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jueves, 2 de enero de 2020

Puro Humo de Guillermo Cabrera Infante.

Puro  Humo. Guillermo Cabrera Infante. Ensayo.
Alfagura, España, 2000.
El primer cigarrillo que fumó Guillermo Cabrera Infante, a la tierna edad de ocho años, lo fabricó él mismo con hojas secas de árbol arrolladas en una página de cuaderno. A los catorce fumó su primer tabaco, un puro que lo mareó al punto de hacerlo caer en el suelo, donde acabó vomitando una baba espesa y amarga. Sin embargo, a pesar de esa incómoda experiencia, el escritor cubano fue fumador toda su vida. Su madre, bastante comprensiva, toleró que fumara confiando en que ese sería su único vicio.
La inseparable y permanente unión que mantuvo Cabrera Infante con los cigarros, acabó convirtiéndolo en un verdadero conocedor. 
Reconocido autor de novelas, cuentos, ensayos y artículos periodísticos, acatando la recomendación de sus amigos, quienes lo instaban a escribir sobre el que, de hecho y como había deseado su madre, era su único vicio, escribió un libro dedicado por entero al fumado.
Publicado originalmente en inglés, con el título Holly Smoke, en 1985, el libro, ingenioso, divertido y revelador, fue muy bien recibido en Inglaterra, donde Cabrera Infante residía. La versión en español se tardó quince años en aparecer y, traducida o, más bien, reescrita por el propio autor, fue publicada por Alfaguara en el año 2000 con el título de Puro Humo.
Se trata de una obra inclasicable en que hay un poco de todo. Empieza con el relato de los marinos de Cristóbal Colón quienes, mientras exploraban las Antillas en su primer viaje, quedaron asombrados al mirar hombres aspirando rollos de hierbas encendidas para luego expulsar el humo por la boca y la nariz. Los marineros que se atrevieron a probar tuvieron una experiencia similar a la de Cabrera Infante a los catorce años pero, a la larga, al igual que al escritor, el vicio acabó atrapándolos. Al Almirante Cristóbal Colón, el asunto  no le interesó y llegó a manifestar que no lograba comprender qué gusto o provecho podría obtenerse de aquella acción tan extraña. Lejos estaba de imaginar que una de las muchas consecuencias futuras de su viaje, sería que el hábito de fumar se extendiera por todo el mundo. 
Tras reseñar que el descubrimiento de América y del tabaco fueron simultáneos, se extiende en las diferentes formas de consumirlo. Dedica páginas enteras tanto a los puros como a los cigarrillos y también se refiere, de manera más breve, al extraño hábito de aspirar rapé, que era tabaco en polvo. Curiosamente, casi no presta atención a la práctica de mascar tabaco.
Los historias y los datos que menciona son más amenos que exactos. La veracidad de muchas de sus afirmaciones resulta con frecuencia más que dudosa pero, en todo caso, el libro no pretende ser una investigación minuciosa sino, más bien, una larga y amena charla alrededor de un tema ligero y sin mayor importancia. Al buen conversador no se le exige exactitud, sino amenidad. Los datos que brinda sobre semillas, cultivos, procesos, prácticas de fumado y hasta tipos de ceniza, inevitablemente se van olvidar. Lo que queda, a fin de cuentas, es el recuerdo del deleite que causó la forma en que fueron expuestos.
Verdaderamente deliciosas son las historias familiares que, de nuevo, no importa que sean reales o inventadas. Cuenta que su abuelo era madrugador. Se levantaba a las cinco de la mañana y se acostaba a las cinco de la tarde. La abuela, en cambio, era noctámbula. Se acostaba a la medianoche y se levantaba al mediodía. Los abuelos se llevaban bien, en las pocas horas en que coincidían despiertos. Cada uno tenía una relación particular con el tabaco. El abuelo siempre tenía un puro en la mano, pero fumaba solamente un tercio y lo apagaba. El cabo lo dejaba "para luego" y, por esa práctica, había puros a medio fumar por toda la casa. La abuela no fumaba pero mascaba tabaco y llevaba siempre en la mano una escupidera de cristal.
Desde mediados del Siglo XX hasta el día de hoy, la discusión más acalorada que puede haber en Cuba es entre revolucionarios y contrarrevolucionarios pero, dice Cabrera Infante, en los tiempos anteriores a la revolución, el tabaco, producto estelar de la isla, causaba discusiones más intensas que la política. Ya existían en ese tiempo verdaderos fanáticos del tabaco y furibundos críticos del fumado. A un tío abuelo de Cabrera Infante le molestaba tanto el humo de cigarro que, cuando supo que Adolfo Hitler había  promulgado la primera ley antitabaco del mundo, solamente por eso, se hizo nazi. La madre de Cabrera Infante era fumadora. Su padre no. De hecho el libro viene con una bella dedicatoria: "A mi padre quien, a los 84 años, aún no fuma."
Cabrera Infante no deja tema sin tocar. Menciona los procesos de semillas, cultivos y selección de hojas. Cuenta las historias de famosas marcas de tabaco como la de Jaime Partagás y H. Upman.  Niega el mito que los anillos de papel en los puros hayan sido creados para no manchar los guantes blancos de los dandies del Siglo XIX. Muy por el contrario, explica que lo primero que hay que hacer, desde el momento mismo en que se saca el tabaco de la caja, es retirarle el anillo.  Las normas de etiqueta sobre el fumado que menciona no dejan de ser sorprendentes. Por ejemplo, declara que encenderle el cigarrillo a alguien es una muestra de cortesía, pero que nunca, bajo ninguna circunstancia, se debe ofrecer a quien enciende un puro. Encender un puro, acalara, es una faena estrictamente personal. Al terminar de fumar, el cigarrillo se aplasta en el cenicero, pero el puro simplemente se deja quieto, sin aplastarlo.
Lector voraz y gran aficionado al cine, Cabrera Infante es exhaustivo al rememorar escenas de películas o de relatos en las que los protagonistas aparecen fumando. A lo largo de las más de cuatrocientas páginas del libro, salta de un asunto a otro pero, ya sea que se refiera a cine, historia, literatura o recuerdos personales, el fumado está presente en cada relato. Con verdadero dolor cuenta que en cierta ocasión estaba en compañía de un pequeño grupo que se disponía a ver una película cuando, sin previo aviso, llegó Fidel Castro y se acomodó en una butaca. Antes de que se apagaran las luces, Fidel lo miró fijamente y dijo: "¿Alguien aquí tendrá un tabaco?" Y Cabrera Infante no tuvo más remedio que darle uno de los que, muy visiblemente, asomaban en el bolsillo de su camisa.
Los asistentes no pudieron disfrutar de la proyección porque el comandante no dejó de hablar ni un momento. Incluso en una sala de cine, él tenía que ser el centro de atención. Aunque su cigarro estaba aún a medio consumir, lo tiraba, se volteaba al escritor y le decía "Dame otro." Cuando la película terminó y se encendieron las luces, a Cabrera Infante solamente le quedaba un puro en la bolsa de la camisa y Fidel, al verlo, se lo pidió para el camino. La anécdota retrata con exactitud la total falta de respeto que Fidel tenía por las demás personas y por la propiedad privada.
Existía la leyenda, sobra decir que totalmente falsa, que sostenía que los cigarros eran enrollados (torcidos es la palabra correcta) por mujeres hermosas que, para no empapar su ropa con sudor, trabajaban desnudas. Cuando era pequeño, el morboso y precoz Cabrera Infante se asomó al taller de una fábrica de tabacos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por hombres de rostro severo. Las pocas mujeres que había no eran jóvenes, ni bellas. Trabajaban en silencio y, para entretenerse, prestaban atención al hombre que, situado en una tribuna, leía un libro en voz alta.
Los tabaqueros no eran especialmente instruidos y la mayoría de ellos trabajaba solamente para mantener sus vicios. Sin embargo, eran personas de amplia cultura general y rico vocabulario debido a que los lectores que amenizaban su lugar de trabajo leían obras maestras de la literatura universal. En un principio el lector no recibía sueldo de la fábrica, sino que era pagado por los propios torcedores. Solo se le exigían dos cosas: que tuviera una pronunciación clara y que su voz fuera lo suficientemente fuerte como para ser escuchada claramente en la última fila. Cuando pusieron micrófono con amplificador, este segundo requisito ya no fue importante.
Tradicionalmente, las lecturas preferidas eran novelas francesas del Siglo XIX. Nuestra señora de París, de Víctor Hugo, y El conde de Montecristo, de Alexandre Dumas, eran tan populares que, una vez terminadas, por petición de los oyentes, se empezaban a leer de nuevo. Ambos escritores enviaron cartas de saludo a sus fieles seguidores de las fábricas de tabaco de Cuba. La marca de cigarros Montecristo, por cierto, tuvo su origen en la fascinación de los tabaqueros por la novela de Dumas.
Entre las muchas libertades que los cubanos perdieron tras el triunfo de la revolución, estuvo la de escoger las lecturas en las fábricas de tabaco y, al menos durante el período inicial, los pobres torcedores debieron hacer su trabajo escuchando aburridísimas novelas propagandísticas soviéticas.
Puro humo es un libro ameno y entretenido. Los juegos de palabras, a los que Cabrera Infante era tan aficionado y que, en esta obra, están presentes desde el mismo título, en repetidas ocasiones son más que forzados y su frecuencia, que es demasiado insistente, más que amenizar el relato, lo llena de tropiezos.
En todo caso, la lectura de Puro Humo es placentera, ante todo, por lo que tiene de políticamente incorrecta. Aceptémoslo: fumar tabaco es nocivo para la salud. Como decía Cristóbal Colón, no puede obtenerse ningún provecho de esa acción tan extraña. Sin embargo, el vicio del fumado ha atrapado a innumerables generaciones alrededor del mundo durante los últimos quinientos años y, aunque no exista justificación a su consumo, sobre el tabaco hay mucho decir y este libro lo dice casi todo.
INSC: 1876
Guillermo Cabrera Infante. (1929-2005).



martes, 17 de diciembre de 2019

La Cuba de hoy.

