miércoles, 18 de octubre de 2017

Artículos de Constantino Láscaris.

Cien casos perdidos.
Constantino Láscaris.
STVDIVM. Costa Rica, 1983.
Desde su arribo a Costa Rica, en 1953, Constantino Láscaris, profesor de Filosofía nacido en Zaragoza, España, en 1923, fue un prolífico escritor. No solamente publicó un buen número de libros, entre los que cabe destacar El costarricense y Desarrollo de las ideas filosóficas en Costa Rica, sino también poesía (De Salomón a Demóstenes Smith) y un valioso estudio histórico sobre la carreta costarricense
Impartía lecciones de Filosofía en la Universidad de Costa Rica, dictaba conferencias en el Instituto Costarricense de Cultura Hispánica, tenía un programa de entrevistas en televisión y era uno de los columnistas que escribía más frecuentemente en la página 15 del periódico La Nación.
En determinado momento, quiso publicar una antología de sus artículos de opinión publicados en el periódico, pero la Editorial Costa Rica no se interesó en el proyecto, debido a que la experiencia, en publicaciones similares anteriores, había demostrado que este tipo de libros no era muy apetecido por el público. Aunque la política de no publicar colecciones de artículos de opinión estaba plenamente justificada, tal vez, en este caso en particular, valía la pena hacer una excepción. Es muy probable que los autores previos, que sí lograron ver reunidas sus columnas en un libro, no tuvieran lectores ni siquiera en el periódico, mientras que los artículos de Láscaris, en cambio, no solo eran leídos por un público amplio, sino que llegaron incluso, casi todos ellos, a generar réplicas y despertar polémicas.
Guido Fernández, el director de La Nación que tuvo la iniciativa de convertir la Página 15 del diario en un espacio abierto a artículos de opinión que no necesariamente coincidieran con la posición editorial del periódico, confiesa que las únicas veces que sintió que se tambaleaba en el puesto fue debido a las reacciones que generaban los artículos de Láscaris.
Sobre el título, Láscaris aclara que los escritos presentados ni son cien, ni son todos casos, pero los considera todos perdidos, ya que su intento de hacer mella quedó solamente en el papel. Confiesa que al enviar sus opiniones al periódico pretendía incomodar, sin llegar a escandalizar. En su momento, no faltaban quienes, ante sus afirmaciones, replicaran de manera airada. Sus columnas, sin embargo, leídas con la distancia que dan los años, ni escandalizan ni incomodan. No son más que artículos ligeros, escritos en tono de burla la mayor parte, en que por puro afán de llevar la contraria y nadar contra corriente, Láscaris se deleitaba al manifestarse en desacuerdo con la opinión general.
Le gustaba tomar en broma los temas serios, así como exponer con seriedad los asuntos más intrascendentes. En el libro hay un capítulo entero dedicado a melenas, bargas y bigotes, escrito como si fuera un tratado histórico o sociológico. Las críticas de libros, de cine o de teatro, son tangenciales. En vez de reseñar una obra, dar referencias sobre ella y opinar sobre su alcance, valor o importancia, se concentra en un único punto que le sirva para exponer alguna opinión personal suya.
Cita constantemente autores clásicos y hechos históricos pero, al hacer gala de una erudición enciclopédica, después de dar múltiples rodeos, acaba aterrizando casi siempre en su propia persona que, tal parece, era su tema favorito. A veces pareciera que su mayor placer era escribir sobre sí mismo. La gran mayoría de recuerdos personales no aportan gran cosa al tema que, se supone, estaba desarrollando.
En su afán de generar discusiones, suelta con frecuencia afirmaciones tajantes sin molestarse en justificarlas con algún fundamento. Para él, Ernesto el Che Guevara, no era más que un niño explorador, Miguel Angel Asturias superaba como escritor a Gabriel García Márquez y la novela Pedro Arnáez, de José Marín Cañas, era mejor que Cien años de soledad. Todas las opiniones son respetables, pero si él así pensaba no habría estado de más que hubiera mencionado por qué.
En sus artículos de opinión, más que como un filósofo, Láscaris escribía como humorista. Su afán de hacerse el gracioso lo llevaba con frecuencia a extenderse en detalles intrascendentes. Escribió una ponencia, para un Congreso Universitario, en que se quejaba de las instalaciones de la Universidad de Costa Rica porque los edificios carecían de aleros que protegieran a los transeúntes de la lluvia, los servicios sanitarios resultaban insuficientes para la creciente población de estudiantes y profesores, las aulas tenían puertas estrechas y los ascensores no funcionaban bien. En vez de señalar los hechos y proponer alguna solución, se lució con un monólogo de penurias y peripecias digno de un comediante.
Constantino Láscaris (1923-1979).
Para él, La Nación, el periódico de corte conservador en que publicaba sus artículos, era un periódico de izquierdas, ya que en la página de la derecha casi siempre había avisos comerciales, por lo que todo el contenido periodístico se ubicaba a la izquierda. Además, aclaró, lo que le pagaba el periódico por sus colaboraciones apenas le alcanzaba para comprar los cigarrillos sin filtro que fumaba al mes. Dedicó, por cierto, una de sus columnas a escribir un réquiem por su marca de cigarrillos favorita cuando fue sacada del mercado. Incluso cuando no tenía nada que decir, seguía hablando. En uno de sus artículos se queja de que haya que tener un tema para poder escribir y, como era de esperarse, escribe sobre la falta de tema.
El estilo de Láscaris es ameno, coloquial, simpático, entretenido. Sus artículos tienen el humor, el ingenio y el deleite de una buena tertulia alrededor de una taza de café pero, al igual que en la charla casual y relajada, al final, entre todo lo dicho, es verdaderamente poco lo que valga la pena recordar.
En los Cien casos perdidos, encontré, por aquí y por allá, una que otra idea interesante, alguna línea lapidaria y hasta algunos buenos temas de reflexión, pero no hubo ni un solo artículo completo que me pareciera profundo ni bien argumentado. Sin embargo, debo confesar que, pese a su ligereza, o tal vez precisamente por ella, he leído este libro varias veces. El pensamiento de Láscaris es ambiguo, pero llama la atención. Su prosa es errática, pero fluye sin tropiezos. Su narcisismo es más que evidente, pero no llega a generar antipatía. Al leer sus artículos, surge la sospecha de que no pensaba lo que decía, ni decía lo que pensaba. La gran mayoría de temas a los que se refiere, forman parte de un pasado ya remoto, pero su ingeniosa manera de referirse a ellos no ha perdido frescura.
Láscaris preparó con gran esmero la antología de sus artículos. Lamentablemente no logró verla impresa. Murió en 1979 y el libro fue publicado en 1983.
INSC: 0813

