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viernes, 2 de noviembre de 2018

Los obispos de Costa Rica.

Obispos, Arzobispos y representantes de la Santa
Sede en Costa Rica. Ricardo Blanco Segura.
EUNED. Costa Rica, 1983.
La Diócesis de Nicaragua y Costa Rica fue creada por el Papa Clemente VIII el 26 de febrero de 1531, veintinueve años después de la visita de Cristóbal Colón y treinta años antes de las incursiones de Juan de Cavallón y Juan Vásquez de Coronado. Es decir, cuando el territorio costarricense no había sido aún explorado ni conquistado por los españoles.
El nombre del primer obispo ha llegado a ser tema de discusión entre los especialistas. Don Diego Alvarez Osorio, sacerdote misionero que ejercía su ministerio en Panamá, fue el primero en ser designado para el cargo. Se trasladó a Nicaragua,  pero como solamente un obispo puede consagrar a otro obispo (y en Centroamérica no había ninguno), don Diego murió en 1536 sin haber recibido la consagración episcopal. 
Su sucesor, Fray Francisco de Mendavia, prior de un monasterio en Salamanca, España, fue nombrado en 1537 y consagrado en 1538, pero murió en 1542 en Madrid y tal parece que nunca viajó a Centroamérica.
Como el primero no fue consagrado y el segundo no estuvo en el territorio, muchos se inclinan a señalar que el dominico Fray Antonio de Valdivieso, nombrado, consagrado y residente en Nicaragua, aunque haya sido el tercero, debe ser considerado el primer obispo de la diócesis. El final de Fray Antonio de Valdivieso fue trágico. Tuvo serios enfrentamientos con las autoridades civiles y fue asesinado a puñaladas en su propia casa por el hijo del Gobernador. El obispo murió desangrado en brazos de su madre.
Tras este desafortunado incidente, la sede estuvo vacante por varios años. Vino luego una larga lista de sucesores entre los que hubo sacerdotes diocesanos, jeronimianos, franciscanos, dominicos, agustinos, benedictinos, mercedarios y trinitarios, todos ellos nacidos en España. Entre ellos cabe mencionar a Jerónimo Gómez Fernández de Córdova, obispo de 1571 a 1574, nieto del Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdova y pariente, por tanto, de Francisco Fernández de Córdova, fundador de Nicaragua.
En Costa Rica, la primera Semana Santa se celebró en la isla de Chira en 1513, los primeros bautizos se realizaron en Nicoya en 1522. El templo de Nicoya se edificó en 1540 y en 1563 se fundó Cartago. Sin embargo, el primer obispo en visitar el territorio costarricense fue don Pedro de Villareal, andaluz, que permaneció en la provincia desde enero de 1608 a enero de 1609 y fue el primero en administrar el sacramento de la Confirmación en Costa Rica.
Los obispos residían en León, Nicaragua y, cuando realizaban la visita pastoral a Costa Rica, se quedaban un año entero para recorrer todos los poblados. El recorrido, a lomo de mula, era tan agotador, que ninguno repitió la visita.
Durante la época de la Colonia, en poco más de doscientos años, hubo once visitas episcopales de periodicidad bastante irregular. Entre la tercera visita, en 1637, y la cuarta, en 1674, pasaron treinta y siete años. Ese fue el lapso más largo. El más corto, de apenas nueve años, fue entre la octava, en 1751 y la novena, en 1760.
Pedro Morel de Santa Cruz (1694-1768) realizó la octava visita pastoral en 1751.
Esteban Lorenzo de Tristán (1723-1793) realizó la décima visita pastoral en 1782.
La octava visita, por cierto, acabó siendo famosa porque el obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz escribió un detallado informe en que hace una descripción minuciosa de todas las poblaciones que recorrió. Otra visita memorable, por lo fructífera, fue la décima, en 1782, cuando el obispo Esteban Lorenzo de Tristán, además  del primer hospital y la primera casa de estudios en Costa Rica, fundó la ciudad de Alajuela. Morel de Santa Cruz, que había nacido en La Española (hoy República Dominicana) fue luego obispo en Cuba, mientras que Tristán, nacido en Andalucía fue nombrado obispo de  Guadalajara, México. Ambos prelados tuvieron que ver con el culto a Nuestra Señora de Los Angeles en Cartago. Morel autorizó que el Santísimo permaneciera en el humilde santuario de adobe y techo de paja en que se veneraba la Negrita y Tristán estableció la costumbre de "la pasada".
Desde la época colonial se realizaron esfuerzos para que Costa Rica contara con un obispo propio. Tras la independencia, Braulio Carrillo, el Dr. José María Castro Madriz y don Juan Rafael Mora Porras, solicitaron al Papa la creación de una sede episcopal en el país. La diócesis fue finalmente erigida en 1850 y don Anselmo Llorente la Fuente fue, además del primer obispo de Costa Rica, el primer costarricense en ser consagrado obispo.
Cuando Llorente murió, en 1871, hubo una larga vacante que duró nueve años, durante la cual, en su última etapa, la Iglesia costarricense fue administrada por el obispo italiano Luigi Bruschetti, quien consagró al segundo obispo de Costa Rica, el alemán Bernardo Augusto Thiel. 
Poco después de la muerte de Thiel, el Dr. Carlos María Ulloa, costarricense, fue nombrado obispo, pero murió en 1903 sin haber sido consagrado. La designación cayó entonces en el Dr. Juan Gaspar Stork, quien, al igual que Thiel, era alemán.
Curiosamente, mientras el segundo y tercer obispo de Costa Rica eran alemanes, el segundo y el tercer costarricense en ser consagrados obispos ocuparon sedes en otros países. El segundo costarricense en ser nombrado obispo fue Guillermo Rojas Arrieta, nacido en Cartago en 1855, que fue el primer Arzobispo de Panamá. El tercer costarricense en ser nombrado obispo fue el Dr. Claudio María Volio Jiménez, nacido en Cartago en 1874, nombrado obispo de Santa Rosa de Copán, Honduras. Monseñor Volio tuvo dos hermanos sacerdotes. Juan Bautista, el primer jesuita costarricense y Jorge Volio Jiménez, quien además de sacerdote fue general y fundador del Partido Reformista.
Anselmo Llorente Lafuente (1800-1871) y Guillermo Rojas
Arrieta (1855-1933) primer y segundo costarricense en ser
consagrados obispos.
En 1921 se crea la provincia eclesiástica de Costa Rica y dos costarricenses son consagrados obispos: el Dr. Rafael Ottón Castro como primer Arzobispo de San José y el Dr. Antonio del Carmen Monestel Zamora como primer obispo de Alajuela. El vicariato apostólico de Limón, sin embargo, desde su fundación y durante sesenta años fue administrado por obispos alemanes. Tras Blessing, Wollgarten, Odendahl y Hoefer, don Alfonso Coto Monge, en 1980, se convirtió en el primer costarricense en ser obispo de Limón. Curiosamente, estos obispos alemanes en la Santa Misa, que celebraban en latín, predicaban tres homilías, una en español, otra en inglés y otra en francés.
En 1954 se creó la diócesis de San Isidro del General y en 1961 la de Tilarán. Más recientemente fueron creadas las diócesis de Puntarenas y Cartago. 
Bernardo Augusto Thiel y Juan Gaspar Stork eran grandes apasionados por la investigación histórica, pero fue Monseñor Víctor Manuel Sanabria el primero que intentó hacer una lista completa de los obispos que habían tenido jurisdicción en Costa Rica. El episcopologio de Sanabria, pese a ser una obra muy meticulosa y bien cuidada, venía con un buen número de errores que don Eladio Prado, investigador de la historia eclesiástica de Costa Rica, le hizo notar. 
En 1983, don Ricardo Blanco Segura publicó el libro Obispos, Arzobispos y representantes de la Santa Sede en Costa Rica, en el que ofrece una lista completa de los obispos que han ejercido su autoridad en el territorio nacional, acompañada por una síntesis biográfica de cada uno. La obra incluye desde los tres primeros, don Diego Alvarez, Fray Francisco de Mendavia y Fray Antonio de Valdivieso, hasta los que estaban en el cargo en el momento de la publicación del libro.
Podría pensarse que se trata de un texto de referencia, de esos que uno, más que leer, simplemente consulta. Sin embargo, don Ricardo, que fue verdaderamente cuidadoso y exacto con los datos que incluye en cada apartado, se permitió ciertas licencias en las secciones de comentarios. Con total desenfado, expresa opiniones y valoraciones personales sobre los obispos biografiados y hasta se permite reproducir chismes que escuchó o hechos que presenció sobre asuntos verdaderamente delicados. En el prólogo del libro, por cierto, don Ricardo debió manifestar una disculpa a los familiares del Arzobispo Rafael Ottón Castro, ya que unas declaraciones suyas que brindó a otro investigador,  al aparecer publicadas afectaron la imagen del ilustre prelado. Monseñor Castro murió en 1939, cuando don Ricardo, nacido en 1932, tenía solamente siete años de edad. No había manera de que a don Ricardo le constara lo que insinuó de él (que era alcohólico) y, por ello, se vio obligado a brindar disculpas y explicaciones. Sin embargo, tal parece que no aprendió la lección y en los comentarios de este libro se distrae en especular extensamente sobre aspectos de la personalidad de los obispos hasta extremos que rozan la grosería o la burla. Retrata a Llorente como impulsivo, opina que Monseñor Rodríguez Quirós no era la persona apropiada para ser arzobispo, califica la labor de Monseñor Rubén Odio como "desteñida" y acerca del Nuncio Paul Bernier, a quien tuvo oportunidad de tratar de cerca, solo deja constancia de que le resultó muy antipático.
El mayor problema de este libro es su falta de definición. Si don Ricardo quería manifestar su opinión (muy autorizada y muy bien informada, por cierto) sobre el desarrollo de la Iglesia costarricense, debió haber escrito un ensayo histórico. Si quería compartir chismes de sacristía en tono jocoso, debió haber publicado un libro de cuentos. Y si lo que pretendía era ofrecer una lista de biografías de los obispos de Costa Rica, debió haberse limitado a los datos. Al tratar de meterlo todo en el mismo saco, acabó ofreciendo una obra bastante irregular. 
Sin embargo, y esto que quede claro, si se ignoran los comentarios fuera de tono y de lugar, el libro es un formidable trabajo de investigación y una valiosa obra de referencia.
Conforme pasa el tiempo, los obispos de Costa Rica son cada vez figuras más modestas y menos protagónicas. Bernardo Augusto Thiel, Rafael Ottón Castro, Víctor Manuel Sanabria o Carlos Humberto Rodríguez Quirós, habían obtenido con honores Doctorados en prestigiosas universidades, tenían una cultura general enciclopédica, eran verdaderas autoridades en Teología, Filosofía, Derecho, Historia y Literatura y, además, hablaban con fluidez  media docena de idiomas. 
Las credenciales de los obispos actuales no son tan impresionantes ni sus biografías tan atractivas como las de sus predecesores. El día que un investigador decida ampliar la lista de obispos que dejó don Ricardo, en vez de agregar los nombramientos que han venido luego, lo cual es tarea fácil, debería asumir el verdadero reto que sería intentar recopilar mayor información sobre la labor de los obispos de la época colonial sobre los que se sabe verdaderamente poco.
INSC: 0315.

lunes, 11 de diciembre de 2017

Las anécdotas del padre Alberto Mata Oreamuno.

