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sábado, 28 de diciembre de 2019

Canto a Pepe Figueres.

Canto a Pepe Figueres. 
Carlos Manuel Vicente Castro.
Editorial Raíces. Costa Rica, 2006.
La simpatía y el sentido del humor de donJosé Figueres Ferrer han alcanzado, al igual que su propia figura, la estatura de leyenda. Hablara con quien hablara, ya fuera un alto funcionario del gobierno, un diplómatico de otro país, un industrial, un productor agrícola, un estudiante, un campesino o un periodista, don Pepe siempre salpicaba la charla con alguna broma. Incluso al referirse a temas complejos y delicados, sabía encontrar el lado chistoso de la situación. Al conversar con don Pepe, el interlocutor inevitablemente, así fuera por un instante, acababa sonriendo. 
Cercano al pueblo, desprovisto de toda solemnidad y siempre dispuesto a entablar una charla con quien tuviera al frente, don Pepe era muy accesible pero, al mismo tiempo, era un hombre de pocos amigos. Aunque todos, hasta los niños, en vez de llamarlo "Señor Presidente", se dirigían a él simplemente como "don Pepe", eran realmente pocos, quizá solamente sus amigos de infancia como don Chico Orlich, quienes se atrevían a quitarle el don.
Don Pepe correspondía con el trato respetuoso y él también trataba de don a sus ministros y colaboradores. Haber trabajado a su lado les permitió conocerlo de cerca, pero entablar una relación de verdadera amistad con él no era algo de lo que pudieran presumir.
Se dice que Carlos Manuel Vicente Castro (1924-2017), quien fue diputado en tres ocasiones (1953-1958, 1966-1970 y 1970-1974) y desempeñó el cargo de Ministro de Gobernación, Policía, Justicia y Gracia en el último gobierno de don Pepe (1970-1974) era uno de los pocos grandes amigos que tuvo.
En el año 2006, al cumplirse los cien años del nacimiento de don Pepe, la Editorial Raíces publicó un valioso texto de Carlos Manuel Vicente Castro sobre el tres veces presidente de la República a quien tuvo la oportunidad de tratar de cerca y conocer a fondo.
El relato arranca meses antes del nacimiento del protagonista, cuando don César Nieto Díez, Cónsul de Costa Rica en Barcelona, logra convencer al entonces joven y recién casado médico, Dr. Mariano Figueres Forges, de firmar un contrato para ejercer su profesión al otro lado del Atlántico, en un país pequeño de América Central sobre el que no tenía mayor información. Su esposa, doña Francisca Ferrer Minguela, estaba embarazada, pero esa circunstancia no retrasó la partida. La joven pareja de catalanes se instaló en San Ramón de Alajuela, en tiempos en que aún vivía allí el poeta Lisímaco Chavarría, y pronto entabló amistad con otra pareja de inmigrantes de origen croata, don José Ricardo Orlich y doña Georgina Zamora. En San Ramón nacieron los primogénitos de ambas familias, don José María Figueres Ferrer, el 25 de setiembre de 1906 y don Francisco José Orlich Bolmarciv, el 10 de marzo de 1907. La amistad entre ambos, podría decirse que empezó desde que vinieron al mundo y los dos niños se criaron como hermanos. Con el tiempo, llegarían a ser conocidos simplemente como don Pepe y don Chico y los dos acabarían siendo Presidentes de Costa Rica. También, vale la pena mencionar, acabarían siendo cuñados, puesto que don Cornelio Orlich Bolmarciv, hermano de don Chico, se casó con doña Figueres Ferrer, hermana de don Pepe.
Los Figueres estuvieron poco tiempo en San Ramón. Cuando nació Luisa, la segunda hija, se trasladaron a Escazú y, poco después, a Santa Ana. Los otros dos hijos, Carmen y Antonio, ya nacieron en San José, donde su padre había instalado una moderna clínica muy bien equipada.
Don Pepe y don Chico estudiaron en el Colegio Seminario, bajo la rígida disciplina de los padres paulinos alemanes. Allí coincidieron con otros jóvenes de su edad, como Alberto Martén Chavarría, que entonces creía tener vocación sacerdotal pero que a la larga terminó inclinándose por el Derecho y la Economía. Compartieron aulas también con Alberto Mata Oreamuno, quien llegaría ser un reconocido sacerdote, así como con Francisco Calderón Guardia,  hermano menor del Dr. Rafael Calderón Guardia, quien también estudió en el Seminario pero que ya se había graduado cuando ellos llegaron.
