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viernes, 31 de julio de 2015

Puerto Limón. Novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.

Puero Limón. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial Costa Rica, 1985.
Guy de Maupassant decía que una novela es un ciclo completo de vida. Se toman unos personajes en un determinado momento de su existencia y se les acompaña, durante la transición, hasta el momento siguiente. Eso fue lo que hizo don Joaquín Gutiérrez Mangel en su novela Puerto Limón. En las primeras páginas conocemos a Silvano, el protagonista, un muchacho internado en un colegio de la capital que obtiene buenas notas, es inteligente, atrevido y de carácter fuerte, pero no sabe nada del mundo ni de la vida y no tiene la más mínima idea de lo que quiere hacer en el futuro. Al terminar el libro, Silvano ha madurado y se dispone a enfrentar un destino lleno de incertidumbre, pero escogido por él mismo.
Silvano estaba a punto de terminar sus estudios cuando un telegrama lo lanzó de cabeza al mundo real. Su tío, don Héctor, lo manda a llamar y el muchacho, obediente, toma el tren a Puerto Limón. Se acabaron los tiempos de ir a clases, practicar deporte y vagabundear con los compañeros. Había llegado el momento de trabajar, ir ganando poco a poco su independencia hasta llegar a ser un adulto responsable. Por el momento, su destino no parecía ser otro que convertirse en finquero, como su tío.
Aunque respeta y, hasta cierto punto, admira y quiere a don Héctor, a Silvano no le parece nada atractivo seguir sus pasos. Ni siquiera le encuentra sentido a ese tipo de vida. Comprar tierras, sembrar bananos, venderle la fruta a la Compañía, invertir el dinero que se gana en comprar más tierras, para sembrar más bananos, para venderle más fruta a la Compañía, para ganar más dinero, para comprar más tierras y sembrar más bananos... ¿es ese el destino que le espera?
Tal vez si Silvano hubiera llegado al Caribe en tiempos normales, no habría tenido oportunidad de pensar mucho en ello. Simplemente se habría puesto a trabajar con su tío en las fincas y se habría adaptado pronto a la rutina. Pero Silvano llegó cuando una gran huelga tenía paralizada toda la producción bananera. En Puerto Limón no se hacía más que ver pasar el tiempo. Los peones permanecían horas conversando en las pulperías mientras el olor dulzón de las frutas madurándose en las matas flotaba en el ambiente. Los finqueros y los empleados de la Compañía no hacían más que calcular el valor de los racimos que se iban a perder. Quienes aún tenían dinero para distraerse, iban al cine, jugaban cartas, bebían tragos y hasta organizaban uno que otro baile, pero todos andaban con caras amargas. Eran muchos los trabajadores que no tenían ya ni qué comer, pero ninguno estaba dispuesto a reanudar sus labores mientras no se cumplieran las demandas de la huelga. Algunos, para matar el hambre, pescaban en los ríos o se iban a buscar tubérculos silvestres. Silvano, por su parte, no hallaba qué hacer en ese mundo paralizado. Hablaba con todos pero por su temperamento huraño, cada charla acababa convirtiéndose en una discusión rematada por un berrinche. La situación era tensa. En todo el país no se hablaba más que de la huelga y existía el temor de que en algún momento se desatara la violencia. Había quienes exigían que el gobierno tomara medidas drásticas. Se sabía que tanto los huelguistas como los finqueros estaban cada vez más dispuestos a echar mano de las armas que tenían ocultas.
El comentario típico que se escucha sobre esta novela, es que trata de la gran huelga bananera de 1934. Siempre he creído que quienes repiten este lugar común no han leído el libro o, si lo leyeron, acabaron prestándole más atención al decorado que a los acontecimientos. La huelga, en esta historia, no es más que el telón de fondo. Aunque en el libro hay un episodio sobre el encuentro (no sé si imaginario o real) que sostuvo el presidente Ricardo Jiménez Oreamuno con el líder comunista Manuel Mora Valverde, se mencionan las demandas de los huelguistas y se deja claro el enorme poder de la Compañía, todo eso está en segundo plano. Puerto Limón no es, como muchos la han calificado, un obra histórica de denuncia social. Con semejante etiqueta, la novela hasta pierde atractivo. En América Latina abundan las novelas de lo que se llamó "Literatura comprometida", que consistía en narraciones basadas en hechos reales fuertemente aderezadas con propaganda ideológica. Los libros de este tipo no generaron mayor atención y el gran público acabó rechazándolos. Políticamente eran ineficaces y literariamente eran bastante pobres. Basta que un libro sea calificado dentro de este género para que nadie quiera leerlo.