Semblanzas y anécdotas eclesiásticas.
Alberto Mata Oreamuno.
Costa Rica, 1988.
Cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, Monseñor Alberto Mata Oreamuno acató la recomendación que recibía constantemente de parte de sacerdotes jóvenes y escribió un libro sobre personajes que había conocido y hechos que había presenciado o protagonizado durante su ya larga vida.
No se trata de sus memorias, que ya había publicado unos años antes, sino más bien de una recopilación de recuerdos, anécdotas y semblanzas que valía la pena dejar escritas para que fueran conocidas cuando ya no estuviera él para contarlas.
El libro, titulado Semblanzas y anécdotas eclesiásticas, que tiene tanto páginas jocosas como emotivas, está lleno de sorpresas. Algunas son francamente divertidas y otras son verdaderas revelaciones de gran importancia histórica.
Nacido en Cartago en 1904, el padre Mata era bisnieto, por el lado paterno, de Jacinta de la Fuente, hermana de Feliciana, la madre del obispo Anselmo Llorente La Fuente, primer obispo de Costa Rica, quien, según cuenta, se entretenía jugando partidas de naipe con sus tíos abuelos. Por el lado materno tenía cierto parentesco con Mons. Luis Javier Muñoz, el obispo de Guatemala que fue expulsado por el dictador Jorge Ubico.
Las primeras páginas están dedicadas a breves notas biográficas de los papas, de Pío IX a Juan Pablo II y, tras una nota sobre el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), vienen apartados sobre los obispos de San José, desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós.
Cuenta que era un niño de doce años de edad la primera vez que vio a los padres paulinos alemanes con quienes posteriormente recibiría su formación sacerdotal. El obispo Juan Gaspar Stork llegó a Cartago acompañado de los sacerdotes Carlos Trapp y Agustín Blessing, en agosto de 1916, para celebrar la fiesta de la Virgen de los Angeles. El santuario era entonces un amplio galerón de madera ya que el templo (como prácticamente toda la ciudad) había sido destruido por el terremoto de mayo de 1910 que solamente dejó media docena de casas en pie.
Alberto Mata Oreamuno.
(1904-1996)
Con sincera admiración y profundo afecto, menciona uno por uno los nombres de todos los paulinos alemanes que vinieron a Costa Rica. Aquellos religiosos eran serios, severos, estrictos, estudiosos, trabajadores, austeros y cultos. Hablaban varios idiomas y constantemente hacían gala de tener una memoria prodigiosa. No solo porque citaban la Sagrada Escritura, los cánones y las sentencias de los Padres y Doctores de la Iglesia sin consultar ningún libro, sino porque se sabían los nombres y los apodos de cada uno de los estudiantes de la secundaria y de los mayoristas. Cuando felicitaban a algún estudiante, lo llamaban por el nombre, pero cuando lo regañaban lo llamaban por el apodo. Tenían además un sexto sentido para darse cuenta de todo lo que ocurría dentro del Seminario. Una vez, en la biblioteca donde hacían la tarea, un estudiante cometió una falta de urbanidad (con ruido y mal olor) y el padre Felipe Vetter, desde el otro extremo del salón, señaló al responsable y le gritó: "Pezuña, ¡No sea cochino!"
El rector, padre José Ohlemüller, era una verdadera eminencia pero, en sus últimos años, ya senil, decía incongruencias. Una vez, un sacerdote joven se atrevió a mencionar el deterioro mental del padre Ohlemüller y el padre Wilhelm Hennicken, al oírlo, le espetó: "El padre Ohlemüller leyó y estudió muchísimo durante toda su vida, así que esté tranquilo porque eso no le va a pasar a usted."
Además del Seminario, había paulinos alemanes en distintos puntos del país. Dos residían permanentemente en Talamanca y otros dos estaban a cargo de todo el territorio de la actual diócesis de San Isidro de El General. El vicariato apostólico de Limón fue confiado también a ellos porque la Misa, que se celebraba en latín, tenía tres homilías: una en español, otra en inglés y otra en francés. El hecho de que sacerdotes tan bien preparados con títulos de prestigiosas universidades europeas se hubieran trasladado como misioneros a los lugares más remotos de Costa Rica fue siempre una gran inspiración para los seminaristas.
En cuanto al clero local, se menciona que, curiosamente, siempre han habido curas con el mismo apellido. Simultáneamente hubo tres Badilla, tres Volio que eran hermanos, tres Valenciano que eran primos, cuatro Zúñiga y cuatro Mata. Las anécdotas que se cuentan de ellos son bien divertidas. El padre Rafael Badilla era lo que podría llamarse un cura maicero. Párroco rural, le predicaba a los campesinos en su propio lenguaje porque él también era uno de ellos. En aquellos tiempos había unas ollas de hierro o de barro que, para manterlas estables sobre la leña del fogón, tenían tres patitas diminutas que eran como picos. Una vez el sermón del padre Badilla fue interrumpido por el llanto de un recién nacido y, para indicarle a la madre que lo amamantara, le gritó desde el púlpito: "¡Dale la pata de olla!"
Francisco de Paula Castillo Arcas, uno de los tres Castillos, era un sacerdote andaluz dicharachero y que tocaba la guitarra, que fue párroco de San Rafael de Oreamuno. Allí encausó y alentó la vocación de un jovencito llamado Víctor Manuel Sanabria Martínez. Cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo, el padre Castillo se jactaba de que, gracias a él, la Iglesia costarricense había llegado a tener tan brillante prelado. Sin embargo, Monseñor Sanabria, medio en broma medio en serio solía decir: "En el clero tenemos tres Castillos, pero de los tres no se hace un rancho."
Beato Fray Remigio de Papiol.
(1885-1937)
Naturalmente, no todo el libro está escrito en clave humorística. Verdaderamente emotivo es el recuerdo de Fray Remigio de Papiol, sacerdote capuchino al que el Padre Mata le servía de monaguillo cuando era niño. Ver de cerca el recogimiento con que el fraile celebraba la Santa Misa fue uno de los grandes estímulos que despertaron su vocación sacerdotal.
Nacido en Barcelona en 1885 con el nombre de Esteban Santacana Armengol, Fray Remigio de Papiol ejerció su ministerio en Filipinas, México, Bluefields en Nicaragua, Colón en Panamá y Cartago en Costa Rica. Compañero suyo de viaje fue el hermano Fray Casiano de Madrid, que acabó desarrollando una gran obra social en Puntarenas. Fray Remigio regresó a España y, tras haber ingresado durante un breve período a la Orden Cartuja, acabó residiendo en Madrid.
Cuando el padre Mata fue ordenado, le escribió comunicándoselo y Fray Remigio le respondió que rezaba constantemente por su monaguillo. Fray Remigio de Papiol murió mártir en 1937, víctima de la represión contra la Iglesia durante la Guerra Civil Española y fue beatificado por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2015.
En cuanto a datos importantes para la historia de Costa Rica, el libro reproduce la homilía que pronunció el padre Alfredo Hidalgo (reconocido calderonista) en el Te Deum cantado a propósito de la instalación de la Junta Fundadora de la Segunda República presidida por don José Figueres y que acabó generando un serio disgusto entre Monseñor Sanabria y el gobierno.
Monumento a Mons. Alberto Mata Oreamuno
en los jardines del Templo Parroquial de
Guadalupe de Goicoechea.
Sorprendente es la revelación de que Monseñor Carlos Gálvez, nacido en 1910, cuando tenía apenas nueve años de edad, mientras jugaba con sus amiguitos en una acera de Barrio Amón, fue testigo del asesinato del General Joaquín Tinoco y, por ser el mayor de los niños allí presentes, lo llamaron a brindar declaración ante el juzgado.
Las menciones que el padre Mata hace de su familia son en verdad conmovedoras. Último hijo de una familia numerosa, cuenta que nunca pudo ver sano a su padre, el poeta Félix Mata Valle, quien era abogado, fue diputado en varias oportunidades y pronunció un poema escrito por él mismo en el funeral del obispo Bernardo Augusto Thiel ya que, desde que tuvo memoria, ya su padre yacía postrado por el cáncer que, lentamente, acabó con su vida.
Don Félix Mata Valle le hizo la declaración de amor a la que sería su esposa, doña María Josefa Oremuno Ortiz, por medio de una carta. El libro reproduce el texto de la misiva, de octubre de 1878, en la que el joven enamorado le confiesa que desde hace tiempo la admira, que ha llegado a amarla y que fuera de ella no encuentra cómo llenar su alma y hacer latir su corazón. Le confiesa que es pobre pero que nunca le ha huido al trabajo y que sabe cuánto cuesta la vida como para alcanzar, no la riqueza, sino al menos cierta comodidad. Insiste en que no quiere incomodarla y se despide pidiéndole que disculpe su atrevimiento.
Al final viene el breve discurso pronunciado por el padre Mata el 24 de abril de 1988 en la inauguración del monumento que el pueblo de Guadalupe de Goicoechea erigió en su honor en los jardines del templo cuando era párroco don Oscar Fernández, quien luego sería obispo de Puntarenas. Aunque al principio se opuso a la idea, acabó aceptando el homenaje de la comunidad citando, eso sí, un versículo de Evangelio de San Lucas: "Siervos inutiles somos y hemos hecho lo que debiamos."
Por más cuidada que esté la edición, inevitablemente todos los libros tienen erratas, dedazos o palabras mal escritas. Guardo mi ejemplar con mucho cariño porque lo recibí directamente de las manos del padre Mata quien, antes de dármelo, corrigió con un lapicero los pequeños errores que se le habían escapado.
INSC: 1466

domingo, 5 de noviembre de 2017

Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica.

