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martes, 4 de octubre de 2022

Anotaciones al margen de los faroles de Zingonia Zingone.



Anotaciones al margen de los faroles.
Zingonia Zingone.
Abstracta Ediciones.
España, 2019
Un 3 de octubre, víspera de la fiesta de San Francisco de Asís,
Zingonia Zingone arribó a la bella ciudad andaluza de Córdoba. Viajaba sola y llevaba en su bolso una pequeña libreta negra en la que iba anotando sus impresiones. Los apuntes eran breves y el viaje fue corto. Por eso, el libro Anotaciones al margen de los faroles, publicado por la editorial Abstracta, que recoge las impresiones de Zingonia en su viaje cordobés, es un tomito pequeño, encuadernado en pasta dura, con una cinta para marcar las páginas que, imagino, no debe ser muy distinto de la libreta negra en que se plasmó, sobre la marcha, su borrador.

No se trata sin embargo del típico libro de viajes. Las crónicas de viajeros suelen ser descriptivas y anecdóticas y, por lo general, no hacen más que evocar un tiempo, en un lugar. Zingonia hizo algo distinto. No escribió ni sobre la ciudad ni sobre sus andanzas en ella sino que, haciendo a un lado el entorno y  concentró su atención únicamente en ciertos detalles significativos. La memoria, y muy especialmente la memoria del viajero, es selectiva. Lo que a la larga acaba siendo inolvidable de un viaje no son los datos históricos, geográficos o arquitectónicos del lugar que, en todo caso, son accesibles hasta para quienes nunca lo han visitado, sino más bien ciertos acontecimientos mínimos que ocurrieron sin buscarlos ni esperarlos. La mayor atracción turística a la larga deja un recuerdo borroso, mientras que alguna escena callejera o el rostro de una persona desconocida, sin saber por qué, se recuerdan con cierta frecuencia, incluso muchos años después del fugaz instante del encuentro.

Ese tipo de memorias, las pequeñas y memorables, son las que Zingonia comparte en su libro. Y, curiosamente, yéndose a lo más pequeño, Zingonia logra asomarse a lo más grande. Anotaciones al margen de los faroles, son unos apuntes de viajes que van más allá del espacio y más allá del tiempo. Naturalmente disfruté enormemente de la forma de plantear relatos, emociones y refexiones, así como de los poemas que inserta ocasionalmente entre sus apuntes. Pero para mí la lectura de este libro fue ante todo una profunda alegoría espiritual.

Quien escribe viajaba sola, pero de alguna manera sabía que de alguna manera estaba acompañada. Era consciente que el pavimento de piedra guardaba ecos de voces lejanas. Las páginas de un libro le permitían entrar en contacto con el poeta Azarías Pallais, cuyas palabras, escritas hace mucho tiempo, guardaban un mensaje para ella que, por alguna misteriosa razón, la alcanzó en el inicio de su recorrido.

Vagando sin plan y sin rumbo, se encuentra ante la tumba del poeta Luis de Góngora y, poco después, también sin buscarla, encuentra la casa en la que el poeta falleció. Levanta la vista en una esquina cualquiera y se percata que se encuentra en la calle San Felipe Neri, dedicada a la memoria del santo florentino que quiso ser misionero en tierra de infieles y acabó siéndolo en la propia Roma. Zingonia reza por el eterno descanso de un cuñado que no conoció. Recuerda a su hijo que, como todo joven, empieza forjar su propio destino. Por casualidad, se encuentra un par de veces a un muchacho con cara de estar hambriento. Un hombre se le aproxima, le estrecha la mano, le dice un par de palabras y se marcha. Zingonia supone que es un ángel y es casi seguro que en verdad lo sea. La palabra ángel significa "enviado" y, con frecuencia, la misión de los ángeles no es tanto hacer algo, como anunciar algo.

Uno nunca viaja solo. El recuerdo de los seres queridos que, aunque estén lejos, tenemos siempre presentes; las palabras de los escritores con los que, a través de los libros, hemos mantenido un coloquio prolongado; la memoria de quienes ya no están es este mundo, la intercesión protectora de ángeles y santos, así como los rostros desconocidos, ya sean bellos, sonrientes, severos o tristes, que encontramos en el camino,  nos demuestran a cada paso que la soledad es en realidad aparente.

Cuando uno viaja, carga en la mochila la propia vida entera, con sus preocupaciones, temores, tristezas, alegrías, esperanzas, deseos y aspiraciones. Durante el viaje, uno tiene presente que el tiempo que uno podrá estar en ese sitio es limitado, que igual que como llegó, en algún momento tendrá que marcharse. Lo mismo ocurre, aunque con frecuencia lo olvidemos, con la vida misma. Todo es fugaz, los años se construyen con instantes que pasan. Planeamos cosas que no suceden y nos suceden cosas que no planeamos. Con frecuencia, tanto lo mejor como lo peor que nos ha ocurrido, ha sido lo inesperado.

Bellísimo, simplemente bellísimo, es este libro de Zingonia. Un libro de viajes en el que no hay descripciones ni narraciones detalladas, sino solamente anotaciones breves sobre instantes pasajeros que, al menos a mí (y espero que a otros lectores también) me hicieron descubrir, en pequeños detalles, grandes verdades sobre esta maravillosa aventura que es la vida.

sábado, 9 de enero de 2016

Viajes de Carl Hoffmann en Costa Rica.

