Mostrando las entradas con la etiqueta EUNA. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta EUNA. Mostrar todas las entradas

sábado, 6 de mayo de 2017

Diccionario de literatura centroamericana con datos erróneos sobre Rubén Darío.

Diccionario de la Literatura
Centroamericana. Albino Chacón y otros.
EUNA, Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 2007.
A veces, los errores más evidentes aparecen en el lugar más notorio. Si un índice de escritores de Estados Unidos consignara datos erróneos sobre Walt Whitman, o uno sobre literatura de España brindara información equivocada sobre Cervantes, cualquiera, sin necesidad de ser especialista en la materia, notaría el fallo.
Lamentablemente, algo así ocurrió con el Diccionario de la Literatura Centroamericana, publicado en conjunto por la Editorial Costa Rica y la Editorial de la Universidad Nacional, en el que aparecen datos inexactos sobre la vida y la obra de Rubén Darío.
En la nota biográfica, que presta más atención de la necesaria a asuntos de su vida personal, se afirma que el matrimonio del poeta con Rafaela Contreras Cañas "fue interrumpido por la muerte de su mujer durante el primer parto."
Si, como es sabido, Rubén Darío Contreras, el primer hijo de la pareja, nació en Costa Rica en 1891 y Rafaelita murió en El Salvador en 1893, ¿Cómo es posible que haya muerto durante el parto?
En el resumen de la obra literaria el asunto se pone peor. Se citan, como libros de poesía, Los raros (1896), España Contemporánea (1901), Tierras Solares (1904) y El viaje a Nicaragua (1909), cuando, en realidad, Los raros es una colección de artículos sobre diversos escritores, mientras que España Contemporánea, Tierras Solares y El Viaje a Nicaragua son crónicas de viajes. 
Al referirse a la categoría de cuento, el Diccionario afirma que "fueron publicados mayormente en revistas y periódicos" y que "han sido recopilados en diversas antologías", pasando por alto el hecho de que Azul (1888), el libro con el cual Darío alcanzó fama continental, está compuesto principalmente por cuentos.
Por muchas razones que no debería ser necesario recordar, Rubén Darío fue el primer gran escritor centroamericano y resulta en verdad decepcionante que este Diccionario de la Literatura Centroamericana, consigne datos erróneos sobre su vida y su obra. 
Cabe mencionar que en el equipo de investigadores que reunió la información del Diccionario, coordinado por Albino Chacón, no hubo ningún nicaragüense. La obra fue realizada por tres costarricenses, dos panameños, dos guatemaltecos, un salvadoreño y una hondureña.
El no incluir a un especialista en literatura nicaragüense acabó haciéndose sentir. El libro, que pretende ser exhaustivo al incluir desde autores clásicos hasta escritores jóvenes de generaciones recientes, está lleno además de omisiones inexplicables.
Concentrándome en los escritores costarricenses, que es a los que mejor conozco, me llamó la atención que se incluyera a don Abel Pacheco, pero no a don Pepe Figueres, cuando ambos escribían cuentos y llegaron a ganar premios literarios de importancia. Aparece Mario Picado, pero no Lil Picado. Aparece Ana Antillón, pero no su hermano Juan Antillón. En el apartado de Alfredo Cardona Peña, se menciona que era sobrino del poeta Rafael Cardona, pero el tío no tuvo su espacio propio. También se quedaron por fuera, además de los ya mencionados, Juan Garita, Rosendo Valenciano, Carlomagno Araya, Edelmira González, Anabelle Aguilar Brealey, Ricardo Ulloa Garay, Marco Aguilar, Diana Avila, María Montero, Felipe Granados y Alfredo Trejos, entre otros muchos. Lo extraño es que sí lograron su espacio (y hasta grande), otros escritores que, comparados con los excluidos, habían publicado menos títulos y obtenido menos premios.
Con frecuencia, las notas se detienen en detalles minúsculos. Es oportuno mencionar que Salarrué era el nombre literario de Luis Salvador Efraín Salazar Arrué, o que Lara Ríos es el de doña Marilyn Echeverría Zurcher, pero resulta totalmente innecesario explicar que Roque Dalton era el nombre literario de Roque Antonio Dalton García. 
En el caso de Eunice Odio, que es presentada como Eunice Odio Infante, el autor de la nota afirma categórico: "Ese es su nombre, aunque ella decía tener por apellidos Odio Boix y Grave Peralta." Si el autor de la nota se hubiera tomado la molestia de consultar a un genealogista, se habría percatado que Eunice no hacía más que utilizar el apellido completo de sus ancestros de apenas un par de generaciones atrás.
La intención del Diccionario, según se menciona el prólogo, era incluir, en la nota de cada autor, un esbozo biográfico, una semblanza sobre los temas que aborda y una lista de las obras publicadas. Sin embargo, en muchos de los apartados, aparecen también opiniones y juicios de valor. Cuando hay elogios (por lo general en el caso de autores vivos), son tan desmesurados que hasta parecen escritos por el propio interesado. Con cierta frecuencia, el autor anónimo de la nota se permite decir cuál es "la obra mejor lograda" del escritor que reseña. Y hasta hay afirmaciones verdaderamente fuera de lugar. En la nota sobre Luis Chaves, por ejemplo, se afirma que "algunos de sus poemas tienen algo de una derrota básica, un cierto aire a lo Joaquín Sabina."
Todas las opiniones son tan respetables como discutibles, pero quien se atreve a emitir opiniones debe tener la cortesía de firmarlas.
Creo que es muy probable que otros, como yo, al tener en sus manos este Diccionario de la Literatura Centroamericana, corran a consultar, en primer lugar, la nota sobre Rubén Darío y, tras sorprenderse por los errores que consigna, sonrían al leer el texto de la contraportada que reza:

