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viernes, 13 de marzo de 2020

Una biografía inexacta de don Pepe Figueres.

José Figueres una vida por la justicia social.
Tomás Guerra. Cedal. San José, Costa Rica.
1987
Sobre don José Figueres Ferrer, como sobre cualquier otro personaje histórico, circulan opiniones encontradas. Figura fundamental de la política costarricense del Siglo XX, fue siempre objeto de controversia y sus actuaciones, alabadas por unos y criticadas por otros, han sido tema de innumerables polémicas. Aunque se han publicado varios libros sobre su vida, obra y pensamiento, soy de la opinión de que no ha aparecido aún una biografía suya que lo retrate de manera integral.
Quienes han escrito sobre él, lo han hecho sin matices ni balance desde la más completa admiración o desde el más abierto rechazo. Son abundantes las investigaciones históricas sobre la guerra civil de 1948 y el gobierno de la Junta Fundadora de la Segunda República, pero verdaderamente escasas las que se ocupan de sus dos gobiernos posteriores. Por otra parte, don Pepe, además de tres veces presidente de Costa Rica, fue un hombre de amplia cultura, un gran pensador, un filósofo, un apreciable ensayista y un notable escritor. Al concentrar la atención en el gobernante, se suele pasar por alto su categoría de hombre de letras, así como sus facetas, también importantes, de empresario agrícola e industrial.
Cuando don Pepe aún vivía, justo al año siguiente de que cumpliera los ochenta años de edad, el Centro de Estudios Democráticos de América Latina CEDAL publicó un libro titulado José Figueres Ferrer Una vida por la justicia social, en el que, además de su biografía, se exploraba también a su trayectoria, obra y pensamiento. De primera entrada, me pareció que el libro podría ser interesante por el hecho de que su autor, el abogado y periodista salvadoreño Tomás Guerra, no fuera costarricense, de manera que, supuse, la obra estaría estaría libre pasiones locales y se concentraría en analizar los hechos investigados. Lamentablemente, muy pronto me percaté que, no solamente las interpretaciones que plantea eran audaces, superficiales y sin fundamento sino que, lo más grave, hasta muchos de los hechos que consigna son erróneos.
Tomás Guerra afirma, por ejemplo, que, en Costa Rica, don Cleto González Víquez fue el padre de la democracia liberal, mientras que don Pepe fue el padre de la democracia social, sin molestarse en explicar con qué criterios llegó a semejante conclusión. En Costa Rica el liberalismo es bastante anterior a don Cleto y las reformas sociales son bastante anteriores a don Pepe. En todo caso, sin embargo, si Tomás Guerra, a fin de cuentas, no hace más que expresar su punto de vista personal, esa opinión, como todas las opiniones, por más discutible que sea, debe respetarse aunque no se comparta.
Algo muy distinto ocurre cuando, para poner otro ejemplo, Tomás Guerra afirma que, como medida previa la nacionalización bancaria, se fundó el Banco Central. En este caso, simplemente se equivoca.  El decreto de nacionalización bancaria es del 29 de diciembre de 1948 y la fundación del Banco Central tuvo lugar el 28 de enero de 1950.
Opinar, incluso sin justificación o fundamento, es totalmente válido. Brindar datos equivocados sobre hechos concretos y comprobables es un descuido que, en una obra seria, no debe ser frecuente.
Algunas de las inexactitudes son hasta divertidas. Como tanto don Pepe como don Julio Acosta García nacieron en San Ramón,  Tomás Guerra dice que fueron amigos cercanos. Es verdad que ambos eran ramonenses, pero cuando don Pepe nació, creció y vivió en San Ramón, don Julio estaba en El Salvador, como cónsul en tiempos de don Cleto, en San José, como ministro de Alfredo González Flores, o en Nicaragua durante la dictadura de Federico Tinoco. Don Pepe tenía apenas catorce años de edad cuando don Julio fue electo presidente y, años después, don Julio fue el primer jerarca de la Caja Costarricense de Seguro Social, fundada por el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia y ministro de Relaciones Exteriores de don Teodoro Picado, es decir, estaba con el bando que combatió don Pepe.
También dice que don Pepe fue seguidor del Partido Reformista de Jorge Volio, cuando en realidad, no solo don Pepe en persona declaró que, en su juventud, simpatizaba con el Partido Agrícola de don Alberto Echandi Montero, adversario de Jorge Volio, sino que durante la guerra civil Jorge Volio combatió contra las fuerzas figueristas y, tras el conflicto, fue destituido tanto de su cargo de director del Archivo Nacional como de su cátedra en la Universidad de Costa Rica.
De manera similar, todo lo que menciona sobre la independencia, el período liberal, la reforma social de los años cuarenta, la guerra civil, la abolición del ejército y la constituyente está equivocado. Insisto en que no se trata de apreciaciones de juicio que respondan a su particular punto de vista, sino de una interminable secuencia de datos erróneos. Vale la pena citar un último ejemplo. El partido comunista fue fundado en 1931 y, doce años después, por iniciativa de sus propios dirigentes, cambió de nombre y pasó a llamarse Vanguardia Popular. Tomás Guerra afirma que el cambio de nombre tuvo lugar en 1932 por orden del Congreso.
Cansado de tropezarme en cada página con errores de este tipo, hubo un momento en que estuve a punto de suspender la lectura. Sin embargo, acabé leyendo el libro completo. De hecho, si se toma con buen humor, para quienes, como yo, son aficionados a la historia patria, marcar con un lápiz los errores de este libro podría tomarse como una manera de divertida de examinarse en la materia.
Aunque el dominio de Tomás Guerra sobre historia de Costa Rica sea, por decir lo menos, bastante pobre, con toda ligereza se deja llevar por su entusiasmo y, en tono de prédica, se echa un editorial lleno de prejuicios y lugares comunes. Según él, el periodo liberal propició la acumulación de grandes capitales en manos de unos pocos, la reforma social de los años cuarenta no representó ningún cambio estructural, la CIA propició la invasión de 1955, los dictadores centroamericanos tenían una red de conspiración oculta llena de alianzas que cambiaban constantemente
Por más que uno esté dispuesto a escuchar e intentar comprender, con todo respeto, las opiniones ajenas, algunas de las que Tomás Guerra plantea llegan a ser incomprensibles. Afirma, por ejemplo, que "el pueblo costarricense es dócil y sumiso pero sabe utilizar la violencia con más justificación que otros." 
Es triste decirlo pero lo mejor de este libro, lo único en que no hay ni inexactitudes ni afirmaciones gratuitas, es en las citas textuales de declaraciones de don Pepe que, afortunadamente, son abundantes.
La biografía de don Pepe es un libro que aún no se ha escrito. Entre los muchos intentos que se han emprendido hasta ahora, el de Tomás Guerra es, sin lugar a dudas, el peor logrado. Es verdad que quienes se han referido a la vida y obra de don Pepe lo han hecho desde una perspectiva parcializada, pero tanto sus críticos como sus admiradores, aunque difieran en sus apreciaciones, han tenido el cuidado de ofrecer al público investigaciones serias, a las que se les pueden cuestionar las conclusiones, pero no los datos sobre los hechos.
INSC: 2204

viernes, 28 de febrero de 2020

Costa Rica en la II Guerra Mundial.

