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domingo, 1 de noviembre de 2015

Pío XII. Papa durante la II Guerra Mundial.

El Papa de Hitler. John Cornwell. Editorial
Planeta. España. 2001.
Dice el viejo refrán que no hay que juzgar un libro por la portada. El Papa de Hitler, de John Cornwell, es un buen ejemplo. El título y la fotografía de cubierta son tan osados como engañosos.
Sobre la figura de Eugenio Pacelli, Nuncio Apostólico en Alemania de 1917 a 1929, Secretario de Estado del Vaticano de 1929 a 1939 y Papa, con el nombre de Pío XII, desde 1939 hasta 1958, se han publicado cualquier cantidad de obras que van desde estudios históricos serios y documentados hasta panfletos llenos de afirmaciones sin fundamento.
En vida, el Papa Pacelli gozó de gran prestigio, pero cinco años después de su muerte una obra teatral, El Vicario de Rolf Hochcuth,  abrió un debate que aún hoy está lejos de agotarse. El punto central de la discusión es que, aunque Pacelli realizó, en repetidas ocasiones, actos no solo valientes sino hasta heroicos a nivel personal y movilizó a todo el aparato de la Santa Sede y de la Iglesia europea en general,  para socorrer a los civiles durante la II Guerra Mundial, nunca pronunció un mensaje que, de manera clara y directa, condenara los atropellos cometidos por la Alemania Nazi. 
Quienes lo critican, sostienen que su silencio ante hechos que debió haber censurado, no obedeció a la prudencia ni a la falta de información, sino que respondía un pacto oculto entre la Santa Sede y el III Reich. Los más atrevidos, llegan a afirmar que Pacelli, a nivel personal, simpatizaba con los nazis. Quienes lo defienden, argumentan que así como no hay palabras contra los nazis, tampoco las hay a favor y que Pío XII, en todo caso, hizo mucho más de lo que dijo y sus acciones son más elocuentes que cualquier discurso. Ambos bandos tienen numerosos hechos para poner sobre el tapete.  Entre los innumerables libros y artículos que se han escrito sobre el tema, no se ha escuchado aún una voz desapasionada. Para unos fue un héroe que actuó con sabiduría y prudencia, mientras que para otros fue un cómplice de las atrocidades que no denunció.
En las polémicas sobre figuras históricas es común encontrar, entre otros muchos, tres tipos de autores: el torero de café, el profeta a posteriori y el sabelotodo. En España llaman toreros de café a quienes, cómodamente sentados alrededor de una mesa, dicen lo que debió haber hecho el matador en el ruedo. Sobra decir que ninguno de ellos ha tenido nunca un toro al frente. En el plano de la historia, hay quienes, con la misma facilidad de la tauromaquia de tertulia, juzgan a los protagonistas de los hechos sin considerar la complejidad del momento que debieron enfrentar.
Por otra parte, es muy fácil calificar las decisiones como acertadas o erróneas cuando todo ha pasado y se sabe en qué paró el asunto. Cualquiera es profeta a posteriori, pero quienes debieron tomar decisiones en determinado momento no contaban, como sus severos jueces, con la ventaja de saber cómo iban a terminar las cosas. Es absurdo que años, décadas o siglos después de los hechos, se les reclame a las figuras históricas el no haber sido capaces de ver el futuro.
El historiador sabelotodo, por su parte, es aquel que no se conforma con investigar y exponer una versión bien sustentada y razonable, sino que aspira a decir la última palabra. En historia, como en muchas otras áreas, es más serio hablar de posibilidades que de verdades. Ante hechos no probados o dudosos, confío mucho más en un historiador que sugiera "lo que pudo haber ocurrido..." que en uno que afirme "lo que en verdad ocurrió..."
Pero volvamos al libro de Cornwell. El título y el subtítulo, El Papa de Hitler, la verdadera historia de Pío XII, son, por decir lo menos, poco serios. La ilustración de la portada, además, podría generar confusiones. Se trata de una foto de 1929, en que el nuncio Pacelli abandona el Palacio Presidencial en Berlín. La capa episcopal puede confundirse fácilmente con el tabarro pontificio y los oficiales de guardia con uniforme prusiano tocados con el stahlhelm parecen soldados nazis. La combinación del título y la fotografía me pareció grotescamente engañosa. Sin embargo, recordando el adagio de no juzgar un libro por la portada, emprendí la lectura y me bastaron pocas páginas para convencerme de que, pese a su cubierta ciertamente cuestionable, tenía en mis manos una investigación profunda y minuciosamente documentada.
El autor de este libro no cae nunca en el error de editorializar como torero de café, ni como profeta a posteriori ni como historiador sabelotodo. Se limita a consignar hechos, proponer análisis y sugerir conclusiones.
Por su estilo conciso, fluido y claro, es capaz de brindar avalanchas de datos y meter en la danza a cientos de personajes sin abrumar al lector. Cornwell tiene la meritoria y rara habilidad de ofrecer un panorama integral de situaciones complejas de manera breve y diáfana. El libro se lee con interés creciente y tiene el enorme mérito de ser comprensible fácil de seguir para cualquier lector, incluyendo uno no muy familiarizado con los acontecimientos que se reseñan. Pocos historiadores son tan amigables con el público en general. Los comentarios y las apreciaciones personales que el autor se permite expresar, esporádicamente pero a todo lo largo del libro, dejan claro que Pío XII no le simpatiza. Sin embargo, Cornwell  se limita a consignar su opinión en pocas palabras y sin mayores alegatos. Me agrada el hecho de que un historiador opine francamente sobre lo que escribe. Dejar por escrito la posición personal me parece mucho más honesto que fingir imparcialidad. Lo que no debe hacer nunca el historiador es alterar datos o presentar como hechos lo que son suposiciones, pero si el material que ha reunido lo ha llevado a formarse una opinión, tiene todo el derecho de expresarla. Cornwell, en todo caso y como ya se dijo, nunca suelta el editorial y se concentra en exponer los acontecimientos tal y como constan en los documentos que consultó. Sus opiniones, como las de cualquiera, son discutibles, pero la rigurosidad de su investigación es muy respetable incluso para quienes, como yo, no compartan sus puntos de vista.
Tanto el personaje principal como la época en que le tocó vivir, son de una complejidad fascinante. Tanto en los histórico como en lo biográfico, Cornwell logra pintar un retrato verdaderamente completo y revelador.
Eugenio Pacelli, hijo de una familia de la aristocracia romana, era un hombre severo, misterioso y reservado que practicaba un misticismo ascético y llevaba una vida espartana. Era un lector infatigable, buen jinete, tocaba el violín y hablaba varios idiomas. Organizado y metódico hasta extremos obsesivos, planificaba su rutina diaria minuto a minuto, dormía solamente cinco horas, comía solo, no tenía amigos personales y nunca participaba en conversaciones ociosas. Tanto en sus discursos y correspondencia oficiales como en sus declaraciones improvisadas, solía expresarse con un estilo elíptico, muy elegante pero poco claro. A este hombre alto, pálido, flaco y de voz aguda, que hablaba lentamente pronunciando las palabras sílaba por sílaba, de salud frágil y modales refinados, le correspondió ser Papa en unos años en que el mundo se sumergió en una espiral de violencia que parecía de nunca acabar.
Había trabajado desde muy joven en la diplomacia vaticana. Vivió doce años en Alemania, primero en Munich y luego en Berlín y, como Nuncio Apostólico, fue el artífice del concordato con el Reich. Hitler había ocupado la Cancillería en enero de 1933 y el acuerdo se firmó en julio de ese año. Sin embargo, Pacelli y Hitler nunca se conocieron en persona ya que, en 1929, Pacelli había retornado a Roma al ser nombrado Cardenal Secretario de Estado del Vaticano.
El Concordato entre la Santa Sede y el III Reich le daba a la Iglesia católica ciertos beneficios, tales como un salario para los curas por parte del Estado así como garantías y subsidios para los centros de enseñanza católicos. A cambio, la iglesia se comprometía a ciertas concesiones, algunas de ellas verdaderamente pintorescas, como que en Alemania todo el clero estuviera formado exclusivamente por alemanes y no se permitiera el ministerio de sacerdotes de otras nacionalidades. Sin embargo, el punto más delicado del acuerdo fue la disolución del partido Zentrum. Desde la época de Bismark, a finales del Siglo XIX, los católicos alemanes tenían este partido político que llegó a ser la mayor fuerza política durante la República de Weimar, tras la I Guerra Mundial.