"Durante cuatro años un grupo de personas expertas en la materia recopilaron información sobre autores, sus obras y corrientes estético-ideológicas. Se trata de una obra hecha con rigor, y por tanto, fiable para quienes buscan profundizar en el conocimiento de las letras de la región, de autores particulares o de información bibliográfica."

"Esta coedición de la Editorial Universidad Nacional y la Editorial Costa Rica es un hito en la historiografía literaria centroamericana, tanto por su visión de conjunto como por la cantidad, calidad y exactitud de la información acerca de la producción literaria y de sus direcciones estéticas y temáticas."

Aunque soy partidario del libro impreso en papel, considero que un trabajo como este Diccionario de Literatura Centroamericana, habría sido mucho mejor publicarlo en una página de Internet. Así los autores podrían recibir la retroalimentación necesaria para corregir los errores consignados, sería posible crear nuevas entradas para incluir a los excluidos y, además, estaría abierta la posibilidad de actualizar los nuevos títulos de los autores vivos, cuya obra aún no puede considerarse cerrada.
INSC: 2651

domingo, 16 de noviembre de 2014

¿Qué leían los abuelos?

El que quiera divertirse. Iván Molina.
EUNA EUCR, Costa Rica, 1995.
Este libro me sacó de una duda. Siempre me había preguntado por qué, en la literatura costarricense, la poesía no había llegado tan alto como la novela. Mientras en otros países latinoamericanos las grandes figuras literarias son poetas, en Costa Rica son novelistas. Rubén Darío llegó a decir que en Costa Rica la poesía no se daba bien y hay que reconocer que tenía razón. A principios del Siglo XX los poetas eran escasos y poco interesantes. Para entonces ya teníamos, en cambio, bastantes novelas meritorias. La generación del cuarenta fue eminentemente de novelistas: don Joaquín Gutiérrez, Fabián Dobles, Carlos Luis Fallas y Yolanda Oreamuno. Max Jiménez es más audaz como novelista que como poeta. Todos ellos nos legaron novelas formidables.
En la poesía no nos ha ido tan bien. Nunca tuvimos un gran romántico, ni un gran postromántico, ni un gran modernista, ni un gran vanguardista, como sí los hubo, en abundancia, en otros países vecinos. En materia de poesía no es sino hasta muy recientemente que han aparecido voces de peso.
Tras las grandes novelas de los años cuarenta, en Costa Rica continúan apareciendo novelas de gran valor. La poesía escrita por ticos, a pesar de las honrosas y cada vez más numerosas excepciones, continúa siendo desabrida y anticuada.
¿Por qué en Costa Rica se desarrolló más la novela que la poesía?
Encontré la respuesta, o al menos una explicación digna de tomarse en cuenta, en el libro El que quiera divertirse, de Iván Molina. Es un libro sobre libros, verdaderamente interesante.
La investigación muestra las obras que formaban parte de las colecciones privadas más antiguas de que se tiene noticia, cuáles eran los temas y títulos más frecuentes y cómo la composición de las bibliotecas fue variando dependiendo de ciertos acontecimientos como la independencia, la exportación de café, la introducción de la primera imprenta y la consolidación del Estado Nacional.
Molina expone paso a paso cómo el libro fue sufriendo una metamorfosis que, partiendo de ser un objeto valioso, llega a bifurcarse en arma ideológica, fuente de información útil o de estímulo recreativo.
Durante la Colonia, eran pocos los que sabían leer y escribir e, incluso entre ellos, más pocos los que tenían libros. El libro era un objeto tan raro como una joya. Se atesoraban como los candelabros de plata, no tanto para usarlos como para venderlos y heredarlos. En la investigación se consigna que un cura le dejó de herencia veintiocho libros a una pareja analfabeta. En aquella época, la mayoría de los libros de los que se tiene noticia eran religiosos.
