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viernes, 23 de noviembre de 2018

Las Ish de Fernando Muñoz. Historias de la familia Castro Saborío.

Las Ish. Fernando Muñoz Mora.
Guayacán. Costa Rica, 2010.
Las memorias familiares, si no se escriben, se pierden. Las nuevas generaciones se quedan sin conocer detalles sobre las vidas de sus ancestros porque quienes podrían habérselos contado acabaron llevándoselos a la tumba.
Cuando estudiaba en los Estados Unidos, a don Fernando Muñoz Mora le llamó la atención el gran interés que tienen los americanos, todos ellos hijos de inmigrantes, por conocer sus orígenes familiares.
En Costa Rica, donde todos los ticos, así sea en grado remoto, somos primos, damos por un hecho que siempre hemos estado aquí y, por desinterés, dejamos que caigan en el olvido las andanzas de los abuelos.
De vuelta a la patria, don Fernando Muñoz decidió escribir un libro con historias de su familia. De haber querido presumir, le habría sobrado material para hacerlo. Don Fernando es descendiente del conquistador español Juan Vásquez de Coronado, fundador de Costa Rica, así como del polémico Dr. Stefano Corti Roca, que en toda la historia de nuestro país ha sido la única persona en haber sido acusada ante la Inquisición. Entre sus ancestros figuran también el jurista guatemalteco Agustín Gutiérrez Lizaurzábal, el prócer de la Independencia Joaquín de Yglesias, además del General José María Cañas y don Pedro Saborío Alfaro, quienes fueron oficiales en la guerra contra los filibusteros de William Walker. Don Fernando es sobrino, en tercera generación, del escritor Carlos Gagini y, en quinta generación, del Presidente Juan Rafael Mora Porras
Entre sus familiares más cercanos, su bisabuelo, Gerardo Castro Méndez, fue fundador de la Cruz Roja Costarricense y, como abogado, compartió estudios y hasta bufete con don Ricardo Jiménez Oreamuno y don Cleto González Víquez.  Su tío bisabuelo, Genaro Castro Méndez, fue el inamovible administrador del Teatro Nacional en las primeras décadas del Siglo XX. Cuando murió, el puesto lo heredó su sobrino, Octavio Castro Saborío, hijo de Gerardo Castro Méndez y Amalia Saborío Yglesias, a quien don Fernando, que lo conoció de cerca, llamaba "Tío Pavo".  Octavio Castro Saborío fue administrador del Teatro Nacional durante treinta y tres años y, por su pasión por la historia, se empeñó en que se levantaran tres monumentos a figuras que admiraba. La estatua de Simón Bolívar, en el parque Morazán, la de Juan Rafael Mora, frente al correo y la de Bernardo Augusto Thiel, al costado sur de la Catedral, fueron erigidas por iniciativa y gestión de Pavo
Sin embargo, a pesar de la impresionante lista de personajes históricos que llenan su árbol genealógico, al escribir su libro, don Fernando optó por concentrar la atención en su abuelita Graciela  Castro Saborío y en sus tías Amalia, Aurelia y Estela Castro Saborío. 
Eran mujeres de su época, recatadas, hogareñas y discretas, pero tenían la particularidad de decir siempre lo que pensaban. En medio de una conversación formal, como eran todas en aquel tiempo, en determinado momento alguna de ellas soltaba un comentario que resultaba inoportuno por lo sincero. Estas salidas de tono acabaron creando leyenda, al punto de que el propio autor sospecha que, entre las muchas anécdotas que se cuentan de ellas, debe de haber una mezcla entre reales e inventadas.
Graciela Castro Saborío. Una de las Ish.
Abuela de don Fernando Muñoz Mora.
