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viernes, 6 de octubre de 2017

La primera vacante episcopal en Costa Rica. 1871-1880

La primera vacante de la Diócesis de
San José. Víctor Manuel Sanabria M.
Editorial Costa Rica, 1973.
Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, murió el 23 de setiembre de 1871. Casi nueve años después, el 27 de febrero de 1880, Bernardo Augusto Thiel fue designado como su sucesor. Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, no solo escribió extensas biografías de los dos prelados, sino también un interesante estudio histórico sobre el largo periodo vacante que hubo entre ambos. El libro, publicado en primera edición por la imprenta Lehmann en 1935 y reeditado por la Editorial Costa Rica en 1973,  además de explicar las razones de la prolongada demora en el nombramiento episcopal, brinda valiosos datos e innumerables sorpresas sobre la letra menuda de la historia eclesiástica costarricense.
El Concordato vigente en aquel entonces le otorgaba al gobierno costarricense el beneficio de patronazgo, es decir, el Poder Ejecutivo tenía el derecho tanto de proponer como de vetar candidatos a la sede episcopal. Lo que sucedió, para hacer la historia corta, es que la Santa Sede y el gobierno no lograron ponerse de acuerdo. Un año antes del fallecimiento de monseñor Llorente, don Tomás Guardia había derrocado al presidente Jesús Jiménez Zamora. A la muerte del obispo, todo parecía indicar que el llamado a sucederlo iba a ser el Dr. Domingo Rivas Salvatierra quien, por cierto, fue designado vicario capitular y administrador de la Diócesis hasta el nombramiento del nuevo obispo. Sin embargo, el Dr. Rivas, que había sido miembro del Consejo de Gobierno de don Jesús Jiménez, era un reconocido adversario de don Tomás Guardia y el gobierno, por tanto, prefirió buscar otro candidato. El elegido fue el padre Ramón Isidro Cabezas Alfaro, que había sido cura de Esparza y quien no solo era ferviente partidario de don Tomás y padrino de una de sus hijas sino que, al momento de ser propuesto como candidato a obispo, ocupaba el cargo de diputado por la provincia de Heredia.
Mons. Dr. Domingo Rivas Salvatierra (1836-1900).
El asunto no prosperó porque el gobierno cometió tres errores en la propuesta. Primero, nunca consultó al Padre Cabezas si aceptaría el cargo; segundo, no incluyó un informe sobre los méritos del sacerdote propuesto y, tercero, presentó un único candidato, cuando lo normal, en estos casos, es presentar varios para que el Papa decida. Ante el tropiezo, se desató entonces una trama de intrigas y vanidades heridas en que se llegó hasta los ataques personales. En cuanto supo de las gestiones, el padre Cabezas manifestó que no le interesaba el cargo ya que no se consideraba capacitado para ejercerlo. Don Domingo Rivas envió un informe a Roma en que pintaba al padre Cabezas como ignorante, parrandero, usurero y vicioso. El padre Cabezas apenas había cursado un mínimo de estudios, se había enriquecido gracias al contrabando, bebía guaro y jugaba billar en las cantinas, prestaba plata con altos intereses y era implacable a la hora de cobrar. El hecho de que no vistiera nunca sotana y acostumbrara realizar salidas nocturnas para echarse una canita al aire también fue mencionado. Al enterarse de lo que se decía de él, el padre Cabezas cambió de actitud y decidió entonces proseguir con su candidatura episcopal. Una cosa era reconocer la incapacidad y los vicios ante los amigos y vecinos que, en todo caso, ya estaban enterados y otra, muy distinta, era que sus fechorías se expusieran por escrito ante la Santa Sede. El gobierno, entonces, mantuvo como único candidato al Padre Cabezas y el Dr. Domingo Rivas, por su parte, se dedicó a entorpecer la comunicación entre la diplomacia costarricense y el Vaticano. Con la cancha tan embarrialada, ni Cabezas ni Rivas tenían ninguna posibilidad de alcanzar el nombramiento episcopal, pero ninguno dio un paso atrás.
Luigi Bruschetti (1826-1881). Administrador de
la Iglesia costarricense de 1877 a 1880.
A los cinco años de sede vacante, el gobierno, en una maniobra subterránea hecha a espaldas de don Domingo Rivas (a quien querían quitarse de enmedio), le solicitó al Papa Pío IX que nombrara un administrador para la Diócesis. Al Papa, que ya debería de estar preocupado por la avalancha de correspondencia que recibía de Costa Rica, le pareció bien la propuesta y le encargó la difícil misión a Monseñor Luigi Bruschetti, diplomático de cincuenta años de edad que se encontraba entonces en Brasil. El gobierno y la Santa Sede mantuvieron el acuerdo en secreto y no se molestaron en notificar a Mons. Rivas, quien se enteró del envío de Bruschetti apenas unos días antes de que el obispo llegara al país. Monseñor Bruschetti desembarcó en Puntarenas el 17 de diciembre de 1876. Viajando a lomo de mula, dos días después llegó a Alajuela y de allí, ya más cómodamente, se trasladó en ferrocarril a San José. Monseñor Bruschetti era el primer representante de la Santa Sede con residencia en Costa Rica y, de 1876 a 1880, con el título de Administrador Apostólico, fue obispo de Costa Rica. Como al momento de su arribo no había en el país ni Nunciatura Apostólica ni Palacio Episcopal, el gobierno dispuso (para tenerlo de su lado o, al menos, para tenerlo cerca) hospedarlo en la Casa Presidencial.
La vieja catedral de San José estaba hecha una ruina. Durante los oficios, los murciélagos que volaban dentro cuiteaban a los fieles. Había innumerables goteras y las vigas estaban tan podridas que muchas personas habían dejado de asistir a Misa por miedo de que el techo les cayera encima. Monseñor Bruschetti, entonces, estableció como Catedral el antiguo templo de la Merced y puso toda su atención y esfuerzo en la construcción, ya iniciada, de la nueva catedral metropolitana en avenida segunda. Hizo también lo que pudo por mantener un mínimo de disciplina y armonía en el clero costarricense. Los sacerdotes, salvo raras excepciones, no eran cultos ni estudiosos. Tampoco se distinguían por ser piadosos o trabajadores. Pese a los intentos de Monseñor Llorente por corregir esa costumbre, los curas ticos casi nunca utilizaban sotana y preferían vestir como seglares sin distintivo alguno y, muchos de ellos, estaban involucrados en relaciones personales impropias, actividades políticas y negocios clandestinos. Cuando eran convocados a reunión o a Ejercicios Espirituales, más de la mitad se negaba a asistir alegando cualquier pretexto sacado de la manga. Bruschetti, ya en el terreno, se dio cuenta que no sería fácil encontrar la persona indicada, pero siempre tuvo claro que su principal deber era lograr, cuanto antes, el nombramiento de un nuevo obispo.
Circulaba por entonces la broma de que el Papa Pío IX había dicho que mientras él fuera la cabeza visible de la Iglesia, el padre Cabezas no sería la cabeza de la iglesia costarricense. No se sabe si el Papa en verdad dijo esas palabras o son parte de la leyenda, pero lo cierto es que apenas murió Pío IX, el gobierno costarricense hizo un nuevo intento por lograr el nombramiento del padre Cabezas, que tampoco prosperó. El Dr. Domingo Rivas, que tampoco se daba por vencido, fue más allá. Viajó a Roma y se entrevistó en persona con el Papa León XIII, pero su desesperado esfuerzo, al igual que el de sus adversarios, fue inútil.
Un cura de Cartago, de quien Sanabria no da el nombre y llama solamente XXX, intentó falsificar un milagro para demostrar que una señal del cielo indicaba que él debía ser nombrado obispo. Otro sacerdote intentó contraer matrimonio, y matrimonio por la Iglesia además, alegando que contaba con el permiso del General Guardia. La Logia Masónica, tuvo como fundador al Padre Francisco Calvo quien era, además de primo hermano de José María Castro Madriz, uno de los hombres de confianza del General Guardia, a quien acompañaba en sus viajes tanto dentro como fuera del país.
Por su doble condición de Representante del Papa y Administrador Apostólico, Mons. Bruschetti era la máxima autoridad eclesiástica en Costa Rica. Sin embargo, por el estado de Sede Vacante, legalmente no estaba autorizado a establecer cambios sustanciales. La única parroquia nueva que creó fue la de Santa María de Dota, el 4 de octubre de 1879, solamente porque el decreto ya estaba hecho, pero Monseñor Llorente murió antes de firmarlo.
