisamente, La canción del oficio.
Autor de numerosas antologías poéticas (Seis poetas latinoamericanos, Martes de poesía en el Cuartel de la Boca del Monte, Tierra de Nadie, La sangre iluminada, etc.), los poemas de Osvaldo Sauma ha sido publicados en numerosos países de América y Europa y traducidos a diversas lenguas. 
El reconocimiento y prestigio alcanzado, los premios, los elogios de grandes autores, las numerosas publicaciones en revistas internacionales y el hecho de que hasta quienes presumimos de ser sus amigos cercanos lo llamemos Maestro, no ha cambiado en nada la actitud con que Osvaldo ejerce su oficio de poeta. Sigue siendo un hombre capaz de asombrarse y conmoverse ante los pequeños detalles que encierran grandes verdades y la experiencia acumulada no ha hecho más que confirmar su intuición, manifestada hace ya bastantes años, de que en la poesía, como en la vida, se avanza a tientas en medio de tantas muertes que nos acechan y que revierten, en este sueño, la fe fraterna.


Comparto tres poemas de Retrato en familia y, al final de la nota, está el video de La canción del oficio, musicalizada por Manuel Monestel e interpretada por Cantoamérica.

El poeta Osvaldo Sauma. 
La otra orilla


Habité en hostales sórdidos
escuchando la tos del vecino
y no tuve una ventana
donde cruzara a veces la vida

cegado
por las espumas de entusiasmo
ensayaba un sueño distinto

sólo supe leer
en el ojo de los estatuas
el último peso de los muertos
mientras en la selva lejana
la vegetación florecía
sobre caterpillars olvidados


Aquí está mi canto


No acecho las palabras
para que muestren
el ardor fugaz de sus orillas
ni las enlazo
en busca de tonos sorprendentes
para gusto de los enterradores

las acaricio más bien
con fervor reposado
para que se disuelvan precisas
entre el sonido de mis dolencias
y canten tremolando por las calles
esta devoción
por la vida y sus deslumbramientos



La canción del oficio


Cuesta este oficio
que nadie entiende
que tanto cuesta
y no es
que sea mucho
lo que se arriesga
es que es incierto
lo que se acierta
y todo esto pesa
como evidencia
de tantas muertes 
que nos acechan
y nos revierten
en este sueño
la fe fraterna.


INSC: 0994



lunes, 19 de septiembre de 2016

Don Julio Sánchez Lépiz.

