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lunes, 2 de marzo de 2020

Escarceos literarios de don Víctor Guardia Quirós.

A mi amigo Tomás Guardia Yglesias, nieto de don Víctor.

Escarceos Literarios.
Víctor Guardia Quirós.
Imprenta Borrasé, San José, Costa Rica. 1938
Los abogados pasan la mayor parte de su tiempo leyendo y escribiendo. Sin embargo, no por eso se les considera grandes lectores ni, mucho menos, grandes escritores. Muchos de ellos, después de pasar todo el día leyendo notificaciones y expedientes, no están dispuestos a leer ni una página más en sus ratos de ocio. Tras haber redactado apelaciones, escrituras, actas y contratos, no les queda energía ni paciencia para escribir un poema, un cuento o una reflexión sobre  alguno de los tantos aspectos de la vida.
Los libros que publican los abogados, generalmente son de interés exclusivo para los colegas, aunque siempre hay honrosas excepciones. Don Víctor Guardia Quirós (1873-1959), cuyo nombre aparece de manera fugaz pero constante en los libros de historia de Costa Rica es una de ellas. Hijo del General Víctor Guardia Gutiérrez y de doña Esmeralda Quirós Morales, cursó sus estudios de Derecho en La Sorbona, donde se graduó en 1897. Fue muy activo en el ejercicio de su profesión y, además de los numerosos e importantes clientes que atendía en su bufete, tuvo una brillante carrera de servicio público. Magistrado desde 1908, llegó a ser Presidente de la Corte Suprema de Justicia, cargo al que renunció, podría decirse que de manera ejemplar y hasta heroica, cuando sus compañeros magistrados, presionados por el poder ejecutivo, se echaron atrás en un recurso de Habeas Corpus que ya habían votado favorablemente. En el primer gobierno de Don Cleto González Víquez, don Víctor fue subsecretario de Relaciones Exteriores. También fue electo diputado, pero estuvo en el cargo solamente durante unos pocos meses. Ocupó su curul en mayo de 1916 pero, en enero del año siguiente, por el golpe de Estado de Federico Tinoco, el Congreso del que formaba parte se desintegró.
Tanto su padre, don Víctor Guardia Gutiérrez, como su célebre tío, el General Tomás Guardia Gutiérrez, participaron como oficiales en la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker. Muchos años después, en 1921, cuando parecía que iba a estallar una guerra entre Costa Rica y Panamá, a don Victor Guardia Quirós también le tocó empuñar las armas y movilizarse hasta la frontera, pero al final no fue necesario que entrara en combate ya que el asunto se resolvió por las buenas.
Publicó varios tratados de Derecho y numerosos ensayos especializados. Hombre de amplia cultura gran lector de filosofía y obras literarias, ejerció también el periodismo. Inevitablemente afrancesado por su años de estudiante en París, su prosa fue en algún momento comparada con la de Renán, por su elegancia, y con la Voltaire, por su ironía. Desde 1912, además de editoriales y reportajes, publicaba cuentos, reseñas, reflexiones y hasta poemas en La República, periódico que dirigía. En 1951, ingresó a la Academia Costarricense de la Lengua.
Las referencias que tenía de don Víctor eran principalmente como abogado. Algunas personas mayores que lo recordaban, me lo describían como un señor severo que, cuando resultaba apropiado y oportuno, era capaz de sorprender con su ingenio chispeante y su humor afilado. Sin embargo, no había tenido oportunidad de leer ni una sola de sus creaciones literarias que, como dije, fueron publicadas de manera dispersa en el periódico. Por eso, casi salté de alegría cuando mi amigo Tomás Guardia Yglesias, sin darle mayor importancia al asunto me dijo: "¿Te gusta leer? Tomá, te regalo un libro que escribió mi abuelo."  Y puso en mis manos un ejemplar de Escarceos literarios, publicado en 1938.
La estampilla de Nicaragua, de 1937, en que aparece parte de
costa de Honduras como territorio en disputa.
El libro tiene su historia. En 1937, el primer año que Anastasio Somoza era presidente, Nicaragua publicó una estampilla con el mapa del país en que aparecía, como parte de su territorio, un sector de la costa caribeña que, según un laudo de Alfonso XIII en 1906, pertenecía a Honduras.
Las protestas de Honduras fueron airadas y la tal estampilla, que estuvo a punto de provocar una guerra, desató una intensa polémica de Derecho Internacional. Don Víctor Guardia Quirós metió la cuchara y publicó un artículo, que fue reproducido por periódicos de Managua y Tegucigalpa, en el que le daba la razón a Honduras. El Dr. Pedro Joaquín Chamorro Zelaya le respondió con argumentos en favor del reclamo territorial de Nicaragua, que consideraba que la zona incluida en el mapa estaba aún en disputa. Don Víctor Guardia Quirós, en la réplica al Dr. Chamorro, le señaló los errores en que incurría, aportó nuevos datos y argumentos y dejó bien claro que Honduras tenía toda la razón en su reclamo.
Por su intervención, don Víctor se vio convertido, de repente, en algo así como un héroe nacional hondureño. El Presidente de Honduras, Tiburcio Carías, le envió una emotiva carta de agradecimiento, el Colegio de Abogados de Honduras lo nombró miembro honorario, la prensa hondureña publicó elogios a la contundente retórica de don Víctor y el público de aquel país quiso tener compilada en un solo tomo sus intervenciones en la polémica, así como conocer algo más de su creación literaria. De hecho, el libro, editado en Costa Rica por la imprenta Borrasé y prologado por Moisés Vincenzi, tiene impreso en la parte de atrás el precio de venta al público: tres colones, en Costa Rica, y un lempira y medio, en Honduras.
Además de la reproducción de los artículos sobre el conflicto limítrofe, que aparecen en el inicio del libro, se reproduce cierta correspondencia con Joaquín Vargas Coto y Víctor Raúl Haya de la Torre y se incluyen también una pequeña selección de las creaciones literarias que don Víctor publicaba en la prensa. El cuento Los sabaneros es una hermosa estampa guanacasteca en que don Víctor recuerda la camaradería y buen humor que imperaba entre quienes arriaban ganado por el lado de Bagaces. Cuando los acompañaba a caballo bajo el sol en medio de las reses, era apenas un muchachito joven del valle central, por lo que aquellos curtidos jinetes lo llamaban cariñosamente "Cartaguito".
Víctor Guardia Quirós.
(1873-1959)
Aunque no era un hombre particularmente religioso, sí tenía una profunda sensibilidad espiritual y su poema "Oración profana" es una larga letanía de los santos, en que se refiere, entre otros, a Santa Teresa de Avila, Santa María Magdalena, San Francisco de Asís y, muy emotivamente, a Santa Teresita del Niño Jesús, la joven y bella monjita de clausura francesa, que murió el mismo año que él se graduó de abogado y de la que era, si no devoto, al menos gran admirador.
Llenos de belleza y sabiduría son los versos que dedica al Delta del Reventazón, y profundamente emotivo es el largo poema "Amable simbolismo" dedicado a la memoria doña Zoila Guardia Tinoco, que murió a los treinta y cinco años de edad y dejó al partir siete hijos pequeños. Doña Zoila era hija de Rudecindo Guardia Solórzano, hijo del General Tomás Guardia y, por tanto, primo hermano de don Víctor. Además, doña Zoila era la esposa de don Arturo Volio Jiménez, quien era el gran amigo de don Víctor. Su amistad era tan estrecha, que don Víctor fue el padrino de don Claudio Volio Guardia, hijo de don Arturo, y don Arturo fue el padrino de Gastón Guardia Uribe, hijo de don Víctor. La muerte de doña Zoila sin lugar a dudas fue un hecho muy doloroso para sus familiares pero, en el poema que escribió como tributo, don Víctor se refiere a la placidez con que las aguas pasan de estero al golfo y del golfo al océano, en un tránsito natural, sereno e inevitable.
El texto que cierra el libro, dedicado a la vejez, fue escrito cuando el autor tenía apenas cuarenta y un años y, desde esa edad tan temprana, acepta con calma que llegará un día en que las cosas ya no serán como eran antes pero, a fin de cuentas, la transformación no implicará necesariamente una pérdida.
Víctor Guardia Quirós no se atrevió a llamarse escritor y tituló su libro "Escarceos Literarios" como si sus escritos fueran apenas una tentativa preliminar. Creía, y así lo manifiesta en su libro, que la creación literaria es mucho más que una manera de disfrutar el ocio. Para él, cultivar la poesía y la narrativa es algo así como un sacerdocio y el hombre de letras, al compartir sus preocupaciones, penas y alegrías, de alguna manera se convierte en oráculo para el pueblo al que le escribe. En vista que tenía un concepto tan elevado de la literatura y los escritores, es comprensible que haya considerado sus creaciones simples escarceos. Sin embargo, tras leer el libro, me entró la sospecha de que, quizá, don Víctor haya más bien puesto en el título un significado oculto. El fluir del agua, en los ríos, las pozas y el mar, es una imagen a la que él recurre con mucha frecuencia. Un escarceo es un intento preliminar, es cierto, pero se llaman escarceos también a las pequeñas olas que se forman en la superficie del agua cuando hay corrientes debajo. Más que intentos preliminares, las páginas literarias que escribió don Víctor podrían considerarse leves ondulaciones que responden a una fuerza interior intensa, pero oculta. En todo caso, ambas interpretaciones del título reflejan una gran modestia.
Como abogado, juez, magistrado, profesor de Derecho y jurista, don Víctor Guardia Quirós debió de haber escrito y leído miles de páginas a lo largo de su carrera. Afortundamente, tuvo la energía, la voluntad y la paciencia para escribir también reflexiones, relatos y poemas. En sus alegatos y sentencias quedó constancia de su profunda preparación y riguroso análisis. En sus escritos literarios, se aprecia su faceta más emocional y profundamente humana: su sensibilidad artística, su pensamiento, su espiritualidad y su amor por la naturaleza.
INSC: 2777