La política y la economía preocupan, pero no conmueven. Los problemas sociales invitan a la reflexión y al análisis, pero son los pequeños y grandes dramas humanos los que tocan fibras emocionales verdaderamente sensibles. Y en Puerto Limón, lo que está en primer plano es la vida de un puñado de personajes magistralmente construidos, atrapados en medio de dos horizontes (el del Caribe y el de los bananales) en un momento en que parecía que el tiempo se había detenido.
La cosecha se va a perder, los peones se niegan a realizar la corta, los trenes y los barcos, detenidos, no van a ser cargados, las deudas se acumulan y la violencia puede estallar en cualquier momento. Todo eso es preocupante, pero no duele. Lo que duele es que una muchacha linda se quede sola en la playa mirando alejarse al hombre que terminó la charla dándole la espalda. Lo que duele es que Azucena, la empleada doméstica, se haya enfermado y en el hospital no le permitan a su hermano ir a visitarla. La huelga es un problema social grave, pero con huelga o sin huelga la vida continúa y cada uno tiene sus propias ilusiones y preocupaciones en qué pensar. Llega el punto en que uno, como lector, al igual que los propios personajes de la novela, llega a olvidarse de la Compañía, del gobierno y de los sindicatos. Toda la atención se concentra en don Héctor, en Paragüitas, en Tom Wilkenman, en Diana y, muy especialmente, en Silvano. Poco a poco los vamos conociendo más a fondo. Cada uno a su manera y por razones distintas, se siente solo. Don Héctor, el finquero, y Paragüitas, el cabecilla local de la huelga, cada uno con su historia personal y su particular visión del mundo y de la vida, no pueden ser más distintos. Silvano no se parece a ninguno de ellos, pero ambos le inspiran respeto y, en alguna medida, admiración. Ellos ya llegaron a ser quienes eran. Silvano no sabe ni hacia dónde va. Aunque no comparte las ideas ni los valores de su tío, reconoce en él un modelo de orden, disciplina y cumplimiento del deber. Por otra parte, Silvano considera justas las demandas de los huelguistas y está profundamente impresionado por la firmeza con que han reclamado sus derechos y la manera estoica en que han resistido largas semanas sin sueldo. Quienes leen sobre la huelga en los periódicos, podrán tomar posiciones intransigentes y abogar por medidas drásticas. Pero a quienes, como Silvano, conocen de cerca tanto a los finqueros como a los peones, no es tan fácil adoptar una posición radical.
En mi edición de Puerto Limón, don
Joaquín Gutiérrez me escribió:
"A Carlos con un tirón de orejas
Su amigo Joaquín".
Yolanda Oreamuno decía que el mayor mérito de Puerto Limón es que el gran conflicto social se va disminuyendo, mientras que los pequeños dramas humanos se van agrandando hasta alcanzar proporciones enormes. Tras recibir la primera edición de la novela, publicada en Chile en 1950 por la editorial Nascimento, Yolanda le escribe una carta a don Joaquín en la que le elogia el que haya dejado abierta y, en cierta medida, hasta sin resolver, la posición de Silvano. "Si lo hubieras definido", le dice, "le habrías dado orientación, pero no vida. En fin, que dejándolo así, con sus problemas irresolutos de semihombre, con su tendencia a la cobardía y a la emoción, has hecho de él un hombre ya definido, ya eterno, ya estable. No se trata de decir que Silvano por fin se portó bien, aprendió una lección y fue capaz de seguirla repitiéndola para ejemplo de la humanidad, sino de hacer un Silvano cuyos errores y caídas lo lleven a encontrar una solución que no eres tú quien debe dar, sino Silvano."
En Puerto Limón, como en todas las novelas de don Joaquín Gutiérrez, la vida palpita detrás de cada palabra. Y la vida, a diferencia de la Historia, no está marcada por grandes acontecimientos, sino tejida por pequeños instantes.  Al final del libro, Silvano sigue siendo un joven ingenuo, lleno de inseguridad y con más preguntas que respuestas sobre su porvenir pero, tras ciertos hechos dolorosos que es mejor no mencionar (para no estropearle la novela a quienes no la han leído), toma la decisión de dar el primer paso hacia lo que será el resto de su vida.
INSC: 0761



