Mostrando las entradas con la etiqueta Ricardo Fernández Guardia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Ricardo Fernández Guardia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Presentación para el homenaje a Rafael Cardona.

Rafael Cardona.
1892-1973

Hay varias razones para que un poeta acabe siendo olvidado y, en el caso de Rafael Cardona, se cumplen todas. En primer lugar, está muerto. Mientras un poeta vive, tanto el propio poeta como sus amigos se mueven para que sus creaciones obtengan un poco de atención. Después de que el poeta muere, si sus obras no se reeditan, ni se incluyen en antologías, ni se mencionan en estudios históricos,  a la larga es como si esas obras no hubieran existido. Por otra parte, la poesía, como todas las creaciones artísticas, cambia de temas y de técnicas de generación en generación. Con el paso de los años, lo novedoso acaba siendo anticuado, la sensibilidad y el foco de atención de los lectores cambia con el tiempo y, lo que se admiraba en una época es lo que se rechaza en otra. Son innumerables los ejemplos que podrían citarse de poetas que fueron aplaudidos por sus contemporáneos y acabaron siendo objeto de burla en la generación siguiente.

Todo lo dicho se cumple en el caso de Cardona. Muerto en 1973, sus obras no se reeditan, ni se incluyen en antologías, sus poemas son difíciles de encontrar, quienes han escrito sobre la historia de la literatura costarricense ni siquiera lo mencionan y, para rematar, tanto los temas de los que se ocupa como la forma en que escribe, están a un siglo de distancia de las preocupaciones, los intereses y los gustos de los lectores actuales. A todo esto habría que agregar que. siendo aún joven, Cardona se marchó de Costa Rica, se estableció por un breve periodo en Guatemala y acabó radicándose definitivamente en México. Por otra parte, en determinado momento de su vida, Cardona abandonó la creación poética, se sumió en un profundo aislamiento del mundillo literario en particular y del mundo en general y no se preocupó por difundir su obra. 

El propio año de su muerte, 1973. apareció, publicado por la Editorial Costa Rica, el libro Obra Poética de Rafael Cardona, que el poeta no alcanzó a ver impreso. Se hizo famosa la afirmación que Rómulo Garzunier incluyó en el obituario del poeta, publicado en la prensa mexicana, que decía:"Ojalá que su obra se dé a conocer ahora que no está el para oponerse".

La obra de Cardona, en todo caso, no es extensa. Consta de solamente tres libros: Oro de la mañana (1916) prologado por Ricardo Fernández Guardia, Medallones de la Conquista (1918) y Estirpe (1949) prologado y editado por Joaquín García Monge.  Poco antes de publicar su primer libro, ya Cardona había sido uno de los galardonados en los Juegos Florales de 1914, certamen en que compartió honores no solamente con otra gran revelación, entonces tan joven como él, el gran poeta Rogelio Sotela, sino también con su propio padre, don Genaro Cardona, notable novelista, autor de El primo y La esfinge del sendero.

Porque a la hora de hablar de cualquier Cardona, además de la biografía, resulta inevitable mencionar la genealogía. Don Alejandro Cardona Llorens, español nacido en las Baleares, abuelo del poeta y fundador de su familia en Costa Rica, llegó al país justo a tiempo para sumarse a las filas del ejército que marchó a luchar contra las tropas de William Walker, y fue el compositor del himno patriótico que cantaba la tropa antes de entrar en batalla. Su hijo, Ismael Cardona Valverde fue también compositor y notable violinista. Su otro hijo, Genaro Cardona Valverde, como ya se dijo, fue novelista. Dos hijos de Genaro, Jorge y Alvaro, fueron también escritores. Jorge Cardona Jiménez, por cierto, fue el padre del poeta Alfredo Cardona Peña. Alvaro Cardona Hine fue quien escribió Hombres y máquinas. Figuras contemporáneas de esta familia son el compositor Alejandro Cardona y la violinista Dylana Jenson. Un dato curioso que vale la pena mencionar es que José Luis Cardona Cooper, quien fue durante muchos años director general de protocolo de la Cancillería, fue actor en El Retorno, la primera película costarricense filmada en 1930 y, además, tenía un programa de radio llamado El hombre de la luna, en que contaba relatos a los niños. Rafael Cardona Lynch, hijo del poeta Rafael Cardona Jiménez, llegó a ser un reconocido empresario radial en México, país en que su padre decidió establecerse y donde finalmente murió. Aunque, a diferencia de sus ancestros, tíos y primos, no es recordado por sus dotes en la literatura o la música, otro miembro de esta familia que acabó siendo conocido fue don Edgar Cardona Quirós, sobrino del poeta, combatiente de la revolución de 1948, ministro de seguridad de la Junta Fundadora de la II República, quien intentó darle un golpe de Estado a don Pepe, evento que acabó siendo conocido como El Cardonazo.

Aunque no hace mucho todas estas figuras mencionadas estaban vivas y activas, sus nombres, sus obras y sus andanzas, evocados hoy, parecen salir de un pasado remoto que solamente pocos recuerdan. Sin embargo, aunque a veces resulte difícil observar con claridad la conexión, lo que hayan hecho quienes estuvieron antes, constituye la base de lo que nosotros podamos hacer ahora.

Hay poetas jóvenes que creen que no le deben nada a Rubén Darío, como hay músicos que creen que no le deben nada a Mozart. A quienes así piensan, hay que recordarles que no descubrieron el fuego, sino que recogieron una antorcha que ya venía encendida. Es natural que la juventud tenga su mirada puesta en el futuro, pero debe tener claro que si va a lograr llegar hasta extremos a los que no se había llegado antes, se lo deben en parte a que, quienes los precedieron, empujaron hacia adelante el punto de partida.

Me alegró muchísimo, cuando el poeta Mateo Desolá me contactó para informarme que un grupo de escritores jóvenes estaba organizando un homenaje al poeta Rafael Cardona. El hecho de que poetas activos en la segunda década del Siglo XXI le presten atención a un poeta que surgió en la primera década del Siglo XX es alentador. En la apreciación de la poesía, como en todas las artes, debe prevalecer el criterio antes que el gusto o la afinidad. Naturalmente, en estos tiempos, a estas alturas del partido, es poco probable que algún poeta joven quisiera imitar el estilo de Cardona, pero saben que su obra y su figura son dignos de respeto y, precisamente para formar criterio, tienen claro que vale la pena conocerlo.