domingo, 14 de agosto de 2016

Dos libros del Dr. José Enrique Sotela Montagné.

Anécdotas, remembranzas y algo más.
Dr. José Enrique Sotela Montagné.
Mundo Gráfico, Costa Rica, 2006.
El Dr. José Enrique Sotela Montagné no pudo ir a su propia despedida de soltero. Cuando iba a contraer matrimonio con doña Tatiana González Taurel, el Dr. Carlos Manuel Gutiérrez Cañas organizó una fiesta por todo lo alto en su casa, que era ni más ni menos que el Castillo Azul, actual sede de la Presidencia Legislativa. Al llegar a la cita, sin haber puesto un pie dentro de la residencia, recibió el mensaje de que lo ocupaban con urgencia para una cirugía. En aquel tiempo solamente había seis médicos anestesiólogos en el país. Uno estaba de guardia en el San Juan de Dios, otro tenía gripe (razón más que suficiente para no entrar en un quirófano) y los demás estaban fuera de San José. 
"La única razón válida para negarse a participar en una cirugía es estar en otra cirugía", se dijo. Dio la media vuelta y se dirigió a cumplir con su deber. El asunto se complicó y la operación fue terminando a las cinco de la mañana del día siguiente, cuando ya la fiesta en su honor había terminado.
Tuve el privilegio de escuchar esta simpática historia directamente del Dr. Sotela unos cuantos años antes de que la incluyera en su libro Anécdotas, remembranzas y algo más, publicado en 2008. 
Hijo del poeta Rogelio Sotela y de la escritora Amalia Montagné Carazo, el Dr. Sotela Montagné tiene, como sus padres, la habilidad de escribir con fluidez y encanto.
En 1997 publicó Reseña histórica de la anestesia en Costa Rica, un libro de más de cuatrocientas páginas que, aunque de primera entrada pareciera dirigido a un público especializado, es tan interesante y ameno que quien empiece a hojearlo inevitablemente acabará leyéndolo completo. Hacer atractivo un tema muy particular para quienes nunca se habían interesado en él, es un mérito que pocos escritores tienen.
Resulta alentador descubrir que en Costa Rica los avances médicos no tardaban mucho en llegar. La anestesia, elaborada por William Morton, empezó a utilizarse en Masachussets en 1846. Casi inmediatamente su uso se extendió por Europa y, en 1875, apenas veintinueve años después de sus primeras aplicaciones , el Dr. Carlos Durán, médico graduado en Londres, la introdujo en Costa Rica. El Dr. Ricardo Jiménez Núñez, primer costarricense especializado en anestesiología, llegó a publicar un tratado sobre el tema en San José, en 1941. Las salas de recuperación fueron establecidas por el propio Dr Sotela en 1962, apenas diez años después de que John Lundy creara la primera unidad de este tipo en la Clínica Mayo. El Dr. Quirce Morales, fundó por su parte la unidad de cuidados intensivos y el Dr. Andres Vesalio Guzmán Calleja fue quien dio impulso a la especialización en anestesiología. Además de consignar nombres, fechas y acontecimientos, el libro hace un recuento de los cambios en las sustancias utilizadas para dormir al paciente, así como en la evolución de las técnicas y los equipos para aplicarlas.
Reseña histórica de la anestesia en Costa
Rica. Dr. José Enrique Sotela Montagné.
CCSS, Costa Rica, 1997.
Verdaderamente fascinantes son las páginas que dedica a la historia de los anestésicos. Desde que existe la medicina y la cirugía, ha habido esfuerzos por mitigar el dolor de los pacientes. Menciona referencias de indígenas americanos precolombinos tanto como citas de la Odisea. Cita a médicos de Grecia y Roma "SEDARE DOLOREM DIVINUM OPUS EST" (Sedar el dolor es obra divina), tanto como egipcios o asirios, para luego recorrer paso a paso todos los descubrimientos desde la Edad Media hasta la época actual. De la mandrágora aplicada por Dioscórides a Tiberio César, a la esponja soporífera inventada por Teodorico de Luca en 1236, del vitriolo al éter, de la morfina a la anestesia.
Al aplicar la anestesia, el Dr. Sotela dormía al paciente pero, al hablar sobre ella, más bien despierta el interés en el lector. Ahora bien, si con un tema tan especializado, don José Enrique fue capaz de lograr un libro ameno y entretenido, es fácil suponer la verdadera delicia que es su libro de anécdotas y remembranzas.
Empieza recordando que se graduó de bachiller en el Liceo de Costa Rica el 7 de diciembre de 1940 y, el 22 de enero del año siguiente, tomó el avión que lo llevaría a estudiar medicina en la ciudad de México. Compañeros suyos de facultad fueron Longino Soto Pacheco y Fernando Trejos Escalante. Manuel Aguilar Bonilla y Rodrigo Cordero iban más adelantados. La vida de estudiante fue austera pero entretenida. Alojados en pensiones modestas, aquellos ticos que acabaron siendo amigos de toda la vida mantenían una provisión de galletas en la mesita de noche por si les daba hambre a deshoras. El día que recibían el giro mensual amanecían con solamente el dinero del autobús para ir a recogerlo y su principal entretenimiento consistía en jugar futbol el domingo. Rara vez podían ir al cine pero sí tuvieron oportunidad de ver torear a Manolete.
Cuando estaba en tercer año de la carrera, don José Enrique recibió la triste noticia del fallecimiento de su padre, ocurrido en San José, el 13 de julio de 1943. Cuando se enteró, ya se habían realizado los funerales. En todo caso, no habría podido llegar a tiempo puesto que un viaje de México a Costa Rica, en aquellos años, incluso en avión demoraba más de un día debido a las escalas. Gracias a una beca de veinticinco dólares al mes, pudo continuar estudiando hasta graduarse.
Regresó a Costa Rica justo antes de que estallara la guerra civil. Pocos días después de que el asesinato del Dr. Carlos Luis Valverde conmocionara al país, una tropa de asalto, similar a la que había perpetrado aquel crimen, irrumpió en el Hospital San Juan de Dios y don José Enrique, solamente por pedirles a los soldados que tuvieran un poco de consideración y respeto hacia los pacientes, fue arrestado y trasladado a la Penintenciaría. Tuvo el honor, si se puede llamar así, de que en el mismo camión viajara, también como prisionero, don José María Zeledón, el autor de la letra del Himno Nacional, quien trabajaba en un puesto administrativo del hospital.
Aunque los enfrentamientos eran intensos, don José Enrique tuvo siempe claro que su profesión de médico estaba por encima de las pasiones políticas. Se mostró agradecido con el Dr. Calderón Guardia, su colega, quien, cuando era presidente, aprobó la beca que le permitió terminar sus estudios. Trató de cerca a don Otilio Ulate, en plena guerra civil salvó de la muerte a la esposa del líder comunista Arnoldo Ferreto, fue colaborador del gobierno de don Mario Echandi y formó parte del equipo médico que realizó una delicada operación a don José Figueres. También participó en una cirugía a don Walter Olsen, el suegro de don Pepe, realizada cuando el simpático viejito danés contaba ya ciento dos años de edad.