El partido liberal y el social demócrata eran minoritarios, por lo que la mayoría siempre la obtenía Zentrum, que era el que formaba gobierno. Poco a poco los votantes alemanes se fueron radicalizando y tanto el partido nazi como el comunista empezaron a contar con más apoyo popular. Estaba claro que si alguno de los dos llegaba al poder se acabaría la democracia parlamentaria. Los socialdemócratas intentaron realizar una coalición con los comunistas, pero los comunistas no aceptaron por que Stalin en persona se los prohibió. Los liberales eran minoría y a quien le tocaba inclinar la balanza era al partido Zentrum. Heinrich Brüning, líder del Zentrum, sostenía que, puestos a elegir, había que aliarse con los comunistas contra los nazis. Franz Von Pappen, otra importante figura del partido, sostenía la tesis contraria, que había que aliarse con los nazis contra los comunistas. El presidente del partido, Monseñor Ludwig Kaas, vivía en el Vaticano y desde allí dirigía por control remoto a la mayor fuerza política alemana.
El prelado Kaas, al igual que una amplia mayoría del alto clero europeo de entonces, apoyaba el fascismo. Aliado históricamente a las monarquías (de hecho era una de ellas), el papado desconfiaba de las democracias republicanas liberales y aborrecía el comunismo. En esas circunstancias, el fascismo que rechazaba las libertades características de la democracia, adversaba el comunismo y no se mostraba hostil a la Iglesia, gozó, al menos en su primera etapa, del apoyo de la diplomacia papal. Mussolini fue quien creó el Estado del Vaticano en 1929 y, poco después de fundado, el diminuto estado pontificio se entendió bien con las dictaduras fascistas, mientras que con los países democráticos las relaciones eran distantes y con los comunistas inexistentes.
Todos sabemos lo que pasó. Hitler llegó a ocupar la cancillería impulsado por Von Pappen quien, ingenuamente, creyó que podría manejarlo. El concordato fue firmado y el partido Zentrum acabó disuelto. Heinrich Brüning, que salió profeta, abandonó Alemania y se fue a Londres a pegar el grito al cielo. De todos los líderes políticos de la época, Brüning fue el único capaz de vaticinar lo que se iba a venir encima a la vuelta de unos años. Tras la muerte de Hindenburg y el incendio del Reichtag, Hitler tomó el poder absoluto y se desentendió tanto de la nobleza (Von Pappen y sus secuaces) como del concordato. Pío XI publicó la encíclica Mit Brennender Sorge, en que manifiestó su preocupación por el rumbo que estaba tomando Alemania, pero Hitler no iba a hacerle caso a un simple papel.
Pacelli, Secretario de Estado Vaticano, viajó a los Estados Unidos y se entrevistó con el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1936. El 2 de marzo de 1939, el día de su cumpleaños número sesenta y tres, Pacelli fue electo Papa. En setiembre de ese mismo año, tras la invasión nazi a Polonia, Inglaterra y Francia le declararon la guerra a Alemania. Días antes, Pío XII pronunció el famoso discurso en que dijo: "Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra."
Al menos en los primeros años, Pío XII creyó posible una solución negociada al conflicto. Mantuvo canales abiertos con todas las potencias beligerantes. La correspondencia con la Alemania nazi estaba llena de protestas y contraprotestas, pero nunca se rompió. También se mantuvieron las relaciones con la Italia fascista. Dentro del Vaticano había embajadas de Francia e Inglaterra. Cuando ya los Estados Unidos habían entrado en la guerra, el presidente Roosevelt envió un delegado permanente a la Santa Sede y, poco después, al propio Secretario de Estado americano a entrevistarse con el Papa. Lo asombroso del caso es que, como el Vaticano no tiene aeropuerto y era un país neutral, el Estado italiano, en guerra declarada con los Estados Unidos, debió permitir que un avión americano aterrizara en el aeropuerto de Roma y facilitar el paso de los enviados diplomáticos por las calles de su capital hasta el palacio apostólico.
Mientras la diplomacia vaticana mantenía comunicación con todas las potencias involucradas en la guerra, excepto, naturalmente, con la Unión Soviética, se estableció al mismo tiempo un servicio de asistencia para civiles desplazados. La residencia papal de Castelgandolfo acabó convertida, por disposición directa del Papa, en un albergue de refugiados. La capital italiana, durante los años de la guerra, empezó gobernada por el fascismo, luego fue ocupada por tropas alemanas, sufrió prácticamente una guerra civil entre distintos bandos revolucionarios y luego fue tomada por el ejército americano sin que el Papa se moviera de su sitio. Exigió, eso sí, que los cardenales salieran de Roma y se mantuvieran en un lugar seguro para que, en caso de que lo mataran, no tuvieran dificultad de reunirse para elegir a su sucesor.
En 1943, cuando Roma fue bombardeada, el Papa abandonó el Vaticano y se trasladó al sector bajo fuego para acompañar a los habitantes de la zona. A los pocos días, al efectuarse un segundo bombardeo, volvió a hacerlo. Era evidente que el Papa estaba dispuesto a morir al lado del pueblo romano. Tras esos dos gestos, los bombardeos cesaron. Se hicieron incluso bromas sobre el hecho de que aquel hombre, extremadamente flaco, fuera capaz de servir como escudo protector de una ciudad entera.
El retrato que hace Cromwell de Pío XII lo muestra como un hombre de carácter fuerte, amplia cultura y mente brillante, pero frío, poco emotivo, totalmente encerrado en su mundo interno, incapaz de realizar un gesto o pronunciar una palabra de manera espontánea. Pacelli pensaba en blanco y negro sin matices. Su visión de lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo justo y lo injusto era tajante pero, a la hora de expresarse, calculaba el alcance que podrían tener sus declaraciones, así como todas las posibles interpretaciones que se les pudieran atribuir. Sus discursos, sus cartas y hasta sus conversaciones, como ya se dijo, estaban planteados de una forma tan elíptica y enigmática que, con frecuencia, parecían indescifrables.
Si esa fue su manera de expresarse durante toda su vida, ¿Por qué se le reclama el no haber pronunciado un discurso contundente durante la guerra? Reflexionar sobre la figura de Pío XII, no consiste en ponerse a especular sobre lo que pudo haber pasado si hubiera actuado de una manera distinta a cómo lo hizo. Imaginar otra historia alternativa puede ser un ejercicio de fantasía divertido pero no ayuda a comprender. Tampoco se trata de dictar cátedra de torero de café sobre lo que debió haber hecho o dejar de hacer. Es muy fácil juzgar lejos del lugar, lejos del momento, lejos de la responsabilidad y lejos de las consecuencias.
Para muchos, la prudencia de Pío XII fue complicidad y su ecuanimidad fue indiferencia. Pero para comprender su actitud, independientemente de como se la quiera calificar, el propio Papa dejó claras, desde el inicio de la guerra, las normas que regirían sus acciones y sus palabras. En cuanto a las acciones, procuraría aliviar el sufrimiento de todos de manera efectiva y discreta. En cuanto a las palabras, repetiría el mensaje eterno de Cristo, de amor, perdón, fraternidad, justicia y paz, pero no se referiría a ningún hecho en particular. En cada discurso, en cada aparición pública o transmisión radial, Pío XII, siempre en su estilo poético e indirecto, predicó los altos valores del Evangelio de manera general. Hablaba sobre la supeditación de lo político a lo moral, e insistía en la supremacía del individuo sobre el sistema. Los regímenes políticos son temporales mientras que el alma de cada persona es eterna. No condenó las deportaciones ni los asesinatos en masa, ni el bombardeo alemán sobre Londres, ni el bombardeo inglés sobre Dresden, ni el ataque japonés a Pearl Harbour, ni las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Ni siquiera dijo una palabra sobre el bombardeo aliado sobre Roma que tuvo la oportunidad de vivir muy de cerca. Pensándolo bien, si se hubiera puesto a mencionar una por una todas las atrocidades que ocurrieron durante su pontificado, no habría tenido tiempo de hacer otra cosa. 
La actitud de Pío XII durante la guerra genera y seguirá generando controversia.  Para unos, una figura misteriosa, fría y calculadora hasta extremos increíbles. Para otros, un hombre cuya profunda espiritualidad le permitió mantenerse ecuánime en una época convulsa en la que las masacres llegaron a ser parte de la vida diaria.
INSC: 2115

