sábado, 9 de noviembre de 2019

El diario de mamá. Novela de Alfonso Ussía.

El diario de mamá. Alfonso Ussía. Planeta.
España. 2009.
Cuando la madre del marqués de Sotoancho murió, le dejó a su hijo mucho dinero y un poco de tranquilidad. La relación que mantuvieron entre ellos nunca fue buena y, a decir verdad, el marqués llegó a considerar el fallecimiento de su progenitora como un verdadero alivio.
Sin embargo, la madre acabaría incomodando a su hijo incluso después de muerta. Registrando sus pertenencias, el marqués encontró un diario del que él mismo era protagonista principal. El hecho de que su madre no lo quisiera no era, en todo caso, una noticia nueva para él. Los desprecios, ofensas y maltratos que le había dirigido constantemente a lo largo de toda su vida se lo habían dejado claro. Lo que llegó a sorprenderlo fue descubrir que su madre lo aborrecía casi desde el instante mismo en que había nacido. En el diario descubrió que a ella le daba asco amamantarlo y que, al referirse a él, lo llamaba simplemente "la cosa."
Por el diario, supo también que recién nacido, el día que recibió el sacramento del Bautismo, se cayó de los brazos de una ama que lo sostenía y se dio un gran golpe de cabeza contra el suelo. Su madre creyó que a raíz del accidente, "la cosa" seguramente quedaría idiota para toda su vida y así lo consignó en su diario.
Es fácil imaginar el drama al que se enfrentó el pobre marqués. Leer el diario sin lugar a dudas le resultará doloroso y, posiblemente, en algún momento, tras leer apenas un par de páginas, debió haber pensado en destruirlo. Sin embargo, como la curiosidad es poderosa y, aunque le duela cada línea que lea, es posible que no pueda resistir la tentación de revisarlo de cuando en cuando hasta terminarlo. "Sus páginas rezuman tanta maldad que no pueden leerse de un tirón."
Encontré El diario de mamá en una librería, que más parecía tienda de regalos, ubicada en un centro comercial. Nunca había escuchado hablar de esa novela ni de su autor, Alfonso Ussía. El libro estaba envuelto en plástico transparente, por lo que no tuve oportunidad de picotear un poco en su interior. Sin embargo, el texto de la parte de atrás me hizo decidirme, no solamente a comprar un ejemplar para mí, sino incluso a adquirir otro para regalárselo a un amigo que, por alguna razón, siempre reacciona con risa ante las historias trágicas.
Es conocido el viejo refrán de que no hay que comprar un libro por la portada. Con El diario de mamá aprendí que tampoco es buena idea comprarlo por la contraportada.
Me preguntaba, al romper el plástico que lo envolvía, cómo sería la novela. No sabía qué esperar, pero el argumento era prometedor. Un hombre viejo que conoce lo que pensaba su madre acerca de él desde que era niño. Tal vez ella sufría de depresión post parto y sus crueles anotaciones iniciales eran solo el reflejo de su estado de ánimo en aquel momento. Tal vez, conforme el niño iba creciendo, sus sentimientos cambiarían. O, tal vez, aunque ella empezó odiándolo sin motivo aparente, poco a poco el hijo, quizá sin darse cuenta, con sus palabras y acciones acabaría dándole a su madre motivos para reafirmar su animadversión hacia él. Sin haber leído ni siquiera la primera página, estaba seguro que el libro, en algún momento, me daría una sorpresa. En algún momento, suponía, se revelaría la causa de tanto odio y el marqués podría finalmente comprender la actitud hostil de su madre ya muerta. También, por supuesto, me interesaba saber cuál sería la reacción final del marqués al terminar de leer el diario. La lectura podría cicatrizar heridas o abrir otras nuevas.
La gran sorpresa que me llevé, al leer el libro, fue que el autor, pese a haber ideado un argumento tan atractivo, complejo y rico en posibilidades, simplemente se olvidó de él. El descubrimiento del diario y la lectura del diario, se toca solamente en las páginas iniciales. Luego se vienen en cascada una serie de acontecimientos inconexos sobre situaciones en buena medida absurdas. La novela acabó volviéndose convirtiéndose en una historieta llena de chistes sacados de la manga. Resistí la tentación de abandonarla porque guardaba la esperanza de que todo aquello no fuera más que un largo y, tal vez necesario rodeo para regresar al diario. Pero no. El diario nunca se vuelve a mencionar y otras cosas, un viaje, una boda, ciertos compromisos sociales, pasan a primer plano. 
No comprendía por qué un escritor es capaz de plantear una buena historia para luego no escribirla.
Alfonso Ussía.
Luego averigüé que Alfonso Ussía es un periodista madrileño que escribe sin parar desde su juventud. Ha sido columnista de numerosos periódicos españoles, colabora con gran cantidad de revistas y es, además, comentarista de radio y televisión. Por si todo esto fuera poco, desde 1979 ha venido publicando prácticamente un libro al año.
También me enteré que El diario de mamá, primer libro suyo que cayó en mis manos, era la décima novela, de una larga serie que en total suma catorce libros, sobre las andanzas del Marqués de Sotoancho.  La primera, La Albariza de los Juncos, fue publicada en 1979 y la última, o al menos la más reciente, titulada El rapto de la novicia, los cañones de los Pujol y Monsieur Pipet de Lagarde, apareció en 2018. 
No sería justo emitir un juicio sobre una colección de catorce libros cuando solamente se ha leído uno de ellos, pero El diario de mamá, pese a lo llamativo que me pareció de primera entrada su argumento, no es más que un libro que pretende ser chistoso sin lograrlo. Es una obra de puro entretenimiento, que resultaría apropiada en la mesita de centro de una sala de espera, pero de la que no se puede esperar más que un chistecillos y salidas de tono que se olvidan de inmediato. Sospecho, porque no me consta, que la poco más de la docena de libros que Ussía ha dedicado al marqués de Sotoancho deben de ser de similar tono y contenido. Me quedaré con la duda de averiguar si mi sospecha es acertada o no, ya que, tras mi primer encuentro con el marqués, he perdido todo interés por seguir sus aventuras.
No tengo nada contra el humorismo puro. Si un autor escribe por puro afán de divertir, habrá lectores que disfruten sus libros sin más pretensión que divertirse. Lo que me duele, de hecho, no es tanto que yo, como lector, me haya tragado el anzuelo del marketing,  sino que Alfonso Ussía, como escritor, tuvo una idea que pudo haberse convertido en una novela interesante y la desaprovechó.
INSC: 2622 

martes, 22 de octubre de 2019

Don Rogelio Sotela y José León Sánchez.

