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jueves, 16 de enero de 2020

Pancha Carrasco, heroína real y legendaria.

Francisca Carrasco.
Carlos Manuel Zamora Hernández.
Dirección de Mujer y Familia. Ministerio de
Cultura, Juventud y Deportes. Costa Rica, 1985.
En la carta que, el 21 de julio de 1884, dirigió al Congreso para solicitar una pensión que aliviara la pobreza en que vivía, Francisca Carrasco afirmó que ella había sido la única mujer que formó parte del ejército, que sirvió como asistenta del General en Jefe y de su Estado Mayor, que en diversas batallas contra los filibusteros de William Walker, incluyendo la Batalla de Rivas el 11 de abril de 1856, participó también como soldado y que tuvo la fortuna de señalarse entre las más valientes y denodadas patriotas.
No entra en detalles sobre sus acciones militares porque eso sería, además de "inmodesto", innecesario, porque su aporte, dice, es bien conocido por todos los que lucharon en aquella gesta histórica. 
Se dice que las labores asignadas a Francisca Carrasco, o Pancha Carrasco como acabó siendo conocida por la posteridad, eran lavar y coser la ropa de los soldados, así como cocinar y servirles los alimentos, pero que, una vez frente al enemigo, también tomó el fusil y entró en combate. Algunos autores, Luis Ferrero entre ellos, llegaron a publicar que, por su letra grande, clara y redonda, fue secretaria de don Juan Rafael Mora Porras. También hay quienes le atribuyen tareas de enfermera o de mensajera. No faltan tampoco quienes sostienen que el famoso cañoncito que los filibusteros le quitaron a los ticos en la Batalla de Rivas fue recuperado por Pancha.
Con el correr de los años, la figura de Pancha Carrasco ha acabado siendo protagónica en todos los episodios de la Campaña Nacional de 1856, pero muchas de las afirmaciones que circulan sobre ella son poco comprobables o abiertamente falsas. 
Es normal que esto ocurra, porque todos los héroes históricos están construidos con una mezcla de realidad y leyenda en que resulta a veces muy difícil separar lo que en verdad hicieron y lo que les inventaron luego. De primera entrada, en el caso de Pancha Carrasco, resulta un tanto extraño que haya sido la única mujer que acompañara a las tropas de 1856. Ciertamente su nombre es el único que se conoce, pero podría suponerse que debieron de haber otras. Una sola cocinera y lavandera no podría atender a un ejército de más de dos mil soldados. Se sabe que los boyeros que trasladaban el café en carreta, desde el valle central hasta Puntarenas, iban acompañados por sus esposas e hijas para que cocinaran. Sin embargo, si algún historiador quisiera investigar la participación de otras mujeres en el ejército costarricense de 1856, probablemente se encontraría un gran vacío de información. Los reportes describen las acciones de los oficiales de alto rango, pero casi nunca se refieren a los actos individuales de los miembros de la tropa. Si no mencionaban a los soldados, mucho menos a las cocineras y lavanderas.
Francisca "Pancha" Carrasco.
1816-1890
En 1985, la Dirección General de Mujer y Familia del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, publicó el libro Francisca Carrasco, del historiador Carlos Manuel Zamora Hernández. Aunque es una obra muy breve, de poco más de treinta páginas, tiene el mérito de separar adecuadamente lo que consta en documentos de lo que es leyenda popular. El estudio tiene algunos errores. Da a entender que Walker fue enviado por Estados Unidos, cuando en realidad fue llamado a Nicaragua por el contrato que firmó su amigo Byron Cole con Francisco Castellón. Dice que Pancha Carrasco fue a la guerra para acompañar a su marido, Gil Zúñiga, que era soldado, pero en ese tiempo Francisca todavía estaba casada con Espíritu Santo Espinoza quien, por cierto, murió en la Batalla de Rivas. 
Pero haciendo a un lado estos y otros pequeños detalles, lo verdaderamente importante en el trabajo de Carlos Manuel Zamora Hernández, es que recopila la leyenda pero también la cuestiona.
Pancha Carrasco nació en Cartago, hija de José Francisco Carrasco Méndez y María de la Trinidad Jiménez Rodríguez. El acta de matrimonio de sus padres, celebrado en marzo de 1815, se conserva, así como también el registro de bautismo de tres hijos de la pareja: Petronila de Jesús (1817), Andrea de Jesús (1818) y Pablo de Jesús (1824). Sin embargo, no se han encontrado registros sobre el bautismo de Francisca que, se supone, era la mayor y debió de haber nacido en 1816.
En sus Crónicas de Antaño, don Ricardo Fernández Guardia cuenta que el 10 de setiembre de 1842, mientras Francisco Morazán montaba a caballo por el centro de San José, fue insultado por un pequeño grupo de mujeres y una de ellas le lanzó una pedrada que le dio en la cara. Morazán no le dio importancia al hecho y se refugió en el cuartel. A la mañana siguiente lo que recibió no fueron piedras sino balas de los hombres liderados por Tata Pinto, que acabaron fusilándolo cuatro días después. Aunque Fernández Guardia no menciona nombres, escritores posteriores han llegado a afirmar que Pancha Carrasco era la lideresa de aquel grupo de mujeres y no faltará alguno que diga que ella en persona fue quien arrojó la piedra.
Cuando don Juanito Mora llama a la movilización de tropas para ir a luchar a Nicaragua, Pancha ya era una mujer de cuarenta años de edad que se había casado, había tenido dos hijas de las cuales una murió pequeña, había enviudado y se había vuelto a casar. Su primer marido, Juan Manuel Solano Montoya, era el padre de sus hijas. Su segundo marido, Espíritu Santo Espinoza Ríos, como ya se dijo, murió en la Batalla de Rivas el 11 de abril de 1856. Cuando se desató la peste del cólera, las tropas regresaron a la capital y, el 30 de mayo de 1856, Pancha contrajo matrimonio con Gil Zúñiga Solano, quien también luchó en Rivas. La madre de Pancha murió en 1856, pero no se conoce la causa ni la fecha, así que no se podría afirmar que haya sido víctima de la epidemia.
No hay documentos en que conste la participación de Pancha Carrasco en acciones bélicas. Sobre el episodio del cañón recuperado, así como sobre la gesta de Juan Santamaría, existen distintas versiones. Aunque en Costa Rica se conmemora la Batalla de Rivas como un triunfo sobre los filibusteros, el enfrentamiento dejó en las tropas costarricenses centenares de muertos y heridos. Se dice que el día siguiente a la batalla, mientras los soldados enterraban a sus compañeros caídos, Pancha le servía de enfermera al Dr.Carl Hoffman que debió realizar numerosas curaciones, cirugías y hasta amputaciones. Sin embargo, hay que repetirlo, no hay documentos en que consten estas acciones de Francisca.
Lo que sí quedó ampliamente documentado en los archivos fue una serie de expedientes judiciales, posteriores a la guerra, sobre diversas querellas que Pancha planteó en los Tribunales. Tal parece que su vida familiar fue mucho más que complicada. Denunció a una vecina, primero, y a una hija de su tercer marido, después, por haberla insultado en vía pública. A su marido Gil Zúñiga Solano, lo acusó por agresión. "Me ha querido matar a golpes y no me da lo suficiente para vivir." Como su marido mantenía una relación extraconyugal con una vecina llamada Fulgencia Palma, a él le abrió una demanda de divorcio y a "la otra" la acusó de adulterio. Los cargos contra su marido agresor e infiel fueron retirados y, tras la muerte de Pancha, Gil Zúñiga Solano se apropió de los pocos bienes de su esposa fallecida, razón por la cual, María Manuela Solano Carrasco, la hija de Pancha, planteó una demanda en su contra.
Lo verdaderamente revelador de todos estos expedientes, es que Pancha los presentó verbalmente y al pie de los documentos se dejó anotado que ella no sabía firmar. En aquellos tiempos, algunas personas que no sabían leer y escribir, al menos eran capaces de trazar una firma, pero Pancha ni siquiera podía hacer eso, ya que era completamente analfabeta. Al toparse con tal descubrimiento, Carlos Manuel Zamora, el autor del libro, fue a entrevistar a Luis Ferrero Acosta, quien en una serie de artículos había afirmado que Pancha había sido secretaria de don Juanito. Don Luis manifestó desconocer esos expedientes judiciales y afirmó que en el Museo Histórico Juan Santamaría estuvieron expuestas al público cartas escritas por Pancha Carrasco. Esas cartas, naturalmente, desaparecieron en cuanto se supo que Pancha no sabía leer ni escribir.
La carta que envió al Congreso, solicitando una pensión, en que recordaba sus méritos y se declaraba pobre y vieja, fue firmada por Gil Zúñiga, su marido.
La respuesta tardó en llegar. Pancha planteó su solicitud el 21 de julio de 1884 y no fue sino hasta el 8 de setiembre de 1886, más de dos años después, que el presidente Bernardo Soto Alfaro dispuso concederle una pensión de quince pesos mensuales por haber servido "en calidad de cantinera" en el ejército costarricense. Vale aclarar que, aunque popularmente se le llama cantina a un establecimiento que vende licores, en el lenguaje militar se le llama cantina al comedor.  Es decir, Francisca trabajaba cocinando y sirviendo alimentos a los soldados.
Cuando Pancha Carrasco murió, el 31 de diciembre de 1890, a los 74 años de edad, el gobierno de José Joaquín Rodríguez Zeledón decretó duelo nacional y dispuso que sus funerales fueran oficiales y con honores militares.
El libro de Carlos Manuel Zamora Hernández fue publicado en 1985 y menciona una iniciativa que, ese mismo año, presentó la diputada Matilde Marín de Soto, para que Pancha Carrasco fuera declarada Heroína Nacional. La propuesta, como la solicitud de pensión, se demoró bastante. En 1994, Pancha Carrasco fue declarada "Defensora de las Libertades Patrias"  y en 2012 "Heroína Nacional",
El reconocido genealogista Mauricio Meléndez Obando publicó en 2006 un valioso estudio sobre Pancha Carrasco, en que se refiere ampliamente a los mitos que se han creado en torno a su figura.
Bien mirado, a Pancha Carrasco no hay que inventarle episodios grandiosos para considerar que su vida fue heroica. Por lo que sabemos, ella era una mujer modesta, analfabeta y de orígenes humildes, que debió afrontar, durante toda su vida, circunstancias muy difíciles. Sufrió la muerte de su hija mayor así como la de su primer y segundo marido. Para mantenerse, debió estirar el poco dinero que ganaba como cocinera o lavandera. Estuvo en la guerra y le tocó ver caer muertos a sus compañeros de travesía y a su propio esposo. Regresó a la patria viuda y, al final de su vida, debió soportar la pobreza, la infidelidad, los maltratos y la violencia en su propia casa. La Patria reconoció sus servicios con una pensión mensual de quince pesos. Cincuenta céntimos diarios en un tiempo en que la cajuela de frijoles costaba un peso y las maestras de escuela, que recibían sueldos muy bajos, ganaban cincuenta pesos al mes.
Más que una mujer guerrera, fue una mujer sufrida y, como ella, en la guerra de 1856 y en toda la historia de Costa Rica, debieron de haber habido muchas otras. Si la medalla que llevó en su pecho, el recuerdo de su nombre, la pensión de quince pesos, los funerales con honores militares y la declaratoria de Heroína Nacional, sirven de alguna forma para que tengamos presente en nuestra memoria a otras mujeres con vidas tan heroicas como la suya, su figura, sin necesidad de agregarle nada legendario o mitológico, es de gran importancia en la actualidad y lo será también en el futuro.
INSC: 2225 

sábado, 18 de noviembre de 2017

La Universidad de Santo Tomás.