Eugenio Pacelli (1876-1958) Papa Pío XII (1939-1958).

lunes, 17 de agosto de 2015

Las múltiples facetas de Monseñor Víctor Manuel Sanabria.

Monseñor Sanabria. Apuntes biográficos.
Ricardo Blanco Segura.
Editorial Costa Rica, 1971.
Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, segundo Arzobispo de San José, Costa Rica, hablaba varios idiomas, fue profesor de literatura, empresario periodístico, historiador, genealogista y autor de numerosos libros. Sin embargo, es recordado principalmente por su participación activa, pública y notoria, en los hechos políticos de la década de los cuarenta. Aprobó que los católicos militaran en las filas del partido Vanguardia Popular, liderado por comunistas. Trabajó activamente al lado del Dr. Calderón Guardia en la promulgación de las leyes sociales. Se ofreció como mediador para evitar el conflicto armado de 1948 e influenció en varios aspectos la Constitución promulgada tras la guerra civil.
Octavo y último hijo de don Zenón Sanabria Quirós y doña Juana Martínez Brenes, nació el 17 de enero de 1898 en San Rafael de Oreamuno. Sus padres y hermanos eran agricultores por lo que, desde niño, trabajó en el campo. Era hábil y rápido con la pala y el machete y, a lo largo de toda su vida, cada vez que visitaba su tierra, incluso ya siendo arzobispo, disfrutaba trabajar al lado de sus parientes en los cultivos de la parcela familiar.  A los catorce años manifestó su deseo de ser sacerdote y fue admitido en el Seminario, donde se destacó tanto por su inteligencia como por su piedad. Tras finalizar su bachillerato fue enviado a Roma y allá obtuvo un doctorado en Derecho Canónico y recibió la ordenación sacerdotal. Tuvo la intención de ingresar a la Compañía de Jesús, pero el arzobispo Rafael Ottón Castro no se lo permitió. De vuelta en Costa Rica, fundó, junto con otros socios, El Correo Nacional, cuya primera edición apareció el 2 de julio de 1925. Sanabria era el director y gerente del periódico, pero su aventura periodística duró apenas poco más de tres meses. El 31 de octubre apareció el último número editado por Sanabria. La empresa fue vendida a don Luis Cartín, quien continuó publicando el diario hasta 1934. El clérigo, con más amargura que resignación, solía repetir: "Soy un mal administrador y un periodista frustrado."
Pasó entonces a la docencia. Impartía clases de teología a los seminaristas y de literatura a los estudiantes de secundaria.
En aquellos tiempos era común que las clases de literatura dictadas por un sacerdote fueran más o menos una farsa. La práctica general era que el cura advirtiera a los estudiantes sobre los peligros y desviaciones morales o intelectuales que les podría generar la lectura de ciertos libros que ni él mismo había leído nunca. Ese no era el caso de Sanabria. Don Joaquín Gutiérrez Mangel, que fue su alumno en el Colegio Seminario, recuerda que Sanabria recitaba de memoria a los poetas del Siglo de Oro y al referirse a cualquier autor, antiguo o moderno, lo hacía con amplitud y conocimiento de causa. Sus clases de literatura, en vez de asustar con peligros, despertaban curiosidad e interés por las obras comentadas.
Sanabria, que tenía una inteligencia aguda y una memoria prodigiosa, era un lector voraz al que todo le interesaba. Leía los periódicos del día, así como obras literarias, históricas y filosóficas. Como si eso fuera poco, solía pasar horas en los archivos leyendo documentos antiguos.
Dominaba perfectamente el latín, el inglés, el francés y el italiano. Cuando se puso a investigar la historia de la Iglesia en Costa Rica, se topó con una obstáculo. El segundo y el tercer obispo, Bernardo Augusto Thiel y Juan Gaspar Storck, así como los vicarios de Limón y los padres paulinos que regentaban el seminario, eran alemanes por lo que, entre los documentos que dejaron, había varios escritos en alemán. Cuando se topaba con alguno de ellos, llamaba al padre Cornelio Nacken para que se lo tradujera. Como le daba pena molestarlo, pensó que no debía ser tan difícil aprender alemán, se compró un diccionario y una gramática y empezó a traducir por sí mismo los documentos. Cuando se sintió seguro, le habló al padre Nacken en alemán. Su pronunciación, naturalmente, tenía errores, pero las oraciones estaban no solo bien construidas, sino que eran hasta elegantes. Nacken consideró asombroso que alguien pudiera aprender una lengua por sí mismo y, para ayudarle con su pronunciación, tanto él como todos los curas alemanes que había en Costa Rica, que eran varios, continuaron conversando con Sanabria en alemán de ahí en adelante. En 1943 publicó el libro Cuarto viaje de Colón, de Felipe Valentini, que él tradujo directamente del alemán.
El Doctor Calderón Guardia, Rigoberto Pacheco Tinoco, el
Arzobispo Sanabria y el poeta Rogelio Sotela colocan
 la primera piedra de la Universidad de Costa Rica. 1940.
Las obras históricas de Sanabria son numerosas. Desde su primer libro, Datos Cronológicos para la historia eclesiástica de Costa Rica, publicado en 1927, demostró ser un investigador minucioso y un escritor de prosa elegante. Publicaría después las biografías de Anselmo Llorente Lafuente y de Bernardo Augusto Thiel, así como un recuento de los acontecimientos que sucedieron antes y durante la primera vacante episcopal de San José. Al investigar el culto a la Virgen de los Ángeles, de la que era muy devoto, no logró hallar ningún documento en que constara el nombre de la campesina que encontró la imagen pero, como el apellido más común en la Puebla de los Pardos era Pereira y el nombre más frecuente entre las mujeres era Juana, decidió llamarla Juana Pereira. A partir de 1932, Sanabria fue publicando por entregas los datos que se conservaban en la Curia sobre los muertos en la Campaña Nacional de 1856. En la lista, el héroe nacional Juan Santamaría no estaba registrado como caído en batalla, sino como víctima del cólera. Entre los historiadores de su época, ninguno le reclamó a Sanabria que se hubiera tomado la libertad de inventarle un nombre a un personaje sin contar con un documento que lo respaldara, pero sí lo criticaron por reproducir un documento que ponía en duda la gesta heroica del soldado Juan en la batalla de Rivas.
Esa no fue la única polémica que levantaron sus investigaciones. Como tenía su disposición los registros de matrimonios y nacimientos desde la época colonial, se puso a hacer genealogías hasta completar las de San José y Heredia y dejar muy avanzadas las de Alajuela y Cartago. Al igual que en el caso de Juan Santamaría, publicó los datos que había encontrado en los archivos y numerosos miembros de las familias de abolengo se molestaron al percatarse que, entre sus ancestros, además de los hidalgos españoles de los que presumían descender, había numerosos indígenas y esclavos negros.
Por modestia y como restándole importancia, Sanabria siempre dijo que sus investigaciones no eran más que apuntes, esbozos, anotaciones o simples recopilaciones de datos y como tales los publicaba. Siguiendo su ejemplo, don Ricardo Blanco Segura tituló "apuntes biográficos" al libro que escribió sobre Monseñor Sanabria, a quien conoció y trató de cerca. Don Ricardo, como Sanabria, es investigador meticuloso y escritor de estilo elegante. Las obras de ambos autores, además, tienen en común el que no disimulan simpatías ni antipatías por determinados personajes. Esta subjetividad, que quizá en el gremio de los historiadores pueda ser considerada un defecto, acaba siendo, para el lector común y silvestre, un aderezo delicioso en medio de tanto dato.
En 1938, Sanabria fue consagrado obispo de Alajuela, diócesis que en aquel tiempo comprendía todo el norte del país, incluyendo Guanacaste y media provincia de Puntarenas. Apenas tuvo tiempo de recorrer todo el territorio y visitar, al menos una vez, cada parroquia, puesto que en 1940 fue nombrado Arzobispo de San José.
Sanabria tomó posesión de su cargo el 28 de abril de 1940. Pocos días después, el 8 de mayo, el Dr. Rafael Ángel Calderón Guardia asumió la presidencia de la República. El arzobispo y el presidente no eran los únicos hombres jóvenes en cargos de importancia. Toda una nueva generación, que había nacido alrededor del cambio de siglo, estaba relevando a las viejas figuras. Eran los años cuarenta y quienes tenían las riendas del país eran hombres de cuarenta años de edad. La parsimonia de los liberales de antaño parecía haber quedado atrás. Había una voluntad de emprender proyectos ambiciosos y de verlos convertidos en realidad lo más pronto posible.   
La iniciativas que Sanabria puso en marcha eran audaces. Iban desde la fundación de sindicatos católicos, hasta la creación de la emisora Radio Fides, que decidió instalar como reacción a Radio Faro del Caribe, fundada poco antes. Inició la construcción del Seminario en Paso Ancho (donde soñaba retirarse, cuando dejara el cargo, para dedicarse por completo a la historia), así como de la Casa de Ejercicios Espirituales en Calle Blancos. 
El Dr. Calderón Guardia, quien había estudiado en la universidad de Lovaina, declaró que las acciones de su gobierno estarían inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia, lo cual le atrajo la simpatía y el apoyo del Arzobispo. El gobierno también tenía como aliado al partido comunista.  Eran los años de la II Guerra Mundial, en que los Estados Unidos y la Unión Soviética luchaban en el mismo bando, por lo que ni los comunistas eran antiyanquis ni las democracias occidentales consideraban enemigos a los comunistas.
El 13 de junio de 1943, el partido comunista, en una asamblea plenaria, tomó la decisión de cambiar de estatutos y de nombre. A partir de esa fecha se llamaría Partido Vanguardia Popular. Manuel Mora, quien había fundado el partido comunista en 1931 y era el líder indiscutible de la agrupación, le dirigió una carta a Monseñor Sanabria, en la que le consultaba si encontraba algún obstáculo para que los católicos militaran en su partido. El Arzobispo le contestó el mismo día que no encontraba obstáculo alguno.
Manuel Mora, Luis Demetrio Tinoco Castro, Monseñor Sanabria,
Teodoro Picado y el Dr. Calderón Guardia el día de la
promulgación de las Garantías Sociales. 15 de setiembre de 1943.
El hecho fue, por decir lo menos, bastante extraño. ¿Por qué el partido comunista decidió cambiar de nombre? ¿Por qué el mismo día que el partido cambió de nombre Manuel Mora se dirigió al Arzobispo? ¿Por qué el Arzobispo contestó en el mismo día? El escándalo que se armó trascendió las fronteras. El gobierno de Guatemala, por ejemplo, no le permitió a Sanabria asistir al Congreso Eucarístico por considerarlo un obispo comunista.
Poco después, el 15 de setiembre de 1943, fueron promulgadas las Garantías Sociales y, para festejar el acontecimiento, se organizó una manifestación masiva en la capital. El presidente de la República invitó al Arzobispo a sumarse a la celebración y ambos acabaron paseando por San José en un Jeep descubierto al lado de Manuel Mora, el líder comunista, y Teodoro Picado, el candidato oficialista para las elecciones del año siguiente. Por esa época, además, Calderón Guardia, desde la presidencia, y Manuel Mora, desde el Congreso, lograron la derogatoria de las leyes liberales que había promulgado Próspero Fernández en 1884, que limitaban la influencia de la Iglesia en la educación pública. El arzobispo, por su parte, había participado activamente en la elaboración del recién promulgado Código de Trabajo.
Lo curioso es que el candidato de la oposición, León Cortés Castro, junto con su esposa doña Julia Fernández, había sido padrino de la consagración episcopal de Sanabria. Don León no dijo una palabra, pero muchos de sus seguidores criticaron duramente al Arzobispo. 
Ante los cuestionamientos, Sanabria respondió de una manera un tanto esquiva. Dijo que las acciones de un obispo solamente pueden ser juzgadas por Dios, por el Papa y por la Historia. Como en aquel tiempo Roma estaba ocupada por los nazis y era bombardeada por los Estados Unidos, Pío XII no tenía mucho tiempo que dedicarle a las andanzas de un arzobispo centroamericano y a nadie se le ocurrió elevar la protesta a la Santa Sede. 
En las elecciones de 1944, en que salió electo don Teodoro Picado, hubo hasta muertos. En las parlamentarias de 1946, también. Los ánimos estaban más que caldeados. Había violencia en las calles. En las presidenciales de 1948, el Dr. Calderón Guardia fue derrotado por don Otilio Ulate, pero la elección fue anulada. Don Pepe Figueres se levantó en armas. Tras un ataque armado a la casa en que se encontraba el candidato ganador, que le costó la vida al anfitrión, el Dr. Fernando Valverde Vega, el gobierno le ofreció a Ulate la posibilidad de ir a la cárcel o refugiarse en una embajada. Su delito era simplemente haber ganado las elecciones. Ulate optó por ir a la cárcel y Monseñor Sanabria, para proteger su vida, lo acompañó a la Penitenciaría. Ante la guerra civil inminente, el Arzobispo no solo se ofreció como mediador, sino que propuso a las partes en conflicto que dejaran la solución en sus manos. Solamente Ulate aceptó la propuesta. Monseñor Sanabria llegó incluso a viajar hasta La Lucha, donde estaban los rebeldes, para entrevistarse con don Pepe. Tal vez la participación del Arzobispo parezca un tanto extraña en la actualidad pero en aquel momento él era la única persona en el país que le hablaba a todos. Calderón, Picado, Ulate y Figueres lo respetaban y lo escuchaban, pero sus esfuerzos por evitar el conflicto fueron en vano.
Las relaciones de Sanabria con la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, no fueron cordiales. Cuando se instaló la Asamblea Nacional Constituyente, se cantó un Te Deum en la Catedral y el Vicario General, el padre Alfredo Hidalgo, que era calderonista, pronunció un discurso que molestó al gobierno. Los diputados que redactaban la nueva Constitución recibieron presiones públicas y privadas del Arzobispo, quien defendía el Estado confesional, la participación de la Iglesia en los programas de educación pública y el derecho de los clérigos a ser electos diputados. Logró que todas sus propuestas fueran incluidas en el texto constitucional. 
Cuando, en diciembre de 1948, el Dr. Calderón Guardia junto con un grupo de seguidores y con el apoyo de Anastasio Somoza, invadió desde Nicaragua la provincia de Guanacaste y tomó la población fronteriza de La Cruz, el arzobispo condenó el hecho.
Sanabria contó siempre con el apoyo del clero y de los fieles, pero perdió simpatías entre los políticos. Cada uno lo consideraba del bando contrario. Unos decían que era cortesista, o comunista, o calderonista o ulatista. Había hasta quienes creían que era figuerista. Todas sus actuaciones públicas eran cuestionadas y criticadas. Aunque aún era un hombre joven, estaba muy enfermo. Una afección cardiaca lo hacía respirar con dificultad. En 1950 viajó a Roma para presentar su renuncia personalmente ante el Papa, pero Pío XII no se la aceptó. Interrumpió su viaje y regresó de inmediato a Costa Rica en cuanto se enteró de la profanación en la Basílica de Los Ángeles. Las joyas habían sido robadas, la imagen de la Virgen había desaparecido y el vigilante había sido asesinado. Cuando apareció la imagen de la Negrita, que tal parece nunca salió del templo, el arzobispo organizó solemnes celebraciones litúrgicas.

