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sábado, 22 de junio de 2019

Te di la vida entera. Novela de Zoe Valdés.

Te di la vida entera. Zoe Valdés.
Seix Barral. Argentina. 1997.
En los años noventa del siglo pasado, durante el tristemente célebre Período Especial, los cubanos, al conversar sobre las duras condiciones en que vivían, intercalaban una y otra vez la expresión "No es fácil." No la decían en tono de protesta ni de lamento sino, simplemente, como muletilla. El servicio eléctrico se interrumpía con tanta frecuencia que, en vez de apagones, lo que tenían más bien era alumbrones. El puñado de arroz y de café que obtenían por medio de la libreta de racionamiento, que se suponía era para todo el mes, no alcanzaba ni para dos días. Quienes vivían en pisos altos, debían subir el agua por las escaleras en un balde. Las guaguas y camellos iban siempre hasta el tope. Con el sueldo de un mes completo no se podía comprar ni un minúsculo pedazo de carne pero, en todo caso, no había tampoco dónde encontrarlo, porque los mercados estaban vacíos. Hasta los boniatos y plátanos escaseaban. Cada mañana los cubanos salían a la calle a ver qué podían hacer para lograr comer algo ese día, "para resolver", decían ellos. No protestaban ni se quejaban, pero, a cada segundo repetían "No es fácil, no es fácil."
De los muchos recuerdos que guardo de mis viajes a Cuba, el eco de esa expresión, que escuché cientos de veces de distintos labios y con distintas voces, es uno de los más imborrables. Quizá por ello, me llamó muchísimo la atención que Cuquita Martínez, la protagonisa de la novela Te di la vida entera, de Zoe Valdés, pese a hablar de manera cubanísima, no la dijera ni una sola vez. Vivir en Cuba, ya se sabe, no es nada fácil, pero a la buena de Cuquita Martínez le tocó todo el camino cuesta arriba.
Nació en Las Villas y muy temprano aprendió que la vida era dura y que tendría que arreglárselas sola como mejor pudiera. Fue abandonada tanto por su padre como por su madre y acabó viviendo en casa de su madrina quien, aunque le daba de comer y la cuidaba, no podía ofrecerle mayor cosa. La niña le cosía ropa a una botella, para vestirla como muñeca. Siendo muy pequeña, intentaron violarla. Se salvó de puro milagro, pero ese episodio violento fue solamente el inicio de una serie de acontecimientos, cada uno más complicado que el anterior, de los que siempre, de alguna manera, lograba caer de pie. Cuquita Martínez nació, creció, maduró y envejeció expuesta al peligro. Su supervivencia es su mayor y único éxito en la vida.
Era una muchachita todavía con el pecho plano cuando se trasladó a vivir por su cuenta a La Habana. No se crea, sin embargo, que esta novela es un relato más, de los muchos que hay, que cuentan las andanzas de una guajira recién llegada a la capital, con todo lo trágico y cómico que ese traslado implica. Para empezar, la ciudad ni siquiera logró impresionarla. Sin mirar alrededor, apenas llegó se dirigió directamente a la pensión en que la que iba a trabajar limpiando pisos a cambio de comida y un lugar donde dormir. Allí conoció a la Menchunguita y la Punchunguita, dos mujeronas hermosísimas que vivían como si no hubiera mañana, quienes no solo la cuidaron cuando estuvo enferma ("eso sí, no te acostumbres, que la sirvienta eres tú y no nosotras") sino que también la llevaron a conocer los cabarés en que la noche no solo es joven, sino que parece eterna. Cuquita, que nunca había bailado, acabó dando sus primeros pasos en la pista durante un fiestón amenizado por la orquesta de Beny Moré y, dicho sea de paso, no lo hizo nada mal. La misma noche de su primer baile dio su primer beso. La experiencia fue hermosa, a pesar de que el galán tenía un terrible mal aliento.
Con Juan Pérez, apodado "el Uan" (porque era el number one), su primer novio y gran amor de su vida, Cuquita encontró con quien pasar las noches calientes y dulzonas de La Habana, la ciudad azucarada. Quien ha caminado por La Habana, seguramente habrá experimentado la magia y encanto de ese cielo azul tan limpio y claro que dan ganas de tocarlo, de la brisa salada que viene del mar y del olor dulzón que inunda el ambiente. Pero lo más maravilloso, es que desde el momento mismo en que "habanece", está claro que entre todo ese hormigueo humano que deambula bajo los balcones, en el nuevo día se abre la posibilidad de que ocurra hasta lo más inesperado.
Si algún crítico literario le recriminara a Zoe Valdés lo absurdas y descabelladas que son las historias que cuenta, será seguramente porque nunca ha estado en Cuba, donde lo absurdo y descabellado es cosa de todos los días. 
La Habana, en los tiempos en que Cuquita Martínez vivía su romance con el  Uan, era la capital más bella y más rica del continente americano. Durante toda la primera mitad del Siglo XX, Cuba era un país que recibía grandes oleadas de inmigrantes pero, después de la revolución, más bien los cubanos empezaron a irse. Entre ellos, uno de los primeros,  el propio Uan.
Abandonada primero por su padre y su madre, luego por el amor de su vida y, posteriormente, hasta por su hija, que se le salió de las manos, Cuquita Martínez, prematuramente envejecida, acabó convertida en una anciana medio loca, sin dientes, que deambulaba por las calles en busca de algo que echar a la olla. No quedaba en ella nada que recordara a la muchachita de vestido amarillo que todos miraban en el cabaret Montmatre. No estaba sola en el deterioro. El Montmatre, elegante y lujoso en su tiempo, se llamaba ahora el Moscú y era un restaurante en que servían una sopa intragable. Los edificios de apartamentos estaban en ruinas, sostenidos por palos que, muy frecuentemente resultaban inútiles y la estructura acababa cayéndose a pedazos o derrumbándose de plano. Al caminar por las calles de La Habana, con todo su deterioro, es difícil imaginar lo hermosa que fue antes. Al ver a Cuquita Martínez con sus harapos y su boca desdentada, cuesta creer que en algún momento tuvo quince. En uno de sus paseos, Cuquita recogió un dólar en la calle que apareció empujado por un vendaval. Ella misma era ya una hoja seca arrojada en un torbellino. Las necesidades eran tantas y el dinero tan poco, que en vez de gastar el dólar decidió guardarlo. Lo había olvidado, pero en su casa tenía otro dólar guardado que, en algunos momentos de la historia, parece ser un motivo de esperanza y, en otros, la causa que desencadenaría la tragedia.
Te di la vida entera es un relato profundamente humano concentrado en una vida llena de dolor que transcurrió en medio de circunstancias adversas. Sin distraerse del hilo central de la historia, que es la vida de Cuquita Martínez, inevitablemente aparecen alusiones a la revolución cubana. Fidel Castro, aunque nunca aparece citado por su nombre, es un personaje protagónico del libro. El "Comediante en Jefe", uno de muchos los apodos usados en el libro para referirse a él, envolvió al país en un torbellino de ocurrencias y promesas. Ocurrencias que no funcionaban y promesas que no se cumplían. En la novela, sin embargo, lo político no llega a ser relevante.
Cuando la protagonista no tiene en la mente otra idea más que encontrar algo qué comer, no queda ni tiempo ni energía para pensar en nada más. Tal vez Cuquita Martínez tenga cáncer de seno, la bolita que se palpa en uno de sus pechos se menciona con tanta frecuencia a lo largo de toda la novela, que llega a adquirir la categoría de personaje. Pero ella no le presta mayor atención. Está demasiado ocupada resolviendo la realidad del día a día como para pensar en una protuberancia que, a fin de cuentas, ha estado allí por largo tiempo sin causarle mayores molestias. Ni siquiera se pregunta si se trata de un tumor ya que, en todo caso, la dichosa bolita no es un factor determinante en su andar por la vida ni tendrá nada que ver con el final de su existencia.
La sabiduría de Cuquita Martínez es simple y concreta. Sabe que un dolor puede convertirse en muchos. Se repite que quien vive de ilusiones muere de desengaños y tiene claro que en esta vida no hay más que echar palante.
Desdichada en el amor y con la familia rota y dispersa, Cuquita Martínez se consuela en la amistad, no solo de la Menchunguita y la Punchunguita, quienes nunca la abandonaron, sino de otras dos buenas amigas, tan locas como ella misma, a quienes conoció posteriormente, apodadas El Fax y La Fotocopiadora. Para vencer las largas horas de soledad en su apartamento, incluye en su círculo a amistades a una cucaracha y un ratón.
Decía don Joaquín Gutiérrez que escribir una novela no es contar historias sino crear personajes. Las historias que se leen en las novelas se olvidan, pero los personajes se recuerdan siempre. Zoe Valdés ha creado, en Cuquita Martínez, un personaje entrañable e inolvidable. A Cuquita se le acompaña, se le toma cariño y se le respeta. A pesar de todo lo que ha sufrido, nunca inspira lástima, porque es fuerte. Las ansias de vivir se manifiestan en su erotismo y el ingenio y energía se ponen de manifiesto en su sentido del humor. Es una derrotada que no se rinde, una sufrida que no llora, una mujer que, incluso con el estómago vacío, sin un solo diente en la boca y con la mente medio perdida, aún es capaz de caminar con la frente en alto y sonreírle a quien se le ponga por delante.
Escrita de principio a fin en cubano, la novela ha sido bien acogida en España y otros países. La edición que tengo fue publicada en Argentina.  A veces. tal vez como una concesión a los lectores de otras latitudes, Zoe Valdés explica algunos términos, como cuando aclara que al mencionar "la bolita", no se refiere al tumorcillo que Cuquita lleva en el pecho, sino a la lotería clandestina de Cuba. Sin embargo, prefiero cuando utiliza las expresiones cubanas sin explicarlas. Quien ha estado en Cuba sabe lo que es "luz brillante" o "chispa e tren". El que no lo sepa, que vaya o lo averigüe por su cuenta. Por cierto, me llamó mucho la atención que en Cuba, al igual que en Costa Rica, se les llame "bolas" a los rumores.
Quienes hayan estado en La Habana, al leer Te di la vida entera, de Zoe Valdés, además de conocer la traqueteada vida de Cuquita Martínez, revivirán en su memoria escenas de sus paseos por esa bella ciudad. Me impresionó mucho que Reglita, la hija de Cuquita Martínez, viviera en Empedrado, entre Villegas y Aguate, ya que una vez, hace ya muchos años, me hospedé en una casa situada en ese sitio. La casa de Reglita ya no existe. Espero que la de mis amigos todavía esté en pie.
Además de la vida de Cuquita, la novela está llena de relatos paralelos, fiestas de disfraces frente al cementerio, la Menchunguita y la Punchunguita capturadas en alta mar como balseras y presas por una temporada en Guantánamo, el amor no correspondido de Ivo, el chofer, quien casi logra su objetivo de casarse por que la pretendida consideró conveniente, ante el desastre que era el transporte público, echarse un marido que tuviera automóvil, los enredos del Uan en New York, y un asesinato a plena luz del día que no termina de aclarse. En este libro hay de todo, como en la vida, tramas detectivescas, extrañas alianzas de poderosos, escenas eróticas ardientes, salidas de humor que hacen soltar la risa y relatos mágicos que trascienden las barreras de la realidad.
De las muchas historias fascinantes y encantadoras que tiene este libro, hay una verdaderamente conmovedora y fantástica. En medio de lo más duro del Periodo Especial, una joven periodista que acaba de perderlo todo, se traslada al campo para hacer un reportaje. El viaje es largo y, en la carretera, nota que todo está cambiando. Sus pantalones de mezclilla se convierten en una falda amplia, el Lada se transforma en Chevrolet, conforme pasan los kilómetros, ya no hay murales con lemas revolucionarios sino anuncios comerciales. Al llegar a un pueblito y ver cómo las personas se visten y se comportan, descubre que no solo ha viajado en el espacio, sino también en el tiempo. Ha llegado al pasado. Empieza a entrevistar a una mujer que vive en una casa azul, pero la alucinación termina abruptamente. De regreso en La Habana, la periodista quiere repetir la experiencia. Regresa al campo, hace la misma ruta, pero esta vez nada cambia, sigue en el presente. En el pueblito reconoce la casa azul, allí vive una anciana que desde hace muchos años, desde antes de la revolución, está esperando que regrese la joven periodista para que termine de entrevistarla. La muchacha comprende que la cita es con ella. Termina entonces la entrevista que empezó muchos años de haber nacido. Pero descubre también, que ella no podrá publicarla porque tanto la vieja como ella están en una dimensión fuera de este mundo. Da entonces la impresión de que el final de este relato va a ser trágico o triste, pero, afortunadamente, la historia tiene un final feliz, porque la periodista logra ingeniárselas para encontrar a alguien que escriba la historia y esa persona fue, sin lugar a dudas, la más indicada.
INSC: 1454

