Mostrando las entradas con la etiqueta Guatemala. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Guatemala. Mostrar todas las entradas

martes, 19 de marzo de 2019

Un dios más, un dios menos. Poesía de Joan Bernal.

Un dios más, un dios menos.
Joan Bernal.
Editorial Poe.
Guatemala. 2018.
Los lectores prefieren entrar en contacto con la obra sin que nadie les advierta lo que podrían encontrar en ella. Por ese motivo, es una práctica común al tomar un libro, especialmente si se trata de un libro de poesía, irse directamente al contenido y saltarse el prólogo sin leerlo. 
El prólogo podría predisponer y, si es convincente, hasta podría empujar al lector a tomar un camino de apreciación distinto al que habría emprendido por sí mismo.
Sin embargo esta, como todas las reglas, tiene sus excepciones. 
En el caso de Un dios más, un dios menos, libro de poesía de Joan Bernal publicado en Guatemala por la Editorial Poe, el comentario introductorio de Bonny Hernández, titulado "A manera de prólogo. Pero más una nota de cariño", más que comentar la poesía de Joan Bernal, cuenta su encuentro personal con ella.
Bonny tenía que encontrar un tema de investigación para el curso "Poesía Hispanoamericanca del Siglo XX". El camino fácil era ir a la segura y escoger a un autor famoso y reconocido. Pero ella quiso plantearse el reto de escoger poesía más fresca y menos comentada. Buscando lo que ella llama "una señal del destino", se encontró en los estantes de una librería el poemario For Sale. No tenía ninguna referencia del libro y nunca había oído hablar de Joan Bernal, pero al repasar las páginas y entrar en contacto con su poesía, supo que había hayado lo que andaba buscando. 
En las páginas de For Sale, encontró que la mirada y la voz del poeta prestaba atención a los paraguas, al fútbol, a los detalles aparentemente más insignificantes de la vida diaria, elevándolos al nivel de tema de reflexión profunda.
Gracias en buena parte a "la señal del destino" que encontró Bonny, se logró la publicación de Un dios más, un dios menos, primer libro de Joan Bernal publicado en Guatemala.
En la aproximación a la poesía, especialmente a la hora de escoger los temas para trabajos de cursos literarios, ocurre algo similar  a lo que sucede con la música clásica: la atención vuelve una y otra vez, casi de manera automática, sobre los mismos autores y las mismas obras. 
Lanzarse a descubrir voces nuevas es una labor de minería que puede ser recompensada con el descubrimiento de una buena veta, como en este caso.
El público guatemalteco que entre en contacto con este libro, encontrará en él pequeños repasos de instantes vividos. Algunos alegres, otros dolorosos, pero todos, de alguna forma, memorables. Tendrán claro, sin necesidad de mayores referencias, que "El Edén" no se refiere precisamente al paraíso terrenal. Acompañarán al poeta en su caminata por cinco esquinas, conocerán algo de su persona en el autorretrato y se asomarán a su visión de la realidad en el balance de lo que sucede. El misterio de una mujer con anteojos oscuros, aunque no puede descifrarse a plenitud, puede imaginarse con la esperanza de no fallar por mucho. El duelo por la ausencia de la madre muerta hace poco, se convierte en un diálogo sereno con una silla vacía. Sin presumir de don Juan, el poeta considera que ha sido un éxito con las mujeres, ya que a ninguna le llegó disfrazado de piel de oveja y, cuando el romace llegó a su fin, todo acabó sin venganzas porque ellas siguieron su camino y él siguió el suyo.
Joan Bernal es un poeta de mirada curiosa y profunda, que suele dirigir con la misma atención a lo grande y a lo pequeño, a lo complicado y a lo simple, a lo más alto y lo más bajo. Lo paradójico no lo sorprende ni lo asombra, porque tiene claro las contradicciones están en cualquier parte que se mire. Su vocación, afortunadamente, es de poeta y no de filósofo. Sin pretender explicarlos, asume sus temas desde el asombro, la emoción, el contacto y el recuerdo, que son quizá los mejores caminos para conocerlos a fondo o, al menos, para llegar a comprenderlos sin caer en la tentación de juzgarlos.
INSC; 2781

viernes, 27 de mayo de 2016

Eunice Odio en Guatemala.