Monseñor Dr. Víctor Manuel Sanabria Martínez.
(1898-1952)
II Obispo de Alajuela y II Arzobispo de San José.
La última batalla pública de Monseñor Sanabria es bastante controversial. En mayo de 1952, el pastor bautista Adolfo Robleto empezó a publicar en La Nación un espacio dominical. Monseñor Sanabria le escribió al director y gerente del periódico, don Ricardo Castro Beeche (el famoso Cacayo). En su carta no solo lo instaba a no admitir publicaciones de iglesias protestantes en el periódico, sino que lo amenazaba con prohibirle a los católicos leer o anunciarse en La Nación. Cacayo le respondió recordándole el derecho a la libertad de expresión y a la libertad de culto y le dejó claro que las publicaciones que tanto le incomodaban no eran producidas por la redacción del periódico, sino que eran espacios pagados por la Iglesia Bautista, que él, como director y gerente del medio, no tenía ninguna razón para rechazar. Sanabria replicó que la libertad de expresión y de culto tienen límites y que al ser católica la mayoría del país esa "propaganda" era ofensiva y recalcó su intención de crear un boicot contra el periódico si continuaba brindándole espacio a la Iglesia Bautista. Don Ricardo, como habría hecho cualquier otro director de periódico, le contestó que no cedía ante presiones y que no aceptaba que nadie le dijera lo que debía publicarse o no en el medio a su cargo y, para dejarlo bien claro ante todos, publicó las cuatro cartas. Don Adolfo Robleto, el pastor bautista, al leer aquel cruce epistolar, decidió dejar de publicar su espacio.
Dos días después, Monseñor Sanabria murió de un ataque al corazón a los cincuenta y cuatro años de edad. Es el único Arzobispo de San José que no está enterrado en la Catedral Metropolitana, ya que dispuso ser sepultado en su pueblo natal de San Rafael de Oreamuno.
En 1959, la Asamblea Legislativa declaró a Monseñor Sanabria Benemérito de la Patria, pero la declaratoria tuvo cinco votos en contra. El Colegio Técnico Vocacional de Desamparados y el Hospital de Puntarenas, llevan su nombre. 
INSC: 0668

miércoles, 14 de enero de 2015

Fernando Vallejo arremete contra la fe y la religión.

La puta de Babilonia. Fernando Vallejo.
Alfaguara, España, 2012. Esta es la edición
que tengo. La primera edición mexicana,
de 2007, fue publicada por Planeta, en
México y la primera edición española es
de Seix Barral.
De Dios y de la religión, como de cualquier otro tema, se ocupan solamente los interesados. Las personas no creyentes o no religiosas no suelen prestar atención ni dedicar tiempo a estos asuntos. Los ateos sí. De hecho, lo más aburrido de un ateo es que siempre está hablando de Dios, Quien, tanto como la religión, llega a ser para ellos un tema obsesivo. Ese es el caso del escritor colombiano Fernando Vallejo, quien en su libro La puta de Babilonia, publicado en 2007, además de manifestar su ateísmo y su desprecio por el cristianismo, el judaísmo y el Islam, hace gala de una impresionante erudición sobre la Sagrada Escritura y la historia de a Iglesia.
Quienes lo han leído saben que Vallejo, además de su prosa fluida y ágil, se caracteriza por su corrosivo sentido del humor y por su habilidad para insultar con ingenio e ironía. Fidel Castro, Álvaro Uribe, el rey Juan Carlos y Gabriel García Márquez, entre muchos otros, han sido blanco de sus diatribas mordaces y punzantes. Cada vez que Vallejo hace uso de la palabra escandaliza, levanta roncha y no deja títere con cabeza. De hecho, hay quienes lo leen atraídos ante todo por las barbaridades que dispara como ametralladora. Vallejo dice lo que piensa y siempre acaba escandalizando. Llegó a afirmar que los pobres y los feos no deberían reproducirse porque haciéndolo aumentan la pobreza y la fealdad en el mundo. Dicha afirmación, por cierto, es una de las más respetuosas y moderadas que ha proferido.
Ya podrán imaginarse la forma en que se refiere a Cristo, a Moisés, los apóstoles, el profeta Mahoma, los santos y los papas en este libro. Nadie niega que la historia de la Iglesia está llena de episodios oscuros y personajes verdaderamente macabros e indefendibles, desde Torquemada hasta Marcial Maciel, pero Vallejo además de estos dos (que pone por los suelos) califica con insultos hasta a San Francisco de Asís, a quien, de manera anacrónica llama "hippie marihuano". Repitiendo el anacronismo, por cierto, califica el Apocalipsis de San Juan como "el libro más marihuano de la literatura universal."
Una forma de leer este libro, entonces, es con la actitud un tanto morbosa de deleitarse con un panfleto desbocado, escrito con maestría y con furia, cuyo autor no se mide ante nada ni ante nadie. Incluso quienes crean que han perdido el sentido de lo sagrado podrían acabar escandalizados en cada página. 
Yo opté por leerlo de otra forma distinta. Con todo y lo difícil que fue, ya que Vallejo en verdad sorprende, sobresalta y divierte con sus exabruptos, pasé por alto las salidas de tono y me concentré en argumento. Y es que a pesar del tono irreverente y provocativo con que está escrito, este libro es un verdadero ensayo histórico filosófico muy bien argumentado y fundamentado.
La tesis de Vallejo es que Dios no existe, como tampoco existieron Moisés, ni Josué, ni el rey David, ni Cristo ni San Pablo, sino que todos ellos son personajes mitológicos construidos por diversos autores y tradiciones. El pueblo de Israel, dice, no estuvo nunca en Egipto y, por tanto, nunca hubo éxodo. No niega la existencia real e histórica del profeta Mahoma, pero como es fácil de imaginar, el hecho de que en verdad haya existido más bien aumenta, en vez de disminuir, la furia de Vallejo hacia él y el Islam.
Las afirmaciones de Vallejo no son gratuitas ni caprichosas sino fruto de un profundo estudio. La religión en verdad llega a ser una verdadera obsesión para los ateos. Me atrevo a afirmar que muy pocos creyentes tienen una cultura tan amplia sobre la Sagrada Escritora, la historia de la Iglesia o los Santos Padres como la que tiene Vallejo.
Según Vallejo, Cristo, hijo de la Virgen María, es un personaje construido a partir de otros como Atis (hijo de la Virgen Nana), Buda (hijo de la Virgen Maya), Krishna (hijo de la Virgen Devaki), Horus (hijo de la Virgen Isis y nacido en un pesebre), así como de Mitra y Zoroastro. Entre todos estos personajes hay muchísimas coincidencias. La más evidente es que el nacimiento de todos ellos se celebra en el solsticio de invierno, es decir, el 25 de diciembre. Destaca el hecho de que los Evangelios dicen que Cristo nació bajo el reinado de Herodes, pero Herodes murió en el año 750 de la fundación de Roma y el año uno de nuestra era coincide con el 754 de la fundación de Roma.
Es exhaustivo a la hora de citar todos los pasajes de los libros del Antiguo Testamento que autorizan la tortura, el asesinato y la esclavitud, tanto como las incoherencias del Nuevo Testamento. Las contradicciones y distintas versiones de los Evangelios son bastante conocidas. En el Evangelio de Marcos, los dos ladrones crucificados se burlaban de Jesús y en el de Lucas solamente uno. Un Evangelio dice que Judas se ahorcó y otro que se tiró a un barranco. Uno dice que eran cinco panes y dos peces y otro que eran siete panes y unos peces. En fin, las distintas versiones que hay en los Evangelios del mismo hecho son bastante conocidas, pero Vallejo va más allá y señala errores geográficos y de citas.
En Marcos 7:31 dice: "De nuevo saliendo de la región de Tiro vino a través de Sidón hacia el mar de Galilea que está en la Decápolis". Pero Vallejo señala que el mar de Galilea no está allí. De norte a sur están Sidón, Tiro y el mar de Galilea. Si Cristo salió de Tiro hacia el mar de Galilea, que queda al sur, no pudo pasar por Sidón, que queda al norte. En el Evangelio de Juan (12:21) se habla de Betsaida de Galilea, pero Betsaida no está en Galilea, sino en Gaulanítida y Mateo (19: 1-3) dice: "...partió de Galilea y se fue a la región de Judea, al otro lado del Jordán", pero tanto Galilea como Judea quedan al mismo lado el Jordán. Por tanto, Vallejo llega a la conclusión de que quienes escribieron los Evangelios nunca estuvieron en la región en que sucedieron los hechos que narran. 
Vallejo afirma incluso que los autores de los Evangelios tampoco conocían las escrituras del Antiguo Testamento. En Mateo (2: 19-23) dice que de vuelta de Egipto, la Sagrada Familia se fue a vivir a Nazaret para "...que se cumpliera lo dicho por los profetas: Será llamado Nazareno", pero ningún profeta del Antiguo Testamento dijo que el Mesías sería llamado Nazareno. El Evangelio de Marcos empieza con una cita errónea: "...como está escrito en el profeta Isaías: He aquí que envío a mi mensajero para que te preceda y prepare tu camino." Pero esas palabras no son de Isaías, como dice Marco, sino del inicio del libro de Malaquías.
Vallejo también hace hincapié en que en el Sínodo de Roma, en el año 380, se declararon como Evangelios Canónicos únicamente los de Mateo, Marcos, Lucas y Juan y todos los otros, que eran varios, fueron declarados apócrifos. Sin embargo, ciertos contenidos de los Evangelios Apócrifos continuaron siendo aceptados. Los nombres de los padres de la Virgen María, Joaquín y Ana, así como los de los ladrones crucificados, Dimas y Gestas y la crucifixión de Pedro cabeza abajo, no se mencionan en los Evangelios Canónicos sino en los Apócrifos. Vallejo olvidó dos detalles más que me permito agregar, el nombre de Longino, el centurión de la lanza, así como la presencia de una mula y un buey en el establo de Belén, también vienen de los Evangelios Apócrifos.
Dispuesto a negar la existencia histórica de Cristo, Vallejo le resta crédito a los escritos de Suetonio, Tácito y Plinio el joven que, sin ser cristianos ni judíos, Lo mencionan. Tampoco le da credibilidad a las obras de Flavio Josefo o al Testimonium Flavianum, documento romano en que se habla de un Jesús que hacía maravillas en tiempos de Poncio Pilatos.
Con gran propiedad y erudición, Vallejo discute a los Padres de la Iglesia, San Agustín, San Ignacio de Antioquía, San Clemente de Roma, San Policarpo de Esmirna, Tertuliano y Orígenes. Defiende apasionadamente los cuestionamientos de Celso, antagonista de Orígenes, quien estudió con Plotino. Por cierto, vale la pena mencionar, para quienes no estén familiarizados con la época, que los primeros místicos no fueron cristianos, sino los neoplatónicos de la escuela de Plotino. Vallejo manifiesta su completo acuerdo y personal simpatía por Porfirio, ya que las objeciones que hizo el antiguo sabio al cristianismo son las mismas suyas. También sostiene que Marción pudo haber sido el inventor del personaje de San Pablo y el autor de la mayoría de sus cartas y recuerda que Orígenes (que es Padre de la Iglesia), dudaba que todas las cartas de Pablo fueran del mismo autor.
Comentando el libro La vida de Jesús críticamente analizada de David Friederich Straus, publicada en 1835, que es el primer estudio científico sobre el Jesús histórico y que llega a la conclusión de que Jesús es un mito histórico, Vallejo afirma que "mito histórico es una paradoja porque si algo es mito no puede ser historia". En este punto se equivoca, porque hay muchos mitos basados en personajes históricos. Wilhelm Tell, Ricardo Corazón de León y el Cid, por poner ejemplos conocidos, realmente existieron, lo que no sabemos es cuánto de lo que se dice de ellos fue real y cuanto inventado.
Como era de esperarse, Vallejo repasa también muchísimos episodios negros de la historia de los Papas, desde la Edad Media hasta Benedicto XVI. El conocimiento de Vallejo del Papado es asombroso, al punto que en el libro, publicado en 2007, ya Vallejo tenía claro que el cardenal Bergoglio, el actual Papa Francisco, era el gran candidato para la Sede de Pedro. En el 2005 casi lo eligen pero, como todos sabemos, finalmente fue electo Ratzinger. "Por eso" dice Vallejo con su ironía habitual "hoy tenemos un Benedicto XVI y no un Gardel I".
En fin, el libro lo que sostiene es que Dios y la religiones son una farsa. Pero, insisto, no se trata, aunque lo parezca, de un panfleto sino de un estudio minucioso y serio hasta en el más mínimo detalle.
A propósito de detalles, y ya que Vallejo es tan minucioso, yo me tomé la molestia de leer su libro con lupa y le encontré dos errores y una mentirilla. Dice que Ernesto Pacelli, tío del papa Pío XII, fue el fundador del Osservatore Romano, cuando el realidad el fundador del periódico vaticano no era su tío sino su abuelo y no se llamaba Ernesto sino Marcantonio. También dice que Eugenio Pacelli, el futuro Pío XII, fue nuncio ante el Führer, cuando en realidad Pachelli fue nuncio en Munich de 1917 a 1920 y en Berlín de 1920 a 1929. Hitler llegó a ser Canciller en 1933 y Führer en 1934. El nuncio ante el III Reich era el arzobispo Cesare Orsenigo. La mentirilla podría considerarse una licencia literaria. Vallejo dice que en el viaje a Tierra Santa de 1964 el papa Pablo VI inició la tradición de besar el suelo. Se equivoca. El primer país en que el papa Pablo VI besó el suelo fue en 1968 en Colombia, el país natal de Vallejo. "Yo lo vi", afirma Vallejo, "con su velamenta blanca agitada al viento besando el duro asfalto de El Dorado, el aeropuerto de Bogotá". Vallejo, sin embargo, no pudo haberle visto la velamenta blanca agitada al viento porque cuando Pablo VI bajó del avión en El Dorado llevaba puesto un tabarro rojo.
Y para seguir con minucias, a Vallejo, como a todos los ateos, se les sale a veces su pasado de creyente. En la página 121 se refiere a Cristo como "nuestro Redentor" y en la 124 como "mi Redentor". En la página 133 dice: "juro por Dios que me ve y me oye" y en 175 "los cristianos seguimos esperando". No se trata de ironías, son lapsus.
Como este blog está dedicado a los libros, vale la pena ir cerrando esta nota (que se ha hecho larga) con un dato curioso y libresco. En 1440 Gutenberg inventó la imprenta en Europa (en China existía desde hacía siglos) y poco después, en 1557, el papa Pablo IV estableció el Índice de libros prohibidos para evitar la difusión de errores por medio de la imprenta recién inventada. Durante quinientos veintisiete años, grandes autores tuvieron el honor de ser incluidos en el Índice, al punto que bien podría considerarsele como la mejor selección de obras maestras de la literatura occidental, pero en 1967 el papa Pablo VI lo suprimió. Vallejo se refiere al tema ampliamente, quizá con la frustración de que no tuvo oportunidad de que ninguna de sus obras formara parte de esa selecta lista.
Soy un entusiasta lector de Vallejo. Sus novelas, así como sus discursos, ensayos y artículos periodísticos hacen pensar, por el contenido, y deleitan por la prosa. Aunque Vallejo no respete nada ni nadie es, sin lugar a dudas, un escritor más que respetable.
INSC: 2569