jueves, 23 de abril de 2015

Manglar. Primera novela de Joaquín Gutiérrez Mangel.


Manglar. Joaquín Gutiérrez Mangel
Editorial Nascimento, Chile, 1947.
En esta novela es muchísimo más lo que se insinúa que lo que se cuenta. En sus pocas páginas, porque es un libro breve, todo está insinuado más que expuesto, sugerido más que descrito. Las pocas palabras con que se presentan los personajes bastan para hacerlos reconocibles y memorables. El paisaje se pinta con pocos trazos y hasta los acontecimientos se retratan con imágenes y situaciones fugaces. No hay ni una descripción exhaustiva, ni un solo diálogo extenso, ni una sola escena que se limite a un momento y un lugar determinado. Cada sitio evoca otro, cada hecho del presente lanza la memoria al pasado, cada reflexión despierta otra nueva. 
Pese a estar narrada de manera elíptica, la historia se sigue sin tropiezos ni complicaciones. Cecilia es una joven maestra recién graduada que, en vez de buscar un puesto en una escuela de la capital, decide irse a trabajar a una pequeña comunidad de Guanacaste. Solamente llegar hasta allá fue una aventura que casi le cuesta la vida. Resbaló en el embarcadero y mientras estuvo sumergida bajo el agua, mirando las burbujas, cada vez más grandes que se le escapaban de la boca, su mente se disparó en diversas direcciones: hacia su pasado, hacia su entorno y, muy especialmente, hacia el interior de ella misma. Esa será una constante en todo el libro. Ya sea que esté descansando sobre la rama de un árbol de naranja mirando el enorme y silencioso paisaje despoblado, o en medio de un tumulto en un baile amenizado con marimba y quijongo, o en el silencio de la primera noche lejos de casa en el destartalado cuarto de una pensión, la mente de Cecilia inevitablemente repasa lo poco que ha vivido y lo mucho que no logra comprender. 
Frágil, joven e inexperta, viaja sola hacia un mundo que no conoce y al que no pertenece. Tiene claro que su trabajo será difícil pero está dispuesta a asumir lo que venga sin arrugar la cara. Los compañeros de viaje tratan de ser amistosos. Una señora le aconseja ahuecar el alma para que los golpes no le den de frente. "Claro que para esto hay que saber vivir, y para saber vivir hay que vivir y viviendo es como se aprende."
Cecilia trata de ser cortés, pero en el fondo le molesta que le den consejos cuando ella en realidad lo que quería (y necesitaba) era equivocarse por sí misma para ir aprendiendo. Ella quiere llegar a ser ella misma y aunque aún no tenga claro quién es.
En la escuela (una casa destartalada con un pizarrón y unos cuantos bancos) ella será la única maestra de niños y adultos de todas las edades. El primer día, al pasar lista, le informaron que uno de los estudiantes se había ahogado en el río, pero que su hijo seguiría yendo a la escuela en su lugar. El muchacho le explica que su padre decía que con uno que leyera en la casa era suficiente. Aunque sus estudiantes son pocos, es difícil preparar las clases y realizar actividades que sean de interés tanto para los niños pequeños como para las señoras y señores mayores. También cuesta mantener el orden porque los muchachos jóvenes quieren hacerse los graciosos ante la maestrita. Los recursos son mínimos, las dificultades son muchos y los progresos, si los hay, apenas se notan. Como maestra siempre tuvo predilección por los torpes: niños frente al pizarrón con la tiza en la mano cariacontecidos
Fidel, un muchachito sin familia, huraño pero obediente, que también le ayudaba al maestro anterior, vive con ella en la escuela.  Aunque la diferencia de edad es poca, Cecilia considera a Fidel algo así como un hijo y, al ir observando y conociendo la vida de animalito libre del aquel muchacho, la suya llega a parecerle una burbuja de vidrio. El cura del pueblo considera impropio que ella, tan joven, viva sola con ese muchacho y así se lo manifiesta, pero si lo echa, ¿a dónde iría esa pobre criatura que no tiene familia? 