El ocho de marzo de 1878, Bruschetti colocó la primera piedra del nuevo edificio del Hospital San Juan Dios. También recibió a las Hermanas de Sión, que había traído doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa del General Guardia, para instalar un colegio en San José. Doña Emilia, por cierto, era la presidente del comité de edificación de la nueva catedral. El 28 de marzo de 1878, nombró a los primeros sacerdotes que se establecerían en Puerto Limón, los capuchinos Fray Bernardino y Fray Fernando. En el camino, Fray Fernando se ahogó en el río Pacuare. Su cuerpo fue rescatado, así que el primer oficio religioso realizado por Fray Bernardino en Limón fue el funeral de su compañero.
Al mes siguiente, el 17 de abril 1878, Bruschetti bendijo y consagró la Catedral de San José, aunque aún faltaba ponerle el piso de terrazo y los vidrios a las ventanas. La obra estuvo totalmente terminada el 18 de noviembre de ese mismo año. Según los libros, el total invertido en la construcción fue de 210.158.97 pesos.
Bernardo Augusto Thiel Hoffman (1851-1901)
Segundo Obispo de Costa Rica de 1880 a 1901.
Pero quizá el acto más determinante que realizó ese año fue la inauguración del Seminario, el 3 de enero de 1878, para el que se habían mandado a traer, como formadores, a tres sacerdotes paulinos bastante jóvenes: don Juan Bautista Theilloud, don Tomás Gougnon y don Bernardo Augusto Thiel.
Debido al escaso nivel cultural del clero costarricense, así como a su relajada disciplina, Monseñor Bruschetti probablemente intentaba encontrar al obispo que andaba buscando entre los sacerdotes de otras nacionalidades miembros de órdenes religiosas. Los jesuitas, por disposición del propio General Guardia, regentaban desde 1876 el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago y había en el país un pequeño grupo de misioneros capuchinos, pero no era viable, por diversas razones, nombrar un obispo jesuita ni capuchino. Era poco probable, además, que alguno de ellos aceptara el cargo.
El joven Bernardo Augusto Thiel, nacido el 1 de abril de 1850 en Elbertfeld, Alemania, impresionó favorablemente a Bruschetti. Tenía título de Doctor, dominaba el latín y el griego y hablaba con fluidez, además de alemán, francés, inglés, italiano y español. Inteligente, estudioso y metódico, era además profundamente devoto y su estilo de vida era austero, recto e intachable. Thiel también llamó la atención del padre Francisco Calvo, del propio Dr. Rivas, del padre Cabezas y de prácticamente todo el clero y la intelectualidad josefina. Solo faltaba obtener el visto bueno del General Guardia.
La cita se programó para la tarde del 28 de junio de 1879. Don Tomás Guardia llegó de visita al Seminario acompañado por don Rafael Barroeta y Baca y el padre Francisco Calvo. La reunión fue de solamente dos horas, pero la amistad que establecieron don Tomás y Thiel duró para siempre.
Aunque el Papa León XIII también dio su visto bueno, fue necesario esperar un año para el nombramiento episcopal. Cuando Thiel fue propuesto como obispo de Costa Rica tenía solamente veintinueve años de edad. Haciendo una excepción a la edad mínima requerida, tras recibir los documentos oficiales desde Roma, Bruschetti consagró a Thiel el 5 de setiembre de 1880 en la catedral de San José y puso fin, entonces, al extenso periodo de sede vacante.
El libro de Monseñor Sanabria sobre este momento histórico está ampliamente documentado. Para poder reconstruir los hechos, Sanabria debió revisar artículos de prensa, memorias de ministerios, correspondencia oficial y privada, libros de actas y hasta una que otra hoja suelta impresa que circuló al respecto. La investigación histórica es minuciosa y detallada hasta extremos impresionantes. Sin embargo, se le puede criticar que su exposición no es para nada objetiva. En ocasiones entra en demasiados detalles y en otras omite brindar datos de importancia. Totalmente parcializado, la simpatía por el Dr. Domingo Rivas y la antipatía por las autoridades civiles son evidentes. Todo lo que pueda hacer quedar mal a don Lorenzo Zambrana o al Dr. José María Castro Madriz, lo expone. Todo lo que pueda afectar la reputacion de la Iglesia, lo calla. Llama testarudos a los de un bando, pero no a los de la acera de enfrente. Con mucha frecuencia, además, pierde el tono. Llama "liberal rabioso" al Dr. Zambrana y "curas farsantes" a quienes se oponían a Rivas. Al describir el torbellino de dimes y diretes desatado durante la vacante, llega incluso a meter causas sobrenaturales en la danza. Los liberales realizaban una "impía tarea" bajo "los estandartes de Satanás", mientras que las acciones del bando contrario eran "inspiradas por el Espíritu Santo" y "acuerpadas por la Divina Providencia."
Al cura cartaginés que montó la farsa de un milagro, lo llama XXX, pero a cuanta persona se manifestó contra las acciones de Rivas la cita por su nombre. Un caso concreto, en que el expediente era claro sobre faltas graves por parte del clero, Sanabria lo resumió diciendo: "Se dijo, se volvió a decir, se juró, se volvió a jurar, se citaron casos y cosas..." sin entrar en detalles que serían, definitivamente, bochornosos.
En un momento llega a justificar lo injustificable y defender lo indefendible. Ante la acusación de que el padre Cabezas se había enriquecido con el contrabando, Sanabria lo elogia porque eso demuestra su buen juicio, ya que muchos practicaron el contrabando sin enriquecerse. Llega hasta el punto de discutir los argumentos planteados por Castro Madriz a favor de la libertad de culto. Los liberales del Siglo XIX no fueron los come curas que Sanabria pinta. Ellos también, a nivel personal, eran católicos y así criaron a sus hijos pero, en la esfera civil, defendían la libertad de pensamiento, de expresión, de prensa y de culto.
Aunque fue un investigador histórico verdaderamente notable, Monseñor Sanabria, en sus libros, se expresa más como sacerdote defensor de la Iglesia que como historiador objetivo. Cosa que, de más está decirlo, se le puede señalar pero no reclamar.
La primera vacante, en todo caso, a pesar de su visión parcializada, es un libro lleno de datos sorprendentes. Vicente Herrera Zeledón y José Joaquín Rodríguez Zeledón, quienes llegaron a ocupar la presidencia de la República, fueron notarios de la curia. Don Félix Mata Valle, el padre del recordado sacerdote don Alberto Mata Oreamuno, era el tesorero. Los amantes de la historia del arte y de la arquitectura encontrarán en este libro datos reveladores. El altar en que celebraba Misa Monseñor Llorente es el que se encuentra actualmente en la iglesia del Carmen. Monseñor Llorente, por cierto, mandó destruir unas pinturas antiguas, de la época colonial, por feas. Y, en cuanto a la construcción de la catedral, se consignan los nombres de Miguel Angel Velásquez, que hizo los planos, de José Quirce, que estuvo a cargo de la construcción y hasta de los maestros de obras que trabajaron en ella.
Sin embargo, quizá el mayor aporte que realiza este libro para nuestra memoria histórica, sea el rescate de la figura de Monseñor Luigi Bruschetti, a quien nadie menciona y nadie recuerda. Su nombre no figura en la lista de obispos de Costa Rica. Por ser Administrador interino, pese a haber inaugurado la Catedral y el Seminario y haber puesto la primera piedra del San Juan de Dios, no podía poner en el muro una lápida conmemorativa con su nombre.
Hombre discreto y reservado, durante los tres años que estuvo en Costa Rica no hizo amistad con nadie. Prefirió mantenerse alejado de todos para que no lo metieran en enredos de chismes ni conflictos de bandos encontrados. Tal vez muchas de las cosas que pudo ver en nuestro país, tanto en materia de Iglesia, gobierno o costumbres, eran muy distintas a lo que él estaba acostumbrado o a lo que se había esperado. Sin embargo, Bruschetti vino, vio y calló. No dejó escrito ningún comentario negativo sobre su permanencia en San José. Sanabria tuvo ocasión de leer las cartas que Bruschetti le escribió a Thiel y en ellas no había reportes ni quejas, solamente consejos.
Una vez terminada su misión, que era nombrar un obispo para Costa Rica, Monseñor Bruschetti, mientras le llegaba de Roma el permiso para retirarse del país, decidió apartarse de todos, del gobierno, de los curas y hasta del nuevo obispo, y se instaló en una casa alquilada en San Pedro del Mojón (hoy San Pedro de Montes de Oca) que, por aquella época, era un sitio remoto, alejado de la capital. Cuando le llegó la carta con el llamado desde Roma, Thiel se encontraba de gira en una zona alejada del país y no pudo despedirse de él. Monseñor Bruschetti viajó a Europa, se entrevistó con el Papa León XIII y fue luego a Cingoli, Macerata, su pueblo natal, a visitar a su familia. Allí murió, el 27 de octubre de 1881, a los cincuenta y cinco años de edad. En su testamento, dejó un fondo al Colegio Pío Latino Americano, para que sus rentas fueran empleadas en brindar ayuda económica a jóvenes costarricenses que estudiaran en Roma.
INSC: 2700