La Universidad de Santo Tomás. Paulino
González. Editorial de la Universidad
de Costa Rica. Costa Rica, 1989
La corta vida de la Universidad de Santo Tomás muestra que, aunque Costa Rica sea en la actualidad un país con amplio acceso a las oportunidades de estudio, históricamente el asunto ha tenido sus altos y bajos. El establecimiento de la Universidad fue un gran logro que, pese al esfuerzo invertido y los frutos alcanzados, solamente funcionó durante cuarenta y cinco años. La Universidad fue creada el 3 de mayo de 1843 y clausurada el 20 de agosto de 1888. 
Al estudiar la historia del país, pocos se detienen a considerar los benificios que brindó a la sociedad costarricense el haber tenido universidad brevemente en el Siglo XIX, así como el daño que significó quedarse sin universidad por más de cincuenta años. 
La tesis de grado del historiador Paulino González, presentada en 1972 y publicada, tras la muerte del autor, en 1989, es un trabajo, breve pero muy completo, sobre la Universidad de Santo Tomás. Además de la reseña histórica propiamente dicha, explica el funcionamiento académico y administrativo de la institución y es tan detallado que hasta consigna lo nombres de los profesores y las cuotas de matrícula. 
La educación formal, en Costa Rica, debió recorrer un largo camino antes de organizarse en forma estructurada. Durante la Conquista y la Colonia eran los misioneros quienes alfabetizaban a los habitantes. El padre Diego Aguilar, considerado el primer maestro en Costa Rica, tenía una escuelita en 1594 y Fray Agustín de Ceballos, alrededor de 1605, llegó hasta a escribir un Catecismo en lengua huetar, pero a lo más que se aspiraba era a que los niños aprendieran la Doctrina y fueran capaces de leer, escribir y contar. En 1782, el obispo Esteban Lorenzo de Tristán quiso establecer en el país una escuela de estudios superiores y un hospital, pero ambas iniciativas fracasaron por resistencia de los propios habitantes, quienes creían que tales instituciones, simple y sencillamente, no hacían falta. 
En forma similar a como ocurrió posteriormente con la Univesidad de Santo Tomás, el Hospital San Juan de Dios, fundado originalmente en Cartago en 1782, funcionó solamente doce años, por lo que tras su cierre, en 1794, y hasta la nueva fundación, esta vez en San José, en 1852, Costa Rica estuvo cincuenta y ocho años sin hospital.
Tras la declaración de Independencia, el primer Jefe de Estado, don Juan Mora Fernández, que era maestro, encargó a las municipalidades la administración de las escuelas e impuso una multa a los padres que no matricularan a sus hijos en ellas. Don Braulio Carrillo fue más allá y en La ley de bases y garantías, estableció que los padres que descuidaran la instrucción de sus hijos perderían su custodia y hasta la nacionalidad. Lo que se enseñaba, en todo caso, seguía siendo lo básico.
El padre Manuel Alvarado, síndico de la Municipalidad de San José, fue el encargado de estructurar la primera institución de estudios formales del país, que abrió en 1814 con el nombre de Casa de Enseñanza de Santo Tomás y tuvo como primer director al Bachiller Rafael Francisco Osejo. En el nuevo centro, los niños y jóvenes estudiaban latín, gramática, filosofía, álgebra, historia y ciencias. Para mantener la disciplina, los profesores estaban autorizados a azotarlos con coyunda o palmeta pero, debido a ciertos abusos, el castigo físico fue suprimido en 1822. En cuanto los estudiantes supieron que los profesores no podían pegarles, aprovecharon para vengarse y empezon a pegarles a ellos, por lo que el permiso a los docentes de dar azotes, tras muchas discuciones, fue restablecido en 1823.
Además de violento, el ambiente era algo confuso. Los estudiantes debían asistir a Misa y rezar el rosario diariamente, pero los textos y las clases eran más bien de tendencia liberal. Los jóvenes pronto se aburrían de las complicadas clases de latín y de las pesadas lecturas de los autores de la Ilustración y optaban por abandonar las aulas y volver al trabajo del campo, que era lo suyo. 
Como los muchachos no concluían los estudios, la primera graduación tuvo lugar más de veinte años después de abierta la casa. Vicente Herrera Zeledón fue el primero en recibir el título de Bachiller, el 4 de enero de 1859. Sus compañeros de graduación fueron Ramón Carranza, José Antonio Pinto, Pío Alvarado y Antonio Salazar.
En 1843, el Dr. José María Castro Madriz, ministro general del Jefe de Estado José María Alfaro propuso que la Casa de Enseñanza se convirtiera en Universidad. El decreto de creación se firmó el 3 de mayo de ese año pero, por los preparativos necesarios, la inauguración tuvo lugar en abril del año siguiente con cursos de filosofía, gramática latina y matemáticas. Posteriormente se incluyeron clases de economía, Derecho, ingeniería, Medicina, Farmacia, inglés, francés y alemán. 
En 1853, a petición del gobierno de don Juan Rafael Mora Porras, el Papa Pío IX le concedió a la Universidad el título de Universidad Pontificia. Esta declaratoria le otorgaba al obispo autoridad de aprobar o rechazar profesores, cursos o libros de texto, sin embargo, los profesores gozaron de absoluta libertad de cátedra. La única vez que a un profesor se le llamó la atención fue cuando, en 1875, don Vicente Herrera Zeledón debió exigirle al Dr. Lorenzo Zambrana que no utilizara su clase como tribuna propagandística.
La Universidad de Santo Tomás se ubicaba en avenida segunda
y calle tres. En la foto, al fondo a la izquierda, se aprecia 
una de las torres de la Catedral.
La Universidad de Santo Tomás era verdaderamente autónoma ya que, aunque el trabajo del rector era supervisado por el gobierno, la institución gozaba de recursos propios, es decir, no constituía una carga para el Estado. No como ahora, que las universidades públicas son autónomas en todo menos en su financiamiento, que pesa sobre los hombros de todos los contribuyentes sin que ninguno tenga derecho a exigir cuentas. Ser profesor en la Universidad de Santo Tomás era un honor, no un privilegio. Cuando un profesor obtenía el grado de Catedrático, en vez de ver aumentados sus ingresos, más bien quedaba obligado a donar una cuarta parte de su sueldo a la Universidad. Los profesores podían pensionarse, tras veinte años de servicio, con la mitad de su salario pero, años después y por iniciativa de los propios interesados (si les puede llamar así), se redujo el monto de la pensión a solamente un tercio.
El mayor problema que afrontó la Universidad fue que los jóvenes no tenían interés por matricularse en ella. Ya fueran pobres o ricos, hijos de peones o de cafetaleros, consideraban suficiente lo aprendido en la primaria y, en vez de calentarse los sesos con complicadas lecturas y operaciones matemáticas, preferían dedicarse a la agricultura o el comercio. Con el propósito de ir formando su propio semillero, la Universidad estableció, en 1875, el Instituto Nacional, un colegio de secundaria al que traían niños interesados y capacitados para el estudio. Los inspectores visitaban las escuelas rurales para buscar talentos. Cuando el maestro de pueblo recomendaba a alguno de sus alumnos, el inspector visitaba su casa y, de golpe, le soltaba al padre la pregunta: "¿Usted me da permiso de llevarme a su chiquito a San José para que sea educado en el Instituto Nacional?"
En ese momento, el humilde campesino seguramente quedaba con la boca abierta y, tras reponerse del susto, dirigía una mirada a su hijo descalzo y de cara sucia al que querían hacer un Doctor de esos que saben latín y discuten cosas que nadie entiende.
Los estudios en el Instituto Nacional y la Universidad de Santo Tomás eran cosa seria. Además de latín, debían llegar a dominar al menos otra lengua (inglés, francés o alemán). El estudio de la filosofía, la gramática y la Historia era a un nivel muy profundo y las interminables lecturas eran seguidas por un examen implacable. En la carrera de Derecho, por ejemplo, no se estudiaba la legislación costarricense, que se llegaría a dominar luego en la práctica, sino Filosofía del Derecho, Derecho Romano, Common Law británico y el Código Napoleónico, Es decir, la Universidad de Santo Tomás no graduaba abogados sino, más bien, juristas. 
El bachillerato y la licenciatura se obtenían aprobando exámenes orales ante un tribunal, pero para alcanzar el título de Doctor había que presentar una tesis. El sistema era muy severo. Al candidato se le presentaban varios papeles doblados y debía escoger uno al azar, en que estaba escrito el tema sobre el que debería presentar su tesis. Inmediatamente lo encerraban en una habitación con todos los libros que quisiera llevarse de la biblioteca y ahí debía permanecer, sin pan ni agua, hasta que terminara de escribir su tesis. Cuando salía, leía su escrito ante los catedráticos, quienes luego lo acribillaban con preguntas y objeciones. Lo duro del caso es que los examinadores ya se habían preparado sobre el tema, mientras que el aspirante debía salir del paso con lo que  ya sabía o lo que acababa de repasar.  
Quienes, incluso sin llegar a graduarse, pasaron por las aulas de la Universidad de Santo Tomás, inevitablemente adquirieron una amplísima cultura general. Eso explica el alto nivel tanto literario como de contenido, de los periódicos y los debates políticos en la segunda mitad del Siglo XIX. Aunque buena parte de la población seguía siendo analfabeta, el país contaba con grandes intelectuales, no todos ellos, por cierto, de familias adineradas. Don Cleto González Víquez, don Máximo Fernández Alvarado y don Pedro Pérez Zeledón, por citar algunos, tenían orígenes muy humildes. Mucho se ha hablado de las diferencias sociales entre ricos y pobres, entre dones y descalzos, entre levas y chaquetas, pero, más allá del dinero, en cualquier sociedad la cultura tiene también su peso. Hubo grandes finqueros, dueños de beneficios y exportadores de café que nunca metieron la cuchara en los debates nacionales, mientras que los hijos de campesinos que tuvieron la oportunidad de estudiar en la Universidad de Santo Tomás llegaron a ser influyentes en la toma de decisiones.
Antes de que se fundara la Universidad de Santo Tomás, para obtener un grado académico había que trasladarse a Nicaragua o a Guatemala, como hicieron don Florencio del Castillo, Fray Antonio de Liendo y Goicoechea, Mons. Anselmo Llorente Lafuente, don Carlos y don Julián Volio, el Dr. Jesús Jiménez o el propio Dr. Castro Madriz. El dinero obtenido por las exportaciones de café le permitió a los hermanos Mariano y José María Montealegre estudiar en Europa. Pero mantener a un hijo en el extranjero durante años no era algo que estuviera al alcance de todas las familias.
El rostro Mauro Fernández Acuña (1843-1905), quien dejó a
Costa Rica sin universidad aparecen en los billetes de dos mil
colones.
El cierre de la Universidad de Santo Tomás, en 1888, devolvió el país a esa situación ya superada. Durante los cincuenta años que Costa Rica estuvo sin universidad, solamente los hijos de familias ricas tuvieron oportunidad de estudiar afuera. 
Mauro Fernández Acuña, Ministro de Educación durante el gobierno de Bernardo Soto, fue el proponente y ejecutor de la clausura de la Universidad. Según él, "Costa Rica no podía tener una universidad", afirmación verdaderamente absurda puesto que ya la tenía. Y, en todo caso, ¿por qué Costa Rica no podía y Nicaragua y Guatemala sí?
Don Mauro argumentaba también que había que hacer a un lado los estudios filosóficos y puramente teóricos, para sustituirlos por la formación técnica que era lo que el país necesitaba. Pero dentro de las carreras que la Universidad ofrecía estaban, no solamente Medicina e Ingeniería, sino también contabilidad y agrimensura.
Más allá de sus justificaciones, tal parece que don Mauro era uno de esos genios que, cuando se sienta en su escritorio a formular un plan, destruye todo lo que no calce con él. Quiso reestructurar y unificar la educación pública y, para lograrlo, tal parece que necesitó echar mano de los recursos, que ya eran considerables, de la Universidad.
Quienes lo defienden, dicen que cerró la Universidad pero fortaleció la educación media al fundar el Liceo de Costa Rica, el Colegio Superior de Señoritas y el Instituto de Alajuela. Sin embargo, el Instituto Nacional, para varones, existía desde 1871 y la Escuela de Niñas. En Alajuela el Instituto de Educación Secundaria que existía desde 1878 estaba cerrado y don Mauro se opuso a que fuera reabierto.. Con el Liceo de Costa Rica y el Colegio de Señoritas, al cambiarle el nombre a instituciones ya existentes, quedó como fundador de instituciones nuevas. En el caso del Instituto de Alajuela, se le atribuye la fundación de un centro de estudios abierto contra su voluntad. Afortunadamente no se metió con el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, fundado en 1869, ni con el liceo de Heredia, originalmente llamado San Agustín, fundado en 1875.
Por increíble que parezca, esos cinco centros de enseñanza fueron las únicas instituciones públicas que impartían educación secundaria hasta que don Pepe Figueres y su ministro Uladislao Gámez empezaron a fundar liceos en otras regiones del país. Durante más setenta años, los jóvenes que vivían lejos de San José, Cartago, Heredia o Alajuela, al obtener el diploma de sexto grado no continuaban estudiando, aunque quisieran y pudieran, simplemente porque no había un colegio cerca.
Profesores y alumnos intentaron evitar el cierre de la Universidad de Santo Tomás pero, a pesar de múltiples protestas, apelaciones y hasta ruegos, la clausura se concretó el 20 de agosto de 1888.
Todos los activos de la Universidad, incluyendo el edifio, en avenida segunda, pasaron a manos del Estado. Don Miguel Obregón Lizano, bibliotecario de la Universidad, logró que la amplia colección de la biblioteca de la Universidad sirviera para fundar la Biblioteca Nacional.
Solamente se mantuvieron abiertas las escuelas de Derecho y de Farmacia. En 1897, el pintor Tomás Povedano fundó la Escuela de Bellas Artes y, en 1926, por iniciativa de don Arturo Volio, el gobierno estableció la escuela de Agronomía.
La intención de reabrir la Universidad fue un anhelo constante y, en 1940, el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia y el Lic. Luis Demetrio Tinoco Castro fundaron la Universidad de Costa Rica, en la que unieron las escuelas ya existentes, Derecho, Farmacia, Bellas Artes y Agronomía junto con una nueva, de Filosofía y Letras. Aunque, al momento de la fundación de la Universidad de Costa Rica se insistió en dejar bien claro que no se trataba de la reapertura de la Universidad de Santo Tomás, la nueva institución adoptó el mismo escudo (un girasol) y el mismo lema (LUCEM ASPICIO) de la anterior.
En la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, de la Universidad de Costa Rica, se conservan los dos enormes retratos al óleo del Dr. José María Castro Madriz y de su tío el padre Juan de los Santos Madriz, fundador y primer rector, respectivamente, de la Universidad de Santo Tomás.
INSC: 1952
Fachada de la Universidad de Santo Tomás.

