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domingo, 13 de marzo de 2016

Conferencias de Federico García Lorca.

Ferderico García Lorca. Prosa.
Alianza Editorial. Madrid, 1969.
Tanto durante su vida, como después de su trágica muerte, Federico García Lorca ha sido reconocido y admirado como poeta y dramaturgo. Sus numerosos libros de poemas siguen cautivando a nuevas generaciones de lectores y sus obras teatrales continúan deleitando al público. 
Se ha escrito mucho además sobre su vida y su época, ambas bastante complejas. Los biógrafos de Lorca, verdaderamente minuciosos, no solamente evocan sus dotes de pianista y su labor frente al teatro itinerante La Barraca, sino que hacen conjeturas sobre sus ideas políticas y han llegado al extremo de escudriñar en su correspondencia personal para dedicar abundantes y frecuentes artículos a su vida privada. 
De sus múltiples facetas, sin embargo, hay una, en mi opinión bastante importante, que rara vez se menciona y es, por ello, quizá la menos conocida. Federico García Lorca, además de músico, poeta, director tetral y dramaturgo, fue un conferencista verdaderamente admirable.
Todos sabemos que Jorge Luis Borges y Octavio Paz, además de poetas, eran grandes intelectuales que constantemente eran invitados a disertar sobre literatura en distintos países y ante diversos auditorios. A muchos, sin embargo, les resulta difícil imaginarse a Lorca en el mismo papel. Lo cierto es que dictar conferencias no era, para Lorca, una actividad esporádica sino una práctica profesional. Además de en numerosas ciudades españolas, Lorca pronunció conferencias en Argentina y los Estados Unidos. De hecho, la larga temporada que pasó Federico García Lorca en Cuba, se debió a una invitación para dictar conferencias en toda la isla. 
Lamentablemente, sus conferencias son bastante difíciles de encontrar. En 1969, Alianza Editorial publicó algunas de ellas en un libro titulado Prosa. Repasarlas es un verdadero deleite porque Lorca, como orador, era cautivante desde que entraba en escena. Nunca improvisaba ya que, como hombre de teatro, sabía que no se le podía faltar el respeto al "respetable". 
Sus primeras palabras, estaban dedicadas a ganarse la complicidad del público que estaría, inevitablemente, un tanto receloso. La palabra "conferencia" suena a cátedra, exposición teórica, argumentación y recuento de conclusiones. Se espera que la conferencia tenga más fundamendo que sabor y, en la mayoría de los casos, suele ser nutritiva, pero no deliciosa. En la lectura pública de su romancero gitano, Lorca inicia con estas palabras:

"Yo sé muy bien que eso que se llama conferencia sirve en las salas y teatros para llevar a los ojos de las personas esas puntas de alfiler donde se clavan las irresistibles anémonas de Morfeo, y esos bostezos para los cuales se necesitaría tener boca de caimán."
"Yo he observado que generalmente el conferenciante pone cátedra sin pretender acercarse a su auditorio, habla de lo que sabe sin gastar nervio y con una ausencia absoluta de voluntad de amor, que origina ese odio profundo que se le toma momentáneamente y hace deseemos con ansia que resbale al salir de la tribuna o que estornude de modo tan furioso que se le caigan las gafas sobre el vaso. Por eso, no vengo a dar una conferencia sobre temas que he estudiado y preparado, sino que vengo a comunicarme con vosotros con lo que nadie me ha enseñado, con lo que es sustancia y magia pura, con la poesía".