Eunice Odio en Guatemala. Mario A.
Esquivel T. Ministerio de Cultura,
Juventud y Deportes. Costa Rica.
No indica el año de publicación.
Eunice Odio viajó a Guatemala a recoger un premio y acabó quedándose a vivir en ese país durante cinco años. En 1946, el gobierno guatemalteco convocó un premio centroamericano de poesía cuyo ganador sería anunciado el 15 de setiembre del año siguiente como parte de las celebraciones de la fiesta de independencia.
Una vez leídas las obras presentadas, los miembros del jurado, el periodista Flavio Herrera Hernández, el pintor Abelardo Velásquez y el escirtor Miguel Ángel Asturias, decidieron galardonar a la costarricense Eunice Odio por Los elementos terrestres y al salvadoreño Hugo Lindo por Libro de Horas. Cabe anotar que el premio no fue compartido sino duplicado. Cada uno de ellos recibió la medalla de oro y los ochocientos quetzales que fueron ofrecidos y sus respectivos libros fueron publicados, en 1948, por cuenta del Estado guatemalteco.
Los dos poetas premiados eran jóvenes pero no desconocidos. Hugo Lindo solamente había publicado un libro anteriormente, en 1943, pero su nombre ya gozaba de cierta fama. Algunos poemas de Eunice, por su parte, habían aparecido en Repertorio Americano, la revista que editaba don Joaquín García Monge y que circulaba por toda América Latina. 
Augusto Monterroso, al comentar el fallo del premio, celebra el triunfo de Eunice, cuyos pocos poemas publicados hasta entonces tal parece que le eran familiares.
En setiembre de 1947, Eunice recibió su premio en Guatemala, donde causó gran impresión, dictó conferencias y estableció contactos con revistas y periódicos locales que se mostraron dispuestos a publicar sus colaboraciones. Luego, aprovechando la notoriedad ganada con el Premio Centroamericano, emprendió una gira por los cinco países del istmo, que le permitió conocer en persona a los escritores de la región. Con Claudia Lars la amistad llegó a ser estrecha.
Los Elementos Terrestres, primer libro de poesía publicado de Eunice Odio, se imprimió el 15 de mayo de 1948 en Guatemala. La autora, que había viajado nuevamente a ese país para la ocasión, decidió quedarse a vivir allí. Los motivos de esta decisión no son difíciles de imaginar. Costa Rica estaba atravesando un período difícil. La confrontación entre los distintos grupos políticos, agresiva y violenta desde hacía años, había desembocado en una guerra civil en marzo de 1948. Aunque el conflicto duró apenas un mes, Eunice era opositora al bando ganador. Además, pese a ser colaboradora del Repertorio Americano, Eunice consideraba que en Costa Rica no había suficiente espacio para destacarse como escritora.
Guatemala, por el contrario, vivía en aquel tiempo la época del Dr. Juan José Arévalo, el presidente cuyas acciones en favor de la justicia social y el desarrollo de las artes despertaban entusiasmo entre las mentes progresistas y brindaban protagonismo a los artistas e intelectuales. Eunice Odio no fue la única escritora centroamericana que optó por residir en Guatemala en aquellos años. El poeta nicaragüense Alberto Ordóñez Argüello, por citar otro ejemplo, llegó incluso a ser colaborador cercano del Dr. Arévalo.
Durante los cinco años que vivió en Guatemala (1948-1953), Eunice escribió su segundo libro, Zona en territorio del alba, publicó crítica literaria y artística en periódicos y revistas locales, fue miembro de AGEAR (Asociación Guatemalteca de Escritores y Artistas Revolucionarios), participó en política y sostuvo memorables polémicas en la prensa.
El Licenciado Mario A. Esquivel T. recopiló varios documentos de esta época en una antología titulada Eunice Odio en Guatemala. El libro, publicado por el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, por un error de edición, no consigna el año en que fue publicado. Tras una semblanza de las actividades de Eunice en tierras chapinas, la obra está dividida en tres secciones. La primera es una colección de artículos publicados por Eunice en la prensa local, la segunda es una muestra de los poemas que escribió en aquellos años y la tercera consta de noticias que aparecieron sobre ella.
Verdaderamente interesante resulta leer Exposición sobre política actual de Costa Rica, un larguísimo artículo que Eunice publicó en diciembre de 1947, en el que expone sus punto de vista sobre la confrontación que vivía entonces su país. Aunque posteriormente cambió su posición, en aquellos años Eunice mantenía aún simpatía por las ideas de izquierda y sostiene que, en el fondo, lo que Costa Rica estaba viviendo era un conflicto entre fuerzas revolucionarias y reaccionarias. El artículo es detallado al enumerar los atentados contra la vida de Manuel Mora, pero no menciona nada de las acciones represivas y abusivas de los gobiernos del Dr. Calderón Guardia y del Lic. Teodoro Picado.
Eunice Odio. (1919-1974)
No podía imaginarse entonces que apenas tres meses después de publicado su artículo, el alzamiento de don José Figueres contaría con el apoyo, ni más ni menos, que del propio Dr. Arévalo.
En todo caso, Eunice acabó desilusionada del Dr. Arévalo y, en las elecciones de 1950, se opuso a Jacobo Árbenz y apoyó a Jorge García Granados. Participó activamente en la campaña y acompañó al candidato en sus giras. Tras el triunfo de Árbenz, Eunice, que ya se había distanciado de la izquierda, manifestó su preocupación por el avance del comunismo en Guatemala de la mano del dúo Arévalo-Árbenz.
En Biografía de una generación, Eunice declara que "Costa Rica no ha tenido, ni tiene, ni tendrá, un presidente que se interese por las letras y las artes" y, de nuevo, hace largo repaso histórico que se remonta hasta los tiempos del General don Tomás Guardia.
Ya en el plano literario y artístico, Eunice reseña con aprecio y entusiasmo la obra de Otto Raúl González,  se incluye su hermosa entrevista a don Francisco Gavidia así como su ensayo sobre la pintura de su prima Margarita Berthau.
Hace gala de su famosa y contundente ironía en el artítulo titulado Alejandro Sux corre tras un turista, que se refiere a un señor Cantala, "diz que autor de El insípido, libro idem."
Tras cinco años en Guatemala, Eunice se trasladó a México, donde murió en 1974. Los tres libros que publicó en vida aparecieron: el primero en Guatemala, el segundo en Argentina y el tercero en El Salvador.
Gran escritora y personaje atractivo y singular, a Eunice Odio los costarricenses empezamos a conocerla cuando ya no estaba en este mundo. Se marchó muy joven de nuestro país y nunca regresó. 
INSC: 2234