Cardona escribía sobre temas que los poetas de hoy no desarrollarían, en un estilo que los poetas de hoy no estarían dispuestos a imitar. Cada generación tiene sus propias preocupaciones y su manera particular de expresarlas. Pero quienes estén haciendo algo hoy, deben estar al tanto de qué fue lo que se hizo antes. Un creador que se tome en serio su oficio, no debe darle la espalda a quienes hacen las cosas de manera distinta a cómo él las hace. Para tener una idea del ancho panorama, no hay que mantenerse en la afinidad, sino más bien prestarle atención a la diversidad.

Felicito y saludo a los organizadores del homenaje a Rafael Cardona, un poeta que cumple todas las condiciones para estar sumido en el olvido y, sin embargo, aún se le recuerda

viernes, 10 de enero de 2020

Perfiles al aire. Semblanzas de Luis Ferrero.

Perfiles al aire. Luis Ferrero.
Museo Histórico Juan Santamaría.
Costa Rica. 1986.
Don Luis Ferrero nació en Orotina pero estaba muy pequeño cuando su familia se trasladó a San José. Recuerda que la Niña Claudia Brenes Montero, su maestra de la Escuela Porfirio Brenes, solía traer invitados para que les hablaran a los niños.
A su aula llegaron de visita Carmen Lyra, Rogelio Sotela, Roberto Brenes Mesén, Anastasio Alfaro y Luis Dobles Segreda entre otros. Los alumnos, que acababan de aprender a escribir y todavía leían con dificultad, escuchaban atentos las palabras de aquellas personas mayores que habían escrito los libros que su maestra les leía en clase.
Cuando cursaba el tercer grado, el pequeño Luis Ferrero quedó particularmente impresionado con la figura y personalidad de un hombre bajito y medio calvo que hablaba y caminaba muy lentamente. Era don Joaquín García Monge, de quien, pocos años después, acabaría convirtiéndose en colaborador cercano.
Niño inquieto y curioso, lector voraz desde pequeño, cuando Luis Ferrero se interesaba en algún libro, se ponía a vender melcochas y cajetas hasta reunir el dinero para comprarlo. La revista Repertorio Americano, que publicaba don Joaquín,  la leía completa apenas empezaba a circular.
Poco después de terminar la primaria, con apenas doce años de edad, se presentó en la oficina de don Joaquín con la intención de ayudarle en lo que le hiciera falta. Don Joaquín lo puso a amarrar paquetes de revistas, a ordenar un poco su archivo y a mecanografiar su correspondencia, seguramente creyendo que el entusiasmo del chiquillo pasaría pronto y en cualquier momento dejaría de llegar por allí. Pero Luis Ferrero, que llegó a su oficina un día de 1942, estuvo al lado de su maestro y mentor hasta el día de su muerte, en 1958. La última carta que escribió don Joaquín, en su lecho de muerte, iba dirigida a "Ferrerito". Le decía  que ya estaba en las últimas y le encargaba que apresurara la nueva edición que estaba preparando de su novela El Moto, aunque sabía que él difícilmente la iba a llegar a ver impresa.
La historia de esta entrañable amistad, así como el texto de la carta, aparecen en el libro Perfiles al aire, escrito por Luis Ferrero y publicado en 1986 por el Museo Histórico Juan Santamaría.
Durante los dieciséis años que Luis Ferrero colaboró con el Repertorio Americano, tuvo oportunidad de conocer y tratar de cerca a todos los intelectuales, escritores, poetas y artistas de Costa Rica que publicaban en la revista. El trato era amistoso y llano porque, según afirma, don Joaquín, con su hablar pausado, su actitud serena y sus movimientos lentos, era un maestro de humildad. Comprensivo con todos, pero exigente consigo mismo, don Joaquían creía que cada uno viene a este mundo a hacer algo que valga la pena y se angustiaba cuando creía no ser capaz de lograr lo que se hubiera propuesto. Aunque su revista circulaba en España y todos los países de América Latina, era un hombre sencillo que iba caminando a dejar los paquetes de su publicación al correo. Mantenía correspondencia con renombrados escritores y artistas de muchísimos países, pero era un hombre de hábitos modestos que vivía modestamente en su casita de adobe en Desamparados. El gran riesgo de los intelectuales, escritores y artistas, decía, era volverse narcisistas y acabar integrando grupos cerrados, como si fueran una casta elevada que despreciara que despreciara al pueblo. Si algo así llegara a suceder, el pueblo, para corresponder, no los despreciaría sino que, simplemente, acabaría ignorándolos como si no existieran.
Los intelectuales y escritores de la época, a los que precisamente los críticos literarios posteriores han llegado a llamar "la generación del Repertorio", eran personas tan humildes y sencillas como el propio don Joaquín, que hacían lo que hacían con el propósito de que valiera la pena, pero no se creían dioses del Parnaso y estaban siempre dispuestos a compartir interminables tertulias con jóvenes curiosos e inquietos, como el propio Ferrerito.
En Perfiles al aire, Luis Ferrero evoca la memoria de otros diez personajes a los que tuvo la oportunidad de tratar de cerca. Siendo muy joven, solía ir a visitar al historiador Ricardo Fernández Guardia, quien ya era un señor de edad avanzada. También dedica un capítulo a otro historiador a quien conoció ya mayor, don Francisco María Núñez, quien tuvo la mala suerte de que todos los ejemplares de su primer libro, Tierra Nativa, se hubieran perdido, el mismo día que estaban listos para ser retirados, por un incendio que destruyó la imprenta donde los hicieron.
Se ocupa de figuras conocidas, como León Pacheco y Carlos Salazar Herrera, pero también se refiere con amplitud a escritores no tan conocidos como Reinaldo Soto Esquivel, autor de Mi Pajarera, un libro que, en su momento fue muy popular entre niños de escuela primaria, el maestro normalista José de Jesús Sánchez Sánchez, así como a su pariente Eulogio Porras Ramírez, que publicaba con el pseudónimo de Aníbal Reni. 
Permanente interesado en la difusión cultural, don Luis dedica un apartado también a la periodista Norma Loaiza de Chacón, quien fue directora del suplemento Ancora del periódico La Nación, que había fundado poco antes Carlos Morales.  Don Luis, con auténtica satisfacción, cuenta que colaboró estrechamente con Norma Loaiza para hacer de Ancora un suplemento con rico y amplio contenido.
Muy simpática resulta la nota que dedica a Arturo Echeverría Loría.  Se conocieron en la galería de arte que regentaba Arturo y a la que el joven Luis, de apenas quince años, entró, obviamente, en calidad de curioso y no de cliente. Arturo, destacado crítico de arte, lo hizo apreciar las pinturas de Max Jiménez y, cuando ya iba, le informó que Max era también poeta y le regaló todos los libros que había publicado. Arturo Echeverría era un Quijote que, aunque no era rico, con todo gusto entregaba generosamente su energía, su tiempo y su escaso dinero, en proyectos literarios que se sabía de antemano que no recompensarían lo invertido en ellos. Tuvo una editorial en la que publicó obras muy selectas y cuando fundó la revista Brecha, tuvo a Luis Ferrero como colaborador permanente desde el primer número. Don Luis, muchos años después, siguió sus pasos y fundó la Editorial Don Quijote, con similares resultados a los que obtuvo Arturo.
El libro está lleno de revelaciones sorprendentes. Cuenta que Carlos Salazar Herrera era un escultor y grabador obsesivo. Cuando tenía un tronco de madera en frente, no descansaba hasta verlo convertido en escultura y cuando tenía una tabla de madera, tomaba sus gubias y hacía un grabado. Apenas terminaba, buscaba otra tabla u otro tronco para empezar una nueva creación. Pero cuando escribía lo hacía muy lentamente, corregía todo palabra por palabra una y otra vez y solamente muy de vez en cuando se aparecía por el Repertorio Americano con un cuento.
Perfiles al aire es un libro muy agradable y emotivo. Cada una de las personas que menciona es recordada con respeto y admiración pero, muy especialmente, con aprecio y cariño. Desde pequeño, gracias a su maestra, don Luis Ferrero, el lector voraz, tuvo oportunidad de conocer a los autores de los libros que leía. Al recordar a aquellos con quienes tuvo trato más estrecho, inevitablemente acaba evocándolos, no solo como escritores sino, especialmente, como amigos.
INSC: 2003
Luis Ferrero Acosta. (1930-2005)