Grajales, uno de los estudiantes, bueno con el lazo y experto en curar las reses, se interesa por la maestra y un día logra que le acepte una invitación para ir de caza. Fidel los acompaña. Grajales desprecia la agricultura, por considerarla una actividad femenina. Para él, el trabajo de un hombre es con el ganado. El chino de la pensión le debe la vida, porque una vez, en la Línea, Grajales le quitó de encima una serpiente que se le había enroscado sobre el vientre mientras dormía. El rudo sabanero le hace un regalo a la maestra, pero no logra que Cecilia le corresponda. 
En aquella remotidad vive, desterrado por sus padres, un hombre de San José que estudió en París y regresó casado con una francesa que no fue muy bien recibida por su familia. La visita que le hace Cecilia a esta pareja es, como todo lo que vive Cecilia por esos lares, una experiencia extraña, un tanto absurda, entre cómica y horrible.
De regreso en San José, por un azar del destino, Cecilia debe curar a un hombre herido de bala y, con una navaja, logra extraerle el proyectil. También se ve involucrada en actividades políticas clandestinas y vive un par de experiencias en las que ella fue la mayor sorprendida por su propia reacción. 
Aunque ni ella sabe quién es ni qué pretende, intenta comprender a sus padres quienes, desde mucho antes de su larga ausencia en Guanacaste, le parecían un par de desconocidos misteriosos. Su padre, casi hablando para sí mismo, le dice que todo, absolutamente todo, las angustias, los odios, los rencores... todo debemos convertirlo en inteligencia. Solo así podremos ser algo algún día.
Manglar, la primera novela de don Joaquín Gutiérrez Mangel, es una delicia de principio a fin. Antes de esta obra, había publicado dos libros de poemas y al incursionar por primera vez en la narrativa, que sería a la larga su fuerte, don Joaquín mantuvo la concisión, la musicalidad, la fuerza de las imágenes visuales y la profundidad y altura de reflexión propias de los poetas. Manglar es una novela fascinante, conmovedora, transparente y enigmática al tiempo.
Para mí, el título mismo de la novela es un misterio. La he leído varias veces y en ninguna parte he encontrado ninguna mención a un manglar.
Los historiadores de la literatura costarricense han señalado como importantes el hecho de que la protagonista principal de la obra sea una mujer y que la acción se desarrolle en Guanacaste, porque antes de Manglar, publicada en 1947, ni los personajes femeninos ni la región noroeste del país habían sido protagonistas de primera línea. Los aficionados a repetir lugares comunes, por su parte, analizan los contrastes entre ambiente rural y urbano y destacan el compromiso del autor con la denuncia social. 
Como yo no leo para analizar, ubicar, clasificar ni etiquetar, prefiero concentrarme en otros méritos de esta obra. Su estilo, por ejemplo, es impecable. Como decía el Marqués de Te acordás hermano, las palabras tienen que amarse unas a otras y detrás de cada una de ellas debe estar la vida palpitando. Ese principio se cumple plenamente en Manglar. Por cierto, es en Manglar donde aparecen las aves que "se desgajan" al ser abatidas, tal como lo recomendó el Marqués.
Por otra parte, el mayor contraste que encuentro en esta novela es entre el mundo exterior y el mundo interior de Cecilia. Alrededor de ella ocurren muchos acontecimientos interesantes y sorpresivos, pero me parece que la novela narra, principalmente, la enorme transformación que ocurre muy al fondo de ella misma.
Hay una metáfora en el mismo libro que lo expone de manera hermosa. En la infancia somos como una flor y en la juventud la flor se transforma en fruto. Conforme el tiempo pasa, el aspecto y la textura del fruto se deteriora pero, por dentro, la semilla se endurece. Al final el fruto acabará marchitándose y pudriéndose, pero eso no importa, porque la semilla, que es lo que permanecerá, estará lista para seguir adelante. Al principio del libro, Cecilia es tan joven como un fruto fresco. Al final del libro también, pero en el fondo de su personalidad el hueso de su fruta se había endurecido.
INSC 0686