En 1814, con la fundación de la Casa de Enseñanza de Santo Tomás, era de imaginarse que la circulación de libros aumentaría, pero no fue así. El presupuesto se iba en cubrir el sueldo de los maestros y, solamente si sobraba algo, se mandaba a traer algún libro. La Casa de Enseñanza de Santo Tomás nunca tuvo una gran biblioteca. Los estudiantes y los maestros tampoco eran aficionados a consultarla. Se conserva el testimonio de un viajero alemán que pudo ver los libros en armarios con puertas de vidrio pero, como nadie sabía dónde estaba la llave, tuvo que hacerse una idea de la biblioteca revisando las grasientas páginas del catálogo.
Hubo también por esa época una biblioteca abandonada en un galerón en el que se almacenaba carne de cerdo.
Gracias a Ricardo Jiménez Oreamuno y Pedro Pérez Zeledón, entonces dos jóvenes abogados, la biblioteca de Santo Tomás se vio enriquecida con libros de ensayos laicos, modernos e ilustrados.
La Universidad de Santo Tomás cerró en 1888 y sus tres mil seiscientos cincuenta y tres volúmenes se convirtieron en el arranque de la Biblioteca Nacional.
Unas décadas antes, en 1856, se fundó en San José la librería El Álbum y hubo un momento en que había más ejemplares y más títulos en esta librería que en la biblioteca.
Gracias al establecimiento de El Álbum, empezó a despertar en Costa Rica el gusto de la lectura como una forma de entretenimiento. Hasta entonces los libros eran vistos como objetos vendibles y heredables (por los que no leían) o como fuentes de información (por los que leían).
La literatura de ocio no fue recibida con buenos ojos. El obispo Bernardo Augusto Thiel advertía que "ningún género de escrito infiltra más suave y mañosamente el veneno de la incredulidad y de la corrupción que el de la mala novela, que ha sido piedra de escándalo contra la cual se han estrellado la fe y las buenas costumbres de una gran parte de nuestra sociedad." Los liberales también tacharon de superfluo el pasatiempo de leer, pero las clases altas, enriquecidas por el café, queriendo darse aires de gran mundo, se deleitaban con las novelas de Dumas y Sir Walter Scott.
En la Librería Española, fundada por el catalán Vicente Lines en 1884, se vendían libros de Tostoi y de otros autores europeos. Desde cincuenta años antes, por cierto, en los periódicos aparecían novelas por entregas.
No solo la importación, sino la impresión de libros en Costa Rica, creció constantemente debido a la demanda de un público aficionado a leer en las tardes de lluvia. Tomando en cuenta el alto analfabetismo que tuvo nuestro país hasta bien entrado el Siglo XX, y considerando también el hecho de que los libros no eran baratos, resulta asombrosa la producción editorial en la segunda mitad del Siglo XIX. En la década de 1850 se publicaron en nuestro país cincuenta y un libros. Setenta y uno en la década de 1860. Noventa y siete en la de 1870. Ciento sesenta y ocho en la de 1880 y trescientos dos en la de 1890. Entre 1903 y 1914, por otra parte, se publicaron ciento un revistas y ochenta y seis periódicos.
¿Qué era lo que tanto leían los abuelos? Ante todo, y sobre todo, novelas. En la oferta de la librería El Álbum, en 1858, figuraban ciento sesenta y tres títulos de novelas y solamente veintidós títulos de libros de poesía. Ese dato, considerando el desarrollo posterior de nuestra literatura, es más que elocuente. Los escritores costarricenses estaban familiarizados con distintos tipos de novelas de diversos autores y disponían de poca información sobre los nuevos caminos que se había abierto la poesía. Eso explica por qué, en Costa Rica, las grandes novelas se cuentan por docenas y los libros de poesía realmente valiosos con los dedos de la mano.

