lunes, 11 de diciembre de 2017

Las anécdotas del padre Alberto Mata Oreamuno.

Semblanzas y anécdotas eclesiásticas.
Alberto Mata Oreamuno.
Costa Rica, 1988.
Cuando estaba cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, Monseñor Alberto Mata Oreamuno acató la recomendación que recibía constantemente de parte de sacerdotes jóvenes y escribió un libro sobre personajes que había conocido y hechos que había presenciado o protagonizado durante su ya larga vida.
No se trata de sus memorias, que ya había publicado unos años antes, sino más bien de una recopilación de recuerdos, anécdotas y semblanzas que valía la pena dejar escritas para que fueran conocidas cuando ya no estuviera él para contarlas.
El libro, titulado Semblanzas y anécdotas eclesiásticas, que tiene tanto páginas jocosas como emotivas, está lleno de sorpresas. Algunas son francamente divertidas y otras son verdaderas revelaciones de gran importancia histórica.
Nacido en Cartago en 1904, el padre Mata era bisnieto, por el lado paterno, de Jacinta de la Fuente, hermana de Feliciana, la madre del obispo Anselmo Llorente La Fuente, primer obispo de Costa Rica, quien, según cuenta, se entretenía jugando partidas de naipe con sus tíos abuelos. Por el lado materno tenía cierto parentesco con Mons. Luis Javier Muñoz, el obispo de Guatemala que fue expulsado por el dictador Jorge Ubico.
Las primeras páginas están dedicadas a breves notas biográficas de los papas, de Pío IX a Juan Pablo II y, tras una nota sobre el cardenal Rafael Merry del Val (1865-1930), vienen apartados sobre los obispos de San José, desde Mons. Llorente hasta Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós.
Cuenta que era un niño de doce años de edad la primera vez que vio a los padres paulinos alemanes con quienes posteriormente recibiría su formación sacerdotal. El obispo Juan Gaspar Stork llegó a Cartago acompañado de los sacerdotes Carlos Trapp y Agustín Blessing, en agosto de 1916, para celebrar la fiesta de la Virgen de los Angeles. El santuario era entonces un amplio galerón de madera ya que el templo (como prácticamente toda la ciudad) había sido destruido por el terremoto de mayo de 1910 que solamente dejó media docena de casas en pie.
Alberto Mata Oreamuno.
(1904-1996)
Con sincera admiración y profundo afecto, menciona uno por uno los nombres de todos los paulinos alemanes que vinieron a Costa Rica. Aquellos religiosos eran serios, severos, estrictos, estudiosos, trabajadores, austeros y cultos. Hablaban varios idiomas y constantemente hacían gala de tener una memoria prodigiosa. No solo porque citaban la Sagrada Escritura, los cánones y las sentencias de los Padres y Doctores de la Iglesia sin consultar ningún libro, sino porque se sabían los nombres y los apodos de cada uno de los estudiantes de la secundaria y de los mayoristas. Cuando felicitaban a algún estudiante, lo llamaban por el nombre, pero cuando lo regañaban lo llamaban por el apodo. Tenían además un sexto sentido para darse cuenta de todo lo que ocurría dentro del Seminario. Una vez, en la biblioteca donde hacían la tarea, un estudiante cometió una falta de urbanidad (con ruido y mal olor) y el padre Felipe Vetter, desde el otro extremo del salón, señaló al responsable y le gritó: "Pezuña, ¡No sea cochino!"
El rector, padre José Ohlemüller era una verdadera eminencia pero, en sus últimos años, ya senil, decía incongruencias. Una vez, un sacerdote joven se atrevió a mencionar el deterioro mental del padre Ohlemüller y el padre Wilhelm Hennicken, al oírlo, le espetó: "El padre Ohlemüller leyó y estudió muchísimo durante toda su vida, así que esté tranquilo porque eso no le va a pasar a usted."
Además del Seminario, había paulinos alemanes en distintos puntos del país. Dos residían permanente en Talamanca y otros dos estaban a cargo de todo el territorio de la actual diócesis de San Isidro de El General. El vicariato apostólico de Limón fue confiado también a ellos porque la Misa, que se celebraba en latín, tenía tres homilías: una en español, otra en inglés y otra en francés. El hecho de que sacerdotes tan bien preparados con títulos de prestigiosas universidades europeas se hubieran trasladado como misioneros a los lugares más remotos de Costa Rica fue siempre una gran inspiración para los seminaristas.
En cuanto al clero local, se menciona que, curiosamente, siempre han habido curas con el mismo apellido. Simultáneamente hubo tres Badilla, tres Volio que eran hermanos, tres Valenciano que eran primos, cuatro Zúñiga y cuatro Mata. Las anécdotas que se cuentan de ellos son bien divertidas. El padre Rafael Badilla era lo que podría llamarse un cura maicero. Párroco rural, le predicaba a los campesinos en su propio lenguaje porque él también era uno de ellos. En aquellos tiempos había unas ollas de hierro o de barro que, para manterlas estables sobre la leña del fogón, tenían tres patitas diminutas que eran como picos. Una vez el sermón del padre Badilla fue interrumpido por el llanto de un recién nacido y, para indicarle a la madre que lo amamantara, le gritó desde el púlpito: "¡Dale la pata de olla!"
Francisco de Paula Castillo Arcas, uno de los tres Castillos, era un sacerdote andaluz dicharachero y que tocaba la guitarra, que fue párroco de San Rafael de Oreamuno. Allí encausó y alentó la vocación de un jovencito llamado Víctor Manuel Sanabria Martínez. Cuando Sanabria fue nombrado Arzobispo, el padre Castillo se jactaba de que, gracias a él, la Iglesia costarricense había llegado a tener tan brillante prelado. Sin embargo, Monseñor Sanabria, medio en broma medio en serio solía decir: "En el clero tenemos tres Castillos, pero de los tres no se hace un rancho."
Beato Fray Remigio de Papiol.
(1885-1937)
Naturalmente, no todo el libro está escrito en clave humorística. Verdaderamente emotivo es el recuerdo de Fray Remigio de Papiol, sacerdote capuchino al que el Padre Mata le servía de monaguillo cuando era niño. Ver de cerca el recogimiento con que el fraile celebraba la Santa Misa fue uno de los grandes estímulos que despertaron su vocación sacerdotal.
Nacido en Barcelona en 1885 con el nombre de Esteban Santacana Armengol, Fray Remigio de Papiol ejerció su ministerio en Filipinas, México, Bluefields en Nicaragua, Colón en Panamá y Cartago en Costa Rica. Compañero suyo de viaje fue el hermano Fray Casiano de Madrid, que acabó desarrollando una gran obra social en Puntarenas. Fray Remigio regresó a España y, tras haber ingresado durante un breve período a la Orden Cartuja, acabó residiendo en Madrid.
Cuando el padre Mata fue ordenado, le escribió comunicándoselo y Fray Remigio le respondió que rezaba constantemente por su monaguillo. Fray Remigio de Papiol murió mártir en 1937, víctima de la represión contra la Iglesia durante la Guerra Civil Española y fue beatificado por el Papa Francisco el 21 de noviembre de 2015.
En cuanto a datos importantes para la historia de Costa Rica, el libro reproduce la homilía que pronunció el padre Alfredo Hidalgo (reconocido calderonista) en el Te Deum cantado a propósito de la instalación de la Junta Fundadora de la Segunda República presidida por don José Figueres y que acabó generando un serio disgusto entre Monseñor Sanabria y el gobierno.
Monumento a Mons. Alberto Mata Oreamuno
en los jardines del Templo Parroquial de
Guadalupe de Goicoechea.
Sorprendente es la revelación de que Monseñor Carlos Gálvez, nacido en 1910, cuando tenía apenas nueve años de edad, mientras jugaba con sus amiguitos en una acera de Barrio Amón, fue testigo del asesinato del General Joaquín Tinoco y, por ser el mayor de los niños allí presentes, lo llamaron a brindar declaración ante el juzgado.
Las menciones que el padre Mata hace de su familia son en verdad conmovedoras. Último hijo de una familia numerosa, cuenta que nunca pudo ver sano a su padre, el poeta Félix Mata Valle, quien era abogado, fue diputado en varias oportunidades y pronunció un poema escrito por él mismo en el funeral del obispo Bernardo Augusto Thiel ya que, desde que tuvo memoria, ya su padre yacía postrado por el cáncer que, lentamente, acabó con su vida.
Don Félix Mata Valle le hizo la declaración de amor a la que sería su esposa, doña María Josefa Oremuno Ortiz, por medio de una carta. El libro reproduce el texto de la misiva, de octubre de 1878, en la que el joven enamorado le confiesa que desde hace tiempo la admira, que ha llegado a amarla y que fuera de ella no encuentra cómo llenar su alma y hacer latir su corazón. Le confiesa que es pobre pero que nunca le ha huido al trabajo y que sabe cuánto cuesta la vida como para alcanzar, no la riqueza, sino al menos cierta comodidad. Insiste en que no quiere incomodarla y se despide pidiéndole que disculpe su atrevimiento.
Al final viene el breve discurso pronunciado por el padre Mata el 24 de abril de 1988 en la inauguración del monumento que el pueblo de Guadalupe de Goicoechea erigió en su honor en los jardines del templo cuando era párroco don Oscar Fernández, quien luego sería obispo de Puntarenas. Aunque al principio se opuso a la idea, acabó aceptando el homenaje de la comunidad citando, eso sí, un versículo de Evangelio de San Lucas: "Siervos inutiles somos y hemos hecho lo que debiamos."
Por más cuidada que esté la edición, inevitablemente todos los libros tienen erratas, dedazos o palabras mal escritas. Guardo mi ejemplar con mucho cariño porque lo recibí directamente de las manos del padre Mata quien, antes de dármelo, corrigió con un lapicero los pequeños errores que se le habían escapado.
INSC: 1466

domingo, 10 de diciembre de 2017

La invención de Costa Rica. Ensayos de Carlos Cortés.