viernes, 23 de junio de 2017

Dr. José María Montealegre, Presidente de Costa Rica.

Dr. José María Montealegre. Carlos
Meléndez Chaverri. Academia de Geografía
e Historia. Costa Rica. 1968.
En la historia, como en la literatura, unos personajes adquieren el papel de héroes y otros el de villanos. Los héroes históricos son constamente recordados, mientras que los villanos acaban sumidos en la oscuridad. Don Juan Rafael Mora Porras, declarado oficialmente Héroe Nacional de Costa Rica, ha sido objeto de numerosos estudios, mientras que a la figura, vida y gobierno de su sucesor, José María Montealegre Fernández, no se le ha prestado mayor atención. Lo poco que se dice sobre él es que, pese a ser cuñado de don Juanito Mora, de alguna manera aprobó aprobó su derrocamiento y posterior ejecución y, años después, abandonó el país para no regresar nunca más.  Algunos autores ni siquiera lo mencionan directamente, sino que prefieren referirse a "los Montealegre", incluyendo en el paquete a don José María junto con sus hermanos Mariano y Francisco.
Don Carlos Meléndez Chaverri cuenta que su pasión por la historia de Costa Rica nació desde que era niño por el deseo de saber más sobre don Juan Rafael Mora y la guerra contra los filibusteros de la que tanto le hablaban en la escuela pero, conforme fue adentrándose en el tema, le intrigó el hecho de que la figura de José María Montealegre apenas pasara como una sombra difusa sobre la que no se tenían mayores datos. Decidió entonces concentrar su atención en esta figura que, con frecuencia, era pintado el malo de la película y, en 1951, presentó, como tesis de grado en la Universidad de Costa Rica, una biografía del Dr. Montealegre que, tras ser corregida y aumentada, fue publicada por la Academia de Historia y Geografía en 1968.
El libro, inevitablemente, en determinado momento acaba refiriéndose más al derrocamiento de Mora que a la gestión de Montealegre, pero su lectura permite conocer mejor a este personaje casi olvidado de nuestra historia.
José María Montealegre Fernández nació en San José, 19 de marzo de 1815, hijo primogénito de Mariano Montealegre Bustamante y Gerónima Fernández Chacón. Su madre, fundadora de un hospicio de huérfanos, era hermana de Manuel Fernández Chacón, el padre de Próspero Fernández Oreamuno. Su abuelo paterno, Mariano Ignacio Montealegre, había nacido en Granada, España, y emigró a Guatemala con apenas veintidós años de edad. Mariano Ignacio tuvo tres hijos varones con tres madres distintas. Con Isidora Rueda, tuvo a Juan Montealegre Rueda, de quien descienden los Montealegre de Guatemala. Con Josefa Bustamante, tuvo a Mariano Montealegre Bustamante, de quien descienden los Montealegre de Costa Rica y con Manuela Casimira Romero Sáenz tuvo a Mariano Montealegre Romero, quien se trasladó a vivir a Chinandega y de quien descienden los Montealegre de Nicaragua. 
A Mariano Ignacio le fue bien. Tenía un puesto de auditor de la factoría de tabacos, se dedicó a diversos cultivos y durante sus desplazamientos por Guatemala, Costa Rica y Nicaragua, logró amasar una considerable fortuna.
Su hijo, Mariano Montealegre Bustamante fue uno de los más entusiastas pioneros del cultivo del café en Costa Rica. Cada año sembraba más manzanas de terreno e invertía fuertes sumas en bodegas y maquinaria para empacar el grano en sacos. Sus vecinos, equivocadamente, creían que su obsesión por el café acabaría arruinándolo, pero ocurrió todo lo contrario. Don Mariano y doña Gerónima tuvieron nueve hijos y, como podían permitírselo, decidieron enviar a sus dos hijos mayores a estudiar a Europa.
Al momento de partir, José María tenía doce años y Mariano, apenas diez. Los niños fueron confiados a John Mair Gerard y Richard Trevirhick, con quienes partieron a caballo desde San José hasta Sarapiquí, para luego navegar por el río San Juan hasta San Juan del Norte y, de allí, a Cartagena, Colombia, luego a New York y finalmente a la Gran Bretaña. Mariano estudió ingeniería en Londres, mientras que José María cursó sus estudios de medicina en Marischal College de la Universidad de Aberdeen, Escocia. Su título de cirujano le fue otorgado por el Colegio Real de Cirujanos de Edimburgo el 22 de febrero de 1837. Erróneamente, el libro afirma que se graduó como médico en la Universidad de Edimburgo, Escocia. Los hermanos Montealegre fueron los primeros costarricenses en graduarse en universidades europeas. Antes de ellos, los pocos costarricenses que habían realizado estudios superiores los habían llevado a cabo en León, Nicaragua o Guatemala.
Dr. José María Montealegre Fernández.
1815-1877
Mariano retornó antes a Costa Rica porque su carrera era más corta, pero José María debió permanecer mucho más tiempo en el viejo mundo para perfeccionar la práctica de cirugía. Un dato curioso es que, por la larga ausencia, José María, a su regreso, casi no podía hablar en español. Se cuenta que llegó a San José a caballo, de noche y que, al abrazar a su madre, ella no sabía quién era ese atrevido inglés que la cubría de besos.
De vuelta en la patria, el Dr. Montealegre se dedicó al ejercicio de su profesión y a atender sus fincas cafetaleras, tanto las que le correspondían como parte del patrimonio familiar, como las que fue estableciendo él mismo. Contrajo matrimonio con Ana María Mora Porras, la hermana de don Juanito, y fue padre de diez hijos.
Su esposa murió en 1854 y el Dr. Montealegre contrató a la inglesa Sophie Joy para que cuidara y educara a sus hijos. No mucho después, don José María contrajo matrimonio con Miss Joy, con quien procreó tres hijos, un varón y dos niñas.
La labor médica del Dr. Montealegre fue realmente valiosa. Importó medicamentos de Europa, enseñó a sus aprendices a preparar recetas y, en 1848, fue el primer cirujano en Costa Rica en aplicar analgésicos en una operación, apenas dos años después de que el procedimiento hubiera sido realizado por primera vez en Massachusets. En 1852 estuvo al frente de la lucha contra la epidemia de viruela.
Aunque su padre (autor de la obra Formas de Gobierno a partir de la Independencia), era una influyente figura en el Estado y su cuñado era Presidente de la República, el Dr. Montealegre, eternamente ocupado con su familia, sus pacientes y sus cafetales, se mantuvo alejado de la política. Ni siquiera se involucró en la movilización de la guerra contra los filibusteros, pese a que sus hermanos, Mariano y Francisco, formaron parte del Estado Mayor de don Juanito. 
Cuando don Juanito había partido a la guerra, hubo en la capital un intento por derrocarlo, lo que muestra que ya existía desde entonces un sector de opositores decidido a tomar acciones en su contra. Una vez finalizada la guerra, los enemigos de don Juanito se multiplicaron. Unos le cuestionaban su asociación con Crisanto Medina para fundar un banco, otros los favoritismos al escoger proveedores de caña de azúcar para la Fábrica Nacional de Licores, así como ciertos manejos poco claros con escrituras. Don Juanito había perdido apoyo, no solamente entre los ricos propietarios, sino también entre el pueblo, que le reclamaba su intención de gravar con impuestos las pequeñas propiedades de campesinos que no estuvieran registradas. La expulsión del obispo Anselmo Llorente y La Fuente, lo enemistó con la Iglesia y, por si esto fuera poco, don Juanito hasta entró en querellas con su socio Vicente Aguilar Cubero. Numerosas personas, entre ellas don Julián Volio Llorente y don Francisco María Yglesias, habían manifestado su preocupación de que don Juanito Mora continuara reeligiéndose indefinidamente y hasta un buen número de sus antiguos partidarios, como Manuel José Carazo, consideraban oportuno que abandonara el poder.
El golpe de Estado tuvo lugar el 14 de agosto de 1859 y su brazo armado fue el general Lorenzo Salazar Alvarado. Ese mismo día, los vecinos de San José, con el Dr. José María Castro Madriz a la cabeza, firmaron un acta desconociendo el gobierno de Mora.
¿Hasta dónde el Dr. Montealegre participó, o al menos estuvo al tanto, de las maniobras para derrocar a don Juanito? El asunto no está del todo claro. Su firma no aparece en ninguno de los documentos de repudio a Mora, pero fue el llamado a sustituirlo. Su hermano Mariano no se encontraba en Costa Rica en el momento del golpe y su otro hermano, Francisco, tampoco firmó.
Las palabras con las que el Dr. Montealegre acepta la presidencia parecieran indicar que la designación lo tomó por sorpresa. Declara estar dispuesto a "sacrificar su vida privada", para aceptar el "llamado" a ejercer el poder "temporalmente". 
Una de sus primeros actos como presidente, fue comunicarse con don Juanito Mora, que se encontraba prisionero en el Palacio Nacional, a quien le informó que un grupo de simpatizantes moristas estaban reunidos en la Hacienda San Rafael de Ojo de Agua con la intención de alzarse en armas para revertir los hechos. El Dr. Montealegre le recomendó a don Juanito que se comunicara con ellos y les ordenara no actuar ya que, de hacerlo, su vida correría peligro. Leandro Cantillano, uno de los moristas alzados, recibió el recado de don Juanito en que les ordenaba dispersarse porque: "...dice el Dr. Montealegre que a la menor tentativa me asesinarían."
Pocos días después, con una escolta de cien hombres, don Juanito Mora partiría hacia Puntarenas para abandonar el país. Los documentos de la época están llenos de fuertes acusaciones. La proclama de Lorenzo Salazar exaltó los ánimos de los simpatizantes del depuesto presidente. Don Juanito, desde el exilio, dejó escritas numerosas declaraciones con términos violentos. Sin embargo, llama la atención que don Juanito, quien no se medía al tomar la pluma, nunca utilizó palabras duras contra el Dr. Montealegre. Ni siquiera lo menciona. Al enumerar la lista de los responsables de su caída, cita a Lorenzo Salazar, Vicente Aguilar, Julián Volio Llorente y Francisco María Yglesias.
Desde el primer momento, el Dr. Montealegre se preocupó por garantizar la vida y las haciendas de los miembros del bando derrocado. Cuando don Juanito expulsó del país al Dr. José María Castro Madriz, sus haciendas fueron objeto de embargos y litigios, pero las propiedades y los intereses financieros y comerciales de Mora no fueron molestados durante el gobierno de Montealegre.
La intención de Montealegre, era dotar a Costa Rica de legislación e instituciones liberales que garantizaran la estabilidad futura. Consideraba fundamentales los pesos y contrapesos de las autoridades democráticas para evitar la concentración de poder y, por ello, insistió en que la nueva Constitución estableciera un periodo presidencial de tres años sin posibilidad de reelección. Introdujo además importantes reformas para controlar la administración de recursos públicos. Fiel a su propósito, gobernó con total apego a la ley y manejó el tesoro público con austeridad y cuentas claras.
Serio. callado, frío en apariencia, el Dr. Montealegre era un hombre de amplia cultura y aguda inteligencia. Respetable y respetado, logró salir de la presidencia con la frente en alto y las manos limpias.
Aunque durante su gobierno hubo numerosos intentos armados por derrocarlo, el Dr. Montealegre trató de pasar la página. Confiaba que, estableciendo un régimen de derecho, las conspiraciones de cuartel quedarían en el pasado.
El Dr. Montealegre no tuvo participación directa en el fusilamiento de don Juan Rafael Mora Porras. Su hermano Francisco sí se encontraba en Puntarenas y formó parte del proceso. 
Terminado su período, don José María Montealegre fue sucedido por el Dr. Jesús Jiménez Zamora, quien continuó el esfuerzo por fortalecer las instituciones civiles frente a las injerencias militares. Aunque don Jesús logró deshacerse de los viejos militares, Máximo Blanco y Lorenzo Salazar, acabó siendo derrocado por don Tomás Guardia. 
Durante los primeros años de su larga dictadura, Guardia miró con recelo a los hermanos Montealegre, quienes optaron por irse del país. En 1872, José María, Mariano y Francisco partieron rumbo a los Estados Unidos. Mariano luego se trasladaría a Inglaterra, donde moriría en el año 1900.
El Dr. José María Montealegre se estableció en San José, California, con su segunda esposa Sophie Joy y los hijos que tuvo con ella. Nunca regresó a Costa Rica.  Murió el 26 de setiembre de 1877.
Exactamente un siglo después, en 1978, los restros del Dr. Montealegre fueron repatriados para darle sepultura en Costa Rica. Sobre la tumba vacía, en California, fue depositada una placa que recuerda su nombre.
Manuel Argüello Mora, sobrino de don Juanito, declaró que: "No se puede negar... que el gobierno de Montealegre fue progresista, culto, correcto."
Don Cleto González Víquez, por su parte, escribió: "Montealegre no fue un astro, sino un meteoro. Cuando la muerte lo condujo a otra esfera, se había olvidado de Costa Rica y Costa Rica se había olvidado de él. Olvido manifiestamente injusto, el nuestro."
INSC: 2693

sábado, 20 de mayo de 2017

El militarismo en Costa Rica.