Carl Hoffmann Viajes por Costa Rica.
Notas, prólogo y selección por
Carlos Meléndez Chaverri.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica. 1976
Además de haber sido el médico de las tropas costarricenses que lucharon contra los filibusteros de William Walker en 1856, el Dr. Carl Hoffmann fue quien dio a conocer a la comunidad científica de su época, el pueblo, la flora, la fauna y la geografía de Costa Rica.
Nació el 7 de diciembre de 1823 en Stettin, un poblado que en aquella época formaba parte del reino de Prusia. Antes había pertenecido a Suecia y actualmente es la ciudad de Szcecin, en Polonia. 
Estudió en la Universidad de Berlín, fundada por Wilhelm von Humboltd (el hermano de Alexander), donde obtuvo su título de médico y cirujano en 1846. Recién graduado, debió participar en la atención de enfermos de cólera morbus, peste que hacía estragos en la Europa de aquel entonces y a la que le correspondió volver a combatir en Costa Rica una década después.
Las cosas no andaban bien en el viejo continente y los jóvenes europeos, ya fueran campesinos, artesanos o profesionales, buscaban nuevos horizontes con mayores oportunidades. La gran mayoría emigraba a los Estados Unidos pero, a la hora de dar el paso, Hoffmann optó por Costa Rica. Desde hacía tiempo mantenía correspondencia con Fernando Streber, un abogado alemán que residía en San José y le contaba maravillas del país.  El propio Alexander von Humboltd acabó de convencerlo. Cuando Hoffmann le consultó si sería una buena idea trasladarse a aquel remoto y pequeño país centroamericano, el gran naturalista lo alentó a emprender el viaje. Gracias a su profesión de médico tendría trabajo asegurado y, en el plano científico, gozaría de la oportunidad de hacer investigaciones en una región poco explorada. 
En compañía de dos amigos, el Dr. Alexander von Frantzius y el Sr. Julián Carmiol Grasneck, el joven médico se embarcó rumbo a Costa Rica. En el bolsillo traía una carta de recomendación de Humboltd dirigida al Presidente de la República, don Juan Rafael Mora Porras. No se trataba de un viaje de exploración. Aquellos tres valientes alemanes habían decidido hacer de Costa Rica su hogar y, de hecho, salieron de Alemania para nunca más volver.
El barco los dejó en San Juan del Norte, entonces también llamado Greytown. Allí quedaron asombrados por la inmensa altura de los árboles. Hoffman le disparó a un pajarito de colores que estaba en una rama alta y, segundos después, cayó a sus pies un enorme papagayo. En una embarcación pequeña remontaron el río San Juan y entraron a territorio costarricense por Sarapiquí. Siguieron luego por Vara Blanca, Barva, la Villa y Heredia. Allí los tres alemanes se separaron. Frantzius se fue a vivir a Alajuela, Carmiol se estableció por un tiempo en Puntarenas y Hoffmann continuó hasta la capital, San José.
Apenas llegó, empezó a ejercer la medicina y el comercio. Casi de inmediato logró ganarse el respeto y el aprecio de los vecinos. Como no lo dominaba la avaricia, cuando atendía pacientes, era más que razonable a la hora de cobrar sus servicios y, en su actividad comercial, vendía productos de calidad a precios accesibles. Gran apasionado de la democracia, trataba a todas las personas con el mismo respeto y cortesía.
El 1 de marzo de 1856, día de la movilización general decretada por don Juanito Mora contra William Walker, Hoffmann cerró su tienda y se puso a las órdenes del presidente, quien lo nombró médico en jefe del ejército.
En la batalla de Rivas, el 11 de abril de 1856, Hoffmann tomó un fusil y logró matar al artillero enemigo que operaba el cañón. En sus memorias, La Guerra de Nicaragua, William Walker no le da ninguna importancia al incendio que provocó Juan Santamaría. Simplemente dice "Quemaron algunas casas". Pero el filibustero sí lamenta, y mucho, la muerte del artillero, ya aquel cañón pudo haber jugado un papel decisivo aquel día.
A la mañana siguiente, mientras los sobrevivientes enterraban a cerca de quinientos muertos, Hoffmann debió atender a más de trescientos heridos. En las siete amputaciones que realizó en aquella dura jornada tuvo como asistente a Pancha Carrasco. Poco después, como se sabe, vino la peste del cólera, que obligó al ejército costarricense a regresar a la capital trayendo consigo la propagación de la enfermedad. Hoffmann, como es fácil de suponer, tuvo mucho que hacer por entonces. Recomendaba, para combatir el mal, el alcanfor.
En lo que se refiere a sus exploraciones científicas por territorio costarricense, solamente se conservan tres escritos suyos. Uno sobre un viaje al volcán Irazú, otro al volcán Barva y un tercero sobre Orosi y Cartago. Los tres fueron publicados en Alemania en 1856, 1858 y 1860 respectivamente.
En 1976, el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes publicó Karl Hoffmann Viajes por Costa Rica, un libro en que, además de una traducción al español de los tres artículos que dejó el alemán, se incluye una reseña biográfica elaborada por don Carlos Meléndez Chaverri y se trascriben la carta de recomendación de Humboltd y la que Hoffmann le dirigió a don Juanito Mora una hora antes de su muerte.
La lectura de este libro es fascinante. Hoffmann, que escribe dirigiéndose a científicos alemanes, procura ser detallado en sus descripciones. Por tratarse de un documento ya bastante antiguo, las unidades de medida que menciona con frecuencia son indescifrables. Habla de pies ingleses y millas alemanas. Dice que la temperatura del Valle Central es de 40 grados R. Quienes vivimos aquí, sabemos que nunca ha estado tan frío como 40 grados Farenheit ni tan caliente como 40 grados centígrados. En un primer momento supuse que R significaba Rankine, pero luego me di cuenta de que la escala Rankine es de 1859 y el artículo de Hoffmann fue escrito en 1855. Luego averigué que la R en realidad significaba Reamur, que era la escala que se utilizaba para medir la temperatura desde 1731. Menciono el dato solamente como curiosidad, ya que, actualmente, los escritos de Hoffmann, más que por sus mediciones científicas, llaman la atención por su valor histórico y testimonial.
Dr. Carl Hoffmann. (1823-1859)