Cuba hoy. Angel Penelas.
Trejos Hermanos. Costa Rica. 1984.
El periodista Angel Penelas visitó Cuba por primera vez en 1959 para cubrir el triunfo de la revolución. Tuvo oportunidad de conocer en persona a Fidel Castro, al Che Guevara, a Camilo Cienfuegos y a Huber Matos. En ese primer momento, aunque todos los líderes revolucionaros hablaban sin parar de los ambiciosos planes que se proponían realizar, dejaban claro que su meta principal era el establecimiento de una democracia. "No soy comunista" declaró Fidel de manera tajante en la primera conferencia de prensa ante los corresponsales venidos de otros países.
A diferencia de la gran mayoría de sus colegas, Penelas no se sumó al entusiasmo generalizado y, en los artículos que publicó entonces, dejó bien claro su escepticismo. Prometer es fácil, cumplir no lo es tanto. Tuvo entonces la intención de regresar a Cuba algún tiempo después para comprobar cuánto de lo dicho se había transformado en hecho. Sin embargo, la oportunidad se tardó en llegar. Entre su primera y su segunda visita a Cuba pasaron veinticinco años.
En 1984 fue enviado de nuevo como periodista a Cuba. Esta vez, sin embargo, el propósito de su visita no era acercarse a los gobernantes para obtener declaraciones, sino más bien entremezclarse con el pueblo para realizar una serie de reportajes sobre la vida cotidiana en la isla. Esa inmersión le serviría, en todo caso, para comprobar cuánto de lo prometido se había cumplido. Se supone que las revoluciones son procesos de cambios rápidos e intensos, por lo que un cuarto de siglo era tiempo más que suficiente para encontrar resultados. La impresión que se llevó fue la de haber llegado a un lugar en que el tiempo, no solamente se detuvo, sino que retrocede. Lo que estaba bien, se había desmejorado y lo que estaba mal se había empeorado.
El deterioro saltaba a la vista. En su primera visita había quedado maravillado por la arquitectura de La Habana, considerada la ciudad más hermosa del continente americano. En la segunda, hasta los edificios situados frente al malecón estaban casi destruidos. No lograba comprender cómo, si durante el conflicto armado no había habido ni un solo combate en La Habana, la ciudad se había dañado tanto en tiempos de paz y, supuestamente, de reconstrucción. Las cañerías de agua estaban rotas en numerosos sectores y el servicio eléctrico se interrumpía constantemente.
Penelas cuenta que, en su visita anterior, veinticinco años antes, había quedado muy impresionado por el Hospital de la Quinta Covadonga, fundado y administrado por el Centro Asturiano de La Habana. Era una institución económicamente autosuficiente, bien equipada, decorada y atendida. Para observar los avances en el campo de la salud que pregonaba la propaganda oficial, quiso visitarlo de nuevo. Le habían cambiado el nombre a Hospital Salvador Allende y lo encontró en condiciones lamentables. Las instalaciones, los muebles y los equipos estaban rotos. "¿Qué pasó aquí?" se atrevió a preguntarle a un anciano que, al igual que él, había conocido la Quinta Covadonga en sus buenos tiempos. "¿Pues qué iba a pasar?" Fue la respuesta. "¡Esta gente acaba con todo!"
Angel Penelas.
Los cubanos que se fueron de la isla en los primeros años de la revolución y que pensaron, ingenuamente, que regresarían pronto, aunque fueron tildados de "gusanos" al momento de partir, ya tenían permitido regresar. Penelas pudo hablar con varios de ellos en el hotel. Los primeros años en otro país fueron duros pero de alguna manera no solo se habían acomodado sino que muchos de ellos habían logrado alcanzar  cierto grado de riqueza. El éxito fuera de la patria, le dijeron tenía un sabor amargo. Quien se va a otro país por su propia voluntad disfruta lo que logra, pero el que sale huyendo con lo que lleva puesto, aunque prospere, guarda cierta tristeza. Curiosamente, los que fueron despreciados por la revolución al marcharse, acabaron convirtiéndose en los consentidos del sistema. Los divisas que traían les habrían todas las puertas, pero a sus parientes, los cubanos residentes en la isla, no se les permitía el acceso a los hoteles, así fuera su hermano el que estuviera hospedado en ellos.
La Habana estaba llena de rusos pero, curiosamente, se relacionaban poco con los habitantes locales y prácticamente llevaban una vida aparte.  Los cubanos evitaban mencionar el nombre de Fidel Castro como si  temieran romperlo mancharlo. Sus admiradores lo llamaban"el comandante en jefe" y quienes lo criticaban se referían a él con algún apodo o gesto. El Che se había convertido en un souvenir. Los cubanos debían hacer cola para todo. Los jóvenes sentían fascinación por las "pitusas". La libreta de racionamiento, que se suponía era temporal, seguía utilizándose para conseguir mínimas cantidades de alimentos. Los guías turísticos repetían discursos memorizados como si fueran casetes vivientes. Ya existía el extraño fenómeno de la doble moneda: el peso cubano, con el que no se podía comprar casi nada y el dólar americano con el que se podía comprar casi todo. Por más que el visitante sacara cuentas, no lograba entender cómo hacían los cubanos para sobrevivir. Los sueldos eran más o menos de doscientos pesos al mes y un plátano costaba diez. No alcanzaba ni para los tostones. Pero, pese a todas las dificultas, el pueblo cubano era alegre, amistoso, sonriente, acogedor. Siempre ingenioso al salpicar las conversaciones con gotas de buen humor.
Con las únicas excepciones de los rusos, que ya no estaban allí, y de la circulación de dólares americanos, que había sido sustituida por la de CUC, lo que vio Penelas en Cuba fue lo mismo que vi yo en mi primera visita a La Habana a mediados de los años noventa. La última vez que fui, más de una década después, salvo mínimas variaciones, el panorama general seguía siendo el mismo.
Los reportajes de Angel Penelas sobre la vida cotidiana de Cuba fueron publicadas en periódicos y luego recogidas en un libro titulado Cuba Hoy, publicado en 1984.
El título de la obra no ha perdido actualidad a pesar del transcurso de los años. La gran mayoría de sus páginas pudieron haber sido escritas hoy mismo. Sin importar cuantos años pasen entre una visita y otra, en Cuba el tiempo parece haberse detenido. Quizá por ello, cuando uno le pregunta a un cubano residente en la isla "¿Como está todo por allá?" Suelen contestar: "¡Todo está como tú lo dejaste!"
INSC: 1750

sábado, 22 de junio de 2019

Te di la vida entera. Novela de Zoe Valdés.