Anselmo Llorente y Lafuente, primer
obispo de Costa Rica. Víctor Manuel
Sanabria Martínez. Prólogo de Carlos
Meléndez Chaverri. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1972.
La extensa biografía de Mons. Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, fue la primera investigación histórica que realizó Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez. quien, con exceso de modestia, la presentó como Apuntamientos históricos, cuando en realidad se trata de una obra verdaderamente rica, tanto en datos como en análisis. Fue publicada en 1933 pero la edición completa, ya impresa, fue mandada a destruir por el arzobispo Rafael Ottón Castro Jiménez, a quien no le hizo ninguna gracia que un cura joven (Sanabria tenía apenas treinta y cinco años), hubiera publicado un libro en que Monseñor Llorente era retratado como un hombre de carne y hueso, que cometió errores de tacto y que en ocasiones fue incapaz de comprender las circunstancias en que vivía inmerso.
Pese a la censura que sufrió su primera obra, Sanabria, apasionado de revisar libros y documentos antiguos, continuó investigando. En 1935 publicó el libro sobre La primera vacante y en 1941 la biografía de Bernardo Augusto Thiel y los Documentos sobre la Virgen de los Angeles.
Irónicamente, cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo de San José, se convirtió en el inmediato sucesor de Mons. Castro Jiménez, quien había mandado destruir su primer libro.
La segunda edición de la biografía de Anselmo Llorente fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1972, cuando ya Sanabria cumplía veinte años de muerto. En el prólogo, don Carlos Meléndez Chaverri destaca la rigurosidad que caracteriza a Mons. Sanabria como historiador, así como su labor de pionero en ese campo. Sanabria, por cierto, dedicó su primer libro a don Cleto González Víquez quien también fue un gran investigador que llegó publicar numerosos trabajos sobre la historia de Costa Rica.
Cabe señalar que Anselmo Llorente Lafuente no solo fue el primer obispo de Costa Rica, sino también el primer obispo costarricense. El segundo costarricense en ser consagrado obispo fue Mons. Guillermo Rojas Arrieta, primer Arzobispo de Panamá. El segundo y tercer obispo de Costa Rica, Mons Bernardo Augusto Thiel y Mons. Juan Gaspar Stork, eran alemanes. Así que, desde la muerte de Llorente, en 1871, hasta la consagración de Mons. Castro Jiménez, en 1921, pasaron cincuenta años en que la Iglesia de Costa Rica no fue gobernada por un obispo nacido en el país.
El primer intento por establecer una sede episcopal en Costa Rica tuvo lugar en 1560, cuando se propuso para ocuparla al misionero Juan Estrada Rávago, pero la iniciativa no tuvo éxito por la escasa población de la provincia. Costa Rica dependía, en lo eclesiástico, de la Diócesis de León, Nicaragua. Los obispos de León realizaban la visita pastoral al alejado territorio de Costa Rica. Fueron memorables las visitas de Mons. Pedro Morel de Santa Cruz y Mons. Esteban Lorenzo de Tristán, pero lo cierto es que ninguno de los obispos de León llegó a emprender el pesado viaje una segunda vez. 
Tras la independencia, tanto el clero como las autoridades civiles de Costa Rica consideraron importante contar con un obispo propio. Braulio Carrillo solicitó formalmente a la Santa Sede el nombramiento, haciendo la salvedad de que prefería que el elegido no fuera costarricense ni centroamericano. Su solicitud, en todo caso, no fue atendida.
En 1848, tras la proclamación de Costa Rica como República soberana e independiente, el Dr. José María Castro Madriz le escribió al Papa Pío IX, manifestándole que no era conveniente que la Iglesia costarricense dependiera de la de Nicaragua, "un país que nos hostiliza y vive casi anarquizado."
El Dr. Castro trató de presentar como candidato a obispo a su tío materno y mentor intelectual, el padre Juan de los Santos Madriz Cervantes, primer rector de la Universidad de Santo Tomás que había sido también presidente del Congreso y era un verdadero sabio. Sanabria declara, en su libro, que en su investigación no encontró el expediente de vida y costumbres del padre Madriz. Tal vez se trate de una mentirilla de su parte, porque todo el mundo en Costa Rica sabía que el padre Madriz tenía hijos con varias mujeres y uno de ellos, por cierto, era sacerdote, cosa que Sanabria debió haber sabido también y que pesó en que su candidatura no prosperara.
Don Juan Rafael Mora Porras, por su parte, trató de impulsar la candidatura del padre Rafael del Carmen Calvo, hermano de su ministro y hombre de confianza Joaquín Bernardo Calvo, pero cuando se percató que su candidato no tenía muchas posibilidades, le pidió al Papa que nombrara en su lugar a un obispo español o romano. Por alguna razón don Juanito, al igual que Braulio Carrillo, no quería que el deseado obispo de Costa Rica fuera tico.
Sin embargo, cuando en 1850 el Papa Pío IX creó la Diócesis de Costa Rica, nombró como primer obispo a don Anselmo Llorente Lafuente, nacido en Cartago el 21 de abril de 1800 y que se desempeñaba como rector del Seminario Tridentino de Guatemala. La noticia de la creación de un obispado en Costa Rica, cayó como una bomba en Nicaragua, no solo porque la Iglesia costarricense se desligaba administrativamente de Nicaragua y pasaba a ser sufragánea del arzobispado de Guatemala, sino porque el Papa, al establecer los límites de la Diócesis de Costa Rica, reconoció la soberanía costarricense sobre todo Guanacaste, territorio que, pese a la anexión proclamada en 1824, todavía Nicaragua seguía reclamando.
Anselmo Llorente Lafuente (1800-1871).
Primer obispo de Costa Rica.
En Costa Rica, el nombre del primer obispo fue una verdadera sorpresa, ya que nadie lo conocía. Tenía un año de edad cuando murió su padre y siete cuando murió su abuelo y, siendo niño, se había trasladado a Guatemala con sus hermanos varones. Allá estudió, se ordenó sacerdote, fue testigo de la proclamación de independencia el 15 de setiembre de 1821, llegó a ser presidente del hospital, rector del Seminario y hasta diputado en la Asamblea Constituyente de Guatemala en 1848.
Desde que partió, en la infancia, hasta su nombramiento de obispo, cuando ya había cumplido los cincuenta años, Anselmo Llorente Lafuente solamente había regresado a Costa Rica en dos ocasiones, en 1823 y 1830, para visitar a su madre y sus hermanas que vivían en Cartago.
Aunque nació en Costa Rica, Mons. Llorente era de una familia española por tres de los cuatro costados. Su padre, Ignacio Llorente Arcedo, era hijo de Manuel Llorente y Petronila Arcedo, naturales de Vizcaya, en el país Vasco. Su madre, Feliciana Lafuente Alvarado, era hija del teniente español Antonio de la Fuente, nacido en Castilla y de María Francisca Alvarado, criolla, descendiente de Jorge de Alvarado, el hermano de don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala.
Algunos se preguntan por qué, si hay dos distritos nombrados en memoria del obispo (Llorente de Tibás, en San José y Llorente de Flores, en Heredia), el apellido Llorente haya desaparecido de Costa Rica. La razón es muy sencilla: todos los varones Llorente Lafuente se fueron a vivir a Guatemala. Cuatro de ellos, además, fueron ordenados sacerdotes. Ignacio y Anselmo fueron curas seculares, Nicolás ingresó a la Orden de Predicadores y Juan Tomás a la orden franciscana. Del otro hermano, Domingo, no se tienen registros en el país, por lo que es probable que se hayan radicado en Guatemala.
Las únicas que se quedaron en Costa Rica fueron sus hermanas que, aunque se casaron y tuvieron hijos, no transmitieron el apellido. Su descendencia, sin embargo, es muy numerosa. De su hermana Petronila Llorente Lafuente, casada con Joaquín Yglesias, descienden, entre otros muchos, los expresidentes Rafael Yglesias Castro, Federico Tinoco Granados y Abel Pacheco,  así como don Arturo Volio Jiménez y su hermano el general Jorge Volio, don Luis Demetrio Tinoco Castro, el escritor Joaquín Gutiérrez Mangel, el Lic. Fernando Soto Harrison y el Dr. Longino Soto Pacheco. De su hermana Margarita Llorente Lafuente, casada con Francisco Sáenz, descienden el Dr. Carlos Sáenz Herrera y don Guido Sáenz González. Don Guido, por cierto, me contó una vez que entre sus reliquias familiares tenía el reloj de oro del obispo Llorente y lo donó al Museo Nacional.
Una anécdota, contada por Sanabria en el libro, le resultó muy simpática a don Guido, quien fue dueño de Ladrillera La Uruca. Resulta que Mons. Llorente estaba tan ilusionado con la construcción del Seminario, que se ponía a amasar barro para fabricar los ladrillos que se usarían en la obra. Un día, al lavarse las manos al final de la jornada, se percató que no tenía su anillo pastoral, que debió haber quedado en alguno de los ladrillos. 
El libro de Sanabria sobre Llorente es exhaustivo hasta detalles inesperados. Llega a mencionar incluso los libros de texto que utilizó durante sus estudios en Guatemala, cita sus cartas pastorales una por una, se refiere a su correspondencia oficial y privada y hace un recuento bien documentado de los asuntos administrativos que le tocó atender. También intenta delinear un retrato psicológico del prelado. Sanabria pinta al obispo como huraño, rencoroso e irascible. Cita a Castro Madriz, quien mencionó que Llorente tenía "arrebatos pasajeros y violentos, acaloramientos momentáneos de su sangre ardiente." No se ofrecen detalles, pero con cierta frecuencia se subraya el hecho de que Llorente tenía muy mal genio.
Sin embargo, todos los testimonios coinciden en que era un hombre muy recto. Exigía disciplina en el clero y predicaba con el ejemplo. La austeridad con que vivía rayaba en la pobreza. El viajero irlandés Thomas Francis Meagher, que dejó escritos sus recuerdos del encuentro que sostuvo con él, lo describe como muy serio, muy alto, muy flaco, con dedos huesudos, el cabello blanco y la tez amarillenta. Su único vicio era fumar cigarrillos que enrollaba él mismo y su única distracción era jugar, con la baraja española, malilla y tresillo. Era aficionado a la mecánica y, aunque en la Costa Rica de aquel tiempo había pocas máquinas, cuando alguna se descomponía llamaban al obispo para que la arreglara.
A la izquierda, don Julián Volio Llorente y, a la derecha, don
Francisco María Yglesias Llorente, sobrinos y asesores del
obispo y adversarios políticos de don Juan Rafael Mora.
Sanabria deja claro que Llorente, quien tomó posesión de su cargo el 27 de diciembre de 1851, no logró entenderse bien ni con el pueblo, ni con el clero, ni con el gobierno. Su hermano, el padre Ignacio Llorente, fue su vicario desde 1852 y sus dos colaboradores más cercanos eran sus sobrinos, Julián Volio Llorente y Francisco María Yglesias Llorente, ambos enemigos políticos de don Juanito Mora. Por la cercanía de sus parientes, los curas criticaban al obispo de nepotismo. La palabra nepotismo, por cierto, viene de nepote, que en italiano significa sobrino, por lo que, en este caso, calzaba a la perfección.
El obispo y el presidente se guardaban la cortesía debida, pero se miraban uno al otro con recíproca desconfianza. Don Juanito, paranoico sobre las conspiraciones que pudieran hacer sus adversarios, creía ver, en cada palabra del obispo, la influencia de sus sobrinos. Llorente, por su parte, era supersensible ante cualquier acción, disposición o declaración de don Juanito.