viernes, 6 de octubre de 2017

La primera vacante episcopal en Costa Rica. 1871-1880

La primera vacante de la Diócesis de
San José. Víctor Manuel Sanabria M.
Editorial Costa Rica, 1973.
Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, murió el 23 de setiembre de 1871. Casi nueve años después, el 27 de febrero de 1880, Bernardo Augusto Thiel fue designado como su sucesor. Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, no solo escribió extensas biografías de los dos prelados, sino también un interesante estudio histórico sobre el largo periodo vacante que hubo entre ambos. El libro, publicado en primera edición por la imprenta Lehmann en 1935 y reeditado por la Editorial Costa Rica en 1973,  además de explicar las razones de la prolongada demora en el nombramiento episcopal, brinda valiosos datos e innumerables sorpresas sobre la letra menuda de la historia eclesiástica costarricense.
El Concordato vigente en aquel entonces le otorgaba al gobierno costarricense el beneficio de patronazgo, es decir, el Poder Ejecutivo tenía el derecho tanto de proponer como de vetar candidatos a la sede episcopal. Lo que sucedió, para hacer la historia corta, es que la Santa Sede y el gobierno no lograron ponerse de acuerdo. Un año antes del fallecimiento de monseñor Llorente, don Tomás Guardia había derrocado al presidente Jesús Jiménez Zamora. A la muerte del obispo, todo parecía indicar que el llamado a sucederlo iba a ser el Dr. Domingo Rivas Salvatierra quien, por cierto, fue designado vicario capitular y administrador de la Diócesis hasta el nombramiento del nuevo obispo. Sin embargo, el Dr. Rivas, que había sido miembro del Consejo de Gobierno de don Jesús Jiménez, era un reconocido adversario de don Tomás Guardia y el gobierno, por tanto, prefirió buscar otro candidato. El elegido fue el padre Ramón Isidro Cabezas Alfaro, que había sido cura de Esparza y quien no solo era ferviente partidario de don Tomás y padrino de una de sus hijas sino que, al momento de ser propuesto como candidato a obispo, ocupaba el cargo de diputado por la provincia de Heredia.
Mons. Dr. Domingo Rivas Salvatierra (1836-1900).
El asunto no prosperó porque el gobierno cometió tres errores en la propuesta. Primero, nunca consultó al Padre Cabezas si aceptaría el cargo; segundo, no incluyó un informe sobre los méritos del sacerdote propuesto y, tercero, presentó un único candidato, cuando lo normal, en estos casos, es presentar varios para que el Papa decida. Ante el tropiezo, se desató entonces una trama de intrigas y vanidades heridas en que se llegó hasta los ataques personales. En cuanto supo de las gestiones, el padre Cabezas manifestó que no le interesaba el cargo ya que no se consideraba capacitado para ejercerlo. Don Domingo Rivas envió un informe a Roma en que pintaba al padre Cabezas como ignorante, parrandero, usurero y vicioso. El padre Cabezas apenas había cursado un mínimo de estudios, se había enriquecido gracias al contrabando, bebía guaro y jugaba billar en las cantinas, prestaba plata con altos intereses y era implacable a la hora de cobrar. El hecho de que no vistiera nunca sotana y acostumbrara realizar salidas nocturnas para echarse una canita al aire también fue mencionado. Al enterarse de lo que se decía de él, el padre Cabezas cambió de actitud y decidió entonces proseguir con su candidatura episcopal. Una cosa era reconocer la incapacidad y los vicios ante los amigos y vecinos que, en todo caso, ya estaban enterados y otra, muy distinta, era que sus fechorías se expusieran por escrito ante la Santa Sede. El gobierno, entonces, mantuvo como único candidato al Padre Cabezas y el Dr. Domingo Rivas, por su parte, se dedicó a entorpecer la comunicación entre la diplomacia costarricense y el Vaticano. Con la cancha tan embarrialada, ni Cabezas ni Rivas tenían ninguna posibilidad de alcanzar el nombramiento episcopal, pero ninguno dio un paso atrás.
Luigi Bruschetti (1826-1881). Administrador de
la Iglesia costarricense de 1877 a 1880.
A los cinco años de sede vacante, el gobierno, en una maniobra subterránea hecha a espaldas de don Domingo Rivas (a quien querían quitarse de enmedio), le solicitó al Papa Pío IX que nombrara un administrador para la Diócesis. Al Papa, que ya debería de estar preocupado por la avalancha de correspondencia que recibía de Costa Rica, le pareció bien la propuesta y le encargó la difícil misión a Monseñor Luigi Bruschetti, diplomático de cincuenta años de edad que se encontraba entonces en Brasil. El gobierno y la Santa Sede mantuvieron el acuerdo en secreto y no se molestaron en notificar a Mons. Rivas, quien se enteró del envío de Bruschetti apenas unos días antes de que el obispo llegara al país. Monseñor Bruschetti desembarcó en Puntarenas el 17 de diciembre de 1876. Viajando a lomo de mula, dos días después llegó a Alajuela y de allí, ya más cómodamente, se trasladó en ferrocarril a San José. Monseñor Bruschetti era el primer representante de la Santa Sede con residencia en Costa Rica y, de 1876 a 1880, con el título de Administrador Apostólico, fue obispo de Costa Rica. Como al momento de su arribo no había en el país ni Nunciatura Apostólica ni Palacio Episcopal, el gobierno dispuso (para tenerlo de su lado o, al menos, para tenerlo cerca) hospedarlo en la Casa Presidencial.
La vieja catedral de San José estaba hecha una ruina. Durante los oficios, los murciélagos que volaban dentro cuiteaban a los fieles. Había innumerables goteras y las vigas estaban tan podridas que muchas personas habían dejado de asistir a Misa por miedo de que el techo les cayera encima. Monseñor Bruschetti, entonces, estableció como Catedral el antiguo templo de la Merced y puso toda su atención y esfuerzo en la construcción, ya iniciada, de la nueva catedral metropolitana en avenida segunda. Hizo también lo que pudo por mantener un mínimo de disciplina y armonía en el clero costarricense. Los sacerdotes, salvo raras excepciones, no eran cultos ni estudiosos. Tampoco se distinguían por ser piadosos o trabajadores. Pese a los intentos de Monseñor Llorente por corregir esa costumbre, los curas ticos casi nunca utilizaban sotana y preferían vestir como seglares sin distintivo alguno y, muchos de ellos, estaban involucrados en relaciones personales impropias, actividades políticas y negocios clandestinos. Cuando eran convocados a reunión o a Ejercicios Espirituales, más de la mitad se negaba a asistir alegando cualquier pretexto sacado de la manga. Bruschetti, ya en el terreno, se dio cuenta que no sería fácil encontrar la persona indicada, pero siempre tuvo claro que su principal deber era lograr, cuanto antes, el nombramiento de un nuevo obispo.
Circulaba por entonces la broma de que el Papa Pío IX había dicho que mientras él fuera la cabeza visible de la Iglesia, el padre Cabezas no sería la cabeza de la iglesia costarricense. No se sabe si el Papa en verdad dijo esas palabras o son parte de la leyenda, pero lo cierto es que apenas murió Pío IX, el gobierno costarricense hizo un nuevo intento por lograr el nombramiento del padre Cabezas, que tampoco prosperó. El Dr. Domingo Rivas, que tampoco se daba por vencido, fue más allá. Viajó a Roma y se entrevistó en persona con el Papa León XIII, pero su desesperado esfuerzo, al igual que el de sus adversarios, fue inútil.
Un cura de Cartago, de quien Sanabria no da el nombre y llama solamente XXX, intentó falsificar un milagro para demostrar que una señal del cielo indicaba que él debía ser nombrado obispo. Otro sacerdote intentó contraer matrimonio, y matrimonio por la Iglesia además, alegando que contaba con el permiso del General Guardia. La Logia Masónica, tuvo como fundador al Padre Francisco Calvo quien era, además de primo hermano de José María Castro Madriz, uno de los hombres de confianza del General Guardia, a quien acompañaba en sus viajes tanto dentro como fuera del país.
Por su doble condición de Representante del Papa y Administrador Apostólico, Mons. Bruschetti era la máxima autoridad eclesiástica en Costa Rica. Sin embargo, por el estado de Sede Vacante, legalmente no estaba autorizado a establecer cambios sustanciales. La única parroquia nueva que creó fue la de Santa María de Dota, el 4 de octubre de 1879, solamente porque el decreto ya estaba hecho, pero Monseñor Llorente murió antes de firmarlo.
El ocho de marzo de 1878, Bruschetti colocó la primera piedra del nuevo edificio del Hospital San Juan Dios. También recibió a las Hermanas de Sión, que había traído doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa del General Guardia, para instalar un colegio en San José. Doña Emilia, por cierto, era la presidente del comité de edificación de la nueva catedral. El 28 de marzo de 1878, nombró a los primeros sacerdotes que se establecerían en Puerto Limón, los capuchinos Fray Bernardino y Fray Fernando. En el camino, Fray Fernando se ahogó en el río Pacuare. Su cuerpo fue rescatado, así que el primer oficio religioso realizado por Fray Bernardino en Limón fue el funeral de su compañero.