domingo, 4 de enero de 2015

Poesía de Quijongo de Max Jiménez.

Quijongo. Max Jiménez. Espasa Calpe,
España, 1933.
Además de dibujante, escritor, pintor, grabador, escultor y poeta,  Max Jiménez fue, a su manera, un filósofo y un místico. Tanto don Paco Amighetti como don Joaquín Gutiérrez dejaron escritos testimonios acerca de la conflictiva y dramática personalidad de Max. Puede decirse que era un incomprendido y un solitario. Su creatividad se encauzó por todas las vías posibles. En la plástica, hay quienes dicen que tuvo mayores méritos como pintor que como escultor y, en la literatura, algunos afirman que fue mejor narrador que poeta.  Es verdad que la obra narrativa de Max tiene más audacias formales que su poesía, pero no deja de ser una majadería acercarse su obra literaria con el fin de etiquetarla o evaluarla. Detrás de toda la obra de Max (la literaria y la plástica) siempre he vislumbrado un mundo enigmático, solitario y triste pero, eso sí, luminoso y atractivo. Un mundo al que vale la pena asomarse para intentar comprenderlo al menos un poco. 
Sus libros de poesía siempre me han parecido misteriosos. Hasta me atrevo a decir que prefiero sus escuetas y contundentes Candelillas
En 1919, poco después de terminar la secundaria, su padres lo enviaron a Londres para que estudiara Economía y Negocios pero, a los dos años, Max decidió cambiar de ciudad y de carrera y se dedicó al arte en París. En 1924 realizó sus primeras exposiciones de pintura en la capital francesa con muy buenas críticas. En París publicaría también, en 1929, Gleba, su primer libro de poemas. Sonaja y Quijongo, su segundo y tercer poemario, fueron publicados en España en 1930 y 1936 respectivamente. En 1936 publicó sus otros dos libros: Poesía en Costa Rica y Revenar en Santiago de Chile con la Editorial Nascimento.
He vuelto a leer Quijongo y, una vez más, el triste mundo de Max me ha conmovido e intrigado. Encuentro, en muchos de los poemas de este libro, un contraste violento entre un alma sensible y delicada que sufre al tener que existir en un ambiente ruidoso, amenazante y grosero. La paz, la calma, la serenidad, solo se disfruta momentáneamente. Es en Quijongo, por cierto, donde está incluido el famoso poema El mal del tiempo, que en Costa Rica se ha vuelto un verdadero clásico. Con cierta crueldad, cada vez que uno descubre que el proceso de envejecimiento no perdona a nadie, se repite el estribillo: "¡Qué daño el de los años!"
En el libro están también dos poemas, de tono y factura muy distintas, dedicados a dos ciudades también bastante diferentes: Nueva York y Toledo. Max escribe fascinado sobre Toledo, a la que entró con "cuatro siglos sobre el hombro", mientras que se refiere a Nueva York como "un hueso sin carne que perdió en las alturas el contacto con lo humano".
Uno de los pocos poemas alegres se titula En las bodas, en que se refiere al milagro de convertir el agua en vino. "El vino hace la fiesta..." "...que esta agua/ se torne en la alegría/ de estas gentes./ Que salga de la tierra/ la embriaguez que necesitan/ para lograr conciencia de la vida."
Salvo escasas excepciones, el libro es bastante doloroso. Max menciona "El ánimo sin jugo, cuando todo es lo mismo... Cuando el sol nada prende ni la noche hace noche; cuando vamos con cáscara que no siente pulpa." Y, tras lamentar la ausencia de un amigo, se declara: "Cansado de futuro: la ley de ir adelante, allá el fondo es obscuro, el pasado, brillante".
Como un asomo al mundo de Max, comparto estos dos poemas de Quijongo.