Tengo dedicados los dos libros del Dr. Sotela.
En el libro de anécdotas me escribió: Para don Carlos
Porras Jara, profesor de literatura y filología, quien
"con amor y paciencia" como dijo el poeta
Rogelio Sotela, pero sobre todo con enorme
vocación, logró compilar la obra poética de mi
padre. Afectuosamente, José Enrique Sotela
Abril del 2008/
En la carrera profesional de don José Enrique hubo grandes éxitos así como momentos dolorosos. Participó en el primer trasplante de riñón realizado en Centroamérica y formó parte del equipo médico que, en 1965, viajó a Honduras para atender a los pasajeros del accidente de autobús en que perdieron la vida treinta y un personas.
Pero más que en su experiencia como médico, el libro de anécdotas y semblanzas se ocupa, principalmente, de historias simpáticas y jocosas. Recuerda cuando llegó, a las dos de la tarde, a un remoto puesto fronterizo entre México y Guatemala y el único oficial a cargo en aquella lejanía se negaba a dejarlo pasar. Muy gentilmente, como era su estilo, don José Enrique le señaló el aviso que decía que la frontera se abría a las seis de la mañana y se cerraba a las seis de la tarde y el uniformado, sin inmutarse, simplemente le respondió: "Pos pa mí ya son las seis."
También cuenta cómo a veces las buenas acciones tienen recompensas inesperadas. Una vez, cuando fue a recoger a su esposa al aeropuerto, se ofrecieron a traer a San José a Moe Morton, un norteamericano que viajaba solo y que venía a hacer negocios a Costa Rica. Mientras Mr. Morton estuvo en el país, don José Enrique y doña Tatiana, además de presentarlo ante el presidente Francisco Orlich y al Ing. Claudio Volio Guardia, gerente del Banco Anglo Costarricense, le sirvieron de guías y asesores. Para corresponder a las atenciones recibidas, Mr. Morton invitó al Dr. Sotela y a su esposa a California, donde, para agasajarlos, los llevó al estreno de Motín a Bordo, en el que tuvieron la oportunidad de conocer a Marlon Brando y, como si eso fuera poco, terminaron la noche cenando con Kirk Douglas.
Además de su profesión de médico y su labor como conferencista internacional en foros especializados, don José Enrique prestó sus servicios a diversas instituciones de manera altruista y desinteresada. Cuando don Mario Echandi lo nombró miembro de la misión diplomática especial que asistiría al sesquicentenario de la independencia de México, tanto él como todos los demás miembros del grupo cubrieron con sus propios medios los gastos del viaje. Presidió la Junta Directiva del Instituto Costarricense de Acueductos y Alcantarillados sin cobrar dietas. Su afán de servir al país no respondía al deseo de obtener ganancias materiales sino al de contribuir con su aporte al bienestar general. Como esa actitud, lamentablemente, no es muy común, hubo quienes no la comprendieron.
Cuando se creó la Facultad de Medicina de la Universidad de Costa Rica, el Dr. Sotela fue uno de los profesores fundadores. A los pocos años hubo un cambio en el plan de estudios y los cursos que impartía don José Enrique, que estaban en primer año, pasaron al final de la carrera. Como consecuencia, se generó un largo paréntesis en su actividad docente. Los estudiantes que ingresaron con el plan viejo ya habían aprobado la materia y los de nuevo ingreso no tendrían que cursarla hasta el final de su carrera. Es decir, el Dr. Sotela, por su nombramiento de profesor en propiedad, estaría tres años recibiendo un sueldo de la Universidad sin impartir ningún curso. Aunque la situación era accidental e involuntaria y estaba dentro de lo legal, don José Enrique, por principio, se negó a recibir dinero a cambio de nada y cada mes donó a la Facultad de Medicina el sueldo que recibía como profesor. Esta acción, verdaderamente noble y admirable, lejos de generar aplausos, provocó un conflicto con las autoridades administrativas universitarias. La mentalidad cuadrada de los burócratas que llegan a las instituciones públicas a ver qué logran obtener en su provecho, fue incapaz de comprender el gesto de un aténtico caballero.
15 de mayo de 2008. Presentación del libro Poesía completa de Rogelio Sotela.
Preside el recinto el retrato del poeta Rogelio Sotela. A la izquierda, el Dr. José
Enrique Sotela y el escritor Alfonso Chase. A la derecha, don Hiram Sotela y el
poeta Mauricio Molina. Don José Enrique y don Hiram, hijos del poeta. Alfonso
y Mauricio fueron los presentadores del libro.
Rogelio Sotela (1894-1943), el padre de don José Enrique, es uno de los poetas costarricenses que más admiro y cuando, en el año 2000, me puse a recopilar su obra poética completa, tuve el placer de conocer y tratar de cerca a los hijos suyos que aún vivían. Todos ellos apoyaron mi iniciativa, pero con quienes me reuní con mayor frecuencia durante el proceso de recopilación de datos y textos fue con don José Enrique, su hermano don Hiram y su sobrina Marlen Sotela Borbón. Cuando, tras una espera que se prolongó más de lo esperado, el libro Poesía Completa de Rogelio Sotela salió publicado, don José Enrique me obsequió una hermosa pluma que conservo como uno de mis tesoros más preciados.
José Enrique Sotela Montagné nació el 15 de junio de 1922 y murió el 2 de agosto de 2016. Unas semanas antes de su muerte, el Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica, a propósito del aniversario número 75 de su fundación, le había tributado un homenaje por ser el miembro más antiguo de la institución.
La última vez que hablé con él fue en marzo, a cuatro meses de su fallecimiento. Amable, cortés y elegante, en nuestra breve conversación, que sería la última, hizo gala, como de costumbre, de su agudo ingenio y su extraordinario don de gentes. Cuando alguien como don José Enrique se va, uno lamenta no haberlo frecuentado más, pero queda agradecido por el privilegio de haberlo conocido de cerca. Repasar sus libros es, a partir de ahora, la única manera de seguir en contacto con el pensamiento, la cultura y el ameno verbo de este hombre que hizo tanto por el desarrollo de la medicina y del país en general.
INSC: 1667 2126
El último acto público en que participó el Dr. Sotela Montagné fue el homenaje
que le tributó el Colegio de Médicos por ser su miembro más antiguo. A sus noventa
y cuatro años de edad, el Dr. Sotela disertó ante sus colegas sobre lo fundamental
de la ética y el espíritu de servicio en el ejercicio de la medicina.
Foto tomada de Revista Costa Rica, número 113, 2016.


lunes, 8 de junio de 2015

El legado de Rafael Barroeta y Baca.