La invención de Costa Rica. Carlos
Cortés. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 2003.
El libro La invención de Costa Rica, publicado en 2003, recoge una serie de artículos y conferencias de Carlos Cortés sobre diversos aspectos de la historia, la literatura y algunos escritores costarricenses.
El primer texto, que da título al libro, se refiere a los mitos presentes en la historia del país. Cabe aclarar que la historia, en general, está llena de mitos y la de Costa Rica no tendría por qué estar exenta de ese fenómeno. Inevitablemente la imaginación acaba infiltrándose en el relato de los acontecimientos que, con mucha frecuencia, no ocurrieron como comunmente se cree. Separar lo real de lo imaginario es tarea difícil, ya que hay mitos tan populares que acaban siendo repetidos automáticamente.
Algo así sucedió en este caso. Carlos Cortés plantea la construcción simbólica que puede haber detrás de Juan Santamaría, del culto a la Virgen de los Angeles, la arcadia tropical, el igualitarismo de los costarricenses y la democracia rural. Sin embargo, en su exposición, que pretende ser desmitificadora, acaba, tal vez inadvertidamente, repitiendo mitos.
Menciona que Cristóbal Colón llamó a esta tierra Costa Rica, cuando en realidad el nombre de Costa Rica aparece por primera vez muchos años después de la breve visita del Almirante a Cariay. Llama Juana Pereira a la mujer que encontró la imagen de la Virgen de los Angeles, pese a que el nombre del personaje histórico es desconocido. Juana Pereira es un nombre que inventó Monseñor Víctor Manuel Sanabria. Señala al Dr. José María Montealegre como el artífice del derrocamiento de Juan Rafael Mora, cuando los responsables fueron, principalmente, Vicente Aguilar y Lorenzo Salazar. Al Dr. Montealegre le ofrecieron la presidencia cuando el golpe ya estaba consumado y ni siquiera el propio Juan Rafael Mora lo culpó por su caída. Declara que Costa Rica tiene una historia militar muy escasa, pasando por alto el hecho de que, desde la Independencia hasta el año 1900, hubo diez golpes de Estado y al menos cinco conflictos armados considerables.
Como se ve, los mitos son tan fuertes que hasta quienes pretenden cuestionar unos, no solo repiten otros sino que acaban creado mitos nuevos. Verdaderamente temeraria es la afirmación, incluida en el ensayo, de que Monseñor Anselmo Llorente Lafuente apoyó el derrocamiento de Mora. El obispo ni siquiera se encontraba en Costa Rica, la mayoría del clero era morista y no hay documento que implique a Llorente en los hechos, aunque, por supuesto, el que Mora hubiera desterrado al obispo pesó entre los múltiples motivos de su caída.
Algunos mitos tienen una base real. El caso de Juan Vásquez de Coronado, mencionado en el ensayo, es un buen ejemplo. Era, en verdad, conciliador más que conquistador y prefirió la negociación con los habitantes nativos más que la confrontación armada.
Otros mitos son más bien materia legendaria. El cacique Garabito, que no aparece en el ensayo, es casi un espejismo y tal parece que las tropas de Juan de Cavallón lucharon contra un enemigo inventado para confundirlos.
También están por supuesto, los mitos que son deformaciones deliveradamente manipuladas de la historia. En esta categoría, Carlos Cortés brinda un verdadero aporte al desenmascarar uno de los más sonados casos. En 1989, el gobierno decidió celebrar “El centenario de la democracia”, para conmemorar el alzamiento que, en 1889, obligó a dimitir al presidente Bernardo Soto y llevó al poder a José Joaquín Rodríguez Zeledón. Por alguna razón que nunca estuvo clara, la versión oficial era que Costa Rica había gozado de democracia desde 1889, cuando en realidad el gobierno del presidente Rodríguez Zeledón, instalado ese año, indiscutiblemente fue el más antidemocrático de la historia del país. Ignoró la Constitución, mandó desterrar y encarcelar ciudadanos, suspendió todas las garantías, cerró periódicos y llegó hasta el extremo de clausurar el Congreso. En aquellos años circulaba la broma de que lo peor que pudo haber hecho Rodríguez Zeledón fue desaparecer el poder legislativo porque, si un día recobraba la razón y se daba cuenta de que debía renunciar al cargo, no tendría ante quién presentar la renuncia. A los cuatro años, repudiado por todos los sectores, dejó como presidente a su yerno, Rafael Yglesias Castro quien, también atropellando la Constitución y la voluntad popular, se quedó en el cargo por dos periodos. Las elecciones de Ascención Esquivel Ibarra, la primera de don Cleto González Víquez (1906) y la de Alfredo González Flores no fueron tampoco nada democráticas y vino luego la dictadura de Federico Tinoco. En los comicios presidenciales de 1944 y 1948, así como en los de diputados de 1946, hubo fradude y hasta muertos.
Señalar 1889 como el año a partir del cual Costa Rica vive una democracia fue, definitivamente, un invento sacado de la manga. En toco caso, aunque en su momento el asunto sirvió de excusa para una celebración muy sonada, el mito acabó cayendo por su propio peso.
Este primer ensayo, en todo caso, es el único que se refiere a Historia. En los siguientes Carlos Cortés escribe sobre literatura, que es lo suyo. Hace un recuento de la producción literaria costarricense reciente en el que formula valoraciones verdaderamente dignas de considerar. Sin embargo, la época que pretendió abarcar es tan amplia que el texto acaba siendo una ráfaga de nombres de autores y títulos de libros en los que apenas se detiene unos instantes, cuando muchos de ellos merecerían una atención más reposada.
Me llamó la atención que dos de los ensayos sobre literatura empezaran con la misma afirmación planteada casi con las mismas palabras. “La ambición del escritor costarricense” dice, “es inscribirse en la literatura latinoamericana.”
Naturalmente, cuando alguien publica lo que escribe alberga la ilusión de que su obra llegue a un público amplio, pero no creo que todos los escritores compartan la ambición de convertirse en figuras continentales. El asunto hasta tiene sus riesgos, puesto que quien escribe con el propósito de ganar notoriedad y volverse famoso más allá de las fronteras, puede acabar produciendo literatura de exportación al gusto y estilo imperante en el mercado del momento. Mi punto de vista, tal vez más romántico y hasta ingenuo, es que quien escribe lo hace respondiendo a motivos más internos que externos. El escritor escribe sobre lo que lo apasiona, sobre lo que lo inquieta, sobre lo que le interesa. Si luego su obra logra apasionar, inquietar o interesar a otros, ojalá a muchos, esa ya es otra historia pero, en el fondo, la ambición del literato está más centrada en la obra misma que en el reconocimiento que podría obtener por ella.
Joge Luis Borges lo dijo de una forma muy hermosa al afirmar que “La mayor ambición del escritor es lograr unas páginas que valgan la pena de ser leídas. Solamente unas páginas”, recalcó, “porque un libro entero ya sería esperar demasiado.”
Es natural que un autor se alegre si su obra llega a ser traducida o editada en otros países, pero tampoco se amarga si no lo logra. Hay quienes ni siquiera lo intentan. Recuerdo en particular el caso de don Alberto Cañas. Fue ministro, fue diplomático, viajó mucho, tuvo relaciones de estrecha amistad con escritores europeos y latinoamericanos, sus obras teatrales se montaron en distintos países del continente pero, curiosamente, nunca ni siquiera intentó publicar fuera del país. Una vez le pregunté el motivo y me respondió que tenía claro que en sus novelas, Costa Rica era tanto su tema como su público.
Incluso hoy, en un mundo globalizado con grandes facilidades de comunicación, existen escritores que aspiran a escribir unas páginas dignas de ser leídas aunque vayan dirigidas casi exclusivamente a sus más allegados.
Volverse famoso, o rico, por medio de la literatura, es algo que puede ocurrir, pero con lo que no hay que contar. Si alguien se pone a escribir en busca de fama o fortuna, quizá sería mejor que dedicara su energía y talento a una empresa menos arriesgada.
Carlos Cortés es bastante severo en sus juicios sobre el panorama cultural y literario durante el cambio del siglo XX al XXI, especialmente en lo que se refiere al Ministerio de Cultura, una institución que, en sus inicios, desarrolló ambiciosos y exitosos proyectos, pero que acabó convertida en un aparato burocrático de alto costo y escasos frutos. Cuando se dio inicio a la reestructuración de la Orquesta Sinfónica, don Pepe Figueres soltó su famosa frase “¿Para qué tractores sin violines?” y, apenas treinta años después, la dura crítica del libro lleva por título “¿Para qué violines sin ideas?”
Las últimas páginas de La invención de Costa Rica están dedicadas a semblanzas de nueve escritores costarricenses, de los cuales solamente a dos, Max Jiménez y Eunice Odio, Carlos Cortés no tuvo oportunidad de conocer en persona. Las notas sobre los demás, don Joaquín Gutiérrez, don Fabián Dobles, don Alberto Cañas, doña Carmen Naranjo, Alfonso Chase, Mía Gallegos y Rodrigo Soto, además de la semblanza personal y literaria, vienen acompañadas de recuerdos personales.
Agradezco que mi nombre haya sido mencionado en la nota sobre don Beto, pero me sorprendió que Carlos Cortés, en otro ensayo, al mencionar su propia obra, pusiera: “Cruz de olvido, de Carlos Cortés logró darle...” No comprendo por qué optó por referirse a sí mismo en tercera persona, cuando habría sido más fácil, y hasta más natural, decir simplemente “En Cruz de olvido, logré darle...”
La invención de Costa Rica es un libro que merece ser leído con calma y hasta ser repasado con frecuencia. Como verdadero conocedor de la literatura costarricense, Carlos Cortés logró plantear su visión personal de lo escrito y publicado en la segunda mitad del Siglo XX con provocadoras valoraciones e interpretaciones. Sus puntos de vista, ya sea que se compartan o se discutan, definitivamente no pueden pasarse por alto.
INSC: 1815

Carlomagno Araya, poeta ramonense.