sábado, 17 de septiembre de 2016

Tradiciones peruanas de Ricardo Palma.

Tradiciones Peruanas. Ricardo Palma.
Editorial Kapelusz. Argentina. 1957.
El escritor peruano Ricardo Palma (1833-1919) cultivó todos los géneros literarios. Sus primeros poemas aparecieron en El Comercio de Lima cuando apenas tenía quince años de edad. A esa misma edad inició su carrera de periodista como director de El Diablo, un periódico satírico sobre temas políticos tan irreverente como punzante y divertido. Años después cambió la poesía por el teatro, en el que logró cierto éxito. Aunque su primer drama El hijo del Sol no se llegó a representar, otras obras suyas alcazaron gran popularidad. Lamentablemente solamente se conservan dos piezas teatrales de Palma, Rodil de 1851 (cuyo manuscrito apareció cien años después de su estreno) y la comedia El Santo de Panchita, escrita junto con Manuel Ascencio Segura. La razón por la que producción teatral de Palma se haya perdido fue que él mismo le prendió fuego.
Además de poesía y teatro, Ricardo Palma escribió cuentos, novelas, ensayos e investigaciones históricas sobre la Inquisición en Lima. Ejerció el periodismo toda su vida, fue iniciado en la Masonería, formó parte de la armada peruana, sirvió como diplomático y, en 1887, fundó la Academia Peruana de la Lengua, de la que fue su primer presidente. Los trabajos de Palma sobre filología y lingüística, como Neologismos y americanismos (1896) y Papeletas Lexicográficas (1903), abogan por la admisión de nuevos vocablos utilizados en el Español de América dentro del léxico oficial recogido en los diccionarios. 
Pese a esta magna obra, Ricardo Palma es recordado, ante todo, por los deliciosos relatos históricos titulados Tradiciones Peruanas, que comenzó a escribir en 1859. Curiosamente, la primera vez que Palma utilizó el término Tradición Peruana, fue en un relato de 1854, que llevaba por título Infernum el hechicero y que nunca fue publicado dentro de las series que después se hicieron famosas.
Palma encontró la fuente de sus Tradiciones en los documentos antiguos que estaban almacenados en el archivo de la Biblioteca Nacional, institución de la que fue director de 1883 a 1912. Repasando papeles amarillentos de todo tipo: correspondencia oficial, informes de autoridades, sumarios de juicios, testamentos y hasta cartas privadas, Palma empezó a familiarizarse con figuras del pasado virreinal que, lejos de parecer figuras acartonadas, saltaron ante sus ojos como personajes pintorescos y llenos de vida que se veían envueltos en situaciones descabelladas.
La información que constaba en actas era apenas un asomo de lo ocurrido y, para completar la historia, había que imaginar los detalles. Quienes utilizan las categorías de Ficción y No ficción para clasificar las narraciones, se verían en apuros ante las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma. Los acontecimientos y los personajes son históricos, pero los diálogos y la descripción de las escenas son inventados.
Las tradiciones, además, no pretenden estar totalmente apegadas a los hechos ni analizar objetivamente sus antecedentes y consecuencias, como si fueran investigaciones históricas. Tampoco buscan deslumbrar por su estructura o belleza expresiva ya que, en el fondo, no tienen grandes pretensiones literarias. Son, más bien, narraciones ligeras, coloquiales, en que lo sucedido se cuenta en tono chismoso. Al contar un chisme, nadie se pone grandilocuente ni brinda referencias sobre la veracidad de lo sucedido. De una u otra manera, todas las Tradiciones son cómicas, pero no generan carcajadas sino sonrisas. Virreyes, generales, regidores, caballeros y miembros de familias de abolengo, saltan de sus páginas llenos de vitalidad y encanto.
Los historiadores más estrictos, le han criticado a las Tradiciones su ligereza y sus inexactitudes. Los críticos literarios más exigentes le reclaman la simpleza de la prosa. Ni unos ni otros, han logrado comprender que Palma no hacía más que compartir con el gran público lo que iba descubriendo en el archivo.
A partir de 1860, las Tradiciones empezaron a ser publicadas en periódicos, no solamente de Perú, sino de toda América Latina. En Lima se publicaron los dos primeros libros con la colección de las Tradiciones, el primero en 1872 y el segundo en 1891. La edición completa y en tiraje masivo apareció en Barcelona en 1906 en cuatro volúmenes. Tras la muerte de Palma, el gobierno peruano auspició la edición completa de las Tradiciones, que fue de seis volúmenes, publicados por Espasa Calpe entre 1923 y 1939.
La edición que tengo en mi biblioteca es mínima. Un librito pequeño de la Editorial Kapelusz que solamente incluye quince tradiciones. Dado que la colección completa es de seis volúmenes, lo que he leído no pasa de ser algo así como la pequeña muestra que dan a probar para que uno se anime a comprar el queso entero. En mi caso, el propósito se cumplió. Aunque lo que he leído de las Tradiciones Peruanas de Ricardo Palma sea poco, ese poco verdaderamente me ha encantado. Todavía no he podido adquirir la colección completa, pero no pierdo la esperanza de conseguirla en algún momento.
Desde la antigüedad clásica, los historiadores concentraron su atención en los conflictos políticos y militares generados en las altas esferas del poder. No ha sido sino hasta muy recientemente que los historiadores han vuelto su mirada al pueblo llano y se han dedicado a investigar la vida cotidiana en las diferentes épocas. En este sentido, Ricardo Palma puede considerarse un precursor de la tendencia. 
En una de sus tradiciones cuenta que de los primeros tres olivos traídos de España que fueron sembrados en Perú, uno fue robado y sirvió de inicio para un olivar famoso en Chile. El punto es que las aceitunas fueron, durante la época colonial y las primeras décadas de la independencia, un manjar apreciado pero escaso y terriblemente caro. Incluso en los grandes banquetes, a cada comensal se le servía solamente una aceituna. Existía el dicho "Aceituna, una". Cuando la producción creció y se llegaron a venderse cuatro aceitunas por un real, se servían cuatro aceitunas por cabeza pero, para evitar abusos, el nuevo refrán era: "Aceituna, oro es una, la segunda plata y la tercera mata", por lo que los invitados solamente comían dos y dejaban las otras dos sin tocar en el plato. Se acostumbraba acompañar con una aceituna la copa de aguardiente, de manera que, para no mencionar el licor por su nombre, los caballeros del Siglo XIX, incluyendo a Bolívar a San Martín, en vez de decir, "Vamos a tomar un trago", decían "Vamos a remojar una aceituna". La palabra aguardiente tiene once letras y, por ello, cuando no había aceitunas, se decía "Vamos a tomar once", expresión que, aunque con distinto significado, en la actualidad, se mantiene en algunos países de América del Sur.
Otro dicho al que Palma le encontró explicación en los papeles del archivo, tiene que ver con un romance entre Margarita, una niña inocentona que a los dieciocho años todavía jugaba con muñecas, y Luis, un joven elegante y apuesto que, aunque era sobrino de un viejo muy rico, no tenía ni dónde caerse muerto. Cuando se destapó el asunto, don Raimundo, el padre de Margarita, se opuso a que su hija se casara con un "pobretón". La palabra ofendió a don Torcuato, el tío de Luis, quien salió a dar la cara por su sobrino. Los jóvenes se amaban y deseaban casarse, pero los viejos se habían declarado enemigos. Don Raimundo intentó disculparse y estuvo dispuesto a entregar la mano de su hija junto con una generosa dote. Don Torcuato, por su parte, sostuvo que solamente aceptaría el enlace con la condición de que don Raimundo no entregara dote ni le diera regalo de bodas a su hija ya que su sobrino no era ningún "pobretón", que necesitara de nada más que el apoyo de su tío para fundar una familia. Don Raimundo insistió que quería obsequiarle algo a su hija. "Ni un alfiler", fue la respuesta de don Torcuato. Tras múltiples negociaciones, don Torcuato accedió que don Raimundo le regalara solamente una camisa. La sorpresa fue que la camisa estaba tenía, en vez de botones, valiosas joyas. Los hechos tuvieron lugar en 1765 y todavía a principios del Siglo XX en Perú se acostumbraba decir: "Me salió más caro que la camisa de Margarita Pareja."
Pero no todo son refranes. El azar tiene un gran peso en la vida de las personas. Sin mencionar nombres, cuenta la historia de un oficial del ejército español quien, desesperado por los atrasos de su sastre, que no le entregó un traje a tiempo, sacó su arma y lo mató. La misma noche del crimen, le confesó lo sucedido a su superior. En vez de arrestarlo y juzgarlo, que era lo que correspondía, su jefe le ofreció una puerta de escape. Si se hubiera enterado del asesinato por medios oficiales, tendría que abrirle una causa, pero como lo supo por la confidencia de un amigo, le sugirió que escapara antes de que el cadáver fuera descubierto y le llegaran con la noticia. El asesino del sastre, que no sabía hacer otra cosas que ser militar, se integró al ejército libertador y llegó a ser uno de los héroes de la batalla de Ayacucho. De no haber matado al sastre, habría luchado en el bando contrario.
Como pasa con todos los escritores populares, Ricardo Palma creó escuela. En mi país, Costa Rica, Ricardo Fernández Guardia, Gonzalo Chacón Trejos y Ricardo Blanco Segura, entre otros, han publicado narraciones breves sobre hechos simpáticos, asombrosos, absurdos o jocosos que encontraron mientras revisaban páginas amarillentas en los archivos. La historia no es tan aburrida como insisten en presentarla los profesores y los libros de texto. Los historiadores, cuando tienen buen sentido del humor y se permiten sazonar con un poco de imaginación sus hallazgos, son capaces de deleitarnos con narraciones que generan sonrisas.
INSC: 1706
Ricardo Palma (1833-1919). Poeta, narrador, historiador, lingüista y autor de
Tradiciones Peruanas.