Costa Rica en la Segunda Guerra Mundial.
Carlos Calvo Gamboa.
Editorial de la Universidad Estatal a Distancia.
San José, Costa Rica. 1983
Los grandes batallas de la Segunda Guerra Mundial se libraron en distintos países de Europa, el norte de Africa y diferentes puntos del Oceáno Pacífico. Los efectos del conflicto armado, sin embargo, se hicieron sentir en todo el mundo. Aunque no hubo ningún enfrentamiento en el continente americano, todos los países de la región, de alguna manera, se vieron afectados, no solamente en asuntos económicos o políticos, sino incluso en su vida cotidiana. 
Todas las personas mayores con las que en algún momento pude conversar sobre esa época, coincidían en recordar una gran escasez de productos elementales. Muchas panaderías cerraron porque no había harina. Era muy difícil conseguir llantas nuevas o gasolina. En los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, los costarricenses se percataron de que la gran mayoría de artículos de consumo cotidiano eran importados. Hasta la manteca para cocinar, que venía en grandes latas cuadradas y que vendían en las pulperías por libras, empezó a escasear. Además del comercio, la agricultura también se contrajo. Los bananales de la zona cercana a Parrita y Quepos, que fueron sembrados poco antes de la guerra, empezaron a dar frutos justo cuando los barcos cargueros dejaron de navegar por el Pacífico. La producción de café, que era la principal actividad económica de Costa Rica, perdió de golpe a su principal comprador, que era Alemania. 
Dos barcos de guerra del eje, uno alemán y otro italiano, fueron hundidos por su propia tripulación en Puntarenas y una explosión en un carguero anclado en Limón desató una paranoia colectiva. Las familias alemanas, italianas y hasta españolas residentes en Costa Rica fueron perseguidas, muchos de sus miembros fueron encarcelados y deportados mientras sus propiedades eran confiscadas. La población en general vio limitados sus derechos, las Garantías Individuales fueron suspendidas y la policía recibió órdenes de hacer uso de la fuerza para suprimir cualquier manifestación pública. La economía se vino al suelo y el ambiente en general se tornó tenso. Todo lo que ocurría, se decía entonces, era a causa de la guerra que, pese a librarse tan lejos de Costa Rica, acabó cubriendo el país como una densa y oscura sombra.
El historiador Carlos Calvo Gamboa explora ampliamente esa complicada época en su libro Costa Rica en la Segunda Guerra Munidal, publicado en 1983 por la Editorial de la Universidad Estatal a Distancia. La obra es breve y, aunque no llega a profundizar en muchos de los temas que plantea, brinda valiosas revelaciones.
De primera entrada, se le puede reclamar el que no se haya referido con mayor amplitud a las actividades del Club Alemán de Costa Rica, dentro del cual funcionó una agrupación nazi. El tema se menciona, pero con demasiada timidez. Es una verdadera lástima que no se haya atrevido a dar nombres, porque si lo hubiera hecho, habría mostrado una situación sorprendente. Contra lo que comúnmente se piensa y se ha dicho, solamente algunos, realmente pocos, de los alemanes o descendientes de alemanes residentes en Costa Rica eran simpatizantes nazis y la mayor parte de los integrantes del grupo nazi que se reunía en el Club Alemán eran ticos. Algunos de ellos, por cierto, de reconocido prestigio. En su defensa, cabe señalar que estos nazis de primera hora en los años treinta, dejaron de serlo en los años cuarenta. Si se tragaron el cuento con la propaganda de la época del inicio, abrieron los ojos al contemplar lo que vino luego. 
Arthur Bliss Lane. (1894-1956)
Embajador de Estados Unidos en Costa Rica
de 1941 a 1942.
Tampoco le presta la atención que debiera a la figura de Arthur Bliss Lane (1894-1956), embajador de Estados Unidos en Costa Rica de 1941 a 1942. Graduado de Yale y diplomático de Carrera, Bliss Lane ocupó diferentes puestos en las embajadas americanas de Roma (poco antes del ascenso del fascismo), Varsovia, Londres, México y París. Era el jefe de la legación americana en Nicaragua en el tiempo en que fue asesinado Augusto César Sandino. Cuando el Presidente Juan Bautista Sacasa le pidió explicaciones a Anastasio Somoza sobre ese lamentable suceso, Tacho le echó el muerto a Bliss Lane quien, según él, le había dado la orden. Naturalmente, Bliss Lane negó rotundamente haber ordenado semejante cosa y afirmó que Tacho había actuado por iniciativa propia. En todo caso, su participación en el asunto nunca quedó clara. Después de Costa Rica, Bliss Lane fue Embajador en Colombia de 1942 a 1944 y, finalmente, embajador en Polonia en el último año de la Segunda Guerra Mundial. Profundamente defraudado por el hecho de que Polonia hubiera quedado sometida al comunismo, consideró que Polonia había sido traicionada. La guerra, que empezó por liberar a Polonia de los nazis, acabó dejando a Polonia dominada por los soviéticos. Bliss Lane escribió duras críticas contra los acuerdos de Yalta y acabó enemistado con Franklin D. Roosevelt. El asunto es que Bliss Lane era un hombre que no se andaba con rodeos y, durante los dos años que fue Embajador en Costa Rica, que coincidieron con la entrada de los Estados Unidos en la guerra, acabó desempeñando un papel protagónico. El Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, entonces Presidente de la República, se mostró siempre dispuesto a cumplir dócilmente todo lo que Bliss Lane le dijera que debía hacerse y esta actitud sumisa, le valió severas críticas de sus adversarios políticos.
Un punto verdaderamente serio, que el libro no explora con profundidad, es el de las famosas "Listas Negras", suscritas por el Gobierno, que aparecían en los periódicos, indicando los nombre de personas y empresas con las que se debía cortar todo trato por ser enemigas de la libertad, la democracia y la causa aliada. Al igual que en el asesinato de Sandino, la participación de Bliss Lane en este asunto no está del todo clara y hay quienes sospechan que Bliss Lane fue el autor de esas listas.
Cualquier costarricense sabía, por ejemplo, que los Federspiel, los Lehmann y los Sauter eran impresores y libreros, que los Niehaus tenían una industria azucarera, que los Peters comerciaban café y que los Musmanni eran panaderos, pero tal parece que el Embajador norteamericano recién llegado justo en el año que su país entraba en guerra se asustó por los apellidos. El propio don Ricardo Jiménez Oreamuno se manifestó en contra de las listas negras, argumentando que los nombres que aparecían en ellas como sujetos peligrosos, eran en realidad trabajadores y empresarios ejemplares, muchos de ellos nacidos en Costa Rica.
El alegato del patriarca liberal, tres veces Presidente de la República, no fue escuchado y el gobierno arrestó y confinó en un campo de concentración, situado donde ahora se encuentra el Mercado de Mayoreo, a cuanta persona apareciera en la lista negra. Entre los cautivos se contaron, desde un caballero de reconocida conducta ejemplar e intachable, como don Eberhard Steivorth, hasta el joven padre adoptivo de la escritora Virginia Grutter que, irónicamente, se había radicado en Puntarenas huyendo de la Alemania Nazi. Todos los bienes de los detenidos fueron confiscados sin indemnización y pasaron a ser administrados por un organismo llamado Junta de Custodia de la Propiedad Enemiga, que empezó tomando control de todas las actividades financieras, agrícolas, comerciales e industriales de las empresas intervenidas y, al final, acabó vendiendo los activos por mucho menos de su valor. Hasta a un pobre japonés que tenía una pequeña nave en Puntarenas dedicada a la pesca y al turismo, le decomisaron el barquito. Un buque mercante alemán, el Wesser, anclado en Puntarenas, logró salir a tiempo rumbo a México. Otro, el Stella, no tuvo tanta suerte y, tras ser decomisado, el gobierno lo vendió en Nicaragua.
Cuando los presos fueron muchos, empezaron a enviarlos a campos de concentración en Estados Unidos. Lo delicado del asunto es que iban acompañados de sus esposas e hijos, que eran costarricenses. La escritora Virginia Grutter, que pasó una larga temporada de su juventud en uno de esos campamentos, se refiere al asunto en sus memorias. Tristemente célebre fue el caso de doña Esther Pinto de Amrheim. Era una verdadera ironía histórica que una descendiente de Tata Pinto, el marino portugués que tanto sirvió a Costa Rica y que llegó hasta a gobernar el país por un breve período tras la caída de Morazán, fuera recluida como prisionera simplemente por el apellido de su marido. Don Herberh Knhor planteó un recurso de Habeas Corpus, que fue votado de manera favorable por la Corte Suprema de Justicia. Presionados por el gobierno, que tenía las Garantías Individuales suspendidas, los magistrados se echaron atrás y, en un acto de coherencia, ante lo que consideraba un atropello a los derechos fundamentales de un ciudadano, el Presidente de la Corte, don Víctor Guardia Quirós, renunció a su cargo.
El libro relata con gran amplitud el hundimiento de dos buques de guerra, el Eisenach y el Fella,  uno alemán y otro italiano, anclados en Puntarenas. Ambas embarcaciones navegaban por el Pacífico cuando se enteraron de la noticia de que los Estados Unidos habían entrado en la guerra. En espera de órdenes, decidieron refugiarse en el puerto más cercano. Su presencia, como es fácil de imaginar, generó intranquilidad. Tal parece que el propio Bliss Lane fue quien le ordenó al gobierno que confiscara los barcos y encarcelara a los tripulantes. Un grupo de cincuenta guardias civiles armados con rifles fue enviado en tren a Puntarenas a cumplir la orden. Aunque de primera entrada la situación pueda parecer cómica, pudo haber tenido un final trágico. ¿Qué podían hacer cincuenta policías ticos, que eran campesinos con uniforme, frente a dos tripulaciones de soldados bien armados y entrenados que los superaban en número? Afortunadamente no hubo enfrentamiento. Enterados de los planes, los capitanes pidieron instrucciones y recibieron la orden de entregarse y hundir las naves. El hecho, que sorprendió y defraudó a las autoridades costarricenses, es perfectamente normal en la marina de guerra, ya que es preferible hundir un barco que abandonarlo en otras manos. El gobierno quedó entonces sin las naves que pretendía confiscar y con un numeroso grupo de prisioneros a los que fue bastante complicado sacar del país.
En cuanto a la famoso caso del vapor San Pablo, anclado en Limón, en el que murieron veinticuatro personas por una explosión el 2 de julio de 1942, hay en este libro dos inexactitudes demasiado grandes como para pasarlas por alto. En primer lugar, menciona repetidas veces la palabra "hundimiento" y, como es sabido, el San Pablo no fue hundido. Ni siquiera quedó inservible, ya que casi inmediatamente después de la explosión, apenas le repararon los daños sufridos, navegó a Panamá y continuó funcionando sin problemas durante años. En segundo lugar, en el libro se da por un hecho la leyenda urbana que circuló en ese tiempo, de que que el San Pablo fue torpedeado por un submarino alemán. El asunto acabó siendo pieza clave de la historia política de la década de los cuarenta porque dos días después, el 4 de julio, hubo manifestaciones de protesta contra el supuesto ataque que acabaron en saqueos de los negocios de alemanes, italianos y españoles de San José, A raíz de estos saqueos fue que don José Figueres Ferrer pronunció el famoso discurso por el que fue arrestado y expulsado del país. Hay historias similares, de submarinos alemanes atacando barcos anclados en otros países latinoamericanos. Sin embargo, investigaciones posteriores no le encuentran sentido a que los pocos submarinos con que Alemania disponía en 1941, anduvieran tan al sur de la zona en conflicto realizando ataques de un único tiro.  Por otra parte, no hay manera de explicarse cómo un torpedo pudo haber causado una explosión en la bodega de un barco sin lastimar el casco, como fue en el caso del San Pablo. La verdadera tragedia del Vapor San Pablo, y esto el libro lo explica muy bien, es que murieron veinticuatro humildes trabajadores, no hubo una investigación sobre los hechos y los familiares de las víctimas no recibieron indemnización alguna.
Durante los años de la guerra se intentó establecer en Costa Rica el cultivo de abacá y madera de balsa, pero esas iniciativas se quedaron en la intención. El gobierno americano facilitó recursos financieros, técnicos y de maquinaria para la construcción de la carretera interamericana. Se decía entonces que el propósito era establecer una ruta terrestre hasta el Canal de Panamá, pero cuando la guerra terminó la carretera ni siquiera había llegado al Cerro de la Muerte. A propósito de la visita a Costa Rica del Vicepresidente de Estados Unidos Henry Wallace se estableció el CATIE en Turrialba. Sin embargo, a nivel de seguridad interna, el principal cambio durante la guerra fue el establecimiento de un cuerpo militarizado de policía, llamado la Unidad Móvil, que efectuó operaciones represivas y, años después, se enfrentó a los rebeldes de don Pepe durante la guerra civil de 1948. Tras ser vencida, la Unidad Móvil dejó de existir.
Verdaderamente reveladores son los datos que este libro ofrece sobre la economía durante los años de guerra. Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Algo parecido podría decirse de los números. Las tablas que aparecen en el capítulo quinto pintan un panorama desolador. Para resumirlas, basta decir que, en apenas cuatro años, el costo de la vida se duplicó, el dinero circulante se triplicó, el déficit fiscal aumentó sin control, la deuda externa llegó al doble y la economía en general cayó en picada. Al terminar la guerra, Costa Rica, que antes tenía un comercio diversificado con distintos países, acabó dependiendo de las compras de Estados Unidos, que se convirtió en su principal socio comercial. La producción para consumo interno tampoco anduvo muy bien y, de manera frecuente y creciente, el país debió importar hasta arroz, frijoles y azúcar. 
La lectura del libro Costa Rica en la Segunda Guerra Mundial, de Carlos Calvo Gamboa, permite descubrir, entre líneas, una revelación verdaderamente esclarecedora.  El Dr. Rafael Angel Calderón Guardia fue electo en 1940 por una amplia mayoría. Era un médico graduado en Europa querido y respetado por todo el país. Su primer año de gobierno fue brillante, con la fundación de la Universidad de Costa Rica y la Caja Costarricense de Seguro Social, así como con el tratado limítrofe con Panamá. Sin embargo, ya a mediados de su segundo año de gobierno su popularidad caía en picada y era cada vez mayor el número de quienes lo criticaban y adversaban. Después de la declaratoria de guerra de Costa Rica a Japón, el 8 de diciembre de 1941, y a Alemania e Italia, el 11 de diciembre siguiente (las mismas fechas de las declaraciones de guerra de Estados Unidos), los costarricenses empezaron a sufrir situaciones que les resultaban inaceptables. Escasez de productos básicos, aumentos de precios, cierre de negocios, garantías individuales suspendidas, listas negras, arrestos sin derecho a Habeas Corpus, expulsiones del país de ciudadanos nacidos en Costa Rica y confiscaciones de propiedades sin indemnización. La policía, que miraba hacia otro lado ante los saqueos y el vandalismo, disolvía reuniones y manifestaciones políticas por la fuerza. Si alguien cuestionaba la situación en que se vivía, se le respondía que todo era debido a la guerra. Si alguien criticaba al gobierno, se le tildaba se simpatizante nazi. Antes de la guerra, el Dr. Calderón Guardia gozaba del apoyo general. Por las políticas locales, durante la guerra, fue perdiendo simpatizantes y ganando adversarios. 
Muchos de los temas que este libro plantea, merecerían ser desarrollados más ampliamente. En la obra hay, además, un capítulo pendiente que podría ser más bien un libro aparte. Esperaba encontrar algún apartado en que se refiriera a los costarricenses que combatieron en la Segunda Guerra Mundial pero, lamentablemente, en ninguna parte se refiere a este tema. El prestigioso genealogista don Guillermo Castro Echeverría, que sirvió en el ejército norteamericano en Europa y que, al respecto, publicó un libro de memorias noveladas, contaba que fueron muchos los ticos que prestaron servicio en la infantería y muchos más los que sirveron en la marina. Sus nombres han sido recogidos en listas. Yo tengo una a la que no termino de agregar nombres y fechas. El libro sigue aún pendiente.
INSC: 0317
8 de diciembre de 1941. Tras el ataque a Pearl Harbor Costa Rica declara la Guerra
a Japón. De izquierda a derecha: Alfredo Volio Mata, Alberto Echandi Montero, el
Presidente Rafael Angel Calderón Guardia, Luis Demetrio Tinoco Castro, Carlos Manuel
Escalante, Durán, Mario Luján Fernández y Francisco Calderón Guardia.