Bandera y viento. Poemas de Carlomagno
Araya. Imprenta Nacional. Costa Rica, 1965.
Carlomagno Araya solamente estudió hasta el cuarto grado de primaria porque su abuela y tutora, Anacleta Lopez, no creyó que aquel niño flaco y asmático tuviera aptitud para seguir estudiando. Siendo apenas un muchachito pequeño empezó a trabajar como peón de finca y, a lo largo de su vida, acabaría desempeñando los más variados oficios. Fue arriero de ganado, leñador, minero, carpintero, ebanista, conserje, panadero, bibliotecario, fabricante de ataúdes y, además, poeta. 
Aunque durante toda su larga vida sus ingresos fueron siempre modestos, cuando le quedaba algún dinero disponible lo dedicaba a comprar libros y copiaba en un cuaderno las imágenes o ideas que más llamaban su atención.
Su talento literario fue descubierto a edad temprana. Antes de cumplir los veinte años de edad, ya su nombre se mencionaba como una joven promesa en el periódico "El ramonense".
En 1922 empieza a ganar certámenes literarios y, en ese mismo año, don Joaquín García Monge le consiguió un puesto en la sección de revistas de la Biblioteca Nacional.
Por haber nacido en San Ramón de Alajuela, tierra de poetas, no faltaron quienes lo señalaran como el heredero de Lisímaco Chavarría, el gran poeta ramonense quien, por cierto, también había trabajado en la sección de revistas de la Biblioteca Nacional. En sus primeras obras, no solamente imitaba el estilo de Lisímaco, autor de Manojo de Guarias,  sino también su observación sentimental de la naturaleza. Más tarde, Carlomagno se convirtió en lector de José Santos Chocano y acabó introduciendo en su poesía un tono épico.
No sé si el joven poeta habrá tenido oportunidad de conocer en vida a sus admirados modelos literarios. Lisímaco murió en 1913, cuando Carlomagno tenía apenas dieciséis años y la residencia de José Santos Chocano en Costa Rica no fue muy prolongada.
Toda su vida, Carlomagno Araya se mantuvo fiel a las normas clásicas de la poesía y censuró las innovaciones, experimentaciones, libertades y audacias de los poetas de las nuevas generaciones, al punto de polemizar en la prensa con los partidarios de la vanguardia.  En este sentido, en el año de 1954 le sucedió una anécdota memorable. Los académicos que sostenían posiciones distintas a la suya organizaron un concurso de poesía. Carlomagno, solamente por mortificarlos, envió al certamen un texto que había escrito en son de broma en el que hizo todo lo que él creía que no debía hacerse en poesía y, para su sorpresa, aquel enrevesado e impenetrable escrito acabó recibiendo una mención honorífica.  Sorprendido por el fallo, le confesó a un amigo: "Si continúo haciendo lo que considero un papanatismo artístico, los catedráticos me van a levantar un monumento."
Carlomagno Araya López nació el 5 de noviembre de 1897 y publicó un total de doce libros. Uno de ensayo y once de poesía. Su primer poemario, Primavera, fue publicado en 1930, mientras que el último, Cedro Amargo, apareció en 1977. Después de su muerte, ocurrida el 9 de julio de 1979, su familia publicó otros escritos suyos que habían quedado inéditos.
En mi biblioteca solamente tengo un libro de Carlomagno Araya, Bandera y viento de 1965 que, por esas vueltas de la vida, tiene una dedicatoria muy cariñosa escrita del puño y letra del autor. El autógrafo, naturalmente, no está dirigido a mí sino al propietario anterior del libro, don Cristián Tattenbach, quien era un gran lector de poesía. Cuando don Cristián murió, su hermana, doña Manuela, tuvo la gentileza de obsequiarme una buena cantidad de sus libros y este venía en el paquete.
El poeta empieza diciendo que su bandera no es un pedazo de tela policroma en un asta, sino el alma que lleva dentro. Bandera y viento, declara, "Es todo cuanto queda de lo que fui en la vida: juglar de las estrellas, cantor del arco iris, cansino peregrino sin meta ni salida, a quien el sino adverso corporizó en suicida de lentos ahorcamientos y cruentos harakiris."
El libro incluye composiciones de diverso tipo. Empieza con poemas emotivos y sentimentales, algunos verdaderamente conmovedores, como los que dedica a la muerte de su esposa y dos de sus nietos. Hay también, por supuesto, una buena carga de nostalgia, especialmente al recordar la casa de piso de tierra en que nació, así como frecuentes miradas bucólicas a la fresca naturaleza de su tierra. Aunque explora diversas formas, los sonetos, de impecable factura por cierto, aparecen con frecuencia.
Por haber cursado solamente hasta cuarto grado de escuela, salta a la vista de que Carlomagno Araya, como autodidacta, fue un lector voraz que llegó a alcanzar una gran cultura histórica y literaria, ya que en sus versos abundan las referencias clásicas tanto latinas como griegas.
Vienen luego varios cuentos breves con mensaje idealista, seguidos por un extenso diálogo titulado Escenas para ser radiodifundidas.
El libro cierra con el discurso que el poeta pronunció en 1963 como homenaje a su paisano Lisímaco Chavarría, al cumplirse los cincuenta años de su muerte.
En su alocución, critica a Roberto Brenes Mesén quien aconsejaba ser sobrio en el estímulo que se le debe dar a obras que, en sus palabras, "ni siquiera se pueden considerar como mediocres" y, en cambio, elogia al poeta Rogelio Sotela, "quien siempre tuvo el corazón colmado de agasajos para las producciones de nuestros intelectuales."
Brinda datos valiosos y desconocidos sobre la obra y figura de Lisímaco Chavarría y, por tratarse de un homenaje a un poeta ramonense pronunciado por otro poeta ramonense, asumiendo el riesgo de que lo acusen de localista, se atreve a afirmar que "San Ramón ha sido uno de los lugares escogidos para recibir los resplandores de la generosa y divina llama; ribera salpicada por las aguas del espíritu; surco sobre el que las manos del demiurgo platónico se abrieron en gesto de siembra, para arrojar semillas de inteligencia y de emoción creadora." 
Declara que los ramonenses acostumbran darles a sus hijos nombres sonoros, Alcione, Corina, Ahías, Fulmen, Lisímaco, Olger, Rulamán y Carlomagno, porque les importa más tener nombre que apellido.
"San Ramón tiene un Parnaso: el cerro del Tremendal, y una fuente Castalia: la poza de ñor Concho y quien se moja la cabeza en el agua de ese remanso, recibe el bautismo de Apolo y queda iluminado por el Espíritu Santo de la inspiración."
San Ramón de Alajuela es un cantón considerado tierra de poetas, al punto de que, en Costa Rica, cuando alguien es oriundo de esa zona, en lugar de decir que es ramonense, se dice que es poeta. Lisímaco Chavarría, el mayor poeta local, sigue siendo muy recordado. Carlomagno Araya, su reemplazo en la antorcha, no tanto.
A la izquierda, el poeta Carlomagno Araya retratado cuando tenía doce años.
A la derecha, la casa en que nació el 5 de noviembre de 1897.

INSC: 0135

martes, 28 de noviembre de 2017

Los juegos furtivos. Novela de Alfonso Chase.