martes, 2 de enero de 2018

Corazón joven. Novela de Rafael Angel Troyo.

Corazón Joven. Rafael Angel Troyo.
Editorial Costa Rica,
Costa Rica, 1985
Poeta, novelista y compositor, Rafael Angel Troyo fue también un personaje singular cuyas excentricidades, ciertamente provocadoras, solían perturbar la monótona calma de la ciudad de Cartago durante los primeros años del Siglo XX. 
Tercer hijo de José Ramón Rojas Troyo y María de los Dolores Pacheco Ugalde, creció rodeado de comodidades, libros, obras de arte y conciertos musicales. Su padre, rico comerciante y cafetalero, propietario de grandes fincas en Agua Caliente, era un gran coleccionista de objetos precolombinos, de los que llegó a reunir, junto con su hermano Domingo, un buen número de piezas de oro y cerámica extraídas en la región de Osa. Su colección, donada en 1887, fue la base del Museo Nacional. Su mecenazgo, además de en la arqueología, fue también generoso en la música. Don José Ramón Rojas Troyo fue quien donó, en 1883. los instrumentos musicales a la Sociedad Euterpe, presidida por el maestro español José Campabadal, quien fundó una orquesta de cámara en Cartago.
En su casa, construida por el arquitecto italiano Francesco Tenca y decorada por el también italiano Paolo Serra, situada en los alrededores del parque Jesús Jiménez, se encontraba una de las más bastas bibliotecas de la ciudad. Juan de Dios Troyo, hermano de Rafael Angel, era ciego pero, a pesar de esta limitación, era un gran amante de la literatura y solía contratar maestros por horas para que fueran a leerle.
Cuando Rafael Angel Troyo terminó sus estudios en el Colegio San Luis Gonzaga, su padre lo envió a Estados Unidos para que aprendiera inglés y estudiara administración comercial. Sin embargo, lo que descubrió durante su permanencia en el país del norte fue su habilidad creativa. En New York escribió su primer libro Terracotas (1900) y compuso varias obras musicales que fueron muy celebradas. Mi princesita, Día de bodas y Marcha Triunfal fueron los títulos de sus primeras composiciones. También fue autor de piezas bailables. Un One Step de su autoría llegó a amenizar fiestas de la alta sociedad neoyorkina y, según cuenta su biógrafo Federico Mora, Troyo ejecutaba también un vals con silbidos acompañándose únicamente por enormes brazaletes de cascabeles colgados en sus muñecas.
Después de su estadía en New York se trasladó a París, donde residió una larga temporada y vivió también en Londres, Berlín y Roma.
En el barco de regreso a Costa Rica escribió su libro de poemas Ortos Estados del alma (1903). Más tarde publicaría Poemas del alma (1906) y Topacios, cuentos y fantasías (1907). Se conocen los títulos de dos libros que no llegó a terminar: Rosalba y La historia de un músico triste. 
Rafael Angel Troyo. Escritor, poeta y compositor.
(1875-1910)
La fortuna familiar era capaz de brindarle una vida económicamente holgada y, por ello, se aventuró en ambiciosos proyectos editoriales que, lejos de generarle ni un centavo de ganancia, más bien le causaron enormes pérdidas. Con Máximo Soto Hall y Ricardo Fernández Guardia publicó la revista Pinceladas.  Otras publicaciones suyas fueron la Revista Nueva con el hondureño Pastor Turcios, Musa Americana con José María Zeledón y el colombiano Pastor Ríos. Su último intento periodístico se llamó Bizancio que, como los anteriores, tuvo corta vida. Las revistas que intentó establecer fracasaron tanto por falta de lectores como de anunciantes.
En Cartago, Rafael Angel Troyo era un personaje conocido pero a decir verdad no muy querido. Sus excentricidades no eran bien vistas por los habitantes de la vieja metrópoli en la que, como recuerda Mario Sancho en sus memorias, hasta los más ricos acostumbraban llevar una vida hogareña y recatada. El paseo que daba Rafael Angel Troyo todas las tardes por la ciudad, montado en un elegante caballo peruano lo convertía en una figura pintoresca, sobre todo por el hecho de no llevar puesto el sombrero para que su larga melena se agitara con el viento. También llamaba la atención de los vecinos el hecho que el poeta, cuando decidía dar una caminata, tuviera como sitio predilecto el cementerio, en el que solía deambular entre las tumbas durante horas. 
Más que un artista que vivía a su manera, lo consideraban un ricachón vagabundo. Los chismosos decían que le faltaba talento y le sobraba dinero y llegaron a afirmar que había pagado a creadores pobres la composición de los poemas, cuentos y piezas musicales que presentaba como suyos. 