La Insititución Barroeta. Jorge Murillo
Chaves. Imprenta Vargas. Costa Rica,
1969.
Don Rafael Barroeta y Baca, quien nació en Cartago en 1798 y murió en Esparza en 1880, logró amasar una gran fortuna pero no tuvo a quien dejársela. Se casó dos veces, la primera con Rosario Guardia Robles (tía de don Tomás Guardia) y la segunda con Trinidad Gutiérrez, pero con ninguna de sus esposas tuvo hijos. Tampoco se sabe que los haya tenido fuera del matrimonio. 
En su testamento fue muy generoso (tenía con qué) y repartió entre sus parientes y los de sus dos esposas, las enormes e inmensamente productivas propiedades que tenía a lo largo y ancho del país. En las tierras de Barroeta, quien era dueño de fincas de café, cacao, caña de azúcar y ganado, podría decirse que no se ponía el sol. Era suyo El Cacao de Alajuela y la Finca Catalina en Guanacaste.
En dinero en efectivo también dejó grandes partidas. A un primo lejano, al que casi no frecuentaba, le legó quinientos pesos que, seguramente, debieron haberle hecho su vida más fácil.
Barroeta, quien tal parece sufrió mucho por no haber tenido descendencia, en la cláusula quinta de su testamento dispuso que los cien mil pesos que tenía depositados en el banco se convirtieran en un fondo de becas para la juventud. Para poner el monto en perspectiva, hay que anotar que, en aquella época, una maestra de escuela no llegaba a ganar ni treinta pesos al mes y el sueldo de un funcionario de alto rango era de cincuenta pesos mensuales. Utilizando esa referencia, los cien mil pesos de Barroeta en 1880, serían más o menos como mil millones de colones del año 2000, es decir, unos dos millones de dólares.
Rafael Barroeta y Baca.
En los libros de historia de Costa Rica, Barroeta es recordado por haber roto su espada en El Jocote. En 1842, Braulio Carrillo envió a Vicente Villaseñor al mando de setecientos hombres a repeler la invasión de Francisco Morazán. Villaseñor, en vez de detener el avance del general hondureño, pactó con él. Se oyó la voz de un oficial que dijo: "Hemos venido aquí a pelear, no a pactar." Era Barroeta, quien quebró su espada, se marchó del sitio y acabó luchando en la clandestinidad contra Morazán.  También los historiadores suelen recordar el papel de Barroeta como designado (vicepresidente diríamos hoy) de su sobrino Tomás Guardia Gutiérrez. En algún momento, durante la larga dictadura del General, don Rafael Barroeta ejerció interinamente la Presidencia de la República. 
Curiosamente, los historiadores no le han prestado mucha atención al legado de Barroeta y el fondo de becas que creó. El único libro que se refiere al tema es uno muy modesto, titulado La Institución Barroeta, publicado en 1969 por Jorge Murillo Chaves. Se trata más bien de un folleto en que hace un breve resumen histórico, defiende las pretensiones de un par de ancianos de los que se hablará más adelante y brinda una lista de los beneficiarios del fondo de becas.
El libro tiene cierto tono de denuncia, ya que los becados, a quienes se llama "pupilos", no eran precisamente jóvenes necesitados, sino hijos de familias de renombre que llegaron a ser presidentes, ministros, magistrados, empresarios o intelectuales, mientras que los únicos parientes de Barroeta que aún vivían cuando se hizo la publicación, eran unos ancianos sumidos en la pobreza extrema. 
La lista de pupilos que, entre 1880 y 1969, recibieron en su juventud los beneficios del legado, es un desfile de celebridades en el que figuran dos expresidentes de la República (Rafael Ángel Calderón Guardia y Abel Pacheco), un presidente de la Corte Suprema de Justicia (Víctor Guardia Quirós), ministros de diversas carteras (Gonzalo Facio, don Claudio Volio Guardia, Carlos José Gutiérrez, Benjamín Piza Carranza, Fernando Volio Jiménez), distinguidos intelectuales (Rodrigo Facio, Luis Demetrio Tinoco, Jaime Solera Bennet, Claudio Gutiérrez Carranza), destacados médicos (Manuel Aguilar Bonilla, Carlos Gutiérrez Cañas, Jaime Gutiérrez Góngora, Rogelio Pardo Evans), poetas (Juan Antillón Montealegre, Willy Sáenz Patterson, Ricardo Ulloa Garay), el escritor don Joaquín Gutiérrez, el escultor Hernán González, el abogado y expresidente del periódico La Nación don Fernán Vargas Rohrmoser y hasta el recordado presentador de televisión Carlos Alberto Patiño. Era común que quienes habían sido pupilos buscaran también el beneficio para otros miembros de la familia, por lo que la repetición de apellidos, entre hermanos, hijos, sobrinos y primos es frecuente. Todos los hermanos Gutiérrez Ross, entre ellos Francisco de Paula, don Paco, el padre de don Joaquín, fueron pupilos. Los hermanos de don Joaquín Gutiérrez también. El padre del Dr. Gutiérrez Cañas, don Carlos Gutiérrez Urtecho, el famoso Canducho, también fue pupilo, así como Paco, el hermano del Dr. Calderón Guardia. El presidente José Joaquín Trejos Fernández no fue pupilo, pero sus hijos Diego, Juan José y Carlos sí.
Tumba de Rafael Barroeta y Vaca. Bienhechor
de la juventud. Cementerio General. San José.
Mi queridísimo amigo don Claudio Volio Guardia me comentó en una oportunidad que ser pupilo de la Institución Barroeta era más un honor que un beneficio. Las becas se otorgaban a jóvenes inteligentes y buenos estudiantes a los que se les veía un futuro prometedor. Las normas de selección, establecidas en el propio testamento de don Rafael Barroeta, disponían que para ser candidato era requisito demostrar ser pariente del propio don Rafael o de alguna de sus dos esposas. De ahí que los pupilos fueran niños bien y no jóvenes necesitados. A los elegidos, según el testamento, se les abría una cuenta en un banco en la que se le depositaban cinco pesos (a partir del Siglo XX cinco colones) al mes y, cuando cumplían veinticinco años de edad se les entregaba el capital y los intereses acumulados para que iniciaran su vida profesional.