A la izquierda del Sol. José León Sánchez.
Editorial de la Universida de Costa Rica.
San José, Costa Rica. 2012
Un hermoso cuento relata la historia de la breve pero entrañable amistad que nació a partir de un encuentro casual a la orilla de un río. Los amigos, que se conocieron descalzos, con los pies hundidos en la misma poza, tenían edades, temperamentos y experiencias muy distintas. Uno era un hombre sabio, sereno y elegante. El otro, un niño pobre, rebelde y sufrido. El adulto ya era un literato, el joven lo sería muchos años después. Como en todas las amistades, en la la que mantuvieron el poeta Rogelio Sotela y el novelista José León Sáchez, hubo afecto y apoyo, así como también, inevitablemente, enojos y disgustos.
Llegaron al mismo río con distintos propósitos. José León iba a pescar peces, don Rogelio iba a pescar ideas.
Jamás se habría imaginado el poeta que aquel muchachito travieso, que lo escuchaba con atención aunque no comprendiera el significado de muchas de las palabras que le decía, acabaría convirtiéndose en un novelista reconocido a nivel internacional. El niño tampoco sabía en aquel momento que el señor alto de anteojos oscuros que lo llevaba a su casa para que compartiera tiempo en familia, era un gran intelectual, el primer historiador de la literatura costarricense, que había publicado libros de poesía y de ensayo y que, además, había sido diputado, diplomático y miembro del primer Consejo Universitario de la Universidad de Costa Rica. Cada uno era, para el otro, simplemente un amigo.
El niño llegaba al río con un tarro lleno de las lombrices que usaría como carnada. Mientras pescaba, miraba de lejos a aquel señor silencioso que leía un libro, sentado en una piedra, con los pies en el agua. Cuando algún pez picaba, el hombre levantaba la mano y lo felicitaba con una sonrisa.
Aunque el señor mayor se mostraba amable, el niño mantenía la distancia. Debido a los numerosos y frecuentes maltratos que había sufrido en su corta existencia, el niño, a pesar de su naturaleza inquieta y traviesa, ante los adultos se mostraba huraño y desconfiado. Además, el hombre aquel le parecía de alguna manera extraño. En ocasiones hacía a un lado lo que estaba leyendo y se quedaba quieto por largo tiempo, con la mirada fija en el vacío. En el río nunca se hablaron.
Su primera conversación tuvo lugar en circunstancias un tanto bochornosas. El poeta pescó al niño robando frutas en su jardín. El niño supuso entonces que aquel adulto, como otros muchos que lo habían atrapado antes en sus travesuras, le soltaría una severa reprimenda con ofensas y amenazas. Sin embargo, el poeta reconoció al pequeño pescador del río y lo invitó a tomar un refrigerio en su casa. Era un señor solemne que hablaba "con palabras de diccionario", pero el niño descubrió, con algo de sorpresa, que el hombre silencioso que miraba al vacío sin moverse, era un hombre bueno y simpático. Solamente le caía mal cuando le hablaba de la importancia de ir a la escuela, de la que el niño guardaba muy malos recuerdos y de la que huía a toda costa. Por otra parte, el niño descubrió que el poeta tenía una hija muy bonita, más o menos de su edad, por lo que encontró atractivo frecuentar aquella casa en que lo trataban tan bien.
Tuvieron, como todos los amigos, algún disgusto que, como todos los amigos, lograron olvidar. La amistad fue breve, pero el recuerdo acabó siendo imborrable.
Con el cuento El poeta, el niño y el río,  José León Sánchez obtuvo su primer premio literario. Lo escribió en la Isla de San Lucas, donde estaba preso. En 1963 lo presentó a un certamen convocado por la Universidad de Costa Rica, la Asociación de Autores, la Dirección de Artes y Letras y la Editorial Costa Rica. El Jurado le otorgó el primer lugar pero, cuando se supo que el autor era el reo más conocido del país, hubo quienes protestaron y pidieron que el premio no le fuera entregado. Argumentaban que era imposible que un hombre como él hubiera escrito un cuento tan hermoso. El Dr. Constantino Láscaris, que había obtenido el segundo lugar en el certamen, manifestó que no aceptaría el reconocimiento si se le retiraba el premio a José León. El fallo se mantuvo, pero José León no pudo asistir a la ceremonia de entrega en el Teatro Nacional. Sin embargo, la noche de la premiación, aunque estuviera muy lejos, en su celda del penal de San Lucas, José León Sánchez se convirtió en un escritor laureado y reconocido.
Desde entonces, El poeta, el niño y el río, ha sido publicado en numerosas ediciones. En 2012 fue publicado en el libro A la izquierda del Sol, publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica, junto con otros doce cuentos.
En éste, como en todos sus relatos, José León Sánchez se refiere al dolor, el sufrimiento y la injusticia, pero no lo hace como lamento ni como denuncia, sino que es capaz de elevarse hasta un nivel de sabiduría y madurez que está muy por encima del resentimiento. Sus personajes, como él mismo, a pesar de las duras experiencias sufridas, son capaces de mantener en alto la confianza y el optimismo. Sonríen, creen todavía en la buena voluntad de quienes los rodean, se sacuden el polvo después de cada caída y disfrutan los breves y esporádicos momentos de paz y gozo en medio de la tormenta.
En sus charlas, el niño le iba contando al poeta como había su vida. Abandonado desde pequeño, maltratado y rechazado por quienes, se suponía, debían cuidarlo, había ido creciendo solo a brincos y saltos, aguantando hambre y buscando, sin encontrarlo, un poco de afecto. El poeta, que en el río se quedaba silencioso mirando un punto lejano, lo escuchaba atento. Precisamente por la época en que se conocieron, don Rogelio Sotela había publicado un librito pequeño, Apología del dolor, en el que, entre otras sabias máximas, decía que el sufrimiento es como la noche que precede a la aurora, que el dolor es una escuela que nos hace comprender mejor la vida, que cada golpe fortalece y que quienes han sufrido mucho, a la larga logran alcanzar un alto estado de serenidad.