viernes, 14 de noviembre de 2014

Rigoberta Menchú mentiras y verdades.

Me llamo Rigoberta Menchú y así me
nació la conciencia. Elizabeth Burgos.
Observen que Burgos aparece como
autora y observen la esquina: "Quince
años de ediciones ininterrumpidas.
Un día, tal vez no muy lejano, alguien va a escribir un libro sobre la historia de este libro. La resumo para no hacer el cuento largo. En enero de 1982, Rigoberta Menchú viajó a Europa como vocera del Comité de Unidad Campesina de Guatemala. En París conoció a la venezolana Elisabeth Burgos. En un monólogo maratónico que duró doce días, Menchú le contó su vida a Burgos, quien grabó todo lo dicho. Aquellas grabaciones acabaron convirtiéndose en el libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia. El libro tenía un objetivo propagandístico: denunciar la violencia en Guatemala y promover la solidaridad internacional con los grupos insurgentes de ese país. Fue hecho a toda prisa. Las conversaciones grabadas tuvieron lugar en enero de 1982 y el manuscrito definitivo estuvo listo en septiembre de ese mismo año. Casi de inmediato se firmó el contrato con Gallimard y al año siguiente el libro fue publicado en español. En 1984 aparecieron las traducciones al inglés y al francés y, no mucho después, las ediciones en alemán, italiano, holandés, japonés, danés, sueco, noruego y ruso.
El libro es una tragedia de principio a fin. Es la autobiografía, narrada en primera persona, de Menchú, pobre indígena analfabeta, hija de campesinos sin tierra, explotada trabajadora del campo en plantaciones de café y algodón, humillada empleada doméstica en la capital, que por haber nacido en la miseria vio a un hermano morir de hambre y cuya familia indígena era acosada por los terratenientes ladinos. Menchú fue testigo presencial de masacres y asesinatos y en repetidas ocasiones estuvo a punto de perder la vida. Me ahorro los detalles porque los detalles siempre son grotescos, especialmente en este caso.
Cuando alguien habla de sus tragedias, pretende hacerse pasar por héroe o por víctima. En el caso de Menchú, por ambos. Tanto en el papel de héroe como en el de víctima, no hay quien le gane.
El libro cumplió su propósito. El mundo entero quedó, más que estupefacto, horrorizado por las barbaridades que ocurrían en Guatemala. Menchú se convirtió en celebridad y su libro llegó a ser de lectura obligatoria en prestigiosas universidades.
Yo lo leí en 1989, confieso que sin prestarle mucha atención, aunque hubo dos cosas que me hicieron dudar de su veracidad. Una era solamente una sospecha y en la otra estaba totalmente seguro de que Menchú mentía. Me pareció sospechoso que todos los acontecimientos narrados hubieran sido vividos por solo una persona que, además, tenía solamente veintitrés años de edad. Sin embargo, para otorgarle el beneficio de la duda, lo acepté como posible. Lo que definitivamente llegué a considerar absolutamente falso fue la experiencia de Menchú como recolectora de café. Su cuento puede engañar a un europeo que solo ha visto café en su taza, pero no a un costarricense que nació y creció rodeado de cafetales. Cuando leí su descripción de cómo se cosechan los granos me quedó clarísimo que Rigoberta no ha visto una mata de café en su vida. 
David Stoll hizo una lectura más detallada que la mía y descubrió que casi toda la autobiografía es falsa. Rigoberta no solo fue a la escuela, sino que estudió en un internado privado, no se le murió ningún hermano de hambre, nunca trabajó ni como empleada doméstica ni en las plantaciones, su padre, el campesino sin tierra, tenía una finca de más de dos mil hectáreas y sus pleitos no fueron con terratenientes ladinos sino con los parientes, también indígenas, de su esposa. Rigoberta, además, nunca estuvo donde dijo que estuvo ni presenció lo que asegura haber visto.
Stoll desenmascaró la farsa con el libro Rigoberta Menchú y los pobres de Guatemala, publicado en 1999, que consiste en entrevistas con parientes, amigos y vecinos de la Menchú. Para evitar ser víctima de una tomadura de pelo, Stoll, a diferencia de Burgos, sí tuvo el cuidado de confirmar la información recibida.
En cuanto se destapó el tamal, surgieron dos enfrentamientos dignos de una telenovela. Los adeptos a la Menchú respondieron fuego con fuego y señalaron inconsistencias y errores en el libro de Stoll. Quien escriba sobre este asunto, de ahora en adelante, ya está advertido de que lo que publique va a ser leído con lupa. Por otra parte, Menchú, para quitarse el muerto de encima, afirmó que la autora del libro no era ella, sino Burgos, quien editó el texto sin consultarla. Burgos por su parte, afirma que conserva las grabaciones y que lo que hizo no fue más allá de poner lo dicho en orden cronológico y corregir el mal uso de algunos tiempos verbales.