martes, 11 de noviembre de 2014

El espía tico.

El secreto encanto de la KGB. Las cinco
vidas de Iosif Grigulievich. Marjorie Ross
Grupo Norma, Costa Rica, 2004.
La historia de la Guerra Fría tardará muchos años en ser escrita. A diferencia de todas las guerras anteriores en la historia de la humanidad, en la Guerra Fría no hubo enfrentamientos que tuvieran miles de testigos. Las batallas, los momentos tensos, los frentes abiertos, los escenarios de las acciones y hasta los héroes victoriosos o luchadores derrotados se mantuvieron y, siguen estando, en secreto. Desde la conferencia de Yalta, en 1945, quedó claro que los Estados Unidos y la Unión Soviética terminaron la Segunda Guerra Mundial como aliados, pero no como amigos. La clase de sociedad que querían establecer y sus planes para el futuro del mundo una vez terminado el conflicto armado eran antagónicos. En aquellos años circuló el rumor de que, una vez vencida la Alemania Nazi, las tropas aliadas continuarían la guerra contra la URSS. 
La guerra, sin embargo, por prudencia y actitud responsable de los líderes de ambos bandos, nunca estalló, pero durante casi medio siglo el mundo vivió en un estado de tensión constante. 
La Guerra Fría no fue una guerra clásica, de toma de posiciones y avance de tropas. Fue una guerra silenciosa, de acciones encubiertas, de agentes secretos, de infiltraciones, de robo de información, de paranoia generalizada. En la URSS, había purgas y reorganización de altos mandos constantes por temor a traidores. En Estados Unidos se desató la cacería de brujas del Mcarthismo, que creía ver agentes rusos por todas partes.
Salvo la crisis de los misiles, en 1962, ninguna otra batalla de esta guerra, más que fría silenciosa y secreta, llegó a ocupar titulares en los medios de comunicación. Recientemente se ha sabido que durante las presidencias de Johnson y de Nixon hubo también momentos en que se estuvo a punto de abrir fuego sin que nadie, a ninguno de los lados de la cortina de hierro, se enterara.
Poco a poco se irán abriendo archivos y publicando documentos que, en manos de investigadores que tengan la paciencia de atar cabos, nos permitirán ir conociendo las nombres y las acciones de quienes participaron en esta larga, silenciosa y atípica guerra.
Algunos de ellos han sido ya descubiertos, como Iosif Romualdovich Grigulievich cuya vida, o mejor dicho cinco vidas, es el personaje central del libro El secreto encanto de la KGB de Marjorie Ross. Esta obra, aunque es fruto de una rigurosa investigación, está escrita como una intrigante y misteriosa novela de espionaje. Lo asombroso es que todo lo que se cuenta en realidad ocurrió.
Estamos frente al feliz encuentro de un personaje fascinante y una escritora talentosa: Grigulievich y Marjorie Ross. 
Grigulievich nació en 1913 en Vilnius, una población que se encuentra en la actual Lituania y que por entonces formaba parte del imperio ruso. Sus padres emigraron a Argentina, donde nuestro personaje pasó buena parte de su juventud, aunque cursó estudios en La Sorbona. En la década de 1930, ya como espía soviético, tuvo algunas misiones en la convulsa España republicana con la meta, que no se logró, de liberar a la península del fascismo. Trabajó luego bajo las órdenes del general Orlov, especialista en aniquilar enemigos del pueblo, y logró hacer méritos suficientes para que su carrera continuara en ascenso. 
Iosif Grigulievich 1913-1988 por la época
en que era Teodoro B. Castro.
El libro explica en detalle operaciones delicadas, que incluían hasta asesinatos, en cuya logística participaron, cerca de Orlov Griguliévich, figuras reconocidas como la fotógrafa Tina Modotti, el pintor mexicano David Alfaro Siqueiros, el poeta chileno Pablo Neruda y el líder histórico del comunismo español Santiago Carrillo.
Grigulievich formó parte importante en el plan para asesinar a León Trotsky en México. Durante la Segunda Guerra Mundial, Griguliévich trabajó, encubierto y con nombre falso en Argentina, Chile y Uruguay, monitoreando y, en la medida de los posible, saboteando las actividades nazis en el Cono Sur. Durante esta época tuvo gran libertad de acción y manejó cantidades enormes de dinero. 
En Chile, entabla amistad con don Joaquín Gutiérrez Mangel quien, además de escritor y militante comunista, ostentaba el cargo de Cónsul de Costa Rica. El padre de don Joaquín, Francisco de Paula Gutiérrez Ross, don Paco, había ocupado por esos años los cargos de Ministro de Hacienda y Embajador de Costa Rica en los Estados Unidos. 
Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, la prioridad de los servicios de inteligencia soviéticos era infiltrar sus agentes en puestos clave de terceros países con el fin de obtener información. El libro atribuye a don Joaquín Gutiérrez una participación fundamental para hacer pasar a Griguliévich por costarricense, primero, y conseguir que se le asignara un cargo diplomático después. Era necesario, antes que nada, crearle una identidad. El nombre, de nuevo según el libro, fue propuesto por el propio don Joaquín. Griguliévich pasaría a llamarse Teodoro Castro Bonefill. Teodoro, para rendir homenaje al abuelo materno de don Joaquín, Monsieur Theodore Mangel, ciudadano francés, concesionario del famoso Café de la Paix, en París, quien tras haber conocido a cafetaleros ticos en una feria mundial, se trasladó a Costa Rica donde se casó y vivió el resto de sus días. Castro es uno de los apellidos más comunes en Costa Rica y la familia Bonefill, de origen francés, estaba emparentada también, por la parte materna, con don Joaquín. 
Juntos, don Joaquín y Griguliévich, repasaron todo lo necesario para hacer creíble la identidad y en Santiago de Chile, el espía soviético obtuvo su pasaporte costarricense. Con su nuevo nombre, Teodoro B. Castro (escribía su nombre a la usanza anglosajona) pasó una temporada en Brasil, para informarse sobre el cultivo y proceso del café y luego se instaló en Roma, haciéndose pasar por un cafetalero costarricense que había vivido largas temporadas en Brasil y Uruguay.
En la Ciudad Eterna tuvo la oportunidad de conocer a don Pepe Figueres, que viajó a Europa precisamente para abrir mercados al café costarricense, principal producto de exportación y base de la economía nacional por aquel entonces. Tanto don Pepe, como don Chico Orlich, que lo acompañaba, eran empresarios cafetaleros y Griguliévich logró impresionarlos con su conocimiento sobre el grano de oro. En Roma, además, Griguliévich cultiva amistades con altas figuras tanto de la política italiana como de la Santa Sede. Llegó a reunirse con el Papa Pío XII en quince ocasiones y obtuvo audiencias papales para ciudadanos costarricenses de paso en Roma. Durante el gobierno de Otilio Ulate, siendo don Mario Echandi ministro de Relaciones Exteriores, Griguliévich fue nombrado Ministro de Costa Rica en Roma. El dinero que le llegaba de Moscú le permitió desempeñar el cargo no solamente con altura, sino hasta con derroche. Daba fiestas por todo lo alto y agasajaba de manera espléndida a los costarricenses que visitaban Roma.
El libro es amplio en detalles de la labor diplomática de Griguliévich. Además de una intensa correspondencia y vida social, su trabajo en lo político y lo comercial fue más que satisfactorio para la cancillería costarricense, donde nadie sospechaba que el Ministro de Costa Rica en Roma ni siquiera era costarricense. De Moscú le llegan órdenes para asesinar a Tito, el líder de Yugoslavia y, para facilitar las cosas, logra que el gobierno costarricense lo nombre como representante diplomático en aquel país. La muerte de Stalin hace que el plan de asesinar a Tito se abandone.  El reacomodo de fichas en la inteligencia soviética, hace que Griguliévich retorne a su patria y así Teodoro B. Castro, uno de los mejores funcionarios en la historia diplomática de Costa Rica, desaparece sin dejar huellas en 1953.
En Rusia y con su verdadero nombre, con sendos trabajos sobre las finanzas del Vaticano y sobre la revolución cultural en Cuba, obtuvo un Doctorado en Historia y trabajó en el departamento de América Latina del Comité de Estado para las Relaciones Culturales. A la larga lista de personajes históricos con quienes Griguliévich mantuvo una amistad cercana, se sumó Ernesto el Che Guevara. El espía ruso que vivió en tantos países bajo nombres falsos y que realizó tareas verdaderamente delicadas, murió a los setenta y cinco años de edad, en 1988, apenas dos años antes de que desapareciera el sistema para el que había trabajado y al que había dedicado su vida.
El libro de doña Marjorie causó sorpresa y polémica. Sorpresa, porque un espía soviético había sido diplomático costarricense valiéndose de una falsa identidad. Y polémica por presentar a nuestro querido escritor, don Joaquín Gutiérrez Mangel, involucrado con matráfulas de la KGB. El propio don Joaquín en sus memorias Los Azules Días, en el capítulo dedicado a don Manuel Mora Valverde, recuerda que juntos visitaban en Rusia a Grigulievich.
Muy probablemente, conforme se sigan abriendo archivos secretos, surgirán más historias asombrosas, sorprendentes y polémicas sobre la Guerra Fría. Una guerra cuya historia y cuyos protagonistas tardaremos años en conocer.
El libro de Marjorie Ross es una valiosa muestra de las sorpresas para las que debemos estar preparados.