Don Pepe era un buen estudiante, pero lamentaba que la educación técnica no fuera más amplia. Se destacaba en Matemáticas y Física y tenía entonces un gran interés por la mecánica y la electricidad. Apenas se graduó de bachiller, con tan solo diecisiete años de edad, decidió marcharse a los Estados Unidos. Le ilusionaba ver mundo y estudiar a fondo las materias de su interés. También quiso mantenerse por sí mismo, por lo que no aceptó ayuda económica de su padre. En los Estados Unidos trabajó y leyó muchísimo. Las cartas que enviaba a familiares y amigos eran tan alegres y optimistas que su amigo don Chico Orlich decidió unírsele. Los dos jóvenes vivieron entre Boston y New York durante cinco años. Regresaron en 1928, un año antes de la caída de la Bolsa de Valores que marcaría el inicio de la Gran Depresión.
De vuelta en Costa Rica, don Pepe se dedicó a diversas tareas. Vendió automóviles, instaló pequeñas plantas eléctricas en beneficios de café, probó suerte en el comercio, la industria y la agricultura y, como se sabe, finalmente decidió instalarse en una finca de terreno quebrado, lejos de la capital, en una zona a la que solamente se podía llegar tras varios días de viaje por caminos de tierra. A lo largo de su vida, cada vez que alguien le preguntaba por qué se fue a meter a aquella zona remota bajo condiciones tan difíciles, don Pepe simplemente contestaba: "A mí no me gustan las cosas fáciles." 
Allá. lejos de todos, pretendía dedicarse al trabajo duro del campo, durante el día, y al placer de la lectura reposada, durante la noche. Daba la impresión que su propósito era convertirse en una especie de ermitaño, concentrado exclusivamente en ampliar su cultura general de lector voraz y la producción agrícola de la finca que era su refugio. Por varios años cumplió su propósito y don Pepe era un personaje que solamente muy de vez en cuando se veía por San José. Pero un discurso que pronunció en la radio, como se sabe, acabó convirtiéndolo en figura nacional.
El Dr. Calderón Guardia había sido electo en 1940 prácticamente como candidato único y gozó, en un primer momento, de un gran apoyo general. Muy pronto, sin embargo, su gobierno empezó a volverse impopular. Se le acusaba de nepotismo y manejos poco claros de la Hacienda Pública. El conflicto armado en Europa afectaba el comercio internacional. Tras el ataque a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, Costa Rica había declarado la guerra a las potencias del Eje y, poco después, el gobierno había formado una alianza con el partido comunista. Un hecho verdaderamente extraño y curiosamente poco investigado por historiadores de épocas posteriores, desató una protesta que se salió de control. En el puerto de Limón, hubo una explosión en un barco, llamado el San Pablo, que dejó varios muertos. Se dijo que había sido atacado por un submarino nazi (hecho poco probable que nunca fue confirmado) por lo que el gobierno y el partido comunista organizaron una manifestación de protesta el 4 de julio de 1942. Los manifestantes destruyeron y saquearon comercios de alemanes, italianos y españoles en la capital. 
José Figueres Ferrer (1906-1990) Finquero rural y
lector voraz, era un desconocido hasta que en un
discurso radial, en 1942, mostró sus dotes de
gran comunicador.
Don Pepe, que se encontraba en San José, fue testigo de los hechos y quiso hacer pública su opinión sobre lo ocurrido así como sobre la situación del país en general. El anuncio que apareció en el periódico el 8 de julio de 1942, invitando al público a escuchar el discurso radial que iba a transmitirse esa noche, estaba firmado por sus compañeros de Colegio Seminario, Francisco J. Orlich y Alberto Martén Chavarría. Don Pepe, en esa fecha, era un desconocido. Esa misma fecha, sin embargo, dejó de serlo. 
Desde la primera vez que se dirigió a los costarricenses, lo hizo con el estilo de oratoria que acabaría convirtiéndolo en un gran comunicador. Su estilo era llano, concreto, casi telegráfico. Era capaz de plantear y analizar problemas sin caer en un tono pesimista. Lograba comunicar ideas profundas con lenguaje directo y claros ejemplos. Sabía cuándo, dónde y cómo introducir alguna gota de humor para relajar la tensión. Su discurso era muy crítico hacia el gobierno, pero el propio don Pepe declaró en repetidas ocasiones que no hizo más que repetir lo que se decía en la calle. 
La transmisión fue interrumpida por la policía, don Pepe fue arrestado y, pocos días después, expulsado del país. En Costa Rica no se había arrestado a nadie por manifestar su opinión en veinticinco años. Los últimos casos ocurrieron durante la dictadura de Federico Tinoco, que había concluido en 1919.  La práctica de desterrar ciudadanos costarricenses, que fue bastante común en el Siglo XIX y se practicó incluso durante la primera década del XX, se creía que era cosa del pasado. De hecho, Figueres acabó siendo el último costarricense al que el gobierno de Costa Rica expulsó de su propio país. 