sábado, 16 de abril de 2016

El Túnel. Novela de Ernesto Sábato.

El Túnel. Ernesto Sábato.
Cátedra. Letras Hispánicas.
España, 1983.
Cuando una novela trata de un crimen, lo típico es que el nombre de quien lo cometió se descubra al final, pero en El Túnel de Ernesto Sábato, esa información viene en la primera línea.  
"Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne." Así, con los nombres del asesino y de su víctima, arranca el libro. El hecho de conocer el desenlace de la historia desde el momento mismo de empezar a leerla no disminuye el interés ni la curiosidad por saber algo más del asunto. Enterados de antemano de lo que va a suceder, la concentración se centra en el motivo del asesinato.
Castel, ya juzgado y preso, decide contar la historia con la esperanza de que, entre quienes la lean, haya al menos una persona que pueda comprenderlo.
Con cierta amargura, aunque sin pizca de arrepentimiento, reconoce que existió una persona que podría entenderlo, pero fue precisamente la persona a quien mató.
De hecho, la primera vez que Juan Pablo Castel posó su mirada sobre su futura víctima, se debió a que solamente ella había reparado en un detalle que todos pasaban por alto. El pintor exponía sus cuadros en un salón bastante concurrido. En una de sus obras, había una pequeña imagen de una mujer que miraba el mar. Nadie, salvo María, prestó atención a ese elemento que, para Castel, era fundamental.
No tuvo ocasión de hablar con ella. Ni siquiera pudo averiguar su nombre, pero el artista quedó de alguna manera obsesionado y, por varios días, no hizo más que fantasear sobre qué le diría en caso de que la volviera a ver. El encuentro ocurrió por casualidad y fue bastante tenso y brusco. Ambos tenían personalidades bastante complejas y, aunque sus conversaciones no eran precisamente placenteras, llegaron a establecer una relación definitivamente enfermiza desde el primer momento.
Castel asumía ante ella un papel dominante y agresivo, pero en realidad era él quien había llegado a desarrollar una enorme dependencia afectiva. María estaba casada con Allende, un hombre ciego de temperamento sereno y mantenía, además, una misteriosa amistad con Hunter, un personaje del que no sabemos mucho más que la intensa repugnancia que provocaba a Castel.
La novela, narrada por la voz desesperanzada y pesimista del pintor, tiene momentos verdaderamente memorables. Los interrogatorios a los que Castel sometía María son verdaderamente angustiantes. Los dos encuentros de Castel con Allende, el primero frío en medio de una calma incómoda y el segundo, violento y absurdo, ya después del asesinato, son de gran tensión. La discusión en la oficina de correos, cuando Castel pretende que le sea devuelta la carta que acaba de echar al buzón, pese a la ira contenida del protagonista, tiene algunos ribetes cómicos. La conversación en la estancia, en que se meciona a Jorge Luis Borges (a quien llaman Georgie), es bastante caricaturesca.
La obsesión de Castel por María acaba empujándolo a cometer un crimen pasional. Su soledad, que solamente conseguía aliviar al lado de ella, se acrecienta en vez de disminuir tras cada encuentro. Castel irrespeta a María, la ofende y la agrede, quizá debido a la frustración de saber que ella (aunque también está bastante tocada) no llegará nunca a corresponder su nivel de dependencia.
Juan Pablo Castel, como todo obsesivo monotemático, llega a ser fastidioso. Una vez que queda clara la dinámica de la relación patológica que sostenía con María, la historia hasta deja de ser interesante. Los detalles del asesinato y de lo que ocurrió luego, se leen por puro trámite. Enterados desde la primera página del final de la novela, lo importante no era el cómo ni el dónde ni el cuándo, sino el por qué.
Desde su aparición, en 1948. la novela El Túnel, de Ernesto Sábato, ha generado todo tipo de comentarios. Por la angustia que transmite, la intensidad del personaje y la sequedad con que está escrita, la obra ha sido calificada de pesadilla psicológica. No es, como dijo Graham Greene, un libro que se lea con placer, pero sí logra mantener absorto al lector.
INSC: 0647
Ernesto Sábato (1911-2011). Autor de El Túnel (1948), Sobre héroes y tumbas
(1961) y Abaddón el exterminador (1974)

jueves, 17 de septiembre de 2015

Los raros de Rubén Darío.