Menchú y Burgos, en todo caso, llevaban tiempo distanciadas a causa del dinero. Quien firmó el contrato con la editorial Gallimard fue Burgos. Cuando el libro se convirtió en una verdadera mina de oro, Menchú le pidió a Burgos que renunciara a sus derechos para que ella pudiera hacer sus propios contratos, pero la editorial, que ya había negociado el manuscrito en medio mundo, dijo que un traspaso no era viable. Menchú entonces acusó a Burgos de no darle la mitad de los derechos de autor. Burgos, en respuesta, mostró los recibos firmados por Menchú y luego, indignada por sus declaraciones, dejó de enviarle su mitad.
Rigoberta Menchú y los pobres de
Guatemala. David Stoll, 1999.
Oscar Wilde, genial dramaturgo, decía que las obras de teatro no deben ser muy extensas porque, si se alargan demasiado, las comedias acaban en tragedia y las tragedias terminan dando risa. Eso fue lo que sucedió en este caso. El libro sobre matanzas, torturas y violaciones a los Derechos Humanos acabó convertido en un sainete cómico. Para evitar que la comedia del libro acabara restándole atención a la tragedia vivida por Guatemala en los setentas, se puso a circular la versión de que Menchú lo que había hecho era contar, como si fuera su vida, la vida de todo el pueblo. Uno de sus incondicionales soltó esta perla de la retórica: "Cuando Menchú miente dice la verdad."
Varios críticos literarios (no cito nombres porque no sé quién fue el primero en acuñar el concepto) han calificado el libro de Menchú como: "La mayor broma pesada literaria, intelectual y académica del Siglo XX".
Hubo quienes llegaron a solicitar que a Menchú le fuera retirado el Premio Nobel de la Paz que le fue otorgado. El Comité del Premio Nobel se negó a sancionarla porque, como decía Mark Twain: "Es más fácil engañar a alguien que convencerlo que acepte que ha sido engañado."
Ya para ir cerrando, porque esta entrada se me hizo larga, comparto cinco consideraciones.
1. Si alguien cuenta su vida de viva voz a otra persona que la graba y la escribe, cuando el libro esté listo, el autor es el narrador, no el grabador y transcriptor. En las memorias y autobiografías, el autor no es quien escribe el libro, sino quien lo vivió, porque solo él puede responder por su contenido. Abundan los ejemplos de figuras de la política, de la ciencia, de los negocios, del arte o del deporte, que son muy destacados en su campo, pero que han requerido que alguien con habilidad para escribir convierta sus recuerdos en libro. En ninguno de esos casos, que yo sepa, el colaborador se va a ofrecer el manuscrito a una editorial como si fuera suyo.
2. Desde el primer momento en que surgió la idea de publicar el libro de Menchú, estaba claro que la intención era que sirviera de propaganda a una causa. No se supone que la propaganda sea objetiva. En la propaganda los hechos se acomodan al mensaje pero ¿Hasta qué punto? A un libro propagandístico se le puede disculpar que unos hechos aparezcan subrayados y otros ni siquiera se mencionen, que haya exageraciones y omisiones. Mentir, aceptémoslo, es también una de las herramientas de la propaganda.
3. El Cid, Wilhelm Tell y el rey Ricardo Corazón de León, realmente existieron, pero durante siglos a los hechos reales que vivieron se les han venido añadiendo episodios imaginarios. Hoy, es imposible saber cuánto de lo que se dice de ellos realmente ocurrió y cuánto es inventado. La mezcla de realidad y fantasía los ha convertido en personajes mitológicos. El mito del Cid, de Wilhelm Tell y de Ricardo Corazón de León no fue inventado por ellos, sino por sus pueblos, los españoles, los suizos y los ingleses, a lo largo de cientos de años. Menchú, a los veintitrés años de edad, quiso convertirse, por sí misma, en mito. 
4. Conozco a un simpático anciano italiano a quien le gusta hablarme de su vida. Tiene historias maravillosas. Vio a Ava Gardner patear a Frank Sinatra. Tomaba café con Lucky Luciano y jugaba cartas con el rey Faruk de Egipto. Estoy tentado a encerrarme doce días con él, ponerle una grabadora al frente, transcribir las grabaciones y firmar un contrato con Gallimard. En la de menos ahí está mi oportunidad de hacerme millonario.
5. Finalmente, se me ocurre una solución salomónica para todo este caso. En Estados Unidos los libros se clasifican en dos categorías: Ficción y No Ficción. Pues no hay más que hablar, para resolverlo todo solamente hay que cambiar el libro de Menchú de estante en la librería y, para hacerla completa, cambiarle su Premio Nobel de la Paz por un Premio Nobel de Literatura y asunto resuelto.
Rigoberta Menchú Tum. Nació en 1959. Saltó a la fama con el libro escrito por Elisabeth
Burgos en 1983. Premio Nobel de la Paz en 1992. Premio Príncipe de Asturias en 1998.
Candidata presidencial en 2007 y 2011.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