Los juegos furtivos. Alfonso Chase.
Editorial Costa Rica. Costa Rica, 1983.
Un joven poeta de apenas veintidós años de edad, llamado Alfonso Chase, escribió en 1967 Los juegos furtivos, su primera novela. El libro, publicado al año siguiente por la Editorial Costa Rica, llegó a ser polémico ya que tocaba temas como la homosexualidad, la prostitución y el consumo de drogas. 
Lo peor que le puede suceder a una obra literaria es que se le etiquete por solamente parte de su contenido y tal parece que eso sucedió en este caso. Todavía en la edición de 1983, quince años después de su lanzamiento, se destacaba "el mundo oscuro" que mostraba la novela, pasando por alto que Los juegos furtivos ofrece mucho, pero muchísimo más que aventuras juveniles transgresoras.
Carmen Naranjo lo señaló desde la aparición del libro al aclarar que Alfonso, "entre juegos de palabras y de imágenes, presenta a uno de los tantos jóvenes que se preguntan ¿Qué soy yo?¿Cómo puedo ser?¿Cómo encontrarme? Lo furtivo es lo engañoso en las frases, sensaciones, anécdotas; el juego está en el desafío, en el arraigo que está a punto de sacrificarse ante la dura realidad de las relaciones del hombre con los otros y con su circunstancia interna."
Es verdad que en el libro hay escenas de sexo pagado, o sin compromiso, o sin sentimientos. Encuentros fugaces de personas que acaban en la cama a pocas horas de haberse conocido. La extraña sensación de un joven que, cualquier mañana, empieza el día duchándose en una casa en la que nunca ha estado antes. Cigarrillos de marihuana que pasan de mano en mano para relajar tensiones y favorecer la cercanía. Es comprensible que estas imágenes hayan escandalizado a los escandalizables en su momento, pero resulta verdaderamente injusto que tantos años después todavía se concentre la atención en episodios que son solamente una parte tangencial del profundo conflicto que plantea la novela.
Los juegos furtivos muestran las reflexiones, sueños y recuerdos de un joven taciturno, a veces abúlico y a veces inquieto, irremediablemente solitario que lucha constantemente con imágenes imborrables grabadas en su memoria, al tiempo que intenta encontrar el camino que lo lleve a ocupar un lugar en el mundo.
Ambiguo, indefinido en múltiples aspectos, en algunas ocasiones recuerda con deleite la brisa que le golpeaba el rostro mientras corría por el campo y, en otras, más bien desea rodearse de sombras. Acostumbra contemplarse en el espejo pero, al interactuar con otros, se oculta bajo distintas máscaras. La máscara del hombre culto, o la del ignorante, la del compromiso social, o la de la indiferencia, la de la superioridad, o la de la humildad.
Se deleita en fantasear que es otro, un héroe o un villano de los que ha conocido en los libros. Un personaje que protagoniza hazañas dignas de pasar a la historia y que dejen con la boca abierta a quienes las escuchen aunque, en el fondo, se sabe condenado a una existencia opaca y sin importancia que, a la larga, nadie acabará recordando.
El sueño de una vida burguesa, serena, cómoda y sin heroísmo, a veces lo tienta. Casarse con una hija de familia rica, echar barriga y pasarse el resto de sus días haciendo grandes negocios en el bufete del suegro tampoco suena mal.
Los juegos furtivos de Alfonso Chase.
Portada de la primera edición, 1968.
Como todo joven, tiene prisa por vivir. Los viejos saben que la vida es larga y para todo habrá tiempo, pero los jóvenes quieren tragarse la vida como si se acabara mañana y se apresuran a leer, a conocer, a viajar, a experimentar.
Las primeras ilusiones amorosas, único remedio contra la inevitable soledad, tras el encanto inicial, pronto caen en la rutina y la misma boca que daba besos apasionados acaba profiriendo insultos que hieren.
Cuando era niño, se escondía debajo de la mesa para volverse invisible, para desaparecer. Y poco a poco, lo que empezó a desaparecer fue más bien el mundo que lo rodeaba. Su primo, deliveradamente y con un sonrisa malvada en el rostro, le quebró la botella que tenía un barco dentro, hermoso obsequio que su padre le había traído de tierras lejanas y que era uno de sus tesoros más preciados.
En la avalancha de despojos y ausencias, desde pequeño pierde la fe y empieza a comulgar sin confesarse. Sin confesar sus fantasías nocturnas, los robos a los padres o las tías, los actos que ocurrían en la presa donde iba a nadar con sus compañeritos o los juegos secretos con la empleada morena que, en silencio, servía la cena a la familia.
Las alegrías son pasajeras, pero los momentos dolorosos vuelven una y otra vez. Recuerda que, cuando murió su padre y bajaron su cuerpo vestido con un traje azul, al saberse huérfano trancó el picaporte y se quedó encerrado en su cuarto. tapándose los oídos con las manos para no escuchar cuando lo llamaran. No le importaba que sus compañeros de colegio hubieran ido a acompañarlo porque no quería compartir nada con nadie. No sabía bien ni qué era lo que experimentaba. Una calma confusa, tal vez, que solamente le permitía yacer tirado sobre la colcha verde con la mirada fija en el cielo raso.
Esa muerte vino seguida por la pobreza, porque después del padre empezaron a irse muchas cosas, como el anillo de oro y los cubiertos de plata, hasta que la casa quedó vacía de objetos preciosos y preciados.
Había que salir a trabajar en lo que fuera, a ganarse el pan sin arrugar la cara. A envolverse en la espiral del consumismo, comprando a pagos los regalos de Navidad, porque hay que vivir en grande aunque sea con un sueldo diminuto, hasta acabar envuelto en una mentira que se transforma en verdad por la fuerza de la costumbre.
¿Y los ideales? ¿El amor al arte? ¿Las preocupaciones sociales? ¿La búsqueda del amor y la felicidad?  Todo eso acabó convertido en una nueva colección de máscaras que solamente muy de vez en cuando llegaba a ponerse. A veces se mostraba apasionado y a veces no le importaba nada.
¿Qué le iba a importar la revolución, si no conseguía trabajo? Lo despidieron, iba a entrevistas de trabajo y le decían, vuelva mañana o, mejor, el otro mes.
Alfonso Chase.
La política lo tenía sin cuidado. "Qué me importa a mí", dice, "que cada cuatro años se levante el mismo carnaval y que todos vayamos a votar por el menos malo mientras esto se cae, lo botan y luego todos nos damos la mano y giramos en ronda porque tenemos más maestros que soldados."
En cuanto a sí mismo, poco a poco va poniendo el panorama en claro y puede mirarse en el espejo sin tanto drama. "No me oculto. Tengo conciencia de mi diferencia. Me he aceptado. Miento. Me detesto."
Entre la culpa y la liberación, llega un punto en que le dan risa sus confusiones, sus enredos y limitaciones.
La ciudad que es escenario de Los juegos furtivos, es un lugar indefinido, ya sea San José o New York, París o New Orleans, es un espacio oscuro, lleno de territorios ocultos, amplias zonas tenebrosas, en que las tragedias humanas se arrastran por los caños o se desprenden de los muros de las casas elegantes. 
El relato a veces puede resultar sórdido, como en la experiencia en que cuatro amigos entraron al cuarto con la misma prostituta para que saliera más barato y, en vez de placer, terminaron sufriendo asco. Sin embargo, incluso en el paseo por la lado oscuro, hay espacio para la sensibilidad y la conmiseración, al comprender la tragedia de aquella otra prostituta que, pese a haber salido temprano, regresó a casa de madrugada sin haber conseguido un solo cliente, con la angustia de que, en el nuevo día que comienza, no tendrá nada que darles de comer a sus hijos.
Si los lectores de hace cincuenta años, al leer Los juegos furtivos exclamaron "¡Ay qué horror!", no hay motivo para que esa actitud se mantenga tanto tiempo después. La primera novela de Alfonso Chase hace tiempo que merece ser leída como lo que es, un profundo y sincero ejercicio de introspección que permite explorar conflictos tanto psicológicos como sociales.