domingo, 19 de octubre de 2014

El Papa Montini.

Pablo VI. Carlo Cremona. Ediciones
Palabra, España, 1995.
En 1954, cuando se anunció que Monseñor Montini, quien había trabajado durante treinta y dos años en el Vaticano, había sido nombrado Arzobispo de Milán, la reacción de la Curia Romana fue: "¿Y ahora quién va a escribir?"
Giovanni Battista Enrico Antonio María Montini era, además de un sacerdote devoto y piadoso, un hombre extraordinariamente culto. Hablaba con fluidez varios idiomas y no solo dominaba los clásicos sino que leía, en su lengua original, a los principales filósofos y novelistas del Siglo XX. Era un hombre de una exquisita cortesía y se expresaba en una prosa elegante y elevada, en que sopesaba cuidadosamente el alcance de cada palabra. Sus escritos tenían además el mérito de transmitir el mensaje de manera clara, concisa y sin ambigüedades. Con tal capacidad no es de extrañar, entonces, que a pesar de su juventud (entró a la Curia con veintitrés años de edad), todos los documentos importantes de la Santa Sede, desde la correspondencia diplomática hasta los discursos del Papa, fueran sometidos a su criterio antes de hacerse públicos. Los papas Pío XI y Pío XII, de quienes fue colaborador cercano, se sorprendían al ver cómo sus discursos, cuyos borradores ellos mismos habían escrito, lograban mayor concisión y se adornaban con una retórica más elevada luego de haber pasado por las manos de don Montini.
El talento era heredado. Su padre, Giorgio Montini, era abogado y periodista, director del Cittadino di Brescia, un importante periódico de la Lombardía, al norte de Italia, su tierra natal. Desde muy joven, Giovanni Batista escribía artículos en el periódico de su padre bajo el pseudónimo de Gibieme, que ciertamente no ocultaba a los vecinos la identidad de su autor, ya que eran las iniciales de su nombre: Giovanni Battista Montini. Más tarde, don Battista publicó, con el apoyo paterno, su propia revista, titulada La Fionda (La Honda). 
La familia era pequeña: una abuela, el padre, la madre y tres hijos. Cuando, por algún motivo, alguno debía ausentarse de la casa, así fuera por pocos días, se escribían cartas, costumbre que mantuvieron toda la vida. Las cartas de don Montini eran verdaderas obras de arte literario. Un prelado francés, Monseñor Jacques Martin, quien era subalterno de Montini en la Curia Romana, recuerda que el día que los nazis ocuparon Francia, muy tarde en la noche recibió una carta de Montini en que le manifestaba que no quería que terminara ese día sin compartir con él unas palabras de aliento y esperanza. A pesar de que su trabajo consitía en leer y revisar documentos todo el día, en sus ratos de ocio se dedicaba a leer vorazmente y a escribir con prosa exquisita. De no haber sido clérigo, seguramente Montini habría sido poeta. Aunque, a decir verdad, de hecho lo fue, ya que sus discursos y correspondencia tienen una tensión y una musicalidad que solo pueden calificarse de poéticas. 
Don Giovanni Battista Montini, desde muy
joven trabajó puliendo los textos de la
Curia Romana.
No se crea sin embargo que don Montini era un ratón de archivo y biblioteca alejado de la acción y de sus semejantes. Fue el fundador y director de la FUCI (Federación Universitaria Católica Italiana), donde entabló una amistad de toda la vida con Alcide de Gasperi, Aldo Moro y Giulio Andreotti, quienes serían en los años de posguerra, los líderes de la Democracia Cristiana italiana, partido por el cual, dicho sea de paso, fue electo diputado su hermano Lodovico Montini. Los jóvenes de la FUCI creían en la democracia y abogaban por un régimen de libertades. Los fascistas, naturalmente, adversaban esas ideas y la única forma de discutir que conocían era a garrotazos. En una asamblea de la FUCI irrumpieron los fascistas y don Montini, al igual que sus muchachos, recibió una paliza. Irónicamente, aún adolorido por los golpes, le tocó trabajar en los documentos del concordato entre la Santa Sede y la Italia fascista que crearía, en 1929, el Estado del Vaticano. 
Durante la II Guerra Mundial, el trabajo de Montini fue arduo y diverso. Coordinó la oficina de información y beneficencia, encargada de contactar a las familias con sus parientes prisioneros así como de brindar ayuda humanitaria a refugiados y desplazados. Estuvo a cargo además de la correspondencia diplomática de alto nivel con la familia real italiana y, especialmente, con las autoridades civiles y militares de los Estados Unidos. Su prudencia lo hizo ganarse la absoluta confianza del papa y su honestidad la de sus interlocutores.
Incluso en el caso de que no hubiera llegado a ser papa, la figura de Montini habría ocupado en la historia eclesiástica un lugar protagónico.
Un detalle poco conocido. Pablo VI indicó que el  
cardenal Luciani sería su sucesor. Cuando estuvo de
visita en Venecia, ante la multitud, se quitó la estola
pontificia y la colocó en los hombros de Luciani.
Luciani fue electo papa Juan Pablo I en el primer
día del cónclave.
En 1954, como se dijo, Pío XII lo nombró Arzobispo de Milán, considerada la diósesis más importante del mundo. Como obispo, don Montini realizó una evangelización audaz y moderna. Sin embargo, don Montini no fue nombrado cardenal. Pío XII solamente nombró cardenales en dos ocasiones, en 1946 y en 1953, ambas anteriores al nombramiento episcopal de Montini. Juan XXIII, en su primer consistorio, puso el nombre de Montini como primero de la lista de nuevos cardenales. Cuando le entregó la birreta le dijo: "Todos sabemos que si usted hubiera sido cardenal en este cónclave, usted estaría ahora en mi lugar."
Vino luego la enorme aventura del Concilio.  El papa Juan lo convocó casi por pura inspiración, sin preocuparse demasiado por los detalles. Don Montini fue quien le dio un marco estructural, definió los temas, la integración de las comisiones, el reglamento para los debates, las normas y el procedimiento para la inclusión de propuestas. Durante la primera sesión del Concilio, Montini apenas hizo uso de la palabra. Tanto a conservadores como a reformistas la apertura de Montini a escuchar y considerar los distintos planteamientos les inspiraba respeto y confianza. A la muerte del Papa Juan, el cónclave se reunió sin que nadie esperara una sorpresa. En el desfile de cardenales, las cámaras se enfocaban en Montini, quien avanzaba rezando con las manos juntas y la cabeza baja. Apenas empezó a salir el humo blanco, un reportero de televisión pasó entre la multitud preguntando, antes de que se hiciera el anuncio: "¿Quién es el papa?" Todos los que estuvieron al frente del micrófono contestaron, con absoluta seguridad: "Montini".
Su pontificado empezó con la enorme tarea de continuar y cerrar el Concilio. Un detalle que con frecuencia se olvida es que, aunque el Concilio fue convocado por el Papa Juan, en su pontificado el Concilio no produjo ningún documento. Todos los documentos del Concilio fueron promulgados por el Papa Montini, Pablo VI, quien, naturalmente, revisó minuciosamente la redacción final. Veamos un botón de muestra: los documentos vaticanos no llevan título, sino que son conocidos por las primeras palabras del texto. La Constitución sobre la Iglesia en el mundo moderno empezaba: "La alegría y la tristeza, la esperanza y la angustia de los hombres de nuestro tiempo..."  A Pablo VI le incomodó que el documento fuera conocido como Gaudium et luctus (Alegría y tristeza), por lo que cambió el orden de las palabras por: "La alegría y la esperanza, la tristeza y la angustias etc. de manera que el documento fue conocido como Gaudium et spes (Alegrías y esperanzas).
Al finalizar el Concilio, ocurrió lo que siempre ha ocurrido cuando termina un Concilio. Unos se resistieron a acatar sus enseñanzas y otros pusieron al Concilio a decir cosas que nunca dijo. A Pablo VI, como a todos los papas postconciliares a lo largo de la historia, le tocó la dura tarea de apurar a quienes no querían ponerse en marcha y de detener a los que marchaban en otra dirección. El resultado fue que perdió el favor de ambos. Por eso encontramos artículos que tildan a Pablo VI de papa revolucionario que rompió con la tradición y otros que lo califican como papa conservador que detuvo el proceso de apertura. Su labor no fue otra más que mantener la unidad.
Por la gran reforma del Concilio, en muchos aspectos Pablo Vl fue el primero y el último. Fue el primer papa en celebrar misa en italiano, en inglés y portugués, ya que anteriormente la misa solo se celebraba en latín. Fue el último papa en ser coronado y el primero en visitar los cinco continentes. En algunos aspectos, era un hombre del Siglo XX, no solo inauguró el Aula Nervi (hoy conocida como Sala Pablo VI) el gran edificio para las audiencias generales cuya arquitectura amplia, blanca y curva contrasta con el neoclásico de la Basílica, que está al lado, sino que también incluyó obras de arte moderno en las galerías vaticanas. En otros aspectos, Pablo VI parece un hombre de otra época, por ejemplo utilizaba cilicio, el instrumento con púas atado al cuerpo para mortificarse. 
Me confieso gran admirador de este papa. Cuando era niño y lo veía en televisión, me impresionaba mucho su rostro, de nariz, orejas y cejas enormes, siempre con una expresión solemne y dolorosa, incluso cuando sonreía. Más tarde, cuando leí sus escritos, su prosa llegó a conmoverme no solo en el plano espiritual sino, especialmente, en el estético. Sus páginas eran una obra maestra literaria. Pocas veces coincide un pensamiento tan profundo con una exposición tan hermosa. Pablo VI escribía sus discursos a mano y como dije, era cuidadoso con cada palabra. Después de pronunciar su discurso, entregaba las hojas manuscritas de su puño y letra para que fueran mecanografiadas. Los encargados de transcribirlos prestaban mucha atención a los tachones. En una ocasión en que celebró misa en un templo pequeño pidió al Señor que escuchara las oraciones de:  "...todos los aquí reunidos, incluyendo las de aquellos que no encontraron lugar dentro de estos muros." Los transcriptores descubrieron que originalmente había escrito "los que están afuera", pero lo había tachado para cambiarlo por la redacción ya dicha. A mí, este tipo de delicadeza me conmueve. Jamás Pablo VI habría podido decir que aquellos fieles "estaban afuera".
Merecería un artículo aparte citar los discursos de Pablo VI que son verdaderas joyas literarias. Su famoso sermón en que dijo que "el humo de Satanás ha entrado en el templo de Cristo", el precioso discurso que dirige a los artistas, la dramática carta que le envió a los terroristas de las Brigadas Rojas que secuestraron a su amigo Aldo Moro y la oración fúnebre en el funeral de Moro son verdaderos poemas. Su testamento es un texto maravilloso.
En estos días, he repasado un libro en que se presenta otra faceta de Pablo Vl. Es una biografía escrita por Carlo Cremona, un sacerdote que lo trató de cerca desde joven. La cercanía con el pontífice que disfrutó el autor, le permite revelar detalles personales muy simpáticos. Pablo VI tenía en un gato en el Vaticano. Los guardias y los monseñores de la Curia le cedían el paso porque era "el gato pontificio". Una vez, un prelado le comentó a un guardia suizo que le extrañaba que el Papa no le hubiera puesto nombre a su gato y el guardia, extrañado, preguntó: "¿Cómo? ¿No se llama Pontificio?" Cuando se enteró del breve diálogo, Pablo VI, en vez de nombre, le puso al gato en el cuello dos cintas, una amarilla y una blanca, para hacer el nombramiento oficial. En la villa de Castelgandolfo, la residencia campestre de los papas, lo que tenía era un perro enorme. Cuando el Papa llegaba, en la puerta principal de la casa lo esperaba un camarero con una sotana blanca limpia, ya que desde que se bajaba del automóvil el perro, al darle la bienvenida, estampaba sus huellas en la que llevaba puesta. Era también amigo de un indigente. En Milán, cuando era Arzobispo, visitó una cárcel para enfermos mentales y uno de los internos se encariñó con él. Cuando quedó en libertad fue a visitarlo al palacio episcopal y don Montini lo recibió. Pocas semanas después de ser electo Papa, el loquito se apareció en el Vaticano y pidió verlo. Un asistente milanés del Papa lo reconoció y lo pasó adelante. Al estar frente al papa le dijo: "Don Battista, ¿Por qué se vino a vivir a Roma? Me ha costado mucho encontrarlo."  Aquel pobre hombre se quedó a vivir en Roma para estar cerca de su amigo, a quien visitaba con frecuencia. Vivía en un albergue de indigentes en donde todos creían que el don Battista del que hablaba era un amigo imaginario. Se burlaron de él cuando les señaló el retrato del Papa que había en el vestíbulo y les dijo que ese era don Battista, su amigo. A la muerte del loquito se enteraron que la amistad era real.
Pablo VI, en su momento, fue un papa incomprendido y muy criticado dentro de la misma iglesia. Su inteligencia, su gran cultura, su espiritualidad y su delicadeza, evitaron que una institución de dos mil años de antigüedad y más de setecientos millones de miembros acabara fraccionándose. Su figura, inevitablemente, se irá haciendo más grande con el tiempo.