martes, 14 de noviembre de 2017

Adolphe Marie periodista en Costa Rica de 1849 a 1856.

Pinceladas periodisticas de la Costa
Rica del Siglo XIX por Adolphe Marie.
Jeannette Bernard Villar. Ministerio
de Cultura Juventud y Deportes.
Costa Rica, 1976.
Cuando, en 1852, el escritor alemán Wilhelm Marr estuvo en Costa Rica y manifestó su interés por conocer a los personajes notables del país, le recomendaron que asistiera a las peleas de gallos, puesto que allí los encontraría a todos. La descripción que dejó escrita en la crónica de su viaje es en verdad pintoresca.
A las tres de la tarde del domingo, tras pagar un real como derecho de entrada a un galerón desvencijado, se encontró con una bulliciosa multitud en que se mezclaban "dones y descalzos", interactuando con absoluta igualdad. El presidente de la República, anotó, "no tiene escrúpulos en apostar sus pesos contra los del último peón."
Tal parece que don Juan Rafael Mora Porras, el presidente, no le causó buena impresión. Lo describe como un señor de pequeña estatura y cara llena y astuta, vestido de frac negro y pantalones amarillos. Consigna en su escrito que le dijeron que don Juanito "tan solo se ocupa en los asuntos del gobierno cuando está en juego su interés personal, y deja la política menuda en manos de su ministro Carazo, en tanto que un francés, Monsieur Adolphe Marie, atiende la alta política, es decir, la correspondencia con las naciones extranjeras."
Haya sido cierto o no lo que le dijeron, la leyenda de que, durante la presidencia de don Juanito, Manuel José Carazo gobernaba y Adolphe Marie escribía. fue repetida tanto por amigos como enemigos de su administración. A Adolphe Marie se le atribuye hasta la redacción de las dos proclamas de don Juanito contra los filibusteros de William Walker, que contienen, por cierto, expresiones que remiten a la Marsellesa, himno nacional de Francia. De la enorme cantidad de documentos que aparecen firmados por don Juanito, hay unos de expresión simple y redacción atropellada, mientras que otros son de giros complejos, vocabulario elevado y elegante prosa. Muchos han supuesto que esta disparidad se debe (tomando en cuenta el hecho de que don Juanito no cursó estudios superiores) a que los primeros son obra enteramente suya, mientras que los segundos debieron haber sido redactados por su colaborador francés. Si no se los escribía, al menos se los corregía, porque la prosa de don Juanito desmejoró mucho a partir de 1856, año de la muerte de Adolphe Marie.
No hay muchos datos sobre la vida de Adolphe Marie. Se supone que nació en Francia en 1816, pero se desconocen el lugar y la fecha exacta. Tampoco se sabe cuándo ni por qué motivo decidió emigrar a América. Arribó a Costa Rica en 1848 en compañía de Juan José Flores, el militar venezolano que fue tres veces presidente de Ecuador. Se ignora también a qué se dedicó el francés durante su primer año en Costa Rica. Su nombre se hizo notar cuando, el 26 de mayo de 1859, publicó un artículo en el periódico El costarricense, que fue muy apreciado por la alta sociedad josefina.
El debut de Adolphe Marie en la prensa costarricense, de la que se convirtiría en figura principal casi inmediatamente, no fue, como los que escribiría luego, un editorial político, ni una nota humorística, ni una crónica social, ni una traducción de un artículo europeo, sino, simple y sencillamente, un obituario. Escribió la nota necrológica de Manuela Escalante, hija de Manuel García Escalante y María López del Corral y Nava, que nació el 16 de julio de 1816 y falleció el 25 de mayo de 1849,  poco antes de cumplir los treinta y tres años de edad. Manuelita, que era soltera e hija de familia rica, dedicaba sus interminables horas de ocio a estudiar los clásicos latinos y griegos, dominaba la filosofía de Aristóteles y era una gran lectora de las obras de Cornelio Tácito, a quien consideraba "el escritor más profundo de todos los siglos y el que más conoció el corazón humano."
La finada Manuelita era hermana de Rafael García Escalante, tatarabuelo de mi gran amigo don Roberto Trejos Escalante y en alguna ocasión comenté con él que tal parece que su lejana pariente era una mujer de amplia cultura y clara inteligencia. Lamentablemente sus escritos no se conservaron.
Adolphe Marie se convirtió en redactor de El Costarricense y, en 1850 fundó el periódico El guerrillero, donde hizo gala de un agudo estilo satírico. Dos años después, en 1852, fundó El Eco. Ese mismo año Adolphe Marie se convirtió en colaborador cercano de don Juanito Mora, quien lo nombró redactor de La Gaceta y funcionario de confianza en las carteras de Educación y Relaciones Exteriores. Llegó incluso a representar al país en misiones internacionales. Marie dirigió también un periódico llamado El compilador, en 1853.
Algunos han dicho, equivocadamente, que Adolphe Marie fue el primer profesor de francés de la Universidad de Santo Tomás. Es verdad que Marie dio clases de francés en la Universidad durante el curso de 1855, pero el primer profesor de francés de esa institución fue don Lucas Alvarado en 1844.
Estudiosos de la historia costarricense, como don Cleto González Víquez, Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, Francisco Montero Barrantes o Luis Felipe González Flores manifestaron en algún momento el valor literario de la obra periodística de Adolphe Marie que, con el paso de los años, acabó siendo desconocida para el gran público.
En 1973. Jeannette Bernard Villar obtuvo en Francia su Doctorado con una tesis sobre Adolphe Marie, periodista en Costa Rica. Tres años después, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó Pinceladas periodísticas de la Costa Rica del Siglo XIX por Adolphe Marie, antología compilada por la Dra. Bernard. En el prólogo, la investigadora declara que, en su recopilación de documentos, no pudo dar ni con un ejemplar suelto de El Eco, por lo que esa parte de la obra de Marie tal parece que se ha perdido. La producción periodística de Marie que se conserva, en todo caso, es bastante amplia.
Adolphe Marie no siempre firmaba los artículos que escribía con su nombre completo, ya que en ocasiones solamente ponía sus iniciales: A.M. También utilizaba el pseudónimo de Fantasio, por lo que algunas de sus notas aparecen firmadas también por una F. En el libro se incluyen largas disertaciones políticas, así como notas jocosas sobre la vida josefina. Apasionado defensor de la unión centroamericana, con frecuencia polemizaba sobre este tema y se refería a publicaciones aparecidas en periódicos de otros países del Istmo. Para dar a conocer el pensamiento y figura de los escritores de su país natal, no solo publicó notas sobre Lamartine, Girardin, Chateaubriand y Víctor Hugo, sino que reprodujo, traducidos al español, artículos escritos por ellos.
Marie escribía en broma y en serio. Su extenso tratado sobre la importancia de la cortesía tiene guiños humorísticos y la crónica de la pelea de gallos entre el Paperas y el Pinto, deja muy claro la pasión que despertaba este entretenimiento entre los costarricenses de aquella época. Con un breve diálogo, Marie muestra que, mientras los dos animales se batían a muerte, no había fuerza en el mundo capaz de hacer que los asistentes abandonaran su sitio.