Escrita con prosa pulida, clara, transparente y serena, definitivamente alejada del patetismo y lo grotesco, esta novela breve es capaz de brindar, en cada página, temas para profundas reflexiones.
Una de sus muchas líneas memorables reza: "Parece que fue ayer. Todo me parece que fue ayer. Es increíble el olvido, son terribles los recuerdos."
Los libros, como las personas, envejecen. A veces, las obras literarias envejecen más rápidamente que sus autores aunque, naturalmente, hay excepciones. Medio siglo después, Alfonso sigue siendo joven y Los juegos furtivos no ha dejado de ser una novela fresca y sorprendente. 
INSC: 1440

domingo, 26 de noviembre de 2017

Atavismo diabólico. Cuentos de Ricardo Blanco Segura.

Atavismo diabólico. Ricardo Blanco
Segura. Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 1980.
En cada uno de los diecisiete relatos de este libro hay una puerta abierta a otra dimensión, un suceso inexplicable o una tragedia misteriosa. No son, precisamente, cuentos de terror, sino más bien asomos a otra realidad más allá de la evidente. Los involucrados en los extraños sucesos, no solamente no los buscan sino que ni siquiera los creen posibles. Dentro de la rutina de su vida cotidiana, se enfrentan a hechos insignificantes y. cuando se percatan que algo extraño está ocurriendo, casi siempre es ya demasiado tarde para escapar. Hay algunos personajes que se salvaron por un pelo y vivieron para contar la historia, pero la gran mayoría quedó atrapada en una nebulosa oscura.
Varios de los cuentos de esta obra tienen una estructura muy similar. Se presenta a un personaje oscuro e insignificante, uno más de la multitud sin nada particular que llame la atención y, poco a poco, se va conociendo algo de su vida, casi siempre marcada por la soledad y la pobreza. En determinado momento, el personaje entra en contacto con algo o alguien que, a la larga, acaba siendo un ser del otro mundo.  Esta repetición, acaba opacando hasta cierto punto la trama, ya que la hace previsible. Cuando al nuevo ocupante de un cuarto de pensión se le pide que no se acerque a la puerta al final del pasillo y, un día, al verla abierta, se encuentra que estaba ocupada por unos habitantes amistosos, uno ya sabe por dónde va la cosa. 
En algunos cuentos aparece la casa encantada y misteriosa, lúgubre, sucia y maloliente, en que habitan duendes, una bruja o un fantasma. Hay incluso una historia de una mujer que convive con un fantasma en una casa que ni siquiera existe. Otras veces se trata de un objeto, un ropero o un guante, que parecen tener grandes poderes y hasta vida propia. En una ocasión, una mujer venida del más allá conversa con un taciturno bebedor de cantina. Hay hasta una vampiresa que se asoma a la ventana en una de las señoriales casonas de barrio Amón.
A pesar del título, ninguno de los cuentos tiene que ver con atavismos y el único relato que podría clasificarse como diabólico es en el que una humilde muchacha de pueblo acaba emparejándose con un íncubo. Además de espantos sobrenaturales, en el libro hay narraciones de tipo psicológico y detectivesco. Un hombre al que le ha ido verdaderamente mal en la vida descubre, al hacer un repaso de su existencia, quién ha sido el responsable de todas sus desgracias. Un enamorado asesina a la mujer de sus sueños y logra hacer que todos crean que el cupable fue otro. 
Verdaderamente llamativo es el cuento en que un grupo de amigos realiza una excursión al campo para visitar un pequeño pueblo que, tras dar interminables rodeos por caminos rurales, solamente lograron mirar a lo lejos. Sin embargo, cuando el viaje termina, regresan a casa totalmente convencidos de que, aunque fuera sin darse cuenta, en realidad estuvieron en el sitio al que querían llegar.
Algunos relatos, más que cuentos fruto de la fantasía, parecen testimonios de experiencias propias. En dos de ellos, don Ricardo habla de su casa, situada en el barrio de La Soledad, en cuyo piso alto ocurrían hechos extraños. Una pequeña habitación repetidas veces fue encontrada vacía y cerrada por dentro.
Dos conocidos escritores aparecen en sendos episodios. En uno de ellos, don Alberto Cañas es visitado en su despacho por el protagonista de su obra teatral En agosto hizo dos años, mientras que en otro se cuenta la extraña muerte de Marco Retana, el autor de La noche de los amadores. Dicha muerte, por cierto, es ficción, puesto que Marco Retana no solo vivió para leer el relato de su desaparición física, en versión de Ricardo Blanco Segura, sino además escribió el texto de la tapa del libro en que aparece.
En su comentario, Retana destaca el hecho de que este tipo de literatura es poco común en la tradición costarricenses. Las antiguas leyendas de brujas, duendes y aparecidos, tal parece que no tuvieron mucho eco en los escritores ticos, quienes optaron más bien por el realismo.
Ricardo Blanco Segura.
(1932-2011)
Ricardo Blanco Segura, en todo caso, es un escritor atípico. Tras cursar estudios en el Seminario Mayor de San José, debió abandonar la carrera eclesiástica, sin haber llegado a ordenarse, y se dedicó a la docencia e investigación histórica. Publicó las biografías de Mons. Víctor Manuel Sanabria Martínez y de Esteban Lorenzo de Tristán, así como 1884 El Estado la Iglesia y las reformas liberales, Obispos Arzobispos y representantes de la Santa Sede en Costa Rica y su gran obra Historia Eclesiástica de Costa Rica
Con gran sentido del humor, publicó también dos libros de crónicas coloniales, La mujer del sargento y Entre pícaros y bobos, en los que relata episodios jocosos de otras épocas que encontró en los archivos durante sus investigaciones.
Atavismo diabólico sería, entonces, su único libro de ficción. Sin embargo, don Ricardo, a quien tuve el placer de conocer y por quien guardo un gran aprecio, era un conversador infatigable que tenía siempre algo que decir sobre casi cualquier tema y acostumbraba expresar sus contundentes opiniones con gran franqueza. En sus libros, tanto en los de Historia, las crónicas humorísticas y también en este libro de cuentos misteriosos, con frecuencia se aparta de la línea que lleva para dar rienda suelta a la opinadera. 
Algo o mucho de autobiográfico, por cierto, debe de tener El cráter de la ira, el último y más extenso de los cuentos del libro, en que se reproduce el diario de un seminarista inquieto y rebelde, que obtiene buenas calificaciones y hasta reconocimientos simplemente por repetir lo que se supone que tiene que decir, aunque en el fondo tenga serias dudas e incluso abiertos desacuerdos con la doctrina que ha llegado a dominar. Ni siquiera tiene claro hasta qué punto es creyente y, "al borde del paso definitivo", cuestiona todo lo aprendido y lo vivido en sus años de seminarista. Amante del arte, de la historia, del latín y de la música, disfruta todo lo que los oficios tienen de teatral, barroco y misterioso, pero el sentido trascendental que se supone está detrás de todo aquello no acaba de convencerlo. La liturgia, entonces, acaba siendo hermosa, pero hueca. Lector voraz, guarda escondidos los libros que le han prohibido que lea y los coteja con los solemnes tratados en que, según sus maestros, está contenida la verdad inamovible. El conflicto, que además de espiritual e intelectual ha llegado a ser emocional y hasta físico, acaba, como todos los de este libro, en un desenlace inexplicable.
Más que cuentos de terror, Atavismo diabólico es, a fin de cuentas, una larga reflexión sobre la posibilidad de que exista algo más que el mundo que percibimos por medio de los sentidos, escrita por alguien que, pese a dudar seriamente de que esa posibilidad sea real, ha tenido experiencias que apuntan hacia lo contrario.
INSC: 2054