sábado, 28 de diciembre de 2019

Canto a Pepe Figueres.

Canto a Pepe Figueres. 
Carlos Manuel Vicente Castro.
Editorial Raíces. Costa Rica, 2006.
La simpatía y el sentido del humor de donJosé Figueres Ferrer han alcanzado, al igual que su propia figura, la estatura de leyenda. Hablara con quien hablara, ya fuera un alto funcionario del gobierno, un diplómatico de otro país, un industrial, un productor agrícola, un estudiante, un campesino o un periodista, don Pepe siempre salpicaba la charla con alguna broma. Incluso al referirse a temas complejos y delicados, sabía encontrar el lado chistoso de la situación. Al conversar con don Pepe, el interlocutor inevitablemente, así fuera por un instante, acababa sonriendo. 
Cercano al pueblo, desprovisto de toda solemnidad y siempre dispuesto a entablar una charla con quien tuviera al frente, don Pepe era muy accesible pero, al mismo tiempo, era un hombre de pocos amigos. Aunque todos, hasta los niños, en vez de llamarlo "Señor Presidente", se dirigían a él simplemente como "don Pepe", eran realmente pocos, quizá solamente sus amigos de infancia como don Chico Orlich, quienes se atrevían a quitarle el don.
Don Pepe correspondía con el trato respetuoso y él también trataba de don a sus ministros y colaboradores. Haber trabajado a su lado les permitió conocerlo de cerca, pero entablar una relación de verdadera amistad con él no era algo de lo que pudieran presumir.
Se dice que Carlos Manuel Vicente Castro (1924-2017), quien fue diputado en tres ocasiones (1953-1958, 1966-1970 y 1970-1974) y desempeñó el cargo de Ministro de Gobernación, Policía, Justicia y Gracia en el último gobierno de don Pepe (1970-1974) era uno de los pocos grandes amigos que tuvo.
En el año 2006, al cumplirse los cien años del nacimiento de don Pepe, la Editorial Raíces publicó un valioso texto de Carlos Manuel Vicente Castro sobre el tres veces presidente de la República a quien tuvo la oportunidad de tratar de cerca y conocer a fondo.
El relato arranca meses antes del nacimiento del protagonista, cuando don César Nieto Díez, Cónsul de Costa Rica en Barcelona, logra convencer al entonces joven y recién casado médico, Dr. Mariano Figueres Forges, de firmar un contrato para ejercer su profesión al otro lado del Atlántico, en un país pequeño de América Central sobre el que no tenía mayor información. Su esposa, doña Francisca Ferrer Minguela, estaba embarazada, pero esa circunstancia no retrasó la partida. La joven pareja de catalanes se instaló en San Ramón de Alajuela, en tiempos en que aún vivía allí el poeta Lisímaco Chavarría, y pronto entabló amistad con otra pareja de inmigrantes de origen croata, don José Ricardo Orlich y doña Georgina Zamora. En San Ramón nacieron los primogénitos de ambas familias, don José María Figueres Ferrer, el 25 de setiembre de 1906 y don Francisco José Orlich Bolmarciv, el 10 de marzo de 1907. La amistad entre ambos, podría decirse que empezó desde que vinieron al mundo y los dos niños se criaron como hermanos. Con el tiempo, llegarían a ser conocidos simplemente como don Pepe y don Chico y los dos acabarían siendo Presidentes de Costa Rica. También, vale la pena mencionar, acabarían siendo cuñados, puesto que don Cornelio Orlich Bolmarciv, hermano de don Chico, se casó con doña Figueres Ferrer, hermana de don Pepe.
Los Figueres estuvieron poco tiempo en San Ramón. Cuando nació Luisa, la segunda hija, se trasladaron a Escazú y, poco después, a Santa Ana. Los otros dos hijos, Carmen y Antonio, ya nacieron en San José, donde su padre había instalado una moderna clínica muy bien equipada.
Don Pepe y don Chico estudiaron en el Colegio Seminario, bajo la rígida disciplina de los padres paulinos alemanes. Allí coincidieron con otros jóvenes de su edad, como Alberto Martén Chavarría, que entonces creía tener vocación sacerdotal pero que a la larga terminó inclinándose por el Derecho y la Economía. Compartieron aulas también con Alberto Mata Oreamuno, quien llegaría ser un reconocido sacerdote, así como con Francisco Calderón Guardia,  hermano menor del Dr. Rafael Calderón Guardia, quien también estudió en el Seminario pero que ya se había graduado cuando ellos llegaron.
Don Pepe era un buen estudiante, pero lamentaba que la educación técnica no fuera más amplia. Se destacaba en Matemáticas y Física y tenía entonces un gran interés por la mecánica y la electricidad. Apenas se graduó de bachiller, con tan solo diecisiete años de edad, decidió marcharse a los Estados Unidos. Le ilusionaba ver mundo y estudiar a fondo las materias de su interés. También quiso mantenerse por sí mismo, por lo que no aceptó ayuda económica de su padre. En los Estados Unidos trabajó y leyó muchísimo. Las cartas que enviaba a familiares y amigos eran tan alegres y optimistas que su amigo don Chico Orlich decidió unírsele. Los dos jóvenes vivieron entre Boston y New York durante cinco años. Regresaron en 1928, un año antes de la caída de la Bolsa de Valores que marcaría el inicio de la Gran Depresión.
De vuelta en Costa Rica, don Pepe se dedicó a diversas tareas. Vendió automóviles, instaló pequeñas plantas eléctricas en beneficios de café, probó suerte en el comercio, la industria y la agricultura y, como se sabe, finalmente decidió instalarse en una finca de terreno quebrado, lejos de la capital, en una zona a la que solamente se podía llegar tras varios días de viaje por caminos de tierra. A lo largo de su vida, cada vez que alguien le preguntaba por qué se fue a meter a aquella zona remota bajo condiciones tan difíciles, don Pepe simplemente contestaba: "A mí no me gustan las cosas fáciles." 
Allá. lejos de todos, pretendía dedicarse al trabajo duro del campo, durante el día, y al placer de la lectura reposada, durante la noche. Daba la impresión que su propósito era convertirse en una especie de ermitaño, concentrado exclusivamente en ampliar su cultura general de lector voraz y la producción agrícola de la finca que era su refugio. Por varios años cumplió su propósito y don Pepe era un personaje que solamente muy de vez en cuando se veía por San José. Pero un discurso que pronunció en la radio, como se sabe, acabó convirtiéndolo en figura nacional.
El Dr. Calderón Guardia había sido electo en 1940 prácticamente como candidato único y gozó, en un primer momento, de un gran apoyo general. Muy pronto, sin embargo, su gobierno empezó a volverse impopular. Se le acusaba de nepotismo y manejos poco claros de la Hacienda Pública. El conflicto armado en Europa afectaba el comercio internacional. Tras el ataque a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, Costa Rica había declarado la guerra a las potencias del Eje y, poco después, el gobierno había formado una alianza con el partido comunista. Un hecho verdaderamente extraño y curiosamente poco investigado por historiadores de épocas posteriores, desató una protesta que se salió de control. En el puerto de Limón, hubo una explosión en un barco, llamado el San Pablo, que dejó varios muertos. Se dijo que había sido atacado por un submarino nazi (hecho poco probable que nunca fue confirmado) por lo que el gobierno y el partido comunista organizaron una manifestación de protesta el 4 de julio de 1942. Los manifestantes destruyeron y saquearon comercios de alemanes, italianos y españoles en la capital. 
José Figueres Ferrer (1906-1990) Finquero rural y
lector voraz, era un desconocido hasta que en un
discurso radial, en 1942, mostró sus dotes de
gran comunicador.
Don Pepe, que se encontraba en San José, fue testigo de los hechos y quiso hacer pública su opinión sobre lo ocurrido así como sobre la situación del país en general. El anuncio que apareció en el periódico el 8 de julio de 1942, invitando al público a escuchar el discurso radial que iba a transmitirse esa noche, estaba firmado por sus compañeros de Colegio Seminario, Francisco J. Orlich y Alberto Martén Chavarría. Don Pepe, en esa fecha, era un desconocido. Esa misma fecha, sin embargo, dejó de serlo. 
Desde la primera vez que se dirigió a los costarricenses, lo hizo con el estilo de oratoria que acabaría convirtiéndolo en un gran comunicador. Su estilo era llano, concreto, casi telegráfico. Era capaz de plantear y analizar problemas sin caer en un tono pesimista. Lograba comunicar ideas profundas con lenguaje directo y claros ejemplos. Sabía cuándo, dónde y cómo introducir alguna gota de humor para relajar la tensión. Su discurso era muy crítico hacia el gobierno, pero el propio don Pepe declaró en repetidas ocasiones que no hizo más que repetir lo que se decía en la calle. 
La transmisión fue interrumpida por la policía, don Pepe fue arrestado y, pocos días después, expulsado del país. En Costa Rica no se había arrestado a nadie por manifestar su opinión en veinticinco años. Los últimos casos ocurrieron durante la dictadura de Federico Tinoco, que había concluido en 1919.  La práctica de desterrar ciudadanos costarricenses, que fue bastante común en el Siglo XIX y se practicó incluso durante la primera década del XX, se creía que era cosa del pasado. De hecho, Figueres acabó siendo el último costarricense al que el gobierno de Costa Rica expulsó de su propio país. 
En el exilio, además de preparar la lucha armada para derrocar a un régimen que había dado muestras de no estar dispuesto a dejar el poder por medio de las urnas, don Pepe establece relaciones cercanas con líderes latinoamericanos como Rómulo Betancourt, el Dr. Arévalo, Víctor Raúl Haya de la Torre y Luis Muñoz Marín. 
Su regreso a Costa Rica, el 23 de mayo de 1944, le brinda la ocasión de pronunciar un segundo discurso tan efectivo como el primero, que marca la consagración de un nuevo líder político. Aunque participó activamente de las asambleas de grupos opositores al gobierno, desde hacía tiempo había llegado a la conclusión de que, tarde o temprano, habría que recurrir a las armas.
Cuando el triunfo electoral de don Otilio Ulate sobre el Dr. Calderón Guardia fue desconocido en el Congreso, Figueres supo que había llegado el momento que esperaba. Monseñor Víctor Manuel Sanabria intentó evitar el conflicto, don Víctor Guardia Quirós propuso que Ulate y Calderón se retiraran y se nombrara un gobernante por consenso, pero ya los ánimos no estaban para negociaciones ni pactos.
La Guerra Civil fue breve. Empezó el 11 de marzo de 1948. El 20 de marzo las fuerzas de don Pepe tomaron San Isidro de El General, el 10 de abril Limón y el 12 de abril Cartago. El 24 de abril ya se había instalado la Junta Fundadora de la Segunda República y don Pepe quedó al frente del gobierno por primera vez. El 1 de diciembre de 1948, en un acto solemne en el Cuartel Bellavista que sería transformado en sede del Museo Nacional, don Pepe abolió el ejército.
Carlos Manuel Vicente Castro. (1924-2017)
El relato biográfico de Carlos Manuel Vicente Castro, que fue colaborador suyo en periodos posteriores, extrañamente termina en ese momento. Es verdad que 1948 fue el año más intenso de toda la vida pública de don Pepe, pero ni su vida ni su biografía terminan allí. Todo lo contrario, más bien podría decirse que allí empieza su larga carrera de estadista. Don Pepe fue presidente en dos periodos más, de 1953 a 1958 y de 1970 a 1974, en que también realizó importantes transformaciones. Alejado del poder y, en muchos sentidos, hasta distanciado de su propio partido, don Pepe continuó siendo figura protagónica de todos los debates nacionales prácticamente hasta el momento de su muerte, en 1990.
Canto a Pepe Figueres es un libro que, además de reseñar la vida de don Pepe, desde su nacimiento hasta la abolición del ejército, reproduce íntegramente los textos del discurso por el que fue expulsado del país y del que pronunció a su regreso, así como de las dos proclamas de la guerra civil, la primera, invitando a los ciudadanos a sumarse al movimiento armado y la segunda con propuestas para construir la Costa Rica del futuro. Incluye además una numerosos comentarios de diversas personas, entre los que hay amigos, colaboradores, familiares y hasta adversarios de don Pepe a propósito del centenario de su nacimiento. 
El periódico La Nación, que nunca fue complaciente con las actuaciones de don Pepe y que, de hecho, en distintas oportunidades actuó con abierta hostilidad hacia él, lo declaró en el año 2000 como el personaje histórico principal de Costa Rica en el Siglo XX. 
Don Pepe dejó publicados varios libros de ensayos y de narrativa. Sobre su figura y trayectoria se ha escrito mucho pero, a más de cien años de su nacimiento, una biografía completa que abarque todas sus múltiples facetas aún no ha sido escrita.
INSC: 2185
Destruir con un mazo las almenas del cuartel transformado en museo, fue
el gesto simbólico con que don José Figueres Ferrer abolió el ejército de
Costa Rica el 1 de diciembre de 1948.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