Te di la vida entera. Zoe Valdés.
Seix Barral. Argentina. 1997.
En los años noventa del siglo pasado, durante el tristemente célebre Período Especial, los cubanos, al conversar sobre las duras condiciones en que vivían, intercalaban una y otra vez la expresión "No es fácil." No la decían en tono de protesta ni de lamento sino, simplemente, como muletilla. El servicio eléctrico se interrumpía con tanta frecuencia que, en vez de apagones, lo que tenían más bien era alumbrones. El puñado de arroz y de café que obtenían por medio de la libreta de racionamiento, que se suponía era para todo el mes, no alcanzaba ni para dos días. Quienes vivían en pisos altos, debían subir el agua por las escaleras en un balde. Las guaguas y camellos iban siempre hasta el tope. Con el sueldo de un mes completo no se podía comprar ni un minúsculo pedazo de carne pero, en todo caso, no había tampoco dónde encontrarlo, porque los mercados estaban vacíos. Hasta los boniatos y plátanos escaseaban. Cada mañana los cubanos salían a la calle a ver qué podían hacer para lograr comer algo ese día, "para resolver", decían ellos. No protestaban ni se quejaban, pero, a cada segundo repetían "No es fácil, no es fácil."
De los muchos recuerdos que guardo de mis viajes a Cuba, el eco de esa expresión, que escuché cientos de veces de distintos labios y con distintas voces, es uno de los más imborrables. Quizá por ello, me llamó muchísimo la atención que Cuquita Martínez, la protagonisa de la novela Te di la vida entera, de Zoe Valdés, pese a hablar de manera cubanísima, no la dijera ni una sola vez. Vivir en Cuba, ya se sabe, no es nada fácil, pero a la buena de Cuquita Martínez le tocó todo el camino cuesta arriba.
Nació en Las Villas y muy temprano aprendió que la vida era dura y que tendría que arreglárselas sola como mejor pudiera. Fue abandonada tanto por su padre como por su madre y acabó viviendo en casa de su madrina quien, aunque le daba de comer y la cuidaba, no podía ofrecerle mayor cosa. La niña le cosía ropa a una botella, para vestirla como muñeca. Siendo muy pequeña, intentaron violarla. Se salvó de puro milagro, pero ese episodio violento fue solamente el inicio de una serie de acontecimientos, cada uno más complicado que el anterior, de los que siempre, de alguna manera, lograba caer de pie. Cuquita Martínez nació, creció, maduró y envejeció expuesta al peligro. Su supervivencia es su mayor y único éxito en la vida.
Era una muchachita todavía con el pecho plano cuando se trasladó a vivir por su cuenta a La Habana. No se crea, sin embargo, que esta novela es un relato más, de los muchos que hay, que cuentan las andanzas de una guajira recién llegada a la capital, con todo lo trágico y cómico que ese traslado implica. Para empezar, la ciudad ni siquiera logró impresionarla. Sin mirar alrededor, apenas llegó se dirigió directamente a la pensión en que la que iba a trabajar limpiando pisos a cambio de comida y un lugar donde dormir. Allí conoció a la Menchunguita y la Punchunguita, dos mujeronas hermosísimas que vivían como si no hubiera mañana, quienes no solo la cuidaron cuando estuvo enferma ("eso sí, no te acostumbres, que la sirvienta eres tú y no nosotras") sino que también la llevaron a conocer los cabarés en que la noche no solo es joven, sino que parece eterna. Cuquita, que nunca había bailado, acabó dando sus primeros pasos en la pista durante un fiestón amenizado por la orquesta de Beny Moré y, dicho sea de paso, no lo hizo nada mal. La misma noche de su primer baile dio su primer beso. La experiencia fue hermosa, a pesar de que el galán tenía un terrible mal aliento.
Con Juan Pérez, apodado "el Uan" (porque era el number one), su primer novio y gran amor de su vida, Cuquita encontró con quien pasar las noches calientes y dulzonas de La Habana, la ciudad azucarada. Quien ha caminado por La Habana, seguramente habrá experimentado la magia y encanto de ese cielo azul tan limpio y claro que dan ganas de tocarlo, de la brisa salada que viene del mar y del olor dulzón que inunda el ambiente. Pero lo más maravilloso, es que desde el momento mismo en que "habanece", está claro que entre todo ese hormigueo humano que deambula bajo los balcones, en el nuevo día se abre la posibilidad de que ocurra hasta lo más inesperado.
Si algún crítico literario le recriminara a Zoe Valdés lo absurdas y descabelladas que son las historias que cuenta, será seguramente porque nunca ha estado en Cuba, donde lo absurdo y descabellado es cosa de todos los días. 
La Habana, en los tiempos en que Cuquita Martínez vivía su romance con el  Uan, era la capital más bella y más rica del continente americano. Durante toda la primera mitad del Siglo XX, Cuba era un país que recibía grandes oleadas de inmigrantes pero, después de la revolución, más bien los cubanos empezaron a irse. Entre ellos, uno de los primeros,  el propio Uan.
Abandonada primero por su padre y su madre, luego por el amor de su vida y, posteriormente, hasta por su hija, que se le salió de las manos, Cuquita Martínez, prematuramente envejecida, acabó convertida en una anciana medio loca, sin dientes, que deambulaba por las calles en busca de algo que echar a la olla. No quedaba en ella nada que recordara a la muchachita de vestido amarillo que todos miraban en el cabaret Montmatre. No estaba sola en el deterioro. El Montmatre, elegante y lujoso en su tiempo, se llamaba ahora el Moscú y era un restaurante en que servían una sopa intragable. Los edificios de apartamentos estaban en ruinas, sostenidos por palos que, muy frecuentemente resultaban inútiles y la estructura acababa cayéndose a pedazos o derrumbándose de plano. Al caminar por las calles de La Habana, con todo su deterioro, es difícil imaginar lo hermosa que fue antes. Al ver a Cuquita Martínez con sus harapos y su boca desdentada, cuesta creer que en algún momento tuvo quince. En uno de sus paseos, Cuquita recogió un dólar en la calle que apareció empujado por un vendaval. Ella misma era ya una hoja seca arrojada en un torbellino. Las necesidades eran tantas y el dinero tan poco, que en vez de gastar el dólar decidió guardarlo. Lo había olvidado, pero en su casa tenía otro dólar guardado que, en algunos momentos de la historia, parece ser un motivo de esperanza y, en otros, la causa que desencadenaría la tragedia.
Te di la vida entera es un relato profundamente humano concentrado en una vida llena de dolor que transcurrió en medio de circunstancias adversas. Sin distraerse del hilo central de la historia, que es la vida de Cuquita Martínez, inevitablemente aparecen alusiones a la revolución cubana. Fidel Castro, aunque nunca aparece citado por su nombre, es un personaje protagónico del libro. El "Comediante en Jefe", uno de muchos los apodos usados en el libro para referirse a él, envolvió al país en un torbellino de ocurrencias y promesas. Ocurrencias que no funcionaban y promesas que no se cumplían. En la novela, sin embargo, lo político no llega a ser relevante.
Cuando la protagonista no tiene en la mente otra idea más que encontrar algo qué comer, no queda ni tiempo ni energía para pensar en nada más. Tal vez Cuquita Martínez tenga cáncer de seno, la bolita que se palpa en uno de sus pechos se menciona con tanta frecuencia a lo largo de toda la novela, que llega a adquirir la categoría de personaje. Pero ella no le presta mayor atención. Está demasiado ocupada resolviendo la realidad del día a día como para pensar en una protuberancia que, a fin de cuentas, ha estado allí por largo tiempo sin causarle mayores molestias. Ni siquiera se pregunta si se trata de un tumor ya que, en todo caso, la dichosa bolita no es un factor determinante en su andar por la vida ni tendrá nada que ver con el final de su existencia.
La sabiduría de Cuquita Martínez es simple y concreta. Sabe que un dolor puede convertirse en muchos. Se repite que quien vive de ilusiones muere de desengaños y tiene claro que en esta vida no hay más que echar palante.
Desdichada en el amor y con la familia rota y dispersa, Cuquita Martínez se consuela en la amistad, no solo de la Menchunguita y la Punchunguita, quienes nunca la abandonaron, sino de otras dos buenas amigas, tan locas como ella misma, a quienes conoció posteriormente, apodadas El Fax y La Fotocopiadora. Para vencer las largas horas de soledad en su apartamento, incluye en su círculo a amistades a una cucaracha y un ratón.
Decía don Joaquín Gutiérrez que escribir una novela no es contar historias sino crear personajes. Las historias que se leen en las novelas se olvidan, pero los personajes se recuerdan siempre. Zoe Valdés ha creado, en Cuquita Martínez, un personaje entrañable e inolvidable. A Cuquita se le acompaña, se le toma cariño y se le respeta. A pesar de todo lo que ha sufrido, nunca inspira lástima, porque es fuerte. Las ansias de vivir se manifiestan en su erotismo y el ingenio y energía se ponen de manifiesto en su sentido del humor. Es una derrotada que no se rinde, una sufrida que no llora, una mujer que, incluso con el estómago vacío, sin un solo diente en la boca y con la mente medio perdida, aún es capaz de caminar con la frente en alto y sonreírle a quien se le ponga por delante.
Escrita de principio a fin en cubano, la novela ha sido bien acogida en España y otros países. La edición que tengo fue publicada en Argentina.  A veces. tal vez como una concesión a los lectores de otras latitudes, Zoe Valdés explica algunos términos, como cuando aclara que al mencionar "la bolita", no se refiere al tumorcillo que Cuquita lleva en el pecho, sino a la lotería clandestina de Cuba. Sin embargo, prefiero cuando utiliza las expresiones cubanas sin explicarlas. Quien ha estado en Cuba sabe lo que es "luz brillante" o "chispa e tren". El que no lo sepa, que vaya o lo averigüe por su cuenta. Por cierto, me llamó mucho la atención que en Cuba, al igual que en Costa Rica, se les llame "bolas" a los rumores.
Quienes hayan estado en La Habana, al leer Te di la vida entera, de Zoe Valdés, además de conocer la traqueteada vida de Cuquita Martínez, revivirán en su memoria escenas de sus paseos por esa bella ciudad. Me impresionó mucho que Reglita, la hija de Cuquita Martínez, viviera en Empedrado, entre Villegas y Aguate, ya que una vez, hace ya muchos años, me hospedé en una casa situada en ese sitio. La casa de Reglita ya no existe. Espero que la de mis amigos todavía esté en pie.
Además de la vida de Cuquita, la novela está llena de relatos paralelos, fiestas de disfraces frente al cementerio, la Menchunguita y la Punchunguita capturadas en alta mar como balseras y presas por una temporada en Guantánamo, el amor no correspondido de Ivo, el chofer, quien casi logra su objetivo de casarse por que la pretendida consideró conveniente, ante el desastre que era el transporte público, echarse un marido que tuviera automóvil, los enredos del Uan en New York, y un asesinato a plena luz del día que no termina de aclarse. En este libro hay de todo, como en la vida, tramas detectivescas, extrañas alianzas de poderosos, escenas eróticas ardientes, salidas de humor que hacen soltar la risa y relatos mágicos que trascienden las barreras de la realidad.
De las muchas historias fascinantes y encantadoras que tiene este libro, hay una verdaderamente conmovedora y fantástica. En medio de lo más duro del Periodo Especial, una joven periodista que acaba de perderlo todo, se traslada al campo para hacer un reportaje. El viaje es largo y, en la carretera, nota que todo está cambiando. Sus pantalones de mezclilla se convierten en una falda amplia, el Lada se transforma en Chevrolet, conforme pasan los kilómetros, ya no hay murales con lemas revolucionarios sino anuncios comerciales. Al llegar a un pueblito y ver cómo las personas se visten y se comportan, descubre que no solo ha viajado en el espacio, sino también en el tiempo. Ha llegado al pasado. Empieza a entrevistar a una mujer que vive en una casa azul, pero la alucinación termina abruptamente. De regreso en La Habana, la periodista quiere repetir la experiencia. Regresa al campo, hace la misma ruta, pero esta vez nada cambia, sigue en el presente. En el pueblito reconoce la casa azul, allí vive una anciana que desde hace muchos años, desde antes de la revolución, está esperando que regrese la joven periodista para que termine de entrevistarla. La muchacha comprende que la cita es con ella. Termina entonces la entrevista que empezó muchos años de haber nacido. Pero descubre también, que ella no podrá publicarla porque tanto la vieja como ella están en una dimensión fuera de este mundo. Da entonces la impresión de que el final de este relato va a ser trágico o triste, pero, afortunadamente, la historia tiene un final feliz, porque la periodista logra ingeniárselas para encontrar a alguien que escriba la historia y esa persona fue, sin lugar a dudas, la más indicada.
INSC: 1454

domingo, 11 de septiembre de 2016

La edad de oro de José Martí.