Un hermano de ellas, Gerardo Castro Saborío,  estaba casado con Francisca Pérez Calvo, hija de don Pedro Pérez Zeledón.  Los años pasaban y Francisca se mantenía siempre muy bella. Cuando alguien les comentaba lo bien que se mantenía su cuñada, ellas exclamaban: "Pachica, siempre tan linda. Diente que se le cae, diente que le ponen."
Don Gerardo Castro Méndez y doña Amalia Saborío Yglesias tuvieron dieciocho hijos. Vivían en una amplia casona con patio central en barrio Amón. Doña Amalia murió el 31 de diciembre de 1915, mientras se preparaba para asistir al baile de año nuevo en el Teatro Nacional. Don Gerardo falleció dieciséis años después. Cuando los hijos se fueron casando, la casa empezó a quedarse vacía y, al final, solamente vivían en ella, además del solterón de Pavo, las hermanas que nunca se habían casado o que ya habían enviudado.
Esta casona, medio vacía y muy silenciosa, es la que don Fernando Muñoz recuerda visitar con frecuencia cuando era niño. Junto con sus primos, fingía jugar en el corredor cuando, en realidad, lo que hacían era escuchar las conversaciones de los mayores. La puerta de la calle no tenía seguro y bastaba mover una perilla para entrar. Había una sala que nunca se abría, en la que había grandes cuadros y hasta un piano, que servía para recibir visitas importantes. En esa sala, en un mismo día, don Fernando pudo ver en persona a dos expresidentes, don Otilio Ulate Blanco y el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, que llegaron a dar el pésame cuando murió Pavo.
El libro incluye una simpática confesión. Cuando Pavo murió, don Fernando, que era entonces un niño, fue a registrar en su armario y acabó apropiándose de un singular tesoro: el bastón de su abuelo, Gerardo Castro Méndez, y el bastón del obispo Bernardo Augusto Thiel.
El tío Pavo, la abuela Graciela y las tías Amalia, Aurelia y Estela eran muy pacientes, cariñosos y consentidores. Nunca regañaban a los niños y los dejaban hacer lo que quisieran. Cuando regresaban a sus casas, sus padres se quejaban de que volvían insoportablemente malcriados.
Personaje inovidable es la tía Amalia Castro Saborío. Para ganar algún dinero, recibía comensales. Cocinaba muy bien, sus tamales eran famosos, y tenía la habilidad de cambiar los ingredientes de las recetas de cocina para alcanzar un resultado similar a un precio mucho más bajo. Criaba pájaros y parecía que hablaba con ellos. Intentó tener peces pero, como se le murieron, optó por llenar la pecera con pecesitos de plástico. Solterona, fantaseaba contando que se había casado con un marinero que se fue y nunca más volvió, historia seguramente tomada de alguna de las novelas románticas que le gustaba leer. Una vez, Amalia regresó del cine contando que la escena que más le había gustado fue en la que la protagonista bajaba las escaleras con un vestido lleno de lacitos rosados y celestes. Cuando le preguntaron cómo pudo reconocer los colores si la película era en blanco y negro, Amalia simplemente contestó: "¿Para qué querés la imaginación?".
El título del libro, "Las ish", corresponde al apodo que compartían las hermanas Castro Saborío. Don Fernando Muñoz las conoció y las recuerda. Muchos de sus sobrinos, sobrino nietos y buena parte de su enorme cantidad de primos posiblemente nunca hayan oído hablar de ellas. Estas simpáticas anécdotas, como tantas historias familiares, de no haber sido escritas, se habrían perdido.
INSC: 2791
Don Gerardo Castro Méndez y sus hijos.