En el exilio, además de preparar la lucha armada para derrocar a un régimen que había dado muestras de no estar dispuesto a dejar el poder por medio de las urnas, don Pepe establece relaciones cercanas con líderes latinoamericanos como Rómulo Betancourt, el Dr. Arévalo, Víctor Raúl Haya de la Torre y Luis Muñoz Marín. 
Su regreso a Costa Rica, el 23 de mayo de 1944, le brinda la ocasión de pronunciar un segundo discurso tan efectivo como el primero, que marca la consagración de un nuevo líder político. Aunque participó activamente de las asambleas de grupos opositores al gobierno, desde hacía tiempo había llegado a la conclusión de que, tarde o temprano, habría que recurrir a las armas.
Cuando el triunfo electoral de don Otilio Ulate sobre el Dr. Calderón Guardia fue desconocido en el Congreso, Figueres supo que había llegado el momento que esperaba. Monseñor Víctor Manuel Sanabria intentó evitar el conflicto, don Víctor Guardia Quirós propuso que Ulate y Calderón se retiraran y se nombrara un gobernante por consenso, pero ya los ánimos no estaban para negociaciones ni pactos.
La Guerra Civil fue breve. Empezó el 11 de marzo de 1948. El 20 de marzo las fuerzas de don Pepe tomaron San Isidro de El General, el 10 de abril Limón y el 12 de abril Cartago. El 24 de abril ya se había instalado la Junta Fundadora de la Segunda República y don Pepe quedó al frente del gobierno por primera vez. El 1 de diciembre de 1948, en un acto solemne en el Cuartel Bellavista que sería transformado en sede del Museo Nacional, don Pepe abolió el ejército.
Carlos Manuel Vicente Castro. (1924-2017)
El relato biográfico de Carlos Manuel Vicente Castro, que fue colaborador suyo en periodos posteriores, extrañamente termina en ese momento. Es verdad que 1948 fue el año más intenso de toda la vida pública de don Pepe, pero ni su vida ni su biografía terminan allí. Todo lo contrario, más bien podría decirse que allí empieza su larga carrera de estadista. Don Pepe fue presidente en dos periodos más, de 1953 a 1958 y de 1970 a 1974, en que también realizó importantes transformaciones. Alejado del poder y, en muchos sentidos, hasta distanciado de su propio partido, don Pepe continuó siendo figura protagónica de todos los debates nacionales prácticamente hasta el momento de su muerte, en 1990.
Canto a Pepe Figueres es un libro que, además de reseñar la vida de don Pepe, desde su nacimiento hasta la abolición del ejército, reproduce íntegramente los textos del discurso por el que fue expulsado del país y del que pronunció a su regreso, así como de las dos proclamas de la guerra civil, la primera, invitando a los ciudadanos a sumarse al movimiento armado y la segunda con propuestas para construir la Costa Rica del futuro. Incluye además una numerosos comentarios de diversas personas, entre los que hay amigos, colaboradores, familiares y hasta adversarios de don Pepe a propósito del centenario de su nacimiento. 
El periódico La Nación, que nunca fue complaciente con las actuaciones de don Pepe y que, de hecho, en distintas oportunidades actuó con abierta hostilidad hacia él, lo declaró en el año 2000 como el personaje histórico principal de Costa Rica en el Siglo XX. 
Don Pepe dejó publicados varios libros de ensayos y de narrativa. Sobre su figura y trayectoria se ha escrito mucho pero, a más de cien años de su nacimiento, una biografía completa que abarque todas sus múltiples facetas aún no ha sido escrita.
INSC: 2185
Destruir con un mazo las almenas del cuartel transformado en museo, fue
el gesto simbólico con que don José Figueres Ferrer abolió el ejército de
Costa Rica el 1 de diciembre de 1948.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Las anécdotas del padre Alberto Mata Oreamuno.

Semblanzas y anécdotas eclesiásticas.
Alberto Mata Oreamuno.
Costa Rica, 1988.
Cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, Monseñor Alberto Mata Oreamuno acató la recomendación que recibía constantemente de parte de sacerdotes jóvenes y escribió un libro sobre personajes que había conocido y hechos que había presenciado o protagonizado durante su ya larga vida.
No se trata de sus memorias, que ya había publicado unos años antes, sino más bien de una recopilación de recuerdos, anécdotas y semblanzas que valía la pena dejar escritas para que fueran conocidas cuando ya no estuviera él para contarlas.