Al mes siguiente, el 17 de abril 1878, Bruschetti bendijo y consagró la Catedral de San José, aunque aún faltaba ponerle el piso de terrazo y los vidrios a las ventanas. La obra estuvo totalmente terminada el 18 de noviembre de ese mismo año. Según los libros, el total invertido en la construcción fue de 210.158.97 pesos.
Bernardo Augusto Thiel Hoffman (1851-1901)
Segundo Obispo de Costa Rica de 1880 a 1901.
Pero quizá el acto más determinante que realizó ese año fue la inauguración del Seminario, el 3 de enero de 1878, para el que se habían mandado a traer, como formadores, a tres sacerdotes paulinos bastante jóvenes: don Juan Bautista Theilloud, don Tomás Gougnon y don Bernardo Augusto Thiel.
Debido al escaso nivel cultural del clero costarricense, así como a su relajada disciplina, Monseñor Bruschetti probablemente intentaba encontrar al obispo que andaba buscando entre los sacerdotes de otras nacionalidades miembros de órdenes religiosas. Los jesuitas, por disposición del propio General Guardia, regentaban desde 1876 el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago y había en el país un pequeño grupo de misioneros capuchinos, pero no era viable, por diversas razones, nombrar un obispo jesuita ni capuchino. Era poco probable, además, que alguno de ellos aceptara el cargo.
El joven Bernardo Augusto Thiel, nacido el 1 de abril de 1850 en Elbertfeld, Alemania, impresionó favorablemente a Bruschetti. Tenía título de Doctor, dominaba el latín y el griego y hablaba con fluidez, además de alemán, francés, inglés, italiano y español. Inteligente, estudioso y metódico, era además profundamente devoto y su estilo de vida era austero, recto e intachable. Thiel también llamó la atención del padre Francisco Calvo, del propio Dr. Rivas, del padre Cabezas y de prácticamente todo el clero y la intelectualidad josefina. Solo faltaba obtener el visto bueno del General Guardia.
La cita se programó para la tarde del 28 de junio de 1879. Don Tomás Guardia llegó de visita al Seminario acompañado por don Rafael Barroeta y Baca y el padre Francisco Calvo. La reunión fue de solamente dos horas, pero la amistad que establecieron don Tomás y Thiel duró para siempre.
Aunque el Papa León XIII también dio su visto bueno, fue necesario esperar un año para el nombramiento episcopal. Cuando Thiel fue propuesto como obispo de Costa Rica tenía solamente veintinueve años de edad. Haciendo una excepción a la edad mínima requerida, tras recibir los documentos oficiales desde Roma, Bruschetti consagró a Thiel el 5 de setiembre de 1880 en la catedral de San José y puso fin, entonces, al extenso periodo de sede vacante.
El libro de Monseñor Sanabria sobre este momento histórico está ampliamente documentado. Para poder reconstruir los hechos, Sanabria debió revisar artículos de prensa, memorias de ministerios, correspondencia oficial y privada, libros de actas y hasta una que otra hoja suelta impresa que circuló al respecto. La investigación histórica es minuciosa y detallada hasta extremos impresionantes. Sin embargo, se le puede criticar que su exposición no es para nada objetiva. En ocasiones entra en demasiados detalles y en otras omite brindar datos de importancia. Totalmente parcializado, la simpatía por el Dr. Domingo Rivas y la antipatía por las autoridades civiles son evidentes. Todo lo que pueda hacer quedar mal a don Lorenzo Zambrana o al Dr. José María Castro Madriz, lo expone. Todo lo que pueda afectar la reputacion de la Iglesia, lo calla. Llama testarudos a los de un bando, pero no a los de la acera de enfrente. Con mucha frecuencia, además, pierde el tono. Llama "liberal rabioso" al Dr. Zambrana y "curas farsantes" a quienes se oponían a Rivas. Al describir el torbellino de dimes y diretes desatado durante la vacante, llega incluso a meter causas sobrenaturales en la danza. Los liberales realizaban una "impía tarea" bajo "los estandartes de Satanás", mientras que las acciones del bando contrario eran "inspiradas por el Espíritu Santo" y "acuerpadas por la Divina Providencia."
Al cura cartaginés que montó la farsa de un milagro, lo llama XXX, pero a cuanta persona se manifestó contra las acciones de Rivas la cita por su nombre. Un caso concreto, en que el expediente era claro sobre faltas graves por parte del clero, Sanabria lo resumió diciendo: "Se dijo, se volvió a decir, se juró, se volvió a jurar, se citaron casos y cosas..." sin entrar en detalles que serían, definitivamente, bochornosos.
En un momento llega a justificar lo injustificable y defender lo indefendible. Ante la acusación de que el padre Cabezas se había enriquecido con el contrabando, Sanabria lo elogia porque eso demuestra su buen juicio, ya que muchos practicaron el contrabando sin enriquecerse. Llega hasta el punto de discutir los argumentos planteados por Castro Madriz a favor de la libertad de culto. Los liberales del Siglo XIX no fueron los come curas que Sanabria pinta. Ellos también, a nivel personal, eran católicos y así criaron a sus hijos pero, en la esfera civil, defendían la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa y de culto.
Aunque fue un investigador histórico verdaderamente notable, Monseñor Sanabria, en sus libros, se expresa más como sacerdote defensor de la Iglesia que como historiador objetivo. Cosa que, de más está decirlo, se le puede señalar pero no reclamar.
La primera vacante, en todo caso, a pesar de su visión parcializada, es un libro lleno de datos sorprendentes. Vicente Herrera Zeledón y José Joaquín Rodríguez Zeledón, quienes llegaron a ocupar la presidencia de la República, fueron notarios de la curia. Don Félix Mata Valle, el padre del recordado sacerdote don Alberto Mata Oreamuno, era el tesorero. Los amantes de la historia del arte y de la arquitectura encontrarán en este libro datos reveladores. El altar en que celebraba Misa Monseñor Llorente es el que se encuentra actualmente en la iglesia del Carmen. Monseñor Llorente, por cierto, mandó destruir unas pinturas antiguas, de la época colonial, por feas. Y, en cuanto a la construcción de la catedral, se consignan los nombres de Miguel Angel Velásquez, que hizo los planos, de José Quirce, que estuvo a cargo de la construcción y hasta de los maestros de obras que trabajaron en ella.
Sin embargo, quizá el mayor aporte que realiza este libro para nuestra memoria histórica, sea el rescate de la figura de Monseñor Luigi Bruschetti, a quien nadie menciona y nadie recuerda. Su nombre no figura en la lista de obispos de Costa Rica. Por ser Administrador interino, pese a haber inaugurado la Catedral y el Seminario y haber puesto la primera piedra del San Juan de Dios, no podía poner en el muro una lápida conmemorativa con su nombre.
Hombre discreto y reservado, durante los tres años que estuvo en Costa Rica no hizo amistad con nadie. Prefirió mantenerse alejado de todos para que no lo metieran en enredos de chismes ni conflictos de bandos encontrados. Tal vez muchas de las cosas que pudo ver en nuestro país, tanto en materia de Iglesia, gobierno o costumbres, eran muy distintas a lo que él estaba acostumbrado o a lo que se había esperado. Sin embargo, Bruschetti vino, vio y calló. No dejó escrito ningún comentario negativo sobre su permanencia en San José. Sanabria tuvo ocasión de leer las cartas que Bruschetti le escribió a Thiel y en ellas no había reportes ni quejas, solamente consejos.
Una vez terminada su misión, que era nombrar un obispo para Costa Rica, Monseñor Bruschetti, mientras le llegaba de Roma el permiso para retirarse del país, decidió apartarse de todos, del gobierno, de los curas y hasta del nuevo obispo, y se instaló en una casa alquilada en San Pedro del Mojón (hoy San Pedro de Montes de Oca) que, por aquella época, era un sitio remoto, alejado de la capital. Cuando le llegó la carta con el llamado desde Roma, Thiel se encontraba de gira en una zona alejada del país y no pudo despedirse de él. Monseñor Bruschetti viajó a Europa, se entrevistó con el Papa León XIII y fue luego a Cingoli, Macerata, su pueblo natal, a visitar a su familia. Allí murió, el 27 de octubre de 1881, a los cincuenta y cinco años de edad. En su testamento, dejó un fondo al Colegio Pío Latino Americano, para que sus rentas fueran empleadas en brindar ayuda económica a jóvenes costarricenses que estudiaran en Roma.
INSC: 2700