—Mira que arde tu casa.
—¡Que arda!
—Que te roban a tu mujer.
—¡Que se la roben!
—Que se muere tu hijo.
—¡Que se muera!

Ninguna emergencia de la Patria, dice Marie, habría podido reunir en quince días la cantidad de oro que se jugó en apenas unos minutos sobre esa pelea.
Teatro Mora, primera sala de espectáculos en Costa Rica. La foto es de
1870, cuando era llamado Teatro Municipal de San José.
Para ofrecer espectáculos más refinados que los de las galleras, el 11 de abril de 1850 inició la construcción del primer teatro en San José que, en honor al Presidente, fue llamado Teatro Mora. El edificio, que se encontraba en avenida segunda y calle seis, fue diseñado por Alejandro Escalante, usando como modelo un pequeño teatro de Lima. La inauguración tuvo lugar el 1 diciembre de 1850. Un tenor italiano de apellido Ghizzoni, interpretó canciones de Rossini, Verdi y Donnizzetti. También cantó la sueca Jenny Lind, gran amiga del escritor danés Hans Christian Andersen. La parte divertida, estuvo a cargo de un mago.
Antes de la construcción de este edificio, con platea en forma de herradura, amplio patio de butacas, espacioso escenario y palcos elevados, las únicas representaciones teatrales que había habido en Costa Rica habían tenido lugar en galerones a los que los asistentes debían llegar cargando su propia silla. Un grupo de aficionados, entre los que había costarricenses y españoles, montaron varias obras cómicas y dramáticas en el Teatro Mora, pero la primera compañía profesional en presentarse fue la del francés Mateo Fournier, que se encontraba de gira en Panamá y fue invitada a venir a Costa Rica. Debutó el 13 de diciembre de 1851 y llegó a presentar doce funciones.
Pese al esfuerzo de los promotores, el teatro no llamó mucho la atención. Adolphe Marie se quejaba de que los ticos preferían el billar, los toros y las peleas de gallos. Cuando llegó a San José un circo que, entre los saltimbanquis, tenía uno que caminaba en la cuerda floja, atrajo a su carpa una verdadera multitud,  mientras que el teatro quedó vacío.
Para colmo de males, el obispo Anselmo Llorente Lafuente, no miró con buenos ojos la apertura del teatro y mandó a los católicos que se abstuvieran de asistir a él. Para Monseñor Llorente, el teatro "constituía un peligro para la moral social y era aliciente estimulador a la conquista de ideas antirreligiosas y disociadoras."
Adolphe Marie que, entre otros cargos públicos que desempeñaba, era el censor oficial de espectáculos, defendió el teatro desde las páginas de La Gaceta. Le recordó al obispo que en la propia Roma, gobernada por el Papa, había teatros que ofrecían funciones incluso durante la Cuaresma e invitó al obispo a asistir a alguna de las funciones para que confirmara, por sí mismo, que el espectáculo no estaba reñido con la moral y las buenas costumbres y que, más bien, contribuía al enriquecimiento cultural de la población. Llorente, como era de esperar, ni aceptó la invitación ni cambió de criterio.
Por la posición del obispo, la compañía Fournier se marchó de Costa Rica. El único que se quedó fue Emilio Segura, quien se dedicó al periodismo al lado de Monsieur Marie. Pese a la amarga primera experiencia, en años posteriores la compañía Fournier se presentó dos veces más en Costa Rica y, finalmente, todos acabaron residiendo en el país. Don Mateo Fournier Hecht, hijo de Mateo Fournier, el director teatral, contrajo matrimonio con Pacífica Quirós Morales y fue el fundador de la familia Fournier en Costa Rica. Don Mateo y doña Pacífica son los abuelos de don Rodrigo Fournier Guevara y los bisabuelos del Presidente Rafael Angel Calderón Fournier.
Durante la Campaña Nacional de 1856-1857 y la peste del cólera, el teatro se mantuvo cerrado. En 1858 se reabrió con una obra teatral sobre la guerra contra los filibusteros. Tras la caída y posterior fusilamiento de don Juanito Mora, el recinto pasó a llamarse Teatro Municipal y estuvo activo unos años más.
Adolphe Marie prestó servicios importantes durante la Campaña Nacional como diplomático. Tuvo una misión muy delicada en Guatemala que tal parece fue exitosa.
Uno de los artículos de Chateaubriand que Adolphe Marie tradujo y publicó en Costa Rica trataba de la peste del cólera, que se estima que causó más de cuarenta millones de muertes en Asia, Africa, Europa y América durante el Siglo XIX. La epidemia, según el escrito de Chateaubriand, empezó en la India en 1817 y de allí se extendió por todo el mundo. En Rusia, Inglaterra y Francia, el cólera aniquiló poblaciones enteras. En Francia, por cierto, los cadáveres, en vez de ser enterrados, eran arrojados a los ríos. Entre las víctimas del cólera en Estados Unidos estuvo Ellen Galt Martin, la novia de William Walker en New Orleans.
Hoy, hasta los niños de escuela saben que el cólera lo provoca una bacteria, pero en aquellos años, cuando no se sabía de la existencia de microorganismos, Chateaubriand se preguntaba: "¿Qué es el cólera? ¿Será un viento mortal?"  El Dr. Carl Hoffmann, jefe de los servicios médicos del ejército costarricense durante la Campaña Nacional, creía que la enfermedad se podía curar frotándose con alcanfor. William Walker, que era médico, suponía por su parte que el contagio se debía a la posición que se adoptaba al dormir. Definitivamente, estaban a ciegas ante el mal y los que se salvaron del contagio lo deben a un puro milagro.
Adolphe Marie publicó el artículo de Chateabriand sobre el cólera en La Gaceta, el 31 de agosto de 1850. No pudo haber imaginado que, seis años después, la epidemia llegaría Costa Rica y él sería una de sus víctimas. La vida de Adolphe Marie fue breve. Vivió solamente cuarenta años, los ocho últimos en Costa Rica. Su figura y su obra periodística, pese al esfuerzo de la Dra. Villar, continúa siendo desconocida para el gran público.
INSC: 1709

domingo, 5 de noviembre de 2017

Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica.