Bosquejo histórico del Partido Unidad Social Cristiana.

Partido Unidad Social Cristiana. Bosquejo Histórico.
Roberto Tovar Faja. Imprenta Lil.
Costa Rica, 1986.
Históricamente, los partidos políticos de Costa Rica no eran organizaciones ideológicas y permanentes, sino más bien agrupaciones temporales que se formaban con el exclusivo propósito de impulsar a un candidato en particular. Algunos politólogos e historiadores critican severamente el personalismo excesivo de los grupos políticos que aparecieron y desaparecieron durante todo un siglo tras la fundación de la república.
Todas las circunstancias, sin embargo, tienen sus aspectos positivos y negativos. El hecho de no contar con partidos permanentes, de alguna forma libró a Costa Rica de conflictos interminables como los que sufrieron Nicaragua y Colombia, por ejemplo, en donde los enfrentamientos entre liberales y conservadores, también durante un siglo, no permitieron ni un minuto de paz.
En Costa Rica hubo, por supuesto, partidos que proponían un ideario y aspiraban a ser algo más que una mera plataforma electoral, pero esos partidos, como el Unión Católica, el Partido Reformista de Jorge Volio o el Partido Comunista, no llegaron a gobernar. Los dos primeros tuvieron corta vida y el tercero nunca logró un apoyo popular considerable.
El que se mantuvo por muchos años fue el célebre partido Republicano que, ya sea que ganara o perdiera, fue siempre uno de los más votados en todas las elecciones que se celebraron entre 1902 y 1948. Sin embargo, pese a su constancia y permanencia, el partido Republicano existía en función del candidato y no a la inversa.
El conflicto armado de 1948 lo ganó el Movimiento de Liberación Nacional que, apenas tres años después, el 12 de octubre de 1951, se conviertió en el Partido Liberación Nacional. Como en aquellos tiempos las fotografías eran en blanco y negro, pocos están al tanto de que, durante un breve período en sus inicios, la bandera del partido no era verde y blanco, sino azul y blanco. Aunque en Costa Rica, gracias a Dios, nunca hemos tenido un régimen de partido único, bien puede afirmarse que Liberación Nacional estuvo solo durante treinta años. El asunto es complejo, al punto que, como decía don Joaquín Gutiérrez: "la guerra civil de Costa Rica fue tan enredada que ni los mismos ticos la entienden."  Don José Figueres se alzó en armas para defender la elección de don Otilio Ulate ante las pretensiones del Dr. Rafael Angel Calderón Guardia de volver al poder pero, casi de inmediato, don Otilio y don Pepe se distanciaron, de manera que Liberación tenía como opositores al calderonismo y al ulatismo que también habían sido enemigos entre sí. 
Para acabar de complicar el panorama, constantemente surgían pequeños partidos que no llegaban a obtener ni un diez por ciento de apoyo de los electores. Con la oposición dividida, Liberación ganó las elecciones de 1953, 1962, 1970 y 1974. Cabe anotar que las dos únicas que perdió, la de 1958 y la de 1966, también las pudo haber ganado de no haber sido por fracturas internas que le costaron el triunfo.
La única manera de evitar que Liberación gobernara indefinidamente era que el antiliberacionismo se uniera, pero ese objetivo era tan difícil de lograr que se requirieron ni más ni menos que veinte años para poder hacerlo realidad. El libro Partido Unidad Social Cristiana. Bosquejo histórico. de don Roberto Tovar Faja ofrece una amplia reseña, rica en datos y documentos sobre el largo proceso, lleno de dificultades y tropiezos, que precedió la fundación del Partido Unidad Social Cristiana.
Roberto Tovar Faja. protagonista del largo proceso
de creación del Partido Unidad Social Cristiana,
del que fue su primer Secretario General.
El mayor mérito de esta obra es el que no haya sido escrita por un historiador ni por un analista político, sino por un protagonista principal y testigo de primera fila de todos los hechos que se reseñan. Don Roberto Tovar Faja fue el secretario de actas de las primeras conversaciones que, en 1972, se llevaron a cabo para establecer una alianza entre los principales cinco partidos de oposición. También fue el notario ante el que se formalizó, en 1977, la Coalición Unidad. Cuando por fin se cumplió la meta y el Partido Unidad Social Cristiana se fundó, en 1982, don Roberto fue el Secretario General del primer Directorio Político.
El libro, pese a ser breve, es de gran valor histórico y documental, ya que incluye textos íntegros de actas, cartas, manifiestos y correspondencia, así como los nombres de todos los involucrados y el detalle de cada incidente relevante. Pero lo más atractivo no es tanto la información como la narración que, pese a estar escrita en tono sereno y reposado, deja bien claro que el asunto no fue nada fácil.
Además del calderonismo y del ulatismo, existían muchos otros sectores antiliberacionistas que formaban agrupaciones dispersas. Todos estos grupos solamente lograban uniones temporales tras negociaciones excesivamente largas y complejas. Todos se oponían a Liberación, pero por distintos motivos y, cada vez que se reunían, en vez de procurar un acuerdo, se ventilaban los puntos de desacuerdo. Tres palabras en un documento podían generar una larguísima carta de protesta. Costaba sentarlos a la mesa, pero se levantaban y se iban por cualquier motivo. Cuando por fin cinco partidos, Unificación Nacional, Unión Nacional, Unión Popular, Frente Nacional y Republicano Nacional, parecía que iban a lograr una alianza, surgían nuevas agrupaciones como Renovación Democrática, Demócrata Cristiano y Nacional Independiente.
Don Roberto es un señor elegante que se expresa con corrección y propiedad. Relata los acontecimientos con gran caballerosidad pero, aunque en su libro no aparecen nunca las palabras berrinche o capricho, salta a la vista que esas actitudes surgían con mucha frecuencia. Cuando algo no se hacía como alguien esperaba que se hiciera, ese alguien simplemente se levantaba y se iba.
La urgencia y conveniencia de la unión, en todo caso, estaba clara. En 1970 Sarapiquí fue erigido como cantón número diez de la provincia de Heredia. Las votaciones para elegir las nuevas autoridades municipales las ganó Liberación, pero si todos los otros partidos hubieran estado unidos habrían obtenido una cómoda victoria de sesenta sobre cuarenta por ciento. Los líderes de la oposición consideraron que algo similar podría ocurrir a escala nacional y, de hecho, así ocurrió en las elecciones presidenciales de 1974. Ganó el Lic. Daniel Oduber Quirós, quien se enfrentó al Dr. Fernando Trejos Escalante, al Lic. Rodrigo Carazo Odio y al Lic. Jorge González Martén. Si la oposición hubiera presentado un único candidato, habría ganado con 50.4 sobre 43.3 por ciento.
La amarga lección fue aprendida y todos los grupos hicieron un esfuerzo para que la división no los hiciera perder también las elecciones de 1978. Se logra el acuerdo y cinco partidos firman el Pacto de Ojo de Agua, tras el cual hay una reñida convención en la que Rodrigo Carazo se impone sobre Miguel Barzuna Sauma. Barzuna se retira junto con don Mario Echandi y apoyan a González Martén. Don Guillermo Villalobos Arce se postula con Unificación Nacional. Pero estos grupos disidentes no logran apoyo entre los electores y don Rodrigo Carazo gana la presidencia.
El gobernante siguiente, don Luis Alberto Monge Alvarez, pese a ser liberacionista, favoreció todo el cambio de legislación requerida para que los partidos que formaban la coalición contraria a Liberación Nacional pudieran fusionarse en un único partido. Este apoyo a la causa de los opositores  deja claro que, incluso dentro de las filas de Liberación, preferían enfrentarse a un partido grande y fuerte. Nace entonces el partido Unidad Social Cristiana. Al señalar méritos, don Roberto deja claro que el arquitecto del partido fue el Prof. José Joaquín Trejos Fernández y su constructor fue el Lic. Rafael Angel Calderón Fournier. Es una omisión lamentable que en el libro no haya mencionado el apoyo del Presidente Monge en la etapa final del proceso.
El libro, publicado en 1986, cierra afirmando que, aunque el PUSC perdió las elecciones de ese año, se consolidó al obtener un cuarenta y siete por ciento del electorado y augura que ganará las elecciones de 1990. La predicción se cumplió.
A partir de la creación del PUSC, Costa Rica vivió veinte años de bipartidismo. Recuerdo que, en los años ochenta, durante una actividad académica, le pregunté al Dr. Fernando Trejos Escalante si Liberación era realmente social demócrata y la Unidad era realmente social cristiana. Su respuesta fue: "Básicamente, sí." 
Los conflictos y hasta disputas que cada partido tenía a nivel interno, eran saludables ya que la competencia de distintas tendencias y liderazgos evitaban que el partido tuviera dueño. Liberación, por ejemplo, nunca tuvo dueño. Todos los liberacionistas admiraban a don Pepe pero eso no implicaba que estuvieran de acuerdo con él en todo. Aunque a lo interno de cada partido hubiera grupitos un tanto extremistas, en cada elección el votante podía elegir entre dos propuestas moderadas y de centro. La rivalidad entre el PLN y el PUSC era intensa en periodo electoral pero, ganara quien ganara, el gobierno lograba establecer acuerdos con la oposición para impulsar proyectos de interés nacional. Sin embargo, tras dos décadas de lo que los franceses llaman cohabitación, una parte considerable del electorado empezó a quejarse del gobierno del "PLUSC" y consideró conveniente el surgimiento de una tercera opción.
Aunque sufrió duros golpes y hubo hasta quienes llegaron a darlo por muerto, el Partido Unidad Social Cristiana sigue vivo y goza tanto de las simpatías como del voto de un segmento considerable de la población. Lo que costó tanto unir se ha roto, al punto que los tres presidentes electos por el PUSC, Rafael Angel Calderón Fournier, Miguel Angel Rodríguez y Abel Pacheco, se han distanciado del partido.
Cuando estaba trabajando en esta nota, me encontré por casualidad con don Roberto Tovar Faja. Le hizo mucha gracia que todavía hubiera alguien leyendo su libro publicado hace más de treinta años. Yo me atreví a preguntarle, a él que vivió el lento y complicado proceso de unión, si creía posible, aunque obviamente no sería fácil, que el partido se uniera de nuevo. No descartó la posibilidad pero, con gran sentido realista, me respondió que ahora todo sería mucho más complejo que al inicio.
No hace falta pensarlo mucho para descubrir que tiene razón. Construir algo nuevo con elementos dispersos es difícil, pero reparar algo que está roto es mucho más difícil aún.
Los espresidentes José Joaquín Trejos, Mario Echandi y Otilio Ulate, líderes
de distintas tendencias anti liberacionistas.
INSC :0324