sábado, 1 de abril de 2017

Memorias del capitán Otto Escalante.

Memorias del Capitán Otto Escalante.
Un capítulo sobre la historia de la
aviación en Costa Rica. Ana C. Fonseca.
Guayacán, Costa Rica, 2007.
Por lo general, cuando los abuelos entretienen a sus nietos con relatos de su vida, lo hacen cómodamente sentados en un sofá, pero cuando el capitán Otto Escalante Wiepking compartía sus andanzas y aventuras con su nieta, Ana Fonseca, lo hacía dentro de la cabina de una avión en pleno vuelo.  Desde niña lo acompañó en sus viajes y escuchó sus historias, hasta que, ya siendo adulta, puso manos a la obra y las recopiló por escrito.
Memorias del Capitán Otto Escalante, un capítulo sobre la historia de la aviación en Costa Rica, es un libro tan agradable como revelador, que recoge, además de episodios personales y familiares, un valioso testimonio histórico sobre la guerra civil de 1948 así como un recuento del nacimiento, crecimiento y posterior desaparición de LACSA, Líneas Aéreas Costarricenses S.A.
Aunque la labor de Otto fue fundamental en el desarrollo de la aviación costarricense, no se le puede considerar dentro de los pioneros de la actividad, ya que pertenece a la tercera generación de pilotos del país. El primer aviador costarricense fue Tobías Bolaños Palma, quien se formó y ejerció en Francia entre 1916 y 1920. Tras sufrir un aparatoso accidente en que perdió una pierna, regresó a Costa Rica donde voló una única vez con tan mala fortuna que aterrizó en la copa de un árbol. Sobrevivió, pero no volvió a pilotear nunca.
Ya en la década de los años treinta hubo nuevos aviadores como Guillermo Núñez Umaña, Tobías Carrillo, Oscar Arana y Román Macaya.
Otto nació el 26 de octubre de 1921, minutos después de su hermana Olga. Los gemelos eran los primogénitos de Francisco Escalante y Eduviges Wiepking. La madre de Otto era alemana y trabajó como secretaria de don Carlos Kitzing y don Eberhard Steinvorth.
En 1928, con tan solo seis años de edad, vio a Charles Lindberg aterrizar en La Sabana. La primera vez que voló fue a los catorce años, también desde La Sabana, donde un aviador, a cambio de cinco colones, llevaba a los niños a dar una vuelta sobre San José.
Durante sus estudios en el Colegio Seminario, Otto hizo gran amistad con Gil Chaverri, Jorge Rossi, Danilo Jiménez Veiga y Daniel Oduber Quirós, pero no tenía claro que hacer con su futuro. Leía ávidamente novelas de aventuras y libros de filosofía y astronomía sin acabar de decidirse por una profesión. Eran los años de la II Guerra Mundial y un aviso en el periódico anunció que el gobierno de Estados Unidos ofrecía becas para formar pilotos de aviones. De los postulantes, solamente fueron aceptados Otto Escalante y Juan Victory Blanco, quienes partieron a Albuquerque, Nuevo México, de donde regresaron ya graduados.
Empezó haciendo viajes locales pero ya en 1943 realizó sus primeros vuelos internacionales a Tegucigalpa y New Orleans.
El 20 de mayo de 1944, contrajo matrimonio con María Cecilia Herrera Romero en la Iglesia del Carmen. Ofició la boda el padre Mariano Zúñiga, hermano del padre Ricardo Cayito Zúñiga. Ese día, cuenta Otto, por lo nervioso que estaba, se tomó el primer trago de su vida. El matrimonio tendría cuatro hijos, un varón y tres mujeres.