Hubo intentos bien intencionados de cambiar las reglas del juego. Incluso se pensó en algún momento en utilizar el capital de la Institución para fundar un colegio de artes y oficios, pero la Junta que administraba los fondos consideró que eso sería alterar la voluntad que, de manera muy detallada, había manifestado don Rafael en su testamento.
La historia de los viejitos es triste. En los años sesenta, los hermanos Rafael y Carmelina, quienes vivían en una casa de piso de tierra en el cantón de Belén, no tenían un centavo, estaban muy ancianos para poder trabajar y malvivían gracias a la ayuda de los vecinos, eran las dos únicas personas de apellido Barroeta en Costa Rica. Les indignaba vivir en la miseria cuando existía un capital enorme, legado por Rafael Barroeta, cuyas utilidades se destinaban a brindar una ayuda casi simbólica a jóvenes que no la necesitaban. En ocho oportunidades, la primera en 1898 y la última en 1966, los pretendidos parientes pobres solicitaron ayuda económica a la Junta que administraba el fondo. Dichas peticiones fueron rechazadas. El fondo no había sido creado para ayudar a familiares lejanos de don Rafael, sino para becar a estudiantes. Incluso en el caso de que tuvieran algún parentesco con el fundador de la obra, ya él mismo, en su propio testamento, había legado otras partidas a sus familiares. La última vez que el par de hermanos, ya en una verdadera situación desesperada, pidieron una pensión para su vejez, la Junta, ablandándose un poco, les solicitó que demostraran ser parientes de don Rafael Barroeta y Baca. El par de ancianos contó con la ayuda desinteresada de varios abogados pero no lograron aportar los documentos necesarios. En los registros de bautizos y matrimonios del Archivo Eclesiástico, no encontraron nada que los relacionara con don Rafael. El Registro Civil se había fundado en 1888, por lo que ninguno de los involucrados estaba inscrito. En un arrebato puramente emocional, los abogados que ayudaban a los ancianos pidieron a la Junta que pasara por alto la falta de prueba y no la exigiera. Ellos aseguraban ser parientes de Rafael Barroeta pero no podían demostrarlo porque no había cómo. Uno experimenta una sensación de gran tristeza y compasión al leer en el libro los alegatos de un abogado, que por su profesión sabe que lo que vale en un proceso son las pruebas, argumentando razones sacadas de la manga (o del corazón) para pedir a la Junta que en vez de pedir pruebas acepte como un hecho lo que solo es un supuesto. 
La Junta no cedió. Los ancianos, que perdieron su última esperanza de vivir una vejez con sus necesidades cubiertas, aunque resignados ante los hechos, atribuyeron sus penurias a la rigidez de la Junta. En su mente, el capital de su supuesto tío bisabuelo les pertenecía y se lo quitaron. 
La Junta era tan apegada a la letra del testamento que nunca actualizó el monto de la beca. A finales del siglo XIX, que le depositaran a un muchacho cinco pesos al mes, le permitía ir formando un patrimonio modesto pero considerable. Conforme fue avanzando el Siglo XX, los cinco colones de la beca, se iban convirtiendo cada vez más en un aporte simbólico. En los años sesenta, equivalía como a un dólar al mes. El tipo de cambio se mantuvo en seis colones por dólar durante muchos años. Luego pasó a ocho colones con sesenta céntimos. En los años ochenta llegó a cuarenta colones y en los años noventa a cien. Supongo que, por la devaluación, las becas de Barroeta dejaron de darse o, más bien, de solicitarse. En la actualidad nadie se tomaría la molestia de elaborar su árbol genealógico para demostrar que es pariente de Rafael Barroeta o una de sus esposas con el objetivo de que a su hijo le depositen cinco colones al mes, que hoy es menos de un centavo de dólar.
Mientras las becas se hacían cada vez más modestas, el capital, que ya era enorme desde el inicio, iba creciendo gracias a los intereses. Ya en los años veinte, los dividendos del fondo llegaban a ser varios miles de colones al mes y a los pupilos se les mantuvo la asignación de cinco colones a cada uno. Con un interés compuesto, por bajo que sea, es posible que el principal se duplique cada diez años. 
Como la gran frustración de don Rafael Barroeta y Baca fue no haber tenido hijos, dejó escrito en su testamento que si, por agradecimiento al apoyo recibido, alguno de sus pupilos deseaba agregar el apellido Barroeta a los suyos, contaba con su permiso. De más está decir que ninguno de los pupilos tomó en serio la propuesta. Al cumplir los veinticinco años de edad, lo que recibían apenas les alcanzaba para invitar a unos tragos a los amigos.
La tumba en el Cementerio General, con una lápida que reza: "Rafael Barroeta Baca, Bienhechor de la Juventud",  ni el monumento en el Parque España, con un busto realizado por Juan Ramón Bonilla,  han sido nunca objeto de homenajes. El pobre (es un decir) de don Rafael Barroeta y Baca, pese a su deseo de perpetuar su nombre, ha caído en el olvido.
¿Qué pasó con la institución que se fundó con su legado? y, más importante, ¿a dónde fue a parar el capital? He aquí una buena tarea para un historiador.
INSC: 0551
Monumento a Rafael Barroeta y Baca. Busto realizado por Juan Ramón Bonilla.
Parque España, San José, Costa Rica.