sábado, 16 de noviembre de 2019

La Costa Rica del año 2000.

La Costa Rica del año 2000.
Oscar Arias Sánchez. Compilador
Ministerio de Cultura Juventud y Deportes.
San José, Costa Rica. 1977.
Siempre es arriesgado hablar del futuro. De hecho, si hay un oficio en que el fracaso es casi seguro, es el de profeta o adivino. Por más serias que intenten ser las predicciones, la información con que contamos hoy no es suficiente para pronosticar cómo serán las cosas dentro de un par de años. En el futuro siempre ocurre lo inesperado. 
Sin embargo, aunque la experiencia haya dejado claro que el futuro es impredecible, siempre resulta atractivo preverlo o imaginarlo.
En 1976, durante el gobierno de Daniel Oduber Quirós, el entonces ministro de Planificación, Dr. Oscar Arias Sánchez, organizó un simposio para debatir sobre la Costa Rica del año 2000.
Durante varios días los panelistas invitados, que incluyeron una amplia muestra de intelectuales, políticos, académicos y formadores de opinión, celebraron en el Teatro Nacional varias mesas redondas sobre una amplia variedad de temas, que iban desde la economía y la educación, hasta la familia y los recursos naturales. Al año siguiente, 1977, todas las intervenciones fueron publicadas en el libro La Costa Rica del año 2000, editado por el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes. 
Quien, bastantes años después del 2000, lea ese libro escrito y publicado bastantes años antes del 2000, acabará notando que muy poco de su contenido tiene relación con la realidad que conoce. Al repasar sus páginas, ya amarillentas, se escuchan voces lejanas, provenientes de una Costa Rica del pasado que ya no existe, hablando de una Costa Rica fruto de su imaginación que creían ver aproximarse pero nunca se concretó.
Uno de los panelistas invitados, el Dr. Roberto Murillo, sabiamente intuyó que los costarricenses del futuro posiblemente reaccionarían con una sonrisa burlona al repasar los discursos del simposio.
Si se sacan cuentas solamente con el calendario, el año 1976 estaba bastante cerca del 2000, pero las circunstancias cambiaron por completo en ese breve lapso de veinticuatro años. En 1976, aunque ya existían numerosas industrias, la economía del país seguía siendo principalmente agrícola. La naciente clase media, con nuevos hábitos de consumo, estaba concentrada exclusivamente en la Meseta Central. El turismo no era una actividad significativa, al punto que ni siguiera fue incluida en el Simposio. El estatismo imperaba al punto que don Eduardo Lizano hizo notar que de cada seis costarricenses que trabajaban, uno lo hacía para el Estado. El crédito estaba en manos de los políticos ya que, como señaló don Mario Echandi, la banca no se nacionalizó, sino que se "gobernizó".
Ninguno de los panelistas de entonces pudo haber supuesto que para el año 2010, por ejemplo, el sector de servicios en Costa Rica moviera más dinero que la agricultura, la industria y el turismo.
En algunas disertaciones, se entra en el interesante, pero con frecuencia estéril, debate teórico. Don Alberto de Mare hizo notar que sobre ciertas aspiraciones existe un consenso unánime cuando se plantean a nivel abstracto, pero que esas mismas aspiraciones generan grandes desacuerdos cuando se discute cómo implementarlas a nivel práctico. 
En su participación, una de las más brillantes por cierto, don José Figueres Ferrer, con su característica combinación de sabiduría y sencillez, deja claro que no se pueden hacer previsiones sobre cómo será la Costa Rica del futuro ya que los pronósticos que se hagan (él utiliza la palabra "profecías") no dependen solamente de factores internos, de manera que aventurarse a profetizar el futuro de un país, sin saber lo que va a pasar en el resto del mundo es ilusorio. Sobre el futuro, todo lo que se diga no serán más que deseos, temores o esperanzas. Manifestó entonces sus tres deseos. Dijo que quería que, en el futuro, Costa Rica fuera apegada a la ley en lo político, socialista en lo económico y cristiana en lo ético.
Otros panelistas intentaron presentar como análisis lo que era simple y llanamente sus opiniones personales. Don Manuel Mora Valverde, por ejemplo, manifestaba su deseo de que Costa Rica tomara rumbo a la izquierda aunque, de manera realista, dejaba claro que no creía posible que su aspiración pudiera concretarse para el año 2000, al tiempo que manifestaba su temor de que las dictaduras militares se extendieran por todo el continente. Jamás se habría imaginado don Manuel que ni las dictaduras militares ni la Unión Soviética llegarían al año 2000.
Tenía razón don Pepe. Todo lo que se diga del futuro no será más que la expresión de los deseos y temores de quienes lo imaginan.
Más que perspectivas o propuestas, en la lectura de las ponencias del simposio La Costa Rica del año 2000 lo que se encuentra son solamente especulaciones de verdaderamente poco interés. Un breve discurso, sin embargo, sorprende por su contundencia, claridad de conceptos y hasta por su frescura y actualidad a pesar de los muchos años transcurridos desde que se pronunció. Al hacer uso de la palabra, el Sr. Richard Beck, fundador de Atlas Eléctrica y uno de los empresarios más influyentes del país, acabó siendo el único, en todo el simposio, que en vez de irse por las nubes, habló con los pies bien puestos en la tierra.
Señaló que el problema principal de Costa Rica no es de recursos, ni de instituciones, ni de programas sino, de actitud. Existe una tendencia generalizada de quejarse de los problemas sin proponer soluciones ni estar dispuesto a ser parte de ellas. Algo así como decir que el problema me afecta a mí, pero espero que la solución la propongan y la realicen otros. Tanto en los individuos, como en las comunidades y los diversos sectores sociales, existe una gran dependencia de las acciones del Estado. Señala como responsables a los políticos, a quienes insta a ser más responsables y dejar de ofrecer el espejismo de una vida gratuita o subsidiada. Abrumados por las falsas expectativas que ellos mismos han creado, los gobernantes improvisan programas que al solucionar un pequeño problema del presente acaban generando problemas mayores en el futuro. Da ejemplos de cómo los problemas más serios en una época, son fruto de las supuestas soluciones de la época anterior. Sin darle muchas vueltas al asunto, declara que la mejor forma de distribuir la riqueza y reducir la pobreza es el trabajo intenso y constante sin esperar auxilio de otros porque, digan lo que digan los teóricos, no hay sustituto para el esfuerzo propio. Si cada uno asume la responsabilidad propia, es posible salir de cualquier crisis política o económica, pero si se mantiene una actitud de dependencia, existe el riesgo de caer en una crisis moral que resultaría muy difícil de superar.
Más que un vaticinio, un deseo o un temor, don Richard Beck lo que hizo fue un diagnóstico que sonó entonces, y sigue sonando ahora, como una campanada de alerta. En este libro de setecientas páginas, solamente la breve intervención del Sr. Beck, son las únicas que tienen algo que decir a un lector de hoy, o de mañana. 
Los políticos, intelectuales y pensadores, al especular sobre el futuro, dieron rienda suelta a la fantasía. Pero el emprendedor y hombre de acción, fue el único que, ante el futuro, propuso cómo prepararse para afrontarlo.
INSC: 2623
Inauguración del Simposio La Costa Rica del Año 2000. El último a la derecha
es el Sr. Richard Beck Hemicke. (Foto tomada de https://oscararias.cr/sitioweb/)

lunes, 11 de febrero de 2019

La enciclopedia de maravillas. Laureano Albán.