Las poblaciones de Curridabat, Tres Ríos y La Uruca, son descritas como pequeñas aldeas de apenas un puñado de casas. Menciona grandes cultivos de plátanos, en Heredia, y de caña de azúcar, en Cartago. Cerca de la hacienda de don Jesús Jiménez, por el lado de Paraíso, había una mina de cobre. Los ríos Torres y Virilla eran caudalosos y limpios. En Ochomogo había una enorme laguna llena de garzas blancas. La población de Barva, donde Hoffman por primera vez miró un quetzal y probó el palmito, estaba habitada exclusivamente por indígenas y, en sus alrededores, era común toparse con monos y tapires, así como encontrar abundantes anonas y fresas silvestres. Le llamó mucho la atención que las cercas que delimitaban las propiedades fueran de setos vivos. Los más utilizados eran el poró, el güitite, el jocote y el itabo. No había, en aquel tiempo, ni un solo hotel ni restaurante, por lo que tanto para comer como para dormir debía recurrir a la hospitalidad de los vecinos, quienes, no solo lo atendían lo mejor que podían sino que, con frecuencia, lo acompañaban en su expedición.
Algunas cosas, sin embargo, no han cambiado. Ya en aquel entonces en Cartago se cultivaban las papas para todo el país y la impuntualidad tica era la norma. El alemán, muy metódico, preparaba un plan y siempre, por algún inconveniente de último momento, la partida se demoraba de una a varias horas.
En la subida al volcán Irazú, Hoffman anota que ningún árbol le es conocido. Tiembla de frío en la altura, especialmente cuando la niebla lo empapa y le impide mirar hasta el suelo donde va a dar el paso. Descubre, sorprendido, que en aquella montaña hay senderos que los indios utilizan para caminar hasta el mar Caribe. Descansó cerca de la cima, en la Hacienda San Juan (imagino que el actual San Juán de Chicuá), que estaba entonces abandonada. Cuando llegó al cráter del volcán la mañana estaba despejada y Hoffmann y sus acompañantes permanecieron largo rato en silencio, asombrados por el hermoso paisaje. Tras beber un trago "para aclarar la vista", fue capaz de mirar desde allí tanto el Caribe como el océano Pacífico.
Además del reporte escrito, Hoffman, al igual que sus amigos Frantzius y Carmiol, quienes exploraron otras regiones del país, enviaban muestras de plantas, pieles de animales y pájaros disecados al museo de Berlín. Particularmente valioso fue el envío de pieles de pumas y jaguares, ya que en aquel tiempo en las universidades europeas se enseñaba que en Centroamérica no había grandes felinos.
Hoffman deja claro que gatos siempre han habido, de todos colores y tamaños. Lo que no había eran ratones. Los ratones llegaron la década de 1830 y las ratas en las de 1840, en embarques de mercadería procedentes de Inglaterra.
En una región de bosque cerrado y tupido, Hoffman relata lo duro que es abrir un espacio para la agricultura o la ganadería. Se empieza talando con hacha los grandes árboles. Los troncos se retiran con yuntas de bueyes o son aserrados en el sitio. Luego se le prende fuego al lugar. Cuando se apaga el fuego, se riega maíz en el campo. Después de recoger las mazorcas, se mete ganado para que se coma la maleza y pise el terreno. Se intenta sacar entonces las raíces de los árboles. La rutina de fuego, maíz y ganado, se repite una y otra vez y así, al cabo de unos tres o cuatro años, se obtiene un terreno limpio para ser arado o mantener como pastizal.
Hoffmann anota que la recolección del grano
de café era realizada por mujeres, como aparece
en la famosa pintura del Teatro Nacional.
Hoffman destaca que el cultivo del café es la principal actividad del país y que la inmensa mayoría de terrenos de Heredia, San José y Cartago está cubierta de cafetales. La recolección del grano, en tiempos de cosecha, era realizada exclusivamente por mujeres y niños.
En su expedición a Barva, Hoffmann se interesa en los casos de personas que, por haber sido picadas por serpientes en repetidas ocasiones, han llegado a ser inmunes al veneno.
Aunque sus intereses más marcados son la geografía, la botánica y la zoología, en su artículo sobre Orosi, brinda valiosas observaciones sociológicas. Alrededor del convento, fundado en 1790, y al que llama "el edificio mejor construido que he visto en Costa Rica", los indígenas de la zona, pese a estar bautizados con nombres españoles, mantenían su estilo de vida tradicional. Los hombres cazaban y pescaban y las mujeres se ocupaban de la agricultura. Las tierras de Cachí y Orosi le pertenecían a la comunidad y no había títulos de propiedad a nivel individual. Los indígenas no utilizaban dinero y de los artículos que podían ofrecerles los criollos a cambio de sus productos solamente había dos que aceptaban: las hachas y los machetes. En sus casas no había ni un solo clavo, ya que las construían atando los troncos con bejucos. Hoffman tuvo oportunidad de observarlos pescando en los ríos. Como había un cierto tipo de pez, muy apetecido, que no picaba el anzuelo, lo pescaban con lanza.
Los indígenas elaboraban preciosas vasijas de cerámica, pero Hoffmann afirma que nunca los vio usarlas para cocinar. Sobre las brasas, sin recipiente alguno, ponían los peces, la carne, la yuca, las mazorcas, las papas y los plátanos.
En Orosi, Hoffman escuchó la leyenda de "La loba negra que aúlla", una combinación del Cadejos con La Llorona.
El médico eminente, ciudadano distinguido, héroe de guerra e incansable explorador, era un hombre fuerte, alto y corpulento, pero acabó enfermo de un mal pulmonar que, se supone, era tuberculosis. En busca de un clima más benigno se trasladó a vivir a Puntarenas. Mientras agonizaba, justo una hora antes de su muerte, dicta una carta a su amigo, el Presidente Juan Rafael Mora, para felicitarlo por su reelección. "He nacido en un suelo muy distante", le dice antes de manifestar su agradecimiento a la república que "tan benignamente" lo acogió. Hoffman estaba tan débil que ni siquiera pudo firmar la carta. Murió el 11 de mayo de 1859, con apenas treinta y cinco años de edad. Fue sepultado en Esparza. En 1929, año en que se inauguró el monumento a don Juanito Mora frente al correo, los restos del Dr. Carl Hoffmann fueron trasladados al cementerio general de San José.
INSC: 2720

