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sábado, 15 de agosto de 2015

Juan Bosch brinda su interpretación de la historia de Costa Rica.

Una interpretación de la historia
costarricense. Juan Bosch. Editorial
Juricentro. Costa Rica. 1980.
Juan Bosch fue un escritor muy prolífico. Además de sus dos novelas, La mañosa (1936) y El oro y la paz (1975), publicó cuentos, crónicas de viajes y numerosos ensayos históricos y políticos. Este dominicano, hijo de catalán y puertorriqueña, fue además uno de los más activos opositores del dictador Rafael Leonidas Trujillo y, por ello, debió pasar varios años fuera de su patria. Estuviera donde estuviera, Bosch no dejaba de orquestar planes para derrocar al tirano. El mayor intento fue la famosa incursión en Cayo Confites en 1947 que, pese a contar con el apoyo militar y económico de distintos gobiernos de la zona, acabó en fracaso. Gran parte de las armas que quedaron en poder de los rebeldes fueron cedidas al año siguiente por el propio Bosch a don Pepe Figueres para la guerra civil en Costa Rica.  
A inicios de los años cincuenta, Bosch estableció su residencia en Cuba donde por algún tiempo pudo vivir sin grandes sobresaltos. En La Habana, Bosch encontró el centro de operaciones apropiado para hacer negocios y mantener a su familia (su vida personal), para leer, investigar, participar en foros y debates y escribir artículos y ensayos (su vida intelectual) y para continuar realizando planes para lograr establecer una democracia en la República Dominicana (su vida política). Sin embargo, cuando Fulgencio Batista tomó el poder tras derrocar al presidente Prío Socarrás, una de sus primeras disposiciones fue meter a Bosch a la cárcel. El encierro, gracias a la presión internacional, duró poco y, apenas quedó libre, Bosch se trasladó a vivir a Costa Rica.
Las islas del Caribe, las pequeñas repúblicas del istmo centroamericano y los países de América del Sur, tenían en común una historia llena de dictadores, golpes de Estado y enfrentamientos armados. Costa Rica, en cambio, aunque acababa de pasar por una guerra civil, había vivido desde tiempos coloniales con gran estabilidad en que los conflictos internos, además de escasos, fueron breves.  A Bosch le interesó el fenómeno, recopiló información, leyó e investigó todo lo que pudo, reflexionó al respecto y, en 1963, publicó un ensayo titulado Una interpretación de la historia costarricense.
El libro apareció el mismo año en que Bosch llegó a ser Presidente de la República Dominicana, pero no fue muy leído ni comentado. El gobierno de Bosch, vale la pena recordarlo, duró apenas unos meses antes de ser derrocado. En 1980, la editorial Juricentro, de don Gerardo Trejos, reeditó el ensayo pero tampoco esta vez llamó mucho la atención.
La democracia costarricense tiene varias explicaciones tan idílicas que rayan en lo mitológico. Bosch no toma ese camino. En su estudio, concentrado principalmente en la influencia de las actividades económicas sobre las estructuras políticas, plantea una versión que, aunque discutible, tiene el mérito de ser novedosa y poco explorada.
Empieza afirmando que la historia de Costa Rica, aunque es mucho menos dramática, es mucho más interesante que la de los países vecinos, ya que se explica mejor bajo la superficie de los hechos que sobre los hechos mismos. Durante la colonia, Costa Rica era un territorio aislado en que sus escasos habitantes, tan huraños que preferían vivir aislados unos de los otros, apenas cultivaban lo que necesitaban para vivir. La dificultad de acceso desde el exterior y de tránsito entre las pequeñas y alejadas poblaciones no favorecía el comercio. Costa Rica, pese a su nombre, no era un buen lugar para hacerse rico. En el Siglo XVIII, los habitantes del Valle Central, pese a la distancia y lo difícil del viaje, empezaron a cultivar cacao en Matina con verdadero entusiasmo. Consta que en 1775 había en la zona 179.400 matas y doce años después, en 1787 ya había 353.254. Bosch hace notar que los datos, tan minuciosos sobre el número de matas, no dejan claro si pertenecían a trescientas cincuenta familias pobres o a treinta y cinco familias ricas. Los cultivos de cacao, en todo caso, fracasaron por las invasiones de los misquitos y de los piratas. Según Bosch, este fracaso debe tomarse como una bendición. Esas plantaciones eran atendidas por esclavos y, de haber sido exitosas, habrían requerido mayor número de esclavos lo que, a la larga, habría creado diferencias sociales de manera temprana con terribles consecuencias en el largo plazo.