sábado, 30 de septiembre de 2017

Oro de la mañana. Poesía de Rafael Cardona.

Oro de la mañana. Rafael Cardona.
Imprenta Borrasé. Costa Rica, 1916.
Prólogo de Ricardo Fernández Guardia.
Uno de los pequeños tesoros que hay en mi biblioteca es Oro de la mañana, el primer poemario de Rafael Cardona, un librito amarillento de apenas setenta y dos páginas, publicado hace más de cien años por la imprenta Borrasé, que viene presentado con un prólogo, desbordante de entusiasmo, escrito por Ricardo Fernández Guardia.
Es famosa la historia de que en España, a finales del Siglo XIX, se publicó un libro con las creaciones de poetas de todos los países latinoamericanos que no incluyó a ningún costarricense. Se decía, para justificar la omisión, que en Costa Rica no se producía poesía sino solamente café. Para demostrar que en Costa Rica sí había poetas, fue que don Máximo Fernández Alvarado publicó, en 1890,  La Lira Costarricense, primera antología poética de nuestro país.
El propio Rubén Darío escribió: "Costa Rica intelectual posee más savia que flores. Es un terreno en donde los poetas se dan mal. Un poeta, lo que se llama un Batres, para solo hablar de Centro América, no lo ha habido nunca, y creo que nunca lo habrá. Está en el ambiente el mal. En la gran muchedumbre de hombres de letras que ha habido y hay en aquel país, no surge una sola cabeza coronada del eterno y verde laurel."
Seguramente dolidos por este severo juicio, los poetas costarricenses publicaron con abundancia en los periódicos y revistas de la época, establecieron los certámenes literarios y pulieron sus creaciones para ver si algún día el nombre de uno de ellos podía alcanzar la altura del salvadoreño José Batres, citado por Darío y, tal vez, hasta la del propio Darío.
Los primeros Juegos Florales fueron convocados en 1909, con motivo de las fiestas de la Independencia, por la revista Páginas Ilustradas. El primer galardonado fue el poeta ramonense Lisímaco Chavarría. Posteriormente, obtuvieron el premio, entre otros Rogelio Sotela y Manuel Segura Méndez, pero fue en la edición de 1914, en que quedó de ganador Rafael Cardona, que los literatos ticos creyeron haber encontrado al gran poeta que tanto andaban buscando.
Rafael Cardona Jiménez, que había nacido en Cartago en 1892 y que moriría en México en 1973, era miembro de una familia de artistas, músicos y escritores. Su padre, Genaro Cardona Valverde, autor de la Esfinge del Sendero, era novelista. Su tío, Ismael Cardona Valverde, era violinista y compositor. Su hermano, Jorge Cardona Jiménez, padre del poeta Alfredo Cardona Peña y del escritor Alvaro Cardona Hine, escribió el libro Hombres y máquinas. Entre sus sobrinos de generaciones más recientes, destacan el compositor Alejandro Cardona y la violinista Dylana Jenson.
En el prólogo de Oro de la mañana, tras citar las palabras de Darío, Ricardo Fernández Guardia comenta orgulloso que el Príncipe de las Letras Castellanas tuvo ocasión de rectificar. En Guatemala, Darío tuvo oportunidad de leer el Poema de las piedras preciosas de Rafael Cardona, sobre el que hizo un juicio elogioso, como si por fin hubiera aparecido el poeta costarricense que creía que nunca llegaría. El comentario de Darío, en todo caso, debió haber sido manifestado de manera verbal al periodista Guillermo Vargas, que fue quien le presentó el poema. Oro de la mañana fue publicado en 1916, el mismo año de la muerte de Darío.
Poco después de la publicación de su primer libro, Rafael Cardona emigró a Guatemala, donde fue profesor de la Universidad de San Carlos y tuvo como discípulo a Edelberto Torres. Llegó a establecer amistad con el dictador Jorge Ubico, pero sus relaciones se agriaron cuando, en una acalorada discusión, Cardona le dijo a Ubico que era "un tigre de alfombra". El poeta se trasladó entonces a México, en los tiempos en que gobernaba Alvaro Obregón y José Vasconcelos era secretario de Educación. Hizo buenas migas con Vasconcelos y se dedicó a trabajar como periodista, primero en El demócrata y posteriormente en Excelsior, diario del que llegó a ser editorialista.
Además de Oro de la mañana, escribió otros dos libros de poesía: Medallones de la Conquista (1918) y Estirpe (1949), este último editado por Joaquín García Monge.
En 1972, por insistencia de su sobrino, el poeta Alfredo Cardona Peña, Rafael Cardona preparó una selección de poemas inéditos con miras a realizar una publicación. Cardona Peña hizo llegar el manuscrito a don Alberto Cañas quien, al año siguiente, lo publicó con el título de Obra Poética, bajo el sello de la Editorial Costa Rica. El poeta, lamentablemente, no vivió para ver su último libro impreso.
Rafael Cardona murió en México el 2 de febrero de 1973. Al día siguiente, en el periódico La Prensa, del Distrito Federal, apareció un artículo titulado Una pluma alada, en el que su autor, Rodulfo Garzunier, manifestaba su deseo de que "ojalá su obra, escrita y oculta a la publicidad, se dé a conocer ahora que no está él para oponerse."
Cardona Peña declara que su tío era un ermitaño de muy mal genio. Había estudiado a Marx y se declaraba socialista. Sin embargo, sostenía que su ideología era no tener ninguna. En una de las pocas ocasiones en que regresó a Costa Rica, intentó fundar un partido político para enfrentarse a don Ricardo Jiménez Oreamuno, a quien le criticaba hasta la sintaxis de sus discursos.
En sus últimos años se volvió muy religioso, no quería recibir a nadie, desconectó el teléfono de su casa y optó por dedicar gran parte del día a la oración.
El que se suponía que era el gran poeta costarricense que Darío creía que nunca iba a aparecer, acabó siendo olvidado. Sus poemas no se incluyen en antologías y su nombre solamente se menciona de pasada en la historia de la literatura costarricense. Hosco e intransigente ante las transformaciones de vanguardia, "Rafael fue", en palabras de su sobrino Cardona Peña, "pastor de su propia sombra, artífice de la soledad y recuerdo insomne de sus años de gloria." Para él, no tenía validez ningún movimiento posterior al modernismo y parnasianismo. Las nuevas generaciones de poetas, decía, "se encargaron de romper con la retórica, con los estados objetivos de conciencia, y vertieron el ácido corrosivo del sarcasmo y la burla al lustre milenario de la poesía."
Su Poema de las piedras preciosas, que en algún momento era recitado de memoria con gran deleite por sus admiradores, es un texto largo en que el diamante, el zafiro, la esmeralda, la amatista y el rubí, se describen a sí mismas. La Oda a Víctor Hugo y el poema titulado Macbeth, por su parte, hacen gala de erudición y destreza, pero no conmueven. Tal vez el único poema de Oro de la mañana que podría tocar alguna fibra de la sensibilidad de un lector moderno sea Las viejecitas, que viene con una dedicatoria a su amiga Carmen Lyra. En las páginas de este libro lo que se encuentra son versos de composición impecable, de rima y métrica perfectas, llenos de referencias clásicas, pero de la poesía se espera que sea mucho más que eso.
Si Rafael Cardona fue nuestro gran poeta modernista, definitivamente no alcanzó, ni de lejos, la gloria de Darío, de Batres, de Martí o de José Asunción Silva. Tal vez su vocación estuvo confundida. Quiso ser un gran poeta y fue reconocido como tal. Pero el título de "Gran poeta" es efímero, mientras que el título de poeta a secas, ya sea de poeta humilde, pero verdadero, es eterno.
INSC: 2195