Las fiestas que ofrecía en su casa se caracterizaban por el derroche sin medida. Se bebía champán francés y se degustaba caviar ruso. En una oportunidad, la celebración de su cumpleaños acabó mal ya que tanto él como todos sus invitados fueron a dar a la cárcel. La fiesta fue convocada a las ocho de la noche en una funeraria que se encontraba al lado del Parque Central. Los ataúdes servían de mesas y presidía el recinto una lechuza disecada. A la media noche, decidieron realizar un desfile por las desiertas calles de la ciudad. El poeta llevaba en alto la lechuza, mientras que sus amigos, ya bastante ebrios, portaban cirios encendidos y aúllaban como seres de ultratumba. Los policías, que fueron a ver qué pasaba, al ver la procesión salieron huyendo. A la mañana siguiente recogieron a los participantes de las aceras en las que se habían quedado dormidos. Algunos parecían muertos y, al ser depositados en carretas de bueyes, las autoridades no tenían claro si enviarlos a la cárcel, al hospital o la funeraria de la que habían salido.
Tras la muerte de Rafael Angel Troyo tanto su persona como su obra cayeron en el olvido. Era, como decía don Alberto Cañas, un escritor ignorado en el doble sentido de la palabra. Ignorado, porque el público no sabía de él, e ignorado también porque los estudiosos no le prestaban atención. 
Más de setenta años después de su muerte, su nieto, el escritor Daniel Gallegos Troyo, encontró un ejemplar de Corazón Joven, la novela romántica que Rafael Angel Troyo había publicado en 1904. La puso a circular por medio de fotocopias y, acogida por don Beto, fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1985. 
Ambientada en Francia, relata la historia de Jorge Nodelle, un joven libertino que escapa del mundanal ruido de París y va a visitar a su vieja tía Gabriela, que vive en el campo. En casa de la tía conoce a Margarita, ahijada de Gabriela, de quien se enamora tan inmediata y perdidamente como solo en las novelas de esa época suele ocurrir. Si se centra la atención en la historia de amor de Jorge y Margarita, la novela no pasaría de ser un relato cursi y meloso. Paseos tomados de la mano, besos a escondidas, suspiros y miradas profundas que acaban, como era esperarse, en una boda de sueño como primer paso a un futuro prometedor.
Sin embargo, el personaje de más peso en la novela no es ninguno de los enamorados, sino la vieja tía solterona que, pese a que ama tanto a su sobrino como a su ahijada, ante el noviazgo y la boda que se avecina, sufre internamente de furiosos arranques de celos, de envidia, de frustración y de ira. Ella, solterona y virgen en la vejez, que nunca ha sabido, ni sabrá, lo que es ser amada ni deseada, encuentra, al mirar la felicidad de sus parientes, un recordatorio cruel que subraya la soledad de su propia vida. Se torna irascible, finge estar enferma, intenta incluso sabotear el enlace pero, al final, resignada, asiste como testigo a la boda que, pese a la rica decoración de la capilla y la belleza de la ceremonia, para ella fue una verdadera tortura.
Innegablemente, en muchos aspectos Corazón Joven es una novela romántica decimonónica. Inacabables descripciones de recintos, salas y jardines. Numerosas exclamaciones que empiezan con el infaltable "Oh". Diálogos recitados llenos de expresiones construidas con retruécanos. Paisajes bucólicos con pajarillos y flores en primavera, árboles desnudos y suelo cubierto de hojas secas en otoño y campanarios erguidos en medio del blanco paisaje del invierno.
La insistencia en describir el ambiente lujoso también es obsesiva: pisos de mármol, cubiertos y fuentes de plata, vestidos llenos de brocados.
Pero incluso en medio de tanta seda en la ropa y tanta flor en el jardín, Corazón Joven es una novela muy rica en el escenario psicológico que propone. La soledad de una anciana que nunca tuvo una relación ni romántica ni apasionada y la manera callada y digna en que carga en silencio su frustración.
Es famosa la polémica sobre el nacionalismo en la literatura que se desató en 1894 a raíz de la publicación de los cuentos de Ricardo Fernández Guardia quien, como Troyo, era afrancesado. Corazón Joven, ambientada en Francia, fue publicada apenas un año antes de que aparecieran las celebradas Concherías de Aquileo Echeverría. La literatura costarricense, a la larga, siguió la senda nacionalista y los estudiosos de la materia dejaron de prestarle atención a las obras de vocación cosmopolita. La publicación de Corazón Joven, exactamente un siglo después de la famosa polémica, llamó la atención sobre esa otra literatura costarricense a la que no se le presta la atención que merece.
El final de la vida de Rafael Angel Troyo fue trágico. Amante de la música, asistió al concierto que el coro del Hospicio de Huérfanos de Cartago ofrecía en la iglesia de los padres salesianos el 4 de mayo de 1910. Cuando empezaron las sacudidas del terremoto que destruyó la ciudad ese día, Troyo salió a la calle y un bloque de piedra del campanario cayó y le golpeó la cabeza. Con su melena empapada en sangre lo trasladaron al parque donde, acostado, agonizó acompañado por su esposa, Lidia Jurado Acosta, y sus tres hijos pequeños, René, Virginia y Luz Argentina. Toda la noche mantuvo los ojos abiertos y murió al día siguiente. Faltaban dos meses para que cumpliera los treinta y cinco años.
Uno de sus escritos, por cierto, parecía una premonición de sus últimos momentos:

"La tarde palideció. Y los altos montes, los valles y colinas se llenaron de silencio.
Desde la vera del camino, mi amada y yo, asistíamos a la muerte del sol y veíamos como después de ese gran incendio del crepúsculo que lo había iluminado todo con sus rojos fulgores, solo quedaban grupos de enormes sombras que pasaban enlutando la inmensa comba de los cielos.
En torno nuestro, las cosas iban perdiendo su real aspecto, para arroparse en ese fantástico velo que tiende el misterio de la noche.
En la bóveda celeste surgió la luna redonda y bella.
Y sobre nuestras cabezas pasó en rápido vuelo la última pareja de palomas que  venían del monte.
—¡Mira!— me dijo de pronto mi adorada —mira aquella estrella que vuela. Ya se ocultó en la luna... ¿Es acaso un pájaro del cielo que va huyendo de la noche?
—Sí —le contesté— es un ave de luz que va a su nido, a ese refulgente nido de plateadas hebras, que afanosa un día colgó del firmamento."

INSC: 1775.

sábado, 30 de septiembre de 2017

Oro de la mañana. Poesía de Rafael Cardona.

Oro de la mañana. Rafael Cardona.
Imprenta Borrasé. Costa Rica, 1916.
Prólogo de Ricardo Fernández Guardia.
Uno de los pequeños tesoros que hay en mi biblioteca es Oro de la mañana, el primer poemario de Rafael Cardona, un librito amarillento de apenas setenta y dos páginas, publicado hace más de cien años por la imprenta Borrasé, que viene presentado con un prólogo, desbordante de entusiasmo, escrito por Ricardo Fernández Guardia.
Es famosa la historia de que en España, a finales del Siglo XIX, se publicó un libro con las creaciones de poetas de todos los países latinoamericanos que no incluyó a ningún costarricense. Se decía, para justificar la omisión, que en Costa Rica no se producía poesía sino solamente café. Para demostrar que en Costa Rica sí había poetas, fue que don Máximo Fernández Alvarado publicó, en 1890,  La Lira Costarricense, primera antología poética de nuestro país.
El propio Rubén Darío escribió: "Costa Rica intelectual posee más savia que flores. Es un terreno en donde los poetas se dan mal. Un poeta, lo que se llama un Batres, para solo hablar de Centro América, no lo ha habido nunca, y creo que nunca lo habrá. Está en el ambiente el mal. En la gran muchedumbre de hombres de letras que ha habido y hay en aquel país, no surge una sola cabeza coronada del eterno y verde laurel."
Seguramente dolidos por este severo juicio, los poetas costarricenses publicaron con abundancia en los periódicos y revistas de la época, establecieron los certámenes literarios y pulieron sus creaciones para ver si algún día el nombre de uno de ellos podía alcanzar la altura del salvadoreño José Batres, citado por Darío y, tal vez, hasta la del propio Darío.
Los primeros Juegos Florales fueron convocados en 1909, con motivo de las fiestas de la Independencia, por la revista Páginas Ilustradas. El primer galardonado fue el poeta ramonense Lisímaco Chavarría. Posteriormente, obtuvieron el premio, entre otros Rogelio Sotela y Manuel Segura Méndez, pero fue en la edición de 1914, en que quedó de ganador Rafael Cardona, que los literatos ticos creyeron haber encontrado al gran poeta que tanto andaban buscando.
Rafael Cardona Jiménez, que había nacido en Cartago en 1892 y que moriría en México en 1973, era miembro de una familia de artistas, músicos y escritores. Su padre, Genaro Cardona Valverde, autor de la Esfinge del Sendero, era novelista. Su tío, Ismael Cardona Valverde, era violinista y compositor. Su hermano, Jorge Cardona Jiménez, padre del poeta Alfredo Cardona Peña y del escritor Alvaro Cardona Hine, escribió el libro Hombres y máquinas. Entre sus sobrinos de generaciones más recientes, destacan el compositor Alejandro Cardona y la violinista Dylana Jenson.
En el prólogo de Oro de la mañana, tras citar las palabras de Darío, Ricardo Fernández Guardia comenta orgulloso que el Príncipe de las Letras Castellanas tuvo ocasión de rectificar. En Guatemala, Darío tuvo oportunidad de leer el Poema de las piedras preciosas de Rafael Cardona, sobre el que hizo un juicio elogioso, como si por fin hubiera aparecido el poeta costarricense que creía que nunca llegaría. El comentario de Darío, en todo caso, debió haber sido manifestado de manera verbal al periodista Guillermo Vargas, que fue quien le presentó el poema. Oro de la mañana fue publicado en 1916, el mismo año de la muerte de Darío.
Poco después de la publicación de su primer libro, Rafael Cardona emigró a Guatemala, donde fue profesor de la Universidad de San Carlos y tuvo como discípulo a Edelberto Torres. Llegó a establecer amistad con el dictador Jorge Ubico, pero sus relaciones se agriaron cuando, en una acalorada discusión, Cardona le dijo a Ubico que era "un tigre de alfombra". El poeta se trasladó entonces a México, en los tiempos en que gobernaba Alvaro Obregón y José Vasconcelos era secretario de Educación. Hizo buenas migas con Vasconcelos y se dedicó a trabajar como periodista, primero en El demócrata y posteriormente en Excelsior, diario del que llegó a ser editorialista.
Además de Oro de la mañana, escribió otros dos libros de poesía: Medallones de la Conquista (1918) y Estirpe (1949), este último editado por Joaquín García Monge.
En 1972, por insistencia de su sobrino, el poeta Alfredo Cardona Peña, Rafael Cardona preparó una selección de poemas inéditos con miras a realizar una publicación. Cardona Peña hizo llegar el manuscrito a don Alberto Cañas quien, al año siguiente, lo publicó con el título de Obra Poética, bajo el sello de la Editorial Costa Rica. El poeta, lamentablemente, no vivió para ver su último libro impreso.
Rafael Cardona murió en México el 2 de febrero de 1973. Al día siguiente, en el periódico La Prensa, del Distrito Federal, apareció un artículo titulado Una pluma alada, en el que su autor, Rodulfo Garzunier, manifestaba su deseo de que "ojalá su obra, escrita y oculta a la publicidad, se dé a conocer ahora que no está él para oponerse."
Cardona Peña declara que su tío era un ermitaño de muy mal genio. Había estudiado a Marx y se declaraba socialista. Sin embargo, sostenía que su ideología era no tener ninguna. En una de las pocas ocasiones en que regresó a Costa Rica, intentó fundar un partido político para enfrentarse a don Ricardo Jiménez Oreamuno, a quien le criticaba hasta la sintaxis de sus discursos.
En sus últimos años se volvió muy religioso, no quería recibir a nadie, desconectó el teléfono de su casa y optó por dedicar gran parte del día a la oración.
El que se suponía que era el gran poeta costarricense que Darío creía que nunca iba a aparecer, acabó siendo olvidado. Sus poemas no se incluyen en antologías y su nombre solamente se menciona de pasada en la historia de la literatura costarricense. Hosco e intransigente ante las transformaciones de vanguardia, "Rafael fue", en palabras de su sobrino Cardona Peña, "pastor de su propia sombra, artífice de la soledad y recuerdo insomne de sus años de gloria." Para él, no tenía validez ningún movimiento posterior al modernismo y parnasianismo. Las nuevas generaciones de poetas, decía, "se encargaron de romper con la retórica, con los estados objetivos de conciencia, y vertieron el ácido corrosivo del sarcasmo y la burla al lustre milenario de la poesía."
Su Poema de las piedras preciosas, que en algún momento era recitado de memoria con gran deleite por sus admiradores, es un texto largo en que el diamante, el zafiro, la esmeralda, la amatista y el rubí, se describen a sí mismas. La Oda a Víctor Hugo y el poema titulado Macbeth, por su parte, hacen gala de erudición y destreza, pero no conmueven. Tal vez el único poema de Oro de la mañana que podría tocar alguna fibra de la sensibilidad de un lector moderno sea Las viejecitas, que viene con una dedicatoria a su amiga Carmen Lyra. En las páginas de este libro lo que se encuentra son versos de composición impecable, de rima y métrica perfectas, llenos de referencias clásicas, pero de la poesía se espera que sea mucho más que eso.
Si Rafael Cardona fue nuestro gran poeta modernista, definitivamente no alcanzó, ni de lejos, la gloria de Darío, de Batres, de Martí o de José Asunción Silva. Tal vez su vocación estuvo confundida. Quiso ser un gran poeta y fue reconocido como tal. Pero el título de "Gran poeta" es efímero, mientras que el título de poeta a secas, ya sea de poeta humilde, pero verdadero, es eterno.
INSC: 2195

sábado, 17 de septiembre de 2016

Tradiciones peruanas de Ricardo Palma.