La declaración de independencia no cambió las condiciones de vida en el país. La noticia de la independencia simplemente llegó por correo desde Guatemala y tomó por sorpresa a los integrantes de los cabildos. 
Don Braulio Carrillo hizo bien en sustituir la legislación colonial por una nueva que favoreciera el desarrollo de la agricultura y el comercio, pero cometió el error de intentar establecer un régimen dictatorial y eso provocó que los cartagos favorecieran a Morazán, quien, aunque se presentaba como liberal, no garantizaba las libertades que los costarricenses estaban acostumbrados a disfrutar y, además, pretendía llevarlos a la guerra. Carrillo acabó en el exilio y Morazán fusilado. Queda claro, entonces, desde el inicio de la vida independiente, que los ticos no estaban dispuestos a soportar una dictadura.
El cultivo del café cambió el panorama económico. La exportación del grano introdujo a Costa Rica en el comercio mundial y, poco a poco acabó generando una división entre ricos y pobres. Los pequeños productores recibían, por supuesto, sus ganancias, pero los más favorecidos eran los beneficiadores y comerciantes. Según Bosch, la caída de don Juanito Mora se debió a que afectó los intereses tanto del sector agrícola como del comercial. Don Juanito, además, se mostró muy aferrado al poder, realizó desplantes autoritarios como la expulsión del obispo Anselmo Llorente y La Fuente y sus negocios privados fueron demasiado audaces como para que los ricos (que ya había muchos) los pasaran por alto. Vicente Aguilar, el hombre más rico de Costa Rica, cuñado y socio de don Juanito, acabó convirtiéndose en su enemigo. En 1858 ya había varios millonarios en la tierra donde medio siglo atrás todos eran humildes campesinos que trabajaban para mantener a sus familias. Los grupos económicamente poderosos no tolerarían un gobernante que amenazara de alguna forma sus intereses.
En este sentido, don Tomás Guardia fue verdaderamente sabio. Logró mantenerse en el poder hasta su muerte porque, pese a su temperamento autoritario, no entró en conflicto ni con los agricultores ni con los comerciantes. Bosch aporta el dato curioso de que el café, en tiempos de Guardia, parecía haber alcanzado un techo. El valor de las exportaciones del grano fue prácticamente el mismo en todos los años desde 1869 hasta 1881. 
En tiempos de Guardia, entra en escena Minor Cooper Keith, quien no solo realizaría la empresa de construir el ferrocarril que comunicaría todas las ciudades del interior con Puerto Limón en el Caribe, sino que acabaría convirtiéndose en propietario de las plantaciones bananeras de la costa. En febrero de 1880, Keith realizó la primera exportación de 360 racimos de banano y su presencia y poder en Costa Rica acabaría transformando la vida del país.
Hasta la aparición de la compañía bananera, los peones agrícolas eran también pequeños propietarios que se trataban de igual a igual con el patrón. Los trabajadores de la compañía eran simples asalariados de una corporación enorme. Con el tiempo, las tierras de la compañía llegaron a ser prácticamente un mundo aparte del resto del país.
Bosch sostiene que el gran error de don Alfredo González Flores fue haberse enfrentado a cafetaleros y comerciantes al pretender regular la banca, que era controlada por ellos. Curiosamente, Bosch no dice ni una palabra sobre el régimen de Federico Tinoco.  
Siguiendo con sus explicaciones puramente económicas, Bosch sostiene que la guerra civil de 1948 no se debió a las razones aludidas de pureza del sufragio, sino a la necesidad de un cambio de estructuras que favoreciera el desarrollo industrial. La emergente clase media de profesionales no podía seguir tolerando que el país fuera controlado por finqueros y comerciantes. Bosch sostiene que iniciativas como la nacionalización bancaria o el desarrollo de la energía eléctrica, realizadas por Figueres, tenían como fin desarrollar la industria. Figueres, tras triunfar en la guerra civil, gobernó por decreto durante dieciocho meses en los que replanteó el modelo de país. No logró, sin embargo, una Constitución de acuerdo con su plan, ya que la Asamblea Constituyente acabó siendo controlada por grupos conservadores. 