domingo, 31 de mayo de 2015

Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela.

Viaje a la Alcarria. Camilo José Cela.
Espasa Calpe, España, 1989.
Buena parte del atractivo de los libros de viajes radica en la aventura, el peligro y el sabor exótico. Los libros de viajes más celebrados son aquellos en que algún audaz, ya sea por deseo propio o por azares del destino, recorre tierras lejanas habitadas por pueblos de costumbres muy distintas a las suyas y, tras experimentar el riesgo de enfrentarse a lo desconocido a cada paso, presencia hechos insólitos y vive experiencias asombrosas. Pero lo verdaderamente fascinante de un libro de viajes no es el recorrido y los acontecimientos, sino la forma en que el viajero evoca su experiencia. 
Camilo José Cela no necesitó ir muy lejos ni ser testigo de hechos sorprendentes para escribir su Viaje a la Alcarria que, con el tiempo, se ha convertido en un verdadero clásico del género. Su viaje no fue largo ni peligroso. Simplemente tomó su morral y se fue a caminar unos días por comarcas no muy alejadas de Madrid, donde se encontró con personas sencillas y amigables, se hospedó en las posadas, comió en las fondas y paseó por los campos. En la carta en que le dedica el libro al Dr. Gregorio Marañón, el propio Cela se alegra de no haber sido testigo de nada extraño.
Cela ni siquiera se extiende en detalles informativos. Él mismo dice que lo mejor es tomar el toro por los cuernos y decir "aquí hay una casa, o un árbol, o un perro moribundo" sin pararse a ver si la casa es de tal o cual estilo, si el árbol le conviene o no a la economía del país o si el perro habría vivido más de haber sido vacunado. En los libros de viajes, afirma, "suele sobrar la pedantería, que también es lo más fácil de poner".
Su plan es sencillo y consiste simplemente en nunca dormir más de una noche en un mismo sitio y caminar sin prisa para observar atentamente el entorno. Las personas con las que se encuentra en su recorrido tienen en el libro apariciones fugaces pero memorables.  Con la única excepción de Martín, un comerciante que se movilizaba en bicicleta, al que se encontró de pura casualidad en tres pueblos (Trillo, Budía y Sacedón), Cela no volvió a toparse con nadie por segunda vez. Es conmovedora la reflexión que hace sobre las despedidas. Aunque no se haya compartido más que un rato de charla casual, despedirse de alguien que se ha encontrado en el camino es algo definitivo y doloroso porque, lo más probable, es que la despedida sea para siempre.
Un detalle hermoso es que a todos se les llama por su nombre. El mendigo que recoge colillas se llama León. Martín Díaz es el arriero con dos mulas que le hizo el favor de llevarlo en su carretón. Armando Modéjar Gómez es el niño pelirrojo que le alcanzó el jabón y la toalla cuando se refrescaba en el río. Julio Vacas es el amable tendero que le obsequió un libro y Paquito es el nombre de la pobre criatura que nació bien y luego se torció. Cela consigna hasta el nombre de los animales: Mauricio, el canario, Gorrión, el burro y Rubio y Moro, los dos gatos.
El libro está lleno de historias hermosas. Estanislao de Kotska Rodríguez tenía una pata de palo porque el día que quiso poner su fin a su vida se acostó en la línea del tren y se arrepintió en el último minuto. Convertido en vagabundo se encuentra en el campo con Cela quien, tras escuchar su historia, lo invita a una merienda. Al llegar al pueblo, Estanislao decide pasar de largo para no tentar su suerte. "Ya he comido y no entro en los pueblos más que para comer."
Con otro caminante, Cela duerme en el campo. Los morrales de almohada, la manta de uno de ellos debajo y la manta del otro encima. Al entrar al pueblo se separan para explorar cada uno por su lado. Al final de la tarde se encuentran para seguir el camino, pero el compañero le informa a Cela que se va a quedar en el pueblo, porque le ha salido una chapuza. Cela se despide diciendo que se marcha porque a él no le ha salido nada. Entonces el hombre, mirando a lo lejos como para restarle importancia al asunto, le dice: "Poco es, pero, si quiere, la mitad es suya." Conmovido por la generosa oferta, Cela responde: "No están los tiempos para compartir" y los amigos se despiden con un apretón de manos.
Una de las escenas que más me impresionaron del libro es la de los dos perros. Mientras Cela come, dos perros lo observan. Uno es humilde y resignado. El otro tiene una actitud agresiva e insolente. Cela trata de tirarle un pedazo de pan al perro de mirada dulce, pero el maleducado, que es más audaz, lo atrapa al vuelo. Al terminar la comida, cuando Cela se acuesta en el piso para dormir una siesta, el perro respetuoso se echa a su lado como para vigilar su sueño, mientras que el perro que se comió el pan se marcha. 
Los lugares para comer y dormir eran modestos. En uno de ellos la posadera era particularmente humilde y amable. "Lo que aquí no encontrará son refinamientos, pero limpieza y buena voluntad sí." Al preguntarle por la cena, le dijo: "Poco tengo, pero de todo puede disponer: huevos, ternera, trucha, carne, fruta, ensalada, queso y vino de la Rioja." La mujer hablaba como disculpándose, como si en su casa hubiera entrado un duque y Cela pensó que lo malo de que lo tomen a uno como rico viene a la hora de pagar. En esa posada, Cela invitó a cenar a dos amigos y le pagó la cama y el desayuno a Martín, el comerciante de la bicicleta.
La cuenta fue de cincuenta y cinco pesetas.
"No, apúnteme todo" exclamó Cela.
La posadera le hizo el desglose: "treinta y seis pesetas por las cenas, un duro por las camas y doce pesetas por los desayunos. De servicio le he puesto dos pesetas para redondear."
Quiso dejar un duro de propina y no se lo aceptaron.
Viaje a la Alcarria es un libro lleno de experiencias sencillas y apacibles. La prosa en que está escrito, pese a ser esmerada y pulida, va directamente al grano sin ornamentación ni florituras. Salvo en el último capítulo, dedicado a Pastrana, en el que Cela se permite brindar referencias históricas, geográficas y culturales, todo el libro está concentrado más en la experiencia que en el entorno. En algún momento Cela confiesa que: "El viajero, de nuevo en la carretera, piensa en cosas en las que no pensó en muchos años, y nota como si una corriente de aire le diera ligereza al corazón."
Camilo José Cela en su viaje a la Alcarria.
El verdadero viaje, en todo caso, no es el del camino, sino el del recuerdo. A veces uno necesita darse una vuelta por algún sitio distinto a aquel en que se desenvuelve la propia rutina, no para contemplar otro paisaje, sino para hurgar más serenamente en el interior de uno mismo.
Quien viaje con mirada atenta no requiere de aventuras, sorpresas y peligros para vivir una experiencia digna de ser contada. El viaje de Cela fue breve. Estuvo en el camino del 6 al 15 de junio de 1946. Pasó en limpio las notas durante las dos semanas siguientes y escribió el libro del 25 al 31 de diciembre de 1947.
Revisando el manuscrito años después, Cela, que escribía a mano, descubrió que  estaba escrito con muy buena letra. Dicha revelación no me sorprende. Viaje a la Alcarria es un libro en que Cela saboreó con calma y sin prisa cada paso y, por ello, uno como lector lo disfruta saboreando cada línea.
INSC: 866