Solía empezar su disertación sobre las nanas infantiles diciendo: "En esta conferencia no pretendo definir, sino subrayar: no quiero dibujar, sino sugerir. Animar, en su exacto sentido, herir pájaros somnolientos. Donde haya un rincón oscuro, poner un reflejo de nube alargada y regalar unos cuantos espejos de bolsillo a las señoras que asisten".  Y, tras semejante introducción, no solamente exponía sus apreciaciones sobre canciones de cuna que había recopilado en diferentes regiones de España, sino que las cantaba mientras tocaba el piano.
Memorable la conferencia que dictó, en 1927, con motivo del tercer aniversario de la muerte de don Luis de Góngora, en la que reivindica e invita a leer con nuevos ojos la obra del reconocido poeta cordobés del Siglo de Oro. El título de la conferencia es La imagen poética en don Luis de Góngora y, dispuesto a entrar en materia cuanto antes, arranca sin rodeos. "Yo os supongo enterados de quién era don Luis de Góngora y de lo que es una imagen poética" y, de inmediato, pasa a cuestionar la forma en que este poeta era presentado en su momento y, pese a los esfuerzos de Lorca, sigue siendo considerado hoy en día.
La idea general es que Góngora es un poeta muy extravagante que lleva el idioma a retorcimientos y ritmos inconcebibles para una cabeza sana. Lorca, para quien la obra de Góngora es "tan palpitante como si estuviera recién hecha", manifiesta su desacuerdo. No entra a discutir el criterio de quienes sostienen posiciones distintas a la suya, como Marcelino Menéndez Pelayo, pero insiste en que quien desprecia a Góngora es porque no se ha esforzado en comprenderlo.
Lorca sostiene que Góngora es un poeta al que no hay que leer, sino que estudiar a fondo. No es un poeta que se acerque al público, sino uno que el público debe perseguir. Las Soledades, que llegaron a ser consideradas una lacra que hay que ocultar, pueden ser complejas y raras, pero no idescifrables. La búsqueda estética de Góngora lo llevó a un nivel de expresión quizá demasiado sublime, pero valioso. "Mientras todos piden pan", dice Lorca, "Góngora pide la piedra preciosa de cada día."
Tras extenderse explicando su punto, Lorca lee versos de Góngora, seguidos de una explicación aclaratoria. Aquello parece una traducción simultánea. Definitivamente requiere su esfuerzo comprender que Góngora solamente describía a un muchacho pálido y ojeroso cuando escribió: "la cara con poca sangre /los ojos con mucha noche", pero, a fin de cuentas, el contenido del poema se muestra sin misterios a un lector paciente y atento. Góngora, según Lorca, no solamente tenía una lengua aparte sino que, como todo gran poeta, tenía un mundo aparte. Intuía que la naturaleza que salió de las manos de Dios no es la que debe residir en el poema. Lorca concluye que Góngora era suntuoso, exquisito, pero no oscuro. "Los oscuros somos nosotros que no tenemos la capacidad de penetrar su inteligencia."
Una de las conferencias más gustadas era sobre el cante jondo, en la que Lorca, andaluz, explicaba a quienes no lo eran el sentido del duente. En el cante jondo, subraya, no hay medio tono. "El andaluz, o le grita a las estrellas o besa el polvo rojizo de sus caminos." Esta manifestación artística popular, más que la calidad de la ejecución, valora la intensidad del sentimiento. "Los poetas que hacen cantares populares enturbian las claras linfas del verdadero corazón.¡Cómo se nota en las coplas el ritmo seguro y feo del hombre que sabe de gramáticas" "Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica ni la maestría, nos importa otra cosa."
La conferencia titulada Imaginación, inspiración, evasión, es quizá la más abstracta de todas. Existe el prejuicio de que la reflexión teórica afecta negativamente la espontaneidad pero, en música, danza y poesía, sucede todo lo contrario. Los bailarines que, aparentemente, se mueven más libremente y con mayor desenvoltura, son los que más a fondo han repasado sus movimientos. Lorca, que en sus versos da la impresión de ser un poeta espontáneo, juguetón y audaz, comparte, en esta conferencia, su particular concepción del proceso creativo sobre el que, evidentemente, ha meditado a profundidad.