Los raros. Rubén Darío. Editorial
Maucci, Barcelona, 1905.
Al leer reseñas de libros o semblanzas de autores, es común tropezarse con títulos y nombres totalmente desconocidos. Con frecuencia, en esos casos, sorprende el entusiasmo y la admiración que es capaz de generar una obra o un escritor cuya fama es casi clandestina. Surge entonces el interés por conseguir el libro reseñado o averiguar más sobre ese escritor cuyo nombre escuchamos por vez primera pero, en la mayoría de los casos, la curiosidad suele quedar insatisfecha debido a que la información disponible es mínima.
Sin embargo, cuando un lector apasionado descubre una obra o un autor que lo impresiona, no puede aguantarse las ganas de alborotar el vecindario, aunque su revelación no esté disponible para los vecinos. 
Reseñar un libro ante un público que no tiene posibilidades de conseguirlo es un acto de fe. El autor es desconocido, pero merece ser dado a conocer. El libro no está disponible, pero conviene recomendarlo, por si acaso alguien se lo encuentra.
A la larga, uno acaba familiarizándose con ciertos autores por carambola. ¿Cuántos han leído el Amadís de Gaula o Tirante Blanco? Supongo que muy pocos, pero todos los que hemos repasado Don Quijote los hemos oído mentar tanto que nos resultan familiares.
Rubén Darío escribió semblanzas sobre veintiún escritores en su libro Los raros. Algunos de ellos hoy son muy famosos (Edgar Allan Poe, Heinrik Ibsen, Paul Verlaine), pero para la época en que apareció el libro eran aún autores desconocidos para el gran público. A su regreso de Europa, donde entró en contacto con los simbolistas franceses, Darío se estableció en Buenos Aires, Argentina, donde, por medio de artículos en el diario La Nación, fue publicando reseñas sobre la vida y obra de esos autores audaces, innovadores y huraños que no habían alcanzado la fama y el reconocimiento que merecían. 
Diecinueve de esas notas fueron recopiladas en la primera edición del libro, publicada en Argentina en 1896. Vale la pena citar la lista completa: Edgar Allan Poe, Laconte de Lisle, Paul Verlaine, El conde Matías Augusto de Villers de L`Isle de Adam, León Bloy, Jean Richepin, Jean Moreas, Rachilde, George George d`Esparbès, Augusto de Armas, Laurent Tailhade, Fray Doménico Cavalca, Eduardo Dubus, Teodoro Kannon, El conde de Lautréamont, Max Nordau, Henrik Ibsen, José Martí y Eugenio de Castro.
En la segunda edición corregida y aumentada, publicada en Barcelona en 1905, se agregaron dos más: Camile Mauclair y Paul Adam.
El cubano José Martí es el único de los reseñados que escribía en español (Augusto de Armas también era cubano, pero escribió toda su obra en francés), Edgar Allan Poe, norteamericano que escribía en inglés era una influencia fundamental para los simbolistas, Henrik Ibsen era noruego que escribía en danés, Eugenio de Castro escribía en portugués y Fray Doménico Cavalca en italiano. Salvo estas excepciones, todos los autores escribieron en francés y no existían traducciones disponibles, ni en Buenos Aires ni en Barcelona ni en ninguna parte en aquella época. Cabe mencionar también que Fray Doménico, monje medieval, es el único del grupo que no vivió en el Siglo XIX. Y ya que estamos con datos curiosos, el conde de Lautréamont, cuyo nombre era Isidoro Ducasse, nació y vivió hasta los trece años de edad en Uruguay. Serían por tanto, cuatro americanos y diecisiete europeos. La nota sobre José Martí, por cierto, fue el obituario que publicó Darío en Argentina para dar a conocer su figura, su obra literaria, su causa patriótica y su temprana muerte. Dice Darío que "el genio, ese majestuoso fenómeno del intelecto elevado a su mayor potencia, alta maravilla creadora, no ha tenido aún nacimiento en nuestras repúblicas, ha intentado aparecer dos veces en América; la primera en un hombre ilustre de esta tierra, la segunda en José Martí". Lo de "esta tierra", sin lugar a dudas se refiere a Argentina, pero por más que le he dado vueltas al asunto, no me atrevo a especular a quién se refiere. Lo irónico de la cita es que el genio de América era, precisamente, Rubén Darío.
Pero no nos distraigamos con detalles y volvamos al libro. ¿Quiénes son estos autores y qué tienen todos ellos en común? Son una rara colección de personajes extraños y diferentes entre sí. Darío retrata sin piedad a Verlaine lleno de vicios que llegó al final de su vida arruinado, económica, física y espiritualmente.  León Bloy, por su parte, con su fanatismo católico, es un caballero medieval que, en el siglo que le tocó nacer, emprendió la cruzada de nadar en solitario contra corriente. Algunos personajes tuvieron una vida privilegiada y otros una existencia miserable pero, en ambos casos, lo particular de su condición los alejó del gran público. Basta repasar la lista para percatarse que, a la larga, unos pocos de ellos alcanzaron la fama y el prestigio que no gozaron en vida, mientras que, a un siglo de distancia, la gran mayoría de los nombres sigue sumida en la oscuridad de la que Darío trató de sacarlos. 
Estas vidas, obras y personalidades tan distintas, solamente tienen en común el haber logrado impresionar profundamente a Darío. Ya sean héroes o antihéroes, así hayan escrito páginas sublimes o grotescas, todas las semblanzas de este libro están escritas con admiración desbordada.
La crítica literaria tal vez perdería rigurosidad, pero ganaría en franqueza, si hiciera a un lado la prudencia. Casi siempre, quien reseña un libro, procura disimular la reacción emocional, favorable o de rechazo, que ese libro le provocó. Se empieza entonces a andar por las ramas. Se analiza la técnica como si se tratara de un artefacto, se desmenuzan los componentes como si se estuviera haciendo una autopsia, se establecen referencias con otras obras para ubicar el aporte dentro de un corpus más amplio, pero se oculta al lector sensible que está detrás hasta del crítico más metódico.  Ese no es el caso de Darío. Darío quedó deslumbrado por estos autores y, sin disimular su entusiasmo, los elogia hasta ponerlos por las nubes, cita fragmentos de sus obras y los perfuma con incienso y repasa los episodios más sublimes o más dolorosos de sus vidas siembre desde el asombro.
Darío, al referirse a libros de otros autores, no los analiza, no los evalúa, no los juzga. Simplemente se les aproxima, se hunde en ellos, logra entrar en su particular dinámica y estética y, luego, comparte las sensaciones que esas lectoras lograron impregnar en él. 
Rubén Darío (1867-1916)
Retrato de 1905.
La lectura de Los raros, entre otras muchas, deja dos grandes enseñanzas. Una de tolerancia y otra de humildad. Se habla mucho de lo peligroso que puede llegar a ser el fanatismo religioso o político, pero poco se menciona a su hermano trillizo, el fanatismo estético. Hay quienes, tras volverse adictos a determinada escuela, se vuelven incapaces de reconocer los méritos de obras que responden a otras búsquedas y echan mano, por tanto, a otros recursos. Darío, que tenía una sólida cultura clásica, capaz de recitar de memoria los clásicos latinos y griegos, gran conocedor de la poesía medieval italiana y del Siglo de Oro español, quedó fascinado por la audacia de las nuevas propuestas de sus estrictos contemporáneos y fue quien dio a conocer a los poetas simbolistas en América. Por el atrevimiento, hubo quienes lo tildaron de decadente. No comprendieron entonces, como muchos no comprenden hoy, que precisamente quienes conocen a fondo las normas tradicionales son los que más aplauden lo verdaderamente novedoso. 
Por otra parte, es verdaderamente conmovedor que el poeta que renovó la poesía castellana y acabó convirtiéndose en referente continental durante casi un siglo, se muestre deslumbrado ante escritores cuya fama no llegó ni a la esquina. 
La admiración, como el enamoramiento, es un fenómeno intenso, pero pasajero. Por eso es mejor expresarlo mientras está vivo. Años después, al releer amarillentas cartas de amor o elogios literarios desbordados, uno se percata que, aunque en el fondo el sentimiento de alguna forma se mantiene, tal vez la manera de expresarlo fue un tanto desbordada.
El propio Darío, en la primera página de la segunda edición de Los raros menciona: "En la evolución natural de mi pensamiento, el fondo ha quedado siempre el mismo. Confesaré, no obstante, que me he acercado a algunos de mis ídolos de antaño y he reconocido más de un engaño en mi manera de percibir."
INSC: 2139

miércoles, 8 de julio de 2015

La Colmena. Novela de Camilo José Cela.

La Colmena. Camilo José Cela.
Alianza Editorial, España, 1992.
La Colmena es la mejor muestra de que una novela compleja no es, necesariamente, una lectura pesada. Desde la primera página, la prosa avanza sin prisa pero fluidamente. Se mencionan personajes pintorescos y situaciones algo cómicas. El libro promete ser entretenido y ameno. Al inicio, hasta da la impresión de ser una obra ligera, de esas que se disfrutan con deleite porque su lectura no exige mayor concentración. Conforme avanzan las páginas, van desfilando frente a nuestros ojos pequeños dramas cotidianos, situaciones sin importancia, podría decirse, cuyos protagonistas son gente del montón. Los personajes, que tienen apariciones breves, pero recurrentes, no se llegan a conocer a profundidad, pero logran inspirar simpatía, cierto cariño y, especialmente, mucha lástima. La vida de todos ellos es complicada y difícil y acabamos conociéndola solamente un poco al acompañarlos apenas por unos instantes. Quienes han tenido la paciencia de contarlos, afirman que en La Colmena hay más de trescientos cincuenta personajes. Esos lectores minuciosos han descubierto además que todo lo que se cuenta ocurre en un espacio y un tiempo muy reducido. El espacio es de apenas pocas calles en Madrid que bien podrían recorrerse a pie en una hora y el tiempo es de tres días y medio a finales de 1943.
Ubiquémonos por un momento en ese lugar y esa época: la Guerra Civil española había terminado poco antes, la dictadura ya estaba acomodada pero la destrucción y el dolor del conflicto estaba lejos de cicatrizar. A la Segunda Guerra Mundial, en ese momento, no se le veía ni un pronto final ni un claro vencedor. Escaseaba todo: el alimento, el trabajo, las medicinas. En esa situación tan compleja, la vida continuaba, los jóvenes se enamoraban, los familias mantenían de alguna forma su rutina y sus maneras, los comerciantes abrían sus negocios y los idealistas no dejaban de soñar. Tal vez porque la necesidad los golpeaba a todos por igual, ninguno se permitía caer de manera ostensible en la desesperación. En todas las ciudades hay personas que pasan hambre y deambulan por las calles sin un centavo en el bolsillo, pero en el Madrid de La Colmena esa era la norma general.
Doña Rosa, la propietaria del café La Delicia, donde la gran mayoría de los personajes de la novela pasa las horas muertas, se molesta por sus bajas ganancias. El café está permanentemente lleno pero no se vende casi nada. Hay repostería y bocadillos, pero los clientes solamente piden café solo. En todo caso, ellos van allí a congregarse y no a consumir.
La Colmena es una novela de la que no se puede ofrecer un resumen. ¿Quién podría decir, en pocas palabras, lo que le sucede a más de trescientos cincuenta personas en tres días? Uno pierde algo y otro lo encuentra. Una muchacha se prostituye, con permiso de su novio tuberculoso, para comprarle medicinas. Un poeta flaco y ojeroso, que ya no aguanta más el hambre, pide algo de comer a sabiendas de que no podrá pagarlo. El viejo sentado en el rincón repasa datos que aprendió en la escuela. El limpiabotas le lustra los zapatos a un hombre que le debe dinero. La madre vieja muere mientras su hijo anda echando una canita al aire. La guardia civil arresta e interroga. En fin, uno está con un personaje en un sitio en determinado momento y, tras echar el vistazo a lo que ocurre, salta a un lugar distinto, en otra hora, a ver qué le está sucediendo a otro desdichado.
Definitivamente, La Colmena es una novela de estructura muy compleja. Cela tardó cinco años escribiéndola y él mismo confesó, en alguno de los prólogos, que el trabajo fue agotador. Sin embargo, como ya se dijo, la obra que fue difícil de escribir, no es difícil de leer. La curiosidad morbosa por lo que ocurre en la vida ajena o en el apartamento del vecino, mantiene despierto el interés. No podemos decir que al cerrar el libro nos enteramos de todo lo que ocurrió en esos tres días y medio en aquellas pocas manzanas madrileñas. Naturalmente debieron haber ocurrido muchas más cosas de las que leímos, pero acabamos la lectura con una imagen amplia y clara de la vida cotidiana en aquella época.
Hay dos detalles de La Colmena que me impresionaron profundamente, uno literario y otro histórico. El literario es que, en varias ocasiones, el mismo episodio se repite con bastantes páginas de diferencia, pero narrado desde otra perspectiva. Se cuenta el altercado de un cliente del café con un mesero. Más tarde se repite pero no con la visión del cliente, sino con la del mesero. Después aparece el hecho visto por el señor de la mesa vecina y, naturalmente, no falta la impresión de doña Rosa, la dueña del café. En ocasiones ocurre que, al mencionar de pasada a un personaje en segundo plano, gracias a lo leído hasta el momento, sabemos quién es, de dónde viene y hacia dónde va.
El detalle histórico es que en toda la novela nunca se menciona a Francisco Franco. Esa omisión tiene su mérito. ¿Sería alguien capaz de escribir una novela sobre lo que le ocurre a trescientos cincuenta personajes de La Habana durante tres días y medio sin mencionar a Fidel Castro? Aunque la sombra de ambos dictadores fue, y en un caso sigue siendo, omnipresente en su país, los de a pie tienen sus propios asuntos en qué pensar y el tirano, en la solución de sus problemas cotidianos, ni suma ni resta. 
Cela, que sabía lo que podía esperar de la censura franquista, ni siquiera presentó la obra y la primera edición de La Colmena fue publicada en Argentina, en 1951.
Dicen que para ver el bosque no hay que prestarle atención a los árboles. ¿Será la analogía válida también para una colmena? Cela nos demuestra lo contrario. Al permitirnos asomarnos a la realidad íntima de cada individuo, a sus pequeños dramas y conflictos personales, logró retratar la vida de una ciudad entera en uno de sus momentos más difíciles.
Quienes hacen análisis literarios de manera tradicional (tema central, ubicación espacial y temporal, tipo de narrador etc.) se han atrevido a afirmar que en La Colmena no hay un personaje principal. Quienes así opinan no fueron capaces de ver el conjunto. Es verdad que ninguno de los cientos de desdichados que viven sus penurias sin esperanza de encontrarles pronta solución tiene un protagonismo destacado. La historia de cada uno de ellos no pasa de ser una más del montón. Pero en La Colmena sí hay, por supuesto, un personaje principal. Ese personaje es Madrid, la ciudad entera, la colmena y, más que personaje principal, es el personaje único, aunque múltiple.
Los libros de historia se distraen en hechos particulares y pocas veces logran brindar una visión amplia e integral de una época. ¿Cuántos investigaciones y ensayos se han escrito sobre España en los años posteriores a su guerra civil? Todos ellos se refieren al aislamiento internacional, a la intensa represión de la dictadura, a la complicada posición de no beligerante durante la II Guerra Mundial. Al leer libros de historia nos enteramos de datos estadísticos y le seguimos el hilo a complicadas estrategias militares, políticas y diplomáticas, pero toda esa información apenas nos brinda la base para imaginar lo que vivió el pueblo en aquel momento. Los historiadores estudian el desarrollo de la sociedad y no se supone que le presten atención al ciudadano de a pie ni, mucho menos, al pobre diablo. Para eso están los novelistas. Lo curioso es que con mucha frecuencia, comprendemos mejor un periodo histórico gracias a una obra de ficción más que a una investigación minuciosa. 
A los libros de historia, en todo caso, uno se acerca en busca de información. A las novelas, en busca de deleite. La Colmena, además de toda su riqueza, complejidad y maestría, es un lectura deliciosa.
INSC: 1997