Literatura indígena centroamericana.

Literaturas indígenas de Centroamérica.
Magda Zavala y Seidy Araya.
Editorial de la Universidad Nacional
Costa Rica, 2002.
Centroamérica es una región que, en buena medida, ha vivido de espaldas a su pasado precolombino. Aquí están los monumentos arqueológicos y los genes que llevamos dentro, pero en lo que se refiere al universo fantástico, mitológico y religioso de nuestros antepasados precolombinos, no ha sido sino hasta el Siglo XX que los centroamericanos empezamos a recuperarlo.
Parte valiosa de ese proceso de recuperación es el libro Literaturas indígenas de Centroamérica, de Magda Zavala y Seidy Araya, publicado por la Universidad Nacional.
"El mundo literario indígena centroamericano, visto como un conjunto, ha recibido poco tratamiento. Gran parte de los estudios literarios tradicionales se han fundado, en mucho, en teorías eurocéntricas que, por lo tanto, han tenido dificultad para aceptar el carácter pluricultural y multiétnico de nuestros pueblos."
Con estas palabras arranca Zavala su investigación, en la que se propuso la titánica tarea de romper con la tradición de estudiar los textos indígenas de manera aislada y tratar de brindar una perspectiva integradora, que abarque desde los códices precolombinos hasta las manifestaciones más recientes.
Al terminar la lectura del estudio, hay dos mitos que se derrumban. Primero, que la literatura indígena es un tema del pasado propio de la arqueología. En el libro aparece viva y activa. Y segundo, que existe una ruptura entre lo indígena prehispánico y lo indígena contemporáneo. A pesar de la influencia española, el estudio demuestra claramente una continuidad en la literatura indígena, tanto antigua como actual, que solo puede llamarse tradición.
Siempre es un problema ponerle un adjetivo a la palabra literatura. ¿De qué hablamos cuando decimos "literatura indígena"? Inteligentimente, las investigadoras optaron por ser incluyentes, de manera que integraron en su estudio, además de las obras de autores indígenas, otras escritas por autores no indígenas así como las recopilaciones, en mayor o menor medida metódicas, realizadas a lo largo de los siglos por religiosos, viajeros o maestros.
Para aclarar las cosas, se explica desde el inicio que la literatura indígena es sus orígenes, al igual que cualquier otro corpus literario antiguo, es fruto de la oralidad y discute la afirmación de Abelardo Bonilla, quien dio como un hecho que la literatura centroamericana seguiría desarrollándose de espaldas a lo prehispánico.
Sin llegar a ser didáctico, en el mal sentido del término, antes de entrar en materia el libro brinda una introducción antropológica en que se explican las características particulares de las diferentes culturas que habitaron nuestra región, así como las diferencias entre las lengua maya y la mexica.
Paradójicamente, los tres códices mayas precolombinos más valiosos tienen en común el estar fuera de la región. Ninguno de los tres, por cierto, se ocupa de materias históricas o literarias. El conservado en Dresden se refiere a astronomía, el de Madrid a adivinación y el de París a materias diversas. En todo caso, son poco conocidos por los investigadores centroamericanos y totalmente desconocidos para el público en general.
Algo diferente a lo que ocurre con el Popol Vuh, declarado Libro Nacional de Guatemala en 1972 y que circula en ediciones bastante accesibles. Precisamente, entre las páginas más interesantes del estudio figuran las que se refieren a este documento.