lunes, 16 de febrero de 2015

John Cockburn viajó por Costa Rica, de Nicoya a Chiriquí, en 1731.

Los viajes de Cockburn por Costa Rica.
John Cockburn. Traducción de Alec Ross.
Notas de Carlos Meléndez Chaverri.
Editorial Costa Rica, 1976.
No está claro por qué motivo ni bajo cuáles circunstancias seis súbditos británicos que viajaban a bordo del navío John & Jane por el mar Caribe, fueron capturados por un Guarda Costa español y abandonados, desnudos y heridos, en un sitio llamado Porto-Cavalo, en la costa norte de Honduras, en octubre de 1731. Tampoco se sabe la razón por la que estos hombres andaban de viaje tan lejos de su patria. 
La única posibilidad de tomar un barco que los llevara de vuelta a Inglaterra era llegar al puerto de Chiriquí, que quedaba en la costa pacífica del istmo de Panamá. Es decir, debían cruzar Honduras de una costa hasta la otra y, luego, atravesar todo El Salvador, toda Nicaragua, toda Costa Rica y la mitad de Panamá sin dinero ni provisiones. Dos murieron en el camino. Otros dos tuvieron la suerte de viajar en un barco desde el Golfo de Nicoya hasta Chiriquí y el último de ellos, llamado John Cockburn, al que le tocó cruzar todo el istmo centroamericano, escribió sus recuerdos e impresiones de la odisea.
Su libro, titulado Viaje por tierra desde el Golfo de Honduras hasta el Gran Mar del Sur, fue publicado en Londres en 1785. Lamentablemente, es una obra inconseguible. Sé de ella porque la Editorial Costa Rica publicó, en 1962 y 1976, un pequeño libro titulado Los viajes de Cockburn por Costa Rica, que incluye, además de interesantes notas de don Carlos Meléndez Chaverri y un ensayo de Franz Termer sobre el valor histórico, geográfico y etnológico de las observaciones de Cockburn, la traducción del relato del viaje del inglés desde Nicoya hasta el Golfo Dulce.
Hay decisiones editoriales que resultan difíciles de comprender. Si Cokburn escribió un libro sobre su viaje desde Honduras hasta Chiriquí, lo lógico habría sido publicar una traducción completa pero, en este caso, el nacionalismo jugó una mala pasada y se publicó solamente el fragmento que se refiere a Costa Rica. Un lector aficionado a la historia agradece la publicación, pero lamenta que sea incompleta. Tengo entendido que el viaje de Cockburn por Honduras estuvo lleno de aventuras y que consignó tradiciones populares de Santa Ana, en El Salvador. Me habría gustado leer sobre su paso por León y por Granada, en Nicaragua, que ya eran ciudades grandes en aquella época y, por supuesto, habría querido saber cómo llegó finalmente a su destino en Chiriquí. Pero, como dije, el libro empieza justo cuando Cockburn puso un pie en Guanacaste y termina cuando sale de territorio costarricense. No pierdo la fe de poder leer, algún día, el viaje completo.
Portada de la primera edición. Viaje por
tierra desde el Golfo de Honduras hasta
el Gran Mar del Sur. John Cockburn.
Londres, 1735.
Su paso por Costa Rica, es impresionante. Tras tropezarse en su camino con el enorme río Tempisque, Cockburn y dos de sus compañeros (los otros dos ya habían muerto), avanzaron durante días por la pampa guanacasteca. Muy esporádicamente se encontraban con algún indígena que les daba indicaciones para llegar a Nicoya. Los indígenas ni siquiera les preguntaban hacia dónde se dirigían, puesto que Nicoya era el único destino posible en aquellas tierras. Una vez en Nicoya, fueron recibidos por el alcalde, un francés llamado Michel de Boyce. El dato es más que curioso, ya que es verdaderamente extraño que durante la Colonia española un francés estuviera por estas tierras y fuera, además, alcalde. En Nicoya los recibieron bien, los alojaron en una choza y les dieron de comer tortillas, carne de saíno, plátanos maduros y frutas, entre las cuales Cockburn destaca los zapotes que, en sus palabras, "son realmente deliciosos".
Todas las viviendas eran chozas de paja, pero el lugar era ordenado y limpio y no había un mosquito en toda la villa. Alrededor del poblado abundaban los árboles frutales. A Cockburn le llamó la atención que los nicoyanos fueran padres amorosos, aunque poco preocupados por instruir o proteger a sus hijos. Los bebés gateaban libremente por la tierra, mientras que los niños que ya podían ponerse en pie tenían como únicos juguetes los cráneos, garras y colas de los animales que sus padres habían cazado. Cockburn anota que durante toda su estadía en Nicoya nunca vio a un hombre besar a una mujer. Considerando la impresionante belleza de las indígenas chorotegas, este dato verdaderamente me impresionó. No había, en la villa, ni templo ni cura, por lo que todas las actividades religiosas estaban centradas en una imagen de la Santísima Virgen, que presidía los funerales y entierros y ante la cual los pobladores bailaban en los días de fiesta.
Los dos compañeros de Cockburn estaban muy enfermos para continuar el viaje y debían quedarse en Nicoya mientras se recuperaban. Cockburn quiso adelantar su viaje y, en compañía de tres indígenas, partió hacia la Hacienda Catalina. Caminaron tres días sin ver una sola persona. Cada uno llevaba un cuero que le servía de cama, en las noches, y de impermeable, cuando llovía. En la Hacienda Catalina le prestaron una canoa, en la que viajaron hasta la isla de Chira y la isla Caballo. Cockburn pudo presenciar cómo los indígenas teñían de púrpura el algodón con la tintura de un molusco, al que se preocupaban por no lastimar. Los caminantes solían levantar ranchos para acampar. Era común, entonces, encontrar ranchos pero no personas. Por alguna razón que no está del todo clara, los indígenas que lo acompañaban desaparecieron y, al verse abandonado, Cockburn regresó caminando a Nicoya. Allí se llevó la triste sorpresa de que sus dos compañeros no solo se habían recuperado, sino que habían tenido la suerte de abordar una nave que iba hacia Panamá. Por no esperarlos y querer adelantarse, Cockburn se había quedado solo y rezagado.