El libro, titulado Semblanzas y anécdotas eclesiásticas, que tiene tanto páginas jocosas como emotivas, está lleno de sorpresas. Algunas son francamente divertidas y otras son verdaderas revelaciones de gran importancia histórica.
Nacido en Cartago en 1904, el padre Mata era bisnieto, por el lado paterno, de Jacinta de la Fuente, hermana de Feliciana, la madre del obispo Anselmo Llorente La Fuente, primer obispo de Costa Rica, quien, según cuenta, se entretenía jugando partidas de naipe con sus tíos abuelos. Por el lado materno tenía cierto parentesco con Mons. Luis Javier Muñoz, el obispo de Guatemala que fue expulsado por el dictador Jorge Ubico.
Las primeras páginas están dedicadas a breves notas biográficas de los papas, de Pío IX a Juan Pablo II y, tras una nota sobre el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), vienen apartados sobre los obispos de San José, desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós.
Cuenta que era un niño de doce años de edad la primera vez que vio a los padres paulinos alemanes con quienes posteriormente recibiría su formación sacerdotal. El obispo Juan Gaspar Stork llegó a Cartago acompañado de los sacerdotes Carlos Trapp y Agustín Blessing, en agosto de 1916, para celebrar la fiesta de la Virgen de los Angeles. El santuario era entonces un amplio galerón de madera ya que el templo (como prácticamente toda la ciudad) había sido destruido por el terremoto de mayo de 1910 que solamente dejó media docena de casas en pie.
Alberto Mata Oreamuno.
(1904-1996)
Con sincera admiración y profundo afecto, menciona uno por uno los nombres de todos los paulinos alemanes que vinieron a Costa Rica. Aquellos religiosos eran serios, severos, estrictos, estudiosos, trabajadores, austeros y cultos. Hablaban varios idiomas y constantemente hacían gala de tener una memoria prodigiosa. No solo porque citaban la Sagrada Escritura, los cánones y las sentencias de los Padres y Doctores de la Iglesia sin consultar ningún libro, sino porque se sabían los nombres y los apodos de cada uno de los estudiantes de la secundaria y de los mayoristas. Cuando felicitaban a algún estudiante, lo llamaban por el nombre, pero cuando lo regañaban lo llamaban por el apodo. Tenían además un sexto sentido para darse cuenta de todo lo que ocurría dentro del Seminario. Una vez, en la biblioteca donde hacían la tarea, un estudiante cometió una falta de urbanidad (con ruido y mal olor) y el padre Felipe Vetter, desde el otro extremo del salón, señaló al responsable y le gritó: "Pezuña, ¡No sea cochino!"
El rector, padre José Ohlemüller, era una verdadera eminencia pero, en sus últimos años, ya senil, decía incongruencias. Una vez, un sacerdote joven se atrevió a mencionar el deterioro mental del padre Ohlemüller y el padre Wilhelm Hennicken, al oírlo, le espetó: "El padre Ohlemüller leyó y estudió muchísimo durante toda su vida, así que esté tranquilo porque eso no le va a pasar a usted."
Además del Seminario, había paulinos alemanes en distintos puntos del país. Dos residían permanentemente en Talamanca y otros dos estaban a cargo de todo el territorio de la actual diócesis de San Isidro de El General. El vicariato apostólico de Limón fue confiado también a ellos porque la Misa, que se celebraba en latín, tenía tres homilías: una en español, otra en inglés y otra en francés. El hecho de que sacerdotes tan bien preparados con títulos de prestigiosas universidades europeas se hubieran trasladado como misioneros a los lugares más remotos de Costa Rica fue siempre una gran inspiración para los seminaristas.
En cuanto al clero local, se menciona que, curiosamente, siempre han habido curas con el mismo apellido. Simultáneamente hubo tres Badilla, tres Volio que eran hermanos, tres Valenciano que eran primos, cuatro Zúñiga y cuatro Mata. Las anécdotas que se cuentan de ellos son bien divertidas. El padre Rafael Badilla era lo que podría llamarse un cura maicero. Párroco rural, le predicaba a los campesinos en su propio lenguaje porque él también era uno de ellos. En aquellos tiempos había unas ollas de hierro o de barro que, para manterlas estables sobre la leña del fogón, tenían tres patitas diminutas que eran como picos. Una vez el sermón del padre Badilla fue interrumpido por el llanto de un recién nacido y, para indicarle a la madre que lo amamantara, le gritó desde el púlpito: "¡Dale la pata de olla!"