INSC: 1191



miércoles, 12 de noviembre de 2014

Literatura indígena centroamericana.

Literaturas indígenas de Centroamérica.
Magda Zavala y Seidy Araya.
Editorial de la Universidad Nacional
Costa Rica, 2002.
Centroamérica es una región que, en buena medida, ha vivido de espaldas a su pasado precolombino. Aquí están los monumentos arqueológicos y los genes que llevamos dentro, pero en lo que se refiere al universo fantástico, mitológico y religioso de nuestros antepasados precolombinos, no ha sido sino hasta el Siglo XX que los centroamericanos empezamos a recuperarlo.
Parte valiosa de ese proceso de recuperación es el libro Literaturas indígenas de Centroamérica, de Magda Zavala y Seidy Araya, publicado por la Universidad Nacional.
"El mundo literario indígena centroamericano, visto como un conjunto, ha recibido poco tratamiento. Gran parte de los estudios literarios tradicionales se han fundado, en mucho, en teorías eurocéntricas que, por lo tanto, han tenido dificultad para aceptar el carácter pluricultural y multiétnico de nuestros pueblos."
Con estas palabras arranca Zavala su investigación, en la que se propuso la titánica tarea de romper con la tradición de estudiar los textos indígenas de manera aislada y tratar de brindar una perspectiva integradora, que abarque desde los códices precolombinos hasta las manifestaciones más recientes.
Al terminar la lectura del estudio, hay dos mitos que se derrumban. Primero, que la literatura indígena es un tema del pasado propio de la arqueología. En el libro aparece viva y activa. Y segundo, que existe una ruptura entre lo indígena prehispánico y lo indígena contemporáneo. A pesar de la influencia española, el estudio demuestra claramente una continuidad en la literatura indígena, tanto antigua como actual, que solo puede llamarse tradición.
Siempre es un problema ponerle un adjetivo a la palabra literatura. ¿De qué hablamos cuando decimos "literatura indígena"? Inteligentimente, las investigadoras optaron por ser incluyentes, de manera que integraron en su estudio, además de las obras de autores indígenas, otras escritas por autores no indígenas así como las recopilaciones, en mayor o menor medida metódicas, realizadas a lo largo de los siglos por religiosos, viajeros o maestros.
Para aclarar las cosas, se explica desde el inicio que la literatura indígena es sus orígenes, al igual que cualquier otro corpus literario antiguo, es fruto de la oralidad y discute la afirmación de Abelardo Bonilla, quien dio como un hecho que la literatura centroamericana seguiría desarrollándose de espaldas a lo prehispánico.
Sin llegar a ser didáctico, en el mal sentido del término, antes de entrar en materia el libro brinda una introducción antropológica en que se explican las características particulares de las diferentes culturas que habitaron nuestra región, así como las diferencias entre las lengua maya y la mexica.
Paradójicamente, los tres códices mayas precolombinos más valiosos tienen en común el estar fuera de la región. Ninguno de los tres, por cierto, se ocupa de materias históricas o literarias. El conservado en Dresden se refiere a astronomía, el de Madrid a adivinación y el de París a materias diversas. En todo caso, son poco conocidos por los investigadores centroamericanos y totalmente desconocidos para el público en general.
Algo diferente a lo que ocurre con el Popol Vuh, declarado Libro Nacional de Guatemala en 1972 y que circula en ediciones bastante accesibles. Precisamente, entre las páginas más interesantes del estudio figuran las que se refieren a este documento.
El Popol Vuh, como se sabe, no es prehispánico sino que data del Siglo XVI, de manera que de alguna forma ya está influenciado por la visión de mundo y de Dios traída por los misioneros. El texto fue recuperado por Fray Francisco Jiménez entre 1701 y 1703, pero se cree que data de al menos doscientos años antes. Mientras unos dicen que su objetivo era conservar tradiciones tras la matanza que realizó don Pedro de Alvarado en 1524, otros sostienen que fue escrito con fines doctrinales por Diego Reynoso, quiché asistente de los primeros misioneros a quien el obispo Francisco Marroquín enseñó a leer y escribir.
A pesar de estas circunstancias, las investigadoras sostienen que al Popol Vuh no se le puede invalidar su procedencia maya y exponen interesantes reflexiones sobre la concepción del hombre, la sociedad y el universo que brinda la obra.
Se refieren también a Zaquicoxol, el texto más antiguo encontrado en Guatemala, de apenas sesenta y nueve páginas, que trata de una danza de conquista que podría considerarse parte de algún tipo de tradición teatral.
Prestan atención también a El güegüense o Baile del macho ratón, antigua pieza teatral de Nicaragua que se refiere al mestizaje y es, ella misma, fruto del mestizaje. Como bien apunta Jorge Eduardo Arellano, el hecho de que El güegüense esté escrito en un español bajo y un nahuatl corrupto, demuestra que aunque haya aparecido en Masaya apenas en el Siglo XIX, su origen debe ubicarse en el periodo de la Conquista.
Además de estas obras, que son clásicas, el estudio presta atención también a la tradición oral, menos atendida y estudiada, de los kunas del archipiélago de San Blas en Panamá y de los miskitos de la costa Caribe de Nicaragua. Al referirse a estos últimos, por cierto, se hacen reveladoras anotaciones sobre cómo se mezclaron en esta cultura las tradiciones africana e indígena.
Pero la investigación, como se dijo, no quiso quedarse en el rescate arqueológico y se ocupa también de manifestaciones recientes. En este apartado hay que subrayar las consideraciones sobre el género de testimonio que se desprenden a propósito del libro Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, supuestamente dictado por Menchú a la antropóloga venezolana Elisabeth Burgos. Otras obras analizadas son La mujer habitada, de Gioconda Belli, (en la que una rebelde indígena reencarna en un árbol de naranja y, a través del jugo, se introduce en una guerrillera sandinista) y Tenochtitlan de José León Sánchez. 
No podía faltar tampoco la Vanguardia Granadina que, con Pablo Antonio Cuadra y José Coronel Urtecho a la cabeza, introdujeron el universo y el lenguaje indígena en la poesía nicaragüense, así como el exteriorismo de Ernesto Cardenal y los estudios de Jorge Eduardo Arellano.
El libro cierra con autores de fin del Siglo XX como Humberto Ak`abal y Luis Enrique Sam Colop en poesía, o Gaspar Pedro González en narrativa, quienes siguiendo la ruta abierta en Guatemala por Luis de Lión, quien con su novela El tiempo principia en Xibalbá inicia la tradición de escritores indígenas que escriben en castellano.
Conciso, ameno, bien documentado, inteligentemente planteado y expuesto con claridad y fluidez, Literaturas indígenas de Centroamérica es una fuente de referencia insoslayable para quienes opten por no vivir de espaldas a su pasado.