sábado, 18 de noviembre de 2017

La Universidad de Santo Tomás.

La Universidad de Santo Tomás. Paulino
González. Editorial de la Universidad
de Costa Rica. Costa Rica, 1989
La corta vida de la Universidad de Santo Tomás muestra que, aunque Costa Rica sea en la actualidad un país con amplio acceso a las oportunidades de estudio, históricamente el asunto ha tenido sus altos y bajos. El establecimiento de la Universidad fue un gran logro que, pese al esfuerzo invertido y los frutos alcanzados, solamente funcionó durante cuarenta y cinco años. La Universidad fue creada el 3 de mayo de 1843 y clausurada el 20 de agosto de 1888. 
Al estudiar la historia del país, pocos se detienen a considerar los benificios que brindó a la sociedad costarricense el haber tenido universidad brevemente en el Siglo XIX, así como el daño que significó quedarse sin universidad por más de cincuenta años. 
La tesis de grado del historiador Paulino González, presentada en 1972 y publicada, tras la muerte del autor, en 1989, es un trabajo, breve pero muy completo, sobre la Universidad de Santo Tomás. Además de la reseña histórica propiamente dicha, explica el funcionamiento académico y administrativo de la institución y es tan detallado que hasta consigna lo nombres de los profesores y las cuotas de matrícula. 
La educación formal, en Costa Rica, debió recorrer un largo camino antes de organizarse en forma estructurada. Durante la Conquista y la Colonia eran los misioneros quienes alfabetizaban a los habitantes. El padre Diego Aguilar, considerado el primer maestro en Costa Rica, tenía una escuelita en 1594 y Fray Agustín de Ceballos, alrededor de 1605, llegó hasta a escribir un Catecismo en lengua huetar, pero a lo más que se aspiraba era a que los niños aprendieran la Doctrina y fueran capaces de leer, escribir y contar. En 1782, el obispo Esteban Lorenzo de Tristán quiso establecer en el país una escuela de estudios superiores y un hospital, pero ambas iniciativas fracasaron por resistencia de los propios habitantes, quienes creían que tales instituciones, simple y sencillamente, no hacían falta. 
En forma similar a como ocurrió posteriormente con la Univesidad de Santo Tomás, el Hospital San Juan de Dios, fundado originalmente en Cartago en 1782, funcionó solamente doce años, por lo que tras su cierre, en 1794, y hasta la nueva fundación, esta vez en San José, en 1852, Costa Rica estuvo cincuenta y ocho años sin hospital.
Tras la declaración de Independencia, el primer Jefe de Estado, don Juan Mora Fernández, que era maestro, encargó a las municipalidades la administración de las escuelas e impuso una multa a los padres que no matricularan a sus hijos en ellas. Don Braulio Carrillo fue más allá y en La ley de bases y garantías, estableció que los padres que descuidaran la instrucción de sus hijos perderían su custodia y hasta la nacionalidad. Lo que se enseñaba, en todo caso, seguía siendo lo básico.
El padre Manuel Alvarado, síndico de la Municipalidad de San José, fue el encargado de estructurar la primera institución de estudios formales del país, que abrió en 1814 con el nombre de Casa de Enseñanza de Santo Tomás y tuvo como primer director al Bachiller Rafael Francisco Osejo. En el nuevo centro, los niños y jóvenes estudiaban latín, gramática, filosofía, álgebra, historia y ciencias. Para mantener la disciplina, los profesores estaban autorizados a azotarlos con coyunda o palmeta pero, debido a ciertos abusos, el castigo físico fue suprimido en 1822. En cuanto los estudiantes supieron que los profesores no podían pegarles, aprovecharon para vengarse y empezon a pegarles a ellos, por lo que el permiso a los docentes de dar azotes, tras muchas discuciones, fue restablecido en 1823.
Además de violento, el ambiente era algo confuso. Los estudiantes debían asistir a Misa y rezar el rosario diariamente, pero los textos y las clases eran más bien de tendencia liberal. Los jóvenes pronto se aburrían de las complicadas clases de latín y de las pesadas lecturas de los autores de la Ilustración y optaban por abandonar las aulas y volver al trabajo del campo, que era lo suyo. 
Como los muchachos no concluían los estudios, la primera graduación tuvo lugar más de veinte años después de abierta la casa. Vicente Herrera Zeledón fue el primero en recibir el título de Bachiller, el 4 de enero de 1859. Sus compañeros de graduación fueron Ramón Carranza, José Antonio Pinto, Pío Alvarado y Antonio Salazar.
En 1843, el Dr. José María Castro Madriz, ministro general del Jefe de Estado José María Alfaro propuso que la Casa de Enseñanza se convirtiera en Universidad. El decreto de creación se firmó el 3 de mayo de ese año pero, por los preparativos necesarios, la inauguración tuvo lugar en abril del año siguiente con cursos de filosofía, gramática latina y matemáticas. Posteriormente se incluyeron clases de economía, Derecho, ingeniería, Medicina, Farmacia, inglés, francés y alemán. 
En 1853, a petición del gobierno de don Juan Rafael Mora Porras, el Papa Pío IX le concedió a la Universidad el título de Universidad Pontificia. Esta declaratoria le otorgaba al obispo autoridad de aprobar o rechazar profesores, cursos o libros de texto, sin embargo, los profesores gozaron de absoluta libertad de cátedra. La única vez que a un profesor se le llamó la atención fue cuando, en 1875, don Vicente Herrera Zeledón debió exigirle al Dr. Lorenzo Zambrana que no utilizara su clase como tribuna propagandística.
La Universidad de Santo Tomás se ubicaba en avenida segunda
y calle tres. En la foto, al fondo a la izquierda, se aprecia 
una de las torres de la Catedral.
La Universidad de Santo Tomás era verdaderamente autónoma ya que, aunque el trabajo del rector era supervisado por el gobierno, la institución gozaba de recursos propios, es decir, no constituía una carga para el Estado. No como ahora, que las universidades públicas son autónomas en todo menos en su financiamiento, que pesa sobre los hombros de todos los contribuyentes sin que ninguno tenga derecho a exigir cuentas. Ser profesor en la Universidad de Santo Tomás era un honor, no un privilegio. Cuando un profesor obtenía el grado de Catedrático, en vez de ver aumentados sus ingresos, más bien quedaba obligado a donar una cuarta parte de su sueldo a la Universidad. Los profesores podían pensionarse, tras veinte años de servicio, con la mitad de su salario pero, años después y por iniciativa de los propios interesados (si les puede llamar así), se redujo el monto de la pensión a solamente un tercio.
El mayor problema que afrontó la Universidad fue que los jóvenes no tenían interés por matricularse en ella. Ya fueran pobres o ricos, hijos de peones o de cafetaleros, consideraban suficiente lo aprendido en la primaria y, en vez de calentarse los sesos con complicadas lecturas y operaciones matemáticas, preferían dedicarse a la agricultura o el comercio. Con el propósito de ir formando su propio semillero, la Universidad estableció, en 1875, el Instituto Nacional, un colegio de secundaria al que traían niños interesados y capacitados para el estudio. Los inspectores visitaban las escuelas rurales para buscar talentos. Cuando el maestro de pueblo recomendaba a alguno de sus alumnos, el inspector visitaba su casa y, de golpe, le soltaba al padre la pregunta: "¿Usted me da permiso de llevarme a su chiquito a San José para que sea educado en el Instituto Nacional?"
En ese momento, el humilde campesino seguramente quedaba con la boca abierta y, tras reponerse del susto, dirigía una mirada a su hijo descalzo y de cara sucia al que querían hacer un Doctor de esos que saben latín y discuten cosas que nadie entiende.
Los estudios en el Instituto Nacional y la Universidad de Santo Tomás eran cosa seria. Además de latín, debían llegar a dominar al menos otra lengua (inglés, francés o alemán). El estudio de la filosofía, la gramática y la Historia era a un nivel muy profundo y las interminables lecturas eran seguidas por un examen implacable. En la carrera de Derecho, por ejemplo, no se estudiaba la legislación costarricense, que se llegaría a dominar luego en la práctica, sino Filosofía del Derecho, Derecho Romano, Common Law británico y el Código Napoleónico, Es decir, la Universidad de Santo Tomás no graduaba abogados sino, más bien, juristas. 
El bachillerato y la licenciatura se obtenían aprobando exámenes orales ante un tribunal, pero para alcanzar el título de Doctor había que presentar una tesis. El sistema era muy severo. Al candidato se le presentaban varios papeles doblados y debía escoger uno al azar, en que estaba escrito el tema sobre el que debería presentar su tesis. Inmediatamente lo encerraban en una habitación con todos los libros que quisiera llevarse de la biblioteca y ahí debía permanecer, sin pan ni agua, hasta que terminara de escribir su tesis. Cuando salía, leía su escrito ante los catedráticos, quienes luego lo acribillaban con preguntas y objeciones. Lo duro del caso es que los examinadores ya se habían preparado sobre el tema, mientras que el aspirante debía salir del paso con lo que  ya sabía o lo que acababa de repasar.  
Quienes, incluso sin llegar a graduarse, pasaron por las aulas de la Universidad de Santo Tomás, inevitablemente adquirieron una amplísima cultura general. Eso explica el alto nivel tanto literario como de contenido, de los periódicos y los debates políticos en la segunda mitad del Siglo XIX. Aunque buena parte de la población seguía siendo analfabeta, el país contaba con grandes intelectuales, no todos ellos, por cierto, de familias adineradas. Don Cleto González Víquez, don Máximo Fernández Alvarado y don Pedro Pérez Zeledón, por citar algunos, tenían orígenes muy humildes. Mucho se ha hablado de las diferencias sociales entre ricos y pobres, entre dones y descalzos, entre levas y chaquetas, pero, más allá del dinero, en cualquier sociedad la cultura tiene también su peso. Hubo grandes finqueros, dueños de beneficios y exportadores de café que nunca metieron la cuchara en los debates nacionales, mientras que los hijos de campesinos que tuvieron la oportunidad de estudiar en la Universidad de Santo Tomás llegaron a ser influyentes en la toma de decisiones.
Antes de que se fundara la Universidad de Santo Tomás, para obtener un grado académico había que trasladarse a Nicaragua o a Guatemala, como hicieron don Florencio del Castillo, Fray Antonio de Liendo y Goicoechea, Mons. Anselmo Llorente Lafuente, don Carlos y don Julián Volio, el Dr. Jesús Jiménez o el propio Dr. Castro Madriz. El dinero obtenido por las exportaciones de café le permitió a los hermanos Mariano y José María Montealegre estudiar en Europa. Pero mantener a un hijo en el extranjero durante años no era algo que estuviera al alcance de todas las familias.
El rostro Mauro Fernández Acuña (1843-1905), quien dejó a
Costa Rica sin universidad aparecen en los billetes de dos mil
colones.
El cierre de la Universidad de Santo Tomás, en 1888, devolvió el país a esa situación ya superada. Durante los cincuenta años que Costa Rica estuvo sin universidad, solamente los hijos de familias ricas tuvieron oportunidad de estudiar afuera. 
Mauro Fernández Acuña, Ministro de Educación durante el gobierno de Bernardo Soto, fue el proponente y ejecutor de la clausura de la Universidad. Según él, "Costa Rica no podía tener una universidad", afirmación verdaderamente absurda puesto que ya la tenía. Y, en todo caso, ¿por qué Costa Rica no podía y Nicaragua y Guatemala sí?
Don Mauro argumentaba también que había que hacer a un lado los estudios filosóficos y puramente teóricos, para sustituirlos por la formación técnica que era lo que el país necesitaba. Pero dentro de las carreras que la Universidad ofrecía estaban, no solamente Medicina e Ingeniería, sino también contabilidad y agrimensura.
Más allá de sus justificaciones, tal parece que don Mauro era uno de esos genios que, cuando se sienta en su escritorio a formular un plan, destruye todo lo que no calce con él. Quiso reestructurar y unificar la educación pública y, para lograrlo, tal parece que necesitó echar mano de los recursos, que ya eran considerables, de la Universidad.
Quienes lo defienden, dicen que cerró la Universidad pero fortaleció la educación media al fundar el Liceo de Costa Rica, el Colegio Superior de Señoritas y el Instituto de Alajuela. Sin embargo, el Instituto Nacional, para varones, existía desde 1871, la Escuela de Niñas, desde 1851 y en Alajuela había Instituto de Educación Secundaria desde 1878. Al cambiarle el nombre a instituciones ya existentes, quedó como fundador de instituciones nuevas. Afortunadamente no se metió con el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, fundado en 1869, ni con el liceo de Heredia, originalmente llamado San Agustín, fundado en 1875.
Por increíble que parezca, esos cinco centros de enseñanza fueron las únicas instituciones públicas que impartían educación secundaria hasta que don Pepe Figueres y su ministro Uladislao Gámez empezaron a fundar liceos en otras regiones del país. Durante más setenta años, los jóvenes que vivían lejos de San José, Cartago, Heredia o Alajuela, al obtener el diploma de sexto grado no continuaban estudiando, aunque quisieran y pudieran, simplemente porque no había un colegio cerca.
Profesores y alumnos intentaron evitar el cierre de la Universidad de Santo Tomás pero, a pesar de múltiples protestas, apelaciones y hasta ruegos, la clausura se concretó el 20 de agosto de 1888.
Todos los activos de la Universidad, incluyendo el edifio, en avenida segunda, pasaron a manos del Estado. Don Miguel Obregón Lizano, bibliotecario de la Universidad, logró que la amplia colección de la biblioteca de la Universidad sirviera para fundar la Biblioteca Nacional.
Solamente se mantuvieron abiertas las escuelas de Derecho y de Farmacia. En 1897, el pintor Tomás Povedano fundó la Escuela de Bellas Artes y, en 1926, por iniciativa de don Arturo Volio, el gobierno estableció la escuela de Agronomía.
La intención de reabrir la Universidad fue un anhelo constante y, en 1940, el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia y el Lic. Luis Demetrio Tinoco Castro fundaron la Universidad de Costa Rica, en la que unieron las escuelas ya existentes, Derecho, Farmacia, Bellas Artes y Agronomía junto con una nueva, de Filosofía y Letras. Aunque, al momento de la fundación de la Universidad de Costa Rica se insistió en dejar bien claro que no se trataba de la reapertura de la Universidad de Santo Tomás, la nueva institución adoptó el mismo escudo (un girasol) y el mismo lema (LUCEM ASPICIO) de la anterior.
En la Biblioteca Carlos Monge Alfaro, de la Universidad de Costa Rica, se conservan los dos enormes retratos al óleo del Dr. José María Castro Madriz y de su tío el padre Juan de los Santos Madriz, fundador y primer rector, respectivamente, de la Universidad de Santo Tomás.
INSC: 1952
Fachada de la Universidad de Santo Tomás.

martes, 14 de noviembre de 2017

Abelardo Bonilla: periodista, profesor y presidente por unos días.