Monseñor Llorente se escandalizaba ante el hecho de que hubiera curas moristas. El padre Nereo Bonilla llegó a afirmar: "Solo tres sacerdotes están con el obispo, los demás estamos con el gobierno."
Amargado y cansado de intrigas, Llorente escribió su carta de renuncia en setiembre de 1854. El documento fue conocido de manera pública, se logró una reconciliación más o menos amistosa y el obispo continuó en su puesto.
Por su experiencia como presidente de un hospital en Guatemala, Llorente fue nombrado presidente de la Junta Edificadora del Hospital San Juan Dios en San José. Costa Rica, había llegado a la mitad del siglo XIX sin hospital. El único intento anterior, el Hospital San Juan de Dios de Cartago, fundado por el obispo Tristán, apenas funcionó doce años, de 1782 a 1794. Llorente puso gran dedicación al proyecto, pero se molestó cuando el gobierno utilizó las instalaciones recién construidas como cárcel para reos comunes y asilo para enfermos mentales. Renunció entonces a la presidencia del hospital. Los galerones de abobe levantados, en todo caso, fueron muy útiles durante la epidemia del cólera.
En 1853, a petición del gobierno, el Papa Pío IX le dio el título de pontificia  a la Universidad de Santo Tomás. La declaratoria implicaba brindarle atribuciones y poderes al obispo sobre la institución y esto acabó desencadenando una agria polémica. Curiosamente, la iniciativa de declarar pontificia la universidad no surgió del Papa del ni del obispo, sino de las autoridades civiles, que solamente cuando el hecho estuvo consumado se percataron de lo que habían hecho.
Por esos años, don Juanito inauguró el Teatro Mora, primera sala de espectáculos cómicos, dramáticos y musicales en San José. El obispo Llorente, austero en sus costumbres hasta el extremo, no miró con buenos ojos esa actividad e instó a los fieles católicos a no asistir al teatro. Adolphe Marie, redactor del gaceta oficial, le hizo ver en un artículo que en la propia Roma, gobernada por el Papa, había teatros y hasta los monseñores de la curia asistían a ellos, pero el obispo Llorente, se negó a levantar la prohibición.
Llorente le resentía a don Juanito Mora el que, con tal de mantenerse en el poder, metiera a la cárcel y desterrara a quienes sospechaba que eran sus enemigos políticos. Entre las víctimas de la represión oficial hubo, en diversas oportunidades, familiares cercanos del obispo. El presidente y el obispo también chocaron por asuntos de dinero, ya que don Juanito pretendía que los fondos de diezmos que percibía la Iglesia, pasaran a disposición del Estado. Pero, pese a las diferencias y constantes encontronazos, el obispo Llorente apoyó a Mora cuando se dispuso a emprender la guerra contra los filibusteros de William Walker.
La proclama con que el obispo arengó a las tropas e instó a los costarricenses a enlistarse en la lucha, parece el anuncio de una cruzada, en que llama a "defender la religión de nuestros padres", amenazada por unos enemigos sobre los cuales no se ahorra insultos. El hecho que un obispo llame a la guerra no parece muy acorde con el Evangelio, pero Llorente, temperamental como era, se dejó llevar por el calor del momento. Un sobrino suyo, el Dr. Andrés Sáenz Llorente, acompañó las tropas en calidad de médico. A su sobrino predilecto, don Julián Volio Llorente, don Juanito se lo llevó y acabó nombrándolo comandante de Liberia. No quería tenerlo cerca, pero tampoco creyó conveniente dejarlo en la capital. Dos sacerdotes, don Raimundo Mora y don Francisco Calvo, acompañaron el ejército costarricense como capellanes. 
Tras el primer encuentro con los filibusteros, el 11 de abril de 1856 en la batalla de Rivas, don Juanito le pidió al padre Calvo que, en su informe al obispo, no presentara los hechos como una derrota. Aunque posteriormente el 11 de abril llegó a ser fiesta nacional para celebrar el triunfo de la batalla de Rivas, lo cierto fue que, en el momento y por la enorme cantidad de muertos y heridos, el resultado de la expedición fue considerado catastrófico. Para colmo de males, los soldados que regresaron trajeron con ellos la peste del cólera.
Durante la epidemia, por temor a que las aglomeraciones de personas facilitaran el contagio, Monseñor Llorente dispuso que la Santa Misa dominical se celebrara al aire libre, en la puerta de los templos. Algunos curas se negaban a impartir los sacramentos a los moribundos por miedo a resultar contagiados. Llorente los obligó a cumplir con su deber y él mismo administró la Unción de los enfermos a numerosos afectados. Para rogar por el fin de la peste, se estableció la procesión del Dulce Nombre.
En el plano puramente religioso, hubo una ampliación de patronazgo. La Catedral estaba dedicada a San José pero, después de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción de María, en 1856, Llorente declaró patrona de la Catedral a María Inmaculada. Por eso, la imagen de la Virgen preside la nave central del templo. Curiosamente, en la Catedral se celebra solemnemente el 19 de marzo, día de San José, pero no hay fiestas tan sonadas el 8 de diciembre, día de la Inmaculada.
Para 1858, las relaciones entre el obispo y don Juanito Mora habían llegado a ser insostenibles. Don Juanito preparaba su nueva reelección y el obispo era de los muchos que consideraba que esas reelecciones, en circunstancias no del todo claras, no eran más que la pantalla de don Juanito para quedarse indefinidamente en el poder. Incluso un buen número de ciudadanos que habían sido moristas por años consideraban que había llegado el momento de que don Juanito abandonara la presidencia. 
Tras un intercambio de documentos escritos en tono diplomático, pero de duro contenido, el 24 de diciembre de 1858 don Juanito tomó la decisión de expulsar "a perpetuidad" a Monseñor Llorente de Costa Rica. Le dio veinticuatro horas para abandonar el país. Llorente se trasladó a Nicaragua y se estableció en Rivas. Lo acompañó su asistente, el joven seminarista Domingo Rivas, que fue ordenado por Llorente en Nicaragua. Rivas, posteriormente, obtuvo el título de Doctor, fue Rector de la Universidad de Santo Tomás y vicario de Mons. Llorente con miras a ser su sucesor. 
El destierro "a perpetuidad" a fin de cuentas duró menos de un año. Mora fue derrocado y Monseñor Llorente regresó a Costa Rica el 8 de setiembre de 1859, llamado por el nuevo presidente, el Dr. José María Montealegre.
Montealegre nombró a don Julián Volio Llorente, sobrino del obispo, como ministro de Relaciones Exteriores y Culto, por lo que le correspondía ser el enlace del gobierno con las autoridades de la Iglesia. Su sucesor, el Dr. Jesús Jiménez Zamora, mantuvo a don Julián en el puesto.
Monseñor Llorente tenía una relación muy cercana con el Dr. Montealegre, que era su médico personal y se llevó muy bien con el Dr. Jesús Jiménez, que ni se metía en los asuntos de la Iglesia ni habría permitido jamás que el obispo se metiera en los asuntos del gobierno. Según Sanabria, con solamente una pizca de diplomacia por ambas partes, Llorente y don Juanito Mora se habrían comprendido mejor, pero el hecho es que no fue así. 
De izquierda a derecha: Padre José María Brenes,
don Vicente Segreda, Mons. Anselmo Llorente y
el Dr. Carlos María Ulloa. Grupo que viajó al
Concilio Vaticano en 1869.
La masonería apareció en Costa Rica entre 1824 y 1825, pero fue durante el episcopado de Llorente que alcanzó verdadero auge. El Dr. Castro Madriz, así como don Julián Volio, eran miembros activos. El padre Francisco Calvo, considerado fundador de la primera Logia en San José, atrajo a la hermandad a otro sacerdote, el Dr. Carlos María Ulloa, que también fue iniciado. En 1867, el obispo Llorente obligó a los dos curas a retractarse y abandonar la masonería, lo cual le valió severas críticas por parte del Dr. Lorenzo Montúfar en la prensa.
Aficionado a declarar condenas, sanciones, suspensiones y excomuniones a diestra y siniestra, en la lista de penas declaradas por Llorente hay una en verdad simpática. En 1868 condenó con excomunión a quienes dañaran los postes de telégrafo que empezaban a instalarse en el país.
En 1869 viajó por primera y única vez a Europa para asistir a las sesiones del Concilio Vaticano. Lo acompañaban los sacerdotes José María Brenes y el Dr. Carlos María Ulloa, e iba como secretario don Vicente Segreda. No se sabe exactamente qué pasó, pero tal parece que el mal genio de Mons. Llorente salió a relucir. Se enojó con los dos sacerdotes y los mandó de vuelta a Costa Rica. El Dr. Carlos María Ulloa declaró a su regreso que Llorente había salido llorando de la audiencia que tuvo con el Papa Pío IX y que se lamentaba diciendo: "De todos los obispos que hay aquí, solo yo me encuentro en esta situación".
El 18 de agosto de 1871, Monseñor Llorente fue a Alajuela a bendecir la inauguración de los trabajos del ferrocarril y a administrar el sacramento de la Confirmación. Exactamente un mes después, el 17 de setiembre, declaró sentirse muy enfermo y, por primera vez en su vida, se quedó en cama. Murió el 22 de setiembre de 1871. El acta de defunción, firmada por su médico de cabecera, el Dr. José María Montealegre y por su sobrino, el Dr. Andrés Sáenz, estableció como causa de su muerte la fiebre tifoidea. El funeral se efectuó el 24 de setiembre en la antigua iglesia de la Merced y su cuerpo fue sepultado en el atrio de la Catedral que estaba en construcción.
Ultima fotografía de Monseñor Anselmo
Llorente, en 1871, año de su fallecimiento.
En su testamento, Mons. Llorente lega su biblioteca al Seminario, su casa de Cartago a una comunidad religiosa, sus ornamentos y todos sus bienes a la Iglesia y solamente le deja algunos objetos a sus parientes. Establece una partida para que sea distribuida entre mendigos y otorga la por entonces astronómica suma de cien pesos a sus servidores domésticos, Gregorio Cruz, Margarita Valverde y Casilda Sandí. Hay también, en el documento, un dato curioso. Establece una beca para que un hijo de su sobrino Carlos Volio Llorente, vaya al Seminario a prepararse para el sacerdocio. El hijo mayor de don Carlos Volio, a la muerte de Mons. Llorente, era Juan Bautista Volio Jiménez, que entonces solamente tenía diez años de edad y que, posteriormente, se convertiría en el primer jesuita costarricense. Otros dos hijos de don Carlos, nacidos ya cuando Mons. Llorente había muerto, fueron ordenados sacerdotes, Mons. Claudio María Volio, obispo de Santa Rosa de Copán, Honduras, y Jorge Volio Jiménez quien fue luego fundador del Partido Reformista. Sin embargo, ninguno de los tres estudió en el Seminario de San José. Juan Bautista se formó en California y Claudio María y Jorge en Bélgica.
Para la nueva catedral se mandaron a traer de Europa altares de mármol. El amplio y sólido altar de madera en que Mons. Llorente celebraba la Santa Misa fue trasladado a la Iglesia del Carmen, donde aún se encuentra. El 7 de julio de 1882, Mons. Thiel dispuso trasladar los restos de Mons. Llorente al presbiterio de la Catedral ya concluida. A las ocho de la noche, rodeado de los familiares de Llorente, antes de darle sepultura, Thiel ordenó que se abriera la urna. Pese a los once años transcurridos desde su muerte, el cuerpo de Mons. Llorente estaba conservado y Thiel pudo contemplar el rostro de su antecesor, a quien no había conocido en vida. La exposición se prolongó durante dos horas y Monseñor Llorente fue sepultado, a las diez de la noche, frente al altar de San José, al lado del Evangelio.
INSC: 2740