Julio Sánchez. José Marín Cañas.
Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica. 1972.
Apenas sabía leer y escribir y desde muy joven trabajó como boyero transportando café del Valle Central a Puntarenas, pero el herediano Julio Sánchez Lépiz (1862-1934) llegó a ser uno de los hombres más ricos de Costa Rica durante las primeras décadas del Siglo XX. Hombre de sólidos principios, actuó con justicia y rectitud en sus negocios y se negó a intervenir en la vida política.
Su padre, Juan de la Rosa Sánchez, tenía toda una legión de carretas de bueyes con las que transportaba los sacos de café desde los beneficios de Cartago, Tres Ríos, San José, Heredia y Alajuela rumbo a Atenas, Orotina y, finalmente, el Puerto de Puntarenas, donde eran embarcados. Según el Libro sobre la Carreta Típica Costarricense, un viaje de San José a Puntarenas tardaba de once a quince días. Se avanzaba de madrugada, se descansaba cuando el Sol estaba en alto y se reanudaba la marcha al caer la tarde. El cuidado de los bueyes requería. además. varias paradas para alimentarlos con caña de azúcar.
Cuando el General Tomás Guardia firmó el contrato con Minor Cooper Keith para construir el ferrocarril al Atlántico, dispuso que las obras iniciaran en Alajuela. Don Juan de la Rosa fue el encargado de transportar, en carretas de bueyes, los rieles y las piezas de la locomotora y los vagones desde Puntarenas hasta Alajuela.
Desde muy joven don Julio se integró a la empresa de carretas de su padre, por lo que no pudo ir a la escuela más que lo estrictamente indispensable para aprender a leer, escribir y las nociones fundamentales de aritmética. 
La construcción del ferrocarril iba a paso lento, pero el joven Julio comprendió que, una vez terminada la obra, las caravanas de carretas rumbo al Pacífico pasarían a la historia. El negocio ya no era acarrear el café, como había hecho su padre, sino más bien cultivarlo y procesarlo, que fue a lo que él se dedicó.
Mantuvo siempre, eso sí, el chuzo detrás de la puerta de su casa, como un recordatorio de que debería estar dispuesto, si no le iba bien, a volver a dirigir una carreta de bueyes.
Su negocio cafetalero tuvo éxito. A la muerte de su padre, Juan de la Rosa, en 1906, ya don Julio exportaba veinte mil quintales de café al año y sus cafetales alcanzaban, en conjunto, una extensión mayor a las dos mil manzanas. Importó maquinaria para modernizar la industrialización de sus beneficios y extendió sus actividades a la ganadería y el cultivo de caña de azúcar en la Hacienda Taboga, en Guanacaste, que medía, en sus tiempos, unas veinticinco mil manzanas.
Aunque era sumamente rico, don Julio creía que un hombre sin crédito se expone a que se les cierren puertas en momentos de necesidad. Por ello, tenía la costumbre de solicitar préstamos que no necesitaba y pagaba puntualmente las cuotas y los intereses acordados. De esa forma, si llegara a darse el caso de verse en apuros, tendría a quién recurrir.
Don Juan de la Rosa Sánches, padre
de don Julio Sánchez Lépiz.
En 1972, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó una pequeña biografía de don Julio, de apenas cien páginas, escrita por José Marín Cañas. El libro tiene sus limitaciones, entre las que cabe destacar los excesivos rodeos. El nombre de don Julio se menciona por primera vez en la página veintisiete y al final aparece el recuento de una entrevista que Marín Cañas le hizo a don Julio, en que el autor se concentra más en sí mismo que en el entrevistado.
Pero, con todo y eso, el libro recoge varios episodios a los que vale la pena prestar atención.
Don Julio fue un hombre generoso y caritativo que contribuyó con las instituciones de beneficencia de manera discreta y, en la mayoría de los casos, anónima. Diversas personas y organizaciones se vieron favorecidas con su generosidad sin que se enterara nadie más que los propios beneficiados. Un caso en particular, debe constar en la historia. Cuando fue derrocado por Federico Tinoco, el presidente Alfredo González Flores se trasladó a Estados Unidos donde, entre otras cosas, publicó varios artículos denunciando las actuaciones de Lincoln Valentine, un agente petrolero a quien don Alfredo consideraba promotor del golpe de Estado. En 1920, cuando ya el régimen de los Tinoco había caído, Lincoln Valentine demandó a don Alfredo por injurias y calumnias ante los tribunales estadounidenses. El juzgado que llevaba el caso le puso al expresidente una fianza de veinticinco mil dólares que debía ser pagada para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. El gobierno de don Julio Acosta conoció el caso sin llegar a una decisión concreta. Unos decían que el Gobierno debía hacerse cargo de pagar la fianza y otros consideraban que el asunto era estrictamente personal. La situación económica de la Hacienda Pública no andaba muy bien como para soltar esa suma de buenas a primeras. Don Alfredo, además, solamente quería regresar al país y no tenía la intención de hacerle frente a la demanda de Valentine, por lo que el dinero de la fianza inevitablemente se perdería. Enterado de la situación, don Julio Sánchez Lépiz mandó depositar, en un banco de New York, los veinticinco mil dólares de la fianza para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. Solamente pidió un favor a cambio: que su nombre y su acto no fueran conocidos por el público. Su deseo fue respetado y, cuando el asunto se supo, ya don Julio había muerto.
En 1922, don Julio fue electo diputado, pero nunca se presentó al Congreso ya que consideraba que sus suplentes estaban mejor calificados que él para legislar. Sus palabras merecen citarse textualmente:

"Dejemos que don Cleto resuelva los problemas nacionales y dediquémonos nosotros a sembrar maiz y frijoles. El mayor mal de Costa Rica está en la mania que tenemos de opinar sobre todos los problemas."
"Yo solamente conozco de café y ganado, en eso radica mi aptitud. El error consiste en pensar que los que hemos hecho cuatro reales tenemos el derecho de opinar sobre todo y la pretensión de saberlo todo. Si fuera un congreso de agricultores yo iría, pero es de legisladores y esa es una función para la que yo no me siento preparado. Para ser diputado es necesario tener un poco de escuela, a la que yo no pude asistir. ¿No ve usted que mis suplentes son un médico y un abogado? Que vayan ellos. Yo desde aquí los aconsejo, si quieren oír mis consejos. Cuando llega un diputado campesino lo ridiculizan. Yo soy de ese pueblo, yo soy de los que dicen ansina y enainas."
"Yo vivo dedicado a mis fincas y mis trabajos. Estudio mis finanzas sin preocuparme de las ajenas. En una caja pongo las entradas y en otra las jaranas y voy adelante sin meterme en lo que no entiendo."