Rogelio Sotela (1894-1943) y José León Sánchez. El primero poeta y el segundo
novelista, compartieron una amistad, salpicada con travesuras, que nació a la orilla
de un río.
INSC: 2772

viernes, 4 de octubre de 2019

Historia de la literatura costarricense. Abelardo Bonilla.

Historia de la Literatura Costarricense.
Abelardo Bonilla. Edictorial Costa Rica.
San José, Costa Rica. 1967
El primer antólogo e historiador de la literatura costarricense fue el poeta Rogelio Sotela, quien publicó, por iniciativa propia y con recursos propios, tres importantes estudios: Valores Literarios de Costa Rica (1920), Escritores de Costa Rica (1923 y una edición ampliada en 1943) y Literatura Costarricense (1927).
Estos libros, además de reseñas biográficas de los autores y datos de referencia sobre títulos y fechas de las publicaciones, incluían además una muestra antológica de las obras mencionadas, muchas de ellas verdaderamente difíciles de encontrar.
El trabajo de recopilación y rescate histórico que hizo el poeta Rogelio Sotela es verdaderamente asombroso y admirable. Quien quiera tener una visión amplia y total de la literatura costarricense, no tiene más que recorrer las casi novecientas páginas de Escritores de Costa Rica, donde encontrará tanto la información, como la muestra, sobre todo lo escrito y publicado en Costa Rica desde los más remotos orígenes coloniales hasta las primeras décadas del Siglo XX,
Lamentablemente, esta obra erudita, rigurosa y completa no ha vuelto a ser reeditada. 
En los años cincuenta, la Universidad de Costa Rica, de cuyo primer Consejo Universitario el poeta Rogelio Sotela había formado parte, en vez de publicar una nueva edición de Escritores de Costa Rica, optó por encargarle a Abelardo Bonilla que escribiera una Historia de la Literatura Costarricense. La tarea, paradójicamente, era a la vez una tarea sencilla y un reto difícil. Tarea sencilla, porque la investigación y recopilación ya estaba hecha. Reto difícil, porque le correspondía ir un paso más allá de una verdadera obra maestra.
La primera edición de Historia de la Literatura Costarricense fue publicada en 1957 y se agotó casi de inmediato. La segunda, ampliada, fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1967 y hubo también una tercera edición, de gran tiraje, publicada por la editorial STVDIVM, de la Universidad Autónoma de Centro América, que en diversas reimpresiones, entre 1982 y 1984, alcanzó los catorce mil ejemplares. La primera edición no la he podido conseguir, pero tengo en mi biblioteca sendos ejemplares de la segunda y la tercera.
Historia de la Literatura Costarricense.
Abelardo Bonilla. STVDIVM.
UACA. San José, Costa Rica, 1984.
 Los nombres, fechas, títulos y datos que se consignan en los libros de Rogelio Sotela y de Abelardo Bonilla son casi los mismos. En cuanto a estructura, la obra de Bonilla está prácticamente calcada de la Sotela. Sin embargo, cada estudio responde a intenciones muy distintas. Rogelio Sotela, como historiador literario, se limitó a consignar. Investigó en archivos, recopiló información, la estructuró sistemáticamente y reprodujo muestras representativas de cada obra estudiada. El suyo es un trabajo exhaustivo y completo, una gran obra de referencia que no entra en valoraciones personales, estéticas ni políticas. Rogelio Sotela ofrece los datos, pero no pretende influir en el juicio que se pueda hacer de ellos.
Abelardo Bonilla tomó un camino distinto. Para empezar, no solo eliminó la muestra antológica (con la promesa de reunirla en otro libro) sino que también se tomó la libertad de eliminar de la recopilación las obras que, a su juicio, eran "de escasa importancia". 
Abelardo Bonilla, según afirma él mismo en el prólogo, para escribir la obra se trazó un plan y procedió con la "eliminación deliberada de los nombres y manifestaciones que no calzan con el plan."
En la introducción, afirma que su libro "no reclama otro mérito que ser objetivo y sincero."  En cuanto a sincero, no cabe duda que lo es, puesto que el autor se permite manifestar sus opiniones personales sin pudor y sin medida pero, precisamente por eso, el libro no tiene nada de objetivo. Es, de hecho, toda un desplante de subjetividad.
Empieza con una afirmación muy discutible. Afirma que en Europa, "por la cultura y por la raza" hay un orden basado en la razón, mientras que en América, "por la juventud y el aporte indígena", hay un orden basado en la emoción. No se detiene sin embargo, a exponer las razones que lo han llevado a esa conclusión que, tal parece, él da por un hecho. Podría discutírsele que, a pesar de las diferencias culturales, por marcadas que sean, la conducta de todos los seres humanos, independiente de donde vivan, responden a motivaciones tanto racionales como emocionales.  
Casi de inmediato, al referirse a la producción intelectual a este del Atlántico, suelta otra sentencia contundente que tampoco se molesta en explicar. Dice que del pensamiento latinoamericano "no vemos ninguna perspectiva ni sentimos su conveniencia." Mientas otros autores, al ocuparse de los escritos de una región en particular tratan de descubrir sus características propias, Abelardo Bonilla deja claro que la única cultura racional es la que viene de europea y ni siquiera es conveniente que otra sea posible. Considera que el localismo, además de "errado" es "deleznable", ya que conduce "al error de crear una limitación inconveniente en la universalidad de la cultura."
Como cree que hay una manera correcta y una manera equivocada de hacer las cosas, al referirse a la poesía costarricense, considera "negativa" la influencia que en ella tuvo el colombiano Julio Flores y "nefasta" la del mexicano Salvador Díaz Mirón.
Abelardo Bonilla Baldares. (1898-1969)