Enciclopedia de Maravillas.
Laureano Albán.
International Poetry Forum
San José, Costa Rica.
1993.
Tres tomos.

En estos tiempos, en Internet se almacena toda clase de información y los buscadores facilitan que quien la busque, la encuentre. Pero quienes ya peinamos algunas canas recordamos que, antes de que apareciera Internet, había que buscar los datos en las enciclopedias. Había, como en todo, buenas, mediocres y malas. Un mala enciclopedia era apenas algo más que un diccionario, pero una buena enciclopedia incluía artículos extensos y bastante profundos. Don José Figueres cuenta que, cuando iba a construir una chimenea en su casa de la finca La Lucha, buscó la palabra "chimenea" en la Encyclopedia Brittanica y se encontró desde la lista de materiales necesarios hasta el diseño apropiado para que el humo siguiera hacia arriba en vez de devolverse hacia el salón. Jorge Luis Borges rccordó en varias ocasiones que, más que una obra de consulta, las enciclopedias eran también lectura de información y de entretenimiento. Si uno buscaba, en una buena enciclopedia, datos sobre el imperio romano, el arte en el renacimiento, la fauna en las regiones polares, o el cultivo del arroz, encontraba tanta información como para pasarse la tarde entera leyendo. Por eso, de manera un tanto tramposa, decía que si le preguntaran cuáles tres libros se llevaría a una isla desierta, inevitablemente uno de ellos sería un tomo cualquiera de la enciclopedia. 

La idea de reunir de publicar, en varios tomos, un compendio tan completo como fuera posible de todas las ramas del saber, surgió en el Siglo XVIII. Un proyecto tan ambicioso, solamente podía ser alcanzado en parte, por lo que a la larga ciertas enciclopedias fueron reconocidas como muy completas en biografías, pero no en ciencias, mientras que otras se destacaban en arte, pero no en historia. Entonces, si a uno en la escuela le dejaban una tarea sobre, digamos, el aparato digestivo, sabía que debía recurrir a una enciclopia distinta a la que habría utilizado si el tema de la tarea hubiera sido, la independencia de Brasil.

Físicamente, las enciclopedias eran hermosas. Se veían muy imponentes esas filas de libros altos y anchos encuadernados en pasta dura. Recuerdo a los vendedores ambulantes que las ofrecían de puerta en puerta. Se daba un adelanto al firmar el contrato, luego iban a dejar a la casa la enciclopedia y después se pagaba a plazos semanales o mensuales. En mi casa había algunos libros, pero nunca hubo enciclopedia. Con el tiempo, logré irme haciendo de una bliblioteca considerable, pero nunca adquirí una enciclopedia. La última oportunidad que tuve, la desaproveché. En el supermercado vendían una enciclopedia de veinte volúmenes y cada tomo estaba disponible durante un mes. La idea de tener una enciclopedia me ilusionaba, pero en el fondo sabía que no iba a consultarla y que la tendría simplemente como objeto decorativo, así que desistí.

Más o menos por la época en que los tomos de la enciclopedia que decidí no comprar estaban aún a la venta en los estantes del supermercado, el poeta Laureano Albán tuvo la gentileza de obsequiarme los tres tomos de su Enciclopedia de Maravillas, una obra de la que había escuchado hablar, pero que nunca había visto. Se trataba de una enciclopedia que, en vez de datos, incluía poemas. Había poemas al cactus, a la mano, al hongo, al lirio, al pan, al pescado y así hasta completar mil temas.

La idea, en sí misma, era desconcertante y, cuando tuve los tres tomos altos, gruesos y encuadernados en pasta dura en mis manos, mi desconcierto, en vez de disiparse, aumentó. Por su propia naturaleza, valga la redundancia, enciclopédica, todas las enciclopedias eran obras antológicas, pero en la Enciclopedia de maravillas, todos los poemas son de Laureano Albán quien, en una obra exclusivamente personalmente suya le escribe un poema a mil temas distintos.

Naturalmente le agradecí el obsequio, pero no lograba comprender ni el principio ni el final del asunto, es decir, no comprendía ni la motivación ni el propósito de semejante esfuerzo. Como Laureano era un poeta laureado que había obtenido muchos premios literarios de importancia, circulaba entre los poetas costarricenses la broma de que, con este libro, pretendía obtener también un récord Guiness al poemario más extenso jamás publicado.

Aunque en el colofón se indica que el libro fue impreso en Costa Rica, aparece con el sello editorial de una organización llamada International Poetry Forum con sede en Pittsburgh, Pennsylvania. Se trata de una edición bilingüe en el que todos los textos aparecen en español y en inglés. El traductor fue Frederick H. Fornoff quien, desde el título mismo del libro tal parece que se topó con un dilema que fue resuelto por el diseñador. Como la palabra enciclopedia se escribe en español con la letra I y en inglés con la letra Y, autor, traductor, diseñador o los tres juntos, decidieron fusionarla en un solo símbolo en que ambas letras aparecen superpuestas. Esta originalidad, hay que aclararlo, solamente aparece en la portada, ya que en las páginas sí aparece adecuadamente enciclopedia en español o encyclopdia en inglés.

.De cuando en cuando, con la mayor atención, buena voluntad y mente y sensibilidad abiertas, hojeo este libro y trato de entrar en sintonía con su contenido, pero no lo logro. Es como si los tres pesados tomos de la obra total me impidieran leer unos versos en particular. Tengo claro que en la composición de mil poemas se invirtió mucho tiempo y en la edición, abundantes recursos. Pero no logro comprender el por qué y el para qué.

Cada uno a su manera, los poetas van creando su propia enciclopedia de maravillas y le escriben poemas al gato callejero, a la rama que se asoma sobre lo alto de un muro, o a la esquina por la que transitan. Después de todo, el poeta lo que hace es captar en un papel, con palabras, un instante, un lugar, un objeto o una persona, con el propósito de que, al leer esas líneas, otros vivan también, así sea de manera aproximada, las emociones y sensaciones que el poeta experimentó en ese instante, en ese lugar, antes ese objeto o esa persona. Es posible, que, a la larga, el poeta llegue a reunir mil poemas de este tipo pero, quizá por un ingenuo idealismo, uno tendería a pensar que tal creación sería espontánea y no deliberada, que respondería más al impulso de redondear cada poema en particular, en vez de a la pretensión de llegar a ser el autor de una enciclopedia.

La aparición de los tres tomos de Enciclopedia de maravillas, fue anunciada por una campaña tan sonora como poco efectiva. "La primera enciclopedia escrita totalmente en poesía en la historia de la humanidad", decía el folleto que entregaban quienes, siguiendo la tradición, ofrecían venderla a cómodos plazos semanales o mensuales. El propio Laureano Albán, casi al mismo tiempo del lanzamiento, aseguraba que pronto estarían disponibles seis tomos más. Sobra decir que la respuesta del público fue fría y que los nuevos tomos ofrecidos nunca aparecieron. 

Los lectores de obras literarias son una minoría. Y los lectores de poesía son una minoría dentro de una minoría. Las ediciones de los libros de poesía son de mucho menos ejemplares que las de un libro de narrativa, la venta de los libros de poesía es más lenta y, si se logra el aplauso, será siempre el aplauso de un grupo pequeño. Tanto el que la escribe como el que lee, tiene claro que la poesía se crea, se disfruta y se comparte en un pequeño espacio íntimo. Lo asombroso, lo verdaderamente impactante y estremecedor en la poesía, no es tanto la forma del libro en que está impresa sino, más bien, el impacto que puede provocar un puñado de palabras juntas en el ánimo, o el entendimiento, de un lector sensible.

Para muchos, y me incluyo, la Enciclopedia de maravillas no es un libro de poesía sino, simplemente, un libro extraño, inexplicable. De hecho, en mi biblioteca, ni siquiera lo tengo ubicado junto a otros libros de poesía, sino en un estante aparte, dedicado a rarezas.

Irónicamente, esta rareza, a la larga acabó siendo la única enciclopedia que tengo.


INS: 1605 1606 1607

miércoles, 7 de marzo de 2018

Comentarios del Dr. Abel Pacheco.