domingo, 24 de septiembre de 2017

El diario de Monseñor Romero.

Monseñor Romero. Su Diario.
Mons. Oscar Arnulfo Romero.
Imprenta Criterio. El Salvador. 2000.
Monseñor Oscar Arnulfo Romero (1917-1980) tenía la costumbre de llevar un diario en el que, cada noche, dejaba constancia de las actividades en que había participado durante el día, junto con breves comentarios y observaciones. Curiosamente, no lo escribía, sino que lo grababa en cassetes. Veinte años después de su trágica muerte, una trascripción completa de esas grabaciones fue publicada en San Salvador, por la Tipografía Criterio, con el título de Monseñor Oscar Arnulfo Romero. Su diario.
El señor Luis Canizales me envió un ejemplar y, gracias a su gentileza, pude conocer este documento, verdaderamente valioso, que permite comprender mejor el pensamiento del recordado arzobispo y las difíciles circunstancias en que le tocó ejercer su ministerio.
Más que un diario, es una agenda con anotaciones. Contra lo que un lector curioso desearía de primera entrada, el recuento de actividades es detallado mientras que las opiniones consignadas, en la mayoría de los casos, son escuetas. Sin embargo, la lectura del libro aclara muchos aspectos que deben destacarse.
En primer lugar, salta a la vista que Monseñor Romero era, ante todo, un cristiano profundamente piadoso y caritativo, que celebraba las festividades religiosas con recogimiento, se confesaba frecuentemente y administraba con gran gozo los sacramentos. Sus homilías dominicales, en que clamaba por el cese de la violencia en su país, han llegado a ser célebres. Pero en su diario deja constancia también del fervor con que el pueblo participaba de la devoción Eucarística en la Hora Santa, de su interés por devolver "a su debido honor" el culto al Sagrado Corazón de Jesús y de la alegría que experimentaba cuando había muchas comuniones los primeros viernes o al constatar que los jóvenes recibían, debidamente preparados, el sacramento de la Confirmación.
Era muy cercano a los jesuitas de la UCA, pero en el diario consta también su continua colaboración con las demás órdenes religiosas presentes en el país,  ya fueran claretianos, oratorianos de San Felipe Neri o franciscanos, así como con diversas organizaciones eclesiales como los Cursillos de Cristiandad o la Opus Dei. Monseñor Romero, que fue objeto de calumnias, muestra también su preocupación y solidaridad por las calumnias con que atacaban a la Opus Dei. Su interacción con el clero, el pueblo y los distintos grupos pastorales de su diócesis fue, o al menos él lo percibía así, bastante cordial y llena de confianza y armonía.
Con quienes no logró establecer una buena relación fue con los otros obispos del país. El obispo de San Miguel, Josué Eduardo Álvarez, el de Santa Ana, Marco René Revelo y el de San Vicente, Pedro Arnoldo Aparicio, no solo sostenían posiciones distintas a la suya, sino que criticaban severa y públicamente sus actuaciones y prédicas. En las reuniones de la Conferencia Episcopal las confrontaciones eran amargas y frecuentes. El Arzobispo Romero, que gozaba de gran prestigio dentro del episcopado mundial, solamente contaba con el respaldo del obispo de Santiago de María, Mons. Arturo Rivera Damas, ya que hasta a su propio obispo auxiliar, Monseñor Marcos Revelo, lo tenía en contra.
Cuando se reunían, dice Monseñor Romero, "ellos traían ya todo cocinado" y procedían a firmar manifiestos públicos en cuya redacción el arzobispo no había participado. En alguna ocasión, Romero se negó a suscribir los documentos de la Conferencia Episcopal y la ausencia de su firma hizo que la división de los obispos salvadoreños fuera conocida tanto dentro como fuera del país. Llegó el momento en que Romero decidió dejar de asistir a las reuniones. 
Pese a lo incómoda y hasta dolorosa que debió de haber sido esta situación para él, al referirse al tema no hay, en sus palabras, ni el más mínimo asomo de amargura. Aunque se entristece por "su afán de marginarme", ni siquiera cuestiona la posición de quienes, en todo momento, llama "mis hermanos obispos" y, al enterarse de una nueva intriga urdida por ellos en su contra, simplemente anota: "Le he pedido al Señor que nos permita estar superiores a estas miserias humanas de la Iglesia."
Monseñor Aparicio publicó en México un artículo en que culpaba a Monseñor Romero de la violencia en El Salvador. Sus "hermanos obispos" interpusieron una denuncia contra él ante la Santa Sede, en que lo acusaban hasta de faltas en asuntos de fe. A pesar de lo serio de las acusaciones, Romero confió a su diario que sentía "mucha paz." "Reconozco ante Dios mis deficiencias, pero creo que he trabajado con buena voluntad y lejos de las cosas graves que me acusan. En las cosas que pueda haber un error de mi parte, estoy dispuesto a corregir."
A diferencia de lo que ocurría en su país, a nivel internacional el prestigio de Monseñor Romero era enorme. Obispos y cardenales de Europa, norte, centro y Suramérica, constantemente le escribían, lo llamaban y lo visitaban. Cuando el cardenal Aloisio Lorscheider, arzobispo de Fortaleza, Brasil, arribó a El Salvador, no estaba decidido dónde iban a hospedarlo. Las opciones que tenían preparadas eran la Nunciatura Apostólica o una casa de una familia adinerada. El brasileño declinó ambos ofrecimientos y solicitó que lo instalaran en el Seminario. Sin embargo, el mismo día de su llegada, al visitar a Monseñor Romero en la humilde habitación del Hospital de la Divina Providencia en que vivía, le dijo: "Aquí me quedo, porque así manifiesto que estoy contigo."
La agenda de Monseñor Romero era intensa. Celebraba dos misas diarias, cada día en distinto sitio, recorría comunidades, visitaba escuelas, conventos, oratorios y atendía a todas las personas que solicitaban hablar con él. En su lista de citas, audiencias y reuniones, no solamente había religiosos, curas, catequistas y miembros de grupos eclesiales, sino obreros, campesinos, retirados, amas de casa, víctimas de la violencia y personas de toda condición que se le aproximaban para escucharlo o ser escuchados. Dentro de la lista de visitantes llaman la atención, por su frecuencia, los embajadores y los periodistas. Varias veces a la semana, Monseñor Romero era entrevistado por la enviados especiales de periódicos y canales de televisión de Francia, Suiza, Holanda, Italia, Noruega, Canadá, Alemania, España, Estados Unidos, Finlandia y prácticamente todos los países de América Latina. Con gran sentido del humor, el arzobispo recuerda que un fotógrafo de una revista europea, no solo lo acompañó todo el día, sino que lo hizo posar largo rato en distintas posiciones "como si fuera un artista."