Ya entrando en materia, al referirse a la literatura costarricense, como un maestro severo ante los aprendices, procede a evaluar la obra de los autores que va mencionando. Encuentra los versos de Domingo Jiménez, el coplero, como "textos de mediocre composición." Critica En una silla de ruedas, de Carmen Lyra, por su "exceso de sentimentalismo", mientras que las dos novelas de María Fernández de Tinoco, Zulay y Yontá, les reprocha su "lenguaje ingenuamente femenino". Afirma que Yolanda Oreamuno es una narradora excepcional al repasar recuerdos pero que, al entrar en temas reflexivos, su prosa es "inferior" ya que revela "una concepción del mundo y de los hombres pesimista, sobria y cruel." Reprocha que la poesía de Francisco Amighetti sea "escasa y limitada a temas menores." El libro Atardeceres, de María Ester Amador León, es calificado como "una colección de setenta poemitas en prosa.
Además de etiquetar los libros con criterios tan subjetivos, Abelardo Bonilla también los califica entre mejores y peores. Al referirse a la obra de don Joaquín García Monge, afirma que Abnegación es "de menor mérito" que El Moto y que La mala sombra y otros sucesos es "su mejor obra". De las tres novelas que escribió Claudio González Rucavado, dice que Egoísmo, es "inferior" a las otras dos. Sostiene que Pedro Arnáez es la mejor novela de José Marín Cañas, mientras que Ese que llaman pueblo, es la mejor de Fabián Dobles.
Aunque, a nivel académico, se suele echar mano de métodos y teorías, siempre he creído que la crítica literaria es, en el fondo, un género de opinión. Por ello, no cuestiono que Abelardo Bonilla manifieste sus impresiones personales, pero le reclamo que las opiniones que manifiesta no estén justificadas. No le cuestiono, por tanto, que Abelardo Bonilla que manifieste sus impresiones personales, pero le reclamo que no las explique. Si el crítico literario simplemente opina, se espera que esa opinión sea fundamentada. Si afirma que una obra es "mejor" o "peor" que otra, debería decir por qué.
Abelardo Bonilla no solamente califica las obras, sino también los autores. Dice que Jenaro Cardona es "el más brillante poeta del período", que Alfredo Castro es "el más genuino de nuestros autores dramáticos" y que Alfredo Cardona Peña es el poeta "que ofrece frutos estéticos de más altos quilates", pero no se detiene a exponer cómo llegó a esa conclusión.
En ocasiones, al opinar sobre escritores, sus comentarios se centran en lo personal más que en lo literario. Sostiene que la vida de Teodoro Yoyo Quirós "no tuvo rasgos notables", que Rafael Angel Troyo fue "un millonario que derrochó su fortuna", o que Max Jiménez era "un hombre muy rico cuya personalidad indisciplinada le impidió seguir estudios superiores." Llega al punto de afirmar que "por su carácter serio e introvertido, por su espíritu religioso y por su dedicación a los estudios filosóficos, Luis Barahona Jiménez es el escritor contemporáneo mejor capacitado para el ensayo."
Además de evaluar y etiquetar tanto libros como autores, Abelardo Bonilla, en sus comentarios, señala la influencias de autores de otras latitudes que ha notado en las obras costarricenses. Las de Francisco Soler y las de Max Jiménez se le parecen a la de Ramón del Valle Inclán, la de Diego Braun Bonilla a la de Gustavo Adolfo Becker y la de Aquileo Echeverría a la de Francisco de Quevedo. La ironía de Mamita Yunai, de Carlos Luis Fallas, le recuerda la picaresca española, en las novelas de Fabián Dobles descubre "visibles influencias" de Emile Zolá y Fiodor Dostoievski, mientras que a Manglar, la primera novela de don Joaquín Gutiérrez, le descubre influencias de John Dos Pasos y James Joyce. Habría sido interesante saber un poco más acerca de cómo estableció tales paralelismos pero, de nuevo, Abelardo Bonilla optó por manifestarlos sin molestarse en explicarlos.
El concepto de "Literatura Costarricense" es, en este libro, bastante amplio, puesto que, además de poesía, cuento, novela, teatro y ensayo, incluye también apartados sobre Historia, Derecho, Economía y Periodismo. Las dosis de atención que presta a cada autor son, como muchas otras en este obra, inexplicables e inexplicadas. En la brevísima mención a José Ramírez Sáizar, simplemente dice que su obra se refiere a la "pintoresca" región guanacasteca. Uno no puede evitar preguntarse por qué considera a Guanacaste particularmente "pintoresco", cuando también podría serlo cualquier otro rincón del país.
En el apartado de periodismo, por ejemplo, no se menciona a Pío Víquez, pero Abelardo Bonilla dedica un largo elogio a  Otilio Ulate Blanco, quien había sido su patrón durante los muchos años que trabajó en el Diario de Costa Rica. Al mencionar a don Alberto Cañas Escalante, aclara que "no es un periodista profesional pero ha realizado una vasta labor en órganos de prensa." Lo curioso del caso es que en Costa Rica ningún periodista era profesional. No se impartían clases de periodismo y los colaboradores de periódicos se dedicaban también a otras actividades.
En todo caso, queda claro que la Historia de la Literatura Costarricense de Abelardo Bonilla, más que un estudio metódico y antológico sobre la producción literaria de Costa Rica, es más bien la valoración personal que, sobre esa literatura, tiene quien la escribió. Con todo y lo discutibles que son las opiniones expuestas, es un libro interesante de leer, pero  no atractivo de repasar.
El que sigue siendo un libro de referencia y consulta frecuente es, más bien, el anterior y primero, Escritores de Costa Rica del poeta Rogelio Sotela. Es entonces inexplicable, además de lamentable, que mientras el libro de Bonilla ha contado con varias ediciones desde su aparición, en 1957, el de Sotela no haya vuelto a editarse desde 1942.
INSC: 1826  2765

domingo, 22 de septiembre de 2019

La otra Talamanca.