El militarismo en Costa Rica.
Fernando Volio Jiménez.
Libro Libre, Costa Rica, 1985
Desde la independencia, en 1821, hasta el año 1900, en Costa Rica hubo diez golpes de Estado. En el Siglo XX, solamente dos presidentes fueron depuestos por la fuerza: Alfredo González Flores en 1917 y Teodoro Picado en 1948, pero hubo intentos de golpes armados contra don Cleto González Víquez en 1932 y la Junta de Gobierno de don Pepe Figueres en 1949. Tras la abolición del ejército, en 1948, el país debió hacer frente a dos invasiones golpistas, una en el mismo año 1948 y otra en 1955. Sin embargo, con la única excepción de la década comprendida entre 1860 y 1870, los militares no han tenido un peso protagónico en nuestra historia.
Don Fernando Volio Jiménez, abogado constitucionalista, que fue Ministro de Educación y de Relaciones Exteriores, publicó, en 1984, un interesante ensayo titulado El militarismo en Costa Rica, en el que hace un recuento del largo y difícil proceso histórico que fue necesario para mantener las armas fuera de la política.
Curiosamente, declara que solamente dos militares (Francisco Morazán y Tomás Guardia) gobernaron Costa Rica en el Siglo XX, olvidando a Próspero Fernández Oreamuno, que era general, y a Bernardo Soto Alfaro, quien, por alguna razón, aparece en los retratos vestido de uniforme.
En todo caso, en los últimos años del período de la Colonia, Costa Rica contaba solamente con veintinueve soldados en todo el país. Las famosas "guerras" que se mencionan al inicio de nuestra vida independiente, no pasaban de ser batallas de pocas horas entre vecinos armados con escopetas de caza. Pese a lo inestable que podía ser el ejercicio del poder, ningún gobernante consideró necesario establecer fuerzas armadas regulares. Los hombres eran mucho más útiles con una pala que con un rifle al hombro.
La situación cambió cuando don Juanito Mora decidió combatir a los filibusteros de William Walker. Para la guerra de 1856, el gobierno estuvo autorizado a crear un ejéricito de nueve mil hombres, aunque, en la práctica, no llegaron a tres mil. Se compraron equipos y uniformes, se estableció una jerarquía y cuatro militares que lucharon contra los filibusteros (Máximo Blanco, Lorenzo Salazar, Tomás Guardia y Bernardo Soto), posteriormente acabaron teniendo un gran protagonismo en nuestra historia. Los dos últimos gobernaron el país, mientras que los dos primeros pusieron y quitaron presidentes durante diez años.
La primera víctima, irónicamente, fue el propio don Juanito, derrocado en 1860. Tres años más tarde depusieron al Dr. Jesús Jiménez, para poner en su lugar al Dr. José María Castro Madriz, a quien también derrocaron para poner de nuevo a Jiménez.
En su segunda administración, don Jesús Jiménez, quien tenía la extraña experiencia de haber sido quitado y puesto por los mismos militares, tuvo claro que la única manera de que Costa Rica rompiera la cadena de golpes de Estado y se encaminara por la ruta de la democracia y el derecho era reduciendo el poder del ejército y aumentando, en su lugar, la educación y la cultura. Con la ayuda de su ministro de guerra, don Eusebio Figueroa Oreamuno, logró destituir de sus cargos a Blanco y Salazar sin darles oportunidad de reacción. Paralelamente, junto con su otro ministro, don Julián Volio Llorente, estableció la educación pública gratuita y obligatoria.
No tengo claro cuándo se empezó a decir que Costa Rica tiene más maestros que soldados, pero fue a partir del gobierno del Dr. Jesús Jiménez que el presupuesto de educación empezó a superar, con creces, el de seguridad. De hecho, la desaparición del ejército en Costa Rica empezó con el debilitamiento presupuestario de don Jesús Jiménez.
Fernando Volio Jiménez. (1924-1996)
Abogado Constitucionalista. Fundador de la
Editorial Costa Rica. Ministro de Educación y
de Relaciones Exteriores.
Don Fernando Volio Jiménez, en su ensayo, tiene palabras elogiosas hacia don Jesús pero, quizá por discresión, omite mencionar que era su bisabuelo. Alberto Jiménez Oreamuno, hijo de don Jesús, era el padre de Arabela Jiménez Tinoco, la madre de don Fernando. Y ya que estamos con genealogías, Fernando Volio Sancho (Diputado constituyente en 1949), el padre de Fernando Volio Jiménez, era sobrino nieto de don Julián Volio Llorente.
Pese a su esfuerzo por sacar a los militares de la política y reducir el tamaño del ejército, don Jesús Jiménez Zamora sería derrocado por un golpe militar, esta vez orquestado por don Tomás Guardia Gutiérrez.
En 1879, los reportes gubernamentales mencionaban que el ejército costarricense tenía dieciocho mil hombres en servicio activo y diez mil en reserva. Para 1887 se hablaba de cuarenta mil hombres. Esas cifras, aunque oficiales, son engañosas ya que, según el código militar de 1871, todos los hombres entre dieciocho y sesenta años de edad podían ser llamados a servir en el ejército.
Durante la larga dictadura de Guardia, en todo caso, precisamente por su prolongado control personal, no surgieron dentro del ejército figuras destacadas. Floreció, en cambio, una generación de intelectuales jóvenes, totalmente alérgicos a las armas y los uniformes que, tras la muerte de Guardia fueron capaces de enrumbar el país por la ruta del Derecho, valiéndose de la Constitución que el propio Guardia había dejado.
En su ensayo, don Fernando no se detiene en la dictadura de Federico Tinoco, ni el golpe del Bellavistazo de Manuel Castro Quesada en 1932, ni en el Cardonazo de 1949. Salta de una vez al conflicto armado de 1948 y señala que, pese a que los costarricenses se llevaron la amarga sorpresa de que el gobierno tenía vehículos militares pesados, el debilitamiento del ejército desde la época de don Jesús Jiménez, ochenta años atrás, fue lo que permitió que el movimiento armado de don Pepe derrocara al gobierno sin mayor dificultad. El ejército no había sido, durante largo tiempo, una institución importante en Costa Rica y, cuando fue abolido, el 1 de diciembre de 1948, nadie parecía que lo iba a echar de menos.
Apenas unos días después de la abolición del ejército, el 10 de diciembre de 1948, el país debió hacer frente a una invasión calderonista procedente de Nicaragua. Un hecho similar ocurrió en enero de 1955 y, pese a que en esta segunda ocasión hubo enfrentamientos de importancia en Guanacaste y Ciudad Quesada, una vez pasada la emergencia, el país volvió a la calma sin que se considerara necesario reestablecer fuerzas armadas profesionales. La decisión de abolir el ejército, elevada a rango constitucional en 1949, había quedado definitivamente en firme.
En 1965, un grupo de guardias civiles costarricenses realizó labores de construcción y ayuda humanitaria en República Dominicana. Esa ha sido la única vez que miembros de nuestra fuerza pública han trabajado fuera del territorio nacional.
A finales de los años setenta, el gobierno de don Rodrigo Carazo Odio, por su apoyo a la causa sandinista, debió enfrentar una situación verdaderamente tensa con Anastasio Somoza Debayle. El ministro de Seguridad Pública, don Juan José Echeverría Brealey, envió guardias civiles a Venezuela para que fueran capacitados en manejo de equipo antiáreo. Por esa época, se creo un cuerpo de reserva que llegó a ser objeto de investigaciones por parte de diputados de la Asamblea Legislativa.
El ensayo de don Fernando Volio Jiménez fue escrito en 1984 y sus últimas páginas están llenas de preocupación por la seguridad de Costa Rica que, de muy diversas formas, se veía afectada por el conflicto centromericano de aquella época.
Afortunadamente el país continuó por la senda del Derecho y, en la actualidad, hablar de militarismo en Costa Rica es referirse a un tema verdaderamente muy antiguo.
INSC: 2522

Durante una década, los generales Máximo Blanco (1824-1866) y
Lorenzo Salazar Alvarado (1813-1871), quitaron y pusieron presidentes.

domingo, 7 de mayo de 2017

Dr. José María Castro Madriz. Primer presidente de Costa Rica.