Comentarios. Abel Pacheco. Editorial
Univisión, Costa Rica. 1988.
La trayectoria del Dr. Abel Pacheco está llena de cambios sorprendentes. De soldado pasó a ser médico, de director de Hospital a vendedor de ropa y de comentarista de televisión a Presidente de la República. Nacido en 1933, hijo de Abel Pacheco y Tinoco y María de la Espriella, tenía apenas quince años de edad cuando su tío, el Coronel Rigoberto Pacheco Tinoco, se contó entre las primeras víctimas de la guerra civil de 1948. El coronel Pacheco Tinoco, hombre muy cercano al Dr. Calderón Guardia, creyó que con apenas la compañía de unos cuantos hombres, podría capturar a don José Figueres Ferrer, pero cuando ingresó en el territorio controlado por los rebeldes, su audacia le costó la vida. 
Al igual que su tío trágicamente fallecido, Abel Pacheco fue desde joven un incondicional calderonista, al punto que, en 1955, siendo un joven de veintidós años de edad, fue uno de los soldados que acompañaron al Dr. Calderón Guardia en la arriesgada y fracasada aventura de invadir Costa Rica desde Nicaragua. 
Tras concluir sus estudios de Medicina en la Universidad Nacional Autónoma de México, se desempeñó como médico rural en Guápiles y Puriscal. Escribía relatos breves y, en 1972, fue galardonado con el Premio Nacional Aquileo Echeverría por su libro de cuentos Más abajo de la piel. Se especializó en psiquiatría y de 1973 a 1976 fue director del Hospital Nacional Psiquiátrico. Cuando renunció a su puesto, abandonó también la práctica profesional y se dedicó al comercio. Cerca del mercado central de San José instaló una tienda llamada "El palacio del pantalón", que atendía personalmente y que acabó siendo famosa por su publicidad en la que un personaje, llamado "Desampa Jones" invitaba a vencer "la moda furris".  En los anuncios de televisión, luego de mostrar la oferta de pantalones y precios, "Chiricuto", un muñeco de ventrílocuo, exclamaba: "¿Pero qué más querés?"
El periodista Guido Fernández lo invitó a colaborar en la televisión como productor de microprogramas educativos como Un instante de poesía, Ayer y hoy en la historia y Leyendas y tradiciones nacionales. Le brindó también un espacio, de más o menos un minuto, para que hiciera algún comentario.
Las pequeñas producciones de poesía, historia, tradiciones y leyendas pronto dejaron de transmitirse, pero el microprograma "Comentarios con el Dr. Abel Pacheco", estuvo al aire durante veinticinco años, de 1976 a 2001.
El formato era sencillo. Aparecía el Dr. Abel Pacheco sentado y mirando a cámara y, tras saludar con un invariable "¿Qué tal amigos?" se refería luego a algún hecho curioso al que intentaba sacarle una enseñanza o una moraleja y cerraba con un también invariable "Muchas gracias."
Como no se refería a temas de actualidad ni a acontecimientos recientes, sus comentarios nunca llegaron a generar polémica por su contenido. Su estilo, indiscutiblemente y, tal vez, hasta involuntariamente cómico, llegó a ser objeto de imitaciones jocosas.  Eran frecuentes parodias como: "¿Que tal amigos? En la Universidad de Michigan descubrieron que si se meten cuatro gatos en un saco y se sacan dos, quedan solo la mitad de los que había al principio. Muchas Gracias."
El Dr. Abel Pacheco se convirtió en un personaje popular. Era un señor mayor, sereno y de hablar pausado que lograba ser ingenioso al comentar, en un minuto, temas sin importancia.
Se involucró entonces en política. En 1994 fue candidato a vicepresidente, pero su partido perdió esas elecciones. Su paso como diputado por la Asamblea Legisletiva, de 1998 a 2002, se caracterizó por su silencio, ya que no hacía propuestas ni objeciones y, prácticamente, se limitaba a votar sin intervenir en los debates. Sin embargo, a pesar de que su papel como legislador no fue brillante, Pacheco ganó las elecciones presidenciales del año 2002. Su participación en los debates durante la campaña fue, como su programa de comentarios, de poco contenido en el fondo y de expresión chistosa en la forma.
Durante sus cuatro años como Presidente de la República, diversas personas se turnaron en la labor de coordinar la labor del gobierno, mientras don Abel, como lo llamaban, se limitaba a soltar de vez en cuando alguna de sus clásicas salidas de tono. Cuando leía los discursos era evidente que habían sido escritos por otros mientras que, cuando improvisaba ante un micrófono quedaba claro que de él no se podía esperar más que frases jocosas e ideas extrañas. Como los que planeaban, decidían y realizaban las acciones de su gobierno eran figuras de segundo nivel, cada vez que algo salía mal el presidente se disculpa diciendo "Me embarcaron".  Algunas de sus acciones y declaraciones fueron más allá de lo que los costarricenses estaban acostumbrados a ver natural en él, como cuando integró a Costa Rica, país que no tiene ejército, en la coalición que invadió Irak y, al ser consultado por la prensa dijo que prefería que murieran niños irakíes en vez de niños americanos.
Este reportaje calificó a Abel Pacheco,
como el recreo de la T.V.
En el año 2005, por cierto, se cumplieron los cincuenta años del último conflicto bélico en la historia de Costa Rica, pero el aniversario no fue conmemorado por el gobierno debido a que el Presidente había sido uno de los soldados invasores de 1955.
Desde que terminó su período presidencial, Abel Pacheco se ha mantenido retirado de la vida pública y solamente en muy raras ocasiones ha brindado declaraciones a la prensa. Cuando lo ha hecho, sin embargo, ha mantenido su fórmula de dar rodeos sin extenderse mucho, nunca referirse a nada concreto, contar una historia extraña y rematarla con alguna expresión ingeniosa y sorpresiva.
Ese es, en todo caso, la imagen de Abel Pacheco que perdura. Abel Pacheco no es recordado como soldado, ni como médico rural, ni como psiquiatra, ni como escritor, ni como vendedor de pantalones, ni como diputado y, ni siquiera, como Presidente. Todo eso pasa a segundo plano. Abel Pacheco es, ante todo y sobre todo, el personaje de los comentarios de televisión.
Aunque su microprograma se miraba sin gran atención y lo que decía se olvidaba casi de inmediato, recuerdo un par que fueron verdaderamente disparatados. Una vez, mencionó que en un zoológico dos animales (macho y hembra) que habían nacido en cautiverio parecían no estar interesados en aparearse y sugería que les mostraran videos de ejemplares de su especie en libertad teniendo relaciones sexuales para estimularles el deseo. En otra ocasión propuso que todos los orinales deberían tener una mosca pintada para que los hombres se concentraran en apuntarle y, de esa forma, no orinaran afuera. Remataba el comentario diciendo que, si alguien tenía problemas para orinar, para solucionarlo simplemente debía ponerse a repasar mentalmente las tablas de multiplicar ya que, en sus estudios de medicina y psiquiatría había aprendido que la función mental que regula la capacidad de orinar y la de multiplicar se encuentran en el mismo lugar del cerebro y una estimula a la otra. 
Cuando ya el programa de televisión había desaparecido y su gobierno había terminado, tuve la suerte de encontrarme, en una tienda de libros usados, un pequeño tomo, publicado por Univisión Canal 2,  con una recopilación de sus comentarios. El libro entero se puede leer en apenas un momento, ya que las páginas se pasan tan a prisa como las de una revista de barbería. Su lectura tampoco requiere mucha atención ya que, francamente, del libro no se espera nada. No se espera una prosa elegante ni agradable, tampoco una idea novedosa ni un reflexión profunda y ni siquiera, un dato revelador o una información sorprendente. Más bien, de alguna manera está claro desde el principio que todos los hechos que se mencionan son falsos, tergiversados, inventados o tienen como fuente alguna otra publicación de dudosa credibilidad. En la inmensa mayoría de los casos, todo lo dicho raya en lo inverosímil. Está claro que las historias que cuenta sobre el hombre más rico o el más gordo del mundo, no son comprobables ni ciertas, pero en todo caso, eso carece de importancia. La recomendación de llevar en el bolsillo un aerosol de gas picante, cuando se va de paseo por los bosques de América del Norte, para poder defenderse del ataque de un oso, está muy lejos de ser un buen consejo. 
En el libro, cuenta una versión libre de la leyenda guatemalteca del caballo de Hernán Cortés, afirma que en América Latina hay muchos pobres porque ser rico es considerado de mal gusto y recomienda a las mujeres dejar de fumar ya que la nicotina, al actuar sobre el ovario, hace que les aumente el vello facial y les salga barba y bigote.
La historia del gánster sueco cuyo corazón fue reemplazado por un aparato mecánico y, gracias a esa operación, logró librarse de una condena, ya que la ley de Suecia considera a un hombre muerto cuando su corazón deja de latir, es una de las más memorables.
Es evidente que Abel Pacheco llegó a ser Presidente de la República porque, gracias a sus comentarios, se había convertido en un personaje muy conocido que entretenía con sus extrañas historias y le resultaba simpático a la gran mayoría de la población. Tras repasar el libro de sus comentarios, lo que no queda claro es cómo alguien pudo haber creído que el autor de esas páginas sería capaz de gobernar un país.
INSC: 2694

sábado, 28 de octubre de 2017

Robert Vesco: triste historia del millonario fugitivo.