Francisco de Paula Castillo Arcas, uno de los tres Castillos, era un sacerdote andaluz dicharachero y que tocaba la guitarra, que fue párroco de San Rafael de Oreamuno. Allí encausó y alentó la vocación de un jovencito llamado Víctor Manuel Sanabria Martínez. Cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo, el padre Castillo se jactaba de que, gracias a él, la Iglesia costarricense había llegado a tener tan brillante prelado. Sin embargo, Monseñor Sanabria, medio en broma medio en serio solía decir: "En el clero tenemos tres Castillos, pero de los tres no se hace un rancho."
Beato Fray Remigio de Papiol.
(1885-1937)
Naturalmente, no todo el libro está escrito en clave humorística. Verdaderamente emotivo es el recuerdo de Fray Remigio de Papiol, sacerdote capuchino al que el Padre Mata le servía de monaguillo cuando era niño. Ver de cerca el recogimiento con que el fraile celebraba la Santa Misa fue uno de los grandes estímulos que despertaron su vocación sacerdotal.
Nacido en Barcelona en 1885 con el nombre de Esteban Santacana Armengol, Fray Remigio de Papiol ejerció su ministerio en Filipinas, México, Bluefields en Nicaragua, Colón en Panamá y Cartago en Costa Rica. Compañero suyo de viaje fue el hermano Fray Casiano de Madrid, que acabó desarrollando una gran obra social en Puntarenas. Fray Remigio regresó a España y, tras haber ingresado durante un breve período a la Orden Cartuja, acabó residiendo en Madrid.
Cuando el padre Mata fue ordenado, le escribió comunicándoselo y Fray Remigio le respondió que rezaba constantemente por su monaguillo. Fray Remigio de Papiol murió mártir en 1937, víctima de la represión contra la Iglesia durante la Guerra Civil Española y fue beatificado por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2015.
En cuanto a datos importantes para la historia de Costa Rica, el libro reproduce la homilía que pronunció el padre Alfredo Hidalgo (reconocido calderonista) en el Te Deum cantado a propósito de la instalación de la Junta Fundadora de la Segunda República presidida por don José Figueres y que acabó generando un serio disgusto entre Monseñor Sanabria y el gobierno.
Monumento a Mons. Alberto Mata Oreamuno
en los jardines del Templo Parroquial de
Guadalupe de Goicoechea.
Sorprendente es la revelación de que Monseñor Carlos Gálvez, nacido en 1910, cuando tenía apenas nueve años de edad, mientras jugaba con sus amiguitos en una acera de Barrio Amón, fue testigo del asesinato del General Joaquín Tinoco y, por ser el mayor de los niños allí presentes, lo llamaron a brindar declaración ante el juzgado.
Las menciones que el padre Mata hace de su familia son en verdad conmovedoras. Último hijo de una familia numerosa, cuenta que nunca pudo ver sano a su padre, el poeta Félix Mata Valle, quien era abogado, fue diputado en varias oportunidades y pronunció un poema escrito por él mismo en el funeral del obispo Bernardo Augusto Thiel ya que, desde que tuvo memoria, ya su padre yacía postrado por el cáncer que, lentamente, acabó con su vida.
Don Félix Mata Valle le hizo la declaración de amor a la que sería su esposa, doña María Josefa Oremuno Ortiz, por medio de una carta. El libro reproduce el texto de la misiva, de octubre de 1878, en la que el joven enamorado le confiesa que desde hace tiempo la admira, que ha llegado a amarla y que fuera de ella no encuentra cómo llenar su alma y hacer latir su corazón. Le confiesa que es pobre pero que nunca le ha huido al trabajo y que sabe cuánto cuesta la vida como para alcanzar, no la riqueza, sino al menos cierta comodidad. Insiste en que no quiere incomodarla y se despide pidiéndole que disculpe su atrevimiento.
Al final viene el breve discurso pronunciado por el padre Mata el 24 de abril de 1988 en la inauguración del monumento que el pueblo de Guadalupe de Goicoechea erigió en su honor en los jardines del templo cuando era párroco don Oscar Fernández, quien luego sería obispo de Puntarenas. Aunque al principio se opuso a la idea, acabó aceptando el homenaje de la comunidad citando, eso sí, un versículo de Evangelio de San Lucas: "Siervos inutiles somos y hemos hecho lo que debiamos."
Por más cuidada que esté la edición, inevitablemente todos los libros tienen erratas, dedazos o palabras mal escritas. Guardo mi ejemplar con mucho cariño porque lo recibí directamente de las manos del padre Mata quien, antes de dármelo, corrigió con un lapicero los pequeños errores que se le habían escapado.
INSC: 1466

lunes, 11 de abril de 2016

El padre Alberto Mata recuerda a Monseñor Sanabria.

Monseñor Dr. Víctor Manuel Sanabria.
Alberto Mata Oreamuno.
Casa Gráfica. Costa Rica, 1985.