La otra Talamanca. Luis Bruzón Delgado.
Jugen Ureña Arroyo. Inédito.
 Costa Rica, 2000.
Las dos Talamancas, la de Costa Rica y la de España, aunque son muy diferentes, tienen otras cosas en común, además del nombre. En ambas regiones, situadas a considerable distancia de grandes ciudades, los escasos habitantes, repartidos en un amplio paisaje natural, se dedican a labores del campo y mantienen vivas costumbres, tradiciones y modos de vida heredados de incontables generaciones de remotos ancestros.
Hubo una época, muy lejana en el tiempo, en que la pequeña villa de Talamanca de Jarama competía en influencia, estructura y comercio con la, por entonces, también pequeña villa de Madrid, situada a cincuenta kilómetros de distancia. El tiempo pasó y Madrid acabó convirtiéndose en la capital de España, mientras que Talamanca se mantuvo sin grandes cambios podría decirse que hasta el día de hoy.
Allí, en Talamanca de Jarama, nació en 1566 el conquistador español Diego de Sojo y Peñaranda, hijo de Juan de Sojo Peñaranda y Sabina de Artieda y Chirinos. Un hermano de su madre, don Diego de Artieda y Chirinos, fue nombrado por el rey gobernador tanto de Nicaragua como de Costa Rica y, al cruzar el Atlántico rumbo a su destino centroamericano, se trajo a su sobrino Diego de Sojo, que tenía apenas once años de edad.
Diego creció en Costa Rica nadando en ríos y trepando montañas. Cuando era joven, llegó hasta la cumbre del Chirripó y, ya siendo adulto, exploró las tierras situadas detrás de los volcanes Irazú y Turrialba, hasta salir al Caribe. Justo un año antes de cumplir los cuarenta años de edad, en lo alto de los cerros situados al noreste, cerca del río Sixaola, fundó, el 10 de octubre de 1605, una pequeña población de chozas y ermita con techo de paja, a la que llamó Santiago de Talamanca, en honor a su Santo Patrono (Santiago y Diego son el mismo nombre) y como un homenaje a su pueblo natal, del que salió siendo un niño y al que nunca regresaría.
Su tío el gobernador había hecho algo similar. En la costa pacífica fundó dos poblados. A uno lo llamó Artieda y al otro Espíritu Santo. Artieda se desocupó al poco tiempo, mientras que el poblado de Espíritu Santo, aunque la parroquia mantiene ese nombre, en el plano civil pasó a llamarse luego Esparza y aún existe en el mismo sitio.
La vida de la villa de Talamanca fue breve. Apenas duró cinco años. En 1610 una rebelión de indígenas acabó con ella pero, aunque el poblado desapareció, el nombre se mantuvo. Diego de Sojo, quiso establecerla de nuevo, pero no logró encontrar suficientes hombres dispuestos a acompañarlo en la empresa. Su esposa y sus hijos habían nacido en Cartago, ciudad en la que Diego de Sojo pasó la mayor parte de su vida y donde murió y fue enterrado en 1639.
Más de medio sigo después de su muerte, los colonos de Cartago establecieron de nuevo una población en Talamanca, que daba la impresión de que iba a prosperar. Allí se instalaron frailes misioneros y un buen número de familias criollas, pero la famosa rebelión de Pablo Presbere hizo que el lugar fuera abandonado de nuevo.
Durante años, el deseo de restablecer un poblado en Talamanca fue la obsesión de los gobernadores españoles. Son famosas las cartas del gobernador Diego de la Haya Fernández, en que habla de la dificultad de pacificar a "los talamancas". En aquellos tiempos, se acostumbraba llamar a las personas con el mismo nombre del lugar en que vivían. La palabra "costarricense", por ejemplo, no existía. Se decía simplemente "los costarricas", como también se decía "los heredias", "los esparzas", "los bagaces", "los ujarrás" o, naturalmente, "los cartagos". Curiosamente, solamente en el caso de "los cartagos" el uso se mantiene.  Las cartas del gobernador de la Haya Fernández acabaron, a la larga, generando una confusión. Como él se refería a "los talamancas", hubo quienes creyeron que ese era el nombre del pueblo indígena que habitaba en el lugar, cuyos nombres eran en realidad bribrí y cabécar. La creencia generalizada de que los indígenas de la zona eran "talamancas", llegó incluso a poner en ridículo a dos pretenciosos protolingüistas.
A finales del siglo XIX, a raíz de las investigaciones sobre lenguas indígenas costarricenses emprendidas por el obispo Bernardo Augusto Thiel, otros estudiosos, no tan metódicos ni tan serios como el obispo alemán, se interesaron en el tema. El profesor español Juan Fernández Ferraz, que no sabía nada de nahuatl, escribió un ensayo titulado Nahualtismos de Costa Rica. El método que utilizó, totalmente especulativo y para nada científico, fue simplemente calificar de nahuatl cualquier palabra que hubiera escuchado en Costa Rica y no le sonara castiza. El escritor Carlos Gagini, que tampoco dominaba el nahuatl, le hizo segunda y ambos intelectuales, que nunca habían puesto un pie en Talamanca, se pusieron a discutir en la prensa sobre el origen, significado y hasta pronunciación de la palabra Talamanca en lengua nahuatl. El que los hizo callar fue el periodista nicaragüense Enrique Guzmán, entonces residente en Costa Rica, quien era célebre tanto por su amplia cultura como por su punzante estilo satírico. En un artículo escrito con un evidente tono burlón, les hizo ver que su discusión sobre etimología nahuatl no tenía ningún fundamento y les informó, ya que daba la impresión de que no lo sabían, que Talamanca es el nombre de la villa castellana donde nació Diego de Sojo y Peñaranda, el conquistador español que, en honor a su pueblo natal, le puso Talamanca a la región sureste de Costa Rica.