La Edad de Oro. José Martí.
Editorial Gente Nueva. Cuba, 1999.
La obra de José Martí es tan amplia como diversa. Líder del movimiento de independencia de Cuba, periodista, ensayista y poeta, dentro de sus múltiples actividades Martí creó una hermosa revista para niños llamada La Edad de Oro. La publicación, editada en Nueva York, solamente tuvo cuatro números, los correspondientes a los meses de julio, agosto, setiembre y octubre de 1889.
Era un proyecto muy personal ya que, en todos los números publicados, Martí escribió la revista entera, desde la primera palabra hasta la última. Muy probablemente la traducción al español del poema de Ralph Waldo Emerson y el de Helen Hunt Jackson la haya realizado el propio Martí. Los dos cuentos de Edouard René de Laboulaye y el de Hans Christian Andersen que llegó a publicar en la revista, fueron reescritos por él en una adaptación libre.
Su intención, al fundar la revista, era, según él mismo dejó escrito en la primera entrega, que los niños aprendieran cómo se vivía antes y cómo se vive hoy, no sólo en América, sino también en otras tierras lejanas. Que comprendieran cómo se hacen las cosas de cristal y de hierro, los libros famosos y las religiones de los pueblos antiguos. Que se familiarizaran con lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia.
El proyecto de Martí era ambicioso. Pretendía explicar lo que se sabe del cielo y del fondo del mar. También, por supuesto, incluiría poemas agradables e historias divertidas para que la revista entretuviera a los niños en sus ratos de ocio. 
En la primera página del primer número, Martí invita a los niños a que le escriban si quieren saber sobre algo que no encuentren en La Edad de Oro. 
Vale la pena hacer un repaso rápido sobre lo publicado. En la edición de julio de 1889, aparece un largo artículo titulado Tres héroes (sobre Simón Bolívar, el cura  Miguel Hidalgo y Costilla y José de San Martín), seguido por el cuento Meñique de Laboulaye y un poema de Emerson. Vienen luego una nota sobre La Iliada de Homero, un artículo sobre juegos nuevos y antiguos, y un cuento titulado Bebé y el Señor don Pomposo.
La edición de agosto abre con La historia del hombre contada por sus casas, en que se explica cómo las distintas civilizaciones optaron por formas de arquitectura acordes con sus particulares recursos y necesidades. Aparecen dos poemas, el cuento Nené traviesa, una nota sobre las ruinas precolombinas en México y un artículo sobre cuatro grandes artistas: el pintor Miguel Angel Buonarotti, el compositor Wolfang Amadeus Mozart, el dramaturgo Moliére y el poeta escocés Robert Burns.
El tercer número está dedicado casi en su totalidad a la Feria Mundial que se realizó en París, en julio de 1889 para celebrar el primer centenario de la Revolución Francesa. Ese año se inauguraron dos monumentos que llegarían a convertirse en verdaderos íconos: la torre Eiffel, en París, y la Estatua de la Libertad, en Nueva York, pero Martí ni siquiera los menciona y, en su lugar, opta por describir todas las cosas interesantes que logró ver en los pabellones de los distintos países participantes. Su decisión es verdaderamente sabia. Los editores de revistas dirigidas a un público específico, con frecuencia se sienten obligados a referirse al tema del momento, que ya ha sido cubierto ampliamente por los periódicos de circulación masiva y sobre el que no hay mucho que decir que ya no se sepa. Martí, al concentrarse en los detalles sorprendentes de la Feria Mundial, logró hacer contagioso su asombro. Además de su nota sobre la Feria, en este número vienen el cuento El camarón encantado de Laboulaye, una nota sobre el padre Bartolomé de las Casas y el poema Los zapaticos de Rosa.
Aunque fue publicada en formato de periódico,
La Edad de Oro estaba ricamente ilustrada.
Esta es la portada del primer número fechado
en Nueva York en julio de 1889.
El último número de La Edad de Oro, de octubre de 1889, incluye dos artículos extensos. El primero Un paseo por la tierra de los anamitas, describe la vida y costumbres de Indochina, mientras que el segundo, Historia de la cuchara y el tenedor, se refiere a los procesos industriales de las grandes fábricas. Siguen tres cuentos (La muñeca negra, Cuentos de elefantes y Los dos ruiseñores, este último basado en un relato de Andersen). Se incluye también una simpática nota sobre la reacción de los lectores sobre el artículo de la Feria Mundial publicado en el número anterior, en el que se dijeron cosas tan asombrosas que no faltaron quienes se negaron a creerlas.
Cada número cierra con unas palabras de despedida verdaderamente emotivas, como si Martí cerrara cada edición sin saber si habría otra en el futuro. No dispongo de datos sobre el alcance de la publicación ni tengo claro por qué la revista tuvo una vida tan corta pero, definitivamente, La Edad de Oro fue un proyecto valioso que aún hoy, a más de un siglo de distancia, podría servir de ejemplo a quienes escriben textos para niños.
Vistos por encima, los temas que tocó La Edad de Oro no parecen muy infantiles. Sin embargo, Martí supo reconocer que pese las limitaciones de lenguaje o de referencias que puedan tener, la principal cualidad de los niños es la curiosidad por todo lo que los rodea. Cualquier tema puede resultar interesante para ellos si quien se los plantea logra presentarlo como atractivo y fascinante. La curiosidad infantil no solo debe ser satisfecha sino también estimulada y desafiada. Tal vez sea necesario recurrir a un vocabulario no muy elevado y marcarles coordenadas que les permitan ubicarse, pero nunca hay que menospreciar la capacidad de comprensión de los pequeños. "Los niños saben más de lo que parece", dice Martí y, convencido de esta afirmación, actúa consecuentemente. En La Edad de Oro expone los temas de manera clara, pero sin llegar al extremo de explicar lo que no requiere explicación. Martí, el filósofo erudito, se pone al nivel de su joven público, pero no duda que los niños sean capaces de comprender los temas que les plantea.
Algunos escritores, al dirigirse a los niños, son incapaces de conectar con su sensibilidad, sus intereses y sus vocabulario. Otros, al intentar acercarse a su nivel, los tratan como si fueran tontos. Martí nunca cayó en esos extremos. Consciente de que la mejor forma de captar la atención de un niño es por provocando su asombro, como quien no quiere la cosa, los atrajo a interesarse por civilizaciones antiguas, episodios de la historia o personajes que, muy probablemente, nunca antes habían escuchado mencionar. Episodios tan complejos como las luchas de independencia o la Revolución Francesa, son explicados con claridad y sencillez en apenas un par de párrafos.
Verdaderamente impresionante es la forma en que Martí se refiere a hechos dolorosos con el cuidado de no provocar odio hacia quienes actuaron indebidamente, sino de generar solidaridad con los que sufrieron y admiración por quienes tuvieron la valentía de buscar una solución.
Entre líneas, exalta valores fundamentales como el heroísmo, la libertad o la justicia, pero sus escritos son mucho más que el soporte de una moraleja. No les cuenta historias a los niños solamente para inculcarles principios o enriquecer su cultura general, sino también para deleitarlos con lo atractivo del relato en sí mismo.
Una vez escuché decir a una persona que se presentaba como "especialista", que el propósito de la literatura infantil es enseñarles a los niños a evitar peligros y plantearles problemas para que descubran cómo pueden ser resueltos. Esa opinión, que considera la mente de los niños como un disco duro en blanco al que se le deben introducir programas con funciones específicas es, lamentablemente, la que impera. En la oferta actual de libros para niños, hay pocos que apelen a su capacidad de asombro, su sensibilidad por la belleza, su curiosidad por el entorno, su habilidad de comprensión y su innegables deseos de conocer y disfrutar el mundo que están descubriendo.
Los cuatro números de La Edad de Oro, reunidos en un solo volumen, son un libro pequeño. El ejemplar que tengo, publicado en Cuba por la Editorial Gente Nueva, es de apenas doscientas ochenta y dos páginas.
Bien harían los escritores de literatura infantil de hoy en día en prestar atención a la técnica y el estilo de Martí. Bien harían los padres de niños pequeños en darles a sus hijos a leer La Edad de Oro, un libro que ofrece diversos vistazos sobre el mundo en el que, más que explicar cómo es o cómo funciona, expone lo interesante, complejo y hermoso que es.
INSC: 1522
José Martí (1853-1895) Poeta, periodista, ensayista, líder del movimiento de
independencia de Cuba y editor de una revista para niños.

lunes, 11 de enero de 2016

El arpa y la sombra de Alejo Carpentier: dos vidas y un encuentro de fantasmas.