martes, 16 de diciembre de 2014

Paul Johnson. Brillante y ameno columnista.

Al diablo con Picasso. Paul Johnson.
Javier Vergara Editor, Argentina, 1997.
Mi parte favorita del periódico son los artículos de opinión. Para empezar, es la mejor escrita y, con frecuencia, uno acaba comprendiendo mejor lo que está pasando por medio de los comentarios más que por las notas y reportajes. Además, prefiero que me informen con franqueza. El periodista, supuestamente imparcial y objetivo, me genera más desconfianza que el columnista que simplemente dice lo que piensa. A pesar de esta preferencia, debo admitir que en la actualidad los buenos periodistas abundan mientras que los buenos columnistas escasean.
Los columnistas actuales aburren por monótonos. Está el indignado que, con las vestiduras permanentemente rasgadas, sobrerreacciona airado sobre todo lo que denuncia; el analista con ganas de explicarlo todo que produce bostezos desde la primera línea; el sabihondo que quiere impresionarnos con lo mucho que sabe y lo mucho que piensa; el divo que cree que su vida social y personal merece ser escrita y leída y, finalmente, el chistoso cuyo ingenio es una verdadera prueba de paciencia.
Un buen columnista, en mi opinión, debe tener amplia cultura, sensibilidad, experiencia e inteligencia, así como la discreción necesaria para no arrojárselas al lector a la cara. Lo que se espera de un columnista, en todo caso, es que manifieste su opinión sin mucho rodeo y que se exprese de forma clara y amena. El columnista no se supone que sea un profesor de clase avanzada, ni un orador de tribuna, ni un predicador de púlpito sino, simplemente, un contertulio amigable, alguien a quien nos agrada leer porque nos fascina su forma de expresarse, aunque no siempre compartamos sus puntos de vista.
Los columnistas actuales, y quienes aspiren a serlo algún día, harían bien en leer Al diablo con Picasso y otros ensayos, del inglés Paul Johnson, un verdadero maestro del oficio, quien escribe columnas desde 1953 y recopiló, en este libro, una selección de sus colaboraciones semanales publicadas en el periódico The Spectator en la década de los noventa.
Aunque Johnson es un hombre de mundo, gran viajero, historiador y crítico de arte  que se mueve en altas esferas sociales, en sus columnas no hay desplantes de erudición ni intenciones didácticas. Convencido de que una de las funciones más importantes de la lectura es generar ideas, Johnson expone sin tapujos las suyas para que el lector las confronte con las propias. Tiene claro que si escribiera un tratado sobre retratistas o paisajistas ingleses del siglo XVIII, por ser un tema que a él lo apasiona, podría hacerlo de manera brillante pero ninguno de los lectores de sus columnas se tomaría la molestia de leerlo completo. También tiene claro que un columnista es una figura pública menor -muy menor- y que a nadie le importa la demora que tuvo en el aeropuerto, el buen o mal servicio que haya tenido en un establecimiento ni la discusión que sostuvo con el oficial de tránsito que lo detuvo. Por otra parte, la experiencia le ha enseñado que los vaivenes de la política, por intensos que lleguen a ser en su momento, son un tema temporal que todo el mundo habrá olvidado en el corto plazo.
Paul Johnson.
Al escoger el tema de sus columnas, Johnson mira alrededor, a sabiendas de que sus lectores muy probablemente estén mirando lo mismo. Escribe entonces sobre la disposición de los productos en el supermercado, el uso de cosméticos, la costumbre de saludar con un beso, lo inoportuno que es el sentido del humor en el sexo y otros temas cotidianos. Como es una persona mayor (nació en 1928), ha visto cómo muchos usos, sitios y dinámicas han cambiado y, con aguda mirada comenta esos cambios.
No se crea, sin embargo, que las columnas de Johnson son una lectura ligera. No es cierto que los artículos sobre el gobierno y los Derechos Humanos son serios y profundos mientras que los que se refieren a la vida cotidiana son frívolos y superficiales. Muchas veces ocurre a la inversa. La profundidad de un artículo no depende del tema, sino de la forma en que se aborde. Gracias a su gran cultura e inteligencia, así sea sobre el tema más trivial, Johnson es capaz de escribir una columna memorable, digna de ser repasada durante años.
Por ser conservador, católico y de gusto clásico, las opiniones de Johnson nadan contra corriente. A sabiendas de que quizá la mayoría de sus lectores no estará de acuerdo con él, lejos de asumir una actitud discreta, muestra su posición sin tapujos, de manera enfática y contundente, y la expone haciendo gala de una enorme jovialidad. El título del libro es un buen ejemplo. Para Johnson, Picasso es un farsante que, sin ser un pintor meritorio, logró vivir del cuento. Cree en la conveniencia de que se vuelva a la antigua práctica de que a los miembros de la familia real no se les permita escoger su cónyuge por sí mismos y considera que la educación universitaria es una pérdida de tiempo.
Johnson tiene el mérito, bastante poco común, de escribir sobre lo que le molesta o le incomoda con gran sentido del humor y amenidad. Sus opiniones sorprenden, pero no irritan al lector. Johnson es como ese amigo querido que todos tenemos, con quien no estamos de acuerdo en nada, pero a quien nos fascina escuchar y al que nunca vamos a dejar hablando solo.
Hay personas tan cerradas en su punto de vista y tan rudas al exponerlos, que solo pueden compartirlos con sus afines ya que cualquier otro se levantaría indignado de la mesa. En el primer capítulo del libro, titulado El arte de escribir columnas,   Johnson comparte las normas que sigue y los trucos que ha ido aprendiendo para mejorar el oficio. La columna periodística, como la poesía, el cuento, la novela y el ensayo, es un género literario. Para los lectores, no hay nada más fácil en el mundo que dejar de leer. Cuando se trata de un libro, lo cierran, pero en el caso de una columna en el periódico, basta que dirijan su mirada a otro extremo de la página, cosa que no ocurre con las columnas de Johnsos que, se traten sobre lo que se traten y digan lo que digan, es imposible abandonarlas sin haberlas leído completas.
INSC: 1947

viernes, 5 de diciembre de 2014

Un testimonio de la revolución cubana.