Una cosa quedó clara, el nombre de Diego de Sojo y Peñaranda había sido olvidado y la existencia de la otra Talamanca, en España, era un dato que la mayoría de los costarricenses ignoraban. Poco más de cien años después de la polémica que protagonizaron Fernández Ferraz, Carlos Gagini y Enrique Guzmán, dos jóvenes, el español Luis Bruzón Delgado y el costarricense Jurgen Ureña, intentaron rescatar esa parte de nuestra historia tan poco conocida.
Luis Bruzón Delgado, era un periodista español de la agencia EFE que había sido cooperante en Costa Rica, mientras que Jurgen Ureña era un cineasta tico que había cursado estudios en España. Ambos habían tenido la oportunidad y el raro privilegio, que muy pocos pueden presumir de haber gozado, de conocer en persona y a fondo las dos Talamancas, la de España y la de Costa Rica.
Asomarse a la vida, la gente y el paisaje de ambas comunidades, con sus similitudes y diferencias, los impresionó de manera profunda. Naturalmente, el asunto iba mucho más allá del nombre. En España y América Latina es común que haya poblaciones que se llaman igual pero, por poner un ejemplo, las dos Cartagenas, la de España y la de Colombia, son ciudades grandes, conocidas y de población numerosa en las que hay gran actividad industrial, comercial y turística. Aunque cada Cartagena mantiene su personalidad propia, son ciudades con similar acceso a los avances tecnológicos en que se vive de manera, digamos, globalizada.
El caso de las dos Talamancas es distinto. Las dos son comunidades alejadas de la prisa y el ruido de la ciudad. Las dos son regiones poco conocidas y poco visitadas, a pesar de que ambas son ricas en historia y están llenas de paisajes asombrosos. Los habitantes de las dos Talamancas, viven de manera similar a como vivieron sus padres, sus abuelos y sus ancestros más remotos. En su aislamiento del mundo exterior, mantienen vivas antiguas tradiciones. Las dos Talamancas son poblaciones tan particulares, tan únicas, que, precisamente por ser tan singulares, a pesar de sus grandes diferencias, acaban pareciéndose una a la otra.
Luis Bruzón y Jurgen Ureña quisieron hacer un retrato en el que, como en una ventana que sirviera también de espejo, cada Talamanca pudiera asomarse a la otra. Su intención era realizar un documental de una hora para que fuera transmitido por televisión. La iniciativa fue planteada en el año 2000 y logró despertar entusiasmo, apoyo y hasta respaldo institucional a ambos lados del Atlántico. A propósito de este proyecto, fue que tuve oportunidad de conocer a Luis y Jurgen, con quienes llegué a establecer lo que podríamos llamar una fuerte amistad intermitente. Los veo poco, pero los aprecio mucho. Casi veinte años después, acomodando papeles en mi biblioteca, me encontré el cuadernillo en que planteaban su propuesta. Leerlo de nuevo, después de tanto tiempo, ha vuelto a despertar mi entusiasmo por el tema. Particularmente porque no pretendían hacer un material didáctico, lleno de fechas y datos, sino más bien compartir un documento testimonial a través de la mirada inocente de dos niños, uno talamanqueño (como se dice en Costa Rica), y otro talamanqués (como se dice en España), Cada niño corre por el monte, va a la escuela, juega con sus amiguitos y le ayuda a sus padres con las faenas del campo. El talamanqués nunca ha visto los pejibayes ni las matas de plátanos que abundan en la Talamanca de Costa Rica, así como el talamanqueño nunca ha visto trasquilar rebaños de ovejas, tarea común en la Talamanca de España. Las madres de cada uno les preparan alimentos con los frutos de la tierra y, los días de fiesta, los niños acompañan a sus mayores en los rezos, cantos y bailes. Ambos crecen libres, sin vigilancia, deambulan por horas en el campo sin encontrarse con un extraño. Viven en medio de la naturaleza, cerca de la tierra, los cultivos y los animales. Si se enferman, los abuelos les harán remedios con hojas y raíces. Los paisajes en que viven son diferentes. Sus vidas, no tanto.
Lamentablemente, el documental no llegó a realizarse. Se lograron, eso sí, algunos encuentros. Los habitantes de cada Talamanca supieron de la existencia de la otra. Llegó a circular, a ambos lados del Atlántico, una broma simpática. En la Talamanca de Costa Rica hay grandes ríos sin puente, mientras que en la Talamanca de España hay grandes puentes sin río. ¿No habrá alguna manera de que los españoles envíen un poco de puente y reciban a cambio un poco de río?
Jurgen Ureña se ha dedicado a la enseñanza y a la producción de cine. Luis Bruzón, por su parte, de periodista pasó a convertirse en centroamericanista y ha realizado investigaciones sociales e históricas en toda la región. Supongo que ambos, al igual que yo, en sus papeles deben conservar el proyecto audiovisual de La otra Talamanca. No sé si entre sus planes estará retomarlo en algún momento, pero sinceramente espero que lo hagan. Diego de Sojo y Peñaranda era un niño cuando salió de Talamanca. Sería hermoso que la gente, la vida y el paisaje de las dos Talamancas sean dados a conocer a través de los ojos de dos niños pequeños.