Tradiciones Peruanas. Ricardo Palma.
Editorial Kapelusz. Argentina. 1957.
El escritor peruano Ricardo Palma (1833-1919) cultivó todos los géneros literarios. Sus primeros poemas aparecieron en El Comercio de Lima cuando apenas tenía quince años de edad. A esa misma edad inició su carrera de periodista como director de El Diablo, un periódico satírico sobre temas políticos tan irreverente como punzante y divertido. Años después cambió la poesía por el teatro, en el que logró cierto éxito. Aunque su primer drama El hijo del Sol no se llegó a representar, otras obras suyas alcazaron gran popularidad. Lamentablemente solamente se conservan dos piezas teatrales de Palma, Rodil de 1851 (cuyo manuscrito apareció cien años después de su estreno) y la comedia El Santo de Panchita, escrita junto con Manuel Ascencio Segura. La razón por la que producción teatral de Palma se haya perdido fue que él mismo le prendió fuego.
Además de poesía y teatro, Ricardo Palma escribió cuentos, novelas, ensayos e investigaciones históricas sobre la Inquisición en Lima. Ejerció el periodismo toda su vida, fue iniciado en la Masonería, formó parte de la armada peruana, sirvió como diplomático y, en 1887, fundó la Academia Peruana de la Lengua, de la que fue su primer presidente. Los trabajos de Palma sobre filología y lingüística, como Neologismos y americanismos (1896) y Papeletas Lexicográficas (1903), abogan por la admisión de nuevos vocablos utilizados en el Español de América dentro del léxico oficial recogido en los diccionarios. 
Pese a esta magna obra, Ricardo Palma es recordado, ante todo, por los deliciosos relatos históricos titulados Tradiciones Peruanas, que comenzó a escribir en 1859. Curiosamente, la primera vez que Palma utilizó el término Tradición Peruana, fue en un relato de 1854, que llevaba por título Infernum el hechicero y que nunca fue publicado dentro de las series que después se hicieron famosas.
Palma encontró la fuente de sus Tradiciones en los documentos antiguos que estaban almacenados en el archivo de la Biblioteca Nacional, institución de la que fue director de 1883 a 1912. Repasando papeles amarillentos de todo tipo: correspondencia oficial, informes de autoridades, sumarios de juicios, testamentos y hasta cartas privadas, Palma empezó a familiarizarse con figuras del pasado virreinal que, lejos de parecer figuras acartonadas, saltaron ante sus ojos como personajes pintorescos y llenos de vida que se veían envueltos en situaciones descabelladas.
La información que constaba en actas era apenas un asomo de lo ocurrido y, para completar la historia, había que imaginar los detalles. Quienes utilizan las categorías de Ficción y No ficción para clasificar las narraciones, se verían en apuros ante las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma. Los acontecimientos y los personajes son históricos, pero los diálogos y la descripción de las escenas son inventados.
Las tradiciones, además, no pretenden estar totalmente apegadas a los hechos ni analizar objetivamente sus antecedentes y consecuencias, como si fueran investigaciones históricas. Tampoco buscan deslumbrar por su estructura o belleza expresiva ya que, en el fondo, no tienen grandes pretensiones literarias. Son, más bien, narraciones ligeras, coloquiales, en que lo sucedido se cuenta en tono chismoso. Al contar un chisme, nadie se pone grandilocuente ni brinda referencias sobre la veracidad de lo sucedido. De una u otra manera, todas las Tradiciones son cómicas, pero no generan carcajadas sino sonrisas. Virreyes, generales, regidores, caballeros y miembros de familias de abolengo, saltan de sus páginas llenos de vitalidad y encanto.
Los historiadores más estrictos, le han criticado a las Tradiciones su ligereza y sus inexactitudes. Los críticos literarios más exigentes le reclaman la simpleza de la prosa. Ni unos ni otros, han logrado comprender que Palma no hacía más que compartir con el gran público lo que iba descubriendo en el archivo.
A partir de 1860, las Tradiciones empezaron a ser publicadas en periódicos, no solamente de Perú, sino de toda América Latina. En Lima se publicaron los dos primeros libros con la colección de las Tradiciones, el primero en 1872 y el segundo en 1891. La edición completa y en tiraje masivo apareció en Barcelona en 1906 en cuatro volúmenes. Tras la muerte de Palma, el gobierno peruano auspició la edición completa de las Tradiciones, que fue de seis volúmenes, publicados por Espasa Calpe entre 1923 y 1939.
La edición que tengo en mi biblioteca es mínima. Un librito pequeño de la Editorial Kapelusz que solamente incluye quince tradiciones. Dado que la colección completa es de seis volúmenes, lo que he leído no pasa de ser algo así como la pequeña muestra que dan a probar para que uno se anime a comprar el queso entero. En mi caso, el propósito se cumplió. Aunque lo que he leído de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma sea poco, ese poco verdaderamente me ha encantado. Todavía no he podido adquirir la colección completa, pero no pierdo la esperanza de conseguirla en algún momento.