El arpa y la sombra.
Alejo Carpentier. Editores
Mexicanos Unidos, México, 1980. 
A finales del siglo XIX, hubo tres intentos por declarar santo a Cristóbal Colón. Pese a que la iniciativa contó con el apoyo entusiasta de los papas Pío IX y León XIII, secundados por ochocientos cincuenta obispos, no logró superar el minucioso examen de los expertos consultados y el expediente fue archivado con un NO rotundo. 
La biografía de Colón, en muchos aspectos impresionante, tenía grandes misterios y numerosos episodios muy cuestionables. Colón era reconocido como explorador osado y hombre rudo, valiente y terco, pero ni en vida ni tras su muerte se le llegó a atribuir fama de santo. No se supone que haya un santo sin devotos y Colón, fallecido en 1506, durante más de trescientos años no había tenido ninguno. 
La propuesta de su canonización no surgió en Italia, ni en España ni en ninguno de los países americanos sino, curiosamente, en Francia. En 1851 el conde Roselly de Lorges, por encargo del papa Pío IX, publicó el libro Historia de Cristóbal Colón, en que retrataba al Almirante como un instrumento de la Divina Providencia. Con entusiasmo desbordado, Roselly se atrevió a afirmar: "Cristobal Colón fue un santo, ofrecido por la voluntad del Señor, allí donde Satanás era un rey."
Como suele ocurrir, cuando alguien llega demasiado lejos, no tarda en aparecer otro que puede ir aún más allá. En 1884, ya durante el pontificado de León XIII, su tocayo, León Bloy, publica El revelador del Globo. Cristóbal Colón ante los toros, una minuciosa biografía del Almirante, escrita en tono de alabanza, en que sostiene que todas las acciones de Colón, incluyendo la introducción de la esclavitud en el Nuevo Mundo, fueron admirables. "La esclavitud" afirma Bloy, "fue una escuela de abnegación y mansedumbre."
Con semejantes defensores, no sorprende que la causa haya fracasado en sus tres intentos. El asunto no volvió a mencionarse y cayó en el olvido. 
En 1937, mientras preparaba una adaptación para radio de El libro de Cristóbal Colón de Paul Claudel, Alejo Carpentier se topó con la obra de Roselly, que atribuía virtudes sobrehumanas al Almirante y con el increíble libro de Bloy, en que, al referirse a la historia sagrada, ponía a Cristóbal Colón al mismo nivel que Moisés y San Pedro.
La lectura de ambas obras lo dejó perplejo y, de primera entrada, indignado. Sin embargo, como Carpentier era un gran apasionado de la historia y, muy especialmente, de los episodios más descabellados e inverosímiles de la historia, acabó interesándose en el tema. Estudió a fondo el proceso, investigó detenidamente la biografía de Colón y del Papa Pío IX, repasó documentos durante cuarenta años y, en 1978, publicó El arpa y la sombra, su novena y última novela.
La obra está dividida en tres partes: El arpa, La mano y La sombra. No recuerdo a quién le escuché la interpretación de que el arpa podría representar al Reino de los Cielos, la mano al mundo terrenal y la sombra a la oscuridad de la muerte.
El libro arranca con la historia del clérigo Giovanni María Mastai Ferreti, quien nació, hijo de un conde empobrecido, en Senigallia, Italia, en 1792, apenas un par de años después de la Revolución Francesa. Creció, por tanto, en un mundo de ideas nuevas y audaces. Los reyes, que habían tenido aseguradas las coronas sobre sus cabezas durante siglos, temblaban ante la posibilidad de perder, no solo la corona, sino también la cabeza. Se inventaban nuevas máquinas y la industria se desarrollaba a ritmo vertiginoso. Los estudiosos prestaban más atención a los filósofos ilustrados que a los padres de la escolástica. Napoleón mantenía a Europa en una zozobra constante. En América, la fundación de los Estados Unidos y la independencia de los países latinoamericanos demostraban que era posible prescindir de la monarquía y adoptar una legislación basada en la libertad individual. El joven Mastai, que era piadoso y devoto, pero también inteligente, culto y curioso, trataba de comprender la complejidad de esa época cambiante en que le había tocado nacer. 
A los treinta y un años de edad, tuvo la oportunidad de ver la otra cara del mundo. La Iglesia, en la América hispanoparlante, dependía de la corona española. Tras lograr la independencia política, las nuevas naciones procuraron también la independencia eclesiástica y, pese a que los próceres fundadores eran de pensamiento liberal y, en buena medida, anticlerical, se interesaron por establecer relaciones directas con la Santa Sede. La primera misión que envió el Papa a la América independiente tuvo como destino Chile y estuvo a cargo de monseñor Giovanni Muzi, quien se llevó al joven Mastai como secretario. 
Ni en sus más desbocadas fantasías había imaginado aquel cura que el mundo fuera tan grande. Primero, atravesar todo el océano Atlántico en un barco con tablas que crujían. Semanas enteras avanzando entre las olas sin más vista que un horizonte redondo y lejano. Al llegar a Buenos Aires, Mastai quedó con la boca abierta al contemplar el enorme río de la Plata. Tras unos días de descanso, de nuevo semanas enteras en medio de un horizonte redondo, esta vez en carreta, cruzando la pampa argentina hasta toparse con la barrera colosal de los Andes con sus cimas nevadas. Ya fuera en el mar, en la pampa o remontando la cordillera, parecía que aquel viaje era interminable. La misión llegó finalmente a Santiago de Chile, donde permanecería por dos años en medio de una comunidad católica, devota y obediente al Papa que estaba en Roma, allá, tan lejos.
De vuelta en Europa, durante el resto de su vida Mastai presumiría de su viaje a América y evocaría, con descripciones asombrosas, aquel océano, aquel río, aquella pampa y aquella cordillera. 
Giovanni María Mastai Ferreti. (1792-1878)
Papa Pío IX (1852-1878)
Cuando Giovanni María Mastai Ferreti llegó a ser Papa con el nombre de Pío IX, al recibir peregrinos sonreía complacido cuando le recordaban que él era el primer Papa en haber estado en el nuevo mundo. Su pontificado (1846-1878), fue el más largo de la historia y, también, uno de los más complejos. Fue el último Papa rey y el primer papa en ser fotografiado. Al inicio de la novela, Carpentier nos hace acompañarlo en la salida de una solemne ceremonia pontificia. El enorme cortejo se va arralando de salón en salón hasta que, tras quitarse los ornamentos, el papa queda solo en su despacho. Sobre la mesa descansa un expediente que ha repasado muchísimas veces. Esperan su firma y nadie se atreve apurarlo, pero el papa tiene sus dudas. Muchas veces ha tomado la pluma y se ha detenido antes de estampar el primer trazo. Recuerda su viaje y considera que sí, que se requiere un santo que sea como un coloso de Rodas con un pie a cada lado del océano y, aunque algo en su conciencia le indica que no debería hacerlo, finalmente firma el documento para iniciar el proceso de canonización de Cristóbal Colón.
En la segunda parte, viene un monólogo largo e intenso. Cristóbal Colón, el almirante de la Mar Océano, viejo, enfermo, amargado y lleno de rencores, siente que se acerca su hora y manda a llamar al confesor. Está dispuesto a decirle todo. Él, que ha escrito diarios minuciosos, que ha abierto querellas interminables, que ha mantenido correspondencia abundante y que, en fin, ha estampado su firma en cientos de folios, siempre se ha cuidado de no brindar ningún tipo de información referente a su persona. A nadie le ha revelado dónde nació ni qué hacía antes de recorrer las cortes en busca de patrocinio para emprender su viaje hacia el oeste más allá de las columnas de Hércules, donde se acababa el mundo. Tampoco ha dicho nunca por qué estaba tan seguro del éxito de su empresa cuando nadie más creía en ella. 
Colón, además de callar, ha mentido. Siempre, sobre todo y ante todos, ha mentido. La verdad de su vida, de sus viajes, de sus secretos, solamente él la conoce. Le mintió a la Reina Isabel, a los frailes, a los hermanos Pinzón. Rodrigo de Triana fue el primero en ver tierra, pero Colón dijo que no, que él la había visto antes, porque no podían ser otros ojos, sino los suyos, los primeros en contemplar la prueba de su éxito. Le mentía a la tripulación, para que creyera que aún estaban cerca de las Azores. Alteraba documentos, mapas, cuentas, reportes de gastos. En su informe a los reyes católicos, tras el viaje, exageró todo lo visto. Vivió en dos realidades. La que solamente él conocía y la que le comunicaba a los otros. Su mayor temor era ser descubierto, pero había jugado bien sus cartas.  Las autoridades se atrevieron a hacerlo a un lado en la administración de los dominios que él había ganado para la corona española. "Si le hubiera entregado las indias a los moros, no podrían en la corte mostrarme mayor desprecio". ¡Hasta le habían puesto cadenas! La corte le había otorgado su título de Almirante y le pagaba rentas, pero para él toda recompensa era poca.
Cristóbal Colón. Personaje fascinante y misterioso.
Escribió detalladas bitácoras, innumerables cartas y
documentos oficiales, pero nunca brindó mayor
información sobre sí mismo.
Así como exageró al hablar de sus hazañas, exageró  también al describir su pobreza. A veces ni él mismo podía distinguir lo que había vivido en realidad y lo que había inventado.
Pero Colón, en su lecho de muerte, está dispuesto a decir, por una vez en su vida, la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad. Hace examen de conciencia y descubre, orgulloso, que de los siete pecados capitales solamente uno le ha sido siempre ajeno: el de la pereza. La soberbia, la avaricia, la codicia, la lujuria, la envidia y la gula han formado siempre parte de su vida, pero la pereza, jamás.
Magistralmente, Carpentier hace a Colón repasar toda su vida y reproduce, en el monólogo, el estilo, los giros y las expresiones que el propio Colón utilizaba en los diarios de sus viajes, al punto que, más que una novela escrita por un cubano en el siglo XX, a uno le parece estar leyendo un documento del propio navegante del siglo XV.
Finalmente, el confesor llega, pero Colón, aunque sabe que el cura está obligado al silencio por el secreto sacramental, no se atreve a asumir ni el más mínimo riesgo de que su imagen quede manchada ante la posteridad y, cuando acerca sus labios al oído del sacerdote, una vez más, empieza a mentir.
La tercera parte recopila los debates del fallido proceso de beatificación. La discusión se torna intensa y, en ocasiones, hasta violenta. Los apasionados argumentos de los postuladores de la causa no hacen más que acrecentar la resistencia de los opositores. Hay momentos en que las deliberaciones son verdaderamente ridículas pero, por increíble que parezca, así fueron. El fantasma de Colón, acompañado por el fantasma de Andrea Doria, presencia la discusión con interés, pero sin emoción. De todas formas, él ya está fuera del mundo.
La prosa de Carpentier, sobra decirlo, es una delicia. Musical, impactante, sorprendente. Todas sus novelas, de alguna u otra forma, están basadas tanto en la historia como en lo fantástico. Lo real maravilloso, decía él.
El intento de canonización de Cristóbal Colón es hoy, y lo será cada vez más en el futuro, difícil de comprender. Cristobal Colón es una figura histórica misteriosa. No hay certeza sobre el lugar dónde nació, ni siquiera su hijos supieron nunca lo que significaban los símbolos de su firma y, como siguió viajando después de muerto, tampoco se sabe en cuál de sus cuatro tumbas está sepultado. El propio Papa Mastai es un personaje complejo. Fue en un tiempo defensor de las libertades y luego promulgó el Sylabus. Benévolo en algunas aspectos y drástico en otros, cultivó tanto fieles devotos como enemigos violentos. Tuvo que salir huyendo disfrazado de Roma y, el día de su funeral, unos manifestantes intentaron apoderarse del ataúd para tirarlo al río. 
El papa Mastai, Cristóbal Colón y el fallido proceso de canonización, definitivamente merecían ser plasmados en una novela. ¿Qué más se le puede pedir a una novela además de personajes fascinantes e historias cautivadoras? Y si esos personajes existieron y esas historias ocurrieron, el deleite viene aderezado con el asombro. 
INSC: 1568

sábado, 22 de agosto de 2015

Federico García Lorca en Cuba.