Según Bosch, la sociedad igualitaria eminentemente agrícola de la Colonia evolucionó a formas más diversificadas en su economía sin abandonar nunca su aspiración de libertades individuales y su rechazo a gobiernos autoritarios. Los momentos más tensos de la vida del país responden, no a los conflictos políticos que se argumentan en los libros de historia, sino a cambios de la estructura económica. 
Bosch escribió un ensayo, es decir, una reflexión personal cuyo propósito no es demostrar sino proponer. A su interpretación se le pueden discutir muchos puntos específicos, pero no deja de ser, en conjunto, una visión interesante y original a la que vale la pena prestarle atención. 
INSC: 0531
Juan Bosch. (1909-2001). Autor de dos novelas y numerosos libros de
cuentos y ensayos. Presidente de la República Dominicana en 1963.

viernes, 31 de octubre de 2014

La fiesta de Trujillo.

La fiesta del chivo. Mario Vargas Llosa
Alfaguara, España, 2000.
El dictador latinoamericano es un personaje muy curioso. Su crueldad es tan grande como su ridiculez y, por ser al mismo tiempo verdugo y payaso, los pueblos que han sufrido uno lo han convertido tanto en objeto de sus temores como de sus burlas. Los escritores, por su lado, andan siempre en busca de personajes interesantes y les encanta encontrarse historias reales que en verdad ocurrieron pero que parecen fruto de la imaginación más desbocada. No es de sorprender, por tanto, que Mario Vargas Llosa, el escritor peruano, haya escrito sobre Rafael Leonidas Trujillo, el dictador dominicano.
La fiesta del chivo es una novela que nos lleva a República Dominicana, país del que Trujillo fue amo y señor desde 1930 hasta su muerte en 1961. Su control total sobre el país llegó al punto de instaurar en las escuelas el culto a su madre y de cambiar el nombre de la ciudad capital de San Domingo a Ciudad Trujillo.
En el libro se relatan tres historias distintas. La primera se refiere al retorno de Urania Cabral, una dominicana radicada en Estados Unidos que vuelve a su país para enfrentarse con un viejo trauma de adolescencia. La segunda nos brinda un recuento detallado de las actividades de Trujillo en el último día de su vida, desde que se levantó, a las cuatro de la mañana, hasta que lo cosieron a balazos en la madrugada del día siguiente. La tercera y última de las historias, por su parte, se ocupa de la vida de los conspiradores que asesinaron al tirano, las razones que los llevaron a involucrarse en la conjura y la suerte que corrieron luego.
Las tres historias se siguen sin ninguna dificultad, ya que vienen distribuidas de una forma muy simple: un capítulo para cada una, alternativamente, desde el principio hasta el final.
Al leer La fiesta del chivo, tuve la sensación de que algo no cuajaba. Mario Vargas Llosa es un escritor experto para quien el difícil arte de armar una novela es un juego conocido. Trujillo, por su parte, es un personaje riquísimo. Las historias que se pueden contar sobre su manía por el control absoluto son tan asombrosas que rayan en lo absurdo. Es decir, el protagonista y la historia de la novela son interesantes y la narración estuvo a cargo de uno de los grandes. Sin embargo, repito, hay algo que no cuaja. La novela está llena de puntos flacos.
Para empezar, debemos recordar que no es lo mismo novela histórica que historia novelada. La diferencia obvia está en el mismo orden de las palabras. La novela histórica es ante todo novela y la historia novelada es ante todo historia. Una cosa es crear una obra de ficción basada en hechos y personajes reales y otra muy distinta es valerse de recursos literarios para hacer más fluida la lectura de una investigación histórica.
No entro a juzgar hasta qué punto Vargas Llosa le dio libertad a su fantasía al escribir este libro, pero la lectura me dejó la sensación de una obra más didáctica que literaria. Todas las páginas están colmadas de personajes con nombre y dos apellidos, detalles mínimos y fechas exactas. En los diálogos, pareciera que los personajes estuvieran obligados a brindar información clave y explicaciones amplias cada vez que abren la boca, lo que convierte a La fiesta del chivo en un libro en que los datos están en primer plano y la prosa en segundo. El libro provoca respeto, admiración y hasta asombro, pero no por la calidad de la composición, sino por la de la investigación.