El 17 de enero de 1985, día en que Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez habría cumplido ochenta y seis años de edad, el padre Alberto Mata Oreamuno publicó un pequeño libro con recuerdos personales del célebre Arzobispo de San José.
Además de clérigo, Monseñor Sanabria fue periodista, propietario de un periódico, profesor de literatura, genealogista, autor de varios libros de historia, traductor y figura clave en la historia de Costa Rica. Su participación en la promulgación de las Garantías Sociales y el Código de Trabajo, su protagonismo antes, durante y después de la Guerra Civil de 1948 y sus frecuentes intervenciones, por carta pero de manera pública, sobre los debates de la Asamblea Constituyente, hacen que su figura sea con frecuencia objeto de juicios encontrados.
Son muchos los autores que se han referido a las múltiples facetas de Monseñor Sanabria. Quizá por ello, el padre Mata, al escribir sobre él, en vez de repetir datos conocidos o entrar en discusiones por largo tiempo abiertas, optó por retratar al hombre de carne y hueso, al moreno y nervioso hijo de campesinos que conoció muy bien y fue su amigo de muchos años.
Víctor Manuel Sanabria Martínez, octavo y último hijo de don Zenón Sanabria Quirós y doña Juana Martínez Brenes, nació el 17 de enero de 1898 en San Rafael de Oreamuno. Sus padres y sus hermanos eran agricultores. A los catorce años manifestó su deseo de ser sacerdote, por lo que su padre le pidió a don Francisco Aguilar Barquero, el abogado de su confianza, que le sacara una cita con el padre Agustín Blessing Presinger, rector del Seminario, para presentarle a su muchacho.
Cuando salieron del encuentro, don Zenón le preguntó a su hijo: "Vos entendiste lo que don Francisco y el Padre Blessing decían?". El joven, por respeto, respondió que no.
Años después, Francisco Aguilar Barquero llegaría ser Presidente de la República y tanto Blessing como Sanabria serían ordenados obispos. Don Zenón, el cuarto asistente a aquella cita, seguiría siendo un campesino de cultura y vocabulario muy limitados que, con frecuencia, se quedaba sin comprender lo que la gente "leída" decía su alrededor. 
En el Seminario, Víctor Manuel Sanabria destacó por su privilegiada inteligencia. Por ello, cuando terminó el bachillerato, el Obispo Stork no consideró prudente que continuara sus estudios eclesiásticos en el país y decidió enviarlo a Roma, donde fue ordenado diácono y sacerdote y donde, de nuevo, se lució como estudiante.
En el Colegio Pío Latino Americano, donde estudiaban los jóvenes clérigos más talentosos procedentes de todos los países americanos de habla hispana, Víctor Manuel Sanabria obtuvo, con Summa Cum Laude, su Doctorado en Derecho Canónico. La idea era que continuara estudiando para que lograra igualar a otro costarricense, Monseñor Rafael Ottón Castro Jiménez quien, en la misma institución, había obtenido tres doctorados: el de Derecho Canónico, el de Filosofía y el de Teología. Sin embargo, Sanabria debió regresar al país debido a que su padre estaba muy delicado de salud. Ni siquiera pudo asistir al acto de graduación en que el propio Papa Pío XI le iba a hacer entrega, no solamente de su diploma, sino de la medalla al mejor estudiante de su promoción.
Sanabria regresó a tiempo para despedirse de su padre y celebrar sus funerales. El clero en Costa Rica era escaso, por lo que le pidieron que, en vez de volver a Roma a seguir estudiando, iniciara de inmediato su labor pastoral. Unas semanas más tarde, lo llamaron de la Nunciatura para entregarle el diploma y la medalla que el Papa le había enviado. La medalla, jamás se la enseñó a nadie y Sanabria nunca antepuso a su nombre el título de Doctor.
La amistad de Sanabria con el padre Mata inició en la juventud. Se conocieron en la estación de Cartago, cuando Sanabria tomaba el tren para Limón, a donde iba a embarcarse rumbo a Europa. Sanabria solamente había recibido las órdenes menores y Mata no había decidido aún ser sacerdote.
Al retorno de Sanabria, fue nombrado párroco de San Ignacio de Acosta, donde al ya entonces seminarista Alberto Mata le tocó pasar una temporada acompañándolo a visitar las comunidades más alejadas de la zona. Cuando el padre Mata celebró su primera misa, en la Capilla del Colegio de Sión, Sanabria hizo de acólito. Cuando Sanabria fue nombrado obispo de Alajuela, llamó al padre Mata para que lo acompañara en las visitas pastorales a las parroquias de su diócesis que, en aquel tiempo, incluían todo el territorio de Guanacaste. 