La historia cambió en la sierra. Manuel Rojo
del Río. Costa Rica, 1970.
Manuel Rojo del Río, además del nombre, tuvo una vida digna de una novela de aventuras. Su vida tuvo tantos altos y bajos como sus saltos en paracaídas. Luchó en la guerra civil española, primero con los republicanos y luego en el bando nacional. Colaboró en repeler la invasión somocista a Costa Rica en 1955 y llevó luego un cargamento de armas a los rebeldes cubanos en la Sierra Maestra. Cuando triunfó la revolución cubana, se convirtió en asistente personal de Camilo Cienfuegos y logró salir de la isla, tras la desaparición de su jefe, para escapar de un seguro fusilamiento.
Fue en una compra y venta de libros usados, dentro de los cajones en que se almacenaban los libros a precio de remate, donde me encontré un ejemplar de portada desteñida y páginas amarillentas de su libro La historia cambió en la sierra, publicado, según el colofón en 1969, aunque en la portada dice 1970. Lo compré por la portada, en que aparecían fotos del autor con Raúl y Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos. En el interior del libro vienen muchas otras fotografías y copias de documentos. Leer el libro me convenció, una vez más, de que la realidad supera la ficción. Las memorias de este argentino hijo de españoles nacido en Buenos Aires en 1915 son, como ya dije, una verdadera novela de aventuras. 
La familia en que nació Rojo era numerosa y pobre. Su madre murió a los treinta y seis años, cuando Manuel tenía apenas once, por lo que su padre tuvo que hacer milagros para sacar adelante a sus hijos huérfanos. Todos en la familia trabajaron desde pequeños. Se casó muy joven, pero su esposa murió a los dos años. Tuvo problemas con la policía y debió salir huyendo hacia Paraguay. De allí se trasladó a Brasil para ofrecerse como voluntario en una oficina de la República Española en Brasil. Fue reclutado y luego de cruzar el Atlántico hasta Marruecos y pasar por Argelia y Francia, finalmente llegó a Barcelona, donde se integró al ejército republicano. Ya en España, sus convicciones cambiaron y se formó una mala opinión de la República. Se trasladó a Francia y se enroló en la Legión Extranjera. Desertó al poco tiempo y se trasladó a Portugal, donde actuó como extra en unas películas. Luego volvió a luchar en España, pero esta vez del lado nacionalista. Se hizo miembro de la Falange Española y participó en batallas en Galicia y el País Vasco. Sus compañeros de armas bromeaban de que un Rojo (su apellido) fuera combatiente de las tropas de Franco.
Al finalizar la contienda, se metió de polizón en un buque que lo llevó hasta Cuba y, luego de saltar a República Dominicana y Puerto Rico, llegó finalmente a Venezuela, donde se incorporó a la fuerza aérea y se destacó como hábil paracaidista. Abandonó el servicio activo y trató de hacer fortuna como comericante pero, en 1942, se vio envuelto en un escándalo. Fue acusado de haber asesinado a Luis Zarzalejo, ex campeón venezolano de boxeo.
Se dedicó entonces a brindar espectáculos de paracaidismo en los que su caída libra se prolongaba hasta el límite. Solía abrir su paracaídas cien metros antes de llegar al suelo. Cada presentación le generaba buen dinero y recorrió distintos países de Centro y Sur América. En Costa Rica las cosas no salieron muy bien y cuando cayó en La Sabana, justo en el cerrito donde actualmente se encuentra la Cruz, se fracturó un brazo. Una familia tica lo acogió en su convalecencia y la muchacha que lo cuidaba se convirtió en su esposa. En 1955, Rojo del Río formó parte de una improvisada Fuerza Aérea que se organizó para repeler la invasión del país por parte de fuerzas calderonistas apoyadas por la Guardia Nacional de Somoza. Rojo del Río estaba dispuesto a echar raíces y tener una vida serena. Empezaron a llegar los hijos y, para mantenerlos, obtuvo un trabajo tranquilo y un sueldo modesto. Una llamada de don Pepe Figueres, volvió a llenar su vida de aventuras. Varios cubanos, enemigos de Batista, entre ellos el comandante Huber Matos, se encontraban en Costa Rica. Don Pepe tenía armas y municiones que quería hacerle llegar a Fidel Castro en la Sierra Maestra, pero no sabía cómo enviárselas. Rojo del Río fue elegido para la misión. La aeronave con el cargamento aterrizó en un claro de la selva y Rojo pasó varias semanas con Fidel, Raúl y el Che Guevara, quienes estaban muy contentos con la ayuda recibida. Cuenta Rojo que Ernesto Rafael Guevara de la Serna, el Che, se ganó su apodo porque siempre, al dirigirse a cualquier persona, antes que nada le decía "Che". Como es sabido, el Che era asmático pero tal parece que no le afectaba fumar puro. Reírse, en cambio, lo hacía ahogarse y, tal vez por ello, las conversaciones con él eran siempre muy serias. Como los chismes vuelan y llegan hasta los sitios más remotos, los guerrilleros de la Sierra Maestra, empezando por Fidel y el Che, mantenían cierta desconfianza hacia Rojo ya que estaban al tanto de su participación en la Guerra Civil Española con las tropas de Franco. En determinado momento, Fidel abrazó a Rojo y le dijo: "Tú te quedas con nosotros hasta la victoria final", pero el vaticinio no se cumplió. Lo mandaron en autobús y sin documentos hacia La Habana, a que buscara refugio en una embajada. Fue rechazado tanto en la legación argentina como en la salvadoreña. Nadie creía su historia. El consulado tico, tras consulta a don Pepe, le giró un pasaporte y Rojo regresó a Costa Rica donde, de nuevo en busca de una vida tranquila, se puso un pequeño negocio de encomiendas. 
Cuando triunfó la revolución, Rojo fue invitado a viajar a La Habana en uno de los vuelos gratuitos que había para repatriar a cubanos en el exilio simpatizantes de la causa. En la capital cubana fue recibido por el Che y entabló una gran amistad con Camilo Cienfuegos, quien lo nombró su asistente personal y hombre de confianza. Con rango militar, buena casa, buenos contactos y cercano a los círculos de poder, Rojo decidió dedicar su vida a la revolución cubana y se estableció en La Habana con su esposa y sus cinco hijos pequeños. Pero las cosas no tardaron en descomponerse. El Che Guevara se dedicó, en la fortaleza de La Cabaña, a fusilar a los simpatizantes de Batista. Como los grandes capitalistas habían salido del país, cualquier mediano y hasta pequeño comerciante o empresario era declarado enemigo del pueblo y puesto contra el paredón. Camilo Cienfuegos se dedicó a darse la gran vida en la mansión confiscada que había pertenecido al magnate de la televisión Gaspar Pumarejo. Allí tenía a su disposición una inagotable bodega de excelentes vinos y licores, se relajaba en la enorme piscina, comía manjares exquisitos y gozaba de complacientes visitas femininas que el propio Rojo era el encargado de reclutar. Mientras el Che hacía el papel de Robespierre (con paredón en vez de guillotina) y Camilo se dedicaba a la dolce vita de millonario, Fidel Castro no perdía el tiempo y empezaba a consolidar su absolutismo. Cada vez eran más los líderes del Movimiento 26 de julio que eran arrestados, fusilados o, en el mejor de los casos, puestos a un lado. En su lugar iban trepando incondicionales de Fidel dispuestos a seguir ciegamente sus órdenes y mantener un perfil bajo que no opacara su gloria. Ocho meses después del triunfo de la revolución, Huber Matos denunció el rumbo que estaba tomando el nuevo régimen y fue encarcelado. El propio Camilo Cienfuegos advirtió a Rojo que su pasado franquista era conocido y que no sería raro que, por la paranoia reinante, acabara frente al paredón. Varios personajes importantes, con muchísimos más méritos en la lucha que Rojo, ya habían sido fusilados. Cuando la avioneta en que viajaba Camilo desapareció sin dejar rastro, Rojo tuvo claro que tenía que irse cuanto antes. Lo arrestaron, lo interrogaron y, gracias a que nunca estuvo dispuesto a escuchar a quienes le proponían participar en un complot contra Fidel, probablemente enviados por él mismo, logró salir de la cárcel pero tuvo claro que su vida pendía de un hilo. Envió a su familia a Costa Rica y poco después, con el cuento de ir a verlos, se dispuso a partir. En el aeropuerto, el propio Fidel Castro le advirtió que "el brazo de la revolución llega lejos". 
Rojo tenía esposa y cinco hijos que mantener y no tenía un centavo. Periódicos y revistas de distintos países publicaron sus artículos y sus fotos, pero no ganó dinero con ello. Para ganarse la vida, acabó trabajando en una fábrica en un puesto tan ingrato que incluía entre sus tareas regañar a los operarios cuando tardaban un minuto más de lo establecido en el baño. Tras un largo periodo de muchas penurias y largas noches de insomnio, Rojo logró colocarse como periodista. Ignoro que habrá sido de su vida posteriormente. Tengo entendido que su libro tuvo una segunda edición en 1981 realizada por la editorial Texto, pero ni en librerías ni en las compra y ventas he logrado encontrarla. Tengo la esperanza de que en algún momento este libro sea reeditado. Además de un testimonio histórico y biográfico de gran valor como documento, la vida de Rojo del Río, contada por él mismo, es un fascinante libro de aventuras.
INSC:  25206
Manuel Rojo del Río, con la ametralladora que instaló en un avión de LACSA
cuando participó en la defensa de Costa Rica, durante la invasión de 1955.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Un escalofriante testimonio.