Hoy, 19 de octubre de 2014, el Papa Francisco celebró la beatificación de Pablo VI.
INSC: 1950

sábado, 4 de octubre de 2014

La carta llegó tarde.

Al servicio de Pío XII. Cuarenta años
de recuerdos. BAC
En una pequeña aldea sueva, una joven religiosa Pascalina Lehnert, muy contenta recibe a su primer grupo de niños. Acaba de cumplir dos metas personales, profesar sus votos y convertirse en maestra. La joven monjita se dispone alegremente a dedicar su vida al convento y a las aulas. Solamente impartió clases unas pocas semanas. Su superiora la envió, con otras religiosas, a realizar labores muy alejadas de la docencia. Tenían que limpiar la mansión que se convertiría en la Nunciatura Apostólica en Munich. Mientras fregaba los pisos, se consolaba pensando que aquel trabajo era temporal.
Poco después de que la casa estuvo lista, arribó el nuncio, un arzobispo italiano alto y flaco como una espiga quien, muy serio y muy distante, las saludó y les pidió que solamente le hablaran en alemán y que por favor le corrigieran hasta el más mínimo error, ya que quería dominar la lengua a la perfección.
El idioma no era lo único en que el nuncio era perfeccionista. Era un hombre metódico, atento a los detalles, muy organizado con su tiempo y muy disciplinado con sus actividades. No tenía amigos. Nunca conversaba más que lo estrictamente necesario y disfrutaba estar solo cada vez que tenía oportunidad. A pesar de lo distante que era, Sor Pascalina le tomó aprecio y llegó a tenerle gran admiración. Ella se encargaba de que su ropa estuviera impecable, sus zapatos brillantes, su comida a su gusto. Las pocas clases a niños que impartió cuando acaba de profesar, fueron las únicas que dictó en su vida, porque estuvo cuarenta años atendiendo las necesidades domésticas de aquel italiano alto, flaco y serio que, de nuncio en Munich, pasó a ser nuncio en Berlín, luego Secretario de Estado del Vaticano y, en las últimas dos décadas de su vida, Papa con el nombre de Pío XII.
El papa Wojtyla y el papa Ratzinger publicaron algunos escritos sobre sus vidas. Antes de ellos, solamente un papa, el humanista Eneas Silvio Piccolomini, Pío II, escribió sus memorias. El mundo personal y privado de los pontífices romanos está cubierto por una cortina de misterio y solamente es posible asomarse al interior por medio de las declaraciones, casi siempre escasas y prudentes, de quienes estuvieron cerca de ellos. Quizá para que la información que manejaba no se perdiera, varias décadas después de muerto Pío XII, Sor Pascalina escribió Al servicio de Pío XII, cuarenta años de recuerdos, cuya versión en español fue publicada por la Biblioteca de Autores Cristianos, de Madrid.
Es un libro hermoso y emotivo. La imagen doméstica de Pío XII, es la misma imagen pública. Incluso en su apartamento privado, era reservado, distante, mayestático. Su única distracción, era abrir las jaulas de los canarios para que lo acompañaran mientras tomaba sus alimentos y sonreír cuando alguna de las aves comía de su mismo plato. La portada del libro, por cierto, muestra al papa con un canario en la mano. Su único ejercicio era una caminata en la tarde. Ni siquiera a sus más cercanos colaboradores les confiaba sus opiniones. Dormía y comía poco. Rezaba y estudiaba mucho. Tomaba notas de todo y tenía en su oficina una caja llena de cuadernos con sus anotaciones. Nadie más que él tenía acceso a esa caja. Dejó dicho que, tras su muerte, esas notas, escritas a mano, debían ser destruidas sin que nadie las leyera. Sor Pascalina ejecutó la orden y les prendió fuego, motivo por el cual se ganó la regañada de su vida. Todos, en la curia, esperaban la muerte del papa para correr a leer sus apuntes.  La imagen que brinda Sor Pascalina de Pío XII es la de un hombre aislado, casi ermitaño, ascético, místico, solitario y reservado. Era también, y ella lo vio de cerca, un ser humano físicamente débil y frágil. No se quejaba, pero era evidente que se cansaba por el más mínimo esfuerzo. Tenía serios problemas para caminar y para tenerse en pie. Cuando se asomaba al balcón a dar la bendición, le tenían cerca un sofá donde caía rendido apenas se cerraba la cortina. Sufría ataques de hipo que le impedían tanto trabajar como dormir. Un detalle interesante, que se puede interpretar de uno u otro sentido, era que Pío XII era maniático por la higiene. Todo debía estar inmaculadamente limpio y desinfectado, era excesivamente cuidadoso con su aseo personal, con su ropa y con su espacio. Se lavaba las manos constantemente y, como es común en las personas con este tipo de manías, le incomodaba mucho que lo tocaran. En las audiencias, al acercarse e interactuar con los peregrinos, Pío XII sonreía y correspondía cortesmente a las muestras de afecto que recibía. Solo sus más cercanos colaboradores, entre ellos Sor Pascalina, sabían lo que debería estar sufriendo con el contacto físico con desconocidos.
Pascalina Lehnert.
1894-1983
Cuando Sor Pascalina publicó su libro, ella era una desconocida. Estuvo cuarenta años al lado del Papa Pacelli, pero siempre en la sombra. En las últimas décadas su figura ha recibido más atención. Se han escrito numerosos reportajes y libros sobre ella y hasta se han realizado un par de películas. Tiene admiradores y detractores. Hay quienes la pintan como una abnegada servidora y quienes sostienen que se tomó atribuciones que no le correspondían. En la última época de Pío XII, anciano, enfermo y senil, la religiosa alemana se convirtió en un filtro (una barrera más bien) para el acceso al pontífice. La propia hermana del Papa brindó unas declaraciones no muy favorables para la religiosa. Se ha vuelto costumbre, de un tiempo acá, al estudiar a los personajes históricos, prestarle atención a las figuras de segundo plano, a los segundones que, tras investigarlos, resulta que tuvieron un protagonismo importante.
No entro a discutir el personaje. De hecho, aún no he leído los libros más recientes sobre Sor Pascalina. En todo caso, su libro de memorias me pareció muy hermoso, escrito con sencillez y claridad, lleno de afecto y de dulzura. De tal maestro, tal discípula. Sor Pascalina es bastante discreta y hay temas que no toca. Al referirse a los años de la II Guerra Mundial, no dice ni una palabra del trabajo que realizó en la asistencia a refugiados. Tampoco se refiere al fascismo ni a la Alemania nazi, salvo un breve comentario en que manifiesta lo arrogante que fue Ribbentrop cuando visitó al papa.
En todo caso, las memorias de Sor Pascalina no son ni para iniciar, ni para alimentar, ni para cerrar una polémica. Es un libro personal y doméstico centrado en la vida personal y doméstica.
Leí el libro en 1985. En aquellos tiempos el acceso a internet estaba lejos de ser popular. Le escribí una carta (de papel, sobre y estampilla), preguntándole a la editorial una dirección para contactar a Sor Pascalina. Me respondieron rápido y me dieron la dirección de la casa, en Suiza, en que vivía. Le dirigí una carta muy emotiva y, varias semanas después, recibí la respuesta. Venía firmada por la Hermana Miguela Muslim. Se disculpaba por la demora en contestarme porque, pese a estar en la plurilingüe Suiza, les costó encontrar una hermana que escribiera en español. Me informó que Sor Pascalina había muerto en 1983. Dentro del sobre venían fotos de Sor Pascalina, el recordatorio de su misa de novenario y un pequeño estuche con un pedazo de tela blanca junto al documento que certificaba que la tela era de la indumentaria de Pío XII. Además, me devolvió la carta que le escribí a Sor Pascalina, una carta que llegó tarde.