Cinco indígenas se ofrecieron a acompañarlo en su viaje hasta Chiriquí. Estos indígenas, con la fibra de la corteza de los árboles, fabricaban una tela suave y resistente llamada mastate. A Cockburn le regalaron una pieza enorme como una sábana, con la cual se hizo una chaqueta. Le llamó mucho la atención que los bejucos que colgaban de los árboles, aparentemente delgados y frágiles, una vez trenzados formaban una cuerda muy resistente. El plan era hacerse a la mar en una balsa en la isla del Caño y navegar cerca de la costa hasta llegar al Golfo Dulce. Aunque el mar estaba tranquilo, tuvieron la precaución de amarrarse con cuerdas de bejuco a la balsa. Esa previsión fue verdaderamente sabia ya que, poco después de haber zarpado, se encontraron con una tormenta que, de no haber ido atados, las olas los habrían separado en el agua sin posibilidad de reencontrarse. La tormenta los empujó hacia la costa, a la que llegaron con la balsa ya prácticamente destruida.  
La primera noche en tierra la pasaron subidos en un árbol mientras, en el suelo, un grupo de jaguares (Cockburn dice "tigres") caminaba en círculos. Cuando uno de los jaguares intentó trepar al árbol, un indígena le cortó la garra con el machete y, al caer al suelo, los otros jaguares lo devoraron. A la mañana siguiente, los indígenas se fueron de caza, sin más armas que sus machetes, y le encargaron a Cockburn que tuviera listo un fuego cuando volvieran, pero nunca regresaron. Cockburn los esperó tres días subido en un árbol, del que solo bajaba para mantener ardiendo el fuego. Los alimentos que llevaban eran limitados y Cocburn trató de rendirlos al máximo. Cuando ya la carne seca se le había acabado y solamente le quedaban unos cuantos plátanos y pedazos de coco, decidió desplazarse a otro sitio. En la playa pudo ver a un animal enorme, que describe del tamaño de "cuatro caballos juntos", que muy posiblemente se trataba de una foca elefante, cuya presencia es común en costas del Pacífico. Vio de lejos algunos jaguares y saínos.
La ruta del viaje por Centroamérica de
John Cockburn.
Encontró un río donde pudo saciar su sed y reunir suficiente leña para hacer un fuego grande, que alejara los animales mientras él dormía. Además de cansado y hambriento, Cockburn estaba también herido ya que se había golpeado contra las rocas al caer en un pequeño acantilado. Su único alimento eran huevos de tortuga, cuando los encontraba y, para distraer el miedo y el hambre, pasaba gran parte del día durmiendo. Estaba seguro de que esa costa sería el lugar donde terminaría su vida y, cada vez que conciliaba el sueño aceptaba serenamente la posibilidad de no volver a despertar. Sin embargo, no dejaba de explorar la zona. Un día que se internó en la selva, se encontró una choza recién construida en la que había un fuego encendido y, sobre el fuego, una olla de barro en la que hervía un cocido de plátanos y carne de saíno. Estaba devorándolo cuando vio llegar un perro, seguido de tres indígenas quienes, tras escuchar su historia, le indicaron que muy probablemente sus compañeros que fueron de caza y no regresaron debían de estar muertos.
Sin saberlo, Cockburn había llegado bastante cerca del Golfo Dulce. Los indígenas le dijeron que, caminando por la costa, tardaría como veinte días en llegar a Chiriquí, pero que ellos conocían un atajo por la montaña, le ofrecieron acompañarlo y le aseguraron que llegarían en nueve días.
Hasta este punto llega el fragmento que tuve oportunidad de leer. Obviamente John Cockburn no solo llego a Chiriquí, sino que pudo regresar a Inglaterra, donde publicó su libro. 
El testimonio de Cockburn, aunque recoge solamente sus observaciones sin mayores referencias, ya que no tenía cómo darlas, ha servido a los investigadores para ubicar su ruta. Las referencias de ríos grandes, de árboles, de cerros y de vegetación han sido reconocidas por los estudiosos. Naturalmente, cuando Cockburn dice "tigres" se refiere a jaguares y cuando dice "jabalíes" se refiere a saínos. Llama poderosamente la atención que en todo el relato no haya mencionado ni una sola serpiente o cocodrilo. Cuando Cockburn menciona a los "indios Queype" seguramente deben de ser Quepo. Las observaciones de Cockburn sobre las armas y costumbres de los indígenas Borucas han sido muy apreciadas por los antropólogos. No se ha podido determinar, además, a qué grupo étnico pertenecían los últimos indígenas que lo llevaron a su destino. En la portada de su libro, Cockburn afirma que su odisea fue reseñada en "varios periódicos", pero esas publicaciones no han sido encontradas. 
Cockburn fue abandonado en Honduras en Octubre y llegó a Chiriquí en enero. Se embarcó rumbo a Jamaica, donde permaneció un mes y, tras un viaje de ocho semanas, arribó al puerto de Bristol, Inglaterra. Su libro tuvo varias ediciones en inglés durante el siglo XIX, pero ninguna en el siglo XX ni en lo que va del XXI. De su vida, tanto antes como después de su accidentado viaje en Centroamérica, no hay dato alguno.
INSC: 2124