domingo, 26 de abril de 2015

Otilio Ulate recordado por Mariano Sanz.

Otilio Ulate antes, durante y después del
48. Mariano Sanz. Memorias. Imprenta
Lil, Costa Rica, 2001.
Conforme pasan los años, la figura de Otilio Ulate se torna cada vez más opaca. Fue electo presidente de Costa Rica en 1948 y la anulación de esas elecciones desencadenó la guerra civil. Sin embargo, al conmemorarse los cincuenta años del conflicto, en 1998, el nombre de Ulate ni siquiera se mencionó. En buena medida motivado por esta omisión, su amigo el periodista Mariano Sanz, quien fue muy cercano al expresidente toda su vida, publicó el libro Otilio Ulate antes, durante y después del 48.
En el caso de Otilio Ulate, su anecdotario es mucho más amplio que su ideario. Ulate no era un intelectual, aunque fingía serlo. En sus artículos y discursos citaba libros que no había leído, opinaba sobre temas que no dominaba, lanzaba serias acusaciones sin más fundamento que el de su imaginación y era capaz de escribir párrafos enteros, enrevesados y grandilocuentes, sin llegar a decir nada trascendente. El propio Mariano Sanz cuenta en el libro que don Otilio presumía de haber escrito un largo artículo sobre el abacá, sin saber si el abacá era un animal, un vegetal o un mineral. Ulate fue periodista desde muy joven y llegó a ser propietario de varios periódicos. Sin haber escrito ni un solo libro en su vida, llegó a formar parte de la Academia Costarricense de la Lengua.
Otilio Ulate tenía un verbo aguerrido y no se medía a la hora de agraviar a sus oponentes. Durante los convulsos años cuarenta, cuando los ánimos políticos estaban más que caldeados, soltó su famosa frase: "No le compre, no le venda", en que instaba a sus seguidores a romper todo tipo de relación con los del bando contrario.
Sin embargo, a pesar de su agresividad verbal, de la que no escapó casi nadie, Otilio Ulate era un personaje al que sus contemporáneos consideraban simpático. Contaba chistes, coqueteaba con las mujeres y bebía de pie en el mostrador de las cantinas. Una de sus anécdotas más conocidas es la de cuando, siendo presidente, fue atropellado por un hombre en bicicleta. Don Otilio vivía en Barrio Amón y todas las mañanas se iba caminando a la Casa Presidencial. Al cruzar la calle, justo frente a la Presidencia, un ciclista que venía demasiado rápido chocó con él y ambos cayeron al suelo. El guardia de la puerta, que no había reconocido al Presidente, se le acercó diciéndole "¡Fue su culpa! ¡Fue su culpa!" pero, cuando vio que era don Otilio el que estaba tirado en el suelo, aclaró que el "¡Fue su culpa!" se refería al ciclista. La noticia que circuló internacionalmente se concentró en el hecho de que el Presidente de Costa Rica caminaba por la calle sin escolta alguna. Como veinte años después, el presidente guatemalteco Miguel Ydígoras Fuentes estuvo a punto de ser golpeado por una bicicleta durante su visita a Costa Rica y, recordando el hecho, le dijo al ciclista: "No me confunda, yo soy Presidente de Guatemala, no de Costa Rica."
Mariano Sanz Soto. Periodista y gran
amigo y colaborador de don Otilio Ulate.
Tal vez por lo muy conocida que es, Mariano Sanz no incluye la anécdota de la bicicleta en su libro, pero cuenta otras verdaderamente divertidas. Sanz y Ulate viajaron juntos a Europa como periodistas al final de la II Guerra Mundial. En Inglaterra les mostraron las zonas destruidas por las bombas y en Alemania les mostraron más bien las zonas que no fueron destruidas por las bombas. Sanz notó que la coquetería del presidente, quien nunca revelaba su edad, lo hacía quitarse un par de años cada vez que en un documento oficial debía consignar su fecha de nacimiento. Como Ulate llegaba siempre tarde, uno de los anfitriones ingleses lo reprendió: "Ulate (lo pronunció en inglés U late) You are always late!"
En Berlín, tuvieron la oportunidad de visitar al matrimonio puntarenense de don Orlando Grütter y doña Lía Jiménez, cuya hija, Virginia Grütter,  era una niña que le enseñaba a sus amiguitas alemanas a cantar La Cucaracha. Aunque Ulate no hablaba inglés, cada día le echaba un vistazo a los periódicos y, fiel a su costumbre de sacar sus propias conclusiones a partir de lo que suponía haber comprendido, en una ocasión le dijo a Sanz que en Inglaterra se celebraba la navidad en julio. Sanz tomó el periódico y descubrió que lo que se celebraba era el Día de la Marina, Navy Day, que en su traducción libre Ulate había tomado por Navidad.
Tras observar por unos días los juicios de Nurenberg, regresaron a Costa Rica. Como recuerdo, Ulate se trajo dos jeeps, una para su finca La Vieja, en San Carlos, y otro para su periódico El diario de Costa Rica.
Sanz, además de colega periodista, se convirtió en su amigo, asistente, chofer, guardaespaldas y hombre de confianza.
En 1948 Ulate fue candidato a la presidencia de la República. Su contrincante era el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia, quien había sido presidente de 1940 a 1944. Ulate ganó holgadamente las elecciones pero el voto salvado de un magistrado del Tribunal Electoral hizo que, de acuerdo con la Constitución de entonces, el resultado de las elecciones debiera ser decidido en el Congreso, donde había una amplia mayoría calderonista. El Congreso anuló las elecciones y, debido a esa decisión, don José Figueres se levantó en armas. Al mencionar este momento tan delicado, Mariano Sanz consigna una información equivocada. Dice que "los 27 diputados oficialistas han tenido el descaro de anular la elección", olvidando la honrosa excepción de don Arturo Volio Guardia quien, pese a ser diputado oficialista, votó a favor de que se respetara el veredicto popular.  Esta omisión es inexplicable, puesto que un hermano de don Arturo, mi queridísimo amigo don Claudio Antonio Volio Guardia, fue Ministro de Agricultura e Industrias durante la administración de Ulate.
Ulate estaba junto con Sanz y otros compañeros en la casa del Dr. Carlos Luis Valverde Vega cuando se supo que las elecciones habían sido anuladas. Una patrulla del gobierno, al mando de Tavío, llegó a las puertas de la residencia, cuando el Dr. Valverde, dueño de la casa, salió a decirles que no les permitiría entrar, fue asesinado con ráfagas de ametralladora. Ulate y los demás ocupantes debieron salir a través de casas vecinas.
Al día siguiente ocurre un hecho insólito. El Arzobispo Víctor Manuel Sanabria visita a Ulate y le plantea un ultimatum del Presidente Teodoro Picado: "Puede escoger entre refugiarse en la Embajada de Venezuela mientras sale al exilio o ir a la cárcel."
¿Por qué debe ir al exilio o a la cárcel quien ha ganado las elecciones? ¿Por qué el Arzobispo se prestó como mensajero para esta propuesta?
Don Otilio, sin reparar en lo extraño de la situación, escogió ir a la cárcel. Tavío llegó a buscarlo a la Penitenciaría, pero los guardias, que sabían a lo que iba, no lo dejaron entrar.
Días después, con la guerra civil ya en marcha, Monseñor Sanabria hace una propuesta a todos los bandos en conflicto. Les pide que lo acepten a él como árbitro y dejen en sus manos la solución. Pese a lo extraño de la propuesta, Ulate es el único en aceptarla.
El libro entra luego en un tema polémico que, seguramente, nunca será aclarado. Figueres se levantó en armas para derrocar al gobierno por la anulación de las elecciones. ¿Por qué Ulate no se unió a la lucha armada? Figueres, en sus memorias, sostiene que Ulate no se integró porque no quiso y, de manera un tanto irónica, sostiene que su "prudencia" lo mantuvo al margen. Mariano Sanz sostiene que Ulate que no se integró a la lucha armada porque los mismos revolucionarios no se lo permitieron. En todo caso, cuando el triunfo de Figueres era evidente, don Jaime Solera Bennet reunió en su casa a Ulate y Figueres, quienes firmaron el pacto por medio del cual Ulate aceptaba que Figueres integrara la Junta Fundadora de la II República que convocaría a una Constituyente y gobernaría sin congreso durante dieciocho meses, al final de los cuales Ulate asumiría la presidencia. Así se hizo.
El gobierno de Ulate, de 1949 a 1953, se caracterizó por la prudencia en la administración de los fondos públicos. Se realizaron importantes obras, como el aeropuerto internacional El Coco, sin recurrir a endeudamiento. Se fundaron instituciones como la Contraloría General de la República y el Banco Central y, tras los convulsos años cuarenta, llenos de intrigas, corrupción y violencia, Costa Rica retornó a la vida serena y tranquila que permitía que, apenas saliendo de una guerra civil, el Presidente de la República caminara por la calle sin escolta.
Un dato interesante es que tanto el Dr. Calderón Guardia como don Pepe Figueres, fueron seriamente cuestionados por malos manejos de fondos públicos. En la administración Ulate, por el contrario, la administración de los recursos del Estado fue impecable, al punto de ser el último gobierno costarricense en dejar las arcas del Estado con superávit en vez de déficit. Sin embargo, las simpatías políticas costarricenses se dividieron entre la Democracia Cristiana de Calderón y la Social Democracia de Figueres. Hasta los colaboradores más cercanos de Ulate optaron por integrarse a una de estas dos fuerzas y, al final de la vida del expresidente, el ulatismo no era más que su grupo de amigos íntimos.
Como periodista, Ulate fue severo y crítico con la labor del gobierno. Mientras fue presidente, los dos periódicos de su propiedad, El Diario de Costa Rica y La Hora, fueron totalmente complacientes con la labor del gobierno, por lo que perdieron credibilidad y llegaron a desaparecer poco después de que su propietario abandonara la presidencia.
Cada vez son menos quienes recuerdan y conocen algo de la vida de Otilio Ulate. Quizá por ello Mariano Sanz escribió y publicó por sus propios medios este libro.
El monumento a Otilio Ulate, en el costado suroeste de la Sabana, nunca es objeto de homenajes y la casa de Ulate en Barrio Amón, 25 metros al sur del Bar Limón, del que era buen cliente, ha sido convertido en un hotel que alquila habitaciones por horas.
INSC: 2613
Otilio Ulate regresa a su casa después de la ceremonia de investidura como Presidente
de la República. El inmueble, ubicado en Barrio Amón, 25 al sur del Bar Limón, es
actualmente un hotel que alquila habitaciones por horas.