Federico García Lorca (1898-1936)
Pianista, poeta, dramaturgo y, también,
brillante conferencista.
Cree en la inspiración, pero solamente como empuje inicial. El estado de inspiración, dice, es de recogimiento y no de impulso creador. Hay que reposar la visión del concepto para que se clarifique. Se vuelve de la inspiracion como se vuelve de un país lejano. El poema es la narración del viaje. La inspiración da la imagen pero no el vestido.  La imaginación es, para él, mucho más importante que la inspiración. La imaginación es lo que nos permite lograr descubrimientos. La imaginación es el primer escalón y la primera base de la poesía. La imaginación está ligada a la realidad, ya que no se puede imaginar lo que no existe. 
La imaginación es pobre y la realidad la supera porque la naturaleza y el ser humano tienen muchos más matices de los que podemos imaginar. 
Al repasar las conferencias de García Lorca, si uno lee entre líneas, logra descubrir que el gran poeta granadino era en verdad un erudito, aunque la posteridad no lo haya considerado como tal. En todo caso, uno podría suponer que tal vez Lorca lo habría preferido así. Otros poetas, y vuelvo a utilizar los ejemplos de Jorge Luis Borges y Octavio Paz, sí son recordados como sabios y eruditos porque ellos mismos no pudieron mantener oculta su amplia cultura ni su aguda inteligencia. En el caso de Lorca, tal parece que procuraba disimular tanto su sabiduría como su erudición. Menciona como de pasada autores medievales y se refiere una que otra vez a ideas filosóficas, pero no se detiene mucho en la referencia y evita siempre abrumar con más información que la estrictamente necesaria.
El mismo Lorca, en una de sus conferencias, confiesa que evita brindar datos porque, cuando no tienen belleza, cansan al auditorio. En cambio, procura subrayar lo emocional porque al público le interesa más saber si una melodía es triste o alegre, que conocer la métrica con la que está escrita o las influencias que se pueden rastrear en ella. La parte técnica o histórica de una obra de arte, dice Lorca, es algo que el poeta "debe saber pero no repetir", y que, en todo caso, ese tipo de información está al alcance de todos los que quieran averiguarla.
Profundamente personales, en sus conferencias Lorca suelta con frecuencia afirmaciones contundentes. Dice, por ejemplo, que la metáfora está siempre regida por la vista y, por ello, ningún ciego de nacimiento puede ser un poeta plástico de imágenes objetivas porque no tiene idea de las proporciones de la naturaleza.
También afirma que, en cuanto a riqueza de arte popular: "En el mundo, solamente México puede cogerse de la mano con mi país."  Lorca, como se sabe, nunca estuvo en México. Don Alfonso Reyes estaba planeando su visita para que asistiera a representaciones teatrales de su obra y dictara sus célebres conferencias. La gira estaba programada para 1936 pero, aunque estaba muy ilusionado, por motivos personales Lorca fue posponiendo la partida y fue asesinado el 18 de agosto de ese mismo año.
Además de su riqueza de contenido, su tono coloquial y fluido y el encanto de su prosa llena de imágenes sugerentes, las conferencias de Federico García Lorca tienen el atractivo de ser una invitación a meditar sobre determinados temas más que una cátedra con conclusiones expuestas de manera autoritaria.
Respetuoso de ideas distintas a las suyas, Lorca nunca pretendió decir la última palabra. Consciente de los cambios de opinión que vienen con el tiempo, tenía claro que posiblemente, a la larga, ni él mismo sostendría lo dicho. "Este es mi punto de vista actual" decía, "no sé lo que mañana pensaré. No cesaré de darme golpes contra las disciplinas. Todo menos quedarme sentado ante la ventana mirando el mismo paisaje." 
INSC: 0988