martes, 14 de octubre de 2014

Más que un viaje a China.

China para hipocondríacos.
José Ovejero, Ediciones B, España.
1998.
Los libros de viajes eran populares cuando la mayoría de personas no viajaba. El europeo que leía sobre los peludos bisontes de Norteamérica, sabía que nunca iba a tener uno de estos animales al frente. Viajar era una actividad reservada a los valientes, a los aventureros. Hasta los monarcas tenían que conformarse con abrir la boca ante los reportes de los exploradores.
Ahora el mundo se nos ha vuelto pequeño. Ningún viaje, a ningún punto del planeta, se toma tres meses de ida y otros tres de vuelta. Los viajeros ya no son temerarios hombres rudos dispuestos a enfrentar el peligro, sino curiosos lo suficientemente desahogados económicamente como para costearse el boleto.
A los que no viajan, tampoco les importa demasiado. Ya no hay paisaje remoto ni ceremonia antiquísima que no haya aparecido en alguno de esos documentales de televisión que impresionan cada vez menos. 
Gracias a la cobertura y acceso creciente de internet, el lugar más remoto acaba convirtiéndose en familiar.
Los libros de viajes, sin embargo, tienen aún mucho que ofrecer. El que, en esta época, se pone a escribir un libro de viajes, tiene claro que, vaya donde vaya, las cámaras de televisión llegaron antes y que su trabajo consiste en descubrir y mostrar todo aquello que solo a través del contacto personal puede descubrirse y solo por medio de la literatura puede mostrarse.
Ediciones B le dio un buen impulso al género con el Premio Grandes Viajeros, cuyo primer galardonado fue José Ovejero con el libro China para hipocondríacos. Esta obra brinda información sobre China que no sería posible obtener por otro medio.
El autor, según la descripción que hace de sí mismo, dista mucho de ser un hombre aventurero y arrojado. Todo lo contrario. confiesa que es una de esas personas a las que no le gustan las calles solitarias y oscuras y que, cada vez que come, bebe agua o respira aires extraños, no deja de pensar en bacterias, enfermedades contagiosas y pestes de todo tipo. 
Sin embargo, este hombre asustadizo se resiste a vivir tranquila y serenamente en el seguro espacio de su casa y, con frecuencia, cede a la irrefrenable necesidad de echarse la mochila al hombro y lanzarse por los caminos de Dios hasta llegar lo más lejos que pueda. El mismo José se muestra contrariado al descubrir que sus sentimientos de arraigo y al hogar, nunca son tan intensos como sus añoranzas por sitios desconocidos que nunca ha visitado. En alemán hay una palabra para describir el fenómeno, explica, pero en español no. Esa misma situación de encontrar en otra lengua lo que la propia no le permite expresar, es un indicio de su apetito de comunión por lo que no le es propio.
Un buen día, nuestro hipocondríaco se decide a pasar dos meses en China. ¿Por qué? Porque quiere ser absoluta y definitivamente extranjero, porque quiere perder todas las referencias conocidas y sentir que se encuentra en otro mundo.
Al principio es placentero no comprender nada, caminar por las calles totalmente ajeno a los mensajes de los carteles, encontrarse en medio de una multitud sin pescar ni una palabra de sus conversaciones, pero conforme pasan los días en Nanjing le va entrando una sensación de incomunicado y llega a pensar que, su costumbre de hundirse en espacios ajenos esta vez ha llegado demasiado lejos.
Con esa duda en mente, pasa su primer mes en China aprendiendo las bases del idioma y las reglas de comunicación en general. Sin embargo, cuando arriba su esposa Renate a acompañarlo en la segunda parte del viaje, José lamenta no estar solo para disfrutar de experiencias más auténticas. Renate, por cierto, es un personaje del que apenas se vislumbra una silueta, ya que, aunque José se confiesa enamorado de ella, no viajó tan lejos para prestarle atención a una alemana alta y rubia como la cerveza.
China para hipocondríacos es un libro muy ameno, en que los datos históricos y culturales y la experiencia personal se alternan y complementan sin tropiezos. Con delicadeza asombrosa, pasa de su testimonio particular a referirse a temas históricos, geográficos o artísticos para volver sin sobresaltos, al cabo de unas páginas, de nuevo al testimonio.
Tal parece que Ovejero es un hombre culto y, a pesar de su declarada timidez, entra en reflexiones profundas a partir de cualquier tema: la gastronomía, la agricultura, la arquitectura o la medicina holística- La fluidez de su prosa hace que el lector devore las páginas en que expone su opinión sobre los jardines chinos en comparación con los ingleses y franceses y que, además, las disfrute.
Tal vez este sea el mayor mérito de China para hipocondríacos: es un libro de viajes en que las reflexiones son más importantes que el paisaje. El verdadero viaje no es el que José hace por China, sino el que en China y a propósito de los paisajes vistos y las experiencias vividas, José realiza al interior de sí mismo, de sus temores, sus fobias, su hipocondría y sus prejuicios.
Además del vistazo a China, revelador, impresionante y sorprendente, China para hipocondríacos brinda una invitación a reflexionar más ampliamente sobre el aislamiento y la necesidad de comunicación, tanto entre individuos como entre los pueblos.