Julio Sánchez Lépiz. (1862-1934)
En el año 1927, los grandes beneficiadores de café se reunieron para decidir el precio en que le iban a recibir el grano a los pequeños productores. Tras muchas deliberaciones, el precio se fijó en ochenta colones la fanega. Al finalizar la reunión, don Julio, que había permanecido en silencio todo el rato, tomó la palabra para anunciar que, en sus beneficios, iba a pagar a cien colones la fanega. Para él, no era justo castigar a los pequeños campesinos para obtener más ganancias. Su decisión de pagar más, explicó, no era caprichosa ni antojadiza. Los precios internacionales de los mercados a los que exportaba le permitían pagar a cien colones la fanega y mientras la situación se lo permitiera, continuaría pagando ese monto. Además, recalcó: "si pago bien puedo exigir calidad y si pago mal tengo que aceptar lo que me lleven".
El sentido de justicia de don Julio quedó patente un par de años después, cuando se descubrió que un grupo de campesinos sin tierra había ocupado un sector de la Hacienda Taboga en Guanacaste. Lo normal, en estos casos, es que el propietario del terreno utilice la fuerza para expulsar a los invasores, pero el 9 de enero de 1934 don Julio le dirigió una carta con instrucciones a Rafael Rodríguez, el administrador de la finca, en la que escribió:

"La tierra debe ser para quien la cultiva, no para quien tenga la escritura. Yo cultivo mis otras fincas, pero no puedo hacer lo mismo con Taboga, porque allí poseo veinticinco mil manzanas y está fuera de mis posibilidades cultivarlas. Por eso creo que debemos conformarnos con lo que podamos cercar, limpiar y atender. Lo demás debe ser para que lo vayan sembrando los que puedan. Con eso no me hacen daño, puesto que yo no ocupo ese campo y sí me hacen bien porque se avecinan, producen y mejoran el lugar."

Más adelante le recuerda la vez en que el Señor José Sing llegó a venderle una finca llamada Brazo Seco que, irónicamente, formaba parte de unos terrenos que, desde hacía tiempo, don Julio tenía registrados a su nombre. Es decir, José Sing, que no tenía papeles, sin saberlo, ofreció venderle una finca a quien  ya era el dueño registral de la propiedad. Cuando don Julio adquirió el terreno, no era más que un campo lleno de malezas, pero cuando Sing llegó a vendérselo, tenía casa, milpas, repastos y tierra limpia rodeada por cercas. Don Julio acabó comprando una propiedad que ya era suya y pagó sin regateos el precio solicitado, porque consideró que actuar así era lo justo.

La carta termina con palabras llenas de sabiduría: "No nos pongamos a pelear contra los que, sin escritura que los ampare, tienen deseos de trabajar y se meten en tierras abandonadas. Yo poseo bastante, pero de lo que estoy convencido es de que uno no necesita más tierra que el pedacillo donde lo han de enterrar. Yo quiero vivir en paz para que cuando muera no tenga nadie derecho de revolcarme ese pedazo de tierra al que aspiro."

Don Julio Sánchez Lépiz nació en Heredia, el 22 de julio de 1862, hijo de Juan de la Rosa Sánchez y Josefa Lépiz. Contrajo matrimonio el 4 de julio de 1886 con Florentina Alvarado Arce, de quien enviudó. En segundas nupcias, casó con Emilia Cortés Arce. Dejó una numerosa descendencia pero sufrió el fallecimiento de dos hijos y una hija. Don Julió murió, poco antes de cumplir los setenta y un años, el 26 de marzo de 1934.
Como solamente pudo asistir a la escuela muy poco tiempo, la educación se convirtió en una de sus grandes preocupaciones. Sufría mucho al ver un pueblo sin escuela o sin maestro y contribuía con lo que le solicitaran para remediar la situación. Su amplia casona esquinera, en San Francisco de Heredia, es hoy una escuela.
INSC: 2727
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