INSC: 1484

jueves, 25 de septiembre de 2014

Un pleito de monos.

La ciudad de los monos. Iván Molina.
EUNA EUCR. Costa Rica, 2001. 
El 20 de abril de 1907, José María Orozco Casorla, profesor de ciencias del Liceo de Heredia, dedicó su clase a explicar la teoría de la evolución. El tema formaba parte del programa de estudios avalado por el Ministerio de Educación, de manera que, aunque hubiera alguna polémica en el aula, el asunto no tenía por qué trascender más allá de la clase. Sin embargo, la lección darwiniana del profesor acabó generando todo un escándalo nacional, una agria y prolongada polémica en la que todos los que se involuncraron acabaron siendo insultados por los otros.
Arrancó como un debate entre el párroco local, don Rosendo de Jesús Valenciano, y el director del liceo, don Roberto Brenes Mesén. Luego empezaron a circular panfletos anónimos de ambos bandos. Varios intelectuales comentaron el asunto en periódicos de circulación nacional. Empezaron los insultos y ataques personales. La polémica fue subiendo de tono y cambiando de tema. De la teoría de la evolución se  fue pasando a la práctica religiosa, la conducta del clero, el patriotismo de los intelectuales radicales, los impuestos a las compañías extranjeras y cualquier otra cosa que se pusiera por delante. El intercambio de opiniones, réplicas y contraréplicas, tardó más de un año antes de empezar a diluirse.
Aún hoy, ocurre que líderes religiosos y profesores de ciencias discuten sobre si debe enseñarse en las aulas que Dios modeló al hombre con sus manos del barro o si el ser humano evolucionó a partir de otras especies. Esa discusión, hoy, es poco frecuente y solo ocurre en algunos sitios. Hace cien años, la misma discusión estaba encendida en todas partes y a todo momento. En muchísimos sitios alrededor del mundo ocurrió lo mismo que pasó en la tranquila provincia de Heredia. El historiador Iván Molina investigó este caso particular en Costa Rica y escribió el libro La ciudad de los monos. A esta obra hay que agradecerle, además de haber rescatado un episodio poco conocido de nuestra historia, el brindarnos la oportunidad de reflexionar acerca de una actitud intolerante y un modo particular de hacer polémica que, tal parece, no ha cambiado mucho en más de un siglo.
Lo de la clase de ciencias fue solo el detonante. La Iglesia Católica llevaba más de veinte años enfrentada con la educación pública. En 1884, el presidente Próspero Fernández, además de haber expulsado al obispo Thiel y a los jesuitas, había prohibido las órdenes religiosas, había introducido el matrimonio civil y el divorcio y había secularizado los cementerios y la enseñanza. La Iglesia, golpeada con esas disposiciones, se mantenía a la defensiva frente a las instituciones del Estado, a las que consideraba hostiles.
Por otra parte, al asumir la dirección del Liceo de Heredia, Roberto Brenes Mesén, que era masón y aficionado a las sesiones espiritistas, había sido recibido con sospechas por parte de los católicos heredianos.
Dos semanas después de la clase del profesor Orozco, el padre Rosendo de Jesús Valenciano denunció, en un periódico católico, que en el Liceo se enseñaba que el hombre descendía del mono y, por medio de unas Cartas a una señorita colegiala, invitaba a las muchachas a refutar esa enseñanza. El artículo venía con la chanita de mentar a un "chilenoide" y, como tanto el profesor como el director del Liceo habían estudiado en Chile, se sintieron aludidos.
El libro recoge los distintos momentos que atravesó la polémica, pero más allá de los argumentos esgrimidos y las firmas que los suscribieron, llama la atención las armas que utilizaron.