lunes, 6 de octubre de 2014

Ernesto Cardenal en Cuba.


En Cuba. Ernesto Cardenal.
Círculo de lectores. Bogotá, 1979.
En 1970, invitado por Casa de las Américas, el sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal realizó una larga visita a Cuba. Las impresiones, recuerdos, sorpresas y encuentros de ese viaje, las publicó luego en un libro bastante ameno y revelador al mismo tiempo titulado, simplemente, En Cuba.
Es un libro valioso aunque, me parece, poco conocido. Al menos son pocas las referencias disponibles sobre él. La obra incluye interesantes entrevistas a Fidel Castro, José Lezama Lima y la madre de Camilo Cienfuegos, así como anécdotas de los encuentros del autor con Cintio Vitier, Fernández Retamar y otros poetas.
En el momento de la visita, Cardenal ya era un poeta reconocido y, por entonces, todavía era un sacerdote activo. Quizá por esa doble condición, durante su visita quiso ante todo observar de cerca la situación de la práctica religiosa y de la producción poética de la isla tras apenas once años del triunfo de la revolución. Su mirada curiosa y atenta hasta en los más mínimos detalles, le permitió descubrir, y anotar, valiosas revelaciones.
En el momento de su visita, ya el entusiasmo inicial por el nuevo régimen había pasado, tanto dentro como fuera de Cuba. El sonado caso de Heberto Padilla, dos años antes, había motivado a muchos escritores e intelectuales de diversos países a retirar el apoyo que habían brindado a la revolución en sus primeros años. Dentro de la isla, ya para entonces el comercio estaba desabastecido, apenas se podía mal comer con lo que daban por medio de la libreta de racionamiento y la ciudad de La Habana empezaba a deteriorarse. El control y la represión alcanzaba hasta los niveles más íntimos. Se encarcelaba a los homosexuales, se arrestaba (para raparlos) a los varones que llevaran el cabello largo, se perseguía quienes usaran pantalones estrechos porque el régimen promovía el uso de pantalones anchos y se prohibía la difusión de la música jazz por considerarla contrarrevolucionaria. En Nicaragua, el país de Cardenal, también se vivía por entonces bajo una dictadura, pero ninguno de los Somoza persiguió nunca ni preferencias sexuales, ni géneros musicales, ni determinados estilos de ropa o cortes de cabello. Cardenal da cuenta de estas y otras arbitrariedades del régimen cubano. Sin embargo, por su particular manera de comprender el cristianismo, el cura trapense de Solentiname también aplaude ciertos logros que considera un triunfo de la solidaridad sobre el egoísmo.
Lo más valioso de estas crónicas de Cardenal en Cuba es su balance. Escucha a los propagandistas del régimen y reproduce en sus apuntes los argumentos que le expusieron. Escucha también a quienes critican al régimen y también reproduce en sus apuntes lo dicho, aunque, en este último caso, por petición y seguridad de quienes confiaron en él, omite mencionar sus nombres. Cardenal, como cronista y como poeta, tiene una exquisita habilidad de insinuar sutilmente lo que desea mostrar con claridad. En las comidas del Hotel Nacional, donde se aloja con otros invitados de Casa de las Américas, degusta langosta acompañada de vinos franceses. Si visita a un poeta, ya sea Lezama Lima o Fernández Retamar, se queda sin comer porque incluso en las casas de tan distinguidos literatos, los alimentos son pobres, escasos y tan limitados que no permiten convidar a quien llega sin aviso previo. 
Cardenal apoya el comunismo, porque lo considera inspirado en el Evangelio. Al mismo tiempo, Cardenal cree en Dios y lleva el cabello largo, algo que un régimen policiaco y represivo no le permite a sus súbditos.
En Cuba es un libro escrito, con total honestidad, por un observador capaz de prestar atención balanceada, tanto a los logros como a los errores de ese extraño experimento social que fue convertir todo un país en el laboratorio de un solo hombre. Cardenal observa, anota y consigna todo lo visto u oído pero, en vez de juzgar, intenta comprender. No se parcializa y, por ello, ni oculta ni destaca una posición sobre otra. Sin apasionamiento y sin fanatismo, relata los hechos y las conversaciones. Tanto a los enemigos fanáticos de la dictadura cubana, como a sus defensores más intransigentes, este libro les parecerá injusto e inclinado hacia el bando contrario. Quizá por ello es que, pese a su gran valor como documento histórico, haya sido comentado poco en los más de cuarenta años que han transcurrido desde su publicación.
En cada capítulo, Cardenal incluye poemas, tanto suyos como de otros autores, que demuestran, una vez más, que la poesía puede alcanzar, en pocas palabras, cimas de concisión y profundidad a las que la prosa no llega nunca.
Un dato curioso: la edición que tengo, publicada por Círculo de Lectores, de Bogotá, tiene una extraña leyenda: "Queda prohibida su venta a toda persona que no pertenezca a Círculo". Yo, por supuesto, soy un propietario y lector clandestino de este libro.
Los poetas Ernesto Cardenal y Nicolás Guillén.




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