Dr. José María Castro Madriz, paladín
de la libertad y de la cultura. Rafael
Obregón Loría. Costa Rica. 1949
El Dr. José María Castro Madriz, primer Canciller y primer Presidente de la República, fue también el gobernante más joven que ha tenido Costa Rica. En su larga trayectoria de servicio público, ocupó distintos cargos de importancia y se distinguió siempre por su apego a la ley, su respeto a los derechos y garantías de los ciudadanos, su actitud conciliadora y sus ideas liberales. La educación, la salud, las relaciones internacionales y el Derecho, fueron los campos en que más aportes brindó al país.
En 1949, a propósito del centenario de la fundación de la República, don Rafael Obregón Loría publicó un pequeño folleto biográfico sobre el Dr. Castro en el que logró resumir, en pocas páginas, la semblanza y la obra de este singular personaje de nuestra historia. 
José María Castro Madriz nació en San José, el primero de setiembre de 1818 (tres años antes de la Independencia), hijo único de don Ramón Castro Ramírez y doña Lorenza Madriz Cervantes. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por su tío paterno, el padre José Antonio Castro. Otro tío sacerdote, pero del lado materno, don Juan de los Santos Madriz, sería fundamental en su formación académica.
No había, en ese tiempo, escuelas organizadas con programas y asignaturas, por lo que la primera educación del niño José María consistió en clases más o menos regulares con Rafael Ramírez, Nazario Toledo y Rosalía Cortés. Con ellos aprendió a leer y a escribir, nociones básicas de aritmética y algo de ciencias naturales. Los conocimientos de gramática, geografía, historia y filosofía los adquirió por sí mismo con los libros de la amplia biblioteca de su tío, el padre Madriz, quien orientaba sus lecturas. Muchos años después, el ya Doctor Castro hizo lo que pudo para que su tío fuera nombrado primer obispo de Costa Rica, pero sus gestiones no tuvieron éxito.
Tras haber leído la biblioteca entera, con apenas veinte años de edad, el joven Castro partió a León, Nicaragua, donde estaba la universidad más cercana, en la que no solo logró ser admitido sin dificultad, sino que obtuvo el Bachillerato en Filosofía por suficiencia apenas llegó.
Permaneció estudiando tres años en León y, en noviembre de 1841, recibió su Doctorado en Derecho Civil. Un dato curioso, es que el Secretario de la Universidad de León, que le entregó el título, era el General y Doctor Máximo Jerez, sería padrino de bautismo de Rubén Darío y, cerca de medio siglo después, durante la temporada que Darío vivió en Costa Rica, uno de sus amigos más cercanos sería Ramón Castro Fernández, hijo del Dr. Castro.
Con su título de Doctor bajo el brazo, don José María Castro Madriz regresó brevemente a Costa Rica y, antes de partir de nuevo a Nicaragua, el joven académico de veintitrés años de edad, logró obtener el compromiso matrimonial con la niña Pacífica Fernández Oreamuno, quien aún no había cumplido los catorce. La boda se celebró en 1842, cuando ya don José María había obtenido un segundo doctorado, esta vez en Filosofía. En ese mismo año, funda el periódico semanal El Mentor Costarricense.
Dr. José María Castro Madriz. (1818-1892)
Primer Presidente de Costa Rica.
Pese a su juventud, Castro Madriz era reconocido por su amplia cultura y todos veían en él gran potencial. El título de Doctor, por el que tanto amigos como enemigos lo llamaron siempre, era pronunciado con verdadera reverencia. El primer cargo público que ocupó, Auditor General de Guerra, le fue otorgado por Francisco Morazán, que por entonces gobernaba Costa Rica.  La dictadura de Morazán, con la que Castro simpatizó de entrada pero luego se desencantó, duró poco. El hondureño fue derrocado por Antonio Pinto Soarez, Tata Pinto, pariente político del Dr, Castro quien, aunque apoyó la destitución, no estuvo de acuerdo con el fusilamiento de que fue objeto Morazán.
Castro Madriz pasó a ser ministro en el gobierno de José María Alfaro Zamora. Fue el primer ministro de relaciones exteriores de Costa Rica, cargo que después ocuparía de nuevo en otras administraciones.
El 3 de mayo de 1843, el Dr. Castro funda la Universidad de Santo Tomás, de la que sería primer Rector su tío, el padre Juan de los Santos Madriz. Nazario Toledo, el antiguo maestro del Doctor, así como el propio Castro Madriz, también llegarían a ocupar posteriormente el cargo de Rector de esa casa de estudios. Lamentablemente, la universidad no llegaría a cumplir cincuenta años, ya que fue cerrada en 1888.
Propuso, el 27 de junio de 1845, la reapertura del Hospital San Juan de Dios. El primer intento de fundar el hospital (también llamado San Juan de Dios) había sido en Cartago, pero acabó cerrando por falta de financiamiento adecuado. El nuevo hospital, que se levantaría pocos años después en San José, aunque en sus inicios no era más que unos galerones de adobe, acabó prestando importantes servicios durante la epidemia de cólera.
También presentó la iniciativa, el 13 de noviembre de 1846, de crear una Escuela Normal para formar adecuadamente nuevos maestros de primaria.
Además de ministro, Castro Madriz ocupaba la Presidencia del Congreso y, como vice Jefe de Estado, le correspondió en algún momento ejercer el poder de manera interina.
En 1847 es electo Jefe de Estado a los veintinueve años de edad, convirtiéndose en el gobernante más joven de la historia de Costa Rica. Su récord, por cierto, es imbatible, puesto que la Constitución actual establece un mínimo de edad de treinta años para postularse al cargo. Aunque no tenía función alguna asignada y, en aquel tiempo, ni siquiera se usaba el título de Primera Dama, el récord de doña Pacífica, su esposa, es más imbatible aún. Tenía apenas dieciocho años cuando su marido asumió el poder.
Durante su gobierno, se fundó el liceo de niñas que, aunque parezca una iniciativa de avanzada, no lo era tanto. La idea era que, además de leer y escribir, las niñas aprendieran costura, tejido, dibujo, música, cocina y otras habilidades que, por entonces, se consideraban "propias de su sexo."
Pero quizá la acción más memorable de su gobierno haya sido la declaración, el 31 de agosto de 1848, de Costa Rica como República Independiente. Por esa declaración, el Dr. Castro es considerado el Fundador de la República y, de hecho, es el primero en ostentar el título Presidente de la República de Costa Rica. Tras la independencia, en 1821, las cinco naciones centromericanas habían quedado de alguna forma unidas en la República Federal Centroamericana. El primer país en separarse fue Nicaragua seguida, casi inmediatamente, por Honduras. Al separarse Costa Rica, El Salvador y Guatemala siguieron un tiempo tratando de restablecer la unión, hasta que aceptaron que dicho proyecto era inviable y que cada país del Istmo seguiría su propio camino.
Pacífica Fernández Oreamuno. (1828-1885)
Hermana del Presidente Próspero Fernández
y esposa del Dr. José María Castro Madriz.
Según la leyenda, ella cosió la bandera de
Costa Rica blanco, azul y rojo, establecida
como Símbolo Nacional en 1848.
El 29 de setiembre de 1848, se establecen como símbolos nacionales la bandera tricolor, blanco, azul y rojo que, según la leyenda, fue cosida por doña Pacífica Fernández y el escudo de los tres volcanes entre dos mares con un barco en cada uno, que fue diseñado por don Antonio Pinto Castro, primo del Doctor.
El primer gobierno del Doctor Castro no fue fácil. Hubo intentos por derrocarlo que él, fiel a su estilo, trató de contrarrestar con el diálogo en vez de que con la fuerza. Sus relaciones con su vicepresidente, don Juan Rafael Mora Porras, nunca fueron y nunca serían amistosas y, ni siquiera, respetuosas. Don Juanito Mora forzó al Doctor Castro a renunciar y, no contento con ello, convocó una junta para expulsarlo del país. La intervención inmediata de don Juan Mora Fernández, primer Jefe de Estado de Costa Rica y pariente del nuevo gobernante, hizo que la junta revocara el destierro que ya había sido decretado.
Como Mora siguió hostigando al Dr. Castro, éste decidió realizar un largo viaje por Europa en compañía de don Nazario Toledo y don Vicente Aguilar. En la escuela se dice que el Dr. Castro estableció los colores de la bandera nacional, inspirada en la de Francia, porque admiraba mucho ese país que había visitado. En realidad, la bandera tricolor es de 1848 y el viaje a Francia, de 1850, fue posterior. En Francia, el Dr. Castro fue condecorado con la Legión de Honor, que le fue otorgada por Luis Napoleón, primer Presidente de la República.
A su regreso a Costa Rica, el Dr. Castro fue confinado lejos de la capital por el presidente Mora quien, en 1852, finalmente decidió expulsarlo del país. Durante la ausencia de su marido, doña Pacífica tuvo que hacer milagros para evitar perder todas sus propiedades, sobre las que hubo intentos de embargos e intervenciones.
Al igual que con Morazán, el Dr. Castro apoyó la destitución de don Juanito Mora, pero no estuvo de acuerdo con el fusilamiento. 
El nuevo presidente, el Dr. José María Montealegre, nombró al Dr, Castro como Secretario de Estado y le encargó especialmente la tarea de hacer regresar a todas las personas que el presidente Mora había desterrado (incluyento al obispo Anselmo Llorente), o que había confinado en lugares lejanos de la República. También participó como diputado y Presidente de la Asamblea Constituyente y realizó un importante viaje a Colombia, para definir los límites de la frontera sur del país, que fracasó por causas totalmente imprevistas.
En 1866, el Dr. Castro es electo de nuevo Presidente de la República y continuó con sus iniciativas del desarrollo de la educación y en defensa de las garantías y libertades. No pudo terminar su periodo porque fue derrocado por el General Lorenzo Salazar, el mismo que, pese a haber luchado al lado de don Juanito Mora en la Batalla de Rivas, había sido el ejecutor del derrocamiento de Mora. Se dice que el motivo del segundo derrocamiento del Dr. Castro fue su intención de promover la candidatura de don Julián Volio Llorente, su gran colaborador.
Vino luego el gobierno de don Jesús Jiménez Zamora, que acabaría siendo derrocado por Tomás Guardia. Al principio, el Dr. Castro se opuso a Guardia y, por ello, se ganó ser arrestado y encadenado con grilletes. Sin embargo, poco después el Doctor y el General hicieron las paces y Castro pasó a ser ministro de Guardia. Siempre se le ha atribuido a doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa de don Tomás Guardia, la iniciativa por la abolición de la pena de muerte, decretada por su marido. Sin embargo, no es de extrañar que el Dr. Castro también tuviera participación destacada en el asunto, ya que son abundantes los discursos y ensayos en que hace defensa de la inviolabilidad de la vida humana.
Tras la muerte de Guardia, ocupó la presidencia Próspero Fernández Oreamuno, hermano de doña Pacífica. Pero, más que un cuñado, Próspero era como un hijo del Dr. Castro, ya que desde pequeño había vivido en su casa. Un dato curioso de Próspero es que combatió en la guerra contra los filibusteros pero, cuando don Juanito Mora regresó en 1860 tras ser derrocado, Próspero fue a Puntarenas a repeler su retorno.
Tras la muerte de Próspero, el Dr. Castro, convertido ya en ministro permanente, siguió sirviendo en el gabinete de Bernardo Soto.
Al igual que don Julián Volio, el General Guardia, Próspero Fernández y Bernardo Soto, el Dr. Castro era un miembro prominente de la Logia Masónica. Pese a ser un hombre adinerado (tenía cafetales, cañales y fincas de ganado por todo el valle central), llevaba una vida austera. Fiel al personaje, vestía siempre de negro con levita, chaleco, sombrero de copa y bastón. En la solapa lucía la legión de honor y, al caminar por la calle, al ser reconocido por los campesinos descalzos que se topaba en el camino, los saludaba ceremoniosamente inclinándose y quitándose el sombrero. Su manera de expresarse era un tanto rebuscada y, tal vez en nuestra época, podría considerarse algo empalagosa, pero en sus escritos salta a la vista su optimismo, su fe en el futuro y su espíritu de conciliación. No se encuentran, en sus escritos, palabras duras contra nadie y su trayectoria en la compleja época en que le tocó vivir, demuestra que siempre estuvo dispuesto a dejar en el pasado los disgustos y tragos amargos para mirar sin resentimientos y con mayor claridad hacia adelante.
El Doctor Castro fue hijo único, algo raro en su época, pero con doña Pacífica Fernández procreó nada menos que catorce hijos. La considerable fortuna que acumuló, acabó diluyéndose al ser repartida entre tantos y sus nietos acabaron viviendo de manera digna, pero modesta.
Al terminar el gobierno de Bernardo Soto, en 1889, el Doctor Castro puso fin a su larga carrera de cuarenta y siete años de servicio público. Tres años después, el 4 de abril de 1892, murió a los setenta y tres años y medio de edad. En su funeral, fue llamado paladín del derecho, la educación, la libertad y la cultura. Rubén Darío, quien lo trató de cerca, lo había calificado como un hombre "extraño a nuestros tiempos y digno del mármol."
INSC: 2238

domingo, 4 de diciembre de 2016

Media biografía de Luis Alberto Monge.