La alusión personal estuvo presente desde el inicio. Lo primero que se desató, como era de esperarse en un pueblo chico e infierno grande, fue una guerra de chismes. Se dijo que en Liceo se proferían inmoralidades en clase. Una familia sacó a su hija de la institución porque le hablaron de amor libre. Un profesor varón tuvo la osadía de explicar, frente a las señoritas, lo antihigiénico que resultaba el uso de corsé.
El humor y el uso de anónimos no tardó en aparecer. Primero circuló una hoja suelta con el título de Viva Heredia, firmada por "Eduardo Chimpancé", en la que, unos versos con rima, hacían burla de los católicos heredianos. La respuesta no se hizo esperar y, firmadas por "Monillo Tití", aparecieron otras rimas contra el Liceo. Se desató una guerra de panfletos con ataques cada vez más frontales.
Como en toda polémica tica, llegó el momento de poner a asolear los chuicas sucios. Se mencionaron prácticas indecorosas de los sacerdotes que iban, desde avances sexuales con hombres y mujeres, hasta malos manejos de dinero. Los curas devolvieron las pedradas con buena puntería. En este punto, ya nadie se acordaba de la clase de ciencias. La polémica, que había llegado a los periódicos, se ocupaba en calificar a los clérigos o a los profesores (dependiendo del bando de quien escribiera), como unos monstruos perversos e inmorales que solo hacen daño a la sociedad.
En la mejor tradición inquisitorial, se prendieron hogueras en las puertas de los templos para arrojar al fuego las publicaciones del enemigo. Brenes Mesén, mientras tanto, no tenía fuego en su casa porque los católicos campesinos se negaban a venderle leña. Su esposa tenía que recurrir a sus amistades para que le compraran el diario en el mercado.
Alguien señalaría en un artículo que todo ese debate no era más que una cortina de humo deliberadamente provocada para distraer la atención de asuntos realmente importantes, como la situación de la Compañía bananera y la Northern. Al que insinuó semejante complot, también le llovió.
En el libro hay dos figuras principales: Brenes Mesén y el padre Valenciano. La imagen que queda de ambos, no es muy favorable. Ambos tenían en común una actitud autoritaria, intransigente y llena de prejuicios. Ambos, además, estaban equivocados.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que Brenes Mesén no era un monstruo inmoral satánico que quería destruir la moralidad de la juventud, como creía el padre Valenciano. Hoy sabemos que Brenes Mesén era un intelectual seriamente preocupado por el desarrollo del país y, paradójicamente, tenía ideas muy conservadoras.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que el padre Valenciano no era un inquisidor oscurantista y medieval enemigo de la ciencia, como creía Brenes Mesén. Hoy sabemos que el padre Valenciano fue un hombre culto, poeta y músico, que trabajó por el bienestar espiritual, educativo y material de las comunidades a su cargo y, paradójicamente, tenía ideas muy progresistas.
Ninguno de los dos pudo ver a quién tenía al frente. Como don Quijote arremetiendo contra los molinos, no lucharon contra un enemigo real, sino imaginario.
La ciudad de los monos muestra claramente cómo los prejuicios nos vendan los ojos.
La lectura del libro, de alguna forma nos remite a polémicas recientes o actuales en las que, pese al alto nivel intelectual de los antagonistas, en vez de un debate de altura, hubo un intercambio de golpes bajos.
Los prejuicios, la intransigencia y la intolerancia siempre echan a perder las discusiones más interesantes y necesarias.