García Lorca pasaje a La Habana. 
CiroBianchi Ross. Puvill Libros. 
Pablo de la Torriente Editorial. 
Barcelona. 1997.
Cuando, en enero de 1930, Federico García Lorca, que ya llevaba más de seis meses viviendo en New York, se disponía a preparar su regreso a España, recibió una propuesta que cambió sus planes.  La Institución Hispano Cubana de Cultura lo invitaba a dictar una serie de conferencias en La Habana. Le ofrecían hospedaje, alimentación y unos generosos honorarios. El poeta no se hizo de rogar. Recorrió en tren toda la costa este de los Estados Unidos, desde New York hasta Tampa, Florida, donde tomó el barco hacia Cuba. Según él, su escala en La Habana sería solamente una parada breve en el retorno a su tierra, pero acabó quedándose en la isla más de tres meses.
La presencia de Lorca en Cuba, es la historia de un amor intenso y correspondido. Lorca se enamoró del país y todos los cubanos que lo trataron quedaron fascinados con el poeta.
García Lorca pasaje a La Habana, es el título del libro en que Ciro Bianchi Ross hace un recuento minucioso de aquella visita prolongada e inolvidable. Por medio de entrevistas a las personas que lo trataron de cerca, así como consultas a periódicos y revistas de la época, Bianchi Ross logra reconstruir hasta los más mínimos detalles de la estadía de Lorca en Cuba. No hay dato que no esté respaldado con un testimonio o con un documento y, pese a tal rigurosidad, el libro es breve y ameno. 
Lorca, en sus primeras impresiones, más que apreciar, compara. La Habana le parece un Cádiz más grande y más caliente. Se muestra sorprendido, además, de que las personas, en vez de hablar, griten. La publicidad turística de aquella época promocionaba a Cuba como el lugar en que coincidían el alma del pasado y el progreso del presente. La arquitectura era asombrosa: fortalezas, templos y palacios antiguos, alternaban con teatros modernos en los que se disfrutaba, como en New York, de cine sonoro. El Capitolio había sido inaugurado apenas el año anterior y la ciudad contaba, además de la prestigiosa universidad, galerías de arte, salas de conciertos y asociaciones culturales, con electricidad, tuberías de agua y gas, tranvías, más de treinta emisoras de radio y una amplia red de teléfonos. De su Andalucía aislada y bucólica, Lorca había pasado al  ritmo de vida acelerado y técnico de New York y ahora, en Cuba, encontraba un mundo intermedio entre lo tradicional y lo moderno, lleno de personas amigables que lo llevaban siempre a donde hubiera música y una botella de ron.
Pero la experiencia de Lorca fue mucho más que turística. Quedó asombrado por La poesía moderna de Cuba, antología publicada en 1926 por Jose Antonio Fernandez de Castro y Felix Lizaso. Lorca estaba en La Habana cuando Nicolás Guillén presentó su libro Motivos del son, Eugenio Florit dio a conocer Trópico, Boti, Kindergarten y Pablo de Torriente Bray, el libro de cuentos Batey. La novela Juan Criollo, de Jorge Mañac, el poemario Pulso y honda, de Manuel Navarro Luna y El renuevo y otros cuentos, de Carlos Montenegro, demostraban que Cuba era un país en que se escribía con musicalidad y una audacia nada convencional.
Sus anfitriones, Antonio Quevedo y María Muñoz, un matrimonio de españoles que fueron a Cuba en su viaje de bodas y nunca regresaron a España, eran musicólogos y acogieron al poeta por recomendación de Manuel de Falla. Ellos le mostraron cómo, en el terreno de la música culta, la isla tenía grandes figuras como Amadeo Roldán o Alejandro García Caturla. En lo que se refiere a la música popular, 1930 fue un año en que surgieron verdaderos clásicos como Aquellos ojos verdes, de Nilo Menéndez, el tango-conga Mama Inés, de Eliseo Grenet, el primer danzón Tres lindas cubanas de Antonio María Romeu o los sones Lágrimas negras y Suavecito, de Miguel Matamoros e Ignacio Piñeyro, respectivamente. Ya fuera en las salas de conciertos con músicos de conservatorio o en los bailes populares, los compositores cubanos dominaban la escena.
Además de poeta y músico, Lorca era dramaturgo y en La Habana tuvo la oportunidad de ver cómo elenco y público armaban el espectáculo juntos. Debió de haberle hecho gracia, como granadino, que la sala que presentaba ese tipo de comedia se llamara Teatro Alhambra. Ir al Alhambra era desprestigiarse. Nadie respetable ponía un pie allí. Era un teatro para la canalla, en que el público era insolente y desde el momento en que se levantaba el telón, armaba el relajo.  El elenco estaba compuesto por personajes estereotipados: el negro, el gallego, la mulata, el guajiro, el policía y el maricón. En la actualidad, la inquisición bienpensante de la corrección política habría mandado prohibir el espectáculo por machista, racista, xenófobo y homofóbico, pero aquellos eran otros tiempos. Con semejante reparto, lo que se hacía en el Alhambra era satirizar la realidad del momento y el público, majadero y cínico, ponía de su parte para hacer el espectáculo más intenso. Había tanto humor, ingenio, insolencia y agudeza en el escenario como en las butacas. Con frecuencia, la mejor frase de la noche era gritada desde la última fila. Los asistentes, al interrumpir el espectáculo, en vez de estropearlo, lo mejoraban. Quienes lo acompañaban, recuerdan que Lorca se retorcía de la risa en su asiento durante toda la función.
En Cuba, además, Lorca tuvo ocasión de hacer amistad con una familia cuyo estilo de vida habría dejado estupefactos a los surrealistas europeos. Los hermanos Dulce María, Enrique, Carlos Manuel y Flor Loynaz habitaban una mansión con un jardín en el que había pavos reales, cacatúas y monos. Durante sus viajes por Europa, África y Asia, habían comprado gran cantidad de obras de arte pero, de vuelta en Cuba, no las habían desempacado y tenían todo el primer piso lleno de enormes cajas de madera sin abrir. La mansión, con amplia biblioteca, enormes espejos y muebles antiguos, estaba saturada de pinturas y esculturas. Tenían una jaula llena de hojas secas, sobre la mesa habían levantado pirámides de monedas apiladas de menor a mayor, construyeron un puente para pasar sobre el árbol de mango y eran atendidos por un mayordomo que caminaba con el candelabro con velas encendidas en la mano. Los cuatro hermanos Loynaz eran poetas y músicos, vivían de noche y se acostaban al amanecer. En la mansión Loynaz, que Lorca llamaba "La casa encantada", el granadino escribió los primeros borradores de El público y Así pasen cinco años y repasó la versión final de La zapatera prodigiosa. Alejo Carpentier, gran amigo de aquellos cuatro hermanos, decía que los Loynaz eran personas muy cuerdas y muy normales que, simplemente, vivían en su propio mundo. 
El primer encuentro de Lorca con ellos fue también bastante surrealista. Juan Ramón Jiménez había publicado en España poemas de Enrique Loynaz y Lorca quiso ir a visitarlo. Ese día, Enrique esperaba a una persona que no conocía para firmar un contrato y cuando le avisaron que alguien lo buscaba, salió con el papel en la mano y, sin saludar, le dijo al visitante: "Firme aquí." Federico trató de presentarse, pero Enrique solamente repetía "Firme aquí". Lorca entonces no tuvo más remedio que firmar y, cuando Enrique leyó el nombre escrito al pie del documento, le dijo que había leído los poemas del Romancero Gitano publicados en la revista habanera Social. 
Dulce María Loynaz y Enrique atendieron cortésmente a Lorca, pero la gran amistad la entabló con los otros dos hermanos, Carlos Manuel y Flor. Federico dejó numerosos borradores en casa de los Loynaz y, ya de vuelta a España, le envió a Flor el manuscrito de Yerma. 
Federico llegó a Cuba el viernes 7 de marzo de 1930. El domingo siguiente, pronunció su primera conferencia. En esa misma semana estaba en La Habana, también dictando conferencias, Jidu  Krishnamurti, pero la prensa local concentró su atención en el poeta granadino y pasó por alto la presencia del místico de la India. Krishnamurti, que contestaba preguntas con más preguntas, se andaba por las ramas y por las nubes y nunca decía nada concreto no logró conectar con el público cubano. Lorca, en cambio, los fascinó.
Dictó sus conferencias habituales: sobre la poesía, sobre Luis de Góngora, sobre el cante jondo y sobre las nanas. Esta última era especialmente celebrada, porque además de hablar, cantaba y tocaba el piano. Tras sus presentaciones en La Habana, se fue de gira por las provincias. Estuvo en Sagua La Grande, Cienfuegos, Caibarén, Santiago de las Vegas, Santa Clara, Caimito del Guayabal y llegó a realizar un viaje relámpago a Santiago de Cuba, pese a la distancia que lo obligaba a pasar un día entero en tren de ida y otro día entero en tren de vuelta. Regresó sin sombrero, porque se lo arrojó al paisaje más hermoso que miró por la ventana. 
Cuba estaba gobernada entonces por Gerardo Machado en cuyo gobierno, además de construir la carretera central, realizó importantes obras de infraestructura y desarrolló la industria, la agricultura y el comercio. Pese a la prosperidad en que se vivía, la oposición a la dictadura era intensa. Lorca fue testigo de numerosas y masivas protestas,  pero haciendo a un lado la violencia y el despotismo en la vida política, los cubanos tenían encanto, eran alegres, contagiaban su júbilo natural y hacían reír con su humor ingenioso. El poeta granadino, además de ser agasajado por los intelectuales, artistas y la alta sociedad, conversaba con campesinos, pescadores y personas humildes. Todos lo recibían con sonrisas. En cada puerta abierta le ofrecían agua, café o ron y lo hacían sentarse en la mecedora para charlar un rato. Solamente escuchar el acento cubano ponía al poeta jubiloso. A diario repetía: "Esta isla es el paraíso."
Un día de calor particularmente intenso, lo invitaron a tomar champola de guanábana. Al probarla, empezó a declamar sílaba por sílaba "Cham-po-la-de-gua-na-ba-na" y sentenció: "No hay refresco en todo el mundo que tenga nombre más eufónico, musical y altisonante... ¡Ni que sepa mejor!"
Ante Nicolás Guillén y José Lezama Lima, se puso el vaso frente a los ojos para "ver la vida color de ron". Aprendió a bailar, se hizo amigo de los soneros y llegó a atreverse a acompañarlos con las maracas o las claves. Recién llegado, como buen español, comía pescado y mariscos y bebía vino. Luego se acostumbró al arroz con frijoles negros y lechón acompañado de cerveza.
El Diario de la Marina, principal periódico de Cuba, así como todos los medios de provincias, promocionaban y comentaban elogiosamente sus presentaciones. Solamente apareció un artículo que criticaba la veneración a Lorca que se había desatado en Cuba. Lo escribió el poeta canario Saturnino Tejera, que firmaba como Tinerfe y publicaba en La Correspondencia. No fue necesario que Lorca respondiera ya que otros salieron en su defensa. 
Mientras estuvo en New York, el padre de Lorca le enviaba dinero y, tal vez por ello, el poeta le escribía con frecuencia para brindarle un informe detallado de lo que hacía. En Cuba Lorca cobraba bien sus presentaciones (le pagaban 150 pesos y un traje costaba solamente cinco). Cuando se terminó el ciclo de conferencias, se trasladó del Hotel Unión, que le pagaba la Institución Hispano Cubana de Cultura, al Hotel Detroit, que cobraba tres pesos la noche. Se levantaba a las once, almorzaba con Antonio Quevedo y María Muñoz, pasaba la tarde con los Loynaz y, al caer la noche, se iba con Carlos Manuel y Flor a parrandear hasta que amaneciera. Era un hombre famoso, respetado, querido, admirado y sin obligaciones. Estaba totalmente liberado. A veces se perdía y ni él mismo era capaz de recordar los nombres de las personas que lo habían invitado a comer, beber o pasear. En una de sus escapadas fue hasta Matanzas y Varadero.
A diferencia de cuando estuvo en New York, mientras permaneció en Cuba solamente una vez le escribió a su familia. A su regreso a España se hizo famosa su frase: "Si algún día me pierdo, que me busquen en Cuba."
Doña Vicenta, la madre de Lorca, al escribirle a María Muñoz de Quevedo una carta de agradecimiento por las atenciones que le había prestado a Federico, le dice: "Mi hijo habla con un entusiasmo tan grande de Cuba que yo creo que le gusta más que su tierra".
Federico García Lorca a bordo del
barco el día que partió de La Habana.
Lo que se suponía era una visita corta para dictar un par de conferencias, se prolongó más de tres meses. Lorca llegó a Cuba el 7 de marzo y partió el 12 de junio. Rodeado de sus amigos, pasó su último día en La Habana charlando tranquilamente en el restaurante del hotel. Cuando alguien notó que se hacía tarde, le dijo que, si pensaba quedarse, sería mejor mandar a bajar el equipaje del barco. Lorca contestó que ni siquiera había empacado. Los amigos le hicieron las maletas y Flor manejó a toda prisa para dejarlo a tiempo en el puerto. A bordo de la nave, Lorca fue fotografiado con su mano apoyada en un poste. Sus palabras de despedida fueron: "Aquí he pasado los mejores días de mi vida".
Desde su visita, Lorca es el autor no cubano más difundido en la isla. Sus obras teatrales no han dejado de representarse en Cuba. Se le han erigido monumentos, el Teatro Nacional de La Habana lleva su nombre y su figura es objeto de constantes homenajes. En 1937, Nicolás Guillén publicó en su honor España: poemas en cuatro angustias y una esperanza. En 1961, Lezama Lima escribió el ensayo García Lorca: alegría de siempre contra la casa maldita. Alejo Carpentier, que no pudo coincidir con él en Cuba, pero que lo trató de cerca en Europa, escribió numerosos artículos sobre su obra y figura.
La imagen que Lorca dejó en Cuba es la de un hombre que no se presta, sino que se da. Un monstruo de simpatía, una persona alegre que derrocha la vida, alguien con tanta riqueza interior que no se mide al entregarla. Un sabio curioso, lleno de respuestas y de preguntas, que lo sabe y lo ignora todo. 
Tanto la poesía como el teatro de García Lorca, son muy distintos antes y después de su viaje por New York y Cuba.
Cuando llegó a Cuba la noticia de que Lorca había sido fusilado, daba la casualidad que Margarita Xirgú, gran amiga del poeta, se encontraba en La Habana presentando Yerma. Esa noche, todos los que habían conocido a Lorca asistieron al teatro. Ninguno pasó por alto el error que cometió la Xirgú al final de la obra. En la última línea, en lugar de recitar "Yo misma he matado a mi hijo", llena de dolor y furia exclamó: "Me han matado a mi hijo".
INSC: 914B

domingo, 26 de julio de 2015

Entrevista a Dulce María Loynaz.