viernes, 6 de octubre de 2017

La primera vacante episcopal en Costa Rica. 1871-1880

La primera vacante de la Diócesis de
San José. Víctor Manuel Sanabria M.
Editorial Costa Rica, 1973.
Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, murió el 23 de setiembre de 1871. Casi nueve años después, el 27 de febrero de 1880, Bernardo Augusto Thiel fue designado como su sucesor. Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, no solo escribió extensas biografías de los dos prelados, sino también un interesante estudio histórico sobre el largo periodo vacante que hubo entre ambos. El libro, publicado en primera edición por la imprenta Lehmann en 1935 y reeditado por la Editorial Costa Rica en 1973,  además de explicar las razones de la prolongada demora en el nombramiento episcopal, brinda valiosos datos e innumerables sorpresas sobre la letra menuda de la historia eclesiástica costarricense.
El Concordato vigente en aquel entonces le otorgaba al gobierno costarricense el beneficio de patronazgo, es decir, el Poder Ejecutivo tenía el derecho tanto de proponer como de vetar candidatos a la sede episcopal. Lo que sucedió, para hacer la historia corta, es que la Santa Sede y el gobierno no lograron ponerse de acuerdo. Un año antes del fallecimiento de monseñor Llorente, don Tomás Guardia había derrocado al presidente Jesús Jiménez Zamora. A la muerte del obispo, todo parecía indicar que el llamado a sucederlo iba a ser el Dr. Domingo Rivas Salvatierra quien, por cierto, fue designado vicario capitular y administrador de la Diócesis hasta el nombramiento del nuevo obispo. Sin embargo, el Dr. Rivas, que había sido miembro del Consejo de Gobierno de don Jesús Jiménez, era un reconocido adversario de don Tomás Guardia y el gobierno, por tanto, prefirió buscar otro candidato. El elegido fue el padre Ramón Isidro Cabezas Alfaro, que había sido cura de Esparza y quien no solo era ferviente partidario de don Tomás y padrino de una de sus hijas sino que, al momento de ser propuesto como candidato a obispo, ocupaba el cargo de diputado por la provincia de Heredia.
Mons. Dr. Domingo Rivas Salvatierra (1836-1900).
El asunto no prosperó porque el gobierno cometió tres errores en la propuesta. Primero, nunca consultó al Padre Cabezas si aceptaría el cargo; segundo, no incluyó un informe sobre los méritos del sacerdote propuesto y, tercero, presentó un único candidato, cuando lo normal, en estos casos, es presentar varios para que el Papa decida. Ante el tropiezo, se desató entonces una trama de intrigas y vanidades heridas en que se llegó hasta los ataques personales. En cuanto supo de las gestiones, el padre Cabezas manifestó que no le interesaba el cargo ya que no se consideraba capacitado para ejercerlo. Don Domingo Rivas envió un informe a Roma en que pintaba al padre Cabezas como ignorante, parrandero, usurero y vicioso. El padre Cabezas apenas había cursado un mínimo de estudios, se había enriquecido gracias al contrabando, bebía guaro y jugaba billar en las cantinas, prestaba plata con altos intereses y era implacable a la hora de cobrar. El hecho de que no vistiera nunca sotana y acostumbrara realizar salidas nocturnas para echarse una canita al aire también fue mencionado. Al enterarse de lo que se decía de él, el padre Cabezas cambió de actitud y decidió entonces proseguir con su candidatura episcopal. Una cosa era reconocer la incapacidad y los vicios ante los amigos y vecinos que, en todo caso, ya estaban enterados y otra, muy distinta, era que sus fechorías se expusieran por escrito ante la Santa Sede. El gobierno, entonces, mantuvo como único candidato al Padre Cabezas y el Dr. Domingo Rivas, por su parte, se dedicó a entorpecer la comunicación entre la diplomacia costarricense y el Vaticano. Con la cancha tan embarrialada, ni Cabezas ni Rivas tenían ninguna posibilidad de alcanzar el nombramiento episcopal, pero ninguno dio un paso atrás.
Luigi Bruschetti (1826-1881). Administrador de
la Iglesia costarricense de 1877 a 1880.
A los cinco años de sede vacante, el gobierno, en una maniobra subterránea hecha a espaldas de don Domingo Rivas (a quien querían quitarse de enmedio), le solicitó al Papa Pío IX que nombrara un administrador para la Diócesis. Al Papa, que ya debería de estar preocupado por la avalancha de correspondencia que recibía de Costa Rica, le pareció bien la propuesta y le encargó la difícil misión a Monseñor Luigi Bruschetti, diplomático de cincuenta años de edad que se encontraba entonces en Brasil. El gobierno y la Santa Sede mantuvieron el acuerdo en secreto y no se molestaron en notificar a Mons. Rivas, quien se enteró del envío de Bruschetti apenas unos días antes de que el obispo llegara al país. Monseñor Bruschetti desembarcó en Puntarenas el 17 de diciembre de 1876. Viajando a lomo de mula, dos días después llegó a Alajuela y de allí, ya más cómodamente, se trasladó en ferrocarril a San José. Monseñor Bruschetti era el primer representante de la Santa Sede con residencia en Costa Rica y, de 1876 a 1880, con el título de Administrador Apostólico, fue obispo de Costa Rica. Como al momento de su arribo no había en el país ni Nunciatura Apostólica ni Palacio Episcopal, el gobierno dispuso (para tenerlo de su lado o, al menos, para tenerlo cerca) hospedarlo en la Casa Presidencial.
La vieja catedral de San José estaba hecha una ruina. Durante los oficios, los murciélagos que volaban dentro cuiteaban a los fieles. Había innumerables goteras y las vigas estaban tan podridas que muchas personas habían dejado de asistir a Misa por miedo de que el techo les cayera encima. Monseñor Bruschetti, entonces, estableció como Catedral el antiguo templo de la Merced y puso toda su atención y esfuerzo en la construcción, ya iniciada, de la nueva catedral metropolitana en avenida segunda. Hizo también lo que pudo por mantener un mínimo de disciplina y armonía en el clero costarricense. Los sacerdotes, salvo raras excepciones, no eran cultos ni estudiosos. Tampoco se distinguían por ser piadosos o trabajadores. Pese a los intentos de Monseñor Llorente por corregir esa costumbre, los curas ticos casi nunca utilizaban sotana y preferían vestir como seglares sin distintivo alguno y, muchos de ellos, estaban involucrados en relaciones personales impropias, actividades políticas y negocios clandestinos. Cuando eran convocados a reunión o a Ejercicios Espirituales, más de la mitad se negaba a asistir alegando cualquier pretexto sacado de la manga. Bruschetti, ya en el terreno, se dio cuenta que no sería fácil encontrar la persona indicada, pero siempre tuvo claro que su principal deber era lograr, cuanto antes, el nombramiento de un nuevo obispo.
Circulaba por entonces la broma de que el Papa Pío IX había dicho que mientras él fuera la cabeza visible de la Iglesia, el padre Cabezas no sería la cabeza de la iglesia costarricense. No se sabe si el Papa en verdad dijo esas palabras o son parte de la leyenda, pero lo cierto es que apenas murió Pío IX, el gobierno costarricense hizo un nuevo intento por lograr el nombramiento del padre Cabezas, que tampoco prosperó. El Dr. Domingo Rivas, que tampoco se daba por vencido, fue más allá. Viajó a Roma y se entrevistó en persona con el Papa León XIII, pero su desesperado esfuerzo, al igual que el de sus adversarios, fue inútil.
Un cura de Cartago, de quien Sanabria no da el nombre y llama solamente XXX, intentó falsificar un milagro para demostrar que una señal del cielo indicaba que él debía ser nombrado obispo. Otro sacerdote intentó contraer matrimonio, y matrimonio por la Iglesia además, alegando que contaba con el permiso del General Guardia. La Logia Masónica, tuvo como fundador al Padre Francisco Calvo quien era, además de primo hermano de José María Castro Madriz, uno de los hombres de confianza del General Guardia, a quien acompañaba en sus viajes tanto dentro como fuera del país.
Por su doble condición de Representante del Papa y Administrador Apostólico, Mons. Bruschetti era la máxima autoridad eclesiástica en Costa Rica. Sin embargo, por el estado de Sede Vacante, legalmente no estaba autorizado a establecer cambios sustanciales. La única parroquia nueva que creó fue la de Santa María de Dota, el 4 de octubre de 1879, solamente porque el decreto ya estaba hecho, pero Monseñor Llorente murió antes de firmarlo.
El ocho de marzo de 1878, Bruschetti colocó la primera piedra del nuevo edificio del Hospital San Juan Dios. También recibió a las Hermanas de Sión, que había traído doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa del General Guardia, para instalar un colegio en San José. Doña Emilia, por cierto, era la presidente del comité de edificación de la nueva catedral. El 28 de marzo de 1878, nombró a los primeros sacerdotes que se establecerían en Puerto Limón, los capuchinos Fray Bernardino y Fray Fernando. En el camino, Fray Fernando se ahogó en el río Pacuare. Su cuerpo fue rescatado, así que el primer oficio religioso realizado por Fray Bernardino en Limón fue el funeral de su compañero.