El padre Mata, que lo conoció muy de cerca, menciona que tanto la personalidad como la actividad de Sanabria eran asombrosas. Como había estudiado en Roma, dominaba el latín perfectamente. Hablaba en inglés con los funcionarios de la Embajada Americana, en italiano con el Nuncio, en francés con las monjas del Colegio de Sión y en alemán con los padres paulinos del Seminario. Leía un libro nuevo cada tres días y pasaba todo el tiempo escribiendo notas en cuadernos. Era además muy piadoso. Celebraba la misa al amanecer, rezaba todos los tiempos de la Liturgia de las Horas y, completamente solo, hacía una prolongada visita al Santísimo cada tarde.
Su temperamento era muy nervioso, parpadeaba de manera intermitente y violenta, caminaba de un lado para otro y siempre, incluso en las celebraciones litúrgicas más solemnes, movía sin cesar la cabeza, las manos y los pies. Aunque nunca lo hizo en público, fumaba precipitada y aceleradamente varios cigarrillos al día. Para refrescarse, bebía café negro sin azúcar. Hablaba muy rápido y siempre, incluso en reposo, respiraba con esfuerzo, jadeaba y sudaba copiosamente. En la actualidad, no hace falta ser médico para saber que si un fumador tiene problemas para respirar y suda en abundancia sin motivo, eso puede ser una señal de que su corazón no anda muy bien. Acostumbrados a sus movimientos nerviosos y a su carácter hiperactivo, quienes lo rodeaban no vieron ninguna señal de alarma y recibieron sorprendidos la noticia de que el Arzobispo había muerto de un infarto a los cincuenta y cuatro años de edad.
Los recuerdos del padre Mata dejan constancia que Sanabria, además de su profunda religiosidad, su aguda inteligencia y su vasta cultura, se distinguía por su ingenio y su sentido del humor. Se reía con estrepitosas carcajadas cuando veía a alguien imitar la cara, los gestos y la forma de hablar de algún personaje conocido, así se tratara de él mismo. Incluso en las reuniones más importantes, contaba chistes, hacía bromas y replicaba con dichos y expresiones campesinas. Sabía ser elegante y distinguido cuando tenía que serlo, pero le molestaban la pompa y los tratamientos protocolarios. Le agradaba la forma en que lo trataba el padre Bellut quien, por haberlo conocido cuando era joven, incluso ya era Arzobispo metropolitano continuó llamándolo "Víctor".
Recién nombrado Arzobispo de San José, en su primera reunión con el clero de la arquidiócesis, le dijo a sus sacerdotes: "Solamente una monedita de oro le cae bien a todo el mundo. Si yo no le simpatizo a alguno de ustedes al punto de que se sienta incómodo conmigo, no hay problema. Yo con mucho gusto puedo tramitar su traslado a otra jurisdicción. Si algún otro quiere también irse, no hay problema, puede hacerlo. Pero si un tercero quiere irse, en ese caso el que se va soy yo".
El libro del padre Mata sobre Monseñor Sanabria es en verdad simpático. Lo único que se le podría criticar es que es demasiado breve. Los personajes históricos acaban siendo recordados por sus acciones y sus palabras. En los libros y en las aulas, las nuevas generaciones se familiarizarán con sus nombres y rostros así como con lo que hicieron o dijeron. Pero la persona de carne y hueso seguirá siendo de alguna manera desconocida. Solamente cuando, como en este caso, quienes los trataron de cerca dejan escrito un testimonio sobre ellos, es que los personajes de los libros de historia adquieren un rostro cálido, humano y cercano.
Poco antes de su muerte, mientras bebía café y se fumaba un cigarrito, Monseñor Sanabria le dijo a Luisa Gómez, su cocinera y empleada doméstica de toda la vida: "Me imagino el día que yo me muera. Las grandes campanas de la catedral: Din, Don, Din, Don. Todo el mundo en apuros y carreras, el Nuncio, los obispos, los sacerdotes y seminaristas... el gobierno, la prensa y la gente de la calle comentando "¡Murió el Arzobispo!" y luego, unos tres meses después... ya nadie se va a acordar de mí." 
INSC: 0258
Don Alberto Mata Oreamuno, Monseñor Sanabria, obispo de Alajuela y el
Presidente León Cortés Castro en Liberia.

lunes, 24 de noviembre de 2014

Memorias propias y ajenas.

Memorias propias y ajenas. Alberto
Mata Oreamuno. COVAO,
Costa Rica, 1984.