Los representantes diplomáticos acreditados en El Salvador, desde el embajador británico hasta el japonés, recurrían a él para empaparse de la situación del país. Muchos embajadores y miembros de misiones internacionales asistían también a la misa dominical de ocho de la mañana para escuchar sus homilías. El embajador de los Estados Unidos, que solía invitarlo a almorzar en su casa y, sin ser católico, asistía a los oficios de la catedral, le preguntó, el 11 de octubre de 1979, qué perspectivas a futuro tenía del gobierno. Monseñor Romero le respondió que él deseaba que se avanzara hacia una democracia pero que le parecía que más bien, en cualquier momento iba a haber un golpe de Estado. El sabio arzobispo salió profeta, porque el golpe de Estado ocurrió cinco días después.
Las citas con los embajadores, en todo caso, son lo más político del libro. Salvo dos encuentros con José Napoleón Duarte y uno con el senador norteamericano Tom Harkin, no aparecen reuniones con dirigentes de partidos, ni con líderes rebeldes, ni con funcionarios de gobierno. Romero, que ha sido acusado por unos y manipulado por otros, como una figura política, nunca prestó mayor atención a temas políticos en las páginas de su diario. Su comentario sobre la caída de Anastasio Somoza, en julio de 1979, ocupa en el libro una sola línea. En su diario queda clara, más bien, su aspiración de "una iglesia auténtica, sin compromisos con ninguna organización política."
Le preocupaba, eso sí, y mucho, la descomposición social de su país, en el que las protestas, las huelgas, las tomas de edificios, los secuestros, los asesinatos y hasta los ametrallamientos a sangre fría eran noticia cotidiana en aquella época. Romero intervenía como mediador en los conflictos sin tomar partido. Condenaba los hechos de violencia vinieran de donde vinieran. Recibía a los familiares de las víctimas, ya fuera que hubieran sufrido a manos del ejército o de los movimientos rebeldes. Llegó a escribir: "Ahora resulta que la izquierda se ha vuelto más represiva que las acciones que antes denunciaba."
En el diario se consignan sus recuerdos de cuatro viajes, dos a Europa, uno a México y otro a Costa Rica. En enero de 1979, cuando participó en la Conferencia del CELAM celebrada en Puebla, pese a haber sido acorralado constantemente por periodistas desde su arribo al aeropuerto, participó de las actividades con alegría, esperanza y recogimiento. Cuenta emocionado que en el autobús que los trasladaba al santuario de la Virgen de Guadalupe, los obispos, durante todo el trayecto, estuvieron rezando el rosario y cantando himnos marianos.
En Costa Rica, además de participar en el encuentro de obispos centroamericanos, celebrado en la Casa de Ejercicios Espirituales en Calle Blancos, tuvo oportunidad de relajarse con paseos por la ciudad de San José y una refrescante visita al que llamó "el hermoso balneario de Ojo de Agua."
Los recuerdos de sus viajes a Europa, especialmente al Vaticano, tienen un sabor agridulce. Siendo joven, cursó sus estudios en Roma, allí fue ordenado sacerdote y celebró su primera Misa. La ciudad, llena de recuerdos para él, era un sitio al que le gustaba volver, pero sus reuniones en la Curia, debido a los informes negativos que constantemente enviaban los otros obispos salvadoreños, eran tensas.  Cuenta que en la entrevista que sostuvo con Monseñor Buró, prefecto de la Congregación de los Obispos, el prelado lo sermoneó y casi no le permitió hablar, le ordenó que fuera prudente y que concentrara su predicación solamente en el Evangelio. Era consciente de que las altas autoridades de la Iglesia le tenían desconfianza, por lo que se presentaba con detallados informes y documentos que refutaban todas las acusaciones que se le hacían, pero no lograba conseguir que le pusieran atención.
El libro aclara un punto que ha sido objeto de especulaciones y tergiversaciones. Se dice que Monseñor Romero no recibió, de parte del papa Juan Pablo II, el mismo apoyo que le brindó siempre el papa Pablo VI. La relación del salvadoreño con ambos pontífices fue, de hecho, muy distinta.
De perfil, a la izquierda, Mons. Giovanni Battista Montini (Pablo VI).
Al centro, el Papa Pío XII y a la derecha, el joven Oscar Arnulfo Romero.
Al Papa Montini, Romero lo conocía, podría decirse, de toda la vida. Cuando el joven seminarista salvadoreño era estudiante en Roma, Monseñor Giovanni Battista Montini (el futuro Pablo VI) ocupaba el cargo de Sustituto de la Secretaría de Estado del Vaticano. Era un hombre culto, activo y valiente (fue apaleado por hordas fascistas), dirigía la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana) y, pese a sus múltiples ocupaciones, encontraba tiempo para servir de guía, tanto espiritual como académica, a los jóvenes seminaristas de distintos países que estudiaban cerca de la Santa Sede. Romero no solo lo respetaba, lo admiraba y lo apreciaba, sino que, por tratarlo con frecuencia, llegó a considerarlo su amigo.  Fue Pablo VI, el papa que firmó los documentos del Concilio Vaticano II, el de la reforma litúrgica, el de la encíclica Populorum Progressio, el del Consejo Pontificio Justicia y Paz y el de la propuesta de compromiso social en la Iglesia de América Latina, planteada en Medellín, Colombia, quien decidió nombrar primero obispo auxiliar, luego obispo de Santiago de María y finalmente arzobispo metropolitano de San Salvador a Monseñor Romero. En numerosas ocasiones, cuando era acusado de progresista, reformador, comunista, rebelde y revolucionario, Monseñor Romero aclaraba que, en su línea pastoral, no hacía más que seguir los lineamientos del Concilio y del documento de Medellín, es decir, las enseñanzas de su admirado Papa Montini.
Al Papa Wojtyla, en cambio, solo tuvo oportunidad de hablarle dos veces y los encuentros no fueron precisamente muy armónicos ni comprensivos.
La última vez que Monseñor Romero se reunió con Pablo VI, el Papa lo tuvo
tomado de las manos durante toda la reunión,
En su diario Romero relata, con gran emoción, su último encuentro con Pablo VI, el 21 de junio de 1978, justo el día que se cumplían quince años de su elección como Papa. El anciano pontífice lo hizo sentarse a su lado, le tomó las dos manos con las suyas y se las mantuvo estrechadas fuertemente durante toda la entrevista. Sus palabras de despedida fueron: "Su trabajo no puede ser comprendido. Debe tener mucha paciencia y mucha fortaleza. Es difícil, en las circunstancias de su país, lograr unanimidad de pensamiento. Sin embargo, proceda con ánimo, con paciencia, con fuerza y con esperanza."
Romero le entregó una extensa carta. Días después, cuando se reunió con el Secretario de Estado Vaticano, Cardenal Agostino Casaroli, pudo ver esa carta sobre su escritorio, con anotaciones al margen del puño y letra del Papa.