sábado, 10 de enero de 2015

Juan Ramón Bonilla el escultor que no hizo un monumento.

Juan Ramón Bonilla. Luis Ferrero.
Prólogo de Carlos Francisco Echeverría.
Editorial Mesén, Costa Rica, 1999.
Un gran artista puede nacer en cualquier sitio, pero para destacarse y dar a conocer su obra, muchas veces es necesario que se desplace a otro. El arte, como todas las actividades humanas, ha tenido y sigue teniendo sus capitales. Son muy respetables los pintores, músicos y escultores de comarca pero, si alguien tiene un talento verdaderamente extraordinario, es una lástima que se quede donde las posibilidades de desarrollar su arte son limitadas. Cuando era niño leí una biografía de Francisco de Goya y la primera anécdota me dejó tan impactado que aún la recuerdo. Goya nació en un pueblito rural y, cuando tenía quince años, tomó un trozo de carbón y se puso a dibujar un cerdo en una pared. Un fraile que pasaba por allí se detuvo para mirar lo que el muchacho estaba haciendo. Cuando Goya terminó de dibujar el cerdo y tiró el carbón al suelo, el fraile le preguntó quién era su maestro. No tenía ninguno, dibujaba solamente para divertirse. El fraile acompañó a Goya a su casa y convenció a sus padres de que lo enviaran a Zaragoza para que estudiara pintura formalmente. Tras una temporada en Zaragoza, Goya se trasladó a Madrid y no hace falta contar el resto de la historia porque todos sabemos quién fue Goya.
La historia de Juan Ramón Bonilla es algo distinta. Nació en Cartago, Costa Rica, en 1882. Mientras cursaba sus estudios en el Colegio San Luis Gonzaga, tuvo su primera aproximación al arte por influencia del padre Santiago Páramo S.J. quien era un hábil pintor colombiano. Como Juan Ramón mostró una facilidad enorme para el dibujo, la pintura y la escultura, la Municipalidad de Cartago propuso su nombre para que el Estado costarricense le concediera una beca para que estudiara en Italia. Costa Rica ya tenía su Escuela de Bellas Artes, fundada y dirigida por Tomás Povedano, pero tal parece que las relaciones de Bonilla nunca fueron buenas con Povedano.
Héroes de miseria. Juan Ramón Bonilla.
Vestíbulo del Teatro Nacional de Costa Rica.
Bonilla primero estudió en Carrara y luego en el Instituto de Bellas Artes de Roma, donde obtuvo su diploma de escultor. Sus años de estudio fueron de 1905 a 1909. Al año de haber llegado, en 1906, el Marqués de Peralta, Embajador de Costa Rica en Europa, publicó un artículo en La Prensa Libre para informar que Bonilla había obtenido un primer premio, dos medallas de plata y dos accesit por sus trabajos. En la LXXXIX Exposición Internacional de Roma, en 1909, en la que participaron destacados escultores, entre los que estaba Rodin, Bonilla ganó la Medalla de Oro con su escultura El caminante.  Ignoro qué habrá sido de esta escultura, de la que desconozco el paradero y nunca he visto ni en fotografías. La escultura que sí es muy conocida es Héroes de miseria, que se encuentra en el vestíbulo del Teatro Nacional. En su momento, algunas personas, Omar Dengo entre ellas, consideró inapropiado que la escultura de una mujer pidiendo limosna con su niño en brazos se ubicara en el vestíbulo del Teatro que era el sitio en que los ricos, vestidos de frac, disfrutaban de la música sinfónica, la ópera y la zarzuela como una forma de hacer vida social. Tal vez suene antipatriótico, pero si Bonilla había ganado premios y buenas críticas en Italia debió haberse quedado allá. ¿Para qué regresar a Costa Rica? En el país solamente había una escuela de Bellas Artes y sus relaciones con el director no eran buenas. Tal vez Bonilla pensó que tendría la oportunidad de hacer monumentos. A principios del Siglo XX ya el gobierno empezaba a erigir monumentos, pero los primeros el Monumento Nacional y el de Juan Santamaría fueron encargados en Europa porque no había un escultor tico que los realizara. El bloque de mármol para Héroes de miseria lo había financiado el Estado costarricense y, tal vez, eso le pareció a Bonilla una buena señal para volver. También estaba en juego una cuestión de honor, ya que todos los becados regresaban. Como botón de muestra, cabe mencionar que Carlos Durán Cartín fue a estudiar medicina en Londres. Resultó ser un estudiante tan destacado que su profesor, médico de la reina Victoria, lo presentó a la soberana. A la reina le simpatizó aquel muchacho costarricense y, cuando se graduó, le ofreció que se quedara a su servicio ya que su médico, el profesor, pronto se jubilaría, pero don Carlos regresó a Costa Rica. La reina dispondría de otros médicos, pero en Costa Rica había muy pocos. Es verdad que en Costa Rica hacían falta médicos pero ¿un escultor?
Juan Ramón Bonilla. 1882-1944.
Bonilla regresó a Costa Rica y, para ganarse la vida, dio clases de dibujo en una escuela primaria de 1910 a 1917. De 1912 hasta 1943, año de su jubilación, fue profesor de Arte en el Colegio San Luis Gonzaga. Mi queridísimo amigo don Claudio Volio Guardia, quien estudió en el San Luis, me contaba que en las clases Juan Ramón Bonilla se desesperaba porque los alumnos eran incapaces de dibujar una naranja. Era un profesor exigente y estricto que se tomaba muy en serio sus clases pero, definitivamente, estaba en el lugar equivocado. Los muchachitos de primaria y secundaria lo admiraban y lo respetaban, hacían su mejor esfuerzo para evitar desilusionarlo pero, la verdad, ninguno de ellos tenía ni habilidad ni interés por el arte.
Tomás Povedano, el director de la Escuela de Bellas Artes, en cuanta ocasión tenía, criticaba severamente el trabajo de Bonilla.
El presidente Federico Tinoco organizó la Exposición Nacional en 1917 y 1918. Era una feria variopinta en que, además de arte, se exponían artesanías, productos industriales, como los vinos de la Fábrica de Licores y las cervezas de Traube, mosaicos de Doninelli y hasta los artículos farmacéuticos de la Botica Francesa. Entre los artistas participantes estaban Enrique Echandi, Luisa González Feo y su futuro esposo don Adolfo Sáenz González, Juan Rafael Chacón y otros. Juan Ramón Bonilla ganó la Medalla de Oro y fue comisionado para diseñar y elaborar el monumento al educador Mauro Fernández quien era, por cierto, padre de María Fernández Le Capellain y, por tanto, suegro de Tinoco.
Bonilla trabajando en el busto de Juan Rafael
Mora Porras.
El monumento se inauguró el 15 de setiembre de 1917, pero estuvo poco tiempo en pie. El 13 de junio de 1919, un grupo de manifestantes adversos a la dictadura de Tinoco, como parte de las protestas, quemaron el diario La Información, afín al régimen y, de paso, destrozaron la estatua del suegro del dictador, que quedaba a la vuelta. Es irónico que la protesta fue organizada por maestros (liderados por Carmen Lyra) que conocían y respetaban la obra de Mauro Fernández pero, como ya se dijo, no destruyeron el monumento a Mauro Fernández, sino al suegro del tirano que, daba la casualidad eran la misma persona.
Aunque presentó propuestas para los monumentos de Cleto González Víquez, el obispo Thiel y hasta uno que iban a erigirle a Cristóbal Colón en Limón, nunca más Juan Ramón Bonilla recibió el encargo de hacer otro monumento. El de Juan Mora Fernández, frente al Teatro Nacional, lo realizó Verlet en 1921. El del obispo Bernardo Augusto Thiel, al costado sur de la catedral, lo hizo el italiano Adriático Froli en 1923 y el de Juan Rafael Mora, frente al correo se le encargó a Pietro Piraino. Costa Rica tenía un gran escultor nacional pero el Estado, que lo había becado, hacía como si no existiera. De hecho, algunas de sus estatuas en bronce, en poder del Estado, fueron fundidas para darle el material a otro escultor.
Busto en mármol de don Juan Rafael Mora
Porras en la sala de Próceres de la OEA en
Washington. Foto cortesía del Sr. Armando
Vargas Araya.
En el libro Juan Ramón Bonilla, el historiador Luis Ferrero Acosta sostiene que la marginación de Bonilla se debió a sus ideas políticas ácratas. Sin entrar a discutirle a don Luis, creo que más que ácrata (anarquista), a Juan Ramón le pudieron haber cobrado todo lo contrario: haber sido tinoquista. En todo caso, el genial escultor dedicó su vida a dar clases en primaria y secundaria. Aunque no recibió encargos del Estado, a pedido de particulares realizó los bustos de Cecilio Umaña y Rafael Barroeta (que se encuentran en el parque España), así como los de Adolfo Carit, Carlos Durán (el que estuvo a punto de ser médico de la reina Victoria), Rafael Ángel Calderón Muñoz, Manuel María Gutiérrez, León Fernández y otros. Realizó también un busto de Juan Rafael Mora Porras, del que hizo dos copias, una en bronce, que decora la tumba del prócer en el Cementerio General, y otra en mármol que está en la sala de héroes de la Organización de Estados Americanos OEA en Washington D.C.
Don Joaquín García Monge lideró la iniciativa de hacerle un pequeño monumento al maestro Marcelino García Flamenco. El dinero no alcanzó para hacerle una estatua así que lo que se hizo fue una fuente con una placa, cuyo texto redactó el propio don Joaquín, y un friso de unas cabecitas de niños que realizó Juan Ramón Bonilla en 1926.
Juan Ramón no participó en las exposiciones de arte que, en la década de los treinta, organizaba el Diario de Costa Rica, pero en las de 1931 y 1932 fue miembro del jurado que galardonó a Francisco Zúñiga y Juan Manuel Sánchez, jóvenes artistas que llegarían a ser grandes escultores, aunque con destino distinto. Francisco Zúñiga se fue a México y allá logró fortuna y renombre. Juan Manuel Sánchez se quedó en Costa Rica trabajando, al igual que Bonilla, como humilde maestro de arte en un colegio de secundaria.
Además de una injusticia, fue un desperdicio que Juan Ramón, por las razones que fuera, no haya tenido la oportunidad de lucir su talento con grandes obras. La historia es lo que fue y no lo que pudo haber sido. De nada vale suponer un desarrollo de la historia alternativo pero, así sea sin responderlas, hay casos en que es interesante hacerse preguntas como esta: ¿Qué habría sido de Bonilla si se hubiera quedado en Europa? ¿Qué habría sido de Goya si nunca hubiera salido de la comarca?
INSC: 2457
El friso de cabecitas de niños, en el monumento a Marcelino García Flamenco.

miércoles, 1 de octubre de 2014

Dos libros de Sansonetti.