Aunque votó por el Dr. Calderón Guardia, pronto se desencantó de su gobierno. En las elecciones de 1944 fue cortesista y, dos años después, a la muerte de don León Cortés, desde una pequeña avioneta arrojó flores sobre el cortejo fúnebre.
En 1948, Frank Marshall lo contactó para una importante misión. El Dr. Arévalo, presidente de Guatemala, estaba dispuesto a facilitar armas a don José Figueres, pero se ocupaba un piloto que fuera a traerlas. Otto aceptó el encargo y el 12 de marzo, en cuanto las fuerzas rebeldes tomaron San Isidro del General, secuestraron un avión en el que partió de inmediato. Cuando llegó a Guatemala tuvo algunos inconvenientes debido a que el asunto no estaba del todo bien coordinado. El plan era tan secreto que nadie sabía de qué se trataba y Otto estuvo preso por unas horas. Una vez aclaradas las cosas, regresó con el primer cargamento de armas y oficiales. Trajo a dos dominicanos, seis hondureños y un nicaragüense, todos ellos militares de experiencia, que venían a brindar apoyo logístico a don Pepe. Uno de los hondureños, por cierto, se llamaba Francisco Morazán.
Durante las pocas semanas de conflicto, Otto realizó en total treinta viajes a Guatemala para traer armas y municiones. Tanto de ida como de vuelta tenía el cuidado de no pasar sobre Nicaragua, ya que Anastasio Somoza apoyaba a Calderón y a Picado.
También le correspondió a Otto bombardear Dominical y Puerto Cortés, donde las tropas del gobierno estaban reuniéndose con la esperanza de recuperar San Isidro. El gobierno también bombardeaba las tropas figueristas desde el aire con un DC 3 piloteado por un canadiense, que fue derribado el 1 de abril y cayó en las cercanías de San Ramón.
Fue Otto quien transportó las tropas que tomaron Limón y quien trajo a Gonzalo Facio y Daniel Oduber, que se encontraban fuera del país, al lado de don Pepe.
En 1955, le correspondió llevar tropas a Liberia para repeler la invasión procedente de Nicaragua y en 1959 transportó armas a Cuba para la guerrilla de Fidel Castro.
Otto Escalante Wiepking. (1921-2013).
El relato de estas aventuras militares es en verdad cautivador, pero el verdadero aporte de Otto Escalante a la aviación costarricense estuvo en el campo comercial. TACA (Transportes Aéreos de Centro América), fue fundada en Honduras, en 1931, por el neozelandés Lowell Yerex. Una vez terminada la II Guerra Mundial, Pan American Airways, para debilitar a TACA, se puso a fundar compañías aéreas nacionales: AVIATECA en Guatemala, SAHSA en Honduras, LANICA en Nicaragua, LACSA en Costa Rica y COPA en Panamá. LACSA fue fundada el 5 de octubre de 1945. Las acciones estaban repartidas en un cuarenta por ciento de PanAm, un veinte por ciento del Estado costarricense y el otro cuarenta por ciento para ser vendido entre inversionistas particulares. Con el paso de los años, el Estado llegó a tener hasta un treinta y tres por ciento de participación.
Otto empezó a trabajar en LACSA desde que se fundó. En 1958 llegó a ser subgerente y, desde 1960 hasta su retiro en 1989, ocupó la gerencia general. 