La primera cita de Romero con Juan Pablo II, el 7 de mayo de 1980, fue algo muy distinto. En vez de manos entrelazadas, conversaron siguiendo una lista de temas escritos en un papel. El papa polaco, en vez de ánimo, paciencia, fuerza y esperanza, le recomendó equilibrio y prudencia. Le dijo que mantuviera su predicación en principios generales y que evitara hacer denuncias concretas. Monseñor Romero le respondió que, en circunstancias generales, él podía referirse a principios generales, pero que si le asesinaban sus sacerdotes, ese atropello, muy concreto, requería un pronunciamiento también concreto. La lista, por cierto, ya se estaba haciendo larga. Tras el asesinato del padre Rutilio Grande S.J., el ejército había matado al padre Alonso Navarro, al padre Rafael Ernesto Barrera, al padre Octavio Ortiz, al padre Rafael Palacios y al padre Napoleón Macías Rodríguez. El caso del padre Ortiz fue particularmente doloroso. Estaba predicando un retiro para jóvenes y los militares, creyendo que se trataba de una reunión de guerrilleros, volaron la puerta con una bomba y varios de los muchachos murieron en el ataque. El Papa le manifestó que, en las circunstancias del país, era importante que los obispos se mantuvieran unidos. Romero replicó que precisamente eso era lo que él más deseaba, pero que esa unión debía ser real y no fingida. Al final de la cita, el Papa le manifestó que se estaba considerando la posibilidad de nombrar desde Roma un administrador Sede Plena para la Diócesis de San Salvador. Romero no respondió. Estaba claro que no confiaban en él y, sin removerlo, pensaban nombrar a alguien que lo supervisara. La idea, por cierto, no se concretó. Días después, el cardenal Baggio le confió que era inviable, Ningún salvadoreño podría hacerlo y de nombrar a un obispo de otro país, en vez de unidad se generaría mayor ruptura. Romero consignó en su diario que esas palabras de Baggio aliviaron "la depresión que había sacado de la audiencia con el Papa."
El segundo encuentro, al año siguiente, no fue mucho mejor. Había pedido la audiencia con semanas de anticipación, mucho antes de salir de El Salvador, pero, al llegar a Roma, cuando iba a buscar a los encargados, le decían que habían salido o no estaban disponibles. Dejaba recados y no obtenía respuesta. Buscaba cardenales y ninguno estaba en su oficina o se encontraban demasiado ocupados para atenderlo. "Tal vez para la semana próxima", le decían, pero la agenda de Romero, que debía viajar a Bélgica a recoger un Doctorado Honoris Causa, no le permitía permanecer indefinidamente en Roma. "Me ha extrañado esa actitud", anota, "y hasta creo que no me la concedan", concluye resignado.
La reunión finalmente tuvo lugar el 30 de enero de 1980. El Papa, preocupado, le manifestó que tuviera en cuenta no solo la justicia social, sino el riesgo de un brote popular de izquierda que puede dar por resultado un mal para la Iglesia.
A pesar de la incomprensión, en el diario, Romero se refiere siempre a Juan Pablo II con gran afecto y devoción. Sin embargo, pese a que Juan Pablo II tenía ya año y medio de ser Papa cuando Romero murió, el arzobispo aún no había reemplazado el retrato de Pablo VI que mantenía en su residencia.
En El Salvador, la confrontación creció a ritmo acelerado. La emisora radial que transmitía sus homilías dominicales se llenó de interferencias. Como no lo podían escuchar por radio, la multitud que asistía a la misa de ocho de la mañana, no solo llenaba la catedral sino también la plaza de enfrente y las calles aledañas. 
Al enterarse que su hermano Gaspar había perdido un buen puesto de trabajo, Monseñor Romero registró en su diario su pesar porque su familia sufriera "las consecuencias por un deber profético que debo cumplir."
El país llevaba meses sumido en una escalada de violencia.  Hubo hasta ametrallamientos indiscriminado contra multitudes indefensas. Desde antes del golpe de Estado, los asesinatos se habían vuelto constantes. El Presidente Carlos Humberto Romero Mena, a quien le habían matado un hermano, quiso poner a disposición de Monseñor Romero una escolta y un vehículo blindado. El arzobispo rechazó el ofrecimiento porque, "andar yo seguro, cuando el pueblo sufre inseguridad, sería un antitestimonio."
Estaba claro que el asesinato del arzobispo era cuestión de tiempo. Hacía ya meses que eran frecuentes las llamadas anónimas con amenazas a su residencia. Hasta coroneles del ejército le decían que habían escuchado rumores de que había quienes habían decidido asesinarlo. El arzobispo húngaro Monseñor Lajos Kada, Nuncio Apostólico en Costa Rica, le escribió una carta preocupado porque se había enterado que su vida estaba en riesgo. Monseñor Kada viajó a El Salvador en un intento por acuerpar a todo el clero alrededor del arzobispo Romero, pero no logró su objetivo. En su diario, Monseñor Romero deja constancia de todas estas advertencias, pero no interrumpe su actividad habitual y continúa visitando comunidades, colegios y congregaciones. Queda claro que él sabía que el peligro era real, pero no se muestra preocupado, angustiado ni, mucho menos, dispuesto a abandonar su ministerio por garantizarse su seguridad personal. El año anterior, en una visita a las grutas vaticanas, con toda serenidad había hecho una oración profunda. Anotó en su diario que, rodeado de las tumbas de los primeros cristianos de Roma, le había pedido a Dios el valor de, si fuera necesario, morir como esos mártires.
La primera entrada del diario de monseñor Romero está fechada el 31 de marzo de 1978. El libro no explica la razón, pero del 3 de julio al 1 de octubre de 1978 no hay registros. La última anotación es del 20 de marzo de 1980. Monseñor Romero no registró nada en su diario los últimos cuatro días de su vida.
El 23 de marzo de 1980, Domingo de Ramos, el arzobispo hizo un llamamiento a los miembros del ejército y de la policía para que no atacaran a sus hermanos indefensos. En la tarde del día siguiente, fue asesinado, de un disparo en el pecho, en el altar de la capilla del Hospital de la Divina Providencia mientras celebraba la Misa. Para los creyentes católicos es conmovedor, hasta un nivel escalofriante, que su muerte haya ocurrido en el momento del Ofertorio. En la liturgia de la Misa, el sacerdote, tras presentar a Dios los dones de la tierra y del trabajo, se dirige a los fieles y les dice: "Orad hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro, sea agradable a Dios Padre Todopoderoso."  Y el pueblo responde: "El Señor reciba de tus manos este sacrificio, para alabanza y gloria de Su Nombre, para nuestro bien y el de toda su Santa Iglesia." Precisamente tras ese rezo, sonó el disparo.
Por el asesinato de Monseñor Romero, nadie fue investigado, nadie fue detenido, nadie fue acusado, nadie fue juzgado, nadie fue condenado.
INSC: 2739
Monseñor Oscar Arnulfo Romero, (1917-1980) Arzobispo de El Salvador.