Anselmo Llorente y Lafuente, primer
obispo de Costa Rica. Víctor Manuel
Sanabria Martínez. Prólogo de Carlos
Meléndez Chaverri. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1972.
La extensa biografía de Mons. Anselmo Llorente Lafuente, primer obispo de Costa Rica, fue la primera investigación histórica que realizó Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez. quien, con exceso de modestia, la presentó como Apuntamientos históricos, cuando en realidad se trata de una obra verdaderamente rica, tanto en datos como en análisis. Fue publicada en 1933 pero la edición completa, ya impresa, fue mandada a destruir por el arzobispo Rafael Ottón Castro Jiménez, a quien no le hizo ninguna gracia que un cura joven (Sanabria tenía apenas treinta y cinco años), hubiera publicado un libro en que Monseñor Llorente era retratado como un hombre de carne y hueso, que cometió errores de tacto y que en ocasiones fue incapaz de comprender las circunstancias en que vivía inmerso.
Pese a la censura que sufrió su primera obra, Sanabria, apasionado de revisar libros y documentos antiguos, continuó investigando. En 1935 publicó el libro sobre La primera vacante y en 1941 la biografía de Bernardo Augusto Thiel y los Documentos sobre la Virgen de los Angeles.
Irónicamente, cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo de San José, se convirtió en el inmediato sucesor de Mons. Castro Jiménez, quien había mandado destruir su primer libro.
La segunda edición de la biografía de Anselmo Llorente fue publicada por la Editorial Costa Rica en 1972, cuando ya Sanabria cumplía veinte años de muerto. En el prólogo, don Carlos Meléndez Chaverri destaca la rigurosidad que caracteriza a Mons. Sanabria como historiador, así como su labor de pionero en ese campo. Sanabria, por cierto, dedicó su primer libro a don Cleto González Víquez quien también fue un gran investigador que llegó publicar numerosos trabajos sobre la historia de Costa Rica.
Cabe señalar que Anselmo Llorente Lafuente no solo fue el primer obispo de Costa Rica, sino también el primer obispo costarricense. El segundo costarricense en ser consagrado obispo fue Mons. Guillermo Rojas Arrieta, primer Arzobispo de Panamá. El segundo y tercer obispo de Costa Rica, Mons Bernardo Augusto Thiel y Mons. Juan Gaspar Stork, eran alemanes. Así que, desde la muerte de Llorente, en 1871, hasta la consagración de Mons. Castro Jiménez, en 1921, pasaron cincuenta años en que la Iglesia de Costa Rica no fue gobernada por un obispo nacido en el país.
El primer intento por establecer una sede episcopal en Costa Rica tuvo lugar en 1560, cuando se propuso para ocuparla al misionero Juan Estrada Rávago, pero la iniciativa no tuvo éxito por la escasa población de la provincia. Costa Rica dependía, en lo eclesiástico, de la Diócesis de León, Nicaragua. Los obispos de León realizaban la visita pastoral al alejado territorio de Costa Rica. Fueron memorables las visitas de Mons. Pedro Morel de Santa Cruz y Mons. Esteban Lorenzo de Tristán, pero lo cierto es que ninguno de los obispos de León llegó a emprender el pesado viaje una segunda vez. 
Tras la independencia, tanto el clero como las autoridades civiles de Costa Rica consideraron importante contar con un obispo propio. Braulio Carrillo solicitó formalmente a la Santa Sede el nombramiento, haciendo la salvedad de que prefería que el elegido no fuera costarricense ni centroamericano. Su solicitud, en todo caso, no fue atendida.
En 1848, tras la proclamación de Costa Rica como República soberana e independiente, el Dr. José María Castro Madriz le escribió al Papa Pío IX, manifestándole que no era conveniente que la Iglesia costarricense dependiera de la de Nicaragua, "un país que nos hostiliza y vive casi anarquizado."
El Dr. Castro trató de presentar como candidato a obispo a su tío materno y mentor intelectual, el padre Juan de los Santos Madriz Cervantes, primer rector de la Universidad de Santo Tomás que había sido también presidente del Congreso y era un verdadero sabio. Sanabria declara, en su libro, que en su investigación no encontró el expediente de vida y costumbres del padre Madriz. Tal vez se trate de una mentirilla de su parte, porque todo el mundo en Costa Rica sabía que el padre Madriz tenía hijos con varias mujeres y uno de ellos, por cierto, era sacerdote, cosa que Sanabria debió haber sabido también y que pesó en que su candidatura no prosperara.
Don Juan Rafael Mora Porras, por su parte, trató de impulsar la candidatura del padre Rafael del Carmen Calvo, hermano de su ministro y hombre de confianza Joaquín Bernardo Calvo, pero cuando se percató que su candidato no tenía muchas posibilidades, le pidió al Papa que nombrara en su lugar a un obispo español o romano. Por alguna razón don Juanito, al igual que Braulio Carrillo, no quería que el deseado obispo de Costa Rica fuera tico.
Sin embargo, cuando en 1850 el Papa Pío IX creó la Diócesis de Costa Rica, nombró como primer obispo a don Anselmo Llorente Lafuente, nacido en Cartago el 21 de abril de 1800 y que se desempeñaba como rector del Seminario Tridentino de Guatemala. La noticia de la creación de un obispado en Costa Rica, cayó como una bomba en Nicaragua, no solo porque la Iglesia costarricense se desligaba administrativamente de Nicaragua y pasaba a ser sufragánea del arzobispado de Guatemala, sino porque el Papa, al establecer los límites de la Diócesis de Costa Rica, reconoció la soberanía costarricense sobre todo Guanacaste, territorio que, pese a la anexión proclamada en 1824, todavía Nicaragua seguía reclamando.
Anselmo Llorente Lafuente (1800-1871).
Primer obispo de Costa Rica.
En Costa Rica, el nombre del primer obispo fue una verdadera sorpresa, ya que nadie lo conocía. Tenía un año de edad cuando murió su padre y siete cuando murió su abuelo y, siendo niño, se había trasladado a Guatemala con sus hermanos varones. Allá estudió, se ordenó sacerdote, fue testigo de la proclamación de independencia el 15 de setiembre de 1821, llegó a ser presidente del hospital, rector del Seminario y hasta diputado en la Asamblea Constituyente de Guatemala en 1848.
Desde que partió, en la infancia, hasta su nombramiento de obispo, cuando ya había cumplido los cincuenta años, Anselmo Llorente Lafuente solamente había regresado a Costa Rica en dos ocasiones, en 1823 y 1830, para visitar a su madre y sus hermanas que vivían en Cartago.
Aunque nació en Costa Rica, Mons. Llorente era de una familia española por tres de los cuatro costados. Su padre, Ignacio Llorente Arcedo, era hijo de Manuel Llorente y Petronila Arcedo, naturales de Vizcaya, en el país Vasco. Su madre, Feliciana Lafuente Alvarado, era hija del teniente español Antonio de la Fuente, nacido en Castilla y de María Francisca Alvarado, criolla, descendiente de Jorge de Alvarado, el hermano de don Pedro de Alvarado, adelantado de Guatemala.
Algunos se preguntan por qué, si hay dos distritos nombrados en memoria del obispo (Llorente de Tibás, en San José y Llorente de Flores, en Heredia), el apellido Llorente haya desaparecido de Costa Rica. La razón es muy sencilla: todos los varones Llorente Lafuente se fueron a vivir a Guatemala. Cuatro de ellos, además, fueron ordenados sacerdotes. Ignacio y Anselmo fueron curas seculares, Nicolás ingresó a la Orden de Predicadores y Juan Tomás a la orden franciscana. Del otro hermano, Domingo, no se tienen registros en el país, por lo que es probable que se hayan radicado en Guatemala.
Las únicas que se quedaron en Costa Rica fueron sus hermanas que, aunque se casaron y tuvieron hijos, no transmitieron el apellido. Su descendencia, sin embargo, es muy numerosa. De su hermana Petronila Llorente Lafuente, casada con Joaquín Yglesias, descienden, entre otros muchos, los expresidentes Rafael Yglesias Castro, Federico Tinoco Granados y Abel Pacheco,  así como don Arturo Volio Jiménez y su hermano el general Jorge Volio, don Luis Demetrio Tinoco Castro, el escritor Joaquín Gutiérrez Mangel, el Lic. Fernando Soto Harrison y el Dr. Longino Soto Pacheco. De su hermana Margarita Llorente Lafuente, casada con Francisco Sáenz, descienden el Dr. Carlos Sáenz Herrera y don Guido Sáenz González. Don Guido, por cierto, me contó una vez que entre sus reliquias familiares tenía el reloj de oro del obispo Llorente y lo donó al Museo Nacional.
Una anécdota, contada por Sanabria en el libro, le resultó muy simpática a don Guido, quien fue dueño de Ladrillera La Uruca. Resulta que Mons. Llorente estaba tan ilusionado con la construcción del Seminario, que se ponía a amasar barro para fabricar los ladrillos que se usarían en la obra. Un día, al lavarse las manos al final de la jornada, se percató que no tenía su anillo pastoral, que debió haber quedado en alguno de los ladrillos. 
El libro de Sanabria sobre Llorente es exhaustivo hasta detalles inesperados. Llega a mencionar incluso los libros de texto que utilizó durante sus estudios en Guatemala, cita sus cartas pastorales una por una, se refiere a su correspondencia oficial y privada y hace un recuento bien documentado de los asuntos administrativos que le tocó atender. También intenta delinear un retrato psicológico del prelado. Sanabria pinta al obispo como huraño, rencoroso e irascible. Cita a Castro Madriz, quien mencionó que Llorente tenía "arrebatos pasajeros y violentos, acaloramientos momentáneos de su sangre ardiente." No se ofrecen detalles, pero con cierta frecuencia se subraya el hecho de que Llorente tenía muy mal genio.
Sin embargo, todos los testimonios coinciden en que era un hombre muy recto. Exigía disciplina en el clero y predicaba con el ejemplo. La austeridad con que vivía rayaba en la pobreza. El viajero irlandés Thomas Francis Meagher, que dejó escritos sus recuerdos del encuentro que sostuvo con él, lo describe como muy serio, muy alto, muy flaco, con dedos huesudos, el cabello blanco y la tez amarillenta. Su único vicio era fumar cigarrillos que enrollaba él mismo y su única distracción era jugar, con la baraja española, malilla y tresillo. Era aficionado a la mecánica y, aunque en la Costa Rica de aquel tiempo había pocas máquinas, cuando alguna se descomponía llamaban al obispo para que la arreglara.
A la izquierda, don Julián Volio Llorente y, a la derecha, don
Francisco María Yglesias Llorente, sobrinos y asesores del
obispo y adversarios políticos de don Juan Rafael Mora.
Sanabria deja claro que Llorente, quien tomó posesión de su cargo el 27 de diciembre de 1851, no logró entenderse bien ni con el pueblo, ni con el clero, ni con el gobierno. Su hermano, el padre Ignacio Llorente, fue su vicario desde 1852 y sus dos colaboradores más cercanos eran sus sobrinos, Julián Volio Llorente y Francisco María Yglesias Llorente, ambos enemigos políticos de don Juanito Mora. Por la cercanía de sus parientes, los curas criticaban al obispo de nepotismo. La palabra nepotismo, por cierto, viene de nepote, que en italiano significa sobrino, por lo que, en este caso, calzaba a la perfección.
El obispo y el presidente se guardaban la cortesía debida, pero se miraban uno al otro con recíproca desconfianza. Don Juanito, paranoico sobre las conspiraciones que pudieran hacer sus adversarios, creía ver, en cada palabra del obispo, la influencia de sus sobrinos. Llorente, por su parte, era supersensible ante cualquier acción, disposición o declaración de don Juanito.