sábado, 22 de junio de 2019

Te di la vida entera. Novela de Zoe Valdés.

Te di la vida entera. Zoe Valdés.
Seix Barral. Argentina. 1997.
En los años noventa del siglo pasado, durante el tristemente célebre Período Especial, los cubanos, al conversar sobre las duras condiciones en que vivían, intercalaban una y otra vez la expresión "No es fácil." No la decían en tono de protesta ni de lamento sino, simplemente, como muletilla. El servicio eléctrico se interrumpía con tanta frecuencia que, en vez de apagones, lo que tenían más bien era alumbrones. El puñado de arroz y de café que obtenían por medio de la libreta de racionamiento, que se suponía era para todo el mes, no alcanzaba ni para dos días. Quienes vivían en pisos altos, debían subir el agua por las escaleras en un balde. Las guaguas y camellos iban siempre hasta el tope. Con el sueldo de un mes completo no se podía comprar ni un minúsculo pedazo de carne pero, en todo caso, no había tampoco dónde encontrarlo, porque los mercados estaban vacíos. Hasta los boniatos y plátanos escaseaban. Cada mañana los cubanos salían a la calle a ver qué podían hacer para lograr comer algo ese día, "para resolver", decían ellos. No protestaban ni se quejaban, pero, a cada segundo repetían "No es fácil, no es fácil."
De los muchos recuerdos que guardo de mis viajes a Cuba, el eco de esa expresión, que escuché cientos de veces de distintos labios y con distintas voces, es uno de los más imborrables. Quizá por ello, me llamó muchísimo la atención que Cuquita Martínez, la protagonisa de la novela Te di la vida entera, de Zoe Valdés, pese a hablar de manera cubanísima, no la dijera ni una sola vez. Vivir en Cuba, ya se sabe, no es nada fácil, pero a la buena de Cuquita Martínez le tocó todo el camino cuesta arriba.
Nació en Las Villas y muy temprano aprendió que la vida era dura y que tendría que arreglárselas sola como mejor pudiera. Fue abandonada tanto por su padre como por su madre y acabó viviendo en casa de su madrina quien, aunque le daba de comer y la cuidaba, no podía ofrecerle mayor cosa. La niña le cosía ropa a una botella, para vestirla como muñeca. Siendo muy pequeña, intentaron violarla. Se salvó de puro milagro, pero ese episodio violento fue solamente el inicio de una serie de acontecimientos, cada uno más complicado que el anterior, de los que siempre, de alguna manera, lograba caer de pie. Cuquita Martínez nació, creció, maduró y envejeció expuesta al peligro. Su supervivencia es su mayor y único éxito en la vida.
Era una muchachita todavía con el pecho plano cuando se trasladó a vivir por su cuenta a La Habana. No se crea, sin embargo, que esta novela es un relato más, de los muchos que hay, que cuentan las andanzas de una guajira recién llegada a la capital, con todo lo trágico y cómico que ese traslado implica. Para empezar, la ciudad ni siquiera logró impresionarla. Sin mirar alrededor, apenas llegó se dirigió directamente a la pensión en que la que iba a trabajar limpiando pisos a cambio de comida y un lugar donde dormir. Allí conoció a la Menchunguita y la Punchunguita, dos mujeronas hermosísimas que vivían como si no hubiera mañana, quienes no solo la cuidaron cuando estuvo enferma ("eso sí, no te acostumbres, que la sirvienta eres tú y no nosotras") sino que también la llevaron a conocer los cabarés en que la noche no solo es joven, sino que parece eterna. Cuquita, que nunca había bailado, acabó dando sus primeros pasos en la pista durante un fiestón amenizado por la orquesta de Beny Moré y, dicho sea de paso, no lo hizo nada mal. La misma noche de su primer baile dio su primer beso. La experiencia fue hermosa, a pesar de que el galán tenía un terrible mal aliento.
Con Juan Pérez, apodado "el Uan" (porque era el number one), su primer novio y gran amor de su vida, Cuquita encontró con quien pasar las noches calientes y dulzonas de La Habana, la ciudad azucarada. Quien ha caminado por La Habana, seguramente habrá experimentado la magia y encanto de ese cielo azul tan limpio y claro que dan ganas de tocarlo, de la brisa salada que viene del mar y del olor dulzón que inunda el ambiente. Pero lo más maravilloso, es que desde el momento mismo en que "habanece", está claro que entre todo ese hormigueo humano que deambula bajo los balcones, en el nuevo día se abre la posibilidad de que ocurra hasta lo más inesperado.
Si algún crítico literario le recriminara a Zoe Valdés lo absurdas y descabelladas que son las historias que cuenta, será seguramente porque nunca ha estado en Cuba, donde lo absurdo y descabellado es cosa de todos los días. 
La Habana, en los tiempos en que Cuquita Martínez vivía su romance con el  Uan, era la capital más bella y más rica del continente americano. Durante toda la primera mitad del Siglo XX, Cuba era un país que recibía grandes oleadas de inmigrantes pero, después de la revolución, más bien los cubanos empezaron a irse. Entre ellos, uno de los primeros,  el propio Uan.
Abandonada primero por su padre y su madre, luego por el amor de su vida y, posteriormente, hasta por su hija, que se le salió de las manos, Cuquita Martínez, prematuramente envejecida, acabó convertida en una anciana medio loca, sin dientes, que deambulaba por las calles en busca de algo que echar a la olla. No quedaba en ella nada que recordara a la muchachita de vestido amarillo que todos miraban en el cabaret Montmatre. No estaba sola en el deterioro. El Montmatre, elegante y lujoso en su tiempo, se llamaba ahora el Moscú y era un restaurante en que servían una sopa intragable. Los edificios de apartamentos estaban en ruinas, sostenidos por palos que, muy frecuentemente resultaban inútiles y la estructura acababa cayéndose a pedazos o derrumbándose de plano. Al caminar por las calles de La Habana, con todo su deterioro, es difícil imaginar lo hermosa que fue antes. Al ver a Cuquita Martínez con sus harapos y su boca desdentada, cuesta creer que en algún momento tuvo quince. En uno de sus paseos, Cuquita recogió un dólar en la calle que apareció empujado por un vendaval. Ella misma era ya una hoja seca arrojada en un torbellino. Las necesidades eran tantas y el dinero tan poco, que en vez de gastar el dólar decidió guardarlo. Lo había olvidado, pero en su casa tenía otro dólar guardado que, en algunos momentos de la historia, parece ser un motivo de esperanza y, en otros, la causa que desencadenaría la tragedia.