Desde la antigüedad clásica, los historiadores concentraron su atención en los conflictos políticos y militares generados en las altas esferas del poder. No ha sido sino hasta muy recientemente que los historiadores han vuelto su mirada al pueblo llano y se han dedicado a investigar la vida cotidiana en las diferentes épocas. En este sentido, Ricardo Palma puede considerarse un precursor de la tendencia. 
En una de sus tradiciones cuenta que de los primeros tres olivos traídos de España que fueron sembrados en Perú, uno fue robado y sirvió de inicio para un olivar famoso en Chile. El punto es que las aceitunas fueron, durante la época colonial y las primeras décadas de la independencia, un manjar apreciado pero escaso y terriblemente caro. Incluso en los grandes banquetes, a cada comensal se le servía solamente una aceituna. Existía el dicho "Aceituna, una". Cuando la producción creció y se llegaron a venderse cuatro aceitunas por un real, se servían cuatro aceitunas por cabeza pero, para evitar abusos, el nuevo refrán era: "Aceituna, oro es una, la segunda plata y la tercera mata", por lo que los invitados solamente comían dos y dejaban las otras dos sin tocar en el plato. Se acostumbraba acompañar con una aceituna la copa de aguardiente, de manera que, para no mencionar el licor por su nombre, los caballeros del Siglo XIX, incluyendo a Bolívar a San Martín, en vez de decir, "Vamos a tomar un trago", decían "Vamos a remojar una aceituna". La palabra aguardiente tiene once letras y, por ello, cuando no había aceitunas, se decía "Vamos a tomar once", expresión que, aunque con distinto significado, en la actualidad, se mantiene en algunos países de América del Sur.
Otro dicho al que Palma le encontró explicación en los papeles del archivo, tiene que ver con un romance entre Margarita, una niña inocentona que a los dieciocho años todavía jugaba con muñecas, y Luis, un joven elegante y apuesto que, aunque era sobrino de un viejo muy rico, no tenía ni dónde caerse muerto. Cuando se destapó el asunto, don Raimundo, el padre de Margarita, se opuso a que su hija se casara con un "pobretón". La palabra ofendió a don Torcuato, el tío de Luis, quien salió a dar la cara por su sobrino. Los jóvenes se amaban y deseaban casarse, pero los viejos se habían declarado enemigos. Don Raimundo intentó disculparse y estuvo dispuesto a entregar la mano de su hija junto con una generosa dote. Don Torcuato, por su parte, sostuvo que solamente aceptaría el enlace con la condición de que don Raimundo no entregara dote ni le diera regalo de bodas a su hija ya que su sobrino no era ningún "pobretón", que necesitara de nada más que el apoyo de su tío para fundar una familia. Don Raimundo insistió que quería obsequiarle algo a su hija. "Ni un alfiler", fue la respuesta de don Torcuato. Tras múltiples negociaciones, don Torcuato accedió que don Raimundo le regalara solamente una camisa. La sorpresa fue que la camisa estaba tenía, en vez de botones, valiosas joyas. Los hechos tuvieron lugar en 1765 y todavía a principios del Siglo XX en Perú se acostumbraba decir: "Me salió más caro que la camisa de Margarita Pareja."
Pero no todo son refranes. El azar tiene un gran peso en la vida de las personas. Sin mencionar nombres, cuenta la historia de un oficial del ejército español quien, desesperado por los atrasos de su sastre, que no le entregó un traje a tiempo, sacó su arma y lo mató. La misma noche del crimen, le confesó lo sucedido a su superior. En vez de arrestarlo y juzgarlo, que era lo que correspondía, su jefe le ofreció una puerta de escape. Si se hubiera enterado del asesinato por medios oficiales, tendría que abrirle una causa, pero como lo supo por la confidencia de un amigo, le sugirió que escapara antes de que el cadáver fuera descubierto y le llegaran con la noticia. El asesino del sastre, que no sabía hacer otra cosas que ser militar, se integró al ejército libertador y llegó a ser uno de los héroes de la batalla de Ayacucho. De no haber matado al sastre, habría luchado en el bando contrario.
Como pasa con todos los escritores populares, Ricardo Palma creó escuela. En mi país, Costa Rica, Ricardo Fernández Guardia, Gonzalo Chacón Trejos y Ricardo Blanco Segura, entre otros, han publicado narraciones breves sobre hechos simpáticos, asombrosos, absurdos o jocosos que encontraron mientras revisaban páginas amarillentas en los archivos. La historia no es tan aburrida como insisten en presentarla los profesores y los libros de texto. Los historiadores, cuando tienen buen sentido del humor y se permiten sazonar con un poco de imaginación sus hallazgos, son capaces de deleitarnos con narraciones que generan sonrisas.
INSC: 1706
Ricardo Palma (1833-1919). Poeta, narrador, historiador, lingüista y autor de
Tradiciones Peruanas.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Crónicas y cuentos míos. Aquileo Echeverría.