En la primera página del libro,
publicado en Madrid en 1933,
Max explica qué
significa quijongo:
"El quijongo, de mi patria, es un
instrumento musical sencillo:
un arco con una jícara adherida
 a la madera, la cual, manejada con
la mano izquierda, convierte en voces
los golpes dados sobre la cuerda."
"Es simple, y tiene el encanto de los
instrumentos que solamente pueden
ser tocados con el alma."

Mi fastidio

Como entrar en un túnel que no tiene salida,
como si el mundo fuera de un solo color,
sin que nadie se ausente eterna despedida
de mi propio fastidio cansado espectador.

Un no encontrar salientes en la rocosa vida
que justifique en algo nuestra razón de ser,
Empeño en llenar odres que no han de dar medida;
jornada eternamente, desde antes de nacer.

Hachazos oigo en el árbol: severo he de caer.




Una oración

Señor, no puedo ya en la vida soportar este fardo;
me has dado más tristezas de las que yo puedo llevar.
Yo ha mucho, mucho, mucho, que cultivo sólo el cardo.
Señor Omnipotente, yo quiero que me dejes un rato descansar.

Yo he oído que el mundo que Tú hiciste de lodo,
y que, seguramente, Tú has amasado en llanto,
a más de noche obscura diste la luz solar,
del huerto de tus penas ya me has dado el acanto.
Señor Omnipotente, yo quiero descansar.







jueves, 9 de octubre de 2014

Una vida en media hora.