Te di la vida entera es un relato profundamente humano concentrado en una vida llena de dolor que transcurrió en medio de circunstancias adversas. Sin distraerse del hilo central de la historia, que es la vida de Cuquita Martínez, inevitablemente aparecen alusiones a la revolución cubana. Fidel Castro, aunque nunca aparece citado por su nombre, es un personaje protagónico del libro. El "Comediante en Jefe", uno de muchos los apodos usados en el libro para referirse a él, envolvió al país en un torbellino de ocurrencias y promesas. Ocurrencias que no funcionaban y promesas que no se cumplían. En la novela, sin embargo, lo político no llega a ser relevante.
Cuando la protagonista no tiene en la mente otra idea más que encontrar algo qué comer, no queda ni tiempo ni energía para pensar en nada más. Tal vez Cuquita Martínez tenga cáncer de seno, la bolita que se palpa en uno de sus pechos se menciona con tanta frecuencia a lo largo de toda la novela, que llega a adquirir la categoría de personaje. Pero ella no le presta mayor atención. Está demasiado ocupada resolviendo la realidad del día a día como para pensar en una protuberancia que, a fin de cuentas, ha estado allí por largo tiempo sin causarle mayores molestias. Ni siquiera se pregunta si se trata de un tumor ya que, en todo caso, la dichosa bolita no es un factor determinante en su andar por la vida ni tendrá nada que ver con el final de su existencia.
La sabiduría de Cuquita Martínez es simple y concreta. Sabe que un dolor puede convertirse en muchos. Se repite que quien vive de ilusiones muere de desengaños y tiene claro que en esta vida no hay más que echar palante.
Desdichada en el amor y con la familia rota y dispersa, Cuquita Martínez se consuela en la amistad, no solo de la Menchunguita y la Punchunguita, quienes nunca la abandonaron, sino de otras dos buenas amigas, tan locas como ella misma, a quienes conoció posteriormente, apodadas El Fax y La Fotocopiadora. Para vencer las largas horas de soledad en su apartamento, incluye en su círculo a amistades a una cucaracha y un ratón.
Decía don Joaquín Gutiérrez que escribir una novela no es contar historias sino crear personajes. Las historias que se leen en las novelas se olvidan, pero los personajes se recuerdan siempre. Zoe Valdés ha creado, en Cuquita Martínez, un personaje entrañable e inolvidable. A Cuquita se le acompaña, se le toma cariño y se le respeta. A pesar de todo lo que ha sufrido, nunca inspira lástima, porque es fuerte. Las ansias de vivir se manifiestan en su erotismo y el ingenio y energía se ponen de manifiesto en su sentido del humor. Es una derrotada que no se rinde, una sufrida que no llora, una mujer que, incluso con el estómago vacío, sin un solo diente en la boca y con la mente medio perdida, aún es capaz de caminar con la frente en alto y sonreírle a quien se le ponga por delante.
Escrita de principio a fin en cubano, la novela ha sido bien acogida en España y otros países. La edición que tengo fue publicada en Argentina.  A veces. tal vez como una concesión a los lectores de otras latitudes, Zoe Valdés explica algunos términos, como cuando aclara que al mencionar "la bolita", no se refiere al tumorcillo que Cuquita lleva en el pecho, sino a la lotería clandestina de Cuba. Sin embargo, prefiero cuando utiliza las expresiones cubanas sin explicarlas. Quien ha estado en Cuba sabe lo que es "luz brillante" o "chispa e tren". El que no lo sepa, que vaya o lo averigüe por su cuenta. Por cierto, me llamó mucho la atención que en Cuba, al igual que en Costa Rica, se les llame "bolas" a los rumores.
Quienes hayan estado en La Habana, al leer Te di la vida entera, de Zoe Valdés, además de conocer la traqueteada vida de Cuquita Martínez, revivirán en su memoria escenas de sus paseos por esa bella ciudad. Me impresionó mucho que Reglita, la hija de Cuquita Martínez, viviera en Empedrado, entre Villegas y Aguate, ya que una vez, hace ya muchos años, me hospedé en una casa situada en ese sitio. La casa de Reglita ya no existe. Espero que la de mis amigos todavía esté en pie.
Además de la vida de Cuquita, la novela está llena de relatos paralelos, fiestas de disfraces frente al cementerio, la Menchunguita y la Punchunguita capturadas en alta mar como balseras y presas por una temporada en Guantánamo, el amor no correspondido de Ivo, el chofer, quien casi logra su objetivo de casarse por que la pretendida consideró conveniente, ante el desastre que era el transporte público, echarse un marido que tuviera automóvil, los enredos del Uan en New York, y un asesinato a plena luz del día que no termina de aclarse. En este libro hay de todo, como en la vida, tramas detectivescas, extrañas alianzas de poderosos, escenas eróticas ardientes, salidas de humor que hacen soltar la risa y relatos mágicos que trascienden las barreras de la realidad.
De las muchas historias fascinantes y encantadoras que tiene este libro, hay una verdaderamente conmovedora y fantástica. En medio de lo más duro del Periodo Especial, una joven periodista que acaba de perderlo todo, se traslada al campo para hacer un reportaje. El viaje es largo y, en la carretera, nota que todo está cambiando. Sus pantalones de mezclilla se convierten en una falda amplia, el Lada se transforma en Chevrolet, conforme pasan los kilómetros, ya no hay murales con lemas revolucionarios sino anuncios comerciales. Al llegar a un pueblito y ver cómo las personas se visten y se comportan, descubre que no solo ha viajado en el espacio, sino también en el tiempo. Ha llegado al pasado. Empieza a entrevistar a una mujer que vive en una casa azul, pero la alucinación termina abruptamente. De regreso en La Habana, la periodista quiere repetir la experiencia. Regresa al campo, hace la misma ruta, pero esta vez nada cambia, sigue en el presente. En el pueblito reconoce la casa azul, allí vive una anciana que desde hace muchos años, desde antes de la revolución, está esperando que regrese la joven periodista para que termine de entrevistarla. La muchacha comprende que la cita es con ella. Termina entonces la entrevista que empezó muchos años de haber nacido. Pero descubre también, que ella no podrá publicarla porque tanto la vieja como ella están en una dimensión fuera de este mundo. Da entonces la impresión de que el final de este relato va a ser trágico o triste, pero, afortunadamente, la historia tiene un final feliz, porque la periodista logra ingeniárselas para encontrar a alguien que escriba la historia y esa persona fue, sin lugar a dudas, la más indicada.
INSC: 1454
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