INSC: 1123

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Poesía es más que palabras.

Enigmas de la imperfección. Carlos
Francisco Monge. EUNA Costa Rica 2002.
Casi al finalizar este libro hay un texto titulado "Nuevas instrucciones para escribir un poema", en el que, como si se tratara de una receta de cocina y al estilo de esos colgantes que venden en las tiendas de tarjetas con la fórmula de un hogar feliz o de un romance perfecto, se van citando los ingredientes que hay que ir revolviendo, acompañados de las recomendaciones del caso.
Como es fácil de suponer, el efecto emocional más intenso durante la lectura de esas páginas es la vergüenza ajena. Semejante muestra de candidez, ingenuidad y cursilería resultaría empalagosa hasta en el álbum de una colegiala, pero viniendo de la pluma de un poeta con más de media docena de libros publicados, pone a prueba hasta la más curtida capacidad de asombro. De sobra está decir que en esas "nuevas instrucciones" no hay nada nuevo. Sin embargo, ese penúltimo poema, con su cierre, brinda una clave más que reveladora sobre la concepción de poesía en que se fundamenta esta propuesta.
Luego de indicar que, para escribir un poema, los ingredientes son, entre otros, "un poquitín de tristeza, tres gotas, por si acaso, de alegría, dos chistes, un clavel" y otras cositas lindas por el estilo, el texto cierra de una manera contundente: "No olvidar lo mejor: palabras, palabras y palabras".
Sin detenernos a reflexionar sobre lo inútiles que han sido las campañas de los profesores de español con el fin de evitar que el infinitivo se use como imperativo, estos últimos versos contienen y expresan toda una posición sobre la poesía que valdría la pena cuestionar, discutir y analizar.
¿Serán en realidad las palabras "lo mejor" de un poema? Hay quienes lo creen y todos sabemos lo circulares que son, en poesía, las discusiones sobre forma y contenido. Si Carlos Francisco Monge cree realmente que "lo mejor" de un poema son "palabras, palabras y palabras", eso explica muchísimas cosas, entre ellas, para irnos al otro extremo, el primer poema del libro.
El poemario arranca con un juego de pólvora titulado Icor de la poesía, en que en cada verso todas las palabras que lo componen empiezan con la misma letra. En el primero, todas con la I; en el segundo, con la C; en el tercero con la O, en el cuarto con R y así sigue hasta el verso catorce en que todas las palabras empiezan con la A. Tratándose de una composición de catorce versos, se encuentra dividida, como era de esperarse, en dos cuartetos y dos tercetos. 
La inmensa mayoría de las personas, incluyendo los amantes de la poesía, pierde la costumbre de contar las sílabas de los versos en cuanto termina la secundaria, pero si a alguien se le ocurriera contarlos y es capaz de recordar las sinalefas y demás hierbas aromáticas de que hay que echar mano, se llevaría la predecible sorpresa de descubrir, al final de la suma, que todos los versos tienen once sílabas.
A este poema, para ser un soneto perfecto, solo le faltó la rima consonante, pero bueno, tampoco se puede pedir tanto. Después de todo, estamos en el siglo XXI. ¿O no? El asunto es que cualquiera es capaz de comprender que un poema como este no se escribe de la noche a la mañana, que un esfuerzo así requiere de habilidad, imaginación, tiempo, paciencia y una buena devoción por el oficio. Ante los resultados, sin embargo, más de un lector podría preguntarse si valió la pena tanto derroche de talento. Icor de la poesía es un poema que impresiona pero no conmueve y, ciertamente, abrir un poemario tratando de dejar al lector con la boca abierta es un arma de doble filo. Puede acabar cerrando las puertas de una sensibilidad que, tal vez, de no haber sido expuesta a tanta maroma, estaría más dispuesta a entrar en sintonía con lo que se le ofrece.