Crónicas y cuentos míos. Aquileo
Echeverría. Editorial STVDIVM. UACA.
Costa Rica, 1981.
Aquileo Echeverría tuvo una vida breve. Nació el 22 de marzo de 1866 en San José de Costa Rica y murió, en Barcelona, el 11 de marzo de 1909 pocos días antes de cumplir los cuarenta y tres años de edad.  
En vida, solamente pudo publicar dos libros, Romances en 1903 y su célebres Concherías en 1905. Su gran amigo Rubén Darío, con quien había trabajado en el periódico La Unión, de El Salvador, en 1889, en el prólogo que escribió para la segunda edición de Concherías, publicada en Barcelona en 1909, llegó a afirmar que Aquileo era el único poeta de Costa Rica. 
Cuando a Darío estaba yéndole bien en Buenos Aires, le escribió a Aquileo para proponerle que viajara a Argentina y trabajara de nuevo a su lado. El gran poeta nicaragüense consideraba que el talento de Aquileo le permitiría abrirse paso en un universo literario y periodístico más amplio que el del pequeño y aislado país en que vivía. Aquileo declinó la invitación.
Aunque fue edecán del presidente nicaragüense Adán Cárdenas del Castillo, se desempeñó como diplomático en Washington D.C., residió por un par de años en Guatemala, trabajó en El Salvador y, por azares del destino, murió en Europa, Aquileo Echeverría era un gran enamorado de su tierra, de la que no le gustaba separarse por periodos prolongados. Cuando, con los pocos ahorros que había logrado reunir con su modesto sueldo, se trasladó a vivir a la provincia de Heredia, donde puso una pulpería, enviaba sus colaboraciones a los periódicos sin molestarse en venir a la capital.
Aquileo nunca logró la fama internacional que alcanzó Darío. Aparte de las Concherías publicadas en Barcelona en 1909, su obra nunca más fue editada fuera de Costa Rica. Una traducción de sus versos, a cualquier idioma, sería impensable. Aquileo escribió sobre los ticos y para los ticos y, por ello, sus versos quedaron atrapados exclusivamente en su país. 
Naturalmente, la vida en la Costa Rica de hoy es bastante diferente a la de 1905 y los estudiantes de primaria y secundaria, al leer las Concherías,  conforme pasa el tiempo se ven en mayores dificultades para comprender las palabras y expresiones que ha caído en desuso. El disfrute de la picardía y el sentido del humor, sin embargo, se ha mantenido. Casi no hay escolar costarricense que no haya recitado o participado en alguna representación teatral de una conchería.
Benémerito de las Letras Patrias desde 1949, Aquileo es el poeta nacional de Costa Rica. Los premios nacionales de poesía, cuento, novela, ensayo, historia, artes plásticas y música llevan su nombre.
Sin embargo, los relatos en prosa y la obra periodística de Aquileo Echeverría sigue siendo poco conocida.
En 1934, para celebrar los doscientos años de la fundación del primer curato en Heredia, don Joaquín García Monge, por invitación de la Asociación Cultural Ala, seleccionó una muestra de artículos de Aquileo y editó el libro Crónicas y cuentos míos. La antología, que venía presentada con un extenso ensayo de Alejandro Alvarado Quirós, fue muy popular en su momento, pero no fue reeditada.
En 1981, cuando ya de la edición de 1934 no quedaba más que la leyenda, reeditó íntegramente la obra, a la que solamente le agregó una presentación escrita por doña Marilyn Echeverría Zurcher de Sauter, nieta de Aquileo, quien con el seudónimo de Lara Ríos es, como su abuelo, una escritora muy popular. 
Sobra decir que la presentación de doña Marilyn es mucho más agradable que el soporífero ensayo de Alejandro Alvarado Quirós. 
Con prosa abrumadoramente rebuscada y compleja, Alvarado Quirós hace un recuento de la vida y obra de Aquileo que acaba siendo un elogio cauto y con reservas. Las indiscreciones que se permite revelar, totalmente innecesarias, parecieran destinadas a opacar la imagen del poeta a quien le critica el haberse dejado seducir por el éxito del público y no haber realizado una poesía más elevada y universal. Según el, el costumbrismo y el regionalismo no llevan a la gloria, pero lo cierto es que Aquileo sigue siendo leído y admirado en Costa Rica, mientras que Alvarado Quirós no se le recuerda ni aquí ni en ninguna otra parte.
Pero vayamos a los textos de Aquileo. Como colaboraba con distintas publicaciones, sus relatos, crónicas, semblanzas y reportajes aparecieron originalmente en multitud de periódicos y revistas tales como El sol, El noticiero, Páginas Ilustradas, La Patria (donde también aparecían los cuentos de Magón), La República, Pandemónium, El día, La Revista, Notas y letras, El Centinela, Las Fiestas, El periódico, Cuartillas, Guatemala Ilustrada, Revista de Costa Rica y El Heraldo, este último dirigido por Pío Víquez. Curiosamente, no hay ni una sola nota de La Unión, de El Salvador, pero no se le puede criticar esta comprensible omisión a don Joaquín García Monge quien sus buenas horas de biblioteca debió haber pasado para reunir tanto material disperso.
Aquileo Echeverría Zeledón. (1866-1909)
En el libro, como en toda muestra antológica, hay un poco de todo. Muy discreto respecto a sí mismo, solamente aparecen unos cuantos recuerdos personales. Cuenta que cuando era niño y se preparaba para hacer la Primera Comunión, al hacer examen de conciencia para confesarse se vio en un apuro. Nunca antes había pensado en sus pecados pero, al repasar los diez mandamientos y toparse con el rotundo "No matarás", recordó que había asesinado a un gato de una pedrada. Suponía que Monseñor Carlos María Ulloa, el confesor, al enterarse de su delito, lo enviaría directamente al infierno.  El día de la confesión estaba tan asustado que se puso a llorar. El cura, para tranquilizarlo, le regaló dulces, Aquileo confesó su pecado y, tras la absolución, logró sacarse la muerte del gato de su conciencia. 
También aparece una nota muy sentimental sobre su hija pequeña, que le pide a Dios protección para sus muñecas. Recuerda que una vez, para ir a echar una serenata, contrataron un músico quien accedió a tocar, siempre y cuando le ayudaran a sacar la guitarra de la casa de empeño. También evoca con nostalgia las veces que iba a nadar a la poza del río Torres, donde comía mango con sal y en la que muchas ocasiones, tras el baño, debió soportar la broma pesada del bizcocho, que consistía en que, quienes se retiraban antes, le hacían numerosos y complicados nudos a la ropa de los que todavía estaban nadando.
Aparecen numerosos obituarios dedicados a José Zorrilla, Manuel Gutiérrez Nájera, Teodoro Yoyo Quirós, Ángel Anselmo Castro, Juan Gutiérrez y Pío Víquez. 
Hay semblanzas de Federico Proaño, Juan Fernández Ferraz (con quien mantuvo encendidas polémicas pero a quien le guardaba un cariño y aprecio que eran correspondidos) y Manuel Argüello Mora, el escritor costarricense sobrino de don Juanito Mora.
Particularmente interesantes son sus reseñas literarias. Comenta los versos de Justo Facio, los cuentos de Ricardo Fernández Guardia y una pieza teatral de Eduardo Casalmigia.
Ya en su labor como reportero, el libro incluye una nota sobre un incendio forestal al norte de Heredia, así como una entrevista que le hizo al presidente peruano Nicolás Pierola quien, al ver impresas sus declaraciones, mandó una carta al periódico en la que afirmaba que Aquileo había tergiversado sus palabras y que la entrevista incluía aseveraciones que él nunca dijo ni diría. Aquileo respondió de manera amable y respetuosa pero contundente. No entró a polemizar con el entrevistado, pero le dejó claro que él, como reportero, pudo haber malinterpretado sus declaraciones pero no inventó nada.
Naturalmente, el libro incluye una buena muestra de notas humorísticas. El artículo en que Aquileo hace una declaración de amor a Miss Tella, es una broma de principio a fin que arranca desde el mismo título. Verdaderamente deliciosas son las páginas dedicadas a la pereza, a las uñas, a la lluvia y al aguacate. Hay hasta una parodia, en verso, de una conversación telefónica, publicada en 1901, cuando el teléfono era una novedad tecnológica asombrosa pero que, como hoy en día, era utilizado para los asuntos más triviales.
El Discurso patriótico y de oposición, es una maestra de ironía en que un orador exaltado denuncia injusticias y atropellos, se queja de la penosa situación que agobia a las mayorías y clama por justicia pero, en cada línea, da muestras de su total ignorancia y queda claro que no sabe de lo que está hablando. Dice que en Inglaterra todo es abundante y barato, al punto que un buen caballo cuesta diez o veinte guineas, de manera que con un racimo uno puede hacerse de una caballeriza. "¿No es ridículo que un país donde el poró brota espontáneamente, se introduzcan parches porosos?" Más adelante afirma que las paperas dan de comer papas, los berrinches de comer peras y la peritonitis de comer peras. El que se casa con una Petra se petrifica y el que se casa con una Ester se esteriliza. Si alguien se casa con una Eva, es inevitable que se evapore.
En cada página de este libro, incluyendo hasta los obituarios y las notas informativas, hay detrás el asomo de una sonrisa. Si hubiera que calificar a Aquileo, habría que decir que era un escritor sonriente. Sus Concherías sigan leyéndose en las escuelas, pero es una verdadera lástima que la recopilación de su obra periodística solamente haya tenido dos ediciones, ambas póstumas, una en 1934 y otra en 1981. 
INSC: 2677
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...