Durante el gobierno de su compañero de secundaria, Daniel Oduber Quirós, se planteó la intención de estatizar LACSA. Otto se opuso. De hecho, junto con Bruce Masís, Francisco Urbina, Carmen Naranjo y otros liberacionistas, formó el colectivo Acción Patria, que alertaba sobre el gigantismo estatal y la corrupción que, además de creciente, se estaba volviendo descarada. LACSA necesitaba capitalizarse, pero era difícil lograrlo. El mismo Otto cuenta que una vez fue a visitar a un rico cafetalero para invitarlo a invertir en LACSA, pero la respuesta que obtuvo fue: "Prefiero tener un billete de mil amarrado a una mata de café, que uno de cincuenta pegado al ala de un avión." 
PanAm estaba también en apuros y acabó regalando su participación en LACSA. Para 1990, la compañía estaba en manos de consorcios japoneses y no mucho después desapareció, como desaparecieron todas las líneas aéreas nacionales centroamericanas, que pasaron a ser del grupo TACA, con la excepción de COPA, que acabó siendo parte de Continental.
De 1993 a 1996, Otto fue asesor de AEROCOSTARICA pero, por diversos motivos la empresa no pudo crecer ni sostenerse.
En 1986, Otto fue nombrado embajador en Alemania, pero no asumió el puesto. Desempeñó cargos directivos en Coopesa y el Consejo Técnico de Aviación Civil.
El libro está lleno de datos sorprendentes. El primer aeropuerto que tuvo Costa Rica estuvo localizado en Chomes, Puntarenas, y funcionó de 1927 a 1931. Fue relevado por el de Lindora, que operó de 1931 a 1936. Durante la administración de León Cortés entró en funcionamiento el aeropuerto de La Sabana y en la de Otilio Ulate, el aeropuerto internacional Juan Santamaría. Estos datos son de dominio general. Lo que es poco conocido es que en la primera mitad del siglo XX, ante la falta de carreteras, el transporte aéreo era mucho más utilizado que en nuestros días. En Guanacaste había veintisiete pistas, en Limón cinco, en San Carlos doce, en el Valle del General siete y en el Pacífico sur nueve.
También, por supuesto, el libro está lleno de revelaciones personales. La que más me llamó la atención fue que a Otto, nunca lo trataron de don. Sus amigos, familiares y compañeros de trabajo lo llamaban por su nombre y hasta sus hijos y sus nietos lo llamaban simplemente Otto.
Poco después de haber leído el libro, me encontré por casualidad con Anita Fonseca. La felicité por haber escrito las memorias de su abuelo y me atreví a preguntarle por un incidente que esperaba encontrarme pero fue omitido. "No logro precisar el año, pero recuerdo que un avión comercial, uno de los grandes, se le salió de la pista y hasta apareció en el periódico, días después, una foto de tu abuelo en el hospital." Anita se encogió de hombros. "Otto no lo mencionó", me dijo. Y luego, con una gran sonrisa, agregó: "Tal vez no era algo que quisiera recordar."
El libro de memorias de Otto Escalante fue publicado en 2007. Otto murió el 28 de diciembre de 2013. Francamente espero que otros abuelos tengan, como él, la fortuna de que un nieto recopile las historias que le cuenta.
Además de la bandera costarricense, los aviones de LACSA, durante un tiempo
tenían pintada una rueda de carreta.