Al mes siguiente, el 17 de abril 1878, Bruschetti bendijo y consagró la Catedral de San José, aunque aún faltaba ponerle el piso de terrazo y los vidrios a las ventanas. La obra estuvo totalmente terminada el 18 de noviembre de ese mismo año. Según los libros, el total invertido en la construcción fue de 210.158.97 pesos.
Bernardo Augusto Thiel Hoffman (1851-1901)
Segundo Obispo de Costa Rica de 1880 a 1901.
Pero quizá el acto más determinante que realizó ese año fue la inauguración del Seminario, el 3 de enero de 1878, para el que se habían mandado a traer, como formadores, a tres sacerdotes paulinos bastante jóvenes: don Juan Bautista Theilloud, don Tomás Gougnon y don Bernardo Augusto Thiel.
Debido al escaso nivel cultural del clero costarricense, así como a su relajada disciplina, Monseñor Bruschetti probablemente intentaba encontrar al obispo que andaba buscando entre los sacerdotes de otras nacionalidades miembros de órdenes religiosas. Los jesuitas, por disposición del propio General Guardia, regentaban desde 1876 el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago y había en el país un pequeño grupo de misioneros capuchinos, pero no era viable, por diversas razones, nombrar un obispo jesuita ni capuchino. Era poco probable, además, que alguno de ellos aceptara el cargo.
El joven Bernardo Augusto Thiel, nacido el 1 de abril de 1850 en Elbertfeld, Alemania, impresionó favorablemente a Bruschetti. Tenía título de Doctor, dominaba el latín y el griego y hablaba con fluidez, además de alemán, francés, inglés, italiano y español. Inteligente, estudioso y metódico, era además profundamente devoto y su estilo de vida era austero, recto e intachable. Thiel también llamó la atención del padre Francisco Calvo, del propio Dr. Rivas, del padre Cabezas y de prácticamente todo el clero y la intelectualidad josefina. Solo faltaba obtener el visto bueno del General Guardia.
La cita se programó para la tarde del 28 de junio de 1879. Don Tomás Guardia llegó de visita al Seminario acompañado por don Rafael Barroeta y Baca y el padre Francisco Calvo. La reunión fue de solamente dos horas, pero la amistad que establecieron don Tomás y Thiel duró para siempre.
Aunque el Papa León XIII también dio su visto bueno, fue necesario esperar un año para el nombramiento episcopal. Cuando Thiel fue propuesto como obispo de Costa Rica tenía solamente veintinueve años de edad. Haciendo una excepción a la edad mínima requerida, tras recibir los documentos oficiales desde Roma, Bruschetti consagró a Thiel el 5 de setiembre de 1880 en la catedral de San José y puso fin, entonces, al extenso periodo de sede vacante.
El libro de Monseñor Sanabria sobre este momento histórico está ampliamente documentado. Para poder reconstruir los hechos, Sanabria debió revisar artículos de prensa, memorias de ministerios, correspondencia oficial y privada, libros de actas y hasta una que otra hoja suelta impresa que circuló al respecto. La investigación histórica es minuciosa y detallada hasta extremos impresionantes. Sin embargo, se le puede criticar que su exposición no es para nada objetiva. En ocasiones entra en demasiados detalles y en otras omite brindar datos de importancia. Totalmente parcializado, la simpatía por el Dr. Domingo Rivas y la antipatía por las autoridades civiles son evidentes. Todo lo que pueda hacer quedar mal a don Lorenzo Zambrana o al Dr. José María Castro Madriz, lo expone. Todo lo que pueda afectar la reputacion de la Iglesia, lo calla. Llama testarudos a los de un bando, pero no a los de la acera de enfrente. Con mucha frecuencia, además, pierde el tono. Llama "liberal rabioso" al Dr. Zambrana y "curas farsantes" a quienes se oponían a Rivas. Al describir el torbellino de dimes y diretes desatado durante la vacante, llega incluso a meter causas sobrenaturales en la danza. Los liberales realizaban una "impía tarea" bajo "los estandartes de Satanás", mientras que las acciones del bando contrario eran "inspiradas por el Espíritu Santo" y "acuerpadas por la Divina Providencia."
Al cura cartaginés que montó la farsa de un milagro, lo llama XXX, pero a cuanta persona se manifestó contra las acciones de Rivas la cita por su nombre. Un caso concreto, en que el expediente era claro sobre faltas graves por parte del clero, Sanabria lo resumió diciendo: "Se dijo, se volvió a decir, se juró, se volvió a jurar, se citaron casos y cosas..." sin entrar en detalles que serían, definitivamente, bochornosos.
En un momento llega a justificar lo injustificable y defender lo indefendible. Ante la acusación de que el padre Cabezas se había enriquecido con el contrabando, Sanabria lo elogia porque eso demuestra su buen juicio, ya que muchos practicaron el contrabando sin enriquecerse. Llega hasta el punto de discutir los argumentos planteados por Castro Madriz a favor de la libertad de culto. Los liberales del Siglo XIX no fueron los come curas que Sanabria pinta. Ellos también, a nivel personal, eran católicos y así criaron a sus hijos pero, en la esfera civil, defendían la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa y de culto.
Aunque fue un investigador histórico verdaderamente notable, Monseñor Sanabria, en sus libros, se expresa más como sacerdote defensor de la Iglesia que como historiador objetivo. Cosa que, de más está decirlo, se le puede señalar pero no reclamar.
La primera vacante, en todo caso, a pesar de su visión parcializada, es un libro lleno de datos sorprendentes. Vicente Herrera Zeledón y José Joaquín Rodríguez Zeledón, quienes llegaron a ocupar la presidencia de la República, fueron notarios de la curia. Don Félix Mata Valle, el padre del recordado sacerdote don Alberto Mata Oreamuno, era el tesorero. Los amantes de la historia del arte y de la arquitectura encontrarán en este libro datos reveladores. El altar en que celebraba Misa Monseñor Llorente es el que se encuentra actualmente en la iglesia del Carmen. Monseñor Llorente, por cierto, mandó destruir unas pinturas antiguas, de la época colonial, por feas. Y, en cuanto a la construcción de la catedral, se consignan los nombres de Miguel Angel Velásquez, que hizo los planos, de José Quirce, que estuvo a cargo de la construcción y hasta de los maestros de obras que trabajaron en ella.
Sin embargo, quizá el mayor aporte que realiza este libro para nuestra memoria histórica, sea el rescate de la figura de Monseñor Luigi Bruschetti, a quien nadie menciona y nadie recuerda. Su nombre no figura en la lista de obispos de Costa Rica. Por ser Administrador interino, pese a haber inaugurado la Catedral y el Seminario y haber puesto la primera piedra del San Juan de Dios, no podía poner en el muro una lápida conmemorativa con su nombre.
Hombre discreto y reservado, durante los tres años que estuvo en Costa Rica no hizo amistad con nadie. Prefirió mantenerse alejado de todos para que no lo metieran en enredos de chismes ni conflictos de bandos encontrados. Tal vez muchas de las cosas que pudo ver en nuestro país, tanto en materia de Iglesia, gobierno o costumbres, eran muy distintas a lo que él estaba acostumbrado o a lo que se había esperado. Sin embargo, Bruschetti vino, vio y calló. No dejó escrito ningún comentario negativo sobre su permanencia en San José. Sanabria tuvo ocasión de leer las cartas que Bruschetti le escribió a Thiel y en ellas no había reportes ni quejas, solamente consejos.
Una vez terminada su misión, que era nombrar un obispo para Costa Rica, Monseñor Bruschetti, mientras le llegaba de Roma el permiso para retirarse del país, decidió apartarse de todos, del gobierno, de los curas y hasta del nuevo obispo, y se instaló en una casa alquilada en San Pedro del Mojón (hoy San Pedro de Montes de Oca) que, por aquella época, era un sitio remoto, alejado de la capital. Cuando le llegó la carta con el llamado desde Roma, Thiel se encontraba de gira en una zona alejada del país y no pudo despedirse de él. Monseñor Bruschetti viajó a Europa, se entrevistó con el Papa León XIII y fue luego a Cingoli, Macerata, su pueblo natal, a visitar a su familia. Allí murió, el 27 de octubre de 1881, a los cincuenta y cinco años de edad. En su testamento, dejó un fondo al Colegio Pío Latino Americano, para que sus rentas fueran empleadas en brindar ayuda económica a jóvenes costarricenses que estudiaran en Roma.
INSC: 2700

sábado, 19 de agosto de 2017

Mons. José Vicente Salazar y la JOC de Costa Rica.