Don Vito y su esposa, doña Olivia, están a la derecha. A la izquierda, una
estudiante. El caballero alto es Umberto I de Saboya, último Rey de Italia.
El Rey estuvo de visita en San Vito de Coto Brus para saludar a los
inmigrantes italianos que empezaron una nueva vida en Costa Rica.
Hace ya bastantes años, entré al aula donde iba a dictar clases y, en la lista de estudiantes, reparé en un nombre: Gabriel Montenegro Sansonetti. Su segundo apellido no es común en Costa Rica. Pedí que se levantara y le pregunté: "¿Es usted familiar de don Vito?" "Soy su nieto." Me contestó.
Le pedí entonces que fuera portador de un mensaje. "Dígale a su abuelo que le mando saludos. Que lo admiro y lo respeto."
En la clase siguiente, Gabriel me sorprendió con un regalo. "Aquí le manda mi abuelo." Era su libro Quemé mis naves en estas montañas, que venía con una simpática dedicatoria: "Al profesor Carlos Eduardo Porras, con la esperanza de que no encuentre errores. Cordialmente. Vito Sansonetti."
En ese libro, el Comandante hace un recuento de las mil peripecias que debió afrontar en el proceso de colonización de Coto Brus, una empresa digna de ser recordada con agradecimiento y admiración.
Vito Sansonetti Clarini, nació en Roma en 1916. Su padre era almirante y Vito, siguiendo sus pasos, decidió dedicar su vida a la marina militar italiana. Ya como oficial, a bordo de la nave Duque de Aosta, realizó un viaje alrededor del mundo. Cuando el barco pasó por Panamá, el presidente Belisario Porras, que estaba casado con una costarricense, doña Alicia Castro Gutiérrez, ofreció un baile en honor de la tripulación. En esa fiesta, don Vito conoció al amor de su vida Olivia Tinoco Castro,  una muchacha costarricense, sobrina de la primera dama, que por casualidad se encontraba de visita en Panamá. Como en una novela romántica, en ese primer encuentro don Vito le propuso matrimonio. Le pidió que esperara a que su barco terminara su gira y, apenas regresara a Italia, pediría unos días libres y se casarían. El plan, sin embargo, sufrió un serio inconveniente. Ni más ni menos que la II Guerra Mundial. Don Vito debió servir a la marina italiana durante el conflicto y la espera por reencontrarse con su novia, se alargó por siete años en que su única comunicación fue por carta. En tiempos de guerra, el correo circulaba con serias dificultades y largas demoras. Cada vez que don Vito recibía una carta de Olivia, confirmaba que la promesa seguía vigente. Cada vez que Olivia recibía una carta de Vito, se enteraba de que su novio seguía con vida. Finalmente se casaron, en Roma, sin haberse visto ni una sola vez desde su primer encuentro en Panamá, siete años atrás. 
Al finalizar la guerra, Italia estaba en ruinas y su marina, destruida. La joven pareja decidió establecerse en Costa Rica. Aquel hombre que quería dedicar su vida al mar, acabó anclado en tierra, se convirtió en empresario agrícola e industrial y fue el artífice de un ambicioso proyecto de colonización, tan novelesco como su noviazgo. Tanto su historia de amor como su historia de trabajo parecen sacadas de una novela.
Cuando don Vito llegó a Costa Rica, la población del país entero no había alcanzado el millón de habitantes. El valle central, Guanacaste, Puntarenas, Limón y la zona norte tenían poblaciones considerables. El sur, sin embargo, estaba despoblado. De San Isidro del General a la frontera con Panamá no había ninguna comunidad ni siquiera mediana. Las tierras de Coto Brus, altas y fértiles, ofrecían grandes posibilidades de explotación agrícola. Habitaban en la zona diversos grupos indígenas y un pequeño grupo de colonos, provenientes de San Isidro, en la zona de Agua Buena.
La idea de don Vito era poblar esa zona con inmigrantes italianos. Su padre, el Almirante Luigi Sansonetti, se encargaría, en Italia, de buscar familias que quisieran rehacer sus vidas al otro lado del mundo. El gobierno costarricense, presidido por Otilio Ulate, se comprometía a abrir caminos y brindar las condiciones para que el proyecto de colonización fuera exitoso. Se fundó la Sociedad Italiana de Colonización Agrícola, se escogió el sitio para el nuevo poblado y se puso manos a la obra.
Ni siquiera había carretera. Era imposible que un vehículo motorizado llegara al lugar. Tras subir los cerros a caballo, el primer trabajo de los colonos fue abrir, en medio del bosque, con hacha y pala, una pista en que pudieran aterrizar avionetas. Hasta los materiales de construcción debían ser transportados por aire. Los inmigrantes italianos trabajaron hombro a hombro con los colonos de Agua Buena y con los indígenas del lugar para levantar el poblado, el templo, la escuela, el dispensario y, al mismo tiempo, para preparar las tierras para el cultivo del café y la cría de ganado. De las diez mil hectáreas que dio el gobierno, solamente tres mil se adjudicaron a italianos. Aunque muchas familias venidas de Italia levantaron sus casas y se identificaron con su nueva patria, algunos de sus paisanos no soportaron las condiciones y decidieron abandonar el lugar. Es verdad que en la Italia de la posguerra pasaban hambre, pero el trabajo del sitio de las abras, como diría don Fabián, superaba cualquier esfuerzo que hubieran imaginado. La comunidad se llamó San Vito, no en honor de su fundador, Vito Sansonetti, sino porque San Vito es el santo patrón de los inmigrantes. El empeño de los colonos pronto hizo que fuera un centro de población con electricidad, cañería de agua potable, escuela primaria y secundaria, clínica del Seguro Social y hasta banco. De hecho, la primer agencia bancaria, fuera del valle central, fue la inaugurada en San Vito por don Claudio Volio Guardia, gerente del Banco Anglo, que había sido, además, el Ministro de Agricultura e Industrias del gobierno de Ulate que impulsó el proyecto de colonización.
En su libro, don Vito afirma que la Sociedad Italiana de Colonización Agrícola cumplió con su parte del contrato, pero que el gobierno costarricense no cumplió con la suya. En una ocasión, en que se lo comenté a don Claudio, él simplemente me dijo: "Es verdad."
Pasaron los duros años de abrir montaña. Los habitantes de San Vito de Coto Brus prosperaron gracias al comercio de su café, de excelente calidad, y a su arraigado sentido comunitario. El propio don Vito menciona en su libro detalles tan pequeños, pero importantes, como el que cuando mira que hasta las familias más pobres tienen una humilde lavadora eléctrica de ropa, recuerda a las señoras de los primeros tiempos doblándose la espalda sobre una piedra cuando lavaban la ropa en el río.
Cumplida la colonización de San Vito, don Vito incursionó en otras actividades. Importó maquinaria agrícola y fue artífice de numerosos proyectos de colaboración entre Italia y Costa Rica. Como filántropo, contribuyó con trabajo y con recursos a proyectos educativos, culturales y de atención a jóvenes en riesgo social. 
No tuve el placer de conocer en persona al Comandante Vito Sansonetti. La culpa fue mía. Quería ir a visitarlo para escuchar, directamente de sus labios, las historias que tanto me habían impresionado de su libro. Quería hacerle tantas preguntas, comentar con él tantos temas. "Un día de estos tengo que ir a visitar a don Vito", me decía, pero nunca le puse fecha a ese deseado encuentro.
Vito Sansonetti, murió en 1999 a los ochenta y tres años de edad. Yo escribí su obituario en el periódico. El mismo día que el artículo salió publicado, Gabriel, el nieto de don Vito que fue mi estudiante y a quien tenía tiempo de no ver, se apareció en mi oficina con un regalo. "Aquí le manda mi mamá", me dijo. Era el libro Cuentos de guerra a un país de paz, con una dedicatoria que decía: "En agradecimiento del lindo artículo que escribió sobre mi padre".
En este libro, don Vito rememora sus años de servicio en la marina y reflexiona con hondura y excelente prosa sobre los valores que marcaron a su generación.
Hasta en su final, la vida de don Vito parece sacada de una novela. Fue sepultado, al lado de Olivia, en San Vito de Coto Brus. En su tumba está el ancla del Duque de Aosta, el buque en que dio la vuelta al mundo. La lápida, simplemente dice: "Vito Sansonetti. Marinaio d`Italia."
Aunque los libros de mi biblioteca están ordenados por tema, tengo una sección donde están apartados los libros con los que tengo que salir en carrera en caso de un incendio. Allí atesoro los dos libros del Comandante Sansonetti.
Gracias a él, he adoptado una política en mi vida. Cuando quiero conversar con un señor mayor, no me tardo en ponerle fecha a la visita.

INSC 0829 0945
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