INSC: 2349

viernes, 28 de noviembre de 2014

Un canto a la amistad verdadera.

El capitán Pinillo. Oscar Monge Maykall.
Guayacán, Costa Rica, 1995.
Escrita solamente con diálogos, la novela El capitán Pinillo de Oscar Monge Maykall, logra involucrarnos en la vida de un hombre que, luego de perder a su esposa, descubre que aún le quedan el mar, la amistad y el futuro.
Tras enviudar, Pinillo, un humilde fabricante de botes de Quepos, descubre que la soledad es algo horrible y que si se queda en el rancho que ahora siente vacío, pronto morirá él también. Desde el momento mismo de dejar a su mujer en el cementerio, se sumió en una profunda depresión. No comía ni tomaba café. Había perdido el interés por todo lo que lo rodeaba y se pasaba las horas pensando únicamente en que su final también debería de estar cerca.
Para despejarse y distraerse, decide cambiar de ambiente. Sin brindarle mayores explicaciones a sus familiares (que ya habían notado que el abuelo no andaba muy bien), una mañana parte hacia Uvita, a pasar unos días en casa de su amigo Juan González.
Juan y Pinillo eran amigos desde aquellos lejanos tiempos en que, según ellos, no se conocía el egoísmo. Cuando alguien se iba a juntar, todos cooperaban para levantarle un rancho de caña brava y techo de palma que, en cuestión de un día, lo dejaban hasta barrido. Pinillo se juntó con su mujer a los catorce años y Juan, naturalmente, participó en la construcción del rancho. Ahora que ambos están viejos, los días que pasa con su amigo le sirven a Pinillo para comprender que haberse quedado viudo no significa haberse quedado solo.
Ambos han vivido siempre cerca del mar y un día descubren que el mar les ha puesto una tarea. La marea ha dejado en la playa un gran tronco que, trabajándolo como ellos saben hacerlo, podría convertirse en un hermoso bote. Pinillo, sin saber por qué, había llevado sus herramientas y, ni lerdos ni perezosos, ponen manos a la obra. Gracias a ese proyecto, su visita se prolonga por más de lo pensado, ya que Pinillo no quiere marcharse sin dejar el bote terminado.
La historia está basada en un hecho y un personaje real. El libro está dedicado a Pinillo, a sus hijos y nietos. Oscar Monge Maykall, oriundo de Quepos, como su personaje, logró con su primera novela un hermoso y conmovedor relato en que la nostalgia es el platillo principal. A lo largo del texto, son numerosas las digresiones en que se lamenta la transformación de Quepos, de un paraíso perdido y remoto, habitado pr personas sencillas y honradas, en un centro turístico en el que los principales propietarios de tierras no son oriundos del lugar. Los descendientes de los habitantes originales han acabado trabajando como peones  han emigrado a la ciudad. 
Escrita totalmente en diálogo, en El capitán Pinillo los giros y las expresiones coloquiales de los quepeños se reproducen con formidable precisión lo que le da a la novela un sabor auténtico que, sin lugar a dudas, debe destacarse como uno de sus más grandes méritos.
La esposa muerta de Pinillo lo visita en sueños para recordarle que el espíritu de lucha nunca debe abandonarse. El futuro abierto a posibilidades desconocidas, está sugerido por el del nieto de Pinillo, que nació poco después de la muerte de su esposa. Pinillo no quiere regresar a casa sin terminar el bote, pero también arde en deseos de conocer a su nietecito recién nacido. Abuelo y nieto, además de la misma sangre, compartirán la misma tierra: Quepos. Un Quepos distinto, eso sí. El de Pinillo ya no existe. El del nieto todavía no ha empezado a surgir. Muy probablemente, en el Quepos al que le tocará vivir al nieto no habrá nadie que, como su abuelo, con solo un hacha sea capaz de convertir un tronco en un bote. Los viejos suspiran por los tiempos idos, los jóvenes se plantan ante el presente sin arrugar la cara y la vida del recién nacido, como el futuro del pueblo en nació, es un misterio sobre el que poco o nada se puede prever.
La soledad va y viene, los ciclos de la vida se cierran y se abren y la verdadera amistad es tan eterna como el mar. A cada uno le tocará librar una lucha distinta en este mundo, pero la vida, hasta el momento mismo en que termina, siempre está empezando.
Quepos, Cantón de Aguirre, en la costa pacífica de Costa Rica. Pinillo, un
fabricante de botes local, es el personaje de la novela. El autor, Oscar Monge
Maykall, llegó a ser alcalde de la comunidad.
INSC: 1087

jueves, 13 de noviembre de 2014

Una juventud inquieta.