El padre Alberto Mata Oreamuno era un cura de los de antes. Vestía su sotana negra todo el día y en todas partes, usaba sombrero y recitaba las oraciones secretas de la misa en latín. Era muy serio y tenía fama de ser un tanto regañón y malhumorado, pero en realidad, quienes lo trataban descubrían que tenía un fino sentido del humor. Le gustaba la música clásica, la historia de Costa Rica, la poesía y era también aficionado a escribir. Publicó numerosos artículos, biografías y catecismos.
Cuando cumplió ochenta años, en 1984, publicó un simpático y entretenido libro titulado Memorias propias y ajenas, ya que al hacer un repaso por su vida, quiso compartir tanto recuerdos suyos como de otros. 
Empieza contando que cuando estaba en tercer grado de primaria, en 1913, recibió su primera carta. Se la enviaba su padrino de confirma, el Dr. Valeriano Fernández Ferraz, y era la respuesta a una carta que el niño Alberto le había escrito para saludarlo. El Dr. Ferraz le decía en la carta: "Su letra es mala, pero se acordará de mí, cuando maduren las uvas que usted para las letras será bueno."
Aquel sabio español resultó profeta, porque los libros del padre Mata son amenísimos y quien se encuentra con uno en las manos acaba casi siempre leyéndolo de un tirón. 
El primer gran acontecimiento de su vida fue el terremoto que destruyó la ciudad de Cartago en 1910. Aunque era pequeño, guarda recuerdos de cómo era la ciudad antes de la tragedia y cuenta que cuando empezó el enjambre de temblores, los habitantes de la ciudad tomaron la precaución de dormir en improvisados ranchos y tiendas de campaña en un lote vacío situado donde actualmente se encuentra el edificio del Poder Judicial. Para un niño, la experiencia de ir cada noche de campamento era divertida, pero el terremoto ocurrió cuando la familia estaba en la casa que, solamente gracias a que la evacuaron rápidamente, no les cayó encima. 
Brinda un retrato cariñoso de sus padres, el poeta Félix Mata Valle, autor del libro de versos Brisas del Irazú, quien fue diputado en repetidas ocasiones y doña María Josefa Oreamuno Ortiz, de quien fue el último de nueve hijos y, al momento de escribir el libro, el único que sobrevivía. Hace un recuento genealógico para mostrar la lista de parientes suyos que fueron sacerdotes, entre los que se cuenta Anselmo Llorente y La Fuente, el primer obispo de Costa Rica. Cuenta que a los quince años, de poca gana y obligado, se convirtió en monaguillo del fraile capuchino Fray Remigio de Papiol y al ver de cerca el fervor con que celebraba la Santa Misa, se le despertó el deseo de convertirse en sacerdote. Fray Remigio era español, había vivido en México, Nicaragua y Costa Rica, estuvo un tiempo en la Cartuja de Miraflores en Burgos y murió asesinado durante la Guerra Civil española. 
El padre Mata estudió primero en el San Luis Gonzaga y posteriormente en el Colegio Seminario, regentado por padres paulinos alemanes, donde fue compañero de don Pepe Figueres, de Francisco Orlich y de Paco Calderón Guardia. Además de divertidas anécdotas de su época de estudiante, en el libro se refiere a su amistad con Monseñor Sanabria, quien fue el monaguillo de su primera misa, así como a sus experiencias jocosas en distintas parroquias.
Monumento al Padre Mata, en los jardines
de la parroquia de Guadalupe de Goicoechea.
La guerra civil de 1948 ocurrió mientras el padre Mata era párroco en Heredia y tenía como coadjutor al padre Armando Alfaro Paniagua. Todo el mundo sabía que el padre Mata era calderonista y el padre Alfaro figuerista, así que la casa cural fue objeto, en repetidas ocasiones, de registros minuciosos por parte de las fuerzas de ambos bandos por la sospecha de que allí se ocultaran hombres o armas del bando opuesto. 
Se refiere ampliamente, por supuesto, a los más de veinte años en que fungió como párroco de Guadalupe de Goicoechea. Cuando estaba construyendo el nuevo templo de esta comunidad, el padre Mata, vestido con su infaltable sotana negra, entraba a las cantinas a vender números de rifas para financiar las obras. Los parroquianos, además de comprar números, convidaban al padre a tomar un trago, pero él declinaba la invitación alegando que si tomara un trago en cada cantina, regresaría a la casa cural gateando.
El libro tiene varios anexos, entre los que están el poema que don Félix Mata Valle, padre del autor, escribió en homenaje al Obispo Bernardo Augusto Thiel y fue recitado por el propio autor el día del funeral del prelado. También se incluyen poemas escritos por el propio padre Mata.
Tenía razón el Dr. Ferraz: cuando maduraron las uvas, Alberto Mata Oreamuno fue bueno para las letras. 

INSC: 0183


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