Memorial a Mons. Dr. José V. Salazar
Fundador de la Juventud Obrera Católica
de Costa Rica. Francisco Vindas Chaves.
Ediciones CECOR, Costa Rica, 1995.
Existen numerosos estudios históricos sobre la acción social de la Iglesia católica en Costa Rica, pero la mayoría de ellos suele concentrarse en las figuras de los obispos Bernardo Augusto Thiel y Víctor Manuel Sanabria, así como en el reformismo del General Jorge Volio y, salvo la honrosa excepción de La Iglesia y el sindicalismo en Costa Rica, de James Backer, suelen pasar por alto la obra y figura de Monseñor José Vicente Salazar Arias (1913-1962), quien fue el lider la Juventud Obrera Católica, dirigió un agerrido semanario, fundó un instituto secular y construyó el templo de la Medalla Milagrosa en calle 20.
En 1995, la Conferencia Episcopal de Costa Rica publicó una investigación realizada por el Dr. Francisco Vindas Chaves sobre la vida y obra de este prelado. El libro brinda un retrato bastante completo de este singular personaje, así como de sus múltiples y, en ocasiones, polémicas actividades.
José Vicente Salazar Arias nació en San José, el 8 de abril de 1913. Fue el primero de los tres hijos que tuvieron José Joaquín Salazar Peraza y Melchora Arias Porras. La familia era muy católica. Siendo joven, su madre quiso ingresar como religiosa en la congregación de las Hermanas de Sión, e incluso viajó a Francia con tal propósito pero, por motivos de salud, regresó a Costa Rica y eventualmente acabó contrayendo matrimonio. Su abuelo paterno, Dionisio Salazar, era ebanista y le enseñó el oficio a su hijo, José Vicente Aguilar Peraza quien era además sacerdote. Los confesionarios de la catedral metropolitana de San José fueron elaborados por el padre José Vicente Salazar Peraza, cuyo nombre sonó como posible candidato al episcopado tras la muerte de Monseñor Thiel en 1901.
Al igual que su tío y tocayo, José Vicente Salazar Arias, optó por el sacerdocio. Como tenía la cara redonda y colorada, en el Seminario le pusieron el apodo de "Manzanita" que, muchos años después y por las mismas razones, también se le dio a Monseñor Román Arrieta Villalobos.
Como el joven seminarista destacó en los estudios, el arzobispo Rafael Ottón Castro lo envío a Europa, en 1938, para que obtuviera un doctorado. En Bélgica, su primera parada en el viejo continente, José Vicente Salazar conoce a quien sería su modelo y mentor, Monseñor Joseph Cardijn (1882-1967), fundador de la Juventud Obrera Católica, gran figura del catolicismo de acción social, quien, casi al final de su vida, fue nombrado cardenal.
La II Guerra Mundial estalló al año siguiente de su arribo a Europa y, aunque logró culminar con éxito su doctorado, sufrió penurias por el conflicto. Cinco jóvenes estudiantes costarricenses quedaron atrapados en Italia por la guerra: el padre Salazar, Otto Jiménez Quirós, que estudiaba arquitectura, Carmelo Calvosa Chacón, Fernando Escalante Pradilla y Carlos Collado Martínez, que estudiaban medicina. Salvo Carlos Collado Martínez, que fue asesinado por los nazis y en cuya memoria se levantó un monumento frente al edificio metálico, los demás estudiantes lograron volver al país, pero a su regreso estaban tan flacos que hasta a sus propios familiares les fue difícil reconocerlos.
Mons. José Vicente Salazar Arias.
(1913-1962)
El padre Salazar regresó en 1942 y tuvo oportunidad de acompañar a sus padres en sus últimos días. Ambos murieron, con una semana de diferencia, en 1943.
Solamente durante un tiempo, y bastante breve por cierto, el padre Salazar ejerció un curato. Fue párroco de Heredia. En Europa, además de aprender a hablar italiano, francés y alemán, estudió a fondo la Doctrina Social de la Iglesia y quiso dedicar sus energías a la promoción cultural e intelectual de los jóvenes trabajadores. La Juventud Obrera Católica (JOC) nació en Bélgica en 1924, fundada por Mons. Cardijn. El 27 de noviembre de 1942, el mismo año de su retorno a la patria, el padre Salazar fundó la JOC de Costa Rica, que pronto logró atraer a numerosos afiliados. Como tribuna y medio de comunicación, publicaba un periódico, El luchador, que circuló sin interrupción cada sábado, desde el 29 de mayo de 1943 hasta el 28 de junio de 1959. El semanario se identificaba como "Organo de combate de las organizaciones obreras católicas" y tenía como propósito "la elevación cultural, religiosa, moral, económica y social de los trabajadores de Costa Rica."
En el libro aparecen reproducidos varios artículos de tono encendido y vehemente, con llamadas a la acción más que a la reflexión. Los temas iban desde las secuelas del divorcio hasta la incoveniencia de los contratos del Estado con las compañías privadas generadoras de energía eléctrica. Las propuestas eran en alguna medida de tono socialista, pero la posición era claramente antibolchevique. Se criticaba al capitalismo y al mercado tanto como al marxismo y a la Unión Soviética. Pese al contenido incendiario de su periódico, el padre Salazar sostenía que la JOC no era, ni sería jamás, un movimiento político.
El 15 de setiembre de 1943, en el desfile a propósito de la promulgación de las Garantías Sociales, los jóvenes de la JOC desfilaron separados de los trabajadores afiliados a la confederación sindical Rerum Novarum, que dirigía el padre Benjamín Núñez y que contaba con el apoyo de Monseñor Sanabria.
Aunque ambos mantenían cierta cortesía en su trato, las diferencias del padre Salazar con Monseñor Sanabria eran profundas y frecuentes. Salazar no estuvo de acuerdo con la decisión del obispo de retirar a los padres paulinos del Seminario y nombrar en su lugar, como formadores, a sacerdotes locales con menor preparación intelectual. También le preocupaba la cercana relación de Sanabria con el líder comunista Manuel Mora Valverde. El padre Salazar mantenía correspondencia con Monseñor Giovanni Battista Montini (el futuro Papa Pablo VI) a quien había conocido en Roma en sus tiempos de estudiante y se dice que escribió a Roma (no se sabe si a Montini o a alguien de menor jerarquía), acusando a su obispo de comunista. 
Entre otras actividades, el padre Salazar fundó La Casa de la Juventud, una pensión para estudiantes y jóvenes trabajadores, el Instituto Vocacional San Pío X y el Instituto Secular Opus Mariae, conocido como "los pericos", por su hábito verde. También creó una organización católica de Boy Scouts para, según él, contrarrestrar la influencia masónica de la organización. Entonces aún no estaba claro si Sir Robert Baden-Powell, el fundador de los Boy Scouts, era masón, pero tras una polémica que sostuvo el padre Salazar con el escritor Roberto Brenes Mesén, Monseñor Sanabria le ordenó mantenerse fuera del escultismo.
Pese a la situación tensa que mantenía con el padre Salazar, Monseñor Sanabria acogió calurosamente la visita que realizó Monseñor Cardijn, fundador de la JOC, a Costa Rica y participó, junto con el Presidente Teodoro Picado, en el congreso nacional de la organización.
En 1948, sin comprometer a los miembros de la JOC en la declaración, el padre Salazar manifestó clara y abiertamente su apoyo a don José Figueres Ferrer. Una vez instalada la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, el padre Salazar participó en una fallida iniciativa de la Junta para solicitar a la Santa Sede que creara más diócesis en Costa Rica. Unos vieron en esta actuación un intento de remover a Sanabria, mientras que otros consideraron que Salazar, en el fondo, no hacía más que procurar su propio nombramiento como obispo.
Tras la muerte de Monseñor Sanabria, su sucesor, Monseñor Rubén Odio tuvo, al menos al inicio, una buena relación con el padre Salazar. Lo nombró canónigo y le brindó total apoyo a sus iniciativas. Sin embargo, tras un incidente en el congreso mundial de la JOC, en Roma, el arzobispo destituyó al padre Salazar de su cargo y puso en su lugar al padre Francisco Herrera Mora. Al momento del cambio, la JOC de Costa Rica estaba ya prácticamente disuelta. El padre Salazar quedó aislado en su Casa de la Juventud, contigua al templo, dedicado a la Medalla Milagrosa, que había construido en calle 20. Cuando alguien lo visitaba solía responder que se encontraba a gusto en su "caracolito".
Monseñor Odio murió el 21 de agosto de 1959 y pasaron más de ocho meses antes de que se anunciara su sucesor. Durante ese periodo, se pensó que existían posibilidades de que Monseñor Salazar fuera nombrado obispo. Era joven y había demostrado estar lleno de energía, tenía título de Doctor, hablaba varios idiomas y, pese a sus conflictos con los obispos Sanabria y Odio, tenía buenas relaciones con el clero, su conducta era intachable y su apego a la doctrina indiscutible. Contaba, además, con poderosas amistades, entre ellas el cardenal Montini, con quien se carteaba y el cardenal Carlo Chiarlo, que había sido Nuncio Apostólico en Costa Rica y le tenía en alta estima.
Pero todas las ilusiones de los simpatizantes del padre Salazar se vinieron abajo el 7 de mayo de 1960, cuando fue anunciado el nombramiento de Monseñor Doctor Carlos Humberto Rodríguez Quirós, como nuevo arzobispo de San José.
Si las relaciones del padre Salazar fueron tensas con Sanabria y Odio, con Monseñor Rodríguez Quirós alcanzaron puntos de verdadera confrontación, ya que no compartían puntos de vista en casi ningún asunto. Mucho más enérgico y mucho menos paciente que sus predecesores, Monseñor Rodríguez Quirós no estuvo dispuesto a tolerar un cura que actuara por la libre como si no hubiera autoridad sobre él y lo tuvo a mecate corto y bajo estricta vigilancia.
En 1961, el padre Salazar celebró sus veinticinco años de sacerdocio con un almuerzo al que invitó a trescientas personas pobres, entre las que había mendigos e indigentes, a quienes atendió espléndidamente y despidió con regalos. Al año siguiente falleció a la edad de cuarenta y nueve años.
Poco antes de morir, viajó a Italia y visitó al Padre Pío de Pieltrecina. El libro recoge el testimonio de alguien que afirma que el padre Pío se le acercó a Monseñor Salazar y le dijo: "Nunca serás obispo. Regresa a tu tierra, porque tu hora está próxima."
INSC:  2736

domingo, 4 de diciembre de 2016

Media biografía de Luis Alberto Monge.