Monseñor Llorente se escandalizaba ante el hecho de que hubiera curas moristas. El padre Nereo Bonilla llegó a afirmar: "Solo tres sacerdotes están con el obispo, los demás estamos con el gobierno."
Amargado y cansado de intrigas, Llorente escribió su carta de renuncia en setiembre de 1854. El documento fue conocido de manera pública, se logró una reconciliación más o menos amistosa y el obispo continuó en su puesto.
Por su experiencia como presidente de un hospital en Guatemala, Llorente fue nombrado presidente de la Junta Edificadora del Hospital San Juan Dios en San José. Costa Rica, había llegado a la mitad del siglo XIX sin hospital. El único intento anterior, el Hospital San Juan de Dios de Cartago, fundado por el obispo Tristán, apenas funcionó doce años, de 1782 a 1794. Llorente puso gran dedicación al proyecto, pero se molestó cuando el gobierno utilizó las instalaciones recién construidas como cárcel para reos comunes y asilo para enfermos mentales. Renunció entonces a la presidencia del hospital. Los galerones de abobe levantados, en todo caso, fueron muy útiles durante la epidemia del cólera.
En 1853, a petición del gobierno, el Papa Pío IX le dio el título de pontificia  a la Universidad de Santo Tomás. La declaratoria implicaba brindarle atribuciones y poderes al obispo sobre la institución y esto acabó desencadenando una agria polémica. Curiosamente, la iniciativa de declarar pontificia la universidad no surgió del Papa del ni del obispo, sino de las autoridades civiles, que solamente cuando el hecho estuvo consumado se percataron de lo que habían hecho.
Por esos años, don Juanito inauguró el Teatro Mora, primera sala de espectáculos cómicos, dramáticos y musicales en San José. El obispo Llorente, austero en sus costumbres hasta el extremo, no miró con buenos ojos esa actividad e instó a los fieles católicos a no asistir al teatro. Adolphe Marie, redactor del gaceta oficial, le hizo ver en un artículo que en la propia Roma, gobernada por el Papa, había teatros y hasta los monseñores de la curia asistían a ellos, pero el obispo Llorente, se negó a levantar la prohibición.
Llorente le resentía a don Juanito Mora el que, con tal de mantenerse en el poder, metiera a la cárcel y desterrara a quienes sospechaba que eran sus enemigos políticos. Entre las víctimas de la represión oficial hubo, en diversas oportunidades, familiares cercanos del obispo. El presidente y el obispo también chocaron por asuntos de dinero, ya que don Juanito pretendía que los fondos de diezmos que percibía la Iglesia, pasaran a disposición del Estado. Pero, pese a las diferencias y constantes encontronazos, el obispo Llorente apoyó a Mora cuando se dispuso a emprender la guerra contra los filibusteros de William Walker.
La proclama con que el obispo arengó a las tropas e instó a los costarricenses a enlistarse en la lucha, parece el anuncio de una cruzada, en que llama a "defender la religión de nuestros padres", amenazada por unos enemigos sobre los cuales no se ahorra insultos. El hecho que un obispo llame a la guerra no parece muy acorde con el Evangelio, pero Llorente, temperamental como era, se dejó llevar por el calor del momento. Un sobrino suyo, el Dr. Andrés Sáenz Llorente, acompañó las tropas en calidad de médico. A su sobrino predilecto, don Julián Volio Llorente, don Juanito se lo llevó y acabó nombrándolo comandante de Liberia. No quería tenerlo cerca, pero tampoco creyó conveniente dejarlo en la capital. Dos sacerdotes, don Raimundo Mora y don Francisco Calvo, acompañaron el ejército costarricense como capellanes. 
Tras el primer encuentro con los filibusteros, el 11 de abril de 1856 en la batalla de Rivas, don Juanito le pidió al padre Calvo que, en su informe al obispo, no presentara los hechos como una derrota. Aunque posteriormente el 11 de abril llegó a ser fiesta nacional para celebrar el triunfo de la batalla de Rivas, lo cierto fue que, en el momento y por la enorme cantidad de muertos y heridos, el resultado de la expedición fue considerado catastrófico. Para colmo de males, los soldados que regresaron trajeron con ellos la peste del cólera.
Durante la epidemia, por temor a que las aglomeraciones de personas facilitaran el contagio, Monseñor Llorente dispuso que la Santa Misa dominical se celebrara al aire libre, en la puerta de los templos. Algunos curas se negaban a impartir los sacramentos a los moribundos por miedo a resultar contagiados. Llorente los obligó a cumplir con su deber y él mismo administró la Unción de los enfermos a numerosos afectados. Para rogar por el fin de la peste, se estableció la procesión del Dulce Nombre.
En el plano puramente religioso, hubo una ampliación de patronazgo. La Catedral estaba dedicada a San José pero, después de la proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción de María, en 1856, Llorente declaró patrona de la Catedral a María Inmaculada. Por eso, la imagen de la Virgen preside la nave central del templo. Curiosamente, en la Catedral se celebra solemnemente el 19 de marzo, día de San José, pero no hay fiestas tan sonadas el 8 de diciembre, día de la Inmaculada.
Para 1858, las relaciones entre el obispo y don Juanito Mora habían llegado a ser insostenibles. Don Juanito preparaba su nueva reelección y el obispo era de los muchos que consideraba que esas reelecciones, en circunstancias no del todo claras, no eran más que la pantalla de don Juanito para quedarse indefinidamente en el poder. Incluso un buen número de ciudadanos que habían sido moristas por años consideraban que había llegado el momento de que don Juanito abandonara la presidencia. 
Tras un intercambio de documentos escritos en tono diplomático, pero de duro contenido, el 24 de diciembre de 1858 don Juanito tomó la decisión de expulsar "a perpetuidad" a Monseñor Llorente de Costa Rica. Le dio veinticuatro horas para abandonar el país. Llorente se trasladó a Nicaragua y se estableció en Rivas. Lo acompañó su asistente, el joven seminarista Domingo Rivas, que fue ordenado por Llorente en Nicaragua. Rivas, posteriormente, obtuvo el título de Doctor, fue Rector de la Universidad de Santo Tomás y vicario de Mons. Llorente con miras a ser su sucesor. 
El destierro "a perpetuidad" a fin de cuentas duró menos de un año. Mora fue derrocado y Monseñor Llorente regresó a Costa Rica el 8 de setiembre de 1859, llamado por el nuevo presidente, el Dr. José María Montealegre.
Montealegre nombró a don Julián Volio Llorente, sobrino del obispo, como ministro de Relaciones Exteriores y Culto, por lo que le correspondía ser el enlace del gobierno con las autoridades de la Iglesia. Su sucesor, el Dr. Jesús Jiménez Zamora, mantuvo a don Julián en el puesto.
Monseñor Llorente tenía una relación muy cercana con el Dr. Montealegre, que era su médico personal y se llevó muy bien con el Dr. Jesús Jiménez, que ni se metía en los asuntos de la Iglesia ni habría permitido jamás que el obispo se metiera en los asuntos del gobierno. Según Sanabria, con solamente una pizca de diplomacia por ambas partes, Llorente y don Juanito Mora se habrían comprendido mejor, pero el hecho es que no fue así. 
De izquierda a derecha: Padre José María Brenes,
don Vicente Segreda, Mons. Anselmo Llorente y
el Dr. Carlos María Ulloa. Grupo que viajó al
Concilio Vaticano en 1869.
La masonería apareció en Costa Rica entre 1824 y 1825, pero fue durante el episcopado de Llorente que alcanzó verdadero auge. El Dr. Castro Madriz, así como don Julián Volio, eran miembros activos. El padre Francisco Calvo, considerado fundador de la primera Logia en San José, atrajo a la hermandad a otro sacerdote, el Dr. Carlos María Ulloa, que también fue iniciado. En 1867, el obispo Llorente obligó a los dos curas a retractarse y abandonar la masonería, lo cual le valió severas críticas por parte del Dr. Lorenzo Montúfar en la prensa.
Aficionado a declarar condenas, sanciones, suspensiones y excomuniones a diestra y siniestra, en la lista de penas declaradas por Llorente hay una en verdad simpática. En 1868 condenó con excomunión a quienes dañaran los postes de telégrafo que empezaban a instalarse en el país.
En 1869 viajó por primera y única vez a Europa para asistir a las sesiones del Concilio Vaticano. Lo acompañaban los sacerdotes José María Brenes y el Dr. Carlos María Ulloa, e iba como secretario don Vicente Segreda. No se sabe exactamente qué pasó, pero tal parece que el mal genio de Mons. Llorente salió a relucir. Se enojó con los dos sacerdotes y los mandó de vuelta a Costa Rica. El Dr. Carlos María Ulloa declaró a su regreso que Llorente había salido llorando de la audiencia que tuvo con el Papa Pío IX y que se lamentaba diciendo: "De todos los obispos que hay aquí, solo yo me encuentro en esta situación".
El 18 de agosto de 1871, Monseñor Llorente fue a Alajuela a bendecir la inauguración de los trabajos del ferrocarril y a administrar el sacramento de la Confirmación. Exactamente un mes después, el 17 de setiembre, declaró sentirse muy enfermo y, por primera vez en su vida, se quedó en cama. Murió el 22 de setiembre de 1871. El acta de defunción, firmada por su médico de cabecera, el Dr. José María Montealegre y por su sobrino, el Dr. Andrés Sáenz, estableció como causa de su muerte la fiebre tifoidea. El funeral se efectuó el 24 de setiembre en la antigua iglesia de la Merced y su cuerpo fue sepultado en el atrio de la Catedral que estaba en construcción.
Ultima fotografía de Monseñor Anselmo
Llorente, en 1871, año de su fallecimiento.
En su testamento, Mons. Llorente lega su biblioteca al Seminario, su casa de Cartago a una comunidad religiosa, sus ornamentos y todos sus bienes a la Iglesia y solamente le deja algunos objetos a sus parientes. Establece una partida para que sea distribuida entre mendigos y otorga la por entonces astronómica suma de cien pesos a sus servidores domésticos, Gregorio Cruz, Margarita Valverde y Casilda Sandí. Hay también, en el documento, un dato curioso. Establece una beca para que un hijo de su sobrino Carlos Volio Llorente, vaya al Seminario a prepararse para el sacerdocio. El hijo mayor de don Carlos Volio, a la muerte de Mons. Llorente, era Juan Bautista Volio Jiménez, que entonces solamente tenía diez años de edad y que, posteriormente, se convertiría en el primer jesuita costarricense. Otros dos hijos de don Carlos, nacidos ya cuando Mons. Llorente había muerto, fueron ordenados sacerdotes, Mons. Claudio María Volio, obispo de Santa Rosa de Copán, Honduras, y Jorge Volio Jiménez quien fue luego fundador del Partido Reformista. Sin embargo, ninguno de los tres estudió en el Seminario de San José. Juan Bautista se formó en California y Claudio María y Jorge en Bélgica.
Para la nueva catedral se mandaron a traer de Europa altares de mármol. El amplio y sólido altar de madera en que Mons. Llorente celebraba la Santa Misa fue trasladado a la Iglesia del Carmen, donde aún se encuentra. El 7 de julio de 1882, Mons. Thiel dispuso trasladar los restos de Mons. Llorente al presbiterio de la Catedral ya concluida. A las ocho de la noche, rodeado de los familiares de Llorente, antes de darle sepultura, Thiel ordenó que se abriera la urna. Pese a los once años transcurridos desde su muerte, el cuerpo de Mons. Llorente estaba conservado y Thiel pudo contemplar el rostro de su antecesor, a quien no había conocido en vida. La exposición se prolongó durante dos horas y Monseñor Llorente fue sepultado, a las diez de la noche, frente al altar de San José, al lado del Evangelio.
INSC: 2740