La conversación de Urania con su padre y sus familiares, por ejemplo, en la que repasa hechos de treinta y cinco años atrás con pelos y señales, está tan llena de detalles mínimos y discursos argumentales que resulta, además de carente de naturalidad, fastidiosa. Aquello parece más un expediente judicial que una conversación familiar.
A veces la extensión y profundidad de una clase magistral, que se supone es una intervención en un diálogo, son tan desbordadas, que da la sensación de estar leyendo uno de aquellos interminables discursos que don Pedro de Alarcón hacía soltar a los personajes de sus novelas.
A La fiesta del chivo, además del agobiante torrente de datos, se le puede reclamar el hecho de que, pese a ser una novela que se ubica y se refiere a la República Dominicana, está escrita en un español bastante neutro, lo que delata que el esmero por brindar datos históricos no fue emulado a la hora de explorar la riqueza de los giros, expresiones y localismos del lenguaje dominicano. Incluso aparecen, en boca de dominicanos, expresiones españolas como "forrado de cuartos".
El personaje de Urania, por otra parte, se mueve en una dicotomía muy curiosa. Nacida en la República Dominicana, parte a Estados Unidos a los catorce años y no regresa sino cuando ya ronda los cincuenta. La comparación de los dos países, que se desprende del texto, roza el desprecio al origen. Es como el contraste entre civilización y barbarie. Urania ve a República Dominicana llena de ruido, calor sofocante y fritangas, mientras que asocia a Estados Unidos con la calma, el frío del otoño y el yogur bajo en calorías. Estados Unidos, recalca, tiene una prensa libre, un régimen de libertades y fue en la universidad de Harvard, donde esta muchacha descubrió que la vida valía la pena ser vivida.
El dictador dominicano Rafael Leonidas
Trujillo  (1891-1961) uniformado, condecorado y
maquillado para la foto. 
Pero quizá el punto más llamativo del libro, en cuanto a su forma sea este: ¿Se puede escribir una novela con un único personaje? Vargas Llosa lo hizo.
Todas las historias que se cuentan giran en torno a Trujillo. Lo que le sucede a los demás personajes se relata solamente en función de la relación que tuvieron con Trujillo. Tal vez lo que el autor pretendía haya sido mostrar el peso de la figura del dictador en la vida de todos los dominicanos, pero resulta lamentable que no se haya explorado ninguna vida paralela y ajena a lo que sucediera en el Palacio Presidencial. Trujillo, por cierto, además de centro de gravedad de todo el libro, acaba casi coronado por una aureola de heroísmo: es organizado, amigo de los amigos, enemigo de la corrupción y, a su manera, hasta patriota. El papel del malo de la película recae sobre el modosito Doctor Balaguer, un señorito casto, cursi y aparentemente inofensivo, que supo jugarse las cartas para caer de pie, traicionando tanto al dictador como a quienes lo mataron.
Existen ya varias novelas que se ocupan del tema del dictador. Tirano Banderas, de Valle Inclán, Yo el supremo, Augusto Roa Bastos, El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, El recurso del método, de Alejo Carpentier, El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez y La novela de Perón, de Tomás Eloy Martínez, por citar solo las más conocidas. Pero mientras estas otras novelas han explorado el mundo psicológico del poder y han retratado el lado humano de quien lo ejerce, Vargas Llosa se ha concentrado en lo histórico a nivel detallado y esta obsesión acabó convirtiéndose en el lastre más pesado de su novela. La fiesta del chivo es un libro que se lee para obtener información, para enterarse, no para deleitarse en la prosa ni para adentrarse en la complejidad interna de los personajes. La novela no está escrita como novela, sino como un informe frío, meticuloso y lleno de detalles. Se vuelve morbosa y tétrica a la hora de describir torturas (también en detalle) y resulta empalagosamente dramática, al estilo de una novela rosa, en la confesión del drama de Urania.
Duele decirlo, pero esta obra no es lo que uno podría esperar ni de Vargas Llosa ni de Trujillo. Es un libro rico en información y datos, pero la información y datos los lectores como yo, los buscamos en otra parte. No en una novela.
INSC: 1002
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