El Popol Vuh, como se sabe, no es prehispánico sino que data del Siglo XVI, de manera que de alguna forma ya está influenciado por la visión de mundo y de Dios traída por los misioneros. El texto fue recuperado por Fray Francisco Jiménez entre 1701 y 1703, pero se cree que data de al menos doscientos años antes. Mientras unos dicen que su objetivo era conservar tradiciones tras la matanza que realizó don Pedro de Alvarado en 1524, otros sostienen que fue escrito con fines doctrinales por Diego Reynoso, quiché asistente de los primeros misioneros a quien el obispo Francisco Marroquín enseñó a leer y escribir.
A pesar de estas circunstancias, las investigadoras sostienen que al Popol Vuh no se le puede invalidar su procedencia maya y exponen interesantes reflexiones sobre la concepción del hombre, la sociedad y el universo que brinda la obra.
Se refieren también a Zaquicoxol, el texto más antiguo encontrado en Guatemala, de apenas sesenta y nueve páginas, que trata de una danza de conquista que podría considerarse parte de algún tipo de tradición teatral.
Prestan atención también a El güegüense o Baile del macho ratón, antigua pieza teatral de Nicaragua que se refiere al mestizaje y es, ella misma, fruto del mestizaje. Como bien apunta Jorge Eduardo Arellano, el hecho de que El güegüense esté escrito en un español bajo y un nahuatl corrupto, demuestra que aunque haya aparecido en Masaya apenas en el Siglo XIX, su origen debe ubicarse en el periodo de la Conquista.
Además de estas obras, que son clásicas, el estudio presta atención también a la tradición oral, menos atendida y estudiada, de los kunas del archipiélago de San Blas en Panamá y de los miskitos de la costa Caribe de Nicaragua. Al referirse a estos últimos, por cierto, se hacen reveladoras anotaciones sobre cómo se mezclaron en esta cultura las tradiciones africana e indígena.
Pero la investigación, como se dijo, no quiso quedarse en el rescate arqueológico y se ocupa también de manifestaciones recientes. En este apartado hay que subrayar las consideraciones sobre el género de testimonio que se desprenden a propósito del libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, supuestamente dictado por Menchú a la antropóloga venezolana Elisabeth Burgos. Otras obras analizadas son La mujer habitada, de Gioconda Belli, (en la que una rebelde indígena reencarna en un árbol de naranja y, a través del jugo, se introduce en una guerrillera sandinista) y Tenochtitlan de José León Sánchez. 
No podía faltar tampoco la Vanguardia Granadina que, con Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho a la cabeza, introdujeron el universo y el lenguaje indígena en la poesía nicaragüense, así como el exteriorismo de Ernesto Cardenal y los estudios de Jorge Eduardo Arellano.
El libro cierra con autores de fin del Siglo XX como Humberto Ak`abal y Luis Enrique Sam Colop en poesía, o Gaspar Pedro González en narrativa, quienes siguiendo la ruta abierta en Guatemala por Luis de Lión, quien con su novela El tiempo principia en Xibalbá inicia la tradición de escritores indígenas que escriben en castellano.
Conciso, ameno, bien documentado, inteligentemente planteado y expuesto con claridad y fluidez, Literaturas indígenas de Centroamérica es una fuente de referencia insoslayable para quienes opten por no vivir de espaldas a su pasado.