Abelardo Bonilla. Constantino
Láscaris. Ministerio de Cultura,
Juventud y Deportes.
Costa Rica, 1973.
Abelardo Bonilla Baldares dedicó toda su vida al estudio, la lectura y la reflexión. Nació en Cartago, el 5 de diciembre de 1898 y, por su gran interés por los idiomas, muy joven logró dominar el inglés y el francés. Su primer trabajo fue en el Diario de Costa Rica, empresa que lo contrató como traductor de los cables internacionales y en la que posteriormente fue también periodista y redactor de editoriales. En total, dedicó treinta años de su vida al periodismo. 
Cursó algunos estudios de Derecho, pero no llegó a graduarse. Lector voraz, tuvo una formación autodidacta en Literatura, Historia y Filosofía. Cuando se inaguró la Universidad de Costa Rica, en 1940, fue llamado a dar clases en la Facultad de Filosofía y Letras desde su fundación, en el curso lectivo de 1941. 
En 1949, cuando la Asamblea Nacional Constituyente iniciaba sesiones, los diputados Fernando Volio Sancho, Fernando Baudrit Solera, Fernando Fournier Acuña y Rodrigo Facio, quisieron proponer a la cámara un borrador que sirviera de base para la nueva Constitución. Como redactores del proyecto, llamaron a Manuel Antonio González Herrán, Fernando Lara Bustamante, Rafael Carrillo Echeverría y Abelardo Bonilla. Se ha dicho que el texto que prepararon, comocido como la "Constitución de los tres Fernandos", era una propuesta audaz, novedosa y formidablemente escrita que replanteaba toda la estructura social, jurídica y política del país pero, apenas estuvo en el tapete, fue descartada casi de inmediato. Los viejos liberales de la Constituyente, liderados por don Arturo Volio Jiménez, pese a estar en minoría frente a los jóvenes de ideas nuevas, con su elocuente oratoria convencieron a la Asamblea que no era conveniente ensayar reformas con castillos en el aire y lograron que la nueva Constitución de 1949, no fuera más que la misma Constitución de don Tomás Guardia, de 1871, con ligeros retoques.
Profesor y periodista, Abelardo Bonilla miraba la política desde la barrera. El gobierno, los debates de la Asamblea y la actualidad nacional en general eran, para él, un tema de análisis más que una actividad en la que quisiera verse envuelto. Sin embargo, Otilio Ulate, propietario del Diario de Costa Rica en el que Abelardo Bonilla trabajaba lo convenció de meterse en la danza. Durante el gobierno de Ulate (1949-1953), Bonilla fue diputado de 1949 a 1953 y, el último año, ocupó también la presidencia de la Asamblea Legislativa.
La experiencia, a la que pocas veces se refirió, le sirvió para convencerse que la política no era lo suyo. Sin embargo, para las elecciones de 1958, don Mario Echandi Jiménez lo escogió como candidato a vicepresidente. La designación fue una sorpresa. Abelardo Bonilla, discreto profesor de la Facultad de Letras, no iba a aportarle al partido ni dinero ni votos. Era una persona de ingresos modestos y, aunque era una figura conocida, no era influyente ni tenía seguidores.
Mario Echandi impone la Banda Presidencial al
escritor y periodista Abelardo Bonilla (1898-1969),
quien fue Presidente de Costa Rica por una semana.
Cuando don Mario asumió la presidencia, Abelardo Bonilla, pese a ser oficialmente el Vicepresidente de la República, continuó dando clases en la universidad. En aquellos tiempos no se acostumbraba que los vicepresidentes tuvieran alguna función en el gobierno (ni siquieran recibían ningún tipo de sueldo por serlo), por lo que continuaban dedicados a sus actividades usuales y se limitaban a sustituir al presidente por enfermedad o ausencia del país. Don Mario, fuerte como un roble, nunca se enfermaba y, además, en sus cuatro años como presidente no salió ni una vez del país, así que sus vicepresidentes podían desentenderse por completo del asunto.
Sin embargo, en 1961, cuando a su administración solamente le quedaba un año, don Mario Echandi decidió tomarse unos días y llamó a Abelardo Bonilla a que ejerciera la Presidencia de la República. Se había convocado un Congreso Interamericano de Filosofía en Costa Rica al que asistirían catedráticos de todo el continente y don Mario tuvo la feliz idea de que el Presidente del Congreso de filósofos, fuera también el Presidente del país que los acogía. La noticia le dio la vuelta al mundo. Por aquellos años buena parte de los países latinoamericanos estaban gobernados por regímenes autoritarios y lo menos que haría un presidente sería abandonar el poder, ni siquiera de manera temporal. Algunos asistentes al Congreso bromeaban preguntándose si Bonilla devolvería la presidencia o se quedaría con ella.
Abelardo Bonilla escribió numerosos ensayos sobre Filosofía, Literatura y Estética. Incluso su única novela El valle nublado (1944), es considerada una propuesta análitica sobre los valores que, en su opinión, definían la historia y la cultura costarricense.
Miembro de la Academia Costarricense de la Lengua desde 1953, participó como conferencistas en diferentes foros, fue profesor invitado en Kansas y publicó en distintas revistas españolas. Su obra más conocida es Historia y Antología de la Literatura costarricense (1957), que hasta el momento ha tenido tres ediciones. La primera, en 1957, por la Editorial de la Universidad de Costa Rica, la segunda, en 1967, por la Editorial Costa Rica y la tercera, en 1984, por la Editorial STVDIUM de la Universidad Autónoma de Centroamérica. 
Abelardo Bonilla fue galardonado con el Premio Aquileo Echeverría de Ensayo por su libro América y el pensamiento poético de Rubén Darío (1967), que preparó a propósito del centenario del nacimiento del gran poeta nicaragüense.  Esa fue su última obra publicada ya que Abelardo Bonilla falleció el 19 de enero de 1969.
De manera póstuma, en 1973, se publicó su ensayo En los caminos de la unidad centroamericana, que había dejado inédito. Ese mismo año, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó una pequeña biografía y antología suya dentro de la serie "¿Quién fue y qué hizo?" dedicada a rescatar la memoria de figuras de la historia de Costa Rica. El libro, sin embargo, no tiene ni la profundidad ni la amplitud que habrían podido esperarse. Constantino Láscaris, encargado de presentarlo, como era usual en él, se dedica a hablar de sí mismo. Cuenta cómo lo conoció, menciona detalles personales que no vienen al caso, se refiere a episodios tan intrascendentes como las partidas de ajedrez que jugó con él y, en cuanto a detalles personales, roza la indiscreción. Láscaris, que se decía filósofo, es un escritor más entretenido que profundo, que da la impresión de esmerarse más en resultar ingenioso que en brindar información relevante. En el colmo del autobombo, incluye en el libro el texto entero de una carta en la que él (Láscaris, ¿quién más) analizó, criticó y comentó la obra de Bonilla.
La breve antología incluida tampoco deja una impresión muy favorable de Bonilla. Hispanófilo hasta el extremo, desautoriza la Leyenda Negra que pretende manchar con sangre la "obra civilizadora de la Conquista española."  Llama la atención que Bonilla, quien tuvo la oportunidad de ser profesor de la Universidad de Costa Rica sin tener un título universitario, se muestre vehementemente contrario a la extensión de oportunidades educativas para todos. En su opinión, si se cierra una escuela rural no se hace un daño, porque "la instrucción es algo evidentemente para una minoría." Reniega de las doctrinas pedagógicas modernas, llama "una tontería" a la educación cívica y sostiene que estimular el espíritu creativo de los niños libremente "es una irresponsabilidad." 
En su afán por mantener el acceso a las aulas restringido a una elite, se lamenta de "errores como el de ampliar la Universidad, que ya llega hasta San Ramón, y si hubiera dinero, ya estaría en Liberia y Turrialba." Irónicamente y contra sus deseos, salió profeta porque hoy la Universidad de Costa Rica tiene sedes en Liberia y Turrialba.
Abelardo Bonilla, al igual que Láscaris, Luis Barahona y otros autores que Alexander Jiménez Matarrita calificó como Nacionalistas Metafísicos, creía en un ser nacional, un espíritu nacional y una mentalidad nacional, fantasía ilusa y peligrosa que, en las sociedades multiculturales de hoy, cada vez menos personas comparten.
Aunque su pensamiento definitivamente se quedó en otra época y hoy, si se leyera, solo provocaría asombro y sorpresa, la anécdota de que un escritor, profesor y periodista haya sido Presidente de la República por una semana no deja de resultar simpática.
INSC: 1790

Adolphe Marie periodista en Costa Rica de 1849 a 1856.