Luis Alberto. Alberto Baeza Flores.
Editorial Volvamos a la tierra.
Costa Rica, 1981.
Poco después de ser electo Presidente de la República, un grupo de amigos le obsequió a Luis Alberto Monge la espaciosa casa en Santa Ana, donde residió hasta el final de su vida. Antes, don Luis Alberto vivía en una pequeña propiedad de dos manzanas y media situada en La Catalina de Santa Bárbara de Heredia.  Allá, en las frescas y verdes montañas heredianas, tuvo como vecino y compañero de tertulias a su tocayo Alberto Baeza Flores, un chileno trotamundos que vivió en más de una docena de países y, en todos ellos, fue escribiendo y publicando una cantidad verdaderamente innumerable de libros. 
En Costa Rica, además de un largo estudio titulado Evolución de la poesía costarricense, Baeza Flores publicó poemarios, ensayos, una biografía de Simón Bolívar y sendos libros dedicados a ensalzar las figuras de sus amigos Daniel Oduber Quirós y Luis Alberto Monge. Ambas obras son, como es fácil de suponer, literatura propagandística en que se pintan, con colores brillantes, el gran talento de los biografiados. Una cosa, sin embargo, las distingue. El libro sobre Oduber fue publicado en 1976, justo a la mitad de su administración (1974-1978), mientras que el de Luis Alberto Monge apareció en 1981, cuando Monge era candidato a las elecciones que tendrían lugar en febrero de 1982. Es decir, la obra sobre Oduber podría considerarse un esfuerzo de relaciones públicas del gobierno con miras a mejorar su imagen, mientras que la se refiere a Monge sería más bien parte de la campaña por atraer votos. En ambos casos, dudo de la efectividad del esfuerzo. Ese tipo de libros por lo general los leen solamente los convencidos y no los que hay que convencer. Por otra parte, es en verdad extraño que el Partido Liberación Nacional haya recurrido a un escritor chileno para este tipo de publicaciones. Tal vez no encontraron un escritor tico dispuesto a hacerlo o tal vez la iniciativa surgió del mismo Baeza Flores. En todo caso, ninguno de los dos libros logró despertar mayor interés.
En Costa Rica, los presidentes son figuras a las que solo se les presta atención mientras ejercen el cargo. Muy pocos han publicado sus memorias. Rafael Yglesias Castro resumió su vida en un folleto de menos de cincuenta páginas. Rodrigo Carazo Odio, en cambio, fue exhaustivo en las suyas. Don José Figueres Ferrer, ya muy anciano, debió recibir ayuda para escribir sus memorias y las de Teodoro Picado se publicaron póstumamente.
Las biografías presidenciales tampoco abundan. Se han escrito algunas sobre don Ricardo Jiménez, Rafael Yglesias, Julio Acosta, etc, pero, en general, los historiadores costarricenses prestán más atención a los procesos que a las figuras. Ni siquiera contamos con una buena biografía del General Tomás Guardia cuya vida, muy probablemente, acabe siendo contada por un novelista en vez de un historiador.
Tras una introducción bastante divagatoria, el libro de Baeza Flores empieza, como es natural, con datos familiares. Luis Alberto Monge nació en Palmares, el 29 de diciembre de 1925, hijo de don Gerardo Monge Quesada y doña Elisa Alvarez Vargas, El futuro presidente es el cuarto de siete hermanos. Gerardo, Víctor Julio y Myriam son los mayores y Carmen, Lía, Nautilio y Delia, los menores. Su padre, don Gerardo, muere cuando Luis Alberto tiene solamente cuatro años de edad.
Gran lector y buen estudiante desde niño, Luis Alberto cursó estudios en el Instituto de Alajuela, donde obtuvo su bachillerato.  Como era un joven de escasos recursos, para sostenerse trabajó como vendedor en un tramo del Mercado Central de San José. Aunque disponía de pocos ratos libres, en su juventud fue cruzrojista.
La carrera pública de don Luis Alberto inició bajo la tutela del padre Benjamín Núñez, a quien Monseñor Víctor Manuel Sanabria había encargado la tarea de establecer organizaciones de trabajadores de acuerdo con la Doctrina Social de la Iglesia. En los años treinta y cuarenta, los sindicatos estaban ligados al partido comunista de Manuel Mora y, para contrarrestar esa influencia, el padre Núñez fundó la Confederación de Trabajadores Rerum Novarum, en la que laboró el joven Luis Alberto Monge.
Aunque matriculó algunos cursos en la Escuela de Derecho, Monge se vio obligado a abandonar los estudios. Fue cercano, sin embargo, al Centro de Estudios para los Problemas Nacionales, liderado por Rodrigo Facio.
No está claro el papel que jugó don Luis Alberto durante el conflicto armado de 1948 pero, al año siguiente, con apenas veintidós años de edad, fue electo diputado a la Asamblea Nacional Constituyente por el Partido Social Demócrata. Se suponía que, tras el triunfo armado de don Pepe, la nueva Constitución se haría a su gusto, pero los socialdemócratas solamente obtuvieron cuatro diputados: Rodrigo Facio, Fernando Fournier, Rogelio Valverde Vega y Luis Alberto Monge. El grueso de la Asamblea (34 diputados) eran del ulatismo, había un diputado independiente y seis del Partido Constitucional, Pese a no ser mayoría, estos últimos, liderados por don Arturo Volio, lograron convencer a la Asamblea de que no era prudente hacer grandes cambios, por lo que la nueva Constitución, de 1949, acabó siendo la misma Constitución de Tomás Guardia, de 1871, ligeramente retocada.  
Luis Alberto Monge Alvarez. (1925-2006).
Presidente de Costa Rica de 1982 a 1986.
En el libro hay una anécdota sobre esta época que vale la pena mencionar. Dice que cuando el Dr. Calderón Guardia, con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió el país, Monge, en un arranque de patriotismo, "no pudo contener su ardor" y consideró más importante defender la soberanía nacional que redactar una nueva Constitución. Dejó su puesto en la Asamblea y marchó como combatiente a Guanacaste. En la capital, don Pepe, al darse cuenta que faltaba un voto en la Asamblea, le encargó a Frank Marshall que lo devolviera a San José.
Una historia interesante, sin lugar a dudas, pero tiene un pequeño problema. La invasión calderonista ocurrió en diciembre de 1948 y la Asamblea Nacional Constituyente empezó a sesionar en enero de 1949. Pifias como esta, abundan en el libro, Llama "Renovación Nacional" al partido Renovación Demócratica de Rodrigo Carazo, se consignan hechos en un momento distinto al que ocurrieron y se establecen relaciones de causa y efecto verdaderamente haladas del pelo.
En un afán de convertir en un libro grueso lo que debió haber sido un folleto breve, Baeza Flores se hunde en divagaciones o llena páginas y páginas con listas de proyectos, ponencias en congresos o artículos de revista. A veces, se sale por completo del tema y dedica apartados enteros a, por ejemplo, los pleitos de Oduber con el periódico La Nación.
El libro de Baeza fue publicado por la "Editorial Volvamos a la tierra", gracias a los donativos de una larga lista de contribuyentes, cuyos nombres aparecen en las últimas páginas. Me pregunto si alguno de ellos haya tenido la paciencia de leer el libro completo. 
Luis Alberto Monge fue diputado de 1958 a 1962 y de 1970 a 1974. De 1973 a 1974 fue Presidente de la Asamblea Legislativa. Ocupó un alto cargo en la OIT, fue Secretario General del Partido Liberación Nacional y, en 1982, un año después de la publicación del libro de Baeza, fue electo Presidente de Costa Rica.
Mientras ejerció la presidencia, don Luis Alberto gozó del aprecio general. Su personalidad y su estilo le ganaron las simpatía de las personas sencillas que reconocían en él a uno de los suyos. Era simpático, tenía buen sentido del humor, evitaba los conflictos pero, si se presentaban, lograba salir de ellos. Se rodeó de un buen equipo de colaboradores y supo sacar la tarea sin mayores sobresaltos.
Fue el último miembro de la Asamblea Nacional Constituyente y el último de los fundadores del Partido Liberación Nacional en morir. En otros aspectos, también fue uno de los últimos. Era un político que basaba su pensamiento en una ideología ampliamente estudiada, una figura pública que se mostraba tal cual era sin seguir consejos de asesores de imagen, un intelectual de amplias lecturas y elegante prosa que redactaba él mismo sus discursos.
Su gobierno, por otra parte, también fue el primero en realizar la apertura a la economía de mercado que se ampliaría luego. Se desmanteló CODESA, lo que inició el principio del fin del estatismo. Se firmó el primer Plan de Ajuste Estructural y se brindó mayor libertad de acción a la iniciativa privada.
Las relaciones del gobierno de Monge con la administración
de Ronald Reagan fueron en su momento (y siguen siendo
hoy en día), un tema que despierta polémica.
Hubo también, durante su mandato, hechos cuestionables que generaron escándalo y fueron elevados a juicio. El que se hubieran utilizado recursos del Fondo Nacional de Emergencias para amueblar y decorar la casa que le regalaron sus amigos fue el mayor de ellos. De hecho, que "un grupo de amigos" le regale una casa a un gobernante es algo que, actualmente, más que inaceptable resultaría impensable. Don Luis Alberto, sin embargo, fue eximido de comparecer ante los Tribunales, donde se esperaba que brindara explicaciones sobre estos hechos. Aquellos, definitivamente, eran otros tiempos.
Su política exterior, en los duros años de los conflictos armados centroamericanos fue, por así decirlo, más que ambigua. Declaró solemnemente la Proclama de Neutralidad Perpetua de Costa Rica en los conflictos armados, al tiempo que los Contras, financiados por debajo de la mesa por el Presidente Ronald Reagan, operaban en la zona norte del país. En este aspecto, algunos opinan que Monge se plegó por completo a la administración Reagan, mientras que otros sostienen que supo manejar las relaciones con el gobierno americano sin entrar en conflicto, logrando beneficios para el país y sin ceder más allá de lo inevitable.
La administración de Luis Alberto Monge forma ya parte de la historia, de una historia que está por escribirse. Su biografía, además, también está pendiente. El libro de Alberto Baeza Flores apenas recoge la mitad de su vida o, tal vez, hasta menos.
INSC: 1591

lunes, 19 de septiembre de 2016

Don Julio Sánchez Lépiz.

Julio Sánchez. José Marín Cañas.
Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica. 1972.
Apenas sabía leer y escribir y desde muy joven trabajó como boyero transportando café del Valle Central a Puntarenas, pero el herediano Julio Sánchez Lépiz (1862-1934) llegó a ser uno de los hombres más ricos de Costa Rica durante las primeras décadas del Siglo XX. Hombre de sólidos principios, actuó con justicia y rectitud en sus negocios y se negó a intervenir en la vida política.
Su padre, Juan de la Rosa Sánchez, tenía toda una legión de carretas de bueyes con las que transportaba los sacos de café desde los beneficios de Cartago, Tres Ríos, San José, Heredia y Alajuela rumbo a Atenas, Orotina y, finalmente, el Puerto de Puntarenas, donde eran embarcados. Según el Libro sobre la Carreta Típica Costarricense, un viaje de San José a Puntarenas tardaba de once a quince días. Se avanzaba de madrugada, se descansaba cuando el Sol estaba en alto y se reanudaba la marcha al caer la tarde. El cuidado de los bueyes requería. además. varias paradas para alimentarlos con caña de azúcar.
Cuando el General Tomás Guardia firmó el contrato con Minor Cooper Keith para construir el ferrocarril al Atlántico, dispuso que las obras iniciaran en Alajuela. Don Juan de la Rosa fue el encargado de transportar, en carretas de bueyes, los rieles y las piezas de la locomotora y los vagones desde Puntarenas hasta Alajuela.
Desde muy joven don Julio se integró a la empresa de carretas de su padre, por lo que no pudo ir a la escuela más que lo estrictamente indispensable para aprender a leer, escribir y las nociones fundamentales de aritmética. 
La construcción del ferrocarril iba a paso lento, pero el joven Julio comprendió que, una vez terminada la obra, las caravanas de carretas rumbo al Pacífico pasarían a la historia. El negocio ya no era acarrear el café, como había hecho su padre, sino más bien cultivarlo y procesarlo, que fue a lo que él se dedicó.
Mantuvo siempre, eso sí, el chuzo detrás de la puerta de su casa, como un recordatorio de que debería estar dispuesto, si no le iba bien, a volver a dirigir una carreta de bueyes.
Su negocio cafetalero tuvo éxito. A la muerte de su padre, Juan de la Rosa, en 1906, ya don Julio exportaba veinte mil quintales de café al año y sus cafetales alcanzaban, en conjunto, una extensión mayor a las dos mil manzanas. Importó maquinaria para modernizar la industrialización de sus beneficios y extendió sus actividades a la ganadería y el cultivo de caña de azúcar en la Hacienda Taboga, en Guanacaste, que medía, en sus tiempos, unas veinticinco mil manzanas.
Aunque era sumamente rico, don Julio creía que un hombre sin crédito se expone a que se les cierren puertas en momentos de necesidad. Por ello, tenía la costumbre de solicitar préstamos que no necesitaba y pagaba puntualmente las cuotas y los intereses acordados. De esa forma, si llegara a darse el caso de verse en apuros, tendría a quién recurrir.
Don Juan de la Rosa Sánches, padre
de don Julio Sánchez Lépiz.
En 1972, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó una pequeña biografía de don Julio, de apenas cien páginas, escrita por José Marín Cañas. El libro tiene sus limitaciones, entre las que cabe destacar los excesivos rodeos. El nombre de don Julio se menciona por primera vez en la página veintisiete y al final aparece el recuento de una entrevista que Marín Cañas le hizo a don Julio, en que el autor se concentra más en sí mismo que en el entrevistado.
Pero, con todo y eso, el libro recoge varios episodios a los que vale la pena prestar atención.
Don Julio fue un hombre generoso y caritativo que contribuyó con las instituciones de beneficencia de manera discreta y, en la mayoría de los casos, anónima. Diversas personas y organizaciones se vieron favorecidas con su generosidad sin que se enterara nadie más que los propios beneficiados. Un caso en particular, debe constar en la historia. Cuando fue derrocado por Federico Tinoco, el presidente Alfredo González Flores se trasladó a Estados Unidos donde, entre otras cosas, publicó varios artículos denunciando las actuaciones de Lincoln Valentine, un agente petrolero a quien don Alfredo consideraba promotor del golpe de Estado. En 1920, cuando ya el régimen de los Tinoco había caído, Lincoln Valentine demandó a don Alfredo por injurias y calumnias ante los tribunales estadounidenses. El juzgado que llevaba el caso le puso al expresidente una fianza de veinticinco mil dólares que debía ser pagada para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. El gobierno de don Julio Acosta conoció el caso sin llegar a una decisión concreta. Unos decían que el Gobierno debía hacerse cargo de pagar la fianza y otros consideraban que el asunto era estrictamente personal. La situación económica de la Hacienda Pública no andaba muy bien como para soltar esa suma de buenas a primeras. Don Alfredo, además, solamente quería regresar al país y no tenía la intención de hacerle frente a la demanda de Valentine, por lo que el dinero de la fianza inevitablemente se perdería. Enterado de la situación, don Julio Sánchez Lépiz mandó depositar, en un banco de New York, los veinticinco mil dólares de la fianza para que don Alfredo pudiera regresar a Costa Rica. Solamente pidió un favor a cambio: que su nombre y su acto no fueran conocidos por el público. Su deseo fue respetado y, cuando el asunto se supo, ya don Julio había muerto.
En 1922, don Julio fue electo diputado, pero nunca se presentó al Congreso ya que consideraba que sus suplentes estaban mejor calificados que él para legislar. Sus palabras merecen citarse textualmente:

"Dejemos que don Cleto resuelva los problemas nacionales y dediquémonos nosotros a sembrar maiz y frijoles. El mayor mal de Costa Rica está en la mania que tenemos de opinar sobre todos los problemas."
"Yo solamente conozco de café y ganado, en eso radica mi aptitud. El error consiste en pensar que los que hemos hecho cuatro reales tenemos el derecho de opinar sobre todo y la pretensión de saberlo todo. Si fuera un congreso de agricultores yo iría, pero es de legisladores y esa es una función para la que yo no me siento preparado. Para ser diputado es necesario tener un poco de escuela, a la que yo no pude asistir. ¿No ve usted que mis suplentes son un médico y un abogado? Que vayan ellos. Yo desde aquí los aconsejo, si quieren oír mis consejos. Cuando llega un diputado campesino lo ridiculizan. Yo soy de ese pueblo, yo soy de los que dicen ansina y enainas."
"Yo vivo dedicado a mis fincas y mis trabajos. Estudio mis finanzas sin preocuparme de las ajenas. En una caja pongo las entradas y en otra las jaranas y voy adelante sin meterme en lo que no entiendo."

Julio Sánchez Lépiz. (1862-1934).
En el año 1927, los grandes beneficiadores de café se reunieron para decidir el precio en que le iban a recibir el grano a los pequeños productores. Tras muchas deliberaciones, el precio se fijó en ochenta colones la fanega. Al finalizar la reunión, don Julio, que había permanecido en silencio todo el rato, tomó la palabra para anunciar que, en sus beneficios, iba a pagar a cien colones la fanega. Para él, no era justo castigar a los pequeños campesinos para obtener más ganancias. Su decisión de pagar más, explicó, no era caprichosa ni antojadiza. Los precios internacionales de los mercados a los que exportaba le permitían pagar a cien colones la fanega y mientras la situación se lo permitiera, continuaría pagando ese monto. Además, recalcó: "si pago bien puedo exigir calidad y si pago mal tengo que aceptar lo que me lleven".
El sentido de justicia de don Julio quedó patente un par de años después, cuando se descubrió que un grupo de campesinos sin tierra había ocupado un sector de la Hacienda Taboga en Guanacaste. Lo normal, en estos casos, es que el propietario del terreno utilice la fuerza para expulsar a los invasores, pero el 9 de enero de 1934 don Julio le dirigió una carta con instrucciones a Rafael Rodríguez, el administrador de la finca, en la que escribió:

"La tierra debe ser para quien la cultiva, no para quien tenga la escritura. Yo cultivo mis otras fincas, pero no puedo hacer lo mismo con Taboga, porque allí poseo veinticinco mil manzanas y está fuera de mis posibilidades cultivarlas. Por eso creo que debemos conformarnos con lo que podamos cercar, limpiar y atender. Lo demás debe ser para que lo vayan sembrando los que puedan. Con eso no me hacen daño, puesto que yo no ocupo ese campo y sí me hacen bien porque se avecinan, producen y mejoran el lugar."

Más adelante le recuerda la vez en que el Señor José Sing llegó a venderle una finca llamada Brazo Seco que, irónicamente, formaba parte de unos terrenos que, desde hacía tiempo, don Julio tenía registrados a su nombre. Es decir, José Sing, que no tenía papeles, sin saberlo, ofreció venderle una finca a quien  ya era el dueño registral de la propiedad. Cuando don Julio adquirió el terreno, no era más que un campo lleno de malezas, pero cuando Sing llegó a vendérselo, tenía casa, milpas, repastos y tierra limpia rodeada por cercas. Don Julio acabó comprando una propiedad que ya era suya y pagó sin regateos el precio solicitado, porque consideró que actuar así era lo justo.

La carta termina con palabras llenas de sabiduría: "No nos pongamos a pelear contra los que, sin escritura que los ampare, tienen deseos de trabajar y se meten en tierras abandonadas. Yo poseo bastante, pero de lo que estoy convencido es de que uno no necesita más tierra que el pedacillo donde lo han de enterrar. Yo quiero vivir en paz para que cuando muera no tenga nadie derecho de revolcarme ese pedazo de tierra al que aspiro."

Don Julio Sánchez Lépiz nació en Heredia, el 22 de julio de 1862, hijo de Juan de la Rosa Sánchez y Josefa Lépiz. Contrajo matrimonio el 4 de julio de 1886 con Florentina Alvarado Arce, de quien enviudó. En segundas nupcias, casó con Emilia Cortés Arce. Dejó una numerosa descendencia pero sufrió el fallecimiento de dos hijos y una hija. Don Julió murió, poco antes de cumplir los setenta y un años, el 26 de marzo de 1934.
Como solamente pudo asistir a la escuela muy poco tiempo, la educación se convirtió en una de sus grandes preocupaciones. Sufría mucho al ver un pueblo sin escuela o sin maestro y contribuía con lo que le solicitaran para remediar la situación. Su amplia casona esquinera, en San Francisco de Heredia, es hoy una escuela.
INSC: 2727

jueves, 4 de agosto de 2016

Pedro Pérez Zeledón: historiador, abogado y diplomático costarricense.