A veinte años, Luz. Elsa Osorio.
Mondadori, Argentina, 1999.
La novela A veinte años, Luz de Elsa Osorio, recrea el drama de quien, en busca de su verdadera identidad, acaba descubriendo todo un mundo de horror y mentiras. 
El asunto es tan crudo que solamente referirse a él resulta difícil. En el transcurso de las últimas décadas, los horrores de la dictadura militar argentina han venido saliendo a la luz pública. Supimos de torturas atroces, de prisioneros anestesiados arrojados al mar desde un avión, de fosas comunes a todo lo largo y ancho del país. Pero cuando creíamos que habíamos llegado al límite del asombro supimos del drama de los hijos de los detenidos que acabaron siendo criados por los verdugos de sus propios padres.
La represión no conocía límites y a los calabozos y salas de tortura llegaban detenidos de toda edad y condición, incluyendo hasta mujeres embarazadas.
No se crea que a estas prisioneras, por su estado, se les brindaba un trato menos brutal. Ellas también eran torturadas, encerradas a oscuras por días y sometidas a todo tipo de humillaciones. Se procuraba, eso sí, que los maltratos que les propinaban no afectaran el desarrollo de la criatura en gestación.
Como se trataba de arrestos ilegales, nadie tenía idea del paradero de estas mujeres y, cuando les llegaba la hora del parto, eran trasladadas en secreto a un lugar apropiado para que nacieran sus hijos. El bebé les era arrebatado y las prisioneras devueltas a los calabozos, en los cuales, ahora sí sin ningún miramiento, eran torturadas y, en muchos casos, asesinadas.
Sus hijos eran entregados a familias cercanas a los mandos militares, que los adoptaron como propios y les ocultaron, no solo las circunstancias de su adopción, sino hasta su adopción misma.
Cuando la verdad empezó a salir a flote, lo más golpeados fueron los hijos que, alrededor de los veinte años de edad, descubrieron de pronto el asesinato de sus verdaderos padres y la complicidad en el crimen de quienes creían su familia.
Hubo reacciones de todo tipo. Desde aquellos que renegaron de su familia de crianza y emprendieron la búsqueda de sus progenitores biológicos, hasta aquellos en los que pudo más el afecto hacia sus padres adoptivos y se declararon incapaces de lamentar la muerte de quienes nunca conocieron.
Definitivamente, un capítulo doloroso de la historia de nuestra América Latina, tan intenso y dramático que no es de sorprender que haya sido novelado.
A veinte años, Luz es el título de la novela en que la destacada periodista Elsa Osorio, recrea el drama de los hijos de los desaparecidos criados por los militares. Publicada en España en 1998, la obra recogió desde su aparición los más entusiastas aplausos de la crítica, así como el favor del público.
El libro relata la historia de Luz, una de las niñas nacidas en cautiverio y robada a sus verdaderos padres que, poco antes de ser madre, ella misma descubre que no es hija de Mariana y Eduardo, quienes la criaron (con mucho cariño, hay que decirlo), sino de dos militantes de izquierda: Liliana, asesinada poco después de haber dado a luz, y Carlos, quien vive en España.
Luz decide reconstruir toda su historia y la novela arranca cuando ella, en Madrid, llama por teléfono a quien podría ser su padre. Se citan ese mismo día y empiezan a hablar.
Luz quiere repasarlo todo, conocer detalles, reconstruir los hechos. Carlos, terriblemente herido, más bien quisiera no tener que acordarse nunca de todo aquello y hasta llegar a olvidar que es argentino.
Conversan y, mediante una técnica narrativa, si bien es cierto nada novedosa pero definitivamente efectiva en este caso, la novela nos hace movernos en dos planos separados. Nos hundimos entonces en la realidad de veinte años atrás, con el privilegio de poder mirar los hechos desde la perspectiva de todos los involucrados y, de repente, como en un retorno a la actualidad, aparecen intercaladas en letra cursiva las palabras de la discusión que tiene lugar en Madrid.
Habría que ser de piedra para no conmoverse ante esta novela. Su valor literario, propiamente dicho, así como su factura estética podrían discutirse, pero el profundo drama que retrata hace que todas las consideraciones formales acaben sobrando.
A veinte años, Luz es un libro doloroso, en ocasiones resulta hasta difícil avanzar por lo intenso del drama pero, a pesar del trago amargo que significa, para cualquier persona con sentimientos, enterarse en detalle de acontecimientos tan terribles, el libro es cautivante de principio a fin.
No sea crea, sin embargo, que estamos frente un libro morboso que explota la curiosidad del público para vender una historia de teñida de sangre y lágrimas. Nada de eso. A pesar de lo crudo del drama, el libro mantiene un tono de cierta delicadeza que, lejos de atenuar la barbarie, más bien la subraya.
Lo mejor de esta novela es la construcción y definición de los personajes. Totalmente ajena a cualquier intención panfletaria, ningún personaje aparece caricaturizado, idealizado o desfigurado con el propósito de fortalecer un discurso. Todos los personajes, a ambos lados de la represión, son retratados como seres humanos llenos de contradicciones y matices. Aquí no hay un confrontación entre blanco y negro o bueno y malo, sino un drama que atrapó a los protagonistas y los envolvió en una maraña confusa de la que todos salieron heridos.
Hasta "El Bestia", el sargento cuyo apodo lo dice todo, es presentado como un hombre de múltiples facetas, capaz tanto de las mayores atrocidades como de gestos y acciones realmente nobles.
Conocer a fondo a todos los personajes, desde lo interno de sus contradicciones, es lo que permite que el lector viva el conflicto de forma realmente intensa, como una realidad que toca directa y fuertemente la piel y las entrañas de alguien que se conoce bien.
En toda la novela no se mencionan las altas esferas de poder ni se trata de plantear un cuestionamiento ético o histórico de los hechos. ¿Para qué? Lo verdaderamente importante ocurrió en el plano personal y doméstico. Hasta la mayor tragedia, considerada a nivel social, acaba siendo poco más que una estadística. Es en el nivel individual, el más inmediato, donde los dramas se pueden palpar en toda su magnitud y todo su dolor. En este nivel, el personal, es en el que se desarrolla el libro.
Lo más impactante de la novela es que no solo trata de un drama de la vida real, sino que ese drama fue reciente y repetido. Son muchos los argentinos que, como Luz, la protagonista, tuvieron que afrontar que un acto criminal afectó su vida desde el momento mismo en que empezó.
En las páginas de A veinte años, Luz se palpa el amor, la desesperación, la ilusión por la maternidad, el dolor de la separación y lo agobiante que es tener dudas respecto a la propia persona.
En este libro descubrimos que es imposible decir una sola mentira, porque una siempre trae otras, y que la la verdad, por dolorosa que sea, acaba siempre saliendo a flote.
INSC: 1119 

lunes, 6 de octubre de 2014

La novela frenáptera.

Breve historia de todas las cosas. Marco
Tulio Aguilera Garramuño. Ediciones La
Flor, Argentina, 1975.
Breve historia de todas las cosas de Marco Tulio Aguilera Garramuño es una novela impresionante, inolvidable, embriagadora, musical, erótica, cómica y críptica al mismo tiempo. Está escrita con un lenguaje experimental que, aunque se permite barroquismos deliciosos, avanza a ritmo de ametralladora. Sus páginas están pobladas de decenas, tal vez centenares, de personajes pintorescos, descabellados y memorables, que se involucran, un día sí y el otro también, en las aventuras más inverosímiles.
Todo transcurre en un valle polvoriento (de polvo rojo, por cierto), aislado de cualquier contacto con el mundo exterior. La carretera que, se espera, permitirá facilitar la salida de los lugareños y el acceso a los visitantes, está apenas en construcción. El poblado es pequeño, apenas un parque, un templo, un cine, un salón de baile, dos prostíbulos, la cárcel y una calle del comercio en la que unos narizones exhiben su mercadería. Como en todo pueblo chico e infierno grande, no hay vida privada. Todos están al tanto de las andanzas de los otros. El padre Coto, predica desde el púlpito contra la relajación de costumbres. Robustiano, el policía, interviene cada vez que las cosas se pasan de la raya. Lindor, el primer y por bastante tiempo único negro del pueblo, da clases de matemáticas mientras Betóven Chúber, el músico, compone sus obras maestras, la más celebrada dedicada a las garzas de la laguna. Los intelectuales del pueblo evitan morir del aburrimiento inventando juegos en el parque. El Poeta Gordo revisa y perfecciona su Canto a mí mismo, mientras otro desventurado cultivaba su flacura. Bergamino, Denario Treviño, Californio el Simple, el Príncipe de Mónaco, Paticorvo Palomo y otros personajes que parecen salidos de un bestiario medieval, son retratados en detalle por el narrador (ranador se llama él), un Historiador literato que mira los acontecimientos desde la pequeña ventana de su celda. 
No solo los personajes tienen nombres extraños. La población se llama San Isidro del General y, supongo que para los lectores no costarricenses de esta obra, tal nombre solo pudo haber salido de la imaginación desbocada de un autor amante de los juegos de palabras. El Cerro de la Muerte, también, es un nombre que quienes no sean ticos supondrán que es imaginario.
Breve historia de todas las cosas. Marco
Tulio Aguilera Garramuño. Plaza & Janés,
Colombia, 1975.
Hará unos veinte años, un amigo generaleño me preguntó "¿Has leído la Breve historia de todas las cosas?" "No", le respondí, "pero con semejante título supongo que es un libro que no debo perderme".
A los pocos días lo tuve en mis manos. Estaba publicado por Ediciones La Flor, en Argentina, en 1975.
La novela me atrapó desde el inicio y la devoré en una lectura sostenida que no tuvo más interrupciones que las inevitables que debí hacer para soltar la risa. Quedé fascinado por esa prosa que embriaga, pero no marea, por los juegos de lenguaje, por lo visual de las narraciones, por la locura de los acontecimientos.
Le agradecí mucho a mi amigo generaleño la recomendación y él, tras escuchar mis elogios, me soltó la sorpresa que me tenía reservada: "La habrías disfrutado más" me dijo, "si fueras generaleño y conocieras a los personajes." 
La realidad, por superar a la ficción, es su mejor proveedora de personajes y aventuras. Todos los personajes de Breve historia de todas las cosas son tan reales como el Cerro de la Muerte y el polvo rojo del valle. En San Isidro del General, Marco Tulio, el autor, dejó muchos amigos y admiradores, pero hay también personas, entre ellos los hijos del músico, que se sienten ofendidos cuando alguien les menciona la novela que, así sea caricaturizándolo, inmortalizó a su padre.
En 1975, el mismo año de la publicación por parte de Ediciones La Flor, Argentina, el libro fue publicado por Plaza & Janés, Colombia. Con los años, las ediciones se han multiplicado. La última de la que tuve noticia fue por Trama Editorial, en España. En esta edición, el título perdió la palabra "breve", puesto que el autor la amplió.
Historia de todas las cosas. Marco
Tulio Aguilera Garramuño. Trama Editorial,
España, 2011.