La hoja de aire. Joaquín Gutiérrez.
1era edición. Editorial Nascimento,
Chile, 1968.
A todos nos ha ocurrido. Un buen día salimos a caminar por el centro, nos encontramos con alguien a quien teníamos tiempo, tal vez años de no ver, nos detenemos a conversar un momento y, en un ratito, esa persona nos cuenta qué ha sido de su vida. Ese encuentro callejero, esa conversación breve, puede estar, y con frecuencia lo está, lleno de sorpresas.
En media hora de charla puede comprimirse hasta una vida entera. En media hora, también, puede leerse una novelita de apenas cuarenta y ocho páginas.
En la escuela primaria, yo había leído Cocorí, de don Joaquín Gutiérrez Mangel, esa hermosa novela en que un niño, al enfrentar su primera experiencia con la muerte (la muerte de una rosa), se pregunta por qué su rosa solamente vivió un día y se interna en la jungla en busca de una respuesta. Luego, en la secundaria, leí Murámonos Federico, también de don Joaquín, el drama de un hombre valiente al que la vida se le cae a pedazos. 
Don Joaquín era mi vecino. No recuerdo cuándo fue que supe que aquel señor alto, de bigotes y melena blanca, era el autor de aquellos dos libros que tanto me habían impresionado. Con frecuencia lo veía subir al autobús. Tenía que andar encorvado para no pegar la cabeza en el techo y, cuando se sentaba, lo hacía de lado, para dejar sus largas piernas en el pasillo. Yo quería saludarlo, pero solamente lo veía en el autobús y él siempre andaba un libro o algún otro papel y, apenas se sentaba, se ponía leer. Nunca quise interrumpirlo.
Un buen día, estaba yo en el primer año de la universidad, me contaron que don Joaquín iba a participar, esa misma tarde, en un acto cultural. Aunque lo veía casi a diario en el autobús, me emocionó la idea de hablar con él por primera vez. Quise también pedirle un autógrafo. Corrí a la librería más cercana y pregunté si tenían algo de don Joaquín. Compré La hoja de aire, un librito pequeño y delgadísimo, de apenas cincuenta y nueve páginas. La historia empezaba en la página once, ya que abría el libro un prólogo de Pablo Neruda. Faltaba una hora para que empezara el acto y de pronto pensé qué haría si, al darle el libro para que me lo firmara, don Joaquín me preguntara qué me había parecido y yo tuviera que responderle que no lo había leído. Para evitar la vergüenza y prepararme adecuadamente, me fui a sentar en la banca de un parque y empecé a leer.
"Una hoja de aire, un sueño grande del que nacen otros sueños menores y de éstos otros cada vez más modestos, hasta llegar al último, el pequeñito, el que se lleva el viento. Así ha sido mi vida, mi viejo, como una hoja de aire."
Imaginé que el protagonista estaba sentado a mi lado, en la banca del parque, contándome su historia. Alfonso me contaba su vida. Quería ser actor, se fue a México y allá hizo de todo. Fue hasta payaso en un circo. Paf, recibía una bofetada y los niños se reían, caía al suelo, se levantaba, otra bofetada, Paf, y los niños volvían reírse. Los golpes del número del circo, no fueron los únicos que se llevó. Cuando las cosas se pusieron realmente mal, decidió regresar a Costa Rica. En autobús, desde México a Nicaragua, donde durmió una noche en un parque y, al día siguiente, en el automóvil de un amigo que le hizo el favor de traerlo a San José. Ya en la patria, su meta era encontrar a Teresa, el amor de su vida al que solamente había visto tres veces, la primera, bailando con un vestido azul cuando era niña, la segunda, jugando en el patio con una bolsa llena de lagartijas y la tercera, la inolvidable, ya grandes bañándose en el mar. No sabía ni dónde buscarla. A la que sí encontró fue a su hermana, que lo daba por muerto. Algo pasó y acabó solo, sin nada más que lo que llevaba puesto. Entonces, antes de leer los últimos párrafos del libro, hice una pausa.
Yo me había estado imaginando a Alfonso sentado conmigo en la banca del parque contándome su historia y, pocos párrafos antes del final, me percaté que todo su monólogo, Alfonso se lo estaba soltando a don Joaquín Gutiérrez la tarde en que se encontraron y se sentaron un momento en la banca de un parque.
Terminé de leer y, todavía conmovido e impresionado, fui a la actividad con don Joaquín. Mis compañeros me dijeron luego que yo me veía muy cómico hablándole. Yo soy bajo o, como dicen los mexicanos, chaparrito, y don Joaquín era altísimo. Cuando hablaba con él, yo miraba para arriba. Así lo vi siempre, muy en alto. No solo me firmó el libro, sino que, cuando supo que éramos vecinos, me dijo que fuera a verlo a su casa. Muy frecuentemente, con motivo o sin él, pasaba a saludarlo. Mi madre le mandaba de la repostería que ella horneaba, yo se la entregaba y me quedaba tomando café con don Joaquín y doña Elena, su esposa. Una vez le pregunté por la metáfora de la hoja de aire, la hoja pequeña a la que le salen hojitas cada vez más pequeñas hasta que la última se la lleva el viento. "Ninguna metáfora", me contestó, "esas hojas existen, ¿No las conocés?" Cuando le respondí que no, dijo que iba a ver si por casualidad tenía una. Regresó casi inmediatamente, "No tengo ninguna, pero buscalas, existen. Lo que encontré fue esto. Tomá." Y me regaló un ejemplar de la primera edición de La hoja de aire.
Todavía hay gente a la que no le salen las cuentas cuando digo que don Joaquín escribió seis novelas. Siempre se les olvida La hoja de aire, tal vez por ser un libro pequeñito. El poeta Mauricio Molina, dice que es la obra de narrativa más bella escrita por un costarricense. El poeta Felipe Granados, leyó La Hoja de aire en el autobús y, al llegar a su casa, lo primero que hizo fue buscar en el directorio el teléfono de don Joaquín, lo llamó y le dio las gracias. Otro poeta, el chileno Pablo Neruda, escribió en el prólogo de La Hoja de aire: "En mis lecturas desordenadas y acríticas he leído pocos relatos como éste, con tanta capacidad de amarrarnos en el hilo del sueño y la desventura."
INSC: 0709 0991 
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