Luis Alberto. Alberto Baeza Flores.
Editorial Volvamos a la tierra.
Costa Rica, 1981.
Poco después de ser electo Presidente de la República, un grupo de amigos le obsequió a Luis Alberto Monge la espaciosa casa en Santa Ana, donde residió hasta el final de su vida. Antes, don Luis Alberto vivía en una pequeña propiedad de dos manzanas y media situada en La Catalina de Santa Bárbara de Heredia.  Allá, en las frescas y verdes montañas heredianas, tuvo como vecino y compañero de tertulias a su tocayo Alberto Baeza Flores, un chileno trotamundos que vivió en más de una docena de países y, en todos ellos, fue escribiendo y publicando una cantidad verdaderamente innumerable de libros. 
En Costa Rica, además de un largo estudio titulado Evolución de la poesía costarricense, Baeza Flores publicó poemarios, ensayos, una biografía de Simón Bolívar y sendos libros dedicados a ensalzar las figuras de sus amigos Daniel Oduber Quirós y Luis Alberto Monge. Ambas obras son, como es fácil de suponer, literatura propagandística en que se pintan, con colores brillantes, el gran talento de los biografiados. Una cosa, sin embargo, las distingue. El libro sobre Oduber fue publicado en 1976, justo a la mitad de su administración (1974-1978), mientras que el de Luis Alberto Monge apareció en 1981, cuando Monge era candidato a las elecciones que tendrían lugar en febrero de 1982. Es decir, la obra sobre Oduber podría considerarse un esfuerzo de relaciones públicas del gobierno con miras a mejorar su imagen, mientras que la se refiere a Monge sería más bien parte de la campaña por atraer votos. En ambos casos, dudo de la efectividad del esfuerzo. Ese tipo de libros por lo general los leen solamente los convencidos y no los que hay que convencer. Por otra parte, es en verdad extraño que el Partido Liberación Nacional haya recurrido a un escritor chileno para este tipo de publicaciones. Tal vez no encontraron un escritor tico dispuesto a hacerlo o tal vez la iniciativa surgió del mismo Baeza Flores. En todo caso, ninguno de los dos libros logró despertar mayor interés.
En Costa Rica, los presidentes son figuras a las que solo se les presta atención mientras ejercen el cargo. Muy pocos han publicado sus memorias. Rafael Yglesias Castro resumió su vida en un folleto de menos de cincuenta páginas. Rodrigo Carazo Odio, en cambio, fue exhaustivo en las suyas. Don José Figueres Ferrer, ya muy anciano, debió recibir ayuda para escribir sus memorias y las de Teodoro Picado se publicaron póstumamente.
Las biografías presidenciales tampoco abundan. Se han escrito algunas sobre don Ricardo Jiménez, Rafael Yglesias, Julio Acosta, etc, pero, en general, los historiadores costarricenses prestán más atención a los procesos que a las figuras. Ni siquiera contamos con una buena biografía del General Tomás Guardia cuya vida, muy probablemente, acabe siendo contada por un novelista en vez de un historiador.
Tras una introducción bastante divagatoria, el libro de Baeza Flores empieza, como es natural, con datos familiares. Luis Alberto Monge nació en Palmares, el 29 de diciembre de 1925, hijo de don Gerardo Monge Quesada y doña Elisa Alvarez Vargas, El futuro presidente es el cuarto de siete hermanos. Gerardo, Víctor Julio y Myriam son los mayores y Carmen, Lía, Nautilio y Delia, los menores. Su padre, don Gerardo, muere cuando Luis Alberto tiene solamente cuatro años de edad.
Gran lector y buen estudiante desde niño, Luis Alberto cursó estudios en el Instituto de Alajuela, donde obtuvo su bachillerato.  Como era un joven de escasos recursos, para sostenerse trabajó como vendedor en un tramo del Mercado Central de San José. Aunque disponía de pocos ratos libres, en su juventud fue cruzrojista.
La carrera pública de don Luis Alberto inició bajo la tutela del padre Benjamín Núñez, a quien Monseñor Víctor Manuel Sanabria había encargado la tarea de establecer organizaciones de trabajadores de acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia. En los años treinta y cuarenta, los sindicatos estaban ligados al partido comunista de Manuel Mora y, para contrarrestar esa influencia, el padre Núñez fundó la Confederación de Trabajadores Rerum Novarum, en la que laboró el joven Luis Alberto Monge.
Aunque matriculó algunos cursos en la Escuela de Derecho, Monge se vio obligado a abandonar los estudios. Fue cercano, sin embargo, al Centro de Estudios para los Problemas Nacionales, liderado por Rodrigo Facio.
No está claro el papel que jugó don Luis Alberto durante el conflicto armado de 1948 pero, al año siguiente, con apenas veintidós años de edad, fue electo diputado a la Asamblea Nacional Constituyente por el Partido Social Demócrata. Se suponía que, tras el triunfo armado de don Pepe, la nueva Constitución se haría a su gusto, pero los socialdemócratas solamente obtuvieron cuatro diputados: Rodrigo Facio, Fernando Fournier, Rogelio Valverde Vega y Luis Alberto Monge. El grueso de la Asamblea (34 diputados) eran del ulatismo, había un diputado independiente y seis del Partido Constitucional, Pese a no ser mayoría, estos últimos, liderados por don Arturo Volio, lograron convencer a la Asamblea de que no era prudente hacer grandes cambios, por lo que la nueva Constitución, de 1949, acabó siendo la misma Constitución de Tomás Guardia, de 1871, ligeramente retocada.  
Luis Alberto Monge Alvarez. (1925-2006).
Presidente de Costa Rica de 1982 a 1986.
En el libro hay una anécdota sobre esta época que vale la pena mencionar. Dice que cuando el Dr. Calderón Guardia, con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió el país, Monge, en un arranque de patriotismo, "no pudo contener su ardor" y consideró más importante defender la soberanía nacional que redactar una nueva Constitución. Dejó su puesto en la Asamblea y marchó como combatiente a Guanacaste. En la capital, don Pepe, al darse cuenta que faltaba un voto en la Asamblea, le encargó a Frank Marshall que lo devolviera a San José.
Una historia interesante, sin lugar a dudas, pero tiene un pequeño problema. La invasión calderonista ocurrió en diciembre de 1948 y la Asamblea Nacional Constituyente empezó a sesionar en enero de 1949. Pifias como esta, abundan en el libro, Llama "Renovación Nacional" al partido Renovación Demócratica de Rodrigo Carazo, se consignan hechos en un momento distinto al que ocurrieron y se establecen relaciones de causa y efecto verdaderamente haladas del pelo.
En un afán de convertir en un libro grueso lo que debió haber sido un folleto breve, Baeza Flores se hunde en divagaciones o llena páginas y páginas con listas de proyectos, ponencias en congresos o artículos de revista. A veces, se sale por completo del tema y dedica apartados enteros a, por ejemplo, los pleitos de Oduber con el periódico La Nación.
El libro de Baeza fue publicado por la "Editorial Volvamos a la tierra", gracias a los donativos de una larga lista de contribuyentes, cuyos nombres aparecen en las últimas páginas. Me pregunto si alguno de ellos haya tenido la paciencia de leer el libro completo. 
Luis Alberto Monge fue diputado de 1958 a 1962 y de 1970 a 1974. De 1973 a 1974 fue Presidente de la Asamblea Legislativa. Ocupó un alto cargo en la OIT, fue Secretario General del Partido Liberación Nacional y, en 1982, un año después de la publicación del libro de Baeza, fue electo Presidente de Costa Rica.
Mientras ejerció la presidencia, don Luis Alberto gozó del aprecio general. Su personalidad y su estilo le ganaron las simpatía de las personas sencillas que reconocían en él a uno de los suyos. Era simpático, tenía buen sentido del humor, evitaba los conflictos pero, si se presentaban, lograba salir de ellos. Se rodeó de un buen equipo de colaboradores y supo sacar la tarea sin mayores sobresaltos.
Fue el último miembro de la Asamblea Nacional Constituyente y el último de los fundadores del Partido Liberación Nacional en morir. En otros aspectos, también fue uno de los últimos. Era un político que basaba su pensamiento en una ideología ampliamente estudiada, una figura pública que se mostraba tal cual era sin seguir consejos de asesores de imagen, un intelectual de amplias lecturas y elegante prosa que redactaba él mismo sus discursos.
Su gobierno, por otra parte, también fue el primero en realizar la apertura a la economía de mercado que se ampliaría luego. Se desmanteló CODESA, lo que inició el principio del fin del estatismo. Se firmó el primer Plan de Ajuste Estructural y se brindó mayor libertad de acción a la iniciativa privada.
Las relaciones del gobierno de Monge con la administración
de Ronald Reagan fueron en su momento (y siguen siendo
hoy en día), un tema que despierta polémica.
Hubo también, durante su mandato, hechos cuestionables que generaron escándalo y fueron elevados a juicio. El que se hubieran utilizado recursos del Fondo Nacional de Emergencias para amueblar y decorar la casa que le regalaron sus amigos fue el mayor de ellos. De hecho, que "un grupo de amigos" le regale una casa a un gobernante es algo que, actualmente, más que inaceptable resultaría impensable. Don Luis Alberto, sin embargo, fue eximido de comparecer ante los Tribunales, donde se esperaba que brindara explicaciones sobre estos hechos. Aquellos, definitivamente, eran otros tiempos.
Su política exterior, en los duros años de los conflictos armados centroamericanos fue, por así decirlo, más que ambigua. Declaró solemnemente la Proclama de Neutralidad Perpetua de Costa Rica en los conflictos armados, al tiempo que los Contras, financiados por debajo de la mesa por el Presidente Ronald Reagan, operaban en la zona norte del país. En este aspecto, algunos opinan que Monge se plegó por completo a la administración Reagan, mientras que otros sostienen que supo manejar las relaciones con el gobierno americano sin entrar en conflicto, logrando beneficios para el país y sin ceder más allá de lo inevitable.
La administración de Luis Alberto Monge forma ya parte de la historia, de una historia que está por escribirse. Su biografía, además, también está pendiente. El libro de Alberto Baeza Flores apenas recoge la mitad de su vida o, tal vez, hasta menos.
INSC: 1591
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