viernes, 15 de septiembre de 2017

Arbol prohibido. Poesía de Marco Rodríguez Frese.

Arbol Prohibido. Marco Rodríguez Frese.
Impreso por Editorial Libros de México.
Premio del Ateneo Puertorriqueño. 1971. 
En el año 2005, durante I Festival de Poesía de Granada, Nicaragua, tuve el privilegio de conocer al poeta puertorriqueño Marcos Rodríguez Frese. Era un hombre simpático y jovial con quien compartí prolongadas conversaciones durante la semana que duró el encuentro. Debí confesarle, en el instante mismo en que fuimos presentados, que él era el primer poeta puertorriqueño que conocía. Le comenté que disfrutaba mucho las décimas de Salvador Tió, que era un gran admirador de Julia de Burgos y que había leído, naturalmente, a los tres Luises: Luis Llorens Torres, Luis Muñoz Rivera y Luis Pales Matos. Sin embargo, todos esos escritores habían muerto hacía ya varias décadas. De la poesía puertorriqueña de mediados del Siglo XX en adelante no conocía nada y ya estábamos en el Siglo XXI.
Marco, entonces, asumió la tarea de ponerme al día. Me habló de escritores, libros, grupos, revistas y movimientos literarios de los que nunca había escuchado hablar antes. Me aclaró que la poesía puertorriqueña, con el paso de los años, había ido tomando otros rumbos. Que aún se seguían leyendo los poemas clásicos, románticos, patrióticos y musicales de los modernistas y posmodernistas, pero que las nuevas generaciones (dentro de las cuales se incluía, pese a ser ya un señor de edad algo avanzada), habían optado por un lenguaje más llano y se ocupaban de temas más personales que regionales. Cuando, al escribir sobre temas amorosos, caían en lo cursi, lo hacían deliberadamente para darle al poema un toque irónico. Por la enorme belleza de la isla y la alta estima que los puertorriqueños tienen de su sociedad, el nacionalismo y los cantos al paisaje seguían apareciendo en la producción poética reciente pero tamizados con una nueva perspectiva.
La próxima vez que nos veamos”, me dijo, “Te voy a dar revistas y libros de poesía puertorriqueña moderna.” “Es más”, agregó, “te voy a regalar uno de los pocos ejemplares que me quedan de la primera edición de mi libro Arbol prohibido, que ganó el Premio del Ateneo Puertorriqueño en 1969.
A Carlos Porras con amistad y gratitud. Granada,
Nicaragua, 11 de febrero de 2006. Dedicatoria
que Marco escribió en el ejemplar que me obsequió
de Arbol Prohibido.
Su ofrecimiento me pareció muy amable y generoso, pero no creí que llegara a concretarse, ya que, cuando el encuentro terminó, Marco regresó a Puerto Rico y yo a Costa Rica sin que, pese a lo mucho que hablamos, llegáramos a intercambiar teléfonos, direcciones ni correos electrónicos.
Al año siguiente, 2006, de nuevo en Granada, Nicaragua, en el primer día del II Festival de Poesía, iba yo caminando por la Calle Atravesada cuando escuché que desde la acera en frente alguién gritó mi nombre y apellido. Era Marco. Tras el abrazo efusivo, mi amigo abrió su maletín y me dijo aquí: “Aquí está lo que te ofrecí.”
Publicado en México en 1971, Arbol prohibido es un libro breve y conciso en que el poeta, con voz serena, se refiere a su entorno más inmediato. Marco, quien aún no había cumplido los treinta años de edad cuando lo escribió, se muestra como un joven idealista, enamoradizo y soñador que mira con cierto desdén las intrascendentes escenas de la vida cotidiana. El lenguaje es contenido y no necesita, para manifestar emociones intensas, caer en excesos de vehemencia. Recurre de vez en cuando a uno que otro cultismo o referencia erudita y se permite, también, utilizar términos coloquiales, sin llegar, en ninguno de los dos casos, al abuso. Su poesía es de lenguaje tenue pero y emociones profundas.
Aunque Marco, miembro del grupo Guanajá, era asiduo participante en recitales, congresos y conferencias y sus poemas fueron publicados en revistas y antologías de numerosos países, solamente llegó a publicar dos libros: Arbol Prohibido y Todo el hombre, ambos en 1971, el mismo año en que se graduó de abogado. En el año 2012 publicó su antología personal titulada Redor poesía reunida 1968-2005.
Marco Rodríguez Frese nació en Cayey, en 1941, pero creció en Santurce. En su juventud fue Presidente de la Federación de Universitarios Pro Independencia de Puerto Rico. Además de poesía, escribió cuentos. En sus últimos años, fue vicepresidente del Festival de Poesía de Puerto Rico.
Durante casi una década, Marco y yo nos encontrábamos cada año, en el mes de febrero, en Granada, Nicaragua, para continuar nuestra charla inagotable sobre la poesía. Al despedirnos, en vez de dejarnos el número de teléfono o correo electrónico, simplemente decíamos “Después seguimos hablando"
Marco falleció el 8 de abril de 2014.
Pese a todo el contenido social o romántico de su obra, Marco fue, ante todo, un explorador de lo profundo que está detrás de las escenas cotidianas y un poeta dispuesto a mostrar el alto valor de hasta la más mínima experiencia humana.

Sentida nota de duelo
(Fragmento)


Supongo que está bien que continuemos
diciendo cuentos tristes a la noche,
repasando la mano a la esperanza,
tratando de creer que todo es pasajero.

Y en verdad que no es nuevo
andarse por las ramas.
Lo mismo se resignan esos pájaros
para los cuales hubo un invierno crudo
y no hubo migración y allá te quedas
sin las bien ponderadas coyunturas.

“Qué hermoso es, cuando hay sueño,
dormir bien... y roncar como un sochante...
y comer y engordar! Y que desgracia
que esto solo no baste!”

...Aunque, acepto, soy malagradecido,
porque tampoco me consuela el llanto.


INSC: 1997
Marco Rodríguez Frese (1941-2014) Poeta y narrador puertorriqueño
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