miércoles, 8 de julio de 2015

La Colmena. Novela de Camilo José Cela.

La Colmena. Camilo José Cela.
Alianza Editorial, España, 1992.
La Colmena es la mejor muestra de que una novela compleja no es, necesariamente, una lectura pesada. Desde la primera página, la prosa avanza sin prisa pero fluidamente. Se mencionan personajes pintorescos y situaciones algo cómicas. El libro promete ser entretenido y ameno. Al inicio, hasta da la impresión de ser una obra ligera, de esas que se disfrutan con deleite porque su lectura no exige mayor concentración. Conforme avanzan las páginas, van desfilando frente a nuestros ojos pequeños dramas cotidianos, situaciones sin importancia, podría decirse, cuyos protagonistas son gente del montón. Los personajes, que tienen apariciones breves, pero recurrentes, no se llegan a conocer a profundidad, pero logran inspirar simpatía, cierto cariño y, especialmente, mucha lástima. La vida de todos ellos es complicada y difícil y acabamos conociéndola solamente un poco al acompañarlos apenas por unos instantes. Quienes han tenido la paciencia de contarlos, afirman que en La Colmena hay más de trescientos cincuenta personajes. Esos lectores minuciosos han descubierto además que todo lo que se cuenta ocurre en un espacio y un tiempo muy reducido. El espacio es de apenas pocas calles en Madrid que bien podrían recorrerse a pie en una hora y el tiempo es de tres días y medio a finales de 1943.
Ubiquémonos por un momento en ese lugar y esa época: la Guerra Civil española había terminado poco antes, la dictadura ya estaba acomodada pero la destrucción y el dolor del conflicto estaba lejos de cicatrizar. A la Segunda Guerra Mundial, en ese momento, no se le veía ni un pronto final ni un claro vencedor. Escaseaba todo: el alimento, el trabajo, las medicinas. En esa situación tan compleja, la vida continuaba, los jóvenes se enamoraban, los familias mantenían de alguna forma su rutina y sus maneras, los comerciantes abrían sus negocios y los idealistas no dejaban de soñar. Tal vez porque la necesidad los golpeaba a todos por igual, ninguno se permitía caer de manera ostensible en la desesperación. En todas las ciudades hay personas que pasan hambre y deambulan por las calles sin un centavo en el bolsillo, pero en el Madrid de La Colmena esa era la norma general.
Doña Rosa, la propietaria del café La Delicia, donde la gran mayoría de los personajes de la novela pasa las horas muertas, se molesta por sus bajas ganancias. El café está permanentemente lleno pero no se vende casi nada. Hay repostería y bocadillos, pero los clientes solamente piden café solo. En todo caso, ellos van allí a congregarse y no a consumir.
La Colmena es una novela de la que no se puede ofrecer un resumen. ¿Quién podría decir, en pocas palabras, lo que le sucede a más de trescientos cincuenta personas en tres días? Uno pierde algo y otro lo encuentra. Una muchacha se prostituye, con permiso de su novio tuberculoso, para comprarle medicinas. Un poeta flaco y ojeroso, que ya no aguanta más el hambre, pide algo de comer a sabiendas de que no podrá pagarlo. El viejo sentado en el rincón repasa datos que aprendió en la escuela. El limpiabotas le lustra los zapatos a un hombre que le debe dinero. La madre vieja muere mientras su hijo anda echando una canita al aire. La guardia civil arresta e interroga. En fin, uno está con un personaje en un sitio en determinado momento y, tras echar el vistazo a lo que ocurre, salta a un lugar distinto, en otra hora, a ver qué le está sucediendo a otro desdichado.
Definitivamente, La Colmena es una novela de estructura muy compleja. Cela tardó cinco años escribiéndola y él mismo confesó, en alguno de los prólogos, que el trabajo fue agotador. Sin embargo, como ya se dijo, la obra que fue difícil de escribir, no es difícil de leer. La curiosidad morbosa por lo que ocurre en la vida ajena o en el apartamento del vecino, mantiene despierto el interés. No podemos decir que al cerrar el libro nos enteramos de todo lo que ocurrió en esos tres días y medio en aquellas pocas manzanas madrileñas. Naturalmente debieron haber ocurrido muchas más cosas de las que leímos, pero acabamos la lectura con una imagen amplia y clara de la vida cotidiana en aquella época.
Hay dos detalles de La Colmena que me impresionaron profundamente, uno literario y otro histórico. El literario es que, en varias ocasiones, el mismo episodio se repite con bastantes páginas de diferencia, pero narrado desde otra perspectiva. Se cuenta el altercado de un cliente del café con un mesero. Más tarde se repite pero no con la visión del cliente, sino con la del mesero. Después aparece el hecho visto por el señor de la mesa vecina y, naturalmente, no falta la impresión de doña Rosa, la dueña del café. En ocasiones ocurre que, al mencionar de pasada a un personaje en segundo plano, gracias a lo leído hasta el momento, sabemos quién es, de dónde viene y hacia dónde va.
El detalle histórico es que en toda la novela nunca se menciona a Francisco Franco. Esa omisión tiene su mérito. ¿Sería alguien capaz de escribir una novela sobre lo que le ocurre a trescientos cincuenta personajes de La Habana durante tres días y medio sin mencionar a Fidel Castro? Aunque la sombra de ambos dictadores fue, y en un caso sigue siendo, omnipresente en su país, los de a pie tienen sus propios asuntos en qué pensar y el tirano, en la solución de sus problemas cotidianos, ni suma ni resta. 
Cela, que sabía lo que podía esperar de la censura franquista, ni siquiera presentó la obra y la primera edición de La Colmena fue publicada en Argentina, en 1951.
Dicen que para ver el bosque no hay que prestarle atención a los árboles. ¿Será la analogía válida también para una colmena? Cela nos demuestra lo contrario. Al permitirnos asomarnos a la realidad íntima de cada individuo, a sus pequeños dramas y conflictos personales, logró retratar la vida de una ciudad entera en uno de sus momentos más difíciles.
Quienes hacen análisis literarios de manera tradicional (tema central, ubicación espacial y temporal, tipo de narrador etc.) se han atrevido a afirmar que en La Colmena no hay un personaje principal. Quienes así opinan no fueron capaces de ver el conjunto. Es verdad que ninguno de los cientos de desdichados que viven sus penurias sin esperanza de encontrarles pronta solución tiene un protagonismo destacado. La historia de cada uno de ellos no pasa de ser una más del montón. Pero en La Colmena sí hay, por supuesto, un personaje principal. Ese personaje es Madrid, la ciudad entera, la colmena y, más que personaje principal, es el personaje único, aunque múltiple.
Los libros de historia se distraen en hechos particulares y pocas veces logran brindar una visión amplia e integral de una época. ¿Cuántos investigaciones y ensayos se han escrito sobre España en los años posteriores a su guerra civil? Todos ellos se refieren al aislamiento internacional, a la intensa represión de la dictadura, a la complicada posición de no beligerante durante la II Guerra Mundial. Al leer libros de historia nos enteramos de datos estadísticos y le seguimos el hilo a complicadas estrategias militares, políticas y diplomáticas, pero toda esa información apenas nos brinda la base para imaginar lo que vivió el pueblo en aquel momento. Los historiadores estudian el desarrollo de la sociedad y no se supone que le presten atención al ciudadano de a pie ni, mucho menos, al pobre diablo. Para eso están los novelistas. Lo curioso es que con mucha frecuencia, comprendemos mejor un periodo histórico gracias a una obra de ficción más que a una investigación minuciosa. 
A los libros de historia, en todo caso, uno se acerca en busca de información. A las novelas, en busca de deleite. La Colmena, además de toda su riqueza, complejidad y maestría, es un lectura deliciosa.
INSC: 1997
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