Como era de esperarse, el nivel de armazón poético de la primera entrega no se mantiene a lo largo de todas las poco más de noventa páginas del libro. No digamos lograrlo, sino solo proponérselo significaría una faena titánica.
A decir verdad, más bien el Icor de la poesía es el único poema del conjunto que se deja venir con toda la pompa y circunstancia y, con solo dar vuelta a unas cuántas páginas, aparecen los poemas más cándidos y elementales que uno pudiera imaginarse. Para conocer a un narcisista o Instrucciones para desconfiar de la sombra son dos de los más remarcables en este sentido. Como para ir preparándonos para la gran revelación de las últimas páginas ("lo mejor son las palabras"), a mitad del libro están ¿Qué decir de un poema? e Instrucciones para escribir un poema, en los que ya, de alguna forma se vislumbra hacia dónde es que nos dirigimos.
Lo que más incomoda de este libro es su medianía, su tono desabrido, sin misterios y sin impactos. Enigmas de la imperfección es un libro de poesía en voz baja.
Su lectura genera diversas reflexiones. Concentrándonos en dos podríamos, en primer lugar, retomar el asunto del inicio. ¿Son las palabras "lo mejor" de un poema? Sobre este punto, no hace mucho un gran escritor se dejó decir que el oficio de poeta consiste en "tratar de atrapar, con la palabra, algo que está más allá de la palabra".
Es verdad que los poemas están hechos con palabras, pero es ciertamente triste leer un poema que no es más que un montón de palabras. La palabra no es un fin, es un medio. Es un símbolo, un signo, una portadora de significado. La segunda reflexión que despierta la lectura de este libro, es sobre el conservadurismo que, salvo pocas excepciones, caracteriza la producción poética en Costa Rica. En los años setenta, por la vigencia que mantenía don Julián Marchena, se presumía con la broma de que Costa Rica era el único país del mundo con un poeta modernista vivo. Me pregunto si habrá poetas reconocidos, en otros latitudes, que en el siglo XXI arranquen un poemario con un soneto endecasílabo en que todas las palabras de cada verso empiecen con la misma letra. Por cada poeta costarricense que intente transitar por nuevos caminos, hay varias docenas dispuestos a caminar para atrás.
En los ochenta, los noventa y la primera década del 2000, de manera esporádica, aunque contundente, aparecieron libros que demostraron que la poesía en nuestro país (o al menos ciertos cultures de ella) está dispuesta a no quedarse estancada en estéticas pretéritas. Enigmas de la imperfección, es obra de retaguardia, y no de vanguardia, si se confronta con la producción poética tica de los últimos veinte años.
No se le pueden pedir peras al olmo. Carlos Francisco Monge fue firmante, en 1977, del Manifiesto Trascendentalista, una propuesta que ya para la época era anacrónica y conservadora, en la que, tras separar "la falsa poesía" de "la poesía verdadera", condenó todo lo que después se impuso.
Ciertamente, de los cuatro firmantes del manifiesto (Albán, Dobles, Bonilla y Monge), Carlos Francisco ha sido el que más se ha ido apartando de los recursos de rimbombancia y grandilocuencia característicos de los otros tres y de la legión de adeptos que se les ha unido a lo largo de los años. De hecho, Enigmas de la imperfección está en alguna medida purificado de los recursos trascendentalistas, pero ni siquiera esa limpieza logra evitar que el lector cierre este libro con cierto malestar.

INSC: 1566
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...