Robert Vesco compra una república.
Julio Suñol Leal.
Trejos Hns, Costa Rica, 1974.
Robert Vesco nació en 1935 en el seno de una humilde familia trabajadora de Detroit, Michigan, pero gracias a su buen olfato, agresividad y audacia, antes de cumplir los treinta años ya era millonario. Muy joven llegó a ser propietario de una pequeña fábrica de válvulas en New Jersey. Utilizaba las ganancias para especular en la bolsa y, en 1965, fundó una corporación financiera llamada International Controls Corp. (ICC), que manejaba, en sus inicios, un capital de doscientos millones de dólares. Otro grupo importante, el International Investment Troust (ITT), fundado por Bernard Cornfelt, se vio en apuros por los malos manejos del propio fundador. Vesco compró la parte de Cornfelt en 1970 y pasó a convertirse en Presidente de ITT. El portafolio de inversiones que manejaba, con apenas treinta y cinco años de edad, era ya de seiscientos millones de dólares. Naturalmente, no todo ese capital era suyo, ya que buena parte estaba conformado por los depósitos de pequeños ahorrantes norteamericanos que invertían en compañías de fondos mutuos.
Vesco trasladó su oficina a Suiza, donde tomó el control de Investors Overseas Services (IOS) y, al abandonar los Estados Unidos, empezaron sus problemas. La Security Exchange Comission (SEC), organismo del gobierno norteamericano encargado de vigilar las operaciones financieras de empresas que manejan depósitos del público, consideró arriesgado que capitales tan grandes como los que las compañías de Vesco manejaban salieran de su jurisdicción. Vesco fue arrestado en Ginebra, Suiza, en 1971, pero fue liberado pronto, curiosamente gracias a gestiones de la propia Embajada Americana. En busca de una nueva base de operaciones, se trasladó a Bahamas, donde llegó a ser accionista mayoritario de varios bancos. Eventualmente, en Bahamas Vesco también fue arrestado en circunstancias realmente extrañas. Se le acusaba de haber defraudado cincuenta mil dólares de ICC, su propia compañía, y la multa que debió pagar, para salir de la cárcel, fue de setenta y cinco mil dólares. Los detalles no trascendieron, pero el caso resulta en verdad difícil de comprender. Se acusó al presidente de una organización que manejaba cientos de millones de haber defraudado cincuenta mil de su propia empresa y, además, la fianza fue mayor al monto en cuestión.
Muy pronto, además de la vigilancia de la SEC, Vesco fue objeto de la atención de la prensa. La revista Time publicó un amplio reportaje sobre sus maniobras financieras. La preocupación principal era que doscientos veinticuatro millones de dólares de ahorrantes de fondos mutuos hubieran salido de Estados Unidos y estuvieran, por tanto, fuera de la supervisión de la SEC. En el reportaje se mencionaron varias personas que trabajaban para IOS, como James Roosevelt, el hijo mayor del Presidente Franklin Delano Roosevelt (quien, irónicamente, había fundado la SEC), o Donald Nixon, joven de veintiséis años de edad, asistente de Vesco y sobrino del Presidente Richard Nixon. También salieron a relucir los nombres de otras figuras conocidas quienes, de alguna manera, habían realizado negocios con Vesco, entre ellos don Gonzalo de Borbón y Dampierre (nieto de Alfonso XIII), Rafael Díaz Balart, hermano de Mirta, la primera esposa de Fidel Castro, y don José Figueres Ferrer, entonces Presidente de Costa Rica.
Tal parece que fue Richard Pistell quien, en junio de 1972, presentó a Vesco a don Pepe. Otro millonario norteamericano, el tejano Clovis McAlpin, que había manejado grandes portafolios de inversión en Londres, había decidido establecer su oficina y residencia en Costa Rica. Ya con dos pesos pesados en el país, don Pepe propuso, en noviembre de 1972, la iniciativa de establecer en San José un distrito financiero internacional para atraer grandes capitales. El proyecto fue rechazado, tanto por la Asamblea Legislativa como por la opinión pública, que llegó a considerar inconveniente la presencia de los dos grandes capitalistas en el país y, lejos de aceptar que vinieran más, exigía que McAlpin y Vesco se marcharan. Un verdadero escándalo se armó cuando se supo que ambos norteamericanos habían realizado fuertes inversiones en empresas relacionadas con don Pepe. McAlpin tenía participación en la Sociedad Agrícola San Cristóbal, fundada por don Pepe y don Francisco Orlich en 1928, mientras que Vesco había invertido en un proyecto de casas prefabricadas que desarrollaba don Pepe. Trascendió además que Vesco, por medio de compra de bonos del Estado, había inyectado capital a proyectos del Instituto Nacional de Vivienda y Urbanismo y al Servicio Nacional de Acueductos y Alcantarillados. Adquiriendo bonos del Estado, Vesco financió el aguinaldo de los empleados públicos en 1973. Un grupo financiero relacionado con Vesco, además, le otorgó un fuerte préstamo, en favorables condiciones, al Banco Popular y de Desarrollo Comunal.
Robert Vesco visita al periodista Julio Suñol, director del Diario de Costa Rica.
Curiosamente, a McAlpin pronto lo dejaron en paz y permaneció en el país dedicado a proyectos ganaderos, mientras que Vesco acabó acaparando toda la atención de los políticos y de la prensa. Julio Suñol Leal, director del Diario de Costa Rica, fue uno de sus más severos críticos. Los editoriales y reportajes que escribía, constamente alertaban sobre lo peligrosa que podría ser la presencia de Vesco en el país y lo inconveniente que podría resultar su cercanía con el Presidente de la República. En 1974, cuando el tema aún estaba en el tapete y Vesco residía en país, don Julio Suñol publicó el libro Robert Vesco compra una república, en que recopila artículos, no solo de su periódico, sino también los que Life, Time, Newsweek, Fortune, Wall Street Journal y The New York Times publicaron sobre el tema. El tiraje de la primera edición fue de cinco mil ejemplares y se agotó de inmediato. Aunque con cierta frecuencia don Julio entona un discurso de tono emocional y exaltado, como buen periodista que era, fue capaz de ofrecer un libro balanceado, en que incluye argumentos y versiones contrarios a los suyos. Vesco en persona fue a visitar a don Julio Suñol a la redacción de El Diario de Costa Rica y la conversación, recogida en el propio libro, estuvo llena de cortesía y caballerosidad. Don Julio le aclaró a Vesco que no tenía nada personal contra él, pero que le preocupaban su gran capital y su cercanía con el gobierno. "Usted es una ballena en la laguna", le dijo.
En una ocasión, don Pepe le propuso personalmente a Suñol que, en vez de combatir a Vesco, se aliara con él. Vesco podía inyectar capital al Diario de Costa Rica, que enfrentaba serios apuros económicos. Cuando Suñol hizo la propuesta del conocimiento público, don Pepe reconoció haberla hecho. Irónicamente, el ochenta por ciento de la publicidad que aparecía en el Diario de Costa Rica era pagado por instituciones estatales. "Esos anuncios no le generan ningún beneficio al Estado ni al gobierno que tanto critica ese periódico," afirmó don Pepe, "por lo que son mas bien un subsidio a la libertad de prensa."
El libro tiene episodios que, con el paso del tiempo, han llegado a ser olvidados. En julio de 1973, un numeroso grupo de catedráticos universitarios le dirigió una carta a los dos vicepresidentes de la República, el Dr. Manuel Aguilar Bonilla y don Jorge Rossi Chavarría, instándolos a establecer un tribunal de honor que juzgara a don Pepe por su amistad con Vesco. La respuesta, escrita con gran cortesía, aclaraba que juzgar al presidente no forma parte de las funciones de los vicepresidentes. La Constitución prohíbe, además, el establecimiento de tribunales para causas específicas, cosa que, se supone, los profesores universitarios deberían saber.
Un hecho verdaderamente descabellado y tragicómico tuvo que ver con el discurso que, el 6 de marzo  de 1973,  Vesco pronunció en cadena de radio y televisión.  No se sabe cómo, pero don Gerardo Fernandez Durán consiguió el borrador del discurso, escrito a mano por don Pepe Figueres, y se lo hizo llegar a Julio Suñol. En el libro se incluyen imágenes del manuscrito de don Pepe, con notas dirigidas a su jefe de prensa, Orlando Núñez Pérez, en el que le avisa que don Gonzalo Facio Segreda, el Canciller de la República, se va encargar de revisar los aspectos legales. Cuando se destapó el asunto, don Pepe simplemente dijo: "Es mejor que yo le escriba los discursos a él y no que él me los escriba a mí."
Don Pepe siempre defendió a Vesco y argumentó que todo lo que se decía de él no era más que sensacionalismo desatado por periodistas deseosos de crear escándalo. "A los periodistas", decía, "les gusta hacer bulla, pero al final todo se aclara". Al redactor de The Wall Street Journal que escribió un artículo sobre la relación entre Vesco y Figueres, don Pepe lo llamó por teléfono a Estados Unidos para, en sus propias palabras, "pegarle una gran trapeada." "El día que me lo encuentre se va a sacar la lotería", agregó, "porque la trapeada telefónica fue en inglés, pero si llego a tenerlo al frente, lo arreglo a la latinoamericana, o a la catalana."
El nombre de Vesco salió a relucir en el escándalo Watergate y el Partido Republicano acabó devolviéndole a Vesco la contribución de doscientos mil dólares que había entregado para la campaña de reelección de Richard Nixon. Donald Nixon, el asistente de Vesco y sobrino del presidente, no se separó de su cargo. La boda de Donald Nixon se celebró en Costa Rica ya que Vesco no podía, por las causas que contra él se realizaban en tribunales de New York, ir a Estados Unidos.
En la campaña presidencial de 1974, los dos candidatos mayoritarios, el Dr. Fernando Trejos Escalante y don Daniel Oduber Quirós, debieron pronunciarse sobre la permanencia de Vesco en Costa Rica. El millonario norteamericano había llegado a ser muy impopular, pero ambos candidatos fueron cautelosos en sus declaraciones. En Costa Rica, Vesco no había hecho nada indebido, los juicios que tenía abiertos en su contra en Estados Unidos eran complejos hasta para los especialistas en finanzas y las pocas inversiones de Vesco en Costa Rica, lejos de brindarle ganancias, eran más bien irrecuperables. Hasta se contaba un chiste que decía que, en Costa Rica, Vesco se había hecho millonario, porque antes de venir era multimillonario.
El 7 de mayo de 1974, un día antes de asumir la presidencia de la República, Oduber se reunió con Vesco y le entregó una extensa carta (reproducida en el libro) en que lo insta a mantenerse alejado de actividades públicas, a no establecer sociedades con funcionarios del gobierno, a no invertir en medios de comunicación (se decía que Vesco había aportado el capital inicial para la fundación del periódico Excelsior, que presidía el Dr. Luis Burstin y dirigía don Alberto Cañas) y a concentrar sus inversiones en agricultura, ganadería, industria y turismo, que era lo que necesitaba el país.
En 1978, el presidente Rodrigo Carazo Odio expulsó a Vesco de Costa Rica. No está claro si se había establecido en 1972 o 1973 pero, durante los pocos años que permaneció aquí, tal parece que llegó a invertir un mínimo de catorce y un máximo de cuarenta millones de dólares en proyectos locales. No se sabe si pudo liquidar su participación en empresas costarricenses o si dejó un apoderado a cargo.
Quienes defienden a Vesco argumentan que cometió dos grandes errores. Primero, haber sacado de los Estados Unidos dinero de ahorrantes norteamericanos ya que, con eso, se ganó la enemistad de la SEC, que procura que los fondos no salgan de su control. Lo normal (pero no necesariamente lo conveniente) es que el flujo sea a la inversa. Los capitales de todo el mundo, tanto de países ricos como pobres, fluyen a la bolsa de New York y allí son invertidos en acciones de compañías americanas. Eso se considera normal y seguro. Pero que dinero de ahorrantes norteamericanos sea invertido en otros países es algo que se considera peligroso e inconveniente. Su segundo gran error fue su proximidad con los políticos. Se dice que Vesco fue atacado, en los Estados Unidos, por los enemigos de Nixon y, en Costa Rica, por los enemigos de don Pepe.
Una de las últimas fotos de Robert Vesco en Cuba.
Tras su expulsión de Costa Rica, Vesco estableció su residencia en Cuba. Al comentar el hecho, Fidel Castro dijo: "No nos importa lo que haya hecho en los Estados Unidos y no nos interesa su dinero."
En Cuba, Vesco se presentaba con el nombre falso de Tom Adams y se hacía pasar por canadiense. Vestido de blanca guayabera, pudo disfrutar de poco más de una década de vida tranquila, hasta que, en 1996, fue acusado de haber estafado a Antonio Fraga Castro, sobrino de Fidel, en un laboratorio de biotecnología en el que eran socios. Suena extraño que un hombre que disponía de cientos de millones de dólares haya estafado a un ciudadano de un país comunista, donde todos, supuestamente, viven de su sueldo y comen de la libreta de racionamiento. En Cuba, en todo caso, las noticias se leen al revés. Cuando los titulares del Granma dicen que se superó una meta, es porque no se llegó ni a la mitad, cuando anuncian sobreproducción de algún artículo es porque escasea y cuando Fidel declara que su familia no tiene privilegios y vive como cualquier otro cubano es porque andan metidos en negocios gigantescos. En el juicio al que se vio sometido, Vesco fue acusado también de ser "un provocador y agente de servicios especiales extranjeros". Aunque la condena fue de trece años de prisión, solamente estuvo nueve en la cárcel. En 2005 fue liberado al cumplir setenta años de edad. Sus amigos dicen que los últimos años de su vida los pasó sin ser molestado en La Habana, luchando contra un cáncer de pulmón que, finalmente, acabó con él.
Su muerte, ocurrida el 23 de noviembre de 2007, fue dada a conocer con bastante demora varios días después. Las agencias de noticias informaron que sus restos fueron sepultados en el Cementerio de Colón de la Habana, pero no mencionaron si su esposa y sus dos hijos seguirían residiendo en Cuba. Sobre lo que haya quedado de su enorme fortuna tampoco hay información.
INSC: 0505
Robert Vesco (1935-2007).
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