Pinceladas periodisticas de la Costa
Rica del Siglo XIX por Adolphe Marie.
Jeannette Bernard Villar. Ministerio
de Cultura Juventud y Deportes.
Costa Rica, 1976.
Cuando, en 1852, el escritor alemán Wilhelm Marr estuvo en Costa Rica y manifestó su interés por conocer a los personajes notables del país, le recomendaron que asistiera a las peleas de gallos, puesto que allí los encontraría a todos. La descripción que dejó escrita en la crónica de su viaje es en verdad pintoresca.
A las tres de la tarde del domingo, tras pagar un real como derecho de entrada a un galerón desvencijado, se encontró con una bulliciosa multitud en que se mezclaban "dones y descalzos", interactuando con absoluta igualdad. El presidente de la República, anotó, "no tiene escrúpulos en apostar sus pesos contra los del último peón."
Tal parece que don Juan Rafael Mora Porras, el presidente, no le causó buena impresión. Lo describe como un señor de pequeña estatura y cara llena y astuta, vestido de frac negro y pantalones amarillos. Consigna en su escrito que le dijeron que don Juanito "tan solo se ocupa en los asuntos del gobierno cuando está en juego su interés personal, y deja la política menuda en manos de su ministro Carazo, en tanto que un francés, Monsieur Adolphe Marie, atiende la alta política, es decir, la correspondencia con las naciones extranjeras."
Haya sido cierto o no lo que le dijeron, la leyenda de que, durante la presidencia de don Juanito, Manuel José Carazo gobernaba y Adolphe Marie escribía. fue repetida tanto por amigos como enemigos de su administración. A Adolphe Marie se le atribuye hasta la redacción de las dos proclamas de don Juanito contra los filibusteros de William Walker, que contienen, por cierto, expresiones que remiten a la Marsellesa, himno nacional de Francia. De la enorme cantidad de documentos que aparecen firmados por don Juanito, hay unos de expresión simple y redacción atropellada, mientras que otros son de giros complejos, vocabulario elevado y elegante prosa. Muchos han supuesto que esta disparidad se debe (tomando en cuenta el hecho de que don Juanito no cursó estudios superiores) a que los primeros son obra enteramente suya, mientras que los segundos debieron haber sido redactados por su colaborador francés. Si no se los escribía, al menos se los corregía, porque la prosa de don Juanito desmejoró mucho a partir de 1856, año de la muerte de Adolphe Marie.
No hay muchos datos sobre la vida de Adolphe Marie. Se supone que nació en Francia en 1816, pero se desconocen el lugar y la fecha exacta. Tampoco se sabe cuándo ni por qué motivo decidió emigrar a América. Arribó a Costa Rica en 1848 en compañía de Juan José Flores, el militar venezolano que fue tres veces presidente de Ecuador. Se ignora también a qué se dedicó el francés durante su primer año en Costa Rica. Su nombre se hizo notar cuando, el 26 de mayo de 1859, publicó un artículo en el periódico El costarricense, que fue muy apreciado por la alta sociedad josefina.
El debut de Adolphe Marie en la prensa costarricense, de la que se convirtiría en figura principal casi inmediatamente, no fue, como los que escribiría luego, un editorial político, ni una nota humorística, ni una crónica social, ni una traducción de un artículo europeo, sino, simple y sencillamente, un obituario. Escribió la nota necrológica de Manuela Escalante, hija de Manuel García Escalante y María López del Corral y Nava, que nació el 16 de julio de 1816 y falleció el 25 de mayo de 1849,  poco antes de cumplir los treinta y tres años de edad. Manuelita, que era soltera e hija de familia rica, dedicaba sus interminables horas de ocio a estudiar los clásicos latinos y griegos, dominaba la filosofía de Aristóteles y era una gran lectora de las obras de Cornelio Tácito, a quien consideraba "el escritor más profundo de todos los siglos y el que más conoció el corazón humano."
La finada Manuelita era hermana de Rafael García Escalante, tatarabuelo de mi gran amigo don Roberto Trejos Escalante y en alguna ocasión comenté con él que tal parece que su lejana pariente era una mujer de amplia cultura y clara inteligencia. Lamentablemente sus escritos no se conservaron.
Adolphe Marie se convirtió en redactor de El Costarricense y, en 1850 fundó el periódico El guerrillero, donde hizo gala de un agudo estilo satírico. Dos años después, en 1852, fundó El Eco. Ese mismo año Adolphe Marie se convirtió en colaborador cercano de don Juanito Mora, quien lo nombró redactor de La Gaceta y funcionario de confianza en las carteras de Educación y Relaciones Exteriores. Llegó incluso a representar al país en misiones internacionales. Marie dirigió también un periódico llamado El compilador, en 1853.
Algunos han dicho, equivocadamente, que Adolphe Marie fue el primer profesor de francés de la Universidad de Santo Tomás. Es verdad que Marie dio clases de francés en la Universidad durante el curso de 1855, pero el primer profesor de francés de esa institución fue don Lucas Alvarado en 1844.
Estudiosos de la historia costarricense, como don Cleto González Víquez, Monseñor Víctor Manuel Sanabria Martínez, Francisco Montero Barrantes o Luis Felipe González Flores manifestaron en algún momento el valor literario de la obra periodística de Adolphe Marie que, con el paso de los años, acabó siendo desconocida para el gran público.
En 1973. Jeannette Bernard Villar obtuvo en Francia su Doctorado con una tesis sobre Adolphe Marie, periodista en Costa Rica. Tres años después, el Ministerio de Cultura Juventud y Deportes publicó Pinceladas periodísticas de la Costa Rica del Siglo XIX por Adolphe Marie, antología compilada por la Dra. Bernard. En el prólogo, la investigadora declara que, en su recopilación de documentos, no pudo dar ni con un ejemplar suelto de El Eco, por lo que esa parte de la obra de Marie tal parece que se ha perdido. La producción periodística de Marie que se conserva, en todo caso, es bastante amplia.
Adolphe Marie no siempre firmaba los artículos que escribía con su nombre completo, ya que en ocasiones solamente ponía sus iniciales: A.M. También utilizaba el pseudónimo de Fantasio, por lo que algunas de sus notas aparecen firmadas también por una F. En el libro se incluyen largas disertaciones políticas, así como notas jocosas sobre la vida josefina. Apasionado defensor de la unión centroamericana, con frecuencia polemizaba sobre este tema y se refería a publicaciones aparecidas en periódicos de otros países del Istmo. Para dar a conocer el pensamiento y figura de los escritores de su país natal, no solo publicó notas sobre Lamartine, Girardin, Chateaubriand y Víctor Hugo, sino que reprodujo, traducidos al español, artículos escritos por ellos.
Marie escribía en broma y en serio. Su extenso tratado sobre la importancia de la cortesía tiene guiños humorísticos y la crónica de la pelea de gallos entre el Paperas y el Pinto, deja muy claro la pasión que despertaba este entretenimiento entre los costarricenses de aquella época. Con un breve diálogo, Marie muestra que, mientras los dos animales se batían a muerte, no había fuerza en el mundo capaz de hacer que los asistentes abandonaran su sitio.

—Mira que arde tu casa.
—¡Que arda!
—Que te roban a tu mujer.
—¡Que se la roben!
—Que se muere tu hijo.
—¡Que se muera!

Ninguna emergencia de la Patria, dice Marie, habría podido reunir en quince días la cantidad de oro que se jugó en apenas unos minutos sobre esa pelea.
Teatro Mora, primera sala de espectáculos en Costa Rica. La foto es de
1870, cuando era llamado Teatro Municipal de San José.
Para ofrecer espectáculos más refinados que los de las galleras, el 11 de abril de 1850 inició la construcción del primer teatro en San José que, en honor al Presidente, fue llamado Teatro Mora. El edificio, que se encontraba en avenida segunda y calle seis, fue diseñado por Alejandro Escalante, usando como modelo un pequeño teatro de Lima. La inauguración tuvo lugar el 1 diciembre de 1850. Un tenor italiano de apellido Ghizzoni, interpretó canciones de Rossini, Verdi y Donnizzetti. También cantó la sueca Jenny Lind, gran amiga del escritor danés Hans Christian Andersen. La parte divertida, estuvo a cargo de un mago.
Antes de la construcción de este edificio, con platea en forma de herradura, amplio patio de butacas, espacioso escenario y palcos elevados, las únicas representaciones teatrales que había habido en Costa Rica habían tenido lugar en galerones a los que los asistentes debían llegar cargando su propia silla. Un grupo de aficionados, entre los que había costarricenses y españoles, montaron varias obras cómicas y dramáticas en el Teatro Mora, pero la primera compañía profesional en presentarse fue la del francés Mateo Fournier, que se encontraba de gira en Panamá y fue invitada a venir a Costa Rica. Debutó el 13 de diciembre de 1851 y llegó a presentar doce funciones.
Pese al esfuerzo de los promotores, el teatro no llamó mucho la atención. Adolphe Marie se quejaba de que los ticos preferían el billar, los toros y las peleas de gallos. Cuando llegó a San José un circo que, entre los saltimbanquis, tenía uno que caminaba en la cuerda floja, atrajo a su carpa una verdadera multitud,  mientras que el teatro quedó vacío.
Para colmo de males, el obispo Anselmo Llorente Lafuente, no miró con buenos ojos la apertura del teatro y mandó a los católicos que se abstuvieran de asistir a él. Para Monseñor Llorente, el teatro "constituía un peligro para la moral social y era aliciente estimulador a la conquista de ideas antirreligiosas y disociadoras."
Adolphe Marie que, entre otros cargos públicos que desempeñaba, era el censor oficial de espectáculos, defendió el teatro desde las páginas de La Gaceta. Le recordó al obispo que en la propia Roma, gobernada por el Papa, había teatros que ofrecían funciones incluso durante la Cuaresma e invitó al obispo a asistir a alguna de las funciones para que confirmara, por sí mismo, que el espectáculo no estaba reñido con la moral y las buenas costumbres y que, más bien, contribuía al enriquecimiento cultural de la población. Llorente, como era de esperar, ni aceptó la invitación ni cambió de criterio.
Por la posición del obispo, la compañía Fournier se marchó de Costa Rica. El único que se quedó fue Emilio Segura, quien se dedicó al periodismo al lado de Monsieur Marie. Pese a la amarga primera experiencia, en años posteriores la compañía Fournier se presentó dos veces más en Costa Rica y, finalmente, todos acabaron residiendo en el país. Don Mateo Fournier Hecht, hijo de Mateo Fournier, el director teatral, contrajo matrimonio con Pacífica Quirós Morales y fue el fundador de la familia Fournier en Costa Rica. Don Mateo y doña Pacífica son los abuelos de don Rodrigo Fournier Guevara y los bisabuelos del Presidente Rafael Angel Calderón Fournier.
Durante la Campaña Nacional de 1856-1857 y la peste del cólera, el teatro se mantuvo cerrado. En 1858 se reabrió con una obra teatral sobre la guerra contra los filibusteros. Tras la caída y posterior fusilamiento de don Juanito Mora, el recinto pasó a llamarse Teatro Municipal y estuvo activo unos años más.
Adolphe Marie prestó servicios importantes durante la Campaña Nacional como diplomático. Tuvo una misión muy delicada en Guatemala que tal parece fue exitosa.
Uno de los artículos de Chateaubriand que Adolphe Marie tradujo y publicó en Costa Rica trataba de la peste del cólera, que se estima que causó más de cuarenta millones de muertes en Asia, Africa, Europa y América durante el Siglo XIX. La epidemia, según el escrito de Chateaubriand, empezó en la India en 1817 y de allí se extendió por todo el mundo. En Rusia, Inglaterra y Francia, el cólera aniquiló poblaciones enteras. En Francia, por cierto, los cadáveres, en vez de ser enterrados, eran arrojados a los ríos. Entre las víctimas del cólera en Estados Unidos estuvo Ellen Galt Martin, la novia de William Walker en New Orleans.
Hoy, hasta los niños de escuela saben que el cólera lo provoca una bacteria, pero en aquellos años, cuando no se sabía de la existencia de microorganismos, Chateaubriand se preguntaba: "¿Qué es el cólera? ¿Será un viento mortal?"  El Dr. Carl Hoffmann, jefe de los servicios médicos del ejército costarricense durante la Campaña Nacional, creía que la enfermedad se podía curar frotándose con alcanfor. William Walker, que era médico, suponía por su parte que el contagio se debía a la posición que se adoptaba al dormir. Definitivamente, estaban a ciegas ante el mal y los que se salvaron del contagio lo deben a un puro milagro.
Adolphe Marie publicó el artículo de Chateabriand sobre el cólera en La Gaceta, el 31 de agosto de 1850. No pudo haber imaginado que, seis años después, la epidemia llegaría Costa Rica y él sería una de sus víctimas. La vida de Adolphe Marie fue breve. Vivió solamente cuarenta años, los ocho últimos en Costa Rica. Su figura y su obra periodística, pese al esfuerzo de la Dra. Villar, continúa siendo desconocida para el gran público.
INSC: 1709
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