sábado, 9 de septiembre de 2017

Pedro Morel de Santa Cruz recorre Costa Rica en 1751.

Costa Rica en 1751, Informe de una visita.
Pedro Morel de Santa Cruz. Con notas del
obispo Bernardo Augusto Thiel. Fray Vernor
M. Rojas O.P. Convento La Dolorosa.
Costa Rica, 1994.
Las observaciones que el obispo Pedro Agustín Morel de Santa Cruz (1694-1768) dejó escritas en el reporte de su visita a Costa Rica en 1751 confirman el aislamiento en que vivían los escasos pobladores durante la época de la Colonia. En su recorrido, no solo visitó Cartago, San José, Heredia, Quepo, Esparza, Bagaces, Las Cañas y Nicoya (Alajuela todavía no se había fundado), sino que llegó hasta sitios realmente alejados y de difícil acceso, como el valle de Matina, en el Caribe y Térraba, Boruca o Talamanca en el sur. Se detuvo también en pueblos pequeños,  como Barba, Aserrí, Pacaca, Curridabat, Tucurrique, Cot, Quircot, Ujarrás o el diminuto La Unión de Tres Ríos, que constaba entonces de siete casas de paja en las que vivían cuarenta indígenas traídos de Talamanca.
Lamentablemente, se desconoce la ruta que siguió. En su informe, empieza por Cartago, la capital, y va citando las poblaciones de mayor a menor. Es de suponer que haya entrado por el Pacífico y, tras recorrer la provincia, haya salido por tierra por el norte, rumbo a León, Nicaragua, que era su sede. Algunas versiones sostienen que el poblado de Santa Cruz, en Guanacaste, lleva ese nombre en honor al ilustre visitante, quien mostró gran interés por el progreso de la región. Frente al templo parroquial de Santa Cruz hay un busto del obispo Morel, pero el origen del nombre del lugar sigue discutiéndose.
Hijo de Pedro Morel de Santa Cruz y de María Catalina de Lora, Pedro Agustín nació en Santo Domingo, en la Isla Española (hoy República Dominicana) en 1694. Se dice que sus padres eran originarios de Santa Cruz de Tenerife, en las Islas Canarias. Muy joven viajó a Cuba, donde fue ordenado sacerdote el 24 de abril de 1718 y se destacó tanto por su dedicación al estudio como por su inmensa capacidad de trabajo. Tras ocupar diversos cargos curiales, en 1749 fue designado por el Papa Benedicto XIV como obispo de Nicaragua y Costa Rica. Recibió la consagración episcopal en Cartagena de Indias el 13 de setiembre de 1750 y, tras cruzar el istmo de Panamá, entró a Costa Rica a inicios de 1751.
Desde la primera mirada, debió de haber cosiderado su diócesis como tierra de misión. Santo Domingo, Santiago de Cuba y Cartagena de Indias ya eran, en aquella época, ciudades con edificios de sólida construcción, iglesias de altos campanarios y calles empedradas, en las que había escuelas, hospitales, cuarteles y mercados llenos de actividad. En Cartago, en cambio, se encontró cuatro iglesias sin torre, con las campanas quebradas, las paredes sucias y el techo lleno de goteras, rodeadas de un puñado de casas de adobe "que causan oscuridad y tristeza", apiñadas en un cuadrante de apenas seis calles de este a oeste y ocho de norte a sur. El terreno era pantanoso, la población se enfermaba con frecuencia y no había médico. La puerta norte de los templos nunca se abría por el frío y el hielo que entraba y un gobernador le describió el clima del lugar como "once meses de invierno y uno de infierno".
Pedro Agustín Morel de Santa Cruz. (1694-1768)
Obispo de Nicaragua y Costa Rica (1749-1753) Arzobispo de Santiago y
La Habana, Cuba (1754-1798). Recorrió Costa Rica en 1751.
En el barrio de Los Angeles, donde vivían segregados los mulatos, las casas eran de paja y no formaban calles pero, anota: "La reina del cielo, que tanto se esmera en favorecer a los humildes, les ha hecho la honra de habitar entre ellos." Morel de Santa Cruz describe la efigie de Nuestra Señora de los Angeles como "de una cuarta de alto". que se venera en una pequeña iglesia. Por iniciativa propia, el obispo Morel dotó de sagrario a las iglesias de la Soledad y de los Angeles y dispuso que el Santísimo permaneciera permanentemente allí. Antes, solamente estaba el templo parroquial.
En el censo que realizó, llegó a estimar la población de Cartago en cuatro mil doscientas ochenta y nueve personas y el día que administró el sacramento de la Confirmación, cerca de la mitad desfilaron ante él para recibirlo.
En Quircot contó cuarenta y cinco personas, en Tobosi, cuarenta y siete y en Cot, setenta y ocho. Todos, anotó, eran muy pobres. En Ujarrás, donde encontró cuatrocientas noventa y seis personas, confirmó a trescientas y, tras el almuerzo, en que disfrutó los bobos que pescó en el río, les enseñó a rezar el rosario. En Curridabat, de las treinta y seis familias que allí vivían, solamente dos estaban compuestas por criollos, las demás eran de indígenas. En Aserrí, de tan solo quinientos sesenta y siete personas, encontró la mejor iglesia de la provincia y un cuartel con ciento cuarenta y siete soldados, de los cuales setenta y dos tenían caballo.
Se ha hecho tristemente célebre el comentario de Morel sobre la iglesia dedicada a San José en la Villita de la Boca del Monte, a la que llama: "la más estrecha, humilde e indecente de cuantas vi en esa provincia."
Los indígenas de Pacaca, que todavía sacaban oro en los ríos de Santa Ana, para no presentarse desnudos ante el obispo, llegaron cubiertos con cortezas de árboles que, en opinión de Morel, "bien pueden servir de cilicio al más penitente".
Se alarmó al no encontrar en Heredia, con tres mil ciento dieciséis personas, a ningún joven que supiera leer y escribir, por lo que ordenó al cura establecer una escuela. Declara haber consagrado óleos en Heredia, por lo que es de suponer que fue allí donde celebró la Misa Crismal de Jueves Santo. En Barba, dice: "los pueblos son incomodados por unos vientos muy furiosos que, en soplando, se siente el mismo frío que en Cartago, pero en suspendiéndose, se introduce un calor que mortifica lo bastante y al mismo tiempo el clima es de todos húmedo."
En Cartago tuvo oportunidad de ver el volcán Irazú y, en su ruta al norte, los que llama "tres volcanes de fuego": Votos, Tenorio y Miravalles.
Dice que Esparza, que en el pasado fue centro importante de comercio, "es hoy en día la mayor desdicha del universo." En Las Cañas contó doce casas y en Bagaces, nueve.
Le llamó mucho la atención que los habitantes de la provincia levantaran sus casas lejos de los caminos. En su viaje, podía pasar el día entero sin encontrarse a nadie, pese a que la zona estaba poblada. Morel no comprende que "quieran evitar la comunicación y la sociedad humana" y se angustia al pensar que, al morir, acabaran sepultados en los campos como si fueran animales.
Cabe anotar que el obispo Bernardo Augusto Thiel, que observó el mismo fenómeno más de siglo y medio después, encontró una explicación distinta. Los habitantes construían sus casas lejos de los caminos, no por afán de aislarse, sino para estar más cerca de sus animales y cultivos.
Tal vez citadas fuera de contexto, las impresiones de Morel de Santa Cruz podrían parecer un tanto despectivas, pero si se lee su reporte completo queda claro que lo que más lo impresionó de Costa Rica fue la pobreza en que vivían los habitantes. Cultivaban la tierra y comían, pero no tenían herramientas, ni muebles. Vio a algunas mujeres elaborar tejidos de algodón y coser vestidos, pero la gran mayoría no tenía ropa que ponerse. Los curas eran escasos. En Cartago había uno y en San José no había. Tampoco contaban los pobladores con médicos ni con maestros. Los libros parroquiales eran llevados con descuido y, hasta su visita, los pocos curas no se preocupaban por realizar censos. En el Valle de Matina, visitó las plantaciones de cacao que no podían prosperar por las incursiones de los Zambos Mosquitos y, en Nicoya, menciona que se estableció un comercio de cebo, vía marítima, con Panamá, que acabó casi exterminando todo el ganado de la zona. 
Grabado de Pedro Morel de Santa Cruz.
Dice Morel que, en sus sermones, consolaba a los habitantes por su situación y, repitiendo el término, declara haber abandonado la provincia con el "desconsuelo" de que gente tan buena no pudiera vivir mejor. Aunque menciona yacimientos de oro en Santa Ana, Morel de Santa Cruz, curiosamente, atribuye el nombre de Costa Rica, a la enorme producción de perlas que hubo en el Pacífico. Cien años después de su visita, durante el gobierno de don Juan Rafael Mora Porras, todavía Costa Rica exportaba perlas. En todo caso, Morel cree que, en algún momento, si se abrieran caminos adecuados para el comercio, el fértil suelo de Costa Rica le permitiría a sus habitantes elevar su nivel de vida.
Morel de Santa Cruz tomó posesión de su sede, en León, Nicaragua, en 1752. Tal parece que también recorrió todo el territorio nicaragüense pero apenas estuvo un año en el cargo, durante el cual puso especial empeño en la construcción del Seminario Tridentino de León y tuvo la experiencia de vivir un fuerte terremoto. En 1753 fue nombrado obispo de Santiago de Cuba, a donde arribó en 1754. Fue Morel de Santa Cruz quien trasladó la sede arzobispal de Santiago a La Habana. Cuando, en 1762, La Habana fue ocupada por los ingleses, Morel se trasladó exiliado a San Agustín, Florida, donde permaneció hasta abril de 1763. En Florida, Morel aprendió el manejo de colmenas y, a su regreso a Cuba, introdujo la apicultura en la isla.
El 7 de marzo de 1767, Morel obtuvo el doctorado en Derecho Canónigo por la Universidad de La Habana. Ya para entonces estaba muy enfermo y había debido solicitar un obispo auxiliar para que le ayudara con el gobierno de la diócesis.
Pedro Agustín Morel de Santa Cruz murió el 30 de diciembre de 1768 y fue enterrado al día siguiente en la parroquia mayor de San Cristóbal de La Habana. Dicho templo fue demolido en 1777 y no se sabe a dónde fueron trasladados sus restos.
El informe que realizó Pedro Morel de Santa Cruz sobre su visita a Costa Rica, fechado el 8 setiembre de 1752, iba dirigido al rey de España Fernando VI. En algunas páginas, incluso, Morel se atreve a pedirle al monarca que favorezca el progreso de esta remota provincia. Una copia del informe, que estaba en los archivos de la curia de San José, fue hallada por Monseñor Bernardo Augusto Thiel, quien la publicó por entregas de febrero a octubre del año 1900 en la revista El Mensajero del Clero.  En 1994, Fray Vernor M. Rojas O.P., publicó un libro con el informe completo de Morel, así como con las esclarecedoras notas aclaratorias de Thiel que son tan interesantes y mucho más extensas que el texto que comenta.
INSC: 2738

viernes, 23 de junio de 2017

Dr. José María Montealegre, Presidente de Costa Rica.