Desconciertos en un jardín
tropical. Magda Zavala.
Guayacán, Costa Rica, 1999.
Entre el desorden de papeles de Bernal, Gabriel se encuentra un panfleto sin firma en el que, a propósito de cualquier anécdota, se proclama que todo lo que sucede en este país se debe a que hay una alianza de las clases dirigentes contra los intereses populares. Cuando termina de leerlo, con un gesto desdeñoso pero a la vez nostálgico, Gabriel exclama: "Ya nadie se acuerda de esas varas".
La memoria es corta. Todo pasa. Las aguas vuelven rápidamente a su nivel y la generación de jóvenes que en los años setenta protestaba por Alcoa, no tardó mucho en acomodarse en los puestos mejor remunerados que el oportunismo permitiera alcanzar. De la época de luchas, a la mayoría no le quedó más que la pose, la memoria llena de consignas y proclamas y el recuerdo nostálgico de los encontronazos con la policía.
La generación que vivió su juventud en las décadas de los sesenta y setenta, independientemente de lo que haya hecho luego, se caracterizó por estar sedienta de cambio. Un grupo de esos jóvenes inquietos y cuestionadores, llenos de inquietudes sociales e inquietudes artísticas, desgranan sus ideas y sus sueños en Desconciertos en un jardín tropical, novela de Magda Zavala. La rebeldía propia de quien descubre que el mundo no es lo que podría ser, desasosiega a estos muchachos josefinos tanto en lo político como en lo estético.
En lo que se refiere a las letras, aquellos muchachos pretendían, entre otras cosas, sacar de la literatura el estilismo cursi, el cuadro de costumbres y realismo tieso, tanto como la imitación de tendencias vanguardistas.
En la novela nos encontramos con un héroe colectivo: la pandilla de estudiantes convencida de que el mundo requería un cambio y que creía de corazón que era posible realizarlo.
Esos jóvenes viven en la tranquila ciudad de San José, donde la represión no pasa de la indiferencia y el único instrumento de tortura del que pueden ser víctimas es el serrucho. En esa ciudad cómoda y apacible, en la que por más enemigos que tengan o crean tener su integridad física está fuera de peligro, manifiestan su solidaridad con las injusticias que se cometen en las naciones vecinas.
"Quien sea indiferente en este valle o meseta de lágrimas", declara tajante uno de los protagonistas, " es porque tiene el pellejo duro."
El pellejo de aquellos muchachos, de más está decirlo, era tan sensible como el de cualquiera que alrededor de los veinte años de edad, al realizar las primeras lecturas transgresoras, abre los ojos para descubrir que era un mito lo que siempre le habían enseñado como verdad absoluta.
"Es más sencillo contar con los dedos de la mano los países en que no se masacra ni hay miseria extrema", dice más adelante otro de estos muchachos que acabaron alineándose en la izquierda como respuesta a su indignación ante la injusticia.
Los protagonistas son un grupo de todólogos (o de diletantes, como los calificarían quienes se complacen en el fracaso ajeno), que se reúnen en distintos sitios para mantener vivos los temas de varias conversaciones que tardaron toda su juventud en consumirse.
El tono del libro, dividido en episodios autónomos, es distendido, coloquial y ameno, muy alejado del deseo ingenuo de "sonar bonito". Por otra parte, todo el texto viene salpicado con abundantes gotas de un humor, además de fino, afilado.
Independientemente de que el lector recuerde o no los hechos aludidos, pronto se llega a desarrollar una profunda simpatía por esos personajes inquietos y llenos de energía, profundamente idealistas y encantadoramente ingenuos.
Casi todos ellos escribían y sus textos circulaban en hojas de papel periódico, escritos a máquina con poca tinta y mucha fuerza. Algunos cometieron el error de creerse geniales y se asustaron luego al descubrir que apenas llegaban a imitadores. El que no escribía a lo Cardenal, escribía a lo Dalton. Para muchos, las pretensiones literarias se fueron diluyendo hasta desaparecer. Los sueños de un proyecto político también se gastaron contra el tiempo y la dura realidad.
A fin de cuentas, fue más lo que hablaron que lo que hicieron. Las horas interminables de cafetín, hablando de literatura, no se vieron traducidas en la producción de obras innovadoras que reflejaran las propuestas de esas tertulias. Fue mucho el disertar acerca de lo que había que hacer en el país, pero poca la disciplina necesaria para intentar hacerlo.
Aunque Desconciertos en un jardín tropical está ubicado en una época y una sociedad específica, lo cierto es que refleja la mentalidad de la juventud inquieta, al punto de que los jóvenes de otras generaciones u otras latitudes, que no recuerdan ni conocen las luchas y polémicas a las que se refiere el libro, probablemente se identifiquen con los protagonistas. Las coordenadas de juventud tienen más peso, en este libro, que las geográficas o de época.
Este es un libro que hay que leer poco a poco para poder adentrarse en su mundo, para poder ir identificando y conociendo a esos muchachos a través de sus mordaces comentarios y sus siempre cambiantes y estrafalarias ideas.

INSC: 1112

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