Confesiones de Dulce María Loynaz.
Aldo Martínez Malo. Editorial José
Martí. Cuba. 1999.
La vida de los hijos del general cubano Enrique Loynaz del Castillo parece sacada de una novela. Se afirma que la historia de los hermanos que se dedicaban a juegos extraños en la enorme mansión llena de cofres con tesoros, al inicio de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, está inspirada en ellos. De ser así, Carpentier, que era su gran amigo y los visitaba con frecuencia, se quedó corto. La casa de los Loynaz no solamente contaba con salones amplios, muebles antiguos y obras de arte, sino que tenía un jardín en el que, además de palmeras y árboles enormes, había fuentes, estatuas de mármol antiguas, pavos reales, cacatúas, flamencos y hasta monos traídos de Venezuela.
Como suele ocurrir, quienes pregonan ideas liberales para su país no acostumbran ponerlas en práctica en su casa. El general Loynaz, héroe de la independencia de Cuba, no les brindó ni la más mínima independencia a sus cuatro hijos, a quienes mantuvo encerrados toda su infancia y juventud en la jaula de oro que les había construido. Recibían visitas pero no tenían permitido visitar a nadie. Ni siquiera los envió a la escuela, ya que prefirió que fueran educados por profesores a domicilio. Naturalmente, de vez en cuando los sacaba de paseo y, como para compensar el encierro, en una de esas salidas se los llevó por varios meses a Egipto, Siria y Palestina. 
Los Loynaz eran cuatro, dos varones y dos mujeres: Dulce María, Enrique, Carlos Manuel y Flor. Todos ellos escribían pero solamente Dulce María, la mayor, llegó a publicar libros. Como es fácil de suponer, debido al régimen de clausura en que crecieron, su relación con el mundo exterior era algo conflictiva. Fueron educados para no molestar, no importunar, no interrumpir, no llamar la atención, no hacerse notar. La casa, con su amplia biblioteca, sus obras de arte, sus espejos enormes y su jardín con monos, era el refugio en que escribían los poemas que fluían con fuerza pero ocultos, como un río bajo tierra. Los jueves a las cinco de la tarde recibían amigos a quienes, además de brindarles una cena deliciosa en un ambiente decorado con un gusto que rayaba en lo macabro, les leían sus más recientes creaciones. Un poema de Enrique llegó a manos de Juan Ramón Jiménez, quien lo publicó en España. Cuando Federico García Lorca estuvo en Cuba, en 1930, quiso conocer a Enrique, pero acabó haciendo mejor amistad con Carlos Manuel y Flor. Lorca pasó una larga temporada con ellos y llamó a su mansión "La casa encantada". Otros visitantes ilustres de los Loynaz fueron el propio Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral. Alejo Carpentier no faltaba a la cita semanal.
Aunque la poesía de Enrique era muy elogiada, nunca publicó un libro. De hecho, los pocos poemas suyos que aparecieron en revistas llegaron a la imprenta por iniciativa de sus amigos y sin que él lo supiera. Carlos Manuel, además de poeta, era compositor y tocaba todos los instrumentos musicales. Muy joven empezó a dar muestras de sufrir una demencia y, en un viaje a China, Japón y la India, se les escapó a los vigilantes y apareció, sin que ni él mismo supiera cómo, en Australia. En uno de sus arranques, Carlos Manuel quemó toda su obra poética y musical, así como los dibujos y manuscritos de poesías y obras teatrales que había dejado Lorca en su casa. Flor, cuyo nombre completo era Flor Combert, en homenaje al amigo de Antonio Maceo y del propio general Loynaz, además de escribir poesía era famosa por su audacia. Bebía ron y jugaba billar con hombres rudos en las cantinas menos recomendables de La Habana y, en una ocasión, siendo joven y hermosa, se rapó totalmente la cabeza aduciendo que había que quererla con o sin cabello. 
Pero volvamos a Dulce María. El primer novio y el gran amor de su vida fue Pablo Álvarez de Cañas, pero acabó contrayendo matrimonio con su primo Enrique de Quesada Loynaz. El enlace no significó un cambio de vida sino un cambio de encierro. Su marido, al igual que su padre, estaba dispuesto a satisfacer todos sus gustos y caprichos, pero ella debía permanecer encerrada en la jaula de oro. El matrimonio no duró mucho y, tras el divorcio, Dulce María realizó un viaje por Brasil, Uruguay y Argentina en que fue perseguida, y alcanzada, por Pablo Álvarez de Cañas, quien había jurado no casarse con nadie más que con ella. Álvarez de Cañas, su segundo marido, su novio de juventud y su primer gran amor, era empresario periodístico y lejos de reservarse el talento de Dulce María para su exclusivo disfrute personal, impulsó su carrera literaria. Dulce María escribió muchísimas crónicas para los periódicos, poemas y la formidable novela Jardín, que muchos consideran una autobiografía psicológica, ya que trata de la relación de una mujer solitaria con su jardín y su mundo interior. Poetisa, periodista y novelista, Dulce María, cosa rara, nunca escribió un cuento.
Como un empresario periodístico no tiene cabida en un régimen stalinista, Pablo Álvarez de Cañas decidió salir de Cuba a inicios de los años sesenta. Dulce María, hija de un prócer de la independencia cuyo tema de conversación favorito era el patriotismo, no quiso abandonar la isla. Ella, nacida en 1902, era ya para ese entonces un personaje de otra época. Una hija de familia rica, una señora de alta sociedad, una dama católica colaboradora de la obra salesiana de don Bosco, la autora de una novela misteriosa y compleja sobre un mundo interno lleno de imágenes sugerentes, una escritora que ni en sus poemas ni en sus artículos tocaba temas sociales, exigía reivindicaciones ni predicaba ideología alguna. Tras la revolución cubana, Dulce María quedó en la isla como quedaron las viejas mansiones del Vedado con sus muebles de caoba abandonados, como un vestigio de una época que pronto se olvidaría. Como ella no se metía con nadie, nadie se metía con ella. Su aislamiento, en la Cuba comunista, no le incomodaba. Después de todo, el aislamiento no era nada nuevo para ella, casi podría decirse que era su estado natural. Pablo, su marido, regresó a Cuba para morir a su lado y, tras quedar viuda, Dulce María no era más que la viejita misteriosa que vivía sola dedicada a cuidar sus gatos y sus plantas.
Aunque su obra no era promocionada oficialmente, seguía leyéndose. Aldo Martínez Malo, periodista, crítico de arte y gran admirador de la obra de Dulce María, le escribió una carta sin esperar respuesta. Dulce María le contestó dándole las gracias por ser uno "de los que aún recuerdan que existí". El intercambio epistolar se mantuvo, Dulce María invitó a Aldo a visitarla, se hicieron buenos amigos y, gracias a los esfuerzos de Aldo (Dulce María ya estaba anciana y ciega para entonces), llegaron a publicarse manuscritos inéditos tanto de ella como de su padre. Aquello fue como si Cuba hubiera reencontrado una joya perdida. Las editoriales cubanas reeditaron las obras de Dulce María y tanto el gobierno como la prensa y los grupos culturales de la isla le brindaron homenajes.
Confesiones de Dulce María Loynaz es el título de un pequeño libro, publicado por la editorial cubana José Martí, que recoge una larga entrevista,  llena de anécdotas simpáticas y revelaciones interesantes, que sostuvo la escritora con Aldo Martínez Malo.
Cuenta Dulce María que la única vez que habló en persona con José Lezama Lima, el poeta le dijo: "No he leído Jardín", a lo que ella respondió: "No he leído Paradiso". Después se enviaron uno al otro sus libros, pero nunca volvieron a verse. Con Lorca, Dulce María no se entendió muy bien. Eran de temperamentos muy distintos. Lorca prefería la poesía y la compañía de sus hermanos más que la de ella. Una vez, Dulce María escribió un poema en son de broma y, cuando se lo enseñó, Lorca, entusiasmado, le dijo: "Este sí me gusta, es lo mejor que has escrito". Aquel elogio fue para ella un insulto.
Cuando Dulce María escribió La novia de Lázaro, su marido consideró oportuno conocer la opinión de la Iglesia sobre el texto. Invitó a tres obispos a cenar a su casa y, tras atiborrarlos de manjares y licores, Dulce María les leyó su composición. Eran más o menos cincuenta páginas, pero la lectura duró hora y media. Los obispos, como es fácil de suponer, estaban durmiéndose. Cuando don Pablo sugirió que se realizara una segunda lectura para analizar mejor los conceptos, los tres purpurados se apresuraron a declarar innecesario el repaso y ahí mismo le dieron el Nihil Obstat, el Imprimatur y la aprobación plena sin la más mínima objeción y sin hacer ningún comentario. A fin de cuentas, en el árbol genealógico de Dulce María, además de su padre el general de la guerra independencia, y su madre, la bella dama María de las Mercedes Muñoz Sañudo, quien fundó el primer albergue para perros callejeros de La Habana, había también un santo: San Martín de la Ascensión Loynaz, misionero que murió mártir en Asia en el Siglo XVI mientras predicaba el Evangelio.
En la entrevista, además de recuerdos personales jocosos, Dulce María comparte su visión de la literatura. "Lo que no comprendo, trato de olvidarlo, porque no tengo carácter de investigadora", afirma. Para ella la poesía, más que una meta en sí misma, es un tránsito hacia un objetivo desconocido. Como a todos los escritores, a ella le ha ocurrido que, revisando un poema, se ha quedado sin poema. Por otra parte, en ocasiones se ha puesto a escribir un pequeño apunte y, cuando se percata, lleva más de cien páginas. 
También, por supuesto, hace revelaciones personales. Cuenta que su padre era muy severo y siempre hallaba mal todo lo que sus hijos hacían o decían. Tal vez esa represión durante la infancia fue lo que provocó a la larga que de los cuatro hermanos escritores, tres murieran sin publicar un libro y ella solamente publicara los suyos por insistencia de los amigos. Como ya se dijo, en la última etapa de su vida, gracias a la amistad con Aldo Martínez Malo, se publicaron obras de gran importancia que, de no haber sido por él, habrían permanecido para siempre almacenadas en los muebles de la vieja mansión de El Vedado.
Como Dulce María tuvo una vida larga, alcanzó a recibir premios y homenajes con los nombres de sus amigos. El gobierno de Andalucía le dio el Premio García Lorca, el gobierno chileno la medalla Gabriela Mistral y el gobierno cubano el Premio Alejo Carpentier. Supongo que debió haber sido emotivo, aunque algo extraño también, que los galardones tuvieran el nombre de personas a las que ella atendió en su casa. En 1992, Dulce María Loynaz recibió el Premio Cervantes, sin embargo, al repasar los honores y reconocimientos, Dulce María confiesa que lamenta que el gobierno de Nicaragua nunca le haya otorgado el Premio Rubén Darío. Ella conoció a Darío siendo una niña y, con el paso de los años, además de recordarlo con simpatía,  llegó a desarrollar por él una gran admiración literaria. La admiración que Darío sintió por la madre de Dulce María fue, como ella misma lo insinúa, más que literaria.
Dulce María Loynaz murió en 1997. Todos sus amigos y parientes ya se le habían adelantado. Ni ella ni sus hermanos tuvieron hijos. Su vida, aunque bastante extraña, fue rica en experiencias, logros y satisfacciones. Sin embargo, en la entrevista, Dulce María afirma: "La época en que me ha tocado vivir me parece tan fea que, sin detenerme a elegir, habría preferido cualquier otra". 
INSC: 1177
Dulce María Loynaz. (1902-1997) Poetisa, periodista y novelista. 