Pedro Pérez Zeledón. Raquel Guevara.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica, 1971.
En la zona sur de Costa Rica, situada en un hermoso valle, se encuentra la ciudad de San Isidro del General, cabecera del cantón  número diecinueve de la provincia de San José. No se sabe con certeza en qué año los criollos empezaron a habitar la zona, pero durante la segunda mitad del Siglo XIX la población del lugar era apenas de un puñado de familias. 
Durante las primeras décadas del Siglo XX, numerosos inmigrantes, provenientes en su mayoría de Santa María de Dota y la zona de los Santos, trasladaron su residencia al valle del General que, muy pronto, fue creciendo hasta convertirse en una comunidad altamente próspera y productiva. En 1931, para contar con sus propias autoridades municipales, los vecinos solicitaron al Congreso que el poblado fuera declarado cantón. El Poder Legislativo accedió a la petición y, por iniciativa del diputado Carlos María Jiménez Ortiz, el nuevo cantón recibió el nombre de Pérez Zeledón, para honrar la memoria del abogado, diplomático e historiador Pedro Pérez Zeledón. 
Como las inicales de Pérez Zeledón son P.Z., que suena como "peseta", los habitantes de la zona acabaron siendo llamados "peseteros". Sin embargo, pese a que una región de 1.905 kilómetros cuadrados del territorio de Costa Rica lleva su nombre, don Pedro Pérez Zeledón es un personaje bastante poco conocido. 
Su caso, de más está decirlo, no es único. El nombre de otros cantones, como Montes de Oca, Coronado, Goicoechea, Mora y Acosta, también corresponde al apellido de personajes históricos que han venido siendo olvidados. Pocos residentes de San Pedro de Montes de Oca han escuchado el nombre de don Faustino Montes de Oca (1860-1902). No creo que en las escuelas y colegios de Guadalupe de Goicoechea se lea ni una página de las muchas que dejó escritas Fray Antonio de Liendo y Goicoechea (1735-1814). Supongo que los habitantes de Coronado no suelen asociar el nombre del lugar donde viven con un conquistador español, como tampoco los de Aserrí o Curridabat, con el de un cacique indígena. El asunto es de nunca acabar. Sería interesante preguntarle a un vecino de Sarchí quién fue Valverde Vega o a uno de Zarcero quién fue Alfaro Ruiz. Pero, por ahora, concentrémonos en don Pedro.
Pedro Pérez Zeledón nació en San José, el 4 de enero de 1854, hijo de don Miguel Pérez Zamora, vecino de Tibás, y de doña Francisca Zeledón Aguilar. Los abuelos paternos eran don Fermín Pérez, de Alajuela y doña Micaela Zamora, de Esparza, mientras que los maternos eran don Pedro Zeledón y doña Ignacia Aguilar, ambos de San José.
La familia era de escasos recursos pero de buenas conexiones, de manera que desde niño, Pedro, que era un muchachito pobre, tuvo relación cercana con personajes de la alta sociedad. Su maestro de la escuela primaria fue el general nicaragüense don Máximo Jérez. Nunca he logrado averiguar por qué, luego de haber luchado con éxito contra los filibusteros de William Walker, el general Máximo Jerez (padrino de bautizo de Rubén Darío), se vino a Costa Rica a dar clases de primer grado.  Lo interesante del caso es que el tratado de límites entre Nicaragua y Costa Rica, fue firmado por el General José María Cañas, por parte de Costa Rica y el General Máximo Jerez, por Nicaragua y, años después, cuando el Tratado Cañas-Jerez fue sometido al Laudo Cleveland, don Pedro Pérez Zeledón fue el responsable de la negociación por parte de Costa Rica. Es decir, el general Jerez, que firmó el tratado por Nicaragua, fue quien le enseñó a leer y escribir al que  defendió los derechos de Costa Rica plasmados en ese mismo tratado.
El discípulo estuvo a la altura del maestro. Pedro, además de dar muestras de una aguda inteligencia, fue un joven estudioso, metódico y organizado. A los quince años de edad, sin haber obtenido aún el bachillerato, su pariente don José Joaquín Rodríguez Zeledón (que luego sería Presidente de la República) le consiguió un puesto de registrador de hipotecas con una paga de veinte pesos al mes.
En diciembre de 1873, a los diecinueve años de edad, obtuvo con honores su título de abogado en la Universidad de Santo Tomás. Poco más de un año después, en febrero de 1875, contrajo matrimonio con Vicenta Calvo Mora, hija de don Joaquín Bernardo Calvo Rosales y doña Salvadora Mora Pérez.
Continuó trabajando de burócrata un tiempo más y fue ascendido hasta ocupar el puesto de Secretario de la Corte Suprema de Justicia, pero en 1877 decidió separarse de la función pública para ejercer el Derecho e intentar establecer fincas agrícolas y negocios personales.
Descontento con la dictadura del General Tomás Guardia, don Pedro fundó el periódico El Ciudadano, en el que, amparado a la libertad de prensa que todavía era respetada, criticaba con dureza al gobierno y al gobernante. Un buen día el General no aguantó más y don Pedro acabó "desterrado" por varios meses en Santa María de Dota. Vale la pena recordar que don Tomás Guardia envió a don Rafael Yglesias Castro a Talamanca y a don Julián Volio a San Ramón. En aquella época el destierro no significaba necesariamente salir del país. Para no escuchar al que hablaba mucho, bastaba con enviarlo unos cuantos kilómetros más allá de las montañas que rodean el Valle Central. Además, un enemigo político exiliado en un país vecino puede hacer mucho daño, mientras que uno confinado en una aldea remota es totalmente inofensivo.
La vida profesional de don Pedro Pérez Zeledón fue un constante entrar y salir de la función pública. Por su gran capacidad de trabajo y de estudio y por la forma en que cuidaba los detalles, con frecuencia era llamado a integrar comisiones encargadas de redactar reglamentos o de plantear nuevos proyectos. El presidente Próspero Fernández le encargó la redacción de un reglamento, el presidente Bernardo Soto lo integró a una comisión encargada de elaborar un proyecto de ley sobre delitos fiscales. Don Pedro fue enviado a Europa para investigar técnicas agrícolas en Francia, Suiza y Bélgica. También fue el principal colaborador de don Mauro Fernández en la reforma educativa que llevó a cabo. 
La lista de puestos desempeñados y tareas encomendadas es enorme, sus aportes a las instituciones gubernamentales son valiosos pero no deja de sorprender la inestabilidad de su carrera. Por ejemplo,  el 8 de de noviembre de 1886 se le encargó el Subsecretariado de Guerra y Marina, pero renunció el 4 de diciembre del mismo año. El 26 de febrero de 1887 fue nombrado Profesor de Derecho en la Universidad de Santo Tomás, pero renunció el 12 de abril siguiente. En el primer cargo estuvo menos de un mes y en el segundo apenas mes y medio.
Don Pedro Pérez Zeledón. (1854-1931).
Abogado, diplomático, historiador e
impulsor del desarrollo de la zon sur
de Costa Rica.
En 1888, don Pedro representó a Costa Rica ante el presidente de Estados Unidos Stephen Cleveland, que era el árbitro en un conflicto de interpretación del tratado Cañas-Jerez y logró un resultado favorable para Costa Rica. Poco después, en 1891 viajó a Inglaterra para tratar de rescatar un capital, propiedad del Estado, que estaba en peligro de perderse y, aunque había pocas esperanzas, su gestión fue exitosa.  En reconocimiento a sus dotes diplomáticas, el 4 de marzo de 1892 fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores. Aceptó el cargo, pero renunció el 8 de junio. Al menos en este puesto cumplió los tres meses.
Uno tendería a imaginarse que don Pedro renunciaba a los cargos públicos porque tenía muchos negocios privados que atender pero, lamentablemente, no era así. El bufete de don Pedro no tenía muchos ni grandes clientes, por lo que no generaba mayor cosa y las actividades agrícolas o comerciales a las que dedicó su tiempo y su esfuerzo solamente dieron ingresos modestos, apenas para sobrevivir. 
En el gobierno de Rafael Yglesias Castro, don Pedro aceptó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores y, para sorpresa de todos, se quedó un buen rato. Sucedió una anécdota simpática. Mientras el presidente estaba fuera del país, hubo un intento de derrocarlo. Don Rafael regresó inmediatamente a Costa Rica. Cuando el barco se acercaba a Limón, don Rafael, apoyado en la baranda de cubierta, miraba hacia tierra silencioso, triste y preocupado pero,de repente, sonrió y soltó un gran suspiro de alivio. Cuando otros pasajeros le preguntaron a qué se debía el cambio de ánimo, don Rafael explicó que, al ver en el muelle a don Pedro Pérez Zeledón esperándolo, supo que todavía era presidente de Costa Rica.
Pese a que no permanecía mucho tiempo en un mismo puesto, en 1912 destacadas figuras, tanto del partido Civilista como del Republicano, propusieron la candidatura de don Pedro a la Presidencia de la República, pero no lograron convencerlo para que se lanzara. Don Pedro también rechazó la iniciativa, presentada en el Congreso, de nombrarlo en la Corte Suprema de Justicia.
Sí participó como representante de Costa Rica, al año siguiente, en el conflicto de interpretación del Laudo Louvet que definía los límites de Costa Rica con Panamá. Gracias a sus gestiones, la mitad de Punta Burica es costarricense, ya que las pretensiones panameñas eran poner la frontera en Golfito.
El año de 1913 fue particularmente triste para don Pedro. El 20 de junio murió su esposa y el 26 de octubre su hija Flora. Don Pedro, que no había hecho carrera en el sector público ni había reunido un capital en actividades privadas, se había quedado solo.
Trató de soportar su viudez y pobreza discretamente pero su situación económica era casi desesperada. Al enterarse cómo estaban las cosas, los diputados acordaron otorgarle cincuenta mil colones por los servicios brindados al país, que le serían entregados en cinco anualidades de diez mil cada una. Aunque las arcas del Estado no andaban muy bien debido a la guerra europea que acababa de estallar, el presidente Alfredo González Flores firmó el "Ejecútese".
En 1921, don Pedro volvió a ser noticia al criticar severamente al Presidente Julio Acosta García, por la manera impulsiva e imprudente en que manejó un incidente fronterizo con Panamá que pudo haber generado un conflicto armado para el que Costa Rica ni estaba preparada ni tenía posibilidades de ganar.
Dos años después, en 1923, don Pedro apenas tenía sesenta y tres años pero, debido a la enfermedad, estaba muy envejecido. El Congreso, entonces, dispuso otorgarle una pensión de cuatrocientos colones al mes. Firmaron el acuerdo don Arturo Volio Jiménez, Presidente del Congreso y su hermano Jorge Volio Jiménez, Primer Secretario. El presidente Julio Acosta, severamente criticado por don Pedro, firmó el ejecútese.
Otra faceta interesante de don Pedro Pérez Zeledón fueron sus investigaciones históricas. De hecho, don Pedro fue uno de nuestros primeros historiadores. El primer libro de historia de Costa Rica fue Bosquejo de la República de Costa Rica, de Felipe Molina, publicado en Nueva York en 1851. Los documentos se conservaban en los archivos, pero había que bucear en ellos para escribir la historia. Entre los que asumieron la tarea se pueden mencionar a don León Fernández y su hijo Ricardo Fernández Guardia, el obispo Bernardo Augusto Thiel, el marqués Manuel María de Peralta y don Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, entre otros. Como historiador, don Pedro se interesó por muchos temas, quiso escribir sendas biografías del Dr. José María Castro Madriz y de don Juan Rafael Mora Poras, pero no las terminó. Tampoco pudo concluir su Historia de la esclavitud. Nunca llegó a publicar un libro, pero sí aparecieron, en revistas y periódicos, importantes artículos suyos sobre Gregorio José Ramírez o el Bachiller Osejo. Particularmente valiosas son sus investigaciones sobre la anexión del Partido de Nicoya o la administración del río San Juan durante la Colonia.
Supongo que quienes hayan tenido la paciencia de leer hasta este punto estarán preguntándose: ¿Qué tiene que ver este señor con San Isidro del General?
Cuando estuvo desterrado en Santa María de Dota, don Pedro se involucró a fondo con la comunidad que lo hospedaba, llegó a ser gran amigo de la familia Ureña Zúñiga, de cuyos miembros muchos emigraron al sur del Cerro de la Muerte. Cuando regresó a San José, lejos de olvidarse de sus amigos, se convirtió en un verdadero promotor de la población y el desarrollo del sur del país. Consiguió, entre otras cosas, que el gobierno mejorara el camino de Desamparados a la zona de los Santos y que abriera una vía de comunicación entre Santa María y Copey.
En 1887, junto con cinco personas más, entre los que se contaban un médico, un maestro, un ingeniero y un topógrafo, realizó una exploración a fondo de la zona sur. A bordo de una pequeña embarcación de vela, navegó desde Puntarenas hasta el Golfo Dulce y luego recorrió el río Grande de Térraba, el Pozo, Palmar, Boruca, Térraba, La división, el Cerro de la Muerte, Ojo de Agua, Las Vueltas, Dota, Tarrazú y, finalmente, retornó a San José por Desamparados. Para su sorpresa, en todo su camino se encontró con campesinos, algunos aislados con sus familias en un pequeño espacio que lograron abrir en la montaña para su casa, sus animales y sus cultivos y otros ya concentrados en pequeños pueblos. En el valle que, a partir de 1910 sería conocido como San Isidro del General, don Pedro contó, en 1887, poco más de doscientos vecinos.
A partir de esa expedición, además del ejercicio del derecho o la diplomacia, de sus investigaciones históricas o de sus fallidos negocios personales, don Pedro asumió como un reto personal el desarrollo de la zona sur del país. Promovía proyectos de ley que favorecieran la zona, instaba al gobierno a abrir caminos y construir escuelas, procuraba que los habitantes del sur tuvieran buenas semillas así como ejemplares del mejor ganado.
Don Pedro murió el 31 de mayo de 1930. Cuando, el 7 de octubre del año siguiente, el Congreso, a solicitud de los vecinos, decretó la creación del cantón número 19 de la provincia de San José, el diputado Carlos María Jiménez propuso que la región recibiera el nombre de Pérez Zeledón, en honor de su más grande admirador y benefector.
INSC: 1732
San Isidro del General, cabecera del cantón de Pérez Zeledón, Costa Rica.
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