   


miércoles, 24 de septiembre de 2014

El libro, el Papa y el aplauso.

La sal de la tierra. Peter Seewald. Libros
Palabra, España, 2005.
Gracias a mi buen amigo Joaquín Trigueros León, fui invitado a dictar un pequeño curso en el Centro Universitario Miravalles. Cuando me preguntó si cobraría honorarios, le propuse que me regalaran un libro. El último día del curso, Roy Campos Retana, director del Centro, me obsequió La sal de la tierra,  una larga entrevista que Peter Seewald sostuvo con el cardenal Joseph Ratzinger, por aquel entonces recién electo Papa Benedicto XVI.
La entrevista está muy inteligentemente planteada y prácticamente no deja tema sin tocar. Seewald rompe el hielo con asuntos anecdóticos y pasa luego a preguntarle sobre su vida personal y familiar, su infancia en el campo y su juventud en la Alemania Nazi. Viene luego un repaso por las distintas posiciones que Ratzinger ocupó a lo largo de su carrera en que salta a la vista que el entrevistador se informó a fondo de diversos hechos y procesos relevantes. Luego, se plantean asuntos filosóficos, históricos y teológicos y, finalmente, se cierra con temas polémicos y actuales: divorcio, celibato sacerdotal, eutanasia, aborto, ordenación femenina y otros.
Las respuestas de Ratzinger tenían la extraña combinación de ser amplias y concisas. En cada respuesta explicaba, justificaba, daba algún ejemplo, pero era siempre breve. A veces, brevísimo. ¿Cuántas maneras hay de acercarse a Dios? "Tantas como personas." Una regla de oro en el género de entrevista reza: "si quiere una respuesta concreta, haga una pregunta concreta".
Hay personajes interesantes que son totalmente desperdiciados por entrevistadores improvisados. Hay entrevistadores preparados y profundos a los que el entrevistado no les da la talla. En este caso, tanto Seewald como Ratzinger se lucieron. El ritmo y la fluidez de la conversación mantienen despiertos la atención y el interés. Los temas ligeros se abordan con cierta profundidad de enfoque y los temas complejos se plantean y responden de manera concisa y sintética. Otro punto digno de destacar es la distancia profesional del entrevistador. Las entrevistas (y muy especialmente las entrevistas con cardenales) suelen ser o discusiones hostiles llenas de cuestionamientos planteados de manera agresiva o, en el otro extremo, conversaciones complacientes en que nada se objeta. Seewald plantea sus preguntas respetuosa y claramente, pero también debate, vuelve a preguntar, pide explicaciones y solicita que se amplíe lo que le parece ambiguo. El buen entrevistador, no está solo para sostener la grabadora y digitar luego lo grabado. Debe dominar el tema de la entrevista para poder convertirse en un interlocutor del entrevistado.
Ratzinger es un hombre reservado, especialmente respecto a su propia persona. La insistencia de Seewald lo hace remontarse a su infancia y hasta logra sacarle confesiones simpáticas. Cuando Seewald le pregunta cuándo descubrió su vocación, Ratzinger responde que una vez, cuando vio a un pintor de brocha gorda pintando una pared, muy convencido dijo: "Yo quiero hacer eso cuando sea grande", de manera que su primera vocación fue de pintor de casas. Poco después, llegó el Cardenal Faulhaber de visita pastoral al pueblo y, cuando el niño Ratzinger lo vio encabezar la procesión dijo: "Yo quiero hacer eso cuando sea grande". Era un niño impresionable que, apenas aprendió a leer y escribir, empezó a hacerle poemas a todas las cosas que veía, a lo cotidiano, a la naturaleza, al clima. 
Seemwald sabe ir al grano sin rodeos y Ratzinger sabe responder a cabalidad en pocas palabras. Pregunta directa y respuesta franca. ¿Tuvo novia? "Nunca pensé en formar una familia pero naturalmente tuve... mis amistades." ¿Formó parte de las juventudes hitlerianas? "Yo no. Mi hermano sí."
Al igual que todos los jóvenes (y hasta niños) alemanes, tuvo que servir en el ejército al final de la guerra. Con solo dieciséis años de edad lo reclutaron y lo asignaron a un equipo de batería antiaérea en el sur. Su unidad fue capturada por tropas aliadas y junto con los demás soldados fue recluido en un campo de prisioneros que más parecía un patio de secundaria porque todos eran muchachitos imberbes. No tenían radio ni periódicos y la única información de que disponían eran los rumores. El que más los asustaba, y circulaba mucho por entonces, era que apenas cayera la Alemania nazi, los ingleses y los americanos los iban a reclutar a ellos, los soldados alemanes, para seguir la guerra contra Rusia.
Terminada la guerra, Ratzinger se ordenó sacerdote, estudió Teología y Filosofía, llegó a ser catedrático de importantes universidades, arzobispo y cardenal de Munich (sucesor del Faulhaber que visitó su pueblo y que, además fue quien lo ordenó) y, finalmente Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, la máxima institución teológica de la Iglesia, encargada ni más ni menos que de definir la ortodoxia.
Cuando Seewald le pregunta si le ha fascinado el hecho de haber llegado a ser tan influyente, Ratzinger responde: "Más bien me asusta... aunque colaborar y ayudar todo lo posible... poner a disposición de servir todo lo yo sea capaz de hacer, es algo que siempre me ha motivado mucho".
La respuesta es reveladora, porque remite a sus palabras desde el balcón de la basílica apenas fue electo Papa: "Me han electo a mí, un humilde trabajador en la viña del Señor".
Hay quienes dicen que la elección de Ratzinger fue una decisión algo extraña. Un hombre de edad avanzada, serio, callado, reservado, tímido, cuyos placeres predilectos son leer tratados de filosofía, teología e historia, escuchar y tocar al piano música clásica, rezar el breviario y vivir acompañado de gatos, no era la persona idónea para ocupar el papado, especialmente con la idea de papado que había dejado el largo y sonado periodo de Juan Pablo II.
Ratzinger, excelente profesor y escritor, brillante a la hora de responder entrevistas, no lograba entrar en sintonía con la multitud. De ánimo sereno y personalidad discreta, parecía contrariado (y hasta un poco asustado) ante las muestras de entusiasmo desbordado y ruidoso. 
El pontificado de Ratzinger, sin embargo, fue valioso. Devolvió la mesura y la solemnidad a las ceremonias, definió y aclaró conceptos fundamentales y, lo más importante, puso orden en la casa. A Juan Pablo II, permanentemente en gira primero, y seriamente enfermo después, se le habían acumulado asuntos que requerían una respuesta urgente. Ratzinger estaba al tanto, puesto que era él quien llevaba los expedientes, algunos ya gruesos y viejos, y todos muy serios. 
Aunque para los entendidos Benedicto era un papa sabio, preparado, eficiente, trabajador y decidido, al gran público no dejaba de parecerle un papa desabrido y seco. Aunque todos sabemos que las apariencias engañan, no dejan de ser importantes. El aspecto de Benedicto no acababa de parecer el de un papa.
Echémonos atrás medio siglo. Pío XII, el Pastor Angelicus, parecía casi una criatura celestial de visita en la tierra. Asceta, místico, solitario, reservado, cortés pero distante. Delgado, alto, pálido, majestuoso. Lo sucedió Juan XXIII, sencillo, natural, jovial. Vino luego Pablo VI, de aspecto y pensamiento dramático y profundo, que hablaba y escribía como un elevado poeta. Después, el breve encanto de Juan Pablo I y su contagiosa sonrisa y, luego, ese torbellino que se llamó Juan Pablo II, el papa vedette, estrella mediática y convocador de multitudes cuyo One man show se mantuvo en gira mundial ininterrumpida. Wojtyla, que fue actor en su juventud, hizo de su vida, y hasta de su muerte, un espectáculo masivo.
Benedicto XVI, en su última misa como
papa, escucha el aplauso tras la homilía.
Benedicto no tenía ni el aura de misterio de Pío XII, ni la calidez de Juan XXIII, ni la imagen sublime de Pablo VI, ni el encanto de Juan Pablo I, ni la vocación por los reflectores de Juan Pablo II. Para acabar de hacerla, fue sucedido por el simpático y sencillo Francisco.
A los ochenta y cinco años, Benedicto decidió retirarse, no solo del papado, sino del mundo. El miércoles de ceniza del 2013 celebraría su última misa como papa y pasaría luego a vivir el tiempo que le quedara en una casa con su hermano, sus libros, sus gatos y su piano.
Por tratarse de su última celebración solemne como papa, tras la homilía, los asistentes rompieron en un prolongado aplauso cuyo sonido aumentaba en intensidad a cada segundo. Las cámaras de televisión se enfocaron en el rostro del papa para capturar alguna reacción, una sonrisa, un gesto, tal vez una lágrima. Pero en el rostro del papa no había ninguna reacción. Era un rostro totalmente neutro. El aplauso no lo sorprendió, ni lo alegró, ni lo halagó, ni tampoco lo molestó ni le incomodó. Los cardenales, los acólitos y hasta los guardias, tragaban grueso y tenían ojos brillantes; los más entusiastas de las bancas gritaban vivas, la intensidad del aplauso crecía como una lluvia que arrecia, pero el rostro del papa seguía inmutable, inexpresivo. Pensándolo un poco, es explicable. A un hombre de su edad, de su cultura, de su inteligencia, de su espiritualidad y de su experiencia ¿qué va a importarle un aplauso?
Cuando parecía que el aplauso no iba a terminar nunca, el papa Benedicto lo hizo callar en un segundo. Se acercó al micrófono y dijo: "Gracias. Continuemos con la misa."
INSC: 1953
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