lunes, 6 de julio de 2015

Antonio Maceo en Costa Rica.

Idearium Maceísta. Armando Vargas Araya
Editorial Juricentro, Costa Rica, 2002.
Durante más de una década, el prócer cubano Antonio Maceo anduvo errante por los distintos países del Caribe. Como parte de ese periplo que debió emprender forzado por las circunstancias, en 1881 visitó Costa Rica y tal parece que el país le agradó, puesto que justo diez años después volvió para quedarse.
Su mayor prioridad era la lucha por la independencia de Cuba, causa a la que dedicó todos sus bienes, pensamientos y energías y por la que, eventualmente, acabaría perdiendo la vida.  Sin embargo, los cuatro años que pasó en Costa Rica (de febrero de 1891 a marzo de 1895), Maceo se dedicó con ahínco al establecimiento y desarrollo de una colonia agrícola en Mansión de Nicoya. A finales del siglo XIX, Costa Rica era un país prácticamente despoblado y las autoridades consideraban que el arribo de inmigrantes no solo era conveniente y necesario, sino también urgente.
El plan consistía en que Maceo hiciera venir al país a cien familias cubanas, a las que el gobierno costarricense les pagaría el transporte y les entregaría tierras para cultivo. El contrato tuvo sus opositores pero finalmente fue aprobado por el Congreso, firmado y puesto en marcha. Todos los cambios que le fueron introducidos durante el largo y fuerte debate parlamentario, acabaron quitándole beneficios a los colonos pero Maceo, quien estaba verdaderamente interesado en el proyecto, no tuvo más salida que aceptarlo. El documento incluía una cláusula que exigía que el setenta y cinco por ciento de los inmigrantes debían ser blancos y solamente admitía un veinticinco por ciento de mestizos. Maceo, que era mulato, acabó firmando.  Tiempo después, su hermano Antonio contrajo matrimonio y un fotógrafo de San José se negó a retratar a la pareja porque ella era blanca y él era negro.
Los prejuicios raciales y la desconfianza que generaba un militar cubano en la aldeana sociedad tica de entonces no fueron los únicos obstáculos que debió enfrentar. El periodista Pío Víquez se opuso al proyecto desde el inicio y  escribía casi a diario punzantes editoriales contra el general cubano. En determinado momento, Maceo le escribió para reclamarle de manera respetuosa, pero enérgica, que cesara sus ataques. De más está decir que esa réplica más bien provocó que los artículos contra su presencia y actividades en el país fueran más frecuentes y amargos.
El proyecto de Mansión de Nicoya, aunque desde el inicio dejó de ser ventajoso, empezó a andar cuesta arriba. Maceo tuvo un encontronazo con Flor Crombet, quien de ser su socio a convertirse en un enemigo. Con su compatriota, el Dr. Zambrana, también acabó distanciándose. El asunto se complicó tanto que Maceo nunca pudo hacer venir las cien familias previstas pero, incluso con menos colonos de lo planeado originalmente, los cubanos en Nicoya, además de engordar ganado, iniciaron cultivos de plátano, frijoles, yuca, maíz, caña de azúcar, cacao, café y tabaco. Mientras llegaba el tiempo de la cosecha, la colonia agrícola no disponía de recursos ya que el contrato la había dejado descapitalizada. Además, no contaban con beneficio de café ni ingenio azucarero. A pesar de la situación adversa, Maceo poco a poco fue sacando la comunidad adelante, administró muy inteligentemente los pocos recursos disponibles y, en poco tiempo, alcanzó importantes beneficios económicos que, como es fácil de suponer, fueron reservados para la lucha de independencia de Cuba. Un dato curioso es que para mantener el orden entre los colonos, Maceo estableció la ley seca.
Antonio Maceo y Grajales. (1845-1896) 
Aunque el viaje entre Nicoya y San José era largo y cansado, Maceo pasaba largas temporadas en la capital, donde se había hecho de pocos pero muy buenos amigos, entre los que estaban don Ricardo Jiménez Oreamuno y el escritor Manuel González Zeledón, Magón, quien en uno de sus cuentos dejó testimonio de las circunstancias en que el General abandonó de incógnito el territorio costarricense.
Maceo no era el único visitante ilustre en la tranquila ciudad de San José de aquellos años, en la que vivieron el escritor salvadoreño Francisco Gavidia y el poeta nicaragüense Rubén Darío. El general ecuatoriano Eloy Alfaro, aunque residía en Alajuela, también se daba su vueltecita por San José regularmente. El poeta cubano Enrique Loinaz del Castillo, se trasladó directamente desde Cuba para servirle a Maceo como administrador de la colonia nicoyana. Hasta José Martí vino en dos ocasiones a reunirse con Maceo y dar conferencias. Su primera visita, en junio de 1893, fue de ocho días y la segunda, en junio del año siguiente fue de trece días. Martí deseaba ir a ver en persona la comunidad cubana en Nicoya, pero el viaje no pudo concretarse.
Un dato curioso es que Gavidia, Alfaro, Maceo y Darío asistieron, el 15 de setiembre de 1891, a la inauguración del monumento a Juan Santamaría en Alajuela. 
Todos los que conocieron a Maceo, desde Darío o don Ricardo Jiménez, hasta don Federico Apéstegui, el comerciante vasco radicado en Nicoya quien escribió un libro de memorias sobre la época, coinciden en describirlo como un hombre reservado, de pocas palabras, gentil, culto y refinado.
Es triste decirlo, pero lo que Maceo presenció mientras estuvo en Costa Rica no fue precisamente una democracia en la que brillaban los derechos, las garantías y las libertades. El gobierno del presidente José Joaquín Rodríguez Zeledón fue autoritario y despótico, al punto de clausurar el congreso, realizar arrestos sin causa y dictar condenas de cárcel o destierro sin proceso alguno. Es irónico que hasta los más severos dictadores de Costa Rica, como don Tomás Guardia o don Federico Tinoco, hayan  procurado que hasta sus actos más arbitrarios estuvieran respaldados de alguna forma por la legalidad, mientras que José Joaquín Rodríguez, reconocido abogado y juez que había presidido la Corte Suprema de Justicia, se haya saltado a la torera la Constitución y las leyes. Rodríguez, en todo caso, había sido el impulsor de la colonia cubana en Nicoya y, quizá por ello, Maceo, quien además era hombre de pocas palabras, no se manifestó al respecto.
Una noche, a la salida del teatro Variedades, Maceo fue víctima de un atentado que casi le cuesta la vida.
Antonio Maceo, el Titán de Bronce, es un personaje fascinante y cuatro de sus cincuenta y un años de vida los pasó en Costa Rica. Su presencia en nuestro país, sin embargo, no ha sido objeto de muchas investigaciones.
En el año 2002, la Editorial Juricentro publicó Idearium Maceísta, de Armando Vargas Araya, una obra verdaderamente valiosa y completa que, además de brindar un compendio del pensamiento político y filosófico de Maceo, hace un recuento minucioso de las vicisitudes que debió afrontar durante su presencia en Costa Rica. Uno de los grandes méritos de este libro, además de la fluidez de la prosa y la rigurosidad de la investigación, es que no solamente cita los documentos sino que los reproduce. El contrato del gobierno con Maceo aparece íntegro, así como una bella página que escribió Martí en su cuarto de hotel, frente a la Plaza de Artillería, luego de haberse asomado al balcón un domingo en la mañana. El artículo de Rubén Darío sobre el monumento a Juan Santamaría, así como el poema En Costa Rica de Enrique Loinaz del Castillo son otras de las delicias bibliográficas que don Armando Vargas Araya, además de consultar, generosamente decidió compartir.
En Costa Rica se erigieron dos monumentos a Antonio Maceo, uno en Barrio Los Ángeles en San José y otro en Nicoya. La escuela de Mansión de Nicoya lleva el nombre de Antonio Maceo. El libro de don Armando Vargas Araya se suma y complementa, esta serie de homenajes a un personaje cuya presencia en Costa Rica no debe olvidarse.
INSC: 2227 
La señora María Cabrales, esposa de Antonio de Maceo, fundó en Costa Rica
en 1895, el club José Martí.
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