Dr. José María Montealegre. Carlos
Meléndez Chaverri. Academia de Geografía
e Historia. Costa Rica. 1968.
En la historia, como en la literatura, unos personajes adquieren el papel de héroes y otros el de villanos. Los héroes históricos son constamente recordados, mientras que los villanos acaban sumidos en la oscuridad. Don Juan Rafael Mora Porras, declarado oficialmente Héroe Nacional de Costa Rica, ha sido objeto de numerosos estudios, mientras que a la figura, vida y gobierno de su sucesor, José María Montealegre Fernández, no se le ha prestado mayor atención. Lo poco que se dice sobre él es que, pese a ser cuñado de don Juanito Mora, de alguna manera aprobó aprobó su derrocamiento y posterior ejecución y, años después, abandonó el país para no regresar nunca más.  Algunos autores ni siquiera lo mencionan directamente, sino que prefieren referirse a "los Montealegre", incluyendo en el paquete a don José María junto con sus hermanos Mariano y Francisco.
Don Carlos Meléndez Chaverri cuenta que su pasión por la historia de Costa Rica nació desde que era niño por el deseo de saber más sobre don Juan Rafael Mora y la guerra contra los filibusteros de la que tanto le hablaban en la escuela pero, conforme fue adentrándose en el tema, le intrigó el hecho de que la figura de José María Montealegre apenas pasara como una sombra difusa sobre la que no se tenían mayores datos. Decidió entonces concentrar su atención en esta figura que, con frecuencia, era pintado el malo de la película y, en 1951, presentó, como tesis de grado en la Universidad de Costa Rica, una biografía del Dr. Montealegre que, tras ser corregida y aumentada, fue publicada por la Academia de Historia y Geografía en 1968.
El libro, inevitablemente, en determinado momento acaba refiriéndose más al derrocamiento de Mora que a la gestión de Montealegre, pero su lectura permite conocer mejor a este personaje casi olvidado de nuestra historia.
José María Montealegre Fernández nació en San José, 19 de marzo de 1815, hijo primogénito de Mariano Montealegre Bustamante y Gerónima Fernández Chacón. Su madre, fundadora de un hospicio de huérfanos, era hermana de Manuel Fernández Chacón, el padre de Próspero Fernández Oreamuno. Su abuelo paterno, Mariano Ignacio Montealegre, había nacido en Granada, España, y emigró a Guatemala con apenas veintidós años de edad. Mariano Ignacio tuvo tres hijos varones con tres madres distintas. Con Isidora Rueda, tuvo a Juan Montealegre Rueda, de quien descienden los Montealegre de Guatemala. Con Josefa Bustamante, tuvo a Mariano Montealegre Bustamante, de quien descienden los Montealegre de Costa Rica y con Manuela Casimira Romero Sáenz tuvo a Mariano Montealegre Romero, quien se trasladó a vivir a Chinandega y de quien descienden los Montealegre de Nicaragua. 
A Mariano Ignacio le fue bien. Tenía un puesto de auditor de la factoría de tabacos, se dedicó a diversos cultivos y durante sus desplazamientos por Guatemala, Costa Rica y Nicaragua, logró amasar una considerable fortuna.
Su hijo, Mariano Montealegre Bustamante fue uno de los más entusiastas pioneros del cultivo del café en Costa Rica. Cada año sembraba más manzanas de terreno e invertía fuertes sumas en bodegas y maquinaria para empacar el grano en sacos. Sus vecinos, equivocadamente, creían que su obsesión por el café acabaría arruinándolo, pero ocurrió todo lo contrario. Don Mariano y doña Gerónima tuvieron nueve hijos y, como podían permitírselo, decidieron enviar a sus dos hijos mayores a estudiar a Europa.
Al momento de partir, José María tenía doce años y Mariano, apenas diez. Los niños fueron confiados a John Mair Gerard y Richard Trevirhick, con quienes partieron a caballo desde San José hasta Sarapiquí, para luego navegar por el río San Juan hasta San Juan del Norte y, de allí, a Cartagena, Colombia, luego a New York y finalmente a la Gran Bretaña. Mariano estudió ingeniería en Londres, mientras que José María cursó sus estudios de medicina en Marischal College de la Universidad de Aberdeen, Escocia. Su título de cirujano le fue otorgado por el Colegio Real de Cirujanos de Edimburgo el 22 de febrero de 1837. Erróneamente, el libro afirma que se graduó como médico en la Universidad de Edimburgo, Escocia. Los hermanos Montealegre fueron los primeros costarricenses en graduarse en universidades europeas. Antes de ellos, los pocos costarricenses que habían realizado estudios superiores los habían llevado a cabo en León, Nicaragua o Guatemala.
Dr. José María Montealegre Fernández.
1815-1877
Mariano retornó antes a Costa Rica porque su carrera era más corta, pero José María debió permanecer mucho más tiempo en el viejo mundo para perfeccionar la práctica de cirugía. Un dato curioso es que, por la larga ausencia, José María, a su regreso, casi no podía hablar en español. Se cuenta que llegó a San José a caballo, de noche y que, al abrazar a su madre, ella no sabía quién era ese atrevido inglés que la cubría de besos.
De vuelta en la patria, el Dr. Montealegre se dedicó al ejercicio de su profesión y a atender sus fincas cafetaleras, tanto las que le correspondían como parte del patrimonio familiar, como las que fue estableciendo él mismo. Contrajo matrimonio con Ana María Mora Porras, la hermana de don Juanito, y fue padre de diez hijos.
Su esposa murió en 1854 y el Dr. Montealegre contrató a la inglesa Sophie Joy para que cuidara y educara a sus hijos. No mucho después, don José María contrajo matrimonio con Miss Joy, con quien procreó tres hijos, un varón y dos niñas.
La labor médica del Dr. Montealegre fue realmente valiosa. Importó medicamentos de Europa, enseñó a sus aprendices a preparar recetas y, en 1848, fue el primer cirujano en Costa Rica en aplicar analgésicos en una operación, apenas dos años después de que el procedimiento hubiera sido realizado por primera vez en Massachusets. En 1852 estuvo al frente de la lucha contra la epidemia de viruela.
Aunque su padre (autor de la obra Formas de Gobierno a partir de la Independencia), era una influyente figura en el Estado y su cuñado era Presidente de la República, el Dr. Montealegre, eternamente ocupado con su familia, sus pacientes y sus cafetales, se mantuvo alejado de la política. Ni siquiera se involucró en la movilización de la guerra contra los filibusteros, pese a que sus hermanos, Mariano y Francisco, formaron parte del Estado Mayor de don Juanito. 
Cuando don Juanito había partido a la guerra, hubo en la capital un intento por derrocarlo, lo que muestra que ya existía desde entonces un sector de opositores decidido a tomar acciones en su contra. Una vez finalizada la guerra, los enemigos de don Juanito se multiplicaron. Unos le cuestionaban su asociación con Crisanto Medina para fundar un banco, otros los favoritismos al escoger proveedores de caña de azúcar para la Fábrica Nacional de Licores, así como ciertos manejos poco claros con escrituras. Don Juanito había perdido apoyo, no solamente entre los ricos propietarios, sino también entre el pueblo, que le reclamaba su intención de gravar con impuestos las pequeñas propiedades de campesinos que no estuvieran registradas. La expulsión del obispo Anselmo Llorente y La Fuente, lo enemistó con la Iglesia y, por si esto fuera poco, don Juanito hasta entró en querellas con su socio Vicente Aguilar Cubero. Numerosas personas, entre ellas don Julián Volio Llorente y don Francisco María Yglesias, habían manifestado su preocupación de que don Juanito Mora continuara reeligiéndose indefinidamente y hasta un buen número de sus antiguos partidarios, como Manuel José Carazo, consideraban oportuno que abandonara el poder.
El golpe de Estado tuvo lugar el 14 de agosto de 1859 y su brazo armado fue el general Lorenzo Salazar Alvarado. Ese mismo día, los vecinos de San José, con el Dr. José María Castro Madriz a la cabeza, firmaron un acta desconociendo el gobierno de Mora.
¿Hasta dónde el Dr. Montealegre participó, o al menos estuvo al tanto, de las maniobras para derrocar a don Juanito? El asunto no está del todo claro. Su firma no aparece en ninguno de los documentos de repudio a Mora, pero fue el llamado a sustituirlo. Su hermano Mariano no se encontraba en Costa Rica en el momento del golpe y su otro hermano, Francisco, tampoco firmó.
Las palabras con las que el Dr. Montealegre acepta la presidencia parecieran indicar que la designación lo tomó por sorpresa. Declara estar dispuesto a "sacrificar su vida privada", para aceptar el "llamado" a ejercer el poder "temporalmente". 
Una de sus primeros actos como presidente, fue comunicarse con don Juanito Mora, que se encontraba prisionero en el Palacio Nacional, a quien le informó que un grupo de simpatizantes moristas estaban reunidos en la Hacienda San Rafael de Ojo de Agua con la intención de alzarse en armas para revertir los hechos. El Dr. Montealegre le recomendó a don Juanito que se comunicara con ellos y les ordenara no actuar ya que, de hacerlo, su vida correría peligro. Leandro Cantillano, uno de los moristas alzados, recibió el recado de don Juanito en que les ordenaba dispersarse porque: "...dice el Dr. Montealegre que a la menor tentativa me asesinarían."
Pocos días después, con una escolta de cien hombres, don Juanito Mora partiría hacia Puntarenas para abandonar el país. Los documentos de la época están llenos de fuertes acusaciones. La proclama de Lorenzo Salazar exaltó los ánimos de los simpatizantes del depuesto presidente. Don Juanito, desde el exilio, dejó escritas numerosas declaraciones con términos violentos. Sin embargo, llama la atención que don Juanito, quien no se medía al tomar la pluma, nunca utilizó palabras duras contra el Dr. Montealegre. Ni siquiera lo menciona. Al enumerar la lista de los responsables de su caída, cita a Lorenzo Salazar, Vicente Aguilar, Julián Volio Llorente y Francisco María Yglesias.
Desde el primer momento, el Dr. Montealegre se preocupó por garantizar la vida y las haciendas de los miembros del bando derrocado. Cuando don Juanito expulsó del país al Dr. José María Castro Madriz, sus haciendas fueron objeto de embargos y litigios, pero las propiedades y los intereses financieros y comerciales de Mora no fueron molestados durante el gobierno de Montealegre.
La intención de Montealegre, era dotar a Costa Rica de legislación e instituciones liberales que garantizaran la estabilidad futura. Consideraba fundamentales los pesos y contrapesos de las autoridades democráticas para evitar la concentración de poder y, por ello, insistió en que la nueva Constitución estableciera un periodo presidencial de tres años sin posibilidad de reelección. Introdujo además importantes reformas para controlar la administración de recursos públicos. Fiel a su propósito, gobernó con total apego a la ley y manejó el tesoro público con austeridad y cuentas claras.
Serio. callado, frío en apariencia, el Dr. Montealegre era un hombre de amplia cultura y aguda inteligencia. Respetable y respetado, logró salir de la presidencia con la frente en alto y las manos limpias.
Aunque durante su gobierno hubo numerosos intentos armados por derrocarlo, el Dr. Montealegre trató de pasar la página. Confiaba que, estableciendo un régimen de derecho, las conspiraciones de cuartel quedarían en el pasado.
El Dr. Montealegre no tuvo participación directa en el fusilamiento de don Juan Rafael Mora Porras. Su hermano Francisco sí se encontraba en Puntarenas y formó parte del proceso. 
Terminado su período, don José María Montealegre fue sucedido por el Dr. Jesús Jiménez Zamora, quien continuó el esfuerzo por fortalecer las instituciones civiles frente a las injerencias militares. Aunque don Jesús logró deshacerse de los viejos militares, Máximo Blanco y Lorenzo Salazar, acabó siendo derrocado por don Tomás Guardia. 
Durante los primeros años de su larga dictadura, Guardia miró con recelo a los hermanos Montealegre, quienes optaron por irse del país. En 1872, José María, Mariano y Francisco partieron rumbo a los Estados Unidos. Mariano luego se trasladaría a Inglaterra, donde moriría en el año 1900.
El Dr. José María Montealegre se estableció en San José, California, con su segunda esposa Sophie Joy y los hijos que tuvo con ella. Nunca regresó a Costa Rica.  Murió el 26 de setiembre de 1877.
Exactamente un siglo después, en 1978, los restros del Dr. Montealegre fueron repatriados para darle sepultura en Costa Rica. Sobre la tumba vacía, en California, fue depositada una placa que recuerda su nombre.
Manuel Argüello Mora, sobrino de don Juanito, declaró que: "No se puede negar... que el gobierno de Montealegre fue progresista, culto, correcto."
Don Cleto González Víquez, por su parte, escribió: "Montealegre no fue un astro, sino un meteoro. Cuando la muerte lo condujo a otra esfera, se había olvidado de Costa Rica y Costa Rica se había olvidado de él. Olvido manifiestamente injusto, el nuestro."
INSC: 2693
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