INSC: 1484

domingo, 14 de septiembre de 2014

La búsqueda más que el hallazgo.

Completamente inmaculada. Francisco
Méndez. Perro Azul. Costa Rica, 2002.
El protagonista del libro nos confiesa que así como la historia se divide en antes y después de Cristo, su vida se divide en antes y después de Inmaculada. Inmaculada, una joven española bella y radiante de energía fue en su vida una aparición fugaz que acabó convirtiéndose en presencia permanente.
El libro arranca en París, donde un muchacho guatemalteco observa a la gente que merodea por la calle mientras espera encontrarse con la mujer que ama. Pronto queda claro que no tienen una cita sino que el encuentro, de darse, dependerá exclusivamente de la casualidad.
Se habían conocido en Guatemala meses antes, él formaba parte de una pandilla de muchachos inquietos, revoltosos, jóvenes universitarios que alternan sus estudios con trabajos esporádicos y memorables escapadas nocturnas a bordo de un automóvil que por méritos propios ha llegado a convertirse en un miembro más del grupo.
En una fiesta de despedida a alguien que ni siquiera conocían, el protagonista conoce a Inmaculada, “Completamente Inmaculada”, se presenta ella y desde el primer baile y la primera copa surge un romance tan intenso que llega hasta alejarlo temporalmente de sus compañeros de andanzas. Pero Inmaculada era una española que solo estaba de paso por Guatemala y el día de la despedida inevitablemente llegó. Ella, para evitar escenas lacrimógenas que afearan el último capítulo de una relación bonita, ni siquiera permitió que la acompañara hasta el aeropuerto. El joven, por su parte, con una confianza ciega en el destino, no recoge ni su dirección, ni su teléfono, ni su correo electrónico, pero un buen día compra unos anillos de matrimonio y se va en avión a Europa dispuesto a casarse con ella. Está tan seguro de encontrarla que le muestra una foto al taxista que en Madrid lo lleva del aeropuerto al hotel y, una vez instalado en su habitación, al asomarse a la calle se pregunta cómo hará para bajar rápido las escaleras en caso de que la vea caminando por la calle.
En medio de esa odisea descabellada, el muchacho recuerda acontecimientos importantes en su vida. Recuerda cuando era niño y vivió con su papá y su mamá en el garaje de sus abuelos hasta que el nacimiento de su hermanito lo hizo mudarse adentro de la casa y compartir la habitación con un tío barbudo de gran imaginación. Recuerda sus travesuras adolescentes, a veces descubiertas por su madre con la consiguiente reprimenda y paliza. Recuerda la tragedia de su amigo Andrés quien al regresar a Guatemala después de un viaje largo, se entera que Connie ha muerto y con ella se llevó al hijo suyo que esperaba. Recuerda el origen de su fobia a los perros y los apuros que pasó al ofrecerle a un general un perro que no tenía posibilidades de obsequiarle.
El protagonista, mientras viaja por diferentes ciudades de Europa en busca de Inmaculada más que con ella se va encontrando consigo mismo y el viaje le sirve para conocerse mejor.
Desde los primeros capítulos del libro es evidente que Inmaculada no va a aparecer. Solo la esperanza de encontrarla en una búsqueda a través de Europa sin más recursos que una fotografía es algo descabellado. No hay problema entonces en declarar que efectivamente Inmaculada no aparece y que el muchachito guatemalteco, con la billetera vacía y las tarjetas al tope, resignadamente tiene que emprender el camino de regreso. “Aunque no te vi por más que caminé hasta casi romper mis zapatos y provocar ampollas en mis pies, estoy completamente seguro que siempre estuviste cerca”, reflexiona.