El dato curioso es que esta novela recibió, en 1975, el Premio Nacional de Novela Aquileo Echeverría, que otorga el Estado costarricense. Sin embargo, no solo la novela nunca ha sido publicada en Costa Rica, sino que no se menciona en los estudios históricos de novela costarricense ni está en los catálogos de las principales bibliotecas del país. 
No quisiera pensar que exista algún sector de nuestro mundillo literario interesado en mantener oculto este libro. Tengo entendido que hubo un intento de publicación por parte de la Editorial Costa Rica que, por alguna razón, no prosperó.
Confío, en todo caso, que aunque hallan pasado cuarenta años desde su aparición, algún día tendré en mis manos una edición costarricense de esta obra cuyo lanzamiento, espero, se realizará, con la presencia del autor, en San Isidro del General.








INSC: 1825

sábado, 4 de octubre de 2014

Un pequeño mundo.

Don Camilo. Giovanni
Guareschi. Editorial Kraft
Argentina, 1967.
Giovanni Guareschi empezó a publicar los cuentos de don Camilo y Pepone en 1948. Toda Italia se reía a carcajadas con sus aventuras. Los libros se tradujeron a diversas lenguas y hasta se hicieron películas que llegaron a ser tan populares como los libros. Hoy somos pocos los que recordamos la eterna lucha de estos dos simpáticos personajes. 
En una aldea remota del norte de Italia, don Camilo, un cura fortachón, fumador de puros, boxeador, iracundo y violento, mantiene una guerra permanente con Pepone, el alcalde comunista, que lleva bigotes a lo Stalin y que también, como el párroco, pierde la paciencia con facilidad. El enfrentamiento entre don Camilo y Pepone no es el que podría esperarse entre conservador contra revolucionario, católico contra comunista y Estado contra Iglesia. Ambos, con muchísima frecuencia, van más allá de las palabras: se dan de puñetazos y patadas, se tienden emboscadas, se hacen bromas pesadas.
Una vez, don Camilo fue a abrir la puerta de su oficina y se percató (demasiado tarde), que la manija estaba untada de mierda. Para limpiarse la mano, fue a buscar a Pepone y le pegó una bofetada capaz de nublarle la vista a un elefante. En otra ocasión, don Camilo asaltó a Pepone en el campo para robarle una ametralladora. Por más que el alcalde insistió, don Camilo no quiso devolvérsela. "¿Para qué quiere una ametralladora un cura?" preguntó Pepone. Don Camilo simplemente le advirtió: "El día que estalle la revolución proletaria con la que sueñas, te aconsejo que no pases frente a mi casa."
Ambos personajes son fanáticos (uno religioso y el otro comunista), ambos son intransigentes, bruscos y violentos. Ninguno cede un ápice de su autoridad y es celoso ante cualquier avance del contrario. Sin embargo, ambos también son sentimentales y de gran corazón. Es evidente, aunque lo disimulen con ofensas y agresiones, que en el fondo cada uno siente aprecio por el otro. Ninguno considera al otro su enemigo. En los cuentos de Guareschi no hay un súper héroe contra un súper villano y la simpatía, tanto de Pepone como de don Camilo, permite que el lector disfrute lo cómico de cada batalla sin tomar partido. De hecho, en casi todas las aventuras ambos salen perdiendo un poco y, cuando alguno logra un triunfo, lo invade la culpa y acaba compensando al adversario.
Guareschi publicó en vida tres libros de cuentos de don Camilo y Pepone. Después de la muerte del autor, se publicaron cinco libros más que dejó escritos. Los cuentos eran tan populares que el ejemplar que tengo de Don Camilo (el de la imagen de arriba), publicado por la Editorial Kraft, en Argentina, es la trigésimo quinta edición. Con el tiempo, logré hacerme de toda la colección. Un pequeño mundo, Don Camilo, La vuelta de don Camilo, El año de don Camilo, Ciao don Camilo, etc.
Cuando yo era niño, leía las aventuras de don Camilo y Pepone solamente para divertirme. Antes de cumplir los quince años de edad, los había leído todos y nunca más volví a repasarlos. Después de muchísimos años, recientemente los leí de nuevo. Volvieron a hacerme reír, por supuesto, pero me sucedió lo que pasa siempre cuando un adulto relee los libros de su infancia: pude descubrir en ellos cosas que como niño jamás habría notado.
Giovanni Guareschi. 1908-1968
Periodista, caricaturista y escritor. Autor de
los cuentos de don Camilo y Pepone.
Toda la vida, había considerado los libros de don Camilo como obras cómicas. Ahora, tras la relectura, me he percatado que el humor es la miel con la que el autor endulza toda una sutil caricatura de la realidad política italiana de su época.
Con lo que he ido aprendiendo de historia desde los lejanos años juveniles en que dejé de leer a Guareschi, me he percatado que el conflicto entre comunismo y catolicismo fue el principal en la política italiana de la posguerra. La Unión Soviética y sus países satélites, eran regímenes de partido único. Solo existía el partido comunista. Pero en los países democráticos occidentales, en que hay pluralidad de partidos, el partido comunista más grande que ha habido, fue el italiano. Mientras en los países europeos y americanos, los comunistas eran una minoría que apenas se hacía sentir en la toma de decisiones, en Italia los comunistas eran una fuerza poderosa e influyente, ganaban alcaldías y numerosos escaños en el poder legislativo. En cuanto al catolicismo, además de que en Roma está el Papa, los líderes de la Democracia Cristiana Italiana (De Gasperi, Moro, Andreotti etc.) fueron históricamente personas muy ligadas a la Santa Sede. 
Don Camilo y Pepone, patriotas y nacionalistas los dos, consideran a Rusia y al Vaticano, respectivamente, potencias extrañas que no deberían inmiscuirse en los asuntos de Italia. 
Los lectores de otros países y otras lenguas, disfrutamos de las historias de don Camilo y Pepone por lo humorístico. Supongo que los lectores italianos de hace cincuenta o sesenta años, además de deleitarse con las aventuras de los simpáticos personajes, encontraban en ellas muchas referencias a la sociedad en que vivían.
El primer libro de don Camilo se tituló Mondo Piccolo (mundo pequeño) y una de las historias retrata magistralmente lo distintas que pueden ser las cosas en el mundo grande y en el mundo pequeño. 
En el pueblo vivía una viejecita a quien todos, incluyendo don Camilo y Pepone, le tenían respeto y temor. Había sido la maestra de escuela que le había enseñado a leer y escribir a cuatro generaciones de los aldeanos. Era una vieja regañona y cascarrabias, pero todos la querían. La consideraban, como suele ocurrir con muchas maestras, una segunda madre.  Cuando la viejita iba a morir, le manifestó su última voluntad al cura y al alcalde. Quería que la llevaran al cementerio abrigada con la bandera. "¡Por supuesto!" Le respondieron. Pero la viejita aclaró que quería ser abrigada con "su" bandera, la bandera que siempre había tenido en su salón de clase, que era la bandera real con el escudo de la casa de Saboya.
Cuando la viejita murió, su última voluntad fue objeto de una profunda discusión en la que participaron todos los líderes políticos del pueblo. La petición era complicada. Italia era una república y sería extraño utilizar la bandera con corona y escudo reales en un funeral. Por otra parte, la familia real italiana había quedado mal con todos, con los fascistas, con los liberales, con los demócratas, con los socialistas, con los comunistas y hasta con la Iglesia. Uno a uno, los líderes fueron objetando el uso de bandera. Incluso hubo quien llegó a decir que si la maestra deseaba ser enterrada con esa bandera debió haberse muerto antes. Después de escucharlos a todos, Pepone tomó la palabra y sentenció: "Pues yo respeto más a la maestra muerta que a todos ustedes vivos" y el ataúd de la viejita, cubierto con la bandera real, entró al templo en hombros de  los comunistas. En el mundo grande, esta situación habría sido absurda, ilógica, inexplicable. Pero en el mundo pequeño valen más los sentimientos y los afectos personales que las ideologías.
Yo soy de Costa Rica que es también, como la comarca de don Camilo y Pepone, un mundo pequeño. La historia de mi país está llena de absurdos. Nadie, que no sea costarricense, podría comprender nuestra guerra civil. Tuvimos un presidente de simpatías nazis que impuso como sucesor, junto a los sectores más conservadores, a un médico que, ya en el poder, fue muy cercano a la Iglesia y se alió con el partido comunista para impulsar reformas que beneficiaran a los trabajadores. En las elecciones siguientes, los sectores socialdemócratas impulsaron la candidatura del nazi. Luego el médico desconoció la elección de un periodista apoyado por los ricos del país. Un líder socialdemócrata se alzó en armas para defender la elección del periodista y, pocos años después, el médico y el periodista se unieron contra el líder revolucionario.  Para resumir, casi de la noche a la mañana los aliados se volvieron enemigos y los enemigos, aliados. Personas de bandos opuestos, eran amigos personales que se tenían gran estima y había personas del mismo bando con enemistades tan grandes que no soportaban ni verse. 
Quienes escriben la historia del mundo, el grande, pueden explicarla con choques de ideologías e intereses. Pero para explicar la historia de un pequeño mundo, como Costa Rica y la comarca de don Camilo, hay que entrar con frecuencia en el diminuto espacio de las simpatías y antipatías personales, capaces de generar reacciones sentimentales más poderosas que las frías ideas o conveniencias.
Muchos, a la hora de valorar obras literarias, desprecian los melodramas y el humorismo, como si los difíciles artes de hacer llorar o hacer reír rebajaran la literatura. Mi relectura de los libros de Guareschi, me ha reafirmado en mi posición de hacer a un lado el prejuicio. El humorismo puede estar lleno de sabiduría y despertar reflexiones esclarecedoras. 
El actor francés Fernadel y el actor italiano Gino Cervi, protagonizaron numerosas
películas como Don Camilo y Pepone. Los libros son ahora difíciles de conseguir, pero las
películas están disponibles en Youtube.



INSC: 0707 2041




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