Resulta difícil indicar exactamente dónde es que radica el gran encanto de Completamente Inmaculada, la novela del escritor guatemalteco Francisco Alejandro Méndez sobre esta búsqueda que se adivina frustrada desde un principio.
La carga romántica es verdadera conmovedora puesto que no hay nada que acentúe más la soledad y el enamoramiento que la ausencia de alguien a quien se recuerda todos los días. Pero calificar a Completamente Inmaculada como novela romántica sería más que injusto. Fiel exponente de la sensibilidad de una generación reacia a soltar ráfagas de suspiros, la novela está escrita con un tono desenfadado y cargado de cinismo que disimula con humor negro, y del fino, cualquier aproximación a un exceso sentimental. Profundamente crítica ante la realidad del entorno, transgresora frente a todo lo convencional del medio heredado y no escogido, íntima hasta la médula y fresca y amena como una conversación entre amigos, la novela es una fruta de sabores diversos que se disfruta tanto en lo que tiene de dulce como en lo que tiene de amargo.
El ritmo de la narración es ágil y no se detiene en observaciones ni en reflexiones más allá de lo estrictamente necesario. Más que decir, Francisco es un escritor que sabe insinuar y sabe que no hay que agregar nada, por ejemplo, al poner en boca del protagonista el contundente par de frases: “Madrid es hermoso. Aquí nació ella.”
Quizá la reflexión más recurrente a lo largo de la lectura del libro sea la de que, en materia de búsquedas, lo importante no es tanto el hallazgo como la búsqueda en sí misma. Para ilustrarlo con un ejemplo clásico podríamos traer a colación la Odisea. Al repasar todas las aventuras por las que pasa Ulises, desde cegar al Cíclope hasta escuchar el canto de las sirenas, con frecuencia olvidamos, distraídos por tanto relato maravilloso, que Ulises lo único que quería era volver a su casa. Es decir, lo que hace rico un viaje no es el destino sino la ruta.
Curiosamente, aunque todo viaje es un retorno desde el mismo instante de la partida, el que vuelve es alguien distinto al que se fue. El que regresa al mismo punto es muy distinto al que nunca ha salido de él, de la misma forma en que el busca, aunque no encuentre, es diferente al que nunca ha buscado.
La novela presenta el marcado contraste entre experiencias distintas y mientras el protagonista pretende encontrar el amor verdadero en ese viaje largo, se tiene claro que Andrés lo perdió por una ausencia prolongada. Al mismo tiempo que el guatemalteco experimenta la fascinación arquitectónica y cultural por el viejo continente, reafirma con orgullo todo lo bueno, lo malo y lo feo de sus orígenes.
Sin pretensiones de denuncia ni de reivindicación, sin rasgarse las vestiduras por la injusticia pero sin pasarle indiferente al lado, sin referencias folclóricas ni pintorescas con miras de exportación, Completamente Inmaculada es una buena muestra de la corriente más fresca y actual de la literatura centroamericana. Una literatura ciertamente de sabor desencantado, de humor ácido, patriotismo irreverente y ajena a reivindicaciones mesiánicas o compromisos inevitables, que puede al mismo tiempo llegar a ser profundamente íntima como socialmente reveladora.
El escritor guatemalteco Francisco Alejandro Méndez.


INSC: 1614



Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...